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¿Cómo el Uruguay no hay? La participación del Festival de Cine Documental y Experimental del SODRE en las redes de festivales y sus particularidades.

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Mariana Amieva

Resumen

Centramos este trabajo en un estudio de las primeras ediciones del Festival de Cine del SODRE (1954-1962) analizando el marco institucional en el que surge y los vínculos con los ámbitos cinéfilos. El evento de Montevideo resulta un caso de estudio muy interesante por sus propias características institucionales a partir de su convocatoria por vía diplomática. Este origen permite el acceso a un corpus muy amplio de materiales que excede los posteriores raccontos canonizados con los que pensamos las formas del documental previas a la llegada del cine directo, a la par que nos muestra una amplia red de relaciones transnacionales. El declarado recorte del evento en los márgenes del cine institucional y la amplitud de la muestra nos permite encontrar un campo interesante para repensar los distintos marcos conceptuales y categorizaciones, expresadas en voces y modalidades. Este Festival también nos permite revisar este período transicional del cine y estudiar los espacios de encuentro e intercambio entre realizadores de cine para la región.

Palabras clave

Festivales de cine; Cine documental; Cine Experimental; Cine Latinoamericano; Teorías del cine documental.

Abstract

We focus this work on a study of the first editions of the SODRE Film Festival (1954-1962) analyzing the institutional framework in which it arises and the links with cinephile domains. The Montevideo event is a very interesting case study due to its own institutional characteristics from its call through diplomatic channels. This origin allows access to a very wide corpus of materials that exceeds the later canonized story with which we think the forms of the documentary prior to the arrival of direct cinema, while it shows us a wide network of transnational relations. The declared cut of the event in the margins of the institutional cinema and the extent of the sample allows us to find an interesting field to rethink the different conceptual frames and categorizations expressed in voices and modalities. This Festival also allows us to review this transitional period of cinema and study the spaces for meeting and exchange

Keywords

Film festivals; Documentary film; Experimental cinema; Latin American Cinema; Theories of documentary film.

Resumo

Enfocamos este trabalho em um estudo das primeiras edições do Festival de Cinema de SODRÉ (1954 -1962) analisando a filiação institucional no qual surge e os laços com o cinefilia. O evento de Montevidéo é um caso de estudo muito interessante para suas próprias características institucionais a partir de sua convocação pelos canais diplomáticos. Esta fonte permite o acesso a um vasto corpus de materiais que excedem o raccontos depois canonizados, ao mesmo tempo que nos mostra uma larga rede de relações transnacionais. O corte declarado do evento nas margens do cinema institucional e a amplitude da amostra nos permitem encontrar um campo interessante para repensar os diferentes quadros conceituais e categorizações, expressos em vozes e modalidades. Este Festival também nos permite rever este período de transição do cinema e estudar os espaços de encontro e intercâmbio entre cineastas da região.

Palavras-chave

Festivais de cinema; Cinema documental; Cinema Experimental; Cinema latino-americano; Teorias do documentário.

Datos de la autora

Mariana Amieva es Profesora en Historia (FHCE-UNLP), Doctoranda de Historia en dicha institución. Miembro del Grupo de Estudios Audiovisuales (GEstA-UdelaR). Investiga la historia del cine uruguayo en la década del 50. Docente de Historia del Cine y Lenguaje cinematográfico en diversas instituciones.

Fecha de recepción: 2 de marzo de 2018.
Fecha de aprobación: 4 de mayo de 2018.

 

La entrega de los diez grandes premios (…), puso fin a una muestra que por su extensión – en tiempo y en cantidad de films y de países participantes – no debe tener equivalente en ninguna parte del mundo. Este fue el Festival total, el Festival de los Festivales. Uno de los países menores del planeta quiso compensar tal vez su tamaño con esta muestra digna del gigantismo norteamericano o soviético. (Alfaro, Marcha,15/06/1956)

El festival “total” al que se refiere el crítico uruguayo Hugo Alfaro, es la segunda edición del Festival Internacional de Cine Documental y Experimental que organizó el Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica del Uruguay (SODRE), un evento que tuvo ocho ediciones entre 1954 y 1971 y fue la actividad más significativa de su Departamento de Cine Arte. Para entender esta iniciativa que se presenta como excepcional es necesario contextualizarlo.

Cine arte del SODRE fue fundado por el crítico de cine Danilo Trelles a fines del año 1943 y desde sus inicios se presentó como una institución similar a los cineclubs y cinematecas europeas, generando un espacio que se distinguía de los circuitos de exhibición comercial. En las primeras programaciones de ciclos se observa ese recorte legitimado en la “alta cultura”, con vasta presencia de las vanguardias, retrospectivas y ciclos monográficos que eran acompañados de documentados programas impresos con una clara vocación de formación de públicos. El propio Alfaro comentando la primera temporada de 1944, escribe para Cine Radio Actualidades:

Para los que amamos el arte cinematográfico; para los que nos hemos puesto, absurdamente, contra una corriente que se aprovecha del cine y en el fondo lo desprecia; para los que nos hemos atrevido a decir a las gentes qué sucia y falsa mercadería suele dárseles a consumir bajo el nombre de ‘cine’- (…), esta temporada del SODRE colma la medida de nuestras convicciones y exalta nuestro mejor entusiasmo. (Alfaro, 2001: 49)

El Departamento de Cine Arte del SODRE comparte algunos de los lineamientos generales del Servicio en esa búsqueda de distinción, y en su constitución se establece la misión de difundir a un público amplio el análogo de la “música culta” que se trasmitía por sus radios y se ejecutaba en su sala Auditorio. [1]  Lo interesante del Festival que comienzan a organizar en 1954 es que este sesgo de desplaza para reconocer en el cine algo más que una vocación artística/expresiva.

El inicio de los festivales coincide con un fin de ciclo muy particular en la historia del Uruguay que se suele caracterizar como “el Uruguay próspero” o el “Uruguay Feliz” (Ruiz, 2007). Este proceso se denomina neo-batllismo, debido a la centralidad de la figura de Luis Batlle Berres, sobrino de José Batlle y Ordoñez, que tuvo importante injerencia en la vida política local desde fines de la década del 1940. Cine Arte desarrolla sus actividades en ese contexto de crecimiento por sustitución de importaciones y ampliación del estado de bienestar. El proyecto del Festival parece estar imbuido de esa confianza y lo cierto es que cualquier intento de presentación parece terminar abonando la idea de Alfaro de un evento sin equivalentes.

1 tapa catálogo 1958

Tanto por sus dimensiones (cientos de películas, decenas de países participantes, varias semanas de duración…), como por su sesgo temático abocado a los márgenes del cine más institucionalizado, y a su procedencia (“uno de los países menores del planeta”), el festival termina resultando un objeto excepcional. Esta identificación con el proceso es muy notoria y no dejan de resonar las palabras del propio Luis Batlle Berres cuando pensaba al Uruguay como el “pequeño pero gran país”, oasis de libertades que se pensaba como “un país de excepción” (Espeche, 2016:41). Este imaginario comenzaba a entrar en crisis y pocos años más tarde el realizador Ugo Ulive le va a dedicar el filme irónico Como el Uruguay no hay (1960) al que aludo en el título.

No busco negar alguna de las cualidades que vuelven a este Festival un caso particular, y reconozco que parte de mi interés en este objeto surge de esta misma circunstancia. La presencia latinoamericana en el concurso, así como la importancia que obtienen los países del bloque soviético son una muestra más de estos elementos destacables. Sin embargo, creo que es necesario salir de ese relato que participa de los propios discursos celebratorios y mirar el contexto. Es pertinente relacionar el caso del SODRE con una de las particularidades más notorias que mantienen los festivales de cine: la tendencia a generar redes y comportarse siguiendo ciertos patrones. Desde esta perspectiva, el festival comparte muchas de las características que pertenecen a la primera etapa de los festivales de cine, vinculados a las iniciativas de los estados nacionales y con una marcada función diplomática tal como lo de desarrolla Aida Vallejo (2014: 27).

Como anticipé, el festival genera un planteo diferente al que se venía legitimando en los circuitos del cineclubismo y mantienen un perfil particular bajo un paraguas muy amplio que a partir de los términos “documental y experimental” recibe todo el cine que queda por fuera del largometraje de ficción que se exhibe en el circuito comercial.  A pesar de esa diversidad, oficialmente se convalida con posturas bien precisas, y junto con el declarado valor “diplomático” que se le otorga al evento, en los discursos de las autoridades se enuncia la pertinencia de un cine que eduque, que sea un puente entre los distintos pueblos, una ventana al mundo, etc. En este punto la referencia es explícita y el nombre de John Grierson una cita constante. Grierson no solo ofrecía las palabras que legitimaban el cine documental, sino que también marcaba la línea sobre la relación que se debía establecer entre las políticas públicas y el cine (Amieva 2010, 2018). Bajo ese “mandato” se estableció este festival con la particularidad de estar dirigido a todas las naciones con las que Uruguay mantiene vínculos diplomáticos, ofreciéndoles la posibilidad de presentar materiales periféricos que encuentran en estos eventos un gran espacio para su difusión.

2 Países participantes 1960

La participación en las redes que conforman los festivales de este período está presente en los catálogos de los festivales y la cobertura de la prensa, fuentes en donde encontrar las referencias a otros festivales y muestras de cine. En las presentaciones de las películas proyectadas aparecen en muchas ocasiones las menciones a esos circuitos compartidos, siguiendo un recorrido principalmente europeo que va marcando el mapa de esos cruces. Durante los primeros años de la década de 1950 era común encontrarse en las publicaciones cinéfilas rioplatenses con referencias festivales, y muestras dedicados a cortometrajes, que reunían todos los ítems que luego encontramos en Montevideo.[2] Dentro de todo ese circuito reconocido, me interesa resaltar dos eventos particulares que considero posibles antecedentes del Festival del SODRE y que aparecen mencionados en los comentarios de dos filmes proyectados en la edición de 1954.

El primero es el Festival de Filmes Documentales de Edimburgo que comenzó a realizarse en 1947 en esa ciudad bajo el amparo de John Grierson (McArthur, 1990). Este fue un importante festival que compartió algunas afinidades con el caso uruguayo. Los propios organizadores admiten esta filiación en un comentario a los cronistas de Marcha donde se explicita el referente y en el camino no dejan de pasar la ocasión de refrendar la excepcionalidad local. En una breve reseña que presenta el III Festival se comenta:

Por el abultado número de films a exhibirse en las distintas categorías y la presencia de tantos países productores, es casi seguro que el Festival se extienda durante un mes y medio, por lo menos. Ello ha hecho pensar a uno de sus organizadores que la empresa que ha encarado el SODRE es posiblemente única en el mundo, ya que sus dimensiones sobrepasan al de Edimburgo, uno de los Festivales mayores (Marcha, 9/05/58).

Del vínculo con este evento me interesa destacar dos elementos. El primero es el énfasis en el cine de lo real vinculado a las necesidades de comunicación específicas surgidas en la posguerra y la relación de esta situación con las políticas surgidas de la esfera pública estatal. La segunda es la rápida ampliación hacia otros cines que no se definían como documentales, como los largometrajes italianos del neorrealismo, situación que explica que a las pocas ediciones pierda el término documental del título.

La otra referencia es el Festival Internacional de Películas Experimentales y Poéticas de Knokke-le-Zoute que se inserta de lleno en el campo cinéfilo cineblubista (Bottani, 2015). Organizado por Jacques Ledoux, este festival cuya primera edición fue en 1949, plantea relaciones entre las vanguardias históricas de los ‘años 20 con las derivas contemporáneas de ese cine que ya se reconoce bajo el término de experimental.

A partir de la segunda posguerra se consolidan en relación a la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), instituciones especializadas dedicadas a los estos recortes en las márgenes o géneros menores. Surge el Comité internacional de Cine Etnográfico, la Federación Internacional de Filmes de Arte, así como numerosas cinematecas especializadas (Correa Jr., 2012: 44-48) Hubo una preocupación específica por dar espacio y proteger esos ámbitos al interior de los movimientos que mantenían relaciones con los grupos cineclubistas. Cine Arte del SODRE, que fue la primera institución latinoamericana que participó de la FIAF,[3] fue un protagonista importante de este proceso. En los congresos e intercambios con la Federación que describe Correa Jr. están presentes estos intereses describiendo una contracara importante frente a los circuitos de los grandes festivales generalistas. En Uruguay hubo un intento claro de formar parte de este circuito con la creación del Festival Internacional Cinematográfico de Punta del Este en 1951, por parte de la Comisión Nacional de Turismo. Si bien el SODRE tuvo estrechas relaciones con los festivales de Punta del Este, se destacan los pronunciamientos de diferenciación entre estos espacios, ya sea declarando que el sesgo documental que define su propuesta corresponde al “auténtico destino del cine” (Revista del SODRE, 1958), ya en referencias como las del Alfaro cuando alude despectivamente a las características de los “festivales de biquini” (Marcha, 27/4/56)

El sesgo temático y su origen diplomático no son elementos excepcionales. Tampoco se destaca por su surgimiento temprano y ni siquiera se puede plantear que sea el primer evento de este tipo en la región, ya que contamos con el antecedente del Primer Festival Internacional de Películas de Arte, en Caracas en 1952. [4]

Sin embargo, no podemos negar algunas singularidades que hacen de este evento un objeto peculiar. Una de sus características más notorias tiene que ver con su dimensión. Este es un elemento interesante porque le da su identidad, su desmesura y también su debilidad y tiene que ver con su particular organización. Tal como se desprenden de las bases que aparecen publicadas en los primeros números de la Revista SODRE y en las notas de prensa de todas sus ediciones hasta 1960,[5] para su convocatoria, se mandaban por vía diplomática, ofrecimientos de participación a todas las naciones con las que Uruguay mantenía relaciones. La programación luego se organizaba con “todos” los filmes recibidos, sin realizar ninguna selección previa.[6] La propia organización del festival era consciente de lo que esta circunstancia generaba. En el primer número de la Revista del SODRE como balance de la primera edición encontramos el siguiente comentario: “Como testimonio de la falta de oportunidades que se ofrecen para la exhibición de esa clase de películas, los países participantes respondieron a la convocación del SODRE con entusiasmo a veces excesivo, abrumando al público y al jurado con un alud de películas de las más dispares calidades.”  (1955)

3 Marcha 15-6-56

Los filmes llegaban con muy poca antelación sin respetar los plazos que se estipulaban en las bases, por lo cual el trabajo de los programadores resultaba muy complejo, ya que la mayoría de las cintas no contaban con subtítulos en castellano y era escasa la información sobre las mismas.  A esta situación se le debe agregar la gran diversidad de materiales, tanto por sus temas, como por las duraciones y los formatos. Es oportuno señalar que la organización del Festival en las primeras ediciones estuvo compuesta por el director del departamento, Danilo Trelles, Jorge Ángel Arteaga en la programación, una secretaria y otras tres personas trabajando en la exhibición[7].

El origen diplomático de la convocatoria es lo que explica la gran cantidad de películas que se proyectaban cada año, pero más aún la gran cantidad de países participantes. En este trabajo me enfocaré en las primeras cuatro ediciones del festival y una breve mención al festival de 1962, ya que planteo que se puede considerar a estas ediciones que se realizaron bajo la dirección de Trelles en el Departamento como un ciclo particular. Estos son los números de las primeras ediciones:

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El Festival se presenta entonces como un muestreo que nos permite observar las reglas y las rutinas, nos descubre los filmes que se pierden en las miradas retrospectivas que reiteran un recorte canónico. Más que el número de piezas proyectadas, la particularidad de la no existencia de selección previa nos permite encontrarnos con una diversidad que se pierde en los raccontos.

Dentro de este universo, y desde la primera edición, pronto se perciben algunas particularidades. Como balance preliminar encontramos algunos elementos interesantes. Es notorio el peso de las películas de los países del bloque del Este, que representan casi un tercio del total en las primeras tres ediciones; y derivado de esto la gran cantidad de materiales que tienen su origen en alguna agencia estatal. Esta presencia no debe ser leída como un respaldo oficial al bloque, y de hecho Uruguay no mantuvo una postura neutral durante la guerra fría, apoyando explícitamente a EEUU. Esta circunstancia parece mostrar cierto margen de independencia a la hora de generar políticas públicas, por parte de estas pequeñas dependencias que operan en los intersticios de esas estructuras de poder. En el festival del 58 se vuelven notorias las tensiones que esta mirada inclusiva genera a partir del intento de censura de un filme de Alemania Democrática y es probable que este problema esté en el origen del alejamiento de Trelles años más tarde (Trelles, 1999: 162). Para entender parte de la relevancia que tiene este festival como espacio de encuentro entre los países de los dos bloques, podemos recordar que no podían presentarse filmes soviéticos en alguno de esos espacios convalidados como el Festival de Berlín (de Valck, 2007: 74).

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Las películas que procedían de agencias públicas no solo eran las del bloque del este. También se encuentra esta filiación en los materiales de Canadá y la esperada presencia del National Film Board (NFB), pero también de la India, de Brasil o Argentina. La participación del Estado en la producción de cines se muestra plural en este muestreo, con filmes de divulgación científica, promoción turística, panoramas del acervo artístico del país, así como registros más “etnográficos” y costumbristas o filmes de animación. Se siente el eco del ideario Griersoniano citado en el discurso inaugural de la edición de 1956: el cine es un medio tan versátil como la imprenta y puede expresarse de “mil maneras”. [8] Pero más que en la diversidad, la presencia de Grierson se encuentra mucho más representada en cierta parte del corpus que consigue la legitimación de las premiaciones y de las miradas críticas. Está presente por ejemplo en todos los filmes con producción de la Shell Film Unit, que, siguiendo el modelo de la unidad de filmación de la británica GPO, presentó filmes en todas las primeras ediciones, y consiguió varios premios con sus títulos dedicados a la “naturaleza”.

Resulta mucho más complejo tratar de encuadrar el corpus experimental. Tadeo Fuica y Caravelli (2015) le dedicaron a este tema un artículo concentrándose en las argumentaciones de las premiaciones y los discursos oficiales y trabajando con algunos filmes argentinos que se presentaron en la siguiente etapa del festival.  A partir de la edición de 1960 los filmes experimentales nos suenan conocidos y se nota el impacto de la llegada de muchos filmes norteamericanos, país que casi no había estado representado en las ediciones anteriores. Sorprende la inclusión tan temprana de nombres como los de Shirley Clarke, Jane Belson o los primeros trabajos de Peter Kubelka, así como más tarde el de Stan Brakhage, referencias que claramente asociamos con el movimiento underground y el cine estructuralista que van a predominar la escena de la década del 60. En esos tiempos tan tempranos no sorprende tanto el desdén de la crítica local que llega a dedicarles el mote de “esnobobismos” a estas obras.[9]

Sin embargo, durante las tres ediciones de la década del ’50, el cine experimental no tiene una identificación tan clara. Es una etiqueta compleja, tal como se observa en las notas personales de Walter Dassori que participó como jurado en los concursos de cine nacional que antecedían al festival. Las descripciones de los filmes y las premiaciones también son algo ambiguas en el uso que le dan al término “experimental”. Como ejemplo podemos ver el caso de dos filmes que se proyectaron en la edición de 1958, el primero es el filme yugoslavo Balada Fantástica (Bostjan Hladnik, 1957) y el segundo Miércoles en Harlem (John Hubley y Faith Elliott, 1957). Los dos cortos están compuestos por animaciones a partir de obras de artistas plásticos reconocidos, y en las dos hay un leve hilo narrativo. La primera obtuvo una mención como Filme Experimental y la segunda una mención como Documental Artístico.

Algunos referentes como Maya Deren, que pueden generar una identificación más precisa con el término experimental, tienen una presencia lateral o están ausentes de esta muestra. El caso de Norman McLaren es interesante porque si bien se le dedica una suerte de retrospectiva fuera de concurso en la edición de 1954, sus obras solo consiguen una mención por Blinkity Blank (1955) en 1956 y no parecen generar en este período mucho entusiasmo. Las obras tempranas del futuro dramaturgo Peter Weiss son claros ejemplos reconocidos del cine experimental pero tampoco atraen a un público que se siente medio desconcertado por esos “experimentos”.[10]

Documental artístico, film cultural, documental de arte, experimental, animación. Estos son los términos en los que se encuadran una parte importante de los filmes proyectados, dando cuenta de una frontera difusa. En ese territorio hay espacio para los filmes documentales de carácter más expositivos que resaltan su vocación meramente informativa, pero no son un porcentaje que se imponga al resto y por sobre todo no son los filmes más valorados. Por sobre las cualidades de los filmes documentales prevalece el ideario del “tratamiento creativo de la realidad” griersoniano, y hay cierto consenso en que las películas que merecen la pena ser rescatadas son las que hacen gala de sus valores expresivos y originales.

Las primeras cuatro ediciones

Anteriormente plantee la necesidad de periodizar el festival y dar cuenta de los cambios que tuvo a lo largo de estas ediciones. En otro texto (Amieva, 2010) desarrollé una descripción de todas sus ediciones, me interesa en este trabajo resaltar sólo algunas líneas generales.

La primera edición en 1954 tuvo una impronta un tanto burocrática, y si bien presentó una escala más acotada que los siguientes, ya va marcando algunas características del conjunto. Nos encontramos con la presencia significativa y diversa de los filmes de animación, de instituciones como la NFB de Canadá o la Shell Film Unit. Se destacó la importancia del cine checoslovaco dentro del conjunto obteniendo los cuatro grandes premios, y el reconocimiento de unos nombres que serán las figuras de mayor prestigio en esta primera etapa: Arne Sucksdorff, Bert Haanstra, Herman van der Horst, y Jirl Trnka, quien gana dos grandes premios y dos menciones.

En la siguiente edición en 1956, nos encontramos con la cualidad un tanto excesiva del evento del que dan cuenta las reseñas críticas. Los 230 filme proyectados le otorgan ese carácter de muestreo al que aludía. Se agregaron más categorías para abordar la variedad de las propuestas, elemento que no logra evitar lo que se percibe como cierta arbitrariedad a la hora de clasificar los filmes[11]. La gran presencia de este festival fue Bert Haanstra, visita especial a la cual se le dedicó una retrospectiva y se lo reconoció con dos grandes premios, al documental artístico y al filme cultural. Haanstra quedó sorprendido por la cultura cinematográfica local e instó a los realizadores nacionales a producir.[12]

4 Marcha 30-5-58

El Festival del año 1958 es el más comentado por la bibliografía por la por la visita de John Grierson, y por la importancia retrospectiva que se le otorga al Primer Encuentro Latinoamericano de Cineístas Independientes que pasa a ser leído como un antecedente de los encuentros de realizadores en la década del 60 vinculados con el cine de intervención política (Mestman y Ortega 2014). Tuvo un reconocimiento más discreto, tanto para la crítica contemporánea como para los posteriores raccontos, la visita del director sueco Arne Sucksdorff, quien según los cronistas tuvo un paso breve y frío, o la conferencia que dio el argentino Simón Feldman sobre la producción de cine independiente. Las reseñas también nos muestran un evento consolidado que comienza a tener una importante aceptación y asistencia del público. Ese año también tuvo una importante presencia numérica los filmes del bloque soviético, pero por primera vez obtuvieron sólo unas pocas menciones en la premiación y apareció un significativo párrafo de parte del jurado en el que destacó a “la República Federal de Alemania, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos. Por el elevado nivel de sus aportes al Festival.” (Catálogo del Festival, 1958)

El catálogo del festival de 1960 contiene el conjunto más interesante de filmes y a pesar de la gran cantidad de materiales presentados en esta ocasión, parece que sí hubo una preselección de materiales. Otra de las novedades fue la importante delegación de EEUU que en las anteriores ediciones había tenido una presencia muy discreta y con ella los cambios en relación al corpus experimental que comentábamos. También rescato la importante presencia de filmes latinoamericanos y la inclusión de dos largometrajes ficcionales como Pointe Courte (Agnes Varda, 1955) y Trono de sangre (Akira Kurosawa, 1957), que marcan una apertura hacia un recorte más amplio de filmes parecido al que tuvo el Festival de Edimburgo.

Este festival que parece estar dando cuenta del apogeo del proyecto del SODRE con la consolidación del perfil propuesto y cierta legitimidad ganada, encuentra en este momento también su punto de crisis. Esta circunstancia se expresa en el grave acto de censura del filme uruguayo Como el Uruguay no hay de Ugo Ulive. Es la Comisión directiva del SODRE la que decide la exclusión de esta película bajo el pretexto de violar las bases del concurso (Lacruz, 2015). En las notas personales de Walter Dassori evaluando los filmes nacionales presentados ese año expresa que a su juicio (que parece compartido por el resto del jurado) esta es la mejor película uruguaya, y se reconoce en la exclusión los motivos políticos de la censura a los cuestionamientos a la clase dirigente que se expresan en el filme.  Este hecho cobró relevancia pública y hubo notas muy críticas en el semanario Marcha y una carta firmada por muchas personalidades solicitando la proyección del filme.

Este no fue el primer acto de censura en el marco del Festival. En la edición anterior la Comisión directiva ya había intentado dejar de lado dos filmes que tuvieron un pase privado para que los jurados pudieran opinar. En este caso se trató del filme de la República Democrática Alemana Tu y mis camaradas, de Annelie y Andrew Thorndike (1955), cuestionado por considerarse propaganda comunista, y el cortometraje del argentino Rodolfo Kuhn Sinfonía de no bemol (1957), por lo que entiendo fue una evocación al sexo no tan implícita como se acostumbraba. Finalmente, el filme alemán fue exhibido y el jurado en actitud desafiante, decidió darle una mención especial abriendo una airada protesta. La película de Kunh también contó con el respaldo del jurado, pero no tuvo suerte y quedó eliminada. Ese mismo año recibió una mención especial en el Festival de cine Experimental de Bruselas, el sucesor del festival de Knokke-le-Zoute, en una edición que legitimó el cine underground y experimental que se iba a consolidar en los 60 (Marcha, 28/6/1958). Todo un símbolo…

Estas circunstancias muestran que comienza a notarse un conflicto entre la organización del Festival y sus propósitos, con la mirada de la institución que se distancia de estas búsquedas marginales y comienza a ejercer el control para encuadrar unas políticas públicas hacia el audiovisual que no parecen acompañar las limitadas intenciones del Servicio[13]. Los discursos oficiales en los actos de apertura y clausura se cierran con palabras auto celebratorias y las apelaciones a un cine que ayuda a conocer, comunicar, a lo sumo expresar, pero no a criticar.

En ese contexto conflictivo se puede entender las particularidades de la edición de 1962, evento en el que se presentaron muchas menos películas (179) y países (29). Fue notorio el declive a pesar de algunas notas de interés que mantuvieron la línea de apertura a los largometrajes de ficción, como la presentación y lugar destacado que recibieron Los inundados (Fernando Birri,1961), el reconocido filme checo La Paloma blanca (Frantisek Vlácil, 1959), la retrospectiva de Carl Dreyer y varios filmes documentales y experimentales destacables. Para coronar la sensación de fin de ciclo se proyectaron retrospectivas de todos los grandes premios de las ediciones anteriores a manera de balance del período. Luego de esta edición Danilo Trelles dejó el cargo y a partir de ese momento se descontinuó la periodización del evento.

5 La prensa 23-5-58

Caracterizando a ese cine documental

Como planteaba anteriormente, el carácter de muestreo de este festival y la diversidad de materiales exhibidos, son elementos que nos ayudan a problematizar un proceso que comenzó a pensarse en forma dicotómica en la bibliografía clásica sobre el tema. Siguiendo el sugerente texto de María Luisa Ortega (2004) sobre las continuidades y discontinuidades del documental social y el cine de intervención política, considero que es necesario revisar o matizar la idea de que el cine que comienza a emerger a fines de la década del ‘50 pueda ser considerado como un claro quiebre respecto a un cine documental previo que se asume como mayoritariamente expositivo y cuyo recurso más representativo es la voice over caracterizada como la “voz de dios”. En este planteo el nuevo cine emergente surge como una fuerza democratizadora frente al carácter autoritario de la modalidad expositiva, y en ese quiebre se vincula con la vocación más expresiva y poética ligada al cine que comienza a reconocerse como documental en la década del 20.

El temprano texto de Julianne Burton sintetiza esta idea con las siguientes palabras:

Desde el inicio del movimiento del documental social a mediados de la década de los cincuenta, los cineastas latinoamericanos comenzaron a experimentar con una amplia gama de estrategias diseñadas para eliminar, suplantar o subvertir el modo de enunciación del documental estándar: la “voz de Dios” anónima, omnisciente y ahistórica. Los realizadores de cine social estaban decididos a desafiar lo que percibían como las características autoritarias de este modo de enunciación particular, ya que lo equiparaba con un orden sociopolítico injusto, jerárquico y cerrado que estaban igualmente determinados a exponer y transformar. (…)

En su impulso para subvertir o eliminar al narrador autoritario, algunos cineastas sustituyeron los intertítulos; otros llegaron a extirpar completamente los razonamientos expresados con palabras – escuchadas y escritas- en películas cuya práctica de «vanguardia» resucitó las estrategias formales de la época del cine mudo. (1990:49-50)[14]

Resulta complejo hacer un análisis a partir del conjunto total de los filmes presentados en las primeras ediciones porque habría que dar cuenta de las características formales de cientos de filmes proyectados y de los que tenemos pocas informaciones. En una mirada general a partir de la lectura del catálogo, surge una diversidad de propuestas que no logran encuadrarse en las características de la modalidad expositiva y mucho menos en el sesgo autoritario que Burton le otorga a la misma. Como mencionamos anteriormente son muchos los filmes que resultan difíciles de ubicar en las diferentes categorías, y sus vocaciones expresivas acompañan a las informativas. En este contexto aparece un uso de recursos mucho más variado en el cual la “narración autoritaria” no juega un papel preponderante en un importante número de filmes premiados.

Un dato indicativo de la relativa importancia que el uso de la voice over tiene en estos momentos, resulta el hecho de que muchos de los materiales presentados no cuentan con subtítulos y sin bien esto en algunos casos era reparado con una narración impresa en el catálogo o una descripción detallada, en muchos otros no se contaba con este recurso. Si bien la crítica se quejaba de este asunto, en esos mismos comentarios se alude a que esto no es un problema para un número significativo de cintas en los que la palabra no era el medio principal para comunicar contenidos (Marcha, 23/5/58).

Es todavía más importante a la hora de valorar este cine, analizar las películas que fueron reconocidas tanto en las premiaciones como por la prensa. Muchas de estas películas formaron parte de ese circuito de festivales del que hablábamos y todavía tienen alguna circulación por lo que sí podemos hacer un breve análisis formal de los recursos utilizados y de las modalidades en las que se expresaban.

Si bien la cualidad pedagógica y edificante se encontraba en muchas de las categorías del concurso, los formatos más expositivos e informativos que recurren a la narración para llevar una argumentación clara y conclusiva se encuentran en las categorías de filmes científicos, culturales, y etnográficos, a los que se le suma en algunas ediciones los documentales de viajes. En estos rubros destacan principalmente filmes de filiación institucional, como los mencionados filmes de la Shell Film Unit, y, por lo que se deduce de los catálogos y las críticas, varios filmes soviéticos.

Del conjunto sobresalen, sin embargo, otros filmes en los que hallamos características que desafían los sentidos comunes con los que se piensa al documental como género previo al cine observacional de la década del ’60. Nos encontramos con escenas plenamente intervenidas en donde los límites entre ficción y no ficción se asumen confusos. Con montajes que no se organizan bajo la lógica argumental, y filmes en los donde los relatos se distancian de las imágenes con un dejo irónico o en un diálogo abierto, pero sin imponer sentidos. Estamos hablando de las películas de Arne Sucksdorff, o de la escuela holandesa, pero también de los filmes polacos de Andrzej Munk, los italianos de Vittorio de Seta, o la obra de perfil más experimental de John Hubley, todos ellos ejemplos ya celebrados en el circuito de festivales pero que dejaron en estas costas una profunda impresión.

Volviendo al comentario de Burton sobre un modelo hegemónico que el cine social vendría a romper, considero que es más pertinente pensar este cine ya no bajo el paraguas de la modalidad expositiva y algunos de sus atributos más negativos tal como la hemos pensado a partir de una lectura esquemática del texto clásico de Bill Nichols (1997), sino como un cine que con distintos énfasis utiliza todas las funciones retóricas que desarrolla Michael Renov (2010). En estas programaciones comparten protagonismo, tanto las funciones que se proponen preservar, persuadir, analizar o cuestionar, como la función expresiva. Evitando hacer una lectura teleológica de las fuentes, en las que tratamos con una mirada anacrónica las fronteras entre la ficción y la no ficción, tal vez sea más adecuado pensar el problema dejando de lado la centralidad de la relación con el referente o mundo histórico, como el hecho que define al documental en su vocación por representar la realidad, para, siguiendo a Carl Plantinga (2014), considerar que nos encontramos con discursos sobre lo real que utilizan distintas voces.

Del balance preliminar de estos materiales surge que la voz abierta y la voz poética, están más presentes que la voz formal en el recorte de los filmes valorados en las premiaciones, aunque todos esos usos se mezclan en muchas de las producciones. Y creo que en estas voces se escuchan los ecos de las vanguardias históricas, elementos tan presentes en este cine de los años 40 y 50 como en las fracturas formales que luego Burton le va a otorgar al cine político-social.

El festival del SODRE en perspectiva

Paulo Antonio Paranaguá (2003), ubica al festival del SODRE en el centro de las expectativas generadas por el cine documental en un período de transición entre los cines clásicos industriales y la radicalización del cine político. Esta identificación es válida para esta primera etapa analizada y es significativo que el notorio declive del festival en las siguientes tres ediciones de debe a la imposibilidad de hacerse eco de ese nuevo cine que encuentra rápidamente espacio en ámbitos enfrentados con las esferas estatales. Pero, así como considero que hay que matizar el carácter excepcional con el que los mismos protagonistas construían los primeros relatos del evento, creo que también es pertinente correrse del foco que sólo lo resalta como antecedente para otra cosa, como un caldo de cultivo un tanto anodino. donde se leen los orígenes de otros procesos que sí son dignos de ser contados. Esta apelación al SODRE todavía se encuentra en una numerosa bibliografía académica que reitera la función de pionero en un itinerario de rupturas. Al centralizar esta lectura solemos dejar de lado las continuidades y los lazos transversales que establece dentro de ese período particular de la historia del cine.

Como vimos, estas citas en Montevideo tuvieron una importancia muy notoria dentro del medio, principalmente a nivel local y regional. En algunas de las ediciones algunos diarios argentinos mandaban corresponsales y el evento era cubierto por las agencias internacionales. En el centro de toda esta movida tan significativa ubico a la función de encuentro e intercambio que tuvo para los realizadores de cine. Es posible que más allá del valor diplomático o de la función de ventana que facilitaba el acceso a otros públicos, este espacio se haya destacado como lugar de diálogo y reconocimiento para la gente de cine, anticipando algunas funciones que serán luego centrales en los circuitos de festivales.

Este espacio logra ser un ámbito oportuno para leer los complejos diálogos que se establecen entre las producciones de los distintos países. Estos encuentros con materiales tan diversos no pueden entenderse bajo una esfera de referencia jerárquica de cierta parte del corpus en relación con otra, que la reconoce como modelo a imitar. No hay un vínculos norte-sur / centro–periferia claros que organicen relaciones de dependencia y réplicas de los modelos validados, sino apropiaciones complejas y horizontales de distintos recursos y usos expresivos, relaciones dispares que parecen adoptar la forma de un rizoma y que vinculan las distintas voces en la que se expresa este cine marginal, con las prácticas precisas en que ese cine se produce. Pensar el festival en su sincronía, en las redes de las que participa, en los lazos con otros procesos contemporáneos, nos puede ayudar a iluminar este período y a pensar nuevos problemas.

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Notas

[1] Desde su origen el SODRE trascendió a partir de sus trasmisiones radiales de música académica y por la conformación de sus orquestas. Luego se agregan actividades vinculadas al ballet y al teatro. Por más información sobre este servicio ver de Torres, 2015.

[2] Ver por ejemplo la reseña del IV Congreso Internacional de Cortometrajes en Gente de Cine n 25, 1953, referido al “IV Congreso Internacional de Películas Educativas, Documentales y de Cortometrajes de París)

[3] El SODRE entra oficialmente como miembro de la FIAF por resolución aprobada el 15/9/48 durante el Congreso de Copenhague Información obtenida por la correspondencia de la FIAF recopiladas por Fausto Correa Jr.  – Correspondance de Jerzy Toeplitz a Danilo Trelles Cine Arte SODRE. Centro de documentación de la Cinemateca Uruguaya. Si bien en ese congreso también entra en la FIAF la Cinemateca de San Pablo, el SODRE ya venía participando previamente sin ser miembro pleno.

[4] En este festival fue premiada la película Reverón, de Margot Benacerraf. Información obtenida de la cartilla de prensa del filme, disponible en la Biblioteca de la ENERC.

[5] Revista SODRE n2 (1955: 86-87) y Revista SODRE n 5 (1957: 81-88), En estas bases se establece un máximo de 10 filmes a presentar por cada país. Pero este límite no se ve respetado en la cantidad que presentan algunas delegaciones que exceden esta cifra. En las bases también se deja constancia de que la organización puede hacer invitaciones particulares.

[6] Para dar cuenta de este tema creo necesario compartir el relato de Hugo Alfaro sobre este problema: “Recibe una enorme cantidad de material como síntoma de la resonancia mundial del certamen, pero luego lo exhibe todo, sin discriminación alguna, dando una chance inmerecida a muchísimo bodrio que sólo debía ser exhibido entre familiares y amigos, en el país de origen. (…) El resultado se contabiliza en cantidades de irritación y bostezos. PRESELECCIÓ, es la voz de orden para otros festivales” (Marcha, 27-6-58). En la edición del 60 se les solicita a los países participantes que limiten ellos mismos la cantidad de filmes a exhibir. Ver comentario en Marcha, (1/7/1960).

[7] Información obtenida en los catálogos de los festivales. Los mismos pueden consultarse en el CDC de Cinemateca Uruguaya.

[8] “El cine, entiende John Grierson, es sobre todo un medio de publicación, como la imprenta; un instrumento a través del cual la cultura de un pueblo puede expresarse de mil maneras. También en el cine caben, además de la narración filmada, el poema, el ensayo, el texto pedagógico, el documento científico y también el periodismo y la publicidad. Estos son los campos de actividad cinematográficas que interesan al Festival del SODRE”, Catálogo del Festival, 1956.

[9] Mario Benedetti, hablando de los pocos filmes destacables comenta: “Lo demás son bailarinas rumanas, y esas muestras de “esnobobismo” que han invadido el IV Festival y que algún desprevenido puede tomar aún por cine experimental o de vanguardia”. (Marcha, 22/7/60)

[10] “Y para los amantes de lo falsamente exquisito y poético ¿qué mayor desafío que contemplar los ejercicios eróticos del realizador sueco Peter Weiss, un hombre para quien la cámara y el montaje son medios para ventilar (o fijar) complejos? (Marcha, 25/5/56)

[11] Por ejemplo, el caso de un filme institucional de la British Petroleum Company realizado por John Halas en animación, obtiene una mención como Filme Cultural.

[12] En “Haanstra al natural”, en Marcha (9/6/1956). En el n 5 de la Revista del SODRE (1957) le dedican un espacio considerable y publican un artículo suyo.

[13] En una carta a la Danilo Trelles a Henri Langlois del 10-5-59, a raíz de un conflicto por una denuncia de Rolando Fustiñana en el congreso de la FIAF de 1958, le explica que la organización del Festival corre por cuenta de la directiva del SODRE y que el equipo de Cine Arte solo realiza una tarea técnica. Correspondencia de la FIAF. CDC Cinemateca Uruguaya.

[14] Traducción de la autora.

1965: contra el desconocimiento mutuo en el Cono Sur

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Cecilia Lacruz

Resumen

En sintonía con otros trabajos que rastrean los eventos y las ideas que nutrieron la institucionalización del Nuevo Cine Latinoamericano, en este artículo mostraré una coyuntura regional previa a ese hito de origen que fue el V Festival de Cine de Viña del Mar y el Encuentro de Cineastas Latinoamericanos de marzo de 1967. Focalizaré la atención en 1965 e intentaré contribuir a la historiografía del período con la recuperación del Primer Festival de Cine Independiente Americano -o “del Cono Sur”- de Montevideo y el Primer Encuentro Argentino-Brasileño de Realizadores de Corto Metraje de Buenos Aires. Mostraré un conjunto de películas latinoamericanas circulando en la región, incluyendo cine documental, y subrayaré el lugar que ocuparon en ambos encuentros los cortometrajes brasileños producidos por Thomaz Farkas: Memória do cangaço (Paulo Gil Soares, 1965), Nossa Escola de Samba, (Manuel Horacio Giménez, 1965) Subterrâneos do futebol, (Mauricie Capovilla, 1965) y Viramundo (Geraldo Sarno, 1965), reunidos años más tarde en el film Brasil verdade (1968) y también conocidos por la bibliografía como “Primera Caravana Farkas”.

Palabras clave

Festival Cine Independiente; Nuevo Cine Latinoamericano; cortometrajes; cine-verdad.

Abstract

In tune with other works that track the events and ideas that nurtured the institutionalization of the New Latin American Cinema, in this article I will show a regional conjuncture prior to that milestone of origin that was the V Festival of Cinema of Viña del Mar and the Meeting of Filmmakers Latin American of March of 1967. I will focus the attention in 1965 and contribute to the historiography of the period with the recovery of the First American Independent Film Festival – or «of the Southern Cone» – of Montevideo and the First Argentine-Brazilian Meeting of Directors of Short Film from Buenos Aires. I will show a set of Latin American films circulating in the region, including documentary film,  and I will underline the role played by the Brazilian short films produced by Thomaz Farkas: Memória do cangaço (Paulo Gil Soares, 1965), Nossa Escola de Samba, (Manuel Horacio Giménez, 1965) Subterrâneos do futebol, (Mauricie Capovilla, 1965) and Viramundo (Geraldo Sarno, 1965), reunited years later in the film Brasil verdade (1968) and also known by the bibliography as «Primera Caravana Farkas».

Keywords

Independent Cinema; New Latin American Cinema; short films; cinéma-verité

Resumo

Em sintonia com outros trabalhos que acompanham os eventos e idéias que alimentaram a institucionalização do Novo Cinema Latino-Americano, neste artigo mostrarei uma conjuntura regional anterior àquele marco de origem que foi o V Festival de Cinema de Viña del Mar e o Encontro de Cineastas Latino-Americanos de março de 1967. Vou focar a atenção em 1965 e contribuir para a historiografia do período com a recuperação do Primeiro Festival de Cinema Independente Americano – ou «do Cone Sul» – de Montevidéu e da Primeira Argentina. Encontro Brasileiro de Diretores de Curta Metragem de Buenos Aires. Mostrarei um conjunto de filmes latino-americanos circulando na região, incluindo cinema documental, e destacarei o lugar onde aconteceram os dois curtas brasileiros produzidos por Thomas Farkas: Memória do cangaço (Paulo Gil Soares, 1965), Nossa Escola de Samba, (Manuel Horacio Giménez, 1965) Subterrâneos do futebol, e Viramundo (Geraldo Sarno, 1965), reunidos anos depois no filme Brasil verdade (1968) e também conhecido pela bibliografia como «Primera Caravana Farkas».

Palavras-chave

Festival – Cinema Independente; Novo Cinema Latino-Americano; curtas-metragens: cinema-verdade

Datos de la autora

Cecilia Lacruz es M.Phil. en Latin American Studies por la Universidad de Cambridge y MA en Film Studies por la University College Dublin (UCD), actualmente realiza el doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es docente e integrante del Grupo de Estudios Audiovisuales (GEstA, Montevideo). Colaboró en volúmenes colectivos con los artículos “La pantalla presa en Libertad” (Montevideo: Trilce, 2015), “Uruguay: la comezón por el intercambio” (Buenos Aires: Akal, 2016) y “Rostros, voces, miradas: notas sobre el pueblo en el cine documental uruguayo de los años sesenta” (Montevideo: Irrupciones Grupo Editor, 2018).

 

Fecha de recepción: 26 de febrero de 2018.
Fecha de aprobación: 27 de abril de 2018.

Se ve más cine latinoamericano en París que en cualquier ciudad lat-am. Los cineastas lat-am se conocen en Europa. Muchos viven de lo que consiguen exportar. Pero desde hace un tiempo algo cambia. Aquí se pudo conocer y aplaudir a Birri y Pereira dos Santos, (traídos por Danilo Trelles para los Festivales del Sodre), cuando recién iniciaban sus ciclos creativos, lo que es mucho más importante que la tan cacareada erudición rioplatense sobre Bergman o Antonioni. Pero de vez en cuando, sobre todo últimamente, es posible ver algo lat-atm, hasta en Lat-am, y conocerse”

(Handler, “Encontrando documentales, Marcha, 27/11/65).

A mediados de la década del 60, como sabemos, al igual que en otros campos de la cultura latinoamericana, y en particular, el de la crítica literaria, la conciencia de la necesidad del intercambio y de contrarrestar el aislamiento y desconocimiento recíproco del cine en la región está a la orden del día. Este trabajo propone rastrear los vínculos materiales que sustentan esta percepción. Como ya lo ha subrayado la bibliografía, los festivales, reuniones, conferencias, permiten trazar momentos de socialización e intercambio de ideas. Se trata de un abordaje arqueológico bien transitado -aunque no agotado- que revisa los caminos y procesos que nutrieron la institucionalización del Nuevo Cine Latinoamericano. Comparto con esta perspectiva el interés de desarmar los discursos que se cristalizaron en una agenda común con el objetivo, en mi caso, de visibilizar los eventos regionales transnacionales que contrarrestan la idea de un hito de origen en el V Festival de Cine de Viña del Mar y el Encuentro de Cineastas Latinoamericanos de marzo de 1967. Dentro del temario de este último, por ejemplo, el tópico del desconocimiento de la cinematografía fue central y por ello, cuando finalizó el Festival, los organizadores y críticos señalaron como un gran triunfo haber concretado el conocimiento de una “realidad cinematográfica latinoamericana” con las películas de los 9 países participantes (Francia, 1990).

En este artículo, mi intención es mostrar una parte de esa programación circulando años antes entre Montevideo y Buenos Aires. Revisaré el contexto institucional del Primer Festival de Cine Independiente Americano -o “del Cono Sur”-  de Montevideo y exploraré el encuentro de la crítica con un cine-verdad latinoamericano materializado en el conjunto de cortometrajes brasileños producidos por Thomaz Farkas: Memória do cangaço (Paulo Gil Soares, 1965), Nossa Escola de Samba, (Manuel Horacio Giménez, 1965) Subterrâneos do futebol, (Mauricie Capovilla, 1965) y Viramundo (Geraldo Sarno, 1965), reunidos años más tarde en el film Brasil verdade (1968) y también conocidos por la bibliografía como “Primera Caravana Farkas”. Acompañaré el viaje de estas películas hacia el Primer Encuentro Argentino-Brasileño de Realizadores de Corto Metraje al otro lado del Río de la Plata y revisaré el lugar que ocuparon en esta reunión. Mi propuesta central consiste en trascender los marcos nacionales de los Festivales y encuentros a la hora de interpretarlos, haciendo hincapié en su dimensión regional-transnacional.

I

El Primer Festival de Cine Independiente Americano se llevó a cabo en Montevideo, desde el 25 al 30 octubre de 1965, en las respectivas localidades de sus dos instituciones organizadoras, Cine Club del Uruguay (CCU) y el Instituto General Electric del Uruguay (IGE). Mientras Cine Club era un pilar fundacional de la cultura cinematográfica uruguaya nacida a fines de los años 40s, su nuevo asociado tenía apenas dos años. Dirigido y creado en 1963 por Ángel Kalenberg, el IGE era uno de los espacios más representativo del arte moderno en Uruguay que reunía a la vanguardia local —las artes plásticas, el diseño, la música, la danza la fotografía, el happening— en un ambiente que aspiraba a estar al día con lo contemporáneo (Peluffo, 1997). Como muchos de su generación, durante los años cincuenta, Kalenberg había participado activamente de la cultura cineclubística de Montevideo como socio de Cine Universitario del que fue hasta boletero. Cuando creó el IGE, sostuvo un sólido vínculo con Cinemateca Uruguaya, cuya oficina administrativa llegó a alojar en las instalaciones del Instituto, y concretó varias actividades especiales con Cine Club (Kalenberg, 2011). Con sus salones de pintura, conciertos de música electrónica y concreta, certámenes de literatura y de fotografía periodística, el IGE era un espacio legitimador del experimentalismo que, parafraseando a Kalenberg, sacudía “el mundo del arte nacional en múltiples direcciones”. [1] A pesar de los intereses comunes de ambos organizadores, el imperativo de “lo nuevo” distinguía a la agenda del IGE más que a la de Cine Club. A nivel local, el Instituto había desplegado ese espíritu transgresor de la época con eventos como el del concurso relámpago “Actualidad General Electric” que reunió en 1964 a periodistas, fotógrafos, cineastas, músicos y artistas en una fiesta caótica de diez horas (Peluffo:119). Aunque, como explica Gabriel Peluffo, “el experimentalismo transgresor y a veces snob realizado en Montevideo no alcanzó el clima de euforia y despilfarro que campeó muchas veces en el Instituto Di Tella” (1997:127), pensando ahora en el momento del Festival, ese imperativo de estar al día con un tipo de producciones culturales en torno a lo nuevo, probablemente moldeó expectativas y atravesó con su narrativa la experiencia del evento y el sentido adquirido por las cinematografías latinoamericanas allí presentes.

Imagen 1 Afiche del 1er Festival de Cine Independiente AmericanoLa categoría de cine “independiente” del Festival pretendió promover “la producción cinematográfica que, por su forma experimental o su contenido insólito, escapa a la exhibición en las pantallas comerciales”. Un cine realizado “con el esfuerzo personal o en forma cooperativa” prometía ser ejemplo de la libertad de expresión y creación en el ámbito cinematográfico que mostraría un continente “joven y libre” (Marcha, 22/10/65). De todos modos, reconociendo la ambigüedad del término –o previendo quizá, la dificultad de encontrar un cine “insólito” en la región- el Festival también abriría sus puertas “a los films no experimentales ni de contenido osado” pero realizados fuera de la industria y el espectáculo. Como “un primer certamen”, el encuentro serviría “de bosquejo a los venideros”: si bien en esa ocasión se limitaba a los países del Cono Sur –Chile, Argentina, Brasil y Uruguay- en el futuro contaría con la participación de México, EE.UU, Venezuela, Bolivia, Perú, etc. La intención era convertirlo “en una contrapartida de los Festivales Europeos, integrando progresivamente a todo el continente americano” (La mañana, 24/10/65). El crítico y directivo de Cine Club, José Carlos Álvarez, explicaba:

Paradójicamente, en nuestro país y en general en las demás naciones de América Latina, poco o nada se conoce de los films realizados fuera de los grandes circuitos de producción comercial, sean éstos norteamericanos, mexicanos o argentinos. Esa situación de aislamiento afecta especialmente a la producción independiente, al punto de ser casi ignorada fuera de los medios cineclubísticos, y determina que aún dentro de éstos se mueva con dificultades […] Signos de ese hecho a la vez sociológico y comercial, se dan en todos los campos de la cultura. No debe sorprender entonces que del cine independiente latinoamericano se sepa más en Europa (en buena medida por la acción del ‘Columbianum’) que en Buenos Aires, Río, México o Montevideo. (La mañana, 24/10/65)

La competencia comprendió tres categorías: narrativa, experimental y documental sin importar su metraje (un cortometraje competía con un largo en la misma categoría) y los premios consistieron en objetos de arte realizados por el artista argentino radicado en Montevideo, Áyax Pacho Barnes. El jurado estuvo integrado por el brasileño Rudá de Andrade, de la Cinemateca Brasileña, el crítico Hans Ehrmann, presidente del círculo de críticos de arte de Chile, y los críticos uruguayos Hugo R. Alfaro y Lucien Mercier. Simón Feldman y Ricardo Alventosa no lograron estar presentes en el Festival pero habían sido designados como los representantes de Argentina para formar parte del jurado. En la categoría narrativa, el primer premio lo obtuvo Dios y el diablo en la tierra del sol (Glauber Rocha, 1964) “por la riqueza de su tema y la fuerza expresiva de su realización”, mientras que en la documental se premió, como anticipé en la introducción, a Viramundo, “por el rigor con que conjuga sus valores de investigación y los cinematográficos” (Clarin, 4/11/65). La película uruguaya Carlos Cine -retrato de un caminante en Montevideo (Handler, 1965) se llevó el premio en la categoría experimental “por la originalidad con que maneja su testimonio humano”. El jurado otorgó tres menciones: al cortometraje brasileño, Rodas & outras estórias (Sérgio Muniz, 1963), a la animación chilena Érase una vez (Pedro Chaskel, Héctor Rios, 1965) y a “la brillante calidad del conjunto de films brasileños” que ya adelanté y que detallaré más adelante. Por su parte, por méritos del libreto y realización, Cine Club otorgó una distinción a Pajarito Gómez (Rodolfo Kuhn, 1965), “atendiendo a su sentido independiente frente a los mecanismos usuales de la producción cinematográfica argentina” (Tiempo de Cine, 1965).

La programación se armó de forma colectiva. Cada institución y los llamados “seleccionadores” -críticos o curadores– de los países invitados, actuaron como un primer jurado local (en cada país) de los títulos que representarían a Chile, Argentina, Brasil o Uruguay en el Festival. Según el reglamento publicado en prensa, la plataforma de vínculos del encuentro continuaría haciéndolo en sus próximas ediciones cuya sede, según lo planeado, rotaría de país en país (La Mañana, 24/10/65). De Argentina se proyectaron dos películas de Manuel Antín, Los venerables todos (1962) y Circe (1963), Un lugar al sol de Dino Minitti (1965) y la ya mencionada, Pajarito Gómez y los cortometrajes Imágenes del pasado (Guillermo F. Jurado, 1961), Grabado Argentino (Simón Feldman, 1962), Parlamento (Rodolfo Corral, 1963) y Carlitos (Carlos Gdansky Orgambide, 1963).[2] De Chile se mostró el cortometraje de Cinep, Tejidos Chilenos (Fernando Balmaceda, 1965), las producciones de cine experimental de la Universidad de Chile: Por la tierra ajena (Miguel Littin, 1965), Viva la libertad, (Patricio Guzmán, 1965) y la premiada, Érase una vez. De Uruguay se mostraron los cortometrajes de Mario Handler, En Praga (1964), Variaciones Cine-danza cine 1 y 2 (1962) y Carlos…, que sería el único film uruguayo estrenado para el Festival. Se exhibieron otros títulos que ya habían sido distinguidos en el Concurso Nacional del SODRE de Montevideo de ese mismo año, como Ecco Homo (Jorge Blanco, 1965) y El encuentro (Oribe Irigoyen, 1965) donde obtuvieron el primer y segundo premio respectivamente.[3] Rudá de Andrade presentó al cine de Brasil. Además de los premiados Dios y el diablo en la tierra del sol y Rodas & outras estórias, se proyectó Maioria Absoluta (León Hirszman, 1964) y los cortometrajes documentales mencionados en la introducción; Memória do cangaço, Nossa Escola de Samba, Subterrâneos do futebol, y el título ganador, Viramundo. Fuera de concurso se exhibió Vidas Secas  (Nelson Pereira dos Santos, 1963).

Imagen 2 Aquí Montevideo

Junto con el contexto institucional del Festival, el reconocimiento que ya habían recibido las películas anunciadas construyó un denso marco de paratextos que despertarían expectativas y suposiciones. El único exponente del nuevo cine de Brasil que hasta ese momento había llegado a Montevideo había sido Asalto al tren pagador (Roberto Farías 1963), “que no hizo sino aumentar los deseos del espectador exigente por conocerlo más a fondo, como lo ha hecho, paradójicamente antes que la misma Latinoamérica, Europa en los últimos años”(El popular, 28/10/65). Memória do cangaço, por ejemplo, se anunció con su entones reciente premiación en el I Festival Internacional do Filme (FIF) de Rio de Janeiro y el antecedente de su director, Gil Suárez, como asistente y co-libretista de Glauber Rocha. Y Rocha, tras su éxito en Cannes (1964) y en el Columbianum de Génova (1965), era una figura cuya película, se pensaba, superaría a todas las de la programación. Pero la copia de Dios y el diablo en la tierra del sol que llegó a Montevideo no era buena, estaba mal sincronizada en la segunda parte del film y la carencia de subtítulos del portugués nordestino, dificultó el entendimiento de la trama. Aun así, la crítica la consideró uno de los impactos del Festival. Para José Wainer, crítico del semanario Marcha, películas como la de Rocha poseían “la suficiente dosis detonante […] como para que su presentación tenga aristas de conmoción tan intensas como no se recuerdan desde la aparición del cine japonés” (Marcha: 5/11/65). Carlos Álvarez, dando cuenta de una mirada más conservadora que la de Wainer, y recordando al lector la participación del uruguayo Danilo Trelles en la producción de Vidas Secas, enfatizó la preferencia de ésta última “frente al loco y desaforado empaque romántico de Dios y el diablo en la tierra del sol”. La película de Pereira dos Santos era “la más importante, más clásica, más cabal del certamen, y quizás, de todo el cine de América Latina” (La Mañana 7/11/65). Asimismo, el crítico Osvaldo Saratsola señaló que Vidas Secas era “una película militante e importante […] que quiere a toda costa mostrar a brasileños y extranjeros la miseria absoluta de partes del vecino país” (El Popular, 29/10/65).

II

Durante los días del Festival, la prensa divulgó una serie de títulos que habían sido invitados a participar pero no llegarían a tiempo. Entre ellos estaban Intimidad de los parques (Manuel Antín, 1964), Así o de otra manera (David José Kohon, 1964), Crónica de un niño solo (Leonardo Favio, 1965), La herencia (Ricardo Alventosa, 1962). También se había frustrado la llegada de las brasileñas São Paulo Sociedade Anônima (Luis Sérgio Person, 1965) y Los fusiles (Ruy Guerra, 1963). Hoy podemos pensar que estas películas mostraban el intento de una programación más amplia, que hubiera desplazado la que finalmente tuvo lugar y determinó la singularidad histórica del festival como el evento del cinema novo en Montevideo. En más de una ocasión, la prensa publicó reseñas de films cuyas proyecciones se cancelaban definitivamente o reprogramaban para el día siguiente. Al igual que Dios y el diablo, Los fusiles, por ejemplo, participaría fuera de concurso y su proyección acumuló gran expectativa hasta el día mismo día en que debía exhibirse. El crítico Osvaldo Saratsola, para no solamente evocar el reconocimiento internacional que había alcanzado en Berlín en 1964, incluyó un fragmento de la crítica aparecida meses atrás en El País, escrita por Emir Rodríguez Monegal, quien la había visto a comienzos del año destacando la narración al estilo Kurosawa o Francesco Rosi, y “la maravilla visual que había logrado el fotógrafo Ricardo Aronovich” (El popular, 28/09/65). Con este caso en particular, se reprodujo una suerte de espiral crítico en el que se revisitaron las películas y sus directores para reforzar su valor artístico y su legitimidad, y aunque no se proyectó, no podríamos decir que, por ejemplo, Los fusiles, estuvo totalmente ausente del Festival.

Del mismo modo sucedió con los invitados. Si bien Antín nunca llegó a tiempo, el anuncio de su presencia provocó gran expectativa y la aparición de reseñas sobre su carrera ocupó espacio en la prensa. Meses atrás, en ese mismo año y con motivo del “Festival retrospectivo de Cine Argentino”, el SODRE había dado a conocer por primera vez en Montevideo una película suya, La cifra impar (1961), y este viaje de octubre suponía la oportunidad de no solo conocer toda su obra sino de concretar el intercambio con la crítica tras el ritual de la presentación de la película por su director. Otros que tampoco llegaron fueron los realizadores Feldman y Alventosa, este último iba a presentar La herencia, David José Kohon haría lo mismo con Así o de otra manera. Tampoco lograron asistir los chilenos Miguel Littín, Chaskel, Guzmán y Balmaceda (La Mañana, 22/10/65). Con todos estos cambios, la prensa ironizó sobre el “misterio ante los títulos y realizadores que van a estar presentes o no” (El Popular, 29/10/65). Estas modificaciones permearon el grado de improvisación del Festival que incluso, por razones de agenda del jurado, finalizó dos días antes de lo previsto.[4] Fueron tantos los obstáculos que para Wainer, no era “arriesgado poner expresamente en los logros del certamen la mera circunstancia de haber pasado del terreno de los proyectos a los hechos consumados”(Marcha, 5/11/65). Si bien cuando finalizó el Festival, nadie vaciló en afirmar que el evento había colmado las expectativas, recuperar estas dificultades, a veces opacadas en la literatura académica, permite dimensionar el rol que jugó el azar y el nivel de audacia que implicó llevar a cabo un encuentro de este tipo. “Ese Festival de cine fue una osadía que solo a cierta edad se puede emprender”, recuerda Kalenberg. A diferencia del Digital Cinema Package de hoy, 1965 era “un momento particularmente complejo para circular películas”. Los tambores de latas tenían unos 4 centímetros de alto y cada película eran 5 o 6 latas; venían en rollos de unos 50-60 cm de diámetro que además de ser incómodos para transportarlos “había que dar múltiples explicaciones en las aduanas”.[5]

Imagen 3 Clausura el Festival

En la función de clausura se proyectó Pajarito Gómez y Carlos y se organizó una mesa redonda en la que participaron Ehrmann, Rudá y los argentinos Rodolfo Khun junto con los libretistas de Pajarito Gómez, Carlos del Peral y Francisco Paco Urondo. Rudá se refirió al estado del cine de su país subrayando su condicionamiento a la situación política y aclaró “que este fenómeno no era privativo de Brasil, sino que correspondía a toda esta zona” (Clarín, 4/11/65). Para el brasileño, el festival concretó un intento de contrarrestar el aislamiento de los países de la región que “tienen comunicación más fácil con Europa o Estados Unidos, que entre ellos”. Por su parte, cuando Ehrmann se refirió a los estudios en Chile Films señaló que “no sirven para mucho, ya que, prácticamente, no se filma; es un gran elefante blanco”. La esperanza estaba puesta en los cambios que podía traer la gestión de Patricio Kaulen y la elaboración de una ley cinematográfica que se esperaba para el próximo año. Al finalizar, los organizadores confiaban ampliar en un próximo encuentro los países participantes y “lograr con este crecimiento progresivo promover el desarrollo de un cine que larvalmente en algunos casos, constreñido por la producción de lo grandes centros, en otros, o por el cine llamado “comercial”, intenta acercarse a la realidad latinoamericana y expresarla” (Clarín, 4/11/65). A través de artículos y entrevistas, tanto Rudá en Brasil como Ehrmann en Chile, divulgaron el Festival y celebraron la filmografía latinoamericana allí reunida.[6]

En la prensa montevideana, Carlos Álvarez evaluó:

El hecho de que en Montevideo se conozcan obras como Circe de Manuel Antin, Pajarito Gómez de Rodolfo Khun, Vidas Secas de Nelson Pereira dos Santos (varias veces premiada) o Dios y el diablo en la tierra del sol de Glauber Rocha (Premio del cine libre) constituye un notable acontecimiento para nuestra cultura cinematográfica, ya que se trata de películas que han obtenido un aura de leyenda para nuestros aficionados, a través del comentario de la crítica extranjera (La Mañana, 28/10/65).

Mientras que para la cultura cinéfila uruguaya el hecho de que ciertos títulos llegaran a Montevideo la ponía al día con respecto a la región, para el público local fue una luz verde para pensarse como parte de esa comunidad internacional de espectadores del cine latinoamericano propia de los circuitos europeos. Lo mismo podría decirse de los críticos uruguayos y la comunidad internacional de la crítica ya que, gracias al Festival, había sido posible dejar de citar los juicios ajenos para escribir los propios. Para Wainer, por ejemplo, el encuentro había mostrado que la cinematografía brasileña daba muestras de “un lúcida sincronización con la problemática de nuestro continente y marcan el rumbo más firme y decidido en el destino de la producción latinoamericana” (Marcha, 5/11/65). Cuando intentó generalizar la temática de los films brasileños vistos en el Festival, el crítico Carlos R. Oroño señaló que apuntaban “con señalable insistencia hacia una zona del Brasil, donde el desarraigo, la pauperización, controvertida realidad aparece enclavada en su verdadera magnitud […] nos estamos refiriendo al nordeste, donde millones de seres arrastran una vida miserable, que linda con lo infrahumano” (El Popular, 6/11/65). Pero más allá del encuentro con ese paisaje de Brasil, el festival había mostrado la versión regional de un estilo moderno de cine documental.

variety dossier

Desde Montevideo, el corresponsal de Clarín, que muy probablemente fuera Paco Urondo, confirmó que “un grupo de realizaciones brasileñas exhibidas aquí ha sido considerado por la crítica internacional como ‘el encuentro de un verdadero camino para el cine-verdad latinoamericano’”(Clarín, 1/11/65). De igual modo lo hizo Ehrmann, para la revista estadounidense Variety, cuando subrayó la excelencia de estos cortos para los estándares internacionales, destacando el exitoso uso de las técnicas del “cine-verite” y la forma en que los brasileños aprovechaban el color local no para mostrar lo bello o lo pintoresco sino para subrayar los problemas del país (nota publicada en Variety (s/f), gentileza de Ángel Kalenberg). Ese grupo de realizaciones era el de Memória do cangaço, Nossa Escola de Samba, Subterrâneos do futebol y Viramundo, que utilizaban sonido sincronizado y un registro más espontáneo y azaroso de la cámara. De hecho, cuando finalizó el Festival, Carlos Álvarez rápidamente lo formuló como un hito local: “Existe un notable movimiento de ‘Cine Verdad’ en Brasil, y el 1er Festival de cine independiente americano lo ha demostrado ampliamente” (La Mañana, 7/11/65). Mientras para algunos críticos Memória do cangaço era “un documento único sobre el bandolerismo en el Nordeste, con reportajes vividos y directos a quienes fueron actores de un saga fabulosa y bárbara” (La Mañana, 7/11/65), para otros, narraba la lucha del cangançeiro contra la policía y los terratenientes dueños del sertao; “reflejaba esa lucha por la tierra y por la tragedia de los humildes, que hoy con otras orientaciones ha cobrado mayor fuerza y sentido” (El Popular, 6/11/65). Subterrâneos do futebol, era una “encuesta sociológica sobre los hombres que viven del fútbol”. Con entrevistas a espectadores, futbolistas y técnicos, el film lograba ser “un examen exhaustivo de las entrañas del fútbol y su función social en Brasil” que penetraba en los intereses del espectáculo a través de una “cámara nerviosa” y “comentario indagador” (Marcha, 05/11/65). Nossa Escola ilustraba los preparativos para el desfile del carnaval carioca del pueblo de la favela así como la vida cotidiana en el morro. Para Wainer, el más comprometido era Viramundo “porque no tiene el trampolín de los pintoresco para saltar hasta el interés de la platea” (Marcha, 29/10/65).

Desde una perspectiva contemporánea, Pessoa Ramos (2008), ha subrayado la forma en que estos cortometrajes nutrieron el imaginario nacional de Brasil con los gestos, la mirada y el habla popular. Como explica el autor, el estilo continuaba el modelo iniciado por Integraçao Racial (Paulo César Saraceni, 1964) y Maioria absoluta, que también se mostró en el Festival y fue “recibida con calurosos aplausos del público” e “injustamente ignorada por el jurado” (El Popular, 6/11/65). Como exponentes latinoamericanos del documental moderno y las nuevas técnicas del directo, la programación de estos cortometrajes abrió en aquel momento una oportunidad pedagógica para la crítica que se esforzó en describir y explicar, con expresiones como “alto periodismo” o “perspectiva sociológica”, los rasgos que distinguían el nuevo estilo del modelo más clásico. Wainer, por ejemplo, detalló que “nadie simula la presencia de la cámara, percibimos en la grabación sincronizada el ruido de su mecanismo, oímos las voces de los entrevistadores que conducen a el interrogatorio” (Marcha, 29/10/65). Tras explicar que el cine directo de estos cortometrajes era “la variante del ‘cinéma verité’, que alarga a veces “los reportajes a las personas involucradas”, Oroño resumió su impacto al comentar que “el alcance testimonial es como un latigazo para el espectador” (El Popular, 6/11/65). Para Wainer, “Mucha afinidad con estos testimonios guarda Carlos”, el film de Handler, que con una cámara en mano sigue el deambular de un bichicome linyera– en la ciudad mientras escuchamos su voz puesta en over narrando su vida y opinando sobre el país. En sintonía con este comentario, Clarín señaló que el uruguayo, “apoyado en las experiencias del ‘cine-verdad’” reporteó a su protagonista largamente: utilizó “una banda sonora ajustada y en función de un relato sin retóricas ni preciosismos y un montaje económico, que no abunda innecesariamente, favorecen la consistencia de este film que muestra cabalmente la realidad de un tipo de hombre latinoamericano” (4/11/65). Si bien la voz de Carlos no era resultado del sonido directo, mediante la experimentación con el uso de la imagen y el sonido asincrónico, la práctica del uruguayo sintonizó con la modernidad desplegada en este encuentro y el lugar que en ella tenía la voz testimonial y popular (Lacruz, 2018).

III

Pocos días después del Festival de Montevideo se realizó en Buenos Aires el Primer Encuentro Argentino-Brasileño de Realizadores de Corto Metraje. El evento tuvo lugar entre los días 11 y 14 de noviembre en el Auditorium de la Subsecretaría de Cultura y celebró los diez años de la Asociación de Realizadores de Corto Metraje de la República Argentina junto con la participación de la Asociación Brasileña de Autores de Films. Contó con el auspicio del Instituto Nacional de Cinematografía, el Fondo Nacional de las Artes, la Subsecretaría de Cultura del Ministerio de Educación y Justicia y la Secretaría de Cultura y Acción Social de la Municipalidad de Buenos Aires. Los participantes, en su mayor parte cineastas, conocieron una gran cantidad de títulos y discutieron “la realización y distribución de films de ambos países, el intercambio y desenvolvimiento de mutuas relaciones y la organización de un festival anual latinoamericano” (Revista de Cine, marzo, 1966). La asociación brasileña envió una delegación conformada por Luis Amado (presidente) Maurice Capovilla, João Batista de Andrade, Ana Pareschi y el argentino Edgardo Pallero que desde hacía dos años trabajaba en Brasil como productor. De hecho, Pallero había sido el productor ejecutivo de los cuatro cortometrajes de Farkas que acababan de proyectarse en Montevideo y que se exhibieron en esta muestra junto a Maioria Absoluta, Vidas Secas y otros films que no habían llegado a Uruguay, como Integraçao Racial (Paulo César Saraceni, 1964) y Garrincha, alegría do povo (Joaquim Pedro de Andrade, 1962). De Argentina se programaron Buenos Aires (David J. Kohon, 1958), Buenos Aires en camiseta (Martín Schor, 1963), Faena (Humberto Ríos, 1960), Imágenes del pasado (Guillermo Fernández Jurado, 1961), Quema (Alberto Fisherman, 1962). Se proyectaron títulos de la Escuela de Santa Fe, como Hoy-cine-Hoy (Diego Bonacina), El hambre oculta (Dolly Pussi, 1965), Reportaje a un vagón (Jorge Goldemberg, 1964) y Jasene (M. Mittelman, 1965)[7].

En el marco de esta muestra no competitiva, el debate giró en torno a la dimensión económica, la producción y el mercado. La serie de cortometrajes documentales de Farkas asumió gran protagonismo y fue pensada como modelo desde dónde se podría construir un proyecto de producción y cooperación bilateral entre Brasil y Argentina. Dos argentinos habían participado en ella: Pallero, como ya mencionamos, y Manuel Horacio Giménez, director de Nossa Escola de Samba. Una crónica en la publicación del Instituto Nacional de Cinematografía que describe el encuentro de Buenos Aires comenta sobre la experiencia de los dos argentinos:

Que en el corto período que media entre su llegada al Brasil y el momento actual (dos años aproximadamente) ambos hayan podido participar de esta experiencia – con sentido de equipo total, aclara Pallero- da la pauta de la vitalidad el nuevo cine brasileño y de las facilidades que brinda a los técnicos y artistas argentinos auténticamente capacitados. Estos mediometrajes, realizados como pilotos para la distribución mundial en la TV europea, canadiense, mejicana, y estadounidense, son de una calidad infrecuente, con pocos equivalentes en nuestro país: adoptando las técnicas del cine-verdad sus autores han precisado una imagen clara de problemas que realmente conciernen al Brasil de hoy (Revista de Cine, marzo, 1966).

Pallero y Giménez se habían formado en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral de Santa Fe y marcharon a Brasil junto con Fernando Birri en 1964. Según Pessoa Ramos (2008), es Rudá de Andrade, el vínculo clave entre la Escuela de Santa Fe y Brasil. El brasileño había sido compañero de Birri en los cursos del Centro Spirementale di Cinematografia de Roma. Rudá gestionó la ida a la escuela documental de Capovilla, luego director de Subterrâneos do futebol, y de Vladimir Herzog a comienzos de 1963. Cuando llegaron los argentinos a Brasil, Rudá les abrió las puertas y organizó una muestra de los trabajos de la Escuela en la Cinemateca de San Pablo que permitiría el encuentro entre Pallero y Farkas y el resto del grupo paulista. [8] Pero Rudá no fue el vínculo clave solamente para los argentinos. Cuando estuvo en el Festival de Montevideo, invitó a Handler a participar en el encuentro de Buenos Aires y el uruguayo aceptó. Llevó su documental Carlos y otros cortometrajes y escribió una crónica en Marcha donde señaló aspectos de la trama que acabo de mencionar:

Sorpresivamente, el Encuentro se llamaba de “Cortometrajistas”; el estandarte del documental que llevó adelante Birri, desde la Universidad del Litoral, se había movido al Brasil, a través de su permanencia como invitado en Sao Paulo, hace unos 3 años. Tire dié había representado mucho en Lat. Am,; por otro lado, la influencia dominante de Pereira dos Santos en el “Cinema Novo” determinaba que por dos lados, más el lado que ellos importaron y adaptaron – el del neorrealismo italiano – se llevara adelante el documental o la ficción documental.

Muchas influencias más auguraban su porvenir al documental brasileño: el excelente foto-periodismo, que no vaciló en usar intensamente el concepto de “luz existente”, y que se concretó, p.e. en la persona de Luis Carlos Barreto (fotógrafo de Vidas Secas y productor de varios films del Cinema Novo), o Rucker Vieira, el deseo de desahogarse tanto en los errores caros, europeos y refinados de la Vera Cruz y Cavalcanti como de la “chanchada”, y volver a lo básico, a lo primitivo, y el interés por la cultura popular y regional. En cambio, Buenos Aires: Torre Nilsson, etc., y Montevideo pegado, críticos a la inglés o a la francesa, etc. (Marcha, 27/11/65)

Si semanas antes, en el mismo semanario Marcha, la crítica escrita por Wainer durante el Festival de Cine Independiente había subrayado el estilo moderno y testimonial de la serie de cortometrajes brasileños, en la nota de Handler, ese “cine-verdad” era desarmado como una reconfiguración histórica de tradiciones y poéticas transnacionales que no podían desligarse del impacto de figuras como la de Birri y Pereira dos Santos, por ejemplo. En ese marco regional de intercambios que renovaron el documental brasileño, o esa “ficción documental”, el Rio de la Plata, según Handler, quedaba fuera por un factor no negociable: el lugar que ocupaba – para el cine, para la crítica- la cultura popular. Para el uruguayo, Memória do cangaço, Nossa Escola de Samba, Subterrâneos do futebol y Viramundo eran “cuatro documentales humanos” que harían historia: “Muestran hechos brasileños que interesan a todo el mundo- lo que quizás se comprueba en la venta, ya prevista –fueron pensados para TV, usan técnicas directas, tanto de sonido como de imagen, y pretenden (con éxito, agrego) mostrar lo que está detrás de las imágenes”.

A diferencia de Montevideo, con una parte de los responsables presentes en la reunión de Buenos Aires, fue posible transmitir la experiencia del proyecto. Según los brasileños, el interés central como realizadores era comunicarse con el público de una manera equilibrada que lograra articular una forma nueva y una realidad a investigar. Para Capovilla, si bien el resultado estaba aún lejos de alcanzar lo primero, lo que sí era claro “es que conocemos el método para llegar a la realidad” (Confirmado, 25/11/65). Pero llevarlo a la práctica requería estudiar las posibilidades de producción de este tipo de abordaje documental. Mientras en Brasil se esperaba que la creación de un Instituto Nacional de Cine controlara oficialmente la distribución y la ley de exhibición del 6 a 1 frente a la producción extranjera, en Argentina, la distribuidora de películas formada por los cineastas del cinema novo, Difilm, podía funcionar como modelo para contrarrestar los problemas de difusión y producción. Según Pallero, el problema era que el cine argentino no llegaba a Brasil: “Allí prácticamente no se nos conoce; solamente en ciertos ambientes a Torre Nilsson, pero a través de Europa. Es necesario poner fin al aislamiento; los brasileños nos necesitan aún en el plano técnico: ahí están Aronovich, Nello Melli, González Paz como ejemplos. Pero lo que importa es ante todo que se conozca la obra de los mejores realizadores en el otro país” (Confirmado, 25/11/65). Superar la etapa de los “intentos aislados” para asumir un proyecto que lograra atender los problemas comunes de producción y distribución en ambos países era urgente. Los organizadores planteaban continuar trabajando en un segundo encuentro argentino-brasileño en Rio de Janeiro y San Pablo en abril de 1966 (Revista de Cine, marzo, 1966).

Imagen 4 PalleroIV

De alguna manera, con lo dicho hasta ahora, podemos entender mejor esa percepción optimista sobre la circulación del cine latinoamericano en América Latina del epígrafe. Luego de haber reconstruido estos dos encuentros, es posible pensar más precisamente en el contexto y en las experiencias regionales que se condensaron en esa apreciación de Handler, presente tanto en el Festival de Montevideo como en el Encuentro de Buenos Aires. Pero como he mostrado aquí, esa filmografía se leyó en distintos marcos institucionales junto con una serie de ideas programáticas para el cine latinoamericano. En Montevideo, la articulación de la cultura cineclubista y la cinefilia con un espacio joven, interesado en la experimentación y la novedad, desplegó una mirada optimista en relación al nuevo cine regional y en las posibilidades de difundirlo en el Cono Sur. A través del formato de un Festival de cine Independiente sostenido por vínculos institucionales (críticos, cineclubes), se podría, con futuras ediciones, y tal como lo esbozó el reglamento, generar una red alternativa que permitieran conocer el cine que se estaba haciendo en cada país. En Buenos Aires, como vimos, la discusión fue de otro tipo y su geopolítica, más específica. Si bien Pallero traía de Brasil la responsabilidad de “colocar entre nosotros las mejores obras del cinema novo brasileño”, como Los Fusiles y Dios y el diablo en la Tierra del sol (Revista de Cine, marzo, 1966), la reunión no se limitó a discutir la difusión o estrategias centradas en el cineclubismo regional, sino una salida orgánica que atendiera las etapas de producción y distribución, planteando en un lugar central la preocupación del vínculo de ese cine independiente con el mercado.

Junto a otras películas latinoamericanas, la serie de los cortometrajes de Farkas marcó un momento de renovación y modernidad en 1965; provocó discusiones sobre la estética, la técnica, las tradiciones, el lugar de la cultura popular en el cine y los modelos de producción posibles para una práctica documental. Siguiendo esta idea, sería posible continuar indagando el recorrido de esta filmografía e identificar qué otras discusiones o sentidos se desplegaron cuando a fines de noviembre, por ejemplo, Cine Club Núcleo de Buenos Aires programó una función matinal con la presencia de Pallero como presentador y comentador de Memória do cangaço, Nossa Escola de Samba, Subterrâneos do futebol, Viramundo y Maioria Absoluta (Programa de CCN, 28/11/65). Y del mismo modo, en otro contexto bien diferente, revisar la función especial, también a cargo de Pallero, en la que “sirviendo su exhibición para establecer una temática posible a desarrollar en un cine latinoamericano”, se proyectaron los cortometrajes durante el Festival de Mar del Plata de 1966 (Neil y Peralta, 2008: 44)

En este sentido, son varias las líneas esbozadas aquí que requerirían una mayor investigación. Fabián Nuñez ha subrayado la necesidad de hablar más de las cinematecas en los estudios del Nuevo Cine Latinoamericano, y para este caso sería pertinente seguir su proposición (Nuñez, 2015). Es decir, un futuro trabajo debería incorporar la formación de la Unión de Cinematecas de América Latina (UCAL) creada durante el Festival de Mar del Plata de 1965 y reafirmada en setiembre con un nuevo encuentro durante el I Festival Internacional do Filme (FIF) en Brasil. Vincular el proceso de la UCAL a este contexto podría echar luz a las conexiones de los dos eventos revisados aquí, a los mecanismos que hicieron posible la circulación de las películas de un país a otro en cada caso, y hacer más denso aún el panorama de proyectos de integración de 1965, de cara a lo que será el Encuentro de Viña de 1967. Más aún, la trama de la UCAL pondría en primer plano el papel que jugaron figuras como la de Rudá de Andrade y otros tejedores de relaciones institucionales y personales. Walter Dassori, director de la Cinemateca Uruguaya, estuvo presente en la creación de UCAL en Mar del Plata y en la reunión en Rio de ese año. Dassori, probablemente, sea una de las figuras articuladoras de los vínculos que hemos visto. Así lo insinúa una nota de su archivo en la que sus garabatos dan cuenta de los cabos sueltos de esta historia abierta.

Imagen 5 Nota de Archivo Dassori sobre Caravana FarkasBibliografía

Francia, Aldo (1990), Nuevo Cine Latinoamericano en Viña del Mar, CESOC Ediciones Chile-América, Chile,1990.

Kalenberg, Ángel (2011), “Intimidades a la vista. Un exdirector de un museo de arte en lucha con la memoria”, Catálogo publicado en ocasión del Centenario del Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo, pp. 26-59.

Lacruz, Cecilia (2018), “Rostros, voces, miradas: notas sobre el pueblo en el cine documental uruguayo de los años sesenta”, en G. Torello (ed.), Uruguay se filma. Prácticas documentales (1920-1990): Montevideo, Irrupciones Grupo Editor, pp. 141-170.

Neil, Claudia y Sergio Peralta (2008), “1956-1976. Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral”, en Claudia Neil, Sergio Peralta, Luis Príamo y Raúl Beceyro, Fotogramas Santafesinos. Instituto de Cinematografía de la UNL 1956 / 1976, Ediciones UNL, Santa Fé ,11-81.

Nuñez, Fabián (2015), “Notas para um estudo sobre a Union de Cinematecas”, en Significação, v.42, n° 44, 63-81.

Peluffo, Gabriel (1997), “Instituto General Electric de Montevideo. Medios masivos, poder transnacional y arte contemporáneo,” en E. Oteiza (ed.), Cultura y política en los años ‘60, ed. E. Oteiza, Facultad de Ciencias Sociales, Buenos Aires, 109-130.

Pessoa Ramos, Fernão (2008), Mas afinal..O que é mesmo documentário?, Editora Senac, São Paulo.

Notas

[1] Ibíd.

[2] De lo revisado hasta ahora, solo una fuente menciona otros cortometrajes argentinos programados fuera de concurso: Tarjeta postal (Héctor Franzi, 1962-63), Moto Perpetuo (Osías Wilenski, 1959), Los pequeños seres (Jorge Michel y Oscar Baigorria, 1959) y Diario (Juan Berend, 1959) (Programa de CCU, Noviembre 1965). Me limité a incluir los títulos de los que tengo confirmación de su proyección en el Festival ya que muchos no lograron llegar a tiempo.

[3] Entre otros cortometrajes uruguayos se proyectaron Mis Carnavales (Alberto Miller, 1965), que había obtenido el 5to Premio en el certamen del SODRE, Dinámica y ritmo. (A Pucciano y M. Luz Alvarado, 1964), Los ojos del monte (Omero Capozzoli, 1965), Pepino es carnaval (Alfredo Pucciano, 1965), Delito (Eduardo Darino,1964), distinguido con menciones el año anterior (Asociación de Críticos del Uruguay, Asociación de Críticos del Uruguay, Cine Club Fax, Concejo Departamental Montevideo).

[4] A raíz de este cambio, Cine Club modificó su programación de Noviembre para “completar” el Festival y proyectó A ilha (Walter Hugo Khour, 1963), Alias Gardelito (Lautaro Murúa, 1961) y Los inundados (F. Birri, 1961), (El Diario, 1/11/65).

[5]Entrevista con la autora, Montevideo, abril 2018.

[6] Véase, por ejemplo, un fragmento del Suplemento Literario de O Estado de San Pablo publicado el 6 de Noviembre de 1965 en el Catálogo A Caravana Farkas: Documentários:1964-1980, Centro Cultural Banco de Brasil, 1997, p. 45.

[7] Seguramente se proyectaron más títulos argentinos, pero de lo revisado en prensa hasta el momento de cerrar este artículo, esta es la lista más extensa que pude recuperar.

[8] Véase con detalle la formación del equipo de realizadores y técnicos de la serie en Pessoa Ramos (2008)

FIDOCS y la formación de un campo de cine documental en Chile en la década de 1990

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María Paz Peirano[1]

Resumen

Este artículo se centra en el rol del Festival Internacional de Documentales de Santiago FIDOCS, como espacio articulador del campo documental chileno desde fines de los años 1990. Con la vuelta del sistema democrático, diversas transformaciones en la políticas y culturales comienzan a reconfigurar las formas de producción, circulación y exhibición de cinematográfica en el país, que sientan las bases para la creación de un festival fundamental para la renovación del campo cultural. Este artículo da cuenta del modo en que el festival potenció el reposicionamiento del documental en Chile desde su primera versión, mediante la exhibición y difusión de obras fundamentales de la cinematografía chilena y el cine documental mundial, así como la constitución de un espacio para el encuentro y la formación de nuevos profesionales y públicos de documental.

Palabras clave

Documental Chileno; Campo cultural; Festivales de Cine; Exhibición cinematográfica; Circulación cinematográfica

Abstract

This article focuses on the role of the International Documentary Film Festival of Santiago FIDOCS in renovating the Chilean documentary field over the last twenty years. After the return of democracy to Chile, various political and cultural transformations changed the forms of film production, circulation and exhibition in the country, allowing for the creation of a film festival that would play a key role in the reconfiguration of the cultural field. This article gives an account of the ways in which the festival has promoted documentary cinema in Chile by exhibiting and circulating canonical Chilean documentaries and international documentary films, and by creating a space for cultural exchange, the training of new professionals, and the emergence of new documentary audiences.

Keywords

Chilean Documentary; Cultural Field; Film Festivals; Film Exhibition; Film Circulation

Resumo

Este artigo centra-se no papel do Festival Internacional de Documentários Santiago FIDOCS como o espaço articulador campo documental chilena desde o final de 1990. Com o retorno da democracia, várias mudanças na política e cultural começam a remodelar as formas de produção, distribuição e exibição de cinema no país, que permitir a criação de um grande festival para a renovação do campo cultural. Este artigo dá conta da forma como o festival promoveu o reposicionamento do documentário no Chile desde sua primeira versão, através da exibição e difusão de obras fundamentais da cinematografia chilena e do documentário mundial, bem como a constituição de um espaço para o encontro. e a formação de novos profissionais e audiências documentários.

Palavras-chave

Documentário chileno; Campo cultural; Festivais de cinema; Exposição de filmes; Circulação de filmes

Datos de la autora

María Paz Peirano Olate es Doctora en Antropología Social de la Universidad de Kent, y académica del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile. Actualmente dirige la investigación FONDECYT nº 11160735 “Festivales de Cine: Experiencias de Formación y Expansión del campo cultural chileno”. Email: mppeirano@uchile.cl

 

Fecha de recepción: 15 de marzo de 2018.
Fecha de aprobación: 21 de abril de 2018.

El Festival Internacional de Documentales de Santiago FIDOCS es el principal festival de cine documental de Chile y es uno de los más importantes en su género en América Latina. Creado en 1997 por el documentalista Patricio Guzmán, quien sigue siendo su presidente, es un festival que ha estado históricamente orientado al cine documental de autor y documental creativo. Su programa, sobre todo en los últimos años, ha ido más allá de los límites convencionales del género, explorando las relaciones entre el documental y la ficción, el videoarte y el cine experimental. En este artículo sostengo que la historia de FIDOCS, su curatoría y su impacto entre los realizadores locales, ha ido reflejando las transformaciones del cine documental chileno de los últimos 20 años, configurándose como una ventana y espacio articulador de dichas transformaciones. En particular, el artículo explora los comienzos del festival y su rol en la constitución del campo del documental chileno, abriendo el paso para sus condiciones el día de hoy.

Actualmente podemos observar un momento bullente del cine documental en Chile. Desde el retorno de la democracia y fruto de diversas transformaciones en el campo en las últimas décadas, el documental chileno se ha consolidado y reposicionado tanto dentro como fuera del país, aumentando tanto sus niveles producción, sus canales de circulación, y sus públicos nacionales, como su presencia y prestigio en festivales internacionales de cine, donde ha cosechado diversos premios (ChileDoc, 2014; Rubio, 2015). Parte de este éxito se debe a la reconfiguración de las formas de producción, circulación y exhibición de cine documental en el país, ligado la expansión de la institucionalidad cultural y fondos públicos para su desarrollo (Fondo Fomento Audiovisual, CORFO y fondos del Consejo Nacional de Televisión), la creciente profesionalización del campo en nuevas escuelas especializadas en cine y audiovisual, la formación de redes de trabajo y plataformas de distribución (ChileDoc y Miradoc), el aumento y especialización de los espacios de exhibición (festivales de cine y salas de cine no comerciales) así como su creciente internacionalización (Peirano, 2018), asociada a una constante participación del cine chileno en el circuito de festivales y mercados internacionales para el documental.

FIDOCS forma parte importante de este pujante escenario para el documental contemporáneo chileno. El festival se inserta en un emergente paisaje de festivales nacionales, que ha tenido una explosión considerable en la última década, mediante variadas iniciativas privadas, apoyos de fondos estatales y de gobiernos regionales. Esto se debe en parte a que los festivales de cine en Chile tienen un rol cada vez más reconocido para la industria cinematográfica chilena (Gutiérrez, 2017), entendiendo su directa participación en la reconfiguración del campo cinematográfico chileno, mediante la proliferación de espacios que han potenciado el encuentro y la articulación de redes de profesionales, el fomento a la producción y la circulación de películas locales, y la formación de realizadores y públicos locales (Peirano, 2016).

Este fenómeno hace eco del impacto global de los festivales de cine como nodos de producción y circulación de los cines periféricos y la construcción de un campo cultural internacional asociado a un cine “del mundo” (world cinema) que se asume como alternativo a la hegemonía del cine de ficción comercial (De Valck, 2007; Iordanova y Cheung, 2010; Wong, 2011). El circuito de festivales internacionales ha potenciado las redes transnacionales de producción, distribución y exhibición cinematográfica, permitiendo la generación de lazos de cooperación e intercambio global, y facilitando la circulación de personas, películas, ideas y conocimientos sobre el cine. Los festivales han ayudado así a la conformación de un campo con aspiraciones cosmopolitas, construida en torno a la idea de cine de autor y de “cine-arte global” (Galt y Schoonover, 2010) enfocado particularmente en la producción de países periféricos o semiperiféricos en relación a los centros de la producción cinematográfica mundial.

Como el primero de los festivales especializados en cine documental en Chile, FIDOCS es, en particular, un nodo de intercambio cinematográfico de alcances tanto locales como internacionales. El festival es clave en el circuito de exhibición nacional, otorgando premios de prestigio para las obras nacionales estrenadas cada año, y facilitando el encuentro entre los documentalistas chilenos y extranjeros. Además, es un nodo importante para la exhibición y la promoción de documentales chilenos e internacionales, posicionándose como un evento ya consolidado en el calendario anual de los seguidores del documental en Chile.

Ante la constatación de la proliferación de festivales de cine y de su injerencia en el campo nacional hoy en día, me parece necesario revisar el papel hasta ahora poco reconocido de dichos festivales en la historia del cine documental, una tarea que hasta hace poco había sido marginal dentro del campo de los estudios de cine (Vallejo, 2014: 14-15). Antes del desarrollo actual de la industria local, los festivales chilenos han ido contribuyendo paulatinamente a las reconfiguraciones del campo que permiten hablar ahora de un espacio consolidado para el documental chileno contemporáneo. Nos preguntamos aquí, por lo tanto, por los orígenes de este rol y por las raíces históricas de la relación entre el campo documental chileno y los festivales de cine.

En el caso particular de FIDOCS, el festival se instaló en un paisaje audiovisual donde el documental tenía una posición bastante más secundaria que la de nuestros días. Desde el momento de su fundación y sus primeros años de gestión, FIDOCS marcó un lento cambio en la cultura documental chilena, siendo fundamental para la reconstitución del campo de cine documental en Chile durante la transición democrática. Así, sugiero que en las primeras ediciones de FIDOCS podemos encontrar algunas de las bases para la consecuente consolidación del campo en décadas posteriores.

Este artículo se centra entonces en el rol que tuvo el Festival Internacional de Documentales de Santiago, FIDOCS, en la reconstrucción del campo del cine documental chileno a fines de la década de 1990. Basándome en material de archivo y testimonios orales, doy cuenta del modo en que el festival permitió un reposicionamiento del cine documental en Chile, mediante la exhibición y difusión de obras fundamentales de la cinematografía chilena y el cine documental mundial, y conformándose además como un espacio para la creación de redes de trabajo y la formación de públicos y profesionales. El texto se enfoca particularmente en el análisis de la primera edición de FIDOCS y su impacto inmediato en los años siguientes a su creación, dando cuenta de un momento de transformación fundamental en el medio chileno. Se plantea aquí cómo la curatoría, las formas de trabajo, y las relaciones institucionales de las primeras ediciones serían luego fundamentales para la reconfiguración del campo, evidenciando los procesos de transformación del documental chileno durante la transición democrática.

FIDOCS y el campo del cine documental chileno en los 1990s

Con más de 20 años de funcionamiento ininterrumpido, FIDOCS es el primer festival de cine documental y uno de los más antiguos de Chile. El festival forma parte de los 95 festivales de cine actualmente activos en Chile, nueve de los cuales son de cine documental.[2] Hasta el año 2004 FIDOCS sería, de hecho, el único festival de cine documental en Chile, hasta la creación de los desparecidos Chilereality, Muestra Internacional de Cine Documental de Chillán (2004-2010), Documentales al Aire Libre (Santiago, 2004 – 2009) y Surdocs, Festival Internacional de Cine Documental de Puerto Varas (2004 – 2015).[3]

Si bien la explosión de festivales chilenos tuvo lugar hacia la segunda mitad los 2000s (y especialmente luego del 2014), la primera “oleada” de creación de festivales chilenos fue en la década de 1990. Nueve del total de los festivales actualmente activos en Chile fueron creados en este período, muestras audiovisuales que han ido transformándose hasta constituir ahora eventos consolidados en su tipo. FIDOCS es el quinto de estos eventos, fundado luego del Festival Internacional de Cine de Valdivia FICVALDIVIA (1994), la Bienal de Video y Artes Mediales (1993) (que sucede al Festival Franco Chileno de Video Arte, 1980-1989), el Festival Chileno Internacional de Cortometrajes de Santiago FESANCOR (1993) y la Muestra de Cine al aire libre de Ancud (1991). Al momento de su creación, además de los festivales señalados y de algunas muestras y ciclos de cine temáticos que no tuvieron continuidad, Chile contaba además con el Festival de Cine UC (1977) y con el Festival Internacional de Cine de Viña del Mar FICVIÑA (1963/1967). Este último había interrumpido su funcionamiento durante la dictadura militar, volviendo a activarse para una tercera versión en 1990, el entonces denominado “Festival del Reencuentro” en que se juntaron por primera vez en un evento público realizadores de las dos líneas de producción cinematográfica chilena de las dos décadas anteriores, el “cine del exilio” y el “cine del interior” (Mouesca, 2005: 109).

En 1997 FIDOCS se sumaba, entonces, a un paisaje emergente, pero aún bastante escueto, de nuevos espacios para la exhibición y circulación de la producción audiovisual en el país. Hacia el final de los 1990 el medio chileno iría nutriéndose lentamente de la diversidad de estos nuevos espacios, que irían reconstituyendo su fragmentación en décadas anteriores y reconfigurando así, de una u otra manera, el campo local. De hecho, el mismo año de la creación de FIDOCS tuvo lugar además la fundación del Festival Internacional de Cine de Valparaíso (ahora Festival de Cine Recobrado de Valparaíso), y en los años siguientes la de otros dos eventos que continúan a la fecha, el Festival de Cine Europeo (1998) y el Festival Internacional de Cine de Lebu (FICIL Bio Bío, Ex Caverna Benavides) en 1999.[4]

La emergencia de estos eventos en la década de 1990, durante los primeros gobiernos de la coalición de Concentración de Partidos por la Democracia (Patricio Aylwin, 1990–1994 y Eduardo Frei 1994–2000), da cuenta de los diversos cambios políticos, económicos y culturales que permitirían la transformación del campo cinematográfico chileno en la década que siguió a la Dictadura (1973-1990). Con la llegada del nuevo sistema democrático, se reconfiguraron las políticas culturales nacionales y se formaron nuevas institucionalidades, que implicarían la creación de nuevos fondos y créditos estatales para las artes y la cultura. Durante este período, además, las asociaciones gremiales y diversos profesionales del cine y el audiovisual incitarían la discusión para la promulgación de una Ley de fomento al Cine, que comienza a debatirse en 1995, para ver la luz finalmente el 2004 (Parada, 2011). Durante la primera mitad de 1990 se reactiva, por otra parte, la educación superior especializada en cine en el país, tras el cierre de las escuelas universitarias durante la dictadura. Con la creación de la Escuela de Cine de la Universidad ARCIS (1993) y la Escuela de Cine de Chile (1995), se inicia un nuevo período hacia la profesionalización del campo nacional, que iría ampliándose hacia finales de los 1990 y principios del 2000.

Como vemos, la primera edición de FIDOCS se realizó en un contexto de resurgimiento del cine en Chile, donde se buscaba reposicionar la práctica cinematográfica en el país y restablecer un campo que había sido severamente quebrado luego del Golpe Militar de 1973. Durante la década de los 90 estaban emergiendo una serie de iniciativas que volvieron a conectar a diferentes generaciones de realizadores, buscando el reencuentro entre aquéllos que habían trabajado antes y durante la dictadura (en Chile y en el exilio) y los jóvenes realizadores que empezaban a estudiar, crear y difundir sus primeros trabajos.

Dentro de este espacio el cine documental era, sin embargo, aún una práctica menor dentro de los programas formales de la escuelas de cine (más enfocadas en general a la ficción), y la realización documental seguía siendo una práctica poco profesionalizada, ligada a la actividad periodística, la autogestión y la autoformación. La producción documental había disminuido relativamente respecto al período de dictadura, cuando había crecido la realización de películas “de barricada” que denunciaban al régimen, muchas veces gracias al apoyo internacional (Liñero, 2010: 169-172). Por otra parte, el trabajo de esos destacados documentalistas chilenos, que habían trabajado intensamente entre los 1960s y 1980s, seguía siendo relativamente desconocido fuera del círculo de realizadores, y había un desconocimiento general sobre los trabajos de realizadores extranjeros, cuya obra raramente llegaba al país. En palabras de Jacqueline Mouesca, no se había desarrollado hasta entonces una “cultura del documental” (2005: 114), y en las del ex-director del festival, Gonzalo Maza  “antes de que existiera este festival, ver documentales en Chile era algo muy parecido a una excentricidad” (Maza en FIDOCS, 2008: 12). Todo ello daría pie a la idea de crear un nuevo espacio de exhibición que, justamente, generara un nuevo impulso para el cine documental en Chile.

El “Primer Festival Internacional de Cine Documental”

Hacia mediados de 1990, Patricio Guzmán, cuya obra documental resultaba cada vez más reconocida a nivel mundial, se había radicado en Europa y volvía cada cierto tiempo a Chile. Durante la filmación en el país de su película Chile, la Memoria Obstinada (Patricio Guzmán, 1997), el realizador retomó diversos contactos con viejos amigos y compañeros, varios de ellos trabajando en el medio cinematográfico local, que colaborarían en la película. En este contexto, empezaría a cimentarse la idea de revitalizar el documental en el país. El realizador Carlos Flores (co-fundador de la Escuela de Cine de Chile y uno de los curadores del primer FIDOCS) recuerda:

[En 1996]  yo estaba en la Escuela de Cine de Chile, habíamos hecho un primer Taller con Patricio (…) muy básico, como para 30 personas, en una sala muy piñufla que teníamos y Patricio mostró, en VHS, un capítulo de La Batalla de Chile, que fue muy emocionante (…) Ahí conversamos, y me acuerdo que Patricio me dijo, porque no había nada, o sea se hacían películas, pero no había una organización, ‘deberíamos armar un festival de cine documental’. Si claro, le dije yo, pero encontré que era una locura, porque ya un festival de cine en Santiago era complicado (…) pero un festival de cine documental, que si hoy día es difícil conseguir público para el cine documental, el 96 era aún más. Pero Patricio se quedó con la idea (…) y por aquí y por allá empezó el festival finalmente…(Entrevista Personal, Abril 2018).

El primer festival apuntaba a reposicionar el cine documental chileno mediante el rescate de la tradición documental, la enseñanza del cine documental y la revitalización del campo. El festival buscó el reposicionamiento de lo que se consideró la «vocación» chilena para la creación documental. Esta tradición documental se trazó, en concordancia con la historiografía del cine chileno, desde fines de los años 1950, asociándose al estreno de Andacollo (Yankovic y Di Lauro, 1958) y la producción documental realizada en los centros universitarios, el Instituto Fílmico de la Universidad Católica (1955) y particularmente el Centro de Cine Experimental de la Universidad de Chile (1957). Este período observaría la emergencia del cine documental de autor como el “género predilecto” (Salinas y Stange, 2008:17) para la renovación cinematográfica del cine nacional, apuntando hacia un cine de exploración expresiva y compromiso sociopolítico. La renovación implicó un “desplazamiento desde un estándar narrativo de lo real chileno, desde un cuadro ejemplar o instructivo, al territorio de lo real contingente” (Corro et al., 2007: 9), que sería la tónica predominante del documental nacional durante las décadas siguientes, si bien su impulso institucional se quebraría luego del Golpe Militar de 1973.

Junto a este reconocimiento a la tradición documental del país, el festival pretendía contribuir a la revitalización del campo a través de la difusión y apoyo a obras nuevas, ayudando a paliar las falencias locales e intentando conectar el medio nacional con las tendencias mundiales del documental. Como señala su fundador en el primer catálogo del festival:

Sin  excluir  a  nadie,  este  festival  aspira  a  estimular  la tradición  documentalista  que  siempre  floreció  en  Chile,  donde existe  un  formidable  talento  y  energía  para  este  género,  que merece  más  atención  por  parte  de  todos. Tal vez este modesto evento apoyo sirva de apoyo a nuestros propios creadores (que en su mayoría trabajan en solitario, sin mucha ayuda económica y con pocas referencias universales). Tal vez estimule las vocaciones documentales entre los nuevos alumnos en las escuelas. Puede que llame la atención de nuestros programadores de televisión hacia otro tipo de obras que hoy día –sin duda- desconocen (Guzmán en FIDOCS, 1997).

Imagen 1 MP FIDOCS Portada Catálogo Primer FIDOCS (1997)

El entonces llamado “Primer Festival Internacional de Cine Documental” tuvo lugar entre el 6 y el 17 de mayo de 1997, en el Goethe Institut ubicado en la calle Esmeralda, en el centro de Santiago. Este espacio se convertiría en la sede principal del festival durante sus siguientes ediciones hasta el año 2001, cuando se sumaría la sala del Cine UC, y nuevas salas en años posteriores. Según el balance realizado por el propio festival, publicado en el catálogo de su segunda edición (6–14 mayo de 1998), durante su primera versión se exhibieron 50 películas en 41 funciones, con una asistencia total de público de 5.000 personas (en su mayoría jóvenes) que llegaron a llenar la sala: “En cuatro ocasiones las puertas del Goethe Institut tuvieron que ser clausuradas debido al exceso de público (…) Tanto el público como los círculos artísticos acogieron favorablemente el Festival”, señala dicho catálogo (1998).

El festival se realizó con el apoyo del Ministerio Relaciones Exteriores de Chile, la Secretaría Comunicación y Cultura, organizaciones de cineastas (APCC, UNICINE) y la Universidad de Chile, además de diversas embajadas europeas (Bélgica, Países Bajos, Canadá y Francia) y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. Estos apoyos se vieron facilitados por la posición de Guzmán como realizador chileno reconocido internacionalmente, con contactos tanto en Europa, como en Chile y el resto de Latinoamérica. De hecho, más allá de los apoyos institucionales, los agradecimientos de las primeras páginas del catálogo dan cuenta de las numerosas personas que colaboraron en esta versión, tanto chilenos como extranjeros (principalmente realizadores, productores y gestores).

Esta posición chileno-cosmopolita de su fundador marcaría la impronta del festival desde un comienzo. Su experiencia en el circuito internacional permitiría conseguir muchas de las películas proyectadas gracias a amigos realizadores de todo el mundo, y lo llevaría a imaginar un evento que siguiera estándares internacionales, haciendo eco de las tendencias en la producción documental mundial, y conectando a Chile con dicho circuito. Por otra parte, su experiencia como realizador chileno en los años previos a la dictadura, lo llevaría a interesarse en visibilizar la producción documental que había permanecido relativamente marginalizada hasta entonces. Consecuentemente, el festival tuvo cuatro secciones que seguían estos lineamientos: la “Muestra Internacional”, la “Primera Retrospectiva de Cine Documental Chileno”, las “Sesiones propuestas por el Goethe Institut” y la pequeña muestra de cuatro películas chilenas “Algunos Documentales Chilenos Recientes” (que a partir del año 2000 se convertiría en la Competencia Nacional de documental). Estas secciones reflejarían el ímpetu y el espíritu del festival, tanto en su línea curatorial como en las redes de profesionales e instituciones que colaboraron con dicha primera edición.

La “Primera Retrospectiva de Cine Documental Chileno”

La “Primera Retrospectiva de Cine Documental Chileno”, subtítulo de la primera versión del festival en 1997, fue una muestra especial en el programa de FIDOCS que buscaba rescatar la ya mencionada tradición chilena del documental hasta 1988. Esta muestra buscaba visibilizar el trabajo de generaciones de documentalistas que habían creado, a juicio de Guzmán y de su equipo de trabajo, un campo en emergencia asociado al nuevo cine chileno en los años 1960. Muchos de estos documentalistas habían participado activamente en el Gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) y su obra había estado luego marcada por la experiencia de la dictadura, dentro o fuera de Chile.

El evento fue un hito para la exhibición documental en Chile, pues esta “Primera Retrospectiva”, cuya curatoría contó con la asesoría y colaboración de Carlos Flores, Pedro Chaskel e Ignacio Agüero, incluyó películas fundamentales de la historia del cine nacional, la mayoría de las cuales habían tenido hasta entonces escasa circulación pública. Estas obras, en 16 mm. y en video, nunca se habían visto en conjunto, conformando un testimonio unificado de la tradición documental del país. El texto que acompaña a la muestra del catálogo enfatiza las condiciones precarias de producción del período, así como su vocación sociopolítica y su corte autoral:

El  cine  documental  Chileno  ha  producido  obras  de  una  agudeza y  madurez,  de  una  capacidad  de  observación  y  develamiento de  nuestro  mundo  social,  que  lo  instalan,  al menos  en  este sentido,  en  una  posición  adelantada  con  respecto  e  la producción  del  cine  de  ficción. En  esta  retrospectiva  presentamos  un  grupo  de  documentales que  han  sido  filmados  durante  los  21  años  más  confusos, dolorosos,  complejos  y  aleccionadores  de  la  vida  del  país (…)

Hechas  a  contrapelo,  que  es  la  condición  natural  del  cine chileno, estas  películas  manifiestan  una  inmensa libertad  de creación,  desencadenada  principalmente  por  su  forma independiente  de  producción. Cargados  de  una  preocupación  social -y,  en  algunos  casos  de una  excesiva  pasión  política  que los  hace  perder  en complejidad  y  comprensión  de  los  temas  que los  abarcan-  estos films  han  sido  realizados  al  margen  de  las  instituciones  y  a partir  de  la  pura  voluntad  y compromiso  de  sus  autores” (Flores, Agüero y Chaskel en FIDOCS 1997).

La muestra incluyó 16 películas de un período de 30 años (1958 – 1988), de las cuales una es de la década de los 1950, dos de los 1960s, dos de los 1970, y 12 fueron realizadas durante los 1980s. Las películas seleccionadas, según el texto escrito por sus curadores para el catálogo, “… representan un momento desconocido de la producción cinematográfica nacional y nos permiten apreciar las infinitas posibilidades creativas del género y su valor como documento” (ibíd.). La muestra aspiraba a dar cuenta entonces de la diversidad del trabajo de una época, recogiendo el trabajo de realizadores en Chile y el exilio, con un énfasis en la producción realizada en la década de los ´80.

Imagen 2 MP FIDOCS 2Primera Retrospectiva de Cine Documental Chileno en el Catálogo de FIDOCS 1997

Al revisar la lista de películas programadas para este primer festival, salta a la vista una selección de películas que ahora son icónicas en el campo chileno, coincidiendo en gran parte con un “canon” de películas documentales que se sedimentaría en años posteriores. Esto a excepción de La Batalla de Chile (Patricio Guzmán 1975-1979), que si bien se estrenó en sala para el público general en esta misma versión de FIDOCS, se incluyó dentro de la sección de “Muestra Internacional” y no en esta retrospectiva. A continuación, se presenta la lista completa de la Retrospectiva de Cine Documental Chileno en 1997:

  • Andacollo (Nieves Yankovic[5] y Jorge di Lauro 1958)
  • Láminas de Almahue (Sergio Bravo 1961)
  • Herminda de la Victoria (Douglas Hubner 1969)
  • Venceremos (Pedro Chaskel y Hector Rios 1970)
  • Compañero Presidente (Miguel Littin 1970)*
  • El Charles Bronson Chileno (Carlos Flores del Pino 1981)
  • Una foto recorre el Mundo (Pedro Chaskel 1981)*
  • El Maule (Juan Carlos y Patricio Bustamante 1981-82)
  • El Willy y la Miriam (David Benavente 1983)
  • Santiago Blues (Francisco Vargas 1984)
  • Carrete de Verano (Patricia Mora y Marcos de Aguirre 1984)
  • Dulce Patria (Juan Andrés Racz 1984-85)
  • Somos + (Pablo Salas y Pedro Chaskel 1985)
  • Memorias de una Guerra cotidiana (Gastón Ancelovici 1985-86)
  • Eran unos que Venían de Chile (Claudio Sapiaín 1985-87)*
  • Cien Niños Esperando un Tren (Ignacio Aguero 1988)

Esta lista, como toda selección, no está exenta de exclusiones, que los mismos curadores reconocen en su presentación del catálogo. A los ojos de hoy, resulta notable la supresión de algunas obras ahora más reconocidas, como las películas previas de Sergio Bravo al alero del Cine Experimental de la Universidad de Chile – Mimbre (1957) o Día de Organillos (1958) – o la ausencia del trabajo del ex sacerdote Rafael Sánchez, fundador y profesor del Instituto fílmico de la Universidad Católica de Chile, como Las Callampas (1958). Cabe notar, sobretodo, la omisión de mujeres realizadoras que trabajaron en el mismo período, a excepción de las que figuran como parte de una dupla de realización[6]. No se seleccionó, por ejemplo, ninguno de los trabajos de Marilú Mallet, Valeria Sarmiento o Angelina Vásquez, cineastas que permanecieron en general fuera del canon del documental chileno del período, hasta su mayor visibilización a partir de los 2010, fundamentalmente gracias al trabajo de investigación liderado por Elizabeth Ramírez y Catalina Donoso (2016). Ello es aún más notable cuando sus nombres sí aparecen mencionados en el listado de documentalistas del cine chileno, que provee el mismo Guzmán en la introducción del catálogo del festival.

Es posible que esta selección haya estado mediada por las diversas limitaciones de acceso a dichos materiales, cuyas copias fueron obtenidas generalmente con los realizadores, en gran parte gracias a las mismas redes del equipo del festival. Si es así, no sólo puede adjudicarse esta curatoría a una falta de reconocimiento sobre la importancia del trabajo de las realizadoras, en un período todavía bastante androcéntrico del cine nacional (lo que el mismo Carlos Flores reconoce ahora como plausible),[7] sino también a las dificultades de acceso a su trabajo (señalados, asimismo, por Ramírez y Donoso, 2016, 15-20, 27). Ahora bien, lo cierto es que la dificultad del acceso al material denota indirecta, pero igualmente, las dificultades respecto a la preservación y la gestión del cine realizado por mujeres, y el espíritu de una época donde, salvo excepciones, las realizadoras no eran ampliamente reconocidas en el campo. En el contexto del festival de 1997, la omisión del nombre de Nieves Yankovic del catálogo (que sólo se corregiría en años posteriores), así como el pequeño número de títulos realizados por mujeres en las otras secciones, da también cuenta de ello.

Hacia la internacionalización y formación del campo nacional

Un objetivo importante de FIDOCS fue también el restablecimiento de la conexión del campo de producción y el público chilenos con el cine documental mundial. Para Guzmán, ello significaba la recuperación de una cultura cinematográfica atenta a los grandes estrenos internacionales, tal como había sido en los años 1950 y 1960 (Óp.Cit.1997), pues en Chile ya no se tenía acceso a documentales internacionales ni en el cine ni en la televisión. Por ello, además de empezar a difundir y apelar al reconocimiento del trabajo artístico de los documentalistas chilenos, el festival exhibió por primera vez en Chile obras de autores clave del cine documental internacional, destacándose explícitamente su libertad creativa y sello autoral.

Bajo estos lineamientos, para la sección de “Muestra Internacional” se seleccionaron 28 películas de prestigio internacional realizadas desde la década de 1970, así como documentales de autores mundialmente reconocidos o bien recientemente seleccionados y premiados en el circuito internacional de festivales de cine, por ejemplo Los Fuegos de Satán (Werner Herzog 1992), El País de los Sordos (Nicolas  Philibert, 1992), Ciudadano Langlois (Edgardo Cozarinsky, 1995) u Hombre Marcado para Morir (Eduardo Coutinho, 1984). Gracias a la gestión con sus aliados internacionales, y en particular con la Embajada Francesa en Chile[8], la selección internacional contó con quince películas de Francia (además de cinco películas co-producidas con dicho país), cinco del resto de Europa, cinco Latinoamericanas (además de cuatro co-producciones con países Latinoamericanos) y tres películas chilenas (todas co-producciones con Francia): dos recientes, La Flaca Alejandra (Carmen Castillo y Guy Girard, 1994) y el estreno de Chile, la Memoria Obstinada (Patricio Guzmán, 1997), además de la ya mencionada La Batalla de Chile.

Imagen 3 MP FIDOCSLa Batalla de Chile en el primer catálogo de FIDOCS (1997)

Junto a esta muestra, en 1997 se realizó una sección paralela de cinco películas curada por el mismo Goethe Institut (“Sesiones propuestas por el Goethe Institut”), incluyendo películas alemanas y co-producciones chileno-alemanas (principalmente realizadas en el exilio). Esta muestra manifiesta, junto con la anterior, cómo el festival descansó bastante en las relaciones de diplomacia cultural con instituciones europeas, interesadas en la promoción de sus producciones nacionales y del trabajo de los realizadores chilenos habían sido acogidos por dichos países durante el período de dictadura. En este sentido, el espacio internacional también reafirmaba la reconstrucción de la memoria colectiva del campo nacional.

Asimismo, la importancia de las muestras con foco internacional nos permite vislumbrar cómo el festival empezó a posicionarse como uno de los principales espacios para el descubrimiento del panorama mundial del cine documental y la promoción del género en Chile. Durante los 1990, el festival exhibió diversas obras de figuras fundamentales para el documental mundial, lo que convirtió a FIDOCS en una ventana única en Chile para la la producción global. Para el público general, y en particular para los realizadores chilenos, los cineastas jóvenes y los estudiantes de las nuevas escuelas de cine – que podrían asistir propiciados por sus mismos profesores, muchas veces también realizadores u organizadores del festival – FIDOCS se convirtió así en una instancia fundamental de aprendizaje: de conexión con un cine más allá de las fronteras chilenas, de un cine que podía conjugar a la vez arte personal y compromiso social. Abundan entre ellos entusiastas relatos sobre las proyecciones en aquellas primeras ediciones del festival, como la muy recordada proyección íntegra de Shoah (1974-1985) en la sala del Goethe, con la presencia del director Claude Lanzmann en 1999 (un poco molesto por las fallas en la proyección). Los recuerdos dan cuenta justamente de la experiencia colectiva que FIDOCS empezó a propiciar en torno al documental, potenciando el asombro, el reconocimiento mutuo de una comunidad cinéfila especializada, y la experiencia de un punto de giro para el campo local.

Como sugiere Viviana Erpel, quien asistió a la primera edición para luego convertirse en sub-directora y productora de FIDOCS (1999-2004), este espacio de encuentro colectivo convirtió a FIDOCS en un “trampolín” para el campo documental chileno y, a la larga, para la organización profesional del medio:

Como se empezaron a juntar los documentalistas en el festival, el festival fue un trampolín para la organización que necesitábamos, porque todo el mundo documental estaba tratando de tomar algo de lo que dejaba el mundo de la ficción [de los fondos públicos…] ….nosotros no teníamos cine documental [internacional] antes de que él [Patricio] llegara, fueron como el cúmulo de 20 años de películas maravillosas que nunca habían llegado a Chile, tanto políticas como no políticas, películas de ensayo sobre todo […] Qué divertido que fue un tipo de afuera, habiendo gente súper interesante aquí en Chile […] que los conminara a luchar, siento que fue un impulso importante para ellos para motivarlos a luchar por un espacio (Viviana Erpel, entrevista personal, Noviembre 2013).

La potencia de la muestra y el visionado colectivo para la construcción del campo, se ve reforzada por la vocación formativa y pedagógica del festival desde sus inicios. El festival se comprendió como un “festival especializado para todo el  público”, pero también específicamente para las escuelas de cine y espectadores vinculados a la docencia, la universidad, los medios y el “ambiente artístico” (Guzmán 1997). Consistentemente, desde la primera edición en adelante se siguió profundizando en la organización de conferencias, seminarios y charlas de especialistas asociadas a FIDOCS, así como en la inclusión de secciones para estudiantes de cine.

Este carácter formativo también se expresa en el material producido por el festival, como el catálogo. El primer catálogo enuncia la posición teórica del festival mediante la inclusión de textos reflexivos sobre el carácter del cine documental, con citas y referentes mundiales del género, lo que convierten a la publicación no sólo en un registro histórico de la muestra, sino también en un documento sobre la visión curatorial y reflexiva de Guzmán y sus colaboradores en torno a la práctica documental. Los textos son sobre todo de carácter educativo dando cuenta, como hemos visto, de una mirada histórica sobre el documental chileno hasta ese momento y de la importancia de la expresión personal en su realización, apuntando a la instalación de un discurso sobre el documental como producción artística, con una mirada autoral. Ello se reforzaría en el catálogo de la segunda versión, con un énfasis en el “documental de creación” (Guzmán en FIDOCS, 1998). De esta manera, el catálogo se posiciona como testimonio cinéfilo y guía crítica respecto al “estado del arte” del cine documental local e internacional, proponiendo una mirada específica tanto sobre las obras seleccionadas como el quehacer cinematográfico. El gesto editorial devela así la clara intención de contribuir a marcar ciertas pautas para la comprensión del documental en un campo que comenzaba a reconfigurarse.

“Una nueva Identidad”: consolidación y transformaciones

La primera versión de FIDOCS anunciaba ya elementos fundamentales del perfil y la identidad del festival en los años venideros. Siguiendo pautas similares a la primera edición, el festival comienza a institucionalizarse y asegurar su continuidad en ediciones posteriores. Durante los 2000 en festival creció, posicionándose en Chile y en la región, y ganando mayor prestigio entre los realizadores locales y agentes internacionales. Su impronta formativa no sólo continuó, sino que lo fue consolidando además como un nodo de información y conocimiento especializado, a la vez que se constituía, como hemos visto, en una plataforma colectiva para establecer contactos, consolidar relaciones y conformar nuevas redes (dando pie, por ejemplo, para el surgimiento de la ADOC Asociación de Documentalistas de Chile en 2000).

Imagen 4 MPFIDOCS Portada programa 4º FIDOCS (2000)

 

Imagen 5 MPFIDOCS Portada catálogo 5º FIDOCS (2001)

Desde el 2000 FIDOCS añadió la sección competitivas de documental nacional, idea que según Guzmán se había planteado desde la primera versión, pero que requería constatar que hubiera un volumen considerable de producción nacional cada año (en FIDOCS, 2000: 64). El festival fue sumando luego nuevos enfoques especiales, homenajes y retrospectivas a realizadores y, más recientemente, eventos de industria y nuevos espacios de formación. A la larga, los espacios de exhibición para nuevos documentalistas irían creciendo cada vez más, en línea con la profesionalización y el aumento de la producción documental nacional. Así, la función retrospectiva del festival, que implicaba la reactualización de la memoria histórica chilena asociada a la práctica documental, fue dando paso a un nuevo rol del festival como una de las principales ventanas para la producción documental reciente.

La expansión del festival contribuyó a la formación de la «nueva identidad» (Maiworm en FIDOCS 2008: 15) con la que se identifica el evento durante este segundo periodo, hacia un evento de mayores dimensiones y que apuntaba cada vez más a la internacionalización y profesionalización del campo, por ejemplo mediante la Escuela FIDOCS para estudiantes de escuelas de cine y comunicación, o el brazo editorial de publicaciones del festival. Para asegurar su continuidad mediante la adquisición de fondos y respaldo jurídico, el festival comenzó a organizarse por la Corporación Cultural de Documental (CULDOC, 2008), creada por Verónica Rosselot (ex productora ejecutiva del festival)[9] y formada por un grupo de conocidos documentalistas chilenos que habían colaborado con el festival desde su fundación. En esta última década, FIDOCS ha apuntado al desarrollo de diversas estrategias que fortalezcan aún más al evento y el campo local, mediante actividades para la capacitación y promoción de documentales, notablemente, espacios de industria como la competencia de Work in Progress “Primer Corte FIDOCS” (2011). Algunas de estas actividades continúan existiendo, si bien recientemente las dimensiones del festival han vuelto a reducirse respecto a años anteriores. La postura fundamental del festival respecto a la centralidad del cine documental de autor, sin embargo, sigue siendo su sello de continuidad, tal como su interés por ser una ventana para el documental contemporáneo, tanto chileno como internacional.

Conclusiones

En su breve análisis sobre FIDOCS (y uno de los primeros trabajos que reflexionan sobre festivales de cine en Chile), la investigadora Jacqueline Mouesca señalaba que, ya en su octava versión, el festival había “creado los puentes para que los documentales de nuestros cineastas sean llevados a festivales en el extranjero. Su relevancia es directamente proporcional al creciente interés de realizadores nacionales por hacer más documentales» (2005:122). Esta observación sobre el impacto del festival se condice con lo planteado en este artículo, que sostiene que las bases de este impacto se fueron construyendo desde su primera versión.

Como hemos visto, el FIDOCS vino a llenar un sentido vacío en el medio chileno, y ya desde el principio empezó a construir un sello que iría posicionando al festival y fomentaría la reconfiguración del campo local. Ello, gracias una curatoría centrada en la visibilización del documental nacional y la conexión con el panorama internacional reciente, sumada a su intencionalidad formativa, y a la constitución de un espacio de encuentro y visionado colectivo. La conjugación de estas estrategias de posicionamiento convirtió al festival en un nodo que potenció la reconstitución del campo documental chileno a fines de 1990. En este período, FIDOCS apuntó a retomar aspectos fundamentales de la tradición documental chilena hasta ese momento, ligada a la vanguardia política, cierta experimentación formal y perspectiva autoral, que se había ido conjugando de maneras diversas en las décadas anteriores. El festival permitió el reencuentro de documentalistas de esta tradición, que habían trabajado en Chile y en el exilio, con las nuevas generaciones, permitiendo el intercambio, aprendizaje y formación de redes entre realizadores, estudiantes y públicos de documental en Santiago. FIDOCS se convertiría así en un espacio articulador fundamental del campo documental chileno a fines de los 90.

El caso de FIDOCS nos permite reflexionar, de manera más general, sobre las formas en que los festivales han ayudado a visibilizar el cine documental en Chile, así como en otros países de producción pequeña, diseñando y construyendo un espacio para la exhibición de obras históricas fundamentales para el medio local, y abriendo la escena a nuevas formas de producción documental. Creo que este caso en particular convoca a continuar pensando los modos en que algunas películas y cánones locales e internacionales son articulados, leídos y promocionados por los organizadores de los festivales, y las diversas maneras en que su carácter cinéfilo y su vocación formativa han potenciado la creación y la consolidación de campos de cine documental, tanto a nivel local, como en relación a sus conexiones internacionales.

Bibliografía

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Notas

[1] Este artículo se enmarca en la investigación FONDECYT nº 11160735 «Festivales de Cine: Experiencias de Formación y Expansión del campo cultural chileno». Una primera versión de este texto fue presentada en la conferencia Visible Evidence XXIV Buenos Aires (2017) bajo el título “FIDOCS y los Festivales de cine documental: La formación de un campo Chileno en la post-dictadura”. Agradezco la colaboración en esta investigación de Carlos Flores, Viviana Erpel, Gonzalo Maza, Elizabeth Ramírez, Gonzalo Ramírez, y a todos quienes prestaron testimonio oral sobre las primeras ediciones de FIDOCS.

[2] Investigación propia, datos online en www.festivalesdecine.cl. Por festivales “activos” nos referimos a aquellos que estuvieron en funcionamiento al menos hasta el 2016, bajo el supuesto de que aún podrían reactivarse. Los festivales de cine documental considerados son:  Fedochi (2006), FECIM (2006), Pintacanes (2007), Antofadocs (2012), DocsBarcelona Valparaíso (2016), FestiGol (2017), Frontera Sur (2017) y AricaDoc (2017).

[3] Surdocs actualmente organiza el festival de documental DocsBarcelona Valparaíso (2016 – )

[4] En 1998 se creó además el Festival de Video El Bosque, que funcionó por casi 15 años hasta su última edición en 2013.

[5] En el catálogo de FIDOCS de 1997, Jorge di Lauro aparece como único director de la película. Si bien actualmente se reconoce a Nieves Yankovic como co-directora de Andacollo, es de suponer que para la elaboración del primer catálogo sólo se le atribuyó la autoría a su marido, el sonidista Jorge di Lauro, pues únicamente éste figura en los créditos del filme, como su productor (“Jorge di Lauro presenta”).

[6] La segunda versión incluiría una retrospectiva con obras menos reconocidas, que incluiría Día de Organillos y Las Callampas, así como Muerte en Santa María de Iquique de Tatiana Gaviola (1986).

[7] Entrevista personal, Santiago, abril de 2018.

[8] La Embajada de Francia hasta hoy otorga anualmente el Gran Premio a documental chileno en competencia.

[9] Ver https://www.patricioguzman.com/es/fidocs (Recuperada el 2 de mayo de 2018).

Renovarse o morir: Concurso de cine experimental en México

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Francisco Javier Ramírez Miranda

Resumen

A mediados de los sesenta tuvo lugar el Primer Concurso de Cine Experimental en México, evento con que se pretendía revitalizar una industria en quiebra virtual. Aunque en estos términos los resultados fueron pocos, su importancia histórica radica en que ahí confluyeron y se fundieron las nuevas propuestas del arte en México con la vieja guardia. El carácter de síntesis constituyó el concurso y resultó en películas que fueron experimentales en la medida en que lograron renovar temas y formas del hacer fílmico, al explorar los lindes entre los territorios y los modos existentes del cine. En este trabajo se describen las condiciones en las que se convoca y sucede el concurso, para después revisar algunas películas, ejemplos de la producción que en ese año intentó transformar a toda una industria.

Palabras clave

Renovación; integración disciplinar; ruptura; relación cine-literatura; análisis fílmico

Abstract

In the mid-sixties the First Experimental Film Contest took place in Mexico, an event that was intended to revitalize a virtual bankrupt industry. Although in these terms the results were few, its historical importance lies in the convergence and fusion of the new art proposals in Mexico with the old guard. The character of synthesis constituted the contest and resulted in films that were experimental in so far as they succeeded in renewing themes and forms of film making, by exploring the boundaries between the territories and the existing modes of cinema. This paper describes the conditions in which the contest is called and happens, to then review some films, examples of the production that in that year tried to transform an entire industry.

Keywords

Renewal; disciplinary integration; breakdown; film-literature relationship; film analysis

Resumo

Em meados dos anos sessenta, o Primeiro Concurso de Cinema Experimental ocorreu no México, um evento que pretendia revitalizar uma indústria virtual falida. Embora nestes termos os resultados fossem poucos, sua importância histórica reside na convergência e fusão das novas propostas de arte no México com a velha guarda. O caráter da síntese constituiu a disputa e resultou em filmes que foram experimentais na medida em que conseguiram renovar temas e formas de fazer cinema, explorando as fronteiras entre os territórios e os modos existentes de cinema. Este artigo descreve as condições em que o concurso é chamado e acontece, para então rever alguns filmes, exemplos da produção que naquele ano tentou transformar toda uma indústria.

Palavras-chave

Renovação; integração disciplinar; ruptura; relação filme-literatura; análise de filmes

Datos del autor

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Maestro y Doctor en Historia del Arte, por la UNAM. Profesor investigador de la licenciatura en Historia del Arte de la UNAM. Investigador para diversas películas como Visa al paraíso (Liberman, 2009), Días de gracia (Gout, 2011) o La cuarta compañía (Galván, 2015). Autor de Ibargüengoitia va al cine (Universidad de Guanajuato, 2013) y de artículos como “Luis Buñuel, un cineasta universal en el cine mexicano”, “Medio siglo del CUEC y la enseñanza del cine en México”, “Mostración del tiempo, construcción de verdad en Año bisiesto”, “Sentido e indeterminación en La cinta blanca de Michael Haneke” o “El sujeto en la pantalla de Arlindo Machado”, entre otros. Ha sido coordinador del Seminario Universitario de Análisis Cinematográfico de la UNAM y dirige Montajes, Revista de Análisis Cinematográfico. jramirez@enesmorelia.unam.mx

Fecha de recepción: 1 de abril de 2018.
Fecha de aprobación: 7 de mayo de 2018.

 

En 1965, el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica organizó el Primer Concurso de Cine Experimental en México, con el objetivo de coadyuvar a la recuperación de la gloria perdida por el final de la llamada “época de oro”. Las circunstancias de los años de la Segunda Guerra Mundial que impulsaron el crecimiento de la producción fílmica mexicana y su aceptación en mercados de habla hispana habían terminado. El estallido de la conflagración redujo la producción hollywoodense para el mercado hispano parlante y se concentró en el cine de propaganda. También limitó la producción en Argentina y España, quien además vivía su Guerra Civil. Los productores mexicanos aprovecharon la situación y, con el apoyo del Estado mexicano, hicieron florecer la cinematografía nacional.[1]

Este auge a mediano plazo resultó paradójico y contribuyó a hacer la caída aún más estrepitosa: por un lado, el innegable éxito internacional económico y artístico del cine mexicano en el exterior; por otro, un aparato burocrático viciado por las reglas del sindicato. A mediados de los cincuenta, la pérdida de la hegemonía de la producción mexicana cinematográfica limita los ingresos para esa industria que, apenas diez años atrás, se había consolidado como la segunda fuente de divisas. La exclusividad de los agremiados para la producción, entre otras medidas, contribuyen a la decreciente calidad de las películas mexicanas; además, los temas resultan repetitivos para un mercado que pedía renovar los géneros y las historias contadas. Se llega al absurdo de exigir que un nuevo director, para filmar, perteneciera al sindicato y, para pertenecer a él, debía haber filmado al menos una película. Situación que se repite en las secciones de guión, producción y demás ámbitos cinematográficos.

A finales de esa década, la crisis impacta en los ingresos de los agremiados y los diferentes sectores que componen la industria mexicana comienzan a formular estrategias para recuperar los mercados del cine mexicano. La reducción en los costos de producción se reflejó en una menor calidad y surgió la época de los “churros”, películas producidas en serie y de baja calidad. Dicha situación se pretende subsanar retomando temas y relatos de la literatura y la historia oficial con los que se constituye el llamado “cine de aliento” que, desde inicios de los sesenta, produce películas “interesantes”, ganadoras en festivales, pero con poco impacto en la cartelera y en el público.

En 1961, a partir de una probable ley de censura más restrictiva, se forma el grupo “Nuevo Cine”, integrado por jóvenes aspirantes a cineastas, quienes ponen el dedo en la llaga al subrayar la necesaria renovación de los cuadros que conforman la industria mexicana. Tal “resurgimiento” debe ser producto de la ampliación de la cultura cinematográfica: acuden al cine europeo y, basados en él, exigen la creación de escuelas, archivos y publicaciones. Editarán una revista con el mismo nombre del grupo y que, a pesar de su corta duración, impacta en la historia de la crítica del cine mexicano. En los números de la publicación se plasman algunos de los preceptos que en la época se entienden como transformadores y en los que confluyen los elementos de una necesaria renovación formal acorde a una nueva “moral”, como la que se identifica en el cine de Luis Buñuel, ejemplo y emblema de aquella generación.[2] A pesar de sus propuestas, los miembros de “Nuevo Cine” llegaron a filmar poco.

Algunos de los planteamientos de ese grupo se fueron cumpliendo con el tiempo, por la iniciativa estatal, por el apoyo de la Universidad Nacional o por el impulso de personajes específicos del medio cinematográfico como Manuel Barbachano Ponce, originario de Yucatán que estudió publicidad en Estados Unidos. Su participación en la industria mexicana del noticiero fue muy importante; además, sus empresas impulsaron a una nueva generación que, en las condiciones sindicales descritas, estaba al margen de la producción regular. Para las búsquedas estilísticas del cine de aquellos años fue de especial relevancia su compañía Teleproducciones.

Es quizá por esta confluencia entre un proceso de renovación y la importancia del noticiero que muchas de las propuestas pasaron por una mirada documentalizante, pero es también claro que hubo una intención “realista” en la producción de la época que abrevó de los mismos cánones visuales. En cualquier caso, la importancia del grupo de Barbachano resultó crucial, pues gracias a él la influencia del movimiento neorrealista en México se concretizó. A instancias de Barbachano Ponce, Cesare Zavattini llegó a México en 1955 para colaborar con varios cineastas mexicanos (o ahí avecindados). Se puede decir que su presencia y la obra de quienes lo acompañaron guardan una armonía de intereses ideológicos, donde la apuesta por un cine de “la realidad” es un componente esencial.

Con el depósito de dos cintas de Manuel Barbachano Ponce, en 1960 surgirá la Filmoteca de la Universidad Nacional. Y será la Universidad uno de los centros del proceso de transformación en las artes y de difusión de la cultura cinematográfica. En los años cincuenta irrumpen en la escena del país muchos jóvenes producto del crecimiento de las ciudades, particularmente de la capital, quienes provienen de las aulas de una Universidad renovada,[3] y que, en conjunto, tienen una actitud “moderna”. Se desempeñarán en diferentes ámbitos de la vida cultural y tendrán como punto de plataforma común el ejercicio de la crítica, reflejado en las diferentes manifestaciones artísticas. Así, en la pintura una generación conocida como de “la ruptura” enfrenta los postulados de la Escuela Mexicana y del muralismo, que encuentra obsoleto, encerrado en sí mismo y en fórmulas caducas que impiden el desarrollo independiente de la plástica nacional. José Luis Cuevas es uno de los integrantes del grupo de artistas que de diferentes formas se suman al proceso de crítica. Publica un texto que denomina “La cortina de nopal” donde de forma sarcástica describe el callejón sin salida que representa la llamada “Escuela mexicana de pintura”.

En cuanto a la literatura, con mayor grado de confrontación con sus antecesores, la “generación del medio siglo” o “generación de la Casa del Lago”, será un grupo que desde diversas disciplinas proponga una nueva visión de México y que, para la década de los sesenta, se convertirá en un grupo cultural hegemónico.[4] Los suplementos, las revistas y los medios de difusión y crítica serán copados por ellos y, desde esa situación, van a tener un papel determinante en la configuración de los procesos artísticos de la época. En la narrativa, sin tener una ruptura equivalente, los escritores más jóvenes —nacidos hacia 1930—, emprenden su propio camino de modernización cuestionando en lo formal y temático la narrativa anterior. Autores como Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Inés Arredondo o Salvador Elizondo aportarán tramas, formas novedosas y una visión crítica al marco de la vida literaria la época. Entre muchos temas, se puede identificar la importancia que tiene la cultura cinematográfica para esta generación: no sólo se reconocen referencias o citas directas a películas, actores, directores o al acto de ir al cine en las obras de la época, en más de un caso, la forma misma está mediada por el relato fílmico.

Si la experimentación literaria está, en alguna medida, marcada por tal irrupción es porque la experimentación artística de la época está dada por una disolución de sus fronteras, o al menos por una integración de sus territorios. Se trata de un proceso de intercambio en el cual el cine es un espacio privilegiado por su naturaleza de síntesis. Transformación que germina en el concurso de cine experimental, donde se manifiesta una tensión entre tradición y ruptura del que resultan grandes avances fílmicos, pero también algunos de sus vicios, debido a las condiciones de independencia creativa que se conjugan desde mediados de los sesenta.

En este escenario, en 1964, Jorge Durán Chávez e Ícaro Cisneros, líderes del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC), plantean la posibilidad de organizar un Concurso de Cine Experimental; la joven generación integrada a la vida cultural, y con una fuerte inclinación hacia la cultura cinematográfica, será quien les tome la palabra. Según García Riera (1978), la convocatoria “[…] terminó por engendrar a un núcleo de directores, argumentistas, fotógrafos, actores. Si ellos logran vencer el nivel mental de la industria y el nivel moral de la censura, el cine mexicano no estará salvado, sino que, más realistamente, tendrá posibilidades de vida”.

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En agosto de 1964 el STPC publica la convocatoria para participar en un concurso cuyo objetivo principal era promover la incorporación de nuevos cuadros a la industria cinematográfica mexicana en los diversos rubros. Durante dos meses queda abierta la inscripción de proyectos y se registran 31 propuestas de las que se llegan a concluir 12 entre 18 realizadores, pues al menos dos de las propuestas estaban constituidas por episodios. Además del apoyo en equipo y personal, se daba el aval del propio sindicato para la adquisición de película virgen y los gastos de laboratorio. Pero lo principal era que se permitiría la exhibición de las cintas ganadoras en salas comerciales. El jurado estuvo integrado por miembros de las diferentes partes de la industria cinematográfica nacional, críticos y representantes de diferentes instancias que representaban la nueva cultura cinematográfica: el Instituto de Bellas Artes y la Universidad Nacional, cuya representación dejaba ver el reconocimiento del cine como una expresión artística.

El jurado recibió las películas hasta mediados de 1965, cada una filmada por sus propios medios, pero con los apoyos mencionados. El 30 de junio el jurado dio a conocer a los ganadores, el premio principal lo obtuvo La fórmula secreta de Rubén Gámez, seguido por En este pueblo no hay ladrones, dirigida por Alberto Isaac, el tercer premio lo ganó Amor, amor, amor, constituido por seis episodios dirigidos por diferentes realizadores, y el cuarto lugar fue para Viento distante, de tres directores. A fines de 1965 las cintas ganadoras fueron exhibidas en el cine Regis, en la capital mexicana. La recepción del público superó las expectativas iniciales de los organizadores, sin ser masiva, permitió que algunas de las cintas, especialmente las que obtuvieron los primeros lugares, permanecieran varias semanas en cartelera. A lo largo de 1966 prácticamente todas las películas se estrenaron en la ciudad de México, si bien la aceptación del público fue decreciente.

El grupo de artistas que responden a la convocatoria entienden que la experimentación radica en la disolución de las fronteras disciplinares, incluyendo desde luego la que existe entre documental y ficción, pues si bien la mayoría de las cintas que se producen son de carácter argumental, la impronta de “lo documental” es clara, en buena medida por la participación de múltiples técnicos cuya trayectoria se había desarrollado en ese campo (vía el noticiero en la mayoría de los casos). Baste repasar los nombres de los responsables de estas producciones: entre los directores encontramos gente con experiencia en el teatro, la dramaturgia o las letras, como Juan José Gurrola, Juan y José Luis Ibáñez, Héctor Mendoza o Miguel Barbachano; otros con experiencia en diferentes áreas de la producción como Rubén Gámez, Alberto Isaac o Sergio Véjar; e incluso algunos con formación en escuelas extranjeras de cine como Manuel Michel o Salomón Laiter —que además era pintor—, o el caso de Juan Guerrero, uno de los primeros egresados de la escuela de cine de la Universidad Nacional de México en filmar profesionalmente. Los debates que habían sucedido antes se reactivan: mientras para algunos el concurso ofrecía la posibilidad de salvar al cine mexicano, para un sector de la prensa, el snobismo de esa generación hacía impensable que la iniciativa cumpliera con los objetivos que se planteaba.[5]

Sea como fuere, se presentaron a concurso propuestas que incluían los argumentos y adaptaciones de algunos de los escritores más importantes de esa generación —incluyendo textos de autores más veteranos como Juan Rulfo o Juan de la Cabada—, entre los cuales se sumaba la posibilidad de experimentación narrativa al interés que para ese grupo tenía el arte cinematográfico. Adicionalmente, hubo artistas de diferentes disciplinas, con experiencia mínima o nula en el cine, que intervinieron a la construcción de las cintas. Participaron los músicos Joaquín Gutiérrez Heras, Manuel Henríquez y Rocío Sanz, quienes desarrollarían una sólida trayectoria en la música mexicana de concierto, pero no necesariamente ligada al cine; y en la plástica fue importante el aporte de diversos creadores, como Manuel Felguérez, sólo por citar un caso importante.

Respecto a la fotografía se incluyeron artistas consagrados como Gabriel Figueroa o Alex Phillips, y algunos más, como el propio Sergio Véjar que tenía ya una trayectoria en el campo fotográfico. Un aporte fundamental provino del grupo de fotógrafos que, con experiencia en la publicidad o el documental, se integraron como responsables de la cámara: las imágenes de Walter Reuter, Armando Carrillo, Antonio Reynoso o Rubén Gámez construyeron la tensión particular entre realidad y ficción que constituyó, en gran medida, la naturaleza del concurso.

En las siguientes líneas analizo de manera puntual algunas de las películas que constituyen el ciclo completo, poniendo el énfasis en los elementos de cada cinta a partir de los cuales se da la experimentación que conforma al festival en su conjunto. Aunque dejo de lado varias cintas importantes, la selección muestra varias de las posibilidades que se exploraron en el concurso.

La fórmula secreta de Rubén Gámez

FOTO 2 La fórmula secreta F Rubén Gámez

Rubén Gámez, de amplia experiencia en el cine documental y de noticieros, con La fórmula secreta (1965) pone a cuadro una serie de reflexiones de carácter poético a partir de un juego fuertemente visual que deja de lado los textos explicativos y construye su argumentación con la fuerza del montaje. Pocos años atrás, había dirigido un poema visual llamado Magueyes (1962), para acompañar el estreno de Viridiana (1961), la cinta de Luis Buñuel filmada en España.[6] Preocupado porque la recepción de esta cinta ignorara que se trataba de una producción mexicana, su productor Gustavo Alatriste le pidió a Gámez que evocara en este corto una imagen inequívocamente nacional. Más allá de las circunstancias, con este trabajo el director mostraba su capacidad para el montaje y para construir visualmente sus narraciones. Magueyes, de apenas nueve minutos de duración, juega con una confrontación que busca transmitir un mensaje antibélico, sobre la banda sonora de la novena sinfonía de Dimitri Shostackovich, y únicamente con imágenes de magueyes a cuadro.

Con este antecedente Gámez planea la producción de su propuesta para el concurso. El proyecto se llama Kokakola en la sangre y se anuncia como una cinta de carácter poético, con un mensaje de crítica a la transculturación nacional producto de la adopción de valores extranjeros. El propio Gámez es el argumentista, fotógrafo y director. Durante un tiempo busca el financiamiento de Gustavo Alatriste, aunque sin éxito, por lo que va reduciendo sus expectativas y, si en un principio prevé filmar un largometraje a color, poco a poco va acomodando sus planes al presupuesto posible. La duración final rebasa apenas los cuarenta minutos y la emulsión es en blanco y negro.

Logra, eso sí, involucrar como productor a su amigo Salvador López, jefe del departamento de almacén, cámaras, cables y mobiliario en los Estudios Churubusco y quien se había emocionado mucho al ver Magueyes. Con un equipo muy reducido emprende durante varios meses el rodaje de su proyecto, laborando únicamente en fines de semana. Gámez estructura su cinta con base en cuadros no narrativos que ponen en escena la disputa por la esencia de lo mexicano frente a la pérdida de la identidad, acosada por la confrontación con el imperialismo norteamericano y sus productos industriales —el subtítulo de la película sigue siendo Coca-Cola en la sangre—. Las secuencias se basan mayormente en el uso de material de registro directo; ausente prácticamente la narración textual, las imágenes de gran fuerza se ensamblan en una pugna constante, en un enfrentamiento violento. Juan Rulfo escribió́ algunos textos que se leen en off en dos secuencias de la película, como aquella donde la tierra yerma, completamente seca de una ladera que presumiblemente le han entregado a los campesinos es vista por la cámara mientras la voz de Jaime Sabines lee: “Ustedes dirán que es pura necedad la mía, que es un desatino lamentarse de la suerte, y cuantimás de esta tierra pasmada donde nos olvidó́ el destino. La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre”. La cámara panea y el campesino se desplaza para quedar nuevamente en cuadro; la cámara vuelve a panear y el hombre, obstinadamente, insiste en seguir en el cuadro, en visibilizarse. Poesía visual y textual confluyen en el espacio de la denuncia, en el punto de encuentro entre dos formas de retórica para hacer funcionar un discurso complejo entre el cineasta y el escritor.

Rulfo remite a su propia literatura, a sus cuentos “Nos han dado la tierra” o a “Es que somos muy pobres”, entre otros compilados en El llano en llamas y publicados una década atrás. Hay aquí un desplazamiento de la preocupación meramente formal o del individualismo de las preguntas que atormentan a toda aquella generación; fuertemente influidas por el existencialismo y por una cuestión eminentemente política, son las clases desplazadas, los perdedores de la Revolución, aquellos que según el pintor Rufino Tamayo sólo habían triunfado en los murales, quienes exigen ser visibilizados en la cinta de Gámez. Al decir “somos porfiados…”, Rulfo, y Gámez con él, ponen el acento en la desigualdad y la injusticia que el aparato retórico oficial calla, pero lo hacen de una forma novedosa.

Secuencias más adelante, el director sintetiza el sacrificio de una res en unos pocos minutos. El matarife, con un pantalón corto y apenas armado con un cuchillo, hace su labor rápida y silenciosamente, pero el animal conserva, por el emplazamiento de la cámara, la vista fija en el espectador: mientras muere y es desollada, la vaca nos mira, nos apela. En los siguientes planos el carnicero se refugia en los brazos de sus padres.
Todas estas imágenes fueron planeadas por el cineasta, aunque sólo filmó la mitad de lo que había pensado, debido al presupuesto disponible. Ellas evocan el universo de Buñuel (de quien nunca negó sentirse influido) y el de Eisenstein, pues para Gámez la fuerza de ¡Qué viva México! (1932) fue inspiración para su trabajo. Así, llena de referencias, La fórmula secreta se constituye como un lugar de encuentro que, según Ayala Blanco (1985: 307), “semeja una pesadilla monstruosa, a menudo insoportable. Las metáforas visuales se imponen de una manera casi fisiológica. El director (y fotógrafo) desencadena la crueldad: nos conduce a un vértigo incontenible hasta las raíces de nuestro ser nacional, y nos regresa de improviso hasta nuestros días, como si los dos tiempos fuesen uno solo y se prolongarán entre sí.” Una pesadilla de metáforas visuales, de la pobreza descarnada de los campesinos, de la muerte, de los hombres como bultos, como objetos, de la imagen de un buitre sobrevolando el corazón del país. La experimentación entre documento y poesía visual en función de una retórica fuertemente contestataria.

Tajimara de Juan José Gurrola

FOTO 3 Tajimara F Antonio Reynoso y Rafael Corkidi

A diferencia de La fórmula secreta, película ganadora, el contenido político del resto de las películas es más bien difuso, constreñido al ámbito de lo personal, en consonancia con ciertas posturas de carácter más existencial; las propuestas centran sus preocupaciones en las relaciones de pareja, el mundo del deseo, la estructura de la familia o las tensiones que surgen de la confrontación entre la vida cotidiana y el mundo de lo intelectual. Por ello, en la mayoría de estas cintas el escenario es urbano y se retrata a la clase media, a la generación producto del movimiento social del medio siglo que hacia la década de los sesenta se erige como un actor social de primer orden. Según José de la Colina (García Riera, 1978) el que una generación “use el cine para dar la imagen, el sentimiento, los problemas, el modo de vida” permite lograr “una poesía que sólo se puede alcanzar a través de lo vivido, de algo que vibra aún en nosotros”.

Juan García Ponce era un ejemplo muy claro de este proceso, como integrante de las letras mexicanas, de los suplementos y parte fundamental del grupo de artistas e intelectuales que hegemonizan las instituciones culturales del país. Su primera publicación formal sucede en 1963, con Imagen primera y La noche. Cuando se convoca el concurso parece natural que se adapte alguno de sus relatos, pues Tajimara acababa de aparecer en la editorial de la Universidad Veracruzana y junto con Amelia se articulan sendas propuestas para adaptarlos.

Al adaptar el primer cuento, participa junto al autor el dramaturgo y director de escena Juan José Gurrola quien, a pesar de su juventud, ya era uno de los directores más reconocidos de la escena mexicana. Desde aquel momento la colaboración entre los creadores resultará en uno de los momentos más notables. La literatura de García Ponce tiene como punto de partida la imagen, ya su primer cuento publicado –Imagen primera– remite a esta obsesión. Pero será en Tajimara, uno de sus relatos mejor construidos, donde esta cuestión se convierta en el centro. Así, aunque intente narrar la relación incestuosa entre Julia y Carlos, esa imagen que le obsesiona, la del objeto del deseo encarnado en el personaje de Cecilia, será la que determine la historia del personaje-narrador del cuento, quien impotente repite “pero esta no es la historia que quiero contar”, pues Tajimara es un cuento construido en torno a la imposibilidad de reconstruir esa imagen y el relato lo recuerda, como se dice en este fragmento del cuento:

Pero, a pesar de la intimidad, las conversaciones interminables y los paseos por   las calles, bajo la lluvia, en tardes grises y rosadas, sintiendo la ciudad, solos y realmente unidos, todavía no sé cómo es Cecilia, cuál de todas es Cecilia y sólo su figura está siempre presente. Cecilia desnuda, de pie sobre el arcón de Mario (eso ya lo dije); Cecilia con los tirantes del sostén bajados para que yo viera cómo se veía en bikini; Cecilia en el sofá́, dejando que la mirara; en pantalones, con la gabardina encima; en el coche, diciéndome adiós, un breve escorzo de la mano y la sonrisa; en las fiestas, sin nada debajo del vestido, como yo se lo había pedido; discutiendo con Clara en la carretera, olvidándose de que iba manejando, después de estar con Julia y Carlos en Tajimara.

Al llevar a la pantalla el relato se debía preservar esa imagen, inasible según el cuento, pero que en el cine es una presencia con la que hay que proceder. Y ahí está la Cecilia de carne y hueso, representada por una actriz frente a la cual la cámara juega a conservar cierto misterio, algo que no se puede escrutar del todo. La adaptación del relato mantiene, para comenzar, los saltos temporales de la narración, aunque los altera para lograr narrar la historia, o las historias que componen el relato: la deseada (Julia y Carlos) y la ineludible (la del romance con Cecilia). Estos saltos en el tiempo exponen la argumentación del protagonista: el personaje-narrador cuenta en off la vida compartida con Cecilia a partir de un tiempo presente, pero volviendo al pasado.
A pesar de la experiencia teatral del realizador, la cinta huye de la teatralización gracias a la mirada fotográfica. Según Ayala Blanco, aunque “el orden de esos tiempos se mezcla, se funde, se confunde”, el arte de Gurrola consiste en que “cada uno de esos tiempos al pasar al siguiente se continúa y se explica a través de él, en una construcción no lógica sino musical, sinfónica”; así, cada momento tiene un valor por sí mismo y un contenido que “posee una fuerza visual innegable, es un elemento más que se añade a la tragedia, una sensación de mundo cerrado sin remedio nos envuelve” (Ayala Blanco, 1985: 312).

Al comenzar, la cámara mira a Cecilia desde un ángulo un poco extraño, emplazada a cierta altura, ve a la mujer en una contrapicada mientras ella sale y entra a cuadro, a veces completa y a veces fragmentada. Esta fragmentación del cuerpo femenino no es producto de una objetivación tanto como de la necesidad de plasmar la inasibilidad del personaje. En cada acción, Cecilia es agente de su cuerpo, de sus deseos y de sus decisiones; de ello, los hombres que la rodean son sólo testigos. “Ni siquiera es necesario enfatizar que por primera vez aparecen mujeres con vida propia en el cine mexicano. […] mujeres que se han aproximado a la reapropiación de su individualidad” (Ayala Blanco, 1985: 313). La cámara lo subraya. Antonio Reynoso y Rafael Corkidi realizan un trabajo armonioso con el principio de misterio que constituye la cinta. Las tomas se valen del claroscuro y en el cuadro las zonas de penumbra se conservan y aprovechan: a veces Cecilia aparece fragmentada por los contrastes de la iluminación. No es la única estrategia: las angulaciones, los desenfoques o la distancia de la cámara contribuyen a conformar esta imagen. Ella se convierte en el centro inasible del encuadre; así, mientras sube la escalera para entrar al departamento y va quitándose la ropa, la cámara, emplazada desde el exterior, es impotente de conservarla a cuadro o en foco. Las escenas eróticas en la película utilizan también encuadres que producen cierta confusión, los cuerpos entrelazados en formas abstractas recuerdan algunos momentos de Alain Resnais.

A la mitad de la cinta, en su camino hacia Tajimara, Cecilia orilla el coche y ellos harán el amor en su interior. La cámara, desde el exterior del coche empañado por la lluvia, mira el acto sin verlo totalmente. Ella se desnuda con movimientos pausados y él se mantiene a la expectativa, la cámara también. Desde el interior del vehículo, los prolegómenos del acto se sintetizan ante la cámara que, instantes más tarde, intentará infructuosamente asomarse al interior.

Manuel Felguérez y Fernando García Ponce figuran en los créditos como escenógrafos, su presencia remite a la relación intensa entre los artistas plásticos de la ruptura y la cinematografía de la época, pero va más allá: Julia y Carlos, los hermanos en la película, son pintores. En la cinta se repiten los sitios de la creación: por un lado, el taller de Tajimara donde ambos producen sus cuadros desde una ambigüedad sobre la autoría y, directamente por otro, el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, donde exponen parte de su trabajo. A lo largo de la cinta son muchas las referencias pictóricas, los cuadros del mismo Felguérez ocupan las paredes y contribuyen a esta atmósfera con su abstracción. Manuel Henríquez, por su parte, ha construido una partitura que huye de lo anecdótico, evitando el leit motiv en pro de una expresividad no causada por sentido narrativo o anecdótico de la música.
La ruptura de los límites disciplinares es la estrategia, el cine es el escenario de una historia doble. Según Ayala Blanco, “Gurrola narra dos historias de amor pero no de manera alterna y simultánea. Las dos historias están en pugna constante, luchan por la supremacía, se invaden, declinan y se tratan de imponer en un esfuerzo supremo hasta que claudican […] terminan en el vacío, un vacío de figuras ausentes, de pie en el atrio de un templo donde se está celebrando la derrota del amor.” Cerca del final de la película, Carlos dice “como dos gotas de agua, como una sola fuerza, y la lluvia se desprendió de la nube porque la unión era imposible y no podía ignorar la luz del sol”. Así, Tajimara (1965) se construye en función de la ausencia de un centro o, más bien, de su imposibilidad.

En el parque hondo de Salomón Laiter

FOTO 4 En el Parque hondo F Sergio Véjar

En enero de 1961, se publicó la primera versión de En el parque hondo, uno de los primero cuentos publicados por José Emilio Pacheco. Es narrado en tercera persona y cuenta la historia de Arturo, un niño de nueve años, quien abandonado por sus padres vive con su tía Florencia. Él recorre la ciudad, camina en el parque y sus recovecos, las laderas, el estanque. La ciudad se presenta así como ese espacio disfrutable que lo acoge. En sus derivas va con Rafael, su compañero de escuela. Su tía prefiere a la gata, Sultana, pues a él lo ha adoptado contra su voluntad; situación que parece no importarle al niño hasta que un día la gata enferma y Florencia le da veinte pesos para llevarla a sacrificar. Rafael sugiere deshacerse del gato y quedarse con el dinero que podría servir para miles de cosas como “armar aviones”, “para el cine o para alquilar bicicletas, comer dulces o comprar anzuelos o ir a remar al lago…” (Pacheco, 2000: 24). Arturo se deja convencer y ambos intentarán matar al animal, para evitar que regrese a la casa. La tragedia se desata cuando Sultana escapa. El resto de la tarde la buscan infructuosamente, hasta que la oscuridad los obliga a volver a sus casas. Él no se atreve a confesarlo a su tía, quien es presa de una gran tristeza por la pérdida irreparable. Ambos van a la cama, Arturo rompe el billete, pero no se deshace del miedo. “Contadas en el reloj de la pared, las horas lo hayan despierto, insomne, asfixiado en la transpiración, entre las sábanas revueltas…”, el tema del tiempo regresa como una sustancia densa a la que el niño se enfrenta impotente y asustado. Temiendo la vuelta del gato que alguna ocasión anterior encontró el camino de regreso. El final no resuelve la duda.

La tensión entre las formas del tiempo y las generaciones se plantea aquí de manera transparente: al principio del relato el niño es ajeno al paso del tiempo (“y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque”), mientras al final lo vive como esa densidad inaprensible donde se cierne su desgracia; se aproxima con ello a la vivencia de su tía, quien se gasta en caricias para olvidar los días. Este momento de conciencia de Arturo, de pérdida de la inocencia, está determinado por la experiencia del tiempo. En la narración hay un constante cambio entre el pasado directo (presente del relato) y el copretérito (pasado del relato), pero que se mezclan de una forma muy directa construyendo el sentido de continuidad en la historia (“el mundo se reducía…”), con breves párrafos narrativos, seguidos de largos diálogos y apenas cruzados por los momentos de duda de Arturo, subrayados en cursiva.

Salomón Laiter se formó como pintor e inició su carrera cinematográfica en los noticieros fílmicos, ante la imposibilidad de acceder a la producción regular; fue autor de un muy celebrado documental publicitario El ron, en 1960, y colaborador de las más importantes series de noticieros de la época. Esta búsqueda por registrar la imagen directa, fuera de los estudios y con actores no profesionales se refleja en la realización de En el parque hondo en el marco del Concurso. La película empieza con una imagen que viene del cuento: en una toma contra-picada de los árboles, que ubica la historia dentro del parque y a los protagonistas en la parte inferior e interior. Las siguientes secuencias, de carácter documental, registran cuando los niños salen de la escuela, compran y juegan. En un flujo constante de largas tomas, emplazamientos distantes, que se van aproximando hasta seguir al profesor, cojeando, apoyado en un bastón, y de él a los niños que fuman en el baño y se escapan del maestro. En la primera parte de la película pasean por la ciudad, que se revela como un lugar que no tiene espacio para ellos y donde hay una fuerte hostilidad, a diferencia del cuento que planteaba una ciudad que los acogía. Pero cuando Arturo se queda solo, entonces el parque vuelve a ser un sitio utópico del niño con la naturaleza. Para el crítico José de la Colina, ese tipo de contrastes caracterizan a la película y “revela[n] a un director capaz de sugerir movimientos interiores imperceptibles» (Ayala Blanco, 1985: 319).

Cuando el niño vuelve a casa encuentra a la tía, una señora demasiado hostil, deliberadamente sobreactuada. Regaña e intimida al niño con diálogos que vienen del cuento pero que son subrayados con la interpretación y ciertos énfasis actorales. La casa donde viven no es el pequeño departamento del original, sino una casa más amplia poco acorde con la frágil situación económica que ella manifiesta. Estos cambios construyen un enfático melodrama y difuminan la dimensión humana que el cuento subraya, pero no desdibujan el contenido social, sólo lo cambian de registro: mientras en el cuento se daba por una sutileza enmarcada en el despliegue del tiempo como materia, en la película la brecha generacional plantea otro marco político de acción que trasluce una visión de las diferencias históricas anteriores al “sesenta y ocho latinoamericano”.

El final de la película, la posible revelación de la verdad, por la vuelta del gato, transforma la historia en un thriller, el niño baja las escaleras y encuentra al animal moribundo frente a la puerta, sin que el espectador sepa cuál será la consecuencia. Ambas narraciones acuden a la alegoría para reafirmar la denuncia del mundo adulto opresor del niño y significar el espíritu de la época: un enfrentamiento entre el mundo social y el actuar emergente del joven, que la cámara enfatiza, convirtiendo algunos segmentos de la película en el resultado del registro directo y, por tanto, de la experimentación de una forma documentalizante.

La sunamita de Héctor Mendoza

FOTO 5 La sunamita F Antonio Reynoso y Rafael Corkidi

Aunque la crítica consideró fallida la adaptación al cine de este cuento de Inés Arredondo, hay una serie de valores que no se le pueden regatear a la película. El punto de partida es un cuento muy notable de una de las mayores escritoras de su generación y quien participó del trasvase al cine de un cuento que ponía en el centro un problema ético y moral: el de una muchacha que se ve obligada a tomar decisiones en las que su futuro, su existencia y su cuerpo son el escenario de una disputa entre un deber ser socialmente aceptado y sus deseos, que deben quedar de lado.

Luisa es una muchacha que ha emigrado a la capital para realizar sus estudios. Un día recibe la noticia de que su tío agoniza y que la llama en su lecho mortuorio. Ella regresa a la vieja casa familiar para acompañarlo en sus últimos días, pero él lentamente recupera la salud, impulsado por el deseo de narrar el pasado a su sobrina. Una nueva crisis parece acabar con los días del tío quien, ahora, busca casarse in articulo mortis con Luisa a fin de heredarle. Obligada por los familiares y amigos, la joven termina por acceder. El tío nuevamente se revitaliza y con lo días va exigiendo la atención de su ahora esposa hasta llevarla a la cama.

El cuento sucede entre dos momentos que ponen el acento en la transformación de Luisa; primero, la forma en que la ven le resulta indiferente; al final, la vergüenza o la culpa hacen que las miradas ajenas le sean dolorosas. La adaptación recupera este proceso de transformación. Pero la cinta es víctima de un “excesivo pudor y una pésima adaptación”, según José de la Colina, lo cual esteriliza los aciertos debido a la nula experiencia del director detrás de las cámaras. Para de la Colina, La sunamita (1965) necesitaba una “sagacidad del detalle y del gesto, una sabiduría de manejo de la cámara dentro del ámbito cerrado y agobiadoramente íntimo”, de los que Héctor Mendoza carece. Y “la abundancia de actitudes y recursos teatrales impiden que La Sunamita sea siquiera una correcta ilustración de un cuento original” (García Riera, 1978).

Sin embargo, en el rompimiento de las fronteras disciplinares se aporta a la película algo que la enriquece. Quizá la cámara de Reynoso y Corkidi saben explorar el interior asfixiante de la recámara que ahoga a la protagonista, quizá la música de Manuel Henríquez tiene momentos de gran sabiduría. Si la película no es un producto redondo, sí es capaz de transmitir algo de la tragedia y el desagrado que Luisa sufre en el propio cuerpo.

Un alma pura de Juan Ibáñez

FOTO 6 Un alma pura F Gabriel Figueroa

Tal vez una de las propuestas más audaces del concurso es la de Un alma pura (Juan Ibáñez, 1965). Más allá del tratamiento de algún tema tabú para el cine mexicano, como el incesto, el suicidio o el aborto, es interesante cómo la puesta en escena funciona de una manera muy novedosa, pues la adaptación del cuento de Carlos Fuentes del mismo título, resulta bastante libre. El cuento parte de una estructura muy lineal (a pesar de un quiebre temporal) y termina como una serie de recuerdos aparentemente desorganizados, que conforman una narración clara. En cambio, la puesta a cuadro es bastante experimental: la cámara deambula todo el tiempo mientras los personajes caminan, reflexionan, lloran, se cuestionan y hablan directamente a la cámara, apelando al espectador.

Según José de la Colina (García Riera, 1978), “el buen cuento de Fuentes se convierte así en una exhibición de malabarismo formal que impide a la historia adquirir profundidad alguna”; además considera la película como una muestra de “intuición cinematográfica [que] reside en la excelente fotografía de su film, obtenida de un Figueroa al que se le hizo contrariar todos sus malos hábitos de ‘artífice plástico’ del cine mexicano”. Una fotografía ausente de cielos dramáticos y de encuadres rebuscados, que va a la intimidad a partir de una “rostricidad” y un juego de montaje. Abunda Ayala Blanco en La aventura del cine mexicano: Ibáñez y Fuentes desean romper con los métodos tradicionales de la narración cinematográfica. […] Trastornan el tiempo, hacen patente el juego de la cámara, insertan flash-backs inesperados, filman a modo de composiciones abstractas planos de cuerpos que copulan, encuadran en interiores de manera heterodoxa, anormal.”

Búsquedas que parecen “desesperadas” por poner al cine mexicano a la par que el cine europeo del momento, queriendo demostrar un cosmopolitismo del que sus creadores han abrevado. La propuesta insiste en el contraste entre las generaciones: los padres no entenderán las decisiones y considerarán a su hijo como un criminal.

Consideraciones finales                                    

Las películas analizadas representan las diferentes visiones del Primer Concurso de Cine Experimental. Sin embargo, entre las que quedaron fuera hay propuestas relevantes como En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac, 1965) o La viuda (Benito Alazraki, 1965), que son importante en los procesos que el cine mexicano emprendió luego de este evento.

Los diversos proyectos se dividieron por un lado entre los realizadas por los ex universitarios, trabajadores de la cultura o artistas y escritores contemporáneos y, por otro, los de los trabajadores del medio cinematográfico. Si bien las cintas más logradas fueron las del primer grupo, la película ganadora –La fórmula secreta– perteneció al segundo. Esta división también se reflejó en la parte central del contenido: la relación con el universo de lo político, siendo de nuevo la cinta de Gámez la que lo desarrolla con mayor compromiso.
A la distancia podemos evaluar que las propuestas del concurso, aunque fueron bien acogidas por el público (o al menos mejor que la expectativa general), no significaron una revitalización de la taquilla o de los procesos de distribución y exhibición. Los cineastas participantes, y en general los artistas que contribuyeron en las películas, tuvieron pocas oportunidades posteriores; por ejemplo, Rubén Gámez tardó más de dos décadas en realizar su primer largometraje. Para muchos músicos, fotógrafos o escenógrafos, esta fue una de sus pocas oportunidades también. Visto desde ese lugar, el concurso y las cintas quedaron encerrados en sí mismos.

No obstante, el proceso de renovación sucedió y, sin lugar a duda, estas producciones fueron parte de él. En términos industriales fueron pocos los resultados a mediano plazo; en cuanto a lo artístico sí hubo efectos positivos. Quizá el más importante es la adopción en México de esa cultura cinematográfica que para bien o para mal se instauró entonces. El concurso no es el único origen de ello, pero si es una parte importante, sobre todo porque, al menos en ese momento, se pudo hablar de la producción mexicana.

Probablemente, el mayor logro de ese encuentro es la difusión de un arte cinematográfico que se esmera en mostrar, desde una óptica nueva, a un país que ha cambiado. Ayala Blanco (1985) lo evalúa en estos términos: “el director mexicano deja de ser el artista en su propia tierra, abandona el empatamiento ante la fisonomía indígena o ante el colorido y la fuerza dialectal de Tepito y transforma el asombro en entendimiento, la curiosidad en elaboración formal. En 1965 una generación de jóvenes directores descubre que México no sólo es fotografiable o difamable sino también representable en términos de buen cine”.

Bibliografía

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Notas

[1] Al respecto ver Maricruz Castro y Robert McKee (2011), El cine mexicano se impone, Universidad Autónoma de México, México. Allí analizan las condiciones que permitieron el florecimiento del cine nacional.

[2] En los siete números que llegó a publicar la revista “Nuevo Cine” son diversas las menciones y referencias a Buñuel, incluyendo un número doble dedicado íntegramente a él. Destacan además algunos de los artículos publicados en la revista, que aluden directamente a él como ejemplo de renovación.

[3] En 1952, se inaugura la Ciudad Universitaria en el sur de la capital del país, las nuevas instalaciones permitirán con el paso de los años un aumento constante de la matrícula universitaria a partir de nuevas condiciones para la enseñanza. En términos de la vida cultural de México, las instalaciones de la C.U. serán escenario de diversos procesos artísticos, como las exposiciones del Museo de Ciencias y Artes, los conciertos, obras de teatro y cine clubes en el Auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía o el Teatro Carlos Lazo de la de Arquitectura.

[4] Fueron conocidos como generación de la Casa del Lago por haber participado de las actividades culturales organizadas en ese recinto universitario durante la gestión como director del escritor Juan José Arreola, cuando se produjeron eventos teatrales, musicales, plásticos y de otras índoles, que tuvieron una importante repercusión en la vida cultural de la ciudad de México. Para un perfil de esta generación ver Monsiváis (1977) o Armando Pereira y Claudia Albarrán (2006), Narradores mexicanos en la transición del medio siglo (1947-1968), UNAM, México, entre otros.

[5] Los debates de la época se reprodujeron, en parte, en la revista Nuevo Cine, en García Riera (1978), en Ayala Blanco (1985), y en el libro de Rubén Gámez (2014), La fórmula secreta, Alias Editorial, México.

[6] En 1960. Luis Buñuel había regresado a filmar a España después de un largo exilio en México. La cinta fue Viridiana, protagonizada por Fernando Rey, Francisco Rabal y la actriz mexicana Silvia Pinal, esposa del productor Gustavo Alatriste.

El papel de los festivales en la reconfiguración de la memoria de las dictaduras del Cono Sur en el cine documental de hijos

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Fernando Seliprandy

Resumen

Los festivales son uno de los vectores históricos del “giro subjetivo” de la memoria de las dictaduras del Cono Sur en el cine documental de hijos. Al premiar reiteradamente películas asociadas a la estilística de la búsqueda personal y familiar, el circuito de festivales da impulso a la relectura del pasado a través del prisma de la introspección y de los afectos. Este artículo traza un panorama de esa inflexión mediante el cotejo de multipremiados documentales de hijos con contraejemplos menos celebrados de esa filmografía. El objetivo es dar historicidad al “giro subjetivo” en cuestión, matizándolo a través del contraste entre estéticas exitosas y ofuscadas en los festivales. Emergen las novedades, pero también las preferencias y permanencias que actúan en la configuración de la memoria intergeneracional a lo largo de los años. En último término, la propia escritura académica despunta como otra línea de fuerza de ese proceso.

Palabras clave

Documental; hijos; posmemoria; dictadura; festivales.

Abstract

Film festivals are one of the historical vectors of the “subjective turn” of the memory of Southern Cone dictatorships in the second-generation documentary filmmaking. With repeated awards given to films stylistically marked by familial and personal quests, the festival circuit fosters an introspective and affective revision of the past. This paper offers an overview of this change by comparing multi-awarded second-generation documentaries with less celebrated counterexamples of this filmography. The objective is to give historicity to the “subjective turn” in question, nuancing it by the contrast between successful and obfuscated aesthetics in festivals. The novelties emerge, but also the preferences and continuities operating in the configuration of the intergenerational memory over the years. In the end, academic writing itself emerges as another line of force in this process.

Keywords

Documentary; second-generation; postmemory; dictatorship; festivals.

Resumo

Os festivais são um dos vetores históricos da “guinada subjetiva” da memória das ditaduras do Cone Sul no cinema documental de filhos. Com os reiterados prêmios dados aos filmes ligados à estilística da busca pessoal e familiar, o circuito de festivais dá impulso à releitura do passado pelo prisma da introspecção e dos afetos. Este artigo traça um panorama dessa inflexão por meio do cotejamento de documentários de filhos multipremiados com contraexemplos menos celebrados dessa filmografia. O objetivo é dar historicidade à “guinada subjetiva” em questão, matizando-a pelo contraste entre estéticas exitosas e ofuscadas nos festivais. Emergem as novidades, mas também as preferências e permanências atuantes na configuração da memória intergeracional ao longo dos anos. No fim, a própria escrita acadêmica desponta como outra linha de força desse processo.

Palavras-chave

Documentário; filhos; pós-memória; ditadura; festivais.

Datos del autor

Fernando Seliprandy es doctor en Historia Social por la Universidad de São Paulo. Autor de A luta armada no cinema: ficção, documentário, memória (São Paulo: Intermeios, 2015). Integra el grupo de investigación CNPq “História e audiovisual: circularidades e formas de comunicação” (seliprandy@hotmail.com).

Fecha de recepción: 4 de marzo de 2018.
Fecha de aprobación: 20 de mayo de 2018.

 

En los últimos años, los modos de rememoración de las dictaduras del Cono Sur han pasado por transformaciones significativas. Las voces de los descendientes de militantes de izquierda conquistaron un lugar destacado en el ámbito de las reelaboraciones de las experiencias autoritarias. Desde la segunda mitad de la década de 1990 hasta hoy, se han multiplicado las producciones artísticas vinculadas a hijo(a)s, sobrino(a)s o nieto(a)s de quienes se opusieron a los regímenes vigentes en la región entre las décadas de 1960 y 1980. En el campo del cine documental, esas expresiones ya constituyen un corpus fílmico substancial, particularmente en Argentina, Chile, Brasil y Uruguay. Episodios de resistencia, represión, asesinatos, desaparecimientos y exilios han sido revistos a través del foco de la intimidad, atravesados por los meandros de los lazos familiares. Ven la luz aspectos por mucho tiempo dejados en segundo plano por las matrices consagradas de la memoria colectiva: la infancia clandestina y exiliada; las tensiones entre compromiso político y abandono afectivo; la imagen huidiza de los padres desaparecidos y la presencia sofocante del fantasma heroico; la orfandad y los cortocircuitos identitarios. Las derrotas políticas se revisten con la carga de las perdidas íntimas. El prisma de los afectos revela otras facetas de la gran historia (cf. Bonaldi, 2006). Una memoria intergeneracional gana densidad en el documental contemporáneo.

Tal inflexión no es el mero fruto de una genérica “sensibilidad de época”. Un diagnóstico abstracto del “giro subjetivo” de la cultura contemporánea (cf. Sarlo, 2007), a fin de cuentas, no esclarece gran cosa. Al respecto, Roger Chartier (2002: 35, traducción personal) ha escrito que “ese ‘espíritu del tiempo’, ese ‘Zeitgeist’ […], más que aquello que explica, es justamente aquello que es necesario explicar”. Hablar de “giro subjetivo” significa, muchas veces, usar una idea desencarnada para describir un fenómeno cultural que es histórico. El curso de esa mudanza es más complejo que el simple paso de un “antes” (grandilocuente, asertivo y cohesionado) a un “después” (familiar, introspectivo y reflexivo). Es preciso dar historicidad a ese proceso, identificar las instancias concretas de ese desplazamiento subjetivo de la memoria en relación con las grandes versiones conciliadoras –la perspectiva humanitaria basada en la victimización universal; la relectura épica de la resistencia (Lvovich; Bisquert, 2008; Napolitano, 2015).

En el caso del documental, los festivales de cine tienen un papel relevante en esa reconfiguración: al favorecer las circulaciones culturales, al consagrar determinadas estilísticas, impulsando ciertas claves de relectura del pasado dictatorial de la región. Tomando en cuenta los matices y las encrucijadas inherentes a este circuito, los festivales serán vistos aquí como uno de los vectores históricos de la inclinación íntima y familiar de la memoria que se observa en los últimos años.

En plena ascensión de la perspectiva transnacional, los festivales pasaron a atraer cada vez más el interés de investigadores del campo historiográfico (Goetschel; Hidiroglou, 2013) y de los estudios de cine (Papadimitriou; Ruoff, 2016: 1). Ante la proliferación de esos eventos por el mundo desde fines del siglo XX, ha habido incluso quien ha advertido de la existencia de una cierta “festivalización” de la cultura (Goetschel; Hidiroglou, 2013: 11). Los eventuales excesos, con todo, no anulan el hecho de que los festivales pueden ser analizados “como vectores de transferencias culturales y lugares de emergencia de nuevas formas […] híbridas” (Fléchet, 2011: 262, traducción personal, énfasis de la autora). En el caso específico del cine, los festivales propician los contactos entre filmografías de diferentes partes, operando como “puntos nodales” (De Valck, 2007: 15, traducción personal) de las circulaciones de títulos; como “centros cruciales para el desarrollo de conocimiento cinematográfico y prácticas fílmicas” (Wong, 2011: 1, traducción personal); como “puntos de encuentro vitales para cineastas y profesionales del cine locales e internacionales” (Gutiérrez; Wagenberg, 2013: 296, traducción personal).

Sin embargo, esos flujos no están a salvo de tensiones. En primer lugar, porque el propio circuito de festivales no es un ente unívoco: el grado de prestigio e impacto de cada evento varía; también lo hacen sus dinámicas geográficas (los festivales locales, los globales, con el peso de las relaciones Norte-Sul); y sus recortes temáticos (en los ejemplos aquí estudiados oscilando principalmente entre los generalistas, los especializados en documental, en cine latinoamericano o aquellos dedicados a la agenda de los derechos humanos). Además, en sí mismo, cada festival es un escenario de disputas en el que distintos grupos contraponen intereses estéticos, económicos, geopolíticos, turísticos, etc. (De Valck, 2007). Finalmente, las contradicciones afloran en las variadas funciones asumidas por los festivales, “su papel de lanzamiento, de fabricación, de promoción, de consagración y, por qué no, de canonización de artistas, de obras, de movimientos y de formas artísticas” (Goetschel; Hidiroglou, 2013: 13, traducción personal).

Contactos, descubrimientos, difusión, desequilibrios, enfoques, disputas, legitimación, sedimentación, todo eso entra en juego en las circulaciones de los documentales intergeneracionales en los festivales. Las consideraciones que siguen ponen énfasis en las facetas de la exhibición y premiación, aunque no se ignore el influjo que tienen en este universo las plataformas de producción y financiación incluidas en los festivales, es decir, los laboratorios, las secciones de “work in progress” y los fondos de fomento (Falicov, 2010). El objetivo en este artículo es reflexionar sobre el impulso que les han dado las premiaciones en los festivales a formas específicas de rememoración de las dictaduras, en detrimento de otras. Metodológicamente, se propone como caso de estudio cuatro pares de documentales, con estilos diferentes, pero lanzados coetáneamente, dirigidos por hijas o hijos de militantes de Argentina, Uruguay, Chile y Brasil. Algunas preguntas guían estas reflexiones: ¿Cuáles son los trazos formales y narrativos compartidos por los documentales de hijos más premiados? ¿Qué perspectivas de relectura del pasado son privilegiadas? ¿Cómo son las producciones intergeneracionales relegadas por los festivales? La hipótesis central es que al poner atención en las líneas de fuerza actuantes en el circuito de festivales se ilumina una faceta importante del proceso de paulatina conformación de la memoria familiar y subjetiva de las dictaduras que hoy está en boga. El “giro subjetivo” del documental se reviste, así, del carácter concreto de las dinámicas históricas.

Premios y consagración de la búsqueda subjetiva en el cine documental de hijos

El recuento[2] de los premios conferidos a los documentales de hijos en los festivales revela una notable afinidad estético-narrativa entre los títulos más exitosos a lo largo de los años. Cuando concentramos la mirada en ese subgrupo de películas premiadas en el circuito de festivales, da la impresión de que la vertiente estilística de la búsqueda subjetiva e íntima tiene una primacía total en el cine documental hecho por hijas e hijos de exmilitantes. Vale la pena repasar algunos de esos títulos y sus premios en una lista que, lejos de ser exhaustiva, sirve para dimensionar el fenómeno:

  • Los rubios (Albertina Carri, 2003): mejor película de la competición “Cine argentino: lo nuevo de lo nuevo”, mención especial del jurado oficial y Signis, premio del público al mejor filme en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici); en 2004, mejor película en L’Alternativa: Festival de Cinema Independent de Barcelona; mejor nuevo director en el Festival Internacional de Cine Las Palmas de Gran Canaria.
  • El telón de azúcar (Camila Guzmán Urzúa, 2006): en 2007, premio Louis Marcorelles en el Cinéma du Réel, Paris; premio Signis al documental en Cinélatino: Rencontres de Toulouse; mención especial en el Festival del Cinema Africano, d’Asia e America Latina, en Milán; premio Fipresci en el Bafici; segundo premio del jurado al documental en el Festival de Cine de Lima: Encuentro Latinoamericano de Cine; mejor director y premio Signis en el Festival Internacional de Cine de Santiago (Sanfic); principal premio en el Festival du cinéma des peuples, Nueva Caledonia; primer Premio Coral al documental en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana.
  • El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló y Susana Foxley, 2010): gran premio de la competición nacional en el Festival Internacional de Documentales de Santiago (Fidocs); mención en la competición jóvenes talentos del DOK Leipzig; segundo Premio Coral para documentales en el Festival de la Habana; en 2011, otros premios en festivales menores en Colombia, México, Chile, España, Bélgica y Estados Unidos.
  • Diário de uma busca (Flavia Castro, 2010): premios de la crítica y del jurado estudiantil de cine del Festival de Cinema de Gramado; premio al mejor documental en el Festival de Biarritz: Cinémas et cultures d’Amérique Latine; mejor largometraje documental y premio Fipresci en el Festival de Río; en 2011, premio de la crítica al mejor filme en el Festival Internacional de Cine de Punta del Este; mejor documental de investigación y mejor filme internacional en lengua portuguesa en el Doclisboa; premio especial del jurado al documental en el Festival de la Habana.

He aquí una muestra que revela ciertos aspectos de este universo: la conquista de premios ora principales, ora colaterales, en festivales con mayor o menor reconocimiento; la fuerza de la dimensión nacional manifiesta en las premiaciones recibidas “en casa”, o sea, en los países de origen de las películas, asociada al prestigio alcanzado en el ámbito transnacional, especialmente en el circuito europeo; la atención particular dedicada por el Festival de La Habana a esta filmografía, en clave continental; la categorización dentro de enfoques específicos (cine independiente, cine documental, cine latinoamericano, cine de derechos humanos, nuevos directores).

1 Fotograma Papá Iván (María Inés Roqué, 2000)Tales variantes delinean una rica atmósfera de circulaciones culturales, más allá de las peculiaridades de cada obra. Pero en conjunto estos títulos multipremiados se caracterizan por el impulso personal del documentalista como epicentro de la reelaboración del pasado familiar e histórico, exhibiendo las vicisitudes de una búsqueda fílmica marcada por la incerteza (Bernardet, 2005; Piedras, 2014). Un repertorio de figuras es compartido: 1) el motivo del silencio, del secreto o del enigma en el seno de la familia, variaciones del rompecabezas privado a ser descifrado mediante la revisión de los materiales salidos del “baúl” finalmente reabierto (álbumes de familia, filmaciones domésticas, cartas, diarios, etc.) y por las preguntas que obligan a los más viejos a hablar (cf. Bossy; Vergara, 2010: 36; Ortega, 2008: 78, 2010: 95-96); 2) los viajes de retorno o de descubrimiento rumbo a los espacios significativos de las historias familiares, incluyendo los lugares de origen, de exilio o de la tragedia, con sus encuentros y desencuentros (cf. Bossy; Vergara, 2010: 38-43; Ortega, 2008: 67-70); 3) las idas y vueltas de la búsqueda, aún en el diapasón de lo itinerante, ahora no tanto en la forma de un largo viaje a un lugar y un pasado específicos, sino como vaivenes de las investigaciones y hesitaciones del proceso fílmico: los trayectos urbanos (a pie o motorizados), la búsqueda de la dirección de una vivienda, las llegadas a los archivos, a las casas de los entrevistados, a los monumentos, etc. (cf. Lie; Piedras, 2014); 4) las entrevistas con parientes y personas del círculo privado, en situaciones cercanas a un diálogo íntimo cargado de afectos y tensiones. Conjugando esas figuras básicas, organizándolas en una forma cinematográfica, el hilo narrativo de las búsquedas puede ser enmarañado o francamente lineal. Sea como sea, siempre hay un camino que está siendo recorrido, una travesía con grados variables de riesgo e indeterminación.

En el universo polifacético de los festivales, llama la atención tal predominancia de las derivas de la búsqueda personal entre los documentales de hijos más premiados. ¿Pero qué puede decirse sobre aquellas películas de segunda generación que no se encajan en esta tendencia? En las páginas siguientes, se propone un cotejamiento de algunos títulos copiosamente laureados con otros menos celebrados, contraejemplos no tan sintonizados con la vertiente que se ha vuelto dominante entre los vencedores de los festivales. Como se verá, el análisis por contraste de la filmografía de hijos ilumina aspectos no siempre tenidos en cuenta en las reflexiones sobre el fenómeno de la memoria intergeneracional. La idea que guía las comparaciones que se realizarán a continuación es la siguiente: más que una primacía absoluta del documental de búsqueda subjetiva en ese campo de la producción, lo que ocurre es la consagración de esta vertiente estética dentro de una gama estilística relativamente más variada.

Es interesante pensar que, allá por el año 2000, cuando la revisión del pasado dictatorial en el cine documental de hijos daba sus primeros pasos, dos títulos de origen argentino apuntaban para diferentes caminos estéticos. El primero de ellos es Papá Iván (María Inés Roqué, 2000), mediometraje que en aquel momento ya contenía los rasgos más característicos del documental subjetivo en ese contexto: las hesitaciones en primera persona de la búsqueda emprendida por la hija, enunciadas por una marcadora voz en over confesional; la lectura de la carta dejada por el padre; la revisión de los álbumes fotográficos de la familia; la figuración de la movilidad y de la inestabilidad en travellings filmados desde la ventana de vehículos (tras el asesinato de su padre, María Inés Roqué partió con su familia al exilio en México, donde se radicó); así como las entrevistas con familiares y excompañeros de militancia de Juan Julio Roqué, alias “Iván”.

El segundo es (h) Historias cotidianas (Andrés Habegger, 2000), dirigido por un hijo de un desaparecido político. El cineasta también fue forzado a pasar la infancia exiliado en México. En este caso, el documental reúne las voces de seis hijos de militantes víctimas de la dictadura argentina. Sin embargo, entre los testimonios, ninguno es del propio Habegger. En lugar de un relato en primera persona, el montaje del filme construye una rememoración colectiva de las experiencias compartidas por los hijos, un retrato generacional revelador que, con todo, está más cerca de las convenciones del documental de entrevista que de las formas de la subjetividad del documental contemporáneo. En toda la obra, la única mención explícita a la experiencia personal de Andrés Habegger se encuentra en el intertítulo con la dedicatoria al padre que surge antes incluso de los créditos iniciales. O sea, la enunciación en primera persona queda circunscrita a un elemento paratextual, previo al filme propiamente dicho. Por lo demás, Habegger se mantiene detrás de las cámaras, en el papel de entrevistador invisible, siguiendo un código básico del documental de entrevista clásico (Bernardet, 2003). El hijo-director, esta vez, prefiere montar un mosaico de voces testimoniales ajenas, a pesar de que su propia vida se vio directamente afectada por la violencia de Estado (Amado, 2003: 145; Esteve, 2009: 342-373).

2 Fotograma (h) Historias cotidianas (Andrés Habegger, 2000)

Tanto María Inés Roqué como Andrés Habegger pasaron por el trauma del asesinato político del padre y tuvieron que crecer exiliados en México. Se trata, por lo tanto, de experiencias compartidas, pero las formas encontradas para dar expresión a la memoria de segunda generación siguieron distintos modos estilísticos del cine documental: por un lado, la subjetividad explicitada por la hija-directora, que oye los testimonios de la generación anterior, pero coloca su propia voz en primer plano en un relato francamente personal; por el otro, el coro de voces que sirve para que el hijo-director construya una narrativa generacional en tercera persona. Se puede argumentar que, en 2000, Papá Iván ya adhería a una forma “emergente” del cine documental, mientras que (h) Historias cotidianas aún estaría vinculado a una forma “residual” (Williams, 2005). Tal reflexión no llega a ser del todo improcedente, pero haría falta identificar los motores de esa “emergencia” de la forma de la búsqueda íntima en el campo de la producción documental. Es allí donde entra en juego el papel de los premios conferidos a Papá Iván, dando impulso a esta ascensión de la enunciación en primera persona en detrimento de otra, el coro testimonial, tenida como “anticuada”.

En septiembre de 2000, la coproducción entre México y Argentina dirigida por María Inés Roqué recibía una mención honrosa en el festival Contra el Silencio, Todas las Voces, en México. En diciembre del mismo año, la consagración vendría con el primer premio en la categoría documental del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana. En el ámbito del evento cubano, resulta elocuente que (h) Historias cotidianas haya sido exhibido en una muestra paralela –algo que ya connota cierta jerarquización– en la misma edición que premió a Papá Iván con el máximo galardón para documentales. La película continuaría siendo premiada en 2001, recibiendo una mención especial en la Muestra Internacional de Cortometraje de Monterrey; el premio al mejor documental en el Festival Expresión en Corto, en Guanajuato, ambos en México; y una mención en la categoría documental de mediometraje en el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. En 2002, Papá Iván aún conseguiría el segundo premio en el Torino Film Festival, en Italia. He aquí una trayectoria expresiva, principalmente cuando la comparamos con el paso sin premios de (h) Historias cotidianas por festivales de cine realizados en Argentina (incluyendo Mar del Plata), Chile (Festival de Cine de Derechos Humanos Cine Forum), Países Bajos (entre ellos, el International Documentary Film Festival Amsterdam), Francia (Cinéma du Réel), Italia (Festival del Cinema Latino Americano di Trieste), así como la exhibición, ya mencionada, en el Festival de la Habana.

En otra esfera, Papá Iván no tardó en despertar el interés de la crítica académica y, muy pronto, aparecieron artículos que se aplicaron al estudio de este documental en el contexto del debate acerca del surgimiento de las voces de los hijos de desaparecidos en Argentina. A lo largo de los años, la película de María Inés Roqué se volvería una referencia básica al abordar el documental de segunda generación, junto a Los rubios (Albertina Carri, 2003) y M (Nicolás Prividera, 2007) (cf. Amado, 2009; Esteve, 2009; Ortega, 2010; Piedras, 2014; Ros, 2012). En uno de los primeros escritos académicos dedicados al cine documental de hijos en Argentina, Ana Amado (2003: 145-146) distinguía el modo como, en (h) Historias cotidianas, Habegger “elude la primera persona y legitima su propia perspectiva a través de otras voces, como si hubiera una dificultad en hablar en nombre propio acerca de la desaparición”, por un lado, y, por otro, en Papá Iván, la forma como Roqué utiliza “estrategias con las que organiza una narrativa personal sobre la historia, o sobre aquella porción de la historia que la involucra en sus consecuencias personales”.

Hoy por hoy, está claro que el camino abierto por Papá Iván fue el que prevaleció en ese campo cultural y memorialístico. Al ponto de que el propio Andrés Habegger, dieciséis años después de (h) Historias cotidianas, retomó el tema en otro documental, ahora adhiriendo plenamente a la perspectiva de la búsqueda subjetiva familiar. Es eso lo que se ve en El (im)posible olvido (Andrés Habegger, 2016), coproducción entre Argentina, Brasil y México en la que el hijo-director finalmente se centra en su propia experiencia, intentando reconstituir la imagen de su padre desaparecido en Río de Janeiro, transitando entre los países de esa historia, enfrentando olvidos e incertezas, por medio de los recursos básicos del documental en primera persona.

Mirada aisladamente, la trayectoria de Andrés Habegger como cineasta es emblemática en lo que se refiere a la reconfiguración de la memoria en la producción documental de hijos de militantes víctimas de las dictaduras. Entre (h) Historias cotidianas y El (im)posible olvido, se hace notorio el paso de la tercera a la primera persona; del retrato generacional a la búsqueda personal; de las voces de los otros, editadas de forma cohesionada, a la voz propia cargada de hesitaciones. Con todo, es necesario matizar este cuadro. Aunque desconsiderada en el circuito de festivales de cine, y a pesar de las reservas de primera hora de la crítica académica, la vía formal emprendida por (h) Historias cotidianas no dejó de ser recorrida por otros documentales de hijos a lo largo de los años.

Un ejemplo patente de ello es D.F. (destino final) (Mateo Gutiérrez, 2008). De modo similar a lo que ocurre en (h) Historias cotidianas, en esta película uruguaya de 2008, la implicación personal del director queda explicitada en el intertítulo inicial, en el cual Gutiérrez informa el mes y el año de la muerte de su padre, un prominente político asesinado durante el exilio de la familia en la vecina Argentina (cf. Fuica, 2014; Ros, 2012: 181-190). Sin embargo, a continuación, el espectador tiene ante sí un documental testimonial de lo más canónico, un retrato biográfico lineal del padre construido por el coro de voces filmadas siguiendo el dispositivo básico de la entrevista: “[…] el entrevistado queda en el campo de la cámara, generalmente de frente (de espaldas solo cuando no quiere ser identificado); su mirada pasa junto al objetivo, a derecha o a izquierda, en dirección al entrevistador, que suele ser el propio realizador y que hace la pregunta a la que el entrevistado responde (es el llamado ¾ de frente).” (Bernardet, 2003: 286, traducción personal). D.F. (destino final) circuló por festivales en Uruguay (incluyendo el Festival de Punta del Este de 2009), Colombia (Muestra Internacional Documental de Bogotá de 2009), México (DocsDF 2012) y Bolivia, sin conquistar premios. Fuera del circuito de los festivales, la película de Mateo Gutiérrez llegó a ser reconocida, siendo escogida como mejor documental uruguayo de 2008 por la Asociación de Críticos de Cine local; y como mejor filme nacional por el Instituto del Cine y Audiovisual del Uruguay (ICAU).

Aun así, eso es poco si lo comparamos con la recepción de otro título de origen uruguayo lanzado solo un año antes de D.F. (destino final). Se trata de Secretos de lucha (Maiana Bidegain, 2007), documental que recurre a las figuras básicas de la búsqueda en primera persona, tal como han sido descritas anteriormente. En esta coproducción entre Uruguay y Francia, la hija-directora acompaña a su padre en un viaje de retorno al país de procedencia, después de años de una ausencia motivada por el exilio en el País Vasco francés (cf. Fuica, 2014). La película de Maiana Bidegain conquistó el importante premio al mejor documental en el Festival de Biarritz: Cinémas et Cultures d’Amérique Latine de 2007; el premio del público al mejor documental en el Festival International du Film d’Histoire de Pessac, ambos en Francia; y otra vez el premio del público al documental, en Australia, en el Sydney Latin American Film Festival de 2008.

3 Fotograma Secretos de lucha (Maiana Bidegain, 2007)

Algo semejante sucede con dos documentales de hijos de origen chileno lanzados el mismo año. Uno de ellos es Mi vida con Carlos (Germán Berger-Hertz, 2009), título fuertemente asentado en la esfera del documental de búsqueda personal, con el director enfrentado a la desaparición de su padre en el norte chileno. En esta coproducción entre Chile y España, Berger-Hertz revisita lugares, álbumes de familia y rollos de super-8, alternando conversaciones con su madre y sus tíos, elaborando su duelo en una especie de carta fílmica, con su voz en over dirigiéndose, en segunda persona, al padre desaparecido (cf. Ortega, 2010: 95; Ros, 2012: 144-154). Si Secretos de lucha había conquistado el premio al mejor documental en el Festival de Biarritz de 2007, dos años después Mi vida con Carlos repetía ese logro –habría que destacar que, en las dos ediciones posteriores, de 2010 y 2011, Biarritz aún otorgaría ese mismo premio a Diário de uma busca (Flavia Castro, 2010) y Abuelos (Carla Valencia Dávila, 2010), respectivamente. Ya en 2010, Mi vida con Carlos se hizo con los premios a mejor largometraje extranjero, mejor fotografía y premio del público a mejor filme en el Festival de Gramado –en la misma edición en que Diário de uma busca recibió los premios de la crítica y del jurado de estudiantes de cine. Ese año, la película de Berger-Hertz también conquistaría otros premios en el Rencontres du Cinéma Sud-Américaine de Marseille (crítica y público); en la Mostra de Cinema Llatinoamericà de Catalunya (mejor documental) y en el Festival de Málaga (mención especial del jurado); en el Ischia Film Festival (mejor documental), en Italia; en el San Diego Latino Film Festival (mejor documental), en Estados Unidos; y en el Hot Docs Canadian International Documentary Festival (premio del público).

El contraste entre la serie de premios de Mi vida con Carlos y el caso de El memorial (Andrés Brignardello Valdivia, 2009) refuerza la hipótesis discutida en estas páginas. Este segundo documental chileno de 2009 también fue dirigido por el hijo de un padre asesinado por la dictadura. Sin embargo, ese hecho no queda claro a lo largo del filme, y lo que se ve es un documental que compila de forma convencional entrevistas con hijas e hijos (incluyendo el hermano del propio cineasta, sin que se destaque, en absoluto, ese lazo de parentesco) de víctimas del régimen de Pinochet, cuyos nombres están inscritos en el Monumento a los Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de la Región de Valparaíso, inaugurado en 2008. El memorial llegó a ser premiado en el Festival de Cine Social y de Derechos Humanos de Valparaíso de 2009 (premio memoria y dictadura). Se trata, por lo tanto, de un reconocimiento local, de carácter muy específico, y la propia bibliografía sobre el cine documental chileno de segunda generación, en general, ni siquiera menciona esa película.

4 Fotograma Mi vida con Carlos (Germán Berger-Hertz, 2009)

Esos “olvidos” en los recuentos analíticos sobre la filmografía de hijos revelan mucho a la hora de estudiar la perspectiva privilegiada en ese campo de estudios. De modo análogo a lo que ocurre en los festivales, hay que tener en cuenta que la escritura académica también tiene sus preferencias estilísticas. En Brasil, un caso elocuente en ese sentido es O dia que durou 21 anos (Camilo Tavares, 2012). De hecho, esa película puede ser considerada un contraejemplo radical de documental de segunda generación. Su director es hijo de Flávio Tavares, uno de los militantes de izquierda liberados de la cárcel a cambio del embajador estadunidense Charles Elbrick, secuestrado por la guerrilla urbana en Río de Janeiro en 1969. Sin embargo, formalmente, ese filme borra cualquier trazo visible de la subjetividad del hijo, la narración pasa de largo ante los dilemas de la intimidad, su abordaje de la historia prescinde de la familia como punto de partida. La película tiene otra propuesta, situada en el extremo opuesto de las derivas autorreferentes. Se trata, en su caso, de demostrar, mediante documentos inéditos y entrevistas con especialistas, la acción conspiratoria de Estados Unidos a favor del golpe de 1964 en Brasil. El tono del documental es el del periodismo de investigación, presentando los resultados de un trabajo hecho a cuatro manos: en la producción trabajaron juntos padre e hijo, el periodista experimentado y el documentalista debutante en largometrajes.

O dia que durou 21 anos no fue totalmente ignorado por el circuito de festivales: el filme llegó a conquistar reconocimientos internacionales, como el premio especial del jurado del Long Island Film Festival de 2012 y del Arizona International Film Festival de 2013, ambos en Estados Unidos; además del premio al mejor documental extranjero en el St. Tropez International Film Festival de 2013, en Francia. Sea como sea, por lo general, esta película ni siquiera llega a ser considerada como un “documental de hijo” por la bibliografía brasileña dedicada al tema, lo que se explicaría por su estilística muy cercana al periodismo de investigación.

Cuando se piensa que Elena (Petra Costa, 2012) surge en Brasil el mismo año que O dia que durou 21 anos, la contraposición resulta reveladora. Elena es una producción bien acabada que lleva la subjetividad al paroxismo, cuando el “yo” de la realizadora oscila entre el lugar de enunciación y la sobredimensión del ego. De todos los títulos recabados en el desarrollo de esta investigación, el filme de Petra Costa fue uno de los que más premios recibió y que más circuló por festivales alrededor del mundo. Curiosamente, en esa película el tema de la dictadura es tangencial. La cineasta menciona de paso la militancia de izquierda de sus padres, pero la narración está mucho más centrada en la fusión de las trayectorias de vida de Petra Costa y de su hermana Elena, bajo el espectro de la tragedia del suicidio de esta última, en el seno de la familia. De todas maneras, se trata de una obra que llama la atención por su hiperbólico paso por el circuito de festivales. Elena estuvo presente en cerca de cincuenta festivales, habiendo sido premiada en, al menos, diez. Limitémonos solo a los premios más decidores: en el Festival de Brasília do Cinema Brasileiro de 2012, en la categoría documental, recibió el premio de dirección, montaje y dirección de arte, asimismo fue la elegida del jurado popular; en el Festival de la Habana de 2013, se llevó el primer premio de la categoría documental –en la sección en que competía con Os dias com ele (Maria Clara Escobar, 2013), el cual conquistaría una mención; el mismo año, en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, Elena obtuvo una mención especial en la categoría documental iberoamericano; y otra mención en la competición internacional del ZagrebDox, Croacia; un premio más de fotografía, en el Planete+ Doc Film Festival, en Varsovia. Y, aún, en festivales con temática más específica: en 2013, mejor documental en el Festival de Films de Femmes de Créteil, Francia; mejor documental en Los Angeles Brazilian Film Festival, Estados Unidos. En 2014, Elena se llevó el premio al mejor documental en el Arlington International Film Festival, nuevamente en Estados Unidos; así como otro premio al mejor documental –por votación del público–, en el Festival Sesc Melhores Filmes. De las principales vitrinas internacionales del cine a los eventos en municipios en el interior de Brasil, las premiaciones de Elena dan muestras de la fuerza de la legitimación que ese tipo de documental familiar y subjetivo alcanzaba en el circuito de festivales. Más allá de la considerable inversión en su promoción, es como si la película de Petra Costa correspondiese de forma certera a las expectativas estéticas predominantes en ese y en otros contextos. Pues, festivales aparte, Elena es el título que tuvo más público en salas de cine y su recepción crítica fue una de las más calurosas entre los documentales de segunda generación brasileños (cf. Terron; Laub, 2014).

5 Fotograma Elena (Petra Costa, 2012)

Otros documentales intergeneracionales sobre las dictaduras del Cono Sur que formalmente siguen la idea de la búsqueda subjetiva y familiar continúan conquistando variados premios en el circuito de festivales: Tiempo suspendido (Natalia Bruschtein, 2015), mejor documental tanto en el Budapest International Documentary Film Festival como en el Chicago International Film Festival, además de premios en los festivales de Mar del Plata (mención especial) y de la Habana (Feisal), entre otros; Allende mi abuelo Allende (Marcia Tambutti, 2015), que conquistó el prestigioso L’Œil d’or al mejor documental en el Festival de Cannes de 2015, y más reconocimientos en el Sanfic (premio del público) y en Mar del Plata (segundo premio Recam); El pacto de Adriana (Lissette Orozco, 2017), premiado en el Festival de Guadalajara (premio especial del jurado), en el Bafici (mención especial en la competencia derechos humanos), en el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay (mejor película en la competencia derechos humanos), en la Mostra Internacional de Cinema de São Paulo (premio del jurado en la categoría nuevos directores), y también en la Berlinale (premio de la paz) y en Cinélatino de Toulouse (premio Signis en la competencia documental).

En principio, todos esos premios no harían más que corresponder a la función que se espera del circuito de festivales: seleccionar obras, identificar novedades, celebrar ciertas poéticas, jerarquizar relevancias, consagrar tendencias emergentes, dejando en segundo plano las realizaciones más convencionales. De hecho, los contraejemplos aquí aludidos se encuadran, de diferentes maneras, en los códigos del documental testimonial más básico, el de las “cabezas parlantes” –y otros casos podrían ser mencionados, tales como 15 filhos (Maria Oliveira y Marta Nehring, 1996), Panzas (Laura Bondarevsky, 2000), Che vo cachai (Laura Bondarevsky, 2002) y Nietos (identidad y memoria) (Benjamín Ávila, 2004), títulos en que la voz colectiva de la segunda generación también se expresa dentro de la forma del coro de entrevistas. Incluso en el caso de que tales contraejemplos fuesen tachados sumariamente como “estéticamente irrelevantes” (lo que, huelga decir, no es el objetivo de este texto), la existencia misma de esa vertiente dentro de la filmografía documental de hijos ilumina, por contraste, ciertas dinámicas en juego.

En primer lugar, las permanencias estilísticas. Por más que, desde el inicio, los festivales hayan privilegiado la tendencia de la búsqueda familiar e íntima, es un hecho que los documentales de entrevista convencionales continúan siendo realizados también por hijos de militantes víctimas de las dictaduras. Eso, por sí solo, no revela gran cosa. Sin embargo, cuando se tiene en cuenta el peso de las entrevistas en la estructuración de los propios documentales de búsqueda personal, es posible vislumbrar una permanencia estilística de segundo grado en esa filmografía. A fin de cuentas, es evidente que la entrevista sigue teniendo un papel central en esa producción memorialista, incluso en los documentales más subjetivos. Cabe preguntarse hasta qué punto el documental testimonial es efectivamente una forma “residual” o si no continuará siendo, realmente, el substrato fundamental de las obras identificadas con las formas subjetivas “emergentes”. Hay que recordar que la entrevista nunca desapareció del documentalismo analizado aquí. En realidad, en la mayoría de los casos, aunque haya una fuerte presencia de la primera persona en clave reflexiva, los testimonios (de familiares o compañeros de militancia de los padres) conducen la narración de forma decisiva, con un mayor o menor grado de convencionalismo. En rigor, los caminos de la búsqueda en primera persona y del coro de voces de entrevistados no son paralelos. Estas son formas que se cruzan, que se hibridizan en la producción actual, no siempre de manera lograda. En ese sentido, Marighella (Isa Grinspum Ferraz, 2011), dirigido por la sobrina del líder guerrillero brasileño, es solo uno de los casos en que la rígida estructura del documental de entrevista convencional acaba imponiéndose como fuerza organizadora de la deriva introspectiva en boga en el documental contemporáneo.

Todo esto complica el diagnóstico del “giro subjetivo”, remitiendo a la segunda dinámica en juego en este tablero de novedades y permanencias estilísticas. Me refiero al riesgo de que el reiterado éxito de la forma de la búsqueda familiar esté transformando las marcas reflexivas de la enunciación en primera persona en una nueva fórmula del cine documental. La legitimación dada por las premiaciones en los festivales termina retroalimentando la proliferación del prisma íntimo y afectivo de revisión del pasado autoritario de la región, siendo una fuerza relevante en la densificación de tal reconfiguración de la memoria en la producción documental de los últimos años. La consagración en los festivales de esta modalidad formal de la filmografía de los hijos termina teniendo como efecto colateral la consolidación de sus figuras expresivas. Con tantos premios conferidos a las obras centradas en la apertura de las indagaciones privadas, estaría surgiendo en el documental contemporáneo, paradojalmente, una codificación de los rasgos de la incerteza de la búsqueda. En esos términos, la reconfiguración de la memoria de las dictaduras del Cono Sur emprendida por la segunda generación acabaría cayendo en un nuevo encuadramiento del pasado dentro de consensos actualizados. Tal vez sea esta la gran encrucijada de la trayectoria descrita: un movimiento de selección y codificación estético-narrativa que es indisociable de este circuito transnacional y, dialécticamente, está en franca contradicción con sus múltiples facetas.

Vectores históricos del “giro subjetivo”: festivales y escritura académica

A lo largo de este artículo se ha tratado de dar mayor concreción a los impulsos de reconfiguración de la memoria en el documental de hijos, destacando ciertos contrastes que matizan y complican el panorama del “giro subjetivo”. Este no es el fruto de un “espíritu natural” de la contemporaneidad. La nueva matriz de rememoración, apoyada en las vivencias familiares de las generaciones más jóvenes, ha sido construida históricamente, en una profundidad diacrónica que lleva ya por lo menos dos décadas. Constitutivamente en fricción con el carácter polifacético del circuito de festivales, existe una línea de fuerza actuante a lo largo de ese proceso, una valoración de la subjetividad reflexiva que, antes que ser una característica genérica de la época, surge al amparo de la legitimación de una determinada vertiente entre otras del documentalismo intergeneracional. En el centro del “giro” está la inclinación de ciertos actores del campo cultural a enfatizar el prisma subjetivo.

Con sus premios, los festivales de cine, entre grados de prestigio, escalas geográficas y focos temáticos variables, son instancias decisivas de esa legitimación selectiva de un tipo de documental y de memoria intergeneracional. Pero es preciso decir que hay otros actores en escena. Porque la valoración estética de la búsqueda personal vacilante en el universo del documentalismo de hijos depende también de aquello que la academia escribe sobre esa filmografía. Y, en el ámbito académico, la propia noción de “giro subjetivo” es parte de ese proceso: al destacar algunas obras (justamente, aquellas que siguen las formas emergentes de la introspección), al ignorar otras (las formas convencionales, que continúan siendo producidas), al aplicar determinadas guías de interpretación (lo irrepresentable, la “posmemoria”, etc.), al celebrar ciertas características estéticas (indeterminación, deriva, ensayismo, autobiografía, performance, reflexividad, etc.).

Los festivales son un rico objeto de estudio, y aquí se ha visto hasta qué punto pueden tomar parte de los procesos culturales memoriales. La reflexión académica –incluyendo el artículo que el lector tiene ahora en manos–, al volverse hacia esa filmografía enfatizando el “giro subjetivo”, termina consagrando, ella también, una forma específica de las elaboraciones intergeneracionales. Ante los documentales de hijos, los premios en festivales y la producción académica son dos vectores históricos que se entrelazan en el impulso de reconfiguración de la memoria de las dictaduras del Cono Sur.

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[1] Traducido del portugués por Ignacio Del Valle Dávila.

[2] Se llevó a cabo un recuento de las circulaciones y premiaciones en festivales de un corpus extensivo de documentales intergeneracionales en bancos de datos filmográficos, listas de vencedores, catálogos y noticias de prensa. Entre las bases digitales se destacan: Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño (http://cinelatinoamericano.org); Cinechile (http://cinechile.cl); Cinenacional (http://www.cinenacional.com); Filmografia Brasileira (http://www.cinemateca.gov.br); UruguayTotal (http://www.uruguaytotal.com/estrenos/); IMDb (http://www.imdb.com); British Council: Festivals Directory (http://film.britishcouncil.org/); Guia Kinoforum (http://www.kinoforum.org.br/guia/).

Festivales de cine documental en Iberoamérica: una cartografía histórica

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Aida Vallejo

Resumen

El presente artículo ofrece una cartografía de festivales cinematográficos en el marco iberoamericano, identificando los principales eventos especializados en cine documental que se celebran en la región. Basado en la información recabada en diversas bases de datos especializadas y en opiniones de profesionales del sector, el presente estudio identifica los eventos de mayor repercusión, situándolos en perspectiva histórica.

Partiendo de la periodización propuesta por De Valck (2007; 2012) y ampliada por Wong (2011) y Vallejo (2014), se identifican cuatro fases, que coinciden con tendencias internacionales. En la primera se crean festivales dedicados a géneros menores como el documental (década de 1950). En un segundo periodo, caracterizado por la irrupción del Nuevo Cine Latinoamericano (1960-1990), se crean algunas muestras que no tendrán continuidad como festivales especializados en documental. El tercer periodo (1990-2000) ve nacer a los festivales que se convertirán en los de mayor repercusión a nivel regional en la década posterior. Y el cuarto periodo (2000-2018) se caracteriza por una proliferación de eventos y la incorporación de secciones industriales y actividades paralelas.

Palabras clave

Festivales de cine; documental latinoamericano; Iberoamérica; cartografía; circuitos de exhibición; historia.

Abstract

This article presents a cartography of Latin American film festivals, identifying the main events focused on documentary films that are held in the region. Based on information collected in several specialized databases and the opinions of professionals in the sector, it identifies the most relevant events, situating them in a historical perspective.

Based on the periodization proposed by De Valck (2007; 2012) and extended by Wong (2011) and Vallejo (2014), the article identifies four phases, which coincide with international trends. In the first period (1950s), some festivals dedicated to minor genres such as documentary film were created. In a second period, characterized by the irruption of the New Latin American Cinema (1960-1990), film showcases were created, but they didn’t develop into documentary film festivals. The third period (1990-2000) saw the creation of the festivals that would become the most important at the regional level in the following decade. And the fourth period (2000-2018) shows a proliferation of events and the inclusion of new industrial sections and parallel activities.

Keywords

Film festivals; Latin American documentary; Ibero-America; cartography; exhibition circuits; history.

Resumo

Este artigo oferece uma cartografia de festivais cinematográficos no âmbito ibero-americano, identificando os principais eventos especializados em documentários realizados na região. Com base nas informações reunidas em diversas bases de dados especializadas e nas opiniões dos profissionais do setor, este estudo identifica os eventos mais relevantes, colocando-os em perspectiva histórica.

Com base na periodização proposta por De Valck (2007; 2012) e ampliada por Wong (2011) e Vallejo (2014), são identificadas quatro fases, que coincidem com as tendências internacionais. No primeiro, são criados festivais dedicados a gêneros menores, como o documentário (década de 1950). Num segundo período, caracterizado pela irrupção do Novo Cinema Latino-Americano (1960-1990), não são criados novos eventos dedicados ao documentário. O terceiro período (1990-2000) vê o nascimento dos festivais que se tornarão os mais importantes no nível regional na década seguinte. E o quarto período (2000-2018) mostra uma proliferação de eventos e a incorporação de setores industriais e atividades paralelas.

Palavras-chave

Festivais de cinema; documentário latino-americano; Ibero-América; cartografia; circuito de exposições; história.

Datos de la autora

Aida Vallejo es profesora adjunta (ayudante doctora) de la Universidad del País Vasco UPV/EHU. Doctora en Historia del Cine por la Universidad Autónoma de Madrid, con una tesis sobre festivales de cine documental en Europa del Este, Máster en documental Creativo por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), y licenciada en Comunicación Audiovisual (UPV/EHU) y en antropología social y cultural (UNED). Fundadora y coordinadora del documentary worgroup de NECS (European Network for Cinema and Media Studies), su línea de investigación se centra en el cine documental y los festivales cinematográficos, temas sobre los que ha publicado en diversas revistas internacionales. Junto a María Paz Peirano es editora del libro Film Festivals and Anthropology y actualmente está finalizando la edición del libro Documentary Film Festivals junto a Ezra Winton. Es miembro del proyecto de investigación “@CIN-EMA Las relaciones transnacionales en el cine digital hispanoamericano: los ejes de España, México y Argentina”, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, Gobierno de España. Proyecto I+D+i (CSO2014-52750-P) e investigadora principal del proyecto ikerFESTS (Festivales de cine y audiovisual en Euskal Herria) de la Universidad del País Vasco UPV/EHU (EHUA16/31). https://orcid.org/0000-0002-2433-0675

Fecha de recepción: 4 de abril de 2018.
Fecha de aprobación: 12 de mayo de 2018.

 

La evolución del documental contemporáneo en el marco iberoamericano está marcada no solo por el aumento de los focos de producción, sino también por un incremento de los espacios de exhibición. Aunque numerosos estudios reconocen el impacto de los festivales en el boom del documental latinoamericano (Paranaguá, 2003; Ortega, 2007; Arenillas y Lazzara, 2016), las referencias a festivales en estos trabajos suelen ser esporádicas y no sistemáticas y, en muchos casos, no incluyen referencias a los festivales especializados en documental de mayor repercusión.

El presente artículo propone una primera aproximación al tema, con la intención de hacer un inventario de eventos que desde mediados de la década de 1950 han aparecido de forma irregular en Iberoamérica, hasta conformar un circuito de exhibición alternativo que ha crecido de forma exponencial a partir del año 2000.

De festivales y cartografías

El estudio de festivales cinematográficos es un fenómeno relativamente reciente, que ha ido de la mano con la proliferación global de estos eventos desde finales de la década de 1990. El texto seminal firmado por Marijke De Valck (2007), centrado en el estudio de contexto europeo, sentó las bases de esta línea de investigación, que se ha ido enriqueciendo con trabajos que amplían el ámbito geográfico a la esfera internacional con referencias esporádicas a estudios de caso del marco iberoamericano (véanse Wong, 2011 y Iordanova, 2009-2014).

Tal y como he apuntado en un texto anterior que recoge los principales debates teóricos y metodológicos del estudio de festivales:

Dentro de la periodización histórica planteada por De Valck (2007 y 2012), que define distintas etapas en función del papel de los festivales y sus estrategias de programación, encontramos tres periodos fundamentales. En el primer periodo (1932-1968), los festivales se erigen como espacios de negociación diplomática entre diversos estados y están fuertemente controlados por instancias gubernamentales. En el segundo periodo, iniciado con las revueltas de Mayo del 68, los programadores independientes asumen el control sobre los festivales. El tercer periodo (1980-2000) es testigo de una proliferación de festivales a nivel internacional y la aparición de secciones industriales en sus programas (De Valck, 2012: 25-40). Por último, consideramos pertinente añadir una cuarta etapa (2000-actualidad), en que se ha creado la periferia del circuito (Vallejo, 2014: 26).

Estos periodos encajan con el espacio iberoamericano, aunque se percibe el funcionamiento del circuito como periferia de los núcleos principales (festivales europeos de alto prestigio internacional), ya que han ido implementando sus modelos basándose en estos. A su vez, en un momento donde la proliferación de eventos apunta a una posible “saturación del circuito” (Vallejo, 2014a: 33-35), en toda Iberoamérica vemos aparecer nuevos festivales de cine documental que, a pesar de funcionar como catalizadores fundamentales de la cultura documental en la región, aún se enfrentan al desafío de conseguir ser un verdadero apoyo al sector profesional que los nutre.[1]

El carácter incipiente de esta línea de investigación marca el enfoque en ocasiones más descriptivo y/o histórico, ofreciendo mapas que identifican todos los festivales que se celebran dentro de un territorio concreto. Por este motivo, numerosos monográficos dedicados al estudio de festivales incluyen el trabajo de compilación de tablas, donde se enumeran los eventos dedicados a un determinado territorio (véanse las series editadas por Iordanova, 2009-2014 y De Valck y Falicov, 2015-). Otros trabajos de compilación incluyen festivales temáticos vinculados al cine documental, como los festivales de cine etnográfico (Peirano, 2017).

A día de hoy no existe un texto recopilatorio que dé cuenta de todos los festivales en Iberoamérica. Estudios desarrollados por instituciones no académicas ofrecen interesantes informes con datos estadísticos sobre festivales de distintos países y regiones, como el del Fórum dos Festivais (Leal y Mattos, 2008 y 2011) para Brasil, el realizado por el Instituto Mexicano de Cinematografía de México (IMCINE, 2017), o la Filmoteca Valenciana (Guillot y Llorens, 2014) para la comunidad Valenciana (España). Trabajos desarrollados desde la universidad están contribuyendo así mismo al mapeo de eventos, con estudios como la tesis doctoral de Montserrat Jurado para España (Jurado, 2003; ver también Jurado y Nieto, 2014)[2] o proyectos de investigación más recientes, como el liderado por María Paz Peirano en la Universidad de Chile[3] o por Aida Vallejo en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)[4]. Existen además algunos artículos esporádicos que ofrecen un enfoque más global, abarcando toda América Latina (Gutiérrez y Wagenberg, 2013).

Precisamente es interesante destacar que la mayoría de los estudios anteriores se centran en festivales generalistas, dedicados prioritariamente a la ficción, y son pocos los que hacen referencia a festivales especializados en cine documental en el ámbito Iberoamericano, excepto algún caso aislado, como las referencias a los festivales de documental en México de Zavala (2012). Por todo ello consideramos que la cartografía que ofrecemos a continuación, a pesar de no ser exhaustiva, ofrece un primer acercamiento a los espacios donde se han desarrollado las culturas del documental en Iberoamérica.

Pioneros entre el cortometraje y el documental

Los festivales de documental más antiguos de Iberoamérica de los que tenemos constancia son el Festival de Cine Documental y Experimental SODRE en Montevideo (Uruguay, 1954) y el Zinebi. Festival de cine Documental y Cortometraje de Bilbao (País Vasco, España, 1959). En ambos casos se trata de eventos que siguen las tendencias internacionales de los años cincuenta, época en que se crean festivales especializados en “géneros menores” (cortometraje, documental y animación) en ciudades como Oberhausen (1954), Leipzig (1955), Florencia (1959), Belgrado (1959) o Annecy (1960). Estos eventos se crearon en países europeos que ya tenían un festival de renombre centrado en el cine de ficción (como Berlín en Alemania, Venecia en Italia, Pula en Yugoslavia y Cannes en Francia) (Vallejo, 2014: 27).

Tabla 1: Festivales de cine documental en Iberoamérica (década de 1950)

Año de creación (y finalización) Nombre del festival Lugar de celebración Mes actual de celebración
1954-1971 Festival Internacional de Documental y Cine Experimental SODRE Montevideo (Uruguay) [5]
1959 Zinebi. Festival Internacional de Documental y Cortometraje de Bilbao Bilbao (País Vasco, España) Noviembre

El Festival SODRE (nombre asignado por la institución que lo organizaba: el Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica), que ha sido ampliamente estudiado por Mariana Amieva (2010, 2012 y 2018), celebró ocho ediciones bianuales, de 1954 a 1971. El festival tuvo como modelo (e invitado de honor) a John Grierson, y fue un evento clave para documentalistas latinoamericanos, como Fernando Birri (Amieva, 2012). De hecho, el SODRE se considera el lugar donde nació el Nuevo Cine Latinoamericano, a causa de la celebración en su seno del Primer Congreso Latino-Americano de Cineístas (sic) Independientes en 1958 (Ortega, 2016). Así el festival se convertiría en mito fundacional que reunió a figuras clave del movimiento documental en América Latina, así como del Cinema Novo, incluyendo a “Fernando Birri y sus estudiantes de Santa Fe, Patricio Kaulen de Chile, Jorge Ruiz de Bolivia, Manuel Chambi de Perú y Nelson Pereira dos Santos de Brasil” (ídem: 361-362).

El Festival de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, originalmente denominado “Certamen de Cine Iberoamericano y Filipino” y rebautizado varias veces a lo largo de su historia hasta que en el 2000 adoptó el acrónimo Zinebi, fue creado en 1959 como iniciativa de la burguesía local en un intento de emular a la más glamurosa ciudad de San Sebastián (véase López Echevarrieta, 2008). A lo largo de su historia, el documental ha tenido una amplia presencia en su programación, especialmente centrada en el cortometraje. Además, este festival siempre ha recalcado su interés en el cine latinoamericano (véase Bakedano y Zunzunegui, 2008), y en época de la dictadura Franquista aprovechaba la flexibilidad de la censura en la programación de festivales para mostrar no tanto documentales, como largometrajes latinoamericanos de ficción, con gran éxito de público.[6] Quizá por esa falta de definición de una línea curatorial específica respecto al documental, no podemos decir haya tenido un papel histórico relevante para la creación de una escuela documentalista, ni para la evolución del género.

Foto 1 Zinebi Vallejo (Portadas de los libros conmemorativos de Zinebi)

El nuevo cine latinoamericano y la falta de festivales especializados en la región

Las décadas de 1960 y 1970 forman uno de los periodos más significativos en la historia del cine de América Latina. Gran parte de la cinematografía asociada al Nuevo Cine Latinoamericano estaría formada por películas de carácter documental, y figuras clave del movimiento como Fernando Birri o Santiago Álvarez se reunirían de forma intermitente en festivales y encuentros que contribuyeron a forjar y dar identidad al movimiento cinematográfico.

Sin embargo, parece significativo que en este período no tengamos constancia de la creación de festivales especializados en documental, al margen de eventos puntuales como de la “Primera Muestra del Cine Documental Latinoamericano” que se celebró en Mérida (Venezuela) en 1968. La muestra influyó en la creación del Centro de Cine documental en la Universidad de los Andes al año siguiente, y los encuentros que propició en años posteriores culminaron en la creación del Primer Festival de Cine Nacional en Mérida en 1980 (Aray 2000; Ortega 2016), dejando atrás el foco en el cine documental. A la falta de eventos especializados se suma la desaparición del SODRE, que celebró su última edición en 1971. El festival perdió así su papel de catalizador de este movimiento, más allá de su primer impulso en 1958, como mencionábamos anteriormente.

En este contexto, fueron los festivales generalistas de ambos lados del Atlántico los que dieron visibilidad y crearon un espacio de encuentro a los representantes del nuevo cine latinoamericano. Además de los encuentros en Montevideo en 1958 y Mérida en 1968, especialistas en este período recalcan la importancia de festivales como Viña del Mar en Chile (creado en 1963, y que en su V edición acogió el Encuentro de Cineastas Latinoamericanos) o el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana (creado en 1979) como puntos de encuentro fundamentales en América Latina (Paranaguá, 2003; Mestman, 2016; Román 2010). Además, nuevos estudios están sacando a la importancia de otros eventos como el Primer Festival de Cine Independiente Americano (o “del Cono Sur”) celebrado en Montevideo en 1965 (véase Lacruz en este dossier).

En Europa el Festival de Cine de Pesaro en Italia aparece como referencia recurrente para el descubrimiento y reconocimiento de documentales latinoamericanos de la época, que posteriormente se convertirían en clásicos, como es el caso de La Hora de los Hornos (Fernando Solanas y Octavio Getino, 1968) (véase Mestman, 2008).[7]

El nuevo modelo de festivales de documental en la década de 1990

A día de hoy, no parece haber consenso sobre un festival de documental concreto que sirva de referente en el marco iberoamericano como ocurre a nivel mundial con IDFA (International Documentary Festival Amsterdam, Holanda).[8] Sin embargo, los festivales de documental creados en la década de 1990, como É Tudo Verdade en São Paulo (Brasil, 1996), FIDOCS en Santiago de Chile (Chile, 1997) o MIDBO en Bogotá (Colombia, 1998), han sido reconocidos como algunos de los eventos más influyentes de la región (Amado y Mourão, 2013), junto a festivales más jóvenes como los mexicanos DocsDF (hoy DocsMx) y Ambulante (González y Wagenberg, 2013).

Tabla 2: Festivales de cine documental en Iberoamérica 1990-2000.

Año de creación Nombre del festival Lugar de celebración Mes actual de celebración
1996 É Tudo Verdade. Festival Internacional de Documentários São Paulo (Brasil) Abril
1997 FIDOCS. Festival Internacional de Documental de Santiago Santiago de Chile (Chile) Noviembre
1998 MIDBO. Muestra Internacional Documental de Bogotá Bogotá (Colombia) Octubre

É tudo Verdade fue creado en 1996 por el crítico cinematográfico Amir Labaki. Con una amplia experiencia en festivales internacionales, desde sus inicios el director se benefició de sus contactos desarrollados en el circuito, contando con invitados como la directora de IDFA Ally Derks. Labaki fue miembro del consejo de IDFA de 2003 a 2012, lo que da cuenta de su influencia en la circulación del cine de América Latina hacia Europa y viceversa. El festival ha tenido un papel crucial en la exhibición y apoyo del documental brasileño, contribuyendo a su difusión tanto a través del propio festival (que actualmente se celebra en São Paulo y Rio de Janeiro y organiza un tour de proyecciones por el país), como en el circuito comercial televisivo (organizando un programa homónimo en el Canal Brasil, curado y presentado por el propio Labaki). Desde sus inicios la programación de E Tudo Verdade ha dado visibilidad al cine de América Latina, con retrospectivas como la de Santiago Álvarez, invitado especial en su primera edición. En 2017 se incluyó en el programa una sección dedicada exclusivamente al documental latinoamericano, lo que apunta a la intención del festival de afianzar su posición de referente regional.

Foto 2 E tuto Verdade Vallejo

(Debate Competição Brasileira de Curtas-Metragens. É Tudo Verdade – 23º Festival Internacional de Documentários. Foto del Facebook oficial É Tudo Verdade: Marcos Finotti)

El Festival Internacional de Documental de Santiago (FIDOCS) fue creado en Santiago de Chile en 1997 por otro veterano del circuito de festivales, el documentalista de reconocido prestigio internacional y autor del clásico La batalla de Chile (1975-79) Patricio Guzmán. Tal y como apunta María Paz Peirano, desde sus inicios el festival se ha posicionado en el panorama chileno y latinoamericano, profesionalizándose, especialmente a raíz de la incorporación de CULDOC (organización sin ánimo de lucro) a su organización (2016: 121). [9] El festival reúne anualmente documentalistas con un enfoque autoral, y en años más recientes ha mostrado una línea curatorial “que va más allá de los límites convencionales del género, explorando las relaciones entre el documental y la ficción, el arte y el cine experimental” (ídem:121-122). Además, y en la línea de otros festivales internacionales, ha añadido eventos industriales a su programa, dedicados a la a la formación de estudiantes de cine y profesionales del sector y la comercialización de sus trabajos. El festival también se beneficia de los contactos internacionales desarrollados en el circuito internacional de festivales, y mantiene estrecha relación con instituciones culturales y profesionales franceses, que colaboran en su organización y financiación.[10] El festival incluye una competición chilena y otra latinoamericana, dando visibilidad al documental de la región.

Finalmente, la Muestra Internacional Documental de Bogotá (MIDBO) fue creada en 1998 por Ricardo Restrepo, documentalista, director de fotografía y productor, ejerciendo de director del festival por más de una década.[11] Restrepo también había desarrollado redes profesionales a nivel internacional. Fue delegado del festival FIPA (Festival Internacional de Programas Audiovisuales de Biarritz, Francia) e igualmente visitó numerosos festivales de documental y mercados europeos, como Sunny Side of the Doc, donde representó a la Corporación Colombiana de Documentalistas ALADOS Colombia;[12]la asociación sin ánimo de lucro creada en 1999 que se encarga de la organización del festival en asociación con el ministerio de cultura del país. El festival también amplía su ámbito de exhibición más allá de Bogotá, a través de la Muestra itinerancia nacional en 10 ciudades colombianas. [13] En los últimos años el festival ha dedicado especial atención a documentales que “contribuyen a la comprensión de lo que ha significado el conflicto armado para diferentes grupos, sectores y regiones”[14], y además, ha incorporado talleres y actividades vinculadas a nuevos formatos expandidos y web-doc en su programa. Su programación incluye documentales latinoamericanos,[15] con una sección especial dedicada a trabajos de estudiantes de cine de la región.

Cabe añadir que tanto estos festivales, como la mayoría de los que se crearán más adelante en la región, serán iniciativas de profesionales del sector, por lo que, aunque en su mayoría dependan de fondos públicos para su funcionamiento, en muchos casos adoptan la forma jurídica de asociación sin ánimo de lucro. Este nuevo modelo organizativo iniciado por IDFA en 1988, se enmarca en la ampliación del “Tercer Sector” (Rhyne, 2009), ampliamente difundido a lo largo de la década de 1990 en el marco de modelos neoliberales de gestión de la cultura.  En este modelo, empresas de propiedad privada (pero sin ánimo de lucro, como las ONGs), mayoritariamente financiadas con dinero público, organizan los eventos de forma independiente. Por un lado, esto permite una gran libertad y flexibilidad en la creación de festivales y la incorporación de nuevas actividades en su programa (como las secciones industriales), dejando modelos creados en periodos anteriores y que están dirigidos desde instancias gubernamentales parcialmente obsoletos y/o sujetos a decisiones políticas. Por otro lado, el nuevo modelo incrementa la precarización del sector y la inestabilidad financiera, dado que los festivales tienen una necesidad continua de aplicar a fondos y ayudas, así como buscar patrocinadores. Además, como veremos a continuación, se trata de un modelo que propicia la aparición continua de nuevos actores y festivales, lo que puede derivar en una competición directa entre eventos, ya sea por fondos de financiación, audiencias o películas (en función de los requisitos de los festivales de exigir o no estreno para formar parte de las secciones competitivas). Preocupaciones a las que tendrán que hacer frente algunos eventos a partir del año 2000.

Proliferación de festivales desde el año 2000

El crecimiento exponencial en el número de festivales, no solo en Iberoamérica, sino a nivel mundial, se produjo especialmente a partir del año 2000. Por un lado, los avances tecnológicos en la producción y exhibición digital abarataron los costes y ampliaron la capacidad de crear y proyectar películas en nuevos espacios. Por otro lado, y salvando las distancias entre países, el género documental ganó visibilidad a nivel internacional gracias a su reincorporación al circuito comercial de salas de cine tras muchos años de estar relegado a las pantallas televisivas gracias, entre otras cosas, al poder mediático de Michael Moore y su reconocimiento en Cannes en 2002 (véase Vallejo y Winton 2018). Tal y como vemos en la tabla 3, en este periodo aparecen festivales de documental en prácticamente todos los países de Iberoamérica, ya no solo en las capitales estatales, sino también en otras ciudades y regiones más periféricas.

Tabla 3: Festivales de cine documental en Iberoamérica (2000-2018)[16]

Año de creación Nombre del festival Lugar de celebración Mes actual de celebración
2000 DocBuenos Aires – Muestra Internacional de Cine Documental Buenos Aires (Argentina) Octubre
2000 Contra el Silencio Todas las Voces Tlalpan, México DF (México) Abril
2002 EDOC (Encuentros del otro cine. Festival Internacional de cine documental). Quito, Guayaquil y otras ciudades (Ecuador) Octubre-diciembre (anteriormente Mayo)
2003 DocLisboa Lisboa (Portugal) Octubre
2003 DocuPerú. Muestra de documental peruano Lima (Perú) Noviembre
2003-2013 Bordocs. Foro Documental Tijuana, Baja California (México)
2003 Festival internacional de documentales “Santiago Álvarez in Memoriam” Santiago de Cuba (Cuba) Marzo
2004 DocumentaMadrid. Festival Internacional de Documentales de Madrid Documenta Madrid Mayo
2004 SurDocs (Festival Internacional de cine documental de Puerto Varas). Puerto Varas (Chile) Noviembre-diciembre
2004 Extrema’doc. Festival Internacional de Cine Documental y Cooperación para el desarrollo Cáceres (Extremadura, España) Octubre-Noviembre
2005 Punto de Vista. Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Pamplona (Navarra, España) Febrero/Marzo
2005 PlayDoc.International Documentary Film Festival Tui (Galicia) Abril-mayo
2005 DocumentaVenezuela. Festival de Cine Documental regional franco andino de Caracas Caracas (Venezuela) Noviembre
2005 Ambulante Itinerante (México) Marzo-Mayo
2006 (1969) Alcances Cádiz (Andalucía, España) Septiembre
2006 DocsMX (antes DocsDF) México D.F., México Octubre
2006 MiradasDoc International Documentary Film Festival Guía de Isora (Tenerife, España) Enero
2007 DocsBarcelona International Documentary Film Festival DocsBarcelona Mayo
2007 Curt.doc. Festival Internacional de Cortometraje Documental Vidreres (Valencia, España) Junio
2007 Festival de la Memoria. Cine Documental Iberoamericano Tepoztlán, Morelos (México) Agosto-Septiembre
2007 Tijuana BorDocs Foro Documental Tijuana (México)
2008 MiradasDoc Isla de Isora, Tenerife, Islas Canarias (España) Enero-Febrero
2009 Atlantidoc. Festival Internacional de Cine Documental de Uruguay Uruguay Diciembre
2009 DocMontevideo. Encuentro documental de las televisoras Uruguay Julio
2010 Caracas Doc Caracas (Venezuela) Octubre-Noviembre
2011 Antofadocs Antofagasta (Chile) Noviembre
2012 AcampaDoc. Festival Internacional de Cine Documental La Villa de los Santos (Panamá) Septiembre
2012 FIDBA. Festival Internacional de Documental de Buenos Aires Argentina Julio-Agosto
2013 DocsBarcelona Medellín Medellín (Colombia) Noviembre
2014 Porto/ post/ Doc. Film & Media Festival Framing reality Portugal Diciembre
2014 Filmes do Homem. Melgaço Doc International Documentary Film Festival Portugal Agosto
2014 RDOC. Festival Internacional de Cine Documental de República Dominicanana y el Caribe República Dominicana Febrero
2014 Fronteira. Festival Internacional do Filme documentário e experimental Goiás/Goiânia (Brasil) Noviembre (después Marzo)
2014 Punto.doc mostra de documentals de sagunt Sagunt (Valencia, España) Abril
2015 Festival Latinoamericano de cine documental A Cielo Abierto. Cochabamba (Bolivia) Agosto
2016 DOC SP. Encuentro Internacional de Documentário de São Paulo São Paulo (Brasil) Octubre (1ª ed. noviembre)
2017 DocsValència Valencia (España) Abril-Mayo

Tal y como apuntábamos anteriormente, dos festivales creados en esta época han adquirido notable reconocimiento: los mexicanos Ambulante, creado en 2015, y DocsDF, que celebró su primera edición en 2006 y diez años después pasó a denominarse DocsMx. Ambulante, festival no competitivo creado por iniciativa de los actores Diego Luna y Gael García Bernal, el productor Pablo Cruz y Elena Fortes (su directora desde sus inicios hasta 2017, en que tomó el relevo Paulina Suárez Hesketh), ha ampliado sus redes internacionales con una notable participación de sus representantes en festivales de documental europeos, y ha ampliado su ámbito de exhibición a giras por El Salvador, California (Estados Unidos), o Colombia. Ambos festivales han conseguido el apoyo de cadenas comerciales, como la cadena Cinépolis, asociada con Ambulante y Cinemex, con DocsMx (Zavala, 2012: 30).

Foto3 Ambulante Vallejo (Festival de Cine Ambulante. Foto del Facebook oficial de Ambulante)

En Argentina, DocBuenos Aires – Muestra Internacional de Cine Documental fue creada en el año 2000 por Marcelo Céspedes y Carmen Guarini, documentalistas de larga trayectoria que llevaban décadas trabajando en la conformación de audiencias para el cine documental, con iniciativas de producción y distribución llevadas a cabo a través de la productora Cine-Ojo (véase Margulis 2014). El festival incluye además un foro de coproducción donde se presentan trabajos en proceso de desarrollo. A pesar de no estar especializado en documental, la irrupción del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) en 1999 ha tenido un papel relevante en la programación de documentales (no en vano fue Andrés Di Tella, documentalista de amplia experiencia transnacional en el circuito de festivales, su fundador y primer director).  En 2012 apareció también en Buenos Aires el FIDBA (Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires), con una notable presencia de actividades de industria, celebrándose en Agosto (dos meses antes que DocBuenos Aires), lo que, como apuntábamos anteriormente, puede incurrir en competencia por fondos, audiencias y films. Un perfil similar es el de DOC SP. Encuentro Internacional de Documentário de São Paulo, creado en 2016, y planteado más como un espacio industrial que incluye actividades como mercados y espacios de formación profesional y que se suma a la oferta del veterano É Tudo Verdade.

Los casos anteriores se celebran en países de gran capacidad de producción en el marco iberoamericano, pero dado el potencial del documental para entornos de producción más limitados, los festivales de documental celebrados en otros países de la región han sido claves para incentivar cinematografías nacionales y ampliar su circulación internacional. El caso de las instituciones chilenas es ejemplar, con el apoyo gubernamental a organizaciones como ChileDoc, que han ayudado a la visibilidad internacional del documental chileno, especialmente en festivales europeos (véase Peirano, 2018).

Entre otros festivales de documental de la región destaca EDOC (Encuentros del otro cine. Festival Internacional de cine documental) en Ecuador, organizado por la corporación Cinememoria, creada en 2001. Entre uno de sus objetivos está, además de promover el cine documental, conservar el patrimonio audiovisual del país, creando un archivo con las películas que han participado en el festival, disponible para su consulta. Otros festivales vinculados a la universidad, como Contra el Silencio Todas las Voces en México, iniciativa del documentalista y profesor de la UAM Xochimilco Cristian Calónico, han creado videotecas especializadas (en este caso de documentales hispanoamericanos sobre los temas de interés del festival: derechos humanos, movimientos sociales, indígenas, mujeres, etc.).

En Uruguay destaca Doc Montevideo – Encuentro documental de las televisoras en Uruguay. A pesar de que no es un festival como tal, sino más bien un encuentro de profesionales centrado en actividades de industria, incluye un espacio de exhibición denominado “La semana del documental” que muestra documentales (co)producidos en Iberoamérica. En Venezuela, dos festivales de documental de más modesto alcance se disputan la audiencia de Caracas alrededor de noviembre. DocumentaVenezuela, el festival de Cine Documental regional franco andino de Caracas, nace en 2005 y adopta un enfoque marcadamente regional con un premio especial para trabajos de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. El más joven Caracas Docs en Venezuela fue creado en 2010.

Finalmente, en la península ibérica también proliferaron los festivales de cine documental en la década del 2000, con la creación de DocLisboa en Portugal en 2003, por iniciativa de Apordoc – Associação pelo Documentário creada en 1998, y que tomaba como referencia el seminario Flaherty que se celebra en Estados Unidos. En España se crea en 2004 DocumentaMadrid y Punto de Vista en Pamplona (Navarra, España) en 2005. A pesar de que el extenso programa de DocumentaMadrid no incluye una competición específica para el cine hispanohablante, el cine latinoamericano siempre ha tenido una amplia presencia en su programación, ya sea en competición o en retrospectivas, como la que protagoniza en 2018 Fernando Birri. Por su parte, Punto de Vista ha desarrollado una línea curatorial más ecléctica, y centrada más en la experimentación estética que en la temática o la especificidad geo-cultural de las obras. Finalmente, DocsBarcelona (Barcelona, Cataluña) sí muestra especial atención a cine de América Latina, con la organización del “Latin Pitch”, una plataforma de financiación y promoción para proyectos de la región. Además, el festival, creado por la empresa productora Parallel40, ha creado iniciativas de distribución comercial en varias ciudades del espacio iberoamericano, y ha creado dos festivales homónimos en forma de franquicia en Medellín (Colombia) y Valparaíso (Chile).

En general, la evolución de los festivales desde el año 2000 en Iberoamérica coincide con tendencias a nivel global donde se produce una proliferación de eventos que conciben el festival como un evento que va más allá de la mera exhibición de películas, para incorporar numerosos espacios de formación (y en este sentido se percibe una amplia colaboración con universidades, organización de congresos y talleres especializados), así como de eventos industriales (como mercados y foros de financiación). A pesar de ello, es necesario señalar que las fuentes de financiación del documental iberoamericano no están necesariamente en los festivales de documental de la región, dado que muchos cineastas participan además activamente en festivales europeos, así como en festivales generalistas de mayor repercusión, como el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

Conclusiones

A partir de la década de 1990 y especialmente desde el año 2000, los festivales de cine documental en el ámbito iberoamericano han creado un circuito de exhibición que ha dado visibilidad al documental independiente, tanto producido en la región como en otros espacios, con una notable presencia del documental de creación europeo.

A pesar de que el papel de estos eventos en la formación, profesionalización e interacción de documentalistas de los distintos países a nivel nacional/estatal es innegable, no existe a día de hoy un referente único como encuentro que atraiga a profesionales de Iberoamérica, o siquiera a representantes de América Latina.  Al contrario de lo que ha ocurrido en Europa en los últimos años, los costes del transporte aéreo (tanto a nivel intercontinental como dentro de América Latina) son una gran limitación para el incremento de las relaciones entre eventos del ámbito Iberoamericano.

Dada la dispersión de espacios de encuentro y difusión para el documental latinoamericano, queda por ver cómo se concreta ese interés en contribuir al documental latinoamericano que cada vez de forma más expresa están mostrando determinados festivales, ya sea con secciones dedicadas, tendencias de programación, premios especiales o un aumento de su presencia internacional.

Proponemos aquí una cartografía inicial de este mapa iberoamericano de festivales de documental con la intención de que, aunque no estén todos los que son, al menos sí sean todos los que están. Pasamos así el testigo a estudios posteriores que, como los que se incluyen en este número especial, ayudarán a completar, detallar y entender con mayor profundidad el pasado, presente y futuro de este mapa.

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Notas

[1] Los problemas asociados a la solicitud de tarifas de inscripción, ausencia o limitación de los pagos por emisión y falta de un circuito comercial posterior al circuito de festivales y la descapitalización del sector que conllevan han sido analizados en Vallejo (2017).

[2] La tesis doctoral de Minerva Campos (2016) identifica los programas de co-producción especializados en cine latinoamericano desarrollados en Europa.

[3] “Festivales de Cine en Chile: ventanas de exhibición y difusión del cine chileno”, financiado por el Fondo de Fomento Audiovisual, convocatoria 2017. http://festivalesdecine.cl/

[4] “IkerFESTS. Festivales de cine y audiovisuales en Euskal Herria”, financiado por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU): EHUA16/31. http://www.ehu.eus/ehusfera/ikerfests/

[5] Originalmente, los festivales del SODRE eran en mayo o junio, con alguna edición en julio.

[6] Entrevista a Ernesto del Río, director del festival del 2000 al 2017. Bilbao, Septiembre de 2017.

[7] Alberto Elena y Mariano Mestman identifican los festivales de Benalmádena y Huelva como eventos clave para la difusión del documental latinoamericano en España en los años Setenta (2003).

[8] Según la opinión recogida en un estudio realizado entre profesionales del documental de Iberoamérica, seleccionados entre los asistentes a IDFA en 2015 y basado en consultas online llevadas a cabo en Abril de 2016.

[9] Véase también el artículo firmado por Peirano en este mismo dossier, dedicado a los inicios de FIDOCS.

[10] https://www.patricioguzman.com/es/fidocs

[11] Ricardo Restrepo falleció en 2017, y el festival le dedicó un homenaje.

[12]http://www.proimagenescolombia.com/secciones/cine_colombiano/perfiles/perfil_persona.php?id_perfil=3839

[13] https://www.facebook.com/pg/ALADOS-Corporaci%C3%B3n-Colombiana-de-Documentalistas-397810651814/about/?ref=page_internal

[14] http://www.midbo.co/19/movie_cat/espejos-para-salir-del-horror/

[15] Especificando en sus bases que el término incluye trabajos de “Brasil y países de habla hispana de Centro América, Sur América y el Caribe”. http://www.midbo.co/19/wp-content/uploads/2018/05/CONVOCATORIA-MIDBO20_01.pdf

[16] Para una versión más exhaustiva y actualizada de esta tabla véase http://www.ehu.eus/ehusfera/researchondocumentaryfilm/festivals/iberoamerica/

Cruces de miradas en la transición del cine documental. John Grierson en Sudamérica.

Descargar texto

Mariano Mestman y María Luisa Ortega [1]

En el mes de mayo de 1958 se inauguraba en Montevideo (Uruguay) la III Edición del Festival Internacional de Cine Documental y Experimental del S.O.D.R.E. (Servicio Oficial de Radio Difusión Eléctrica), el primer festival en América Latina especializado en cine documental. Esa edición es considerada por la historiografía como un punto de inflexión inexcusable en el desarrollo cinematográfico de la región. Dos elementos –frecuentemente citados- dan cuenta de la relevancia del evento: la presencia de John Grierson, invitado ese año a detentar la Presidencia Honoraria del Festival, y la celebración en paralelo del Primer Congreso Latino-Americano de Cineístas [sic]. Independientes, momento determinante para la toma de conciencia sobre los problemas comunes y las posibles vías de futuro para un cine que pudiera cumplir en América Latina “la ineludible tarea de velar por su educación, cultura, historia, tradición y elevación espiritual de su población”. Con estas palabras se expresaban, en las resoluciones adoptadas, los delegados en el congreso en representación de Argentina (Simón Feldman, Leopoldo Torre Nilsson, Rodolfo Kuhn y Fernando Birri, entre otros), Bolivia (Jorge Ruiz), Brasil (Nelson Pereira dos Santos), Chile (Patricio Kaulen), Perú (Manuel Chambi) y Uruguay (Danilo Trelles y Roberto Gardiol, entre otros); quienes además llevarían a cabo la constitución de la Asociación Latinoamericana de Cineístas Inpendientes (ALACI).

Diversas fuentes han dado cuenta de cómo desde principios de la década de 1950 proliferaron por todo el territorio latinoamericano sociedades fílmicas y cineclubs en cuya creación y desarrollo estaban implicados los nombres más destacados del cine del período. Ávidos de las obras maestras del cine mundial desde sus orígenes, los jóvenes cinéfilos devoraron programas nutridos gracias a la acción de consulados y embajadas, organismos como la UNESCO, etc. En ellos se proyectaba cine procedente de todos los lugares y épocas; en ellos convivían las vanguardias históricas (en particular la soviética y la francesa) con el cine contemporáneo; Eisenstein, Flaherty, Griffith, Dreyer, Jean Vigo, Buster Keaton, Murnau o René Clair con Los olvidados (1950) de Buñuel y Paisá (1946) de Rosellini, el Free Cinema y la Nouvelle Vague.

Como ha señalado, entre otros, Paulo Antonio Paranaguá,[2] el surgimiento de una producción independiente de documentales en los años cincuenta en América Latina –una radical novedad que constituye además la ruptura con el cine clásico y la transición hacia el cine de autor de los años sesenta–, fue estimulada por todo este conjunto de experiencias e influencias, con el neorrealismo y el documentalismo griersoniano como puntos cardinales de orientación[3]. Es decir, distintas líneas de fuerza alimentan la educación de la mirada de los cineastas que se orientan hacia lo documental donde se configura una red de gestos miméticos y originales que van a permitir el peculiar encuentro que se produce entre Grierson y los cineastas latinoamericanos en 1958.

En esos años el cine latinoamericano se hallaba en un periodo de búsquedas y de definición para orientar los aires de renovación que comenzaban a hacerse patentes y canalizar las voluntades de acción y creación de los cineastas. Y si bien la influencia del documentalista escocés puede encontrarse en obras previas, esa visita a América Latina se configuró en un punto de referencia; aunque posiblemente, como observara Julianne Burton, dicho encuentro tuviera en buena medida una función ceremonial[4]. Los cineastas latinoamericanos no encontraron en John Grierson simplemente la gratificación de ver reconocido su trabajo por una figura de prestigio internacional; buscaron la guía y el consejo de un hombre que como ningún otro había demostrado extraordinarias dotes para promover y generar espacios e instituciones con el fin de convertir el cine en instrumento al servicio de la expresión de la identidad nacional, dirigiendo las cámaras y los talentos creadores hacia aquellas realidades sociales y culturales que el cine narrativo comercial no representaba. Porque si algo tenían en común los cineastas que se reunían por primera vez en este Congreso de 1958 habiendo desarrollado sus trayectorias de manera independiente y con pocos contactos entre ellos, era la voluntad de crear un verdadero cine nacional en oposición a los cines imitativos de los modelos de Hollywood, aquel que representara y pensara, por primera vez, la realidad social, histórica y cultural de América Latina. El documental era una de las vías a transitar para lograrlo.

Para el maestro Grierson el viaje a Uruguay posiblemente se programara como uno más entre sus muchos desplazamientos por la geografía planetaria en busca de materiales para su programa This Wonderful World, que había comenzado a emitirse en la televisión escocesa el 11 de octubre de 1957; una apretada agenda de viajes la de aquel tiempo que lo ubicaban en mayo de 1958 en París y Bruselas para el Festival de Cine Experimental y aterrizando el día 25 de ese mes en Montevideo. Pero su encuentro con los forjadores de lo que ya se perfilaba como el Nuevo Cine Latinoamericano no se limitó a los días del SODRE, porque de allí el escocés se trasladó a Argentina, Chile, Bolivia y Perú;  visitas estas dos últimas que recordaría como “un gran viaje y, de algún modo, el más hermoso que jamás hubiese hecho”[5]. Los encuentros y las reflexiones que este viaje propició permiten explorar un interesante cruce de miradas, hasta ahora no estudiado, que arroja nueva luz sobre un periodo de la cinematografía latinoamericana crucial para comprender la centralidad que el cine documental alcanzaría luego en la activación de nuevas vías estéticas y expresivas ligadas a la transformación social y política.

Cruce de miradas en la “Suiza de América”

El Festival del SODRE de 1958 simboliza un punto de inflexión para el desarrollo del cine documental latinoamericano porque allí los cineastas pudieron reconocerse a través de sus obras como un colectivo que había iniciado similares caminos a pesar de sus diferencias.

La historia de la institución anfitriona explica de algún modo su constitución, hacia fines de la década del cincuenta, como un polo de atracción y encuentro para los asistentes al Festival y el Congreso de cineastas, en el marco de un país considerado la “Suiza de América”. El Departamento de Cine Arte del SODRE, creado a fines de 1943 por Danilo Trelles y un pequeño grupo de colaboradores, comenzaría sus denominadas Temporadas Oficiales en mayo del año siguiente convirtiéndose pronto en un punto de referencia ineludible en la vida cultural de la ciudad. Desde entonces -y en el marco de una actividad cultural mucho más abarcativa- el SODRE proyectó en salas propias y en instituciones municipales de todo el país obras destacadas del cine mundial. Esa actividad se expandiría durante los años cincuenta en paralelo y a veces de modo articulado con el pionero y nutrido circuito cineclubístico promovido por entidades como Cine Universitario, Cine Club del Uruguay o Cinemateca Uruguaya; un circuito que influyó notablemente en la formación de los jóvenes cineastas y que se fortalecería con la creación del Festival Internacional de Cine Documental y Experimental, cuya primera edición de 1954 convocaría 112 películas de 18 países. Realizado cada dos años hasta 1962 (y luego en 1965, 1967 y 1971), una selección de los films allí exhibidos en cada edición nutriría en los meses siguientes los cineclubs que iban surgiendo en el interior del país.

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Hugo Rocha, John Grierson y Danilo Trelles en el Festival del SODRE de 1958 en Montevideo (Cortesía Juan José Mugni, Archivo Nacional de la Imagen, Montevideo).

Muchos elementos dan cuenta de la fuerte identidad del proyecto del SODRE con el ideario griersoniano. Desde un comienzo, el Festival presentó un espíritu en sintonía con esa impronta en lo referido a la finalidad social del cine:

“Es indudable –se lee en el primer catálogo, de 1954– que (…) un Servicio Oficial debía preocuparse especialmente por una manifestación artística que con seguridad ocupará un lugar predominante en la evolución de la cultura y de las más inmediatas relaciones entre los pueblos. Porque el cine de ficción puede hacernos soñar, hacernos sentir y pensar; pero es seguro que el documento cinematográfico nos hará conocer, comprender y estimar el grado de cultura y adelanto del mundo en que vivimos (…) El cine documental, por su poder de sugestión y sus infinitas posibilidades, es un sembrador de imágenes tan ricas y fecundas, que será seguramente el mejor educador de los hombres del futuro”[6].

Ya en ese primer Festival de mayo de 1954 se había presentado una selección de films de Norman Mc Laren y producciones del National Film Board canadiense (creado por Grierson); y a mediados de ese mismo año, durante la décima temporada de Cine Sodre, se proyectarían películas de la escuela documental británica como North Sea (H. Watt, 1938), Song of Ceylan (B. Wright, 1934) o Night Mail (B. Wright y H. Watt, 1936). Dos años más tarde, en la presentación del catálogo del Festival de 1956 se aludiría de modo explícito al maestro escocés como orientador del proyecto del SODRE. Incluso, los Concursos de Cine Nacional organizados por la institución de modo previo a los festivales, con el objetivo asociado de promover films sobre las actividades industriales y sociales de los Entes (estatales) Autónomos de Uruguay, han sido evaluados retrospectivamente en relación con el proyecto de “la mejor” escuela documental inglesa, en particular por “crear una conciencia colectiva acerca de la utilidad del cine como colaborador del ciudadano y del país”.[7]

De este modo, la llegada de Grierson a Montevideo consagraba un previo reconocimiento de una orientación casi programática. Pero un dato diferencial era que si bien algunas películas latinoamericanas habían arribado a los dos Festivales previos, la cantidad e interés de las películas exhibidas en 1958, así como la llegada de importantes cineastas de la región, sin duda le otorgaría un carácter singular a esa edición. Del total de films latinoamericanos allí proyectados[8] se destacan algunos que con el tiempo quedarían como hitos históricos de los “nuevos cines” de cada país.

En una extensa nota de balance de esta edición del Festival en que se reseñan los mejores films exhibidos, el legendario Semanario Marcha destacaba, entre los latinoamericanos, los del peruano Manuel Chambí (con una “crudeza que a menudo es desalineo”), el boliviano Jorge Ruiz (con un “cuidado formal que alguna vez es virtuosismo”) o el brasileño Nelson Pereira dos Santos (con su preocupación por un “estilo propio de narración”), que buscarían expresar de modo auténtico el carácter nacional a través del folklore, la tradición, la religión, el paisaje, etc.[9] Es decir, los mismos tres realizadores que interesarían a Grierson, como veremos enseguida, y que serían destacados por el conjunto de la prensa montevideana.

La presencia de estas y otras “personalidades” entre las delegaciones del Encuentro de Cineastas auspiciaba –según esa misma prensa– discusiones promisorias. El temario propuesto recorría las dificultades específicas que afrontaban la producción y distribución de films “independientes”, los problemas del intercambio y la cooperación regional, los vínculos con la todavía emergente televisión, así como problemas legislativos, gremiales y de formación técnica y profesional. En este sentido, el evento se refirió a la importancia del cine como medio expresivo y cultural; el derecho de los pueblos latinoamericanos a una cinematografía propia; la inclusión de cine en un Mercado Común Latinoamericano como “medio real de mutuo conocimiento y comprensión”, incluyendo una política aduanera sin trabas y si se pudiese preferencial; el rechazo del “afán de lucro” como guía de la producción; el necesario apoyo y protección oficial, en particular al cine independiente; el apoyo especial al cortometraje para su difusión nacional y regional; y la promoción de escuelas para formación profesional de técnicos y de becas de intercambio.

La afinidad entre estos postulados y el ideario griersoniano fue evidente para quienes lo escucharon en las ruedas de prensa o en las charlas informales en el café Boston de Montevideo. O para quienes lo acompañaron en sus recorridos por la ciudad, el paseo obligado por el puerto, sus diálogos con la gente, siempre llevando su libretita que consultaba o en la que escribía cada tanto. En una febril actividad cotidiana, en privado o en público, Grierson desplegaba sus opiniones sobre la edificación urbana, su interés por el churrasco y el fútbol, su deslumbramiento con el manejo de la pelota por niños y jóvenes en las calles, sus averiguaciones sobre los distintos tipos de queso o sobre los tipos de ganado o sobre aquellos toros de raza que alguna vez Uruguay había importado de Escocia, entre tantas otras cosas. Una vitalidad notable para su edad, según se decía, y un interés constante expresados durante su visita y reflejados por una prensa que la valoró de modo unánime.

En la nota referida más arriba (Marcha, 27/6/58), por ejemplo, se destacó el modo en que Grierson “invadió las conferencias de prensa, los despachos ministeriales, las recepciones, las peñas de café, las esquinas y hasta los vestuarios del estadio (…) Con su palabra apasionada, mezcla de humor, sentimiento e imaginación, sacudiendo la pereza de unos y la sequedad de otros como si él mismo fuera una fuente de trabajo y vida, como si fuera un profesa en 35mm”. El reconocido crítico Homero Alsina Thevenet publicó una “serie interminable” (como él mismo la llamó) de notas sobre la visita, que incluyó la cobertura de sus actividades públicas y cotidianas así como sendos textos sobre su trayectoria y personalidad “extraordinaria”. Y la admiración y simpatía expresada por este crítico desde las páginas del periódico El país podían leerse también en otros medios; la misma identificación que podía percibirse en cineastas o público de un auditorio ávido por escucharlo; el mismo reconocimiento de los homenajes organizados por Cine Club y Cine Universitario, que incluyeron proyecciones de films, tanto como sendos cuadernos sobre el cineasta y su obra.

Las declaraciones de Grierson en sus días en Montevideo tal vez no escaparon de algunas “opiniones antojadizas” o “afirmaciones apresuradas”, en la visión de algún medio de prensa[10]. Pero incluso cuando sus consejos hacia los jóvenes cineastas para que filmasen situaciones cotidianas, de una realidad nacional inmediata, que se ejemplificaban con el documental sobre el “manejo de la pelota”, o cuando cierta búsqueda insistente en la presencia de lo “indígena” en la cultura e identidad uruguaya, sin duda se cargaban de cierto pintorequismo o exotismo[11], desde un comienzo quedó claro que el escocés no perdería su tiempo en el circuito turístico, ni recogiendo imágenes for export, sino que asumiría una mirada atenta –también preocupada por los fuertes contrastes de riqueza y pobreza de la ciudad–, un diálogo respetuoso y una actitud de compromiso y colaboración con la cinematografía uruguaya. Se trataba de un “hombre que vino a pelear”, como tituló Alsina Thevenet una de sus notas en El país.

En este sentido, con ese lenguaje “cáustico y lleno de ingenio” o con su “fuerza de carácter” o su “estimulante insolencia”, entre consignas y consejos, el escocés expuso una serie de ideas e incluso hasta un posible Plan para la cinematografía nacional. Al reseñar la última conferencia de prensa antes de su partida, Alsina Thevenet señaló que aunque en los quince días que estuvo en Montevideo nadie del gobierno le solicitó un plan para el cine uruguayo –a pesar de sus reuniones con funcionarios–, los cronistas y cineastas sí le “insistieron para que conociera los problemas reales y aportara las ideas posibles”[12]. En ese marco, Grierson se refirió a la imprescindible protección del sector cinematográfico –“indispensable” en un país pequeño como Uruguay– y la creación a tal efecto de un Banco Cinematográfico (o Junta Nacional del Film) para financiar películas, dirigido por representantes del sector financiero, industrial, de la cultura y la ciencia, la prensa. Financiada con fondos cedidos por el gobierno o con porcentajes sobre las entradas a los cines, y en base a experiencias europeas, esa institución podía asumir tres misiones, pensaba Grierson: en tanto entidad comercial, retribuir con un porcentaje de sus entradas a los films nacionales de más éxito;  financiar documentales (comenzando con seis por año) con el fin de mostrar al mundo la imagen del país; y financiar con un pequeño fondo films experimentales “sin preocuparse de su utilidad inmediata”. A esto se agregaba el establecimiento de la obligatoriedad de la exhibición de documentales y noticiarios de producción nacional (diez minutos de cada programa), para los cuales, al mismo tiempo, se abría un “campo estupendo” en la televisión[13]. En un intercambio posterior con la prensa, aparecerían por supuesto las dudas respecto de la implementación de estas ideas aún cuando no fueran más que orientaciones en sintonía con lo que en Uruguay y otros países latinoamericanos se venía planteando como medidas de apoyo a los cines nacionales. Ese plan, además, se enmarcaba en otras ideas discutidas con la prensa (y también afines a las del Congreso de Cineastas), como el trabajo en equipo, la cooperación entre países de la región en cuestiones de producción (el uso de los laboratorios argentinos para la producción uruguaya, por ej.) y distribución; un convenio latinoamericano para adquirir derechos de films de otras regiones del mundo; y el envío de becarios al exterior o el fomento de las escuelas de cine.

Si bien la trayectoria de Grierson respaldaba un programa que combinase las políticas activas y de protección de los cineastas por parte de los gobiernos con el respeto de la libertad de expresión y creación, la noción de “independencia” promovida por el Congreso de Cineastas[14] y las susceptibilidades hacia el apoyo público o privado por parte de algunos críticos generaría algún contrapunto.  Los periódicos La mañana y El país, o el semanario Marcha dieron cuenta de esto al reseñar las primeras declaraciones del visitante sobre la necesaria subvención estatal así como los apoyos de empresas privadas al cine[15]. Ante la pregunta por si la colaboración del Estado no haría perder a los cineastas independientes justamente la independencia, “su más preciado tesoro”, Grierson reafirmaba sus argumentos sustentados en el ejemplo británico del cine como instrumento estatal y medio de progreso social, político e industrial del gobierno; una respuesta que chocaba con las “funestas experiencias” de la intervención oficial en el cine uruguayo que señalaba La mañana. Desde El país, también Alsina Thevenet reseñó lo que consideraba una “compleja discusión”, ya que en la práctica se producía un uso político por parte de los gobiernos y una “publicidad directa” por parte de las empresas, decía. Y frente a esto, los cineastas podían llegar a discrepar con industrias que consideraban opresoras o imperialistas, y en consecuencia no querer trabajar para ellas. Pero al mismo tiempo, el crítico recuperaba las reflexiones de Grierson al respecto: desde los consejos al Ministro para que intervenga en el cine y en sus leyes, pasando por la reacción del escocés hacia las dudas de la crítica (“puedo compartir su escepticismo pero el escepticismo no hace films”), hasta la apelación a su misma experiencia al puntualizar que “durante el apogeo del documental inglés, Flaherty, Cavalcanti, Auden y él habían sido ´buenos funcionarios públicos sin dejar de ser creadores´”. En este sentido, Grierson propuso en Montevideo una medida para subsanar las tensiones entre estado y artista: la creación de un “organismo intermediario que haga entender a los gobiernos los problemas de la creación artística; que haga entender a los artistas las necesidades reales del estado, y que se pelee con ambos bandos hasta donde sea necesario”. Un difícil equilibrio.

Cineclubismo y escuelas de cine a ambos lados de la Cordillera

Un joven participante uruguayo del Festival del SODRE, Mario Handler, mencionaría años más tarde la familiaridad de los cineastas de su generación con el movimiento liderado por Grierson. Es notable que en su recuerdo resuene una afinidad con la experiencia británica también en lo referido a cómo los cineastas uruguayos del período (Ugo Ulive, Miguel Castro, Walter Dassori, Alberto Mantarás, entre otros) desarrollarían sus primeras tentativas de realización amateur gracias a los “´concursos relámpago´, una especie de maratón de filmaciones en el que cada concursante recibía una dotación limitada de película para filmar en un solo día con el fin de ser exhibida sin editar”[16]. Este paisaje descrito por Handler recuerda a aquel cineclubismo europeo de finales de los años veinte, especialmente a las actividades de la London Film Society que proyectaría por primera vez Pescadores (John Grierson, 1929) junto a El acorazado Potemkim (Sergei Eisenstein, 1925), y donde Grierson reclutaría a algunos de los miembros que conformarían el movimiento documentalista británico.

Si bien otros países de Sudamérica también conocían a Grierson desde antes gracias a circuitos cineclubísticos que -como el argentino o el chileno- incorporaron desde temprano la obra de la escuela documental británica -desde la pionera labor del cineclub Gente de Cine y su revista, en el primer caso-, el viaje de 1958 establecería un diálogo directo con el naciente nuevo cine y el cine independiente de esos países.

En los días del Festival SODRE, el escocés se interesaría por los Fotodocumentales de la Escuela Documental de Santa Fe (Argentina) allí expuestos, entre ellos los que darían lugar al mediometraje Tire-dié (1958-1960), de Fernando Birri, que sería premiado en la siguiente edición del Festival. Como se sabe, la Escuela de Santa Fe (o Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral), creada por Birri en 1956, reconoce de modo explícito un doble linaje en el neorrealismo italiano y el movimiento documental británico, al cual dedicaría su primer libro titulado Escuela documental inglesa. Se trata de un estudio del documentalismo británico y canadiense y el ideario griersoniano a cargo de Manuel Horacio Giménez, con citas tomadas del clásico de Hardy e ilustrado en su contratapa con una fotografía de Grierson observando con atención los fotodocumentales exhibidos en Montevideo.[17]

Birri había recuperado esta práctica de fotorreportajes de sus años de formación en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma -en particular de la experiencia de Un paese (Einaudi, Turín, 1955; con fotos de Paul Strand y textos de Cesare Zavattini) y de la extensa serie de fotodocumentales editados por la revista Cinema Nuovo entre 1954 y 1956-, y propuso este método simple de salir con una cámara de fotos y una grabadora sencilla a encontrarse con la gente y la realidad del propio entorno, para que sus alumnos realizasen el ejercicio por la ciudad de Santa Fe y alrededores, en general en torno a problemas sociales explícitos como el del agua, la infancia marginal, el conventillo, el mercado, los suburbios pobres, etc. De allí surgió el primer catálogo de fotodocumentales publicado en 1956 y la exposición de fotos y epígrafes que circuló por diversos lugares de la Argentina para llegar al SODRE de 1958.

Birri recordaría con emoción este último evento, desplegando un sentido mítico en el relato del encuentro con el maestro escocés en Montevideo: “Fue un momento exultante porque era la primera vez que esa realidad que nosotros nos propusimos captar se conectaba con la realidad de otro país hermano latinoamericano. La exposición de foto-documentales la armamos con nuestras manos, serruchando las maderas, clavando cartones, pegando fotos. En la clausura del festival, habló John Grierson (…). Frente al telón de terciopelo rojo en un gran teatro de Montevideo hizo una bellísima exposición sobre el documental como un martillo para transformar la realidad. En un momento determinado, cuando ninguno de nosotros lo esperaba, señaló a la exposición de foto-documentales de nuestro Instituto como un trabajo ejemplar.”[18]

Homenaje organizado por Cine Club durante la visita de Grierson a Montevideo, 1958 (Dibujo de Antonio Pezzino, miembro del Taller Joaquín Torres García. Cortesía de Eduardo Correa, Centro de Documentación Cinematográfica, Cinemateca Uruguaya).
Homenaje organizado por Cine Club durante la visita de Grierson a Montevideo, 1958 (Dibujo de Antonio Pezzino, miembro del Taller Joaquín Torres García. Cortesía de Eduardo Correa, Centro de Documentación Cinematográfica, Cinemateca Uruguaya).

En los días posteriores al SODRE, aunque Grierson no viajó a la ciudad de Santa Fe, sí cruzó el Río de la Plata para visitar Buenos Aires, donde había sido invitado por el Instituto Nacional de Cinematografía. Incluso, un medio de prensa especializado como El Heraldo sostuvo que había rumores sobre que el Instituto podría ofrecerle un cargo como director o coordinador de su centro de formación que debía crearse de acuerdo con la nueva Ley de Cine. Más allá de estos rumores, lo cierto es que el mismo día de su arribo, el 9 de junio, Grierson dio una conferencia de prensa en el Hotel Claridge a la que concurrieron reconocidos miembros del medio cinematográfico argentino. «Vivacidad, dinamismo, rapidez y lucidez”, fueron los términos utilizados por el diario La Prensa para referir a sus intervenciones. “Seguro de sí mismo”, “preciso y claro” en sus diálogos, apuntó el crítico del diario La Nación. Durante sus días en Buenos Aires, Grierson volvió sobre los mismos temas que había tratado en Montevideo: el apoyo estatal al cine cultural y el concepto de “autenticidad” para representar la realidad nacional y latinoamericana. Pero junto a esto, el escocés se tomó su tiempo para leer la nueva Ley de Cine argentina, la cual consideró un “instrumento muy preciso”, al tiempo que cuestionó (le “extrañaba profundamente”) que intentase legislar sobre la calidad de los films. Grierson focalizó la última parte de su intervención en su interés por la incorporación del cine a la televisión. Aunque algunos criticaron su mirada sobre esta cuestión, él insistió en la importancia de ambos medios en relación con el desarrollo del cine educativo y las expresiones culturales, en sintonía con el programa This Wonderful World que desde un año antes dirigía en la televisión escocesa.[19]

La inspiración griersoniana puede rastrearse también en la creación del Centro de Cine Experimental vinculado a la Universidad de Chile, cuyo impulso inicial se remonta a una iniciativa del cineasta Sergio Bravo de 1957, quien contó con la colaboración de Pedro Chaskel. Ambos tenían una activa vinculación con el circuito cineclubístico (Chaskel incluso como fundador del Cineclub de la Federeación de Estudiantes de Chile), donde en los cincuenta se proyectaban los films de Grierson y el National Film Board de Canadá, y ambos habían pasado por los pioneros cursos del Instituto Fílmico de la Universidad Católica (fundado por Rafael Sánchez). Si durante los años sesenta, el Centro de Cine Experimental y la Universidad de Chile recibieron visitas de destacadas figuras internacionales[20], en 1958, además de John Grierson, allí llegaría Henri Langlois, Director de la Cinemateca Francesa.

La visita de Grierson fue evocada por Sergio Bravo como “providencial”, en cuanto de allí habría surgido el primer apoyo institucional que su grupo recibió de la Universidad. Bravo ‒considerado uno de los máximos exponentes del documental poético latinoamericano del periodo por films como Trilla (1957) o Mimbre (1958)‒  recuerda que luego de proyectarle sus primeros trabajos a Grierson[21], el escocés se entusiasmó de tal forma que los recomendó al Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Chile. Unos meses después, la Universidad le otorgaría una primera ayuda consistente en el préstamo de un pequeño ambiente en el Departamento de Foto Cinemagrafía. El Centro de Cine Experimental formalizaría su relación con la Universidad recién en 1961, y continuaría hasta 1963 bajo la dirección de Bravo.[22]

En su recuerdo aparecen también los vínculos con algunas experiencias latinoamericanas comentadas, como la escuela documental de Birri[23] o la actividad del SODRE, conocida por el grupo chileno desde algunos años antes[24]. De hecho, en 1957 el Departamento de Cine Arte de la institución uruguaya había realizado un viaje a Perú, Argentina y Chile (que incluyó diversas ciudades) con una retrospectiva de clásicos de la historia del cine, en una gira organizada en colaboración con la Universidad de Chile y que tuvo como “derivación”, según Juan José Mugni, la creación de su Cinemateca[25]. Por su parte, también la revista Ecran ‒siguiendo en este caso las palabras de Alvaro Bunster, secretario general de la Universidad de Chile‒, reconocía una continuidad entre el ciclo sobre historia del cine ofrecido en una oportunidad previa por el Director del SODRE, Danilo Trelles, y las charlas dictadas por Grierson en 1958.[26]

A propósito de esta visita, la prensa chilena observaría que aunque el escocés era un desconocido para la mayor parte del ambiente del cine chileno, irrumpió “como el apóstol de un resurgimiento de la industria nacional”, como se lee en la nota de Raúl Aicardi para la revista Pomaire. Esta breve crónica se refirió a los diversos sitios transitados por Grierson, desde sus conferencias de prensa hasta su recorrido por el puerto de Valparaíso, siempre con intervenciones y reflexiones de “una misma agresividad constructiva”, “una misma violencia aleccionadora”[27]; es decir, la misma firmeza en la promoción del apoyo institucional al cine que había expuesto previamente en Montevideo y Buenos Aires. En este sentido, también en su conferencia en la Universidad de Chile, Grierson volvió a destacar la importancia de una visión auténtica, franca de la realidad cotidiana, fuera de todo convencionalismo o mirada folklórica, e insistió en reclamar el apoyo estatal al cine.[28]

Cavalcanti y el frustrado proyecto brasileño 

Las fuentes hemerográficas y la memoria de los protagonistas coinciden en la enumeración de los films y cineastas que interesaron a Grierson en el Festival del SODRE de 1958, de donde se llevaría material para su programa en la televisión escocesa: la obra del boliviano Jorge Ruiz; los documentales peruanos presentados por Manuel Chambi –sobre los que volveremos enseguida‒; y las películas del brasileño Nelson Pereira dos Santos, Río, 40 grados (1955) y Río Zona Norte (1957)[29]. Estos dos primeros largometrajes del considerado padre espiritual del movimiento del Cinema Novo brasileño, que explosionaría en la década siguiente, son obras que pondrían de manifiesto la apropiación del neorrealismo italiano en el tránsito hacia un verdadero cine nacional.

En el caso de Brasil, los impulsos al documental que asociamos a la escuela griersoniana podrían rastrearse incluso desde algunos años antes. Porque tal vez allí se habría constituido un excepcional laboratorio de creación documental ‒hibridando las experiencias desarrolladas en el seno del movimiento documental británico con la tradición cinematográfica brasileña‒ si el esperanzado regreso de Alberto Cavalcanti a su país natal en 1950 no se hubiera saldado con un fracaso. Dicho retorno había sido propiciado por la fundación de la Companhia Cinematográfica Vera Cruz São Paulo, cuya dirección se le había encomendado. Pero la compañía no cumplió los compromisos de producir dos documentales por cada largometraje, ambicioso proyecto para cuya realización Cavalcanti había contratado para la Vera Cruz a Henry E. “Chick” Fowle, Rex Endsleigh y John Waterhouse. Las desavenencias con la empresa y la crisis financiera de la misma hicieron a Calvancanti abandonar el proyecto y Vera Cruz concluyó sus actividades en 1953[30]. Posiblemente este proyecto hubiera sido el espacio propicio para desarrollar ese concepto de neo-realism que el brasileño había opuesto al de documentary en sus tempranas discusiones con Grierson.[31]

De algún modo, Brasil había tenido su propio Grierson en Humberto Mauro,[32] figura que los cineastas latinoamericanos de la generación que nos ocupa no descubrirán hasta más tarde, cuando Glauber Rocha lo reivindique como precursor del Cinema Novo, una genealogía en la que asociaba su nombre con los de Jean Vigo y Robert Flaherty. Rocha ubicaba a Mauro en el contexto de una cartografía del cine internacional de los años treinta en la que Grierson y el movimiento documental británico que atrajo a Cavalcanti ocupaban un lugar privilegiado[33]. De forma independiente y contemporánea, Humberto Mauro había diseñado, y en parte ejecutado en su serie Brasilianas (1945-1954), un programa de desarrollo cinematográfico nacional en el que el documental se consideraba el cine del futuro tanto por sus posibilidades artísticas como económicas: era un cine de bajo costo, no imitativo respecto a modelos foráneos y con potencialidad de comercialización en el exterior. El proyecto tenía, además, como plataforma un organismo estatal, el Instituto Nacional do Cinema Educativo (INCE) creado en 1936. Así, en sintonía con el contexto internacional, Mauro apostó por un cine de propaganda, auspiciado por el estado y con un lenguaje y expresión artística propios que, sin embargo, no logró visibilidad hasta un tiempo en que dicho modelo, como quizás el griersoniano, quedaría obsoleto para los nuevos retos del cine latinoamericano.[34]

Grierson y el mundo andino

La perspicaz mirada de Grierson en los días del SODRE prestó especial atención a aquellos documentales que habían girado sus cámaras hacia una realidad, la indígena, hasta entonces escasamente visible. El interés por la región andina y su “energía creadora” quedó expresado en el reconocimiento de las obras de Jorge Ruiz o Manuel Chambi. Años más tarde, el brasileño Pereira dos Santos, rememoraría: “Nunca olvidaré el encuentro de John Grierson con los films de Manuel Chambi, durante el Primer Encuentro de Cineastas Latinoamericanos en Montevideo, en 1958. La sorpresa y la fascinación del maestro del documental ante las imágenes traídas de las fiestas cordilleranas de Perú lo movilizaron a viajar hasta allí, en minuciosa expedición, desafortunadamente sin cámaras”. [35]

Un año antes del encuentro del SODRE en Montevideo, José María Arguedas, por entonces director del Instituto de Arte Contemporáneo de Lima, había quedado fascinado por los cortometrajes documentales que se estaban realizando en el Cusco, que “descubre” para el público capitalino peruano. Las noticias llegaron a los organizadores del SODRE, que invitaron Manuel Chambi a presentar las películas que Grierson vio en el festival: Corpus del Cuzco (1955), Corrida de toros y cóndores (1956), Las piedras (1956), Carnaval de Kanas (1956) y Lucero de nieve (1957). Formado como arquitecto en Buenos Aires, donde tuvo sus primeros contactos con el cine, Chambi creó en 1955 en Perú el Cine Club del Cusco. Bajo su dirección trabajarían su hermano Víctor y el fotógrafo Eulogio Nishiyama, a los que luego se uniría Luis Figueroa. Ellos conformaron el germen de la “École de Cuzco”, como la bautizó George Sadoul en 1964 a propósito del “descubrimiento” en el Festival de Karlovy Vary del primer largometraje de ficción nacido en dicho contexto, Kukuli (César Villanueva, Eulogio Mishiyama y Luis Figueroa, 1960)[36]

Como en la obra fotográfica en blanco y negro del reconocido Martín Chambi, padre de Manuel, la fotografía en color de Nishiyama en películas como Lucero de nieve (1957), El carnaval de Kanas (1956) y Corrida de toros y cóndores (1956) huye del énfasis y las pretensiones de creación plástica para la exaltación artificial de la dignidad de la raza, habitual en las manifestaciones artísticas indigenistas del periodo. Frente a la puesta en escena calculada, prima el registro directo que capitaliza la potencia visual de la realidad filmada (las luchas rituales en la noche sobre la nieve en Lucero, las impresionantes máscaras del carnaval o los cambios de luz en el paisaje que reflejan el tiempo largo de las fiestas). Los documentales se apartan igualmente de la exposición pedagógica del documental etnográfico: la mayoría de estas primeras películas de Manuel Chambi prescinden del  apoyo de la narración expositiva y hacen del campesino andino y de la cultura indígena (mestizada con la colonial) protagonistas absolutos de un cine que hasta entonces no había representado, con la sobriedad y la belleza naturalista que caracteriza estas producciones, la complejidad y la riqueza de los ritos y festividades de las comunidades quechua. De ahí que Grierson pudiera encontrar en ellas una extraordinaria materia prima para su programa televisivo This Wonderful World, dado que ofrecían imágenes despojadas de las miradas exotizantes y paternalistas que no ocultaban además la pobreza de la población. “Esta gente del Alto Plano [sic] –afirmaría en el programa-, aunque pobres, han creado en sus fiestas tales espectáculos de máscaras y danza que dudo de que haya habido nada igual en cualquier época, en cualquier lugar, procedentes de campesinos. No creo que desaparezcan, pero lo que sí desaparecerá sin duda, y quizás será mejor así, es la amarga ironía de que uno de los pueblos más pobres y tristes del mundo exponga en compensación la más rica y feliz demostración de su innato orgullo”. [37]

Estas palabras reflejan el tono de los documentales de Chambi en los que nunca late el espíritu de la “etnografía de salvamento”, la amenaza de una cultura en vías de extinción, sino la afirmación de un presente en el que tampoco se hallan signos de denuncia o la tensión entre la tradición y la modernidad (o la modernización) que veremos en otros documentales.

En Bolivia, Grierson encontró una realidad muy diferente a la de los ritos y las fiestas del Perú. Asimismo, fue mucho más intensa y fructífera la relación que estableció con Jorge Ruiz, con quien realizaría un viaje de diez días en Jeep desde La Paz al altiplano.[38]

En esos años Jorge Ruiz era el cineasta sudamericano con un contacto más directo con documentalistas anglo-americanos gracias a proyectos de diferente naturaleza, principalmente encargos de instituciones como Naciones Unidas, la Agencia para el Desarrollo Internacional o cadenas de televisión británicas y norteamericanas. Así, en 1956 Ruiz se había ocupado de la fotografía de Renace un pueblo/The Forgotten Indians (Bolivia-Gran Bretaña, 1956-1957), producido por la BBC en asociación con Telecine, una pequeña productora boliviana en la que Ruiz trabajaba. El documental, dirigido por Anthony de Lothbiniere y con comentarios de Paul Rotha (y locución de Colin Wills), era altavoz de las acciones de la misión de la International Labour Office que desde 1953 operaba en Bolivia, Perú y Ecuador apoyando el desarrollo de la población indígena campesina y las reformas que el nuevo gobierno boliviano estaba poniendo en marcha desde su llegada al poder con la Revolución de 1952. Y en 1958 se realizó Miles como María/People like Maria (1958), un documental para la OMS co-dirigido por Harry Watt y Jorge Ruiz, que recibiría en 1959 el Gran premio para filmes de televisión en el Festival de Venecia.[39]

Varias de estas y otras realizaciones[40] se hallaban en clara sintonía con el trabajo de Ruiz como realizador y director entre 1957 y 1964 del Instituto Cinematográfico Boliviano (ICB). Este organismo había sido creado en 1953 por el nuevo gobierno revolucionario como instrumento de propaganda del proceso de reformas sociales y modernización del país. El proyecto político del gobierno del MNR reivindicaba por primera vez el elemento indígena en la construcción de la identidad nacional y ponía en marcha programas de reforma con los que revertir la herencia de sometimiento y explotación de las comunidades originarias desde la Conquista española. A través del ICB, se publicitarían las políticas de redistribución de tierras, la reforma agraria, las nuevas medidas económicas y los proyectos de modernización, y se hacían presentes las lenguas y la cultura indígenas bolivianas. También sería el germen de un cine nacional que comienza a vislumbrarse en los trabajos de Ruiz y luego, desde mediados de los sesenta, con una perspectiva de radicalización política, en la obra de Jorge Sanjinés.

Los documentales de propaganda realizados en el ICB por Waldo Cerruto (su primer director entre 1953 y 1957) y Jorge Ruiz despliegan un amplio y rico repertorio de recursos fílmicos (narrativos, retóricos y expositivos), donde se conjugan sin aparentes tensiones la construcción de un imaginario visual y discursivo en torno al mundo indígena campesino con los asociados a la modernización y los programas de desarrollo económico e infraestructuras (en buena medida financiados y auspiciados por los EEUU)[41]. Pero fue en Vuelve Sebastiana (1953) donde Jorge Ruiz encontró su propia voz como cineasta para representar el mundo andino. Esta película, que había recibido el Gran Premio en la Categoría Film Etnográfico y Folklórico en la edición anterior del SODRE (1956), haría pronunciar a Grierson la famosa frase repetida en la bibliografía: “es uno de los seis documentalistas más importantes del mundo”. Y en consonancia con esta apreciación, promovería una versión en inglés para proyectar en Edimburgo.[42]

Al mismo tiempo que reconocía la obra de Ruiz, durante su visita a Montevideo Grierson había lanzado un durísimo ataque contra un documental sobre Bolivia realizado por las Naciones Unidas: un film “vulgar, repugnante, condescendiente por la actitud moral que revela, por la asumida superioridad sobre pueblos inferiores”[43]. Así hacía explícito el rechazo de las miradas paternalistas extranjeras, que volvería a cuestionar ya en la propia región aludiendo directamente a los films de los programas del Punto 4 y el servicio de información de los Estados Unidos (USIS) en Bolivia.[44]

Por el contrario, las películas de Ruiz exhibidas en los días del Festival SODRE resultaban representativas del tipo de film que podía interesar al escocés. Porque si Voces de la tierra (1956) – un “deleite visual continuo”, según la prensa- daba cuenta del mundo cultural del altiplano, La vertiente (1958)[45] participaba de una épica del trabajo en comunidad muy cercana a la tradición griersoniana.

Diálogos en el documental latinoamericano de los años cincuenta

La trayectoria cinematográfica e institucional esbozada por Ruiz ejemplifica los puntos de diálogo y encuentro posibles entre ciertos cineastas sudamericanos y el maestro Grierson: por una parte, los impulsos para la creación de ámbitos institucionales para el desarrollo del documental al servicio de construcción de la identidad nacional y como instrumento de propaganda de políticas reformistas y modernizadoras; por otro, el amplio abanico de modos de representación documental, entre los que alcanza una fuerte presencia el recurso al relato, la dramatización y el uso de “actores naturales”, siendo la citada Vuelve Sebastiana uno de sus mejores ejemplos.

Sin embargo, la forma fílmica de los documentales de Jorge Ruiz pone de manifiesto cómo convivían y se mestizaban, en los modos y estéticas documentales, diálogos e influencias muy diversas. Ruiz afirmaba sentirse “discípulo de Robert Flaherty y John Grierson” cuando hacía Virgen India (1947), uno de sus primeros documentales. Y al ser interrogado por sus influencias, junto a la escuela británica también señalaba el grato impacto de un mejicano, el indio Fernández, “con Flor Silvestre [1943] y La candelaria [María Candelaria, 1943]”, decía.[46]

Se refiere, en esta última frase, a las dos primeras películas con las que se iniciaba la intensa y fructífera colaboración del director Emilio Fernández con el fotógrafo Gabriel Figueroa. Ambos lograron construir un poderoso imaginario narrativo y visual en la representación idealizada, hierática y escultórica del indio y del mundo indígena, fruto de la consciente apropiación y reinvención en clave nacionalista del legado dejado por Sergei M. Eisentein en México tras su visita de 1931.  El maestro soviético dejaría inconcluso el proyecto fílmico que lo llevó a tierras mexicanas, Qué viva México, película que, recordemos, John Grierson citaba en sus “First Principles of Documentary” como exponente de uno de los tres métodos para el documental, aquel que tendía a lo poético y lo contemplativo.[47] El footage filmado por Eduard Tissé bajo la dirección de Eisenstein y Grigori Alexandrov, editado en diferentes ocasiones y por manos distintas, dejaría así, en diferentes contextos, una huella indeleble en el cine latinoamericano de los años 1940 y 1950, especialmente reconocible en la composición plástica del documental poético.

Sobre la influencia de Eisenstein se amalgamaron otras. Movido por la fascinación que ejercían el mítico pasado, el apasionante presente y prometedor futuro de México –a los que el muralismo pictórico de Rivera, Siqueiros y Orozco habían dado expresión‒, el norteamericano Paul Strand viajaría allí en 1934 con el encargo de ocuparse de la fotografía de una producción auspiciada por el Departamento de Bellas Artes de la Secretaría de Educación, Redes (Fred Zinnemann, 1934). Se trataba de un drama realista de clara vocación revolucionaria que protagonizaban, como “actores naturales”, los pescadores de Alvarado. En el film se superponían, en una articulación no siempre equilibrada[48], tres niveles de representación: la trama narrativa en torno a la lucha contra la injusticia y la explotación, el tratamiento plástico-fotográfico de los cuerpos, y la vocación documental y etnográfica que, en escenas como la que enfrenta a los hombres y el mar utilizando las artes tradicionales de pesca, remite sin duda a Flaherty. Redes deviene en obra mítica y fundacional del cine latinoamericano posterior que busca modelos opuestos al espectáculo y el entretenimiento y confía en el patrocinio estatal para asentar un cine nacional donde los márgenes entre la propaganda y la educación del ciudadano se desvanecen.

La fotografía que Strand despliega en Redes comparte numerosos elementos plástico-formales con el retrato eisensteniano de los rostros del pueblo, aislados en acentuados contrapicados; pero también el sello propio que Strand y sus compañeros de la Workers’ Film and Photo League y Nykimo dejarían en The Plow that Broke de Plains (Pare Lorentz, 1936). Posiblemente este último film no fuera visto por los documentalistas latinoamericanos, pero el visionado de una película como Láminas de Almahue (1962), la más experimental de las obras del chileno Sergio Bravo, no deja de recordar poderosamente, en la construcción de sus encuadres y en el tratamiento plástico de los objetos en relación con los cuerpos de los campesinos, a la cinematography que Strand, Ralph Steiner, Paul Ivano y Leo Hurwitz firmaron en aquel proyecto del New Deal bajo la batuta de Lorentz. Los films de Sergio Bravo ejemplificaban esa vía señalada por Grierson en sus principios del documental en la que la construcción dramática cedía en pos del tratamiento poético y contemplativo, modelo documental que en la historia del cine latinoamericano alcanzará uno de sus máximos exponentes con Araya (Margot Benacerraf, Venezuela, 1959)[49]. En él, la sombra de Eisenstein se hacía de nuevo palpable en la representación de los cuerpos de los trabajadores de la salina de la península de Araya, pero el film también bebía de las fuentes del documental poético europeo de posguerra en la nostálgica ligazón entre los ritmos del trabajo del hombre marcados por los ciclos de la naturaleza[50]. El film contó para su realización con la colaboración de la Shell Film Unit establecida en Caracas en 1952 bajo la dirección de Lionel Cole, otra de las vías de comunicación con el movimiento documental británico[51]. A pesar de que hoy la historiografía la reconozca como un hito del cine nacional venezolano, sería una obra con muy poca repercusión en el ámbito latinoamericano en aquel momento. Posiblemente porque representaba el canto de cisne de un modelo estético-discursivo que pronto iba a quedar obsoleto.

A modo de epílogo

Jorge Ruiz reflexionaba sobre lo que sus influencias (Grierson, Watt, Van Dyke, Fernandez) le habían aportado: “Me convencieron: el cine puede ir junto al desarrollo social. Y no me desagradaría la idea de que me consideren propagandista. Siempre he apostado en beneficio de la persuasión audiovisual. Mis impagadas influencias ratificaron algunas búsquedas reales: el cine de propuesta podría ser más útil que el cine de protesta”.[52]

En el cambio entre las décadas de 1950 y 1960 el cine documental latinoamericano estaba convencido del poder de persuasión audiovisual. Pero pronto la propuesta daría paso a la protesta y la denuncia socio-política abierta; y la propaganda no podría sino concebirse en términos de contra-información y agitación. Posiblemente el tiempo de un documental impregnado de voluntades reformistas y transformadoras de la sociedad en el marco de los parámetros de la modernidad y la democracia, bases del programa teórico elaborado por John Grierson, había pasado. Más lejos quedaba aún aquella capacidad del programa griersoniano original, gestado en la Gran Bretaña de los años treinta, de hacer convivir la formación del nuevo ciudadano y la transformación social con el servicio a un estado a la postre imperial. El toque de clarín llamaba ahora, en los sesenta, a la revolución antidictatorial o antiimperialista, y el lenguaje documental como forma cinemática de revelar la naturaleza dramática de la realidad así como de revelar la poesía de lo real[53], que se manifestaba en los modos naturalistas y poéticos del documental latinoamericano, resultaría insuficiente y quedaría desplazado por otras estéticas y otras políticas radicales.

Una década más tarde del encuentro de Montevideo de 1958, fueron otros festivales (latinoamericanos y europeos) los que otorgaron visibilidad internacional al Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano. Pero ese circuito de fines de los sesenta, con su innegable importancia, no debería constituirse en una genealogía canónica que termine desvalorizando un período previo también denso del documental latinoamericano, como el sucintamente recuperado en estas páginas y que permite mirar de forma renovada esos años sin la lente teleológica con la que habitualmente se lo ha estudiado[54]. Porque esta experiencia fue algo más que un “antecedente” de ese otro momento más conocido, de mayor desarrollo y politización de las cinematografías independientes de cada país.

En este sentido, la visita de Grierson a Sudamérica en 1958 fue un momento importante de diálogo e intercambio, de consagración de influencias previas, de establecimiento de legados posteriores. Y aunque su hora pasaría pronto, la inspiración de su programa de intervención desde el documental -tal vez de modo similar a lo ocurrido con el Neorrealismo italiano en América Latina- puede rastrearse antes y después. No sólo como influencia, sino como coexistencia de tendencias propagandísticas o creativas del cine documental. Podría pensarse por un lado en algunas formas del noticiario cinematográfico y el documental de los años 40s. y 50s.; o, por otro, en algunos manifiestos y proyectos de los años 60s, donde, aunque los lenguajes documentales se encuentren en plena transformación (por ejemplo por la llegada del directo), el legado griersoniano en muchos casos siguió estando presente.

Lo cierto es que la historiografía del cine latinoamericano no ha abordado todavía una reconstrucción pormenorizada de los momentos y las vías por las que el documental internacional -especialmente el auspiciado por la figura de John Grierson-, permeó y configuró en un diálogo complejo la mirada de generaciones de cineastas que desde finales de los años cincuenta y con pleno desarrollo en la década del sesenta transformarían el cine en la región.

Bibliografía y notas

[1] Una versión significativamente más corta de este artículo se publicó con el título “Grierson and Latin America. Encounters, Dialogues and Legacies”, en: Zoë Druick and Deane Williams (editors), The Grierson Effect: Tracing Documentary´s International Movement. London, British Film Institute-Palgrave, 2014; ps. 223-238. Agradecemos a Juan José Mugni (Director del Archivo Nacional de la Imagen-Sodre, de Montevideo), a Eduardo Correa (a cargo del Centro de Documentación Cinematográfica de la Cinemateca Uruguaya), a Rosanna Al-Mulla (Research Support Assitant, Information Services, John Grierson Archive, University of Stirling Library), a Adrián Muoyo, Julio Artucio, Octavio Morelli y Alejandro Intrieri (de la Biblioteca, Centro de Documentación y Archivo, INCAA, Buenos Aires, Argentina). Todos ellos nos facilitaron el acceso a importantes documentos para esta investigación.

[2] Paulo Antonio Paranaguá, El cine documental en América Latina (Madrid, Cátedra, 2003), especialmente pp. 39-45. Véase del mismo autor: Tradición y modernidad en el cine de América Latina (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2003), capítulo 11.

[3] En su genealogía de la palabra neorrealismo, Stefania Parigi sostiene que desde mitad de los años 30s. los italianos aplicaban el término a varias experiencias estéticas, por ejemplo, entre ellas, el documental griersoniano (“Le carte d´identitá del neorrealismo”. En: Bruno Torri, ed., Nuovo Cinema, Venecia: Marsilio, 2005; 82-83).

[4] Julianne Burton (ed.), The Social Documentary in Latin America (Pittsburgh, University of Pittsburg Press, 1990), p.18.

[5] Forsyth Hardy, John Grierson. A Documentary Biography (Londres&Boston, Faber and Faber, 1979), pp.209-210. De sus experiencias en el altiplano hablaría en el programa This Wonderful World en las emisiones de 29/1/1959, 16/12/1966 y 9/2/1959.

[6] Presentación del Catálogo de 1954.

[7] Juan José Mugni y Mario Raimondo, “El Archivo Nacional de la Imagen”, en: SODRE. 70 ANIVERSARIO (Montevideo: SODRE, 2000), ps.155-167. Véase asimismo el dossier editado por Mariana Amieva, “Volver a las fuentes: El Festival Internacional de Cine Documental y Experimental, 1954-1971”, en la revista 33 Cines, número 2, Montevideo, 2010, ps. 6-47. Amieva también analizó con detalle la experiencia del SODRE en “Cine Arte del SODRE en la conformación de un campo audiovisual en Uruguay. Políticas públicas y acciones individuales” (revista Cine Documental, n.6, 2012) y en otros trabajos más recientes como parte de su investigación doctoral.

[8] Con mayoría de films rioplateneses y bastantes sudamericanos.

[9] Montevideo, 27/6/58; p.19, firmada por H.R.A. (Hugo R. Alfaro). También se destaca la premiada La flecha y la flauta, del reconocido documentalista sueco Arné Sucksdorff, invitado al festival, así como los cortos del italiano Vittorio de Seta que la nota vincula a la escuela documental inglesa.

[10] Aún de aquellos que lo halagarían (“Grierson se va y el Festival sigue”. La mañana, 6/6/58).

[11] Véase por ejemplo algunas afirmaciones en conferencia de prensa reseñadas en La mañana 28/5/58, Marcha, 30/5/58, Marcha, 6/6/58; p.17.

[12] Homero Alsina Thevenet, “Grierson explica cosas”, El país, 7/6/58.

[13] El 29 de mayo Grierson dictaba la Conferencia “Perspectivas del Arte Cinematográfico ante el Progreso de la Televisión”.

[14] “Entiende por cineistas independientes a todos aquellos profesionales que trabajan sin estar ligados en relación de dependencia a las empresas de producción o distribución y pueden decidir libre y personamente la orientación temática o estética de sus películas”. La declaración completa en VVAA, Hojas de Cine. Testimonios y documentos del Nuevo Cine Latinoamericano, Vol.1, México, UAM-Fundación Mexicana de Cineastas, 1988,  ps. 537-543.

[15] La mañana (28/5/58, firmado por J.G.F.), El país (28/5/58, “Le hablan Sr. Ministro”, firmado x HAT: Homero Alsina Thevenet) y Marcha (30/5/58, firmado por M.T.: Mario Trajtenberg)

[16] Cfr. “Mario Handler. Empezando cuesta arriba: artesanado y agitprop”, en Julianne Burton, Cine y cambio social en América Latina, México, Diana, 1991; p.54.

[17] Manuel Horacio Giménez, Escuela documental inglesa. Santa Fe, Editorial Documento del Instituto de Cinematografía de la Universidad del Litoral, 1961. Grierson dejaría constancia de su interés por los fotodocumentales santafecinos en una elogiosa carta a los alumnos de la escuela reproducida en la contratapa del libro, como epígrafe de la fotografía referida: “Quiero expresarles lo excelente que encontré vuestra exposición en Montevideo. Es un espléndido ejemplo de método de enseñanza y el primero que he visto que contribuye tan simplemente y tan bien al aprendizaje de cómo hacer un film. Ustedes van a la raíz de esta materia captando las imágenes esenciales y forzándolas por medio de los epígrafes a entregar su contenido. Es ésta una contribución notablemente simple pero a la vez profunda y yo les felicito y les deseo nuevos éxitos”.

[18] Citado en: Fernando Birri. Selección y ordenación de texto a cargo de Elena Sáen (Málaga, Semanautor, 1989), p.7. Sobre el vínculo del proyecto original de Birri en Santa Fe con los fotodocumentari de Cinema Nuovo, el neorrealismo italiano y el documental griersoniano, véase: M. Mestman, “From Italian Neorealism to New Latin American Cinema. Ruptures and continuities during the 1960s”, en: S. Giovacchini y R. Sklar (eds.), Global Neorealism 1930-1970. The Transnational History of a Film Style. University Press of Mississippi, 2011; ps. 163-177; M. Mestman y Christopher Moore, «On the amateur origins of Fernando Birri’s Documentary School of Santa Fe», (2017, inédito a ser incluido en un volumen sobre una historia global de las prácticas fílmicas amateurs, editado por  Masha Salazkina y Enrique Fibla).

[19] El Heraldo, 18/6/1958, La prensa; 10/6/1958, La Nación, 10/6/1958.

[20] Como Edgar Morin (1962), Roberto Rossellini (1966) o la más conocida de Joris Ivens en 1962 y 1963, que incluyó la filmación de A Valaparaíso.

[21] Según Alicia Vega, tres películas de Bravo realizadas entre 1956 y 1958 (Mimbre, Imágenes antárticas y Trilla) fueron analizadas en un seminario organizado a propósito de la vista de Grierson. (Alicia Vega, Itinerario del cine documental chileno, 1900-1990, Universidad Alberto Hurtado, 2006; p.165).

[22] Véase Claudio Salinas Muñoz y Hans Stange Marcus (con colaboración de Sergio Salinas Roco), Historia del Cine Experimental en la Universidad de Chile, 1957-1973, Uqbar editores, 2008; 35. Sobre este período del cine chileno véase también los clásicos trabajos de Jacqueline Mouesca y el de Pablo Corro (et. al), Teorías del cine documental chileno 1957-1973, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2007.

[23] Salinas Muñoz y Stange Marcus, op.cit., p. 69.

[24] Según el documentalista Emilio Vicens ya se conocía entre quienes frecuentaban a mediados de los 50 los cursos del Instituto Fílmico de la Universidad Católica, por ejemplo (Citado en Salinas Muñoz y Stange Marcus, 49)

[25] Mugni, “70 aniversario del SODRE”, op.cit. El viaje incluyó Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Concepción, Coronel y Lota. Dichas jornadas llegaron a “102 espectáculos con un público de 92.732 personas (…) Un panorama completo de la Historia y Evolución del Cine desde los primitivos Lumiére y Meliés hasta los modernos films franceses, suecos o soviéticos”, afirma Mugni. Según este autor, “fueron particularmente emocionantes las funciones realizadas para los obreros de las minas del carbón del sur de Chile, muchos de los cuales asistían por primera vez a un espectáculo de cine”.

[26] Ecran, n.1430, Santiago, 24/6/1958; reproducido en Alicia Vega, op.cit., p.165.

[27] Aicardi, Raúl, “John Grierson, el sorprendente”. Pomaire, núm. 13, Santiago, 1958.

[28] “… La única solución para que países con pocas probabilidades de distribución, como Chile, puedan tener una industria cinematográfica, es con la ayuda del gobierno. El estado debería impulsar la producción fílmica como una función más al servicio de la nación, y siempre que no lo haga a su propio beneficio. No me gustan los films específicamente folklóricos. Muchas veces por hacer algo pintoresco, dejan de mostrar la realidad”. Ecran, n.1430, Santiago, 24/6/1958; reproducido en Alicia Vega, op.cit., ps.165-166.

[29] Alsina Thevenet (“Grierson explica cosas”, El país, 7/6/58), reseñando la última conferencia de prensa, agrega el film Makiritare del uruguayo Gardiol, que Grierson también habría nombrado. Antes había comentado que le gustó Cantegriles de Alberto Miller, (Alsina Thevenet, “El hombre que vino a pelear”, 4/6/58). Y en una nota especial enviada por Grierson para el semanario Marcha, afirma haber visto “cosas muy buenas” de Miller, Gardiol, Trelles, Jins, Acosta y Lara (“Bajo la mirada de John Grierson”, 6/6/58; p.17).

[30] También resultó abortado su proyecto de creación de un Instituto Nacional del Cine en Brasil otorgando prioridad al documental, lo que defendía igualmente en su libro Filme e realidade (São Paulo, Livraria Martins, 1953). Cf. Paulo Antonio Paranaguá (ed), El cine documental en América Latina (Madrid, Cátedra, 2003), p.39.

[31] Respecto de las diferencias entre ambos, Elizabeth Sussex refiere al siguiente recuerdo de Cavalcanti: “`La única diferencia fundamental era que yo mantenía que documental era una denominación estúpida´, decía Cavalcanti […] `Tuve una conversación muy seria con Grierson en los primeros y halagüeños tiempos sobre esta etiqueta de documental porque yo insistía en que debía llamarse, curiosamente (sólo fue una coincidencia, pero hizo fortuna en Italia) neorrealismo. El argumento de Grierson –y lo recuerdo muy bien- fue simplemente reír y decir `Eres un ingenuo. Yo tengo que tratar con el gobierno y la palabra documental los impresiona como algo serio´” […]. Elizabeth Sussex, «Cavalcanti in England» Sight and Sound, Autumn 1975.

[32] Amir Labaki titula el capítulo dedicado a Mauro en su Introduçao ao documentário brasileiro (Sao Paulo, Editora Francis, 2006) como “Grierson à la brasileria”.

[33] Glauber Rocha, Revisión crítica del cine brasileño (Madrid, Editorial Fundamento, 1971), p.26.

[34] Sobre los proyectos de Humberto Mauro, véanse los análisis de Paranaguá en los libros citados, y en particular: Eduardo Morettin, Humberto Mauro, Cinema, História, San Pablo, Alameda, 2013; y Sheila Schvarzman, Humberto Mauro e as imagens do Brasil, San Pablo, Editora Unesp, 2003.

[35] Nelson Pereira dos Santos, “Preámbulo”, en Cine documental en América Latina, op.cit.

[36] El texto es reproducido en Carlos Bedoya, 100 años de cine en el Perú: una historia crítica (Lima, Universidad de Lima/ICI, 1995), p.181; obra donde refiere a las producciones del grupo, ps. 143 y sgtes. Muy interesantes son las largas entrevistas con sus representantes en Giancarlo Carbone (dir.), El cine en el Perú: 1950-1972. Testimonios (Lima, Universidad de Lima, 1991/1993). Kukili es una compleja película filmada íntegramente en quechua donde el documental etnográfico clásico (con voice over expositiva en español) irrumpe sobre la trama narrativa (basada en una leyenda quechua de origen europeo), mientras la puesta en escena del drama trasluce, con su lenguaje visual y montaje metonímico, la fascinación por el cine mudo europeo, del que sin duda se alimentó Figueroa en su frecuentación de la Cinémathéque francais de Henri Langlois durante sus estudios en París.

[37] This Wonderful World, 16 December 1966, citado por Hardy, op.cit. p. 221.

[38] Según recuerda el propio Ruiz en: José Antonio Valdivia, Testigo de la realidad. Jorge Ruiz: memorias del cine documental boliviano (Huelva, Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, 1998, citado por la segunda edición, 2003), pp. 67-68.

[39] El film era un encargo de la Organización Mundial para la Salud que se traduciría a diferentes lenguas pero nunca sería exhibido en Bolivia. Ambientado en dos países (Bolivia y Birmania), narraba la iniciación de una enfermera en sus primeras labores sanitarias, enfrentándose a la resistencia de los campesinos.

[40] Con el norteamericano Leo Seltzer realizó Detrás de los andes y Los Aymaras/The Aymara Indians, heirs of the Incas (1954), co-producción del American Museum of Natural History y la CBS Television para su emisión en Adventure Series. Algunos años después, sería camarógrafo de Willard Van Dyke en un documental también producido para la CBS (Serie Siglo XI), So That Men Are Free (1963), filmado en Perú y que registraba (en 30 minutos y blanco y negro) el experimento de reforma agraria en el departamento de Ancash.

[41] Como El surco propio (Waldo Cerruto, 1954), sobre la reforma agraria, y los films de Ruiz Un poquito de diversificación económica (1955) y Las montañas no cambian (1962), en conmemoración de los diez años de gobierno revolucionario.

[42] Véase Alfonso Gumucio Dragon, Historia del cine boliviano (México, Filmoteca UNAM, 1983), p.193. En Vuelve Sebastiana se relata la historia del encuentro entre la niña Sebastiana Kespi, de la comunidad Chipaya, y un niño aymara a quien conoce en el viaje que decide emprender para recorrer el altiplano boliviano, un mundo exterior desconocido dado el aislamiento de su comunidad. A través de la aventura de Sebastiana, el cineasta nos introduce en la milenaria cultura chipaya, cuyos ritos y valores se hallan en peligro de desaparición. El encuentro de Sebastiana con el mundo aymara es en cierta medida el encuentro con la modernidad, con un mundo ajeno y quizás amenazante del que la rescatará su abuelo, con la muerte del anciano como resultado. Así, a caballo entre el documental etnográfico y el relato naturalista, Ruiz construye, como señala Gumucio (op.cit.), una parábola en torno a las migraciones desde las áreas rurales a la ciudad.

[43] Alsina Thevenet, “Anoche habló Grierson”, op.cit.

[44] Declaraciones de Grierson a la prensa boliviana, publicadas en Marcha, Montevideo, 19/7/58; p.17.

[45] Un largometraje de ficción -que incluye pobladores como actores naturales- en torno al esfuerzo colectivo del pueblo de Rurenabaque (Beni) por la construcción de una obra de tubería para la provisión del agua potable.

[46] Valdivia, op.cit., p.37.

[47] J. Grierson: “First Principles of Documentary” (1932), en: Ian Aitken (ed.), The Documentary Film Movimentent. An Anthology (Edinburgh, Edinburgh University Press, 1998), pp.81-93, p.90.

[48] Compartimos en este punto el análisis de Vicente Sánchez-Biosca en su ensayo “Paul Strand y las paradojas de la modernidad americana”, en Rafael R. Tranque, De la foto al fotograma. Fotografía y cine documental: dos miradas sobre la realidad (Madrid, Ocho y Medio/Ayuntamiento de Madrid, 2006), ps. 49-70.

[49] Exhibido en la edición del SODRE de 1960. Reverón, un documental anterior de la directora (1953) sobre el pintor venezolano, había sido mostrado en la edición de 1956.

[50] George Sadoul en sus comentarios al film en Les lettres francaise (21/5/1959) lo incluiría en la tradición de Flaherty (Nanouk…), de Eisenstein (Qué viva México), de Paul Strand (Les revoltes d’Alvarado, como se conocía en Francia la citada Redes), de Joris Ivens (Borinage) y de Buñuel (Las Hurdes).

[51] Durante el Festival del SODRE de 1958, Grierson ejemplificaría la posible colaboración de las empresas industriales privadas con el documental independiente con ejemplos de films financiados por la Shell, “sin exigirles a veces la mención de la compañía”, diría.  La mañana, 28/5/58.

[52] Valdivia, op.cit., p.37.

[53] J. Grierson, “Art and Revolution” (1966), en: Ian Aitken (ed.), The Documentary Film Movement..., op.cit., p.126.

[54] Sobre el circuito de festivales en la articulación de relaciones regionales y a través del Atlántico, así como sobre las mutaciones que experimenta entre las décadas de los 50s y los 60s en la visibilidad del documental, véase M.L. Ortega, “Mérida 68. Las disyuntivas del documental”, en M. Mestman (ed.), Las rupturas del 68 en el cine de América Latina (Buenos Aires-Madrid, AKAL-Interpares, 2016), pp. 355-394; M.L. Ortega, “Transnacionalidad y documental a través del Atlántico: perspectivas desde los cines en español”, Transatlantic Studies Network. Revista de Estudios Internacionales 5, 2018 y la conferencia inédita M.L. Ortega, “De Montevideo (1958) a Mérida (1968): mutaciones en la cultura cinematográfica y documental de una década” (I Coloquio Interdisciplinario de Cine y Audiovisual Latinoamericano de Montevideo, Montevideo, 2014). Abordamos el problema de la teleología en el estudio del documental de los años 50s en la conferencia M.L. Ortega, “Memorias del porvenir. Prácticas documentales en la década de los años cincuenta desde una perspectiva transnacional” (III Tercer Congreso Internacional Artes en Cruce, Buenos Aires, 2013).

La evolución del cine etnográfico en el documental latinoamericano

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Por Pablo Calvo de Castro

Resumen

El presente artículo propone un recorrido por el tratamiento del tema indígena en el cine documental etnográfico en América Latina a lo largo de su historia. En primer lugar se realiza un breve repaso del contexto histórico vinculado a la realidad indígena en la región para observar después, a través del análisis de distintas producciones, cómo el género documental de corte etnográfico ha ido evolucionando hasta la actualidad, para convertirse en una herramienta básica en la reivindicación de la identidad y los derechos de las distintas comunidades que todavía pueblan el territorio latinoamericano con una fuerte identidad propia.

Palabras clave

Documental, cine etnográfico, derechos indígenas, herramientas para el cambio social y evolución histórica.

Abstract

This paper proposes a tour of the native question in the ethnographic film in Latin America from its beginnings to the present day. First, a brief review of the historical context linked to indigenous reality in the region and then, through the analysis of different productions, to observe how the documentary genre of ethnographic cutting has evolved until the present time. Today, ethnographic film has become a basic tool for claiming the identity and rights of the different communities that still populate the Latin American territory with a strong identity of their own.

Keywords

Documentary, ethnographic film, native rights, tools for social change and historical evolution.

Resumo

Este artigo propõe a turnê da questão indígena no filme etnográfico na América Latina Desde o seu início até os dias atuais. Em primeiro lugar, este artigo faz uma breve revisão do contexto histórico ligado à realidade indígena na região e então, através da análise de diferentes produções, para observar como o gênero documentário de corte etnográfico evoluiu até o presente momento. Hoje, filme etnográfico tornou-se uma ferramenta fundamental para afirmar a identidade e os direitos das diferentes comunidades que ainda povoam o território latino-americano com uma forte identidade própria.

Palavras-chave

Documentário, filme etnográfico, direitos indígenas, ferramentas sociais para a mudança e evolução histórica.

Datos del autor

Licenciado en comunicación audiovisual y Diploma de Estudios Avanzados en el programa de doctorado “Comunicación audiovisual, revolución tecnológica y cambio cultural”, ambos en la Universidad de Salamanca (España). Finalizada la tesis doctoral: “El cine documental en América Latina, una perspectiva de género” (a la espera de asignación de fecha de defensa). http://orcid.org/0000-0002-7537-2349

Fecha de recepción: 22 de agosto de 2017.
Fecha de aprobación: 25 de septiembre de 2017.

1.- Introducción al contexto histórico y teórico en el que se desarrolla el cine documental de corte etnográfico.

A partir de la década de los sesenta del s. XX la oleada de dictaduras que se produce en muchos de los países de la región, unida a los populismos, el fervor anticomunista, la crisis de la deuda y la irrupción de los modelos neoliberales de la Escuela de Chicago, perpetúa un clima de inestabilidad social que no contribuye en absoluto a generar un contexto en el que se pueda introducir en las agendas de los gobiernos la cuestión indígena. No será hasta la década de los noventa cuando surjan movimientos sociales que visibilicen un problema que ya se venía madurando desde hacía varias décadas.

Como apunta Fabiola Escárzaga (2004: 102), los movimientos proletarios y de clase media de la primera mitad del s. XX son sustituidos, con la llegada del neoliberalismo, por movimientos de lucha por la emancipación de la mujer, de los jóvenes o los indígenas entre otros. Estos últimos buscan la reacción social ante las políticas de exterminio de poblaciones en toda la región. Sirva como ejemplo el caso de Brasil, donde se calcula que en el s. XX han sido exterminadas noventa tribus en la selva amazónica (Halperin Donghi, 2004: 713).

En la década de los noventa el fenómeno trasciende a las esferas sociopolítica y cultural y al ámbito internacional. Bengoa (2009: 6) señala al respecto el término Emergencia Indígena definido como “la presencia de nuevas identidades y expresiones étnicas, demandas y reclamos de las poblaciones indígenas”, hecho que va a variar la agenda de muchos estados y va a visibilizar el problema en la esfera internacional. El mismo Bengoa (1992: 163) concluye que “después de 1992, las poblaciones no indígenas de América Latina tienen una conciencia diferente a lo ocurrido con los indígenas, y los indígenas, por su lado, han sido capaces de desarrollar con fuerza el discurso victimario, […] que no solo se refiere a sus propios problemas, sino que aborda los asuntos más profundos de las sociedades latinoamericanas: su identidad, su historia y su futuro”.

En este sentido, el cine documental se ha configurado como una herramienta de gran utilidad en apoyo de la consecución de los objetivos mencionados en este breve repaso histórico.

Si el punto de partida de este recorrido es el cine documental, teniendo en cuenta que nace como cine etnográfico a finales del s. XIX, habrá que esperar hasta las primeras décadas del s. XX para observar el desarrollo de una narrativa que permita al documental ser una herramienta relevante para “dotar a los sucesos de la importancia de los acontecimientos históricos [además de] introducir la perspectiva moralizadora o las creencias sociales de un autor” Nichols (2001: 77). Son la narrativa y el punto de vista los aspectos que van a diferenciar el cine documental de la mera representación de la realidad, también en el cine de corte etnográfico.

01_Vuelve SebastianaEn paralelo, este tipo de cine se ve influido por la incorporación de técnicas visuales de registro en los trabajos científicos y antropológicos, donde investigadores europeos “vieron en este nuevo medio una herramienta inigualable para explorar, captar y coleccionar las peculiaridades del mundo” (Canals, 2011: 67). Los primeros trabajos de Margaret Mead y Gregory Bateson en Bali tenían un estilo observacional no invasivo, con el fin de mantener la objetividad en el registro a partir de la no intervención. Pero antropólogos y documentalistas se dan cuenta de que la cámara no es solo una “máquina para registrar datos, sino también […] un instrumento que revolucionaría la propia práctica etnográfica y la elaboración teórica” (Ardèvol, 2008: 41). Paulatinamente se va matizando la manera en la que tanto cineastas como antropólogos se acercan al concepto de objetividad para asumir otros métodos de legitimación que introducen nuevos modelos para el cine etnográfico y para la antropología visual (MacDougall, 1995: 129).

Esta convivencia entre el medio cinematográfico o audiovisual como herramienta para el antropólogo y el cine de corte etnográfico impulsado por realizadores –de formación antropológica o no- genera un debate que pretende clarificar las diferencias entre filme etnográfico y documento cinematográfico antropológico. Sol Worth (1995: 206) establece que “un filme etnográfico es un conjunto de signos cuya función es el estudio del comportamiento de una comunidad” pero también apunta que “cualquier película puede ser o no etnográfica dependiendo de la forma en la que se utiliza” (Worth, 1995: 217). Esta idea va de la mano de la expresada por el propio MacDougall (1969-1970: 18) cuando afirma que cualquier película que muestra una sociedad a otra puede ser considerada etnográfica.

Sin ser este debate objeto del trabajo, parece necesario partir de esta doble ruta establecida por la antropología y el cine para llegar al cine etnográfico. Desde Robert Flaherty y esas primeras narrativas incorporadas a películas de marcada sensibilidad etnográfica (De Brigard: 1995: 20) se pasa a un cine de comunicación etnográfica, de fuerte influencia griersoniana, con la popularización de los dispositivos sincrónicos de registro y mucho más livianos (De Brigard, 1995: 22) lo que permite diversificar la manera en la que la cámara se acerca a la realidad. Surgen así nuevas corrientes cinematográficas como el Cinema Verité en Francia o el Direct Cinema en Estados Unidos que modelan las estrategias narrativas del documental de corte etnográfico y que culminan en un cine reflexivo y un cine evocativo (Casetti y di Chio, 1991: 122-123) en tanto el primero tiene la necesidad de referenciar la metodología de elaboración del film en el montaje del mismo, mientras el segundo pretende llevar a cabo un proceso de deconstrucción de la realidad para así mejor dar a conocer otras realidades al público de las películas. En todo caso, este es un breve esbozo de las tendencias que a nivel mundial afectan a la evolución del cine de corte etnográfico y es a continuación cuando se analiza de manera pormenorizada el caso latinoamericano.

2.- Etapas en la evolución del cine etnográfico en América Latina.

El recorrido planteado define cuatro grandes momentos en la evolución del documental de corte etnográfico en Latinoamérica. Así, se identifica un primer periodo en el que se observa un cine de exploración y colonización, en las décadas de los veinte y los treinta; un segundo periodo, en la década de los cincuenta, en el que se observa una clara deriva social en la manera de documentar la realidad; un tercer periodo en el que este cine se desarrolla inserto o en paralelo a las distintas corrientes vinculadas al Nuevo Cine Latinoamericano, en los años sesenta, setenta y ochenta; y un cuarto periodo, desde la década de los noventa hasta la actualidad, en el que se ha redefinido la manera de afrontar la temática indígena, en consonancia con los cambios en el panorama general respecto al tratamiento social de esta problemática.

2.1.- El cine de exploración y colonización.

En los albores del cine documental en América Latina se identifica ya un marcado sesgo etnográfico en varias producciones cinematográficas. Se pueden observar en México ejemplos de cine documental que derivan hacia el mundo indígena y la defensa de sus valores culturales en trabajos como Costumbres mayas (Carlos Martínez de Arreondo, 1915), Las Ruinas de Uxmal (Carlos Martínez de Arreondo, 1919), Fiestas de Chalma (Manuel Gamio, 1922), El sur de México (Manuel Covarrubias, 1926) o Pátzcuaro (Manuel Covarrubias, 1926).

02_ArayaEn varias regiones de América Latina se extiende el uso del cine como instrumento de propaganda en un contexto histórico en el se quiere afianzar un mensaje de progreso y desarrollo, impulsado por la oligarquía comercial y por los gobiernos, y dirigido a la población nacional pero también a migrantes europeos a los que se pretendía persuadir del potencial de una región exótica y con muchos territorios por descubrir. Ejemplos de este argumento son No Paiz das Amazonas (Silvino Santos y Agesilau de Araújo, 1921) y Ao redor do Brasil: Aspectos do interior e das fronteiras brasileiras (Thomaz Reis, 1932), donde las exploraciones ensalzan el tremendo potencial económico de las tierras vírgenes de Brasil pero también encuentran y documentan multitud de comunidades indígenas poco o nada contactadas. Santos y Araújo entrelazan la documentación de la explotación de las distintas materias primas en la región con el contacto con diversas poblaciones indígenas, la fauna y la flora del exuberante paisaje que encuentran en su viaje. Silvino Santos, de origen portugués, radicado en el área amazónica desde muy joven y uno de los pioneros del cine documental brasileño, encuentra similitudes con Robert Flaherty en sus primeras incursiones en el norte de Canadá. Un joven Santos se interesa enseguida por el registro de la sociedad que le rodea, en especial por el mundo indígena, lo que le conecta con el empresario del caucho peruano Julio César Arana, que le contrata para producir material sobre los indios putumayos[1] (Chirif, 2011: 32 y Uribe Mosquera, 2013: 38) y tras dos meses de rodaje pierde todo el negativo en el naufragio del buque que iba camino de Europa para revelarlo, algo que a la postre, al igual que ocurre en el caso de Flaherty, supondría una redefinición de su trabajo, formado por más de ochenta títulos hasta su retiro en la década de los sesenta. La película de Reis, impulsada desde la administración militar brasileña, observa y analiza con ímpetu científico y un fuerte deseo clasificador a las poblaciones indígenas contactadas durante la expedición. Esta actitud puede parecer irrespetuosa a través de los ojos del observador actual y desde de este trabajo es ampliamente criticable por su rol aculturador de las comunidades visitadas, a las que se observa con curiosidad, pero de las que se obvia su idiosincrasia. Sin embargo, si se tiene en cuenta el momento histórico y sobre todo la postura respecto de estas poblaciones en el pasado, la historia debería agradecer a Thomaz Reis su actitud, que posiblemente contribuyó a generar una conciencia de preservación de la identidad y la autonomía de los pueblos indígenas -más allá del control que se ejercía sobre ellos con el Servicio de Protección del Indio- que hoy tutela la FUNAI en Brasil y que sirve de ejemplo para el resto de países de la región amazónica, donde los intereses económicos por la extracción de recursos amenaza la vida de estas personas en comunidades que no han mostrado, hasta la fecha, el más mínimo interés por relacionarse con el hombre blanco y beneficiarse de su desarrollo.

En la misma línea que en Brasil, en Ecuador, el sacerdote Carlos Crespi realizó Los invencibles shuaras del Alto Amazonas (1927), primer documental etnográfico del país y uno de los primeros de América Latina (Gumucio Dagron, 2014: 23). Es un largometraje documental que “parte de las iniciativas de los años veinte en que la sociedad civil y el Estado promovían la colonización del Oriente ecuatoriano y la incorporación de los aún inaccesibles grupos indígenas amazónicos” (Larrea, 2014: 2).

En Bolivia los pioneros del cine documental de los años veinte son Arturo Posnansky, Luís Castillo, Pedro Sambarino y José María Velasco Maidana (Gumucio Dagron, 2003: 141). Llevan a cabo producciones que transitan entre la exaltación patriótica y la generación de una conciencia andina muy vinculada al movimiento indígena y que será el germen de toda una corriente cinematográfica de corte etnográfico en las décadas siguientes. Pedro Sambarino funda en 1923 la Sociedad Cinematográfica Boliviana y produce, con financiación gubernamental, gran número de documentales en la década de los veinte con un marcado sesgo de exaltación patriótica como se aprecia en En el país de los incas (1923), En el corazón de Sud América (1923), Los trabajos del ferrocarril Potosí-Sucre (1923) o Maniobras militares (1923), todos cortometrajes documentales. En 1924 funda la Empresa Pedro Sambarino, con la que produce Corazón Aymara (1924) y con la que inicia un interesante proceso de distribución transnacional que lleva a En el país de los incas (1923) a las salas de Perú.

2.2.- El desarrollo de la vertiente social del cine etnográfico en la década de los cincuenta.

Durante la década de los cincuenta el cine documental se alejará de la exaltación patriótica para introducir la vertiente social también en el cine de corte etnográfico, influido además por avances formales y estéticos que contribuirán a su consolidación como género tras la Segunda Guerra Mundial (De Brigard, 1995: 20)

Aún con estos cambios significativos es necesario destacar de nuevo el caso de Bolivia por su particular idiosincrasia. En un país de marcada mayoría indígena, la Revolución Nacional y el periodo de gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario[2] producen un cine, al frente del que se sitúa Jorge Ruiz, formado por numerosas películas documentales y de ficción destinadas a ensalzar las capacidades revolucionarias construyendo a través de ellas “los perfiles de una identidad nacional integrada como pieza definitoria al mundo indígena” (Ortega y Morán, 2003: 37). Jorge Sanjinés tomará el relevo de Ruiz y continuará aplicando los postulados establecidos por éste a través del Instituto de Cine Boliviano. Se genera así un proceso evolutivo que Ortega y Morán (2003: 37) califican de paradigmático y paradójico, ya que, en la amplia obra de Jorge Sanjinés se dibuja un panorama de progreso con ciertas contradicciones intrínsecas en un país que sostiene una postura revolucionaria nacionalista y anti-imperialista marcada por la identidad indígena a la vez que recurre a la ayuda económica de Estados Unidos.

03_etnocidio-notas-sobre-el-mezquitalPero no solo serán Sanjinés y Ruiz los exponentes de una cinematografía nacional tan particular. También películas como El surco propio (Waldo Cerruto, 1954), sobre la asignación de tierras producto de la reforma agraria de 1953, muestran “la integración indígena en la vía del progreso en la que se inscribe la nación después de siglos se sometimiento a unos y otros” (Ortega y Morán, 2003: 38) utilizando la mecanización como metáfora del desarrollo. En contraposición, pero también en paralelo –de ahí la paradoja manifestada por Ortega y Morán (2003: 40) “en la que el discurso desarrollista es rehén de las políticas de cooperación del Norte”- está la película de Jorge Ruiz Un poquito de diversificación económica (1955), financiada por los Estados Unidos con una finalidad propagandística exógena a fin de demostrar los resultados de sus planes de desarrollo. Pero dentro de la producción revolucionaria también hay espacio para la representación del pueblo boliviano como apoderado de su propio desarrollo, como en Las montañas nunca cambian (Jorge Ruiz, 1962), película producida en conmemoración de los diez años del surgimiento de la revolución en Bolivia.

En el contexto latinoamericano pronto surge la desconfianza hacia estas propuestas de desarrollo e industrialización y su cine documental se orienta hacia la reivindicación social. Tiene gran influencia el festival cinematográfico organizado en Montevideo en 1958 por la Organización de Arte Sodre, en el que se sientan algunas de las bases del Nuevo Cine Latinoamericano y que va a influir en el cine de corte etnográfico en cuanto las películas que allí confluyen atesoran un fuerte sesgo social como Tire Die (Fernando Birri, 1958-1960), Rio, zona norte (Nélson Pereira dos Santos, 1957) o Vuelve Sebastiana (Los Chipayas) (Jorge Ruiz y Augusto Roca, 1953). Además, se produce una conexión internacional de ida y vuelta que aúna la influencia del neorrealismo italiano que el Centro Sperimentale di Roma tuvo en numerosos realizadores latinoamericanos y la presencia de John Grierson en Montevideo como invitado de honor (King, 1994: 145). El británico descubre el trabajo de realizadores como Fernando Birri, Manuel Chambi o Jorge Ruíz –con el que recorrió Bolivia- y “no se limita a transmitir una experiencia, sino que buscan eventuales posibilidades de inserción” (Paranaguá, 2003: 39) de sus modelos cinematográficos en el contexto latinoamericano.

De los títulos producidos en este periodo destaca Araya (Margot Benacerraf, 1959). La cinta, dotada de una gran trascendencia estética, desarrolla, mediante el enfoque etnográfico con una fuerte carga social, el trabajo centenario de los salineros amenazado por la mecanización de los procesos productivos. Películas como El Mégano (Julio García Espinosa, 1955), ¡Torero! (Carlos Velo, 1956), Mimbre (Sergio Bravo, 1957) y sobre todo las mencionadas Tire Die (Fernando Birri, 1958-1960) Araya (Margot Benacerraf, 1959) y Vuelve Sebastiana (Los Chipayas) (Jorge Ruiz y Augusto Roca, 1953) introducen temáticas y técnicas narrativas que en la década posterior van a formar parte de las inquietudes creativas de la mayoría de los documentalistas latinoamericanos. Del mismo modo que ocurre en películas como Le sel de la terre (1950) o Lourdes et des Miracles (1954-55) en las que el cineasta francés Georges Rouquier incorpora un equipo pequeño y portátil, la cámara al hombro y el sonido directo o de ambiente, consiguiendo capturar la realidad con estrategias técnicas y narrativas distintas a las que se venían poniendo en práctica en el periodo anterior, en Vuelve Sebastiana (Los Chipayas) (1953) Jorge Ruiz y Augusto Roca introducen un cambio en la relación entre documentalista y sujeto filmado. Si bien a nivel formal la película mantiene el estilo descriptivo característico de la narrativa propia de la puesta en escena del primer cine etnográfico, como hiciera Nanook of the north (Robert Flaherty, 1922), se introducen personajes que actúan de manera activa y están presentes en la voz en off, que combina un narrador omnisciente con la personificación de la voz de los sujetos documentados y el doblaje de las breves conversaciones entre ellos. Vuelve Sebastiana (Los Chipayas) (Jorge Ruiz y Augusto Roca, 1953) supone, en Bolivia, el punto de partida para una original forma de hacer cine que desarrolla y perfecciona Jorge Sanjinés en la época siguiente en su cine junto al pueblo, modificando el paradigma narrativo occidental a partir de un nuevo lenguaje en el que, además de rodar en la lengua nativa y emplear actores no profesionales, cambia la construcción de la película en la sala de montaje atendiendo a la decodificación del mensaje que hacen las poblaciones indígenas, público de sus propias obras, alejándose así de la concepción cinematográfica clásica y siguiendo un camino propio dentro del cine documental en América Latina. Gumucio Dagron  (2003: 144) añade al respecto que “esta manera de hacer cine sin marcar los límites de una manera tajante […] es uno de los grandes aportes de Jorge Ruíz al cine documental, y sin duda su influencia es más tarde importante en todo el cine de Jorge Sanjinés; […] de Ruíz dijo John Grierson en 1958: <es uno de los seis documentalistas más importantes del mundo>”.

2.3.- El Nuevo Cine Latinoamericano y el cine etnográfico.

Durante los años sesenta, setenta y ochenta, tercer periodo de los establecidos para llevar a cabo el análisis, el cine etnográfico se desarrolla muy influido por la figura de Jean Rouch. Prolífico y controvertido cineasta y antropólogo, quizá sea el más importante realizador de corte etnográfico que ha dado la historia del cine. Si Vigo y Rouquier pueden considerarse los padres del cine documental etnográfico en Francia (Colombres, 1985: 17), Rouch será el hijo aventajado que, con su talento y trabajo[3], llega tan lejos como se propone. Su manera de rodar combina la movilidad de cámara de Vertov con la metodología participativa de Flaherty y con su cine pretende generar una realidad cinematográfica: la verdad de la ficción. La subjetividad en la narración es el hilo conductor que acompaña a las imágenes y proporciona al espectador una interpretación personal. Como apunta Canals (2011, p. 76) “para Rouch la objetividad no se debe entender como una adecuación del filme a una supuesta verdad inherente al mundo, sino, sobre todo como una consecuencia de la reflexividad, es decir, de hecho de hacer manifiestos los mecanismos utilizados durante el rodaje así como el carácter esencialmente interpretativo de toda la película etnográfica”.

Breschand (2004: 32) también reconoce la valía de Rouch como teórico y casi profeta cuando habla de un cine etnográfico directo, intervencionista y participativo, pero también de un estilo que introduce elementos tan utilizados en la actualidad como la voz en off.

Pero no solo Jean Rouch supone una influencia en el cine documental de corte etnográfico en América Latina de este periodo, el enfoque social del neorrealismo italiano que ya aparece en el periodo anterior, la constante relación con las estrategias narrativas de la ficción y sobre todo la capacidad para la innovación formal, van a introducir nuevos lenguajes apoyados por la influencia de personajes como Grierson –tal como se ha comentado en el análisis del periodo anterior- que generan un punto de ruptura en este tipo de cine.

El documental social de corte antropológico se redefine de nuevo en Kukuli[4] (César Villanueva, Eulogio Nishiyama y Luís Figueroa, 1961) mediante el original tratamiento etnográfico de la cultura inca y la idiosincrasia indígena de Perú siendo la primera película rodada en lengua quechua. Es uno de los mayores ejemplos de la renovación del cine peruano de los sesenta surgido de la confluencia de ideas en el Cineclub de Cuzco y de realizadores como Manuel Chambi, Víctor Chambi, César Villanueva, Eulogio Nishiyama o Luís Figueroa. Realizan un cine donde la referencialidad indígena copa todos los argumentarios introduciendo la crítica social combinada con el registro etnográfico que pone en valor al sector mayoritario en la zona andina de Perú –al igual que ocurre en Bolivia- pero que históricamente ha permanecido relegado a la infrarrepresentación.

04_Yo hablo a CaracasVolviendo al caso boliviano, Jorge Sanjinés recoge el testigo de Jorge Ruiz para convertirse en este periodo en el mayor exponente del Nuevo Cine Latinoamericano en su país. En su cine, motivado por las cuestiones identitarias, “se aleja del indígena glorioso del pasado pre-hispánico para volcar su mirada a su descendiente contemporáneo, el indio, y a los problemas que enfrenta en la Bolivia post-revolucionaria” (Córdova, 2007: 139). Fuerte heredero de un estilo que mezcla ficción y documental desarrollado por Jorge Ruiz, Jorge Sanjinés, junto al grupo de cineastas Ukamau, se decanta en la década de los sesenta por producir películas argumentales ya que “consideraban que la presencia de un relato ficcional no entorpecía los planes de divulgación de las problemáticas testificadas en los films, sino que, por el contrario, permitía establecer cierta empatía entre el destinatario y las situaciones narradas” (Flores, 2013: 151). La primera de ellas es Ukamau (1966), también la primera película argumental de Sanjinés, que antes había producido los cortometrajes documentales Sueños y realidades (1961) y Revolución (1963). Mediante una cuidada fotografía y un montaje muy atrevido Sanjinés introduce nuevos planos estéticos en sintonía con el Nuevo Cine Latinoamericano y además pone sobre la mesa cuestiones éticas derivadas de las relaciones entre mestizos e indios, de la manera en que José María Velasco Maidana lo hace entre blancos e indios en Wara Wara (1929).

Con su siguiente película, Yawar Mallku – Sangre del cóndor (1969), Jorge Sanjinés da un salto cualitativo en su filmografía. Pasa “de un cine sobre temática indígena, a un cine hecho desde el punto de vista y la estética indígenas” (Córdova, 2007: 140). Para ello el grupo de cineastas Ukamau decide crear canales efectivos de distribución en “sindicatos, escuelas, juntas vecinales, centros mineros […] y exhibiciones ambulantes de sus películas para las comunidades campesinas” (Córdova, 2007: 141).

También tuvieron que hacer frente a un problema que trascendía el logístico, el cambio de código narrativo en el lenguaje cinematográfico, construido bajo un modelo asimilable para el receptor occidental, pero al que los indígenas bolivianos no se habían expuesto. Es lo que Bordwell (1985: 35) define como la “abstracción de la estructura narrativa que abarca las expectativas típicas sobre cómo clasificar los acontecimientos y relacionar las partes con el todo”. Todos estos cambios de orientación en la creación y distribución se recogen en las obras de Sanjinés Teoría y práctica de un cine junto al pueblo de 1979 y El plano secuencia integral de 1989 y se aplican en el film La nación clandestina (Jorge Sanjinés, 1989), donde el director se aparta de un cine didáctico que genere una cierta alfabetización en los indígenas, para que así pudieran descifrar el código. En el plano estético, “pone a prueba con gran maestría su teoría del plano secuencia integral como una gramática cinematográfica adecuada a la estructura mental, los ritmos internos y la cosmovisión de los pueblos andinos” (Córdova, 2007: 142). En el plano narrativo, utiliza el personaje individual sin contraponerlo a la posibilidad de contar la historia de la colectividad, eje central de la vida indígena.

Con toda su filmografía, que se extiende hasta bien entrado el s. XXI, Sanjinés ha situado a un país que se encuentra entre los más pobres del mundo en el plano internacional con una cinematografía singular que pone en valor a la población indígena como pocos lo han hecho, aportando en lo formal un original formato de hibridación entre lo argumental y lo documental, y en lo narrativo un fuerte sentimiento de denuncia social y un cambio de código adaptado a las poblaciones indígenas de Bolivia.

En México, Etnocidio: Notas sobre el Mezquital (Paul Leduc, 1976) innova esta vez en los aspectos formales, estructurando el relato de manera cíclica y asumiendo un claro posicionamiento de denuncia desde las primeras secuencias en las que a partir de la constatación documental de los datos aportados por el estudio que sustenta la película, ésta va asumiendo un tono crítico respecto de la situación indígena.

En Venezuela, Yo hablo a Caracas (Carlos Azpurúa, 1978) continúa en esta línea desarrollando un cine etnográfico con un claro posicionamiento en defensa de los derechos indígenas que utiliza las técnicas del Cine Directo y asume un fuerte compromiso social con los problemas de su país creando una línea de documental de denuncia que ha derivado hoy en toda una generación de realizadores venezolanos que utilizan el cine documental como herramienta para el cambio social y la defensa de los derechos de multitud de comunidades.

Otra de las novedades formales del cine etnográfico introducidas en este periodo es la individualización de distintas realidades, como ocurre en Hermógenes Cayo (Imaginero) (Jorge Prelorán, 1969) y María Sabina, mujer espíritu (Nicolás Echevarría, 1979). La primera, dirigida por uno de los documentalistas de corte etnográfico más importantes de América Latina, utiliza la técnica subjetiva del relato en off introduciendo una dimensión más humana y generando un estilo etnobiográfico que supera al narrador omnisciente y permite a la imagen registrar la realidad de manera independiente del sonido directo, construyendo así un diálogo en el que ambos elementos narrativos se sitúan en un mismo nivel de referencialidad. En María Sabina, mujer espíritu (1979) Nicolás Echevarría desarrolla un estilo etnográfico a la manera de Nanook of the north (Robert Flaherty, 1922) o Man of Arán (Robert Flaherty, 1934) en el que María Sabina no interpreta un personaje de sí misma sino que es ella misma en sus labores de chamán y curandera. Se aleja del ensayo cinematográfico para utilizar técnicas más relacionadas con el Cine Directo mediante las que logra captar la poética que hay en el personaje.

Todas las propuestas analizadas en el periodo del Nuevo Cine Latinoamericano se desarrollan, como apunta Schroeder Rodríguez (2011: 16), “en dos fases sucesivas aunque no excluyentes […]. La primera fue una fase militante cuya estética documentalista predomina en los años sesenta, cuando muchos cineastas vieron su trabajo como parte integral de un proyecto de liberación política social y cultural. La segunda fase, neobarroca, predomina en los setenta y ochenta”.

En este segundo periodo muchos de los cineastas participantes en la primera etapa, y también muchos de los que recogen el testigo en la nueva década, se proponen trasformar esta militancia en un discurso pluralista identificado con la sociedad civil frente a los regímenes autoritarios que proliferan en la región.

2.4.- Una nueva redefinición del tratamiento del tema indígena en el cine documental.

A partir de la década de los noventa se intensifica la representación del problema indígena a través de un fuerte enfoque social y a partir de “las formas en las que el documental latinoamericano visibiliza a estos ciudadanos doblemente excluidos (por su pobreza y por su raza) [con] el surgimiento de determinadas prácticas etnográficas que apuestan por la autorrepresentación –ligada a la autogestión indígena- cediendo la cámara al otro” (Ortega, 2010: 80), como en la película brasileña O prisioneiro da grande de ferro (Paulo Sacramento, 2004) o en la argentina Los nadies (Sheila Pérez y Ramiro García, 2005).

El desarrollo de los medios digitales de registro y montaje, que abaratan en gran medida los costes de producción y permiten el acceso al cine como herramienta de expresión a colectivos a los que hasta el momento esta opción les estaba vetada, unido a la proliferación de festivales que enriquecen en este periodo[5] un circuito de difusión ya consolidado[6], contribuyen al desarrollo de la producción y de la discusión teórica sobre el cine documental en un momento en el que el enfoque social y de defensa de los derechos de las comunidades cobra de nuevo una gran relevancia.

05_María Sabina mujer espirituPelículas como Chircales (1972) lo hicieron en la etapa del Nuevo Cine Latinoamericano y ahora toman el relevo propuestas en las que “la reflexividad metodológica con la cámara en manos de los indígenas se abre camino” (González Alcantud, 1999: 185), como A arca dos Zo´é (Vincent Carelli y Dominique Gallois, 1993), donde son los propios integrantes de una comunidad los que, dotándose de herramientas audiovisuales provistas por la iniciativa Video nas Aldeias, documentan el encuentro y la interacción con otra comunidad indígena en Brasil. Los aspectos estéticos quedan relegados aquí a un segundo plano y será la redefinición narrativa derivada de la relación establecida entre las dos poblaciones indígenas en contacto a través de las imágenes, la que aporte mayor originalidad.

En un periodo en el que la producción general de cine documental en la región aumenta de forma exponencial, en el ámbito del cine documental de corte etnográfico aparecen títulos como Trópico de cáncer (Eugenio Polgovsky, 2004), Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008), La canción del pulque (Everardo González, 2003) o Voces de la guerrero (Adrian Arce, Diego Rivera Kohn y Antonio Zirion, 2004) que de nuevo rediseñan la siempre ambigua relación entre cine documental y etnografía mediante los patrones cinematográficos más vanguardistas, “con rasgos de identidad propios, casi siempre alejados de la antropología académica” (Zirión Pérez, 2015: 66). Si bien en los títulos referenciados prima la mirada del realizador y en este caso no se puede hablar de un enfoque indigenista que nace desde las propias comunidades, ambas corrientes convergen en lo que desde este artículo se ha querido denominar “el caso venezolano” como confluencia de las distintas trayectorias que a lo largo de la historia ha mantenido el cine documental de corte etnográfico en América Latina. Películas como Kata Outta (Patricia Ortega, 2007), Shawantama´ana (Lugar de espera) (Yanilú Ojeda, 2012) o Wachikua, Nuestra Historia (Aranaga Epieyu, 2014), representan el interés del cine documental de este país por el tema indígena, su reconocimiento dentro de la realidad social y cultural del país y las relaciones de los nativos con el resto de la población nacional, ya que “no sólo se pretende hacer consciente a la audiencia de estas relaciones, sino también de la necesidad de ese reconocimiento” (Ruby, 1995: 168). El caso de Aranaga Epieyu destaca además por ser un actor y director de cine documental y de ficción perteneciente a la etnia wayúu que trabaja en la defensa de los derechos de su comunidad mediante el cine, siendo un claro ejemplo de la evolución de la propuesta que comenzara Video nas Aldeias dos décadas atrás en Brasil y que ahora permite la integración de los propios indígenas en labores de creación y producción de forma totalmente independiente.

3.- Conclusiones.

Tras este breve repaso por la evolución del cine etnográfico producido en América Latina a través de algunos ejemplos se puede concluir que, si bien el género documental ha sufrido una evolución fuertemente influida por los cambios que en los diferentes periodos lo han modelado en la región, también cabe señalar el uso de herramientas formales y estrategias narrativas concretas dentro del tratamiento de la cuestión indígena. En un primer momento, el acercamiento del cine documental a la temática tratada en este trabajo se produce mediante películas de exploración en las que las poblaciones indígenas son representadas al mismo nivel que la flora o la fauna, obviando su idiosincrasia y sin tener en cuenta cuestiones como el respeto por la identidad cultural.

A partir de la década de los cincuenta, con la influencia del neorrealismo italiano en el cine documental latinoamericano y la presencia de realizadores extranjeros como John Grierson, el cine documental se introduce en una vertiente más social, también en las películas de corte etnográfico, que comienzan a considerar la identidad de las comunidades documentadas y se acercan a las mismas a través de motivaciones vinculadas con el respeto por los derechos sociales y la puesta en valor de estas poblaciones.

Este será el germen que eclosiona con la llegada del Nuevo Cine Latinoamericano a partir de la década de los sesenta, que consolida esta vertiente y aporta una serie de novedades técnicas y narrativas que reformulan la manera de contar y permiten acercarse a esta temática desde perspectivas diferentes. Se amplía aquí el rango temático del cine de corte etnográfico, documentando parcelas más concretas de la realidad a través de las que transmitir ideas trasversales que contribuyen a generar un cambio de paradigma respecto de la temática indígena.

Además, como ocurre en el cine documental a nivel general, la línea que separa las técnicas de ficción y de no ficción se torna cada vez más tenue lo que contribuye a incorporar al cine etnográfico estrategias que generan una auténtica narrativa indígena –como en el caso de la cinematografía andina- que permiten, en el siguiente periodo, la consolidación de un cine en el que son las propias comunidades las que toman la palabra. Los miembros de dichas comunidades, teniendo en cuenta el avance general del género documental en la región, serán capaces, en el s. XXI, de asumir este empoderamiento desde las escuelas de cine y las facultades de comunicación latinoamericanas para producir películas desde un rol profesionalizado plasmando la realidad de sus propias sociedades.

Con todo lo dicho, solo cabe añadir que el uso de las herramientas audiovisuales y del cine documental como mecanismo para empoderar y visibilizar a un sector de la población latinoamericana tradicionalmente postergado a la marginalidad, es muy positivo para dichas comunidades y en la actualidad forma parte esencial de las estrategias para logar la justicia social más elemental.

Bibliografía

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Notas

[1] Este material luego formaría parte de su defensa en la acusación, ante los tribunales ingleses -ya que su empresa de explotación de caucho tenía capital británico-, de la esclavización y el exterminio de comunidades de indios putumayos.

[2] La Revolución boliviana se produce en 1952 y el periodo de gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario comprende desde 1952 hasta 1964, momento en el que es derrocado por un golpe de estado.

[3] Hasta su muerte en un accidente de automóvil en Níger en 2004, produce más de cien películas que son una aportación inconmensurable al cine etnográfico, al documental y a la ficción.

[4] Es necesario aclarar que Kikuli () ha sido considerado en ocasiones como un film argumental aunque desde este trabajo se considera como una película documental que incorpora estrategias narrativas propias de la ficción.

[5] A finales del s. XX y comienzos del s. XXI aparecen festivales y encuentros cinematográficos que se dedican por completo al cine etnográfico como el DOCSDF de México (desde 2006), el Ethnocinema celebrado en Viena (desde 2013) el FIFER de Recife (Brasil, desde 2009) o el Viscult FF finés (desde 2001) por citar solo algunos de los numerosos encuentros que se producen a nivel internacional.

[6] Si bien el cine documental y de ficción tiene encuentros internacionales consolidados en los que se ofrece un espacio concreto para el cine etnográfico, eventos como el Festival Jean Rouch en Francoa (desde 1982) o el SIEFF en Italia (desde 1984).

Cineastas brasileñas que filmaron la revolución: Helena Solberg y Lucia Murat

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Marina Cavalcanti Tedesco

Resumen

El huracán de revoluciones que pasó por varios países de Latinoamérica empezaba a ceder en la década de 1980, concentrándose en Centroamérica. Brasil vivía el final de un período contrarrevolucionario. De este modo, los cineastas tuvieron que utilizar la ficción o contextos “prestados”, como fue el caso de From the ashes… Nicaragua today (1982) y El pequeño ejército loco (1984). En este artículo, analizaremos estos dos documentales singulares dentro de la filmografía brasileña: uno por ir a filmar la revolución, otro por tener mujeres como protagonistas de este gesto. Consideraremos los siguientes aspectos: público objetivo, modo de producción, duración del rodaje y estrategias de lenguaje.

Palabras clave

Documental, cine brasileño, Revolución Sandinista, directoras.

Abstract

In the 1980s the hurricane of revolutions that passed through Latin America was losing power and concentrating in Central America. Such processes left a great deal of film where someone tried to register them. Brazil was living the end of a counterrevolutionary period. Because of that, filmmakers had to appeal to fiction or “borrowed” contexts, as in the case of From the ashes … Nicaragua today (1982) and El pequeño ejército loco (1984). This article analyzes these two documentaries, unique within the Brazilian filmography, both for “filming the revolution” and for having women as protagonists of this gesture. It considers the following aspects: target audience, mode of production, duration of filmmaking and language strategies.

Keywords

Documentary, Brazilian cinema, Sandinista Revolution, female directors.

Resumo

Na década de 1980, o furacão de revoluções que passou pela América Latina perdia força, concentrando-se na América Central. Tais processos deixariam muita película onde se tentou registrá-los. No Brasil, vivia-se o fim de um período contrarrevolucionário. Assim, cineastas tiveram que se valer da ficção ou de contextos “emprestados”, como é o caso de From the ashes… Nicaragua today (1982) e O pequeno exército louco (El pequeño ejército loco) (1984). Neste artigo, analisaremos estes dois documentários, singulares dentro da filmografia brasileira tanto por irem “filmar a revolução” quanto por serem mulheres as protagonistas deste gesto. Consideraremos os seguintes aspectos: público-alvo, modo de produção, duração da realização fílmica e estratégias de linguagem.

Palavras-chave

Documentário, cinema brasileiro, Revolução Sandinista, diretoras.

Datos de la autora

Doctora en Comunicación y profesora del grado en Cine y Audiovisual y del Programa en Posgraduación en Cine y Audiovisual de la Universidade Federal Fluminense.

Fecha de recepción: 26 de septiembre de 2017
Fecha de aprobación: 4 de diciembre de 2017

El huracán de revoluciones que pasó con gran intensidad por varios países de Latinoamérica desde finales de los años 1950 empezaba a ceder en la década de 1980, concentrándose prácticamente en Centroamérica. El breve siglo XX se terminaba (Hobsbawn, 1994) y lo que dejaba como huella, más allá de las profundas transformaciones en las sociedades, era muchos metros de película que pretendieron registrar esos procesos.

Ante la imposibilidad de mencionar todas estas producciones, daremos a conocer a algunas de las películas que llevaron a las pantallas la insurrección y la posterior revolución en Nicaragua, las que serán analizadas en este artículo.

Patria Libre o Morir (1978) es un documental costarricense dirigido por Antonio Yglesias y Víctor Vegas, y es el único con el que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se identificó directamente hasta 1979. Nicaragua, los que harán la libertad (1978 o 1979, depende de la fuente), el mediometraje mexicano-panameño realizado por la directora Bertha Navarro, narra la insurrección de septiembre de 1978 y tiene como hilo conductor una familia de combatientes sandinistas (esta misma estrategia de utilizar a una familia como hilo conductor también fue adoptada por Helena Solberg, como veremos más adelante). Monimbó es Nicaragua (1979) es un reportaje[1] que se proyectó  en el Noticiero ICAIC nº 933. Igualmente titulada, Monimbó es Nicaragua (1981), la obra de Adrián Carrasco recupera la historia de una comunidad indígena que se levanta en contra del dictador Anastasio Somoza Debayle. Por fin, destacamos Victoria de un pueblo en armas (1980), de Bertha Navarro, Carlos Vicente Ibarra y Jorge Denti, que relata desde la lucha de Augusto César Sandino hasta la entrada del FSLN a Managua.

Clara Chavarría participa de la vida políticaParalelamente a esta situación, se vivía en el Brasil el final de un período contrarrevolucionario. Por un lado, el golpe civil-militar-empresarial había ocurrido en 1964, presuntamente para evitar “dos, tres… muchos Vietnam” (Guevara, 1967). Actualmente se sabe que esa no era la realidad en aquel momento en el Brasil (Skidmore, 1988). Por otro, los directores nacionales recurrieron a la ficción o a contextos “prestados” para traer la revolución a sus películas –aunque gran parte de la izquierda creyera, así como José Martí, que “patria es humanidad” (Martí, 1895/1973: 468)–.  En este segundo caso se identifican a las películas From the ashes… Nicaragua today (Nicaragua hoy, 1982), de Helena Solberg y O pequeno exército louco (El pequeño ejército loco)[2] (1984), de Lucia Murat y Paulo Adário.

Si la producción bibliográfica de las más distintas áreas demuestra que el rol de las mujeres en las grandes narrativas se ha borrado, eso aparece de forma más acentuada cuando se trata de espacios y funciones fuertemente atravesados por conflictos, por violencia, por luchas y por el riesgo de muerte, espacios construidos y comprendidos como masculinos. De este modo, en el momento contemporáneo, cuando (re)surgen feminismos diversos en varias partes del mundo[3], –lo que viene causando impacto en el cine y aumentando el interés por saber más sobre las mujeres que de él forman/formaron parte–, nos parece crucial tratar estas obras menos investigadas de Solberg y Murat, dos de las más importantes y activas cineastas brasileñas desde el inicio de sus carreras.

From the ashes… Nicaragua today

Helena Solberg ya era una directora con una carrera considerablemente exitosa (obviamente según estándar del cine independiente) cuando decide hacer From de ashes….

Su primera película, A entrevista, tuvo muy poca repercusión en la época que fue realizada (1966) –actualmente, autoras como Tavares (2014) y Holanda (2015) demuestran su importancia para la cinematografía nacional–, pero fue en los Estados Unidos donde sus producciones provocaron gran impacto. The Emerging Woman (1974) integró la selección oficial de las celebraciones de los 200 años de independencia de los Estados Unidos y vendió alrededor de 400 copias para instituciones educativas; The Double Day (1975) que estrenó en la apertura de la Primera Conferencia Internacional de la Mujer, realizada por la ONU (Tavares, 2014).

Sin embargo, Solberg era consciente que necesitaba cambiar algo en su trayectoria, como lo relata a Julianne Burton:

Después de The Double Day y Simplemente Jenny, sentía que tal vez corría el riesgo de volverme una cineasta feminista en una acepción excluyente del término. Yo soy una cineasta feminista, pero no quiero estar limitada solo a hacer películas sobre mujeres. Pasó un tiempo considerable hasta que empezara a trabajar en otra película[4] (Solberg apud Burton, 1986: 92).

From the ashes cartelDurante este tiempo relativamente largo, muchos acontecimientos ocurrieron en Centroamérica, y en especial en Nicaragua. El Frente Sandinista de Liberación Nacional se formó en 1961 (denominado así desde 1963) y se presentó como nueva alternativa de oposición a la dictadura de la familia Somoza. Apenas se formó, este frente emprendió militarmente contra la Guardia Nacional, pero fue derrotado. Seguidamente, empezó un trabajo político en las ciudades y en el campo.

Podemos afirmar en líneas generales que durante muchos años ésta fue la dinámica del FSLN: más fracasos que victorias militares, amplio trabajo de base y creación de redes de apoyo, incluso internacionales. Según las palabras de uno de sus fundadores, Tomás Borge, “el Frente Sandinista no aparece solamente como una organización guerrillera, sino como una organización política que utiliza el instrumento guerrillero como parte de sus formas de lucha. Por eso la guerrilla fue derrotada y el Frente Sandinista sigue existiendo” (Borge apud Pereyra, 2000: 166).

Sin embargo, en 1977, la coyuntura cambió radicalmente. Diversos sectores de la burguesía se declararon contra del gobierno debido a la corrupción generalizada y totalmente expuesta. La guerrilla contaba con mejores armamentos y con un aumento en su cuadro de integrantes, mientras que la Guardia Nacional se desmoralizaba cada vez más. En 1979, después que la ejecución del periodista estadounidense Bill Stewart por agentes de las fuerzas represivas de Somoza se filmó y exhibió en todo el mundo, la dictadura finalmente pierde su último (y fundamental) apoyo, los Estados Unidos. El 17 de julio Anastasio Somoza Debayle renuncia y huye a Miami y, el 20 de julio, los sandinistas entran a Managua recibidos con agasajos de miles y miles de simpatizantes en las calles.

Paralelamente a todo esto, las erupciones sociales ocurrían en El Salvador (en especial la actuación del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional); en Guatemala (con la Unidad Revolucionaria Guatemalteca) y en Honduras (con el Movimiento Popular de Liberación Chinchoneros y Fuerzas Armadas del Pueblo).

Todo esto llegaba al espectador norteamericano como si se tratara de lo mismo, sin hacer diferencias entre país y otro y mucho menos de un movimiento u otro. Solberg percibió que de esa manera las realidades presentadas podrían parecerles homogéneas al público y, además, no se aclaraba quiénes eran exactamente los actores involucrados y cuál era la participación real de los Estados Unidos en estos procesos.

Ante este panorama político la cineasta decidió hacer una película informativa con la que se pudiese dar una dimensión humana a aquella población y de lo que estaba ocurriendo en cada uno de los países. Para esto, se hizo necesario pedirle autorización al Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE), órgano estatal creado en 1979 para fomentar y gestionar la producción cinematográfica nacional.

Entablé con la gente de INCINE muchas conversaciones preliminares a la película, en especial con Ramiro Lacayo. Discutimos qué rol el INCINE debería tener en la producción de la obra, o si realmente tendría que tener algún rol… Yo no quería una coproducción o someter el documental al escrutinio del INCINE. Básicamente, lo que yo quería era tener carta blanca, y fue exactamente lo que obtuve… me impresionó la amplia apertura de los oficiales nicaragüenses (Solberg apud Burton, 1986: 93).[5]

helena solbergUna vez definido el público (la audiencia estadounidense), con la deseada carta blanca y algunos apoyos financieros, la directora empezó su búsqueda por la familia protagonista de From the ashes… Nicaragua today. La decisión de tener una familia como hilo conductor era, además de una opción efectiva del repertorio melodramático en el documental[6], una estrategia consciente para establecer comunicación y empatía con su espectador principal. Por eso, optó por una familia lo suficientemente reconocible, aunque distinta del estándar de una parte de la población de Estados Unidos de aquel momento: un hombre y una mujer que se conocieron y se casaron jóvenes, con cuatro hijos y que, a lo largo del rodaje (el cual tardó un año, algo que no se informó en la película), se involucran cada vez más con la política sin que de hecho pertenezcan a los cuadros oficiales del gobierno.

El cuestionamiento de los personajes es fácil de identificar: Clara, la madre, relata que prestaron más atención a lo que pasaba en el país cuando tuvieron  a su hija mayor, Elis,[7] involucrada con el movimiento estudiantil. Y, aunque estaban de acuerdo con la necesidad de la campaña por el fin del analfabetismo en las regiones remotas del país, extrañaban muchísimo a Gladys y Damaris, las dos menores, que se comprometieron en las brigadas y pasaban meses fuera de casa. Las extrañaban tanto (y se preocupaban tanto por ellas) que un buen día deciden con el padre ir a visitarlas al campo, pero al llegar la alegría se convirtió en tristeza cuando se encontraron con solo una de las hijas en casa.

Si la audiencia estadounidense podía recordar situaciones familiares delante de asuntos políticos que la viviencia de los hijos trae y de la primera vez que dejan el hogar, (cuando van a la universidad, por ejemplo), el montaje y la narración hecha por la propia directora, corroboran a todo instante que la situación particular de esa familia no es única, y sí universal. Así tenemos que desde el inicio de la película se construye la siguiente secuencia:

[plano general de padres jugando con sus hijos en una plaza] Narración: “los Chavarrías viven en Managua” [plano aéreo de Managua], “la capital de Nicaragua, una ciudad casi destruida por los terremotos de 1972. Se construyen nuevos barrios en las afueras de la ciudad.” [plano de grupos de niños y adolescentes andando en patines] “Los Chavarrías habitan una de esas nuevas comunidades, Las Américas, donde viven y trabajan miles de familias.” [tilt up de un hombre trabajando en un telar] “Durante la insurrección, Las Américas fue uno de los sectores más bombardeados de Managua.” Sonido directo. [planos de un juego de fútbol, en que una niña vestida con pollera mete un gol. Una de las hijas de los Chavarrías, vestida con boina y remera sandinista, festeja a lo grande. Plano entero de dos perros, uno pequeño y otro grande en una carretera de tierra]. [Plano medio de mujeres amasando] “Hoy José y su familia, como la mayoría de sus vecinos, se las ingenian como pueden para vivir.”

La articulación entre los niveles macro y micro ocurre permanentemente; y más allá de humanizar a la gente del país, proporciona la base para trabajar el contexto de la película.

Yo hubiera hecho una película más personal si no fuera por el hecho de que si uno hace una película sobre Latinoamérica para un público estadounidense, siempre se tiene que explicar lo básico de lo básico. No se puede presumir cualquier conocimiento por parte de los espectadores. Hay que mostrar la localización y la historia del país, el idioma que habla la gente, etc. […] Si yo pudiera hacer esa película para un público latinoamericano… En ese caso me hubiera permitido profundizarme en mis temas. Por ejemplo, algunas de las secuencias que filmé demostraban tensiones entre el marido y la mujer, pero opté por cortarlas.  (Solberg apud Burton, 1986: 94).

Es importante destacar que From the Ashes... recibió, en 1983, el Emmy de Outstanding background analysis of a current story (mejor análisis de contexto de una historia actual). Fue el reconocimiento de que la directora había logrado uno de sus principales objetivos.[8]

lucia muratFinalmente, trataremos brevemente sobre uno de los temas: cómo las mujeres aparecen en la producción, uno de los cuales a Solberg le hubiera interesado profundizar más. Los Chavarrías son una familia demasiado patriarcal, algo que queda evidente en las imágenes y en la narración. La cineasta se refiere a ellos como “José y su familia” varias veces. A pesar de que haya optado por no profundizar en las tensiones existentes en este núcleo, la perspectiva de un cambio radical considerable en la situación de las mujeres con la revolución se hace evidente de varias maneras.

Por ejemplo, en un nivel más sutil se observa la utilización de un primer plano frontal en que una guerrillera prepara su arma en un momento crucial de la narración, justo cuando se menciona la palabra arma: “después de años de represión gubernamental, que causó miles de muertes, y habiéndose cerrado todos los caminos legales para una oposición política, muchos jóvenes nicaragüenses llegaron a la conclusión de que el único medio para poner fin a la dictadura más larga de Centroamérica era por medio de las armas”.

Por otro lado, de una manera más directa, Clara y una amiga hacen previsiones  sobre lo que creen que cambiará en las relaciones entre hombres y mujeres. La expectativa de las nicaragüenses –y de la misma cineasta– se justifican:

[El FSLN] Se trata de la primera fuerza política de signo “progresista” en el continente latinoamericano, que no sólo no condena el feminismo de forma “explícita”, sino que incorpora la emancipación de la mujer entre sus principios.

Tanto los discursos y documentos partidarios, como los del estado, recogen esta preocupación: desde el I Programa Histórico de 1969, hasta los discursos del I Congreso del FSLN en julio de 1991, tratan la problemática de la discriminación femenina (Poncela, 2000: 32).

Con el tiempo se demostró que la situación de las mujeres no cambiaría de forma estructural en el país, aunque importantes avances ocurrieron, sobre todo en el área legislativa. El tiempo es exactamente una de las características más importantes de O pequeno exército louco, que abordaremos a continuación.

O pequeno exército louco

O pequeno exército louco empezó a filmarse en 1978 y en 1984 la obra estaba terminada. A lo largo de esos seis años, muchas cosas sucedieron, tanto en Nicaragua como en Brasil, y el tiempo dejó sus marcas en la película.

Se captaron imágenes al final de la dictadura somocista, que poco o nada se pudieron aprovechar en el montaje final. El segundo viaje del equipo, en 1979 (del cual Murat no formó parte porque estaba embarazada), coincidió con la llegada de los sandinistas a Managua, los primeros momentos de reconstrucción del país y con la gira conmemorativa del FSLN por otras ciudades; como Monimbó. El corte final del film permite ver este material. Por último, se verifica el registro de una entrevista colectiva a Pastor Coronel, el jefe de la policía paraguaya, luego del asesinato en 1980 del ex dictador nicaragüense que estaba exiliado en el país.

Según la directora, la propuesta del trabajo se modificó significativamente   al fin de la etapa de 1979.

Surgió una idea que terminó por configurarse en Que bom te ver viva [Lucia Murat]…  que mezclaba ficción y documental. Y escribí un guion[9] que era un poco la mezcla de mi experiencia en la guerrilla; era la historia de una persona dentro de un escondite secreto de guerrilleros que pierde; o sea, en realidad no fue esa mi experiencia específica, pero bueno, mi experiencia más o menos autobiográfica. Una persona, en un escondite secreto de guerrilleros que pierde su compañero en esa época y que, en seguida, se va a Nicaragua para hacer una película (Murat, 2010).

Para concretar esa idea, se escribió un proyecto que fue aprobado por Embrafilme. O pequeno exército louco sería, en principio, un largometraje que mezclaría documental y ficción, y del que aún habría que filmar todo el material de ficción. Cuando la edición marchaba en esta dirección, se aprobó  la película Pra frente, Brasil[10] (Roberto Farias, 1982), lo que provocó un escándalo, trayendo después su posterior censura. Como consecuencia, se revisaron todos los proyectos que iban a ser financiados por la institución estatal y la exclusión de aquellos de carácter político. La producción de Murat tuvo que paralizarse en este momento.

En 1984, por razones de índole personal más que profesional, la directora decide terminar la obra. Relata que Paulo Adário se opuso, dado que él creía que deberían continuar luchando para hacer la película que habían proyectado. Sin embargo, esperar ya no era una alternativa. Con el apoyo de una productora de São Paulo y del Consejo Mundial de la Iglesia, finalizaron un mediometraje documental.

Para comprender esta actitud, que podría ser entendida como drástica, se hace necesario considerar lo que llevó a Murat a elegir el cine como profesión.

Cuando estalló la revolución de Nicaragua, con la toma del Palacio Nacional, pensé en mudarme. Es decir, en hacer la película… Recién había dejado la cárcel, estaba muy desorientada y todo lo demás, y necesitaba de una especie de reencuentro con mi generación en Latinoamérica. En realidad, [quería saber] un poco [sobre] lo que pasó, lo que había pasado, quienes eran aquellas personas [los sandinistas] y todo el resto… Ya que venía de una derrota muy grande. (Murat, 2010).

Casi a mediados de la década de 1980, la coyuntura nicaragüense no era más la que la emocionara tanto y que podría de alguna manera recuperar su generación. Siguiendo su manual para lidiar con los intentos de emancipación de los pueblos, los Estados Unidos pusieron en marcha un plan de desestabilización que pasaba por los niveles político, económico y militar. “En ese último aspecto se llevó a cabo una guerra de baja intensidad, con la instalación de un verdadero ejército en el territorio de Honduras y con la ocupación de parte del norte de Nicaragua” (Pereyra, 2000: 212).

Esto se visualiza en la parte final de O pequeno exército louco. Ante la imposibilidad de construir su denuncia basados en imágenes propias, los cineastas tuvieron que utilizar reportajes estadounidenses contemporáneos que mostraban el arsenal bélico movilizado por el país del norte formado por buques, aviones e incluso una guerrilla orquestada por la CIA, sin ningún pudor ; y, en la última secuencia, utilizaron fragmentos de la película Hong Kong (Lewis R. Foster, 1952), en la que Ronald Reagan, en su faceta de actor, interpreta a un veterano de guerra estadounidense, en un papel obviamente positivo.

o pequeno exercito louco - chegada em ManaguaCuando discutimos sobre un documental realizado por personas de izquierda, que claramente tienen simpatía por uno de los lados, ciertas características llegan a nuestras mentes casi automáticamente dada la recurrencia en que las encontramos a lo largo de la historia del cine político y militante: 1) preocupación en explicar el contexto para el espectador, dado las informaciones para que éste pueda establecer la cronología de los hechos, caso el film no sea linear; 2) presentación y/o construcción de personajes, en especial de los que materializan (sea por lo que formulan o por su posición social), el pensamiento del director/directora, no raras veces  buscando generar identificación; 3) las entrevistas se identifican nominalmente o a través de datos que justifiquen la presencia del entrevistado en la tela (profesión, clase, etc.); y 4) el montaje está estructurado a partir de una lógica de causa y efecto. Sin embargo, no encontramos ninguno de estos modelos en O pequeno exército louco. En esta última secuencia se exige del espectador que junte pequeñas pistas dispersas y las conecte para construir sentidos, algo que ocurre prácticamente a lo largo de los 43 minutos de duración de la obra. Incluso se incluye un pronunciamiento de Reagan poco antes de la secuencia final, pero, al contrario de otros personajes públicos (Thomas Borge, Daniel Ortega, Pastor Coronel), se optó por no identificarlo con un lettering. Con eso, sería necesario que la audiencia tuviera la información de que el héroe hollywoodense se haría presidente de Estados Unidos décadas más tarde, y un presidente bastante bélico y conservador.

Siguiendo esa misma lógica, podemos mencionar, entre tantas otras, la secuencia en que se entrevista a una guerrillera sandinista. Después de imágenes de las consecuencias de una masacre de sandinistas, se muestra un plano en blanco y negro (material de archivo) de sandinistas entrando en un avión. Posteriormente, se ve el avión (material de archivo), mientras un audio (también de archivo) nos informa que son integrantes del FSLN llegando al exilio en Panamá. No tenemos idea de cómo lograron salir del país, cuántos eran en total, en que frente luchaban, etcétera. Ni siquiera nos ayudaría pensar la relación con lo que antecede y sucede a la secuencia. Lo que se ve anteriormente es Thomas Borge narrando, brevemente, el surgimiento del FSLN. A continuación en el montaje se intercalan las palabras de una frase pintada en un muro (“Dichosa es la madre que parió un hijo sandinista”) con imágenes que parecen ser las de una madre dándole de comer a su hijo sandinista.

o pequeno exercito louco - guerrilheiraEs evidente que el paso del tiempo produce que las lagunas –intencionales– de O pequeno exército louco se ensanchen. Actualmente solo se conoce la historia de Nicaragua y la revolución sandinista si se tiene algún interés específico por el tema, mientras que en la época de la revolución por lo menos se escuchaba hablar acerca de lo que estaba ocurriendo por otros medios, como la radio, la televisión y los periódicos. Sin embargo, defendemos que, aunque esta obra hubiera sido más difundida durante su estreno, aun así las personas que la hubieran visto, observarían sus lagunas, justamente porque se trataba de una proposición estética y narrativa sostenida desde su dirección. El no contar con un sponsor era un problema por una parte, pero por otro permitió que los realizadores hicieran lo que quisieran dentro de lo que sus limitaciones materiales les permitían. Además, existía la libertad y la experimentación que caracterizan a gran parte de las primeras experiencias cinematográficas en general. Y, lo que nos parece más importante, es fundamental la influencia que el relativo distanciamiento temporal tuvo en la lectura de la situación.

Toda aquella fantasía que habíamos vivido, que fue una fantasía fantástica porque después de años y años de dictadura somocista, el momento en que se concretiza ésta, es un momento en el que se cree que todo es posible, que todo va a cambiar, que todo será un paraíso. Cuando fui a montar [la película], esto ya no existía más. Eso colaboró mucho para que la película no quedara también como una oda a la revolución de una forma un tanto naif. Es decir, la realidad ya era otra (Murat, 2010).

De acuerdo con el testimonio presentado, nos parece que quedan dos sentimientos al final de esta experiencia como espectador: la melancolía que resulta de otra derrota más que se acerca (un gran peso para una mujer que había sido tan duramente masacrada, aún por la propia izquierda), pero también la belleza, el enigmático pasar del tiempo, la mezcla entre sueño colectivo y realidad que “inundan” las imágenes filmadas luego que cae Somoza y asciende el FSLN al poder, algo que el tiempo no logra “secar”. No importa que no podamos darnos cuenta de cuando exactamente cada una de imágenes fue filmada o dónde.

El título, que es un homenaje de Murat a la forma poética que la gran escritora chilena Gabriela Mistral creó para referirse a la guerrilla de Sandino–: “ese pequeño Ejército loco de voluntad y de sacrificio”[11] (Mistral, 1928/2003: 455) – es al mismo tiempo una sutileza que refuerza este segundo sentimiento y hace con que, al tener un referencial, no se pierda de vista incluso en los momentos en que la película parece hacerlo.

Consideraciones finales  

Como hemos analizado, la Revolución Sandinista tuvo como principal impulso la formación del Frente Sandinista de Liberación Nacional, primera fuerza política progresista de la región que incorporó en sus pautas las banderas feministas por el fin de la doble jornada, de la igualdad legal dentro de la familia y en el mundo del trabajo y de acciones para aumentar la participación femenina en los espacios políticos. Fue también la primera revolución de Latinoamérica registrada por varias cineastas mujeres.

Ninguno de estos dos fenómenos sucedió por casualidad, aunque no sea posible recuperar las razones que culminaron en ello en este texto. Lo más importante aquí es destacar que, a pesar de que la categoría “cine hecho por mujeres” sea importante y útil en diversos contextos, al analizar este cine se puede ver que está formado por producciones diferentes entre sí.

Encontramos estrategias fílmicas que a veces se muestran opuestas, solamente investigando las obras de estas dos directoras: montaje regido por la lógica causa-efecto en From the Ashes… y secuencias casi independientes en O pequeno exército louco; la opción de Solberg por representar una familia que conduce la narrativa y la no constitución de personajes individuales de Murat; cuestiones objetivas como sponsor, público, etc., además de las vivencias personales de cada una, fueron cruciales para los resultados demostrados en la pantalla.

Curiosamente, uno de los elementos que más las acerca es la importancia que las mujeres tienen en las dos obras si se considera la relación que cada una de ellas tenía con el feminismo en su época. José podía ser el jefe de los Chavarrías, pero fue Elis quien inició el cambio en la familia; Gladys y Damaris por otro lado, las que se integraron a las brigadas de alfabetización, además de la manera con que Clara desarrolla su compromiso político. Al mismo tiempo, en O pequeno exército louco, las entrevistas a personas anónimas mayormente corresponden a mujeres, guerrilleras o civiles. La guerrillera que llega al exilio panameño, incluso, tiene un estilo al hablar muy similar al de los comandantes y jefes de estado nicaragüense, paraguayo y estadounidenses.

Es evidente que no queremos sugerir ningún tipo de esencia femenina en la realización de estos films; pero sí deseamos llamar la atención sobre uno de los asuntos más agudos de un determinado período histórico, plasmados por Helena Solberg y Lucia Murat.

Bibliografía

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Skidmore, Thomas (1998). Brasil: De Castelo a Tancredo 1964-1985. Rio de Janeiro: Paz e Terra.

Notas

[1] Es necesario recordar que muchos reportajes del Noticiero ICAIC tenían cierta libertad formal que no es asociada a la palabra reportaje con mucha frecuencia. Muchos de los llamados documentales de Santiago Álvarez, por ejemplo, fueron filmados para los Noticieros.

[2] Pese a que en los créditos de la película conste Um pequeno exército louco, la misma cineasta, sea a través de sus dichos o los de su productora, lo denomina O pequeno exército louco, razón por la cual adoptamos este título.

[3] Solamente en Brasil, por ejemplo, podemos hablar del transfeminismo, del feminismo negro, del feminismo radical, entre otros.

[4] Libre traducción de: “After The Double Day and Simplemente Jenny, I felt I might be running the risk of becoming a feminist filmmaker in an exclusionary sense. I am a feminist filmmaker, but I didn’t want to limit myself to make only films about women. A relatively long time passed before I started work on another film”.

[5] Libre traducción de: “I had several preliminar conversations with people at INCINE, especially Ramiro Lacayo. We discussed what role INCINE should have in making this film, or whether it should even have a role… I didn’t want to do a coproduction, or even to submit the film to INCINE’s scrutiny. Basically, I wanted carte blanche, and that’s exactly what I got… I was very impressed by how open the Nicaraguan officials were”.

[6] Para uma discusión profunda sobre melodrama y documentales consultar Baltar, 2007.

[7] La cineasta relata a Julianne Burton (1986) que se quedó fascinada con la figura de Elis y que incluso llegó a pensar que ella fuera el hilo conductor de la historia, idea descartada porque su habla, muy militante y teórica, llena de expresiones-clave de la izquierda marxista, dificultaría la comprensión del público estadunidense.

[8] El objetivo de ser, en alguna medida, didáctica, para una audiencia extranjera es reafirmado cuando la televisión pública y abierta se vuelve su medio de exhibición prioritario. Como afirma Solberg, el adjetivo “independiente” para quienes producen películas es de cierta manera ilusorio, porque el dinero siempre viene de algún lugar, y este lugar irá determinar en mayor o menor grado a la obra (Solberg apud Burton, 1986).

[9] Además de la dirección, Lucia Murat escribió el guion e hizo el montaje. Y Paulo Adário es responsable por la dirección de fotografía.

[10] Para saber más sobre la censura de Pra frente, Brasil, véase Wallace Andrioli Guedes (2015).

[11] Tal frase pertenece al parágrafo: “Los hispanizantes políticos que ayudan a Nicaragua desde su escritorio o desde un Club de estudiantes, harían cosa más honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no les toque ver otro, haciéndose sus soldados rasos. (Al cabo tiene Nicaragua dos fronteras no demasiado pequeñas y que es posible burlar). Cuando menos, si a pesar de sus arrestos verbales, no quieren hacerle el préstamo de sí mismo, deberían ir haciendo una colecta continental para dar testimonio visible de que les importa la suerte de ese pequeño Ejército loco de voluntad de sacrificio. Nunca los dólares, los sucres y los bolívares suramericanos, que se gastan tan fluvialmente en sensualidades capitalinas, estarían mejor donados”.

Cine migrante y alteridad en la obra de Llorenç Soler

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Rafael Tassi Teixeira

Resumen

El trabajo hace una incursión por la reflexión teórico-analítica de las composiciones fílmicas de uno de los pioneros del cine migratorio documental, buscando aproximaciones de los discursos fílmicos en el análisis de las películas sobre inmigrantes del cineasta valenciano Llorenç Soler. Intentando establecer articulaciones entre narrativas cinematográficas, estilísticas documentales y convergencia socio-ficcional de las obras del cineasta, la propuesta del artículo se concentra en alinear perspectivas sobre la sistemática fílmica/reflexiva de Soler a través de sus películas documentales y ensayos sobre migrantes. Al mismo tiempo, se compromete a desarrollar un campo de diálogo entre las teorías migratorias contemporáneas y la contribución de Soler.

Palabras clave

Teoría de los cineastas, Llorenç Soler, Documentales migratorios

Abstract

This work makes an incursion into the theoretical-analytical reflection of the film compositions of one of the pioneers of documentary migratory cinema, the Valencian Filmmaker Llorenç Soler, seeking approximations of the filmic discourses in the analysis of immigrant films. In an attempt to establish articulations between cinematographic narratives, documentary stylistics and socio-fictional convergence of the works of the filmmaker, the article’s proposal focuses on aligning perspectives on Soler’s  film/reflexive systematics through his documentary films and essays on migrants. At the same time, it undertakes to develop a field of dialogue between contemporary migratory theories and Soler’s contribution.

Keywords

Theory of filmmakers; Llorenç Soler: Migratory documentaries

Resumo

O trabalho incursiona pela reflexão teórico-analítica das composições fílmicas de um dos pioneiros do cinema migratório documental, buscando aproximações dos discursos fílmicos na análise dos filmes sobre migrantes do cineasta valenciano Llorenç Soler. Tentando tecer articulações entre as narrativas cinematográficas, as estilísticas documentais e a convergência socioficcional das obras do cineasta, a proposta do artigo se concentra em traçar alinhamentos perspectivos sobre a sistemática fílmica\reflexiva de Soler através de seus filmes documentários e filme ensaios sobre migrantes. Ao mesmo tempo, compromete-se em desenvolver um campo de diálogo entre as teorias migratórias contemporâneas e a contribuição de Soler.

Palavras-chave

Teoria dos Cineastas; Llorenç Soler; Documentários Migratórios

Datos del autor

Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (2004). Profesor del Programa de Maestría y Doctorado (PPGCOM) en Comunicación y Lenguajes de la UTP/PR y Profesor Adjunto de la UNESPAR\FAP (Sociología del Arte y Estudios Culturales). Actualmente, es Vice-Coordinador (desde 2014) del Programa de Posgrado en Comunicación y Lenguajes (PPGCom\UTP).

Fecha de recepción: 21 de agosto de 2017
Fecha de aprobación: 20 de septiembre de 2017

Tesitura social y las márgenes

El cine migratorio documental es un movimiento reflexivo e innovador bajo la perspectiva del cineasta Llorenç Soler[1], desarrollado principalmente a partir de la década de 1980 (Larraz, 2006: 17; Francés, 2012: 26) estableciéndose como un diálogo entre el cine político español y el cine de lo cotidiano. Sus primeros márgenes, no obstante, se localizan en la etapa inicial de su obra fílmica (1966-70), momento en el que dos confluencias fundamentales del final del período franquista (Benet, 2012: 369) son establecidas indirectamente: por un lado, la importancia de la profundización fílmico-crítica ante los problemas sociales subyacentes al dominio de la realidad española de aquel momento; por otro lado, la determinación en arriesgarse contra los modelos artísticos que buscan la vertiente del experimentalismo ante la imposibilidad de un cine independiente (Romaguera-Ramió y Soler, 2006: 27)[2].

hqdefaultEn este sentido, la forma fílmica avanza sobre la condición de la imagen en el cine de Soler del primer periodo (1966-70) ante estas dos características conjugadas en un punto común de enfrentamiento y experimentación, todo ello a través de la asimetría con los parámetros de lenguaje estructurados y repetidos por el cine dominante.

Soler habita lo que, probablemente, es una necesidad de captar la imagen y responderla como denuncia de una realidad concebida sin fisuras, al mismo tiempo en el que alimenta el deseo de recurrir a una identidad cinematográfica en construcción, inspirándose en los grandes movimientos cinematográficos de la década de 1960 y sus características estilísticas-reflexivas[3].

En cierto sentido, este cine de duplicación de imágenes-denuncia, basadas en la memoria social negada por los discursos oficializantes, se respalda en una voluntad artística que refleja una inevitabilidad mayor, caracterizada por la necesidad de canalizar las angustias sociales del momento. Es por ello que existe, en las películas de este periodo, como destaca Benet (2012: 371), cierta determinación insatisfactoria a la luz de una permanente revolución esteticista que, en el caso español, no puede ocurrir completamente en la dimensión cinematográfica, con la emergencia del régimen franquista.

En este aspecto, cineastas españoles del periodo (Picazo, Saura, Esteva y Jordá, etcétera) están en un umbral de resistencia componiendo sus primeras películas como puntos de inflexión cargados de densidad simbólica y soluciones estilísticas que repercuten en un cotidiano asfixiante e ilusorio: las relaciones se convierten en respuestas a los procedimientos de secuencias de desencantos, y existe algo de desesperante bajo una capa de normalidad que molesta por ser narrativamente repetitiva.

Este enfrentamiento narrativo, se mezcla con una voluntad estilística innovadora entre potentes alegorías sociales y cinematográficas que unen un cine que se refleja en manifestaciones clandestinas y vanguardistas. Por tanto, el cine español del momento puede ser fuertemente provocador al avanzar sobre los propios y desconocidos límites, inspirándose en referencias cinematográficas internacionales (Godard) y construyendo obras poéticas y fílmicamente interesantes[4].

En este sentido, Soler se mantiene fiel a una primera arquitectura cinematográfica que se revela, por la forma y por el contenido, un cine de fuerte negación de sometimiento – un cine de sensibilidades impregnadas por la intención de descubrir y frecuentar la frontera. El propio acto fílmico es el brío de esta descolocación insistente, donde la crítica se mantiene como teoría desestabilizante; aquí, prevalece la alteridad en una posición de optimismo para lo que no se conoce (o se conoce poco) y de oposición vehemente para lo que se sabe (intoxicante y hegemónica).

Las alteridades, según el cine de Soler, son libres por la idea – cinematográfica, tangible – de la representación como lugar de encuentro y creación, y no como instancia de disputa (Larraz, 2012: 270). En este aspecto, la voluntad de frecuentar y prolongar el Otro como a sí mismo, en sus formas más insospechadas tiene que ver con la condición única de Soler como un “despertenecido”. Por tanto, el cineasta como verdadero anónimo de sí mismo y de todos, que avanza y realiza una circulación constante (e imprudente) por la capacidad de mantenerse fiel a una arquitectura sistémica y representacional[5].

El documental, como propuesta artísticamente emancipadora y al mismo tiempo comprometido con la realidad social que lo rodea, muestra la contundencia estilística que Soler utiliza para conseguir superar especificidad y lograr alcance. En un tiempo paralelo en el que percibe que no podrá haber indiferencia a no ser en los lugares en los que la crítica no prolifera (el cine dominante, el cine documental), la vocación del cineasta es innegablemente la evocación de un estilo que arremete contra los estados de indiferencia. Las tres primeras películas de Soler (Será tu Tierra, 1965; 52 Domingos, 1966; D´un temps d´un país, 1968) respaldan esta dimensión de praxiología de la crítica (el lugar del habla, la dimensión del ojo).

Son películas que invierten en el dominio del desorden de los sentidos y en la desestabilización ideológica. Pero no sobreviven apenas del enfrentamiento. Relatan, apuntan, denuncian, al mismo tiempo que interceden, frente a lo que está más protegido.

llorenc-soler-2De esta forma, la construcción de la realidad será siempre mediada por la proposición conversacional. Comunicarse es lo más significativo en estos primeros filmes que apelan a la gramática de la convivencia, que no son apenas lecturas, sino respuestas raras a las anestesias sociales. Será tu Tierra, 1965 y 52 Domingos, 1966 son dos películas que incursionan en una dialéctica fundamental, exigiendo una recusa de la indiferencia: pensar el documental como un juego de espejos que dispone las posiciones abiertas y registradas en una circulación constante.

Según Soler, se trata de comprender lo que necesitamos descentrar. Organizar la transferencia de significados. Saber cuál es el local exacto de los procesos de mediación y por qué ellos, por la forma fílmica, pueden superar las categorizaciones más falsas. Por tanto, el cine de Soler en estas primeras películas, no es apenas un cine militante, reflexivo, que conoce su posición de anti-acomodación en la búsqueda por un enfrentamiento constante con los sistemas vigentes. Tiene lugar como un cine de significados, de intento de crítica y teoría, al mismo tiempo, como si pretendiese conciliar especificidad y alcance.

El tríptico inicial (Será tu Tierra, 1965; 52 Domingos, 1966; D´un temps d´un país, 1968), desea fundamentar una propuesta fílmica que no acepta la diferenciación que se volvería todavía más notable en la década de 1970: por un lado, el cine militante y de denuncia social, siendo Soler unos de los primeros cineastas europeos que desarrolla una obra de aproximación a los migrantes (internos y externos ) y al problema de la incorporación segmentada (Portes, 2010: 85);  desde otra perspectiva, el cine estilístico, experimental, que habla sin ningún complejo sobre composiciones narrativas y estados de lenguaje hegemónicos.

Estas tres primeras obras, narrando las expectativas de sujetos marginales (un grupo de migrantes en Será Tu Tierra, un anónimo aprendiz de torero en 52 Domingos, un cantante políticamente comprometido en D´un temps d´un país) ante un país que busca proyectar una ideología de la pertenencia a partir de imágenes cosmopolitas, realizan un enfrentamiento con la propia discursividad. Lugares construidos fílmicamente con fuerte influencia de los círculos artísticos y de la idea de un cine anti monumental: lo mínimo y lo artístico convergen en un testimonio y en un experimentalismo sin confinamientos.[6]

De este modo, Será Tu Tierra abre toda una cinematografía que se interesará por la fuerza de lo común y la imagen de los sujetos subterráneos, que retratan las dificultades de acceso a las viviendas por parte de los trabajadores de una Barcelona cada vez más superficial, esterilizada en sus avenidas centrales. Revela los problemas de conseguir habitación digna por parte de los inmigrantes que viven en chabolas, en imágenes que serán paradojamente criticadas ya que la película fue un encargo del Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona, manteniéndolo, por tanto, lejos de cualquier exhibición oficial.

52 Domingos a su vez, se introducirá en el universo de los aspirantes a toreros en una realidad paupérrima en la que el sueño de conversión en la profesión difícilmente alcanzable revela un fracaso eminente: la película explora la precariedad de la situación de estar al margen, y al mismo tiempo, trata con valor las ilusiones de los toreros neófitos.

D´un temps d´un país, la realización cinematográfica que cierra esta serie de primeras películas osadas (cámara con posición incómoda, ángulos oblicuos, planos largos, articulaciones verbales entre observadores-observados, etc.) muestra la figura de un canta-autor (Raimon) que se retrata a sí mismo ante canciones críticas al momento político del país, buscando contextualizar la trayectoria del artista (imágenes del barrio pobre donde nació, historia de la familia, influencias musicales) y sus posiciones ideológicas.

llorenc-soler-vanavision-660x400No obstante, es la siguiente película la que de cierta forma revela como el cine de Soler busca generar formas de reflexión en paralelo a una actitud artística. El Largo Viaje Hacia la Ira (1969) es un filme representativo del cine migrante y al mismo tiempo del cine de experimentación. Es una obra estilística en su concepción relacional ya que revela el proceso de desplazamiento a partir de secuencias con migrantes andaluces en la Barcelona del desarrollo sin reparto, a la luz de las dificultades de integrar los rostros anónimos del trabajo de la construcción civil[7].

Las imágenes de primeros planos insistentes, los rostros divididos entre la necesidad de encontrar alguna posibilidad de sentir la seguridad perdida, la tierra próspera. El Largo Viaje Hacia la Ira (1969) describe las insistencias de los cuerpos sobre la dimensión del juego de la espera y de la falsa unidad de representación.

La cámara es cotejada con libertad sobre los cuerpos de los inmigrantes, todos clandestinos, todos considerados parias en un mundo en el que la única forma de sobrevivir es la fuerza física de los brazos – en el límite, el tránsito mudo sobre una especie de organización silenciosa, y abnegada, como única salida para el sujeto que ya nace en tierra extraña. Una tierra en la que se desconoce el universo, un lugar que parece ser enteramente disponible como tierra prometida, y no obstante, se transforma en lugar de ausencias.[8]

El Largo Viaje Hacia la Ira (1969) revelará, por tanto, a un cineasta que comprehende las soluciones estilísticas a partir de la vocación para la emergencia de los rostros retratados (fotogramas de las caras de los inmigrantes atravesando los andamios de la estación de tren), de la abertura al contingente (duración de los planos, miradas frontales a la cámara) y de la atmósfera de proximidad con un mismo y diseminado drama.

La película es estéticamente muy potente al conseguir desarrollar una cámara que está invariablemente alrededor de los cuerpos de los inmigrantes, pero también de los detalles de sus movimientos, de los interiores de las viviendas diminutas, de la dificultad de integrarse. Soler se posiciona como cineasta con vocación para el pensamiento social, al mismo tiempo en el que densifica una atmósfera de apertura para la indeterminación fílmica. No hay planos excedentes. No hay situaciones que no sean envolventes. El lenguaje cinematográfico, conjugado con la fuerte característica amateur, como apunta Benet (2012: 425), muestra un comportamiento con los sujetos retratados, al mismo tiempo que incide sobre los detalles de la supervivencia: los rostros marcan ausencias y entrelazan una alegoría sobre la imagen deshecha (la estación de tren solitaria a la que llegan de todas partes de la España de entonces). Están inspirados en el cineasta más importante para Soler en aquella época, Pasolini, y tratan de producir el pensamiento sobre la alteridad.

Finalmente, la alteridad migrante es observada como un recurso de la experiencia de forma fílmica a través de la “pluralidad de sentidos” (Benet, 2012: 427). La esfera de lo inacabado de sus primeras películas tiene que ver, por tanto, con una ampliación del concepto de alteridad metafórica – los cuerpos habitan la dimensión de la experiencia liminar del desplazamiento.

En este sentido, El Largo Viaje invierte en lo que sería importante en las obras del cineasta, reconocido como uno de los más longevos pioneros en retratar las condiciones de vida de los inmigrantes en la España franquista y posfranquista. La experiencia migrante de El Largo Viaje Hacia la Ira resonará, de cierta forma, en muchas de las películas de su carrera. Sobre todo porque es el punto inaugural de un acto de creación – Soler siempre entenderá el documental como una inspiración imposible de ser directamente obtenida – que diseminará una especie de entendimiento sobre la reflexión social y la marcación poética en las películas en las que se desplaza.

La defensa de los planos objetivos, en los que sobresalen los personajes anónimos en las historias cargadas de testigos libres, mezcla rostros e ideas, paisaje e interioridad, haciendo de la película una especia de naturaleza alegórica.

En este aspecto, la película, para Soler, jamás tendrá lugar en una relación simple entre observado y observable, porque el sentido dialógico de las imágenes está fundamentado en una voluntad de producir libertad. Si El Largo Viaje Hacia la Ira busca en la penuria de los inmigrantes las vidas en pausa, las imágenes son omnipresentes y cargan la elasticidad figurativa de la reflexión autobiográfica y del simbolismo manifiesto de estar siempre en proceso de circulación y arrastre (alejarse es una noción limítrofe en muchos filmes de Soler, ya que las figuras escogidas – gitanos, inmigrantes, ‘parias’, aspirantes a toreros, etcétera)

NE2ZZ8IEntre desplazamientos y contingencias, en las película de Soler sobre inmigrantes (El Largo Viaje Hacia la Ira; Ciudadanos bajo Sospecha, 1990; Apuntes para una Odisea Soriana Interpretada por Negros, 2005; Saïd, 1999) hay un volumen significativo de imágenes a partir de una explicita relación entre el ensayo y el clasicismo (Guardia, 2012: 294).

No obstante, el hecho de rechazar la figuración se dimensiona de modo bastante precoz en la historia del cine documental español (Romaguera-Ramió y Soler, 2006: 33), entre un cine de posición más experimental y un cine que maneja los códigos más convencionales – intentado combinar consistencia alegórica y fugacidad narrativa. Las derivas narrativas en los documentales de Soler sobre migración, tensan las presencias anónimas y las voces-testimonios. Pero, de forma intencionada, no hacen sociología de las migraciones porque la duración indeterminada de los planos, la atención a los detalles y la alegorización, problematizan y exploran la forma fílmica como un acto artístico.

Las películas de Soler, hablan de la condición de emergencia migrante; entre presencias y registros, el esquema etnográfico da lugar a la interpretación de la experiencia y, en este sentido, el filme también es un encuentro. Producciones sobre la condición invisible, sobre la ‘oficialidad ‘de las historias institucionales que propagan ocultación y adhesión a una realidad mediatizada. Por eso, para Soler, el filme también es una película denuncia. Es a la vez una apertura a la experiencia autorreflexiva y dirigida al cuestionamiento de las historias de los que luchan por el reconocimiento y supervivencia[9].

La ambivalencia intencional de los discursos migrantes y de la experiencia del propio cineasta como un “desplazado”, hace parte de estas películas que consiguen disponer un entreacto de imaginarios (la realidad del artista, la acogida de lo cotidiano, la deriva de los personajes). Reflejados en la incertidumbre de la imagen como elemento de figuración de los rostros, la emigración se convierte en un asunto recurrente (Bienvenido León, 2012: 76) – la cámara está constantemente en situación de producción de lo inesperado. Las películas articulan una serie de micro relatos y sutiles condiciones observacionales de los que viven en situación de continua indefinición, de los que reciben la desconfianza como una tarjeta de visita (Ciudadanos bajo Sospecha; Apuntes para una Odisea Soriana Interpretada por Negros).

De cierta forma, esta perspectiva refleja una posición original sobre el campo del documental y la frontera entre lo fílmico y lo personal (el autor como un migrante, la migración como la propia vida). Por tanto, los documentales que hablan de los migrantes a lo largo de la trayectoria eclética del cineasta, son articulaciones entre la visión de cómo enfrentar los límites del lenguaje y como retratar a aquellos que traspasan fronteras[10].

En definitiva, la película se convierte en portavoz crítica de la insensibilidad interna de los textos, objeto de estudio revelada en los testimonios cogidos sin pretensión etnográfica, sin exceso de obsesión por el registro. Como escribe Escudero (2014: 29), la alteridad pesimista se explora en la película a partir de las construcciones sobre la identidad paradigmática. Ciudadanos bajo Sospecha, desarrolla la realidad social ante su heterogeneidad constitutiva (Nair, 2010: 51). Siempre en primeros planos profundos, el filme diseca los límites entre texto e imagen, y trata los sujetos filmados en relación a su capacidad de pensar los límites de la experiencia migratoria[11].

En este aspecto, Ciudadanos… expone frontalmente la necesidad de descategorizar la figura de los sujetos filmados, pensados como potencias humanas, rostros con voz y con nombre. Y por tanto, la película no deja de ser un filme que señala la poca profundidad del tratamiento mediático – una mirada sobre mano de obra y no sobre llegada de culturas – justamente en un momento de nueva edificación europea (el nuevo mito de la europeización posterior a la caída del muro). Al crear una película sobre los inmigrantes africanos en Barcelona 1990, Soler problematiza la ciudadanía como un proceso de residencia, y no de nacionalidad.

El discurso de Agnes Agboton, senegalesa casada con un barcelonés, escritora y madre de dos hijos, revela la fuerza de los estereotipos cuando la insistencia metadiscursiva propaga la idea de choque cultural (Zapata–Barrero, 2007: 48). El encuadre irrumpe en una aproximación humana y lenta de la voz femenina, en una sintaxis de registro visible y registro oculto: el uso de imágenes fotográficas familiares acompaña el testimonio sobre la propia historia como la historia de la experiencia del tránsito, dispuesta a romper barreras socio-históricas.

Bajo esa óptica, Ciudadanos… es una película sobre narraciones de corte literario porque la voz es figura clave para pensar el dominio de las representaciones migrantes dentro del ámbito de la posesión de los discursos (mediáticos) que anulan la subjetividad de aquellos que, en la España de la década de 1990, son vistos a partir de la idea colectiva invasionista. Si la película busca las voces migrantes africanas desde la temática de la nostalgia de la pertenencia, la zona de sentidos entre texto, rostro y voz, dialectiza la experiencia de la alteridad a partir de la ciudadanía plural (Portes, 2010: 85).

La película critica la idea de la insistencia en la visión de choque, cuando los inmigrantes hablan abiertamente del pertenecer como un proceso abierto, ante la visión de que el buen inmigrante, como escribe Nacify (2001: 33) y también Teixeira (2016: 15) sobre el cine diaspórico, es aquel que vuelve sin dejar rastros.

Quince años después, el tercer documental de Soler sobre la alteridad migrante, Apuntes para una Odisea Soriana interpretada por Negros (2005), profundiza en la densidad de las declaraciones de Ciudadanos al configurar las relaciones de un grupo de africanos en la provincia de Soria, lugar en el que el propio Soler buscaría exilio voluntario cinco años antes. Caracterizada por ser una de las regiones menos pobladas de España y con una de las menores densidades demográficas del país, es un espacio que continua necesitando personas para seguir manteniendo, mínimamente, los recursos regionales: la película explora la dificultad de interpretación de los inmigrantes dentro del alcance de las representaciones negativas.

Apuntes… destaca la trayectoria de cuatro inmigrantes africanos aislados en la Soria profunda, contrastando las experiencias interculturales con el racismo y la xenofobia incipientes. Soler observa la condición de la alteridad diferencialista, interponiendo las expectativas de los inmigrantes con los diálogos de los ciudadanos sorianos. Existe una apertura al dejar narrar la formación de los extrañamientos, cotejando derivas entre los personajes negros y el entorno lleno de representaciones del pasado: la exposición de los inmigrantes en contraste con las fiestas tradicionales y ceremonias católicas antiguas, las fracturas entre el tiempo de esperar para ser admitido en una sociedad cerrada y construida a partir de la idea de choque.

En este sentido, Apuntes… redimensiona la cuestión de la presencia inmigrante en la España de la primera mitad de los años 2000, a través de un juego entre ficción y realidad, interponiendo memoria, sentido e imaginario al recorrer los testimonios de los inmigrantes y de los sorianos. Con ello se pretende pensar en la sistematicidad negativa de los regímenes de incorporación en expresiones unilaterales[12].

slide2La película explora los diferentes niveles de los relatos y contrasta la historia de la posesión de imaginarios en un trato vocacional que muestra que nada corresponde a la dimensión histórica de la región: tradicionalmente tierra de emigrantes y a pesar de la sentida necesidad demográfica y económica, sigue responsabilizando el inmigrante.

Los primeros planos pausados inscriben la película a metafóricamente: Soler explora los gestos mínimos y las miradas físicas para valorizar la presencia de los inmigrantes cuando andan, observados como si caminasen desnudos en plena Soria, en medio de sus tradiciones y festividades santas[13].

La acción fílmica se denota en el cuidado con el que las voces inmigrantes son entretejidas en las estrategias del retrato, de la preferencia por los primeros planos lentos, en las bases subliminares de los sucesivos rostros humanos que vemos con el inseparable trabajo de pensar la forma fílmica en relación a las fisionomías.

En este sentido, no existe exceso en la sensorialización de la diferencia. La película siempre quiere el diálogo que la sociedad no propone. De cierto modo, los planes son dilatados porque la voz puede ser inesperada y emergente. El relato es el impulsor de ausencias, de las dinámicas intertextuales entre los discursos migrantes y los pesimismos de los autóctonos.[14]

En Apuntes para una Odisea Soriana Interpretada por Negros, el uso de los testimonios in situ, el acompañar fílmico de los inmigrantes en las calles sorianas, la presencia de planos sin voz, inscribe la película en una especie de fisiología de cuerpos que no son vistos (como sujetos) y sujetos que son observados, olvidando la memoria histórica de sus propias condiciones (migrantes, desplazados).

Apuntes es, por tanto, una película sobre la urgencia periódica de las migraciones en las realidades sociales pasadas y contemporáneas. Expone la fuerza de los relatos y de las trayectorias de vida dedicadas a las condiciones de las fronteras, de los impedimentos sucesivos en la participación intercultural. Pero nunca es una relación simple entre lo expuesto y lo interpretable. Las discursividades migrantes son emergentes porque se refieren, al mismo tiempo, a la dimensión personal y a la alegoría cinematográfica.

En este sentido, Apuntes… trae la condición humana en relación a la condición personal. La presencia personalista, incondicional de los inmigrantes se ensaya sobre la forma narrada – en la que el observador también es observado y está en el exilio.

Conclusión: El compromiso con la ‘soldadura’ de la diferencia

La temática migratoria atraviesa cuatro décadas de filmografía en Soler. Proviene de la naturaleza errante del cineasta para cuestionar los límites entre la ficción del territorio y la rudeza de la frontera. Esta condición se asienta en la perspectiva de que la mirada hipertrofiada de los autóctonos, se limita a reproducir los nacionalismos estableciendo estándares de inclusión y exclusión como elementos clave de la política de identidad.

Desde El Largo Viaje Hacia la Ira (1969) a Apuntes para una Odisea Soriana Interpretada por Negros, 2005, la alteridad inmigrante es disecada a partir de una proposición – reflexiva, sensible, propia e intuitiva – que observa a aquellos que son constantemente observados sobre el peso de la alegoría. Sus rostros anónimos imposibilitados de construir sus propias imágenes, sus propios cuerpos limitados a la objetificación. El cine migratorio documental es, por tanto, un movimiento reflexivo e innovador en la perspectiva de Soler, que se establece como un diálogo entre cine político español y cine de lo cotidiano.

De cierta forma, refleja una argumentación original sobre el campo del documental y la frontera entre lo fílmico y lo personal – el autor como migrante, la migración como la propia vida. Soler, un cineasta errante y trasfronterizo, pionero en manifestarse contra todas las formas de reduccionismo y categorización, trata en muchas de sus películas sobre el problema de la reflexión social y de la profundidad de la experiencia.

En este sentido, Largo Viaje Hacia la Ira; Ciudadanos bajo Sospecha, 1990; Apuntes para una Odisea Soriana Interpretada por Negros, 2005; e incluso Saïd (1999), que es una construcción ficcional interpuesta por el lenguaje del documental, se resisten a ser apenas cautelosas, vívidas y humanas valorizaciones de las subjetividades negadas.

Son películas que se inscriben como tales en múltiples procesos de aprendizaje de la alteridad más radical: desde el cinematógrafo a su relación entre lo orgánico (el cuerpo del cineasta) y la indeterminación.

En este aspecto, en Soler, toda forma fílmica se establece cuando se piensa en ella como un proceso de apertura. Las películas con temática migratoria son filmes sobre esa imposibilidad de enfrentarse a la relación.

Es justamente ese deseo de relación, de diagramar sentidos y miradas a partir de las ganas de estar junto al otro, de escucharle, de aprenderlo mil veces. Las películas que trabajan directamente con la producción de los desplazamientos migratorios, en la obra de Soler, repudian la posibilidad de pertenecer sin estar inscrito, en un digno esfuerzo por escuchar al otro.

 

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Notas

[1] Llorenç Soler nace en Valencia (1936) y desarrolla sus actividades de director, realizador de documentales para cine y televisión, profesor (Escuela de Valencia) y teórico de cine, pintor y poeta, ensayista y ‘hombre de los márgenes”, como a él le gusta declararse, a lo largo de más de cuatro décadas de trabajos como artista comprometido con un pensamiento social. La fuerza de su mirada como cineasta, enfatizada principalmente en sus trabajos como documentalista de cine fronterizo, aparece en más de cien obras audiovisuales, incluyendo películas fundamentales de su primera etapa como documentalista: 52 Domingos (1967), El Largo Viaje Hacia la Ira (1969), Sobrevivir en Mauthausen (1975), Gitanos sin Romancero (1976), etc., hasta filmes más recientes sobre ensayos poéticos y reflexiones de personajes olvidados:  Francisco Boix: Un Fotógrafo en el Infierno  (2000), Max Aub: Un Escritor en su Labirinto (2002), Del Roig al Blau (2005), El Hombre que Sonreía a la Muerte (2006), Veinte Proposiciones para un Silencio Habitado (2007). Además, tiene tres obras de ficción en largometrajes: Said (1999), Lola Vende Cá (2000) y Vida de Familia (2007) y una extensión de obra ensayística conceptual en libros sobre la teoría del documental.

[2] El período franquista se determina por la funcionalidad fílmica incorporada en dos polaridades cinematográficas mayoritarias, como discute Torreiro (1995: 378): películas bajo el respaldo de visiones oficialistas del gobierno dictatorial y películas con posiciones – más latentes o más manifiestas – de crítica a la visión intervencionista del régimen. En relación al cine independiente, tal y como escribe Benet (2012: 372), se encuentran cineastas que buscan la realización de un cine social directo – que prima por el choque y por la narratividad que denuncia los modelos hegemónicos capitalistas – y directores que dirigen esta ruptura a partir de modelos experimentales, avanzando sobre expresividades estilísticas y códigos fílmicos dominantes.

[3] Cinéma Verité, Cinema Novo, Cine Marginal, cine underground, pop-art, Cinétracts, cine lúmico español, cine performático, etc.

[4] El cine que se inspira en los procesos de intermedialización y en el concepto de ‘cine expandido’ de Younblood (1970: 124), disecando el propio aparato cinematográfico como vinculación a una ideología dominante y avanzando sobre formas fílmicas en cierto sentido conectado al cine de los primeros vanguardistas históricos (Man Ray, Fernand Léger, Dziga Vertov, Oskar Fischinger, Buñuel y Dalí…).

[5] Aquello que se procesa en un cine intertextual (Macdougall, 1999: 63)

[6] Tal y como apunta Benet (2012: 260), la asistencia frecuente a los círculos artísticos y la influencia del cineclubismo de la década de 1960, el entusiasmo con los movimientos de vanguardia y las relaciones con el cine experimental, deben haber contribuido fuertemente para que los primeros filmes de Soler busquen esta mediación de referencias.

[7] Una película que de cierta forma resuena treinta años después en el documental de José Guerin “En Construcción” (2000), a partir de una Barcelona que sigue necesitando a sus inmigrantes, parias, anónimos, a los márgenes del desarrollo inmobiliario, en este caso, en el barrio del Raval.

[8] Ahora, más de cuarenta años después, en el documental de Icíar Bollaín “En Tierra Extraña” (2014), cuando la búsqueda de la tierra prometida resuena en un mundo repentinamente inhóspito, en el extranjero cada vez más distante, en la voz de uno de sus personajes: “Maldita patria que no da de comer a sus hijos…eso me dijo un español, a lágrima suelta, en Alemania y nunca se me olvida”.

[9] Las películas secuencialmente posteriores a la década de 1960 (Filme sin Nombre, 1970; Carnet de Identidad, 1969; El Altoparlante, 1970) como intensificadoras de una etapa en la que la crónica social comprometida se perfila por la reflexión sobre la cuestión de la (auto) imagen como una imagen de la representación (in)comunicativa de una historia de ausencias; la película-denuncia entremezclada con un cine aforístico, detalle a detalle sobre los procesos de significación de un mundo cada vez más extraño y nocivo a la figura de la alteridad positiva.

[10] Frontera en un sentido liminar y relacional al mismo tiempo, punto de articulación en el que el enfrentamiento tiene lugar bajo una forma más directa y constante.

[11] El paisaje de la detracción original, sus causas específicas, sus deseos comunes; este es el punto central en la articulación de los discursos, varias veces impregnados de nostalgia, varias veces escritos con la posición ante la pérdida de referencias que es todo el proceso de desplazamiento, al mismo tiempo que contempla la apertura a lo nuevo; la voluntad – infelizmente unilateral – de integración, el ansia por la definición y reconocimiento como sujeto y como cultura (Todorov, 2013: 32).

[12] Los testimonios de los sorianos sobre la “amenaza” de la presencia del “exceso” de negros en las calles, la utilización de expresiones que provienen de los medios para intentar interpretar un fenómeno particular y subjetivo: expresiones mediáticas reproducidas en las oralidades como “avalancha’, “invasión”, etc.; Mary Nash (2005: 105) escribe sobre la densidad de estas expresiones y terminologías, retiradas fundamentalmente de los medios norteamericanos y franceses, para ayudar a crear un discurso nominológico que sustenta una visión descontrolada y bastante distante de la realidad social (la presencia necesaria de los inmigrantes) por parte de los medios de comunicación españoles.

[13] La propia discusión, subyacente en toda la película, sobre la cuestión de la “autoctonía” y de la presencialidad es emergente en la meditación auto-critica de la imagen. Al revelar momentos de ruptura entre discurso y representación, la película señala la imprevisibilidad del lugar del encuentro como una riqueza que se pierde en la preferencia por la dramatización de la alteridad en bases mediáticas.

[14] No se desarrolla tergiversación en este formato, porque el documental narrado es salvajemente construido por la subjetividad urgente, reivindicatoria, necesaria. Pequeños aforismos que buscan la dignidad partida de la realidad no comprendida porque no se acepta, por parte de los que miran (más que ver) la dimensión individual y humana de aquel que llega. Es decir, de aquel que aporta, que trae y permite el conocimiento.

Cándido López. Los campos de batalla (José Luis García, 2005): reescrituras de la Historia y la contemporaneidad

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Por Malena Verardi

Resumen

El presente artículo se inscribe en un marco de trabajo más amplio, en el cual se busca analizar las modalidades de construcción y representación de la temporalidad en el cine documental contemporáneo. En este sentido, es posible observar en la escena cinematográfica actual la presencia recurrente de films que remiten al entramado entre historia social e historia personal a través del relato sobre una figura relevante en el espacio social o un hecho histórico de trascendencia. En esta oportunidad, el abordaje se centra en el film Cándido López. Los campos de batalla (García, 2005), que propone varios entrecruzamientos entre un personaje reconocido en el campo de las artes plásticas (Cándido López), un hecho histórico (la Guerra del Paraguay) y la contemporaneidad.

Palabras clave

Temporalidad; Cándido López; Guerra del Paraguay; Historia; Contemporaneidad

Abstract

The present article is part of a wider work which seeks to analyze the modes of construction and representation of temporality in present-day documentary cinema.

In this respect, it is possible to observe in today’s cinematographic scene the recurrent presence of films that refer to the interweaving of social history and personal history, through a story about a relevant character in the social space, or a significant historical event.

On this occasion, the approach is focused on the movie Cándido López. Los campos de batalla [Cándido López. The Battlefields] (García, 2005), that suggests several intertwinings between a well known artist (Cándido López), a historical event (the Paraguayan War), and contemporaneity.

Keywords

Temporality; Cándido López; Paraguayan War; History; Contemporaneity

Resumo

O presente artigo se inscreve dentro de um contexto de trabalho mais amplo, no qual se pretende analisar as modalidades de construção e representação da temporalidade no cinema documentário contemporâneo. Nesse sentido, é possível observar, na cena cinematográfica atual, a presença recorrente de films que remetem ao entramado entre história social e história pessoal através do relato sobre uma figura relevante no espaço social ou um fato histórico de transcendência. Nesta oportunidade, a abordagem é centrada no film Cándido López. Los campos de batalla (García, 2005), o qual propõe diversos entrecruzamentos entre uma personagem reconhecida no campo das artes plásticas (Cándido López), um fato histórico (a Guerra do Paraguai) e a contemporaneidade.

Palavras-chave

Temporalidade – Cándido López – Guerra do Paraguai – História – Contemporaneidade

Datos de la autora

Doctora en Historia y Teoría de las Artes (FFyL, UBA). Investigadora del CONICET, docente en la cátedra Historia del Cine Universal (FFyL, UBA).

Fecha de recepción: 20 de septiembre de 2017.
Fecha de aprobación: 10 de noviembre de 2017.

A modo de introducción

El presente artículo se inscribe en un marco de trabajo más amplio, en el cual se busca analizar el cine documental realizado desde la crisis de 2001 hasta la actualidad. Circunscribiendo aún más el objeto de estudio, el abordaje se centra en el análisis de las modalidades de construcción y representación de la temporalidad por considerar que constituyen un eje central en la narrativa del cine documental contemporáneo. Si bien las reflexiones en torno al tiempo han constituido tradicionalmente una de las problemáticas abordadas por el cine documental a lo largo de su historia, hacia fines de la década del 90 y comienzos del 2000 –en el marco del incremento de la producción y visibilidad del cine documental en el campo cultural−, la cuestión de la temporalidad se ha posicionado como una temática central. Historias de vida, recorridos biográficos, recorridos históricos han comenzado a hacerse presentes en narrativas en las que la construcción de la temporalidad se convierte en uno de los ejes principales del relato. En este sentido, es posible observar en la escena cinematográfica actual la aparición recurrente de films que remiten al entramado entre historia personal e historia social a través del relato sobre una figura relevante en el espacio social o un hecho histórico de trascendencia.[1] Puede pensarse que el abordaje de problemáticas ligadas al tiempo ha recobrado centralidad en el campo de los discursos estéticos (entendiendo al cine como tal) como vía a través de la cual configurar representaciones sobre los efectos de las crisis socio-políticas atravesadas recientemente (la crisis de 2001, resultado, en gran parte, de las políticas llevadas adelante durante la década del noventa). Es decir, que la construcción de significaciones en torno a los conflictos sociales y políticos vivenciados en los últimos años encuentra en las reflexiones en torno a la construcción de la temporalidad un escenario propicio para configurarse y desarrollarse.

Imagen 1En esta oportunidad, el análisis se focaliza en el film Cándido López. Los campos de batalla (José Luis García, 2005)[2], el cual puede encuadrarse dentro del grupo antes mencionado en tanto se trata de un film que presenta varios entrecruzamientos entre un personaje reconocido en el campo de las artes plásticas −Cándido López−, un hecho histórico −la Guerra del Paraguay− y la contemporaneidad.[3] De esta manera, el trabajo propone abordar la compleja relación entre historia, arte y política a través del análisis de los modos de construcción y representación de la temporalidad en el relato fílmico. En este sentido, resulta relevante analizar los recursos y procedimientos fílmicos a través de los cuales toman forma las representaciones temporales en la película.  Siguiendo a Reinhart Koselleck (1993) y a Paul Ricoeur (1999) y su desarrollo de las nociones de “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativa” y de la tesis del triple presente respectivamente, la noción de tiempo aparece como una categoría formal a partir de la cual articular un abordaje del vínculo entre el cine y el contexto en el cual éste se inscribe (la Argentina luego de la crisis de 2001). Descartando una vinculación directa entre ambas variables, así como la suposición de que los filmes ilustran una época, el análisis de la construcción y representación de la temporalidad en el film se plantea como directamente relacionado con las transformaciones experimentadas en el campo socio-cultural contemporáneo. Así, el artículo se propone problematizar la construcción y representación de la temporalidad buscando establecer puntos de contacto con los modos de conceptualizar el tiempo en el plano más amplio de los imaginarios sociales, en un contexto de fuertes transformaciones, caracterizadas por la dilución de las fronteras temporales, la redefinición de las nociones de presente y pasado y los nuevos modos de pensar las relaciones entre historia y memoria (Didi-Huberman, 2006; Harvey, 1998; Huyssen, 2010; White, 2011).

Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia…[4]

La Guerra de la Triple Alianza (o Guerra del Paraguay), en la cual Paraguay se enfrentó entre 1865 y 1870 a la alianza conformada por Argentina, Brasil y Uruguay, constituyó un hecho de singular relevancia en lo que respecta a la constitución de las identidades nacionales en América Latina. Sin embargo, se trata de un acontecimiento histórico que ha sido poco abordado, tanto en el plano de los estudios académicos[5] como, particularmente, en el campo más amplio de las representaciones sobre la Historia –la historia argentina y latinoamericana en este caso−, cuya plasmación más concreta se encuentra en los trazados de las currículas escolares.[6] En el comienzo de Cándido Lopez. Los campos de batalla, un letrero conecta la ausencia de referencias a la Guerra del Paraguay con la indefinición de las fronteras nacionales que aún caracterizaba a los países enfrentados a mediados del siglo XIX: “Hubo una vez en Sudamérica, cuando los límites entre los países eran todavía imprecisos, una guerra que apenas figura en los libros de Historia”. Ciertamente, es posible sostener que el “olvido” se relaciona con los complejos procesos de constitución identitaria de las naciones latinoamericanas, en los cuales ciertos hechos son ubicados en primer plano y otros, como la Guerra de la Triple Alianza, permanecen en una zona difusa, poco esclarecida. María Victoria Baratta señala que la guerra (en términos generales) funciona como una experiencia homogeneizadora en el contexto de la formación de los estados nacionales y que, en este sentido, la Guerra del Paraguay le proporcionó al Estado liberal argentino “una oportunidad de acallar la disidencia interna y de consolidar el Estado nacional centralizado y sus representaciones sobre la nacionalidad argentina” (Baratta, 2014: 100). La mencionada disidencia refiere a la continuidad de las luchas entre unitarios y federales durante la presidencia de Mitre, quien fuera comandante en jefe en la guerra, y a los lazos que mantenían ciertas provincias argentinas con el Paraguay, lo cual generó un alto grado de resistencia al reclutamiento para la contienda. Así lo explicita uno de los personajes entrevistados en el film: “En la provincia de Corrientes la guerra no es una guerra nacional, es una guerra civil, la sociedad correntina se fractura, nuestros viejos aliados habían sido los paraguayos, de toda la vida… Y nuestro principal enemigo había sido el imperio de Brasil y el puerto de Buenos Aires, o sea que era medio loco juntarse con éstos para pelear con los amigos…”. Ya en 1865 Juan Bautista Alberdi había llamado la atención sobre las motivaciones y objetivos de la guerra:

La política actual del general Mitre no tiene sentido común si se la busca únicamente por su lado exterior. Otro es el aspecto en que debe ser considerada. Su fin es completamente interior (…). No es una nueva guerra exterior; es la vieja guerra civil ya conocida, entre Buenos Aires y las provincias argentinas, sino en las apariencias, al menos en los intereses y miras positivos que la sustentan. ¡Pero cómo! –se dice a esto− ¿No está ya restablecida la unión de la República Argentina? ¿No ha contribuido la misma guerra a estrechar y consolidar esa unión? Eso dice Mitre, bien lo sé; veamos lo que hace en realidad. ¿Qué unión quiere para los argentinos? La unión en el odio contra el amigo que hace cinco años puso en paz honorable a Buenos Aires vencida, con las provincias vencedoras. Por el general López, como mediador, está firmado el Convenio de noviembre, que es la base de la organización actual de la República Argentina. Los que hallaron preferible la mediación del Paraguay a la de Francia e Inglaterra, son los que llevan hoy la guerra a ese pueblo a título de ¡bárbaro! (…). La unión decantada deja en pie toda la causa de la guerra civil de cincuenta años, a saber: la renta de las catorce provincias invertidas en la sola provincia de Buenos Aires (1962: 139-140).

La guerra finalizó en 1870 tras la muerte de Francisco Solano López, presidente del Paraguay y comandante en jefe del ejército paraguayo. En sus últimas escenas, el film incluye una frase de Sarmiento, quien continuó el curso de la guerra tras suceder a Mitre en la presidencia del país, que refiere al final del enfrentamiento: “La Guerra del Paraguay concluye por la simple razón −horror referens− de que hemos muerto a todos los paraguayos de diez años para arriba”.[7] Efectivamente, la guerra ocasionó un desastre demográfico en Paraguay –se calcula que los 600.000 habitantes con los que contaba Paraguay en 1865 fueron reducidos a menos de la mitad−[8], a la vez que cercenó el incipiente desarrollo industrial que había llegado a desplegar antes del conflicto.[9] Si, como indica José Luis Romero “(…) al cabo de cinco años había surgido, sobre las cenizas del sacrificio común, una idea más viva de la comunidad argentina” (1956: 160-161), se trató de una idea forjada sobre el exterminio de un pueblo muy cercano, tanto en términos geográficos como −para una parte de la Argentina− culturales.[10] Este escenario, que desde luego no puede considerarse privativo de la Guerra del Paraguay sino común a muchos otros conflictos de naturaleza similar, torna visibles las grietas del proceso de constitución del Estado nacional, algo que la historiografía hegemónica ha tendido a ignorar u omitir y que puede ubicarse como una de las razones del silencio sobre el hecho.

Por otra parte, Javier Trímboli (2008) señala, siguiendo a Halperin Donghi, que uno de los efectos del terrorismo de Estado iniciado en 1976 fue el de instalar la idea de que hasta ese momento la historia argentina no había atravesado conflictos de real envergadura: “(…) Apoyada en un suelo cultural que quería sacarse de encima la beligerancia que tan íntimamente había conocido, [la historiografía argentina] optó por no pensar esas guerras” (2008: 226). Sin embargo, luego de la crisis de 2001 el intento por fundar una “escena de la ley” (Trímboli toma el concepto de Hugo Vezetti), que buscaba desplazar a un panorama dominado por escenas de guerra, se revela como una construcción fallada y, como señala el autor, desde estas fallas posibilita volver a pensar la Guerra del Paraguay.

Imagen 2De esta manera, y en el marco de la expansión de las perspectivas revisionistas desarrollada en los últimos años, la ausencia de referencias sobre un hecho clave en la construcción de la Argentina como nación pareciera haber comenzado a revertirse, como se evidencia a partir de la realización de diversas producciones culturales.[11] El documental de José Luis García se ubica en este contexto. Estrenado en 2005, Cándido López. Los campos de batalla propone un recorrido por la obra del pintor que converge con los recorridos llevados a cabo por los ejércitos de la Alianza en su avance contra el Paraguay. La idea que guía a García, secundado por el nieto del pintor, Adolfo López, consiste en realizar un viaje por los territorios atravesados por Cándido López durante la campaña de la Triple Alianza contra el Paraguay, en la cual ofició como subteniente al tiempo que retrataba gran parte de los escenarios del conflicto. Los acompañará un historiador paraguayo admirador de la obra de Cándido López y especialista en la Guerra de la Triple Alianza −como él mismo se presenta−, llamado, irónicamente, Cirilo Batalla Hermosa. La intención es llegar hasta Curupaytí, donde se libró la batalla en la cual López fue herido en la mano derecha y que marcó el fin de su participación en la guerra. Pocos días antes del viaje Adolfo López enferma, lo cual le impide participar del mismo. Sin embargo, el director del documental, José Luis García, “ya estaba obsesionado con la idea de buscar los sitios exactos que se ven en los cuadros”, por lo que el viaje se inicia de todos modos.

El rastro del pintor

La primera parada es la localidad de Paso de los Libres, en la provincia de Corrientes. Allí el grupo busca el lugar donde se desarrolló el primer combate. Observan un monumento que recuerda la batalla de Yatay, en la cual los aliados resultaron vencedores. Conversan con un escritor amigo de Batalla Hermosa que reflexiona sobre este primer enfrentamiento haciendo alusión a la poca adhesión que generó la contienda entre los argentinos. El recorrido sigue luego el trazado generado por los cuadros de Cándido López, que aluden a las batallas libradas en la guerra: Yatay, Uruguayana, Curupaytí, Tuyutí, o bien a los momentos de descanso o de preparación para el combate. Así, el libro con ilustraciones del pintor que lleva García se convierte en el mapa que establece el camino a seguir. El grupo recorre parte de la Argentina para luego adentrarse en el Paraguay, “un país olvidado en el corazón de Sudamérica” según indica la voz en off del narrador, el propio director el film. En cada una de las paradas, García ubica una escalera en forma de trípode −que transportará a lo largo de todo el viaje−, tratando de encontrar el lugar exacto representado en cada una de las obras. Como su voz en off lo expresa: “Todas las pinturas de Cándido López tienen un punto de vista de altura desde el cual se pueden ver muchas acciones al mismo tiempo. Todos los hombres son igualmente pequeños frente a la naturaleza”.[12] Sin embargo, los puntos de vista que García y su equipo buscan con tesón a lo largo de la travesía, no corresponden a aquellos desde los cuales Cándido López registró las batallas. Los cuadros fueron bocetados durante el transcurso de la guerra desde el llano donde se ubicaba el campamento del ejército aliado.[13] Varios años después del fin de la guerra, y tras aprender a pintar con la mano izquierda a raíz de la pérdida del brazo derecho, López pintó al óleo los dibujos bocetados durante la campaña.[14] Los puntos de vista buscados por García no corresponden, entonces, a los puntos de visión del pintor, sino a su mirada sobre la guerra y por ende, a su lectura e interpretación de la misma.[15] En cada uno de los lugares en los que se van deteniendo, García pone en relación los espacios que aparecen en los cuadros con esos mismos espacios en la actualidad. En algunos casos pueden observarse ciertas coincidencias, en otros −la mayoría−, el crecimiento urbano se ha asentado sobre las huellas del pasado transformando una trinchera en una avenida de la ciudad de Uruguayana o el predio de un viejo cementerio en una fábrica abandonada y una villa miseria. Odina, una profesora amiga de Cirilo Batalla, reconoce en uno de los cuadros el edificio en el cual realizó sus estudios primarios, una vieja estación de telégrafos devenida cuartel del Mariscal López que hoy ya no existe. En otra de las pesquisas que llevan adelante García y sus acompañantes, una mujer a la que consultan por la costa de la casa en la que vive (que aparece en una de las obras) inquiere asombrada: “¿Cómo vinieron así, con el libro nomás?”, −“Es nuestra guía”, responde García−, “Pero escúcheme −insiste entre risas la mujer− Cien años atrás… ¿Cómo va a pretender encontrar la costa igual que cien años atrás…?. Por el contrario, al llegar a la localidad de Paso de la Patria puede observarse un espinillo, un árbol como el algarrobo pero más pequeño, ubicado sobre la costa de un río en un paisaje muy similar al retratado por López en el cuadro Playa de los antiguos corrales. Así, el relato intercala imágenes de los espacios en los cuales se van deteniendo García y sus acompañantes con imágenes de los cuadros que Cándido López bocetó en esos mismos lugares y luego pintó en base a sus apuntes. Las reproducciones del libro sobre el pintor que lleva García son captadas por la cámara a través de travellings laterales realizados despaciosamente de izquierda a derecha, de derecha a izquierda u, ocasionalmente, en sentido vertical, que permiten recorrer cada una de las obras. En este sentido, resulta significativo que el relato opte por emplear este procedimiento –el travelling− en prácticamente la totalidad de las ocasiones en que se reproducen los cuadros, antes que la toma fija. Como señala Roland Barthes en su clásico trabajo “Retórica de la imagen” (2009), la fotografía remite a una dimensión pasada (el haber-estado-ahí), la cual desaparece ante la intervención de la imagen en movimiento (que instaura la dimensión del presente a través del estar-allí). Mary Ann Doane (2012) expresa, retomando a Barthes y a Metz (1974) que:

Imagen 3Las imágenes en movimiento son para el espectador aquí y ahora. Se diría que la fotografía se define para el espectador como la representación de momentos presentes aislados (que el espectador debe vivir como algo ya pasado), mientras que la representación fílmica produce la experiencia espectatorial del presente (2012: 153).

De esta manera, si los cuadros de Cándido López hubieran sido captados por la cámara a través de tomas fijas, hubiesen podido vincularse –en el momento de la toma− a una fotografía y a la dimensión temporal (pasada) que ésta comporta. Al escoger el travelling como recurso para reproducir las obras plásticas –que desde las imágenes que presentan remiten necesariamente a un tiempo pasado, el de la guerra−, el relato introduce el movimiento (por tanto el presente), generando de este modo una confluencia de temporalidades. Se evidencia así el anacronismo postulado por George Didi-Huberman (2005: 28-29) que surge, precisamente, en el pliegue de la relación entre imagen e historia: “la temporalidad de la imagen se presenta cuando el elemento histórico que la produce se ve dialectizado por el elemento anacrónico que la atraviesa”.

A la vez que se suceden las imágenes de los cuadros de López, la voz en off de García narra situaciones alusivas a la guerra −datos sobre las batallas, fechas, comentarios sobre la participación del pintor en la misma− intercaladas con referencias a su historia personal y sus impresiones sobre el viaje. Así, a través del modo escogido para organizar la banda de imagen y la banda de sonido, el relato ingresa en el pasado para retornar luego a la actualidad sin solución de continuidad, imbricando ambas temporalidades.

Al llegar a Curupaytí, la imagen permite observar uno de los cuadros que López pintó en referencia a dicha batalla (Trinchera de Curupaytí), a la vez que la voz en off de García expresa: “Cándido López es herido en su mano derecha por una munición de metralla cuando intentaba pasar la primera línea de trincheras…”. En el momento en que García recorre el lugar el sonido del viento que sopla fuertemente se asemeja en gran medida al generado por una salva de cañones. Una vez más pasado y presente se confunden en un tiempo que los contiene a ambos. En su análisis sobre la imagen-tiempo (1986) Gilles Deleuze indica que, en principio, pareciera evidente que el presente es el único tiempo de la imagen cinematográfica:

Esta posición de principio implica que la propia imagen-movimiento esté en presente, única y exclusivamente. Incluso, parece una evidencia que el presente es el único tiempo directo de la imagen cinematográfica (…) ¿Pero no es ésta la evidencia más falsa, al menos bajo dos aspectos? Por un lado no hay presente que no esté poblado por un pasado y un futuro, no hay un pasado que no se reduzca a un antiguo presente, no hay un futuro que no consista en un presente por venir (Deleuze, 1986: 60).

La coexistencia de tiempos que presenta la narración puede observarse asimismo en las marcas de un pasado −el de la guerra− que retorna constantemente. Lo hace a través de las balas que aún es posible encontrar diseminadas por las costas de los lugares en los que se libraron batallas, a través de las búsquedas de los tesoros presuntamente enterrados por los pobladores para evitar el saqueo del ejército aliado, que todavía se llevan a cabo. El relato revela los implementos utilizados para tal fin, las “máquinas para encontrar tesoros” que los pobladores utilizan para “pasar el tiempo” y da cuenta de la muerte de un hombre a raíz del desmoronamiento de un pozo construido por él mismo para llevar a cabo la búsqueda. Como señala García: “La necedad, la ambición o el sueño de encontrar algún tesoro enterrado sigue sumando nombres a la lista de víctimas de una guerra que concluyó hace más de cien años…”.

Otro elemento que refiere al pasado, en este caso al esplendor pasado, lo constituyen las ruinas de la fundición de Ibicuy. El alto horno de Ibicuy fue construido durante el gobierno de Carlos Antonio López, padre de Francisco Solano. Se trató de la primera fundición en América Latina, la cual alcanzó un desarrollo inédito para la época. García visita el lugar acompañado por Alejandra Peña, una museóloga que participó en la reconstrucción de las ruinas de la fundición, hecha en base a planos originales de la época.[16] Actualmente la misma funciona como museo y resulta una elocuente evidencia de las consecuencias de la guerra en relación con el desarrollo industrial del Paraguay.

Imagen 4Finalmente, el grupo se va encontrando a lo largo del recorrido con distintos monumentos que recuerdan diversos episodios de la guerra, desde la estatua de Mitre erigida en la ciudad de Corrientes en cuya base puede leerse: “Corrientes a Mitre: fue el camino de la victoria y de la nacionalidad”, al busto partido en varios trozos del General del ejército paraguayo José María Bruguez, con respecto al que Batalla Hermosa sostiene: “Le queda el pecho nomás…”, al tiempo que intenta rearmar, como si se tratara de un rompecabezas, la figura completa.

Inicialmente el viaje emprendido por García y Batalla Hermosa se extendía hasta Curupaytí, dado que la batalla allí librada marcó el fin de la participación de Cándido López en la guerra. Sin embargo, una vez en el lugar García decide continuar la travesía: “La Guerra acompañó a Cándido López hasta el fin de sus días. Sentí que tenía que continuar el viaje hasta el fin de la Guerra…” Batalla Hermosa permanece en Humaitá, el pueblo donde nació, el resto del equipo retorna a Buenos Aires. García continúa el viaje hasta llegar a Cerro Corá, el lugar donde Solano López finalmente fue alcanzado por el ejército aliado el 1° de marzo de 1870.

La última secuencia del film se inicia con la voz en off de García que expresa: “Buenos Aires, fin del viaje”. Las escenas transcurren en el cementerio de la Recoleta, donde se halla enterrado Cándido López y en el Museo Histórico Nacional, donde se realizó la muestra por el centenario de su muerte. El relato concluye con imágenes de los cuadros, de la misma manera en que se inició. Un recorrido en apariencia circular que, sin embargo, ha dejado profundas huellas en quienes participaron del mismo.

A modo de conclusión

El objetivo inicial del viaje era recorrer los espacios atravesados por Cándido López en su paso por la guerra. Como García mismo lo expresa: “Al principio no me importaban demasiado las razones ni los objetivos de la guerra, ni sus consecuencias… (…) sólo seguí fascinado el rastro del pintor, Cándido López, el manco de Curupaytí”. El camino realizado transforma profundamente la perspectiva inicial y convierte al documental en una mirada singular sobre un hecho histórico central de la historia social y política de América Latina.[17] A lo largo del recorrido emprendido por García se torna evidente que los efectos de la guerra continúan teniendo plena vigencia en la actualidad y conforman el acervo histórico y cultural de la sociedad paraguaya, a diferencia de lo que ocurre en la Argentina. Todos aquellos con los que se cruza García en su recorrido expresan recuerdos transmitidos de generación en generación como parte de una memoria oral que se constituye en la interacción de narraciones, mitos, objetos alusivos, monumentos y de tiempos pasados y presentes. La elección de los entrevistados incide significativamente en el carácter del documental en tanto se trata, en la mayoría de los casos, de pobladores de la zona vinculados de algún modo con la guerra (a partir de antepasados que participaron en ella o que la recuerdan). Así, el relato elude las figuras que podrían otorgarle entidad científico-académica al discurso, tal vez como una manera de no alinearse con los parámetros de organización del discurso histórico hegemónico, optando por construir el relato a través de voces anónimas que representan al universo de lo popular.[18]

Imagen 5De esta manera, el film propone un viaje en el tiempo y en el espacio que ofrece una mirada sobre un acontecimiento histórico y sus efectos y proyecciones en el presente. Se trata de una mirada que contiene, a su vez, varios puntos de vista: es la mirada de José Luis García sobre la mirada de Cándido López sobre la guerra (la cual, como se mencionó no responde estrictamente a lo visto por los ojos del pintor durante la contienda, sino a su percepción, lectura o interpretación de la misma). A la vez, es la mirada de García sobre un acontecimiento ignorado por el discurso histórico hegemónico que adquiere así una nueva significación. El espectador se convierte en consecuencia en un testigo privilegiado de esta suerte de encadenamiento y despliegue de miradas, ya que es la suya la que contiene todas las demás. En el final, la voz en off de García expresa, aludiendo a uno de los rasgos característicos de los personajes pintados por López: “Los soldados no tienen boca ni ojos. Sólo los muertos ven el fin de la guerra”. El film construye una mirada sobre el después de ese final, que se proyecta hasta la actualidad. Al organizar la representación temporal a partir de la coexistencia de tiempos, el relato refiere a la representación de un hecho histórico en directa relación con la configuración de la contemporaneidad. De esta manera, el pasado se configura en cada interacción con un presente que lo reescribe y el presente se revela como constitutivamente atravesado por el pasado −o pasados−, como parte de una memoria histórica que, a su vez, lo define como tal. Como señala Andreas Huyssen (2010: 13), anteriormente la memoria histórica indicaba la relación de una comunidad o un país con su pasado, pero las fronteras entre pasados y presentes eran más estableces que en la actualidad: “hoy pasados recientes o no tan recientes inciden en el presente a través de los medios de reproducción (…) y por la eclosión de una erudición histórica y de una cultura museística. El pasado se ha convertido en parte del presente”. En este sentido, y en relación con lo expuesto en el comienzo del trabajo, puede sostenerse que el abordaje realizado en el film da cuenta del interés por considerar aspectos de la historia argentina escasamente analizados hasta el momento. Si, como lo indica Trímboli (2008), el escenario posterior a la crisis de 2001 permite volver a pensar hechos como la Guerra del Paraguay, resulta evidente que estas reflexiones involucran, como rasgo distintivo de la época, las condiciones de un presente desde el cual el pasado cobra relevancia y se convierte, a la vez, en un elemento clave para configurar la contemporaneidad. Así, la propuesta del film permite repensar la actualidad latinoamericana considerando el pasado y el presente conjuntamente, a partir de la construcción de un discurso plural que alberga diversidad de miradas y puntos de vista.

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Notas:

[1] Bialet Massé, un siglo después (Iglesias, 2006), La televisión y yo (Di Tella, 2002), El país del diablo (Di Tella, 2007-2008), Por la vuelta (Pauls, 2002), Un pogrom en Buenos Aires (Szwarcbart, 2007), Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Wolf y Muñoz, 2003), Süden (Solnicki, 2008), A vuelo de pajarito (García Isler, 2014), entre otras.

[2] Guión y dirección: José Luis García; Asesoramiento de guión e investigación: Roberto Barandalla – Darío Schvarsztein; Asesoramiento histórico: Arq. Jorge Rubiani; Director de fotografía: Marcelo Iaccarino; Director de Postproducción: Eduardo Yedlin; Edición: Marie Joseph Nenert, Miguel Colombo, Fernando Cricenti, José Luis García; Música: Tony Apuril; Sonido: Carlos Olmedo. Fecha de estreno: 2005.

[3] En otras oportunidades he analizado otro grupo de films, que abordan relatos de vida de sujetos ordinarios, “comunes” y establecen diferentes variables en cuanto a la vinculación con el espacio social contemporáneo (Verardi 2016, 2014, 2013a, 2013b, 2012).

[4] Del tema musical: “Quien quiera oír que oiga” (Litto Nebbia, 1992).

[5] Un completo recorrido por los trabajos realizados al respecto puede encontrarse en “La Guerra del Paraguay y la historiografía argentina” (Baratta, 2014), así como en “La guerra de la Triple Alianza en los límites de la ortodoxia: mitos y tabúes” (Brezzo, 2004).

[6] Marina Moguillansky (2012) señala que la guerra de la Triple Alianza ha estado, a su vez, ausente de la producción cinematográfica, destacándose sólo cinco largometrajes sobre el conflicto en el período comprendido entre el surgimiento de la industria cinematográfica y la creación del Mercosur, en 1991: Alma do Brasil (Luxardo, 1932), La sandre y la semilla (Dubois, 1959),  Cerro Corá (Vera, 1978), Argentino hasta la muerte (Ayala, 1971) y Guerra do Brasil (Back, 1987). Más recientemente se estrenaron Felicitas (Constantini, 2009) y el documental Contra Paraguay (Sosa, 2015).

[7] En la guerra participaron incluso niños de 11, 12 y 13 años. Así lo evidencia una placa recordatoria con los nombres y las edades de los niños muertos en combate en uno de los cementerios visitados por García, director del film, durante el recorrido.

[8] Liliana Brezzo (2004) indica que, además de los efectos demográficos, la guerra trajo aparejada diversas transformaciones en la sociedad paraguaya:

Otras consecuencias menos perceptibles, pero igualmente considerables, fueron las relacionadas con aquellos elementos constitutivos de su memoria como las pérdidas de gran parte de su patrimonio cultural -archivos del Estado y bibliotecas-, la destrucción de lugares de memoria colectiva -monumentos y símbolos nacionales- y las evicciones -como la prohibición del uso del idioma guaraní- que tuvieron su raíz en la reacción contra el sistema político de la preguerra, contenida en el programa de reconstrucción nacional. Esta guerra significó no sólo la destrucción del Paraguay, para el desarrollo posterior de la historia continental, representó el último gran acto de una polémica secular: la disputa fronteriza entre los imperios hispano y lusitano y sus respectivos herederos.

[9] A mediados del siglo XIX, Paraguay poseía una economía proteccionista que le había permitido desarrollar una industria única en América Latina. En este sentido, varios historiadores (Chavez, 1966; Pomer, 1968; Rosa, 1965; García Mellid, 1964; Ortega Peña y Duhalde, 1967; Galasso, 1975, entre otros) han remarcado el rol que cumplió Gran Bretaña en la guerra a través del apoyo brindado a los gobiernos de Argentina y Brasil, motivado por la intención de asegurarse un mercado rentable para sus exportaciones y por el interés en obtener nuevos territorios en los cuales producir algodón, dado que dicha producción había mermado en Estados Unidos a raíz de la Guerra de Secesión (Baratta, 2014). Al respecto, el ingeniero Derlis Perez, uno de los entrevistados por García sostiene que: “(…) en Paraguay se monta la primera locomotora de Sudamérica, la primera fundición de hierro en donde comenzaron a hacerse implementos agrícolas: arados, otras herramientas: palas, machetes, azadas. Todas esas herramientas las exportaba Inglaterra y el Paraguay le estaba haciendo ya una sombra a los productos ingleses y eso no cabía en la razón de ese momento para un país tan chico…”. Mientras Perez expresa sus ideas, el vehículo en el cual se desplaza junto a García atraviesa caminos de tierra, campos desiertos solo poblados por algunos ñandúes que huyen ante la presencia del automóvil y otros bueyes que miran con curiosidad. El contraste entre el relato del esplendor pasado y las imágenes de la actualidad resulta estremecedor.

[10] “¿Qué hace que nosotros los correntinos seamos más argentinos que paraguayos?” -se pregunta uno de los entrevistados por García-. “Si vamos analizar y a hacer el balance -continúa- somos más paraguayos que argentinos: somos fundación paraguaya, nos hemos proclamado durante tres siglos hijos dilectos de Asunción y tenemos una relación con la Argentina que data de 1861 o sea escasamente 140 años…”

[11] El documental “Guerra Guasú” realizado en 2012 por la TV pública, los especiales programados en Canal Encuentro a cargo de José Pablo Feinmann (“La Guerra del Paraguay, un genocidio latinoamericano”), la edición en 2008 de la novela “Cautivas”, de Gabriela Saidón, entre otros.

[12] García expresa que algunas de las escenas Cándido López las pintó más de una vez: “Primero desde una perspectiva de lente angular, poniéndose cerca de los personajes. Algunos años después desde un punto de vista más lejano”.

[13] Una de las anécdotas que refiere el relato da cuenta de un encuentro entre Cándido López y Bartolomé Mitre en el cual éste pide ver los dibujos y lo alienta a continuar su obra augurándole que algún día servirá como testimonio de la historia. En 1885, Cándido López realizó una exposición de su serie de cuadros sobre la guerra (los veintinueve cuadros que había realizado hasta ese momento). Laura Malosetti Costa expresa que: “Tanto los organizadores de aquella muestra como la crítica periodística destacaron la ‘veracidad histórica’ de sus pinturas y la ‘abnegación patriótica’ de aquel inválido de guerra. No eran arte, eran documentos y así las presentaba el pintor mismo” (2001: 18).

[14] Llegó a pintar cincuenta y nueve de los noventa bocetos que había realizado. Durante varios años se negó a vender su obra como no fuera al Estado Nacional que no revelaba interés en adquirirla. García indica que el pintor y su familia llegaron a vivir al borde de la miseria, dado que sólo estaba dispuesto a vender sus cuadros al Estado Argentino como testimonio de la historia. Malosetti Costa (2001: 18) señala al respecto que:

Pese al reconocimiento de sus virtudes patrióticas, no le fue fácil interesar al Estado en la compra de sus cuadros, que finalmente fueron adquiridos para el Museo Histórico Nacional. Fue sólo en la década de 1930 cuando, gracias a la iniciativa del crítico e historiador José León Pagano, la obra de López hizo su ingreso en la historia del arte nacional. Al incluirla en la exposición Un siglo de Arte en la Argentina en 1936, Pagano sostuvo sus valores estéticos y en 1949 publicó la primera monografía sobre el artista, instalando así un interés que culminó con la gran exposición retrospectiva del Museo Nacional de Bellas Artes en 1971.

[15] Malosetti Costa (2001: 18) señala como una de las claves de su obra, la distancia entre las decisiones formales e iconográficas tomadas por el pintor y las convenciones de la época:

Para su serie de la guerra, eligió un formato extraordinariamente apaisado (tres veces la altura en el ancho de la tela), que se prestaba para desplegar vastas escenas enfocadas desde un punto de vista alto y que le permitía ofrecer una imagen de la guerra casi tan clara como un mapa, como una maqueta de las estrategias y acciones militares. Debe tenerse en cuenta que la Guerra del Paraguay fue la primera en ser ampliamente documentada gracias a la fotografía. Pero, a diferencia de otros artistas, López eligió pintar escenas imposibles de abarcar con una lente. Conocía las reglas académicas de la pintura y las técnicas de la fotografía, pero decidió tomar un camino diverso.

[16] Resulta muy extraño, señala Peña, que a pesar del potencial económico que podría haber significado para los vencedores, lo primero que hicieron al llegar al lugar fue destruirlo. Leon Pomer indica al respecto:

La destrucción estuvo a cargo de ochenta hombres (…) que desmontaron piezas importantes de la fábrica de pólvora y fundición de hierro, pusieron fuego a los edificios y oficinas de la fundición, carpintería, tornería, herrería y armería, así como a los pañoles de mantenimiento y combustible. La obra quiso ser completada mediante la destrucción de una compuerta y posterior inundación del estrecho valle en que se hallaba el establecimiento (2008: 243).

[17] En este sentido, Pablo Piedras (2014), en su análisis sobre los modos de abordar el pasado personal y colectivo en los documentales en primera persona, incluye a Cándido López. Los campos de batalla dentro de la tendencia que denomina “Historia orgánica” caracterizada, entre otros rasgos, por el compromiso del personaje que lleva adelante la investigación (García en este caso) con los demás actores sociales que toman parte en el documental. Esto genera en el personaje, indica Piedras, ciertas transformaciones que suelen evidenciase hacia el final del relato.

[18] Trímboli (2008: 220-221) señala que:

Más allá de la diferente acentuación, incluso de sus respetuosos desacuerdos, son voces que parecen compartir el haber quedado al costado de las avenidas mayores que dan forma, monstruosa sin dudas, a la vida social en Argentina y en la América Latina actuales; me refiero fundamentalmente al mercado con sus jerarquías y fragmentaciones, con sus zonas intensas de conexión y con sus extensas áreas precarias, aunque también a las instituciones políticas y culturales que atraviesan desde hace ya varios años largas horas críticas.

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La construcción poética de la figura de Ernesto Guevara en el cine estrenado en Buenos Aires en el año del descubrimiento de sus restos.

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Por Jimena Cecilia Trombetta

Resumen

La figura de Ernesto Che Guevara fue representada en diversos documentales a partir de su muerte. En el presente artículo nos interesa analizar el documental de Fernando Birri, Che, ¿muerte de la utopía? (1998); y el de Leandro Katz, El día que me quieras (1997). Mediante ellos pensaremos cómo se vació de sentido la figura de Guevara en los años ‘90, y cómo esta situación, sumada a la búsqueda de sus restos y el aniversario número 30 de su muerte, activaron la reconfiguración de su figura no sin caer en diversos mitos a través de la utilización de las famosas fotografías de Freddy Alborta y Alberto Korda. Para dicha empresa tendremos en cuenta autores afines a los conceptos de memoria, mito e imaginario.

Palabras clave

Documental; Ernesto Che Guevara; Imaginarios sociales;  Mito;  Memoria.

Abstract

The figure of Ernesto Che Guevara was represented in several documentaries from his death. In this article we are interested in analyzing the documentary by Fernando Birri, Che, ¿muerte de la utopía? (1998); And Leandro Katz, El día que me quieras (1997). Through them we will think how the figure of Guevara emptied of sense in the years ’90, and how this situation, added to the search of its rest and the anniversary number 30 of his death, they activated the reconfiguration of his figure not without falling in diverse myths to Through the use of the famous photographs of Freddy Alborta and Alberto Korda. For this company we will consider authors related to the concepts of memory, myth and imaginary.

Keywords

Documentary; Ernesto Che Guevara; Social imaginary; Myth; Memory.

Resumo

A figura de Ernesto Che Guevara foi retratado em vários documentários de sua morte. Neste artigo, queremos analisar o documentário de Fernando Birri, Che, ¿muerte de la utopía? (1998); e Leandro Katz, El día que me quieras (1997). Através deles, vamos pensar como esvaziada de sentido a figura de Guevara nos anos 90, e como esta situação, juntamente com a busca de seus restos e os 30 anos da sua morte, desencadeou figura reconfiguração sem cair em vários mitos através do uso das famosas fotografias de Freddy Alborta e Alberto Korda. Para a empresa irá considerar conceitos relacionados com a memória, mito e  imaginário.

Palavras-chave

Documentário; Ernesto Che Guevara; Imaginarios social; Mito; Memória.

 

Datos de la autora

Jimena Cecilia Trombetta (Buenos Aires, 1983) es Doctora en Historia y Teoría de las Artes (UBA). Actualmente posee una beca posdoctoral otorgada por el CONICET por su proyecto de investigación “La construcción poética y simbólica de la figura de Ernesto Guevara en las obras cinematográficas y teatrales producidas y estrenadas en Buenos Aires desde el descubrimiento de sus restos hasta la celebración del Bicentenario”.

Fecha de recepción: 27 de marzo de 2017.
Fecha de aprobación: 5 de mayo de 2017.

Introducción

La figura de Ernesto “Che” Guevara se comprende como líder político, héroe romántico, héroe épico o mártir dentro de los imaginarios[1] culturales. Este tipo de perfiles heroicos fueron a su vez vinculados con imágenes provenientes de la literatura, la historia y la religión. Así, se desarrollaron algunas comparaciones ideológicas con personajes de ficción como Don Quijote y Robinhood, con  Giuseppe Garibaldi por la analogía histórica por sus luchas independentistas[2], y con Cristo a raíz de la foto tomada por Freddy Alborta. Esta promoción de la figura se llevó al cine recurriendo a la construcción del personaje mediante documentos filmados, fotografías que circularon sobre su rostro, y testimonios sobre la impresión que daba su figura. De esta manera, se resignificó y reformuló la imagen tanto en lo público como en su mundo cotidiano. Son numerosas las películas que no solo narran los momentos de la guerrilla y su desempeño político en Cuba sino también su relación con su familia y su adolescencia. Toda esta producción ha contribuido a seguir mitificando a dicho personaje histórico con sus representaciones que  fueron determinadas por el momento histórico en el que se realizaron.

Particularmente en este artículo nos interesa pensar la figura del Che Guevara en el año del descubrimiento de sus restos ya que vemos en ella una creciente productividad fílmica. Así el corpus a trabajar se compone específicamente de los films, El día que me quieras[3] (Leandro Katz,[4]1997) y Che ¿Muerte de la utopía? (Fernando Birri[5],1998). En el caso de Leandro Katz existía una inquietud por analizar el impacto que había tenido la fotografía de Alborta, algo que llevó junto al film un sin fin de estudios teóricos que también se preguntaban por el fenómeno mítico de la figura. Birri dentro de su documental realizado en los ‘90 se preguntaba por el conocimiento o no de la figura de Guevara en diversas partes del mundo. Moira Fradinger retoma sobre el Fernando Birri de 1963 que “el documental, al testimoniar cómo es esta realidad, la niega. Reniega de ella. La denuncia, la enjuicia, la critica, la desmonta. Porque muestra las cosas como son, irrefutablemente, y no como querríamos que fueran, o como nos quieren hacer creer, de buena o mala fe, que son (Birri, F:, 1964, 13)” (Fradinger, 2015: 52).

Alborta_33A lo largo de este artículo consideraremos los aspectos estéticos que se formulan en los documentales seleccionados para observar como se manejan las fotografías de Guevara, los archivos y los testimonios, con la finalidad de observar como se vació la imagen y cómo se le otorgó el carácter crístico. Como los modos de narrar las imágenes de la figura conllevan un pasado histórico sobre la misma, con sus distintas lecturas previas al descubrimiento de sus restos, consideraremos como primera medida estudiar cómo se lo consideraba en los años inmediatos a su muerte. Luego estableceremos dos apartados más que estudien dos puntos que enmarcan dos fotografías distintas: la de Alberto Korda, símbolo de la lucha; y la de Freddy Alborta, símbolo de su muerte. Para este análisis específico tendremos en cuenta el trabajo realizado por Alejandro Bruzual.

¿Desde qué perspectiva se lo comparó con Cristo? Como primera medida tenemos que considerar que son bastos los testimonios de los lugareños de Vallegrande, y de La Higuera que, habiendo visto el cadáver del Che, declaraban la similitud con Cristo. También se lo comparó con el líder cristiano debido a las fotografías tomadas aquel 10 de octubre de 1967 por Freddy Alborta. La angulación y los planos de aquellas fotografías comparaban al cuerpo de Guevara con La lección de anatomía del profesor Tulp de Rembrandt y con el Cristo muerto de Mantegna, esto ya analizado por ejemplo en el trabajo de John Berger “Che Guevara muerto”[6].

Ernesto Guevara antes de los años ‘90.

Eric Hobsbawm  realizó un estudio historiográfico en el que desarrolla un recorrido sobre como el marxismo fue considerado en diversas regiones tales como Asia, Europa, África, Latinoamérica. A su vez señala como la academia de los años ‘60 retomó los debates s
obre el sistema capitalista analizando tres puntos. El primero se trata de la lógica del mercado en donde a escala mundial se separaba entre el centro y la periferia. El segundo punto es considerar que el  instante de partida de dicha lógica sucedía a partir de las colonizaciones. Y el tercero se sitúa en la interpretación de que esa dinámica había provocado una separación entre los países desarrollados y los subdesarrollados. En ese pensamiento se inscribe Ernesto Guevara (Hobsbawm, 2011). Así, junto a Germán Sánchez (1989) observamos que desde los años ‘70 la figura del Che como símbolo político fue desplazada por el imperialismo hacia una imagen que propiciaba lo negativo o lo positivo vaciándolo del contenido político. El Che era desde los medios de comunicación y la prensa o una amenaza del comunismo o un héroe mítico, una imagen para adorar. Ya en los años ‘90 la imagen había sido despolitizada. Así mientras que la imagen era vinculada con los pueblos oprimidos en los años ‘70, en los ‘90 socialmente podía ser vista incluso como una estrella de rock.

Ahora bien, en las prácticas cinematográficas Aguilar señala que el cine de los sesenta consideraba la política “como exterior al filme y unilateral” (2015: 139). Algo que queda indeterminado en los filmes de los noventa, “en los que el pueblo ya no está” (2015:139). “Esta ausencia no sólo se debe a que el espacio de la política haya cambiado, sino que la política ya no les impone un mensaje con determinada representación de la categoría pueblo” (Fradinger, 2015: 49).

Como plantea Bruzual (2007), en los años ‘70 la imagen del Che se fue representando y mitificando en una amplia gama de filmografía en diversos países. Así, el autor repasa los films Antonio das Mortes O Dragao da Maldade Contra o Santo Guerreiro (Glauber Rocha, 1969), Hasta la victoria siempre (Santiago Álvarez,1967), La muerte del Che Guevara ( Paolo Heusch, 1968) y La hora de los hornos: notas y testimonios sobre el neocolonialismo, la violencia y la liberación (Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino, 1968). Si bien no vamos a analizar estos films podemos observar en ellos, junto con Bruzual (2007), los puntos que fueron visitados sobre la imagen: su carácter de héroe guerrillero, la visión crística sobre su muerte y su permanencia icónica. Es decir la visión sobre la imagen que analizó John Berger en su artículo. Esto nos da la pauta junto con Bruzual que los films posteriores, tanto ficción como documentales, mantuvieron su imagen como  la persistencia de una idea siempre alimentada por una composición fílmica que lo constituyó como héroe. A fines de los ‘70 el Grupo Cine Liberación declaraba que en América Latina no se podía permanecer expectante o ser inocente frente a la situación política internacional, en tanto que la misma propiciaba desde el análisis de este grupo un espacio de colonización y opresión propio del sistema cultural que se imponía. Por este motivo, para ellos la actividad intelectual debía estar vinculada con la lucha, en tanto que si no era absorbida y redirigida por los opresores (Solanas- Getino, 1973). Tal como sostenía Franz Fanon en aquellos años,

El dominio colonial, por ser total y simplificador, tiende de inmediato a desintegrar de manera espectacular la existencia cultural del pueblo sometido. La negación de la realidad nacional, las relaciones jurídicas nuevas introducidas por la potencia ocupante, el rechazo a la periferia por la sociedad colonial, de los indígenas y sus costumbres, las expropiaciones, el sometimiento sistemático de hombre y mujeres hacen posible esa obliteración cultural (Fanon, 1963: 216).

Desde este marco observamos que en los ‘70 la lucha de Guevara y su pensamiento pasó a ser visto como el proceder para combatir al sistema. Y en el caso del Grupo de Cine Liberación las formas cinematográficas propuestas y sus contenidos pasaron a ser la manera de convertir un film en acto, una cámara en arma. En este sentido, la época habilitó pensar la cultura dividida en dos, la dominante y la del pueblo que en el caso de dicho grupo era considerada la nacional (Solanas- Getino, 1973). Desde nuestro punto de vista esto implica la construcción de un imaginario que supone que el concepto pueblo es sinónimo de sectores oprimidos, y que el concepto Nación también se ubica en ese lugar. “La conciencia nacional, en vez de ser la cristalización coordinada de las aspiraciones más íntimas de la totalidad del pueblo, en vez de ser el producto inmediato más palpable de la movilización popular, no será en todo caso sino una forma sin contenido frágil, aproximada.” (Fanon, 1963: 136).

Alborta40En este punto la imagen del Che Guevara tomada hacia el final de La Hora de los Hornos, viene a representar justamente esa lucha de recuperación: un nosotros compuesto por la idea de un pueblo-nación libre, que evidentemente excluye a la oligarquía integrante del propio país. Digamos que para Solanas el cine auténticamente nacional era “aquel que retomaba las tradiciones culturales y las necesidades históricas del conjunto del pueblo-nación” (Solanas-Getino, 1973: 14). Cabe mencionar que el Grupo Cine Liberación tenía en cuenta el cine de Santiago Álvarez y el de Glauber Rocha, dos cineastas que habían elaborado películas sobre Ernesto Guevara. En este sentido, podemos ver que tres films sobre el Che realizados a fines de los años ‘70, siempre posterior a su muerte, construían un imaginario sobre la figura que lo alineaban hacia ese tipo de lucha. Es decir era una imagen politizada, más allá de que existían claras diferencias en el modo de narrar su imagen, de modo más institucional (Álvarez- si tenemos en cuenta que retomaba los discursos políticos del Che y sus acciones como Ministro), o más alegórica (Rocha, si tenemos en cuenta que es sumamente experimental la manera de narrar). A su vez, existen diferencias en el modo de interpretar las imágenes fotográficas emblemáticas del Che. Mientras que Álvarez hacia el final del cortometraje toma una imagen del héroe sonriendo, Solanas ubica en el final la emblemática foto de Alborta[7].

Siguiendo con el pensamiento de Solanas, quien impulsa el concepto pueblo-nación como perteneciente a las clases oprimidas, hay que considerar que dicho concepto, el de Nación, surge en realidad como un impulso de las clases dominantes. En este sentido, Pomer observa retomando a Amir Samir y a Kart Willfogel que de “la articulación de acción estatal y etnia habría dado en nación” (2005: 15). Desde aquí podemos observar que se da la disputa por quien toma parte de la política. Domin Choi señala, en el prólogo al texto de Jacques Ranciére “El destino de las imágenes”, que la política se da a partir del desacuerdo, es decir que “hay proceso de subjetivación política en la interrupción” (2011: 11). Allí se ubica la posición del pueblo que representa Solanas mediante el film. Solanas y Getino buscan “refigurar una nueva repartición de lo sensible”[8] (2011: 11). Ahora bien, cabe preguntarse si la figura del Che en Cuba se nacionaliza como cubana a partir de su institucionalización dentro del sistema castrista. Y una nueva pregunta surge si pensamos que Guevara a partir de ese antecedente nacional, habilita luchas por la política, por el carácter de nación al pueblo argentino, en tanto que el Che funcionaba como portavoz de la subjetivación política en materia internacional. Ernesto Guevara se corre del rol del representante, en tanto que renuncia a su cargo de Ministro y busca nuevas revoluciones cubanas. Ciertamente la revolución cubana marca un hito en Latinoamérica e impulsa mediante nuevos focos la idea de guerra de guerrillas propuesta por el Che entre 1960 y 1961. Dentro del texto La Guerra de Guerrillas (Guevara, 2006), los requisitos para ser un buen revolucionario se basaban, más allá del entrenamiento militar, en adoctrinar a las masas con disciplinas que hasta ese momento les eran negadas. Por ejemplo la alfabetización constaba dentro de la escuela de reclutas con la intensión de enseñar la historia del país, sus cuestiones económicas y estimular la lectura (Guevara, 2006).

En la larga década del ‘70, Cuba como ejemplo y el Che como argentino habilitaron su imagen como símbolo de lucha. Con la dictadura estas imágenes cayeron perseguidas y el Che pasó a ser una figura reconstruida desde otros  aspectos: por ejemplo como historia de vida, tal es el caso del film Mi hijo el Che (Fernando Birri, 1986). Con este bagaje, el propio Birri en los ‘90 haría un documental en el que se preguntaría por la mutación de la figura y cómo la misma se fue vaciando de sentido hasta no ser reconocida como héroe guerrillero, si no como un sinfín de  opciones. ¿Pero por qué se vacía de sentido la figura de Guevara en los años ´90?

De cómo la figura del Che era desconocida

Los años ‘90 se caracterizaron por políticas neoliberales que se encargaron de achicar drásticamente el Estado.

Esto supuso no sólo un reordenamiento de la relación Estado, mercado y sociedad civil, bajo un nuevo modelo y una alteración del espacio histórico en el que se forman los grupos sociales, sino también el imperio de una concepción ideológica que en el plano retórico predicaba la inviabilidad de formas alternativas de organización social (Martín Retamozo, 2006: s/d).

A estas políticas se sumaron un mayor empobrecimiento que ya se había comenzado a gestar en la última dictadura y que en los años ‘90 se tradujo en una alta tasa de desocupados y una fuerte recesión económica. Además, Maristella Svampa (2012) observa que dentro del período neoliberal no solo existieron modificaciones económicas, sino que también hubo cambios políticos. Por ejemplo, se empezó a criminalizar la protesta, cayeron los partidos de izquierda y las crecientes organizaciones de desocupados. De esta manera, comenzó a debilitarse la posibilidad de lucha política. Para parte de la sociedad, imaginariamente, la otra  parte  se tornaba la “clase peligrosa”. A comienzos del 2000 dicha imagen fue depositada en los piqueteros. En ese marco o se vació de sentido político la figura de Ernesto Guevara o se la demonizó.

Por otro lado, retomando algunas notas periodísticas aparecidas en Radar en aquellos años, se puede ver la disputa por la interpretación de quién fue el Che. ¿Cómo se articuló como objeto de mercado ya en 1996 donde se conocían los proyectos futuros que se estrenarían sobre su vida en 1997, previamente a que se descubrieran sus restos?[9]. Entre las discusiones que se pueden encontrar está la crítica que Osvaldo Soriano le imprime a la nota escrita por Regis Debray, y a su libro publicado. Lejos de importarnos el oportunismo de Debray nos parece interesante destacar que aquel, señala Soriano, fue claramente habilitado porque en la época en que escribió ya no existían los principios morales ni éticos, sino solo las reglas del mercado (Radar, 1996).

En un esfuerzo por dar un panorama sobre el impacto de la vida y la muerte del Che, Tomás Eloy Martínez realizaba un racconto sobre las biografías, las canciones y los films que ya estaban por rodarse. “Los planes cinematográficos son tan numerosos como las biografías: Luis Puenzo, Aníbal Di Salvo, Tristan Bauer y Fernando Birri son parte de una lista que sólo ahora empieza” (Radar, 1996: 4). Sin embargo, vale considerar que el film de Puenzo no se realizó, el de Edgardo Cabeza recién tendría su estreno en 2005 y sería  vendido mediante el diario Página 12 en 2008, el de Bauer finalizaría y vería la luz en 2010. Así solo quedarían en la época los trabajos de Di Salvo, Birri (quien ya había realizado un film en 1985, Mi Hijo el Che), Pereira y Katz.

Con respecto a las políticas neoliberales el cine se situaba en la vereda de enfrente, no solo porque desde su política de fomento[10] se encontraba en transformación, sino porque “el documental fue el formato utilizado de modo creciente durante la década del noventa para examinar acontecimientos del pasado histórico y del presente social, hasta transformarse en una de los principales géneros cinematográficos en la producción fílmica argentina desde el inicio de este siglo.” (Amado, 2009: 24).

De cómo narrar sus viajes y su lucha

La figura del Che intentaba ser rescatada del vaciamiento de sentido que reinaba en los años ’90 a nivel mundial. Ya lo comprobaba Fernando Birri en Che, ¿Muerte de la utopía? (1998), documental con una gran cantidad de escenas poéticas que demostraba mediante entrevistas a transeúntes que aquellos no conocían la figura de Guevara o la asociaban a diversos modelos de líderes, que incluía, como hemos mencionado, una estrella de rock.

che_BirriQuizás la insistencia en esta filmografía biográfico-política (en cuanto a escribir la vida del hombre y de su sociedad, al mismo tiempo) responda, como refiere Kalfon, a una pasajera moda-retro de los noventa (el trigésimo aniversario de la muerte del Che) que miraba con nostalgia hacia los sesenta. Sin embargo, ¿por qué sigue activa diez años más tarde? ¿Por qué sigue siendo una preocupación del enemigo ideológico, que también se ve obligado a responder a esa seducción produciendo películas que intentan demostrar la no-heroicidad del personaje, la falacia de su leyenda o lo inútil de su esfuerzo? O, quizás como piensan otros utilizando o coincidiendo con Baudrillard, la persistencia haya sido no del personaje sino de la foto en sí (la de Korda), inscrita en lo cultural y no en lo propiamente político (Bruzual, 2007: 9)

Así, hay que tener en cuenta como expone Aimaretti que “en este contexto se tensó el imaginario político-simbólico alrededor de la figura del Che: en medio de la caída del bloque socialista y el derrumbe de los grandes relatos, la posmodernidad cultural y la pérdida de valores como solidaridad, utopía y construcción colectiva” (2010: 694).

A su vez el documental de Birri mencionaba el derrotero de la imagen y la necesidad de recuperarla desde la vida y no desde “el siniestro Guevara Tour” (Página 12, Suplemento Radar, 06 de abril de 1997: 08). En este caso se revierte la necrológica fotográfica (es decir se desplaza el foco sobre la foto de Alborta) y se suman fotografías del Che sonriente para recordarlo desde su lucha mediante su boina de héroe guerrillero. El fragmento toma tres primeros planos de su rostro que acompaña la descripción de Alfredo Granados que resalta “su incapacidad de no mentir, su incapacidad de dejar algo sin terminar, su incapacidad de aceptar algo que no le correspondía” (Testimonio de Granados para el documental de Birri). La composición del fragmento comienza con el primer plano de Granados hablando. Luego de su discurso da paso al rostro del Che que reafirma con el gesto las palabras de su amigo. El eje narrativo de las imágenes compone un cuadro plástico y poético que sobreimprimen una imagen sobre otra con un fundido encadenado. Esta mecánica plantea un múltiple punto de vista en tanto que las fotografías son entrelazadas y resignificadas por el montaje, algo que percibe el espectador.

Las narraciones sobre la vida de Guevara cumplen entonces esa idea de Barthes sobre el mito de izquierda, el cual surge precisamente en el momento en que la revolución se transforma en “izquierdas”, es decir, en que “acepta encubrirse, velar su nombre, producir un metalenguaje inocente y deformarse en “naturaleza”” (Barthes, 1980: 243). Quizás por este mismo motivo, lo político también se derive en cultural.

“Lo que se buscaba rescatar de la imagen de Guevara en los ’90 era la posibilidad de ver en su accionar político una confluencia entre el decir y el hacer, que lleva a comprender al Che bajo la idea romántica de que “las condiciones subjetivas están dadas”, según explicaba  Bonasso en una entrevista realizada por Heredia (1997) para comprender la lectura de la figura de Guevara dentro de la izquierda peronista. En este punto, los documentales venían a instalar esa confluencia desde la narrativa de su lucha. Es decir le otorgaban mediante la creación una función poética a la lucha de Guevara. Dentro de esa función poética impresa en el correlato de las imágenes se conformaban lo que Gill Deleuze explica como imagen-afección.

Deleuze habla de rostridad  (Mil Mesetas) y del primer plano como rostrificación de todo lo que toca, creando la imagen-afección (Escritos sobre cine). Tendemos a darle rostro a las cosas, porque a diferencia de otras culturas, la occidental intenta leerlo todo en el rostro, lugar de cambio y, por tanto, de la posibilidad del lenguaje. En su constitución analógica, en el desplazamiento de la mano al ojo, en su aceleramiento en la captación de la realidad, la fotografía escondía ya el cine sonoro- afirmó Benjamin-, pero también el surgimiento del cine permitió a la fotografía asumirse como acto de concientización de la rostridad. Es lo que vemos en el primer plano cinematográfico, donde el cine se acerca a la foto, pide su silencio, exige su detención y su tiempo  (Bruzual, 2007: 22).

De este modo, la selección que incorpora Birri de fotografías del Che, aún vivo y en acción, vienen a pedir un acto de memoria, a exigir un contexto histórico y  llevarlo hacia el presente para reclamarle una reacción viva. La figura se convierte imagen cinematográfica y por ese motivo producto cultural. Claro que en este caso no vaciado de sentido, sino cubierto de un sentido creado por el propio Birri.

De cómo narrar su muerte

(…) no hay héroe sin constitución de personaje, y éste es el trayecto que va de Korda a Alborta, creando un rol que expresa a su vez la confrontación entre individuo y destino, entre sociedad y resistencia. El héroe es sujeto y objeto al mismo tiempo. Sujeto que se construye en las fuerzas sociales que lo condicionan a  su destino, en el que puede no triunfar. Y objeto en sí como discurso vital (Bruzual, 2007: 29).

La manera de ver al Che como un héroe guerrillero que dice y hace lo que dice conforma otro corpus cinematográfico que ve en su muerte trágica una consecuencia consciente de sus actos. La muerte, la fotografía de su rostro muerto y la vinculación con el rostro de Cristo, son justamente, esa confluencia que desplazan el hecho histórico hacia la narrativa propuesta por los dispositivos fotográficos y cinematográfico, pero también a los testimonios de pobladores y los agentes que llevaron adelante el descubrimiento de sus restos en Vallegrande. En este punto, estos documentales le contestan al mito del Che anclado en la imagen de un hombre violento y aventurero, y también le contestan a la idea del Che como un signo vacío, básicamente contextualizando históricamente su figura. Sin embargo, se produce la idea del mito del Che extrahumano, un santo revolucionario, al que se le rinde culto en sus fechas (Sánchez, 1989: 33). En este punto los documentales de Birri y Katz, son una muestra de ese fenómeno en los años ‘90. Bruzual señala, y coincidimos, que en la foto de Korda se suma a su composición una imagen mística que proporciona un estatuto de valor absoluto como el que se le otorgaban a las imágenes religiosas de la edad media.

En El día que me quieras (Leandro Katz, 1997) su creador comienza por marcar la importancia que le dio la foto de Alborta. Más adelante decide dejar el fragmento del rostro del Che, por mayor tiempo que el resto de los otros planos que concatenan su desaparición en 1965, su ingreso a Uruguay de incógnito, y su posterior asesinato en Bolivia. Sobre la foto de Alborta señala que potenció un sentido contrario al de la muerte. “El contrasentido fue dejar constancia de un cadáver que (a)parece con vida. Allí se distancia de la interpretación crística de la resurrección posible de cada cuerpo muerto, para ser la derrota de esa muerte. No la necesidad de sufrimiento sino su negación” (Bruzual, 2007) Aquí Bruzual pone en duda que la imagen refiera a una escena crística en tanto que observa que la misma es un problema de recepción y no de producción. Nosotros estamos de acuerdo con que se trata de un problema de recepción en tanto que no podríamos suponer que Alborta haya querido tomar la imagen tal como la fotografió, sin embargo es innegable que el efecto determinó una serie de estudios culturales, de recepción en la prensa y de imaginario entre los pobladores, que alimentó la mística de aquella fotografía comparada con las obras plásticas  mencionadas por John Berger.

Aunque el Che evocado en El día que me quieras no es el de la experiencia guerrillera sesentista, tampoco lo era estrictamente el rescatado entonces, tres décadas atrás, por John Berger, Carlos Alonso, Pino Solanas-Octavio Getino o John William Cooke, quienes sin negar esa dimensión central de su vida se referían al sentido revolucionario más amplio de su proyecto. Sin embargo, se trata siempre de miradas diferentes. En aquel momento –en el que difícilmente alguien hubiese remitido a Borges o Gardel para hablar de Guevara, como sucede en El día que me quieras– las intervenciones comentadas asociaban la imagen final del Che con la denuncia o la interpelación a “tomar partido”, a “definirse”, como observó Berger, a sacar al espectador cinematográfico de su pasividad y convertirlo en actor de la historia, como proponía Cine Liberación, o a insertar el legado guevarista “en el proceso inconcluso cuyas tareas nos reclaman”, como quería Cooke (Metsman, Página 12, 10/08/2010).

Dentro del documental se alternan las escenas en las que se interpreta determinados usos y costumbres del pueblo boliviano: los rituales entrelazados al dogma cristiano es uno de ellos. El montaje del film aumenta el símbolo del Che como Cristo. A esa foto, a ese rostro se le suma un plano detalle que concentra la simbología: una mano recoge de un cajón la simulación de una biblia datada en 1967, guardada entre azufre y una corona de espinas. Tal es la intención del documental de remarcar el perfil religioso y cristiano de los primeros que interpretaron la muerte de Guevara, que el propio Alborta aparece con un crucifijo gris detrás de sí, que se pierde en la propia oscuridad del fondo. Ya en un primer plano, Alborta, frente a la pregunta de Katz, sobre qué fue lo que sintió al ver el cadáver del Che, responde: “tenía la impresión de estar fotografiando a un Cristo”, y agrega “era algo extraordinario, (…) no era un simple cadáver”. A esta consideración de Guevara como Cristo, el documentalista decide convertirla en material poético que acompaña la liturgia del pueblo, y así lo narra: “En el tiempo, hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo. ¿Qué muere cuando uno muere? ¿Qué visiones patéticas o frágiles pierde el mundo?” La imagen de un caballo colorado en el campo. El eco de la voz de Neruda. Unas rocas de azufre en el cajón de un escritorio de caoba”, luego de aquello un libro rojo, muestra el año 1967, todo el texto basado en el “El Testigo” de Jorge Luis Borges entrelazado con el texto de Neruda “No hay Olvido”. De esta manera hay fragmentos que se llenan de sentido poético otorgado por una concatenación de imágenes-afección que enlazan el documento con un fotograma previamente pensado por su creador.

Chemuertede
Otro documental que también expone las fotos del Che muerto y los piletones es Che ¿La muerte de la utopía? (Fernando Birri, 1998). Pero en este caso la narración de la muerte comienza con la reivindicación de la vida, porque como mencionamos antes el documental busca dejar una imagen vivida y de lucha. Entonces en los primero minutos Eduardo Galeano se pregunta: ¿cómo puede el Che tener la peligrosa costumbre de renacer? Esta pregunta es acompañada por imágenes de recortes de diarios que anuncian el paradero de sus restos. Luego de esa escena el film continúa con el ingreso de la enunciación a la lavandería del hospital de Vallegrande donde un plano sobre un vaso de Coca- Cola con flores silvestres muertas dentro de él derivará en varios planos detalles sobre los grafittis que aparecen en aquellas paredes. La imagen más pregnante será la foto del Che muerto a la que se le superpone otro plano de la pared en la que se puede leer: “Che: no pudieron cerrarte los ojos por eso eres eterno”.

Estas imágenes del documental lo conforman como un héroe guerrillero, y su muerte como un héroe trágico. Hay que observar que esta dinámica sobre la figura del Che sucede en ambos films, pero también fue una característica de las producciones de aquellos años.

(…) el Che mismo, involuntariamente desde ya, hizo posible esa operación. Fueron sus “errores” (tácticos, estratégicos, políticos  y conceptuales, y no ideológicos o filosóficos, como quisieran aquellas señoras  gordas) los que terminaron aislándolo, colocándolo a su pesar en la posición del “héroe trágico” que porque perdió la vida en la empresa puede ser un “ejemplo”. Pero, ¿para quién? ¿No fue acaso la imitación del “ejemplo individual” del Che, y de sus “errores”, por parte de los cultores setentistas del foquismo, lo que –entre muchas otras cosas, va de suyo- terminó yendo en contra de lo que el propio Che hubiera pretendido “filosóficamente” y a favor de su absorción iconográfica por el propio “sistema”?”  (Grüner, 2010: 11).

Con esta cita queremos remarcar como los propios documentales construyen en definitiva ese perfil psicológico y su muerte en un devenir individual, que separa al Che de un concepto de revolución, y acompaña la separación que el pueblo boliviano realizó sobre su imagen. Birri y Katz lo propusieron como héroe trágico, y ubicaron a su vez a la imagen de Cristo en ese lugar, a pesar de haber buscado lo contrario. Pero creemos que en la acción de mostrar un fenómeno social como el que se da en Vallegrande, resalta la imagen del Che por sobre la imagen de los guerrilleros. De este modo, Guevara como ícono, como hombre prócer, deja de ser vanguardia. En este punto, los documentales mantienen al Che en el orden que Alborta logró captar con su fotografía.

Conclusiones

A lo largo del trabajo pudimos relevar elementos que perfilaron la imagen de Guevara hacia los personajes históricos, literarios y míticos, en dos producciones cinematográficas realizadas en 1997. Consideramos que las producciones de Birri y Katz reaccionaron sobre el vaciamiento de la imagen del Che. Sin más incorporaron en su relato otro modo de mitificar la figura al llevar al dispositivo cinematográfico los hechos históricos, las acciones sociales de Guevara y el posterior culto a su muerte. Así vemos que aun realizando documentales con la presencia de testimonios y de imágenes de archivo se desplazó al referente. De esta manera las fotos de Freddy Alborta y de Alberto Korda se reconfiguraron de acuerdo a un modo de postular la ideología de Guevara espacio-temporalmente. Aquí queremos señalar dos puntos fundamentales: se trata del 30 aniversario de su muerte, y de dos modos de interpretar las fotografías (el de Birri y el de Katz).

eldiaquemequierasA su vez, la contrapartida de narrar una figura específica radica justamente en que la idea de ver un personaje protagónico le quita peso revolucionario a sus coetáneos. Enfocar el relato en la perspectiva de héroe guerrillero le quita peso al propio Ernesto como sujeto político más complejo que la estampa del héroe romántico e idealista en el que se lo situó, paradójicamente como una necesidad de retribuirle su perfil revolucionario y su pensamiento.

Por último debemos señalar que la postura de los creadores fue contenida en un traer al presente la imagen del Che, por el contexto histórico que se vivió dentro del neoliberalismo de los ´90. Más allá de que la figura se convirtiera en mito de izquierda (Barthes, 1980) por comenzar a ser discurso (cinematográfico) sobre la revolución, consideramos que relatar la vida del Che era, aún, un acto político frente al vaciamiento de sentido. Así, el acto de memoria sobre su figura viene a instalarla en el imaginario por fuera de la idea de recordarlo como una ‘estrella de rock’ o un producto de mercado.

Bibliografía

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Wunenburger, Jean Jacques, Antropología del imaginario, Buenos Aires: Del Sol, 2008.

Notas

[1]           Jean Jacques Wunenburger desarrolla el concepto de imaginario vinculándolo con otros términos como mentalidad, mitología, ideología, ficción y temática, algo que nos ayuda a comprender desde qué lugares se llevó la imagen del Che a escena.

[2]           Cabe recordar que Giuseppe Garibaldi, además de haber estado presente en las luchas independentistas en América, había tenido una participación bélica en contra de Rosas. A su vez se lo recuerda por ser uno de los personajes históricos que tenía la voluntad de unificar Italia.

[3]           En el sitio oficial de Leandro Katz se declaraba sobre el film: “La versión en su lenguaje original tuvo su estreno en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, donde ganó un Premio Coral. También el Festival Internacional de Cine de Valdivia/ Chile le otorgó el premio al ‘Mejor Documental’. La película ha sido incluída en los Festivales Internacionales de Cine de Rotterdam/Holanda, Pesaro/Italia, Valladolid/ España, Oslo/Noruega, Leipzig/Alemania, Vue Sur Les Docs/Francia, Latino de Los Angeles/USA, Festival dei Popoli/Italia, Nouveau Cinéma de Montreal/Canadá, Tampere/Finlandia, Independiente de Buenos Aires/Argentina, Troia/Portugal, Latino de Denver/USA, Internacional de Estanbul/Turquía, entre muchos otros.

[4]              Hay que mencionar que Leandro Katz no sólo visitó en su trayectoria la imagen del Che Guevara, si no que también se ocupó de Tania en el formato de Texto mural. En este sentido es un artista que se desempeña en diversos lenguajes, no solo el cinematográfico si no que se suman sus  fotografías, sus murales, y sus instalaciones.

[5]              Hay que recordar que este cineasta fue una figura fundamental en la historia del documental argentino pero también en la historia del cine cubano en tanto que no solo funda la Escuela de Cine de Santa Fe si no que también funda la escuela de San Antonio de los Baños en Cuba. Además su posición política y su postura artística ha sido siempre vinculada a las luchas de los pueblos desde su emblemática Tire dié (1960).

[6]           Este trabajo de John Berger fue incluido en el libro Los Fantasmas de Ñancahuazú, libro que acompañaba el material fílmico de Leandro Katz, El día que me quieras. 

[7]           Cabe recordar el trabajo de Mariano Metsman en el que explica la diferencia que se provocó entre la recepción en Cuba y en Argentina en referencia a poner esa fotografía en el final del film. Metsman señala, como en la carta de Solanas a Alfredo Guevara datada el 3 de noviembre de 1969, éste explica que el final con las imágenes del cuerpo de Che para el Grupo Cine Liberación invitaban a liberar, provocar, pero que teniendo en cuenta que en Cuba podía ser interpretado como derrota para el pueblo cubano que quitara la foto de Alborta (1996).

[8]           Más allá que estemos trabajando con documentales, y que Ranciére realiza su análisis sobre los mecanismos del arte en la ficción, consideramos que el documental posee las mismas características que menciona: operaciones, contenido y técnica. En este sentido organizar la mirada sobre los documentos también requiere operaciones, contenido y técnica.. En este punto los documentalistas también “Enlazan y  separan lo visible  y su significación, la palabra de su efecto; son las encargadas de provocar el despiste de la espera. Aquí se halla el poder del arte para reconfigurar la repartición de lo sensible” (Choi, 2011: 18)

[9]        Cabe aclarar que los antropólogos comenzaron a trabajar en 1996, luego que el biógrafo del Che, John Lee Anderson publicara en noviembre de 1995 en el New Time que los restos se encontraban en el aeropuerto de Vallegrande. Finalmente se descubrió el cuerpo en julio de 1997 justo a 30 años de su asesinato. (Disponible en: http://www.berissociudad.com.ar/nota.asp?n=&id=4727 )

[10]                                                                    En relación al cine Octavio Getino, señalaba en su estudio Cine Iberoamericano. Los desafíos del nuevo siglo, que dentro de la cinematografía argentina de los años ’90, “gracias a las políticas locales en materia de fomento cinematográfico el cine argentino pasó a ocupar el liderazgo en el rubro de películas producidas cada año.” (Getino, 2007: 92). De todos modos entre 1997 y 1999, período en que se enmarcan los dos films que analizamos, se encontraron con una menor producción en el país debido al cese del otorgamiento de créditos y subsidios a partir de la Ley de Emergencia económica que suspendió la autarquía financiera del INCAA (Getino,2007).

El aporte de las videastas documentalistas a la escena boliviana en el retorno democrático: sensibilidades, prácticas y discursos

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Por María Gabriela Aimaretti

Resumen

Centrado en el período del retorno democrático en Bolivia, a partir de 1982, este trabajo presenta un panorama de las prácticas y reflexiones realizadas por las jóvenes mujeres documentalistas bolivianas. Afines a un feminismo incipiente en algunos círculos universitarios, ellas se propusieron crear desde una perspectiva que reivindicara su lugar en tanto que mujeres, y reflexionar sobre su hacer y los prejuicios subyacentes, tanto en el medio audiovisual —fuertemente masculino y machista–, como en la mirada que tenían sobre sí mismas. Ello redundó en la gestación de espacios de colaboración horizontal, producción de textos críticos y la activación, a nivel regional, de una red de videastas latinoamericanas que, si bien tuvo una vida breve, fue para ellas una experiencia de encuentro y discusión fecunda.

Palabras clave

Audiovisual Boliviano, retorno democrático, Movimiento del Nuevo Cine y Video Boliviano, videastas, práctica documental.

Abstract

Focusing on the period of democratic return in Bolivia, starting in 1982, this paper presents an overview of the practices and reflections carried out by young female bolivian documentarians. In line with an emerging feminism in some university circles, they proposed to create from a perspective that claims their place as women, and reflect on their work and on the prejudices underlying the audiovisual environment —strongly masculine and sexist–, as well as the look that they had upon themselves. This resulted in the creation of spaces for horizontal collaboration, the production of critical texts and the activation, at the regional level, of a network of Latin American videographers who, although having a short life, was for them an experience of encounter and fruitful discussion.

Keywords

Bolivian audiovisual, democratic return, New Cinema and Bolivian Video Movement, videomaker, documentary practice.

Resumo

Centrado no período do retorno democrático em Bolívia, a partir de 1982, este trabalho apresenta um panorama das práticas e reflexões levado a cabo pelas mulheres jovens documentalistas boliviano. Família para um feminismo incipiente em alguns círculos universitários, eles pretenderam criar de uma perspectiva que reivindica o lugar deles/delas contanto que as mulheres e meditar no deles/delas fazer e nos preconceitos subjacentes na média audiovisual —fortemente masculino e machista–, como no olhar que você / eles se esteve usando. Redundou isto na gestação de espaços de colaboração horizontal, produção de textos críticos e a ativação, a nível regional, de uma rede de videastas americano latino que, embora ele/ela teve uma vida breve, era para eles uma experiência de encontro e discussão fértil e em desenvolvimento.

Palavras-chave

Boliviano Audiovisual, retorno da democracia, Movimento do Novo Cinema e Vídeo Boliviano, videomakers, a prática documentário.

Datos de la autora:

Doctora en Teoría e Historia de las Artes, UBA.Investigadora asistente del CONICET. Docente universitaria (UBA). Investigadora en los Institutos Luis Ordaz, Artes del espectáculo y Gino Germani (Universidad de Buenos Aires).

Este texto fue presentado en las Terceras Jornadas de discusión de avances de investigación: “Entre la dictadura y la posdictadura: Producciones culturales en Argentina y América Latina” (21-23 de marzo de 2016) organizadas por el Grupo de Arte, Cultura y Política en América Latina, dirigido por Ana Longoni (Instituto Gino Germani) en la Biblioteca Nacional, CABA, Argentina.

Fecha de recepción: 9 de marzo de 2017.
Fecha de aprobación: 5 de mayo de 2017.

Hacer(se) un sitio en la Historia

La recuperación de la democracia en Bolivia fue una verdadera conquista. Tras siete años de dictadura banzerista (1971-1978), vinieron cuatro de transición: una transición saboteada por la cúpula militar que dio por tierra en dos oportunidades con las elecciones presidenciales a través de golpes de Estado (noviembre de 1979 y julio de 1980). Pero en 1982 se abre un inédito proceso: un momento “constitutivo” (Zavaleta Mercado, 1983, 1986) cuando prácticamente todos los sectores sociales, y especialmente los sectores populares, asumieron colectivamente —hicieron propia– la bandera democrática como creencia, valor y práctica, concretándose así el retorno de las libertades e instituciones.

En este nuevo tempo histórico y político, y en todas las esferas de reproducción social, la juventud tuvo una participación sinérgica. En el ámbito de la cultura y las artes, y específicamente en el campo audiovisual, los jóvenes hicieron “de la carencia virtud”. En efecto, en un marco adverso, donde las condiciones materiales eran precarias y deficientes —falta de insumos técnicos, infraestructura, espacios de formación, regulaciones y leyes, instituciones de fomento– los “recién venidos” al medio aportaron entusiasmo, creatividad y solidaridad, en lo que a la postre se convirtió en un verdadero recambio generacional. Muy pronto comprendieron que la clave para hacer posible y revitalizar el espacio audiovisual local era no sólo la autogestión sino la organización colectiva, traducida en la creación de un ámbito horizontal de trabajo con sus instrumentos de articulación y proyección hacia la esfera pública que contribuyeran a generar condiciones de continuidad y visibilización de sus creaciones. Así, pequeñas productoras que trabajaban en relación a la TV universitaria, proyectos de comunicación alternativa vinculados a organizaciones populares y de base, técnicos, realizadores independientes y comunicadores sociales, se aglutinaron bajo el Movimiento del Nuevo Cine y Video Boliviano (MNCVB), que dio nuevo empuje y vida al documental vernáculo, que hasta ese momento tenía a Jorge Ruiz como representante histórico, y a Luis Espinal como generación intermedia trabajando exclusivamente para la televisión.

MNCVBEn esta escena de los ochenta[1] las mujeres no cumplieron un papel subsidiario sino co-protagónico. Pero si la historia del video y la comprensión de su papel durante el proceso democratizador —objeto general de una investigación en curso que llevamos adelante– han sido temas casi sin problematización; el lugar de las mujeres-creativas y sus prácticas documentales han recibido aún menor atención, minimizando su relevancia en términos culturales, sociales y de conciencia de género. La excepción que confirma la regla proviene de dos integrantes de aquel proceso de recreación del audiovisual vernáculo: Liliana de la Quintana (1992) y María Eugenia Muñoz (2009). La primera reunió una serie de fichas biográficas de realizadoras locales, mientras la segunda reseñó las líneas fundamentales del video local sin olvidar la contribución de sus compañeras. Recuperando esos aportes y a la luz de entrevistas personales, este trabajo presenta un panorama de las prácticas y reflexiones de las jóvenes bolivianas procurando situar su labor en un contexto político mas amplio —el retorno democrático– y un marco productivo específico —la producción audiovisual, en la cual se abocaron fundamentalmente al documental.

Afines a un feminismo incipiente en algunos círculos universitarios, Raquel Romero, Liliana de la Quintana, Danielle Caillet y Cecilia Quiroga entre otras, se propusieron —cada una con un enfoque singular– no sólo crear desde una perspectiva que reivindique su lugar en tanto que mujeres; sino reflexionar sobre su hacer y sobre los prejuicios subyacentes tanto en el medio audiovisual —fuertemente masculino y machista– donde hasta ese momento la mujer ocupaba un lugar infravalorado y nunca había conseguido ejercer la dirección; como en la mirada que tenían sobre sí mismas. Ello redundó en la gestación de espacios de colaboración horizontal, producción de textos críticos y la activación, a nivel regional, de una red de videastas latinoamericanas que, si bien tuvo una vida breve, fue para ellas una experiencia de encuentro y discusión fecunda.

Ellas: las de Otra mirada

Como en buena parte de los países latinoamericanos, la dirección audiovisual en Bolivia —sea en el cine o televisión, en ficción o documental– había sido una tarea prácticamente exclusiva de los varones. Recién a mediados de los sesenta y setenta —en el marco de la modernización y la politización de las prácticas culturales–, despunta una camada de realizadoras en la región: en Cuba, Sara Gómez; en México, el Colectivo Cine Mujer (1975-1987: Rosa Martha Fernandez, Beatriz Mira, Mari Carmen de Lara y María Eugenia Tamez); en Venezuela, Margot Benacerraf; en Colombia, Marta Rodríguez; y en Argentina, Dolly Pussi y Narcisa Hirsch, son algunos nombres. Aún queda mucho por estudiar no sólo respecto de cada una de estas experiencias —en términos estéticos e históricos–, sino sobre todo de las matrices culturales, prejuicios y prácticas machistas que entraron en tensión y contradicción a propósito de la “dirección a cargo de mujeres”.

Los retornos democráticos en todo el Cono Sur, el desembarco de nuevas tecnologías como el súper 8 y el video —más baratas y livianas que el celuloide–, y la recepción productiva de potentes y trasgresores marcos interpretativos respecto de las relaciones de género, crearon condiciones favorables para que en América Latina las mujeres accedieran al espacio y la práctica de la dirección audiovisual, y tuvieran voz y voto en organizaciones nacionales y regionales. Ello implicó la ampliación de roles y esferas de acción y creación: si desde siempre “ellas” se habían dedicado al vestuario, el maquillaje, la continuidad, ocasionalmente el montaje o el sonido, y con frecuencia a la producción —roles en estrecha sintonía con labores domésticas: costura, cocina, aseo, decoración y administración del hogar, etc.–; ahora también dirigían y buscaban expresar su perspectiva y sensibilidad, concientes —en mayor o menor medida– de los condicionamientos culturales y de poder que atravesaban sus saberes y su quehacer mismo.

En consonancia con la región, en la ciudad de La Paz la efervescencia social y juvenil provocaron un impulso renovador en todos los ámbitos de participación ciudadana y creación cultural, dando lugar a una coyuntura en la cual mujeres absolutamente diferentes entre sí como Danielle Caillet, Raquel Romero, Liliana de la Quintana y Cecilia Quiroga, comenzaron a dirigir y organizarse procurando, simultáneamente, vincularse con sus colegas varones en relaciones más simétricas. ¿Quiénes son ellas, cuál es su trayectoria de trabajo y cuáles sus intereses?

Danielle CailletDanielle Caillet, francesa de nacimiento y boliviana por adopción desde 1966, fue fotógrafa, ceramista y artista plástica, y es considerada la primera realizadora audiovisual boliviana. Casada con el cineasta Antonio Eguino, fue parte de la primera formación del Grupo Ukamau hasta 1971, y realizó la foto fija de Yawar Mallku (Grupo Ukamau, 1969) y la inacabada Los caminos de la muerte (Grupo Ukamau, 1970). Cuando el grupo se fracturó y Jorge Sanjinés partió al exilio, ella decidió quedarse en Bolivia. Posteriormente, realizó la foto fija de Chuquiago (Antonio Eguino, 1977) mientras también desarrollaba la actividad de la crítica cinematográfica. Pionera en el cortometraje, Caillet realizó en 1980 el documental Warmi, un retrato socio-cultural de la mujer boliviana de los sectores populares —campesina, minera y fabril– que gana el trofeo de Plata en el Festival de Bilbao (España), y en 1984 Contraplano, apuntes de la guerra del pacífico, documental sobre el rodaje de la película Amargo mar (1980) realizada por su esposo. En 1984 realizó los documentales La Sagárnaga — un retrato poético sobre una de las calles más concurridas y populares del centro de La Paz–, Vicenta Juaristi Eguino, y Un techo, una puerta. Hizo series documentales biográficas en televisión dedicadas a rescatar exclusivamente las perspectivas y experiencias de artistas y referentes bolivianas —titulada “Nosotras”–: desde la escultora Marina Nuñez del Prado y la escritora Adela Zamudio, hasta Juana Azurduy.

Consciente del “atraso” de las mujeres en lo que respecta a profesionalización —debido al machismo dominante y la represión patriarcal que confinó al género a labores de reproducción biológica y el orden doméstico, obturando otras formas de participación y protagonismo social–, Caillet reclamó una perspectiva de trabajo que se inspirase en la complementariedad entre lo femenino y lo masculino, presente en la cosmovisión indígena andina:

Warmi […] propone un punto de vista femenino pero no feminista […] La liberación de la mujer en un país del tercer mundo no es una lucha de sexo […] es más bien la lucha común del hombre y de la mujer contra la dependencia, el analfabetismo, el hambre y la enfermedad. Para mí, tomar la iniciativa de realizar una película sobre la mujer viene a ser el desenlace normal de todo un movimiento, proceso de maduración profesional y concientización social […] Bolivia es un país que venera a la imagen de la mujer a través de su folklore, su leyenda y su religión […] pero sin embargo […] no quiere decir valorización de los roles específicos de la mujer trabajadora (Caillet, 2008: 46).

De ahí que sus documentales buscaran abonar a una apertura en la conciencia social respecto de la mujer y su vida cotidiana: tanto en lo que hace a su esfera íntima, como pública; las expectativas sociales que pesan sobre ella, como las mentalidades masculinas. Ícono y referente de la avanzada femenina en la producción de imágenes en movimiento —aunque sin una filiación significativa con el MNCVB–, Danielle Caillet falleció en 1999.

Raquel RomeroPor su parte, Raquel Romero estudió Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela (Caracas) durante la década del setenta. Tuvo como guía y luego como compañero de trabajo a Mario Handler, director uruguayo exiliado. Su formación teórico-práctica se complementó con el trato con muchos realizadores y técnicos del llamado cine militante o cine de intervención política que pasaban o residían temporalmente en Caracas debido a persecuciones ideológicas y amenazas. Por ello para Romero su estancia en Venezuela significó no sólo la posibilidad de estudiar y crecer laboralmente, sino también de cultivar una sensibilidad y conciencia política: “Salir de Bolivia me permitió una mirada más regional de las diferentes situaciones de violencia y vulneración de los DD.HH. en América Latina (…) Volví a Bolivia con la intención de trabajar en un cine con contenido político, de denuncia. (…) Estábamos empapados de toda esta lucha, esta lucha política a nivel latinoamericano”.[2]

Retornó a su país de origen en la segunda mitad de 1979 y fue parte del cuerpo docente del primer espacio de formación audiovisual de carácter institucional que tuvo Bolivia: el Taller de Cine de la Universidad Mayor de San Andrés, del que fue la única profesora mujer. Fue “una más” de:

Toda la gente que volvía, que volvía a Bolivia, a trabajar a Bolivia con mucha ilusión, con muchas ganas de hacer cosas nuevas, diferentes, generar no sólo nuevas relaciones de poder, no solamente un cambio en la mentalidad sino también, con mucha esperanza de poder, a partir de la reinstauración, de la supuesta vuelta a la democracia, promover y recoger toda la lucha de la gente.[3]

Autopercibiéndose como “realizadora audiovisual”, “creativa”, Romero recuerda que entre sus contemporáneos había necesidad de abrirse a las problemáticas urbanas, a las miradas de género y las diversidades, tópicos que en general no entraban en los rígidos cánones del cine militante anterior, ni en el documental institucional. En lo personal, y aún sin tener muy definida una visión de género, le interesaban temas como las trayectorias de participación política de las mujeres de su país —sobre todo de los sectores populares–; la lucha incansable de los organismos de DD.HH por la libertad y la justicia —en especial de ASOFAMD (Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la liberación Nacional de Bolivia) y la Asamblea Permanente por los DD.HH.– y las nuevas perspectivas de reivindicación indígena vehiculizadas, entre otrxs, por Silvia Rivera desde su cátedra de Sociología y el THOA (Taller de Historia Oral Andina). Desde esos campos de interés Romero realizó los documentales en video: Por el derecho a una vida digna (1988) para la APDH, La mujer minera y la organización (1986) junto a Liliana de la Quintana y Beatriz Palacios, una memoria de las trabajadoras en poblaciones mineras justo antes del proceso de relocalizacion; Voces de libertad (1989) junto a Silvia Rivera, en torno de la experiencia de organización de trabajadoras anarquistas urbanas; Participemos (1990) para la Fundación San Gabriel, cuyo tema es la intervención de los Centros de Madres en el manejo de los Municipios; Con ojos de mujer (1990 en Puno, Perú), que trata sobre la vida de las mujeres en una comunidad aymara; y Ese sordo del alma con otras videastas del Movimiento, en torno de la violencia a la mujer de clase media.[4]

Según Romero la discriminación y los prejuicios machistas abundaban en el sector audiovisual e incluso en el Movimiento, aún cuando sus miembros compartían un espíritu progresista y cierta adhesión a la izquierda nacional. El subagrupamiento femenino dentro del MNCVB surge, justamente, como reacción a la discriminación sufrida y reproducida por las mismas videastas quienes reconocían cierto “miedo a la tecnología”. Así se configuró un espacio de intercambio y reconocimiento mutuo que corrió paralelo al avance de las organizaciones feministas en el país y, por supuesto, la región. La videasta considera que uno de los logros del período fue demostrar —a hombres y congéneres– que las mujeres no sólo podían desempeñarse como continuistas, vestuaristas o productoras, sino estar a la cabeza de un equipo como directoras, sorteando todo tipo de obstáculos externos e internos que van desde la escasez de tiempo físico y recursos económicos, hasta miedos e inseguridades: “Fue muy difícil pasar a la realización que, en líneas generales, es muy machista, piramidal, vertical, militar en la forma de organización […] ¡Los camarógrafos querían dirigir ellos!”. Por contrapartida, entre las voces masculinas “disidentes” se encontraba la del histórico guionista del cine boliviano Oscar “Cacho” Soria: “Él nos decía: ‘¡Ustedes tienen que decir su voz, hablar, expresar!’”.[5] Incluso a nivel de clase fue necesario romper con ciertos tabúes: los sectores medios urbanos —dentro del que se incluía a buena parte de los integrantes varones del Movimiento– se negaban a reconocer su propio machismo e incluso admitir la violencia de género en el hogar, cuestiones que las documentalistas también se encargaron de poner al descubierto y abordar.[6]

Para Raquel Romero quien, hay que subrayarlo, fue nada menos que secretaria ejecutiva del comité ejecutivo del MNCVB en sus primeros años de actividad:

Hacer cine y video en América Latina es también hacer historia, preservar mitos y respetar la identidad cultural de nuestros pueblos. Es mostrar un continente controversial y mestizo, que esconde detrás de la cara adusta del andino o el rostro impasible del guarayo una cultura plena de imágenes e imaginación. Como mujer el desafío es mayor: es necesario romper barreras, recorrer distancias y asociar la sensibilidad femenina a la técnica y a la electrónica, para crear, porque no decirlo, una posibilidad de ver el mundo de manera diferente: verlo con ojos de mujer (Romero, 1992: 9).

Liliana De la QuintanaLiliana de la Quintana estudió Comunicación Social en la Universidad Católica Boliviana en la ciudad de La Paz, y cine en el Taller de Cine de la UMSA, donde fue discípula de Luis Espinal: educador, comunicador, periodista, cinéfilo y luchador social, quien marcó con su ética y compromiso humanitario la perspectiva política y profesional de la joven documentalista. Con apenas 22 años, en 1981 funda con su esposo Alfredo Ovando la empresa productora “Nicobis”, uno de los pocos emprendimientos autogestivos y autofinanciados que poseía infraestructura y equipos de producción. Trabajaron para la TV Universitaria y también haciendo realizaciones por encargo: esas labores permitieron acumular cierta práctica y sobre todo recursos para poder abocarse a proyectos que eran de su interés. Algunos documentales fueron co-dirigidos con Ovando como La danza de los vencidos (1982); Cortometrajes bolivianos (1982); Lucho vives en el pueblo (1983); Café con pan (1986) y La chola Remedios (1990).[7] De la Quintana era la directora de los proyectos en materia de investigación y guión, mientras Ovando se encargaba de la cámara y la difusión itinerante del material. Sin embargo, la documentalista también dirigió por su cuenta algunos videos significativos como: La mujer minera y la organización, junto a Raquel Romero y Beatriz Palacios; La siempreviva (1988), sobre la organización de las trabajadoras floristas de La Paz, con guión de Elizabeth Peredo, y Ese sordo del alma con otras videastas del Movimiento; además de trabajos por encargo a organismos internacionales y programas de salud y educación a nivel nacional con temáticas referidas a derechos de la mujer, su lugar en expresiones de la cultura popular y el folklore, etc.

Autopercibiéndose como “cineasta comprometida”, De la Quintana contó que aunque ella nunca se sintió discriminada por Ovando, sí fue testigo de que otras de sus compañeras se sintieran de ese modo en su trato con los varones del campo. Por otra parte: “Como mujer la dificultad fue el peso y la magnitud de los equipos, que están hechos físicamente para los hombres. Y además cuestionar el rol de la mujer dentro de la producción audiovisual”.[8]

Las cuatro líneas de trabajo que han definido la producción de Nicobis responden y coinciden, como es obvio, con sus campos de interés. La primera es el documental social y político, videos-proceso que acompañan a los movimientos sociales y sus luchas históricas, tanto del pasado reciente como del presente. La segunda es la línea del documental etnográfico, que abreva en la tradición campesina indígena y las heterogeneidades culturales de las periferias urbanas. La línea documental feminista, la tercera, se interna en la problemática de la(s) mujer(es) y trabaja en sintonía con los círculos intelectuales afines (THOA —Silvia Rivera– y Taypamuc —Elizabeth Peredo–). Por último, la cuarta línea gravita sobre el universo infantil, utilizando la animación por computadora, técnica y formato en la que Nicobis fue pionera.

Sobre la perspectiva ética y política en sus documentales, la realizadora subrayó el cuidado de no caer en una mirada miserabilista: la preocupación central fue dar cuenta de la creatividad y la búsqueda de los sectores subalternizados, por resistir y cambiar sus condiciones de existencia. En efecto, según su opinión hacer cine y video resulta un desafío y un compromiso con la realidad y el tiempo presentes: “Es búsqueda permanente, es cuestionamiento obligatorio, es exigencia de calidad, es entrega, es amor por la vida” (De la Quintana, 1992: 13).

Cecilia QuirogaCecilia Quiroga, cuya formación estuvo en el campo de la Sociología, fue guionista y realizadora de programas de TV y documentales en video. Participó como miembro activa en el MNCVB y desarrolló tareas de investigación sobre cine y video comunitario hasta su fallecimiento en 2014.[9] Tempranamente se vinculó a la TV universitaria y al documental, así como también a prácticas de difusión alternativa:

Mi trabajo como realizadora está estrechamente ligado al campo social, educativo y de documentación. Pienso que es en esta área, donde cobra más sentido el video como un instrumento independiente de la televisión (…) El video histórico y educativo, tal como lo entiendo, cumple una función social importante, permite la diversificación de géneros, el desarrollo de un trabajo artístico y creativo y tiene como reto abrirse campo en la televisión imponiendo su propio estilo (Quiroga, 1992: 23).

Desde 1989 la Unidad de Comunicación del Centro de Promoción de la Mujer “Gregoria Apaza” produjo, a través del Taller de Reporteras Populares, una serie de video-reportajes en aymara a mujeres de El Alto titulada “Warmi Arupa”, que traducido significa “Palabra de mujer”, del cual Quiroga fue parte: “Los objetivos de esta producción televisiva son, por una parte, ir abriendo espacios donde se pueda dar a conocer la situación de subordinación en que vive la mujer aymara en las ciudades y, por otro, potenciar las capacidades expresivas desmitificando medios” (Quiroga, 1990: 15).

Junto al THOA, Quiroga dirigió el documental A cada noche sigue un alba (1986) cuyo tema es la memoria del movimiento anarquista en Bolivia durante las primeras décadas del siglo XX; y en 1987, junto a Esperanza Pinto realizó Intensos fulgores, un video de ficción que retrata la vida cotidiana de una mujer de clase media en los años veinte y establece una comparación con la época actual en pos de la problematización sobre los roles sociales asignados —ayer y hoy–, el crecimiento en la (auto)consciencia política y las formas de organización y participación en la lucha social.

Beatriz PalaciosAunque su producción como realizadora sea escasa, es necesario nombrar también como parte de esta nueva camada de documentalistas y pujantes protagonistas de la escena de los ochenta a Beatriz Palacios, desaparecida en 2003. Su labor se desarrolló casi por entero dentro del Grupo Ukamau liderado por Jorge Sanjinés, al cual se unió hacia 1974 durante el exilio peruano-ecuatoriano. En ese marco tuvo a su cargo tareas de difusión alternativa y como asistente de dirección, siendo además productora del largometraje Fuera de aquí (1977). En su vuelta a Bolivia es productora y co-directora junto a Sanjinés del único documental del grupo Las banderas del amanecer (1983) que, utilizando documentos, archivos visuales y testimonios orales, repone las luchas sociales en pos del retorno democrático desde 1978 hasta 1982.

Ella forma parte del núcleo inicial de jóvenes que funda el MNCVB pero, según algunos testimonios, permaneció siempre más concentrada en su trabajo dentro de Ukamau sin apartarse de la línea militante que el grupo practicaba desde la década del sesenta. Palacios fue miembro de jurados internacionales y del Consejo Superior de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. Seguramente a través suyo, el Movimiento pudo generar, estrechar y diversificar lazos de colaboración no sólo con los cubanos, sino con buena parte de los cineastas latinoamericanos.

Fue constante en su trayectoria el posponer sus propios proyectos en pos de actividades de gestión solidaria entre cineastas del Tercer Mundo, o bien garantizando la consecución de films del grupo —el más recordado de la década sin duda es La Nación clandestina (1989), con más de tres años de preparación. Con todo, Palacios co-dirigió con Raquel Romero y Liliana De la Quintana el documental La mujer minera y la organización. Sobre su perspectiva respecto de la práctica cinematográfica explicó:

Hago cine porque encuentro que es el medio más poderoso de comunicación de las mayorías de mi país, porque el cine construye conciencia de la realidad y rescata momentos importantes de nuestro pasado histórico que son necesarios para ampliar nuestra reflexión social. Pero no solamente hago cine porque es un instrumento vital en la tarea de pensarnos y repensarnos sino porque me gusta, porque me fascina la magia del cine, la posibilidad de capturar la vida fugaz, de fijar, casi siempre momentos de belleza, de emoción, de trascendencia humana o social o histórica (Palacios, 1992: 7).

Interlocutora y cómplice crítica, es justo dar cuenta también del significativo aporte de Silvia Rivera, socióloga, docente, intelectual y feminista con quien prácticamente todas las documentalistas que mencionamos entablaron una relación de aprecio y colaboración. Rivera es una referente insoslayable en lo que refiere a recuperar la memoria y las prácticas de organización y lucha de lxs trabajadorxs informales urbanos en las primeras décadas del siglo XX, tema de varios de los films que hemos mencionado, sin olvidar que ella fue el corazón mentor del THOA, espacio de reflexión, investigación y revaloración de las identidades indígenas y cholas. De ese maridaje potente entre producción intelectual y creación audiovisual de carácter femenino señaló:

ManifiestoYo creo en las Ciencias Sociales tanto como en la realización Videográfica o Cinematográfica. Creo que la mujer es muy perceptiva para lo cotidiano, es muy perceptiva para los detalles y a partir de los detalles creo que es capaz de leer o crear metáforas sobre la vida y los significados de la realidad, pero también creo que en una sociedad como la nuestra la mujer tiene una sensibilidad muy especial para las diferencias. De alguna manera las mujeres luchamos para que se nos respete como seres distintos del hombre y que seamos nosotras quienes definamos esa diferencia (…) creo que tenemos mucha capacidad de escuchar y de percibir las demandas de otros sectores de la sociedad que también luchan por la diferencia (…) (Rivera, 1992: 31).

Con esa perspectiva, buscando recuperar las memorias de los primeros sindicatos artesanales y diversas prácticas de la oralidad en Bolivia, realizó los documentales A cada noche sigue un alba junto a Cecilia Quiroga, y con Raquel Romero Voces de libertad.

Semejante es la trayectoria de Elizabeth Peredo: psicóloga social, investigadora, activista y guionista (La siempreviva); quien también formó parte de los primeros grupos feministas y de trabajo interdisciplinario abocados a investigar problemáticas de identidad, etnicidad y organización laboral en mujeres de sectores populares, tema recurrente en la filmografía documental femenina. En una coyuntura de desencanto por las adscripciones partidarias tradicionales, frustración tras la interrupción del proceso de transición por el golpe de García Meza, y luego brutal ajuste económico; la Universidad, los espacios culturales y la producción audiovisual se convirtieron en nodos de refugio, encuentro y creatividad, y, lejos de permanecer aislados, entretejieron lazos de retroalimentación.

Fue así que en la primera mitad de los ochenta Peredo se sumó a un círculo de intelectuales provenientes de la sociología, la antropología, la psicología y la educación (Grupo Taypamuc), que se interesó de un modo absolutamente original por la temática de las identidades femeninas y las formas de organización sindical anarquistas. Ello redundó no sólo en largos trabajos de campo e investigación, sino en la sistematización de aportes teóricos e históricos que influyeron y fueron influídos por los documentales que mencionamos bajo una relación de reciprocidad. Fue así que se construyeron herramientas de comprensión sobre una sociedad profundamente racista que había obturado del análisis histórico la contribución de las mujeres en las luchas sociales y contra el autoritarismo: justamente, los audiovisuales supieron darle rostro a esas “vertientes subalternas de rebelión (…)”.[10]

Como hemos visto, detrás de cada nombre hay una serie diversa de prácticas documentales, proyectos y saberes —técnicos, políticos, históricos e ideológicos– puestos en juego. Más cerca de la esfera artística —Caillet– o la militancia —Palacios–; en articulación con organizaciones de base —Quiroga– o en medio del clima de reverdecer universitario —Peredo–; volcadas a la investigación y la docencia —Romero, Rivera– o desarrollando proyectos autogestivos de largo aliento —De la Quintana–; las preocupaciones temáticas son semejantes y recurrentes, y se desplegaron entre principios de los ochenta y la primera mitad de los noventa, luego de lo cual tanto el MNCVB como su subagrupación femenina se dispersaron. Sin embargo, antes de que eso sucediera y a la par de las experiencias que iban recogiendo —hechas de logros y fracasos–, algunas documentalistas se dieron tiempo y energía para volver sobre sus pasos: eran conscientes de la necesidad de filmar con una mano/un ojo, y reflexionar, discutir, escribir y socializar, con la Otra.

Ellas: las de la palabra Otra

El Movimiento tuvo una herramienta de discusión y canal de difusión de sus propuestas tanto hacia el campo de producción audiovisual como al público en general: la Revista Imagen fue el órgano que hizo visible la vida de la entidad (propósitos, plataformas intelectuales, ciclos, concursos, etc.). Emprendimiento editorial autogestivo emanado de la propia asamblea del Movimiento, se financió con el aporte de los miembros, algunos auspicios de comercios “amigos”, la venta —por lo demás muy económica– de los ejemplares y el apoyo de la universidad, la Cinemateca Boliviana y el diario católico “Presencia”. Aunque en las entrevistas ninguna de las videastas expresó que fueran discriminadas para escribir y divulgar sus reflexiones en Imagen, lo cierto es que la mayoría de las notas están firmadas por varones. No obstante, es necesario observar la conformación del comité editorial: exclusivamente masculino, suma en el cuarto número (1987) a Maria Teresa Flores y Liliana De la Quintana quien, simultáneamente, cumplía dentro del Comité Ejecutivo del Movimiento el rol de Secretaria de Difusión y Cultura. En el quinto número de Imagen, a fines de 1988, se produce un nuevo cambio significativo: otra mujer, la egresada de la Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Andrés María Eugenia Muñoz, cubre el rol de jefa de redacción, y Teresa Flores queda como responsable de publicidad.

Con ese diseño de roles y responsabilidades más equitativo, no resulta azaroso que la sección temática especial de la revista en aquel quinto número, esté dedicada a la relación “imagen-mujer”. Por su originalidad y autoreflexividad, y puesto que son sus autoras algunas de las documentalistas que presentamos en la sección anterior —sabiendo que en las ediciones siguientes de Imagen no aparecerán textos de discusión de estas características–, comentaremos los artículos. Presentando a Danielle Caillet, María Eugenia Muñoz y Raquel Romero, el editorial les pondera como: “Puntos de vista que, creemos, deben convertirse en tema de discusión por la imperiosa necesidad que tenemos para que la mujer acceda de una manera permanente a la producción y realización audiovisual en nuestro país” (Revista Imagen, Editorial, 1988/1989: 1). De un modo singular y partiendo de su propia experiencia de trabajo, las tres reflexionarán sobre el peso específico de la mirada femenina dentro de la práctica del video boliviano que, aunque no lo expliciten, gravita casi exclusivamente en la órbita del documental.

Art_CailletEn su texto Caillet señala que, en el marco de un país subdesarrollado como Bolivia, con significativos porcentajes de pobreza, analfabetismo e inestabilidad política, el cine debía informar, concientizar y motivar. Frente a la propuesta del “tercer cine” (Octavio Getino-Fernando Solanas), un cine de intervención política —que, como dijimos, fue fundamentalmente masculino– Caillet postula:

la creación de otro cine, el cual trataría de la problemática de un mundo ignorado: el mundo de las mujeres de extracción popular en los países subdesarrollados que no solamente deben aguantar las humillaciones de la miseria sino también las vejaciones del machismo. Un cine que combatiría la doble explotación (…) y fomentaría la integración de este mismo potencial femenino al proceso de desarrollo. Este nuevo cine, el cual podría llamarse ‘POTENCIAL-MUJER’, de temática novedosa, refutaría, como primera medida, el denigrante papel secundario que se le atribuye a la mujer en las películas comerciales y algunas del cine-combate como también su función como provocadora sexual, su pasividad (…) Su propósito fundamental sería romper el esquema de nuestra sociedad patriarcal imponiendo percepciones renovadas con respecto al rol de la mujer (Caillet, 1988/1989: 2).

En la necesidad de impulsar un cine desde y con las mujeres de los sectores populares bolivianos, Caillet observa que es necesario atender su heterogeneidad interna constitutiva —cultural, geográfica y de clase–: “la mujer” no es una entelequia abstracta y deshistorizada, y la riqueza de experiencias de género ofrece no sólo desafíos sino también posibilidades. La documentalista insiste en la necesidad de que quienes faciliten ámbitos de visionado y producción audiovisual, adapten la transferencia de medios y códigos visuales a partir del reconocimiento de la multiplicidad de matrices culturales y horizontes de percepción y lenguaje, justamente en función de una eficaz apropiación de las herramientas: nunca será igual mirar y producir un video para y con una mujer campesina, una fabril, una estudiante o una palliri.

Aún ponderando sus intenciones, la reflexión de Caillet tropieza a veces con un enfoque esquemático respecto de los condicionamientos étnico-sociales: “Tomando en cuenta la estricta lógica del idioma aymara, se escogerá un desarrollo lineal, un encadenamiento causal, haciendo omisión del flashback y la anticipación (…) respetando el medio ambiente de la mujer campesina, el estilo cinematográfico tendrá que ser lento, reiterativo y global (…)” (Ídem, 3). La propuesta no termina de explicar ni profundizar en la relación cultura-práctica audiovisual femenina, y da poco margen de apertura y aliento hacia el hallazgo de nuevos recursos narrativos y formales que las participantes pudieran encontrar, recreando o incluso en tensión con su propio ámbito socio-cultural y lingüístico. Con todo resulta muy significativa la interpelación de Caillet a trabajar desde y con imaginarios culturales Otros en función de una mayor movilización, participación y concientización política y de género: “La novedad formal del cine “potencial-mujer” residiría no solamente en su expresión feminista sino también en su especificidad gramatical concorde al esquema mental de cada uno de los núcleos culturales” (Ídem). Más aún, y aquí parece haber una crítica al documentalismo social y al cine de intervención política, en un gesto que también revela las propias limitaciones de su quehacer: “(…) dejando de lado demagogia, paternalismo y autoritarismo, sólo existirá un cine del pueblo en manos de sus propios integrantes” (Ídem).[11]

Art_MuñozCon un epígrafe literario de Margueritte Duras (“Hiroshima mon amour”) —marca autoral sin explotar por otro redactor en los números anteriores de la revista–, la joven María Eugenia Muñoz parte de la asunción del audiovisual no como mera técnica sino como expresión y vehículo ideológico, y del realizador/a como sujeto responsable frente a la humanidad. Distingue entre dos principios que regirían la actividad humana y natural —masculino-activo y femenino-pasivo/de conservación– y se centra en el carácter femenino del cine. Frente a sociedades tecnologizadas y violentas que no buscan el equilibrio entre estos dos principios, la respuesta más acertada —según su perspectiva– es la oposición a toda forma de coerción a la libertad y la dignidad humana, y desde el campo de la cultura, proponer un cine femenino que traduce como “un cine introspectivo, que se ocupe del inmenso universo psicológico del hombre (…) un cine que rescate el sentido mágico y sagrado del mundo, que de más oído a las voces interiores y subterráneas, que reclaman más silencio (…)” (Muñoz, 1988/1989: 5). Aunque aquí se observa un contradictorio esquematismo donde “lo femenino” es el equivalente a ternura, belleza, magia e introspección; resulta interesante que la autora no ligue esos caracteres a una marca biológica específica, insistiendo en que puede encarnarse tanto en la mirada y la práctica de una mujer como de un varón.[12]

Por su parte, a la hora de problematizar las condiciones de posibilidad/limitaciones y los rasgos distintivos del trabajo audiovisual de las mujeres en Bolivia, Raquel Romero integra distintos enfoques de análisis —político, cultural, económico, de género. Denuncia con agudeza autocrítica las taras que cercan la tarea de las documentalistas y videastas en general: los prejuicios, discriminaciones y marginamientos “externos”, las autoinhibiciones, miedos y autoboicots “internos”; y las múltiples interacciones y mediaciones entre lo impuesto (desde afuera) y lo asumido (desde adentro). Señala:

Nuestro “acostumbramiento” a ser el soporte de la labor masculina nos ha hecho sentir y pensar que hay situaciones creativas y de dirección, para las cuales no tenemos condiciones (…) pero se trata de falacias que debemos romper nosotras mismas (…) Hay que romper las barreras educativas y culturales que nos han condicionado a estar “detrás de” o a “colaborar con” (…) Nuestro esfuerzo y nuestro trabajo serán los únicos argumentos válidos que nos abrirán los espacios cerrados, a veces por nosotras (…) Nuestro mayor compromiso consiste en valorizar los problemas femeninos, contextualizarlos dentro de una lucha global y sobretodo lanzarnos a la búsqueda de estilos y lenguajes propios, con una visión femenina del mundo… (Romero,  1989: 6-7).

Art_RomeroCon claridad meridiana Romero no sólo insta a sus compañeras a la recuperación conciente y activa de roles “cedidos” a los varones, sino también a defender como válida y necesaria una perspectiva que, aunque tachada de “sectaria” e incluso elitista o frívola, otorgue visibilidad y audibilidad a la pesada “cadena opresora” de segregación y marginalidad de la mujer: a sabiendas de las grandes diferencias en sus expresiones y manifestaciones concretas, se trata de una dolorosa realidad palpable en todos y cada uno de los grupos sociales bolivianos.

Las prácticas en la gestión institucional a nivel nacional y regional, la realización audiovisual, así como la elaboración y socialización de las reflexiones con perspectiva de género revisadas, vuelven comprensible la concreción el 1 de junio de 1989 —poco antes del Encuentro Latinoamericano de Videastas en Cochabamba– del Manifiesto de las Videastas bolivianas al que suscriben 12 mujeres del medio en pos de: la valoración de su trabajo audiovisual, la ponderación de la temática femenina, la lucha contra la discriminación, la validez de un sub-agrupamiento dentro del Movimiento local y regional, la divulgación de las labores y filmografías femeninas, la realización de talleres de capacitación, y la canalización de recursos económicos. Pedían también la apertura de una categoría especial en el concurso nacional Cóndor de Plata y la legítima remuneración por el trabajo realizado a fin de consolidar la profesionalización.[13]

Las mujeres videastas del Movimiento también supieron generar por sí mismas espacios de formación técnica: por ejemplo entre marzo y abril de 1990 organizaron un taller de sonido a cargo de Oscar Vargas, planeando para mayo uno de iluminación y posteriormente otro de edición.[14] Incluso, llegaron a organizarse a nivel regional. En 1989 y 1990 se realizaron en Lima el primer y segundo Festival de Mujeres Videastas Latinoamericanas —eventos organizados por miembros de la SAVI (Sociedad Argentina de Videastas) y el MNCVB (Nicobis), entre otros–; y tanto en el Encuentro Latinoamericano de Videastas de Montevideo como en el de Cuzco (1990 y 1992 respectivamente) se constituyó una comisión especifica de “Video y Mujer”, en cuyo marco se intercambiaron opiniones y experiencias entre las realizadoras de la región. Espacio de diálogo, de compartir problemas, deficiencias, miedos y diagnósticos; pero también socializar aportes, logros, audacias y aciertos.

Sin embargo, esta forma de articulación tuvo una corta vida y se diluyó: “A algunas les dio miedo enfrentarse con otros hombres (…)”, señaló Romero añadiendo que el bagaje feminista y sus implicancias resultaban demasiado comprometedoras. Creemos que, además de lo dicho, también influyeron variables económico-financieras que dificultaron los trabajos en red y colaboración, sumado a que cada realizadora fue centrándose en su propio camino profesional, amén de que la unidad de Movimiento local comenzaba ya a disgregarse a causa de disputas por recursos, entre otros factores.

Corolarios posibles y abiertos

Siendo hasta ese momento prácticamente inédito semejante protagonismo y visibilidad pública, el trabajo técnico y creativo de las mujeres videastas significó una disruptiva apertura y ampliación de la escena de producción audiovisual: produjo nuevos interrogantes sobre temáticas conocidas; irrumpió con paradojas incómodas para el imaginario social y puso en juego una praxis autocrítica que se diferenció de los modelos convencionales. Eso no significó un proceso armónico, falto de contradicciones, dudas y retracciones: las prácticas y las creencias respecto de su propio hacer estuvieron atravesadas por prejuicios externos asumidos y reproducidos, autoinhibiciones e inseguridades, y la continuidad creativa fue sumamente difícil de sostener.

No obstante, el documental fue para ellas un ejercicio de expresión visual y de pensamiento atento a voces/miradas Otras; un instrumento de documentación, denuncia y educación no formal. El video parece haber funcionado como una tecnología ética, política y comunicativa de (auto)consciencia: un dispositivo productor y visibilizador de diferencia, de “su” diferencia. Y si fue así, si a través de la imagen las videastas buscaron y crearon “su lugar” y le dieron su propia impronta, es porque no sin esfuerzo y constancia, esa decisión implicó primero y ante todo, la puesta en juego de una sensibilidad capaz de retornar a un pasado marginado, reencontrarse con un tejido de prácticas, saberes y experiencias de reivindicación y organización, y re-conocerse como herederas de la historia de otras mujeres bolivianas. Comprender y valorar esa presencia diferencial dentro de las luchas populares en la búsqueda de las libertades y derechos colectivos; mostrar y escuchar a “las invisibles” de la historia de los oprimidos, iluminó una genealogía olvidada a la que orgullosamente pertenecían, actualizaban y recreaban en pos del presente y el porvenir.

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Publicaciones

Revista Imagen Nº 1 Noviembre-Diciembre 1986. La Paz.

Revista Imagen Nº 2 Año 1 Enero-febrero 1987. La Paz.

Revista Imagen Nº 3 Año 1 Marzo-Abril 1987. La Paz.

Revista Imagen Nº 4 Año 1 Septiembre –octubre 1987. La Paz.

Revista Imagen Nº 5 Año 2 Diciembre 1988 y Enero 1989. La Paz.

Revista Imagen Nº 6 Año 3 Abril-Mayo 1989. La Paz.

Revista Imagen Nº 7 Año 3 Junio-Julio 1989. La Paz.

Revista Imagen Nº 8 Año 3 Abril 1990 (suplemento dominical en Diario Presencia)

Revista Imagen Nº 9 Año 3 Abril 1990 (Suplemento dominical en Diario Presencia)

Revista Imagen Nº 10 Año 3 Mayo 1990 (Suplemento dominical en Diario Presencia)

Revista Imagen Nº 11 Año 5 Julio-Agosto 1991. La Paz.

Entrevistas

Entrevista a Alfredo Ovando y Liliana de la Quintana: 6 de julio de 2015.

Entrevista a Raquel Romero: 10 de julio de 2015.

Entrevista a Elizabeth Peredo: 31 de julio 2015.

Notas

[1] Utilizamos la imagen de “escena de los ochenta” para metaforizar el proceso dinámico y conflictivo de configuración, desarrollo y dispersión de una serie de heterogéneas experiencias de producción en video que llevaron adelante jóvenes paceñxs desde el final de la dictadura de Bánzer (1977-1978) hasta comienzos de la década del noventa, y que convergieron en lo que se denominó el Movimiento de Cine y Video Boliviano (MNCVB). Nos inspira el título que Ana María Battistozzi dio en 2003 a una muestra sobre las experiencias de producción artística en los ochenta en Argentina, con epicentro en Buenos Aires, y que se exhibió en Fundación Proa: “Escenas de los ochenta”, se proponía mostrar el carácter interdisciplinar de aquellas propuestas que hibridaban teatro, música, performance, artes visuales, poesía, en medio de un clima epocal de contracultura y retorno democrático.

[2] Entrevista personal.

[3] Ídem.

[4] En cine realizó Vencer el abandono (1982), Destrucción nacional (junto a Paolo Agazzi y Diego Torres, 1983) y Abriendo brecha (junto a Agazzi, 1984).

[5] Ídem.

[6] “Nosotros que venimos de un mundo de izquierda, revolucionario, de pronto nos damos cuenta de que en ese mundo el machismo también es muy fuerte, muy acendrado y que las mujeres no tienen por qué construir discursos propios porque el discurso es “de clase” y somos todos iguales, y todo es homogéneo y no puede haber diferencias. ‘¿Por qué vas a diferenciar?’ ¡Eso es pequeño burgués, antirrevolucionario! (…) Esa fue una pelea muy fuerte con los hombres” (Entrevista personal con la autora).

[7] La danza… obtuvo el primer premio en video en el Festival Cóndor de Plata (Bolivia, 1982); Lucho… obtuvo el premio al mejor cortometraje en el mismo festival en su edición de 1983, mientras Café con… recibió en 1986 el primer premio en el Concurso Internacional sobre la deuda externa (categoría programa de TV), convocado por el Instituto Cubano de Radio y Televisión.; y fue mención especial en el 8vo Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (categoría video-reportaje). En 1989, La Chola recibió el premio UNDA-AL en el XI Festival de Cine y Video Latinoamericano de La Habana.

[8] Entrevista personal.

[9] Ver Quiroga (2012). Allí la videasta reivindica las experiencias de los ochenta como preámbulo de la explosión del video indígena y el video comunitario posteriores (década del noventa).

[10] Entrevista personal. Peredo recordó que uno de los primeros debates dentro del círculo de intelectuales feministas, y que podemos inferir también se filtró como interrogante entre las videastas al ser ambos grupos próximos en sensibilidad, fue el de la pertinencia/impertinencia del andamiaje teórico europeo para pensar el contexto andino, así como también los riesgos de la asimetría de clase, que podrían redundar en un “maternalismo asistencialista”. Simultáneamente hubo una tensión creciente respecto de la asunción/negación de contradicciones internas: mientras se transmitían ideas “de avanzada feminista”, no discutían ni la distribución de las labores en la familia y la casa, ni la condición de las trabajadoras del hogar.

[11] La autora insistió con frecuencia no sólo respecto de la complementariedad entre lo femenino y lo masculino a la hora de transformar la sociedad; sino también en la importancia de los medios audiovisuales y culturales, como el video, en tanto que formas concretas de intervención social y “trabajo mixto”: una herramienta de sensibilización sobre el mundo compartido, con incidencia en las mentalidades (Caillet en Calderón, 1990).

[12] Dice Muñoz: “(…) más que hablar del papel de la mujer en este medio de comunicación (que no veo por qué ha de ser opuesto o diferente al del hombre) valdría la pena hablar del papel de lo femenino en el cine” (Ídem). En este planteo queda soslayada la reflexión sobre la dimensión histórica en lo que hace a las relaciones de poder y dominación sobre la mujer en las sociedades modernas (de carácter patriarcal y machista).

[13] Suscribieron al manifiesto: Raquel Romero, Patricia Flores, Liliana de la Quintana, María Teresa Flores, Gabriela Ávila, Beatriz Fernandez, Esperanza Pinto, María Eugenia Muñoz, Catalina Delgado, Cecilia Quiroga, Eva Urquidi y Carmen G. B.

[14] No hay registros escritos sobre su concreción.

Cine, educación y cine educativo en el primer peronismo. El caso del Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar

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Por Eduardo Galak e Iván Orbuch

Resumen[1]

El Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar fue una iniciativa oficial, gestada en 1948. Este organismo es representativo del ideario que gobernó entre 1946 y 1955 en la Argentina, el cual desde su llegada al poder procuró un Estado omnipresente que abarque, mediante la transmisión masiva de sus mensajes pedagógicos y propagandísticos, todo el territorio nacional. Esta indagación aborda la institucionalización estatal del cine educativo como recurso audiovisual didáctico, observando las propuestas antecesoras nacionales e internacionales para la fundación de este organismo gubernamental, y cómo funcionó en tanto parte de un proyecto que utilizó al cine educativo como dispositivo para educar las sensibilidades y el carácter de los argentinos.

Palabras claves

Educación; Cine; Estado; Argentina; Peronismo.

Abstract

The “Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar” was an official initiative, created in 1948. This organism is representative of the ideology that in Argentina governed between 1946 and 1955. From its arrival to power built an omnipresent state through the mass transmission of its didactical and propagandistic messages in the entire Nation. This research analyzes the state institutionalization of educational cinema as an audiovisual pedagogical resource, observing the national and international past proposals for the founding of this governmental organization and how it worked as part of a project that used the educational cinema as a device to educate the sensibilities and the character of the Argentines.

Keywords

Education; Cinema; State; Argentina; Peronism.

Resumo

O “Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar” foi uma iniciativa oficial, criada em 1948. Este organismo representa a ideologia que governa na Argentina entre 1946 e 1955, conhecida como “peronismo clássico”, que desde a sua chegada ao poder procura um Estado omnipresente em todo o país através da transmissão didática e propagandística de suas mensagens. Esta pesquisa trata da institucionalização estatal da produção e difusão dos filmes educacionais como recursos audiovisuais pedagógicos, observando as propostas nacionais e internacionais precursoras para a criação dessa agência governamental, e como trabalhou como parte de um projeto que usou o cinema educativo como um dispositivo para ensinar sensibilidades e o caráter dos argentinos.

Palavras-chave

Educação; Cine; Estado; Argentina; Peronismo.

Datos de los autores

Dr. Eduardo Galak

CONICET/UNLP-IdIHCS

Profesor en Educación Física, Magíster en Educación Corporal y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), con post-doctorado en Educação, Conhecimento e Integração Social (UFMG-Brasil). En la actualidad es Investigador Asistente del CONICET (Argentina). Ejerce la docencia actuando en grado y posgrados. Es autor del libro “Educar los cuerpos al servicio de la política. Cultura física, higienismo, raza y eugenesia en Argentina y Brasil” (2016) y compilador de “Cuerpo y Educación Física. Perspectivas latinoamericanas para pensar la educación de los cuerpos” (2013) y “Cuerpo, Educación, Política: tensiones epistémicas, históricas y prácticas” (2015).

Mg. Iván Orbuch

UBA/UNDAV

Profesor de Historia (UBA). Magister en Ciencias Sociales con Orientación en Educación (FLACSO). Doctorando en Educación (UBA). Se desempeña como Profesor de Historia General de la Educación en esa casa de estudios y de Historia de la Cultura en la UNDAV. Autor de numerosos artículos sobre educación, sociedad e historia en revistas científicas internacionales. Autor del libro Peronismo y Educación Física. Políticas públicas entre 1946 y 1955 (2006).

Fecha de recepción: 12 de marzo de 2017

Fecha de aprobación: 30 de abril de 2017

Introducción

Los trabajos sobre historia de las sensibilidades en su gran mayoría tematizan cómo los sentidos gubernamentales centralizados irradian centrífugamente prácticas, saberes y discursos que forman el carácter de modos relativamente explícitos pero absolutamente pragmáticos.[2] En este registro se inscribe el presente estudio, el cual analiza cómo el primer peronismo llevó adelante una manifiesta política de la imagen, en tanto estrategia activa para la construcción de dispositivos gubernamentales. En efecto, desde la llegada al poder público de Juan Domingo Perón en 1946 el Estado fue paulatinamente tornándose omnipresente en diversos aspectos de la vida cotidiana, encontrando en la proliferación de recursos audiovisuales un aliado para la difusión, a través de los poros de la sociedad, de mensajes de gobierno y propagandísticos-partidarios.

El rol que la Subsecretaría de Informaciones cumplió durante aquellos años se inscribe en esta dirección: si bien creada el 21 de octubre de 1943 por el gobierno de facto del General Pedro Pablo Ramírez, esta dependencia de la Presidencia de la Nación cobra una inusitada trascendencia cuando el por entonces Secretario de Trabajo y Previsión Juan Domingo Perón la considera un efectivo vehículo para hacer conocer las obras de gobierno que llevaba adelante. Luego del ascenso de Perón a la Presidencia de la Nación el 4 de junio de 1946, se evidencia un desarrollo de políticas oficiales referidas a la transmisión audiovisual de contenidos, siendo ésta una marca distintiva de sus dos primeros gobiernos, caracterizados por la difusión verticalista de comunicaciones gubernamentales y por una suerte de educación de las sensibilidades y del carácter.

La comunicación (peronista) de masas (peronistas)

Las primeras décadas del siglo XX, y en particular con el desarrollo tecnológico que impulsó la Segunda Guerra Mundial generaron una revolución en el plano de la comunicación de masas que trascendió las fronteras nacionales. Países como Inglaterra, Estados Unidos, Unión Soviética, Alemania e Italia, entre otros, demostraron la eficacia de métodos de propaganda basados en la utilización simultánea de variados recursos audiovisuales existentes en la época, con el explícito objeto de introducirse en la cotidianeidad de las poblaciones (Gené, 2005: 35). En este registro se inscribe la cinematografía como dispositivo de entretenimiento, información, pasatiempo cultural e instrumento educativo.

En el plano argentino, las gestiones de Juan Domingo Perón como presidente entre 1946 y 1955 no fueron la excepción, sino todo lo contrario. En tanto movimiento político que se autopercibe y autoconstruye desde sus inicios como fundante de una nueva era, el primer peronismo tuvo como una de sus iniciativas políticas por excelencia la constante y didáctica difusión de sus planes de gobierno a través de diversos medios, como la prensa gráfica, radiofónica y, por supuesto, la audiovisual. La interpretación de la utilización del cine como método propagandístico eficaz para hacer llegar sus postulados a vastos segmentos sociales confirma esta hipótesis (Kriger, 2009). Si bien incluso antes de la década peronista existían normativas estatales sobre cinematografía como recurso político, con numerosas leyes y decretos que apuntaban a estimular la producción comunicacional de mensajes gubernamentales mediante la proyección de fotogramas, cierto es que desde 1946 en adelante se produce una crucial resignificación de la relación Estado-industria cinematográfica.

Con esta premisa de trasfondo se percibe la importancia de la cinematografía como recurso pedagógico: en efecto, pueden encontrarse en los dos Planes Quinquenales elaborados por el movimiento político liderado por Juan Domingo Perón diversas menciones no solo a esta estrategia comunicacional, sino también referencias a la relevancia de desarrollar la “cinematografía escolar”.[3] Mediante la puesta en marcha de estos planes gubernamentales, sancionados como leyes por el Congreso Nacional, se determinaron lineamientos y prescripciones en diferentes aspectos de la vida social, inclusive aquellos atinentes a ciertas prácticas culturales como el cine. Resulta significativo aclarar que este sentido respecto a lo político del peronismo puede ser leído en clave biopolítica pensada como régimen de la vida moderna. En palabras de Perón, con el objetivo de velar por la implementación de estos planes gubernamentales, “se trata de realizar una observación continua y una vigilancia permanente de cada uno, para asegurar su cumplimiento de conjunto” (Argentina, 1953b: 6). En efecto, el modelo de gobierno peronista expresado en los Planes Quinquenales de 1946-1951 y 1952-1955 refleja una explícita pretensión por gestionar centralizadamente la vida de la población, particularmente a través de institucionalizar –y, por ende, legitimar– prácticas sociales.

Es particularmente en las directrices que plantea el segundo Plan Quinquenal en donde es posible hallar referencias directas al papel que se espera desempeñe el cine como “auxiliar de la enseñanza”, considerando que el propósito central que el Estado le asigna a la educación pasa por lograr la formación física, moral e intelectual del conjunto de la población argentina (Argentina, 1953a). En esa dirección, la cinematografía, a la par que la radiofonía, la televisión y la fonografía, fueron utilizados como vehículos de educación popular y definidos como medios modernos de transmisión de contenidos a los cuales el Estado les debía prestar especial interés. Más aún, estos recursos eran considerados como verdaderos artífices en la formación de lo que según la retórica de la época era la “unidad espiritual argentina” (Argentina, 1953b: 87). Fuera de lo estrictamente escolar, parte de la trascendencia de estos dispositivos para masificar las obras de gobierno puede ser observado por el hecho de que el cinematógrafo era concebido como un medio potente de desarrollo de la cultura artística, con el firme objetivo de elevar la cultura social del pueblo. Dentro de la institucionalidad de las escuelas, como muestras del uso del cinematógrafo con un decidido apoyo estatal las funciones escolares y extra escolares constituyen dispositivos que fungieron de recurso para la proyección de fotogramas sobre diversos contenidos, entre los que se destaca una clara pedagogía del cuerpo y del carácter (Galak, en prensa).

En efecto, la utilización de las imágenes tuvo un claro componente pedagógico en el gobierno peronista, las cuales resultaron clave para forjar un complejo entramado visual, útil para legitimar sus acciones, pensamientos e ideologías, tal como sostiene Marcela Gené (2005). La reproducción técnica de representaciones gráficas o audiovisuales, sean en publicaciones en papel o a través de medios como la cinematografía o la radiofonía, consiguió enhebrar en el imaginario colectivo una diversidad de nuevos símbolos que el peronismo forjó durante esos años, tales como la incorporación de nuevos sujetos sociales otrora invisibilizados –por caso los “descamisados” como sinónimo clasista de trabajadores– o la idea de construcción de una “Nueva Argentina”, haciendo de imágenes dispersas una urdimbre iconográfica con objetivos políticos concretos y visibles.

Puede esgrimirse que estas acciones son el resultado de una notoria y particular pedagogía peronista, uniforme y pragmática, que interpretó la existencia de un vacío comunicacional que debía ser llenado con contenidos reproducidos a través de diversos dispositivos, pero producidos por un estamento estatal que elabore y homogenice sentidos “oficiales”. Claramente la figura emblemática de este proceso durante los gobiernos de Perón fue Alejandro Apold, quien en 1947 asume como Director General de Difusión, para luego, dos años más tarde, quedar al frente de la Subsecretaría de Información.[4] Dentro de este contexto de institucionalización de los medios de comunicación de masas (radiofónicos, audiovisuales, gráficos, literarios) que se afianza progresivamente en el segundo cuarto del siglo XX, se erige durante la década peronista el Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar, y con ello un órgano estatal clave para la difusión en todo el territorio nacional de una misma significación peronista.

La institucionalización estatal de la cinematografía escolar

Bajo la premisa de que las imágenes audiovisuales eran un factor educacional novedoso y relevante al cual había que prestar atención estatal, se crea en 1928 en Roma el Instituto Internacional de Cinematografía Educativa, cuyos estatutos fueron avalados por la Sociedad de las Naciones (Serra, 2011). Puede esgrimirse que este Instituto fue la expresión de un clima de época, significando la puesta en marcha de organizaciones con ambiciosos propósitos científicos y culturales de índole mundial, que resultaron en la producción de material audiovisual como recurso pedagógico. Unos años más tarde, a instancias del Instituto, se elabora un convenio de carácter internacional para promover la libre circulación de este tipo de películas. El mismo, suscripto por representantes de treinta y nueve naciones entre el 5 y 11 de octubre de 1933, fue indudablemente un hito en la historia de la cinematografía escolar dado el incentivo estatal para la actividad (Herrera León, 2008: 5). Con posterioridad, se organiza en 1934 el Congreso Internacional del Cine Educativo e Instructivo en París, aunque, como sostiene Andrés Del Pozo (1997: 61), si bien este Congreso fue relevante, las conclusiones a las que allí se arribaron fueron al menos discutibles desde una mirada pedagógica, puesto que en el documento final quedó plasmado el rechazo del cine hablado como instrumento didáctico y la consideración del cine mudo, acompañado de la palabra del profesor, como procedimiento instructivo ideal.

Estas iniciativas internacionales funcionan como antecedentes a partir de los cuales se desarrollaron una serie de proyectos en Argentina con el objeto de hacer del medio fílmico un recurso didáctico. A las diversas notas que recurrentemente aparecían en la prensa pedagógica nacional en favor de incorporar el uso de la cinematografía en las escuelas –por caso, en “El Monitor de la Educación Común” y en la “Revista de Educación de la provincia de Buenos Aires”[5] puede sumarse el rol desempeñado por el pedagogo Carlos María Biedma a través de la Escuela Argentina Modelo, que entró en funcionamiento en 1918. No obstante, fue a partir del decisivo aporte de la reconocida maestra Rosario Vera Peñaloza, que ambos impulsaron en 1923 el uso del cine con fines didácticos a partir de la realización de filmaciones históricas con la actuación de los alumnos del establecimiento.[6] Una década más tarde se llevó adelante en la mencionada institución una Exposición de cinematografía escolar que fue cubierta con elogios por “El Monitor de la Educación Común”, en la cual se esbozó que “fue una muestra palpable de las múltiples aplicaciones que estos aportes de la ciencia pueden tener en la enseñanza” (Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, 1934). Otra contribución importante en este sentido resultó la creación de la Sociedad de Educación por el Cinematógrafo, fundada en 1932 e incorporada al Museo Social Argentino tres años más tarde. Esta Sociedad llevó adelante la Primera Exposición Internacional de Cinematografía Educativa en Buenos Aires el 10 de junio de 1939 y su Comisión de Consulta estuvo presidida por el líder socialista Alfredo Palacios e integrada por el prestigioso jurista Rodolfo Rivarola y por integrantes de las Fuerzas Armadas argentinas como el General Basilio Pertiné (Argentina, 1939). Entre una interesante bibliografía producida en Argentina sobre la relación entre cine y Estados, se destaca “Cinematografía escolar” de Ida Luciani (1937), un texto relativamente contemporáneo de estos sucesos, en el cual su autora recopila una serie de escritos sobre cómo se han implementado en el primer tercio del siglo XX imágenes cinematográficas como recursos educativos en Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y en diversos países europeos.[7]

En los fundamentos del proyecto de Ley enviado al Congreso por el diputado laborista Leandro Reynes en el año 1946, que creó la Dirección Nacional de Cinematografía Educativa, pueden rastrearse más antecedentes de la utilización del cine como auxiliar educativo (Argentina, 1946: 11).[8] Allí se pone como ejemplo, iniciativas similares en diversos países como Francia e Inglaterra, a la vez que se destaca lo cuantioso del presupuesto estatal en Europa comparado con lo exiguo de los fondos destinados en Argentina para similares fines, razón por la que Reynes aboga por una mayor intervención del gobierno. El legislador autor de la propuesta menciona a pedagogos de prestigio, como Víctor Mercante y Pablo Pizzurno, quienes propiciaron el uso del medio fílmico fotogramas en las aulas argentinas, a la vez que expone diversas iniciativas que procuraban institucionalizar la cinematografía como recurso pedagógico.

El 10 de abril de 1940 se trató de solucionar el problema creando una Comisión de Cinematografía Escolar, la cual aconsejó la adopción de películas de 16 mm. y el Consejo se expidió favorablemente. Terminada la función de esta Comisión, se nombró una segunda, con el cargo de estructurar la aplicación del cine en las escuelas el 16 de noviembre de 1942 (Argentina, 1946: 14).

Reynes explica que en el momento de presentar su proyecto existían dos organismos creados previamente que tienen atribuciones sobre el cine educativo: la Oficina de Ilustraciones y Cinematografía Escolar y la Comisión Especial de Cinematografía y Cineteca. Vale la pena aclarar que el diputado no era un novato en la materia, ya que había publicado en 1937 una obra llamada “El problema del cinematógrafo para los niños”, en la cual expone sus postulados acerca del doble rol de la cinematografía escolar, por un lado, como auxiliar de la enseñanza y, por el otro, como factor relevante de la educación moral (Reynes, 1937: 5). Empero, para el legislador, periodista de profesión, lo hecho hasta el momento de la fundación de la Dirección fue “esporádico, inorgánico e incompleto”. Finalmente, el 28 de agosto de 1946 se creó la Dirección Nacional de Cinematografía Educativa, con el objetivo según lo esgrime su artículo primero de abarcar “todo lo relacionado con la utilización de la cinematografía como auxiliar didáctico en las tres ramas de la enseñanza [en referencia a la instrucción intelectual, moral y física], en el territorio de la Nación, y se ocupará en general de cuantos problemas se vinculen con el empleo del cinematógrafo como agente de educación y cultura” (Argentina, 1946).

Este proyecto funcionó como antecedente directo para que el 24 de junio de 1948 se institucionalice el Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar por decreto del Poder Ejecutivo, como organismo perteneciente al recientemente creado Ministerio de Educación. Su primer director fue Joaquín Mosquera, quien ejerció ese cargo durante dos años hasta el 15 de diciembre de 1950 (Argentina, 1951), marcando como impronta de su gestión el federalismo de sus propuestas, en clara sintonía con los postulados que el Ministerio desplegaba. Según Suárez y Enrico (2004), existen registros de visitas de Mosquera a distintos rincones del país en una suerte de misión federal, como por ejemplo cuando asiste en Tucumán el prestigioso Instituto Cinefotográfico que pertenecía a la Universidad Nacional de dicha provincia, el cual contaba con importantes fondos económicos y que también recibía visitas de destacados funcionarios peronistas, como el ministro de Educación de la Nación Oscar Ivanissevich.[9]

01 Cine EducaciónSi bien no abundan los documentos sobre este Departamento –perdidos por desinterés archivístico y por decisiones político-institucionales que pretendieron hacer olvidar parte de la historia nacional–, puede reconstruirse que el 19 de diciembre de 1950, por medio del decreto nº 26.774, el Suboficial Celestino Eugeni asume en reemplazo de Mosquera, y con ello se inaugura una nueva época. Mediante una gestión marcada por el imperativo de difundir en todo el país y a través de diferentes y renovados recursos la obra del Departamento, Eugeni será el responsable de una obra de enorme valía como fuente histórica: la revista Noticioso.

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La revista Noticioso. Federalización y masificación de una política pedagógica audiovisual

Cuando por iniciativa del Ministerio de Educación de la Nación se publica en enero de 1952 la revista Noticioso del Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar, y hasta la interrupción del segundo gobierno peronista en 1955, los docentes de todo el país podían recibir en las escuelas una herramienta pedagógica que les informaba qué producciones y cómo utilizar didácticamente registros audiovisuales y radiofónicos. Con una tirada que fue decreciendo con el correr de los años, pasando de la mensualidad entre 1952 y 1953 a ser bimestral en 1954 y trimestral en el último año que se imprimió, esta revista se propuso como medio de comunicación no solo de las actividades desplegadas por el Departamento que la editaba, sino fundamentalmente como dispositivo gubernamental de difusión de discursos oficiales.

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A través de sus ejemplares pueden observarse algunas secciones fijas, tales como el editorial, el cual generalmente se encontraba dedicado a cuestiones políticas gubernamentales propagandísticas del peronismo –en ocasiones ajenas a las cuestiones estrictamente cinematográficas o pedagógicas–, el apartado de artículos denominado “Tiras didácticas”, que se constituye de textos orientados a mostrar a los lectores –con un claro criterio pedagógico dedicado a los docentes– gráfico por gráfico cómo utilizar didácticamente los recursos audiovisuales, complementando los números de la revista con columnas vinculadas al uso y a las potencialidades de la radio, el cine, el teatro vocacional y la novísima televisión.

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La palabra oficial del Ministerio de Educación encontró entonces su lugar al interior de la publicación en el editorial que aparecía en todos los números. Un análisis detallado permite entrever la recurrencia de tres temáticas que muestran la fuerte utilización de este recurso pedagógico como dispositivo gubernamental: primero, resultó uno de los temas centrales en los números de la revista Noticioso la trascendencia otorgada por el peronismo a las innovaciones tecnológicas, como la radiofonía, el cine o la televisión, segundo, la reproducción en estas páginas de los lineamientos de gobierno reunidos en el Segundo Plan Quinquenal, en donde el cine aparece como “auxiliar de la enseñanza” (Argentina, 1953a), y, tercero, desde el nº 8 de agosto de 1952, sucesivas notas sobre la muerta de Eva Duarte, “Evita”, la esposa del por entonces presidente Juan Domingo Perón, “Jefa Espiritual de la Nación” que aparece en Noticioso como la “suprema maestra”.

Siguiendo con esta línea, un análisis detallado de los editoriales permite identificar una serie de características comunes entre las primeras ediciones y las últimas, que llegan al final del mandato de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955. Citando un caso concreto, en el segundo ejemplar se explicita la postura peronista respecto al rol docente, descripto mediante las siguientes palabras: “En una sociedad bien jerarquizada la tarea docente no puede prescindir de las imposiciones que transmite la colectividad, sino por el contrario, asimilarlas e inculcarlas poniendo en juego todos sus recursos didácticos” (Noticioso n° 2, Febrero de 1952: 4).

Estas palabras dejan entrever la resistencia ejercida por un porcentaje importante del cuerpo docente ante lo que sus miembros consideraban como una suerte de intromisión por parte del Estado, que ponía en peligro la autonomía de la comunidad educativa, una característica del modelo escolar peronista que trascendió diversos ámbitos, tal como explican Jorge Bernetti y Adriana Puiggrós (2006: 189).

También puede observarse en las notas cierta persistente acción estatal por doblegar aquellas resistencias. Desde la perspectiva peronista, el natural interprete de las necesidades de la colectividad era el movimiento justicialista conducido por su líder, en un tipo de política caracterizada por su sentido centralizado, verticalista y unipersonal. Teniendo este posicionamiento de fondo se entienden entonces las palabras que aparecen en el mismo editorial del número 2 de la revista, cuando se afirma que “los maestros deben prepararse a cumplir eficazmente con los postulados de la Nueva Escuela Argentina” (Noticioso N° 2, Febrero de 1952), como una suerte de deber ser encarnado que se manifiesta en las prácticas, o, dicho de otro modo más directo, que los docentes deben funcionar como el vehículo de la transmisión del ideario peronista. En efecto, resulta claro que si se está construyendo una “nueva” nación, tal como pregonaba la publicidad oficial, la escuela no podía quedar al margen de ese proceso. Por el contrario, mientras que el Estado funciona como el gestor de las políticas públicas, la escuela y los maestros sirvieron de garantes que operaban tales sentidos. Más allá de una fuerte retórica propagandística, la gubernamentalidad estatal también se encargaba de dotar de material didáctico, recursos tecnológicos y capacitaciones para que estas iniciativas se materialicen, tal como la propia revista Noticioso ejemplifica.

A su vez, la idea de realizar un gobierno profundamente federal puede apreciarse en sucesivos números, como el de octubre de 1952, en el cual se lee que “la exitosa siembra llevada a cabo por el Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía, al concretar la feliz iniciativa de organizar un curso de aprendizaje y capacitación de docentes en la aplicación de la cinematografía educativa en las escuelas del país ha comenzado a dar sus frutos” (Noticioso, Nº 10, Octubre de 1952: 6).

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Siguiendo esta lógica, la ciudad de Alta Gracia, en la provincia de Córdoba, fue la sede de la inauguración de la temporada escolar del cine didáctico con la proyección de películas como La Patria en Marcha, Llama de la Argentinidad, Fragata Sarmiento y Ciudad Infantil, entre otras.[10]

De sus títulos se desprende la importancia por (re)significar las ideas de patria y nacionalismo, asociadas a una política exterior independiente y altiva, lo cual estaba en línea con la perspectiva que a comienzos de la década de 1950 fomentaba el peronismo. A su vez, puede observarse en el listado de producciones audiovisuales que proponían como material didáctico escolar que el principal destinatario del discurso renovador de la Argentina estaba centrado en la figura (universalizada) de los niños –y por extensión de las niñas–, concebidos como objetos del Estado, fundamentalmente como receptores pasivos del asistencialismo y las ayudas sociales. En definitiva, se pretendía mostrar en las escuelas un Estado presente, pero esencialmente omnipresente.[11]

Además de la peronización editorial, aparecen de modo recurrente en la revista como secciones fijas un “Catálogo de películas” que recopila títulos de cintas en 16 mm. que podían ser usadas para fines pedagógicos, las cuales se ponían a disposición en préstamo por el Departamento, y la “Tira didáctica”, uno de los principales apartados de Noticioso que reunían imágenes y actividades para que sean utilizadas por los docentes en sus respectivas clases. Precisamente acerca de esta sección, los artículos publicados permiten reflexionar acerca de los discursos pedagógicos que se postulaban desde el Departamento. Por caso, en el octavo número de la revista, el motivo de la tira pasa por un exhaustivo análisis de la geografía física de la Argentina, argumentando la nota en la importancia para la “Nueva Argentina” de contemplar la vastedad y diversidad de nuestra geografía, en otro claro ejemplo del federalismo que las páginas de Noticioso querían imprimir. Más aún, en el tercer número de la publicación, de marzo de 1952, pueden leerse como títulos de estas “Tiras didácticas” las “Estampas Salteñas” y “Paisaje y deporte”, cuyas notas se exaltan los lugares naturales de nuestro país y la posibilidad de practicar todo tipo de actividad física y deportiva a lo largo y ancho del territorio nacional, en cualquier época del año. En esa línea, puede encontrarse un tópico semejante en el número 7, correspondiente a julio de ese mismo año, cuando se esgrime el sentido pedagógico de la proyección de la película Vacaciones en la nieve, de 12 minutos de duración, en la cual, además del federalismo, se profundiza en el derecho al ocio, política que el discurso peronista legó para los trabajadores argentinos.

En Marcha de la Reconquista puede encontrarse otro ejemplo de la unión del cine con el simbolismo que el gobierno de Perón explotó hábilmente: este film versa, con relativa e interesante futurología, sobre el mensaje al pueblo argentino del año 2006, en ocasión del bicentenario de la recuperación de Buenos Aires de manos británicas. La noción de un futuro mejor y próspero es temática recurrente, mostrando un clima de época que trasciende las fronteras argentinas. Lo que resulta significativo es que ese porvenir imaginaba la Nueva Argentina con continuidad del peronismo: por contradictorio que parezca, la línea editorial del film no pudo prever el golpe de Estado que derrocó a Perón apenas tres años más tarde, pero sí predecir que en 2006 el país estaría gobernado por un partido político con fuerte identidad peronista. La idea de un nacionalismo por sobre todas las cosas se erige de un modo potente en las mencionadas producciones, pero principalmente puede verse en Pueblos dormidos, cuyo título exime de mayores comentarios.[12]

Como parte de las notas publicadas sin sección fija, se destaca la utilización de estas páginas como recurso doctrinario, incluso sin ninguna referencia a la radioenseñanza o a la cinematografía escolar. Por ejemplo, en el número de marzo de 1952 aparece un retrato de Juan Domingo Perón y algunos de sus pensamientos respecto a la situación mundial, el trabajo y la familia. De este modo puede apreciarse que Noticioso sirvió no solo para difundir herramientas sobre la cinematografía, sino como tribuna para transmitir la omnipresente imagen del entonces Presidente, acompañada por un intencionado recorte de sus postulados. Este tipo de discursos gráficos es una constante de la revista, ocupando un espacio cada vez mayor en las ediciones en detrimento de artículos “específicos” sobre dispositivos tecnológicos como medio pedagógico, transformándose paulatinamente la publicación en otra vía por la cual las retóricas peronistas pudieron difundirse de modo constante.

La revista también dio lugar a notas técnicas, cuyo sentido consistía en funcionar a la vez como recurso pedagógico y práctico. De allí que en “Disquisiciones en torno al cine documental” puede leerse que la cinematografía documental es aquella que “obtiene razones éticas o estéticas de los hechos y procura crear una conciencia” (Noticioso n° 7, julio de 1952: 10). Conciencia que debiera ser colectiva, accesible al gran público merced al talento profesional, ya que es necesario “para interesar al espectador del Plan Quinquenal, que en principio carece de esa alternativa cómoda de lo sensorial, de lo literario, de lo bonito, de la moda” (Noticioso n° 7, julio de 1952: 10). Como puede desprenderse, la pedagogía apunta no solo a los docentes, destinatarios de la publicación, sino a todo el público argentino.

En otra dirección pero en similar registro, la idea de un Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar activo, participativo y llevado adelante por los docentes de todo el país puede percibirse como parte de la mencionada estrategia de cooptación desplegada por el Ministerio de Educación de la Nación. Así lo refleja el artículo con el sugestivo título “Para usted señor Profesor, para usted señor Maestro”:

Nos dirigimos a la docencia nacional, para que desde el lugar de desempeño de sus funciones nos haga llegar su parecer mediante la crítica constructiva, sus valiosos proyectos y sanas iniciativas, en suma, su eficaz colaboración para que el Cinematógrafo y la Radiofonía escolar lleguen al último rincón de la patria, para que sea una realidad aquello de que con la cooperación de todos los educadores se benefician todos los educandos, contribuyendo a mantener el principio de educar y aprender deleitando (Noticioso N° 3, marzo de 1952: 3).

En esta misma nota se revela la importancia que se le pretende otorgar a los docentes en general, y particularmente a aquellos que pongan en práctica el método audiovisual como manera didáctica para forjar hombres y mujeres sanos y honestos, cumpliendo con el mandato social asignado por Dios (Noticioso N° 3, Marzo de 1952: 3). En este sentido, es posible observar una dimensión espiritual asignada al lugar de lo educativo, lo cual es una muestra de la alianza estratégica del peronismo gobernante con la Iglesia Católica, que poco tiempo después de la publicación de esta nota se quebranta, constituyéndose en una de las causas por las que Perón sería derrocado en 1955 (Caimari, 2010).

La difusión de las producciones fílmicas del Departamento de Cinematografía Escolar también tuvo su lugar al interior de la revista. Por caso, en la película sonora en 16 mm., de 18 minutos de duración, titulada Nuestras escuelas de Aprendices (Noticioso N° 3, Marzo de 1952), puede apreciarse el proceso de trabajo desarrollado en el mencionado tipo de institución educativa, icónica del peronismo. Vale la pena aclarar que el film fue realizado en colaboración con la Dirección Nacional de Construcciones Portuarias y Vías Navegables, con la finalidad de “orientar al egresado de las escuelas primarias con vocación por las manualidades hacia el noble oficio de las artesanías” (Noticioso N° 3, Marzo de 1952: 9). Resulta significativa la difusión de esta producción, puesto que hace hincapié en dos cuestiones centrales para el peronismo: por un lado, la importancia del trabajo interministerial, mostrando un Estado omnipresente pero a la vez polifuncional, lo cual se liga con el constante propósito de dar a conocer todas las actividades gubernamentales y, por el otro, el fomento de la escuela industrial, principalmente gracias a las becas otorgadas por el Ministerio de Obras Públicas, constantemente mostrando la imagen de un aprendiz que, con abnegado sacrificio, transita su educación de un oficio determinado. Por último, el sentido plural del título de esta película muestra lo que las imágenes rubrican: la proyección de actividades en escuelas localizadas en Capital Federal, Paraná, Concepción del Uruguay, Rosario y Corrientes, todas ellas semejantes y emparentadas, reforzando el aurea de ser política de un gobierno federal, como nunca antes en la historia argentina.

Reflexiones finales

El peronismo tuvo entre sus objetivos prioritarios la puesta en práctica de una política de la imagen como vehículo privilegiado para exhibir acciones gubernamentales y, como consecuencia, una pedagogía estética y política particulares. Para concretar la transmisión de estos sentidos la escuela ha sido el dispositivo decisivo, en tanto establecimiento donde el discurso oficial encuentra su lugar de reproducción y legitimación. De allí que el desarrollo de la cinematografía educativa no pueda ser pensada sino es de la mano de estamentos oficiales. Muestra de ello es la institucionalización como organismos estatales tanto de la Dirección Nacional de Cinematografía Educativa propuesta por Reynes, como del Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar del peronismo, que no solo se ocuparon de difundir el uso del documental pedagógico, sino que se encargaron de torcer el camino de la historia: recién en la segunda mitad del siglo XX comienza significativamente la producción cinematográfica nacional educativa, hasta ese entonces ocupada casi exclusivamente por material importado. Por caso, puede mencionarse el ensayo de cinematografía educativa que ocurrió en el ciclo escolar de 1941, en el que participaron 9.400 alumnos. Este proyecto resultó a partir de “un ofrecimiento de la Shell Mex Argentina Limitada, empresa que propuso exhibir films educativos en uso en los institutos de enseñanza de Gran Bretaña”, teniendo aprobación de la máxima entidad educativa de ese país (Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, 1941: 1055). Con esta muestra puede verse un ejemplo de que el material exhibido en la mayoría de las iniciativas anteriores al peronismo provenía del exterior, producido por intereses extranjeros. Aunque en parte esta política continuó durante los gobiernos de Perón, cierto es que gracias al Departamento puede empezar a verse de manera sistemática una producción cinematográfica educativa nacional.[13]

Resulta importante señalar dos cuestiones relevantes del análisis realizado, las cuales a su vez representan líneas de indagación para profundizar en un futuro. La primera de ellas es el personalismo de la propuesta pedagógica, amparado en la doble necesidad de un pueblo unido y unificado y de una figura protectora que los centralice y represente. El peronismo hizo de este mecanismo un modo político constante, como puede verse en la frecuente utilización de la figura de Eva Duarte de Perón asociada al Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar, ponderada quizá como efecto de su pasado como actriz de radioteatro y cine. De hecho, no es casual que la inauguración de las acciones del Departamento fuera realizada por el secretario de educación, Oscar Ivanissevich, el director general de Correos y Telégrafos, Oscar Nicolini, el subsecretario de educación, Jorge Arizaga, y por la propia Evita, tal como lo registraron diversos noticieros cinematográficos. Justamente en uno de ellos, el locutor narra que en la Escuela Normal de Profesoras N° 1 “Presidente Roque Sáenz Peña” Eva afirmó la importancia del uso del cine como una “nueva forma de irradiación cultural que unirá más estrechamente la escuela y el hogar de todos los argentinos” (Sucesos Argentinos, nº 497, 1948). Vinculada a esta cuestión, y con posterioridad, a su deceso, su figura aparece de modo recurrente en las páginas de la revista Noticioso. Allí, puede leerse una constante exaltación que la hace merecedora, según la publicación, del honorífico título de “suprema maestra”; motivo que aumentó las reservas que numerosos docentes tenían para con el peronismo gobernante, y en particular sobre la figura plebeya de la esposa del Presidente (Sarlo, 2003), resquebrajando el sentido de unidad que se pretendía proyectar.

La segunda cuestión tiene que ver con una fuerte impronta modernizadora característica del peronismo. Diversos investigadores han hecho hincapié en los rasgos modernizadores del primer peronismo (Berrotarán, 2002; Hurtado de Mendoza, 2006; Pereyra, 2010). El desarrollo de una política de planificación estatal, tal como pedía el legislador Reynes en 1946, es una de ellas. La introducción de dispositivos tecnológicos al servicio del proyecto político fue una importante faceta que el peronismo trajo como novedad a la vida pública nacional.

Propiciada por estamentos gubernamentales, la comunicación de masas de mediados del siglo XX, federal y simultáneamente, produjo que se masifiquen discursos relativamente homogéneos. No es casual entonces la articulación de políticas como la puesta en marcha del Departamento de Radioenseñanza y Cinematografía Escolar o de su revista Noticioso con los procesos de escolarización. Se trataron de un modo moderno de cumplir el sueño de Comenio en su “Didáctica Magna”, la cinematografía como recurso tecnológico-pedagógico brinda la posibilidad de enseñar todo, a todos, al mismo tiempo.

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Notas

[1] Los autores desean manifestar su agradecimiento a Dra. Clara Kriger por la atenta lectura y aportes al texto. A su vez, Eduardo Galak expresa su agradecimiento al CONICET, organismo que financia su investigación.

[2] Puede afirmarse que la historia de la historiografía de las sensibilidades es relativamente joven, siendo deudora de los trabajos en Francia de Alain Corbin y de Arlette Farge, influenciados por la obra de Michel Foucault. A su vez, éstos sirvieron de apoyo para que José Barrán desarrolle su clásica “Historia de la sensibilidad en el Uruguay” (1989), ampliando un nuevo campo de estudios en Latinoamérica.

[3] Cabe aclarar que un Plan Quinquenal es una herramienta de planificación de gobierno por un lapso de cinco años, y que el segundo Plan Quinquenal peronista quedó trunco en la mitad de su implementación por vicisitudes políticas –que exceden los alcances e intereses de este trabajo, pero que pueden ser rastreados en trabajos como “La industria peronista, 1946–1955: políticas públicas y cambio estructural”, de Claudio Bellini (2009).

[4] Alejandro Apold es una figura emblemática y a la vez controvertida de la historia comunicacional argentina, tal como puede verse en los trabajos de Clara Kriger (2009) y Silvia Mercado (2013). Hasta el momento de asumir como Subsecretario de Información en 1949 Apold se desempeñaba como director del oficialista Diario Democracia y como funcionario público desde 1922, cuando el entonces gobernador bonaerense José Luis Cantilo lo nombrara director de Publicaciones del Ministerio de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires.

[5] A modo de ejemplo, a los artículos publicados en la Revista de Educación bonaerense durante todo 1931, pueden sumarse las siguientes notas de «El Monitor de la Educación Común sobre la temática: en el número 8.150 de 1923, se edita “La cinematografía escolar” del español Alexis Sluys, en el nº 9.969 de 1932 se traduce “De cinematografía” del francés Jules Destreé, y en el nº 10.167 de 1934 aparece “La Cinematografía para niños” (sin firma).

[6] Véase la página web de la institución http://www.eam.edu.ar/eam/historia.htm

[7] En tanto miembro de la Asociación Argentina de Maestras y docente de Letras, y como comisionada ad honorem por la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, Luciani viajó a Europa, donde conoció de primera mano las experiencias en Inglaterra, Alemania e Italia. Su trabajo titulado “Cinematografía escolar”, de 1937, es un excelente compendio de las impresiones de su periplo europeo, al mismo tiempo que resulta un interesante estado de la cuestión de las políticas públicas sobre este asunto, tanto en Europa como en Latinoamérica.

[8] Incluso en la página 39 del “Proyecto de Ley Dirección Nacional de Cinematografía Educativa” se explicita como antecedente el mencionado libro de Luciani (Argentina, 1946).

[9] Tal como muestran Suárez y Enrico (2004), el apoyo gubernamental fue retribuido el 6 de septiembre de 1947 en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno de la Nación, cuando la totalidad de la producción del Instituto Cinefotográfico fue exhibida al Presidente Juan Domingo Perón, los Ministros y Secretarios de Estado, Senadores y Diputados Nacionales y altos funcionarios. Es posible observar en varios noticieros cinematográficos de la época la importancia que tuvo el desarrollo del registro cinematográfico en Tucumán. Por caso, en el número 514 de “Sucesos Argentinos” y en la edición 181 de “Sucesos de las Américas”, emitidos en octubre de 1948, se narra la conmemoración en Tucumán de “La fiesta de la Educación Física”, lo que evidencia la comunión entre filmación de eventos socioculturales, proyección federal de las imágenes e intencionalidad doctrinaria en sintonía con el proyecto político-pedagógico imperante.

[10] Resulta importante señalar que, mientras que el 90% del cine silente argentino está perdido, no quedan registros de aproximadamente la mitad de las producciones de esos años, por lo cual se dificulta el análisis de las producciones propiamente dichas, así como de los discursos pedagógicos que en éstas se proyectan.

[11] Al respecto puede sumarse el análisis que realiza Clara Kriger sobre documentales educativos y el rol de los niños durante el peronismo, especialmente cuando señala que “El estado suplanta, de alguna u otra manera, a las familias de los niños que, por distintas problemáticas sociales, no pueden hacerse cargo de su educación o bienestar” (2009: 121). Esto es, a través de distintos mecanismos y mediante diversas exposiciones en teatros, escuelas, colonias de vacaciones, parroquias o demás instituciones, el peronismo extendió el rol pedagógico del Estado a otros órdenes.

[12] Como sostiene Bill Nichols se trata de producciones que “hacen visible y audible el material de la realidad social en una forma particular, en consonancia con los actos de selección y organización llevados a cabo por el cineasta” (Nichols, 2001: 1-2).

[13] Los autores agradecen en este punto la contribución de la Dra. Clara Kriger.

Interpretación de la estructura narrativa desde el dialogismo bajtiniano en el documental ficción: ¿Quién diablos es Juliette?

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Por Mónica Medina Cuevas

Resumen

El artículo interpreta el discurso y la estructura en el documental ficción mexicano ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich, 1997) desde la teoría de Bajtin, dialogismo, cronotopo, polifonía y heteroglosia, para dar cuenta de los recursos narrativos utilizados. La teoría representa una propuesta para el análisis del audiovisual ya que permite identificar las repercusiones sociales presentes en la trama.

Palabras clave

Análisis, narración, cine documental ficción mexicano, Bajtin.

Summary

The article analyzes the speech and the structure of the mexican docufiction Who the hell is Juliette? (Carlos Marcovich, 1997) from the theory of Bajtin, dialogismo, cronotopo, polifonía y heteroglosia, to make notice of the narrative resources used. The bajtinian concepts represent a proposal for the audovisual analysis since it allows to identify the social repercussions that are present in the plot.

Keywords

Analysis, speech, narration, mexican docufiction film, Bajtin.

Resumo

Este artigo analisa o discurso e estrutura no documentário mexicano de ficção ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich, 1997) a partir da teorio de Bajtin, dialogismo, cronotopo, polifonía e heteroglosia, afim de observar os recursos narrativos utilizados. Conceitos bajtianos representam uma proposta para análise do audiovisual e que idetificam o impacto social presentre na trama.
Palavras-chave

Análise, o discurso, narrativa, documentário mexicano de ficção, Bajtin.

Datos de la autora

Mónica del Sagrario Medina Cuevas.  monica_medinacuevas@yahoo.com.mx
Profesor Investigador de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, Coordinadora de la Licenciatura en Comunicación. Doctorante del posgrado en Imagen, Arte, Cultura y Sociedad en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, UAEM. Maestra en Diseño de la Información por la Universidad de las Américas Puebla. Ha realizado estudios sobre cine mexicano, cine documental y el documental ficción.

Fecha de recepción: 30 de marzo de 2017.
Fecha de aprobación: 7 de junio de 2017.

Datos de la autora

Mónica del Sagrario Medina Cuevas.  monica_medinacuevas@yahoo.com.mx Profesor   Investigador   de   tiempo   completo   en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, Coordinadora de la Licenciatura en Comunicación. Doctorante del posgrado en Imagen, Arte, Cultura y Sociedad en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, UAEM. Maestra en Diseño de la Información por la Universidad de las Américas Puebla. Ha realizado estudios sobre cine mexicano, cine documental y el documental ficción

Introducción

El presente artículo propone la interpretación del discurso y la estructura del documental ficción mexicano de las últimas décadas a partir de la mirada de Bajtín. Como corpus se elige el documental ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich,1997) considerado innovador en su estructura narrativa que, entre otras características, resulta semejante a la de un video musical o videoclip, texto audiovisual que es definido por Ana María Sedeño (2010) como un producto híbrido que surge de la relación de tendencias que van desde lo tecnológico, lo cultural y aspectos sociales de la música popular en la década de los ochenta y noventa; el documental de Marcovich se cuenta por medio de un montaje no lineal que utiliza planos cortos de registro, entre otros recursos narrativos que se han asociados con la estructura de ciertos videos musicales. [1] El documental de Marcovich permite problematizar la forma narrativa ya que se concibe entre diferentes géneros cinematográficos. El análisis se construye desde los conceptos bajtinianos: dialogismo, cronotopo, polifonía y heteroglosia, que resultan una alternativa teórico-conceptual que considera las repercusiones sociales que se presentan ante el uso flexible de los géneros audiovisuales contemporáneos.

Cabe mencionar que el estudio del cine documental es incipiente en el terreno internacional, y en México es todavía más reducido el escenario académico que se ocupa de explorar el desarrollo del género, ya sea su registro, así como las manifestaciones estéticas y narrativas.

Documental ficción en la producción de cine mexicano

Como se sabe, la relación entre el cine de ficción y el documental es cada vez más cercana, entre otros factores se reconoce “el préstamo de los modos de narración“, (Niney, 2009: 465-469) es decir, las aportaciones que ofrece la ficción al documental mediante el uso de recreaciones ficticias o la puesta en escena. El autor también hace  la diferencia entre puesta en escena y la puesta en juego, ya que la última intenta transformar la realidad de quien observa.

FOTO 1En ciertas producciones documentales en México se muestra la búsqueda de nuevas formas expresivas que están entre lo documental y lo ficcional. El cine documental contemporáneo es más flexible en su estructura estética, es decir que se tiende a experimentar con el uso de recursos narrativos que tradicionalmente estaban asociados al cine de ficción. Por su parte, Nichols  señala que el documental y la ficción comparten características específicas como el uso de montaje probatorio[2], el argumento, el uso de la banda sonora, los testimonios, así como los modos de producción documental. El autor reconoce que se pueden incorporar al procedimiento de producción de la no ficción, el desarrollo de personajes, la construcción de subjetividades sobre el punto de vista en la historia, la creación de un montaje de continuidad así como la invocación del espacio fuera de la pantalla (Nichols, 1997: 35). Por lo que se considera relevante estudiar el cambio en la construcción del género.

¿Quién diablos es Juliette?[3] pertenece a una década de cambios representativos en la concepción y experimentación de los productos audiovisuales en México. El documental de Marcovich se construye entre la ficcionalización de escenas, un montaje no lineal y el uso de la entrevista en profundidad, entre otros recursos narrativos. Por otra parte, la estructura de este documental incorpora al director como otro personaje en la historia y plantea una serie de subjetividades sobre los personajes.

El análisis del cine documental ficción

Para indicar de manera específica las peculiaridades en el discurso y la estructura del documental es necesario la sistematización de un análisis fílmico, entendido como “un conjunto de operaciones aplicadas sobre un objeto y que consiste en su descomposición y en su sucesiva recomposición, con el fin de identificar mejor la arquitectura, los movimientos, la dinámica y los principios de la construcción y el funcionamiento“ (Cassetti y de Chio,1990: 17).

FOTO 2El desarrollo de la actividad de análisis comprende de manera inicial la descripción del texto fílmico considerando la descomposición de sus partes, ya sea la imagen, los personajes, etc., para que posteriormente se pueda interpretar a partir de relacionar cada una de las partes, es decir que nuevamente se construye la película. En este caso, como parte del proceso de análisis de ¿Quién diablos es Juliette? se eligen secuencias que permiten observar diferentes recursos narrativos de imagen y sonido de la producción estética del documental, considerando el concepto de dialogismo como interacción comunicativa, la pluralidad de voces y la heteroglosia como diversidad de lenguas.

Cabe destacar el trabajo del analista que desarrolla una actividad cognoscitiva, la cual requiere de habilidades que ayuden a cuestionar la producción audiovisual de manera profunda. Según Zavala (2010) el análisis fílmico es básicamente un trabajo de tipo argumentativo sobre el uso de: imagen, sonido, montaje, puesta en escena y narración, mismos que se integran para ofrecer una visión particular y entonces, es pertinente preguntar ¿Qué distingue a la película?.

¿Quién diablos es Juliette? se interpreta desde los conceptos bajtinianos, mismo que provienen de una propuesta sobre el uso de la lengua. [4] La polifonía, la heteroglosia, el cronotopo y el dialogismo se convierten en una forma de lectura sobre el documental. La interpretación del producto audiovisual desde Bajtín resulta especialmente significativo ya que considera la construcción colectiva del género al reconocer lo dialógico y las diversas voces que forman parte del grupo social representado en el discurso fílmico.

Los conceptos bajtianos: dialogismo, cronotopo, polifonía y heteroglosia

El análisis se propone desde la mirada crítica sobre los juicios del enunciador, el enunciatario y el análisis del contexto de enunciación a partir de la dimensión pragmático-discursiva, que revisa la interpretación social del lenguaje. Es importante aclarar que el dialogismo, la heteroglosia, el cronotopo y la polifonía mantienen una relación cercana que obliga a que su estudio se aborde de manera simultánea pero resultan especialmente aplicables al producto audiovisual lo dialógico y cronotópico ya que el producto documental promueve la interacción entre los actores que forman parte del discurso cinematográfico y evoca así la construcción del género a partir de la relación entre tiempo y espacio.

FOTO 3El dialogismo es un concepto clave en las teorías bajtinianas que está estrechamente ligado a lo polifónico, es decir las múltiples voces y conciencias independientes que se dan sobre todo en la novela. Es a partir de Dostoievski que hablamos de polifonía cuando se menciona que, “el discurso del héroe es autónomo del autor ya que no aparece sometido a su imagen objetivada, es independiente de la estructura de la obra aunque parece estar cerca del autor así como puede combinarse con las voces de otros héroes independientes” (Bajtín, 2009: 15-16).

Es importante comentar, que el dialogismo del lenguaje se refleja básicamente en la ruptura que presenta la novela de finales del siglo XIX. En dicho momento la lengua escrita es observada como diálogo vivo y no como un código, y el sujeto que habla es polifónico pues existe una pluralidad de voces tanto propias como ajenas. En tal producción literaria lo dialógico se muestra cuando la voz de un personaje es la constitución de distintas voces.

Finalmente, Bajtín en el desarrollo de su pensamiento, tiene un punto central: la comunicación social, es decir, el intercambio comunicativo que implica el intercambio de voces es decir la orientación social del lenguaje. La voz dialógica viene de la mano con el romper el discurso oficial monologísta donde sólo la voz de una autoridad se manifiesta. Por lo tanto, el discurso cinematográfico contenido en el documental evoca la memoria colectiva de un grupo social.

El documental se estudia desde la trama

Desde los conceptos bajtinianos, el documental se puede estudiar en la trama en donde nada es arbitrario en la unidad de enunciación. Yuliet Ortega y Fabiola Quiroz son las voces que sobresalen. Ellas se conocen durante la producción de un video musical en la Habana, lugar en el que comienzan los relatos. Yuliet, adolescente cubana que se dedica a la prostitución, dialoga con Fabiola, joven mexicana que se dedica al modelaje, los personajes tienen cierto parecido físico y algunas coincidencias en su historia personal como la ausencia de la figura paterna. En el caso de la joven cubana se hace evidente la experiencia que padeció cuando su madre murió después de que su padre abandonó a su familia y viaja a los Estados Unidos. Por su parte, Fabiola también comparte relatos sobre la pérdida de su padre. Es necesario señalar que este último personaje funciona en la historia como un elemento que principalmente genera contrastes y similitudes con Yuliet y que no tiene el mismo peso en el documental.

La trama surge en un contexto determinado, así que todo lo que existe en el soporte semiótico es resultado de la interacción social. ¿Quién diablos es Juliette? construye un puente entre el texto audiovisual y el espacio-tiempo. En el documental se presentan paralelismo entre las experiencias de las dos jóvenes. Principalmente se aborda el hecho del padre ausente, Yuliet y su padre, Víctor, y Fabiola y su padre, Marco. Los dos personajes además de su parecido físico tienen algunos rasgos que resultan similares en sus historias de vida como la relación lejana con la figura paterna.

FOTO 4El documental en sí mismo genera una lectura política y social principalmente de Cuba. Las imágenes de la ciudad de México y de la ciudad de Nueva York generan contrastes con la ciudad de la Habana o San Miguel del Padrón en Cuba, las diferencias se encuentran sobre los aspectos de la vida cotidiana, como sus calles, su idioma, entre otros asuntos. Dichos escenarios contextualizan la trama; se expresan aspectos sociales en los que se identifican diferentes voces que establecen relaciones entre ellas. Yuliet expresa su punto de vista sobre la situación educativa y social en Cuba en la década de los noventa y dice que: “Cuba es grande no hay que pagar los estudios, si estás enferma tampoco hay que pagarlo, has lo que te de la gana a la hora que te de la gana en la calle en la discoteca que no te pasa nada… “ (Carlos Marcovich,1997). Más adelante un habitante de San Miguel del Padrón, lugar específico en el que vive Yuliet , comenta: “el barrio tiene fama de malo pero aquí todos somos familia“ (Carlos Marcovich,1997).

Por otra parte, se sitúa el relato sobre el nacimiento de Fabiola en Morelia, Michoacán en México. Por su parte, la joven cubana cuenta sobre su niñez en San Miguel del Patrón en la Habana, Cuba. En estos relatos se observa que las jóvenes tienen formas diferentes de construir el diálogo considerando su contexto de origen. Considerando a la heteroglosia, se reconoce que el concepto funciona para generar las diferencias entre las jerarquías sociales de cada una y señalar a lo largo del documental marcas de su identidad, como en las escenas que se presentan en el documental en donde se muestra un juego de palabras. Yuliet pronuncia la palabra actuar, que se escucha como actual. Este aspecto del habla se identifica de forma reiterada en la narrativa. Las dos grafías, actuar y actual, pueden ser abordadas para elaborar reflexiones más amplias en cuanto a la identidad social y lingüística de la protagonista cubana.

Una vez que se discute la heteroglosia es decir, la descripción del lenguaje en el documental, es que se ubica lo dialógico en este discurso cinematográfico. Posteriormente se  revisa la polifonía, que representa la manifestación de las diversas voces en el texto. Este último concepto alude al tipo de textos que “contienen muchas y diferentes voces narrativas y personajes, mismos que crean tensión y contraste, a esto se le denomina un texto polifónico y dialógico“ (Jahn, 2003: 36).

El documental es un texto dialógico porque es justo en la trama en la que se advierte una correspondencia entre los personajes así como también se construye una relación con el receptor. Bajtín (Vice, 1997: 5) puntualiza como dialogismo a la propiedad universal de la lengua que se encuentra en ciertas instancias del lenguaje. El diálogo es una construcción de la lengua y lo dialógico se refiere a una propiedad de la lengua:

La lengua sólo existe en la comunicación dialógica que se da entre los hablantes. La comunicación dialógica es la auténtica esfera de la vida de la palabra. Toda la vida de una lengua en cualquier área de su uso (cotidiana, oficial, científica, artística, etc.) está compenetrada de relaciones dialógicas (Bajtín, 2009: 266).

Por lo tanto, se considera que el documental ¿Quién diablos es Juliette? es la pregunta que construye la trama que se trata de responder a través de los diálogos entre las diferentes voces. Los personajes establecen un dialogismo que incide en las diferentes dimensiones narrativas, ya que todos ofrecen versiones sobre los temas que se plantean.  “El dialogismo se refiere a la presencia de dos voces distintas en un solo enunciado, al que bien se le puede sumar otro con un sentido más complejo“(Vice, 1997: 45). En el dialogismo se combinan intenciones tanto del hablante como del oyente, quienes producen interpretaciones a partir de la expresión anterior por lo que se vinculan las voces con el fin de posicionarse.

FOTO 5En el documental se expresan diferentes intensiones que existen entre los hablantes. En la construcción dialógica entre las voces se muestran juegos escénicos que en ocasiones rompen el relato dramático, específicamente la historia que trata sobre el sentimiento de abandono que Yuliet experimenta ante la ausencia de sus padres. El director participa como un personaje en la puesta en escena, es decir que se muestran las marcas de la producción. Como en la escena en que se sugiere una intención burlona cuando el director muestra una papa (tubérculo) que representa al papá de Yuliet. La metáfora surge en el montaje probatorio y es interpretada por el espectador, quien probablemente se siente sorprendido ya que en la escena anterior Yuliet relata sobre recuerdos sobre su papá en tono nostálgico. El tono cambia cuando en la siguiente toma se ve un plano de encuadre cerrado de la papa (tubérculo) tocando la puerta de la casa de la joven cubana, quien al abrir se da cuenta de la broma y ríe. Lo lúdico de la secuencia se concibe como parte del montaje que crea la relación simbólica entre los planos y que también vincula a los personajes entre sí, es decir Yuliet con el director como un personaje en la escena, y al interprete o espectador.

Por otra parte, el dialogismo también sucede cuando el espectador probablemente cuestiona el título del documental que refiere al nombre Juliette y no al nombre que el personaje señala como Yuliet. En la primera escena del documental se construye un sentido meta ficcional. Las marcas de la producción cinematográfica aparecen cuando Yuliet habla ante la cámara a modo de presentación personal mientras limpia la lente de la cámara, y a su vez menciona la presencia del director del documental. La joven cubana indica que su nombre se escribe con “Y-u-l-i-e-t“ y dice: “Hola soy Yuliet y tengo 16 años, vivo en Ciudad Habana en Cuba en San Miguel del Patrón. Tengo un papá que vive en Estados Unidos y un director que es muy bueno“ (Carlos Marcovich,1997). La forma en que se expresa verbalmente el personaje de Yuliet forma parte de su identidad cultural, tal vez, escribe su nombre tal como lo pronuncia. Así es que el título  del documental dialoga con el receptor y el personaje, de tal forma que se establezcan contrastes que propicien interpretaciones sobre la trama.

Otro forma dialógica representativa se construye desde el inicio del documental indicando que el director representa un personaje en la trama. Los personajes en diferentes escenas hacen referencia a la participación del director como personaje, es decir el carácter meta ficcional que adquiere la estructura del documental. En el caso de la escena en Parangaricutirimiacuaro, Michoacán, México, Fabiola refiere la presencia del equipo de producción y los vincula con el espectador. La modelo mexicana se muestra en una entrevista semidirigida en la que el sonidista se ve a cuadro. Ella habla de su papá y canta una melodía nostálgica recordándolo. Fabiola finaliza el relato sobre su padre de manera irónica, ya que mientras llora dice que a su papá “lo mató un camión de mayonesa“ (Carlos Marcovich,1997), posteriormente se yuxtapone un plano corto de una carretera en la que transita un camión, toma que refuerza la ironía y que por medio del montaje probatorio crea un vínculo simbólico que ficcionaliza la escena. El diálogo entre los personajes y la realizadores del documental es una propuesta que da cuenta de cómo se dan las relaciones entre los personajes y el equipo de producción.

Por otra parte, se reconoce que las voces de Yuliet y Fabiola se entrelazan con otras muchas voces que conforman una polifonía. Las dos jóvenes representan voces diferentes que se expresan entre actores sociales. Estas voces se complementan unas a otras en diferentes entrevistas, y el significado se construye en la pregunta y respuesta, la puesta en escena y las reconstrucciones de hechos.

Para Vice (1997: 6) la polifonía es considerada como “muchas-voces“ en los textos en donde, tanto personajes como narrador están en una condición en equilibrio. El personaje se narra a sí mismo, y el narrador nunca sabe más de lo que hacen o saben. Los actores sociales en este documental representan una voz con consciencia propia que se encuentran en constante intercambio de información, un contraste con otros puntos de vista lo que determina el dialogismo.

FOTO 6En ¿Quién diablos es Juliette? los relatos buscan presentar una imagen de la joven cubana así es que surgen personajes que construyen una polifonía de acuerdos y desacuerdos sobre la identidad de Yuliet, como en la escena cuando Fabiola cuenta sobre Yuliet: “sus ojos son como faroles. Una chavita que pareciera que tuviera 10 años pero al mismo tiempo parecía que tuviera 50“. También, Obdulia, tía de Yuliet, dice sobre la joven: “ella no es madre, ella es una viva“ (Carlos Marcovich, 1997).

“La polifonía como disposición de la variedad heteroglósica en un patrón estético” (Vice 1997: 113) se presenta entre los relatos que tienen la marca social del hablante. En este caso se observa que tanto Fabiola como Obdulia se refieren a la personalidad de Yuliet con metáforas diversas sobre el proceso de madurez de la joven.

Se reconoce que existe un rasgo significativo de los personajes que refiere a la autonomía que tienen con respecto al discurso del narrador. Dichos personajes son seres independientes en cuanto a la diégesis. “El héroe posee una autoridad ideológica y es independiente“ (Bajtín, 2009: 13). Los héroes cobran sentido como voces autónomas que tienen un discurso propio y que buscan interactuar con otros discursos. Así se reconoce que Yuliet, como personaje es un héroe que posee independencia discursiva, ya que la búsqueda de su identidad es la que sobresale en la historia y guía al resto de los relatos que surgen de las otras voces.

Como ya se ha mencionado, Yuliet comparte relatos analépticos de su historia de vida, y el tono dramático se eleva cuando se describen las emociones alrededor del padre ausente. El héroe, entonces, se convierte en un sujeto destinatario de un diálogo profundamente serio, auténtico y no retóricamente representado o convencional (Bajtín, 2009: 97).

Por otra parte, se reconoce que la voz del narrador está fuera del texto polifónico y que mantiene en diálogo con otras voces que van encontrando igualdad de circunstancias dentro del texto cinematográfico. La instancia narrativa que sugiere las marcas de producción, es decir el director como personaje, dialoga con el héroe y con el resto de las voces que construyen los relatos. “El lenguaje es polifónico por naturaleza. Todo enunciado está habitado por la voz ajena. Nuestro hablar es un hablar también del otro. No somos propietarios de las voces que usamos. El lenguaje es propiedad colectiva. Y en cuanto a las voces de los otros no nos llegan de forma neutra, sino cargadas, ideologizadas y configuradas con intuiciones ajenas“ (Martínez, 2001: 53).

Para Bajtín (2009: 72), los personajes no representan objetos, sino que funcionan como un punto de vista específico sobre el mundo y sobre sí mismo, así como sucede en la secuencia en la que se aborda la muerte de Oneida, madre de Yuliet. El relato sobre Oneida se cuenta en forma polifónica: las voces responden desde su punto de vista a partir del rol que juegan en la trama, es decir, sobre la cercanía con la joven cubana y en tal desarrollo dialógico se encuentra la voz de la instancia que narra, misma que se mantiene distante de lo que indican los demás personajes. Algunos actores sociales especulan sobre la muerte de Oneida. El Tío de Yuliet dice: “Cosas de la vida, se suicidó“ mientras que la Tía de Yuliet opina: “Se dio candela y tuve que quedarme yo con los hijos a criarlos hasta ahora, se vio sola, dos muchachos, el esposo se había ido del país” (Marcovich, 1997).

Es importante reconocer que la Polifonía (Vice, 1997: 113), significa múltiples-voces, mientras que heteroglosia significa múltiples-lenguajes. Tal diferencia en el significado es necesaria para comprender que el documental es el punto de encuentro de las diferentes voces y que existen también lenguajes que tienen cualidades que revisten de sentido al texto fílmico.

De los conceptos propuestos por Bajtín, el cronotopo resulta más aplicable al producto cinematográfico ya que da cuenta de la categoría espacio-temporal que moldea la realidad, indispensable para pensar una película. El concepto se retoma de la física relativista propuesta por Albert Einstein que postula a dichos elementos como inseparables. El concepto de cronotopo, desde el aspecto artístico-literario, se refiere a la unión de forma y contenido que tiene lugar en la unidad que está conformada por los elementos espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto (Bajtín, 1989: 237). El tiempo se condensa, comprime, cobra visibilidad desde el punto de vista artístico. Cada cronotopo es descriptivo, la misma película en sí misma es cronotopicidad. Así, una puesta en escena resulta una propuesta cercana a la construcción y la exploración del espacio y el tiempo. La memoria se mueve en el cronotopo en espacios analépticos que permiten la interpretación, como en el malecón que estimula a Yuliet a que comparta su sensibilidad.

FOTO 7Al reconocer al cronotopo, es posible reflexionar en la forma en cómo este impacta al texto. Para Vice (1997) el cronotopo opera en tres niveles: como el medio por el cual un texto representa la historia; como una relación de imágenes de espacio y tiempo; y finalmente, como una manera de discutir las propiedades formales del texto ya sea su trama, el narrador, y relación con otros textos, es decir la intertextualidad que guarda con otros textos que surgieron en otras disciplinas.

Entre las categorías cronotópicas que se contemplan está el cronotopo del viaje, del camino o del encuentro, mismas que se manifiesta en el cine. Vice (1997) extrapola el estudio de cronotopo a Hiroshima Monamour  (Alain Resnais, 1959) y Thelma and Louise (Ridley Scott,1991). En estas películas se identifica que el cronotopo aparece en el momento más importante, es decir, una catarsis o punto de crisis en la que se registra una acción importante, en el caso de Thelma y Louis podemos hablar de los umbrales que señalan el fin del camino.

Se pueden jerarquizar los cronotopos ya que cada cronotopo puede albergar otros cronotopos más pequeños en virtud del peso dramático que tengan. En el documental se manifiestan tres cronotopos importantes para comprender el cambio en la estructura narrativa: el malecón de la Habana, la esquina del Hotel Plaza en la Habana y Cuba relacionada con México en la expresión del viaje que emprende Yuliet para encontrar a su papá. Estas son coordenadas específicas de tiempo y espacio que se identifican con los nudos dramáticos.

En ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich,1997), el malecón como cronotopo funciona como un espacio metafórico en el que las olas golpean a los actores sociales en diferentes secuencias; en dicho espacio transcurre el tiempo de los recuerdos. El malecón representa al cronotopo del encuentro en el que Yuliet dialoga con otros personajes. Es ahí, en donde se puede reconocer gran parte de los relatos íntimos de Yuliet, espacio en el que comienza y termina el documental en el que inicia y concluye la memoria.
Otro cronotopo representativo en el documental, es la esquina del Hotel Plaza en la Habana, espacio en el que surge la trama del documental, cuando se encuentra Yuliet con el equipo de producción, específicamente con el director personaje. Desde la perspectiva del lenguaje audiovisual, la esquina del hotel se muestra con un movimiento subjetivo en repetidas ocasiones a lo largo del documental. Ahora bien la esquina representa el cronotopo del umbral ya que “el espacio contiene una profunda intensidad emotiva, que bien puede asociarse al motivo del encuentro. La misma palabra umbral, ha adquirido un sentido metafórico que se relaciona con el momento de la ruptura en la vida, una crisis, de la toma de decisiones que pueden modificar la historia personal“ (Bajtín, 1989: 399). Es decir que el espacio en el que se encuentran los personajes es justo el sitio en el que Yuliet modifica su vida cuando se encuentra con el director personaje del video musical y decide actuar en dicha producción lo que cambia su historia personal.

FOTO 8La toma del hotel también resulta un plano de ubicación que representa al contexto y por lo tanto describe aspectos sociales y culturales. Este plano subjetivo es una mirada que favorece la complicidad con el espectador ya que es este quien ve. Por último, en el espacio del encuentro entre Yuliet y el director como personaje, se muestra como parte de las escenas finales, que la cámara subjetiva encuentra a otra joven cubana lo que podría significar que la historia comienza nuevamente, es decir que se puede interpretar que la historia de Yuliet es representativa de otras jóvenes cubanas en situaciones sociales parecidas.

Es importante señalar que los nudos narrativos se construyen de acuerdo al tiempo y espacio. Ahora bien, el cronotopo del camino puede tener un sentido metafórico en el que existe un intercambio de voces. El viaje habla de la transformación del personaje. Bajtín usa la idea del camino como una propuesta en la que el tiempo y el espacio están interrelacionados: tiempo transcurrido significa espacio recorrido.” (Vice, 1997: 46).

Por lo tanto, los cronotopos establecen relaciones dialógicas entre sí y marcan asociaciones significativas entre el contenido y la forma en el texto cinematográfico como ocurre en la escena en que Yuliet viaja a México para encontrarse con su padre en Xochimilco [5]. Es decir que la adolescente cubana viaja hacia un espacio que es semejante a la isla de Cuba, lo que narrativamente expresa una diálogo entre los escenarios y relaciona a la joven con ambos entornos.

Conclusiones

El artículo expone mediante la revisión sistematizada del documental ficción ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich,1997), las posibilidades que tiene la propuesta bajtiniana para interpretar al mismo. La aproximación pragmático-discursiva para el estudio del documental representa una aproximación a los discursos que se encuentran presentes en la producción audiovisual, en este caso se abordan aspectos socio culturales que se registran principalmente en Cuba. La presencia de México se muestra a través de Fabiola, personaje que tiene una participación menor en la historia ya que funciona como elemento de contraste y por tal motivo no tiene el mismo peso en el discurso cinematográfico. Aunque no es la finalidad de este trabajo, a través de la estructura narrativa se detecta que existe un discurso de lo femenino, la identidad de la joven cubana y su relación con el padre. De manera significativa el audiovisual representa una introspección a través del diálogo entre Yuliet y Fabiola, los personajes evocan contrastes y similitudes en los que se concibe principalmente la identidad de Yuliet.

El documental ficción de Marcovich construye un tono irónico sobre la propia realización cinematográfica. El montaje probatorio y la puesta en escena hacen evidente la burla sobre las pretensiones dramáticas del relato documental ya que la construcción del retrato sobre la joven cubana y la modelo mexicana generan una sensación de sorpresa en el espectador cuando advierte las ironías presentes en la estructura narrativa.

La interpretación del documental ficción se estructura desde la mirada crítica sobre los juicios del enunciador, enunciatario y el análisis del contexto de enunciación mismos que corresponden a las múltiples voces que dialogan sobre la pregunta ¿Quién diablos es Juliette?.

Por último, es importante considerar que cuando se identifican los cronotopos se reconocen diferentes situaciones sobre el discurso, entre otros asuntos, se hace evidente la relación dialógica entre los actores sociales así como también se tienen referencias para definir al género. Las características del espacio temporal se aproximan a las convenciones propias de los géneros cinematográficos por ejemplo, la representación de un claroscuro como parte del cine negro, entre otros. En este caso se muestra la relación dialógica que el documental mantiene con lo ficcional. Una vez que se identifican ciertos aspectos de la narración en el documental como el montaje no lineal, el uso de metáforas y diferentes guiños simbólicos, se puede vincular que estos recursos narrativos se emplean en muchas producciones de video musical. Es necesario considerar también que la trama de ¿Quién diablos es Juliette? cuenta sobre la realización de un video musical lo que puede sugerir que el documental adquiera algunas características de tales producciones.

Finalmente, se reconoce que desde las concepciones de Bajtín, es posible teorizar sobre el discurso cinematográfico para ampliar la comprensión sobre el uso de los recursos estéticos utilizados. La identificación de la dimensión espacio temporal en la que se ubica el nudo dramático ofrece la posibilidad de estudiar las manifestaciones expresivas audiovisuales que utiliza el documental ficcionalizado.

Bibliografía

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Zavala, Lauro (2010), Módulo de cine, México, DF UAM Xochimilco.

Notas

[1] El documental ¿Quién diablos es Juliette? (Carlos Marcovich, 1997) obtuvo el premio de cine latinoamericano, Sundance en 1997 así como los premios Ariel como mejor ópera prima así como otros premios y menciones. Se ha reconocido el desarrollo innovador de la película en diversas publicaciones internacionales.

[2] Bill Nichols (1997) refiere que el montaje probatorio se utiliza en la modalidad expositiva y menciona que funciona principalmente para establecer y mantener una continuidad retórica. Este puede usar técnicas del montaje clásico pero con la intención de que en la yuxtaposición de planos, se generen metáforas, ironías, ideas surrealistas en la estructura audiovisual, entre otros significados.

[3] La década de los ochenta y noventa en México tiene un panorama que se caracteriza por la implantación de un nuevo modelo económico, el establecimiento de nuevas instituciones, la construcción de nuevas formas de tejido social y la adopción de nuevos patrones culturales. Dichas condiciones sociales impactan en los documentalistas quienes requieren emprender una búsqueda de nuevas formas de producción y organización social del cine documental (Ochoa, 2013:113).

[4] Bajtín fue conocido en occidente hasta los años sesenta, Tzvetan Todorov y Kristeva fueron los motores principales de desentrañar sus ideas y propagarlas.

[5] Xochimilco palabra que proviene de la lengua náhuatl y que significa “Milpa de las flores“, el término refiere a una serie de canales de agua entre algunas pequeñas islas en las que se cultivan flores en la Ciudad de México.

El ojo que vigila: una lectura de la infancia en El planeta de los niños de Valeria Sarmiento

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Por Catalina Donoso

Resumen

Valeria Sarmiento es una de las realizadoras chilenas más importantes, cuya obra en el exilio no ha tenido el suficiente reconocimiento y circulación. Este trabajo es un intento por poner en relieve una de sus obras menos conocidas: El planeta de los niños, dirigida en Cuba en el año 1992. El análisis se lleva a cabo desde una lectura crítica de la idea moderna de infancia, destacando el modo en que la directora logra desmantelar el discurso social adulto a través de la mirada infantil. El trabajo con el montaje es una de las herramientas fundamentales para lograr su objetivo.

Palabras clave

Infancia; cine latinoamericano; montaje; Valeria Sarmiento; cine chileno del exilio; Escuela de Pioneros.

Abstract

Valeria Sarmiento is one of the most relevant Chilean filmmakers. Her early works, produced during exile in Germany and France, have not received the attention they deserve and have not circulated widely. This paper is an attempt to highlight one of her less known films: El planeta de los niños, made in Cuba in 1992. This documentary is examined through a critical approach to childhood as a modern concept. The analysis explores how the director, using montage as her main narrative tool, dismantles adult social discourse by emphasizing the child’s gaze.

Keywords

Childhood; Latin American Cinema; montage; Valeria Sarmiento; Chilean exile cinema; Pioneros’ school.

Resumo

Valeria Sarmiento é uma das cineastas chilenas mais importantes, cuja obra no exilio não teve o suficiente reconhecimento e circulação. Este trabalho é uma tentativa de trazer à luz uma de suas obras menos conhecidas: El planeta de los niños, filme dirigido em Cuba no ano 1992. A análise é realizada a partir de uma leitura crítica da ideia moderna de infância, destacando como a diretora consegue desmantelar o discurso social adulto através do olhar infantil. O trabalho com a montagem é uma das ferramentas fundamentais para conseguir seu objetivo.

Palavras-chave

Infância, cinema latino-americano, montagem, Valeria Sarmiento, cinema chileno do exilio, Escola de Pioneros.

Datos de la autora

Catalina Donoso Pinto es académica del Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile. Es autora del libro Películas que escuchan: reconstrucción de la identidad en once filmes chilenos y argentinos y co-autora de (Des)montando fábulas. El documental político de Pedro Chaskel (Uqbar, 2013) y El cine de Ignacio Agüero. El documental como la lectura de un espacio (Cuarto Propio, 2015).

Fecha de recepción: 15 de abril de 2017.
Fecha de aprobación: 16 de mayo de 2017

La obra fílmica de Valeria Sarmiento no ha sido debidamente difundida en su propio país ni en Latinoamérica, e incluso algunos de sus primeros trabajos ni siquiera han podido ser localizados[1]. El amplio desconocimiento y los problemas de circulación que afectan no sólo a la labor crítica sino que también a la llegada fundamental de los films a una posible audiencia, son inconvenientes no poco usuales para la creación cinematográfica del exilio en general. Sin embargo, en este caso se suma además la condición de género de la directora, en un circuito y una cultura que todavía dificultan el camino para cineastas que da la casualidad son mujeres[2], y el caso particular de una directora que ha pasado demasiado tiempo bajo la sombra de la figura del que fuera su marido, el cineasta Raúl Ruiz. Para muchos, Sarmiento es la montajista de las películas de Ruiz y se la conoce más por las colaboraciones con él que por su trabajo independiente.

Es necesario señalar, eso sí, que en los últimos años ha despertado en la crítica chilena un interés creciente por el trabajo de autores que fueron productivos durante el exilio y particularmente el de las mujeres que siguieron activas luego de sufrir el destierro y se las arreglaron para continuar con su carrera como directoras en los países que las acogieron[3]. Valeria es una de ellas y a sus trabajos más conocidos, se está sumando hace poco tiempo el reconocimiento y divulgación de obras menos difundidas[4].

Creo que es importante destacar estos antecedentes por dos razones: la primera tiene que ver con la importancia de valorar su obra no solo como un producto estético en diálogo con una tradición fílmica, sino poner atención también en las condiciones de circulación y difusión de las mismas. En segundo lugar, me interesa poner su obra en diálogo no solo con la de Raúl Ruiz, cuestión relevante también, sino con la de estas otras realizadoras, que, como ya señalé, por su condición de género y por las dificultades que muchas piezas fílmicas realizadas en el exilio han encontrado para circular, no han tenido el sitial que les corresponde y ni siquiera el mínimo conocimiento de parte de la crítica y la audiencia en general.

El propósito central de este trabajo es desarrollar una aproximación preliminar a uno de sus documentales menos difundidos, El planeta de los niños (Sarmiento, 1992), cruzándolo con algunos hallazgos provenientes de una investigación sobre la representación de la infancia en el cine y la literatura chilenos contemporáneos a la que me dediqué en los últimos años. Este no pretende ser un análisis exhaustivo de la cinta, ni agotar sus alcances en cuanto a la perspectiva que adopto para hacerlo, sino que se propone como una primera aproximación a este material, de la mano de algunas reflexiones en torno a la mirada de y desde la infancia que el cine ha desarrollado.

El planeta 1Es lamentable que tantos trabajos de la primera etapa de Valeria hayan estado o bien inencontrables o difícilmente rastreables. Para el análisis de El planeta de los niños en particular, podría recurrir a un antecedente de otra aproximación a la infancia dentro de la filmografía de Sarmiento, en una obra comisionada por Naciones Unidas que se hacía cargo de la experiencia de niños exiliados (La nostalgia, de 1979), a la que no podemos tener acceso[5]. De algún modo, esta ausencia da cuenta también de esa problemática que he mencionado antes, donde la obra no es nunca un objeto aislado, sino que se halla en relación con un contexto al que alude, pero también con uno que la alberga. Así, es preciso comenzar este trabajo reconociendo que hay elementos relevantes de los que no podemos hablar, y por eso cualquier aproximación a este documental es uno falible e incompleto. Georges Didi-Huberman hace referencia a la porosidad de todo archivo, a través de la metáfora de una imagen en llamas, cuyo fuego encarna el contacto que surge con la “realidad”, pero también su referencia a otras imágenes, otros fuegos extinguidos o silenciados:

Porque la imagen es otra cosa que un simple corte practicado en el mundo de los aspectos visibles. Es una huella, un rastro, una traza visual del tiempo que quiso tocar, pero también de otros tiempos suplementarios –fatalmente anacrónicos, heterogéneos entre ellos- que no puede, como arte de la memoria, aglutinar. Es ceniza mezclada de varios braseros, más o menos caliente. (Didi-Huberman, 2013: 35).

En ese sentido, una imagen presente es también la huella de una ausencia, de manera que aun cuando este discurso que construimos para indagar en lo conocido da cuenta de lo que no puede ser dicho, al mismo tiempo dialoga de manera activa con lo que se encuentra desaparecido. De algún modo, las películas que sí hemos podido rescatar se hacen cargo de rescatar del olvido a aquellas que siguen inhallables.

Institucionalizando a la infancia

Antes de entrar propiamente al análisis del documental que aquí me ocupa, me gustaría hacer algunos alcances en torno a la idea de infancia y de su normativización a través de la escuela como institución, objeto principal de la mirada de Sarmiento en esta pieza audiovisual.

Uno de los principales problemas con que se encuentra el estudio de la infancia es que su abordaje parte siempre de la construcción que se hace de ella desde una perspectiva adulta. Así, tanto su observación como su resguardo e incluso las estrategias de visibilización del sujeto infantil, están organizados, definidos y puestos en práctica desde una lógica adultocéntrica. Esto funciona también a un nivel simbólico al examinar lo que distintos autores dedicados al estudio de la problemática infantil han señalado a través de la noción de human becoming –individuo en construcción- en lugar del human being o sujeto de pleno derecho en el que debe llegar a convertirse. Desde esta perspectiva, el niño y la niña no tienen un valor en sí mismos, sino como procesos destinados a cumplir un fin que está puesto fuera o más allá de ellos.

Claudia Castañeda es una de las autoras que analiza críticamente este fenómeno, indagando distintas figuraciones que se construyen en torno a la infancia, y que se fundan en su carácter de potencialidad, más que en el de un sujeto efectivo. Ese sujeto de pleno derecho es siempre un adulto, en el que el niño o niña debe convertirse. La infancia, en ese sentido, es pura transformación, pura incompletud (Castañeda, 2012: 2), un estado intermedio en busca de su definición. Para Castañeda, incluso las teorías contra-hegemónicas que cuestionan un modelo de sujeto estable e independiente no se han interesado en construir una teoría de la infancia que se haga cargo de esta desigualdad y que emplace la visión universalista de la misma, casi siempre abordada desde la perspectiva adulta. En el último capítulo de Figurations. Child, Bodies, Worlds, la autora disecciona escritos de la teoría crítica posestructuralista (Foucault, Deleuze, Guattari, Lyotard, entre otros) para encontrar en ellos una definición de infancia que encarna la posibilidad de cambio y transformación, pero siempre al servicio de una necesidad adulta, donde esa energía transformadora no se alimenta a sí misma, sino que se instituye como promesa para el universo de los mayores. Si bien en el caso de Deleuze podría intentarse un paralelo entre su proposición del “devenir niño” y el human becoming comentado por Castañeda, el principal cuestionamiento de la autora, es que aunque una aproximación como esta pone en relieve la figura infantil, su valorización está al servicio de un modo de ser adulto, que se beneficia de ese “devenir niño” en la comprensión o construcción del sí mismo adulto.

Algo similar propone la socióloga española Lourdes Gaitán en su Sociología de la infancia, Nuevas perspectivas: «Puesto que la infancia es entendida principalmente como “aún no ser” adulto, su definición se obtiene por sustracción, deviniendo en una categoría residual cuya verdadera importancia está en función de su potencial futuro, no de su ser presente» (Gaitán, 2006: 22).

El planeta 2Siguiendo esta reflexión, Gaitán desarrolla un pensamiento en torno a la “invisibilidad” de la infancia, que permanece confiscada por la vida familiar a menos que algo inusual rompa esta lógica de funcionamiento y la vuelva manifiesta ante la mirada pública. La familia aparece, entonces, como una entidad fundamental para entender la construcción cultural del universo infantil, pero no la única. Diversas instituciones, creadas y consolidadas desde la lógica adulta, se proponen facilitar y promover que ese proceso de convertirse en otra cosa se desarrolle de la mejor manera posible y llegue a su término con éxito, produciendo un adulto acorde con la sociedad en que se inserta, y aquello llamado infancia quede por fin atrás. Así, junto con la familia, la escuela se erige como espacio social y cultural donde el infante encuentra un hábitat diseñado especialmente para su desarrollo, de acuerdo a lo que se espera de él. Esta inscripción institucional está por cierto llena de conflictos, de exclusiones y normativizaciones que niños y niñas viven y padecen. Ya en su famoso estudio “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen”, Phillipe Ariés, desde una óptica muy foucaultiana, advertía sobre cómo la creciente preocupación en torno a la infancia y la creación de instancias que cimentaran dicha preocupación han traído aparejadas también la pérdida de libertades y restricción de la autonomía de los infantes, a través de la vigilancia y el control.

La escuela, según la entienden y definen Narodowski y Brailovsky, encarna tradicionalmente una utopía. Su búsqueda es «la promesa de arribar, por medio de la escuela, a un mundo mejor» (Narodowsky y Barilovsky, 2006: 23). Por medio de espacios bien definidos y jerarquías bien delimitadas a través de «una asimetría fundante que constituye un “lugar de docente” y un lugar –infantil o infantilizado- que se define en oposición y reciprocidad al primero» (Narodowsky y Barilovsky, 2006: 22). Para velar por el respeto irrestricto a esta estructura, durante el siglo XIX, el Estado se compromete a organizar, coordinar y fiscalizar las escuelas, además de asegurar el derecho a la educación de manera universal. En su trabajo acerca de la “estatalización de la educación”, Mariela A. Carassai, da cuenta de este proceso, describiendo cómo desde inicios del siglo XIX, las burguesías nacientes quieren detener la influencia de las órdenes religiosas en la formación de niños y jóvenes, delegando en los gobiernos la labor educacional. Así, «el Estado se posiciona como garante de aquella utopía que los educadores venían predicando pero que no habían podido conseguir» (Carassai, 2006: 50). Ya que los recursos para llevar a cabo esta empresa son públicos, al Estado le interesa resguardar que se haga de la manera considerada correcta. Lo que se busca es la “simultaneidad sistémica”, esto es, «la capacidad de reproducir efectos educativos homogéneos en un conjunto amplio y diverso de instituciones escolares comportándose en forma uniforme, todas al mismo tiempo, simultáneamente, del mismo modo» (Carassai, 2006: 52). Este esfuerzo uniformador vuelve además obligatoria a la escolaridad, saca a los niños marginales de las calles, y organiza a niños y niñas de modo casi militar dentro del espacio de enseñanza. Fundada en el supuesto de igualdad entre los seres humanos, la importancia de una enseñanza idéntica para todos da cuenta de las bases ideológicas de esta utopía, para la que cualquier desviación podía catalogarse como acto reaccionario o incluso oscurantista (Carassai, 2006: 52).

Este vínculo entre escuela, utopía y Estado es especialmente relevante para el análisis de la cinta que me ocupa, en cuanto la escuela en la que indaga el documental es una creada en Cuba en el período postrevolucionario de consolidación de un Estado comunista[6].

Pioneros: una utopía situada

El planeta de los niños se sitúa en una especie de escuela. Pero no cualquier escuela. Una donde los niños y niñas juegan a ser grandes. Pero a ser grandes no en cualquier sociedad, sino en una que se define a sí misma desde el ideario comunista. “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, repiten los integrantes de la escuela. Ya en esta frase se evidencian dos de las cuestiones que he querido poner en relevancia acerca de la niñez y su institucionalización. La primera tiene que ver con una concepción de niños y niñas que los formula en tanto proyectos de otra cosa. Ser como el Che es el objetivo, el camino que los pioneros deben recorrer. El Che es el modelo, del adulto y del revolucionario, que presenta una guía para el desarrollo del human becoming.

Una suerte de Kidzania[7] pero marxista, extendida y financiada con recursos públicos, la Escuela de Pioneros consta de una serie de sedes, también denominadas palacios, 105 en total, “regalo de Fidel Castro para los niños de Cuba”, según reza en los créditos finales del documental. Cada palacio tiene además una serie de círculos, casas o espacios destinados a los distintos oficios y ocupaciones: escuelas, hospitales, laboratorios, industrias. La escuela de pioneros es una verdadera sociedad en miniatura. Su impronta marcó la infancia de miles de niños cubanos durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, como da cuenta la exposición creada por María Antonia Cabrera y Meyken Barreto, Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood que es parte de un proyecto mayor denominado Cuba Material[8], en su intento por rescatar una memoria y principalmente una cultura material de la infancia cubana de ese período. En una entrevista, Cabrera destaca la importancia que el régimen político cubano otorgó a la infancia, «entendida como cantera del futuro “hombre nuevo” socialista», reforzando así este vínculo entre la utopía social y la infancia como promesa de cambio y transformación. En la misma entrevista, la curadora señala que la cultura material de la infancia durante esas décadas está marcada por la politización del espacio doméstico y por la consiguiente intervención del Estado en la esfera privada, en tanto parte de un proceso masivo de socialización política del que no está exenta la niñez. Se trata de una cultura material que, al igual que la Campaña de Alfabetización o la Escuela “Ana Betancourt”, permitió la intromisión del Estado en la vida doméstica, que por este motivo perdió privacidad. En consecuencia, la familia perdió parte de su autoridad e influencia en la educación de las generaciones más jóvenes.

Según lo que Cabrera plantea, la institución principal –la familia- cede y da paso a la escuela como lugar de adoctrinamiento y domesticación cultural, social y política. El proyecto que aquí menciono entra en diálogo directo con la mirada de Sarmiento, revelando no tanto la cultura material, que es lo específico de la exhibición y del sitio web, sino una dinámica de relaciones que funda y moldea el universo infantil.

Valeria Sarmiento propuso al gobierno cubano la realización del documental sobre las escuelas de pioneros y tuvo una excelente acogida. Se le brindaron todas las facilidades para filmar dentro de los recintos y entrevistar a niños y niñas. Sin embargo, como ella misma ha dejado claro en distintas instancias[9], el resultado no fue para nada del gusto de las autoridades que le habían abierto las puertas con tan buena disposición, seguramente esperando un producto que alabara los esfuerzos del régimen por construir este “hombre nuevo” desde las etapas más tempranas. Sin embargo, la representación que el film hace de este espacio institucional, a pesar de que se sitúa en gran parte dentro de lo que se conoce como “documental observacional”, según la categorización de Bill Nichols, y por lo tanto es un territorio aparentemente neutral, la crítica aflora incluso desde esa distancia del observador y se hace más evidente hacia el final de la obra.
Lo que quiero destacar aquí es fundamentalmente la mirada oblicua que el documental desarrolla respecto de su objeto. La cámara se instala en el espacio de la escuela, sigue a los niños, los interroga, los observa. Sin embargo, no es a ellos a quienes terminamos viendo, sino a todo un sistema social puesto en cuestión, a la revelación falible de la estructura adulta que sostiene la lógica de la escuela. Si el cine nos ofrece siempre un pequeño recorte del mundo, y por ello se funda en la elección de un punto de vista, es interesante cómo El planeta de los niños, posa su mirada sobre esta infancia institucionalizada, pero para recoger el reflejo que esos ojos infantiles proyectan sobre el universo que los moldea.

El planeta de los niños o quién vigila a los vigilantes

En términos de estrategias documentales, propongo un cruce entre este trabajo y El hombre cuando es hombre (Sarmiento, 1982), película que aborda el machismo en Latinoamérica, cuya lectura intencionada del problema que trata se va deslizando poco a poco, desde la aparente neutralidad y distancia, para terminar instalando un juicio o una denuncia, que hacia el final de ambas cintas se hace evidente. En una entrevista a Valeria Sarmiento publicada por lafuga.cl el año pasado, ella misma reconoce que El planeta de los niños no fue bien recibido en Cuba, «Porque es una película bastante crítica con el régimen cubano». Algo similar ocurrió con El hombre cuando es hombre en el país donde fue realizada, Costa Rica, donde incluso fue negada su exhibición.

Me interesa destacar, de esta estrategia de develación sutil de un punto de vista, el lugar crucial que tienen las intervenciones de la entrevistadora (¿la misma Sarmiento, supongo?). El equipo de realización prácticamente no aparece en el documental, a excepción de estas intrusiones de una voz femenina que escasamente interroga a los niños. Son pocas ocasiones en las que esto ocurre, y cada una de ellas es además mínima, cauta. Pero son suficientes para desestabilizar el discurso aprendido e instalar la duda en el observador. “¿Y tú crees que ese conejito va a sobrevivir?”, a una niña que acaba de intervenir quirúrgicamente al animal, “¿por qué no hay mujeres en este círculo?”, a los niños que trabajan en el taller mecánico, “¿quién de ustedes tiene auto en su casa?”, a los mismos niños. Son diminutas entradas de un ojo ajeno, que se sitúan en la candidez de la mirada extranjera, pero al mismo tiempo encarnan la posibilidad de una fisura en el edificio pionero. El edificio pionero que no solo se representa a sí mismo, sino que funciona como maqueta de una estructura mucho mayor.

El planeta 3No puedo dejar de mencionar que al espectador lo embarga, durante todo lo que dura el visionado, una especie de incomodidad. Hay en este remedo de sociedad adulta y en las imágenes que se escogen para mostrarlo, una potencia perturbadora. En algún sentido, y volviendo a lo señalado antes acerca de la infancia como construcción, el documental nos entrega no solo la develación de esta sociedad en particular y su proyecto de adoctrinamiento, sino también el desenmascaramiento, en una versión extrema, de este proceso de modelación que se ejerce sobre la infancia en general. La pantalla nos enfrenta a intervenciones quirúrgicas en vivo (que nos preguntamos si son efectivamente llevadas a cabo por los niños), junto a performances de danza, canto y poesía de una anacrónica estética televisiva, programas de televisión (Canal Telepioneros que transmite desde versiones en español de canciones anglo pop de moda una década atrás, hasta la “entrevista pioneril”, con el internacionalismo proletario como tema), descripción de ocupaciones y argumentos en favor de un sistema.

Respecto de esto último, es interesante comparar cómo el formato del discurso adoptado por los niños y niñas es idéntico al describir el funcionamiento de una maquinaria, por ejemplo, a aquél que enarbola evidencias retóricas en defensa del proyecto social. Todos ellos se sitúan en la candidez convencida a la vez que falible del alumno que quiere mostrar que ha estudiado y conoce la lección. En esta dinámica se evidencia lo que Jorge Larrosa denomina “infantilización”, como opuesto conceptual para “infancia”: «El niño es portador de una mirada libre, indisciplinada, quizás salvaje, una forma de mirar que aún es capaz de sorprender a los ojos. El adulto, por su parte, es el propietario de una mirada no infantil, sino infantilizada, es decir, de una mirada disciplinada y normalizada desde la que no hay nada que ver que no haya sido visto antes» (Larrrosa, 2007: 23). Bajo esta lógica, los niños presentados en el documental son en verdad moldes de adultos infantilizados, programados por una mirada normativizada.

Casi todas las escenas que nos presenta el documental muestran a los niños dedicados a sus oficios y labores. Solo se reconocen un par de secuencias, intercaladas en esta lógica dominante, que los presentan jugando, abocados al ejercicio lúdico como fin en sí mismo. Esto mismo sucede en los planos iniciales del filme, antes de la presentación del título.

Me detengo aquí porque es imposible escapar de la lectura simbólica que sugiere la primera escena, la de los niños literalmente “naciendo” de las entrañas de un árbol añoso y lleno de rugosidades y pliegues. Las lecturas que han querido encasillar a la infancia como espacio primordial vinculado a un estado de pureza que la sociedad corrompe (cuya contraparte es la del salvaje que debe ser domesticado), y que por ende lo sitúan en el ámbito de la naturaleza, previo a su entrada a la cultura, han sido también criticadas por su intento de constreñir la infancia en categorías que no pueden hacerse cargo de su complejidad, y funcionan desde una óptica binaria y totalizante, en que la infancia se modela como lugar de la otredad. Como construcción cultural moderna, la infancia albergaría, y así es como lo he desarrollado en trabajos anteriores, una serie de contradicciones, por ejemplo: el pasado versus el presente (o en algunos casos el futuro), el control versus la autonomía, la perversidad versus la pureza. En su libro Theorizing Childhood, Alison James, Chris Jenck y Alan Prout proponen dos categorías básicas de modelos que pueden describir las concepciones vinculadas a la infancia a lo largo de la historia: los modelos pre-sociológicos y los modelos sociológicos. Es en estos últimos donde se enmarcan nuestras nociones más actuales de infancia, pero lo más interesante, siguiendo a los mismos autores, es que ambas categorías de modelos pueden convivir, en cuanto algunas ideas delimitadas por los modelos pre-sociológicos impregnan todavía nuestro imaginario cultural respecto de lo que es y debe ser un niño o una niña. Todos ellos suelen promover una aproximación binaria a la idea de infancia, en la que se encasilla a niñas y niños en alguno de los dos polos. Me niego entonces a proponer que estas escenas puedan interpretarse únicamente desde esta apreciación.

Tras salir del árbol, los niños entran a un territorio todavía salvaje, selvático y juegan, colgándose de unas lianas. Poco después ingresan a un espacio donde las marcas de la cultura se empiezan a manifestar. En medio del gran jardín hay una enorme y extraña estructura llena de colgantes, aparentemente de metal (por el sonido que hacen), en el que los niños entran. Se trata de un ingenio azucarero. De alguna manera este espacio de juego, construido alrededor de un objeto particular que encarna la producción industrial, funciona como lugar de tránsito, desde el “juego natural”, sin propósito, hacia uno que explora una maquinaria construida con un fin de explotación económica, desde el juego, pero para dar paso, en unos segundos más, a las actividades que más concretamente imitan y duplican una versión del mundo adulto.

Para analizar esta escena, no puedo evitar hacer una analogía con las lianas de los árboles, de las que hace segundos pendían. Esta estructura me parece una clave para leer lo que finalmente el documental hace. Revelar el intento por naturalizar modos de construir lo social, por tratar de evidenciar sus estructuras. En ese sentido, El planeta de los niños escapa magistralmente de la óptica adultocéntrica, porque no se propone definir la infancia, sino que escudriñándola, se asoma a su perspectiva para percibir el reflejo deformado y deformante de la sociedad adulta. Ese ojo tecnológico se abre para vigilar al vigilante. Lo que hace es restituirle al infante, con la ortopedia cinematográfica como puente, su derecho a devolver la mirada y transformar al adulto que lo define, en su otro.

Historias de guerra: el montaje como lugar de enunciación

Me gustaría terminar el análisis, entrando más detenidamente en las escenas finales de la obra, verdadero micro relato de la violencia, donde la desaparición absoluta de interacción con el equipo de realización y el trabajo de montaje la transforman en una pequeña ficción dentro del documental. Como ya señalé anteriormente, llama la atención la aparición de esta suerte de relato fabulado dentro de un trabajo que ha confrontado a su objeto desde la distancia pero también desde la evidencia de la mirada documental. En esta sección, la posición narrativa cambia y va construyendo una historia sólo desde la destreza del montaje. Hay que recordar que Valeria es reconocida por su labor como montajista, no sólo en sus propias películas, sino también en las de Raúl Ruiz. La directora ha relatado que estas secuencias de la guerra no fueron escenificadas, sino que se presentaron ante los ojos del equipo con su potencialidad de ficción, y así fueron aprovechadas en el corte final. Este final me hace recordar también el cierre de El hombre cuando es hombre, cuya aproximación al discurso machista ha ido filtrándose lentamente para terminar develando un caso de femicidio. En ambos filmes, el corolario visual se presenta como una declaración aguda e impetuosa acerca de lo que quiere develar.

Son algo así como 10 minutos completos dedicados a mostrar a los niños y niñas formando parte de un escenario bélico. Me interesa indagar un poco más en su tratamiento, por el contraste con todo el metraje anterior y también por su concordancia con éste, en cuanto a una posición crítica respecto de la institucionalización de la infancia.

Tal como el film, la sección final se inicia también en un contexto lúdico donde el juego es fin en sí mismo (instancias que, como ya señalé, escasean). La particularidad es que el grupo de niñas juega junto a varios misiles que apuntan al cielo. Su actividad es interrumpida por la sirena de alarma que anuncia el inicio del enfrentamiento, y que llama la atención por el contraste entre las connotaciones de una acción propia de la niñez, cargada de las asociaciones que ya hemos mencionado y descrito, y el espacio eminentemente adulto de la guerra y la violencia. No es raro que las imágenes de niños y niñas se utilicen en distintas instancias (campañas políticas, publicidad), vinculadas con este tipo de espacios extremos, para resaltar su intensidad y llamar la atención de quien observa. Lo que ocurre en este caso, es que el componente contrastante está también en manos de menores de edad, y son ellos lo que protagonizan la administración, producción y puesta en ejercicio del escenario de guerra. Esta situación es la que disloca lo esperado y sitúa a la infancia en un lugar problemático y cuestionador.

Señalaba antes que este segmento se caracteriza por utilizar recursos de la ficción, por tratarse, en verdad, de una fábula miniaturizada, sin protagonistas específicos, pero que por varios momentos recuerda la estética de filmes bélicos de la tradición más clásica. En este sentido, ocurre lo que Christian Metz señala respecto de la instalación de un verosímil, cuando un filme se parece menos a la realidad que a una tradición que lo antecede.

Porque el contenido de las obras nunca se decide directamente, en el acto creador, por la observación de la vida real (obras realistas) ni directamente por la exploración de la imaginación real (obras irrealistas) sino siempre, en gran medida, en relación con las obras anteriores del mismo arte: incluso quien intenta filmar la vida o sus propios fantasmas, lo hace siempre, más de lo que piensa, en relación a otras películas. (Metz, 2002: 259).

El planeta 4Y es esa relación la que instaura nuestro pacto con la historia que relata. La aparición de este particular modo de articular los hechos que representa, crea una serie de tensiones en relación a la posición y la presencia de una mirada crítica dentro del documental. Ya vimos que la predominancia del documental de observación como estrategia discursiva se ve interrumpida en ocasiones por la aparición de una voz que delata la presencia del equipo, y que las preguntas que formula desmantelan la aparente neutralidad para situar la incomodidad dentro del universo aparentemente equilibrado de la escuela de pioneros. En esta última sección esa presencia desparece por completo y sólo se posiciona en la mirada de la cámara y la composición del relato a través del montaje. Es interesante que la parte que debería ser aquella más distanciada, es por el contrario la que deja aparecer un punto de vista, una opinión y, de hecho, una historia, dentro de la lógica documental observacional en la que aparentemente se había anclado. Andrés Di Tella destaca cómo el surgimiento de cines que se suponen más desapegados de su objeto -como el free cinema o el cinéma vérité-, justamente por la desaparición de una voz over y por ende de una intencionalidad evidente que estructurara el relato, tuvieron que recurrir a estrategias de narración propias de la ficción para guiar una manera de leer aquello que ponían en escena. «La ausencia de entrevistas y la reducción o eliminación de la narración en off también obligó a los cineastas a narrar con secuencias de imágenes, con el mismo lenguaje del cine de ficción, y a armar en el montaje situaciones dramáticas de acciones y reacciones a base de planos y contraplanos que no siempre correspondían estrictamente a la misma situación real» (Di Tella, 2011: 59). Algo así es lo que ocurre en esta serie de secuencias finales de El planeta de los niños, donde se deja ver la postura crítica que el documental sostiene.

En términos del trabajo con la ficción me parece interesante el doble juego que aparece en esta parte del film. En buenas cuentas, todo juego es también un pacto de ficción, y lo que los pioneros hacen diariamente en los “palacios” es jugar a ser grandes. De este modo, el documental retrata fundamentalmente una ficcionalización radical, en casi todo momento, a excepción de aquellas instancias en las que conversa de modo directo con niños y niñas. La fábula que crea hacia el final es entonces una ficción doble, articulada desde el montaje y desde el juego de planos. Valeria Sarmiento es reconocida por su trabajo como montajista y por eso no es de extrañar que su habilidad para poner a dialogar imágenes sea la que ponga en evidencia el lugar de enunciación en el que se sitúa para construir su relato acerca de la escuela de pioneros. Que no es sino una sinécdoque para el proceso de institucionalización de la infancia, y así es como lo he querido leer. En un texto acerca del plano secuencia, que es más bien una apología del montaje, Pier Paolo Pasolini describe en qué sentido el montaje permite crear sentido en el film. Según su argumento, es este recurso narrativo fundamental para el audiovisual el que transforma el cine (como concepto general) en un film: es una declaración. Al final de su análisis, destaca las implicancias políticas de ese “decir algo” que el montaje evidencia. Al proponer una analogía entre montaje y muerte, que postula como aquél gesto que le otorga un sentido, o una manera de leer la vida, caracteriza esta herramienta narrativa audiovisual de la siguiente manera: «Por lo tanto, el montaje realiza sobre el material del film (que está constituido por fragmentos, larguísimos o infinitesimales, de tantos planos-secuencia como posibles tomas subjetivas infinitas) lo que la muerte realiza sobre la vida» (Pasolini, 1971: 68). Podríamos decir que es eso lo que ocurre en el documental de Sarmiento, la creación de esta “doble ficción” en la parte final de El planeta de los niños, a través de un papel preponderante del montaje, es la que termina por develar, de manera radical, lo que las intervenciones anteriores habían estado sugiriendo. Lo que me parece más valioso de esta mirada crítica a la construcción social y cultural de la infancia, es el modo cómo Sarmiento subvierte la mirada adultocéntrica, reconociéndola. No utilizando a los niños o pretendiendo que les da voz, sino desmantelando lo que se supone naturalizado, a través de su mirada.

Mi propósito era el de analizar una obra poco conocida de la realizadora chilena Valeria Sarmiento, desde una lectura crítica de la noción moderna de infancia, pero procurando poner este trabajo específico en diálogo con una producción mayor y un interés creciente por rescatar la obra de directoras y directoras que sufrieron el exilio, poniendo atención en los materiales que sí podemos recuperar y que establecen un diálogo solidario con las porosidades del archivo, muchas veces violentado desde la dominación social y política. De alguna manera este examen del documental de Sarmiento sirve como analogía para un gesto que desenmascara los juegos del poder y otorga espacio a voces que son constantemente subordinadas.

Bibliografía

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Notas

[1] Su primera película, Un sueño como de colores, realizada cuando era estudiante, durante el gobierno de la Unidad Popular, se encuentra perdida. El documental Gente de todas partes, gente de ninguna parte, que dirigió durante los primeros años de su exilio en Francia, se consideró perdido durante muchos años. Sólo el año 2016, la investigadora chilena Elizabeth Ramírez pudo confirmar que una copia de la cinta se encuentra en la Cinemateca Francesa.

[2] Sobre este tema, Sarmiento se explaya en las entrevistas publicadas por la revista virtual laFuga en 2013 y la Revista Araucaria de Chile en 1985.

[3] En 2012 tuve la suerte de integrar un colectivo de investigadores de distintas filiaciones académicas que organizó un ciclo de cine dedicado a las tres realizadoras chilenas que se encontraban activas antes del golpe militar y que siguieron haciendo películas en el exilio: Marilú Mallet en Canadá, Angelina Vázquez en Finlandia y Valeria Sarmiento en Alemania y Francia. El ciclo, titulado “Nomadías: directoras chilenas en el exilio” formó parte de la programación del FIC Valdivia en su versión número veintiuno. En ese sentido, rastrear la creación de Valeria Sarmiento de ese periodo fue una tarea ardua y finalmente solo pudimos exhibir tres de sus trabajos: La dueña de casa (1976), El hombre cuando es hombre (1982), y El planeta de los niños (1992).

[4] En septiembre de 2014 se inauguró el archivo Ruiz/Sarmiento de la Universidad Católica de Valparaíso, y se realizó paralelamente un coloquio en torno a la obra de ambos realizadores (en conjunto con el Magíster en Estudios de la Imagen de la Universidad Alberto Hurtado. En dicha ocasión presenté una versión muy preliminar de este trabajo. El año anterior, Carla Ulloa Inostroza, publicó “El cine de Valeria Sarmiento” (Revista Occidente n. 434, noviembre 2013, páginas 55-60) que puede considerarse un ejemplo relevante del renovado interés en su obra. Por otra parte, junto a Elizabeth Ramírez editamos en 2016 el volumen Nomadías. El cine de Marilú Mallet, Valeria Sarmiento y Angelina Vázquez (Metales Pesados), donde se abordan algunos de sus trabajos junto a los de otras dos documentalistas chilenas también exiliadas tras el golpe militar de 1973.

[5] Junto a otras películas tempranas de Sarmiento, La nostalgia se consideró perdida durante muchos años. Sólo en 2016, la investigadora Elizabeth Ramírez confirmó que se encuentra en la Cinemateca Francesa, al igual que Gente de todas partes, Gente de ninguna parte. Hasta la fecha, ninguno de estos documentales ha sido exhibido en Chile.

[6] En 2010 se estrenó el documental El edificio de los chilenos, de Macarena Aguiló, film que  reflexiona en torno a la experiencia de exilio de la directora, buena parte de la cual aconteció como parte de un experimento social de familias sustitutas (o “padres sociales”) para hijos e hijas de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y que a ella le tocó vivir principalmente en Francia y Cuba. Por sus referencias a la escuela de pioneros, el documental de Sarmiento podría leerse como una referencia interesante para el trabajo de Aguiló y sus modos de representar esta institución postrevolucionaria. Quizás sería provechoso también establecer vínculos con otras producciones latinoamericanas que desde Shunko (Lautaro Murúa, 1960) y Crónica de un niño solo (Leonardo Favio, 1965) a Escuela Normal (Celina Murga, 2012), por poner tres ejemplos relevantes, han abordado la infancia desde el espacio de la escuela.

[7] Kidzania es un centro de entretenimiento original de México que fue inaugurado en Santiago de Chile en 2012, donde los niños juegan a vivir en un mundo de adultos. Ha recibido fuertes críticas por promover el consumo a través de una promoción abierta de ciertas marcas y presentarse como una apología velada del sistema capitalista.

[8] Cuba Material es un proyecto artístico y una página web que pretende rescatar la vida social y cultural del período socialistas cubanos a partir de sus objetos. Como la misma página explica: “Es un archivo sobre el consumo, la vida cotidiana, los espacios domésticos, la arquitectura, el diseño y la tecnología. Es un archivo sobre la ciudad y el interior de las casas, las gavetas o las maletas de viaje. Es, sobre todo, un archivo de la materialidad del socialismo cubano, aunque no se reduce sólo a ese período”.

[9] Así lo señaló la autora en la entrevista para laFuga antes mencionada y en el coloquio organizado por la Universidad Católica de Valparaíso en 2014.

En clave local. Ciudad y territorio en el cine argentino (1930-1955)

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Por Sonia Sasiaín

Resumen

Desde 1935 el Estado argentino promovió la modernización urbana según un modelo industrial, tanto en aspectos materiales como culturales. En esta época surgió un cine estatal de propaganda que difundía la creación del mercado, nuevas prácticas sociales y la urbanización territorial, en sintonía con los crecientes centros industriales. Según la hipótesis de este artículo, hasta 1955 el cine fue clave para promover nuevos valores y una opinión pública favorable. Aquí se distinguen dos etapas. En la primera se difundió la integración del territorio según los valores de la independencia económica y del impulso de la industria nacional. Durante la segunda, con el peronismo, se representaron esos mismos tópicos a la luz de la justicia social para integrar a los sectores antes segregados.

Palabras clave

Cine documental, modernización, territorio, propaganda, Estado

Abstract

From 1935 Argentine State promoted the urban modernization according to an industrial model, so much in material as cultural aspects. At this time arose a State cinema of propaganda that was spreading the creation of the market, new social practices and the territorial urbanization in tuning in with the increasing industrial centers. According to the hypothesis of this article, until 1955 the cinema was key to promote new values and a favorable public opinion. Two stages are distinguished here. In the first one the integration of the territory spread according to the values of economic independence and the impulse of the national industry. During the second one, with the peronism, the same topics were represented in the light of the social justice to integrate to those sectors before segregated.

Key words

Documentary film, modernization, territory, propaganda, State

Resumo

De 1935 o Estado argentino promoveu a modernização urbana de acordo com um modelo industrial, tanto em aspectos materiais como cultural. Por este tempo surgiu um cinema estatal de propaganda que difundiu a criação do mercado, práticas novas sociais e a urbanização territorial, em sintonia com os centros crescentes industriais. Até 1955 o cinema era fundamental para promover valores novos e uma opinião favorável pública de acordo com a hipótese deste artigo. Aqui elas estão duas fases distintas. Em primeira fase ela espalhou a integração do território de acordo com os valores da independência econômica e do impulso da indústria nacional. Durante segunda fase, com o peronismo, esses mesmos tópicos foram representados pela luz da justiça social para integrar aos setores segregados.

Palavras-chave

Cinema documental, modernização, território, propaganda, Estado

Datos de la autora

Magíster en Historia y Cultura de la Arquitectura y de la Ciudad, UTDT y Doctoranda en Historia de la misma universidad desde 2015. Investigadora formada adscripta al Instituto de Artes del Espectáculo Dr. Raúl Castagnino FF y L, UBA; integrante de AsAECA (Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual).

Fecha de recepción: 4 de octubre de 2016.
Fecha de aprobación: 15 de marzo de 2017.

Introducción

Este artículo estudia cómo, desde 1930, se concibe al territorio nacional en articulación con las ciudades que se modernizan tanto en su organización material como en las concepciones culturales a través de las cuales se lo interpreta y se lo representa en el cine. Para comprender este fenómeno, es preciso realizar un breve recorrido socio-histórico que dé cuenta de los principales antecedentes en el campo de la historia del urbanismo y de los estudios del cine.

Según Marrone (2003: 51), la propaganda cinematográfica de los años 1920 y comienzos de 1930 “adopta motivos y valores de la modernidad” en el registro de las obras públicas. Tal modernización estuvo estrechamente vinculada a la presencia de empresas de los Estados Unidos que invirtieron sus capitales en sectores importantes de la economía argentina (Rocchi, 2014). El aumento del parque automotor, la difusión de modas y de costumbres desde las pantallas cinematográficas y el despliegue de estrategias publicitarias inspiradas en las estadounidenses se utilizaron para asociar modernización y prosperidad con el American way of life (Girbal y Ospital, 2005).

Desde 1920 la mayor parte de las distribuidoras cinematográficas norteamericanas instalaron oficinas locales con el objetivo de consolidar el mercado. De hecho, la Argentina fue uno de los países de mayor difusión de esta industria —en 1931 se convirtió en el primer importador de filmes hollywoodenses— (Kriger, 2010). Este antecedente es pertinente para comprender la influencia que este cine tuvo en las películas de propaganda estatal que difundieron la modernización, a través del registro de las obras públicas, durante el período estudiado, primero en el contexto del panamericanismo y luego en el de la “buena vecindad”[1].

Según Girbal y Ospital (2005), a partir de 1930 el Estado nacional lanzó campañas organizadas por la sección Propaganda e Informes del Ministerio de Agricultura de la Nación, junto con otros organismos estatales, con la intención de ampliar el mercado interno. “En un intento de formar consenso a favor del consumo de productos argentinos, se realizaron constantes apelaciones al patriotismo, utilizando consignas del nacionalismo económico para reforzar la tarea de propaganda, que se convirtió a largo plazo en una táctica política” (Girbal y Ospital, 2005: 50). Esta transformación introdujo un cambio en la “estructura de sentimiento” (Williams, 2000), cuando nuevas normas de conducta reemplazaron a las tradicionales.

En tierra Gaucha YPFLuego del golpe militar que derrocó a Hipólito Yrigoyen, los gobiernos de Félix Uriburu y, más aún, de Agustín P. Justo —desde 1932— recurrieron a registrar, con fines de difusión, las grandes obras públicas realizadas que sirvieron para activar la economía en crisis y proveer la infraestructura necesaria[1]. Frente al repliegue de los países centrales, Argentina tuvo que recurrir a su mercado interno. Grupos empresariales se aliaron para encontrar soluciones a los problemas económicos nacionales, combinando la defensa de sus intereses tradicionales con las aportaciones ideológicas del nacionalismo económico (Ospital, 1998, en Girbal y Ospital, 2005). Luego de la crisis internacional, se produjo una redistribución de capitales del sector agrícola al industrial, que permitió el surgimiento de otros actores en la economía argentina: los industriales. Los centros urbanos se expandieron para albergar nuevas fábricas y a sus obreros que migraban desde zonas rurales.

El Estado pretendía fortalecer el proceso industrial a través de la sustitución de importaciones y de una convocatoria a “crear mercado”, tal como sostenía en la época Alejandro Bunge[2]. En este proceso, la publicidad se convirtió en el recurso estratégico de las empresas productoras argentinas; el propio Estado hizo uso frecuente de ella con fines económicos, políticos e ideológicos (Girbal y Ospital, 2005). En este contexto, el cine argentino se industrializó con la incorporación, desde 1933, del sistema de producción de estudios según el modelo hollywoodense. Tanto los filmes de ficción como los documentales dieron cuenta del proceso de modernización urbana.

Aquí se analizan dos tipos de documentales: por un lado, las actualidades[3] (que comenzaron en 1915 con una frecuencia irregular hasta que se estabilizaron en el Film Revista, con una frecuencia semanal, a partir de 1920), y, por otro, el documental de propaganda —institucional—. El Estado comenzó a realizar documentales y para eso puso en funcionamiento el Instituto Cinematográfico Argentino[4], “destinado a fomentar el arte y la industria cinematográfica nacional, la educación general y la propaganda del país en el exterior mediante la producción de películas para el instituto y terceros…” (Kriger, 2010: 166). Los filmes de propaganda, realizados con intervención estatal en distintos aspectos (como productor o a través de subsidios), buscaron consolidar un imaginario nacionalista y la autonomía económica del país hasta 1955.

Para desarrollar los niveles simbólicos que intervinieron en esas representaciones se recurre a la clasificación sobre el cine documental establecida por Bill Nichols (1997), quien describe cuatro modalidades (expositiva, de observación, interactiva y reflexiva)[5]. De ellas, la que predomina entre las piezas analizadas es la “expositiva (la modalidad de documental ‘clásico’)”. Para el autor, “… los documentales expositivos intentan contravenir la invitación a escapar del mundo social implícita en una buena parte de la ficción” (Nichols, 1997: 54-5). La lógica del argumento, de mayor importancia que otros aspectos, está articulada por la voz (de testigos o del narrador en off u over[6]). El autor analiza la presencia de elementos vanguardistas en documentales de temática urbana de las primeras décadas del siglo XX. Luego sostiene que, a nivel mundial, a partir de 1930, con la formación de la opinión pública, ese modelo cedió frente a la modalidad expositiva porque ofrecía una representación más realista que buscaba fortalecer la concepción de un Estado moderno y persuadir al público para promover su participación en la construcción de un Estado-nación unificado. Estos fenómenos irrumpieron con gran dinamismo también a nivel local, vinculando la acción estatal a un decidido impulso que promovía la “urbanización del país”. El cine se mostró, desde muy temprano, como un excelente difusor de este tipo de valores. El circuito de exhibición cinematográfico argentino
“… contaba en 1933 con 1.608 salas de cine que llegaron a sumar 1.690 en 1946, de las que 199 estaban en Buenos Aires” (Kriger, 2010: 266).

En los documentales que se analizan a continuación, se presta especial atención al modo en que se construye el paisaje, articulado con la ciudad, y cómo se difunden los valores urbanos por el territorio, a través de la modernización industrial o del turismo. Dado que este trabajo se inscribe en un proyecto mayor de tesis de doctorado, se elige hacer foco en el momento en que se creó el campo de la producción cinematográfica estatal, contemporáneo a los proyectos para urbanizar el territorio.

Al ver los filmes de la época surgen una serie de preguntas. ¿Qué rol jugaron los distintos productores de películas de propaganda: una empresa estatal como Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el Instituto Cinematográfico Argentino o la Subsecretaría de Información y Prensa? ¿Cuáles fueron los conceptos de modernización que se buscaba difundir? ¿A qué sectores iban dirigidas estas películas? ¿De qué modo se articulaba lo rural y lo urbano en la creación de un nuevo imaginario del territorio?

Industria pujante: Yacimientos Petrolíferos Fiscales

En la década de 1930 se producía una revisión del sentido económico y cultural de las diferentes regiones geográficas. El Estado asumía la tarea de generar un mercado interno, frente a la coyuntura internacional, que demandaba la integración de las distintas regiones a través de una red caminera alternativa a la ferroviaria. Mientras que esta última había sido trazada con la lógica del modelo agroexportador, el nuevo proyecto requería incorporar el transporte automotor como el medio moderno que podía conectar el territorio. En esta política fue clave YPF, creada durante el primer mandato de Yrigoyen, que a lo largo de la década de 1930 tuvo un notable desarrollo[7].

En 1934 la empresa comenzó a hacer propaganda con un fuerte contenido ideológico, mediante avisos en distintos medios gráficos, entre ellos la revista Sur. En el Libro de oro de la cinematografía argentina (1938: 87), en la nota “La Obra Social y Económica de Yacimientos Petrolíferos Fiscales y la Cinematografía”, con el subtítulo “La cinematografía al servicio de la nación”, se mencionan los siguientes títulos que cuentan con argumento del Escribano Marzano: Versailles; Norte Argentino; Salta, Jujuy y parte de Tucumán; La Región de los hielos eternos; Patagonia; Córdoba y sus sierras; Paraíso ignorado: Nahuel Huapí; Por tierras cuyanas; Indios en la Argentina; La Pampa generosa; Hacia el Iguazú; Mendoza, cuna del ejército de la Libertad de América; Riquezas y bellezas por doquier; En la tierra de los bravos (Corrientes); Buenos Aires la magnífica; Ante el altar de la Patria; La selva; Las provincias Andinas; Ganadería Argentina (1938).

Un ejemplo de cómo se articulaban estos temas es el documental En tierra gaucha[8], en el que los créditos de la presentación se superponen sobre imágenes de distintos elementos diseñados de manera similar a la de los afiches de la vía pública. En ellos, distintos motivos dan cuenta de la intervención de la empresa en la modernización del país (vagones de ferrocarril, barcos, camiones, fábricas) sobre una cortina musical de una melodía marcial. Aquí se condensan los tópicos icónicos y temáticos de la agenda estatal: la riqueza regional de los paisajes pintorescos y característicos que contaban con modernos yacimientos petrolíferos en explotación, y lo tradicional sintetizado en la arquitectura colonial, en los monumentos y en el título (En tierra gaucha). Además, se señalaba cómo la fundación de destilerías no sólo se relacionaba con cuestiones extractivas sino también con una tarea civilizatoria mediante la creación de viviendas para el personal que contaran con servicios y con la infraestructura necesaria para desarrollar la vida urbana.

Muchos de estos motivos y argumentos se  habían anticipado en otro documental titulado Tierra bendita[9]. Allí se muestra cómo los hijos de los empleados de las destilerías asistían a clases en una escuela construida por la empresa y, además, que el personal jerárquico habitaba en chalets, las viviendas suburbanas más modernas de la época. En el final se ven imágenes de Buenos Aires, el centro y la Plaza San Martín con tomas que panean desde un surtidor de YPF hasta el Kavanagh, ícono de la modernidad arquitectónica, que en esa época se promocionaba como el “rascacielos más alto de Latinoamérica”. La voz del locutor, en over, ensalza la riqueza petrolífera del país y las reservas con que contaba el territorio, generadoras de la modernización que se materializaba en la Capital.

Tierra Bendita YPFPor un lado, entonces, se civilizaba el desierto, el espacio que desde la concepción sarmientina se consideraba vacío e improductivo. Todo el territorio, incluso las zonas alejadas de las grandes ciudades que antes no contaban con servicios —escolares, sanitarios, viviendas modernas—, comenzaba a poblarse de estos focos modernizadores-civilizatorios que YPF construía. La “bendición” de la tierra, antes vinculada a su feracidad, productora del éxito del modelo agroexportador, pasó a ser asociada a  la riqueza de recursos que permitían la modernización tecnológica. La narración y las imágenes buscan crear una nueva percepción mediante el montaje de los registros del lugar de extracción del combustible (pozos y destilería) y los de Buenos Aires, donde se consume. A través del discurso over se introduce una dimensión política e ideológica, al hacer un balance de todas las riquezas que genera la exploración petrolífera y al anclar esos significados en las imágenes del territorio transformado, coronado por una ciudad pujante. De este modo, el Estado puede justificar las grandes inversiones en la red vial que reemplaza al ferrocarril y, a la vez, promover la educación del gusto por el paisaje nacional que ya no se ve como vacío y estéril, sino como moderno y floreciente. Por otro lado, la red caminera y el automóvil permiten a la población desplazarse no sólo con fines productivos sino también, como se verá a continuación, por un territorio concebido como espacio de ocio.

El turismo

Desde 1920 el turismo interno había sido impulsado como recreación masiva por periódicos como Crítica o revistas como Caras y Caretas, que promovían la modernización de los hábitos sociales y enviaban corresponsales a fotografiar y a describir zonas pintorescas del país. La prensa difundía imágenes del territorio multiplicadas por los avances de los dispositivos de impresión y de difusión que habían alterado radicalmente la percepción y la apreciación de lo local, especialmente en el campo visual. En la década de 1930 se amplió el turismo interno ya que la elite veía postergado el viaje a Europa (primero por la crisis y el control de cambio, y luego por el clima bélico). En un artículo de YPF se encuentra que el turismo comenzaba a dejar de ser una práctica de elite para cumplir con una nueva finalidad:

Mar del Plata… desde el punto de vista del fomento del turismo, del conocimiento de nuestras industrias madres, de las extractivas y manufactureras, de las bellezas, riquezas, fauna, flora y costumbres de nuestra Patria como medio de encauzar una corriente de hombres laboriosos y aspirantes, que con trabajo y perseverancia elaboren el engrandecimiento de esas feraces y hermosas regiones argentinas, conquistando definitivamente el desierto. (Libro de oro de la cinematografía argentina, 1938: 87)

La difusión del turismo entre los sectores medios coincidía con la consolidación y el crecimiento del parque automotor. Entre los destinos que ejemplifican estas transformaciones, cabe detenerse en el caso de Mar del Plata, bajo la intervención del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Fresco, quien apuntaba al turismo masivo. En 1937 este gobernador encargó al arquitecto Alejandro Bustillo la construcción del Complejo del Hotel Provincial. El incremento del turismo en esos años puede medirse a través del caso de esta ciudad balnearia, donde las cifras de turistas pasaron de 65.000 en 1930 a 380.000 en 1940, un aumento de casi 500% (Ballent y Gorelik, 2001: 166-170).

Mar del Plata, “Nuestra gran ciudad de mar”[10] es una película producida por YPF y realizada por el Instituto Cinematográfico del Estado[11]. En los créditos de presentación se lee: “YPF continúa, con la producción de esta película, su tarea de difundir el progreso y las bellezas de la Argentina”. Es interesante considerar cómo se emplea un recurso que visibiliza el dispositivo cinematográfico cuando la voz over enuncia que, para hacer este filme, se realizaría “una búsqueda en viejos rollos de película”; mientras, se ve a una persona que elige una lata de un archivo audiovisual y por corte se pasa a una imagen de la etapa silente que se alterna con cartones con intertítulos que emulan a los de la década de 1910. Este recurso se utilizaba para mostrar una continuidad entre el presente de la ficción de esta película (probablemente comienzos de la década de 1940) y los hechos que habían marcado las distintas temporadas veraniegas en Mar del Plata desde la primera década del siglo, sin la voz de un locutor y sobre un fondo musical instrumental característico de los años treinta.

Así, se muestran las prácticas de la elite del Primer Centenario, como el torneo de golf de la Copa Caridad o la inauguración de la Rambla de la Bristol. Cuando el relato alcanza a la década de 1930, se registra la transformación arquitectónica de la ciudad con tomas panorámicas de las canteras de las que se extraía la piedra Mar del Plata para construir los chalets pintorescos de los sectores medios que reemplazaban a las mansiones decimonónicas donde la elite había veraneado. La voz over cifra el progreso en la expansión de la construcción de la ciudad gracias a las inversiones privadas. Entre los hitos que mostraban la modernización urbana, se destaca la construcción del complejo del Hotel Provincial, que reemplazó la antigua Rambla de la Bristol, en la que se ve a gran cantidad de gente bañándose y paseando.

Mar del Plata 2Aunque el locutor se encarga de señalar que sólo había cambiado el aspecto del lugar y que se mantenían las mismas costumbres, las imágenes contradicen lo enunciado. En las tomas del presente del relato se ve una densidad de veraneantes mucho mayor que en las históricas, y este contraste se acrecienta con la distinta vestimenta y el lenguaje corporal de los veraneantes. En la película silente el registro de las personas es distinto, no sólo por el lógico cambio de modas —el corsé en las mujeres, el sombrero de los hombres o los cuerpos cubiertos aun en la playa—; lo más importante era mostrar marcas de distinción. La elite de la Belle Epoque marplatense se muestra con planos medios o primeros planos que identifican sus rostros y señalan los signos de estatus por la vestimenta o por sus joyas; en oposición con el registro de los visitantes de la década de 1930, que se desplazan por los mismos espacios mostrados desde lejos y en planos generales. Los primeros podían ser fácilmente reconocidos por sus contemporáneos porque las imágenes de las columnas sociales de diarios y revistas multiplicaban sus rostros, mientras que los segundos no se distinguían, eran anónimos. Se los registra con planos generales en la playa, con los cuerpos más expuestos que los anteriores, vestidos con trajes de baño uniformes, sin marcas de distinción. Caminan por la nueva rambla o toman baños de sol en las poses y con los gestos que las revistas de la época promovían como prácticas saludables. La voz over señala que “nada había cambiado” y resalta la continuidad entre “ayer y hoy”. Lo mismo sucede en la secuencia que registra los nuevos chalets como íconos de la modernización, promovidos en las revistas especializadas de arquitectura y en las películas de ficción. Estas nuevas construcciones comienzan con un proceso de reemplazo de las grandes casas veraniegas abandonadas por las familias tradicionales después de la crisis de 1929, que se intensificaría en décadas posteriores hasta su casi total desaparición.

A diferencia de lo que se ve durante el peronismo, en esta etapa de modernización conservadora el discurso de la propaganda estatal muestra el reemplazo de los valores de la elite por los de los sectores medios, sin marcar rupturas ni exaltar las diferencias sociales. A través del montaje, del guion y de la selección de las locaciones, se organiza una transición fluida de imágenes y de argumentos que promueven la incorporación armónica de los nuevos veraneantes al balneario tradicional de la elite, que en realidad se sintió invadida y buscó refugio en otras playas (Pastoriza, 2011: 123). En estos documentales es evidente el esfuerzo por alcanzar lo que Nichols señala como la formación de la opinión pública, a través del discurso de las imágenes y de la voz over. En este caso se busca promover una transición sin conflicto entre el modelo agroexportador anterior y el modelo industrial actual. Se incorporan imágenes de un documental que valora el lujo y los privilegios del ocio de la elite de 1910 para resignificarlas en una nueva pieza de fines de 1930, que exalta la grandeza nacional a través de la inversión y del turismo como práctica más austera.

Desde mediados de la segunda década, ciertos indicios traslucían síntomas de un proceso en el que el “reducto aristocrático”, tan celosamente guarnecido, se veía ininterrumpidamente visitado por nuevos rostros, que intentaban compartir y bañarse en las mismas aguas donde se solazaban las altas clases porteñas. (Pastoriza, 2011: 216)

Mientras que los tradicionales veraneantes se desplazaban hacia el sur de Mar del Plata, la obra pública buscaba moldear “… una ciudad balnearia en la que todos hallaran su puerta de entrada y tuvieran posibilidad de compartir el brillante mar, pero en la que las distinciones y las fronteras sociales permanecieran precisadas y delimitadas” (Pastoriza, 2011: 217).[12]

A tal punto el turismo fue una preocupación creciente en la agenda estatal, que durante la década de 1930 se realizaron campañas organizadas por la sección Propaganda e Informes del Ministerio de Agricultura de la Nación, por las Juntas Reguladoras recientemente creadas y por otros organismos ministeriales (Girbal-Blacha, 1994 y 1999). En línea con estas políticas, el 22 de febrero de 1941 se creó la Comisión Nacional de Turismo, que dependía del Ministerio de Agricultura. [13]

Mar del Plata 3Las políticas plasmadas en la legislación sobre los parques naturales y en las nuevas construcciones estaban en sintonía con campañas de propaganda del Ministerio de Agricultura para fomentar el consenso a favor del consumo de productos argentinos con constantes apelaciones al patriotismo. Entre los documentales de este período se destacan Nahuel Huapi, Tigre y Vendimia[14]. En conjunto, tenían como objetivo hacer propaganda de zonas turísticas de la Argentina mostrando paisajes de bellezas naturales en piezas que  “…  se destacaron por su excelente realización con un aprovechamiento de recursos de lenguaje y técnicos muy poco común para la época” (Kriger, 2010: 274). Estos documentales muestran que por primera vez el Estado podía plasmar, en la producción fílmica propia, inquietudes ideológicas y artísticas, y en su realización se evidencia la preocupación oficial por desarrollar una sensibilidad estética en los espectadores. Los paisajes, integrados a las ciudades, se proponen como espacios equipados por el Estado para alcanzar una felicidad derivada de prácticas y valores característicos de los sectores medios. Se intentaba promover una subjetividad social o colectiva según estas nuevas bases, que a menudo se daban por supuestas, a través de la estructura formal de la película en su conjunto.

Esto resulta explícito en el documental Mar del Plata, cuando la voz over destaca las inversiones y lo construido para resaltar el progreso de la ciudad materializado en la transformación de las viviendas y de la Rambla de la Bristol en el complejo turístico del Provincial. La incorporación de tecnología permitía transformar a la ciudad veraniega no sólo como espacio destinado al disfrute del ocio sino también de manera productiva, según el proyecto industrial del Ministerio de Agricultura: “De poco servirá construir excelentes carreteras y hoteles confortables si un concepto equivocado inspira la acción de la administración pública y si los habitantes del país carecen de una educación turística adecuada” (Ministerio de Agricultura, 1942: 329). La manera de concebir la política turística puede entenderse como una acción patriótica ideológicamente progresista. La referencia al modo en que otros países habían explotado los recursos turísticos justificaba las inversiones realizadas en Mar del Plata: “… Gracias a los beneficios dejados en su suelo por los excursionistas norteamericanos muchos países europeos lograron antes de la guerra saldar muchas deudas y efectuar ciertas adquisiciones” (Ministerio de Agricultura, 1942: 329). El turismo se valoraba como otra industria que merecía el apoyo estatal por su rentabilidad. Asimismo, el deseo de atraer a visitantes norteamericanos determinaba las estrategias propagandísticas.

Una vez que se contaba con la infraestructura, el problema era cómo fomentar las actividades dentro de los centros turísticos o en las ciudades existentes. Desde este punto de vista, también cambiaron las valoraciones de los espacios urbanos tradicionales: “… comparada con otras grandes capitales extranjeras, Buenos Aires es una ciudad que ofrece escasas atracciones susceptibles de interesar a los turistas acostumbrados a viajar por los países de Europa o por los Estados Unidos de América” (Ministerio de Agricultura de 1942: 317). Frente a esta situación, el gobierno proponía iniciar un programa de actividades y, a la vez, difundirlo a través de documentales que ya eran un referente en este tema:

… [se] ha convenido con la empresa norteamericana “The March of Time”, La Marcha del Tiempo, la confección de una película documental sobre Argentina. Esta película será financiada por dicha empresa, realizándose las filmaciones en nuestro país por el personal técnico de la misma. Tendrá un metraje aproximado de seiscientos metros, su duración resultará en consecuencia de más de veinte minutos y será proyectada como parte del programa corriente en las salas de los Estados Unidos de América, en número no menor de 26.000, como asimismo en los países de América Latina. Una copia de esta película exhibiráse [sic] en la Argentina, presentada en estreno de gala bajo el patrocinio de la Comisión Nacional de Turismo. El tema central de la producción que se está realizando consiste en exaltar la grandeza moral y material de la República Argentina presentando un panorama integral, múltiple y dinámico de sus actividades de todo orden, tanto como de sus bellezas naturales, a favor de una técnica cinematográfica que ofrece todas las garantías de éxito, pues las películas de corto metraje presentadas bajo el título “La Marcha del Tiempo” gozan de prestigio universal. En la elección de los asuntos y en el tono y la intención que ha de darse a esta película han de primar el criterio y el asesoramiento de la Comisión Nacional de Turismo. (Ministerio de Agricultura, 1942: 317, cursivas agregadas)

En 1942 se filmó un capítulo de The March of Time en el que se representó la modernización del país a través de la vida cotidiana en Buenos Aires. Comienza con un avión de bandera norteamericana que sobrevuela la ciudad, la biblioteca del Diario La Prensa, el interior y el exterior del Banco de Boston, y barcos frigoríficos que —según la voz over— transportan carne a Estados Unidos. En las tomas panorámicas de la ciudad se ven no sólo los edificios de las empresas que tienen relación con Estados Unidos, sino también las grandes avenidas que permiten el flujo del transporte automotor y la red de subterráneos (las líneas A y B); además, se muestra el centro histórico y los barrios en los que —de acuerdo a la voz del locutor— “vive gente de clase media”. Como nota pintoresca se registran danzas folclóricas en el campo con bailarines con vestimentas tradicionales, que la voz over llama “los gauchos, the cow boys”.

Justicia SocialEn respuesta a las preocupaciones del ministro de Agricultura, el Dr. Amadeo y Videla, durante la Presidencia de Ramón Castillo, sobre los escasos atractivos de Buenos Aires, este documental pretende mostrar a la Capital de la Argentina como una ciudad moderna y pujante, próspera y con un alto potencial de producción y de consumo. Esa capacidad de demanda se plasma en la gran cantidad de automóviles, la abundancia de transporte público (subterráneos y tranvías), la actividad bancaria y la industria frigorífica, así como también el bienestar de los ciudadanos, desde los que vivían en barrios hasta los que comían en restaurantes lujosos, o se alojaban en petit hoteles del barrio norte, mostrados desde el exterior. Además, se evidencia un especial interés por remarcar los hábitos modernos de la población. Sobre un encuadre compuesto, a manera de collage, con las tapas de La Prensa, La Nación y El Mundo, la voz over resalta la avidez de la población por estar informada, la gran asistencia de público a la Exposición Industrial y Ganadera de la Sociedad Rural, las funciones del Teatro Colón y la asistencia entusiasta a la “Exposición de Arte Panamericano”, en la que se destaca a Molina Campos y Quinquela Martín como “buenos ejemplos de esta nueva escuela”.

Esta representación de Buenos Aires, en el contexto del panamericanismo y de la buena vecindad, buscaba mostrar primero en Estados Unidos y luego en el resto de América lo típico de lo local y, a la vez, lo cosmopolita de la modernidad argentina. En este sentido, la representación fílmica de la ciudad capital como sinécdoque de la nación en los traveltalks era un género que contaba con cierta tradición en toda América. Con la cercanía de la Segunda Guerra y también durante la contienda, las películas cobraron visos de documentos diplomáticos[15]. Surgieron muchos rechazos a las ficciones filmadas en Estados Unidos que hacían parecer a los países latinoamericanos como “repúblicas bananeras”. El Estado y distintos agentes privados entendieron la necesidad de realizar películas con una cuidada selección de los aspectos del territorio y de las ciudades que se registrarían y, a la vez, alcanzar los estándares de calidad de las producciones hollywoodenses para representar a la Argentina.

Ciudad, territorio y justicia social

En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y de la crisis económica provocada por los nuevos términos de intercambio, se produjo el golpe de Estado del GOU en 1943[16]. El nuevo gobierno prometía poner fin a los procedimientos característicos de la escena política local en el último decenio: el fraude electoral y la exclusión de los sectores populares de la vida institucional. La falta de materias primas y el boicot decretado por Estados Unidos, principal productor de celuloide en ese momento, ante la neutralidad argentina en la Segunda Guerra, produjo una profunda crisis para nuestro cine. Esta coyuntura determinó la intervención del gobierno en el campo para generar políticas que permitieron que el sector revirtiera la curva descendente en la producción. El Instituto Cinematográfico del Estado funcionó hasta 1943, cuando se creó la Dirección General de Espectáculos Públicos[17], dependiente de la Subsecretaría de Informaciones y Prensa (SIP)[18], bajo el gobierno del Presidente General Pedro Ramírez, como una pieza más de una reestructuración que concebía a las políticas públicas desde las ideas de “planificación centralizada” formuladas a nivel internacional en el período de la posguerra. A partir de entonces, las prácticas productivas y comerciales del sector se vieron afectadas por las regulaciones del Estado y también se rediseñaron las alianzas entre los agentes de la producción local y los funcionarios estatales.

Durante la primera presidencia de Perón se propuso una modernización de todo el territorio en términos diferentes del proyecto delineado por el modelo anterior. Se desarrolló el Primer Plan Quinquenal, que estableció las políticas y los alcances de la modernización que se difundió en los cines como la construcción de una Nueva Argentina. En este sentido, fue decisivo el rol de Raúl Alejandro Apold, quien en 1947 asumió la Dirección General de Difusión y en 1949, la Dirección de la SIP. Desde este cargo impulsó las cadenas de diarios y de radios para que se constituyeran en un monopolio de la información que privilegió la propaganda cinematográfica obligatoria, sobre la de otros medios. Las nuevas políticas se comunicaron a través de noticiarios y de documentales que mostraron un alto valor instituyente. Su circulación estuvo asegurada por una amplia difusión a través de los cines comerciales, en el ámbito de las corporaciones y de instituciones privadas y estatales tales como embajadas y ministerios, ferias, escuelas, tanto dentro como fuera del país.

Un número especial del Noticiario Panamericano[19], denominado “Justicia Social”, da cuenta de esta concepción. En el comienzo, sobre el título en la placa de presentación, se sobreimprime una imagen de la alegoría de la Justicia de rasgos y vestimenta aborígenes que presenta los atributos característicos: una mujer de ojos vendados que porta la balanza y la espada. Luego se ve un mapa de la Argentina, en el que se desarrolla de manera gráfica el organigrama de la Secretaría de Trabajo y Previsión con sus respectivas delegaciones, que eran los órganos de ejecución de las medidas derivadas de la justicia social: vivienda, atención a los ancianos, educación, acuerdos de paritarias, entre otras. En la organización del relato audiovisual, cada uno de estos temas está ilustrado con fragmentos de otros documentales y de otros noticiarios.

De este modo, se instala el tema de la injusticia que enfrentaban estas personas; quienes, a pesar de sostener con su trabajo a la ciudad, no gozaban de una vivienda digna como las de las zonas urbanas. A la manera del documental de observación etnográfico, se recorren las distintas regiones y se muestran a grupos de trabajadores de rasgos aborígenes o criollos que vivían y trabajaban en condiciones miserables. Aparecen en la propaganda oficial rostros que no habían sido mostrados por los documentales anteriores. En un procedimiento característico del discurso de este gobierno, se evidencia el contraste entre el antes (las condiciones miserables en que trabajan los obreros, las viviendas precarias, la falta de servicios sanitarios, etc.) y el después. El discurso marca lo revolucionario del plan de gobierno; en la segunda parte del relato se muestra la superación de las condiciones negativas por la intervención del Estado. Las imágenes registran, en una celebración de paritarias, a trabajadores bien vestidos y asimilados, en lo gestual, a los empleadores que negocian sus salarios. En este documental de los primeros años de gestión, se puede percibir la articulación del discurso audiovisual que busca mostrar, a través del registro de paisajes y personas de todo el país, reforzado por la voz over, cómo todas las injusticias del régimen anterior serían reparadas. Se pone el acento en la modernización de la gestión, en la planificación centralizada y en la importancia de la participación de nuevos sectores que antes no estaban representados.

En sintonía con este noticiario, en el filme estatal De la Nueva Argentina Justicialista (1950) se establece desde el inicio la visión de un territorio unificado, representado en un mapa de la República Argentina sobre el globo terráqueo. Sobre una base musical folklórica, la cámara panea, desde un avión, las nuevas obras construidas desde 1945: comienza un recorrido en el Aeropuerto de Ezeiza, continua con los nuevos barrios de vivienda estatal y, una vez en Buenos Aires, esos nuevos espacios se articulan fluidamente con los hitos urbanos tradicionales: Palermo, la calle Florida, el puerto, el río, el barrio de la Boca, etc.

El sonido, en contraste con las imágenes de las construcciones modernas, apela a la mirada sobre la ciudad desde una estética costumbrista y didáctica, por el tono de la voz over, la música folklórica y la descripción de los hábitos de los porteños. Se puede pensar, en principio, que este documental de propaganda se dirigía a los beneficiarios de las nuevas obras públicas, los migrantes “recién llegados” de los ámbitos rurales. A la vez, se ponía en funcionamiento una retórica persuasiva por medio de las imágenes, y las nuevas obras se presentaban integradas con los viejos aciertos. Entre las escenas urbanas se destaca una larga secuencia de un campo, una estancia y animales que, junto con otras tomas de embarque de alimentos (carne vacuna y porcina, grano, tortas de girasol) muestran un país de abundancia. También se ven ferias en los barrios y el locutor señala que las había en toda la ciudad y que allí se compraban productos a precios muy baratos. Los recursos visuales están puestos en la exaltación del disfrute (deportes, tiempo libre, compras, paseos). La industrialización se acentúa con una imagen de la fábrica Phillips filmada en el recorrido de ingreso a la ciudad y una heladera Siam rifada en el Obelisco.

En otra secuencia se ve una carrera de turismo carretera, deporte que funcionaba desde la década de 1930 como vertebrador de todo el territorio a través de las transmisiones radiales que acentuaban la descripción territorial de pueblos del interior (Torre, 2002). En este caso, se suman los procedimientos fílmicos que permiten la superposición de imágenes y gráficos para ilustrar el recorrido del circuito en el mapa de la República. La referencia a The March of Time de 1942 es innegable. Se retoman todos los temas planteados como los objetivos del proceso modernizador comenzado en 1930, a través de la argumentación o de la ilustración de las imágenes: la modernización, la conexión con el territorio, la ampliación del mercado interno, lo nacional. Estos significados se anclan también por el discurso de la voz over a lo largo de todo el filme y por las imágenes, desde el crédito de la presentación de la Argentina como una nación “justa, libre y soberana”.

Ahora bien, lo nuevo resulta la idea de la inclusión y del modo en que el territorio, a través de diagramas y de mapas, se mostraba alcanzado por las leyes y por los decretos del gobierno que proponía la integración de sectores antes postergados. A diferencia del Noticiario Panamericano, no se los muestra de manera miserable, probablemente porque ya habían pasado casi cinco años de gestión, o quizá porque se enfrentaban los mismos dilemas que antes al tener que configurar la imagen de una Argentina moderna que se pudiese exhibir en el exterior. Aunque el título es De la Nueva Argentina…, se continúa con la tradición de los travelogues en la que la ciudad capital actúa como sinécdoque de la nación.

El número de noticiarios y de documentales estatales estrenados en esta época crece exponencialmente en relación con el período anterior. En ellos se refuerzan las imágenes que difunden el transporte, el turismo, el deporte, las vacaciones, las construcciones y la energía (gas y electricidad). En este período es central la planificación, expresada en los Planes Quinquenales, que también transformaba la manera en que se difundían las nuevas concepciones del urbanismo. La “Nueva Argentina” fue la imagen que el gobierno creó, difundida como un territorio comunicado e integrado. En ese nuevo país, Buenos Aires era la promesa de lo que pronto el resto de las grandes ciudades podrían alcanzar.

Conclusiones

Los documentales analizados representaron, desde 1930, la propaganda estatal que promovía la urbanización del territorio, en el contexto de un proyecto de modernización conservadora que, hacia finales de la década, mostró sus límites frente a la crisis generada por la situación internacional y por los reclamos de los sectores excluidos. Desde 1946 se trazó un nuevo proyecto modernizador basado en la integración territorial, atendiendo a la cuestión social. En la propaganda oficial, aparecieron como novedad los trabajadores de rasgos aborígenes y de criollos, para quienes el gobierno presentaba planes de integración.

Estos filmes contribuyeron a crear una reserva de conocimiento acerca de los paisajes, naturales y humanos, y buscaron generar sobre esta geografía un deseo de conocerlos. Las imágenes del territorio, que el Estado difundió desde 1930, transformadas por los procedimientos fílmicos en destinos turísticos, se volvieron representaciones familiares para los espectadores y se sumaron a las postales y fotografías que circulaban desde fines del siglo XIX a través de la prensa gráfica.

Los distintos agentes productores de estos filmes (YPF, los directores de noticiarios, los funcionarios de las agencias estatales) intentaron reforzar los valores de la clase media y una sensibilidad particular a través de películas que integraron ciudad y territorio. Este proyecto modernizador tuvo fuertes marcas de la tradición de los travelogues de las compañías norteamericanas. Sin embargo, en el fuera de campo de muchos de estos documentales quedaron las zonas a las que nunca llegó la modernización de la que se hacía propaganda o, cuando alguna de ellas se integró al relato audiovisual, lo hizo como el escenario de un pasado que se aseguraba haber dejado atrás.

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ypf e Instituto Cinematográfico del Estado, Mar del Plata, “Nuestra gran ciudad de mar”, tambor 378, 16mm, AGN, s/f.

ypf, En tierra gaucha, tambor 752, 16 mm, AGN, s/f.

ypf, Tierra bendita, AGN, tambor 1114,16mm, AGN, 1939.

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Ministerio de Agricultura de la Nación (1942), Memoria año 1941.

Notas

[1] Un ejemplo es el álbum de fotografías dedicado a la construcción del Obelisco, que le encargó el intendente De Vedia y Mitre al fotógrafo Horacio Cóppola en 1936.

[1] Sobre estas líneas de la política exterior que el gobierno de Estados Unidos lanzó para establecer vínculos con los países al sur del continente, interesan aquí los aspectos culturales; en especial, el repertorio iconográfico que se formó desde la primera mitad del siglo XIX que el cine reelaboró más tarde. Para mayor información, véase Zusman, Perla (2011). “Panamericanismo y conservacionismo en torno al viaje de Theodore Roosevelt a la Argentina (1913)”, en Modernidades. La historia en diálogo con otras disciplinas. En: http://www.ffyh.unc.edu.ar/modernidades/2011/08, y Cramer, Gisela y Prutsch, Ursula (2012). ¡Américas unidas! Nelson A. Rockefeller’s Office of Inter-American Affairs (1940-46). Madrid/Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert.

[2] Según María Barbero y Andrés Regalsky (2014: 117), el nacionalismo de Bunge se identificaba ante todo con “… el proteccionismo, y en absoluto lo hacía con el anti-imperialismo (o anti-yanquismo) que empezaba a campear en los círculos intelectuales latinoamericanos”. Esto se considera importante para este trabajo porque las fuentes seleccionadas se producen en un contexto de creciente incorporación de modelos productivos y narrativos de la cinematografía norteamericana.

[3] Es el nombre que recibían en la época.

[4] “Desde 1941, Instituto Cinematográfico del Estado. La creación del Instituto fue sancionada dentro de la Ley de Propiedad Intelectual 11.723 (235) del Poder Ejecutivo Nacional (Buenos Aires, 26 de septiembre de 1933), pero su reglamentación quedó pendiente. En 1936 el presidente Justo decretó la organización del Instituto. El proyecto quedó en manos de Matías Sánchez Sorondo, presidente en ese momento de la Comisión Nacional de Cultura, y Juan Bracamonte, reemplazado al poco tiempo por Pessano, quien fue nombrado director técnico. En 1941, por decreto firmado por el presidente Castillo, se reglamentaron las funciones del Instituto Cinematográfico del Estado, versión modificada de un proyecto de ley presentado por Matías Sánchez Sorondo en 1938” (Spadaccini, 2012).

[5].

[6] Aquella de la que no se conoce la fuente.

[7]

[8] YPF, En tierra gaucha, AGN tambor 752,16mm, 1940/41.

[9] YPF, Tierra bendita, AGN, tambor 1114,16mm, 1939. Un interesante análisis de este documental puede encontrarse en Marrone y Franco (2001): “En el film, el discurso se articula en un antes y un después de la creación de YPF. Antes de YPF las tierras eran yermas, desérticas y vacías, después con imágenes de la industria petrolera y de su pueblo, Comodoro Rivadavia. YPF tiene en el film poder providencial, crea de la nada, convierte la ‘tierra maldita’ –así se refirió Charles Darwin a la Patagonia Argentina– en un pueblo de trabajo y progreso”.

[10] YPF e Instituto Cinematográfico del Estado, Mar del Plata, Nuestra gran ciudad de mar, AGN, tambor 378, 16mm, s/f.

[11] Ministerio de Justicia e Instrucción Pública.

[12] Pastoriza (2011) diferencia la operación del gobierno municipal en la provisión de infraestructura de una de las zonas más apreciadas de Mar del Plata, flanqueada “por el océano, el puerto, el Golf Club con sus verdes pistas y los nuevos barrios que se configuraban al calor del corrimiento social de la playa Bristol” (214-215). En esta zona, el gobierno de Fresco construyó el complejo del Provincial.

[13] Existía una sección Propaganda e Informes del Ministerio Agricultura de la Nación, promotor de la modernización a través del diseño de políticas industriales (Girbal-Blacha 1994 y 1999).En 1941, según consta en las Memorias del Ministerio de ese año, se consideraba al turismo una industria más que podía llegar a sacar al país de la crisis que atravesaba. Se buscaba captar, sobre todo, al turismo norteamericano que no podía viajar a Europa por la guerra.

[14] Vendimia, Legajo 1742, tambor 1019, C 16; Nahuel Huapi; Tigre.

[15] Se alude a la serie traveltalks, que James Fitzpatrick filmaba en todo el continente. V. gr. James A. Fitzpatrick, Romantic Argentina (1932).

[16] Grupo de Oficiales Unidos, integrado por una junta militar con el General Arturo Rawson como Presidente, derrocó al gobierno de Castillo el 4/6/1943, y el Coronel Juan D. Perón fue designado Jefe de Estado Mayor de la Primera División del Ejército. El 6 de junio asumió Ramírez la presidencia y Perón ascendió al cargo de secretario.

[17] Por el decreto 18.406.

[18] Esta Subsecretaría, desde el comienzo del peronismo, integró la órbita del Poder Ejecutivo.

[19] AGN, tambor 606, número especial producido por Argentina Sono Film y Noticiario Panamericano, de la Serie Realidades Argentinas, s/f. La voz over señala en el relato “… durante el último año, 1947”, con lo que es posible fechar el estreno. Las imágenes de archivo son, al menos, tres años anteriores a esa fecha.

El lado oscuro de Brasilia: análisis del conflicto territorial en el Distrito Federal brasileño a través de la producción documental sobre la región

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Por Lucas Henrique de Souza y Polianna Teixeira Olegário

Resumen[1]

El siguiente texto tiene como objetivo discutir el conflicto territorial presente en el Distrito Federal brasileño a través de documentales sobre Brasília y Ceilândia. Con el fin de entender el conflicto, utilizamos aportes teóricos vinculados al pensamiento Decolonial y de la Geografía Critica, como: Aníbal Quijano (2001), Yasser Farrés Delgado (2015), Alberto Ruiz Matarán y Yasser Farrés Delgado (2012), Milton Santos (1994, 2001, 2006); Milton Santos e Maria L. Silveira (2006); Norbert Lechner (1990); Yves Lacoste (2008); Fabrício Gallo (2006).Las películas utilizadas son: Brasília, planejamento urbano (Fernando Cony Campos, 1964), Brasília, contradições de uma cidade nova (Joaquim Pedro de Andrade, 1967) y A cidade é um a só? (Adirley Queirós, 2013).

Palabras clave

Ceilândia; Brasília; documentales de ciudad; planificación territorial; decolonialidad.

Abstract

The following paper discusses the territorial conflict that takes place in the Brazilian Federal District through documentaries on Brasília and Ceilândia. As a way of understanding the conflict, it was used theoretical contributions related to Decolonial thinking and Critical Geography, in which the following authors stand out: Anibal Quijano (2001), Yasser Farrés Delgado (2015), Alberto Matarán Ruiz and Yasser Farrés Delgado (2012), Milton Santos (1994, 2001, 2006), Milton Santos and Maria L. Silveira (2006), Norbert Lechner (1990), Yves Lacost (2008), Fabrício Gallo (2006). The motion pictures used are: Brasília, planejamento urbano (Fernando Cony Campos, 1964), Brasília, contradições de uma cidade nova (Joaquim Pedro de Andrade, 1967) and A cidade é uma só? (Adirley Queirós, 2013).

Keywords

Ceilândia; Brasília; City documentary; Territorial planning; Decoloniality.

Resumo

O texto a seguir discute o conflito territorial travado no Distrito Federal brasileiro através de documentários sobre Brasília e Ceilândia. Como forma de entender o conflito, utilizamos aportes teóricos ligados ao pensamento Decolonial e da Geografia Crítica, no qual se destacam os autores: Anibal Quijano(2001), Yasser Farrés Delgado(2015) e Alberto Matarán Ruiz e Yasser Farrés Delgado (2012), Milton Santos(1994, 2001, 2006), Milton Santos e Maria L. Silveira (2006), Norbert Lechner(1990), Yves Lacoste(2008), Fabrício Gallo(2006). Os filmes utilizados são: Brasília, planejamento urbano (Fernando Cony Campos, 1964), Brasília, contradições de uma cidade nova (Joaquim Pedro de Andrade, 1967) eA cidade é uma só? (Adirley Queirós, 2013).

Palavras-chave

Ceilândia; Brasília; documentario de cidade; Planejamento territorial; Decolonialidade.

Datos de los autores

Lucas Henrique de Souza. Estudiante en la maestría del Programa de Posgrado en Literatura Comparada, PPGLC – Universidad Federal de la Integración Latinoamericana/Unila. Licenciado en Cine y Audiovisual por la Unila. lucas.h.souz@gmail.com.

Polianna Teixeira Olegário. Estudiante en la maestría del Programa de Pos-graduación en Geografía de la Universidad Estadual Paulista «Júlio de Mesquita Filho»/UNESP. Licenciada en Geografía por la Universidad Federal de la Integración Latinoamericana/Unila. poliolegario@gmail.com.

Fecha de recepción: 12 de marzo de 2017.
Fecha de aprobación: 15 de mayo de 2017.

Las películas que tratan sobre Brasília y el cine producido en el Distrito Federal eternizaron la capital federal con sus imágenes. Éstos ayudaron a construir la euforia del progreso, desarrollo técnico, económico e industrial. En ellas es posible contemplar la llegada de las máquinas y tractores, de los aviones, del hombre blanco y infinitas olas migratorias de diversas regiones del país que sembraron la nueva capital en el desierto. Como pocas ciudades, Brasília nació enfocada por diversos ángulos y diferentes luces. Filmaron lo bello y lo armónico, exponiendo al mundo la simplicidad de sus rectas y súper cuadras, destacando en primer plano la utopía, lo moderno y lo desarrollado. Por otro lado, estas películas también mostraron lo opuesto, lo feo, lo arcaico y lo subdesarrollado en torno al reino de la belleza, poniendo en evidencia disputas sociales y territoriales.

Ni el ideario moderno, ni la euforia del progreso, ni la gigantesca aura que envuelve la ciudad del futuro brasileño consiguieron expulsar de su seno los problemas recurrentes de las ciudades comunes. Éstos son problemas nacionales que en Brasília fueron generosamente concebidos debido a cuestiones históricas y contemporáneas que se mezclan, veremos adelante.

Según Mader (2012) del Periódico Correio Brasiliense, en consonancia con datos recolectados por el Instituto de Pesquisa Económica Aplicada (Ipea), “la capital federal tiene el mayor índice de desigualdad social del país”. ¿Serían éstos los numerosos frutos recogidos de la semilla conflictiva del progreso, sembrada con prejuicio, exclusión social y territorial germinadas desde el inicio de la construcción de Brasília?

Si miráramos este proceso en consonancia con el pensamiento Decolonial, sí. Según Quijano (2002: 4) la “Colonialidad del poder es un concepto que da cuenta de uno de los elementos que fundan el actual patrón de poder, la clasificación social básica y universal de la población del planeta entorno a la idea de raza”. Ese concepto amplía nuestra inserción en las acciones realizadas para el ordenamiento del territorio brasileño, una vez que, según Farrés (2015: 8) la colonialidad “también se refleja en la reproducción que tiene lugar en el ‘Sur Global’ de los modelos arquitectónicos, urbanos y territoriales promovidos desde el ‘Norte Global’”. Al conectar la moderna arquitectura de Brasília a las aspiraciones arquitectónicas del Norte Global visualizamos la configuración de este proceso conflictivo por medio de la tríada conceptual propuesta por Farrés e Matarán (2012: 152) que, según los autores “es una manifestación particular de la estructura triangular de la colonialidad” (ver figura 1).

Figura 1: Estructura Triangular de la Colonialidad

Fuente: Farrés e Matarán (2012: 152)

En este sentido, utilizamos el concepto de “colonialidad territorial” de Farrés y Matarán (2012) para este explicar el“conjunto de patrones de poder que sirven en la praxis territorial para establecer hegemónicamente una concepción del territorio sobre otras que resultan ‘inferiorizadas’ ” (Farrés y Matarán, 2012: 8). Es decir, el concepto “colonialidad territorial” nos auxilia a analizar las prácticas de poder y sus consecuencias en la formación de Brasília. A partir de ahí, pensamos esas prácticas y patrones a través de los conceptos: “colonialidad del ser territorial”, “colonialidad del saber territorial” y “colonialidad del poder territorial” (Farrés, 2012). El primero se refiere a “hegemonía del ser-urbano sobre el resto de las formas de existencia humana no-urbanas” (Farrés, 2015: 8) que puede ser visualizado en el proceso de fundación de Brasília, anclada en la mentalidad desarrollista de la época que se concentraba en el centro urbanizado del país. El segundo, se refiere las “prácticas profesionales donde ciertos saberes dominan hegemónicamente las decisiones sobre cómo concebir y habitar el territorio, la ciudad y la arquitectura” (Farrés, 2015: 8), en ese sentido, el propio movimiento de arquitectura moderna propuesto para Brasília refleja los saberes y prácticas de la colonialidad que conciben el territorio. El tercero, actúa en el “ámbito de la intersubjetividad en que cierto grupo de personas define qué es territorialmente correcto, y por lo tanto, sustenta el poder de enunciación” (Farrés, 2015: 8), lo que se manifiesta, por ejemplo, en la decisión de retirar masivamente la población que habitaba entorno a Brasília no planificada.

Esta estructura conceptual nos conecta a los conflictos territoriales enfrentados en el Distrito Federal abriendo espacio para una discusión geopolítica. De acuerdo con Lacoste (2005:1), por geopolítica “se entiende toda rivalidad del poder (y de influencias) sobre territorios”. Buscamos, en ese sentido, comprender la disputa por espacio en el Distrito Federal a través de la producción documental que expresa todo este proceso de “colonialidad territorial” (Farrés & Matarán, 2012) presente en la región. Así, serán utilizados documentales sobre Brasília y Ceilândia que evidencian cuestiones claves del conflicto territorial en el Distrito Federal: mientras que Brasília, planejamento urbano (Fernando Cony Campos, 1964) y Brasília, contradições de uma cidade nova (Joaquim Pedro de Andrade, 1967) manifiestan un punto de vista moldeado por los valores y prácticas de la “colonialidad del poder” (Quijano, 2002). Por otro lado el documental A cidade é uma só? (Adirley Queirós, 2013) presenta una perspectiva política de los “de abajo” aliada a la propuesta del director, de resinificar la historia y las imágenes de la región, expresan el conflicto territorial contrapuesto por las imágenes. 

Colonialidad territorial: Brasilia, plantada en el desierto

A inicios del siglo XX el Estado brasileño realiza políticas de integración territorial a escala nacional, por el peligro de “fragmentación del vasto territorio, hasta entonces poco poblado en su interior” (Gallo, 2006: 8). Durante este período, se “establece una red brasileña de ciudades con una jerarquía nacional […] la estructuración de puertos, la construcción de carreteras de hierro y […] ‘máquinas de producción y máquinas de circulación’ se esparcen en el territorio brasileño consolidando […] participación del país en la fase industrial del modo de producción capitalista” (Santos e Silveira 2006: 37).

A partir de 1930 la estrategia política de los Estados Latinoamericanos se denominó “desarrollismo”, siendo el principal instrumento de acción para obtener el desarrollo económico e industrial del país en el Estado-nacional (Bresser-Pereira, 2010: 6-7). Comandados por el Estado, cuotas estratégicas del territorio nacional asisten a la “emergencia del espacio mecanizado. Los objetos que forman el medio no son, sólo, objetos culturales; ellos son culturales y técnicos, a la vez” (Santos, 2006:158).

Así, la política de integración nacional de la primera mitad del siglo XX fue guiada por el modelo de “sustitución de importaciones”, siendo creadas las empresas estatales y la diseminación en el territorio de infraestructuras terrestres, marítimas y aéreas, que posibilitaron la circulación de mercancías, comunicaciones y personas rompiendo con el “tiempo lento”, con el aislamiento de algunas regiones y lugares estratégicos para el desarrollo del mercado interno (Santos e Silveira, 2006; Gallo, 2006).

Ese nuevo reordenamiento territorial garantiza la ideología y la estructura física para la concretización de la nueva capital en el interior del país. En este contexto, resaltamos el discurso del aún diputado Juscelino Kubitschek:

Las inmensas regiones del interior y la fuerza de una decisión política que transfiriera para su medio el centro vital de la administración brasileña pasarían a constituir inmediatamente un elemento nuevo, de profundo significado económica y social. En la ruta del progreso de Brasil, el gran sueño de regular la frontera económica de Brasil, llevándola para regiones que aún hoy aguardan una nueva epopeya de bandeirantes, fue el factor decisivo que estimulo durante generaciones sucesivas, el propósito de vitalizar el agreste brasileño, plantando en el corazón de la patria un centro poderoso de irradiación cultural, económica y social (Kubitschek, 1960:12). 

En ese sentido, como tal discurso, el proceso de reordenamiento del territorio y la concepción y construcción de Brasília reflejan prácticas de “colonialidad territorial” (Farrés, 2015), una vez que, el interior del país históricamente inferiorizado se revitaliza como utopía para el crecimiento económico y social brasileño, así invierte por la vía ideológica la jerarquía territorial que siempre privilegió la costa brasileña para volver a crear en el interior la esperanza de progreso. Además, las poblaciones que allí habitaban antes de la construcción de Brasília, los no urbanos del agreste brasileño, son reducidas a la marginalidad, poniendo concreto en la base del conflicto geopolítico de la región y ampliando la relación asimétrica de poder entre el humano urbano y el no urbano.

En esta medida, la estructura narrativa de Brasília, planejamento urbano, producción estatal hecha por el Instituto Nacional de Cine Educativo (INCE), tanto amplifica la consagración de los valores de conquista moderno-coloniales del territorio como camufla los conflictos territoriales. Esta construcción discursiva se da con base en la estilística del documental clásico a los moldes de la llamada Escuela Británica[2]. La película utiliza imágenes de archivo sobre construcción de la capital, animaciones hechas con la planta baja del Plan-Piloto y escenificaciones juntamente a las imágenes de Brasília filmadas en la época del documental. Se suma a eso una locución en voz over[3] optimista que refuerza el discurso de las imágenes. De esta forma, la película de Cony Campos sigue en esta línea y escenifica aspectos de colonialidad del proyecto de Lucio Costa. A los veinte segundos de proyección, nos informa el narrador que “plantada en el desierto Brasília no es la derivación de un plan regional, pero la causa de él, su fundación dará oportunidad al desarrollo planificado de la región. Se trata de un gesto aún desbravador, en los moldes de la tradición colonial”[4].

Figura 2. Imágenes áreas, a fin de reforzar la idea de región inhabitada.


Fuente: Brasília, planejamento urbano

Este discurso sostiene imágenes panorámicas de un vasto territorio supuestamente inhabitada (ver figura 2). Sin embargo, esta región no estaba inhabitada, allí existían haciendas y poblaciones, incluso indígenas que aún hoy disputan con la NovaCap[5] el sector Noroeste, territorio donde se encuentra el Santuario de los Pajés.[6]

Siguiendo la tradición moderno-colonial con vistas en un ideario cristiano, el narrador continúa poniendo en escena las intenciones del Plan-Piloto: “nació del gesto primario de quién firma un lugar y de él toma posesión. Dos ejes cruzando en ángulo recto, o sea, la propia señal de la cruz”. Que viene acompañado del dibujo de una cruz que marca el territorio “vacío” y después se convierte en las formas propuestas por Lucio Costa (ver Figura 3).

Figura 3. Conexión entre el pasado colonial y el futuro moderno de Brasília.


Fuente: Brasília, planejamento urbano 

Al simplemente tomar posesión, se refuerza la superioridad del sujeto urbano sobre el sujeto no urbano, se afirma el control del territorio en consonancia con la “colonialidad del ser territorial” (Farrés, 2015). Se nota que uno de los objetivos de la película era conectar el emprendimiento de construcción de Brasília a puntos de conquista de la tradición colonial evocando personajes e instituciones como los bandeirantes y la iglesia católica. Además de eso, el enaltecimiento de las maravillas del proyecto arquitectónico y urbanístico de Brasília ocurre sin expresar ninguna crítica a las posibles contradicciones de la nueva capital, ya que, película y ciudad, son proyectos de gobierno.

La película hace un panorama del conjunto faraónico de las edificaciones de Brasília resaltando: complejo de autobuses, sectores Comerciales, Bancario Sur, plataformas, teatro, plaza de los Tres Poderes, explanada de los Ministerios, y sectores de administración municipal, siempre exhibiendo imágenes (ver figura 4), lo que revela la centralidad de la arquitectura en la narrativa.

Figura 4. Imágenes aéreas de las edificaciones de Brasília.


Fuente: Brasília, planejamento urbano

Al construir Brasília como personaje de la narrativa, Cony Campos utiliza pocas imágenes de su población, pero hace visible la clase media alta brasiliense en sus apartamentos en las súper cuadras, en parques, clubes y balnearios, lo que constituye un segundo momento relevante de la narrativa (ver figuras 5 y 6). Ya la clase trabajadora, que en este período aún trabajaba en la finalización de Brasília, queda restringida a dos escenas, pero que de tan cortas no se sostiene como el tercer punto alto de la narrativa, por el contrario, su aparición es casi imperceptible:

Figura 5. Clases privilegiadas en sus locales de recreo.


Fuente: Brasília, planejamento urbano

Figura 6. Obrero en su local de trabajo y hombre de uniforme caminando en la calle.


Fuente: Brasília, planejamento urbano

La decisión de Cony Campos en súper valorar la clase media alta blanca brasiliense refuerza la clasificación fundamental y universal de la colonialidad del poder en torno de la idea de raza, ya que las incontables olas de migrantes que poblaron Brasília para su construcción son provenientes de las regiones norte y nordeste, en su mayoría negros y mestizos.

Así, Brasilia, planejamento urbano nos suministra un rol de aspectos de la construcción de Brasília que muestra la ciudad como símbolo concreto de la colonialidad del poder y se expresa según la configuración de la colonialidad territorial cuando: “firma un local y de él toma posesión”; destaca el ingenio de la arquitectura brasileña, pero no hace referencia a sus constructores; exhibe un pueblo blanco y excluye los negros y mestizos trabajadores braceros. De esta forma, la película busca construir la utopía de una ciudad planificada, en que los problemas urbanos comunes estarían extintos debido a las decisiones racionales del hombre blanco, moderno, del centro desarrollado que avanza para el interior llevando dignidad y progreso. Sin embargo, ¿será cierto?

Contradicciones de una ciudad nueva: Brasilia, ciudad del futuro

Contra la imagen idealizada de Brasilia, el Cinema Novo apunta sus lentes sobre la configuración del Distrito Federal con la película Brasília, contradições de uma cidade nova. A través de la estilística del cine directo[7], Andrade parte de Brasilia y su proyecto innovador para revelar sus contradicciones, componiendo así, un pronóstico de deformación y crecimiento defectuoso. Se nota que la construcción de Brasilia en la película de Andrade sigue el mismo rastro de la construcción narrativa de Brasília, planejamento urbano exhibiendo las mismas imágenes, en largos travellings[8], de calles y avenidas de la ciudad, de los apartamentos en las súper cuadras, etc. (ver figura 7 y 8).

Figura 7.                                                                         Figura 8.


Fuente: Brasília, planejamento urbano                 Fuente: Brasília, contradições de uma cidade nova

Al recriar la imagen idealizada de Brasília, la película de Andrade presenta pruebas de la arquitectura colonial presente en la arquitectura moderna. Por ejemplo, el Palacio de la Alborada, residencia del Presidente, según la película su proyecto fue imaginado para ser la casa de un brasileño común, pero “a pesar de su dibujo nuevo y original sigue el mismo principio arquitectónico de una casa grande de hacienda brasileña con baranda en vuelta y capela lateral” (ver figura 9). Siendo así, mismo poniendo en práctica las técnicas del Modernismo arquitectónico “global”, el proyecto arquitectónico de Brasilia, se muestra heredera de la tradición colonial, así como, el proyecto del plan-piloto de Lucio Costa.

Figura 9. Palacio de la Alborada.


Fuente: Brasília, contradições de uma cidade nova

Construida la imagen de ciudad moderna, Andrade presenta lo opuesto, las ciudades-satélites, su población y sus dilemas. Se percibe en la película a partir de entonces, el conflicto territorial expresado en el contexto cinematográfico. Mientras Brasília, planejamento urbano utiliza tomas áreas restrictas al conjunto de la Capital referente al Plan-Piloto, en Brasília, contradições de uma cidade nova la única toma área es de las ciudades-satélites. Estas decisiones siguen la propuesta política de sus directores: Cony Campos se limita al proyecto ideal de la ciudad, donde las capas populares son reducidas a dos pequeñas escenas, por otro lado Andrade ubica en el centro de su película la discusión sobre los problemas de las poblaciones que viven en las ciudades-satélites, exhibiendo las diferencias entre lo moderno, Brasília, y lo arcaico, las ciudades-satélites (ver figuras 10 y 11).

Figura 10. Arquitectura y la población de Brasilia, DF.

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Fuente: Brasília, planejamento urbano.

Figura 11. Arquitectura y la población de Taguatinga, DF.

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Fuente: Brasília, contradições de uma cidade nova

Siendo parte del movimiento Cinema Novo, Andrade ambicionaba la producción de un cine de acuerdo con la realidad del país y no una imagen idealizada de paraíso tropical cuyo pueblo es generoso, alegre y pacífico ante las desigualdades sociales, comúnmente representado en buena parte de la cinematografía brasileña de la primera mitad del siglo XX. Así, el Cinema Novo anuncia que las contradicciones sociales del país serán utilizadas como marca de la transformación social por vías estéticas, pues “solamente una cultura de hambre, manando de sus propias estructuras, puede superarse cualitativamente; y la más noble manifestación cultural del hambre es la violencia.” (Rocha, 2003:3). En esta medida, los problemas sociales son empleados con tono afirmativo, en favor de la transformación social, el objetivo es romper con la mentalidad colonial del pueblo brasileño que ata el país a la sumisión con los países desarrollados.

Evidentemente Andrade, por medio de Brasília, contradições de uma cidade nova, cuestiona el poder del Estado en acabar con los problemas socio-territoriales oriundos de un desarrollo nacional impuesto de arriba hacia abajo. Tal crítica, contesta la capacidad operacional de las prácticas pensadas para concebir el territorio que dominan la ciudad y su arquitectura. Por sus imágenes, reconocemos la “colonialidad territorial” al hacer exclusivo la planificación urbanística a la demarcación territorial de la ciudad de Brasília estableciendo la superioridad de la misma a las ciudades-satélites. A partir de ahí, se nota la “colonialidad del saber territorial” (Farrés, 2012), donde las formas estéticas y conceptuales de la arquitectura moderna y del conocimiento urbanístico fueron limitados a Brasília, local privilegiado, mientras las ciudades-satélites siguen el patrón de ciudades obreras.

Aún se observa un elemento más de la tríada de sustentación de la colonialidad en el territorio del Distrito Federal brasileño, la “colonialidad del poder territorial” (Farrés, 2015). Una entrevista de Andrade con un obrero que trabajó en el Plan-Piloto revela las consecuencias de las decisiones relativas al territorio cuando realizadas para atender a los grupos que lo dominan:

Andrade: ¿El señor vivía dónde, ese tiempo, cuando trabajaba allá?
Obrero: Vivía en el Britador del IAPI.
Andrade: Y ¿por qué las personas salieron de allá?
Obrero: Salimos de allá porque después que terminó las obras del IAPI, el IAPI dispensó el pueblo y allá donde nosotros vivíamos no había transporte. Entonces fuimos obligados ‘a vine’ para Taguatinga. (Ver figura 11).

El lado oscuro de Brasilia: luz, cámara y acción en la periferia.

Las películas hasta ahora referenciadas examinan las dimensiones arquitectónicas y urbanísticas del Distrito Federal. Brasília, planejamento urbano presenta la tarjeta postal, ya Brasília, contradições de uma cidade nova pone en evidencia los conflictos de la producción del espacio. En este contexto A cidade é uma só? se coloca contra la oposición binaria exhibida por la noción de moderno y arcaico en ambas películas. Así, a través del documental, Queirós reivindica distintas imágenes, historias y territorios para revelar una estética distinguida del cine producido en el Distrito Federal hasta ese momento[9], es decir, un discurso de los de afuera, aquellos que no están entre los privilegiados, que no acceden a los beneficios de la “colonialidad territorial”; pero que están expuestos a la explotación, a la opresión y a la invisibilidad: los habitantes de las ciudades-satélites.

Como ya apuntamos en otro artículo (Souza, 2016), la entrada en la escena audiovisual brasiliense de Queirós se da en el año 2005 con la realización de su tesis para el curso de comunicación de la Universidad de Brasília (UnB): el cortometraje Rap, o canto de Ceilândia (Adirley Queirós, 2005). El director escogió presentar el histórico de resistencia del local donde vive, Ceilândia, por medio de la perspectiva de algunos de los principales raperos de la ciudad-satélite: X, del extinto grupo Cambio Negro; Marquim, del grupo Tropa de Elite; Japão, del grupo Viela 17; y Jamaica, del grupo Antídoto. De este modo, presentaba Ceilândia en la voz de aquellos que por décadas vienen produciendo cultura en la ciudad, así contribuyendo con la inclusión de nuevas capas simbólicas al imaginario social, político y territorial referente a las ciudades-satélites.

Esta toma de conciencia de Queirós está conectada al que Santos (2001: 144) denomino de “la revancha de la cultura popular sobre la cultura de masa”. Según el geógrafo, el período contemporáneo de la globalización es único en la historia, de entre otros motivos, por suministrar medios técnicos que, mientras que son utilizados por la cultura de masa, son también crecientemente accesibles y por eso utilizados por sectores populares y marginalizados, contribuyendo para el fortalecimiento y la resignificación de la cultura popular, una vez que “la cultura popular ejerce su calidad de discurso de los ‘de abajo’, poniendo en relieve el cotidiano de los pobres, de las minorías, de los excluidos, por medio de la exaltación de la vida de todos los días” (Santos, 2001: 144).

Este no es el caso de las otras dos obras que anteriormente fueron analizadas. Aunque Brasília, contradições de uma cidade nova promueva un discurso en favor de las clases populares y que su director se muestre consciente de los problemas vividos en el Distrito Federal, materializándolos en imágenes, esta visión de mundo no se constituye en un discurso esencialmente de los de abajo. Este es el caso de la película A cidade é uma só? que sus imágenes son utilizadas como herramienta de lucha política por aquellos sujetos silenciados históricamente. Eso nos permite afirmar la existencia de un conflicto geopolítico a la luz de las imágenes, a medida que esas imágenes pasan a pautar y disputar las discusiones territoriales. Para Santos (2006), esas imágenes y discursos se diferencian de las imágenes y discursos establecidos por la cultura de masa, ya que,

Siendo “diferentes”, los pobres abren un debate nuevo, inédito, a veces ruidoso, con las poblaciones y las cosas ya presentes. Es así que ellos reevalúan la tecnosfera y la psicosfera[10], encontrando nuevos usos y finalidades para objetos y técnicas y también nuevas articulaciones prácticas y nuevas normas, en la vida social y afectiva. Delante de las redes técnicas y informacionales, pobres y migrantes son pasivos, como todas las demás personas. Es en la esfera comunicacional que ellos, diferentemente de las clases dichas superiores, son fuertemente activos (Santos, 2006: 221).

La película de Queirós se opone a las imágenes y discursos establecidos, pues estos promueven el olvido de historias y memorias no referenciadas en la narrativa oficial y crean la ideología de que la historia del Distrito Federal se restringe a la construcción de Brasilia. Según Santos, eso ocurre porque “la cultura de masa produce ciertamente símbolos. Pero estos, directa o indirectamente al servicio del poder o del mercado, son, cada vez, fijos” (Santos, 2001: 145). Por lo tanto, debido al intenso movimiento de creación y actualización de los símbolos oficiales, las narrativas e imágenes permanecen siempre las mismas, sosteniendo el imaginario ideal según las leyes del mercado. Mientras que A cidade é uma só? camina en la dirección opuesta, una vez que “los símbolos ‘de abajo’, oriundos de productos de la cultura popular, portan verdades de la existencia de muchos de los invisibles, además del propio movimiento de la sociedad” (Santos, 2001: 145).

Así, el documental A cidade é uma só? trata sobre el proceso de fundación de Ceilândia, cuyo origen está conectado con la Campaña de Erradicación de Invasiones, la cual en 1971 era presidida por Vera de Almeida Silveira, primera dama del entonces gobernador Hélio Prates. Según el discurso oficial, la Campaña tenía el objetivo de remover a los habitantes de la región de la Vila del IAPI, ubicado bien cerca del aeropuerto internacional de Brasilia, para una región que tenga condiciones básicas para la existencia humana, pues la ocupación carecía de infraestructura. En ese sentido, la campaña creó un jingle con el nombre “A cidade é uma só” que fue interpretado por niñas de la comunidad de la Vila del IAPI con el propósito de llevar a la gente hacia el emprendimiento y así apoyar las acciones del Estado. Por lo tanto, el documental A cidade é uma só? presenta, de acuerdo con la perspectiva de los antiguos habitantes de la Vila del IAPI, ahora residentes en Ceilândia; las lagunas, ideologías e intenciones del gobierno del Distrito Federal en llevar a cabo la remoción masiva de los pobres del entorno de Brasilia.

Para contar esta historia, se confronta e innova la estética documental en el Distrito Federal, Queirós en A cidade é uma só? utiliza como estrategia una estructura narrativa híbrida, donde convergen los elementos de la tradición ficcional al discurso documental a fin de impulsar las afirmaciones propuestas por la película. De esta forma, la memoria histórica es construida con escenas características del documental de testimonio a través de cámara frontal y plan medio y las escenas ficticias son construidas de acuerdo con la línea del documental directo cuyas acciones de los personajes pasan como si la cámara no estuviera allí. En ese sentido, mientras las escenas documentales presentan mayor rigor y control estético, las escenas ficticias sugieren que sean llevadas por acaso.

Otra característica del documental es la presencia de Queirós como un personaje en la película. El director utiliza el metalenguaje y presenta en la narrativa la realización de su película. Su presencia refuerza el posicionamiento como habitante de Ceilândia que busca su pasado y, a la vez, justifica el empleo del material de archivo como sonidos, músicas, locuciones, imágenes fijas y en movimiento utilizadas en la trama. Una vez que Queirós aparece en algunas escenas con los demás personajes manipulando imágenes que posteriormente aparecen en la película.

Contra la “colonialidad territorial”, los símbolos establecidos y la estética dominante del documental brasiliense, A cidade é uma só? se inicia con la imagen de un gran símbolo del Distrito Federal, el dibujo de la planta baja del Plan-Piloto que se va diseñando mientras son presentados los créditos iniciales. Al mismo tiempo, se escucha el ruido de un motor de coche, el sonido de una puerta abriendo y cerrando, ruidos de gallinas y luego, la planta baja es incendiada (ver Figura 12).

Figura 12. Planta baja del Plan-Piloto estilizada e incendiada con efectos de computación gráfica.


Fuente: A cidade é uma só?

Al quemar la planta baja, se quema Brasilia y la tendencia del cine de la región en iniciar sus narrativas en el área restricta al Plan-Piloto, y sólo después, cuando mucho, dirigiendo la cámara a las ciudades-satélites. De esta forma, la película parte de Ceilândia con el objetivo de poner en evidencia el movimiento real de la configuración territorial en el Distrito Federal.

El proceso histórico que da el origen a Ceilândia es narrado de dos formas. La primera es a través de una película institucional de la Novacap en la que el ancla garantiza las condiciones de infraestructura de Ceilândia, lo cual se evidencia por imágenes aéreas de un vasto terreno en el inicio de la pavimentación y la locución de un discurso optimista en relación la nueva epopeya de construir otra ciudad en el centro del país. La segunda es a partir de la memoria de la personaje-narradora[11], Nancy, una mujer de los “de abajo” que vivenció la desapropiación y la construcción de Ceilândia por una perspectiva “privilegiada”, pues ella fue habitante de la Vila del IAPI e integró el grupo de niñas que cantó el jingle de la campaña en todos los lugares en que éste fue entonado.

En ese sentido, el énfasis en la creación del jingle “A cidade é uma só” representa las acciones del Estado proclamando: “usted que tiene un buen lugar para vivir, denos la mano, ayude a construir nuestro hogar para que podamos decir juntos: la ciudad es una sola”. Este jingle inclusive prometía una vivienda digna a los habitantes de la Vila del IAPI, pero, según Nancy, “el discurso de ellos era que nos sacarían de allá para una situación legalizada, con lote, con infraestructura, y en verdad no fue eso, ¿no? Lo que ellos querían en verdad era hallar un lugar para tirar esa cantidad de pobres, sacar la cosa fea, que estaba cerca de Brasilia y llevarla para un lugar lo más lejos posible”.

Como se ve, el conflicto de visiones y prácticas sobre la construcción de Ceilândia refuerzan la hipótesis de las medidas de acuerdo con la “colonialidad terriorial”, por la cual se define lo que es territorialmente correcto: la retirada de todos aquellos que no se adecuan al modelo ideal moderno que concibió la Brasília, pues en este ideal no hay espacio para los pobres.

La película, inclusive nos revela que mientras el gobierno del Distrito Federal expulsaba sujetos no deseados de su territorio, acoge a los privilegiados en la jerarquía de la “colonialidad del poder”. Como muestra la propaganda de gobierno realizada un año después de la remoción de los habitantes de la Vila del IAPI para Ceilândia, vehiculada en la televisión: “año 1972, décimo segundo de Brasilia, 150de la independencia. Brasilia, síntesis de la nacionalidad, espera por usted” (ver figura 14).

Figura 14. Propaganda institucional del gobierno del Distrito Federal en 1972.


Fuente: A cidade é uma só?

Nancy, en otro tramo de la película, también esclarece que no hubo diálogo con los habitantes de la Vila del IAPI para realizar la remoción para Ceilândia. Por el contrario,
Nancy: usted estaba tranquilamente en su rancho… Ahí de repente llegaba alguien y hacía una “X” en su rancho. Y no tenía mucha explicación, ‘né’? Usted no entendía muy bien el por qué de aquella “X”. Y esa “X” era para indicar que el rancho estaba, de hecho, legalizado dentro de la Vila del IAPI para ser transferido para Ceilândia […]
Queirós: ¿Y tenía la opción de quedarse? […]
Nancy: […] No, no tenía opción de quedarse, ellos querían limpiar el lugar.

Este traumático “X” fue resinificado en A cidade é uma só? contra el Plan-Piloto. Si en el pasado fue concebido como marca expresiva de la materialización de la “colonialidad del poder territorial” en las puertas y vidas de los habitantes de la Vila del IAPI, esta misma “X” es, en la película, marcada sobre la planta baja del Plan-Piloto (ver Figura 13).

Figura 13. Cartel oficial de divulgación de la película.


Fuente: blog del CEICINE

En medio a la construcción del pasado conocemos tres personajes ficcionales que presentan la Ceilândia actual y donde reconocemos las marcas de la “colonialidad territorial” vividas en la contemporaneidad: Zé Antônio, Dildu y Marquim PP. El primero, Zé Antonio, es un especulador inmobiliario; el segundo, Dildu, es un obrero en el Plan-Piloto y candidato a Diputado Distrital por el pequeño Partido de la Correría Nacional (PCN); y el tercero, Marquin PP es un exrapero que hace la campaña electoral de Dildu. (ver Figura 15).

Figura 15. De arriba para abajo, de izquierda a derecha: Zé Antônio, Dildu y Marquim PP.


Fuente: A cidade é uma só?.

Como ya enfatizamos, la parte de ficción de la película refuerza el sentido del discurso propuesto por Queirós en el documental. Así, centráramos nuestro análisis en dos de estos personajes ficticios, Zé Antônio y Dildu, con el objetivo de entender sus potencialidades estéticas y discursivas para así visualizar las marcas de la “colonialidad territorial”.

La ocupación de Zé Antonio es comprar y vender terrenos. Gracias a eso maneja su coche por calles pavimentadas, de suelo batido y por los callejones del Distrito Federal siempre encuadrado en primer plano en el interior del coche. Éste usa gafas de sol, camisa y pantalón de vestir, lo cual resalta su función de hombre de negocios. Dentro del coche es donde Zé Antonio cuenta el ayer y el hoy de Ceilândia amparado por tramos con casas todavía en construcción, sin muros, divididas a lo mucho por cercas de madera, lo que corrobora profundamente con la versión de la historia de Nancy y se opone a la versión oficial.

De la misma forma Dildu, que trabaja como limpiador durante un turno en Brasilia, en otro es candidato a diputado distrital y en las horas libres consume la cultura hip hop del Distrito Federal. De esta manera, él representa lo cotidiano de los ceilandenses, una vez que, su ocupación en el Plan-Piloto lo lleva a hacer viajes diarios, así como lo hacen los miles de habitantes de las ciudades-satélites que se desplazan rutinariamente para trabajar en el Plan-Piloto. Ser candidato conduce a una utopía de una política a favor de los oprimidos, al mismo tiempo, se puede promover una venganza a los ciudadanos expulsados de Brasilia, tal como propone el candidato en medio de los coches haciendo campaña en el semáforo en una calle de Ceilândia: “una de mis banderas de campaña es la indemnización para los antiguos habitantes del IAPI, Morro do Urubu, Placa de Mercedes, Cural das Éguas que fueron abortados en la Ceilândia sin indemnización”. Todavía, ser consumidor de la cultura hip hop y transitar por este medio, afirma la existencia del circuito cultural que proporciona nuevas capas simbólicas al Distrito Federal propuesto por el movimiento de hip hop.

Así, para Queirós enfocar a Ceilândia y sus dilemas se deja de lado el Plan-Piloto que anteriormente era personaje central en las narrativas sobre la región. De esta forma, reduce también el foco del hombre blanco y su arquitectura moderna para luego, centrar las cámaras en el mestizo y lo arcaico, cargados de una belleza singular y una crítica de lo cotidiano. Esto hace que la narrativa pautada en la desconstrucción del discurso oficial cuestione de modo sistemático la colonialidad territorial que concibió este territorio, convirtiendo el documental en un discurso reflexivo de los “de abajo” consciente de su posición en el mapa y en la jerarquía de poder.

Con todo ello al extraerse las memorias, las historias y las imágenes de Ceilândia de los escombros sociales, Querós pone luz en un proceso histórico relleno de exclusión territorial, prejuicio social y racial propios de la colonialidad del poder, que sigue en pleno desarrollo. Así, gracias a estas imágenes el conflicto territorial sale de la oscuridad y el mundo puede percibir que la ciudad nunca fue una sola.

Bibliografía

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Referencias Fílmicas

A cidade é uma só?. Direção: Adirley Queirós. Vitrini Filmes. Ceilândia, DF. 2013. 73min. som, color, Formato: 35 mm.

Brasília, planejamento urbano. Direção: Fernando Cony Campos. INCE. Brasília, DF. 1964. 15 min. som, branco e preto, formato: 35mm.

Brasília: contradições de uma cidade nova. Direção: Joaquim Pedro de Andrade. Filmes do Serro. Brasília, DF. 1967. 22min, color, formato: 16mm.

Rap, o canto de Ceilândia. Direção: Adirley Queirós. Coletivo de Cinema de Ceilândia – CEICINE. Ceilândia, DF. 2005. 15min. som, color, formato: 35mm.

Notas

[1] Texto basado en presentación para el 1º Congresso Internacional Epistemologias do Sul: perspectivas críticas – Unila. Título: O Distrito Federal é um só?, grupo de trabajo “A linguagem da (r)existência: lutas sociais e produção partilhada de conhecimento em audiovisual”.

[2] La Escuela Británica fue un movimiento cinematográfico, datada en la década de 1930, que se proponía pensar el documental como tratamiento creativo de la realidad. Liderada por John Grierson los principales trazos de su estilística eran las escenificaciones en locación y estudio y el uso de la voz over. Los presupuestos de la Escuela Británica constituyeron lo que vendría a ser llamado de documental clásico.

[3] La voz over es un trazo estilístico del documental clásico que se constituye en un narrador ajeno al discurso de las imágenes que se propone dar validez al mismo, siendo comúnmente llamada de voz de Dios. Este narrador es siempre masculino con voz imponente a fin de generar la sensación de veracidad.

[4] El guión de Brasília, planejamento urbano fue totalmente basado en el proyecto del Plan-Piloto escrito por Lucio Costa.

[5] Compañía Urbanizadora de la Nueva Capital del Brasil.

[6] Según Brayner (2013: 63) “el área donde el Santuario de los Pajés se encuentra era una de las partes aún existentes de la hacienda Bananal, y los indios usaban ese local para realizar sus ceremonias y posteriormente como vivienda”.

[7] El Cine Directo surge a finales de los años 1950 por el surgimiento de aparatos portátiles de sonido e imagen. En ese período esta estilística proponía la más pequeña intervención del cineasta con el mundo documentado.

[8] Movimiento de cámara hecha generalmente en un soporte móvil sobre raíles, lo que permite un desplazamiento más suave y la obtención del encadenamiento continuo de los planes.

[9] Otro cineasta que elaboró películas sobre los obreros de Brasilia y la historia de Ceilândia fue Vladimir Carvalho: “Brasília segundo Feldman” (1979) y “Conterrâneos velhos de guerra” (1990). Este último propone contar la historia de los trabajadores en la construcción de Brasília y su desplazamiento para Ceilândia. Pero, consideramos que la estética y la mirada de Carvalho sobre el tema se asemeja al posicionamiento social y estético de Andrade en Brasília, contradições de uma cidade nova, por este motivo no realizamos referencia a la obra.

[10] Según Milton Santos (1994: 13), “La tecnosfera es el resultado de la creciente artificialidad del medio ambiente. La esfera natural es crecientemente sustituida por una esfera técnica, en la ciudad y en el campo. La psicosfera es el resultado de las creencias, deseos, ganas y hábitos que inspiran comportamientos filosóficos y prácticos, las relaciones interpersonales y la comunión con el Universo.

[11] Para el concepto personaje-narradora aplicado a la película, ver Mezquita (2011).