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Número 3 - Año 2011 - ISSN 1852 - 4699
 
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Invernadero
(Gonzalo Castro, 2010)


Un patio, una reja, plantas, una chica, una manguera. El contorno de una puerta, otra puerta de madera, el escritor con su camisa, el perro blanco, flores rosas en el espacio interno. Invernadero.
El mundo. Un mundo. Los materiales de ese mundo expandidos en una misma imagen. Un universo que comienza a desarrollarse erigiéndose a través del sonido. El chirrido del agua , algunos pasos, una melodía suave susurrada por lo bajo, proveniente de un rostro que se anuncia y no se deja ver. El transcurrir del tiempo, de un momento.
Hasta aquí, la primera imagen del film. Una sola imagen, un solo plano, un mismo instante para desplegar una mirada, una forma de mirar. Un planteo estético y hasta moral: Contra la rapidez, la parsimonia, contra la plasticidad de las texturas actuales, las rugosidades de los elementos naturales. Sumado a esto, principios técnicos que no son una limitación sino una fuerza.
La mirada de Castro plantea neutralidad, pero no sólo desde el punto de vista, sino desde lo formal. Despliega en cada encuadre una idea de la esencia y hace parecer que el mundo es mundo y que éste existe más allá de su mirada. El autor no está, no forma parte de ese universo, de esos momentos, de esa intimidad; filma sin estar, registra sin intermediar. En este sentido su lenguaje es de ausencia.
La propuesta es simple. Un retrato cotidiano sobre el escritor Mario Bellatín. A partir de ahí el resultado podría ser variado, múltiple, diverso. Una mínima propuesta que ofrece tomar infinidad de formas. Castro mantiene un eje claro y le otorga identidad. El relato gira en torno al protagonista y se detiene en su entorno, en sus momentos íntimos. Lo vemos afeitarse, escribir, corregir, hablar, pensar. Y en esa observación, en la sumatoria de sucesos, nos vamos acercando a él.
Este es su principio, su idea, su dogma. Esta reticencia presencial es a su vez cedida al espectador, que mira, observa y analiza esa intimidad sin ser visto, sin correr riesgos. Su mirada es privilegiada, su punto de vista es puro y seguro. Y aunque esto podría presuponer cierta preocupación (tal vez común a muchos documentalistas), no lo es en este caso. Más bien todo lo contrario, se engrandece en su propia intención. Castro no narra, mira. Y en esa simpleza, le propone al espectador un extraño desafío.
Queremos entrar, queremos oler, sentir, tocar. Formar parte. Queremos pero no es fácil, no es cómodo. El autor no nos entrega pistas para seguir el relato. No conocemos las relaciones, los deseos, los objetivos, ni los pensamientos de los personajes. Escasos elementos de este tipo se desprenden de las mínimas acciones y diálogos de los protagonistas. Y en este sentido hay cierta barrera a vencer. Entendemos que lo que importa está un poquito más allá, que las verdaderas texturas están lejanas y que para apreciarlas debemos mirar, porque mirar es, muchas veces, un quehacer del tacto.
El rasgo autoral dominante está en el desenvolvimiento de la poética del tiempo y el espacio.
El tiempo es presente, actual. Notamos esto en algunos objetos: las computadoras, el vestuario, alguna palabra o modismo, el elemento tecnológico que suplanta la mano faltante de Bellatín. En este presente, prácticamente no hay saltos ni alteraciones. Estamos siempre en un calmo transcurrir, que se corta abruptamente mediante elipsis bien marcadas. Ese tiempo se mueve casi siempre en un ámbito cerrado donde reina la quietud. Este mundo está plagado de cosas, objetos, movimientos, situaciones, preguntas, sobre todo preguntas. Los espacios son hogareños, cálidos, sencillos, pero no demasiado reconocibles en el sentido de pertenencia. La comodidad que brindan(a los personajes y a los espectadores) está más allá de eso, tiene más que ver con las texturas, la luz, el silencio, la calma. Allí, el elemento destacado mayoritariamente es el diálogo que se dispara constantemente hacia lugares inesperados. La cámara –otra vez- se ubica en el lugar adecuado para dejarnos cautivar por la poética planteada.
Castro no nos cuenta una historia, no nos entrega un punto de vista, ni ejerce tendencia. Es un cazador de intimidades y con su cámara las cristaliza. Es ese el mecanismo de comunicación. La cristalización de esa intimidad es ofrecida al espectador para observarla, contemplarla y apreciarla con un grado de intromisión cada vez mayor. Progresivamente vamos bajando la guardia hasta dejarnos llevar de la mano por el protagonista. La percepción pura. Un salto que va –sin escala- de la distancia a la esencia.

 

Miguel Baratta


Ficha técnica:
Guión, dirección de fotografía, edición y dirección: Gonzalo Castro. Con: Romina Paula, Mario Bellatin, y Marcela Castañeda. Duración: 92 minutos. Origen: Argentina.


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