Cine a la Intemperie: instantáneas de dos mujeres por Latinoamérica

Griselda Moreno y Viviana García. Ushuaia: Südpol, 2013.

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 Cine a la Intemperie

 

“Cine a la intemperie” es un proyecto cultural, o mejor dicho una hermosa utopía. Tal como diría Eduardo Galeano —parafraseando a Fernando Birri –, la utopía está en el horizonte. Y hacia allá partieron en 2009 Viviana García y Griselda Moreno, con varias películas argentinas bajo el brazo y muchas ganas en el corazón de llevarlas por toda Latinoamérica.

Pero volvamos a empezar: “Cine a la intemperie” (C. I.) es un proyecto cultural sin fines de lucro, consistente en una exhibición audiovisual alternativa que recorrió casi 50.000 Km. de la región y continúa proyectando films independientes, mientras genera formas diversas de compartir y multiplicar esa experiencia. El itinerario recorrido es como un abrazo al continente: subiendo por el oeste y bajando por el este, su ruta dibuja un camino único que fue dejando huella desde Córdoba capital hasta Tijuana, desde el Pacífico hasta el Atlántico.

En tanto proyecto, C. I. presenta un modo de consumo y circulación de bienes culturales que difiere esencial e ideológicamente del modo hegemónico de exhibición en salas cinematográficas. Es a partir de 2006 que Viviana y Verónica Rocha, quien inicialmente iba a ser su compañera en esta aventura, comienzan a planificar este largo viaje. Egresadas de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Córdoba, empiezan entonces a “abrazar la utopía” (13) y diseñar esta propuesta con el objetivo de “democratizar la cultura audiovisual” (ídem). La idea contemplaba proyectar en pueblos o localidades donde sus habitantes no hubieran tenido acceso a imágenes en movimiento hasta la visita de C. I. Este cine móvil encarna la voluntad de ampliar los públicos de la imagen audiovisual, configurando además una identidad colectiva latinoamericana en la que se integran desde niños y niñas hasta personas de tercera edad de todo el continente. En su concreción, miles de ojos (re)descubren la pantalla, ampliándose notoriamente la audiencia de los audiovisuales programados, en particular, y del cine, en general. Vale decir que los públicos “formados” a la luz del proyector de C. I. no son receptores pasivos/as de las obras: a partir de la coordinación de Viviana y Griselda, los/las espectadores/as de todas las edades pueden reflexionar y debatir sobre los contenidos que se tematizan en las animaciones y documentales incorporados en el catálogo de este cine itinerante. Así, C. I. abreva de la historia del cine como dispositivo, retomando la tradición de cines móviles iniciada con los bolcheviques a principios del siglo XX, cuando recorrieron los extensos territorios de la antigua Rusia a bordo de trenes culturales equipados con proyectores, imprentas y artistas, con el objetivo de difundir los ideales revolucionarios. La misma práctica fue efectiva en Cuba en la década del 60, cuando el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) estableció los cinemóviles que recorrieron toda la isla, proyectando a poblaciones enteras que veían cine “por primera vez”.[1]

La selección de obras presentadas tiene una íntima relación con las distintas realidades con las que se encontraron las organizadoras en su trayecto. Dentro del tácito catálogo de C.I. podemos encontrar cortometrajes, documentales y animaciones tales como Fábrica sin patrón (Daniel Incalcaterra, 2005), Otro gallo cantará (Movimiento Nacional Campesino Indígena, 2004), Campesinas, semillas de cambio (Joaquín Zuñiga, 2008) o Cuando el río suena (Verónica Rocha, 2003). A través de estas proyecciones pudieron tratar problemáticas de Derechos Humanos y de Niños, Niñas y Adolescentes, Medio Ambiente, Mujeres, Pueblos Originarios, que involucraban íntimamente a quienes fueran espectadores, que pudieron sentirse identificados/as en la pantalla. Así, fue posible formar públicos tan diversos como habitantes de la Puna y del Caribe, niñas pupilas en colegios católicos y aspirantes a infantes de marina, colectivos de pueblos originarios y mujeres en asamblea, entre tantos otros.

Es necesario remarcar la cuestión de género en todo este periplo. Tratándose de dos mujeres quienes llevan adelante esta iniciativa implicó el coraje para atravesar los obstáculos materiales y culturales. Ellas tuvieron que vencer prejuicios arraigados profundamente en nuestra América y tomar algunos recaudos para lograr su hazaña. Además de aprender mecánica automotriz para poder sortear por sí mismas los arreglos “en tránsito” de sus intrépidos móviles (primero, la IKA Estanciera llamada Juana, luego la Toyota 4Runner llamada Machaca, ambos nombres de valor simbólico, vinculados a la historia de las mujeres en Latinoamérica), promovieron el empoderamiento de otras mujeres que reconocieron en su iniciativa un modo de concretar los proyectos propios.

Una de las formas que encontraron las impulsoras del proyecto para compartir su experiencia fue publicar el libro Cine a la Intemperie: Instantáneas de dos mujeres por Latinoamérica. El libro narra muchas historias: la del proyecto en sí, las de Viviana y Griselda recorriendo el continente, la de los públicos formados en el camino, las de las personas que se acercaron al proyecto para conocer y compartir, convirtiéndose en férreas amistades invaluables. Historias de encuentros, desencuentros y reencuentros. Es inevitable leer esta crónica con una sonrisa, porque está escrita con el corazón. La narración textual, con un estilo sincero y transparente, está a medio camino entre un libro de viajes y un diario personal: la voz narrativa, tal como lo explicitan las autoras, es la de Latinoamérica misma. Pero es además un libro de cine, ya que incluye en sus páginas la sinopsis de varios de los audiovisuales programados en C. I. y comentarios sobre su recepción colectiva.

Nos parece simbólico hacer notar que la editorial Südpol que publica el libro, es de la ciudad más austral del continente: Ushuaia, aportando así desde el “fin del mundo” esta inigualable experiencia. Las fotografías incluidas al final del volumen brindan a quienes lean sus páginas los colores únicos y diversos del itinerario, mostrando algunos personajes y paisajes como gotas de esta lluvia refrescante. Las ilustraciones de Luis Paredes que acompañan el texto colaboran en la construcción de un sentido cómplice y despojado que nos permite leer con una sonrisa los azares de las protagonistas en su recorrido. Los corolarios de esta historia son pequeños textos finales que comparten la sabiduría de la experiencia, especialmente el “Convivir”, con recomendaciones prácticas para mantener unido al equipo en una travesía de dos años y meses.

La otra forma que encontraron las autoras para transmitir la experiencia y el sentido del proyecto es un film documental coproducido con el apoyo de Magoya Films y la Universidad del Cine. Gracias a la producción de esta road movie, quienes lean el libro podrán ver a través de los ojos de las autoras, ponerle rostros a los nombres, disfrutar los paisajes, rutas, pueblos, caminos que recorrieron Griselda Moreno y Viviana García. En este recorrido, los límites se desdibujan y las fronteras poco importan, porque su voluntad crea puentes que unen Latinoamérica. Así, podemos ver a las realizadoras manejando la/s camioneta/s de este proyecto itinerante, conectando cables, montando cine en las más diversas condiciones. Sin duda, la imagen en movimiento nos brinda la sensación de “estar ahí”, de acompañar al proyecto incluso en los altos en el camino, en sus problemas y situaciones críticas. En esos dos años por las rutas de América Latina, las autoras del libro y productoras generales del documental se zambulleron con cuerpo y alma en la cultura de la región: “Salieron a cambiar el mundo (…) nunca imaginaron que también las cambiaría” (206).

Cine a la Intemperie, en tanto proyecto concretado, no implica solo el largo recorrido y las exhibiciones participativas organizadas por García y Moreno. Su compromiso militante las lleva a sembrar e incentivar que florezcan otros proyectos, siendo activas promotoras culturales de la exhibición audiovisual alternativa. Así han tejido redes con diversos grupos y organizaciones no gubernamentales e incorporado al catálogo de C. I. audiovisuales independientes latinoamericanos, e impulsaron el encuentro de cines móviles que se dio en el marco del I Festival Internacional de Cine de Puebla, del cual surgió la Red de Cines Itinerantes de América Latina, que aglutina iniciativas similares con objetivos comunes con el objetivo de fortalecerse colaborativamente.

Con todo, Cine a la Intemperie comenzó siendo un cine móvil por América. Cumplida la utopía, el proyecto muta para reproducirse y seguir generando encuentros. Creemos que C. I. debe pensarse como un modo alternativo de producir y difundir la cultura latinoamericana desde el corazón. Como un abrazo a todo el continente.

Por Pamela Gionco

Notas


[1] Esta experiencia fue documentada por Octavio Cortázar en el cortometraje Por primera vez (1968).