Número 2 - Año 2010 - ISSN 1852 - 4699
 
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Esto ya pasó(Anja Salomonowitz, 2006)


“Construyo un muro interior para no ver lo que hago” Un oficial de frontera en su trabajo ve los autos pasar, como todos los días. Mira a la cámara y empieza a narrar, en primera persona, una historia, su historia. Trata sobre una mujer que fue engañada. Un hombre. Engañada para cruzar la frontera. Esa, en la que un oficial en su trabajo, ve los autos pasar. Cuando la cámara está fija, todo se mueve. Las imágenes recorren el lugar de flujo por el que, tal vez, ha pasado ella. O esté pasando en ese momento, en camino hacia su infierno. Fue engañada esa mujer, como mujer, por un hombre. Su cuerpo fue vendido. El oficial regresa a su casa y, luego, nuevamente al trabajo, pero la historia sigue, él la cuenta. Es la historia de la trata. La de la frontera en la que un oficial en su trabajo ve los autos pasar.
“La puerta está cerrada con llave. Me sorprende” Una señora mayor, en su barrio, camina por las calles. Visita la casa de sus clientes, a quienes vende productos. La vemos cantando en el coro, en su casa durmiendo, preparándose el desayuno. Mientras, mirando a la cámara y en primera persona, narra esta historia. Su vida sigue, visita clientes, ofrece productos, la escuchamos. Recomienda esos productos y luego mira a la cámara, y la historia, que nunca se ha detenido, continúa. La clienta no la mira, no la escucha. Compra el producto. La señora visita el cementerio donde descansa su marido y sigue narrando. Sigue vendiendo y caminando las calles. Narra. Es una historia en la que una mujer fue encerrada por su marido. Sucede en ese barrio, como en tantos otros. “Nadie sabe lo que hago. Y no se lo diré a nadie”
Un hombre limpia el burdel, lo prepara. Cuenta el dinero y anota mientras comienza a narrar, siempre en primera persona, su historia. Es sobre una mujer que quería bailar y terminó presa en un burdel. ¿Es ese el burdel? Poco importa. Él narra y ese burdel es todos los burdeles. Prepara las bebidas, pone a punto su lugar, prueba la música y las luces. Limpia su burdel, no deja de limpiar mientras desnuda, con su narración, la mugre de los burdeles.
“Dice que se quedará con mi ropa para pagar mi deuda. ¿Qué deuda?”
La mujer trabaja en el consulado, como la mujer de la historia que narra, que fue contratada para limpiar la casa de un diplomático. La mujer hace su trabajo de diplomática mientras narra. Ella tramita las visas de trabajo, como la que obtuvo la mujer de la historia dejándolo todo, hipotecando la casa de sus padres. La diplomática tiene un cargo importante, no vive mal. Recibe masajes. Tampoco tiene problemas para dormir, como los tiene la mujer de su historia que se cansa de tanto trabajo. Enferma. ¿Se habrán cruzado estas dos mujeres? ¿Se estarán cruzando? Poco importa. Una noche, un accidente. La comida quemada por un desmayo y la esposa del diplomático, para el que limpia la mujer de la historia, la despide. La deporta.
“Mi deseo de huir es mayor que mi miedo”
Un hombre deambula en su taxi por las calles. Narra. La mujer de su historia es inmigrante ilegal. Debe pagar una deuda con dinero que no tiene. La torturan. El taxi recorre las calles y ella desea huir. La fuerzan a prostituirse, pero puede escapar. En un taxi. ¿Es el mismo taxi en el que el hombre narra la historia? “Me muevo”, dice el taxista que dice la mujer. El taxi avanza y llega a la frontera donde hay un oficial que en su trabajo ve los autos pasar, como todos los días.
“El capitalismo no ha podido constituirse más que por una conjunción, un encuentro entre flujos”1
El círculo así se cierra, pero en su paso ha dejado una marca. Una hendidura. ¿Sobre qué mundo se posa el bienestar capitalista? ¿Qué emerge en la ciega vida cotidiana? Las fronteras se disipan y todo parece fluir. Es cierto: todo fluye. Pero, ello no sucede siempre a la misma velocidad. Existe un diferencial que establece un movimiento paralelo entre dos polos a distinto ritmo. Esos polos se evitan, tanto como se codeterminan. Esto ya pasó pone en evidencia esa frontera, siempre móvil, pero no por eso menos permanente. La frontera es así un muro que lentifica un polo, permitiendo el despliegue del otro. El encuentro de flujos, del que habla Deleuze, siempre se percibe demasiado tarde. Contra ello, lucha la película de Anja Salomonowitz. Las historias no son narradas por sus protagonistas, ni por los testigos, sino por aquellos que podrían haber estado allí, que aún están. La voz amurallada, así, es llevada al polo del movimiento y, de esa forma, actualizada. Esto ya pasó, es cierto, pero sigue sucediendo. Esa es la advertencia, la señal de esta película.

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1 G. Deleuze, Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia, Cactus, 2006, Pág.22.

 

Por Diego Ezequiel Litvinoff

Ficha técnica:

*Dirección: Anja Salomonowitz. *Fotografía: Jo Molitoris. *Sonido: Eric Spitzer. *Montaje: Frédéric Fichefet y Anja Salomonowitz. *Producción: Alexander Dumreicher-Ivanceanu y Gabriele Kranzelbinder. *Origen: Austria. *Duración: 72 minutos.

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