Número 2 - Año 2010 - ISSN 1852 - 4699
 
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Perdida(Viviana García Besné, 2010)


No nos equivocaríamos demasiado si sostuviésemos que Perdida es una obra en la que se encuentran presentes ciertos elementos narrativos y temáticos característicos del documental de la última década. A saber: un relato en primera persona, el recurso al material de archivo como soporte de la memoria, la imbricación entre historia pública y privada, el uso de los testimonios como apoyatura informativa y el trabajo de montaje como principio constructivo y clave de la estructura del film.
La opera prima de Viviana García Besné discurre, a lo largo de sus casi dos horas de duración, en un terreno fronterizo entre el relato personal-familiar y el relato histórico-cultural. Es que la directora, quien desde su pausada y sugestiva voz off es la guía de la narración, se encuentra en una posición de privilegio que pocos hacedores del documental subjetivo detentan: el mismo acto de contar su historia familiar se convierte en un abordaje de buena parte de la historia del cine industrial mexicano entre 1920 y 1980. A poco de comenzado el film nos enteramos de que Viviana es la nieta de Jorge García Besné, la bisnieta de José Calderón y la sobrina de Memo y Perico Calderón, patriarcas de la industria del cine mexicano, productores que tuvieron a su cargo las compañías Azteca Films, Cinematográfica Calderón, Producciones Calderón y, lo que resulta más importante, dueños, hasta la década del cincuenta, del circuito de exhibición cinematográfica Alcázar, compuesto por más de treinta salas ubicadas en Chihuahua y Nuevo México.
Así planteadas las cosas, es interesante la forma en que la directora asume su lugar en la reconstrucción de la memoria familiar y de la memoria de los artífices de la vieja industria del cine mexicano. En el prólogo del film, como es habitual en un relato autobiográfico que se precie, su voz off en primera persona figura las cláusulas del pacto de credibilidad que efectuará con su espectador, y a la vez, las preguntas que serán el detonante de la rememoración: “¿Por qué se parece tan poco lo que se ha escrito de mi familia a los pocos recuerdos que a mí me han llegado? ¿Dónde empiezo a buscar la memoria de mi familia? ¿Podré contar esta historia antes de que sus recuerdos desaparezcan para siempre?”. Estos primeros interrogantes están acompañados en la banda de imagen por unas imágenes de archivo familiares en cuadro reducido, que conformarán, junto a los testimonios y al recurso de las fotos fijas, el dispositivo audiovisual que el documental no abandonará hasta que caigan los créditos de clausura.
Ahora bien, si las propuestas fílmicas autobiográficas más interesantes tienen la virtud de relacionar historias íntimas, domésticas e individuales con procesos sociales y, por lo tanto, públicos, más amplios, que hacen a una historia compartida –el cine de Alan Berliner1 es un acabado ejemplo de esto–, el desafío de contar la historia de una familia que estuvo tan vinculada al quehacer cultural de la sociedad mexicana y al mismo tiempo mantener una línea de autoindagación es por demás complejo. Perdida se inscribe en el género autobiográfico pero, debido a las características de la historia que aborda, su estatus narrativo se encuentra continuamente en crisis. En el transcurso del film la directora es progresivamente cooptada por una fábula familiar cargada de épica y de elementos que rozan lo fantástico y sin querer, o queriéndolo (¿importa?) se transforma en la portavoz ideal del mandato filial. Entonces, el despliegue de su individualidad está limitado por el deber de contar una historia que la excede, pero con la cual además tiene una deuda identitaria.
La cuestión de la deuda se dispara en dos direcciones, nuevamente referidas al ámbito de lo público y de lo privado. De lo público, toda vez que la empresa autobiográfica funciona como una reparación: la directora parece recibir el mandato de su bisabuelo de desenterrar la trayectoria de los miembros de la familia, pioneros olvidados de la industria del cine mexicano. Así lo indica al inicio del film, cuando se pregunta por qué los nombres de sus antepasados están ausentes de los libros de historia del cine. El documental es la forma de conjurar ese olvido, de restituir esa historia perdida, de brindarle visibilidad simbólica a un fragmento de pasado que los historiadores del cine habrían considerado irrelevante. No es casual en este sentido que en un documental que aborda las décadas de oro de la cinematografía mexicana estén totalmente ausentes los testimonios de los académicos, de la institución que separa la paja del trigo y legitima aquello que merece formar parte de la tradición. De lo privado, porque si los apellidos que sobrevuelan el nombre de Viviana (García Besné y Calderón) son sinónimos de ficheras, de churros (películas baratas y mediocres pero populares), de insinuación pornográfica, entonces la susodicha merece una explicación, una rendición de cuentas por parte de sus mayores que le ayude a comprender quiénes fueron ellos y quién es ella. El documental es también el medio que la realizadora utiliza para organizar lo disperso, los fragmentos de su memoria de niña, criada en un ámbito en el que Ricardo Montalbán o Ninón Sevilla, no sólo eran íconos de un cine popular, sino parte constitutiva de la vida doméstica. Perdida es una obra atractiva e intrigante que impacta no sólo al público interesado en el cine documental, sino también a los espectadores poco familiarizados con el formato. Además de lo dicho, esto se justifica por el elaborado trabajo de montaje –rubro en el que se desempeñó la directora antes de abocarse a su opera prima– tan invisible y dinámico como el de aquel cine clásico que su obra exhuma.

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1 Colocamos este ejemplo porque los ecos de la obra de Alan Berliner –sobre todo de Nobody’s business (1996)– resuenan durante gran parte del metraje y, hacia el final, su nombre aparece citado entre los agradecimientos. No obstante, otras referencias vernáculas también parecen haber sido procesadas por García Besné a la hora de delinear la voz y el formato de su film: La línea paterna (José Buil y Marisa Sistach, 1995) y El diablo nunca duerme (Lourdes Portillo, 1994).

 

Por Pablo Piedras

Ficha técnica:

*Dirección, guión, fotografía y montaje: Viviana García Besné. *Música: Anahit Simonian. *Sonido: Martín Sappia, Miguel de Luna. *Producción: Alistair Tremps. *Intérpretes y testimonios: Ricardo Montalbán, Rafael Inclán, Ana Luisa Peluffo, Sasha Montenegro, Lyn May, Armando Silvestre, Antonio de Hud, Joaquín Cordero, Ninón Sevilla, Guillermo Calderón y otros. *Origen: México/España. *Duración: 115 minutos.

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