Sangre de mi sangre (Jérémie Reichenbach, 2014)

Sangre de mi sangre

El documental Sangre de mi sangre, obra del director francés Jérémie Reichenbach, retrata la cotidianeidad de un grupo de trabajadores a cargo del frigorífico INCOB en la localidad de General Cerri, ubicada a pocos kilómetros de la ciudad de Bahía Blanca. Por medio de la figura protagónica de Esteban “Tato” Guenemil, uno de los fundadores de la cooperativa de autogestión, se vislumbra el día a día de la experiencia conjunta que implica construir y mantener la propia fuente de trabajo.

En numerosas oportunidades, el cine documental argentino opta por visibilizar la lucha obrera desde una óptica sociohistórica, que piensa el contexto del cierre de las fábricas y sus intentos de recuperación a partir de ciertos eventos clave en el devenir de las protestas sociales. Esta obra, sin embargo, responde a otro tipo de lógica narrativa y estética. El motivo del film pareciera descansar en un intento de interacción entre dos aspectos presuntamente excluyentes para el arte cinematográfico, como lo son el contenido y la forma. La historia de este grupo de obreros es planteada no desde un pasado perdido, sino desde un presente de la resistencia al olvido el cual sería imposible si no fuese por los lazos familiares, laborales y vecinales que se establecen entre los involucrados. En otras palabras, el eje central de este relato se sostiene en el fuerte sentido de pertenencia a una comunidad, al punto tal que la cámara misma se vuelve parte de ella. Así es como podemos observar una alternancia entre las secuencias que caracterizan esa intimidad grupal a través de las vivencias de Tato y las ocasionales apariciones de un director-cámara cuya presencia resulta singularmente natural.

“Estamos todos juntos”, afirma uno de los compañeros en una reunión. Y con semejante frase se configura aquel sentir comunitario que queda plasmado en la pantalla. En el universo de esta cooperativa de trabajo, no es posible considerar la idea de un sujeto atomizado o fragmentado. Se es y se vive en función al otro; la comunidad se define por una extensa trama de relaciones. El amor, la familia, las amistades, las creencias religiosas, las convicciones y los posicionamientos forman parte de un mismo círculo. De allí que se presenta en forma continua una sucesión de escenas que fluctúan entre la rutina laboral en el matadero y los asados familiares, las conversaciones privadas entre las mujeres, el desayuno entre padres e hijos y las discusiones por los pagos de los haberes. En cuanto al carácter visual del film, resulta importante destacar el grado de delicadeza con la que el director trabaja las tomas de la faena en el frigorífico; si bien es posible que algunos espectadores se sientan abrumados ante las crudas imágenes de la muerte de los animales, lo cierto es que aquellos ángulos, planos y su duración se encuentran cuidadosamente pensados para no desplazar el foco de atención que es la vida misma de los obreros.

Lo que prima en ese ambiente de labor colectiva es una combinación de la rutina y el conflicto; de algún modo, los altercados entre compañeros les permiten delimitar a qué tipo de experiencia laboral aspiran en relación a las condiciones reales del frigorífico y a los distintos niveles de compromiso en cada obrero. Es en estos momentos cuando la presencia de la cámara se vuelve evidente, ya que podemos observar cuánto dinero se le otorga a cada empleado a fin de mes, dónde se guarda, qué tipo de diferencias se establecen entre quienes pagan y reciben. Una lente imperceptible, pero que claramente se inserta en la comunidad sin que el espectador logre sospechar inmediatamente de ello.

A medida en que uno se adentra en la historia, el instrumento cine se materializa cada vez más. Ya sea el ofrecimiento de un mate al detrás de la lente o una fotografía grupal donde la cámara doméstica de uno de los empleados apunta automáticamente a la del profesional, estos pequeños actos demuestran la naturalización de la existencia del director-cámara en la vida comunitaria. Se vuelve manifiestamente obvia cuando, durante una payada posterior a un asado entre compañeros, el director y la productora del film son retratados cantando junto a los demás. Esta espontaneidad afecta a todas las esferas vitales; sorprende la confianza con la que Tato y su mujer coquetean frente a la cámara siendo ellos conscientes de su presencia. Una cámara que no conoce límites entre lo privado y lo público, porque desde los fundamentos que erigen este nuevo frigorífico no se contempla tal división.

Sangre de mi sangre documenta el ritmo cíclico de una comunidad que vive, trabaja y (se) desangra todos los días. La secuencia final del documental es muy representativa de esto: uno de los obreros lleva a su hijo menor al matadero y le coloca su propio delantal. Un gesto para las futuras generaciones que refiere a la esperanza de una continuidad en esa forma de vida tan exótica para un realizador internacional.

María Victoria Gómez Vila

Ficha técnica

Dirección, guión y cinematografía: Jérémie Reichenbach. Música: Frank Williams, Benoit Daniel, Olivier Bodin. Productores: Carmen Guarini, Adonis Liranza, Matthieu de Laborde. Origen: Francia. Duración: 78 minutos. Año: 2014.

Obtuvo el primer premio en el X Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata (Marfici).