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Número 3 - Año 2011 - ISSN 1852 - 4699
 
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Pecados de mi padre
(Nicolás Entel, 2009)


Pecados de mi padre no intenta construir una biografía sobre Pablo Escobar Gaviria, máximo exponente del narcotráfico que conoció Colombia (y quizás el mundo); tampoco pretende dilucidar cómo fue el ascenso y caída de este hombre en el universo de la cocaína y otros tantos negocios que sacudieron a la política y la sociedad colombiana. El objetivo, en cambio, es mostrar las dos facetas de una misma persona, el narcotraficante y el padre de familia, a fin de revelar de qué manera el primero afectó al segundo en la vida de su esposa e hijo y cómo, hasta el día de hoy, ellos se ven signados por el destino que les forjó la vida (y muerte) de este hombre y que demuestra ser muy difícil de escapársele.
Ya en los créditos iniciales, realizados poéticamente, rozando lo naïf, con técnicas de animación y stop motion, se recorre la ruta de la cocaína, desde el germen de la planta de coca en las entrañas de la tierra hasta su tráfico y arribo a Miami. Luego, nos enteramos que los familiares directos de Escobar, por primera vez en 12 años de exilio, han aceptado romper el silencio para esta película, no sólo proporcionando sus testimonios, sino también abriendo sus archivos personales.
Quizás uno de los aspectos que más se destaca en este documental es el núcleo de la identidad. Por un lado, ellos fueron “los Escobar” en el pasado, pero luego de la muerte de Pablo optaron por alejarse de su estirpe. Para ello, adoptaron nuevas identidades: Juan Pablo Escobar, el hijo, ya no existe como tal sino como Juan Sebastián Marroquín y su hermana ahora se llama Juana; la viuda, Victoria Henao, pasó a ser María Isabel Santos Caballero. Sin embargo, la paradoja que nos presenta este film radica en que estas personas han asumido estas nuevas identidades en la actualidad pero, no obstante, el pasado constantemente los acecha; el pasado no pasa, ellos continúan remitiéndose a sus yo pasados. De hecho, Marroquín testimonia, en realidad, como Juan Pablo Escobar al referirse, por ejemplo, a Pablo Escobar como su padre, y no el de otro, sin marcar distancia alguna.
A un interlocutor que aparece por momentos, y que suponemos es el propio Entel, Sebastián manifiesta: “No cuento quién fue mi papá en ningún momento ni a nadie. Si se enteran y me lo preguntan, hablamos. Si no, yo no soy nadie. Mi papá fue considerado alguien, por su osadía, por su fama o por lo que sea”. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué le ha llevado a Marroquín a romper el silencio? ¿Lo hace motu proprio o ha sido Entel quien lo buscó para interrogarlo? En este sentido, la intervención del director no termina de emplazarse en una posición clara; en ocasiones aparece en cuadro junto a Marroquín y su madre y por momentos, mayormente, opta por invisibilizarse. Claramente, este documental se apoya en los testimonios y en el archivo personal más que en la participación de su realizador.
A lo largo del film, Sebastián plantea su dilema: ¿cómo hacer para que la sociedad comprenda que, detrás del narcotraficante, había un padre que mantenía un vínculo afectivo con su familia? Precisamente, él se queja alegando que “la gente no nos puede prohibir que queramos a mi papá, no nos puede prohibir que hayamos tenido una relación afectiva con él, una relación familiar común.” Y, más aún, ¿cómo hacer para que la sociedad comprenda que los hijos no siempre siguen la misma senda que sus padres?
La cámara le sirve a Sebastián como diván, para efectuar un “tecnoanálisis” con el que busca demostrar –muy a pesar de lo que muchos creen- el deseo de torcer su destino, de hacer una nueva vida y explicar la inutilidad del dinero proveniente de la droga cuando la vida cotidiana es tan miserable. Pero esto resulta complicado: a lo largo de los años, él y su madre se han visto imposibilitados de transitar libremente, entrampados en situaciones extorsivas y obligados a exiliarse, resultándoles atemorizante –incluso diecisiete años después de la muerte de Escobar- regresar a Colombia.
Podríamos pensar que el film se construye a partir de dos vías narrativas. Por un lado, encontramos los testimonios de Sebastián y de los hijos de Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, es decir los hijos del victimario y de dos de las víctimas de la lucha entre un sector político colombiano y el Cartel de Medellín. Marroquín impulsa su sentir a través de una carta que les escribe a los hijos de Bonilla y Galán, manifestándoles que es “consciente del daño que mi padre con sus actos le ocasionó al país y a la humanidad”. Esta carta unirá los testimonios al dar lugar a la reunión final en la que todos ellos coinciden en generar, con esta actitud de diálogo, un mensaje general de paz para Colombia y el mundo.
Por otro lado, la vida y obra de Escobar se construyen, no sólo a través del testimonio de su hijo y viuda, sino también con material de archivo de noticieros televisivos, grabaciones, recortes periodísticos, etc. Asimismo, los archivos personales de la familia incluyen fotografías, grabaciones caseras e, incluso, una home movie sobre Hacienda Nápoles, propiedad rural adquirida por Escobar en la que desparramó su fortuna y exotismo. De este modo, los archivos conjugan una tensión permanente: el primer archivo se encarga de crear al Escobar “terrorista”, mientras que el segundo construye al Escobar “humano”, padre de familia.
Al mismo tiempo, mantienen candente la paradoja de la cualidad humana (como padre) del narcotraficante: vale recordar las palabras de Marroquín al escuchar una grabación en la que su padre lee el cuento infantil Los tres cerditos: “Se supone que es la voz del capo de todos los capos contando un cuento para niños. Para mí es una gran contradicción; son cosas que no termino de entender en el personaje que era mi padre. Porque de un tipo acusado de tanta violencia, era ésta la imagen que uno tenía como padre. ¿Cómo poder entender esas diferencias tan cortadas?”
El encuentro final de Sebastián con los hijos de Galán y Lara Bonilla permite a éste llevar a cabo el último paso de su redención: con la aceptación de su carta y la reflexión conjunta en torno al pasado para modificar el futuro, logra, por fin, purgar públicamente los “pecados” de su padre. Pese a todo, lamentablemente las buenas intenciones en la transmisión de esta declaración no son suficientes, por ahora, para que la realidad cambie; Colombia continúa liderando el mercado de la producción de cocaína y los carteles del narcotráfico siguen operando. Aunque el documental plantee en su relato un happy end, deja abierto el interrogante acerca de la trascendencia real y concreta, a futuro, de este mensaje reparador.

 

Dana Zylberman


Ficha técnica:
Dirección: Nicolás Entel. Guión: Nicolás Entel y Pablo Farina. Producción: Hans Robert Eisenhauer, Iván Entel , Lucas Gath, Julián Giraldo. Música: Didi Gutman y David Majzlin. Dirección de fotografía: Mariano Monti y Patricio Suarez. Edición: Pablo Farina. Duración: 94 minutos. Origen: Argentina/Colombia.


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