Número 2 - Año 2010 - ISSN 1852 - 4699
 
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My Winnipeg (Guy Maddin, 2007)


Si repasáramos la filmografía de Guy Maddin, notaríamos una clara “herencia” (por no decir parodia) que va del cine expresionista alemán y que se expande a todo el cine mudo. Empleando diversas técnicas y formatos, pero casi siempre en un blanco y negro muy granulado, las obras de este realizador han podido verse en diversas ediciones del BAFICI. Esta película, si bien no escapa a esa lógica, ha sido estrenada, al igual que La canción más triste del mundo (The Saddest Music in the World, 2003), fuera del circuito del festival durante el año pasado.
Podríamos preguntarnos qué resultaría de la fusión del documental al estilo de Maddin, un estilo que bordea el surrealismo: el resultado no es otro que My Winnipeg. De hecho, Maddin ha denominado a este film una “docu-fantasía” ¿Nace así una nueva modalidad de representación? Es posible. Sin embargo, este film bien puede ser tenido en cuenta como una especie de termómetro del estado actual del documental, acerca de la expansión de posibilidades que la experimentación y la representación ofrece al realizador para evocar el mundo histórico. En este caso, la premisa del film es muy simple: recuerdos y vivencias de Winnipeg, la ciudad natal de Maddin (y escenario por excelencia de muchos de sus films). Aquí, la ciudad es también la protagonista, y si bien podríamos pensar en esta obra como una variante de una “sinfonía de ciudad”, la batuta de Maddin dirige una nueva clase de obra.
Producida por el Documentary Channel, el encargo de dicha señal se remitió a una premisa: “encántanos”. De este modo, My Winnipeg es como una gran travesía, un gran viaje; no es casual que el motivo visual que se repite es su “otro yo” durmiendo en el tren en una marcha prolongada partiendo de Winnipeg, lugar que a la vez jamás puede abandonar. Y es a través de la ventana del vagón del tren, “a través del espejo”, en ese ir y venir a ese motivo visual, que la película se sumerge en los recuerdos, vivencias y experiencias pasadas. Con la velocidad de un video clip, los recuerdos en My Winnipeg se abren como los pétalos de una flor, cada recuerdo lleva a un relato-anécdota diferente, volviendo una y otra vez a aquel vagón de tren, como si éste fuera el receptáculo que envuelve la totalidad del film.
Narrada en primera persona por el propio Maddin, este film en nada se parece a los “clásicos” documentales en primera persona; sin embargo, My Winnipeg posee todas las características de la modalidad performativa esbozada por Bill Nichols. Decíamos antes que esta película rescata aspectos subjetivos, no sólo a partir de sus propias vivencias sino también las que perviven en otros y en sus antepasados, como el episodio del olmo o la huelga de trabajadores en 1919. Utilizando diversas estrategias de representación o, mejor dicho, valiéndose de un gran abanico de posibilidades, Maddin opta por una puesta en escena más bien “maddinesca” para representar los episodios de su hogar, empleando así actores para interpretar los papeles de su madre y hermanos. Del mismo modo, las recreaciones sobre diferentes episodios históricos en Winnipeg son hechas alla Maddin; como parte de la paleta de recursos, el realizador también se vale de imágenes de archivo y del archivo personal, fotografías y filmaciones hogareñas, de recortes de diario, de imágenes a color en video – sobre todo para mostrar la destrucción del estadio de hockey sobre hielo – y de animaciones... por sólo citar algunas. Así, My Winnipeg no resulta ser una “ventana al pasado” sino que claramente es una ventana a la evocación, una puerta abierta a la memoria personal de Maddin. Quizá lo que aquí vemos es justamente eso, las imágenes, o la forma en que las imágenes son evocadas en la memoria. Por lo que ya hemos mencionado, claramente Maddin no direcciona su interés hacia el realismo, hacia una reproducción mimética del mundo histórico; éste queda totalmente desplazado en aras de la pura subjetividad del realizador o, más aún, de los recuerdos del director. Y es así como se produce la tensión entre drama actuado y documento, entre lo personal y lo genérico en pos de la pura expresividad, de una voz claramente poética.
Winnipeg ha servido a Maddin para contextualizar sus films en numerosas oportunidades; pero a diferencia de sus otras obras, aquí la ciudad se muestra como una ciudad rica en acontecimientos y sucesos, y el recorrido que hacemos junto a él resulta ser una apertura de esos puntos y tesoros mágicos que la ciudad guarda para sí. Asistimos a la Winnipeg soñada, recuerdo y fantasía se mezcla en todo momento en el transcurso del film. ¿Cómo representar una discusión familiar cuando no hay registro de ella? Utilizando actores. ¿Cómo representar una sesión de espiritismo? Empleando el mismo recurso.
En sus películas hay también una especie de impresión lúdica. A caballo entre lo tenebroso y las pesadillas, sus films se pronuncian como divertimentos. En su homenaje al cine silente y al cine primitivo, Maddin rescata muchos de los primeros usos dados al cine. Así, My Winnipeg resulta ser una articulación lúdica entre la memoria individual y la memoria colectiva, entre la imaginación personal y la imaginación compartida.
El viaje que se inicia al comenzar el film, ese viaje que quizá nunca termine, entre el deseo ambiguo de dejar atrás la ciudad natal y convivir con ella y con sus fantasmas, le sirve a Maddin –y nos interroga a nosotros- para abordar una cuestión fundamental: la reflexión central entre casa y hogar. La casa es la vivienda, el lugar habitado; el hogar, en cambio, es aquello que nos brinda seguridad y calma, donde desarrollamos nuestra vida privada. Quizá para Maddin Winnipeg sea lo más parecido al hogar.

 

Por Lior Zylberman

Ficha técnica:

*Dirección y guión: Guy Maddin. *Fotografía: Jody Shapiro. *Montaje: John Gurdebeke. *Sonido: David McCallum. *Producción: Phyllis Laing, Guy Maddin, Jody Shapiro. *Origen: Canadá. *Duración: 80 minutos.

 


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