Número 2 - Año 2010 - ISSN 1852 - 4699
 

La imagen justa. Cine argentino y política (1980-2007)

Ana Amado, Colihue, Buenos Aires, 2009

cine


En este trabajo Ana Amado se propone delimitar las manifestaciones de la relación entre cine y política en algunos ejemplos significativos de la producción fílmica argentina de las últimas dos décadas del siglo pasado y el septenio inicial del nuevo milenio. A distancia de una época cultural abiertamente politizada que asimilaba praxis cinematográfica con acción política estratégica -dando sentido específico a ese vínculo entre los dos términos de la ecuación bajo la categoría de cine político- Amado se plantea: “¿cómo concebir lo político en tiempos de normalidad despolitizadora de las sociedades de mercado y sus nuevas mitologías?” (p. 9). Cuestión central con la que se abre La imagen justa. Cine argentino y política (1980-2007) y hacia la que apunta -a modo de intervención crítica en discusión con los debates globales del presente y sus derivaciones locales- una tesis contundente que sostiene el estatuto político del cine argentino de las últimas tres décadas al que el libro se aboca. La autora afirma que, en mayor o menor grado y con géneros y procedimientos diversos, la producción fílmica de nuestro país se ha mostrado permeable a los movimientos de la realidad y sus ciclos históricos. Para Amado esta afirmación no supone “un vínculo obligatorio entre cine y realidad política y/o social, sino la construcción de una politicidad que, de modo directo o indirecto, alude a esa realidad, con formas de intervención que componen y descomponen la realidad por medio de una invención poética.” (p. 10) En ese sentido argumenta que si bien los criterios estéticos de la relación entre el cine y la política se han transformado claramente desde el cine político al actual, “sus principios éticos permanecen diseminados en imágenes y narrativas de categoría todavía imprecisa para nombrar, por ejemplo, la renovación de los modos de compromiso del cine con lo social, con sus momentos críticos, con el peso del duelo, con el deber del testimonio, con la responsabilidad de la memoria.” (p. 10)
La imagen justaexplora esas imágenes y narrativas que pueblan la escena cinematográfica argentina desde la transición democrática hasta años más recientes a lo largo de una sucesión de capítulos organizados en cinco secciones. En la primera de ellas la interrelación entre forma y política es formulada como problema en un marco teórico cultural amplio, en diálogo con ciertas posiciones, problemas y manifiestos que marcaron el pensamiento contemporáneo sobre la cuestión -desde Walter Benjamin y las vanguardias estéticas hasta los colectivos fílmicos de los 60 y 70-. En el siguiente apartado Amado desarrolla un dispositivo crítico que caracteriza “lo popular” y “el pueblo” en referencia al peronismo y sus expresiones cinematográficas de la posdictadura hasta el presente -en producciones de Fernando Solanas, Leonardo Favio y Alejandro Fernández Mouján-, interviniendo con ello en el debate actual sobre las proyecciones estético políticas ligadas a ese movimiento histórico. A continuación se indaga el vínculo entre memoria y ficción fílmica a partir de un conjunto de autores -como Alejandro Agresti, Lita Stantic, Rafael Filippelli y Ana Poliak- que recurren a “la mirada en tanto cifra testimonial de un pasado donde la muerte avasalló sin dejar –literalmente- restos”. (p. 104) La cuarta parte considera los relatos de los familiares de las víctimas del genocidio de los 70 haciendo eje en las estrategias de memoria desplegadas desde posiciones generacionales divergentes. “Del lado de los padres” proliferan discursos testimoniales que operan una inversión de la dirección genealógica del vínculo entre los progenitores y sus descendientes que Amado rescata en su dimensión política como un gesto de interpelación al poder. “Del lado de los hijos” se abordan las diferentes poéticas que los descendientes de las víctimas de la dictadura genocida han utilizado en sus demandas públicas de justicia y como ejercicio de rememoración en un arco de producciones estéticas que incluye un corpus de documentales de corte autobiográfico, entre cuyos títulos centrales se encuentran M de Nicolás Prividera, Los rubios de Albertina Carri y Papá Iván de María Inés Roqué, entre otros. Amado piensa estos filmes de los hijos sobre sus padres desaparecidos como obras autónomas que apelan a elecciones estéticas y procedimientos formales determinados para exponer la dimensión personal de la pérdida según interpretaciones propias, oponiéndose así a lecturas críticas –como las de Beatriz Sarlo y Martín Kohan sobre Los rubios por caso- que, privilegiando la posición de hijos de los “autores” de estas películas, las valorizan por su función testimonial, negándoles “la mirada estética que solicita toda obra artística”. (p. 162) Por último, la sección final está dedicada a la relación entre la caótica realidad de la Argentina asociada a la crisis económica e institucional de 2001 y su representación visual a través de una serie de ejemplos que aluden al clima social enrarecido desde distintos campos artísticos, entre ellos las miniseries televisivas Okupas y Tumberos, obras plásticas de León Ferrari o Guillermo Kuitka y el filme La ciénaga de Lucrecia Martel.
Primer volumen de la colección “A oscuras” publicada por la editorial Colihue bajo la dirección de Amado, La imagen justa contribuye al campo de los ensayos críticos sobre la imagen y el cine con un aporte destacado en el ámbito local. En primer lugar porque su análisis de las obras –siempre atento a la especificidad del lenguaje fílmico y sus procedimientos- lleva a cabo una lectura que ubica el objeto cinematográfico en un horizonte más amplio que, a través de ideas y referencias precisas, conecta los filmes con la producción estético cultural de la época, haciéndolos significar en su dimensión histórica. Por otra parte, ese horizonte se amplifica con un pensamiento que integra una perspectiva de género que no suele encontrar formulaciones sólidas en el área específica de los estudios sobre cine argentino. Por último, las películas seleccionadas conforman un corpus ajeno a las cómodas fórmulas autorales o las cronologías con pretensiones totalizadoras, configurándose en respuesta a una necesidad inmanente al propio objeto: la exigencia de eticidad en la representación de un pasado traumático y un presente conflictivo; esas dos épocas que La imagen justa intenta y logra hacer hablar.

 

Por Marcela Visconti

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