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Número 4 - Año 2011 - ISSN 1852 - 4699
 

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El Rati Horror Show
(Enrique Piñeyro, 2010)


Las imágenes que dan comienzo a El Rati Horror Show (Enrique Piñeyro, 2010) parten de algo general, el sistema solar como espacio continente de toda la Historia. Al mismo tiempo, una voz en off —actualizada minutos después en la materialidad visual con la de un locutor que narra las diversas peripecias— hace referencia a los comienzos de dicha Historia y a la conexión de situaciones que en apariencia no tienen contacto. Rápidamente se pasa de este espacio sideral e inasequible a otro más mensurable y conocido mediante la anticipación del contenido de la película —el hecho ocurrido en Pompeya en 2005, conocido como La masacre de Pompeya, por el cual se sentenció a 30 años de prisión a Fernando Carrera, un hombre que según plantea la película es inocente y funcionó como chivo expiatorio de la policía— y su relación directa con otro hecho producido en la misma zona en 2002: La masacre del Puente Pueyrredón, esto es, los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán ejecutados por la policía.

A través de un zoom in que avanza sobre una imagen del planeta tierra, América del Sur, Argentina y Buenos Aires nos adentramos en el desarrollo de El Rati Horror Show, film repleto de archivo de noticieros televisivos, datos de pericias forenses, entrevistas, audios, ensayos performáticos para mostrar/demostrar cosas y un sinnúmero de recursos tecnológicos y artísticos puestos al servicio de las hipótesis planteadas por Piñeyro, quien se enclava directamente en la película, junto con un asistente, un locutor y otras personas que colaboran, para cuestionar y articular los datos del caso, direccionando al mismo tiempo una crítica general hacia los policías y jueces del país, factible de graficar y resumir en el popular monólogo de Tato Bores explicando el funcionamiento de la justicia argentina,1 citado en el film.

La estética versa sobre los diferentes recursos y marcas que propone en toda la obra. Así, la elección tipográfica del título se asocia directamente con la idea de terror: letras rojas chorreadas (sangre), es decir, con la idea más trillada de terror. El uso de los archivos podría pensarse a la manera de un típico documental de archivo expositivo, no obstante, conforme avanza el relato, dicho uso se diversifica y se trabaja sobre el material de un modo más reflexivo a partir de las ideas disparadas por cada fuente. Esto último se acrecienta en los intentos de comprobación o refutación de los datos, en los cuales la información obtenida se interpela mediante una serie de dramatizaciones. El director pone de relieve que la mayoría de las “pruebas” utilizadas para condenar a Carrera son contradictorias: el recorrido de los autos, el modelo del arma, los robos, la persecución, los disparos, los testimonios posteriores, etc., tienen varias versiones y no dan cuenta de la culpabilidad del acusado. Piñeyro expone tales contradicciones y las repone a través de la comparación de fotos de las pericias, recorridos en mapas, escenarios digitales animados que representan las supuestas acciones, animaciones satíricas en Stop Motion, representaciones filtradas en clave de comic policial, realización de un dermotest para corroborar cómo se detectan los rastros de pólvora en la mano, entre muchas otras.

Tanto el director como el propio Fernando Carrera reflexionan acerca del rol de los medios de comunicación, los cuales reprodujeron la versión entregada por la policía, demonizando al supuesto culpable y desollándolo al instante. A lo antedicho Piñeyro intenta oponer explicaciones excesivamente didácticas que refutarían o como mínimo pondrían en cuestión la solidez de la acusación. Sin embargo, el director a través de su presencia trasciende esa incuestionable función y se erige, o mejor, elige erigirse, como única figura de autoridad que todo, literalmente, lo sabe.

La cámara recorre el cuerpo de Carrera mostrando las cicatrices provocadas por las balas que lo impactaron en el momento del accidente. Sirviéndose de eso, Piñeyro se traslada al campo con su equipo de filmación y le dispara a una res de vaca que cuelga de un gancho. La imagen es espectacular, en el sentido más aparatoso u ostentoso que puede definir al término. Aquí, como en todo el film, el director le responde a la espectacularización del caso (mediática) con más espectacularización, sólo que su intención pretende alejarse de la propiciada, por ejemplo, por los noticieros televisivos y acercarse al intento de develar la verdad del hecho mediante procedimientos lógicos y legales (no realizados correctamente por la justicia). De todos modos, no deja de ser cuestionable la pretensión desmedida de representarlo todo, de mostrarlo todo, asumiendo sin más que la espectacularización es una condición sine qua non de la reposición o construcción de alguna verdad.

Todo el engranaje ultra didáctico que propone el film es una estructura que intenta demostrar más a la figura del juez/policía que a la del espectador los errores cometidos en la resolución jurídica. En otras palabras, el ánimo irónico y burlón no está dirigido hacia los espectadores de manera directa. El director repasa todos los contrasentidos desarrollados, se los explica a unos muñecos que hacen las veces de jueces y les dice que la tergiversación de testimonios, según el Código Penal, puede ser penada con prisión e inhabilitación de cargos. Pero al mismo tiempo, se presenta un constructo didáctico que, por razones intrínsecas al dispositivo, está dirigido inevitablemente hacia los espectadores.

Se podría pensar que los recursos plasmados en la puesta en escena son excesivos y están colmados de elementos ostentosos. También es posible interpretar que algunos de los antedichos despliegues son necesarios para desentrañar los discursos tan fuertes y masivos proferidos por el periodismo y la justicia. En El Rati Horror Show se establece una propuesta que intenta mostrar una relación certera entre la reconstrucción y la “verdad”. En última medida, como si para alcanzar ciertas certezas, o conocimiento propiamente dicho, tuviese que haber llegado hasta un nivel de relato sobrenarrado, lo cual no implica una narración más adecuada a sus propias intenciones.

María Gabriela Ragonese

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1 Extracto de El Rati Horror Show “La justicia argentina explicada en un minuto y medio”, disponible en:http://www.youtube.com/watch?v=bYW6WDV5ZmA


Ficha técnica:
Dirección y guión: Enrique Piñeyro. Co-dirección: Pablo Tesoriere. Idea original: Pablo Galfré. Montaje: Germán Cantore. Post-producción de imagen y efectos visuales: Santiago Svirsky. Post-producción de sonido: Diego Martínez Rivero. Dirección de arte: Lorena Maggi. Dirección de fotografía: Sol Lopatín. Música original: Eduardo Criscuolo. Producción: Aquafilms. Duración: 90 minutos. Origen: Argentina. Año: 2010.

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