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Cine documental y subalternidad. Niveles de enunciación y modos documentales

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Por Federico Pritsch Armesto

Resumen

Este ensayo presenta algunas reflexiones en torno al lugar de enunciación y representación de los sujetos subalternos en el cine, en particular en el cine documental. Se propone una categorización de cinco niveles según el lugar que ocupa el subalterno en el discurso fílmico, y se retoman los modos documentales expuestos por Bill Nichols para analizar las potencialidades del documental en la construcción del punto de vista en la relación entre realizador y sujeto.

Palabras clave

Documental cinematográfico, subalternidad, modos documentales, transculturación, enunciación.

Abstract

This essay presents some reflections about the enunciation and representation of subaltern subjects in cinema, particularly in documentary film. We propose a five levels categorization according to the place of the subaltern in the filmic discourse, and we return to the documentary modes exposed by Bill Nichols to analyze the potential of the documentary in the construction of the point of view in the relationship between filmmaker and subject.

Keywords

Documentary film, subalternity, documentary modes, transculturation, enunciation.

Resumo

Este artigo apresenta algumas reflexões sobre o lugar de enunciação e representação dos sujeitos subalternos nos filmes, especialmente documentários. Proponho uma categorização dos cinco níveis de acordo com o lugar do subalterno no filmes, e vou discutir os modos documentários apresentados por Bill Nichols para analisar o potencial do documentário sobre a construção de perspectiva na relação entre cineasta e sujeito.

Palavras clave

Documentários, ubalternidade, modos documentais, transculturação, enunciação.

Datos del autor

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de la República (Uruguay), actualmente cursa la Maestría en Ciencias Humanas -opción Estudios Latinoamericanos- de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Es docente asistente de la Sección Audiovisual de la Facultad de Información y Comunicación (UdelaR). Se desempeña por otra parte como realizador audiovisual independiente. En 2014 estrenó su primer largometraje documental, Cometas sobre los muros. Realiza investigaciones sobre cine y subalternidad, comunicación sindical y montaje cinematográfico.

Fecha de recepción: 10 de marzo de 2017
Fecha de aceptación: 12 de mayo de 2017

Introducción

El cine, como manifestación artística/cultural y como medio de comunicación, construye significaciones sociales, configurándose como un espacio de lucha simbólica donde se disputa en el discurso la concepción del mundo y la interpretación de la realidad.

Pierre Bourdieu concibe el poder simbólico como un poder de construcción de la realidad que tiende a hacer ver y hacer creer, a confirmar o transformar la visión del mundo, en una relación determinada por los que ejercen el poder y quienes lo sufren. La lucha simbólica implica la lucha de las clases sociales por imponer la definición del mundo social más conforme a sus intereses. (Bourdieu, 2000)

A lo largo de su historia, el cine ha sido producido mayormente por grandes cadenas productoras y/o por artistas -con diferentes grados de independencia respecto a la industria- pertenecientes a clases privilegiadas. Salvo excepciones, los sujetos subalternos han tendido a limitar su lugar al de espectadores o al de sujetos representados. Su lugar en el cine como sujetos de enunciación ha sido bastante inusual, siendo sus concepciones del mundo, su voz, resignadas a la mirada de los otros.

¿De qué forma enuncian y construyen significado los sujetos subalternos a modo de rebatir sentido a los valores de la cultura hegemónica? ¿Cuál es el lugar del documentalista en la cultura popular? ¿Qué lugar histórico y social ocupan quienes hacen cine documental? ¿Qué lugar ocupan los sujetos subalternos en el documental, como sujetos representados y como sujetos de enunciación?

Niveles de enunciación y representación del subalterno en el cine

Las clases subalternas han sido definidas como atributo general de subordinación “en términos de clase, casta, edad, género y oficio o de cualquier otra forma” (Guha en Eljaiek-Rodríguez, 2013), como aquellas dominadas en una relación de poder basada en la hegemonía (Bhabba en Eljaiek-Rodríguez, 2013), como metáfora que señala un límite, una frontera, lo marginal, aquello irreductible a la representación (Asensi, 2009), o como aquellos grupos cuyo denominador es la imposibilidad de satisfacer unas necesidades vitales sin las que resulta en extremo difícil vivir la propia vida, en sentido literal y simbólico (Ídem).

Gayatri Spivak ha afirmado que el subalterno no puede hablar en el sentido de que su mensaje no llega a destino, no es comprendido ni escuchado, fracasa en su intento por comunicarse (Asensi, 2009). Para las élites, el subalterno no está registrado como sujeto histórico capaz de acción hegemónica. Los discursos de los sujetos subalternos han sido sistemáticamente considerados como residuales y absorbidos por los discursos dominantes, resignificándolos y anulando su poder de rebatir sentido.

Gráfico_Niveles_Cine_Subalternidad¿Está condenado el subalterno a la mediación del intelectual/artista para constituirse como sujeto de discurso legitimado que puede disputar sentidos hegemónicos? ¿Es esa la propia condición que lo define? Siguiendo el planteo de Spivak, la propia definición de subalterno consiste en que no tiene valor dentro de los códigos socio-culturales dominantes: puede hablar pero su mensaje no hace eco, no disputa sentidos, no molesta (Ídem).

Marcos Tabarozzi sostiene que para ingresar a la cultura visible, legitimada por las instituciones de la academia o el arte, lo popular necesita una mediación (Tabarozzi, 2012b). Considera que el arte audiovisual sólo puede definirse como popular cuando los medios y la organización se encuentran en manos de sujetos subalternos.

Hasta que lo popular no pueda, por sí mismo, construir (o apropiarse) de los medios expresivos que den cuenta de una imagen audiovisual irreductible a la cultura hegemónica, no habrá audiovisual popular, tan sólo un proyecto afectivo o una cumbre estética dentro de la mecánica de la dominación. El cine y las artes audiovisuales serán, apenas y nada menos, el esfuerzo crítico, la promesa necesaria e incumplida de una ficción de los otros. (Ídem: 79)

Recientemente propuse un primer acercamiento hacia una taxonomía sobre el lugar del subalterno en el cine en lo que respecta a su representación y enunciación (Pritsch, 2017). Abandonando una visión dualista que coloque al subalterno bien como sujeto de representación imposibilitado de presentar sus propios puntos de vista, o bien como auténtico sujeto de enunciación liberado de cualquier mediación, propuse cinco categorías para pensar los puntos de encuentro entre cine y subalternidad a partir de los diferentes niveles de mediación y el lugar que allí ocupa el subalterno:

Cine subalterno.

Se trata de aquel realizado directamente desde sujetos en condiciones de subalternidad. Algunos autores consideran que este cine -por su propia condición- está restringido a un circuito marginal, a su difusión comunitaria o por internet, imposibilitado de ingresar a la “cultura visible” legitimada por las instituciones del arte (Tabarozzi, 2012b).

Afiche_EstrellasEste tipo de cine, que implica como primera condición el acceso a los medios de producción, cuenta con nuevas posibilidades desde el actual abaratamiento del cine digital, que ha facilitado su accesibilidad. Pero está claro que no alcanza con acceder a los medios de producción, ya que la condición de subalternidad abarca una serie de obstáculos que trascienden lo material, y lo colocan al margen de las instituciones culturales de la sociedad hegemónica.

Podemos tomar como un caso paradigmático de esta categoría el cine de César González, un ex “pibe-chorro” de la Villa Carlos Gardel que cayó preso a los 16 años, estudió en la cárcel filosofía y literatura a partir de una propuesta de extensión univeristaria y tras salir en libertad publicó bajo el pseudónimo de Camilo Blajaquis los libros La Venganza del Cordero atado (2010), Crónica de una libertad condicional (2011) y Retórica al suspiro de queja (2014), y dirigió los largometrajes Diagnóstico esperanza (2013), ¿Qué puede un cuerpo? (2015) y Exomolegesis (2016), filmados desde la villa y con su gente.

Claro que la condición de subalternidad no obedece únicamente a la cuestión de clase  (aunque sea probablemente el factor principal) sino también a factores como la raza o el género. Por lo tanto, en esta categoría podríamos considerar también al cine de las minorías étnicas, de personas LGTB, o realizado por mujeres en evidentes condiciones de subalternidad.

Cine transculturado.

Lo podemos relacionar con el Cine de la Marginalidad conceptualizado por Cristian León (León, 2005), y retomando la noción de transculturación aportada por Ángel Rama (Rama, 1982). Es un cine que asume la mirada del subalterno, se coloca desde dicha posición, aunque el realizador no necesariamente se encuentre en dicha condición. El subalterno hasta cierto punto puede llegar a constituirse como sujeto de enunciación, aunque con las limitaciones que implica la mediación de un director/autor que no pertenece a su clase.

Para Rama, la transculturación no es ni lo autóctono ni lo copiado, sino algo esencialmente distinto a los polos que lo conforman. El transculturador “selecciona” qué parte tomar de lo propio y qué parte tomar de lo ajeno. La transculturación supone un agente cultural situado en algún lugar pero habitante de otras zonas. (Manzanilla, 2015)

León vincula el concepto de Cine de la Marginalidad con la generación de cineastas latinoamericanos que irrumpió en los ‘90 a partir de la crisis y el agotamiento del discurso de la modernidad en la enunciación cinematográfica (León, 2005). Esta generación propuso nuevas formas de enunciación que retratan al subalterno cómo es y no cómo debería ser desde la mirada de la intelectualidad. A partir de los dos sentidos etimológicos de la palabra “representar” advertidos por Spivak en su ensayo, en el Cine de la Marginalidad la representación está más en el sentido de “retratar” que en su sentido político de “hablar por” (Ídem: 81). Este tipo de cine “deja de ser expresión vertical del director para convertirse en una enunciación horizontal y colectiva de las fuerzas caóticas que operan en la realidad” (Ídem: 64), o como expresa Tabarozzi, un cine que genera puentes estéticos entre la voz de la masa excluida y la palabra de la cultura letrada (Tabarozzi, 2012a: 7-8).

En la misma línea, John Beverly identifica un tipo de cine que tiene en común su apuesta a un discurso cinematográfico desde la posición de subalternidad y no sobre ella. Menciona como ejemplos el cine de Víctor Gaviria o el de Lars Von Trier y su movimiento Dogma 95, que según él permiten al subalterno “hablar”, le confieren un rol protagónico para repetir algo ya dicho desde su subalternidad, diferente al enfoque del hablar por los otros característico del intelectual progresista. (Beverly, 2011)

Cine político/paternalista.

Se trata de un tipo de cine que se afirma desde un proyecto emancipatorio de sociedad como pretendido portavoz del pueblo, que habla por el subalterno. Aunque en algunos casos puede compartir elementos del cine transculturado, se posiciona desde la idea de progreso del sujeto moderno, lugar que le da por momentos un tono paternalista respecto a los sujetos representados. El lugar de enunciación no es el del sujeto subalterno, sino el del intelectual/revolucionario/progresista.

Fotograma_5_camaras_rotasBeverly sostiene que el Neorrealismo Italiano tuvo la intencionalidad de reflejar la posición de subalternidad de los sujetos representados, separándose tanto del formalismo técnico hollywoodense como del cine de arte o vanguardia, aunque a partir de cierto paternalismo (Ídem). Lo mismo podríamos decir del cine político latinoamericano de los años sesenta, identificado a grandes rasgos como Nuevo Cine Latinoamericano. Tabarozzi define a este cine político como potencial refugio de lo subalterno despegado del espectáculo y de la institución artística, pero considera que a pesar de sus nuevos métodos, no logró superar las mediaciones intelectuales de la imagen/voz subordinada (Tabarozzi, 2012).

León afirma que en el Nuevo Cine Latinoamericano la subalternidad era tratada con un discurso propio de la modernidad, a través de personajes que descubren su identidad, alcanzan conciencia de clase y se convierten en sujetos históricos, posición que difiere del estado de inmanencia característica de los subalternos, “desprovistos de un proyecto social y cultural que dote de sentido trascendente a sus vidas” (León: 50).

Cine independiente o de autor “sobre”.

En este caso, consideramos películas que proponen historias y personajes subalternos a partir de un lenguaje preponderantemente hegemónico, desde un lugar de enunciación focalizado en el director/autor.

A diferencia del cine político/paternalista, no presenta una intencionalidad política explícita en su propuesta, y mientras aquel propone una identidad centrada en una posición colectiva (grupos sociales con proyecto de sociedad emancipatoria), este se centra en la figura individual del artista/autor.

A diferencia del cine transculturado, no hay en este nivel una apuesta a cierta enunciación colectiva entre los directores y los sujetos subalternos representados, a generar procesos desde las propias técnicas de realización que apunten a colocar la mirada de estos sujetos como parte de la enunciación.

Cine industrial “sobre”.

Al igual que en el nivel anterior, se trata de un cine donde el subalterno está representado desde la enunciación de otros. Si bien podríamos considerarlos dentro de la misma categoría, entiendo que se podrían distinguir estos dos niveles -aunque en cierto punto pueden llegar a ser difusos- ya que mientras el cine de autor sobre el subalterno tiende a proponer narrativas que abordan a los personajes desde una mayor complejidad, el cine industrial/comercial tiende a la construcción de estereotipos con una mirada más superficial sobre sus problemáticas.

Está claro que estos cinco niveles propuestos lejos están de ser puros, sino que permiten pensar en categorías según el lugar que ocupa el subalterno como sujeto de enunciación o representación. Por supuesto que muchas películas son difíciles de encasillar en alguno de estos niveles, y puede ser interesante pensar en los bordes entre los mismos.

¿Pero qué pasa con estos niveles cuando pensamos en particular en el cine documental? ¿Hay por su propia esencia ciertas consideraciones que lo distinguen en su análisis respecto al cine de ficción? ¿Cuáles son los puntos de encuentro entre el cine documental y la subalternidad, tanto en lo que respecta al cine como representación de los sujetos subalternos como al cine producido desde dicha condición?

Modos documentales y relación realizador/sujeto en la enunciación

En este punto resulta valioso presentar algunas consideraciones de Bill Nichols sobre las implicancias en la relación entre quien filma y quien es filmado, y las particularidades éticas del documental respecto a la ficción en este sentido. La taxonomía de cinco niveles recién expuesta debería considerar las características propias del documental que requerirá de ciertas precisiones. Nichols señala que a diferencia de la ficción, el documental aborda el mundo “en que vivimos” y no el “imaginado”, por lo que presenta una diferente relación con el sujeto representado, así como diferentes expectativas para el público (Nichols, 2013: 13).

Nichols toma a la axiografía como exploración de los valores en la configuración de la relación entre observador y observado.

La axiografía se extiende a esos temas clásicos de debate ético -la naturaleza del consentimiento; los derechos de propiedad de las imágenes grabadas; el derecho a saber frente al derecho a la intimidad; las responsabilidades del realizador con respecto a su tema y su público, o su jefe; los códigos de conducta y las complejidades del recurso legal-. (Nichols, 1997: 116-117)

El tratamiento del documental, la “mirada” de la cámara, no sólo revelan el mundo, sino también la subjetividad del realizador, su perspectiva ética, política e ideológica (Ídem: 119). En el documental, los sujetos representados tienen una vida más allá de lo que vemos en la película, por lo tanto las cuestiones éticas son diferentes que en la ficción (Ídem: 120).

Por otra parte, el autor propone seis modos del cine documental a partir de sus diferentes herramientas enunciativas y las relaciones entre documentalistas, sujetos representados y público: poético, expositivo, observacional, participativo, reflexivo y expresivo. Sin entrar en la descripción de cada uno, me interesa considerar algunas particularidades respecto al nivel de participación del sujeto subalterno en el documental dependiendo de los modos.

Fotograma_Cometas_sobre_los_murosPodemos afirmar que el modo participativo otorga un lugar privilegiado de enunciación colectiva y por lo tanto podemos considerar que tiende a vincularse a la categoría de cine transculturado. El modo participativo surge en los años sesenta con la aparición de nuevas tecnologías que permitían el registro de sonido sincrónico con equipos livianos y reducidos, y se caracteriza por la interacción del cineasta con sus sujetos, ya sea a través de entrevistas, conversaciones, de su confrontación o colaboración. Conjuga la formulación “les hablo de ellos a ustedes” con “hablo con ellos para nosotros (yo y ustedes)” (Nichols, 2013: 207). En este modo, asociado generalmente al cinéma verité, el documentalista se hace un actor social “casi com
o cualquier otro
”, ya que en definitiva sigue teniendo un lugar de poder y control de la mirada (Ídem: 209).

Por la apuesta al encuentro entre realizador y sujeto, este modo se posiciona políticamente desde un lugar que pretende hacer emerger la voz/mirada del sujeto, y que por lo tanto abarca una enunciación que lo incluye, y que podemos asociar al anteriormente definido cine transculturado.

Podemos ver y escuchar al cineasta actuar y responder ahí y en ese momento, en la misma arena histórica que la de los sujetos de la película. (…) Vemos cómo el documentalista y el sujeto negocian una relación, cómo actúan entre sí, qué formas de poder y de control entran en juego, y qué niveles de revelación o de acuerdo surgen de esta forma específica de encuentro. El cinéma-vérité revela la realidad de lo que ocurre cuando la gente interactúa en presencia de la cámara. (Ídem: 211-212)

De todas formas, podemos encontrar películas de este modo documental que tienden más bien a la categoría de cine político/paternalista. Por ejemplo, cuando la interacción propuesta con los sujetos subalternos no termina necesariamente profundizando sus puntos de vista, sino completando un mosaico de miradas que son construidas en el montaje para reflejar un sentido político que parte preponderantemente de la mirada del equipo realizador. Claro que en este tipo de películas, estamos muchas veces en una frontera entre el cine político/paternalista y cine transculturado.

Pero quizás el modo documental que mayormente confluye el nivel político/paternalista del “hablar por” sea el modo expositivo, caracterizado por su marco retórico que propone una perspectiva o postula un argumento basado en gran medida en la lógica informativa transmitida por la voz hablada (Ídem: 192-197). Películas como La hora de los hornos (Fernando Solanas y Octavio Getino, 1968), o parte importante de los documentales del Nuevo Cine Latinoamericano, podrían entrar en esta categoría en cuanto al nivel de enunciación del sujeto subalterno, si bien encontramos en esta corriente una diversidad y mixtura de modos documentales.

En el caso del modo observacional, se torna más difícil presentar el límite respecto al lugar de enunciación de los sujetos representados. Este modo, asociado generalmente al cine directo, se propone invisibilizar al documentalista como si fuera “una mosca en la pared” y presentar los sucesos en tiempo presente, como si fuera una ficción, pero sin reconstrucciones sino mostrando las acciones tal cual transcurren ante la cámara. Si bien puede parecerse a la ficción en la forma en que construye el relato a partir de las acciones y los personajes, el hecho de ser un documental y que sepamos que se trata de personas reales más allá del marco cinematográfico, implica que el espectador lo tome diferente. Surgen en este modo algunas consideraciones éticas sobre la naturaleza del consentimiento informado y lo que implica exponer la vida de otros, así como el debate sobre qué tanto los hechos sucederían de esa manera si no estuviera la cámara presente, siendo que si bien esta se invisibiliza como artilugio al espectador, no se oculta a las personas, que se saben filmadas.  (Ídem: 201-206)

Fotograma_El_hombre_nuevo_2Sostengo que en la mayor parte de este modo documental, el lugar del subalterno podría identificarse con la categoría de cine de autor “sobre”, que muestra al sujeto desde la mirada del director. Si bien a diferencia de la ficción, el realizador no construye aquí la historia desde su imaginación sino desde acciones que desarrollan personas reales, sí podemos considerar que tiene un rol importante en la definición de un punto de vista, tanto en la instancia de fotografía como fundamentalmente en el montaje, que en este modo muchas veces va de la mano con la propia definición de la estructura dramática. Aunque pienso que algunas obras enmarcadas en este modo también podrían bordear o incluirse en la categoría de cine transculturado, dependiendo de la cercanía del punto de vista cinematográfico con la posición de subalternidad de sus protagonistas. Claro está, es muy difícil saber qué vínculo más allá de lo que vemos en pantalla se pudo haber establecido entre realizador y sujeto filmado, y qué tan fiel está representada su mirada en la obra final. Por ejemplo, podríamos considerar una película como Titicult Follies (Frederick Wiseman, 1967) dentro de un borde inserto en el nivel de cine de autor “sobre” pero en una frontera con un nivel de cine transculturado, ya que el hecho de que los
protagonistas sean personas reales le brindan un lugar como sujetos de enunciación un tanto más significativa que si se tratara de una ficción. La voz del subalterno, por más que esté mediada en la puesta en escena del realizador, es su voz real y no una creada por el documentalista a pesar de que tiene gran parte del control sobre el sentido final de la obra.

En el modo reflexivo, la relación en la enunciación entre realizador y sujeto pasa a un segundo plano para centrarse en la relación entre documentalista y espectador.

Más que seguir al cineasta en su compromiso con otros actores sociales, esperamos ahora el compromiso del cineasta para con nosotros, hablando no sólo del mundo histórico, sino también acerca de problemas y preguntas al representarlo. Este nivel intensificado de reflexión sobre lo que implica representar al mundo, distingue al modo reflexivo respecto de los otros modos. (Ídem: 221)

En vínculo con la subalternidad, podríamos pensar en documentales como Estrellas (Federico León y Carlos Martínez, 2007) o Agarrando pueblo (Carlos Mayolo y Luis Ospina, 1978). En el primer caso, por el lugar que ocupa el protagonista en la enunciación, podríamos considerarla dentro de un nivel transculturado. El segundo se vuelve más difícil de encasillar en alguno de los cinco niveles. En definitiva plantea de forma paródica una reflexión sobre el propio vínculo entre el realizador documental y los sujetos subalternos, aunque más que reflejar el punto de vista del subalterno, parecería proponer una mirada crítica a los enfoques hegemónicos de la época sobre dicho vínculo, desde la propia posición intelectual y política de sus realizadores, con lo que podríamos asociarla más bien al nivel político/paternalista del “hablar por”.

El modo expresivo implica que el documentalista no solamente participa activamente dentro del mundo que retrata, sino que directamente tiende a ser uno de sus protagonistas. La formulación podría ser en este caso “les hablamos de nosotros mismos a ustedes” o “hablo de mí mismo con ustedes” (Ídem: 233). Este modo se vincula a la subalternidad en los casos en que el propio realizador se encuentra en dicha posición. Podemos mencionar a Tarnation (Jonathan Caouette, 2003), que ubicaríamos dentro de un cine auténticamente subalterno. Podríamos pensar también en 5 cámaras rotas (Emad Burnat y Guy Davidi, 2011), aunque en este caso podríamos ubicarla en un borde entre subalterno y transculturado, debido justamente a la co-autoría entre un sujeto que podemos ubicar en la pura subalternidad (Emad Burnat, palestino, campesino, camarógrafo aficionado y protagonista del documental) y otro fuera de dicha condición (Guy Davidi, israelí, documentalista y periodista).

Repetimos que esta taxonomía sobre el lugar del subalterno en el cine no cuenta con categorías absolutas, y muchas películas podrían considerarse en los bordes entre algunas de ellas. Pensando en el cine documental uruguayo, podríamos ubicar algunas películas de Aldo Garay (Mi gringa –1996-, El Casamiento –2011-, El hombre nuevo –2015) como borde entre cine de autor “sobre” el subalterno y cine transculturado, mientras que Aparte (Mario Handler, 2002), por cómo construye el punto de vista, estaría preponderantemente en el nivel “sobre”, aunque por los mismos motivos señalados respecto a Titicult Follies, más próxima al cine transculturado que si se tratara de una ficción. Documentales como Desde adentro (Vasco Elola, 2012) o Cometas sobre los muros (Federico Pritsch, 2014) podrían considerarse dentro del nivel transculturado. La primera por su carácter participativo y el énfasis en la voz y punto de vista de los sujetos protagonistas. La segunda, porque si bien mantiene un modo predominantemente observacional, incluye a los propios protagonistas como filmadores de varias secuencias, bordeando con un modo más bien expresivo de forma coral.

Reflexiones finales y debates pendientes

Como medio de gran influencia en la construcción de poder simbólico, el cine está en deuda con los sujetos subalternos en cuanto al lugar que han tenido como sujetos de enunciación, quedando sus voces y miradas generalmente relegadas a la representación de otros.

Si bien el cine de ficción cuenta con varias obras en las que se ha construido una forma enunciativa colectiva que incluyó los puntos de vista de sujetos subalternos en procesos transculturadores, es quizás en el cine documental donde ha habido mayores puntos de encuentro, y donde -por sus potencialidades para una realización con menores costos materiales- han emergido realizadores subalternos.

Las nuevas tecnologías, que en los últimos años han hecho más accesible la posibilidad de hacer cine, probablemente hayan abierto oportunidades a sectores sociales postergados para ser protagonistas en la realización de obras cinematográficas. Pero resulta claro que una mayor facilidad para acceder a los medios de producción no es suficiente y que la condición de subalternidad implica diferentes barreras para este propósito, entre ellas la formación respecto a una disciplina compleja, y las dificultades para legitimarse dentro de las instituciones del arte y la cultura, necesarias para lograr visibilidad en la esfera pública y no quedar limitados a circuitos comunitarios y marginales.

Al pensar los puntos de encuentro entre cine documental y subalternidad desde la enunciación y su representación, queda pendiente pensarlos en su relación como público. En este caso, se vuelve importante pensar en la relación y convergencia entre el cine y la TV, en particular en el caso del cine documental que en muy pocas ocasiones logra llegar a los niveles de público en salas de cine que sí logra la ficción.

Queda claro que estamos ante un problema que lejos de agotarse, plantea varios ejes para seguir analizando y profundizar. Cabe preguntarse de qué forma las nuevas tecnologías han abierto la posibilidad de producción a más sectores de la sociedad;  dónde se forman los cineastas y qué accesibilidad a dicha formación tienen los sujetos subalternos; qué impacto han tenido las políticas públicas de incentivo a la producción cinematográfica en América Latina (¿existen políticas públicas que incentiven la emergencia de este tipo de cine?); ¿qué condiciones materiales, sociales, políticas y culturales podrían favorecer una mayor participación de los sujetos subalternos en el cine?

Mientras tanto, como ha expresado César González, “el cine algún día deberá rendir cuentas por ser parte en esa imposición del silencio a las minorías” (González, 2016).

Bibliografía

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El Grupo Dziga Vertov, punto de partida de una mirada académica del cine militante

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Por Nicolás Scipione

Resumen

Este artículo desarrolla un análisis del Grupo Dziga Vertov (GDV), sus ideas y sus prácticas. Este grupo de cineastas y militantes políticos se debe considerar como una de las experiencias más representativas de la militancia audiovisual posterior a Mayo 1968. En la década del ’60, sus miembros se encontraban en un escenario singular donde ciertos acontecimientos y la convicción de algunos, provocó un debate acerca de la relación entre el arte y la política, sobre el cine y las organizaciones de izquierda y sobre la existencia de imágenes construidas en un incipiente capitalismo de consumo. Ese debate nos posibilita pensar nuevas formas analíticas para las experiencias audiovisuales militantes en la actualidad.

Palabras clave

Relación entre arte y política; Grupo Dziga Vertov; Mayo 1968; Cine militante, Cine ensayo; Imágenes revolucionarias.

Abstract

This article develops an analysis of Grupo Dziga Vertov (GDV), its ideas and their practices. This group of film directors and political militants is due to consider subsequent to like one of the most representative experiences of the audio-visual militancy May 1968. In the decade of the 60s, their members were in a singular scene where certain events and the conviction of some, caused a debate about the relation between the art and the policy, on the cinema and the organizations of left and on the existence of images constructed in a incipient Capitalism of consumption. That debate makes possible to think new analytical forms to us for the militant audio-visual experiences about the present time.

Keywords

Relation between art and politics; Dziga Vertov Group; May 1968; militant cinema, Enssay cinema; Revolutionary Images.

Resumo

Este artigo desenvolve um análise do Grupo Dziga Vertov (GDV), suas ideias e suas práticas. Este grupo de cineastas e militantes políticos pode-se considerar como uma das experiências más representativas da militancia audiovisual posterior ao MAIO de 1968.Na década dos anos 60,seus membros encontravam-se em um cenário singular onde certos acontecimentos e a convicção de algums, provocó um debate da relação entre arte e política, entre cinema e as organizações de esquerda e sobre a existência de imagens construidas em um incipiente capitalismo de consumo. Esse debate nos possibilita/permite pensar novas formas analíticas para as experiências audiovisuais militantes na actualidade.

Palavras-chave

Relação entre arte e política; Grupo Dziga Vertov; Mayo 1968 ; Cinema militante,Cinema Ensaio; Imagens revolucionárias.

Datos del autor:

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Este artículo está basado en su tesis de licenciatura.

Fecha de recepción: 9 de febrero de 2017.
Fecha de aprobación: 24 de mayo de 2017.

El Grupo Dziga Vertov (GDV) trabajó entre 1968 y 1974 en diez proyectos cinematográficos colectivos que contuvieron de diferentes maneras a personalidades como Louis Althusser, Daniel Cohn Bendit, Glauber Rocha, Jean Henri Roger, Armand Marco, Anne Wiazemsky, Gian Maria Volonte, Jane Fonda, entre otros. Estos proyectos fueron financiados por mecenas y empresarios sibaritas de la época o a través de cortometrajes y comerciales de TV que le encargaban a Godard por ser reconocido en su rubro. El GDV aspiraba a darle otro carácter a las formas de trabajo colectivo en el cine filmando con las organizaciones revolucionarias de cada conflicto y, desde allí, buscaba construir una cinematografía que no solo aportara a la lucha local y regional, sino que además, lograra la construcción de lógicas de la imagen por fuera de la lógica burguesa. Deseaban, además, forjar una relación política entre los espectadores y el cine, siguiendo las aspiraciones del Cine-Ojo fundado por Dziga Vertov:

  • Establecer la relación entre la clase visual (Cine- Ojo) y auditiva (Cine- Oído), entre los proletarios de todas las naciones y de todos los países en la plataforma del desciframiento comunista de las relaciones mundiales.
  • Desciframiento de la vida tal y como es.
  • Acción de los hechos sobre la conciencia de los trabajadores.
  • Acción de los hechos y no de la interpretación, de las danzas, de los versos.
  • Rechazar hacia la periferia de la conciencia lo que suele denominarse arte.
  • Colocar en el centro de la atención la estructura económica de la sociedad.
  • En lugar de los sucedáneos de la vida (representación teatral, Cine- Drama, etc.), los hechos (grandes y pequeños) cuidadosamente seleccionados, fijados y organizados, elegidos tanto en la vida de los trabajadores mismos como en la de sus enemigos de clase.

Aquello que discutieron al principio de la Revolución Bolchevique (las teorizaciones de Eisenstein y Vertov), era lo que preocupaba a los realizadores y militantes políticos de los ’60. Faltaba algo más para profundizar la mirada, para que el debate agazapado en teorías y revistas especializadas encuentre una forma de volcarse en la práctica cinematográfica y en la cultura popular, ya que las estrategias de resistencia y acción revolucionaria deberían ser pensadas para todos los ámbitos de la vida. Se creía necesario dar un salto en la perspectiva política de los films acorde a lo que se consideran urgencias políticas. A partir de allí, podemos pensar algunas preguntas que nos disparen caracterizaciones de la experiencia del GDV y así construir herramientas de análisis y práctica para el cine militante y/o político.

Campesino Pavda¿Las experiencias políticas comunistas en el poder se diferencian de las democracias capitalistas y de los regímenes fascistas y dictatoriales? En los ’60 la sociedad experimentaba un nivel de dependencia o convivencia con la comunicación de masas donde la clase obrera representada en los medios (incluso en los partidos comunistas) se oponía muchas veces a la realidad de la misma clase obrera. El trabajo del GDV es uno de los tantos intentos de esos tiempos para tratar de encontrar respuesta a esta problemática, ¿cómo se construyen imágenes revolucionarias? ¿La producción en serie permite alternativas a los mercados o solo alimenta el negocio de la industria cinematográfica? Este es un debate inacabado pero la emergencia política provocó creatividad. La necesidad de mostrar lo que no aparecía en las grandes películas era parte del escenario inevitable para todos estos sectores y hacía allí se desplazó el GDV. ¿Aunque las vanguardias artísticas estén acabadas, se las necesita para la Revolución Social? Puede que el GDV estuviera más allá de las discusiones sobre la vanguardia artística en términos históricos, pero no podemos desconocer que los intereses de ciertas personas o sectores de la vanguardia, son los que de algún modo, retomaron en su trabajo.

De la teoría a la militancia

Hans Magnus Enzensberger (1972) manifestaba que el Mayo 1968 volvió a formas arcaicas de producción (pintadas, graffiti) en lugar de llevar la agitación hacia los obreros de una moderna imprenta. En medio del desconcierto, los estudiantes eligieron imprimir sus carteles a través de prensas manuales. Los lemas y las consignas fueron escritos a mano aunque podrían haber encontrado otras formas para una difusión masiva. No se llevó un “control estratégico”, escribía. Pensaba que los activistas se refugiaron en formas de comunicación anticuadas en lugar de ocuparse de la contradicción entre la “actual constitución de los medios y su potencial revolucionario”. Es posible anticipar que la experiencia GDV contradice este análisis pero, sin embargo, no logra establecer relación entre arte, los medios de comunicación masiva y la militancia revolucionaria. Así nos despierta la inquietud: ¿Podrían establecer esa relación?, ¿De qué manera lo harían? ¿Hoy se pueden establecer esas relaciones?

La mirada aguda del consumo de la clase obrera que podemos hacer desde el concepto Industria Cultural hoy resulta indivisible de una relación arte/política, así como concibe Schmucler (1984), la relación comunicación/cultura (Citar) Desde allí podemos analizar qué experiencias dan herramientas para crear nuevas relaciones de imágenes o nuevas formas de mirar y estas condiciones forjan nuevos interrogantes. Así aparecen en un mismo plano de análisis el cine y la militancia política. Raymond Williams (1997) explicaba que “El problema más arduo, para cualquiera de nosotros –los socialistas-, es distinguir entre las tendencias culturales radicalmente diferentes que, dentro de toda la formación del cine capitalista, en la práctica terminaron por sobreponerse”. Por todo esto, podemos darle una oportunidad al cine del GDV de sobreponerse a la batería de imágenes creadas segundo a segundo por la industria cinematográfica y sus aliados de los medios de comunicación masiva. La búsqueda de nuevas relaciones de imágenes en forma colectiva nos permite construir herramientas teóricas que examinen las experiencias constituidas por fuera de la lógica de las imágenes burguesas. Este análisis parte de las relaciones entre las coyunturas políticas, las organizaciones políticas y las narrativas con las que el GDV trata de escaparle, simultáneamente, al cine industrial y al arte de vanguardia.
Desde la mirada marxista de los años ´20 y ´30 el campo científico se instituye Cultura de masas como un objeto de estudio de las Ciencias Sociales y las organizaciones políticas de izquierda buscan recomponer sus estrategias incorporando preocupaciones teóricas que se habían gestado en el periodo entreguerras. Surgen así algunas dudas sobre el lugar de los intelectuales, sobre la posición de las clases populares en los cambios sociales, sobre el carácter de la dominación y la estructura del Estado. Estas lecturas que reaparecen en esos años son, además, ineludibles para la mirada retrospectiva de esos mismos tiempos. Una de esas preguntas teóricas de los años ’60 era: ¿cuál es el lugar del intelectual en la sociedad?, que supone una recuperación involuntaria de escritos y manifestaciones de Antonio Gramsci. Aquel teórico y militante italiano intentó responder dicha pregunta y extendió esa preocupación a la labor específica del intelectual dentro de las estrategias revolucionarias. ¿Son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente, o bien tiene cada grupo social su categoría especializada de intelectuales?

Con todas estas consideraciones debemos saber que el GDV, sus ideas y sus prácticas deben considerarse como una de las experiencias más representativas de la militancia audiovisual posterior a Mayo 1968. Sus miembros se encontraban en un escenario singular, la década del  ’60, donde ciertos acontecimientos y la convicción de algunos, crearon un escenario de debate acerca de la relación entre el arte y la política, sobre el cine y las organizaciones de izquierda, y sobre la existencia de imágenes construidas en un incipiente capitalismo de consumo. A través de la descripción de los objetivos del GDV, los planes de filmación, los montajes, el financiamiento de los proyectos y la comparación con el producto de sus films, podemos observar las estrategias políticas que proponían. Existe una particularidad del GDV para su época: concebir el cine en una constante relación arte/política. ¿Por qué se da esta particular visión? Simultáneamente varios factores dan espacio para esa forma de ver la intervención del cine político.

British tourPor un lado, la Escuela de Frankfurt había construido la Industria Cultural, un análisis crítico del mundo de las mercancías y sobre el valor de uso estético, debido a que el mercado capitalista aprovecha el entretenimiento y el discurso ideológico. Por otro, la preocupación en torno a la aparición de los medios masivos de comunicación y su relación con el Capital, fueron revisitadas por intelectuales militantes del Mayo Francés como Louis Althusser, Herbert Marcuse y Jean Paul Sartre. Por último, en el mundo del cine político, se retoma un debate de las primeras décadas del siglo XX cuyos dos exponentes máximos fueron Dziga Vertov (de quien el GDV toma su nombre) y Sergei Eisenstein. A partir de allí se puede recuperar una mirada crítica al avance tecnológico y las estrategias políticas que se discutieron en torno a estos problemas, y así, abrir una ventana hacia el desarrollo de nuevas estrategias políticas revolucionarias. ¿Por qué surge el GDV?, ¿Cómo relaciona su labor de realización audiovisual con la lucha política revolucionaria?, ¿Cómo se posiciona el GDV dentro de los debates del cine militante de su época?, ¿Cómo se propone construir sus imágenes, sus discursos?

Para responder estas preguntas no alcanza con reconstruir la experiencia militante del GDV desde los análisis sociológicos, discursivos y semióticos que parten de las regularidades del discurso, tampoco es suficiente un análisis de la recepción de los films desconstruyendo los procesos de circulación discursiva que han producido. Es necesario observar las relaciones entre arte y política y la forma en que el GDV se enfrentó a sus propias contradicciones, (y las de todo el cine militante). Desde ahí podemos intentar una mirada analítica desde la producción colectiva que se oriente hacia las imágenes y las formas de trabajo con organizaciones políticas y sociales aunque, en esos tiempos no existía, ni parece existir ahora. Primero hay que reconocer al GDV como un proyecto militante y no como un momento en la filmografía de Jean Luc Godard, cosa que ocurre en casi toda la bibliografía disponible. Aunque solo algunas de las aspiraciones del GDV fueron llevadas a cabo, su búsqueda está signada por la crítica de los discursos, de la praxis política y de los cambios estéticos de su tiempo. Paradójicamente, esa misma crítica lo posiciona en un lugar preponderante en la historia del cine, sobre todo en las propuestas estéticas y narrativas que marcaron el cine militante a posteriori.

Cine político, militante y revolucionario

No podemos entender las realizaciones del GDV en la misma lógica que realizadores de la época como Loach, Costa-Gavras u otros realizadores en Latinoamérica como Rocha o grupos como Liberación o Cine de la Base. Ante la relación planteada entre el contexto político, los realizadores y el público el GDV establece una diferenciación que intenta resolver en la interacción con las organizaciones sociales y la construcción de relaciones de imágenes. Encontró una síntesis de carácter ideológico a la crisis vocacional de varios de sus miembros y de otros militantes y cineastas de la época. Había una búsqueda de respuesta ideológica ante la derrota de Mayo 1968 y una necesidad de replanteo político sobre la experiencia soviética y comunista en todo el mundo.

En AlemaniaSi bien el GDV nunca llegó a desarrollar una relación tan estrecha con las organizaciones populares como lo hizo el Grupo Medvedkine o SLON, sí logró darse un camino técnico-teórico para proponer nuevas formas de acceso de las clases populares a la Industria Cultural. Se podría pensar que buscaban una síntesis de diversas experiencias que, en algún momento del recorrido, les hubiera llevado a pensar en transmitir sus conocimientos técnicos a los protagonistas de los conflictos, pero lo concreto es que nunca lo proyectaron. Sus intereses se plasmaban desde la visión de una coyuntura general y de la importancia de con qué, cómo y desde dónde se trabajaba contra el reformismo del comunismo stalinista. Además, para que el GDV realice trabajos como Classe de Lutte parecería que Godard tendría que haber renunciado a ser una figura pública de la industria del cine, cosa que nadie en el GDV quiso jamás. Tal vez se podría haber dado algo similar si completaban el proyecto Jusq’ a la victorie ya que debatieron políticas de difusión del conflicto y perspectivas para la construcción de imágenes, con los militantes de Al Fatah. El acercamiento a trabajar con los protagonistas de las luchas, le posibilitó a Chris Marker y los obreros textiles de Rhodiaceta encontrar una distancia entre ellos. Se preguntaron si esa distancia podía salvarse al brindar a los trabajadores el acceso a la herramienta cinematográfica. Desde una mirada de la relación arte/política, el Grupo Medvedkine y el GDV, buscaban ambos un acceso al cine “desde abajo”. De hecho, ambos toman como referencia cineastas rusos relativamente marginales y tratan de diferenciarse de la Cultura de masas. El GDV aprovechando sus herramientas para transformarlas en imágenes revolucionarias, el Grupo Medvedkine construyendo una nueva subjetividad alejada de la Industria Cultural.

Aun con estas consideraciones no tenemos elementos determinantes para encontrar grandes distancias entre estas experiencias (y otras alrededor del mundo). Lo que sí creemos que se puede distinguir, a partir de la clasificación de Lebel (1973), es que esos films de discurso ideológico-político no caracterizan necesariamente a las experiencias alrededor de Mayo de 1968, pero si corresponderían al cine ensayo. El GDV define su accionar a través de la búsqueda de una síntesis entre la teoría del cine y la práctica política y eso la mantiene preguntándose sobre el lugar de la clase obrera en sus obras pero desde un lugar distinto, desde el lugar del ensayo (Provitina, 2014). El cine ensayo le permite al GDV, en cada una de las experiencias, proponer una mirada de la realidad desde un debate latente en su tiempo que se expresa a través de un diálogo constante de teorías, expresiones, testimonios y experimentaciones sobre la imagen y el sonido. Ese debate, por un lado, propone métodos técnicos novedosos, y por otro, intenta un acercamiento desde el cine a las organizaciones sociales y políticas manifiestamente distinto a lo que se había visto.

Entonces, solo al reconocer lo colectivo podemos decir que el GDV busca una nueva praxis política para los realizadores/militantes, y lo hace a través de un abordaje práctico que entiende como punto de encuentro entre la reflexión política y la práctica cinematográfica. Desde mi punto de vista, hay dos puntos importantes para reconocer el carácter colectivo de los proyectos y que, en el caso del GDV, ponen en duda las certezas políticas que podía manifestar: El modo de financiamiento y, desprendido de este, la dificultad para identificar cuál era el público que estaban buscando. Todos los proyectos del GDV excepto Tout va bien, son virtuales robos de fondos para realizar proyectos de cine para televisión.

Esto refleja una aspiración por un lugar intermedio entre la masividad y el público militante pero, deja ver que el GDV no pudo encontrar claridad en cuanto a su modo de financiamiento y al público al que apuntaban. ¿Cómo se financia el cine revolucionario? ¿Cuál es el público al que debe interpelar?, son preguntas que no puede responderse. Podríamos atribuir esta falta de certezas a la necesidad constante de concretar los proyectos o incluso desarrollar un análisis tratando de convertir contingencias en causalidades, pero lo cierto es que no encontramos elementos en la praxis del GDV que nos permitan saber cómo se respondían estas preguntas.

El solo recorrido histórico de los hechos evidencia que solo algunas cuestiones de las aspiraciones del GDV fueron llevadas a cabo, aun así, se le puede dar un lugar preponderante en la historia del cine político, sobre todo en las propuestas estéticas y narrativas que marcaron las realizaciones a posteriori. Ellos mismos, al extremar su autocrítica sobre la experiencia entre film y film, explican que hay un lugar intermedio entre la política coyuntural y las propuestas estéticas del arte. De hecho, esa famosa frase «El cine no es un arte que filma vida, es cine, está entre el arte y la vida.» con la que Godard fue citado durante las últimas décadas, parece ser una clara enseñanza de su paso por el GDV. Ese lugar intermedio motiva al análisis y a buscar elementos en la actualidad que nos permitan volver a ese entre, que es el lugar donde se establece la relación arte/política.

Para analizar en detenimiento las aspiraciones, las realizaciones y las propuestas estéticas, trazamos ejes que no solo muestran los objetivos estético-políticos del GDV sino, que además, tratan de ejemplificar esa posición entre. Estos ejes de análisis son el punto de partida del desarrollo de las relaciones entre la reflexión política y la práctica cinematográfica que se establecieron en esos tiempos, muchas las cuales aún perduran, y que además, despliegan algunas preguntas sobre la praxis política y artística del GDV.

La construcción de la imagen por fuera de Hollywood y el Stalinismo

El debate sobre las imágenes era un debate filosófico en esos años, sobre los modos en que ocurre su recepción, las reacciones individuales o colectivas ante ellas y las consecuencias de comunicar con imágenes fijas o en movimiento.

Aquí surgía una pregunta: ¿Cuál es la importancia de la historia del cine? El GDV responde en Vent d’ Est con otra pregunta: ¿cuál es la postura que deberían tener los cineastas revolucionarios sobre la historia del cine? Por eso, en la Introducción del film, desarrollan una breve historia del cine revolucionario y más tarde filman una secuencia donde se muestra la asamblea que realiza el equipo de filmación para ver cómo continuar ese mismo film. Durante esa reunión de dirección colectiva se muestra una antología de textos de Dziga Vertov publicada en Francia que no es precisamente un homenaje. Se podrían encontrar otros cineastas u otras experiencias que den cuenta de sus necesidades militantes, pero solo el Cine-Ojo les proporcionaba herramientas para salirse de lo que parecía ser el cine en sí mismo. Esta apuesta no era una simple transferencia o repetición de la experiencia de Vertov, tampoco que el cine ponga la mirada sobre su verdadero lugar social, sobre lo que no se ve de esa verdad velada. Era una base de trabajo, a partir de allí, habría que construir un lugar centrífugo que posicione al cine como un actor político.
A partir de esa relectura trazaron un objetivo político: Romper la continuidad narrativa, y desestructurar el raccord cinematográfico y de la construcción de los grandes héroes soviéticos. Para llevar a cabo su propósito, el GDV parece desarrollar una doble táctica. Por un lado, denuncia de la “obligatoriedad” de los montajes, los planos y los géneros de “ficción”, y por otro, reflexiona sobre la falta de estrategia del cine político ante el estancamiento estético del cine industrial y la encrucijada política de las fuerzas revolucionarias. Este doble movimiento, generalmente lo construyen a través de alegorías. En Vent d’ Est a partir del desarrollo de una breve historia del cine revolucionario y el registro del maquillaje de los “personajes” del film. Una actriz es maquillada en cámara por un asistente mientras que otro actor se pinta la cara sin profesionales. Así se buscaba una especie de espectador-testigo de la forma misma de construcción de la ficción y se denunciaba la existencia de la puesta en escena a través de la puesta en palabras de los hechos históricos. La reflexión profunda sobre el uso contemplativo que la clase obrera hace de las imágenes en los medios masivos, es la otra forma que tiene el GDV de militar contra la industria cinematográfica, otra forma importante de una doble táctica contra las imágenes del imperialismo y del revisionismo stalinista.

Para el GDV las nuevas imágenes deberían lograrse con el fortalecimiento de tres aspectos de la lucha revolucionaria abandonados: lucha por la (los medios de) producción; la lucha de clases; la experimentación científica. En Ici et ailleurs la comparación entre el “Aquí” de una familia obrera parisina y el “otro lugar” de la situación política en Palestina, es lo que permite abordar la problemática a través del “Et” y plantear una serie de construcciones que son solo eso, construcciones, a menos que nos preguntemos sobre ese “y”. Ahí se abre nuevamente la pregunta: ¿Cómo fabricar las imágenes del proletariado? Cada decisión del montajista, cada film realizado en una habitación con fibras de colores y papeles, cada plano pensado en una cadena de imágenes que conforman una visión política específica, eran pensados como herramientas de esta forma de acercamiento a la disciplina cinematográfica, pero también fueron un aporte al debate político dentro y fuera de las esferas de la militancia política. Retomar al Cine-Ojo y bregar por la desarticulación de las imágenes de los grandes monstruos (incluso del cine soviético), es un hecho político en sí mismo porque proyecta un cambio en la forma misma del abordaje del cine.

Encargada del cine PravdaAparece, entonces, un problema. Esta pretensión de cambio puede ser entendida como un gesto de vanguardia artística como explica Glauber Rocha (2011), cuando escribe su impresión sobre Vent d’ Est. El cineasta brasileño consideraba que el GDV tuvo una importante falencia: su incapacidad de encontrar la forma estética de mostrar las luchas obreras y polemizaba. Mientras en el Tercer Mundo los problemas son cómo enfrentarse a la censura y la persecución de las dictaduras reaccionarias, el cine político europeo estaba más preocupado por cuestiones narrativas y estéticas. La famosa secuencia donde Rocha se para en el cruce de dos caminos y describe al Cine del Tercer Mundo como “peligroso, divino y maravilloso”, era el reconocimiento de la existencia de esta situación. Una observación pertinente para analizar la relación del GDV con las ideas de vanguardia es que, a diferencia del arte, en la militancia política no se ponía en cuestión el lugar del partido revolucionario sino más que nada la conformación de esa vanguardia política. Por eso, aunque el GDV quiera ir contra las vanguardias, aunque el debate sobre las vanguardias artísticas ya estuviera acabado en su tiempo, su pretensión de ruptura implica una posición política donde el discurso debe ser acompañado por las acciones concretas. El GDV, en todas sus realizaciones, pretende acompañar su discurso con sus acciones. Incluso en ocasiones se reconoce que algo en ese discurso de ruptura estético-político no puede cumplirse, que hay que encontrar nuevas maneras y la solución que encuentra es una especie de vuelta a Vertov mostrando luchas actuales y no victorias del pasado. Por eso la misma propuesta de la construcción de una cadena de imágenes, como una cadena de montaje o una cadena de ADN, buscaba cómo trabajar las nuevas imágenes también contra la Vanguardia, aunque parece estar en el mismo lugar que critica.

De este modo, también provoca una doble entrada sobre sus realizaciones. Por un lado, se hace cargo políticamente de su realización, y por otro, genera una instancia narrativa donde el espectador comprende que ninguna imagen esta puesta allí sin perspectiva política respecto de su imagen anterior, ni de su imagen posterior ni del film completo. El GDV busca que el espectador encuentre una nueva forma de relacionar las imágenes y los sonidos para que se reconozca la correspondencia entre planos. De este modo, leer la cadena significante que desarrollaban los films no solo servía de apoyo a reflexiones teóricas, sino también para buscar una forma distinta de trabajar el formato audiovisual y la construcción de los argumentos expuestos.

Los debates como disparadores de los films

El GDV trabajaba la exposición de ideas contrapuestas y la argumentación desde el diálogo como una estrategia con la que buscaban nuevas formas de las imágenes. Pretendía (re)tomar los debates del cine y de la política revolucionaria. Sin embargo, la propuesta a veces malograda, fue ubicarse dentro de los dilemas y disparar sus propias preguntas y certezas acerca de esos debates. En sus films el debate era presentado siempre en un escenario particular al que le encontraban diferentes utilidades.

Maquillaje IIPor un lado, lo utilizaban como una herramienta narrativa, con el objetivo de proporcionar una guía sobre la reflexión que se lleva adelante. Por otro lado, era una herramienta estética, expuesta a través de un diálogo entre una imagen y la siguiente, entre las voces en off y las imágenes, entre los silencios y las imágenes. Es decir, cuando se expone la construcción de una imagen paso a paso. Allí el diálogo es una guía de la construcción de esas imágenes y no solo guía la reflexión. Por último, ese dialogo es una herramienta política ya que, a diferencia del cine industrial, en este cine fue la marca de la mirada crítica hacia el cine de Hollywood, al sistema capitalista y a las estructura de poder soviético. Desde un aspecto técnico, esos diálogos son un complemento del trabajo sobre las imágenes y los sonidos. Esa combinación, que por momentos remite al cine documental, además construye un argumento del cine ensayo, o por lo menos, trabaja con las perspectivas de una cámara-stylo como la que imaginaba Astruc (1948). La estructura de esta forma de hacer cine, despliega cuestiones nuevas con las cuales trabajar en la realización cinematográfica hasta esos tiempos. El diálogo se utiliza como expresión didáctica, como una muestra de la posición política del GDV. Asimismo, esa interacción entre preguntas y respuestas siempre pretende interpelar la posición política del espectador.

Que haya siempre una mujer dialogando y participando del debate político y filosófico del film ya es, en sí mismo, una construcción de imágenes distintas para su época. La mujer está en igualdad de condiciones con los hombres para plantearse la intervención política revolucionaria, y eso les permite muchas veces, plantear la cuestión de género en la sociedad pero también en el seno de la lógica revolucionaria. Además que las dos voces, muchas veces encarnen “personajes”, como Vladimir Lenin y Rosa Luxemburgo, también es una novedad de su tiempo y es otra forma de construir las imágenes.

Otra posibilidad que le proporcionaba la utilización del dialogo era mostrar, a través del tratamiento de la imagen y el sonido, las diferencias que existen entre la industria cinematográfica y el cine de aspiraciones revolucionarias. La imagen para el GDV puede ser separada del sonido y reconvertida en otro significado que se escapa de la normativa cinematográfica. Por eso se preguntaban sobre la unidad mínima de la imagen, el lugar del plano, la escena o la secuencia de imágenes, con la perspectiva de una construcción de un discurso colectivo. Este tratamiento de la imagen siempre pone de manifiesto las diferencias entre posturas políticas (Capitalismo/ Stalinismo/ Socialismo), entre las imágenes (Imágenes imperialistas/ Imágenes revisionistas/ relaciones de imágenes revolucionarias) o entre los diferentes espacios (lugar de trabajo/ lugar de ocio).

El revisionismo de las experiencias comunistas

El GDV atraviesa (o es parte de) un momento donde las experiencias políticas revolucionarias sufren una especie de desencantamiento de su propio mundo. El PC desde Moscú marcaba una posición férrea que no todos los sectores contradecían, y que no permitía recuperar las verdaderas razones de la derrota, de hecho, no la aceptaba y convertía la lucha revolucionaria en un mito que sostenía su política interior y exterior. De algún modo, el movimiento revolucionario estaba preso de la coyuntura que vivían las organizaciones revolucionarias, y en Francia eso significaba cotransitar, el camino maoísta, sobre todo si hablamos de experiencias artísticas y populares que interpelaban la política cultural de los partidos. Muchos hablan de los films del GDV como los “años Mao” de Godard, en la Argentina la experiencia del Grupo Cine Liberación estuvo signada por el Peronismo y el Cine de la Base por el PRT-ERP o el Nuevo Cine Cubano por la Revolución Cubana pero no fueron necesariamente militantes orgánicos de un partido político, aunque en algunos casos personales si lo eran.

muerte 1970El GDV acepta un fracaso que, en esos tiempos, no todas las experiencias militantes aceptaban. Manifestaban una preocupación relativamente extendida que ellos transitan de la mano del maoísmo, aunque en líneas generales lo que estaba puesto en duda era el régimen stalinista. En Un film comme les autres se planteaban la pregunta inicial ¿Por qué no triunfó el Mayo?, e incluso por momentos, algunos de esos militantes parecen negar esa derrota. Con la vorágine en la que trabajan los participantes en los films, sobre todo entre 1969 y 1972, esa pregunta se va transformando en otras sobre las diferentes luchas en Europa, EEUU y el Tercer Mundo pero no dejan de lado los espacios para la mirada crítica hacia el accionar del stalinismo. Desde esa mirada crítica aparecen los conceptos de Mao Tse-tung y la pregunta sobre la aparente derrota revolucionaria. En Pravda y Vent d’ Est está latente la pregunta ¿Por qué no triunfa el Socialismo en el mundo? En Ici et ailleurs la contraposición del “aquí”-sillón de clase obrera/ “en otro lugar”- lucha por la liberación palestina se explica a través de la derrota revolucionaria del Al Fatah y de los proyectos del GDV. Así podemos volver, con una perspectiva política acerca de la construcción de las imágenes. “El ruido tapa las imágenes” y los cineastas deben encontrar un nuevo modo, como “una imagen representada en otro sonido, como un obrero representado en un sindicato”. El posicionamiento del GDV entre lo político de las imágenes y la realidad política de su tiempo, supone un intento para que el arte cinematográfico irrumpa en la escena política de un modo diferente al que le precedía. Para eso necesitaban encontrar una nueva posición política para los realizadores del cine.

¿Qué es el cine revolucionario?

Volvemos a las razones de la elección de Dziga Vertov. Esta definición no fue solo una referencia a las técnicas cinematográficas, fue además, una trasfiguración del proyecto del Cine-Ojo en su totalidad, y eso explica que todos los films hayan querido encontrar una praxis específica para construir un entre.

ici-et-ailleurs 2. Familia y televisorPor esta razón en Ici et ailleurs reflexionaron desde un “y”. El film parece reconocer que el GDV siempre quiso estar en esa posición, y que a veces, no pudo alcanzarla. En la reconstrucción de su experiencia colectiva Godard y Mièville, pueden demostrar que “y” siempre estuvo presente en las intenciones, aunque no siempre pudieron lograrlo en los productos terminados. Reconocen la muerte del GDV representada en la muerte del proyecto original del film que iba a llamarse Jusq’ a la victorie. Finalmente en Ici et ailleurs confiesan no haber podido dar respuesta colectiva al problema que se habían planteado, explican cómo entender las relaciones de imágenes, de sonidos (y las relaciones entre ellos), y desde allí esbozan una salida a ese lugar “y”. Construye una imagen de clase obrera que está en lugar entre, y los realizadores de cine también naufragan junto a ella cuando quieren representarla. Reconocen las imposibilidades pero también reconocen la falta de herramientas políticas para el cambio y la necesidad de reconstruirlas.

En este lugar se posicionó el GDV, a veces, sin saberlo y es el lugar que consideraba que tendría que tener el cineasta revolucionario. Ahora bien, esta posición dejaba (y aún deja), algunas preguntas abiertas que habría que intentar responder con los propios éxitos y fracasos del GDV: ¿se pueden construir colectivamente imágenes revolucionarias dentro de la estructura de negocio industrial, de los circuitos transnacionales de distribución?, ¿podría ser que el cine revolucionario busque formas de nuevas imágenes a través de los videoclips (cuarenta y cinco años después podríamos pensarlo para los videojuegos, los videos para distribuir en Internet o los formatos casi predeterminados para las redes sociales)?, ¿las políticas de Estado y la relación entre el Estado y las industrias pueden ser una herramienta en tiempos de crisis financiera internacional para el cine político o solo se debe trabajar con formas alternativas de financiamiento?, ¿hay realmente formas alternativas de financiamiento para la producción de nuevas imágenes revolucionarias?

Conclusiones

A partir de lo propuesto por el GDV creemos que es necesario plantear algunos puntos comunes a toda experiencia de cine político y militante porque entendemos que cualquier cineasta militante o grupo de cine militante, convive con ellos en su cotidianeidad. Las presentamos agrupadas con el objetivo de que sirvan de punto de partida sistemático para coordinar líneas de acción dentro de un marco donde esperamos que se establezcan nuevas relaciones entre arte/política:

  1. Desde la experiencia del GDV toda experiencia de cine militante debe sostener el afán de combatir la estructura de funcionamiento de las imágenes industriales como enseñaron las vanguardias en el siglo XX. No sólo recoger los modos de producción de la industria para encontrar otras narrativas, sino también plantear la mirada crítica sobre todas las partes involucradas dentro del negocio del cine. La conformación de un público acostumbrado a las imágenes de la industria necesita ser trasformado en nuevas experiencias que contengan y superen la denuncia revolucionaria. El acceso al cine, como el resto de las experiencias culturales, necesita ser aislado del mero entretenimiento. La práctica de los cineastas y los críticos de cine necesita salirse de la lógica de la industria, siendo capaces de abrir grietas donde puedan existir otros diálogos que no sean funcionales a la estructura de la industria cinematográfica.
  1. Desde la experiencia del GDV toda experiencia de cine militante necesita fortalecer las relaciones entre los cineastas militantes y las organizaciones políticas y sociales. Este esfuerzo de la praxis política es indispensable para que los proyectos cinematográficos puedan, por un lado, tener diagnósticos sobre sus propios modos de producción, y por otro, pensar los modos de recepción, ya que con el paso de las décadas, el acceso y uso de la tecnología audiovisual se extendieron considerablemente. Desde ahí pueden encontrarse nuevas formas de relación arte/política.
  1. Desde la experiencia del GDV, toda experiencia de cine militante precisa explorar un lugar entre las vanguardias políticas y las vanguardias artísticas, entre el cine industrial y los modos de construcción de imágenes del cine político, entre narrativas anquilosadas y formatos de imágenes reproducidos con objetivos comerciales. Para que eso suceda, el único camino parece ser despojarse de su propia condición de vanguardia (ya que construir nuevas imágenes lo coloca de por sí en esa posición), y también construir herramientas superadoras de la narrativa industrial, que sean capaces de desestructurar el modo de recepción de los films dentro de las organizaciones revolucionarias y en el público en general.

Para el cine militante resulta cada vez más imperioso encontrar tácticas de confluencia entre las organizaciones políticas y sociales que le son contemporáneas, buscando nuevas formas de práctica colectiva y nuevas formas para la crítica del arte, y de sus propias realizaciones. De lo contrario, parece estar confinada a las expresiones de vanguardia artística, que la propia industria acepta dentro de su propio campo, o de la vanguardia política, que no puede construir más que imágenes autorreferenciales.

Bibliografía

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Artículos

Presentación del dossier. Sexualidades en el documental contemporáneo: nuevos marcos y transformaciones.
Por Romina Smiraglia y Lucas Martinelli (editor@s). Págs. 1-4

Yo nena, yo princesa: la representación de la niñez trans en la no ficción audiovisual argentina.
por Agostina Invernizzi. Págs. 5-27

Memorias de una revolución excluyente: exilio y sexopolítica en El hombre nuevo de Aldo Garay.
por Ezequiel Lozano. Págs. 28-46

Géneros inoperantes: porno, poder y ciudad en Ideología (2011) y Nova Dubai (2014).
por Lucas Martinelli. Págs. 47-66

Cambios de marco y diversidades sexo-genéricas en el documental argentino: un análisis retórico y enunciativo de La hora de los hornos y Rosa Patria.
por Guillermo Olivera. Págs. 67-94

Cambios de marco y diversidades sexo-genéricas en el documental argentino: un análisis retórico y enunciativo de La hora de los hornos y Rosa Patria

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Guillermo Olivera

Resumen

Este artículo tiene por objetivo explorar las transformaciones en los marcos de inteligibilidad e (ir)reconocimiento (Butler, Žižek) de las diversidades sexo-genéricas en el cine documental argentino tomando dos momentos clave de su historia: finales de los sesenta y el nuevo milenio. Para lo cual, se propone un análisis enunciativo y retórico de La hora de los hornos (1968; 1973) y Rosa Patria (2009). Utilizando herramientas de la semiótica del cine y la teoría del discurso de Laclau, Mouffe y Žižek, se demuestra que estos cambios de marcos pueden leerse como pasaje discursivo de “elemento” a “momento” y como simbolización cinematográfico-reflexiva del acontecimiento traumático de la dislocación que constituye a dichas identidades.

Palabras clave

Cine documental argentino; diversidad sexual y de género; marcos de inteligibilidad y reconocimiento; enunciación cinematográfica; retórica.

Abstract

This article aims to explore the transformations in the frames of intelligibility and (non)recognition (Butler, Žižek) of sexual diversities in Argentine documentary Cinema, by focussing on two key moments of its history: the late 1960s and the 2000s.  An enunciative and rhetorical analysis of La hora de los hornos/The Hour of the Furnaces (1968) y Rosa Patria/Pink Motherland (2009) is thus presented. Drawing upon tools from film semiotics and Laclau, Mouffe and Žižek”s discourse theories, the work demonstrates that these changes of frames can be read as a discursive passage from “element” to “moment”, as well as a cinematic-reflexive symbolization process of dislocation as the traumatic event that is constitutive of those identities.

Keywords

Argentine documentary cinema; gender and sexual diversity; frame analysis; cinematic enunciation; rhetoric.

Resumo

Este artigo tem por objetivo explorar as transformações nos marcos de inteligibilidade e (ir)reconhecimento (Butler, Žižek) das diversidades sexo-genéricas no cinema documentário argentino tomando dois momentos chave de sua história: finais dos anos sessenta e o novo milênio. Para isso, propõe-se uma análise enunciativa e retórica de La hora de los hornos (1968; 1973) e Rosa Patria (2009). Utilizando ferramentas da semiótica do cinema e da teoria do discurso de Laclau, Mouffe e Žižek, demonstra-se que essas mudanças de marcos podem ser lidas como passagem discursiva de “elemento” a “momento” e como simbolização cinematográfico-reflexiva do acontecimento traumático do deslocamento que constitui tais identidades.

Palavras-chave

Cinema documentário argentino; diversidade sexual e de gênero; marcos de inteligibilidade e reconhecimento; enunciação cinematográfica; retórica.

Datos del autor

Guillermo Olivera es semiólogo (Universidad Nacional de Córdoba) y Doctor en Teoría Crítica por la Universidad de Nottingham (Inglaterra). Actualmente se desempeña como Profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Stirling (Escocia). Es autor de Laboratorios de la mediatización (2011, Peter Lang, Oxford), y ha coeditado el volumen Estudios Queer. Semióticas y Políticas de la Sexualidad (La Crujía, Buenos Aires).

Fecha de recepción: 25 de julio de 2016.
Fecha de aprobación: 6 de noviembre de 2016.

 

1. A manera de introducción: Temporalidad, dislocación, discurso

Este artículo tiene por objetivo explorar la dislocación unidimensional como uno de los aspectos fundamentales de dominancia discursiva en el discurso social argentino de las décadas del sesenta y setenta, y cómo aquellos modos de representación de las identidades y sujetos históricos tendían a manifestarse, ellos mismos, en la importante producción documental de aquella época. El propósito no es, sin embargo, negar el extraordinario legado histórico del documental político de entonces, su innegable valor estético y político y el enorme impacto que tales colectivos de producción ejercieron sobre las nuevas generaciones hasta el siglo XXI. Lejos de ello, mi objetivo es, antes que nada, revisitar críticamente cómo un discurso social, históricamente condicionado, fija límites al potencial político de la producción documental de un periodo: la crítica se formulará entonces a nivel del discurso social, y no apuntará, por lo tanto, a los documentalistas en tanto que individuos o colectivos de producción. Tomando a La hora de los hornos (Solanas y Getino, 1968) como ejemplo paradigmático dentro del discurso revolucionario del Tercer Cine, mi trabajo analiza algunos aspectos de la construcción discursiva de cierta temporalidad a-crónica propia de este documental que tendió a sobresimplificar el campo social en un campo ya suturado (Laclau y Mouffe, 1987; Laclau, 1990). Semejante fijación o clausura discursiva no le era, sin embargo, exclusiva; de hecho, formaba parte de un discurso para-táctico mayor: un discurso contra-hegemónico sí, pero dominante en la izquierda de aquel periodo. Dicho discurso dominante dentro de las fuerzas antiimperialistas y anticolonialistas de resistencia contra-hegemónica, no dejaba otro lugar articulatorio para las desigualdades que aquel propio de los antagonismos constituidos exclusivamente a partir de experiencias de dislocación resultantes de diferencias nacionales/regionales, étnicas y de clase. En particular, me concentro en la “irrelevancia” implícitamente asignada a las diferencias de sexualidad y género, lo que condujo a la reproducción, en estos aspectos, del discurso dominante, particularmente en lo que respecta a aquellos sujetos sexo-genéricos subalternos o “subordinados” (Laclau y Mouffe, 1987: 135-136; Laclau y Zac, 1994) por el lugar concreto que se les asignaba en los procesos localizados de lucha por la hegemonía, esto es, no sujetos necesariamente preconstruidos a priori como “oprimidos” (Laclau y Mouffe, 1987: 135), sino “minorizados” en el sentido de Schaffer (2008: 26; 98-99): grupos humanos que son objeto de procesos estructurales, a la vez que sobredeterminantes y pluricausales, de “minoritarización” en el interior de las dinámicas de los procesos hegemónicos. Dentro de los límites impuestos por una representación tan restringida de la historia y del cambio histórico, cualquier sujeto que aludiera a (o señalara) la diferencia sexual o las diversidades sexo-genéricas, resultaba irreconocible –no-reconocido como relevante– o (des)considerado como abyecto. Como tal, se lo inhabilitaba para atravesar el umbral de inteligibilidad y de reconocibilidad (Butler, 2010) necesario para poder convertirse en elemento –y mucho menos en momento de un discurso– especificable en su identidad (Laclau y Mouffe, 1987: 119-131), por fuera de una versión suturada del “sistema” de opresión neo-colonial. Tomaré dos ejemplos de La hora de los hornos como documental paradigmático del periodo, y luego los contrastaré con un análisis de Rosa Patria (Loza, 2009) como ejemplo representativo de aquellos documentales posteriores a la crisis del 2001 que lograron poner en discurso, de un modo critico y cualitativamente transformador, las diversidades sexuales y de género como diferencias articuladas dentro de un diferente estado del discurso social argentino.[1]

El análisis de la historia de estas representaciones documentales pone el foco en un aspecto de la temporalidad: aquel entendido como cambio de marco.[2] Mi hipótesis es que este cambio de marco en la representación documental de las diversidades sexo-genéricas es aquello que permite leer, en la superficie textual de los documentales, el pasaje discursivo de elemento a momento como cesura simbólico-temporal o discontinuidad histórica.

2. Sexualidad y género en La hora de los hornos

El diagnóstico histórico-político postulado por La hora de los hornos fija el antagonismo neocolonial en una oposición a-crónica entre dos identidades como si estuviesen plenamente constituidas –pueblo latino-americano vs “hombre europeo/occidental”– y la plenitud de esta sutura se sostiene en aquello que la oposición cerrada excluye, esto es, su exterior constitutivo (Laclau, 1990): las diferencias de género y sexualidad operan así como sus suplementos discursivos, aquellos elementos o significantes flotantes que hacen posible a la vez que amenazan dicha sutura discursiva. La no identificación o falta de especificación discursiva de dichas diferencias es lo que oblitera otras temporalidades y su reactivación como elementos y momentos de un contra-discurso nuevo.

picture-1El documental ha sido criticado desde un punto de vista feminista y de género por Ciallella (2003: 302-305). Su análisis se concentra en el capítulo 11 (“Los modelos”) de la primera parte, y postula que la mujer aparece representada como mera imagen entrampada en una “guerra gráfica” puesta en escena desde una mirada y perspectiva narrativa sádico-masculina. Reconociendo el valor crítico de dicha lectura, mi análisis de La hora de los hornos tomará otra perspectiva: desde un punto de vista retórico-argumentativo y enunciativo buscaré dar cuenta de la obliteración específicamente cinematográfica de las diversidades sexuales y de género, diversidades que emergieron, de hecho, como identidades disidentes en otros medios y esferas del discurso social de los sesenta y setenta, pero no en el cine de aquel periodo, demostrando que el discurso social no es un todo homogéneo, ya que está constituido por temporalidades divergentes según cada campo o esfera social. Mi análisis se concentrará en dos ejemplos tomados de otros segmentos y partes de La hora de los hornos: el capítulo 10 (“La violencia cultural”) de la primera parte, y una secuencia particularmente relevante de la segunda parte de este tríptico documental (“Acto para la liberación”).

2.1. Entre “La violencia cultural” y “Los modelos”

Gran parte de este capítulo es una larga secuencia en la cual el conocido escritor homosexual Manuel Mujica Láinez es presentado como el ejemplo emblemático de la “colonización pedagógica” y la violencia cultural de la burguesía argentina. Ambientada en el salón Pepsi Cola, toda la escena es presentada enfatizando la superficialidad extrema de la cual Mujica Láinez sería su epítome: música funcional, tono sarcástico de la voz en off (masculina) así como el contenido y tono de la voz del propio escritor: en un relato que reduce la cultura a una heráldica banal de saberes despojados de toda autenticidad, el escritor enumera todos los premios y condecoraciones que recibió.

picture-2Sin desestimar la críticas que se explicitan aquí respecto de la dependencia y neo-colonialismo cultural y el papel que las clases altas y muchos intelectuales han jugado en este proceso, mi análisis apunta al hecho de que el documental haya tomado a un escritor homosexual de entre los cientos de intelectuales “europeizantes” que podrían haberse tomado como ejemplo para este argumento. Un sujeto sexualmente “menor” es tomado como ejemplo emblemático de la mentalidad (neo)colonizada y (neo)colonizante: la representación del (neo)colonialismo como “femenino” en la figura de un escritor no solo homosexual, sino “afectado” y ligeramente afeminado es, así, una operación retórica que tiende a reforzar la perspectiva no solo machista sino heterosexista del filme. Mujica Láinez es nombrado con el mote injurioso de “el rey picapedrero”, y asociado a la figura “traicionera” y europeizante del traductor.

En términos discursivos, la lógica del ejemplo es la lógica del paradigma (Agamben, 2009): singulariza a la vez que ilustra y generaliza por analogía –antes que por inducción o deducción. El ejemplo opera a través de la fuerza retórico-argumentativa del caso (Foucault, 1989, 1996): ese elemento irreductiblemente singular –un escritor-traductor homosexual, afeminado y famoso, un “infame célebre”– pero que paradójicamente constituye a la vez que vuelve inteligible a la clase más general –la intelectualidad perpetradora del (neo)colonialismo y su cultura banal. El argumento que pretende demostrar está, por lo tanto, contingentemente cargado con el orden de la analogía, la primeridad y la abducción establece cadenas analógicas entre singularidad y singularidad.[3] Pero la pretensión generalizante del ejemplo oculta esta operación analógica a la vez que singularizante en la medida en que literaliza o “naturaliza” el atributo en un grupo (intelectual neocolonializado=“femenino”=“pasivo”), y esta sedimentación literalizante oculta su carácter tropológico de figura y su carácter contingente de caso. El grupo de los “intelectuales neocolonizados” estaría así inmanentemente inscripto en el paradigma del escritor-traductor homosexual y afeminado; la élite neocolonial no está entonces “presupuesta” en su homosexualidad –no es lógicamente anterior– sino que es inmanente a la propia enunciación de su caso singular de homosexual (por afectación y afeminamiento).

picture-3En términos de figuras retóricas, el uso de un escritor homosexual como ejemplo de neocolonialismo revela la lógica tropológica homofóbica y sexista que opera en la base del discurso de La hora de los hornos, señalando a su vez el lugar mismo del fracaso de la diferencia postcolonial, étnica y de clase (el “pueblo latinoamericano”), por aquello mismo que excluye –la sexualidad y sus colores– para constituirse como tal: como identidad política con verdadera capacidad (contra)hegemónica. Esto es porque el paradigma/ejemplo, lejos del orden metonímico de las articulaciones (contra)hegemónicas, se acerca más bien a las analogías singularizantes (o sinécdoques particularizantes), y es en este sentido que Agamben (2009: 18)[4] lo vincula a la alegoría (antes que a la metáfora y sus operaciones de transferencia semántica mucho más generalizantes). De allí la gran capacidad (epistémica), propia del paradigma/ejemplo, de volver inteligible una constelación o configuración, en virtud de su gran poder analógico y abductivo que hace posible una “peculiar forma de conocimiento” (Agamben, 2009: 19) (aunque esto lo haga, claro está, mucho más singularizante que la metáfora, basada esta última en una fuerte homogeneización semántica). Pero de allí también, su incapacidad (política) de articular lo particular a lo universal –esto es, su limitado poder articulatorio en el terreno socio-simbólico, y por lo tanto (contra)hegemónico– debido a que, como sabemos, las articulaciones hegemónicas son operaciones “esencialmente metonímica[s]” (Laclau y Mouffe,1987: 163; Laclau, 2001), y no metafóricas ni alegóricas, debido a que “sus efectos surgen siempre a partir de un exceso de sentido resultante de una operación de desplazamiento” [a otros/s contexto/s].

Una última imagen fetichizante de la pluma del escritor en primerísimo primer plano, autografiando su libro a miembros de la burguesía –en su mayoría mujeres, su “coro griego”– como toma-síntesis de “La violencia cultural”, corta directamente al capítulo siguiente (“Los modelos”), que abre con una imagen estática del Partenón. “Los modelos” será luego una secuencia de imágenes artísticas de mujeres, en general desnudas o semidesnudas, producidas por la mirada masculinista del arte europeo –mirada que la cámara de La hora de los hornos refuerza (Ciallella, 2003: 304)– para su consumo (neo)colonizante, sin distancia enunciativo-visual alguna que las enmarque. El montaje visual y la narración verbal establecen estas cadenas analógicas que unen ejemplos paradigmáticos a ejemplos paradigmáticos no a través de una estructura semántica común a fenómenos heterogéneos –que sería el caso de la metáfora– sino a través de la alegorización singularizante que instituye a la vez que ilumina un “nuevo” espacio homogéneo de inteligibilidad: el neocolonialismo como sistema. Si el escritor-traductor homosexual es el paradigma de la colonización pedagógica y las imágenes artísticas de mujeres (desnudas) ilustran con ejemplaridad los “modelos” estéticos-culturales (neo)coloniales, ambos paradigmas vuelven inteligibles, a la vez que constituyen (y no simplemente metaforizan), el sistema mismo de dominación neocolonial en su homogeneidad totalizante. Ninguno de los dos casos “tematizan”, “semantizan” ni “se asemejan” al neocolonialismo: ambos lo son, volviéndolo, al mismo tiempo, particularmente inteligible. Utilizando la terminología de Sextus Pompeius Festus evocada por Agamben (2009: 18) el homosexual Mujica Láinez y su pluma serían su “exemplum”, las bellas mujeres desnudas del arte europeo, su “exemplar”.

picture-4En síntesis, la operación de estos ejemplos paradigmáticos es retórica y enunciativamente compleja: lo que la fuente fílmico-enunciativa o foyer (Metz, 1991) construye es un texto regulado por una lógica del paradigma que torna inseparables –en un mismo enunciado audiovisual– neocolonialismo, homosexualidad y “cuerpo femenino”, tornándolos mutuamente inteligiblessin realmente articularlos como momentos independientes ni interdependientes, en su identidad. De este modo, resulta imposible separar, enunciativamente, su ejemplaridad (neocolonialismo) de su singularidad (homosexualidad, “cuerpo femenino”, intelectualidad traductora).[5]

2.2. “Acto para la liberación”: ¿De quiénes?

En la segunda parte del monumental tríptico documental que nos concierne, mientras la voz en off toma como ejemplo la voz oficial del Partido Comunista argentino de aquel momento, la banda de imágenes muestra una caricatura con muchas escenas simultáneas que representan a un “pueblo licencioso” orquestado por Perón en uniforme de “gran jefe militar”. Se trata una imagen originalmente producida como alegoría del 17 de octubre, a la vez que como sinécdoque del peronismo, pero que se propone, desde la voz en off del texto fílmico que la cita, como paradigma moral –otra vez el exemplum– capaz de “condensar” la interpretación “(neo)colonialista” que tanto la izquierda como la derecha argentinas hacían en 1945 del movimiento liderado por Perón. La enunciación fílmico-documental torna así la sinécdoque comunista injuriosa en exemplum, en verdadero paradigma de la mentalidad neocolonial.

picture-5Si nos detenemos en el contenido de la caricatura, la única mujer de la imagen aparece representada como una prostituta que le está poniendo la mano en el bolsillo a un “malevo”. La representación icónica de esta única imagen de mujer en la caricatura la muestra en la figuración altamente fetichizante y grotesca de la “típica prostituta” dada su escasa vestimenta y maquillaje excesivo: el mini-cuadro, traído al primer plano por una cámara documental que hace propia la mirada-pivote del Perón caricaturizado, recuerda las caricaturas de travestis debido al exceso plástico de su representación. La extrema erotización fetichista tanto de la figura como del movimiento de cámara que la fragmenta en primer plano, pone a la sexualidad por encima del género –su pintura de labios, por ejemplo, los vuelve indistinguibles de una barba. Más que una representación de lo femenino, lo que irrumpe aquí es la Sexualidad misma, su exceso, pero cuya figuración abyecta y monopolizada en la única figura de mujer en el cuadro, la vuelve sexista. Esta es ciertamente una representación misógina y clasista producida por el Partido Comunista de ese periodo, pero también reforzada por el propio documental, cuya enunciación tanto visual como verbal no se distancia de la operación discursiva de la injuria porque no reconoce el elemento injuriante.

picture-6En términos estrictamente analíticos, en aquel discurso no había, para las diversidades sexuales, espacio lógico-tropológico alguno (Laclau, 2014), aunque sí ocupaban un lugar: el topos discusivo del objeto ya sea como fetiche, como elemento insultante antes que como sujeto insultado. Si bien presentes en el discurso como objetos abyectos o fetichizables, la articulabilidad de su diferencia –esto es, su carácter de elementos discursivos– era negada, y por lo tanto deshabilitada y obliterada para cualquier articulación posible como momentos de un discurso contra-hegemónico mayor.

3. Rosa Patria y el documental argentino del nuevo milenio: de la enunciación reflexiva, la operación del marco y sus “pantallas”

Desde el punto de vista del análisis del discurso, las transformaciones operadas en las representaciones documentales de las diversidades sexo-genéricas puede así entenderse como un pasaje de imágenes a “identidades”, o, en términos de Laclau y Mouffe (1987) como pasaje de un elemento no identificable o visible como tal –por el efecto de sedimentación producido por la sutura de un sistema discursivo impermeable a estas diferencias– a momento en los documentales del nuevo milenio. En lo que sigue, propongo leer Rosa Patria (Loza, 2009) como participando –junto con otras producciones documentales independientes del periodo– en el registro de este pasaje, en la historia de las representaciones cinematográficas. Estos documentales mencionados al principio de este artículo (ver el primer pie de nota) dejan leerse como una serie viene a tematizar novedosamente a los sujetos LGBT como sujetos constituidos en una tensión entre su diversidad y su disidencia sexual.[6]

Rosa Patria (Loza, 2009) es un documental biográfico que, a través de la figura de Néstor Perlongher como persona, poeta, antropólogo y activista político de la luchas sexuales, representa la emergencia de los homosexuales, en estrecha alianza con las feministas, en el espacio público argentino en tanto que sujetos identificados tanto como personas sexuales como sujetos políticos articulados a las luchas de la izquierda de los años sesenta y setenta. Tal proceso histórico, que incluye la formación del FLH (Frente de Liberación Homosexual) en 1971, fue un verdadero acontecimiento en la medida en que contribuyó enormemente a inaugurar un largo proceso de cambio de marco para la política. Sin embargo, en el campo de la representación cinematográfica, semejante cambio de marco tuvo que esperar hasta el nuevo milenio para poder registrarse documentalmente como tal.[7] El reconocimiento de los homosexuales como sujetos de la polis –entre inclusión, discriminación y exclusión– es un acontecimiento no simplemente porque haya comenzado a suceder, sino porque implica un cambio de marco interpretativo de inteligibilidad (Žižek, 2014)[8] señalando así una cesura histórica en el orden de la temporalidad. Mi hipótesis de trabajo es que este re-enmarcado o acontecimiento dislocador se textualiza en el documental de Loza como puesta en abismo de la representación. En términos de Žižek (2014: 10-11; 107; 170), este proceso puede leerse como una “estructura de ficción” en el interior mismo del documental que re-enmarca las diversidades sexuales, a la vez que abre un nuevo espacio textual –la ficcionalidad misma de todo texto documental, o la fantasía dentro de la realidad Žižek (2014)– capaz de poner en discurso el acontecimiento traumático de su dislocación, y lograr así simbolizar el antagonismo que lo constituye (Žižek, 1990).

rosa-patria-picture-7Rosa Patria tematiza y problematiza el estatuto de la puesta en escena –esto es, el estatuto mismo de la enunciación, y por lo tanto del lenguaje y de la constitución de colectivos (Verón, 2001: 67-86)– y lo hace a través de procedimientos tanto teatrales como cinematográficos. Resulta entonces pertinente explorar esta dimensión enunciativa, y distinguir en este filme, a partir de Metz (1991), dos tipos de procedimientos (meta)enunciativos. Por un lado, las diversas técnicas de mise en avant o foregrounding [puesta en primer plano, mostración] del artificio técnico de la puesta en escena, tanto en términos teatrales como cinematográficos.  Por otro lado, la puesta en abismo de la enunciación fílmica a través de un procedimiento pivotal y recurrente en este documental: “el cuadro dentro del cuadro” o “marco dentro del marco” (Metz, 1991: 71).

Respecto de la primera operación, ciertamente más general, de “mostrar el dispositivo” de la puesta en escena, recurren en la película instancias de exhibición del proceso de filmación como la introducción de cada entrevistado en el estudio de grabación a través de los carteles indicadores del número de toma, los equipos de iluminación, el personal técnico y demás rituales cinematográficos de la producción de tomas. Estos elementos del backstage que se muestran no reduplican el hecho enunciativo, sino que simplemente representan miméticamente el proceso empírico de producción cinematográfica en el interior del enunciado fílmico: se trata, en efecto, de una incorporación de elementos extradiegéticos que se integran a la diégesis documental. A diferencia de la pantallización en abismo analizada más abajo, su valor dentro de Rosa Patria no es el de un reenvío metadiegético al medio cine y a la ficción, sino más bien el de representar el proceso más general de la puesta en escena, y por eso corresponden al mismo nivel de análisis que la mostración de los escenarios y las instancias de puesta en escena teatral que recurren en la película. Si Metz (1991: 87) los denominaba “la operación dispositivo”, nosotros podemos extender esta designación y hablar de una “operación puesta en escena” que recorre de manera generalizada todo el enunciado fílmico: telones y escenarios teatrales tanto en las entrevistas y en la performance del dúo de cantantes que sirve de leit motif y cierre del filme, además del recitado de su relato de ficción “Evita vive” por parte de su amiga y compañera de militancia María Inés Aldaburu. La puesta en escena de este recitado, por ejemplo, enfatiza su carácter teatral: se realiza en un escenario y se muestra a la intérprete memorizando sus líneas y ensayando. En este primer nivel de análisis, el texto documental representa, en gran parte, los procesos de producción y puesta en escena como parte importante de su contenido, y es esta representación de la puesta en escena la que otorga el contexto general para la operación metaenunciativa fundamental del filme: la operación del marco.

Respecto de esta segunda operación –el marco– este documental está estructurado alrededor de diferentes modos de aquello que Metz (1991) designa redoblamiento de la mediación escópica, en dos sentidos. En primer lugar, se destacan la constante presencia de la pantalla en la pantalla, así como también los sonidos del proceso de proyección de los diferentes segmentos de película, filmados en super 8, que dramatizan la vida de Néstor Perlongher a la manera de “film dentro del film”. Estas “pantallas interiores” o “segundas” son, según Metz (1991: 71-78), procedimientos de literalización de un principio (meta)enunciativo más general: la reduplicación enunciativa del  “marco dentro del marco”. En segundo lugar, también hay instancias en las cuales otros marcos metaenunciativos no fílmicamente literalizados, tales como las fotografías enmarcadas en borde negro o vistas a través de visores; las ventanas; la proyección de diapositivas y fotos sobre la pared de la activista feminista Sara Torres; o los telones y reflectores teatrales que al abrirse, cerrarse o enfocarse dejan ver –enmarcándolas en el interior de la pantalla englobante– diversas performances de la producción literaria de Perlongher.

rosa-patria-picture-8Dada la recurrencia y centralidad del procedimiento, y antes de pasar al análisis de otros marcos, comencemos por el análisis de la pantallización en abismo. Este procedimiento no reenvía al proceso empírico de producción (como en el caso de “la operación dispositivo” analizada más arriba), sino al proceso propiamente semiótico, enunciativo, que está realizando efectivamente el texto, porque se basa en la pantalla. Siguiendo a Metz (1991: 75), la singularidad de la pantalla reside en su estatuto enunciativo-visual: velo y figura, cuadro y cobertura, la pantalla constituye a la vez, aquello que abre y cierra el cuadro, lo que ambivalentemente muestra y esconde, lo que incluye y lo que excluye. La “pantalla en la pantalla” es, en consecuencia, el procedimiento metaenunciativo-visual por excelencia: remite a la operación propiamente fílmico-textual “sobre y en” la cual ocurre la inclusión y exclusión, dentro del campo de lo visible, que el film mismo hace posible, y por lo tanto remite metaenunciativamente a lo (in)visible fílmico, antes que a lo visual o a lo figural. La lectura retórico-política de esta operación propiamente meta-enunciativa visual, es el hecho de poner en escena, en el interior del cuadro y por verdadera reduplicación –se enuncian y perciben dos cuadrosel marco mismo que incluye y excluye, esto es, la operación misma del marco.

Es en este sentido que propongo leer Rosa Patria no simplemente como una representación mimética del marco, sino como una puesta en acto, esencialmente performativa, de la operación misma del marco (Tagg, 2009; Derrida, 1987) respecto de las identidades sexuales: no tanto aquello que se incluye y se excluye –lo visible y lo invisible– sino la puesta en acto de los procesos mismos a través de los cuales dichas exclusiones/inclusiones emergen, y sus condiciones. Así por ejemplo, es significativo que la secuencia inicial de la película de Loza se abra con imágenes enmarcadas o “proyectadas” de la infancia de Néstor Perlongher –y con los sonidos igualmente enmarcantes de un proyector Súper 8– y culmine en la toma de una “pantalla en la pantalla” que sucede a la mirada de Néstor niño, precisamente allí donde éste debería encontrar la mirada de sus padres. Las primeras tomas de Perlongher lo muestran en una escena de juego en su hogar familiar en las que el niño homosexual aparece detrás de las enormes piernas de sus padres –el ángulo de la toma en picado sugiere un punto de vista superior, adulto, quizás el de sus padres. Desde el principio, el niño homosexual aparece así como ya (fílmicamente) “enmarcado”, pero la escena culmina en una secuencia interrumpida de planos que funciona como punto de fuga hacia otro marco. Los planos de estas tomas iniciales, en la misma medida en que abren cada vez más el campo escópico desde el primer plano al plano medio, contextualizan el rostro y las manos del niño dentro del hogar familiar a través de la aparición en campo de las piernas de sus padres. Pero la toma en picado del niño mirando hacia arriba desde el suelo, no tendrá el contraplano esperado de la imagen de sus padres, sino que la sutura será interrumpida y la ausencia del contracampo suturante será reemplazada, por corte directo, por la toma metaenunciativa de una pantalla interior aún vacía, pero extremadamente luminosa y fuente de luz, seguida, a su vez, por la primera entrevista en el estudio de filmación, esta vez “en grado cero de pantalla”, es decir sin pantalla segunda, como ocurrirá con todas las demás entrevistas y escenas filmadas en estudio. La pantalla luminosa efectúa, así, el primer tránsito del relato metadiegético al diegético, un tránsito entre niveles narrativos que recurrirá con frecuencia en el filme, precisamente a través del pivote de la “pantalla en la pantalla”. Su figuración como apertura y luz recurrirá también a lo largo del documental con una función, como veremos, clave: la transición entre mundos (o entre espacios diegéticos y metadiegéticos).

Si para Metz (1991: 75) la pantalla es “el lugar del filme, su emplazamiento, el sitio donde éste adviene”, entonces, su materialización literal, espacial, en una pantalla segunda –el cine, la foto-diapositiva y el video en tanto que Pantalla o “campo de visibilidad” (Schaffer, 2008: 113)–[9] funciona textual y visualmente en Rosa Patria de manera análoga a los significantes vacíos en el discurso político (Laclau, 1996: 69-86): abren el umbral de lo nuevo, un umbral de transformación, de proyección fictivo-creativa y politización identitaria que se materializa en el espacio de la “pantalla interior” como la visibilización de una “brecha” [gap] (Laclau, 1994; Laclau y Zac, 1994) o “hiato” (Laclau, 1996: 86), antes invisible, que reenvía a nuevas identificaciones y procesos de subjetivación política entonces solo incipientes, pero emergentes. Corresponden al orden de la primeridad en tanto que “advenimiento”, emergencia y acontecimiento en Peirce (Sini, 1985: 51-52). Es así que la fuerza performativa del marco representado –Metz (1991: 73) lo describe como una reduplicación “en acto”– va más allá de la mostración mimética del dispositivo cinematográfico –pegada aún al orden (metafísico) de la representación, de lo dicho (Angus, 2000) o visualmente “contenido” en la imagen– y deja leerse, desde el punto de vista de la Retórica, como procedimiento “poético”[10] y no sólo mimético-enunciativo, en el sentido que inaugura un nuevo “lugar del decir” (Angus, 2000: 92-128). Como procedimiento retórico-performativo entonces, la “acción poético-visiva” de la reduplicación de la pantalla realiza a la vez que metaforiza el pasaje de elemento a momento.  Este pasaje sólo es posible a partir del elemento “fictivo” (Foucault, 1995) o metadiegético (Genette, 1972) puesto en acto por esa pantalla interior que abre el espacio de la vida de Perlongher como ficción biográfica. Esa ficción creadora o transformadora que define a lo político, metaforiza, en fin, la dislocación como temporalidad irreductible de las identidades en su momento imaginario e instituyente de lo social –esto es, lo poético en y de lo político– y en este último sentido, en su momento propiamente “político” (Laclau, 1994, Laclau y Mouffe, 1987: 105-166). Esto es así si acordamos con Laclau (1990) que la dislocación es la forma misma de la temporalidad, reenviando a esas cesuras o discontinuidades discursivas (Foucault, 1980: 43-48) que están en la base de toda transformación histórica.

rp-picture-9Esta lectura en clave ficcional de lo político nos conduce al análisis narratológico. Las pantallas interiores –generalmente iluminadas y fuentes de luz– actúan, desde el punto de vista narrativo, como operadores de transición (meta)diegética: marcando el pasaje entre los dos niveles narrativos del relato documental –el diegético y el metadiegético– lo hacen también de alguna manera posible. Estas pantallas interiores operan, a su vez, como catalizadores de transgresiones metalépticas (Genette, 1972), en la medida en que introducen “fronteras móviles” y pasajes entre ambos niveles del relato, a través de sus intervenciones a nivel discursivo y de las interacciones entre distintos niveles narrativos que estas pantallas hacen posibles.

La técnica más recurrente es el uso de pantallas iluminadas y sonidos de proyectores cinematográficos que, vacíos de todo contenido particular, no reenvían a nada más que la propia proyección cinematográfica y al propio acto de enunciación sonora y “lectura acústica” del texto: estos son los operadores metaenunciativos fundamentales que efectúan los pasajes entre estos dos espacios o niveles narrativos (el diegético y el metadiegético). Los ejemplos más ilustrativos de pantallas luminosas tomados de mi análisis son aquellas que introducen dos secuencias metadiegéticas fundamentales, ambas enmarcadas dentro de una pantalla interior: el relato de la historia política de Perlongher (1968-1971) incluyendo su militancia en el FLH, y aquella que narra su vida laboral y erótico-sexual (1972). Introducidas cada una de ellas por sendos compañeros de militancia entrevistados en estudio, el valor transicional de la pantalla luminosa es el pasaje a otros espacios y mundos narrativos: del espacio cerrado, personal y casi familiar del estudio de filmación al espacio público de la ciudad; del mundo narrativo del presente diegético (2009) al mundo narrativo del pasado metadiegético (años setenta). Lo que introducen todas estas pantallas segundas es un pasaje a un registro enunciativo otro: de la enunciación comentativa a la reflexiva (Metz, 1991) en la medida en que enmarcan la historia –personal y social– como reflexivamente construida y proyectada por el propio texto fílmico, entre el presente y el pasado, entre lo personal de los testimonios y lo colectivo de los archivos. Así, las escenas reconstruidas y mostradas por la enunciación reflexiva son todas tan intensamente públicas y políticas: su militancia en el FLH en la primera secuencia; su vida laboral en una revista “femenina” como Para Ti, y las escenas de encuentros eróticos en baños públicos –las populares “teteras”– en la segunda. Para sintetizar, las pantallas interiores no solo marcan el orden metadiegético de la política y de la ficción, sino las transiciones entre estos mundos o niveles, con sus consiguientes “contaminaciones” metalépticas: al final de la primera de estas secuencias metadiegéticas se realiza una transición metaléptica a través de una superposición de las tomas recreadas en Súper 8 de las manifestaciones del FLH con la imagen contemporánea del compañero de militancia en el estudio de filmación (nivel diegético) dando su testimonio de participante de la historia mostrada metadiegéticamente. De manera análoga, aquello que introduce la segunda secuencia metadiegética es la “pantalla de la memoria” con fotos y diapositivas proyectadas sobre la pared de Sara Torres: las pantallas segundas aquí son puentes metalépticos que historizan tanto el presente heredado por sus compañeros como la biografía política del protagonista (su pasado), es decir efectúan el tránsito entre pasado y presente.

Esta función de pasajes y “fronteras móviles” entre niveles narrativos (Genette, 1972: 245) es también efectuada por otros marcos que, como indicamos antes, reduplican también, al igual que las pantallas, la mediación escópica. Los telones y los escenarios teatrales, por ejemplo, se (re)introducen recurrentemente como enmarcando promesas de pasaje a otros mundos (públicos, artísticos, políticos). Por ejemplo, resulta significativo que la secuencia en la cual la voz en off recita su conocido poema introducido con la frase de Lezama Lima “deseoso es aquel que huye de su madre”, esté editada con una performance coreográfica fuertemente erótica que exhibe la belleza y el movimiento de un cuerpo masculino joven. Dicha danza –y su energía libidinal como foco– es enmarcada por las cortinas y el escenario teatral e inmediatamente sucedida por la puesta en escena vacía, pero dentro del cuadro de la pantalla segunda, del dispositivo cinematográfico de filmación y el sonido del proyector: la mostración del dispositivo y la pantallizacion en abismo son aquí simultáneas. Estas culminan en la entrevista filmada con Rodolfo Fogwill, cuya profesión creativa y pública de escritor resulta objeto de discusión como parte del backstage mostrado y dentro del marco interior de la pantalla segunda, “metadiegetica”. En la entrevista, Fogwill es presentado por el cartel de la toma, y luego de una negociación con el técnico de producción, como “escritor” en claro paralelo con Perlongher, y luego la entrevista se desarrolla en “pantalla grado cero”. En un contexto histórico-cultural que el psicoanalista Germán García había definido como de “terrorismo político” y “perversión sexual” –calificaciones que el propio Perlongher (1997: 132) hace suyas– la cita de Lezama Lima introduce elocuentemente el deseo como momento fuertemente político capaz de generar estos pasajes metalépticos, ligado a un cuerpo erotizado enmarcado por el escenario teatral y a la voz de un escritor introducido por el marco de la “pantalla en la pantalla” y dentro de una escena que muestra su propio dispositivo de filmación e iluminación como ya enmarcados por una pantalla. ¿Cómo entender estas transgresiones metalépticas como condiciones de la irrupción del deseo dentro del texto fílmico? El  contexto cultural argentino ofrece buenas pistas para comprender la subversión que representan estos pasajes: ya en 1971, con un lacanismo apenas incipiente en el campo psicoanalítico argentino (cf. García, 1980: 107-117), son las condiciones locales dadas por la hegemonía kleiniana (Vezzetti, 1996: 12) aquello que conduce insólitamente, a un deleuziano revolucionario como Néstor Perlongher (1997: 132), a reivindicar el advenimiento de un Lacan “de combate”, que restituye de alguna manera el deseo, contra el tan conocido como asfixiante “pantano” kleiniano.[11]

4. Conclusiones

¿Cómo sintetizar e interpretar este recorrido analítico que pretende comprender el salto o cesura fundamental en los modos de representación documental de las diversidades sexuales por el cine argentino? ¿Qué ocurrió en el orden de la enunciación y de la figuración fílmico-documental entre décadas del 60-70 y el nuevo milenio?

Empecemos por recordar que el abismo que separa La hora de los hornos de Rosa Patria puede leerse en la aparición (reflexiva) de la pantalla cinematográfica que viene a reconocer en las diferencias sexuales y de género un marco (Butler, 2010). Esta visibilidad del marco señala historicidad como ruptura y discontinuidad, como huella del orden del acontecimiento en la medida en que abre un espacio de “ficción” en el interior mismo del documental, y como condición de éste. Se trata no de cualquier espacio metadiegético, sino de un espacio muy singular, metaenunciativo, ya que es la condición del enunciado fílmico-documental: el espacio simbólico del “fictio iuris”[12] –o “transposición metafórica” (Laclau y Mouffe, 1987: 140)– propia de la representación política, el umbral que permite entrar un sujeto tanto a la polis como al orden simbólico.

La pantalla cinematográfica estaría así volviendo opaco a la vez que visible este momento de transposición metafórica, el carácter fictivo de toda identidad, la operación construida de su marco. De este modo se “desliteralizan” los homosexuales: del polo de la “pura presencia” –el puro elemento inarticulado, el puro atributo ya sea fetichizable, ya sea, abyecto, objetivable en insultos usualmente dirigidos a otros sujetos– emergen en el terreno de la visibilidad como “representación”[13], es decir, como sujetos a la vez que como momentos articulables a un discurso. Es en este sentido que propongo leer la figurativizacion icónica del marco como pantalla reduplicada: al poner en primer plano el ficcionar o “ficcionalizar” (Dimitrova et al, 2012: 22-23),[14] ésta se convierte en superficie de inscripción de un site o lugar nuevo del decir –lo poético en Angus (2000: 125-126)– capaz de dar lugar a un nuevo sujeto de la representación pública, política. El ficcionar/ficcionalizar del cine –no en el sentido de “dramatización” literaria o espectacularización teatral, sino en su sentido más radicalmente material que le había otorgado el segundo Metz (1982 [1977]) en su etapa lacaniana– es así un momento fuertemente “proto-político” (Dimitrova et al, 2012: 22). Es decir, la política como poética: “the site” de la política se traduce como “le site” del cine en el documental de Loza. Como en uno de los testimonios relatados en Rosa Patria donde los homosexuales del FLH despliegan su estrategia colectiva de irrumpir con abanicos en la escena pública universitaria, la irrupción “teatralizada” o (en)marcada de los homosexuales en el espacio público es aquello que subvierte el carácter aparentemente “necesario” y “transparente” de la identificación dominante “pueblo=hombre heterosexual”, fundidos y fijados en una “identidad única” –los “descamisados” y más tarde, “los soldados de Perón”– y pone en primer plano su ficcionalidad y retoricidad, la radical no-literalidad de toda identidad.

Dicho de otro modo: aquello del peronismo que a Perlongher le fascinaba –su exceso erótico y deseante, su carácter de acontecimiento en la historia argentina, es decir, su marco que expone siempre la fantasía del deseo y lo Real (Žižek, 2014) y no su innegable dimensión machista, militar y corporativa representada por la mirada caricaturizada de Perón que la cámara de La hora de los hornos hizo propia– es ese elemento de ficción metadiegética que representa aquí el cambio de marco: una apertura de lo simbólico por aquello que la nueva percepción que la exposición de lo real logró imponer.

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Films citados

La hora de los hornos (Fernando Ezequiel Solanas y Octavio Getino, 1973) [1966-1968]

Adiós Roberto (Enrique Dawi, 1985)

Otra historia de amor (Américo Ortiz de Zárate, 1986).

La Raulito golpes bajos (Emiliano Serra, 2009)

Lesbianas de Buenos Aires (Santiago García, 2004) [2002]

Putos peronistas, cumbia del sentimiento (Rodolfo Cesatti, 2012) [2011]

Rosa Patria (Santiago Loza, 2009) [2008].

Notas

[1] Rosa Patria (Loza, 2009), uno de los objetos de análisis en este artículo, es un texto fundamental dentro de mi objeto de estudio: un conjunto de documentales que he constituido en corpus según mi hipótesis de trabajo para esta investigación. Los otros textos documentales son Putos peronistas, cumbia del sentimiento (Cesatti, 2012), Lesbianas de Buenos Aires (García, 2004), y La Raulito golpes bajos (Serra, 2009). Mi criterio para la constitución del corpus es que todos ellos efectúan, de maneras diversas, esta operación de articulación discursiva de las diversidades sexuales y de género a través de un cambio de marco necesariamente atravesado –aunque de ninguna manera resuelto– por los problemas de la identidad y la visibilidad.

[2] A pesar de los posibles riesgos de anfibologías, he optado por mantener la doble significación del término “marco” debido a su productividad tanto heurística como interpretativa en la medida en que el término permite conectar, a través de una figura, dos dimensiones inextricablemente unidas de un concepto muy usado pero aún en construcción: conectando, a través de una lógica tropológica (Laclau, 2001; 2014),  análisis retórico con teoría de la imagen visual, el marco es entendido aquí como marco interpretativo o “marco de referencia” [frame], así como también en su sentido literal de cuadro y límite material, espacial, de aquello que la imagen cinematográfica muestra (y de lo que  no deja ver).

[3] Uso los conceptos de “primeridad” y “abducción” en el sentido lógico-semiótico que les ha otorgado Charles Sanders Peirce (1958). Según este autor, la primeridad se refiere al ser tal cual es, independientemente de cualquier otra cosa o determinación: se trata del “cuál” del ser, su cualidad estrictamente potencial, por oposición a toda substancia (real o imaginaria), sea ésta un objeto o un sujeto. La primeridad, dentro de la semiótica triádica peirceana –que contempla también una secundidad y una terceridad– tiene que ver así con la apariencia, la faneroscopía (fenomenología peirceana) y la virtualidad, esto es, la mera cualidad en tanto que fundamento posible o “ground” de un ser anterior a su realización actual (Peirce, 1958). Previa a la constitución de toda substancia-sujeto o del objeto, la primeridad, como bien lo plantea Sini (1985: 51-52), apunta a su “mera posibilidad lógica”, a sus condiciones mismas de emergencia, a su “ad-venimiento” o a su acontecimiento (antes que a un “hecho” o “acaecimiento” real o efectivo, ya que estos últimos son procesos de secundidad). En Lógica, la primeridad corresponde al plano de los términos (Sini, 1985), y desde el punto de vista lingüístico, se expresa en los atributos cuya primeridad se pone de manifiesto en la relaciones de predicación y atribución que hacen emerger objetos y sujetos en relación con cualidades que funcionan como su fundamento (primario) o ground.

La abducción, por su parte, es uno de los tres tipos de razonamiento dentro de la Lógica triádica peirceana que se caracteriza por hipotetizar un conocimiento de lo particular a partir de otra cognición particular, es decir, no a través de cadenas lógicas de certeza deductiva, sino a partir de “intuiciones” racionales y/o sensoriales, o sea, de interpretaciones de ciertos indicios de la realidad perceptibles como significativos por la intuición del sujeto cognoscente. Lejos de la certeza garantizada por los razonamientos deductivos (que establecen cadenas lógicas necesarias de lo general/universal a lo particular, o en términos de la Retórica, del todo a la parte), y lejos también del conocimiento positivo proporcionado por los razonamientos inductivos que reducen la contrastación empírica a la mera verificación (es decir, van de los casos particulares, por sumatoria, a la ley general/universal, o de la parte al todo en Retórica), los razonamientos abductivos –a los cuales Peirce denomina también “inferencias hipotéticas” (Peirce 1983: 146; 144-150)– siguen una “lógica” analógica, esto es, van de lo particular a lo particular. El fundador de la semiótica moderna desarrolla y reelabora críticamente estos tres conceptos lógicos que estaban esbozados en Aristóteles, inscribiéndolos en su propio marco teórico, dándole a la abducción una importancia crucial –y en esto se diferencia del deductivista Aristóteles– por su potencial de creatividad en la ciencia y el conocimiento, tanto en el orden de lo inteligible como de lo perceptible. En un sentido más general, y a partir de su aplicación a una Retórica lógico-tropológica, la abducción cumple un rol central en la emergencia de lo nuevo en el mundo cotidiano, dada su presencia generalizada en el lenguaje y el orden de la percepción. La abducción tiene, por cierto –para aquellos epistemólogos que proclaman el modelo hipotético-deductivo y sus derivados probabilísticos como únicos modelos adecuados de establecer tanto explicaciones causales como predicciones– el estatuto lógicamente “débil” de la conjetura, pues esta última corresponde al nivel más primario e intuitivo, menos lógicamente fundado, dentro de los procesos de inferir e hipotetizar, ya que se basa en la interpretación y en la percepción –esto es, en la lógica misma del sentido– antes que en la subsunción o necesidad lógico-formal. Sin embargo, la abducción peirceana es fundamental en el contexto de descubrimento e invención tanto de las leyes científicas como de las teorías generales, mientras que no tiene prácticamente valor alguno en su contexto de verificación (donde la inducción juega un papel central).

En el terreno de la Lógica y la clasificación peirceana de los tipos de razonamiento, la primeridad juega un papel central en la abducción, a diferencia de los otros dos tipos de razonamientos (deducción e inducción). En efecto, la abducción va mas allá del círculo binario, “cerrado”, entre lo universal y lo particular (o el todo y la parte en Retórica), siendo efectivamente capaz de generar un conocimiento singular a partir de una percepción o conocimiento primario particular (intuitivo, indicial y “ambiental”, ya sea sensorial o racional). Es decir que la abducción une analógicamente unas premisas particulares (un “resultado” y una “regla” conjetural ad hoc) a una conclusión (el “caso” singular) en base a cualidades primarias o atributos (no sustancias o sujetos): “a process by which a confused concatenation of predicates is brought into order” (Peirce 1983: 145). Proceso consistente fundamentalmente en  una ordenación sintáctica de atributos, predicados o cualidades (primeridad), el proceso abductivo ha sido caracterizado como un paradigma indicial (Eco, 1988) de conocimiento, y en el contexto que nos ocupa (la Retórica), un verdadero modelo de argumentación y figuración a través de cadenas analógicas que unen cualidades (no substancia-sujetos), muchas veces implícitas o presupuestas (como en el caso que  nos ocupa: la cadena de atributos que establece nexos lógico-analógicos entre neocolonial/ (neo)colonizado=homosexual =pasivo=femenino).

[4] En las propias palabras de Agamben (2009: 18; los enfatizados son míos): “[…] Paradigms obey not to the logic of the metaphorical transfer of meaning but the analogical logic of the example. Here we are not dealing with a signifier that is extended to designate heterogeneous phenomena by virtue of the same semantic structure; more akin to allegory than to metaphor, the paradigm is a singular case that is isolated from its context only insofar as, by exhibiting its own singularity, it makes intelligible a new ensemble, whose homogeneity, it itself constitutes. That is to say, to give an example is a complex act which supposes that the term functioning as a paradigm is deactivated from its normal use, not in order to be moved to another context but, on the contrary, to present the canon –the rule– of that use, which cannot be shown in another way.”

[5] Como lo ha señalado Agamben (2009: 31; mis enfatizados): “The paradigmatic case becomes such by suspending and, at the same time, exposing its belonging to the group, so that it is never possible to separate its exemplarity from its singularity”.

[6] Según el rol adjudicado por cada documental a la necesidad y/o al deseo, respectivamente, en la constitución de estos sujetos (políticos).

[7] Como sabemos, en el campo del cine de ficción, este registro del cambio de marco había comenzado mucho antes, ya en la primera post-dictadura con filmes como Adiós Roberto (Dawi, 1985) y Otra historia de amor (Ortiz de Zárate, 1986).

[8] Según Žižek (2014: 10), el acontecimiento no es otra cosa sino el propio cambio de marco: “[…] en su estatuto más simple y elemental, el acontecimiento [event] no es algo que ocurra en el mundo, sino que es un cambio en el marco mismo a través del cual percibimos el mundo y nos comprometemos en él. Tal marco puede a veces presentarse directamente como una ficción.” [mi traducción]

[9] Para una conceptualización de la “invención de la pantalla” como “espacio abstracto, recortado arbitrariamente en la apariencia de lo real”, ver Christin, 2001 en Verón, 2013: 147-148.

[10] Procedimiento “poético” en el sentido otorgado a este término por Ian Angus (2001: 23) en su conceptualización de la comunicación desde el punto de vista retórico: lo poético designa, desde la Retórica, la “institución de una sociedad” (o de un colectivo) o de una época histórica mediante la “construcción de un lugar de discurso”, lugar que Angus identifica con “la escena primaria de la comunicación” y que desde el punto de vista socio-semiótico podría entenderse como la emergencia de una  nueva posición (colectiva) de enunciación (Verón, 2013: 421-432), de un nuevo sujeto político (Laclau, 1994; Laclau y Zac, 1994).

[11] Recordemos el contexto psicoanalítico argentino de la larga década de los sesenta y principios de los setenta y la poderosísima dominancia de las teorías, debates intelectuales y prácticas terapéuticas kleinianas (García, 1980: 58), dentro del proceso de modernización de la sociedad que arranca desde por lo menos principios de los años cincuenta, o fines de los 40, en el cual el psicoanálisis kleiniano –como paradigma de  la así llamada “escuela inglesa”– se introducía, contemporáneamente al psicoanálisis norteamericano –más mechado por la psicología y promulgado por otros– como la propuesta adaptativa más “modernizadora”, capaz de superar al propio freudismo que les había precedido desde las primeras décadas del siglo en la Argentina (García, 1980: 56-60; 44-47). Un freudismo que había sido hegemónico incluso a nivel de divulgación popular, escolar y educacional (Vezzetti, 1996: 183-244), a partir de la constitución de un público lector que había emergido desde 1910 a escala de la “sociedad de masas”, llega a ser desplazado por la “escuela inglesa” desde las instituciones terapéutico-profesionales (como la APA) a partir los años 40, y con esto, el vínculo materno y la pulsión de muerte pasan a desplazar al parricidio edípico y al deseo en sentido freudiano. (Sobre este pasaje del freudismo al kleinismo a partir de mediados de los años 40, ver también Vezzetti, 1996: 258 y ss.; 284-286).

[12] Esta fictio iuris debe entenderse no sólo como ficción jurídica, sino también y por extensión, ficción política, en la medida en que su significación es también la de creación, hipótesis. De allí que Laclau y Mouffe la entiendan como aquella transposición metafórica que define el lugar de la representación política: el umbral tropológico que un sujeto debe atravesar para convertirse en sujeto político, de la polis. “[….] esta forma de presencia a través de la transposición metafórica es lo que trata de pensar la fictio iuris de la representación.” (Laclau y Mouffe, 1987: 140).

[13] Lejos de toda noción metafísica de representación como adequaetio, o como Vorstellung, nociones definidas dentro del binarismo transparencia/ilusión –oposición siempre deudora de un esencialismo del sujeto o del objeto– tomo aquí “representación” desde el punto de vista específico que se ha desarrollado desde el análisis del discurso político (cf. Laclau y Mouffe, 1987: 132-141; Laclau , 1996: 149-182; 2005: 157-171)

[14] Dimitrova, Egermann, Holert, Kastner y Schaffer (2012: 22-23) han conceptualizado este trabajo de “ficcionalización” propio del cine (a diferencia del teatro) como un proceso de “regulación proto-política [específica] de la experiencia del cine” (22; mi traducción) a partir de su propia reelaboración colectiva del concepto de “régimen escópico” (cinematográfico) procedente de Christian Metz y Martin Jay. Me interesa destacar aquí que es el trabajo de ficcionalización propia de la materia significante audiovisual-cinética (generada por la ausencia del objeto semiósico inmediato que ellos llaman “referente”) donde estos autores leen un proceso “proto-político” cuya significación es “cibernética y político-jurídica” antes que simplemente semiótica.

Sexualidades en el documental contemporáneo: nuevos marcos y transformaciones

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Romina Smiraglia y Lucas Martinelli

La relación entre política y representación expresa, en principio, los dos sentidos de representación. Por un lado, la representación como delegación de una voluntad -delegación de una voz, de un lugar- en alguien que deberá hablar y actuar en nombre de los representados. Por el otro, la representación en su sentido estético, es decir, como construcción discursiva y/o ficcional, que da lugar a una serie de intervenciones simultáneas dentro de un estado particular de la cultura, con representaciones que pueden entrar en diálogo o en confrontación con las producidas en otros campos.

Ana Amado, La imagen justa.

El campo de las sexualidades atraviesa un momento álgido de interés y su protagonismo en el cine documental es evidente. Las representaciones establecen un diálogo con los modos epocales de concebir los géneros, los cuerpos y sus deseos. El conflicto entre distintas representaciones de las sexualidades en los últimos años habilita a pensar que ingresaron a escena nuevas concepciones sobre las identidades -más blandas, fluidas y plásticas- que se contraponen a miradas estereotipadas y caducas.

En razón de una lucha constante de movimientos sociales, se modificaron las legislaciones de diferentes países de los continentes americano y europeo que trazan un antes y un después en los derechos de la ciudadanía. Y en aquellos países en que aún no se ha logrado un avance en esta materia, el debate en torno a la ampliación de derechos es inevitable y necesario. En este paisaje de tensiones ideológicas, los documentales invitan a recorrer diversos modos de vivir las sexualidades y los géneros. Los sujetos en cuestión cambian su relación con el espacio público y producen fisuras en el imaginario socio-sexual; un proceso que, captado por las miradas documentales, señala la apertura de un nuevo régimen de sensibilidad. Los relatos permiten descubrir trayectorias individuales y colectivas, muchas veces silenciadas, de minorías históricamente relegadas.

Una gran cantidad de producciones documentales sobre las sexualidades disidentes surge como intento de comprender y brindar herramientas para reconstruir los lazos perdidos con aquellas comunidades olvidadas, invisibilizadas y castigadas por formas productivas de violencia sobre los cuerpos: el patriarcado y la heteronorma. Más allá del giro reivindicativo de producciones interesadas en contenidos que sean de temática no-sexista, o que aborden la violencia de género o sobre las comunidades LGBTIQ, también existen producciones interesadas en procedimientos que -al interrogar los modos en los que el lenguaje cinematográfico produce miradas sobre los cuerpos y sus sexualidades- dislocan los lugares comunes de enunciación documental y convocan maneras disruptivas de provocar saltos entre las imágenes y sus encuadres.

Con mucho placer, invitamos a recorrer el dossier y encontrar distintos enfoques que, con el afán de teorizar sobre el cine documental, se hacen cargo de la relación existente entre los modos de documentar y sus implicancias sexuales.

El primer artículo “Yo nena, yo princesa: la representación de la niñez trans en la no ficción audiovisual argentina” de Agostina Invernizzi, diseña la necesidad de una reflexión sobre las representaciones de la niñez trans en los discursos audiovisuales en Argentina, a través de un examen comparativo entre el documental Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) y un conjunto de informes televisivos.

Por otro lado, Ezequiel Lozano con “Memorias de una revolución excluyente: exilio y sexopolítica en El hombre nuevo de Aldo Garay” parte del documental El hombre nuevo (Aldo Garay, 2015), desde un interés sobre la política sexual y el concepto de exilio, para trazar en paralelo una cartografía de documentales que visibilizan las voces de los sectores subalternos en vínculo con la disidencia sexual.

El artículo “Géneros inoperantes: porno, poder y ciudad en Ideología (2011) y Nova Dubai (2014)” de Lucas Martinelli, compara dos audiovisuales contemporáneos, uno chileno y otro brasileño, para reflexionar sobre los modos en los que el género cinematográfico y el género sexual pueden imbricarse para producir roces que al mismo tiempo ponen en cuestión los códigos y las normas de ambos.

Por último, Guillermo Olivera en “Cambios de marco y diversidades sexo-genéricas en el documental argentino: un análisis retórico y enunciativo de La hora de los hornos y Rosa patria” propone la construcción de dos grandes momentos en los modos de exposición y visibilidad de las sexualidades, a partir del análisis de dos documentales representativos de esas etapas.

Además incluimos en este número una entrevista con Aldo Garay en la que se brindan claves de lectura para su producción cinematográfica y reflexiona, entre otros aspectos, en relación a sus primeros acercamientos al cine, el desarrollo de la puesta en escena, el sistema de subsidios, sus premisas para filmar y comparte algunas escenas del detrás de cámara de la realización de sus documentales.

El corpus de películas del dossier responde a producciones del cono sur de América Latina como efecto no buscado de la convocatoria; no por ello, se puede considerar este resultado menos deseable, ya que permite la inauguración de un terreno posible sobre el cual es necesario indagar a través de futuras investigaciones y acercamientos. Al mismo tiempo, convoca la necesidad de sistematización de un planteo más global de la situación.

Abrimos un dossier y estamos lejos de considerarlo cerrado, dejamos abiertas las puertas a quienes lean la revista y deseen sumar sus aportes a un tema que se esboza; su desarrollo puede continuar en números siguientes. No pretendemos agotar los problemas en relación a este campo vasto, sino ser una puntada inicial para la construcción de un tejido polifónico que aúne las problemáticas contemporáneas vinculadas a las sexualidades y el documental.

Yo nena, yo princesa: la representación de la niñez trans en la no ficción audiovisual argentina

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Agostina Invernizzi

Resumen*

El artículo tiene como objetivo abordar la representación de la niñez trans en los discursos audiovisuales de no ficción en la Argentina. A partir de la articulación de una perspectiva de género y de las herramientas de la teoría del cine documental se analiza la historia de Gabriela Mansilla y su hija Luana, la primera niña en obtener un DNI de acuerdo con su identidad de género autopercibida posteriormente a la promulgación de la Ley de Identidad de Género (2012). Este ensayo realiza un examen comparativo entre el film documental Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) y un conjunto de informes televisivos de la Televisión Pública y CNN.

Palabras clave

Yo nena, yo princesa; Gabriela Mansilla; Luana; audiovisual de no ficción; Argentina

Abstract

The essay aims to address the representation of trans children in nonfiction audiovisual discourses in Argentina. Based on gender studies perspective and theory of documentary film this article analyze the story of Gabriela Mansilla and her daughter Luana, the first child to get a Nacional ID according to her self-perceived gender identity after the enactment of the Gender Identity Law (2012). This paper makes a comparative study between documentary film Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) and a group of television reports of the Argentina Public Television and CNN.

Keywords

Yo nena, yo princesa; Gabriela Mansilla; Luana; nonfiction audiovisual; Argentina

Resumo

Este artigo tem como objetivo abordar a representação da infância trans nos discursos audiovisuais de não ficção na Argentina. A partir da articulação de uma perspectiva de gênero e das ferramentas da teoria do cinema documentário, analisa-se a história de Gabriela Mansilla e de sua filha Luana, a primeira criança a obter um documento de acordo com sua identidade de gênero autopercebida posteriormente à promulgação da Lei de Identidade de Gênero (2012). Este ensaio realiza um exame comparativo entre o filme documental Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) e um conjunto de reportagens televisivas da Televisión Pública e da CNN.

 Palavras-chave

Yo nena, yo princesa; Gabriela Mansilla; Luana; audiovisual de não ficção; Argentina.

Datos de la autora

Agostina Invernizzi es estudiante avanzada de la carrera de Artes Combinadas (FFyL, UBA). Se especializa en estudios de género, cine y audiovisual. Se desempaña como investigadora del Instituto de Artes del Espectáculo (FFyL). Es parte de la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual, integra la comisión de Géneros y Sexualidades y el comité de redacción de la Revista Imagofagia. Es asesora de la comisión de Mujer, infancia, adolescencia y juventud de la Legislatura Porteña. Es becaria del Consejo Interuniversitario Nacional.

Fecha de recepción: 4 de octubre de 2016.
Fecha de aprobación: 5 de noviembre de 2016.

 

Luana y Gabriela Mansilla: el impacto de una Ley y el quiebre de la norma

El objetivo de este artículo es indagar los modos de escritura del yo como herramientas principales para la figuración de identidades trans en la niñez[1] en el documental Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) a través del cual Gabriela Mansilla cuenta la historia de su hija Lulú, la primera nena trans de seis años que recibió en octubre de 2013 su nuevo DNI acorde con su identidad de género autopercibida.

Asimismo nos proponemos analizar la manera en la que este discurso irrumpió en el espacio público-mediático y el modo en el cual la lucha de Gabriela y Lulú se multiplicó y convirtió en eco de las voces de otrxs niñxs trans, considerando que la primera en la actualidad es una referente de activismo por estas infancias. Abordaremos la transmedialización de su figura a partir del análisis de ciertos programas televisivos de no ficción que se dedicaron parcial o integralmente a (re)tratar la historia de Luana. Por último tendremos en cuenta la circulación del film documental, junto con la simultánea divulgación del libro de título homónimo (2015), publicado por el sello editorial de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

A efectos de caracterizar la subjetividad fílmica de la persona que enuncia resulta pertinente recuperar la clásica noción de Philippe Lejeune en torno a la autobiografía, respecto de la identidad existente en este género entre autor, narrador y protagonista (Catelli, 2007: 35). Este autor canónico respecto de las reflexiones sobre la autobiografía literaria se ha detenido en los problemas que la traslación de este concepto conlleva en el marco de los discursos fílmicos. Si bien señala los reparos teóricos que Elizabeth W. Bruss y Paul de Man han hecho sobre tres de los elementos fundantes de este género literario (el valor de verdad, el valor de identidad y el valor de acto) que la autobiografía no podría asegurar en el cine, el autor francés afirma desde una perspectiva pragmática y contractual que la autobiografía también se verifica en el terreno cinematográfico debido a la inmensa productividad y desarrollo que esta ha tenido en el campo audiovisual desde la década de los ochenta (Lejeune, 2008: 13-26).

Michael Renov (2011) considera que es la autobiografía, entre otras formas narrativas, la que ha transformado los discursos sólidos y totalizantes del cine documental contemporáneo. Según este autor, en el documental autobiográfico el sujeto es fuente, materia y agente de reflexión. La autobiografía se presenta así como herramienta de acción contra la sujeción (Renov, 2008: 47). Finalmente, la emergencia de los discursos del yo de orden social, político y cultural manifiesta la expresión de subjetividades que hasta el momento se hallaban marginadas.

1En la esfera del pensamiento sobre la constitución de las subjetividades respecto de los géneros y las sexualidades, Paul B. Preciado (2013: 46), quien retoma los planteos de Judith Butler señala que el sujeto –construido hegemónicamente como abyecto–, bajo ciertas circunstancias, excede la injuria, no se deja contener por la violencia de los términos que lo constituyen y habla. Crea así un nuevo contexto de enunciación, se reapropia de las tecnologías de poder para producir un saber sobre sí mismo y abre un horizonte de formas futuras de legitimación.

De acuerdo a estas ideas creemos que es posible pensar esta producción en tanto autobiografía no canónica, dado que el espacio de identidad propuesto por Lejeune se encuentra desplazado, al existir una disyunción en el dispositivo de enunciación. Gabriela Mansilla, la mamá de Luana, es quien toma la voz de su hija para instituir las condiciones de enunciación, construir un relato y exceder la injuria de las técnicas sociales a partir de las cuales ambas han sido constituidas. Sin embargo, la madre asume la voz en primera persona y narra la historia, no solo de Luana, sino también la propia. Desde esta perspectiva, Yo nena yo princesa podría considerarse un ejercicio de autobiografía compartida en tanto espacio vincular que narra la historia de madre e hija. Gabriela Mansilla, es una sujeta que, por cuestiones éticas (y políticas) referidas a la protección de Luana, toma la voz de ella para representarla. En este film se observan los cambios y modos de sentir de Lulú y también los de su madre, quien, a lo largo de su lucha, debió reinventarse a sí misma y desentrañar la normatividad de los modos dominantes de crianza. Michael Renov (2011: 199-200) recuperando las propuestas de Foucault sostiene que en la actualidad del cine documental se representa la lucha de un número cada vez mayor de personas contra el sometimiento, contra la sumisión de la subjetivad: “la autobiografía en film o en video se ha convertido en una herramienta para enlazar un testimonio público liberador con una terapia privada” (Ídem: 200). La autobiografía compartida plasmada en este film podría entonces sintonizar con el concepto de “etnografía doméstica” definido por Renov como “una forma de autorretrato en la cual el yo se vincula con su ‘otro’ familiar, tiene como precepto tácito que ‘la etnografía comienza en casa’” (2011: 196).

La emergencia de estos discursos autobiográficos que narran la experiencia de una identidad autopercibida contribuye a la creación de un nuevo contexto de enunciación que contiende la injuria con la que estxs sujetxs han sido constituidxs. Este fenómeno se encuentra en sintonía con los debates y posterior promulgación de la Ley de Identidad de Género (2012), la cual le otorga existencia legal a las personas trans.

Dicha ley puede ser considerada en términos de acontecimiento. De acuerdo con Alain Badiou (2009: 191) un acontecimiento es la creación de nuevas posibilidades de enunciación y acción en relación con una situación o un mundo, que abre la contingencia a lo que, desde el estricto punto de vista de la legalidad de ese mundo, es propiamente imposible. Es precisamente en torno a los intersticios de este acontecimiento que circulan los discursos audiovisuales de no ficción que abordaremos.

Sobre la base de un acercamiento que comprende los estudios de género y la teoría del cine documental se pondrá en diálogo la obra dirigida por María Aramburu con ciertas representaciones surgidas en la televisión para pensar las implicaciones estéticas, políticas y éticas de sus modos de enunciación y aspectos formales. Nuestra hipótesis inicial es que las mediaciones propias del dispositivo televisivo –a diferencia de la austeridad de la puesta en escena planteada por el documental– se apropian de la voz de Gabriela Mansilla para articularla con discursos cargados de mayor normatividad en términos (indisociables) políticos y estéticos. El costo que indefectiblemente paga este tipo de editorialización televisiva es la inyección de normatividad, puesto que las convenciones del medio espectacularizan (y, podríamos decir, melodramatizan) a través de recursos de lenguaje audiovisual (primeros planos, música extradiegética) aquello que en el documental adquiere un tratamiento más austero. La estética de los medios regula su concepción ética.

Yo nena, yo princesa presenta un lenguaje “transparente” cuya principal función es la de (contra) informar y visibilizar. Tal vez por eso esta obra ha tenido gran alcance divulgativo y ha sido utilizada como material didáctico, por ejemplo, en las escuelas de Suecia.[2] Su sentido político se asienta, entonces, en su particular veta pedagógica, dirigida a exponer los obstáculos que la sociedad impone al reconocimiento y aceptación de las infancias trans; y se articula con otras acciones militantes de Gabriela Mansilla como la puesta en marcha de la campaña “Por una infancia trans, sin violencia ni discriminación”.[3] Con una forma sobria que adopta el formato de la entrevista, cuyo gesto político es darle voz a Gabriela sin la mediación de otras voces, el documental busca construir un relato opuesto al dominante y crear, asimismo, el espacio para que estas infancias sean posibles.

La escritura como instrumento de construcción de identidad en Yo nena, yo princesa…

El formato que adopta esta producción es el de la entrevista o lo que en el campo del cine documental se denomina “cabezas parlantes”. A través del testimonio de Gabriela Mansilla somos conducidos a reconstruir la historia de su hija. La protagonista expone el relato vivencial de los procesos por los que ella atravesó durante el crecimiento de Luana y del distanciamiento que comenzó a tomar de esas formas de crianza naturalizadas socialmente en diferentes ámbitos: el educativo, el médico y el propio de la cotidianidad.

Gustavo Aprea (2012: 126) señala que el registro audiovisual brinda un testimonio que se diferencia de la simple declaración oral, en que lo dicho es registrado tanto en sus contenidos explícitos como en sus elementos paratextuales (la entonación, la gestualidad y los silencios) que, en ocasiones, promueven un efecto de transmisión de la experiencia vivida más fuerte que el que produce una locución organizada.

En línea con este autor, ciertos elementos fuertemente emotivos del testimonio quedan fijados y pueden ser amplificados en (y por) el registro audiovisual. Por otro lado, en el modo en el que se presentan lxs testimoniantes se construye una modalidad de interpelación al espectador. Para el autor esto implica establecer un tipo de relación que posibilita un contacto más personal y empático con lxs espectadores, así como también una valorización del contacto “directo” entre quien habla y quienes ven y escuchan (Aprea, 2012: 127). Lxs espectadores no reciben, entonces, un testimonio “crudo” sino el resultado de una puesta en escena; una puesta de cámara y una edición de las entrevistas. Según Aprea “es por eso que es necesario considerar estas relaciones para analizar el modo en que se construye la escena pública en que se presenta el testimonio” (127).

El documental comienza con un dibujo de Lulú. En este, observamos una nena con pelo muy largo y vestido amplio de colores rosa y violeta, y con una corona. Por ende, deducimos que es una princesa. De forma sincrónica en la serie sonora se oye una música de piano. La conjunción de estos caracteres refiere a la infancia, a los primeros años de crecimiento. Estos dibujos reaparecen al final, clausurando así el relato. La última imagen muestra su mano dibujada sobre una hoja en blanco, las uñas están pintadas de color rosa y en el margen del cuadro se figura la inscripción de un nombre con el mismo color: “Luana”. Así, como si de una firma se tratase, los contornos de su mano sellan de puño y letra el relato. Los dibujos que inician y clausuran la película son la marca viva y el modo de figuración de Luana en el espacio fílmico.

2Es importante aclarar que esos dibujos también están presentes en el libro homónimo escrito por Gabriela Mansilla.[4] Esta publicación es posterior al documental, sin embargo no fue concebida con el objetivo de ser un libro, sino que ella, a modo de diario íntimo escribió sus experiencias y reflexiones en el transcurso de los años para que estas perduren como registro para su hija.

Respecto de la puesta en escena, el lugar en el que se lleva a cabo la entrevista es un espacio completamente despojado de objetos, el cual consta de un telón gris, en el que se recorta la figura de Gabriela sentada en una silla y posee una iluminación natural, que emula la luz diurna. La forma “neutra” en la que está montado este espacio nos hace situarnos en la única figura que se sitúa en él y no desviar la atención hacia otros elementos. En cuanto a la puesta de cámara, el tamaño y la distancia del plano se mantienen fijos durante todo el relato. Se trata de un plano medio, lo cual redunda en la mostración de su torso y de su gesto facial. Las huellas del entrevistador son siempre implícitas dado que sus preguntas están suprimidas del montaje. A través de fundidos a negro reconocemos el proceso de selección y ordenamiento del discurso que la directora realiza en su obra.[5]

De acuerdo con Michael Chanan el documental funciona como transmisor de voces de reivindicación y protesta, entre los espacios de debate de la llamada esfera pública: “Es uno de los vehículos que permite a las nuevas sensibilidades circular dentro de los circuitos masivos y, a su vez, es capaz de otorgar a los propios colectivos implicados la facultad de pronunciarse sin la mediación de terceros” (2008: 74). En relación con lo anterior, Gabriela Mansilla señala: “¿por qué con Valeria llevamos el documental y el libro a todos lados? No quiero que hagan lo que se les dé la gana”.[6]

Michael Chanan indica que cuando el documental adopta la postura del testimonio en primera persona, “el film se transforma en la experiencia directa de las nuevas tendencias sociales como las que derivan del modelo de política identitaria, resultando en un medio de autoafirmación” (2008: 75). En Yo nena, yo princesa, la testimoniante enuncia y denuncia el proceso de normalización al que somos sometidxs desde niñxs que se extiende a diferentes ámbitos: familiar, educativo, médico y barrial.[7] Así es como la autoridad se fija en las cuestiones materiales de la carne, en los genitales, como indicadores del potencial futuro para la reproducción. Butler señala que la atribución de género es obligatoria; codifica y despliega nuestros cuerpos afectándonos materialmente.

El “sexo” no solo funciona como norma, sino que además es parte de una práctica reguladora que produce los cuerpos que gobierna. No es una realidad simple o una condición estática del cuerpo, sino un proceso mediante el cual las normas reguladoras materializan el “sexo” y logran tal materialización en virtud de la reiteración forzada de esas normas (Butler, 2003: 18).

Pero, ¿qué sucede cuando un niñx de 2 años se rebela contra estas marcas inaugurales inscriptas al nacer y se desnuda para sacarse la vestidura del género masculino? ¿Qué pasa cuando intenta elegir un género distinto al que le fue otorgado?

El niño como artefacto biopolítico (Preciado 2013: 72)[8] está presente en el discurso médico y en el de las primeras psicólogas que asistieron a Lulú, quienes les recomendaron a sus padres utilizar el método correctivo del “No” ante las demandas de la niña: “no corresponde, sos un varón”, “no corresponde que quieras ser una nena”, “que juegues con muñecas está mal”. Psicólogos y padres unidos para encausar el género del niño por el bien de la nación heterosexual.

Gabriela Mansilla narra en el documental el fracaso que significó la implementación del método del “No”. A Luana se le caía el pelo y no dormía. Fue entonces que ella comenzó a dejar que Lulú juegue de a ratos con su ropa. Sin embargo esta, al advertir el enojo y el rechazo de su padre, aprendió a esconderse. Cuando lo veía se sacaba la ropa y decía: “Yo soy un nene, estoy jugando”, o simplemente se ocultaba.[9] Este período es descripto como muy angustiante por la falta de información. Finalmente luego de dos malas experiencias con psicólogas que intentaron aplicarle este método a Luana, acceden a Valeria Pavan, psicóloga del área de salud de la CHA, Comunidad Homosexual Argentina. Allí la niña comienza a ser quien desea, jugando con las muñecas y las pelucas que elige en el espacio de terapia. Su madre cuenta que cada vez resultaba más difícil quitarle la ropa, ya que no quería retornar a su casa con el atuendo de varón: “Sacarle la ropa era como arrancarle la piel”.[10]

Más adelante, Luana comenzó a vivir como nena en la intimidad de su hogar y en el espacio de terapia, sin embargo la institución escolar estaba aún vedada, pues asistía como varón. El proceso de normalización estaba presente en las microprácticas cotidianas, desde el armado de filas de niños y niñas, hasta los actos de fin de año, en los cuales el género determinaba el papel asignado en la obra teatral. Finalmente la madre de Luana planteó hacer un ciclo lectivo como nena y, si bien las maestras accedieron, las preguntas por el contagio, por lo patológico estuvieron siempre presentes. Para muchos era “la casa del horror donde los varones se transforman en nenas” y alejaban a sus hijos de Lulú y de su hermano. La mitad de los padres lxs dejaron de saludar y la otra mitad lxs invisibilizó.

La cuestión de la genitalidad es materia de indagación en este documental. Uno de los conflictos más sobresalientes fue el reconocimiento de la diferencia experimentado por Luana, quien en ocasiones llegó a hundirse el pene, o a afligirse al levantar los vestidos de sus muñecas y descubrir que ninguna de ellas lo tenía. Para reparar esto, su madre incluso fabricó penes de porcelana fría para la totalidad de las muñecas, creando así una suerte de “comunidad de barbies trans”.

Por otra parte, la elección del nombre propio efectuada por Luana manifiesta claramente la interpelación como condición lingüística esencial a lxs sujetxs (2004: 248)[11]. “Yo soy una nena y me llamo Luana”, afirmó. No obstante, el proceso no fue lineal ya que existieron numerosos obstáculos para que fuese nombrada de acuerdo a su decisión. En este sentido, antes de la obtención del DNI las autoridades del colegio ya habían sido informadas sobre la identidad de género autopercibida por la niña, sin embargo, en los legajos seguía registrada con el nombre de varón, lo cual habilitaba a las maestras a continuar llamándola por ese nombre. Se violaba así, el artículo 12 de la Ley de Identidad de Género (Nº 26.743) referido al trato digno.[12]

Es preciso entonces, recuperar los planteos de Butler (2004: 248), cuando indica que la interpelación deja una huella inaugural, marcando perfiles en el espacio y en el tiempo, en la cual ser llamadx o ser objeto de una interpelación social supone ser constituidx discursiva y socialmente. Tras la conquista de la Ley de Identidad de Género (2012) se le otorga entidad, existencia social y legal a las personas. La difusión de este discurso fílmico en el ámbito público y no ya confinado al espacio de un seminario, es posterior a la ley. Por lo tanto, la función del documental es divulgar masivamente esta historia, hacer que se conozca el tema en la sociedad y no solo en ámbitos especializados: ponerlo en agenda pública, impulsar la ley y dar a conocer que lxs niñxs también acceden a ella.

La construcción de esta obra en tanto autobiografía compartida se trata de una cuestión ética, por cuanto la madre toma la voz de su hija con el fin de no exponerla públicamente y evitar espectacularizarla. La ausencia de planos de Lulú funda entonces el estilo de puesta en escena del documental y multiplica los sentidos y las afecciones que provienen del testimonio de Gabriela Mansilla. La emotividad, la materialidad física de su cuerpo en escena, el tono cálido de su voz junto con la expresividad de su rostro evocan imágenes que remiten a un fuera de campo que finalmente reintegra imaginariamente a Lulú en el corazón mismo del relato. El “fuera de campo” es epítome de la situación de la niña y de las infancias trans. Más allá de las cuestiones éticas mencionadas, esta estrategia también podría interpretarse como una dificultad estructural que tiene esta temática para ser planteada, en primera persona por quienes experimentan los procesos, es decir, lxs niñxs.

Yo nena, yo princesa, con su particular ejercicio de autobiografía compartida ha cumplido un rol importante en la visibilización masiva de esta problemática,[13] gracias a su circulación en festivales y muestras. La consecución lógica de este recorrido hubiese sido la difusión de la obra en el Canal Encuentro, la cual, según Gabriela Mansilla, estaba acordada antes de la finalización del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Lamentablemente este proyecto quedó trunco (al menos hasta el momento) tras la llegada al gobierno de la coalición política Cambiemos.

Apropiación, espectacularización y normalización de la palabra de Gabriela Mansilla en el medio televisivo

La historia de Lulú, la primera nena trans del mundo en recibir su documento de identidad a tan corta edad produjo el interés de los medios masivos de comunicación. Distintos programas televisivos, periódicos y emisiones radiales se han acercado a entrevistar a su madre. Nos resulta productivo, en el marco de los discursos audiovisuales de no ficción, colocar en tensión estas representaciones con la del documental. Entramos así en el terreno de la ética y de los límites de lo mostrable cuando la protagonista es una niña de seis años en obvia situación de inferioridad respecto del complejo mediático-televisivo.

Debido a la gran circulación que tuvo la noticia, excede nuestro trabajo realizar un rastreo exhaustivo de las representaciones que se han efectuado en el medio televisivo, es por eso que formularemos el presente análisis sobre la base de cuatro ejemplos. Por un lado, la cobertura de la noticia en el cadena internacional CNN, por el otro, tres tratamientos del evento realizados por la Televisión Pública (en el noticiero Visión 7 y en el programa “Todavía es Temprano” ambos de octubre de 2013; y en “Vivo en Argentina”, emitido en mayo de 2014).

Respecto de los aspectos vinculados con la exposición del cuerpo de la niña y de los desafíos implicados en mantener el control sobre ciertos parámetros éticos en contextos televisivos, las palabras de Gabriela Mansilla demuestran alto nivel de autoconciencia:

No hace falta mostrar, siempre se quiere más. El morbo televisivo, consumir. No me parece, no lo comparto. Miren, pasen a ver. Con las fotos en su momento no se la mostró, porque es menor y segundo, todo el mundo quería ver para creer. No tenés que ver, tenés que respetar. ¡Mostrame la foto que quiero ver si parece nena!, sensacionalismo (Invernizzi, 2016).

Según Mansilla, muchos medios se le acercaron para pedirle imágenes de Lulú, como ella no accedió, en una ocasión le realizaron a la niña una serie de fotos en las que aparece de espaldas. Estas fueron las únicas imágenes de Luana que circularon públicamente.

En el noticiero de la CNN,[14] al no poder acceder a Luana, se intenta reponer por medio de indicios las huellas de esa ausencia que los perturba: el interior de la habitación, sus juguetes y sus muñecas. La voz que narra la noticia en un principio se refiere a la protagonista como niño pero hacia el final, plasmando discursivamente una aceptación que ya les resulta inevitable, el género denominativo se convierte en femenino. El cuerpo de Gabriela no se visualiza de forma sincrónica con la voz, como ocurre en el documental, sino que es desmembrado a través del montaje y de la incorporación de un narrador externo que organiza la noticia. La voz de Gabriela aparece en varios fragmentos pero resulta prontamente avasallada mediante la sobreimposición del narrador. Al finalizar el relato, el periodista es mostrado en la puerta de la casa de Gabriela y Luana, concluyendo de este modo con un índice espacial que da cuenta del lugar en el que viven las protagonistas. La noticia pareciera necesitar de un mayor “un anclaje en la realidad” para ser transmitida en la televisión y obtener así la veracidad que el medio reclama.

“Lulú tiene DNI con cambio de género”,[15] es la cobertura de la entrega del documento efectuada por el noticiero Visión 7 de la Televisión Pública. Allí se explica que Gabriela recibió el DNI y la partida de nacimiento de manos del Jefe de Gabinete de Ministros de la Provincia de Buenos Aires, Alberto Pérez y de la CHA. Posteriormente Valeria Pavan cuenta algunos detalles del proceso de Luana. Simultáneamente se muestran las imágenes de espaldas de Lulú. César Cigliutti, presidente de la CHA, posteriormente indica: “Los niños y las niñas tienen derecho”. Durante la entrega, la emoción de Gabriela Mansilla es enfatizada mediante el tratamiento de primeros planos.

3En el siguiente tramo de la nota, Gabriela se dirige a cámara e indica que lo importante es no tener miedo. El título que acompaña este momento es: “Nadie puede imponer una identidad”, mientras se visualiza a la protagonista, en primer plano, mirando frontalmente al objetivo de la cámara e interpelando al espectador. La clausura de la noticia se efectúa con la incorporación de fragmentos de una entrevista que la periodista Mariana Carabajal realizó a Gabriela Mansilla en el living de su casa con anterioridad al evento. A esta misma entrevista se recurrirá en los programas “TesT” y “Vivo en Argentina”, un año más tarde, para narrar la historia de Lulú.

Tratándose de un testimonio extenso este es usado de modos diversos en cada programa. En el noticiero, se lo monta con una música extradiegética de impronta emotiva. Gabriela aborda tópicos no muy frecuentes en la televisión abierta como identidad y respeto por la diferencia, y narra una serie de situaciones humillantes que le tocó vivir junto a su hija. La voz de Gabriela, aun con las limitaciones apuntadas, adquiere más presencia que en el ejemplo anterior.

En “TesT”,[16] programa conducido por Luciano Galende con Mariana Carabajal como columnista, se recuperan tramos más amplios de la entrevista que recientemente abordamos. Gabriela afirma que los genitales no determinan la identidad de una persona y describe el primer período de Lulú, cuando todavía vivía como varón, como una etapa de sufrimiento. Relata los primeros años de vida de la niña, cuando se le caía el pelo, no dormía y se golpeaba la cabeza contra la pared. En ese momento Gabriela se quiebra y llora, mientras explica que ya son cuatro años de lucha y la cámara se acerca para encuadrarla en primer plano. Las convenciones propias del medio, desde la corporación de noticias que es CNN hasta el más modesto canal local dan cuenta de una tendencia a convertir la noticia en espectáculo operando sobre la puesta en escena del testimonio.

En el mismo programa, Gabriela señala la importancia de contar con un DNI y ser reconocida por el Estado, sin embargo indica que el documento ayuda pero la lucha sigue y expresa su furia contra los titulares que de manera sensacionalista manifiestan: “Nene quiere ser nena” o “La mamá quiere la parejita”. Explica que Luana no solo es así en su casa, sino que tiene una vida, concurre al jardín y la respetan. En este momento se muestra por primera vez el contracampo del rostro de la periodista. Finalmente, sus argumentos conectan la situación personal con la de un colectivo que es más amplio, compuesto por todxs los niñxs que, debido a la trascendencia de su caso, estarán en condiciones de adquirir similares derechos. Esta entrevista presenta diferencias no únicamente con la emisión de CNN, sino con el propio noticiero del mismo canal. Aquí se transmite un mayor nivel de información, pero además se advierte en la representación de la figura de Gabriela los tintes emotivos con los cuales fue configurada anteriormente, sino sobre todo se vislumbran sus rasgos militantes.

Nos parece importante resaltar algo en lo que no se repara en los otros ejemplos. En el final, la periodista denuncia la situación económica endeble de Gabriela Mansilla, quien es jefa de familia y trabaja vendiendo comida en el barrio. La visión crítica de la periodista se manifiesta cuando indica que el Estado también tendría que pensar de qué manera ayudar económicamente a esta familia para que la niña pueda continuar en este camino. Este comentario no hace más que resaltar que la endeblez propia de su condición de subalternas en términos económicos estigmatiza doblemente el proceso que debieron llevar a adelante.

En el programa “Vivo en Argentina”, el segmento se titula “La historia de Luana: Yo nena, yo princesa”.[17] Conducido por Maby Wells y nuevamente con Mariana Carabajal como columnista, el enfoque de este relato se concentra particularmente en las figuras de las madres y los padres y en cómo se debe escuchar “a nuestros hijos”. El informe comienza con música extradiegética de piano, las imágenes utilizadas son las mismas de la serie en la cual Lulú es fotografiada de espaldas. También se usa una filmación muy breve en la que se visualiza el torso de una niña y se intercalan fragmentos de la entrevista a Gabriela que ya citamos en dos oportunidades. La emoción del espectador es convocada de manera sostenida mediante el acompañamiento musical y los fragmentos seleccionados del testimonio de la madre. Reaparece aquí la figura del narrador, quien apuntala los datos que considera centrales de la historia.  Hacia el final las periodistas hacen hincapié en que es importante que todas las mamás y papás lean el libro de Gabriela, más que nada para: “escuchar a nuestros hijos, con cualquier cosa que nos cuenten, porque la historia de Luana es esta, pero hay otras que tienen que ver con abusos sexuales en los niños, y está bueno escuchar a nuestros hijos”.

El discurso sobre las identidades trans de esta manera termina siendo digerido por un discurso socialmente aceptado, el de los padres progresistas que deben saber escuchar a sus hijos. La potencialidad de disrupción sexopolítica que podría tener la difusión televisiva de la historia de Luana y Gabriela, debido a la subversión de los modos de crianza y de la normatividad impuesta a lxs niñxs que esta conlleva, se disuelve en un discurso edulcorado que en vez de cuestionar a la familia tradicional, la refuerza, adaptándola a los desafíos que impone la contemporaneidad.

La política de las formas

A modo de conclusión, esbozaremos una comparación de la puesta en escena del testimonio de Gabriela Mansilla en el medio televisivo y las diferencias que presenta con el documental. Mientras que en Yo nena, yo princesa el testimonio es despojado de toda carga emotiva que no se imponga por la presencia del cuerpo y el efecto de la duración de la toma, en la TV se recurre a diferentes elementos visuales y sonoros para enfatizar ciertos fragmentos del discurso de la protagonista.

Alain Bergala llama la atención sobre el modo en que los films autobiográficos permiten recobrar en las pantallas un contacto más inmediato con la vida de las personas. Este contacto estaría cada vez más separado “de la representación que los medios de comunicación y el cine industrial” nos brindan de problemáticas inherentes a las subjetividades. Entonces, siempre en línea con Bergala, la autobiografía fílmica se ha convertido “en un espacio de libertad en el que el ‘yo’ del otro no es forzosamente percibido como un ego competidor y odioso, sino como la expresión de alguien que sería de nuevo nuestro semejante.” (2008: 32-33).

En los programas de la Televisión Pública, los títulos que estructuran cada uno de los momentos de los informes tienen una fuerte carga connotativa que homogeniza cierta polifonía de voces insinuada a través de las intervenciones de Gabriela Mansilla, Mariana Carabajal, el narrador omnisciente y el/la conductor/a del programa. El tratamiento de la banda sonora y de la banda de imágenes en todas las versiones televisivas, en mayor o menor medida, tiende a cortar la fluidez de la palabra de Gabriela Mansilla en pos de usar planos ilustrativos o inserciones musicales que subrayan las cualidades sentimentales del relato.

4El “ver para creer” que mencionaba Gabriela Mansilla se manifiesta en estos ejemplos que intentan brindar al espectador todos los elementos del entorno de vida de Luana que estén al alcance de los montajistas. Así es como reaparecen una y otra vez las mismas imágenes de la niña de espaldas o el interior de su habitación como si se tratase del aleteo sintomático del medio cuando no cuenta con aquellos apoyos referenciales que repongan un cuerpo, que incesantemente se convoca para el consumo del ávido espectador.

Por otro lado, si nos detenemos en la construcción de la figura de Gabriela Mansilla resulta revelador advertir los diferentes modos de abordaje. En CNN, su testimonio se halla a media voz porque el eje se coloca en la figura ausente de Luana y en los rastros que la cámara captura de ella. La madre tiene aquí un rol secundario, en tanto acompañante del proceso de la protagonista. En el noticiero Visión 7 se configura la emblemática imagen de la “madre coraje”, eminente protagonista del relato, como aquella que no ha cejado en la lucha por los derechos de su hija.

El documental Yo nena, yo princesa, en cambio, es una herramienta socioestética que aboga por construir una identidad posible de Lulú, con el objeto de que ella pueda afirmarse y abrirse camino en la sociedad. Como la historia que narra no es solo por Luana sino, como señala su madre, “por todas las Lulús que vienen detrás de ella”, a lo que apunta la obra es justamente a abonar el terreno para que estas infancias puedan vivirse de otra forma. El libro y la campaña que está realizando Gabriela Mansilla en la actualidad, cuyos objetivos están dirigidos hacia la concientización y la inclusión, convergen en la conformación de una estrategia de intervención activista sobre la esfera social.

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Notas

* El presente trabajo fue elaborado en el marco del seminario de grado: “Teatro en Buenos Aires y disidencia sexo-genérica” (2016, FFyL-UBA), a cargo del Dr. Ezequiel Lozano, a quien agradezco enormemente por sus saberes, devoluciones y estimulación constante.

[1] Si bien nuestro objeto es trabajar sobre el terreno de las representaciones y no profundizaremos en los complejos debates sobre la validez teórica de la categoría “niñez trans” tomamos este concepto del libro de Valeria Pavan (comp.) (2016), Niñez trans. Experiencia de reconocimiento y derecho a la identidad, Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires. Tampoco pondremos en cuestión el activismo por parte de las familias de lxs niñxs trans, sin embargo existen trabajos que examinan esta dimensión particular del problema. Entre otros, véase el libro de próxima publicación: Halberstam, Jack (2017), Trans: A Quick and Quirky Account of Gender Variability, American Studies Now: Critical Histories of the Present (en prensa). El autor presentó avances de esta obra en su reciente intervención en el Coloquio “Los mil pequeños sexos”, Universidad Nacional de Tres de Febrero, Buenos Aires, 14 y 15 de julio de 2016.

[2] Véase Gabriela Mansilla en Invernizzi (2016).

[3] Ídem.

[4] Mansilla, Gabriela. Yo nena, yo princesa. Luana, la niña que eligió su propio nombre. Buenos Aires: Universidad Nacional de General Sarmiento, 2015.

[5] El documental inicialmente fue pensado como un testimonio para un seminario sobre transexualidad, coordinado por la psicóloga Valeria Pavan –quien acompañó de manera terapéutica a Lulú– con psicólogos y psiquiatras como destinatarios. En 2013, luego del otorgamiento del DNI a Luana en un acto público en el Senado de la Nación, a su madre se le presentó la oportunidad de escribir un libro sobre la historia de su hija. La obra se proyectó en la muestra de Derechos Humanos del BAFICI (2014). A continuación, trascendió las fronteras nacionales, exhibiéndose en el festival FIDOCS (Santiago de Chile) y en otros festivales especializados en México, Ámsterdam y Suecia.

[6] Gabriela Mansilla en Invernizzi (2016).

[7] En 2008 Gabriela tuvo dos mellizos que al nacer el saber médico, a partir de la observación de sus genitales, los constituyó como varones.

[8] De acuerdo con Preciado (2013), el niño resulta artefacto biopolítico que permite normalizar al adulto, la policía de género vigila las cunas para transformar todos los cuerpos en niños heterosexuales, modela los cuerpos y los gestos hasta crear órganos sexuales complementarios, prepara e industrializa la reproducción de la escuela al parlamento. “La norma hace la ronda alrededor de los recién nacidos reclamando cualidades distintas, femeninas a la niña y masculinas al niño” (2013: 72).

[9] Josefina Fernández (75-77), en su trabajo Cuerpos desobedientes (2004), a través de una serie de datos recolectados en entrevistas afirma que muchas travestis frente a la hostilidad del espacio familiar y educativo, han tenido que desarrollar diferentes estrategias para ocultarse y así evitar conflictos. La necesidad de ocultarse, en muchos casos proviene de defender una identidad que está siendo atacada, o también de defender a un miembro de la familia.

[10] El trabajo de Fernández (2004: 86-88) también data la experiencia compartida por muchas travestis de tener un vestido oculto en la habitación en la niñez, como algo que marcó sus vidas.

[11] De acuerdo con Butler (2004: 22) uno “existe” no solo en virtud de ser reconocido, sino, en un sentido anterior, porque es reconocible. Los términos que facilitan el reconocimiento son ellos mismos convencionales, son los efectos y los instrumentos, de un ritual social que decide, a menudo a través de la violencia y de la exclusión, las condiciones lingüísticas de los sujetos aptos para la supervivencia.

[12] “Deberá respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial por niños, niñas y adolescentes, que utilicen un nombre de pila distinto al consignado en su documento nacional de identidad. A su solo requerimiento, el nombre de pila adoptado deberá ser utilizado para la citación, registro, legajo, llamado, y cualquier otra gestión o servicio, tanto en los ámbitos públicos como privados” (Ley Nº 26.743 12-13).

[13] No es un dato menor mencionar que Gabriela Mansilla toma conocimiento de la existencia de estas infancias a partir de un documental exhibido en el canal National Geographic.

[14] Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=V6EaPVDLdr8. Consultado el 25 de agosto de 2016.

[15] Disponible en  https://www.youtube.com/watch?v=PF7lOzTrkys. Consultado el 30 de agosto de 2016.

[16] Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=PVf_rm7XrRE. Consultado el 25 de agosto de 2016.

[17] Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=uLX2bKXV1ao. Consultado el 1 de septiembre de 2016.

Géneros inoperantes: porno, poder y ciudad en Ideología (2011) y Nova Dubai (2014).

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Lucas Martinelli

Resumen

Este artículo examina la cuestión que surge de los cruces conceptuales entre el género sexual y el género cinematográfico. Como aporte a la problemática, en una primera instancia se toma Ideología (Felipe Rivas San Martín, 2011), un cortometraje chileno, que suscitó un debate en la escena pública en el año 2016 y en una segunda instancia Nova Duvai (Gustavo Vinagre, 2014), una película brasilera, que circuló por festivales internacionales durante los años 2014-5. En ambos casos, la descripción de los entramados textuales es útil para reflexionar sobre las posibilidades de los cuerpos y sus encuadres estéticos para desestabilizar, tensionar o fugar los códigos del género cinematográfico y las normas del género sexual.

Palabras clave

Estudios de género; género documental; Nova Dubai; ideología; estudios queer; pornografía; estudios audiovisuales

Abstract

This article examines the question that comes up from the conceptual boundaries between sexual gender and film genre. As a contribution, first, Ideología (Felipe Rivas San Martín, 2011), a chilean short film, is taken, which arouse discussions of public concern in 2016 and then, Nova Dubai (Gustavo Vinagre, 2014), a brazilean film, that was present in international festivals during 2014-5. In both cases, the description of the textual plot is useful for reflecting about the possibilities of our bodies and their aesthetic frames to destabilize, make tense or vanish the cinematografics genre codes and gender norms.

Keywords

Gender studies; documentary genre; Nova Dubai; ideología; porn; audiovisual studies.

Resumo

Este artigo examina a questão que surge dos cruzamentos conceituais entre o gênero sexual e o gênero cinematográfico. Como colaboração à problemática, em uma primeira instância se toma Ideología (Felipe Rivas San Martín, 2011), um curta-metragem chileno que suscitou um debate na cena pública no ano de 2016 e, em uma segunda instância, Nova Dubai (Gustavo Vinagre, 2014), um filme brasileiro que circulou por festivais internacionais durante os anos 2014-5. Em ambos os casos, a descrição das estruturas textuais é útil para refletir sobre as possibilidades dos corpos e seus enquadramentos estéticos para desestabilizar, tensionar ou fugar os códigos do gênero cinematográfico e as normas do gênero sexual.

Palavras-chave

Estudos de gênero; gênero documentário; Nova Dubai; Ideología; estudos queer; pornografia; estudos audiovisuais.

Datos del autor

Lucas Sebastián Martinelli es licenciado en Artes por la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde realiza su doctorado con mención en Estudios de Género. Se desempeña como docente en la carrera de Artes de la UBA y en la maestría en Estudios y Políticas de Género de la UNTREF. E-mail: lucasmartinelli87@gmail.com.

 

En la actualidad, hay muy pocos interludios significativos en la existencia humana que no hayan sido penetrados y convertidos en tiempo de trabajo, tiempo de consumo, o tiempo de marketing (Crary, 2015:41).

1. Deslindar los géneros, esas fronteras decisivas.

Como punto de partida se proponen algunas nociones básicas respecto al género pornográfico para sembrar un discurso común. Es posible considerar que hay un vínculo casi indisoluble entre el género documental y el género pornográfico porque la mostración explícita de la genitalidad y los actos que la incumben no pueden falsearse. Más allá de la artificiosidad en la construcción del relato, aquello que se registra debe acontecer en el profílmico y si bien, esto ocurre en todos los géneros por la ontología del medio cinematográfico, existiría una distinción especial en la pornografía, por el carácter distintivo y simbólico con el que nuestras sociedades caracterizan al sexo.

El género porno como otras producciones audiovisuales tiene un alto grado de elaboración de la puesta en escena, cuya intención es presentar un registro neutro y transparente de lo real. La escena porno se elabora bajo una apariencia visual basada en un efecto de naturalidad y fidelidad respecto a la realidad. El montaje y el ritmo narrativo sobre el desarrollo de los acontecimientos construyen formatos de la sexualidad que se repiten en cada una de las películas desde una gramática precisa y estable que puede reproducir todo el potencial sexual al que se encuentran disponibles los cuerpos entre quince y treinta minutos.

ideologia-2Por lo general, las escenas de mayor importancia para el porno -es decir, las de la visibilidad de los actos sexuales-, son perimidas por los otros géneros cinematográficos. Aquello que los otros géneros consideran obsceno, forma parte de la escena fantaseada y el lugar al que el género porno accede constantemente para nutrir sus historias: “El porno fantasea un poder absoluto que transforma al otro en objeto. Calma la calentura, pero el eros es la llave de las intimidades. Nada es obsceno; el desnudo no es obsceno. Lo obsceno es el procedimiento, la actitud, el recorte, el presentar los genitales aislados de todo el resto” (Etchevarren, 2009: 56). En este sentido, la obscenidad no sólo se encontraría en los elementos propios de la escena sino en el procedimiento de la cámara sobre esos elementos. La compulsividad del encuadre por diseccionar los cuerpos en situaciones sexuales es una de las características para distinguir el género porno de otros géneros cinematográficos.

Los géneros funcionaron en el cine como modelos relativamente estables sobre los que la industria construyo esquemas de producción y distribución. Al mismo tiempo, los géneros produjeron y producen sus propias distinciones para abrirse al desarrollo de nuevas modulaciones y mercados. Cada género tiene sub-géneros que forman parte de ese todo mayor. Pero ningún género mantiene invicta la pureza, todos los géneros están predispuestos a la mezcla y la contaminación: “A pesar de tan estrictas especificidades técnicas y eróticas, al cine porno no le costó tiempo ni trabajo apropiarse de muchos esquemas fórmulas y estereotipos de los géneros del cine tradicional que le preexistía y con los que sus espectadores estaban ya familiarizados” (Gubern, 2005:38). Los géneros pueden intercambiar sus temas, sus abordajes y hasta sus historias. Pero existe cierta manera de presentar los cuerpos en la pantalla, en vinculación con los quienes están del otro lado de la misma que define la frontera del género y no es negociable. En este sentido, Linda Williams formula algunas preguntas para tener en cuenta ante la pornografía: “

¿(C)ómo se compromete el cuerpo de los que observan con los actos sexuales de esta escena? Si los filmes no son “solamente” pornográficos, lo que significa que no están solamente para excitarnos, entonces ¿cuál es el rol de nuestro compromiso corporal, con nuestra excitación deseosa, pero no satisfecha pornográficamente de los cuerpos en pantalla? (2009: s/n).

La idea del “compromiso corporal” es una noción central que considera el modo en que la pornografía se constituye, al dejar un espacio potencial para que el espectador se inmiscuya entre las imágenes, desde un llamado al deseo inminentemente sexual. La pornografía y su recepción -la posibilidad del compromiso aludido- son descriptas por Barba y Montes:

El porno no es una cosa, una imagen, sino la “presentación visual de esa imagen y la experiencia de su recepción. Y solo puede darse si el sujeto y el objeto se encuentran en el lugar adecuado: el de la “violación deliberada” del tabú. En último término, el porno es la experiencia de una representación en un sitio: el sitio de la transgresión. Se hace entonces necesario localizar las coordenadas de ese lugar que ocupa el porno en relación con el lugar de lo público que le sirve de punto de partida y de referencia constante (2007: 63).

Lo fundante de la pornografía se aproximaría a una transgresión del lugar de lo público y por lo tanto, el confinamiento al ámbito de lo privado (el fuera de escena) se vuelve otra característica de su constitución. La transgresión de lo prohibido es un acto que siempre vuelve a fundar la prohibición: “A menudo en sí misma, la transgresión de lo prohibido no está menos sujeta a reglas que la prohibición. No se trata de libertad. En tal momento y hasta ese punto, esto es posible: éste es el sentido de la transgresión” (Bataille, 2010:69).

Luego de esta breve aproximación, en los apartados uno y dos se describen las obras que establecen un dialogo conflictivo con la pornografía y el documental desde el material de archivo, el pensamiento de lo político y las formas de constitución de la ciudad.

1.1. Censura

Ideología es una obra del chileno Felipe Rivas San Martín que comenzó en el año 2010 como una foto-performance y tomó forma de video-performance en el año 2011, siendo presentada a partir de ese año en festivales de diferentes países. Uno de sus modos de presentación fue a partir de un retrato en blanco y negro del expresidente Salvador Allende con un código QR encima cuyo enlace llevaba al vídeo en cuestión. Como primer acercamiento, me remito al desarrollo del contexto de la obra en uno de sus giros de recepción, para centrarme luego en el análisis de la productividad textual del audiovisual.[1]

En mayo del año 2016, el Centro de Extensión (CENTEX), dependiente del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes (CNCA) situado en Valparaíso, pidió a Felipe Rivas su participación en una muestra colectiva denominada In-visibles. A finales de Junio, se emitió la orden de compra de la obra luego de la puesta en marcha de su condicionamiento para la exhibición. A principios de Julio, a pocos días del día del montaje en la sala, por medio de un intercambio de emails con Moira Delano Urrutia, jefa del departamento de Ciudadanía Cultural del CNCA, se insta al artista a elegir otra obra y no montar Ideología, primero por problemas logísticos no previstos y luego por no ser apta para el espacio en cuestión.

ideologia-4El día 7 de julio ante la prohibición del montaje, Felipe Rivas se manifiesta con un grupo de personas en la puerta del CENTEX denunciando que su obra ha sufrido una censura. Frente a esto, la CNCA cancela la compra de la obra y emite una declaración pública en la que expresa sus disculpas y admite haber cometido el error de seleccionar una obra no acorde a lo que puede ser mostrado por esta institución: “ya que el CENTEX es por definición, un espacio abierto a la comunidad y toda obra que se exponga allí debe ser apta para ser vista por todo el público, incluido niñas, niños y adolescentes, condición que la mencionada obra no cumple”.[2]

Cabe aquí hacer una digresión -con motivos argumentativos- y señalar el modo en que este documento público hace uso de cierta noción de comunidad asociada con un imperativo regulatorio sobre el espacio y lo que debe ser visto. De este modo se discute una instrumentalización del espacio estatal en el que el ordenamiento de una visibilidad cuyo ideal es el de una mirada que atraviesa todos los grupos etarios niega al mismo tiempo la permeabilidad de lo sexual en la esfera pública. El problema surge porque el CENTEX con anterioridad presentó obras que exponían de manera directa la sexualidad y en esa misma muestra también planeaba hacerlo. Por eso mismo, antes de llegar a la censura, se propuso a las autoridades la instalación de paneles móviles y personal encargado de prevenir a quienes no consideraran oportuno ver ese material. De todo esto, eclosionó que el verdadero problema en el fondo no era la sexualidad explícita, sino la utilización de las imágenes del expresidente chileno Salvador Allende, cuyo contexto describiré más adelante.

Esta historia sobre las peripecias de recepción y exhibición de la obra tiene una clausura: el caso es llevado a la justicia y el juicio determina la razón del artista en el caso de censura. [3]

1.2. Sutura

El devenir político de la forma-arte consiste en querer empujar la mirada hacia los bordes de tumulto y discordia del sentido irreconciliado, sabiendo desde ya que ninguna forma coincide plácidamente consigo misma, a diferencia de lo que pretende la lengua operacional de la tecnocultura que obliga a las imágenes a coincidir pasivamente con su finalización en el consumo. (Richards, 2013:106).

En Ideología las primeras imágenes abren el mundo: el atelier del artista. En el centro de un plano fijo, un gran cuadro en blanco sobre el que se inscribe el título. Más abajo, el retrato de Salvador Allende. Por un costado ingresa el artista desnudo y se esconde detrás del atril. El registro de la performance con la cámara y edición de Cristian Cabello está atravesado por la recuperación de fragmentos de películas pornográficas y documentales. En términos temporales hay una división en tres momentos desiguales denominados: I. Masturbación, II. Allende y III. Cum Shot. La progresión de la acción se vincula con el crescendo en intensidad de la voz y la velocidad del montaje. En términos espaciales, el plano se divide al medio en dos. La sutura produce una comparación o complemento de imágenes. El ojo de Felipe Rivas, de un lado, escruta La batalla de Chile (Patricio Guzmán, 1972-9) que se presenta del otro lado, como si esa mirada intentara recuperar por medio del documental un momento de la historia del país. Antes de oír la voz del artista, es posible escuchar el testimonio iracundo de una mujer con gafas negras que lanza con violencia: “Comunistas asquerosos tienen que salir todos de Chile. Marxistas, comunistas, podridos, malditos sean”. Al instante, se desencadena la música: Canción del poder popular del grupo Inti Illimani. Al ritmo musical, aparecen los retratos de grupos de personas que se vuelven alegóricos a la representación del pueblo chileno. Luego, la voz de Felipe Rivas flota sobre las imágenes. Más adelante se actualiza el lugar de emisión: sentado a una mesa con un papel en la mano recita frente a la cámara. Su timbre nervioso y alterado, al mismo tiempo firme, casi de mando, intempestivo y desafiante reproduce el tono de un manifiesto. Relata sus primeras experiencias masturbatorias ligadas al liceo y a los hijos de los grandes dirigentes de izquierda. Reflexiona sobre la tecnología de reproducción mecánica y la imagen de Salvador Allende que a los treinta años del golpe militar cubrió los muros de la ciudad de Santiago. Conceptualiza sobre el soporte de la imagen y la pornografía.

Las confrontaciones de las imágenes producen una articulación crucial, de la que es posible desprender algunos sentidos. De un lado tenemos el video pornográfico Jack and Roger (Jack Deveau, 1980) y por el otro el documental de Patricio Guzmán. Estas producciones visuales, de la misma época, en una primera instancia se contraponen por el color, tonos cálidos (anaranjados) contra los grises del blanco y negro y por sus nacionalidades, el porno de Estados Unidos contra el documental de Chile. Pero al mismo tiempo llaman la atención por su similitud: el casco en la cabeza como elemento que define la figura del obrero permite ligar los significantes entre las imágenes y hacerlas entrar en conflicto. En la imagen proveniente de la pornografía, el plano medio descubre el torso desnudo de un actor y la espalda y el trasero disponible para el sexo del otro. En la imagen proveniente del documental, un primer plano de conjunto expone dos obreros que hablan para la cámara ante un periodista fuera de campo. En el primero, la sutura entre las imágenes veja su compromiso de excitación. En el segundo, la sutura entre las imágenes veja su función testimonial y de resguardo de la memoria. En ese momento, la yuxtaposición funciona como operación que permite figurar la incidencia de Estados Unidos en el golpe militar con el que se derrocó al presidente Allende. En tanto por un lado, la figura del obrero real sostiene la presencia de una izquierda vinculada al comunismo, el marxismo y todos aquellos discursos ideológicos que la primera voz desea erradicar de Chile, por otro, la confrontación con la figura del obrero actor porno permite la sospecha de una escenificación: el encuadre desde su angulación -un leve contrapicado- subraya, tal vez sin buscarlo, la perspectiva de la artificiosidad de la escena. La reproducción de la fantasía sexual, el sexo entre los obreros, no solo funciona aquí como vector de fuga del placer -su función ontológica-, sino también como metáfora de la dominación. Es posible afirmar que la convivencia de ambas imágenes es un señalamiento al vínculo de Estados Unidos con el golpe militar de Chile y por lo tanto una suerte de denuncia sobre la responsabilidad. El conflicto irremediable entre ambas imágenes permite pensar en la posibilidad de un atisbo de resistencia, hacer presente la necesidad de suturar y reparar la herida histórica.

ideologia-7Desde otro aspecto, esta composición puede ser leída en el contexto contemporáneo sobre el que se inserta la obra y entender que el vínculo entre ambas imágenes problematiza los lugares de enunciación desde los que se emite la teoría y el arte (como modos no separados de producción): la relación a veces conflictiva de las academias de América Latina (particularmente la discusión que emprende la Coordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual y su utilización de cuir)[4] respecto a la incorporación de la teoría queer proveniente de la academia sajona. En una última operación, tal vez menos directa, podría leerse esta articulación como un reclamo por el vacío de la izquierda durante los años setenta respecto a las luchas de las identidades Lésbica Gay Bisexual Trans Travesti Transexual lntersexual y Queer (LGBTTTIQ).

La performance que aparece en el vídeo, la concreción del plano de una eyaculación sobre la fotografía en blanco y negro de Allende, tiene una lectura sintomática, reproducida por algunos medios, que fue la que llevó el caso a la censura. Una mirada situada desde un vouyerismo masculinista observa en ese acto una denigración. En cambio, una perspectiva que revindica una mirada a contrapelo podría observar el placer y el afecto con el que se efectúa.[5] Considerar la eyaculación solo como una injuria es equivalente a creer que no es posible desear recibir un baño de semen y que el falo es un elemento inminente de poder y que no puede disociarse de esa función.[6]

Si la imagen es el teatro de la ideología, en este video se propone el viejo truco del teatro en el teatro, imagen en la imagen: mise en abyme de la ideología. Teatro en el teatro que sin embargo no aspira a dibujar un gesto autorreflexivo. No hay reflexividad de la forma, no hay depuración formalista aquí. No hay quien «se» mire en este espejo: el real que iba a destituir el fetiche (el cum shot) se muestra él mismo como fetiche (García, 2013: S/N°).

La cámara registra con tanta cercanía el semen como comprobación, que pierde su carácter de real, se toma un fetiche que ese alto grado de conciencia de la puesta en escena de las imágenes desmaterializa. El fluido vital sobre la reproducción de la imagen de Salvador Allende es un acto vaporoso, infértil y festivo, más que atentar en contra, lo que hace es alimentar y engrandecer el mito.[7] El polvo sobre la imagen rinde culto a una ideología que observa desde su perfil, altiva e imperturbable.

2.1. Derivas virtuales

La escritura de Nova Duvai apela a un registro al borde del diario íntimo y erótico. El director utiliza su propio cuerpo para el personaje principal, por lo tanto, el realizador se superpone con el protagonista y construye una narración muy próxima a lo que se ha denominado documental en primera persona[8] sin llegar a serlo del todo, por la fuerza otorgada al proceso de ficcionalización y porque la búsqueda del film excede el interés de construir un documento testimonial.

nd-2Sin ningún tipo de preámbulo, el asunto sobre el que la película constituye un ensayo se inscribe de forma directa. Desde el comienzo, la práctica sexual delimita una advertencia y provoca al espectador susceptible ante un contenido de este tipo. En un primer plano Gustavo Vinagre chupa un culo y pregunta a su compañero si está a punto de acabar: “¿Vai gozar? A partir de allí, la cámara lo sigue por escenas que se desarrollan en espacios privados: el hogar del protagonista, de su amigo Bruno y de otro de los entrevistados; y en su mayor parte los espacios públicos: las calles, las plazas, un local de venta de piletas, las autopistas y el descampado -lugar central para el relato- donde se construirá el emprendimiento inmobiliario Nova Dubai. Por lo general, las secuencias terminan en escenas de sexo con mostración explícita de los genitales. En el desarrollo del tiempo de ocio de dos gays de clase media Paulista, en una típica adolescencia tardía, prima la cotidianeidad de la amistad. Salen a pasear a los perros. Conversan con la madre de Gustavo mientras comen y luego ella los lleva a dormir como si fueran niños. Miran televisión detrás del padre de Bruno, antes de salir a caminar. Observan videoclips a través de “Youtube” y persiguen nuevos encuentros sexuales por medio de plataformas como “Facebook” o “Growl”.[9] La utilización de internet desde la computadora o el teléfono celular, que por momentos toma por completo el plano de la imagen, se vuelve parte fundamental de la deriva.

nd-8La presentación de las escenas se alterna con las cabezas parlantes características del género documental en un tipo de relato similar al testimonial que apela el grado cero de la cámara para introducir relatos subjetivos relacionados con las experiencias sexuales de los personajes, que a la vez están siempre vinculados entre sí por lazos familiares. Algunos de los ejemplos se observan cuando Gustavo recuerda que quiso tener relaciones sexuales con su abuela -ahora fallecida- y se le apareció desnudo o el momento en que su abuelo dejó de cargarlo a causa de una enfermedad. El padre de Bruno se evoca como víctima de un estupro colectivo, para decir luego -en la misma intervención- que la primera vez que tuvo un orgasmo fue con una película porno en la que se representaba una violación.

Desde los años noventa, los documentales en primera persona en América Latina han tenido una predilección para relatar la novela familiar en vinculación a procesos sociopolíticos. Nova Dubai parece consciente de este interés para mofarse del mismo en una narración de lo vincular centrada en una sexualidad arbitraria y por fuera de lo normalizado por la comunidad LGBTIQ. Así emerge un marco político propio: entre lo subjetivo y anormal como nueva norma.[10] El recurso consiste en recuperar el formato documental, para parodiar e introducir, desde la falsificación de lo real, un juego cómico sobre las subjetividades sexuales. Las fantasías sexuales se despliegan entre los deseos en fuga que abren nuevos imaginarios del placer.

Lo documental no solo emerge desde el aspecto biográfico del realizador y desde el encuadre de cabezas parlantes que presentan relatos dentro del relato, sino que además, otras dos modulaciones se producen desde las imágenes: la huella temporal del paso del tiempo sobre la ciudad y el imperativo de lo real en los cuerpos de la pornografía.

2.2. Posiciones en el entramado urbano

De este modo, la ciudad es en sí sin jamás alcanzarse a sí misma, y cada conciencia de sí es allí también conciencia de la ciudad que no tiene conciencia. (Nancy, 2013:48)

nd-10En una de las escenas Gustavo y su madre[11] miran una revista con viviendas de lujo. La pantalla se llena de piscinas y publicidades con familias felices. El sonido repone el pasaje de hojas de la revista. La casa en la que viven (en venta) no alcanzaría para mudarse a un lugar tan costoso. El padre ya no vive con ellos, se ha ido, era ingeniero y devino maestro mayor de obra. Este juego con lo familiar, establece un matiz de decadencia sobre estos personajes de clase media con pocas expectativas de futuro.

Resulta evidente que su hogar difiere mucho de los espacios de diseño confortable que aparecen en la revista. “La arquitectura tiene un gran poder de transformación, transforma la arena, los ladrillos y el cemento en obra de arte”, lee la madre. La transformación vital de la arquitectura, no puede repercutir en ellos, que no tienen posibilidad de cambiar su espacio hacia un lugar mejor. Su lugar en la ciudad es otro.

El título de la película remite al emprendimiento edilicio que se construirá sobre el descampado urbano. Las circunstancias del protagonista -y de los entrevistados- no les permitirían habitarlo cuando esté finalizado. La conciencia del relato sobre la idea de una ciudad en proceso de construcción establece un dialogo fecundo con la idea de archivo de la ciudad y por lo tanto, con la serie de documentales sobre la ciudad entre los que se pueden pensar casos tan emblemáticos como Berlín, sinfonía de una ciudad (Walter Ruttmann, 1927) o A propósito de Niza (Jean Vigo, 1930). En ese lugar (o no-lugar) y sus inmediaciones se desarrollan algunas escenas centrales de la intriga entre los personajes. Una de ellas, es cuando el padre de Bruno levanta a Gustavo en la calle junto al baldío. Lo que se ve a continuación es el recorrido de una cámara subjetiva, un travelling desde un automóvil, que registra en contrapicado los edificios en construcción con el ensordecedor ruido de las maquinarias. Gustavo aclaró que tiene una preferencia de coger en lugares públicos porque para el sexo es claustrofóbico. En un camino entre el morro de tierra y el fondo de la ciudad, ambos tienen relaciones. Los planos toman con detalle los miembros erectos y el modo en que Gustavo penetra al padre de Bruno. En ese juego de lo vincular se puede oír que se dicen entre ellos “Papai” y “Filho”. En un plano detalle, el padre de Bruno deja caer una gota de semen sobre el capot del auto y mientras se sube los pantalones pide a Gustavo que no le cuente nada a su hijo.

nd-12Cierta conectividad permanente a la red virtual -índice de lo contemporáneo- desde dispositivos tecnológicos se contrapone con esta escena de yire y encuentro callejero que desemboca en un espacio ruinoso de tránsito, parte de la ciudad, pero al mismo tiempo fuera de esta, en sus bordes. Los edificios de la ciudad -como fondo real que se transforma en decorado y entorno del acto sexual- construyen uno de los modos en los que la película no solo hace visible la presencia de la sexualidad en el espacio público, sino que permite figurar la idea de la arquitectura de la ciudad moldeada por las normas del género y los flujos de la sexualidad. En este sentido, varias de las lecturas feministas proponen entender la arquitectura como una tecnología de género: “Allí donde la arquitectura parece simplemente ponerse al servicio de las necesidades naturales más básicas (dormir, comer, cagar, mear) sus puertas y ventanas, sus muros y aberturas, regulando el acceso y la mirada, operan silenciosamente como la más discreta y efectiva de las “tecnologías de género” (Preciado, 2009:15). La espacialidad de la ciudad reproduce una asignación de poder diferencial entre los varones y las mujeres, pero también produce una diferencia frente aquello que no se ajusta a la heterosexualidad, produciendo con el lema: “Gay Friendly”, una segregación en la ciudad, que permitiría considerar que por fuera de la delimitación de esa zona, no es necesaria la hospitalidad con la sexualidad que se desvíe de la heterosexualidad. El desenfreno de las escenas homosexuales por los distintos espacios de la ciudad, abre paso a una sexualidad disidente para interrumpir los lindes de lo establecido. Esta transgresión ritualizada puede entenderse como un reclamo por la legitimidad para habitar el espacio público por otras sexualidades.

2.3. De la casa al trabajo y del trabajo al mercado (consumos del sexo)

nd-14Gustavo y Bruno fuman marihuana y navegan por internet. Observan un fragmento breve del videoclip pop de Miley Cirus: Wreking ball (Terry Richardson, 2013). Allí, aparece la diva desnuda sobre una bola demoledora de muros. El espacio del videoclip marcado por el cemento, la piedra y los colores grises compone una obra en construcción, lo que posibilita pensarla como la trabajadora que maneja la máquina destructora, en el proceso de reconstrucción edilicia. La ciudad se destruye y construye, se moldea con la imagen de la star femenina. Cerca del final, Bruno canta el mismo tema sin instrumentos en un guiño de identificación con la cantante en un ejemplo de la plasticidad del género sexual. Este detalle también establece un dialogo con otro motivo que despliega la película: la sexualización de los trabajadores de la ciudad que hacen a su construcción y movimiento.

Unos planos generales retratan grupos de trabajadores dentro de una obra en construcción. Luego, en primer plano se muestran entrevistas con obreros reales, a los que se les pregunta si vivirían en un edificio como el que están construyendo y si saben sobre la existencia del sexo en medio de las obras. La mayoría responde con risas y timidez. Uno de los entrevistados cobra relevancia y queda más tiempo frente a la cámara. Relata que escuchó hablar de quienes quedan mirándose en las duchas y ese tipo de cosas. Tiene novia, pero una vez una chica lo esperó a la salida del trabajo. La escena siguiente lo muestra manteniendo relaciones sexuales en un trío con Gustavo y Bruno sobre el canto rodado y la obra de fondo.

nd-15En una escena posterior, los dos entran a un departamento que aún no está terminado. Un vendedor inmobiliario los acompaña y les cuenta sobre las ventajas de cada uno de los lugares. Les señala la vista de un ventanal y un contraplano muestra en la pantalla el espacio verde sobre el que se construirá la nueva Dubai. Otra vez, el resultado es una escena de sexo donde ambos tienen atado al vendedor por el nudo de su corbata y le hacen chupar la pija de Gustavo hasta ahogarlo y hacer que pida por favor que se la vuelvan a dar. El tono lúdico de lo sexual se presenta como el desvío de una sexualidad imprevisible. De la misma manera que Ideología, la película avanza sobre la idea de la sexualidad de los trabajadores.

En la última parte de la película Bruno relata que tuvo un sueño con imágenes en color sepia, “como si fueran el filtro antiguo de Instagram”.[12] Su voz dice que en el sueño se veía a él y a sus amigos como una banda que se filmaba teniendo sexo y que cada uno estaba mejor; no tenía que trabajar vendiendo ropa en el shopping y Gustavo no tenía nada para hacer, pero nadie le reclamaba nada. Si bien los dispositivos que se muestran reproducen la lógica de consumo de una era marcada por la tecnología como medio de intercambios, se presentan vinculados a modos de inscripción de lo sexual que producen una diferencia particular que escapa a los modos de subjetivación propuestos en el mercado gayfriendly.

Las imágenes recuperan una serie de carteles que aluden a la mudanza, el final de unas obras en construcción y a ellos teniendo sexo mirando a la cámara, entre otras cosas, con una máscara de la película Scream (Wes Craven, 1996).[13] En la escena final, Gustavo y Bruno acompañan a su amigo Fernando (quien ha sido entrevistado y relató una tentativa frustrada de matarse) a un árbol que está en el descampado. Allí lo ayudan a colgarse. La figura del suicidio apareció anteriormente por medio de un personaje -exnovio de Bruno- que frente a la cámara relató los argumentos de algunas películas de terror de los años noventa. Este último giro se presenta como el rasgo pesimista de una generación que no tiene expectativa ante las posibilidades de vivienda y el mundo laboral. En un plano general, la cámara encuadra desde lejos el árbol con el ahorcado y hace un paneo hacia la izquierda. Se trata de un procedimiento reflexivo en el que es posible contemplar el horizonte: el cielo amplio, los edificios imponentes y más allá, las montañas.

nd-18Como se ha señalado, los espacios públicos son sexualizados a lo largo de la película en diferentes formas. Se practica el sexo en lugares visibles como una plaza y un local de venta de piletas al aire libre o los personajes ven por internet el video de un hombre musculoso masturbándose en una estación de trenes. Hacia el final, Gustavo se masturba en un puente sobre una autopista y la cámara registra el cum-shot sobre el vacío hacia el cemento. El plano guarda el instante en el que el semen se desparrama sobre una arteria de la ciudad.

3. Operaciones fallidas: hacer géneros con cuerpos

Los géneros cinematográficos se mezclan desde sus inicios, esto no es un aspecto novedoso de la contemporaneidad. Lo singular se devela en los modos en los que Ideología y Nova Duvai recurren a los cruces genéricos y su productividad para tensionar la pureza del audiovisual y contaminar esos intercambios desde un aparecer de la sexualidad que posicionado en el quiebre de la normativa del género sexual. El modo en el que se deshace el género documental se vincula con la forma en la que ambos audiovisuales proponen deshacer el género sexual -y las implicancias sexuales con las que se normativiza la homosexualidad como imitación de la heterosexualidad.[14]

nd-21La pornografía en ambos casos es una delimitación que se deslimita y pierde sus efectos. El género pornográfico deja a un lado sus operaciones principales, deja de ser pornografía, para dar paso a nuevas operaciones significantes. La potencia de los cuerpos rebasa de sentidos que van más allá de los actos sexuales y se politizan en acciones y propuestas que desautomatizan la mirada del espectador, se  vuelven objetos que se resisten a ser convertidos en tiempo de consumo y de marketing. Ambos casos muestran las fallas del sistema, la incomodidad y la necesidad de trasformación que parte de un despertar en la mirada.

En una coincidencia anecdótica, ambos realizadores acaban sus obras con una eyaculación y en ese mismo gesto no sólo reproducen la estructura de la pornografía tradicional, sino que la transgreden.

Bibliografía

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Notas

[1] El cortometraje al que me refiero es el video producido en el taller “El recorte del plano” de la Cordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual (CUDS): https://vimeo.com/27375737.

[2] Documento disponible en: https://disidenciasexualcuds.wordpress.com/2016/07/09/censura-a-la-obra-ideologia-cronologia-de-los-hechos/.

[3] Al intentar hacer partícipe a Ideología de una muestra de arte pospornográfico, el escritor Pedro Lemebel pidió que la sacaran de exhibición. Como respuesta, la CUDS realizó una performance que se llamó: “El postporno mató a Lemebel” y que ha sido documentada: https://vimeo.com/29743960.

Una de las primeras reacciones ante la censura de Ideología fue la organización de una exposición denominada INTERFAZ. En distintas salas, se mostraron materiales de archivo y discusiones en redes sociales vinculados al juicio. Para más información puede consultarse: http://www.elciudadano.cl/2016/10/04/330028/artista-censurado-por-ottone-convierte-el-caso-en-una-muestra-artistica1/

[4] Al respecto, véase Rivas (2013).

[5] Véase el goce del muchacho que recibe los escupitajos de la ronda de muchachitos en Poison (Todd Haynes, 1991) muy vinculado al modo de pensar los placeres de Un chant d´amour (Jean Genet, 1950).

[6] Respecto al juego de las tensiones entre los géneros y la posibilidad de pensar el(los) falo(s), los micrófonos alrededor del rostro de Allende podrían remitir al porno “Bukkake”.

[7] Es posible considerar el tratamiento del mito de Eva Perón y su irreverente sexualización en la Evita Vive de Néstor Perlongher.

[8] “El concepto documental en primera persona permite distinguir un grupo amplio de obras que incorporan alguna modulación del yo del cineasta en su entramado significante, como responsable y autor del discurso audiovisual” (Piedras, 2014:21-2).

[9] Growl se trata de una aplicación de ligue para “osos” y “cazadores”. Los osos pueden considerarse como una subjetivación identitaria dentro de la comunidad gay basada en una estética corporal: barba, barriga, en algunos casos, una exacerbación de la masculinidad y patrones de consumo. Los cazadores son aquellos que buscan relacionarse con osos y responden a un modelo opuesto: flaco y lampiño.

[10] “Las vinculaciones entre la “novela familiar” y la historia colectiva son seguramente el núcleo de un numeroso grupo de documentales en primera persona, entre ellos algunos de los que tuvieron más repercusión pública. Esa es una problemática que atraviesa obras como Papá Ivan (Roqué, 2004), Los rubios, M (Nicolás Prividera, 2006), Hacer patria (David Blaustein, 2007) y Diario Argentino (Lupe Pérez García, 2006)”. (Piedras, 2014:68)

[11] La madre real representa el papel de madre ficcional.

[12] Aplicación que se utiliza para el intercambio de fotografías.

[13] Esta película alude al despertar sexual de una adolescente que se dirime entre acostarse o no con el violador y asesino de su madre, desde una apuesta que apunta al público juvenil. El final de la película se resuelve en una espectacular matanza desde una dilatación temporal por medio del montaje similar al de Nova dubai.

[14] Existe una problemática que plantea que si bien las leyes de matrimonio entre personas del mismo sexo -que en Argentina se ha denominado “igualitario”- permite la inclusión de personas que se encontraban en situaciones desfavorables, al mismo tiempo, normaliza -dando normas- a un conjunto de prácticas que antes estaban por fuera de la ley -lo que las hacía disruptivas al sistema heterocentrado-. De alguna manera, esta normalización de la homosexualidad termina reproduciendo el ideal heterosexual y sus patrones de consumo.

Memorias de una revolución excluyente: exilio y sexopolítica en El hombre nuevo de Aldo Garay

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Ezequiel Lozano

Resumen

Este trabajo examina las potencialidades críticas del documental El hombre nuevo (2015), del cineasta uruguayo Aldo Garay, quien, a través de un retrato íntimo de Stephania Mirza Curbelo, postula reflexiones en torno a la política sexual. Creemos que la película permite trazar un análisis sobre los cuerpos travestis excluidos en las revoluciones de izquierda en América Latina, a partir del concepto de exilio. Asimismo, puede ser leído como un nuevo aporte a la visibilidad sobre las formas en que las voces de los sectores precarizados están incluidas en documentales recientes, con el fin de reflexionar sobre el papel del testimonio en la construcción de identidades marginadas y las diferentes maneras en que el archivo puede ser una construcción de nuevos puntos de vista sobre el presente.

Palabras clave

Identidad de género; sexopolítica; otredad; cine documental; exilio.

Abstract

I examine in this work the critical potentialities of the documentary film El hombre nuevo (2015) by the Uruguayan filmmaker Aldo Garay who, through an intimate portrait of Stephania Mirza Curbelo, postulates reflections around sexual politics. Also, allows us to analyze the exclusion of transvestite bodies in left revolutions in Latin America, from the concept of exile. Other purpose of this paper is to increase the visibility about the ways that the voices of precarious sectors are included in recent documentaries, in order to think about the role of the testimony in the construction of marginalized identities and the different ways that the archive may construct new views about the present.

Keywords

Gender identity; sexual politics; otherness; documentary film; exile.

Resumo

Este trabalho examina as potencialidades críticas do documentário El hombre nuevo (2015), do cineasta uruguaio Aldo Garay, quem, através de um retrato íntimo de Stephania Mirza Curbelo, propõe reflexões em torno da política sexual. Acreditamos que o filme permite traçar uma análise sobre os corpos travestis excluídos das revoluções de esquerda na América Latina, a partir do conceito de exílio. Além disso, pode ser lido como uma nova contribuição à visibilidade sobre as formas como as vozes dos setores precarizados estão incluídas em documentários recentes, com o fim de refletir sobre o papel do testemunho na construção de identidades marginalizadas e as diferentes maneiras em que o arquivo pode ser uma construção de novos pontos de vista sobre o presente.

Palavras-chave

Identidade de gênero; sexopolítica; outredade; cinema documentário; exílio.

Datos del autor

Doctor en Historia y Teoría de las Artes (UBA). Investigador Asistente del CONICET.

Fecha de recepción: 5 de octubre de 2016.
Fecha de aprobación: 25 de octubre de 2016.

 

En el presente trabajo proponemos pensar la enunciación de una sexopolítica disruptiva en el documental uruguayo-chileno El hombre nuevo (2015) de Aldo Garay, en un entramado que liga pertenencia de clase, militancia de izquierda, activismo y exilio sexual (en aquel sentido que le diera Néstor Perlongher).[1] El recorrido del artículo partirá desde una introducción que dará lugar a una cartografía provisoria sobre la disidencia sexo-genérica en el cine latinoamericano reciente; luego, se buscará reconocer el sitio particular de este documental dentro de la trama de la cinematografía uruguaya para destacar la singularidad del enfoque de Garay. Se irán explorando, en el desarrollo de este escrito, los procedimientos visuales y discursivos presentes en la película: por un lado las diversas formas de exclusión y discriminación y, por el otro, el empoderamiento de la protagonista quien, mediante acciones que se presentan por momentos como contradictorias, logra atravesar un reencuentro afectuoso con su hostil ambiente familiar y salir victoriosa.

Introducción

El hombre nuevo construye un retrato posible de Stephania Mirza Curbelo, narrando su periplo de reencuentro con aspectos fundantes de su pasado. La primera parte de la película muestra la vida laboral de Stephania como cuidadora de coches y prostituta. Se trata de una travesti que vive en Montevideo, aunque nacida, cuatro décadas atrás, en Nicaragua, durante la revolución sandinista, de la cual ella fue parte activa siendo sólo una niña (aunque denominada en masculino por su comunidad). Víctima de un padre alcohólico y golpeador, Stephania es adoptada por una pareja de militantes uruguayos de izquierda (de manera poco explicada en el film y confusa para las y los entrevistados); nunca más vuelve a tener contacto con su familia biológica. Así, la segunda parte del documental muestra el restablecimiento de las comunicaciones con sus parientes nicaragüenses. Se efectúa una crónica del viaje a su país de origen, como la orgullosa mujer que es, tras toda una vida de lucha construyendo redes de familias elegidas, poniendo en tensión esos lazos sanguíneos con su propio presente. Asimismo se relee ese pasado que quiso construir en su cuerpo de niña a un soldado de la revolución sandinista.

el-enfoque-de-garayGaray conscientemente asume una tensión problemática presente en el título del documental (Rosenberg, 2015): Stephania -también- es el “Hombre Nuevo” propuesto por la Revolución. Aunque no sea ésta la única fricción que la película y su nomenclatura presentan. Una segunda instancia de colisión es visible cuando, para conectarse con su núcleo familiar de sangre, la protagonista debe llegar hasta el límite de someterse a una especie de exorcismo por parte de un pastor evangelista quien la insta a volver a ser “hombre” (y “hombre nuevo”, ahora en términos neotestamentarios). Pero, a su vez, se establece una tensión paratextual -en el diálogo del film con el activismo del presente- donde otorgarle un título con un sujeto masculino a la película que narra la historia de vida de una persona autopercibida como mujer resulta violento y provocador. Como afirma contundentemente Marta Dillon, en el catálogo del 2015 del Festival Asterisco (Argentina), “el supuesto “hombre nuevo” de los ideales de las décadas del sesenta y setenta se revela con la crueldad que impone ese masculino hegemónico que solo deja para ella exclusión y desarraigo” (2015: 24).

De estas últimas observaciones también se desprende una insistencia de la película que evitaremos replicar en el presente escrito, a saber, una reiteración constante del nombre masculino que le asignan al nacer a Stephania. Si bien se trata de un dato que refiere a la historia personal del proceso vital de la retratada, creemos que es posible pulir la opacidad que nuestro lenguaje -patriarcal y heterocentrado- pareciera imponer a esa narración, en pos de no continuar con mecanismos de invisibilización y escamoteo.

Cartografía provisoria

En el campo cinematográfico latinoamericano actual es visible el incremento, acelerado y reciente, de ficciones que intentan, con resultados disímiles, representar a personajes no-heteronormados en términos despatologizantes (aunque prioritariamente asimilacionistas). En menor medida se observan otro tipo de ficciones, las cuales plantean intervenciones más radicales respecto de la sexopolítica imperante, como la excepcional película chilena Empaná de pino (Edwin “Wincy” Oyarce, 2008). Se observan, también, otros casos más liminales entre lo documental y la ficción como aquellos que delimita Fermín Acosta (2016) en su mapeo de experiencias cinematográficas sexo-disidentes en Iberoamérica. Dentro de este grupo de películas, al cual llama “Fracturas e hibridaciones documentales”, reúne a films latinoamericanos como Un año sin amor (Anahí Berneri, 2004) y Naomi Campbel (Camila Donoso y Nicolás Videla, 2013), explicando que estas contraescrituras gravitan entre la ficción y el documental en pos de “pulsar los resortes de aquello que está en los bordes” (Acosta, 2016: 146). De este modo, el investigador sostiene que en muchos de los casos analizados:

Las derivas documentales se acercan a la lógica del documental performativo -a través, por ejemplo, del recurso del diario autobiográfico o la etnografía cotidiana- estrategia profundamente fructífera al querer develar las mallas de poder que sostienen la realidad y llamar la atención sobre éstas en tanto performance; o tamizar la construcción del mundo concreto como algo que se reactualiza con la mirada de quien lo observe (2016: 146).

el-enfoque-de-garay_2Paralelamente, varias películas dan cuenta del activismo trans en su íntima relación con las vidas de las personas que le ponen el cuerpo a esas luchas, tal los casos de: Si te viera tu madre…huellas de una leona (Andrés Rubiño, 2013), Yo nena, yo princesa (María Aramburu, 2014) y T (Juan Tauil, 2015), por citar sólo algunos ejemplos argentinos recientes. Estos casos se integran a una serie de documentales que narran crónicas del activismo reciente y sus conquistas.

Sin embargo, lo que nos interesa aquí es otro aspecto novedoso a destacar: la emergencia de un cine documental, propiamente dicho, enfocado en dar voz a personas marginalizadas, cuya precariedad no se da únicamente por la disidencia sexogenérica que encarnan sino que está atravesada, al mismo tiempo, por múltiples factores como, por ejemplo, la pertenencia a una determinada clase social, la condición de migrante, las mínimas posibilidades laborales y educativas que un territorio brinda, las elecciones personales, entre otras.[2]

En este sentido, en un intento por trazar un mapa de la geografía audiovisual sexo-disidente en el cine documental rioplatense, podríamos unir ciertos puntos temporales que anclan momentos centrales del trayecto hacia una visibilidad novedosa de las existencias trans, una mirada despatologizada de estas vidas (luego de décadas de una artillería audiovisual altamente transfóbica), un punto de vista interseccional que se ubica cercano a los posicionamientos que ellas asumen respecto de las situaciones de exclusión vital que las desplazan a los márgenes del tejido social. En este sentido, y con pocos años de diferencia entre sí, dos trabajos casi señalan el inicio de un camino posible de nuestras cinematografías: el corto documental La Otra (1989) de Lucrecia Martel y la ópera prima de Aldo Garay Yo la más tremendo (1995), el primer film del uruguayo donde aparece por primera vez Stephania.

Garay manifiesta que hablar de esas vidas, a comienzos de los años noventa, en Uruguay era “tabú radical” (Belo, 2015: 29). De aquella primera experiencia la crítica recuerda que la honestidad estaba dada en “lograr una mirada frontal sobre un grupo de travestis, sin necesidad de encuadres amarillistas, sin la violencia de la pregunta que irrumpe desde la ignorancia o desde el derecho a la imposición de identidades genéricas ajenas, convencionales. Garay miraba para dejar ser, para dar tiempo a que ellas puedan desarrollarse hasta desplegar sus propias ideas del mundo» (Trerotola, 2011). Este primer trabajo es un germen muy productivo en su filmografía. En 2010 (como parte de una trilogía para una serie documental televisiva llamada Orientales), Garay se reencuentra con el grupo de travestis del sur de Montevideo. Cinco años después, El hombre nuevo relee las imágenes, presentes en aquellos registros, para enfocarse en las entrevistas a Stephania y así narrar su historia, a través del archivo audiovisual de su vida.

Otro Montevideo posible

El hombre nuevo se inicia con la imagen de la protagonista ascendiendo por una vereda muy arbolada de la ciudad de Montevideo; lleva en sus manos un carrito desgastado que pareciera contener todas sus pertenencias en bolsas de nylon. Golpea puertas de pensiones para conseguir alquilar una habitación. El objetivo de conseguirlo no se cumple pero quienes la atienden lo hacen de modo amable y cordial; incluso una de las voces que escuchamos tras las puertas que se abren para recibir su consulta, por ejemplo, la anima -tras la negativa de pieza disponible- diciéndole: “No te quedes en la calle”. Toda esta acción ocurre mientras el título y los créditos de la película se van sucediendo, con una tipografía análoga a la escritura con tiza sobre un pizarrón. La protagonista camina por unas calles apacibles, soleadas, con sandalias que evidentemente son de un talle mucho menor que el que requieren sus pies. Está vestida con colores alegres; una gorra organiza su larga cabellera. Su radio es la única compañía mientras descansa en una plaza, come un huevo duro y bebe agua de una botella de plástico.

incendiar-el-canonLuego de los títulos ya la vemos instalada en la habitación de una pensión, en una nueva secuencia en la que ella se peina, se maquilla y arregla su ropa con un cuchillo, reflexionando sobre su accionar ante la cámara que la observa en esa intimidad. Sale de la pensión con su nueva indumentaria preparada para asistir a una manifestación callejera, de la cual el film no da referencias explícitas pero, por las banderas e inscripciones, pareciera ser la “Marcha por la diversidad” uruguaya  -la misma manifestación que parece verse, aunque con años de diferencia, en Yo, la más tremendo. Lo curioso de esta escena es que Stephania está entre la multitud pero sola. Baila y canta alegremente como parte de esa comunidad que marcha pero el documental no la enfoca en contacto con nadie.

La siguiente secuencia muestra una entrevista estándar en una oficina pública donde tres funcionarias estatales la interrogan para elaborar un informe en pos de que ella pueda obtener el denominado “cambio de sexo registral”. Así como en el inicio del documental no podemos ver los rostros de sus interlocutor@s, aquí también vemos únicamente a Stephania, en este caso junto a una bandera uruguaya, respondiendo simpática y divertida a preguntas sobre su historia de vida. Incluso mantiene esa alegría cuando habla de las discriminaciones recibidas a lo largo de su existencia.

Según se afirma en Cine documental en América Latina (2003), el realizador Mario Handler acompaña con su cámara, desde 1964 y a lo largo de diez meses, a “un «caminante» (un «bichicome», según la acepción que él mismo se da en el film, en la terminología habitual de la sociedad montevideana de la época” (Torreiro, 2003: 309)). Así describe el crítico Mirito Torreiro a Carlos, cine-retrato de un «caminante» en Montevideo (Mario Handler, 1965), película a la cual enmarca en una industria cinematográfica poco desarrollada (con la solitaria (aunque contundente) presencia del trabajo documental de Ugo Ulive en Como el Uruguay no hay (1960)). Describe a Handler como un narrador que huye de cualquier protagonismo, que presenta una película rodada con técnicas del cine directo e identifica el punto de vista narrativo con la mirada del retratado. Afirma que:

[…] más allá del respetuoso, incluso tierno, retrato que Handler hace de él y sus peripecias, la efectividad de Carlos, cine-retrato de un «caminante» en Montevideo reposa en un hallazgo fundamental: el haber trazado, en un país con poca, o casi ninguna, memoria cinematográfica, el retrato de una ciudad, de unos rituales sociales (el fútbol, el bar, el tango, el carnaval) no a partir de lo habitual, sino desde la mirada de un excluido (Torreiro, 2003: 311).

Podríamos pensar a la primera parte del film de Garay con cierta continuidad con aquel documental, según la observación hecha por Torreiro en 2003 sobre la proposición cinematográfica sesentista de Handler. En El hombre nuevo se evidencia un retrato de Montevideo, especialmente del barrio de Palermo, desde la visión de las miradas de las vidas precarias que también lo habitan, a través de su deambular, su existencia al margen de las comodidades básicas del resto de la población. También se construye una postal de otra zona más postergada de Uruguay, aquella donde la familia adoptiva de Stephania se solidarizaba mediante tareas comunitarias.

Es en esa última locación donde se narra el reencuentro con Lilian, el cual permite evocar la adolescencia uruguaya de Stephania muy vinculada a la militancia de sus padres adoptivos en el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, ayudando a personas necesitadas en un barrio con muchas carencias materiales. La memoria de aquellos años también aporta una evocación dolorosa para la protagonista: presionada por rumores llegados a oídos de su madre adoptiva, Stephania pone en palabras su deseo sexual hacia los hombres y obtiene por respuesta maltrato y violencia. De modo que esta entrevista permite contrastar su historia de descubrimiento de un deseo sexual disidente y la de la aceptación de su autopercepción genérica con el heterosexismo vigente en militantes revolucionarios de izquierda, en este caso encarnado en la pareja que cría a la adolescente Stephania.

El enfoque de Garay

Garay no cree en el cine observacional; explica su posicionamiento diciendo “Como director me paro desde un punto de vista emocional. O sea, intento tener un acercamiento emocional tratar de comprender, sobre todo (…) y de que todo el tiempo me haga dudar… sobre cuál es el imaginario de la persona/personaje que estoy trabajando” (Rosenberg, 2015). Por ello no es extraño un procedimiento constante del film que es el diálogo de la protagonista con diferentes archivos de su vida. Fotos de su archivo personal para construir una imagen de sí en un perfil de Facebook. Documentos con fotos de su infancia. Y, fundamentalmente, filmaciones anteriores de Garay que Stephania mira en pantallas de televisores para comparar sus imágenes del pasado y su voz con su momento actual. Uno de estos registros audiovisuales muestra una etapa en la que Stephania vive en la calle en una situación de mayor desamparo que la del presente, bajo el cobijo precario de unos cartones y telas de plástico. Asimismo, en la segunda parte del documental ella observa un fragmento de un noticiero nicaraguense, “De cara al pueblo”, autodenominado “síntesis de la democracia popular sandinista”, donde aparece una intervención de una Stephania pre-adolescente, cuando alfabetizaba a jóvenes y adultos en el marco de la educación popular revolucionaria.

Garay, se posiciona emocionalmente en ese diálogo con los archivos para registrar la reacciones de quienes observan el material que le pone ante los ojos. Por ejemplo, Stephania expresa al mirarse en una entrevista “Pero veo a esa Stephania era un poco más humilde y no había sido tan golpeada. Y sigo siendo la misma, creo. Con más dolor, con más sufrimiento”. También uno de los hermanos de Stephania, en la segunda parte, es enfrentado a un registro de ella hablando sobre su familia nicaragüense y la violencia sexual que ejercieron sobre su cuerpo infantil y su reacción es un profundo silencio; Garay se detiene a contemplar esa emoción contenida.

introEsta puesta en duda -de la cual habla la cita del director que previamente recogimos- también se construye en los diálogos de Stephania con personas significativas de su vida alternándose con entrevistas a estas mismas personas hablando con el narrador (a quien no vemos en el film). Y lo emocional se subraya todo el tiempo en el montaje con una música que regresa insistente una y otra vez como una puntuación tierna que remite a sonidos de las melodías infantiles. Porque hay algo de ese imaginario de la tiza en los títulos y de la percusión de la marimba que construye una evocación muy activa en el film de una niñez desplazada de la norma sexopolítica hegemónica.

En lo que describe como un contexto del cine actual donde se construyen espacios asfixiados y presionados por factores sociales y políticos, el investigador Germán Feans rescata la posición de Garay en su búsqueda por priorizar los encuentros. Observa que, en las películas del cineasta uruguayo, “la cámara rueda, el montaje queda en segundo plano” (Feans, 2015: 26), permitiendo que se abra un “nuevo tiempo para la mirada” (26). En consonancia con su reflexión podemos pensar esos momentos de enfrentamiento con el archivo como un anidamiento de imágenes con una posibilidad de relectura abierta, semiosis infinita que filma el encuentro con territorios visuales del pasado para encontrar allí nuevas preguntas y nuevas respuestas. Y es en estos encuentros de cada personaje/persona con el archivo donde es posible observar, también, un desmontaje del cierre explicativo de las totalidades autosuficientes. Un trabajo insistente sobre el archivo como un ejercicio de memoria concebida a la manera que la entiende Nelly Richard, como «un proceso abierto de reinterpretación del pasado que deshace y rehace sus nudos para que se ensayen una y otra vez sucesos y comprensiones» (2013: 135). Una laboriosa memoria insatisfecha «que perturba la voluntad de sepultación oficial del recuerdo mirado simplemente como un depósito fijo de significaciones inactivas» (2013: 135).

Volver, con la frente en alto

En la película, la protagonista reflexiona: “Yo siempre me culpaba ¿por qué los dejé a mis hermanos? Viste, esos son parte de mis dolores que yo tengo adentro y que nadie los sabe. Y ahora, más que nada, lo que yo quiero es volver a mi país, también, y encontrarme con mis hermanos porque es una cuenta pendiente”. Acto seguido la imagen muestra la pantalla de computadora donde ella busca el nombre de uno de ellos, Winston, a través de Facebook para escribirle un mensaje que la acerque a esa familia biológica de la cual tomó distancia. Se documenta el viaje en avión que la conduce de regreso a Nicaragua, su país natal. Así, la segunda parte narrada en El hombre nuevo retoma dos tópicos presentes de manera continua en el documental latinoamericano reciente (según la caracterización de la investigadora María Luisa Ortega). Por un lado, las evocaciones y reconstrucciones de la historia y la genealogía familiar. Por otro, el tropo de “la memoria conjugada en primera persona, frente al de la historia política y militante, para enfrentar el pasado traumático colectivo” (Ortega, 2011), el cual es exhibido como una opción para aquellos sobrevivientes de las dictaduras del Cono Sur y sus brutales maquinarias asesinas. Curiosamente, Ortega toma por caso, entre otros, al documental uruguayo Decile a Mario que no vuelva (2007) de Mario Handler, donde un exiliado regresa a confrontar su experiencia con la de quienes se quedaron en el país, situación que -en otro sentido- nos permite hacer una nueva analogía con el periplo narrado en El hombre nuevo, según propondremos a continuación.

Perlongher define al exilio sexual como otra forma más de exilio político. Y es en dicho sentido que, en el caso de la película que nos ocupa, Stephania se exilia de una sexopolítica que la desplaza de manera repetida; o sea, en -por lo menos- tres instancias se desplaza de la normatividad impuesta para buscar otro territorio que le permita vivir libremente su identidad. Repetidamente, se exilia de una familia abusiva, se exilia de un país con una opción política que le exige militarizarse y se exilia de quienes la adoptaron -militantes de izquierda pero heterosexistas. Aunque, en el fondo, lo que siempre persigue sea salir de ese país impuesto por el territorio de la sexopolítica imperante rigurosamente heterocentrado, altamente machista, implacablemente transfóbico, estructuralmente patriarcal y devastadoramente misógino.

otro-montevideo-posibleNo obstante lo anterior, en el documental la vemos en una búsqueda por reestablecer estos lazos, a pesar de las cicatrices que le dejaron. En especial se observa en la protagonista un deseo por forjar un vínculo nuevo -en presente- con aquellas personas que construyen su genealogía de lazos sanguíneos. Pero no lo hace de cualquier modo. Es desde ese posicionamiento empoderado, desde su identidad de mujer autopercibida, que dignamente Stephania dialoga en Nicaragua con sus hermanos y sus progenitores (a quienes encuentra vivos aunque ya no formando una pareja). Encuentra, en las y los integrantes de su familia de origen, un deseo de reencontrarse con ella, de tener algún tipo de información sobre su paradero, el cual desconocían. En esos relatos familiares halla, también, las cicatrices de un cuerpo social que tuvo que atravesar una guerra.

Para acercarse a ese núcleo de personas debe ceder -de modo estratégico- espacios. Quizás la secuencia más fuerte, en este sentido, sea aquella que se desarrolla en el templo evangelista en el cual participan su madre y uno de sus hermanos. Allí, ella se presenta estratégicamente, ante esa comunidad, narrando su autobiografía en masculino, lo que luego tendrá una continuación en la ceremonia religiosa donde el pastor le practica un exorcismo para quitar de su cuerpo “al demonio” y regresarlo al “orden natural” establecido por su dios (culpabilizando su performance de género femenina). En dicho ritual, como en muchas otras situaciones que Stephania puntualiza en su historia, es posible percibir ese entramado complejo de afectividad familiar que exige la exclusión de la disidencia para pertenecer a su núcleo. La primacía de una sexopolítica que sólo integra si se garantiza la exclusión de lo diferente.

Se hace visible aquello que la artista Effy Beth, en su potente video-performance Pequeña Elizabeth Mati (Little Mermaid doblado al castellano), señala sobre los mandatos sociales -ejercidos desde antes de nacer- como el maltrato y el abuso, los cuales no siempre tienen que ser carentes de afecto “para ser violencia” (Beth, 2012). El gesto de teatralización sexopolítica que despliega Stephania hace visible ese entramado; ella misma explica la estrategia mencionada cuando, más tarde, le expresa a su madre:

Porque sinceramente sentí como un exorcismo el otro día ¿viste que estaban todos rodeándome así? Y me puso nerviosa. Realmente de plano que no me gustó. Y empezó a decir cosas que me dolían. Y yo digo: yo creo en Dios y, Dios, si va a hacerme sentir algo que me va a doler… ¡no! Dios te prepara antes. Si él va a hablar algo a través de alguien, a decirte algo ¡te prepara! a uno y al otro […] Aparte yo no vine, realmente, a cambiar mi sexualidad, soy sincera. No vine a cambiar mi sexualidad. Vine a reencontrarme y a restituir mi familia que había perdido hace muchos años.

Incendiar el canon de lo visible

Lucas Martinelli señala, al analizar otra película de Aldo Garay, Señorita Candidata (2010), la fuerte dimensión intertextual en la que se van tejiendo los filmes de Garay los cuales “se presentan y representan imágenes que abordan y construyen cuerpos de tránsito, en un devenir de identidades de los bordes” (Martinelli, 2011). Y agrega que en estas películas se transgreden los posicionamientos tradicionales sobre el imaginario acerca de las travestis, provocando una tensión que genera “una particular dialéctica de inclusión” (Martinelli, 2011).

En el film inaugural de Garay, Yo, la más tremendo (1995), se puede ver a una feliz y longeva Gloria Meneses, travesti uruguaya nacida en 1910, quien vuelve a la pantalla en La Gloria de Hércules (2010), otro de sus cortos. El testimonio de una travesti sobreviviente -recordemos que el promedio de vida de las travestis en Latinoamérica se aproxima a la treintena- constituye uno de los escasos registros de estas características (junto a la maravillosa presencia de Malva en la antes mencionada película T, de Juan Tauil (2015).

Para la cinematografía latinoamericana, es de suma importancia la imagen de una travesti empoderada; es más, es vital el valor político que adquiere una imagen así frente a una insistente representación artística de cuerpos sistemáticamente basurizados o invisibilizados. La creciente repercusión internacional de la filmografía de Garay (por ejemplo la obtención del Premio Teddy al Mejor Documental LGBT en el FIC de Berlín en 2015 con El hombre nuevo o la retrospectiva de sus documentales que presenta en 2016 la Cineteca Nacional de México) amplían dicha visibilidad.

volver-con-la-frente-en-altoAhora bien, como sabemos, la frotación entre una sexopolítica hegemónica y un imaginario sexo-disidente no es un problema meramente de las cinematografías latinoamericanas, claro está. Agostina Invernizzi y Pablo Piedras (2016), por ejemplo, analizan el film austríaco Female to What the Fuck (FTWTF) (Katharina Lampert y Cordula Thym, 2015), presentado en el último BAFICI, como un disparador estimulante para reflexionar sobre las identidades trans masculinas. Sostienen que el mismo permite pensar en una serie de problemas, afines a los que venimos desarrollando para la película de Garay, “la incomodidad con el binarismo establecido de los géneros normados, la identidad como un fenómeno inestable y en constante transformación, la difícil misión de encontrar grupos de pertenencia para las personas que se desplazan del cisgénero, entre otros” (216). Con su mirada desde el Sur, Invernizzi y Piedras pueden diferenciar como el documental de Lampert y Thym, al enfocarse en un contexto muy diferente al latinoamericano, exhibe a integrantes de una clase social que está mucho más exenta de la marginalización social o la persecución policíaca. Pese a las diferencias, es observable la frotación entre un orden establecido sobre los cuerpos y la disidencia sexopolítica a dicho ordenamiento.

Una última imagen, propuesta por Didi-Huberman, nos parece un aporte que valoriza aún más -políticamente hablando- a las imágenes que aporta Garay. El autor sostiene que “no se puede hablar del contacto entre la imagen y lo real sin hablar de una especie de incendio. Por lo tanto no se puede hablar de imágenes sin hablar de cenizas” (2008). En El hombre nuevo los planos se montan por corte directo durante la mayor parte del documental excepto cuando se cierra la secuencia del viaje a Nicaragua, donde un fundido a negro sorprende en la retórica que se fue construyendo. Se observa una imagen de Stephania, con trenzas, sentada escuchando a su madre, quien lee la Biblia. Por corte directo un primer plano de Stephania, sentada en una plataforma giratoria en movimiento que desdibuja el fondo destacando más su figura, mira a la cámara denunciando el artificio. Después, esta retórica de cierre concluye con unos planos en Uruguay, donde se retoma la primera parte, ese presente de la protagonista cuidando coches en la calle y deambulando por Montevideo con su carrito, portador de sus pertenencias. La protagonista mira a cámara consciente del incendio, atenta a quienes somos testigos de esas cenizas. Todo pareciera seguir igual que al comienzo pero ¿realmente todo sigue igual después del incendio?

Conclusión

En el presente trabajo hemos tratado de postular una contribución al estudio de las potencialidades críticas del documental El hombre nuevo, explorando sus procedimientos visuales y discursivos, a la luz de problemas socioculturales que involucran cuestiones de sexopolítica, marginación, discriminación y exilio sexual. Como dijimos, para la cinematografía latinoamericana, la figuración de una travesti empoderada frente a la hegemonía de representaciones culturales de cuerpos sistemáticamente basurizados, invisibilizados o segregados por objetivos políticos que se enuncian como “más primordiales” adquiere un carácter disruptivo e instala una promesa.

El retrato íntimo de Stephania Mirza Curbelo que presenta Garay, sugiere reflexiones en torno a la política sexual vigente y permite releer -desde un nuevo enfoque- la militancia de izquierda en países como Uruguay y Nicaragua, al mismo tiempo que invita a relacionar esa historia particular con miles de otras historias que resuenan en nuestros cuerpos y en nuestros países latinoamericanos.

El hombre nuevo presenta un viaje vital que postula una especie de incendio; su registro construye un nuevo archivo que indaga en las cenizas de otros archivos, de otros incendios. Se trata de un periplo por los pilares de nuestras sociedades (como la familia, la religión y la militancia por fines elevados) para visibilizar sus fundamentos heterocentrados, patriarcales, misóginos y transfóbicos. Una promesa de que, tal vez, la frotación entre una sexopolítica hegemónica y un imaginario sexo-disidente sea generadora de las chispas que sigan incendiando -a futuro- los bosques de la profunda exclusión que el heterosexismo patriarcal impone a nuestros cuerpos.

Bibliografía

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Trerotola, Diego. (2011, abril, 08). «Tan tremendas como enteras». Soy. Página 12.

Notas

 [1] Néstor Perlongher da nombre a su experiencia de dejar la Argentina como la de una particular pertenencia a una minoría de exiliados sexuales. En el medio El porteño, en 1985, le explica a Osvaldo Baigorria dicho concepto: “Mirá, mucha gente se fue durante la época de la dictadura, porque era insoportable ser gay en la Argentina. Era cosa de salir a la calle y que te llevaran. Ni siquiera te agarraban porque habías tenido relaciones con alguien; era por tu manera de caminar, por el pelo largo, por el look. Cuando te pedían documentos, hasta te preguntaban si eras soltero. Yo en realidad me fui en el 81′, o sea que me banqué los peores años. Y realmente fue un exilio, pero a la manera de esos exilios microscópicos, moleculares: la gente se va solita, o en pequeños grupos, sin asumir su condición de exiliados (Baigorria, 2004: 273).

[2] Por supuesto que algunas propuestas combinan sus crónicas de activismo con este aspecto transversal, por ejemplo la ya mencionada T (Juan Tauil, 2015).

Artículos

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Iván Pinto Veas

Resumen

El artículo establece un recorrido por el cine documental chileno de los últimos años poniendo énfasis en las exploraciones materiales y formales, visibilizando un corpus aún no lo suficientemente analizado de más de veinte películas que establecen juegos en el límite con la ficción y la experimentalidad.

Palabras clave

Documental chileno, experimental, visualidad

Abstract

The article focuses on recent Chilean documentary films with an emphasis on material and formal explorations making visible a body of work which has yet to be fully analyzed, including more than twenty films that play with limits between fiction and formal experimentation.

Keywords

Chilean documentary, experimental, visuality

Resumo

O artigo fornece uma excursão dos documentários chilenos dos últimos anos, destacando as explorações materiais e formais e tornando visível um corpo ainda não suficientemente analisado de mais de vinte filmes que definem os jogos de limite com ficção e experimental

Palavras-chave

Documentario chileno, experimental, visualidade

Datos del autor

Doctorado © Estudios Latinoamericanos Universidad de Chile. Becario CONICYT.

Introducción

El presente artículo tiene por objetivo analizar el cine documental chileno de los últimos años poniendo énfasis en la transformación de sus materiales expresivos y en el surgimiento de nuevas formas que han renovado por completo el panorama reciente. Aunque existe una discusión bibliográfica en aumento y en curso respecto al documental chileno,[1] los acercamientos por lo general sitúan lo expresivo-documental en términos subsidiarios de una modalidad específica de representación (autobiográfico, subjetivo, expositivo, testimonial, argumentativo) o una temática (memoria, política, afecto, identidad), dejando en un segundo grado una pregunta acuciante formulada por estas obras vinculadas a la exploración formal de los recursos. Este grupo de documentales se caracteriza por la exploración de los límites discursivos del formato, la apertura hacia zonas liminares del documental y la incorporación de procesos creativos abriendo la pregunta sobre el estatuto problemático del cine documental en su vocación exploratoria de lo real.

Si bien existe una tradición documental bajo nombres relevantísimos como Patricio Guzmán, Angelina Vásquez, Marilú Mallet, Raúl Ruiz, Sergio Bravo, Sergio Navarro, Pedro Chaskel, Carlos Flores, entre otros, el panorama actual parece haber diversificado y ahondado algunos interrogantes ya presentes en el campo del documental chileno y parece ir a su vez más allá de algunas distinciones establecidas históricamente sobre sus límites. Algunos ejemplos de esta renovación son las obras de Ignacio Agüero (aunque con trabajos procedentes de la década del ochenta), Cristián Leighton, la dupla de Bettina Perut e Iván Osnovikoff, José Luis Torres Leiva, Maite Alberdi, Tevo Díaz, María Paz González, Tiziana Panizza, la dupla de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola, Antonia Rossi, Cristóbal Vicente, Camila Donoso, Fernando Lavanderos, Jerónimo Rodríguez, Colectivo MAFI, más algunos nombres no lo suficientemente difundidos como los de Pablo Leighton y Edgar Endress, entre otros realizadores, algunos de ellos con más de siete  largometrajes en su haber.

Esta renovación ha conjurado múltiples elementos, como la marcada presencia de la subjetividad, que ha sido analizada en diversos textos desde una perspectiva autobiográfica. A ello podemos agregar la indeterminación entre ficción/documental; los juegos con el control y el descontrol de la puesta en escena; la proliferación e indagación analítica de los recursos expresivos y materiales (sonoros, visuales); la materialidad y pesantez de los cuerpos; el remontaje experimental del archivo; la densificación de la exploración perceptual y afectiva; la problematización contingente de lo político, etc., todas cuestiones que establecen un panorama variado pero que a su vez tensionan los presupuestos aún vigentes del documental como discurso de sobriedad sobre lo real.

Las categorías que lidian con las transformaciones en curso del documental chileno tienden a quedarse algo estancas frente a un panorama móvil y expansivo que desafía los nombres algo consensuados dentro de los últimos años.[2] Como una categoría provisoria y flexible, nos acercamos a la idea de un “documental experimental”, abarcando aquí tanto la dimensión exploratoria de la materialidad expresiva como la tensión “expandida” de los marcos habituales de producción y circulación. Se trata de  exploraciones marcadas por la hibridez, la performatividad y la autorreflexividad.

1 ningunNingún lugar en ninguna parte (José Luis Torres Leiva, 2004)

Quizás un buen ejemplo para comenzar la discusión sea el documental Ningún lugar en ninguna parte  (2004) el primer largometraje del realizador José Luis Torres Leiva.[3] El documental acentúa un desacomodo respecto de algunas características canónicas del documental, situando un referente claro de un giro estético y exploratorio.

El filme en cuestión se presenta como  apuntes en torno al barrio “La Matriz” de Valparaíso. Se registran, a modo de inventario, rostros, texturas, calles y situaciones cotidianas, compuestas en una estructura interválica que explora distintas entradas sin un orden aparente.

El documental comienza con una cita directa de La llegada del tren a la estación de La Ciotat (1895) de Louis y Auguste Lumière, sin aclarar explicativamente ello más que el subtítulo que hemos visto en el plano anterior  —“apuntes para un documental sobre la ficción”—.  Lo siguiente es el registro de un grupo de cuerdas que compone la música del propio documental, para luego empezar un recorrido en tren con esta música de fondo y los registros de la ciudad, lo que pasa a un juego con la “trastienda” de la composición de la música, mostrando el proceso de producción. Aunque la estrategia podría ser llamada “reflexiva”, el modelo de denuncia de la “cuarta pared” no parece ser el énfasis del documental, sino más bien explorar la relación entre los materiales, retardando la transitividad enunciativa y el significado literal. Dicha operación ha sido leída como una puesta en abismo (Donoso, 2007). Nosotros agregaríamos a esto la cuestión de la des-composición material que abre el filme hacia una zona de indeterminación y apertura exploratoria, debilitando y jugando con el efecto de impresión de realidad (“la llegada del tren…” opera como cita histórica sobre este efecto). El juego posee el efecto de la visibilización del hecho estructural del filme, como si se quisiera acentuar el hecho crucial de su enunciación, retardando la transitividad del sentido narrativo y creando una trama discursiva de capas y niveles.

El documental de Torres Leiva abre la pregunta por la situación documental, estableciendo un hiato entre lo ficcional, lo experimental y lo discursivo que no busca definirse sino ensayarse en una contingencia provisoria, desnudando sus recursos y exponiéndolos como mediación. Lo que está en juego es el documental como punto de intersección problemática respecto de la imagen y un modo de conocimiento a través de ella; una episteme escópica para ponerlo en palabras de José Luis Brea (2007). En ese sentido, habilita una zona de interrogantes desde la cual aborda esta confluencia en el documental chileno contemporáneo, sentando una base que desarticula las nociones más naturalizadas del formato.

Documental/Ficción/Documental

Zig-zag en la pantalla mental. Se trata a la vez de suspender y recomenzar con ese sueño contradictorio que liga el espectador al filme. Creer, no creer, volver a creer. Otra vez la figura mayor del vaivén. Ese movimiento oscilatorio parece regular toda gravitación cinematográfica: proximidad y distancia, plenitud y vacío, luz y sombra, parejas malditas todas ellas que no pueden evitar participar del conflicto puesto que es precisamente él quien establece el contacto en el cine. De marcar a borrar, de tomar a perder conciencia, zig-zag entre las modas antagónicas de la participación del espectador ante el filme (Jean-Louis Comolli, 2007).

Desde hace algunas décadas, tanto la industria cinematográfica como la televisión se apropiaron de las estrategias del directo documental, construyeron un nuevo tipo de espectáculo realista desde cierta veracidad del “hecho documental”. Estas operaciones discursivas levantaron un manto de sospecha que, durante las décadas del ochenta y noventa, fue formulado a través de la noción de simulacro que el filósofo Jean Baudrillard (1993) identifica como síntoma contemporáneo -“la verdad que oculta que no hay verdad”-. A este enunciado, podemos sumar el surgimiento del “falso documental” como género que situó un marco de duda plausible sobre la cuestión de la dimensión ficcional y artificial del cine documental, formulando precisamente un nuevo género de ficción. Sin embargo, situada esta sospecha sobre sus estrategias retóricas de manipulación, uno podría agregar que “lo documental” no ha hecho más que volver como una pregunta que desarticula los límites discursivos a favor de su exploración.[4] Tal como ha reflexionado Stella Bruzzi, en el documental siempre se trata de una “intrusión” donde están puestos en juego los elementos de la performance, la dramatización y la actuación para la cámara (2000: 155), evadiendo cualquier zona “neutral” respecto a lo real.

Una serie de películas locales se sitúan en este territorio a través de la construcción artificial, la ficcionalización, la puesta en escena y el hecho documental, estableciendo un juego de capas discursivas. Tenemos, así, filmes que trabajan lo documental con claras estrategias de guionización, control y puesta en escena; y filmes que, por otro lado, se sustentan en el registro directo  para crear un “entre-lugar” entre lo ficcional y lo documental.

La ficción en el documental: guión y puesta en escena

Ya en su segundo filme —Un hombre aparte (2002)—, los cineastas Bettina Perut e Iván Osnovikoff introducían este juego en su retrato del manager de boxeo Ricardo Liaño, quien permanentemente interviene en la puesta en escena del documental. A lo largo del filme en tanto dispositivo argumental, está presente la idea de un posible largometraje de ficción llamado por el propio Liaño, precisamente, Un hombre aparte”, para lo cual se contrata (y se paga) a un guionista.[5]  A partir de aquí, se establece el retrato de Liaño como una especie de “Quijote falto de épica(…), sujeto desublimado, función de la representación social cuya comparecencia en la visibilidad de la sociedad es contraparte necesaria para la instauración de un sistema excluyente” (García: 2007), que a su vez jugaba con su doble ficcional, una fantasía megalómana que los documentalistas registran.

2 astutoEl astuto mono Pinochet contra la moneda de los cerdos (Bettina Perut e Iván Osnovikoff, 2004)

Su siguiente documental, El astuto mono Pinochet contra la moneda de los cerdos (2004), es un paso al costado al discurso testimonial de la memoria proponiendo una fisionomía nueva para el debate local, y acrecentando el lugar del dispositivo argumental. Desde una agudización de las estrategias interactivas situadas en su obra anterior, aquí las cuestiones vinculadas a la dramaturgia, la actuación y la performance son dispositivos de creación documental. En este documental se sigue a varios grupos de jóvenes y niños nacidos con posterioridad al golpe militar de 1973, a quienes invitan a representar libremente el golpe.  Aquí, la película sigue fragmentariamente los distintos relatos y puestas en escena creadas por los jóvenes, las que varían entre el juego lúdico y el drama trágico, en distintas performance de Allende y Pinochet. Desde una visión polifónica y ruidosa, la apropiación de los “signos históricos” juegan con una idea antimonumental, proponiendo a su vez la idea del relato ficcional como configurador de experiencia social, en lo que podríamos llamar una lectura indiciaria de la Historia como síntoma en los cuerpos y el imaginario.[6]

Pero estos no han sido los únicos lugares donde se encuentra presente el juego con el control y la ficción. Documentales como El Salvavidas (2011) y La Once (2015), ambos de Maite Alberdi; Hija (2011) de María Paz González; o Pena de muerte (Tevo Díaz, 2012) enfatizan la pregunta del documental en la creación de universos autónomos y cargados diegéticamente, desde el ángulo de la primacía del control de la puesta en escena.

3 EL SALVAVIDASEl salvavidas (Maite Alberdi, 2011)

4 HIJAHija (María Paz González, 2011)

El Salvavidas cuenta la historia de Mauricio, un salvavidas en la playa popular de El Tabo obsesionado con el orden y el cumplimiento de reglas, que debe lidiar con el libre albedrío de los bañistas. En el caso de La Once, Alberdi retrata a un grupo de señoras de la tercera edad que se juntan a tomar el té como un ritual que celebra la amistad a lo largo de años. Enfatizando en ambos la dimensión constructiva de la puesta en escena y, de paso, realizando frescos sociales sobre la “chilenidad”, la puesta en escena se sustenta en encontrar lugares desde donde asentar el control, llevando a cabo una investigación amplia que hace posible dar con el personaje peculiar de El salvavidas, en el primer caso, o sostener la filmación a lo largo de muchos meses, como en las tomas y retomas de las reuniones que dan cuerpo a La Once. A partir del conocimiento de las condiciones del universo que se está abordando, producto del cual se asegura un cuidado tratamiento en el orden visual y sonoro, la obra de Alberdi nos habla de la performance cotidiana teatralizando y estilizando su ritualidad.[7] Por otro lado, el dispositivo argumental está a la espera del acontecimiento documental, el imprevisto, ya sea éste un accidente —en el caso de El Salvavidas— o la desaparición de las ancianas —en La Once—. Se encajona, así, la dimensión artificial del registro manteniendo estos acontecimientos como aquella huella documental que habla de su especificidad. En última instancia, se trata de cuerpos y sujetos donde lo imprevisible sitúa su pacto último con lo real.

Desde otro ángulo, aunque se ha discutido bastante sobre el cine documental autobiográfico como modo discursivo, se ha reflexionado poco aún sobre la auto-puesta en escena y el control de los recursos narrativos. Hija, de María Paz González, parece hacer frente al género autobiográfico desde la perspectiva de la apropiación irónica del género melodramático[8] y la road movie, enfatizando estas operaciones por vía de estrategias de distanciamiento dentro de un drama familiar de la búsqueda de un padre y el descubrimiento de una relación madre-hija, contada desde la perspectiva de la segunda. A partir de aquí, González juega con el espectador, realizando con un constante guiño al proceso productivo del  filme (autoconsciencia), y una obsesión por el relato y su puesta en escena. Por otro lado, el personaje de la madre parece ayudar a la distancia con el melodrama desdramatización, para llevar el filme a cierto tono de comedia donde se potencia su dimensión fabuladora. Así, en el filme aparece la decisión de cómo hacerse cargo de la historia biográfica y de cómo construirse desde ahí, meditando sobre los “cuentos de hadas” y otros mitos que determinan el “relato” de la familia y las fantasías de la propia protagonista. Al mismo tiempo, la película de-construye esas ficciones y propone una salida vital por el lado de “hacerse ficción”, incluyendo una dimensión de género pero no siendo determinada por él. Todo el filme se sustenta en la búsqueda que María Paz, la protagonista, realiza para saber quién es su padre; el  encuentro no tiene lugar nunca, y un llamado telefónico funciona como catarsis o más bien como des-encubrimiento desmitificador. María Paz debe decidir qué hacer, desde ahí, en términos de su propia fantasía, lo que incluye a su vez el propio filme: el filme se transforma en el lugar y la excusa que materializa la ficción sobre la propia identidad. Hija es, en ese sentido, un documental sobre el sitio de la ficción y el relato en la propia vida, sacando el documental autobiográfico del tópico trágico, político o testimonial para llevarlo a un lugar donde importa el juego y la puesta en escena.

5 penademuerte1Pena de muerte (Tevo Díaz, 2012)

Desde el ángulo de una radicalización de la puesta en escena y el control, abordamos el documental Pena de muerte, el segundo de Tevo Díaz, luego del retrato experimental del poeta Juan Luis Martínez que ofrece Señales de ruta (2000). Pena de muerte aborda el caso de los llamados “crímenes de los psicópatas de Viña del Mar” ocurridos durante la década del ochenta en plena dictadura, una serie de asesinatos de gran repercusión mediática. Lo que en otras manos quizás se habría transformado en apenas un reportaje (con el habitual talking head testimonial e insert probatorio), aquí avanza hacia lo que podríamos llamar el “documental de montaje” vía el uso combinado del archivo, el testimonio y la ficcionalización. Es el caso, por ejemplo, del material de prensa y los archivos televisivos y radiales usados para construir el relato, y la voz over del narrador central que le otorga al filme cierto aire impostado de un tipo de periodismo que emula la crónica roja y la precariedad del imaginario televisivo local y radial de esos años, en el contexto del clima opresivo de la dictadura. A través de los testimonios y los sujetos entrevistados —entre ellos, familiares de las víctimas, periodistas, policías y médicos forenses— Díaz capta la puesta en escena “teatral” de los casos policiales. La misma idea de una “galería” de testigos configura aquí un bloque de voces testimoniales que son válidas tanto por el habla y el discurso que otorgan, como por el lugar que poseen en la “trama” (el periodista, el detective). Se registra, así, cierto tono discursivo “técnico” de los peritos que se suma a la impostación del narrador central. Díaz recoge el carácter “ficcional” y “performativo” de la experticia, teatralizando sus discursos de forma diversa (por ejemplo, en la discusión “perita” entre el psiquiatra y el detective, que operan como contrapunto y se dirigen con cierto guiño al espectador). Todo esto da cuenta de cierto juego del documental con el hecho de que es la propia enunciación la que construye el sentido y el verosímil.

Un nuevo nivel de esta “ficción documental” se manifiesta en la construcción de escenas ficcionales con actores, las cuales recrean los casos desde una estética del thriller de asesinos seriales. El juego aquí pasa menos por la “acción” que por la cuestión del clima y el espacio en que se mueven o se habrían movido estos personajes, utilizando de forma ajustada las locaciones originales —los barrios residenciales de Viña, los caminos en las afueras, los estacionamientos—  sumado al tratamiento de la imagen —en cine— que le otorga a esta una materialidad añeja, rancia, casi vencida.

Estos tres niveles —la cita e impostación, la teatralización y la ficcionalización— se conjugan en un montaje que superpone los fragmentos como un puzzle, construyendo en distintos niveles reflexiones que se deslizan desde un inicio: el clima opresivo del período de dictadura; la materialidad y espesor del archivo como mediaciones; cierta teatralización social de las instituciones y la jerga técnica de los peritos (sean narradores, sean expertos o técnicos); y una estructura que enfatiza la manipulación, el montaje y la artificialidad del relato policial.

Los documentales que señalamos instalan la pregunta por el control enfatizando sus estrategias de puesta en escena, ficción y dramatización, explorando formas discursivas y dispositivos argumentales. Estos elementos no son ajenos a muchos otros documentales chilenos contemporáneos, quizás a estas alturas más conocidos o incluidos en otros análisis. Lo que aquí resulta relevante es que estos trabajos plantean el núcleo problemático de lo documental como lo específico, enfatizando la dimensión constructiva de su puesta en escena. Queremos abordar ahora dos ejes más, en esta misma línea, que sostienen un punto de indeterminación entre los niveles de la ficción y el documento, para señalar desde ahí un nuevo punto de roce entre ambos niveles.

Dislocaciones documentales en la ficción

Desde el lado de la ficción industrial, decíamos, el elemento documental se ha vuelto un recurso retórico y un hecho instalado a escala social amplia (películas como The Blair Witch Project, o Rec, filmes de terror que juegan con el falso documental). Por otro lado la cuestión del registro contingente, el acontecimiento y el archivo han establecido en algunos filmes contemporáneos zonas donde esta indeterminación de niveles propone preguntas para el cine actual chileno; me refiero a No (2012), de Pablo Larraín; El pejesapo (2007) y Mitómana (2011) de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola; y Naomi Campbel (2013) de Camila Donoso y Nicolás Videla. No se trata de ejemplos al azar: No, por ejemplo, siendo una ficción argumental, causó una airada discusión sobre la representación de lo histórico  y fue leída con no poca frecuencia como un “documental de época”.[9] El elemento documental del filme pasa por la apropiación de material de archivo consistente en la campaña televisiva del plebiscito de 1988, estableciendo un juego permanente entre estos niveles, donde el tratamiento cinematográfico emula las condiciones técnicas de la cinta U-matic, como ha señalado Bongers (2016): “El juego con los diferentes niveles temporales entre 1988 y 2012, entre las imágenes de los programas televisivos y las filmadas con cámaras de la época de los ochenta, pero en la actualidad, perturba la orientación y percepción en varias secuencias de la película”. En algunas entrevistas, el propio Larraín ha declarado que el filme es también un documental sobre el cuerpo. Esto es puesto en el filme cuando en una escena se pasa del archivo de 1988 al set televisivo —ficcionado—, al cuerpo actual del locutor, en este caso, Patricio Bañados, transformando el cuerpo en el índice referencial; el pivote sobre el cual gira una interrogación de estos niveles discursivos desde el sobresalto temporal. Tal como ha señalado Palacios (2014), detrás de ello se encuentra una interrogante sobre un “realismo” que hace pasar la película por los cuerpos[10].

6 MITOMANAMitómana (José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola, 2011)

7 NAOMI CAMPBELLNaomi Campbel (Nicolás Videla y Camila Donoso, 2013)

En los casos de Mitómana, El Pejesapo y Naomi Campbel, desde otro ángulo y con distintas preocupaciones, es el registro del cuerpo el que se vuelve el elemento de indistinción crucial. Estos tres filmes se sitúan como ficciones argumentales pero con elementos documentales disruptivos que encuentran en el entre-lugar una instancia exploratoria. El Pejesapo es el primer largometraje de José Luis Sepúlveda, quien después firma Mitómana en conjunto con Carolina Adriazola. En ambas películas los directores utilizan un dispositivo argumental para realizar una serie de intervenciones documentales en las cuales los filmes se abren a lo contingente. En El pejesapo[11] se trata de Daniel SS, protagonizado por Héctor Silva, un personaje que es rescatado de un suicidio en los bordes de la ciudad quien luego empieza un recorrido de búsqueda de inserción social siendo rechazado por su condición marginal.

Acá el tratamiento conjuga la confrontación entre Hector Silva y los espacios reales, como es la búsqueda laboral o la relación que establece con unos habitantes del margen del río, en el cual el juego permanente se presenta entre la consciencia de Silva del aparato cámara y la ambigua consciencia de los personajes en los escenarios reales; o el juego con la contingencia al hacer su aparición Luisa Durán, la esposa del mandatario de turno en un acto político.

En el caso de Mitómana, se trata de una actriz interpretándose a sí misma. Más precisamente, el filme puede comprenderse como un documental sobre un rodaje donde ella es puesta a prueba por los propios directores, estableciendo un grado de mayor reflexividad sobre el proceso de registro. En ambos filmes, lo que se está documentando es la puesta a prueba de un cuerpo, accediendo a espacios y zonas de experiencia habilitadas por el propio filme, desde lo que podría ya llamarse una estética de la transgresión.[12] El caso de Mitómana se trata de una prueba que la primera actriz no logra pasar, lo que a los veinte minutos hace que la película cambie de protagonista, ingresando la actriz Paola Lattus quien está decidida a “tomarse el papel”, lo que ocurre en una confrontación entre ambas actrices. Los realizadores constantemente la ponen a prueba frente a la cámara, en una estrategia donde los límites de la “máscara” y la vida cotidiana están puestos como ámbitos a explorar. En una escena la actriz se disfraza de enfermera para entrar a un hospital, lo que es registrado incluso sin autorización de la institución. En otro momento, la actriz debe cortarse el pelo a modo de prueba frente a la cámara. Este juego de poder y estrategia, de límite ético y sometimiento, es parte de un juego dual entre documental y ficción. Esto tiene, sin embargo, un punto de quiebre en el que el filme “cede” su estructura: hacia los tres cuartos de la película, el encuentro amistoso de Paola con Rocío —una niña de la población—, pone en marcha un extrañamiento afectivo. El filme toma el rumbo de explorar esta aparición hacia otro lugar, esto es, una pregunta sobre la condición del encuentro y la alteridad en el plano de la experiencia, bifurcando el relato hacia una especie de ensayo subjetivo donde la voz de esta niña se enuncia. La actriz y la propia película se fracturan, abriéndose hacia un acontecimiento que supera, incluso, la dualidad con el que estaba siendo abordado, realizando una especie de “psico-geografía” del Santiago suburbial, que establece la relación con lo imprevisible como hecho específico documental, al igual que en la obra de Alberdi.[13] Esta capacidad elástica de absorber y reconfigurar redirecciona la pregunta por el directo y los dispositivos de acercamiento llevándolo a una zona donde el montaje y la subjetividad exploran en el ensayo audiovisual.

Naomi Campbel también se trata de una ficción-documental cuyo dispositivo central es el cuerpo de su protagonista. Paula “Yermén” Dinamarca es una transexual que busca operarse el cuerpo, para lo cual concursa en un programa de televisión donde el premio es una cirugía plástica. Durante el recorrido, conoce a una mujer inmigrante de nacionalidad colombiana que busca operarse para ser igual que la modelo Naomi Campbell. Ambientada en la población La Victoria, el filme incorpora grabaciones de video casero realizadas por “Yermén” que fueron parte del proceso de investigación documental del filme que luego se incorporaron en el montaje. Junto con ello, el nombre e identidad sexual de la protagonista se mantienen en la ficción, teniendo como punto límite del cruce entre ambos niveles (ficción/documento) el cuerpo, situado como límite y partición, en la dimensión que este se transforma en un lugar de indistinción genérica. Es desde aquí que el filme es un laboratorio entre ficción y documental tejiendo performativamente el género discursivo con el sexual.

Muchos filmes han jugado en los últimos años incorporando el hecho documental a la ficción en términos de estrategia exploratoria, otros filmes que debiesen ser mencionados con más atención posiblemente sean: Y las vacas vuelan (2004), Las cosas como son (2012) y Sin norte (2015) de Fernando Lavanderos, quien ha establecido en cada película un juego de cajas chinas entre niveles de reflexividad fílmica y dispositivos documentales utilizados en argumentos dramáticos con actores; también es el caso de La sagrada familia (2004) de Sebastián Lelio que registra un drama familiar con varios elementos amparados en la improvisación y el registro y desde el ángulo del falso documental (ficción con retórica documental), Los dibujos de Bruno Kulczewski (2004) de Pedro Peirano y Alvaro Díaz.

Dispositivos de exploración

Los filmes que hemos abordado hasta ahora enfatizan, en primer término, una pregunta por el control de la puesta en escena documental, y en segundo, el problema del uso de la estrategia documental en la ficción argumental. Queremos abordar ahora algunos filmes que piensan el documental como un lugar para explorar relaciones de control/ descontrol que podría pensarse bajo la idea de un ensayo documental exploratorio, que rozan pero a la vez abren el juego hacia otros niveles y entre-lugares de la ficción y el documental.

8 cofralandesCofralandes (Raúl Ruiz, 2003)

Un buen ejemplo de ello es el documental de Raúl Ruiz Cofralandes (2003), una película en cuatro partes que ahonda en aspectos de la cultura chilena realizada durante los inicios de la década del dos mil y que configura parte de la obra chilena tardía del realizador. En palabras del propio director, se trata de una especie de “miscelánea” donde “se mezclan evocaciones infantiles de la historia, extrapolaciones a Europa y otras cosas con algunas normas morales, como no hacer entrevistas frontales a modo de TV, todo en cámara subjetiva y donde se mezclen imágenes de todo tipo, a veces filmadas como turista, a veces profesionalmente” (Cuneo, 2013). A decir verdad, la película puede ser comprendida como el ensayo definitivo de Ruiz sobre sus inquietudes respecto a la búsqueda de un “Chile permanente”., retomando aspectos de lo que en la década del setenta llamó “cine de indagación”. Esto lo realiza desde la búsqueda de un imaginario de que aborda con una mirada caleidoscópica y de bricolaje, combinando reflexiones históricas, recuerdos, sueños, situaciones de humor, representaciones literarias, indagaciones etnográficas. Este “bricolaje”  es un método de asociación libre; un montaje aleatorio que propone el encuentro y la memoria espontánea como formas de exploración. El documental explora múltiples entradas jugando con dispositivos y niveles de representación. Por ejemplo, utiliza personajes de ficción para establecer reflexiones sobre el paisaje o la relación con la literatura; o recrea escenas de novelas republicanas con recuerdos de la escuela rural de la década del cuarenta; escenifica sueños, filma archivos, documentos, lugares, y utiliza el sonido con referencias, registros y citas. El “tema” del documental, como vemos, podría ser comprendido como el imaginario local, o el inconsciente histórico, pasando por niveles que van de lo social a lo personal. Aunque no podemos insertarnos de lleno en la discusión sobre la totalidad de la obra del cineasta, lo cierto es que su documental abre una zona de interrogaciones donde la idea del “tratamiento creativo de la realidad” no desdice la dualidad ficción/documental, sino que establece un ensayismo exploratorio que  permite examinar otros filmes chilenos.

9 EL OTRO DIAEl otro día (Ignacio Agüero, 2012)

10 EL VIENTOEl viento sabe que vuelvo a casa (José Luis Torres Leiva, 2016)

Pensemos en el más reciente filme de Ignacio Agüero, El otro día (2012), donde el realizador toma elementos de su obra anterior como el lugar de la ficción presente en documentales anteriores (Sueños de hielo, 1993); la reflexión sobre la mirada documental y el lugar del otro (Cien niños esperando un tren, 1988; La mamá de mi abuela le contó a mi abuela, 2004); o la observación atenta del espacio (Aquí se construye, 2000), ahondando ahora en la dimensión subjetiva del relato y formulando una pregunta desde la trastienda de su hogar como origen y punto de partida para la exploración de la multiplicidad de ficciones, lugares y personajes. En el primer nivel, se encuentra una suerte de “impulso” de ficción (la voz del propio Agüero que busca situar una enunciación en primera persona y un relato biográfico) que se ve interrumpido por la llegada del otro. El documental utiliza el encuentro como premisa del relato. Agüero se interesa por la vida de quienes tocan a su puerta, asumiendo el derecho que él tiene de ir tocar la puerta de quien toca la suya.  Al estar situada en una zona de gran circulación, resulta que a la casa de Agüero llega mucha gente por diversas inquietudes: desde una estudiante que busca trabajo, a un mendigo que pide limosna, pasando por un conocido que tiene un problema de estacionamiento. Todo ello lo lleva a varias casas y lugares en otras zonas de Santiago indagando en la vida cotidiana de cada uno de los personajes. En esta línea se comprende el documental como “lectura de un espacio” (Donoso, De los Ríos: 2015) estableciendo una cartografía de desplazamientos y transformaciones de la ciudad desde una “temporalización” de la espacialidad.

Recientemente, El rastreador de estatuas (2015) de Jerónimo Rodríguez ha desarrollado un acercamiento en un diálogo profundo con esta temporalización de la espacialidad, a partir de una forma-ensayo y la búsqueda de una estatua en diversas plazas públicas de la ciudad de Santiago, Rodríguez nos lleva a la historia errática de un republicanismo local borrado por la amnesia social, desde un montaje elípitico que va de Estados Unidos a Chile. El filme puede comprenderse también como una carta a su padre presente a lo largo del relato.

Por su parte, Ignacio Agüero últimamente, ha sido también actor, apareciendo en algunos filmes de Raúl Ruiz (el mismo Cofralandes) pero sobre todo en los recientes trabajos de José Luis Torres Leiva quien, además, le dedicó un filme completo llamado Qué historia es esta y cuál es su final (2013) donde el mismo Agüero realiza un recorrido personal sobre su cine en conversación con Sophie França, su montajista. Es, además, protagonista del último largometraje documental de Torres Leiva El viento sabe que vuelvo a casa (2016) donde “ficcionaliza” a un director de cine documental que realiza una película. En ella, interactúa con espacios reales —un poblado en la isla de Chiloé, por ejemplo—, mientras la cámara de Torres Leiva registra estas interacciones creando un documental sobre una filmación falsa, que obliga a una observación atenta a los niveles narrativos puestos en juego. Estas interacciones componen varios niveles de autorreflexividad donde el espacio y lo real se filtran, generando un retrato de los pobladores de la isla de Chiloé. En este filme, el dispositivo ficcional es utilizado en provecho de la exploración documental, ya que es comprendido como una zona de profundización en universos sociales y espacios concretos, desde una mirada que abre o re-dispone una zona cualitativa de lo sensible para el espectador.

Dos ejemplos de ello (además de El viento sabe que vuelvo a casa) son Tres semanas después (2010) y Ver y escuchar (2013) del mismo director. El primero consiste en un registro del paisaje del epicentro del terremoto del año 2010, tres semanas después del acontecimiento. En algunas de las entrevistas al respecto del documental Torres Leiva ha insistido en el hecho de realizar una respuesta al tratamiento de los medios frente a la catástrofe, sobre todo vinculado al periodismo en búsqueda de una clara explotación mediática de la víctima, una especie de miserabilismo, donde la retórica del primer plano y la utilización de música sentimental articula una sensación de reparo y alivio del televidente frente a la buena conciencia de un periodismo cívico.[14] El documental puede leerse desde lo que el filósofo Jacques Rancière (2009) ha llamado un “reparto de lo sensible”,  como la configuración de otros órdenes y sentidos para la experiencia. Dejando de lado todo primer plano, la utilización del sonido en bajas frecuencias trabaja el estruendo y la destrucción del paisaje en los puntos neurálgicos del terremoto (Talca, Curepto, La Pesca, Rancura, Ilosa, Duao, Constitución, Cobquecura, Pelluhue, Dichato, Talcahuano y Lota), el filme asemeja un estudio reflexivo sobre la destrucción que funciona desde la omisión, poniendo en primer plano visual la materialidad de la destrucción, compenetrándose en ella a partir de la duración y la temporalidad.

Ver y escuchar, por su parte, es un documental más bien testimonial y algo más clásico en su factura, que ingresa al mundo de la sordera y la ceguera acompañando a un grupo de personajes que testimonian frente a cámara. Y aunque Ver y escuchar es un documental en torno de la discapacidad física, ello parece un punto de partida para empujar a pensar las dimensiones vinculadas al lenguaje, la percepción y la conciencia de mundos que ignoramos. Esta segunda capa, vinculada al sentido, es la dimensión más palpable, física y cuestionadora de cómo hacemos mundo y es en donde el documental piensa su propio silencio y su límite como “medio”, abriendo el trabajo a lo sinestésico, la vocación de expresar un sentido con otro.

En la primera escena ambientada en una orilla del mar en Punta Arenas, dos personajes que padecen de ceguera  (Alejandro y Mónica) generan una conversación con Hans (con dificultades de sordera), mediados por dos traductores de señas. La dificultad pero a la vez el deseo de patente de compartir sus experiencias nos hacen prestar atención a aquello que media entre ellos, en principio lo que los separa (la vista, el oído) luego lo que los une (sus experiencias, el lenguaje, la dimensión de lo palpable, la percepción). El filme intercala escenas filmadas en video con una intervención sobre la imagen, ahora devenida materialidad del soporte. En ellas distinguimos pasos descalzos, naturaleza, flores y se enfatiza el hecho del contacto con la piel. Sin más detalle que ese, el documental invita a pensar en la fragilidad del código. Las acciones del “ver” y el “escuchar” aparecen entonces como las dimensiones excluyentes del sentido por vía de la palabra, el discurso y la identidad, fundamentado en lo que se ha dado a llamar “ocularcentrismo” (Jay, 2003), el régimen del poder que demanda presencia, visibilidad y legibilidad. A cambio de eso, el documental construye figuras de una hospitalidad hacia un otro por venir, a partir de una idea de escucha simbólica que resquebraja el sentido de “captura” e “identificación” de la obra, y apuntan a una dimensión de lo tangible (un detalle no menor es la comunicación vía código táctil con un personaje que padece sordera y ceguera conjuntas).

Estos elementos presentes en estos trabajos de Torres Leiva obligan a reflexionar sobre el estatuto del documental desde sus “a priori” vinculados a la certificación visual y el acontecimiento. Cuestionando la idea de una “ventana transparente”, abrimos acá, la pregunta por los procesos y las materialidades, sentando la base para otros recorridos de corte más bien experimental y exploratorio.[15]

Experimentación

Como punto nodal hemos realizado un recorrido donde la ficción y el documental se cruzan y desencajan, explorando una zona de indeterminación.. Nuestra última estación es la cuestión de los procedimientos formales, las materialidades y procesos, desde un documental experimental, que podríamos decir que tiende a renunciar al dispositivo argumental, a la exposición, y a trabajar desde el soporte, el archivo y la exploración de lo sensible/perceptual.

11 MIMBREMimbre (Sergio Bravo, 1957)

12 el corredorEl corredor (Cristián Leighton, 2004)

Dos antecedentes, en este sentido, son, por un lado, Mimbre (1957) de Sergio Bravo y El corredor (2004) de Cristián Leighton. El primero sitúa en el documental poético un temprano acercamiento a las formas, materialidades y temporalidades del trabajo artesanal, renunciando a la argumentación expositiva y lineal. En el caso de El corredor si bien tiene un dispositivo argumental claro- la vida “mínima” de Erwin Valdebenito (oficinista anónimo y maratonista independiente), el filme promueve una aproximación física al esfuerzo físico y existencial de Valdebenito en una verdadera ascesis que la cámara, el sonido y el montaje buscan ajustar en términos temporales y perceptivos. Pablo Corro (2005), escribe:

No es trivial esta observación, el desayuno y la comida ligera que el protagonista consume con serenidad, mascando lento, dan pruebas de que el documentalista tiene sensibilidad para lo lento, que la lentitud, el reposo, son comprendidos como dimensiones del movimiento. Concurren el ritmo vital del personaje y del registro en esa y en otras acciones para elevarlas a rituales, y confirmar que no se representan en el modo convencional, que alcanzan otro estatuto (2014: 199).

Bajo la idea de Noël Burch de “estructuras de agresión”, Corro (2014) vincula el documental de Leighton con el documental Arcana (2006) de Cristóbal Vicente, en términos de estructuras “exasperantes” que buscan “romper la hipnosis” mediante

cercanías desfiguradoras del objeto, pero paradojalmente, motivadoras de la experimentación sensorial, táctil o mediante duraciones largas, planos sostenidos, encuadres obsesivos, que corresponden a una insistencia de la composición y el registro a través de una inmovilidad tan obcecada que rarifica el objeto y que también literaliza la existencia de la cámara, la existencia del realizador (2014:188).

13 arcanaArcana (Cristóbal Vicente, 2006)

Filmada en blanco y negro y en fílmico (16 mm), Arcana registra el último año de existencia de la Cárcel de Valparaíso, un espacio histórico construido en 1843 que luego pasó a ser un centro cultural. El documental puede comprenderse como un registro exploratorio que busca transmitir la experiencia sensorial de la vida al interior de la cárcel; un documento que busca registrar el sistema carcelario evitando el paternalismo y la miseria, como así también el testimonio a cámara o la denuncia. En palabras de su director “se trata de un filme sensorial, porque la cautela y respeto hacia los personajes muestra que hay un descubrimiento íntimo de las relaciones humanas…el factor sensorial se manifiesta con la observación pura, no con las explicaciones” (2011: XX).

Uno de los aspectos cruciales de Arcana pasa por el aspecto sonoro. El registro sonoro se realizó de forma paralela al registro visual, componiendo una trama investigativa autónoma. La composición de los planos recurre a secuencias temáticas, a la par que el sonido acompaña desde un registro que incluye testimonios, sonidos del lugar y música experimental, una trama polifónica y de capas auditivas. El filme cierra con un plano que se eleva cenitalmente sin corte hasta el cielo, hasta ver la cárcel al centro de la ciudad como si fuese el punto nodal de un laberinto urbano. Arcana compromete la exploración formal y material desde una pregunta por los procesos de indagación documental, recuperando la experimentación desde lo sensible, articulando desde ahí una pregunta sobre la cárcel como institución y el umbral humano de su experiencia cotidiana.

Desde otro ángulo, la experimentación en los métodos de investigación y en la forma documental se ha encontrado presente en la obra tardía de los realizadores Perut-Osnovikoff, a quienes ya hemos mencionado en el artículo, pero establecemos aquí una distinción en una segunda etapa de su trabajo. Podríamos arriesgar la idea que un segundo momento de su obra tiene relación con un giro visual y constructivo. Aquí se ha pasado del registro de la acción gestual en términos de un tiempo del directo (una función aún vinculada al registro de una acción), a la dimensión abiertamente “teatralizante” de la propia visualidad que pasa por la exploración del propio soporte visual como dispositivo técnico y lumínico, la valoración del espacio bidimensional de la pantalla, avanzando hacia una estilización de la que ya se tenía claridad en Welcome to New York (2006),  que se  problematiza en Noticias (2009) y encuentra recientemente en Surire (2015) un claro punto de llegada.

Al respecto de Noticias se trata de un documental que parece de múltiples entradas: aquí se sigue a un grupo de peregrinos que realizan un recorrido a la virgen de Lo Vásquez,  indistintamente a un reportero de crónica roja en un pueblo o un grupo de primates en el zoológico. Frente al lente, las relaciones entre lo primario -el evento- y lo secundario -lo nimio, la microhistoria, el detalle- se deforman y vuelven a poner en relación, siendo un documental donde el tratamiento y la puesta en cámara sobredeterminan lo observado, multiplicando en términos dispersivos el “tema central” del filme.[16] Pablo Corro (2014), por su parte, ha asentado la idea de una “mirada clínica” en su obra:

Lo clínico en la mirada de Perut y Osnovikoff se reconoce en  la práctica del distanciamiento, pero no con la intención epistemológica de descubrir causalidades, sino en el sentido de restituir la vitalidad a los fenómenos, examinando su virtualidad morfológica que, hay que aceptar, contiene la del anonadamiento, la de la disformidad. A través de la mirada clínica era previsible que los documentalistas enmudecieran, descubrieran a los muertos y a los enfermos, tal como era necesario que pasaran por la Historia, por los contadores de historias, y por  las noticias.

Su más reciente filme a la fecha Surire (2015) continúa este camino vinculado a la mirada clínica, la multiplicidad narrativa y la estilización visual, centrándose ahora en un solo espacio. Se trata del salar Surire, zona altiplánica ubicada casi al llegar a la frontera con Bolivia a 4.300 metros de altura. Desde el inicio el filme se sitúa en torno a la exploración de las posibilidades estéticas y técnicas que les permite el registro en una geografía hostil y los mundos animales, humanos y naturales que se encuentran ahí.

En sus primeras imágenes el documental comienza con lo que será una especie de leitmotiv: planos detalle registrados con mucha definición de formas burbujeantes que emergen desde la tierra, burbujas que afloran a la superficie, milimétricas, proliferantes, efímeras, pequeñas atmósferas provisorias que nacen, crecen, desaparecen. A continuación, se presentan ejes que pueden ser comprendidos como capas temporales que confluyen en este espacio: por un lado la vida de una anciana aymara en la mitad de este paisaje, a quien podemos considerar su protagonista, por otro, la violenta extracción minera de Boro, mineral que se encuentra en el salar; por último, la vida natural presente en este lugar incluyendo especies animales. Sin orden consecutivo o lineal, la narrativa de Perut-Osnovikoff es también burbujeante: pasa de lo diminuto a lo grande, del movimiento a lo estático, de la narración a la descripción abordando esto como si de una textura policromática se tratase.

14 surireSurire (Bettina Perut e Iván Osnovikoff, 2015)

Si en sus primeras obras trabajaban con la negociación de puntos de vista y una cámara que se establecía fuertemente en el directo, los documentalistas cristalizaron con Surire un tratamiento pictoricista, matérico, donde la superficie del cuadro, la composición y el encuadre son fundamento para generar una potencia que pasa de lo monumental a lo microfísico. Se trata de una película que es un punto de llegada metodológico, de ajuste y concentración de recursos expresivos. El montaje muestra la capacidad de una mirada que pueda ir de lo más pequeño, lo insignificante a lo mayúsculo, del movimiento a lo estático, de lo narrativo a lo descriptivo, en un tratamiento que fusiona y propone como determinante documental la construcción visual y cinematográfica, explorando los límites perceptuales y sensoriales del. Surire es un claro desacomodo con los llamados “discursos de sobriedad” y “grado cero objetivo”.

Insistiendo, y ya casi cerrando nuestro recorrido, con la formación de un corpus vinculado a un documental experimental, podemos hablar de una suerte de “crisis” del estatuto referencial del archivo y una política del remontaje: ahí donde faltan imágenes el documental ha creado archivos; o los ha resemantizado en operaciones de resignificación; o ha explorado en la densa capa matérica de una ruina tecnológica; o los ha reutilizado para dar cuenta de un cierto piso histórico de la mirada; todos temas ampliamente abordados en la discusión local y global (Bongers, 2016; Weinrichter, 2009; Barril, 2014) en los que podríamos incluir películas como Dear Nonna (2005), Remitente una carta visual (2008) y Al final: la última carta (2012) de Tiziana Panizza, El eco de las canciones (Antonia Rossi, 2010); Retrato de Kusak (2004) y Faramak (2001) de Pablo Leighton;  Fernández-Gutiérrez, Ohio 1994 (Rodrigo Marín y Felipe Gálvez, 2012), Muerte blanca (Roberto Collío, 2014) y Mencer ñi Pewma (2011) del artista visual Francisco Huichaqueo, en variantes que atraviesan los campos del cine ensayo subjetivo, la forma epistolar, la representación onírica y la animación experimental.

Experimentación política

A modo de clausura queremos señalar dos filmes recientes que interrogan abiertamente la zona de lo político pero desde un giro exploratorio, subjetivo y experimental. Se trata de dos obras que han abordado el clima social después de 2011 desde diferentes ángulos que registran y amplían en sus búsquedas expresivas las posibilidades del documental.

15 propagandaPropaganda (Colectivo MAFI, 2004)

El Colectivo MAFI ha innovado en la producción y circulación del documental desarrollando cortometrajes documentales que ponen a circular en su página web (http:www.mafi.tv) y que ellos proponen como el desarrollo de un “mapa fílmico” del país (Girardi: 2013).  Estas obras–filmadas rigurosamente con un plano fijo sin corte- pueden verse indistintamente en la web, o en festivales e incluso en galerías de arte, tal como ha promovido su trabajo a lo largo de los últimos años, lo que podríamos decir que se trata de un tipo de producción que incluye la propia circulación, expandiendo los límites habituales del documental. Propaganda (2014) es su primer largometraje y se trató primeramente del registro de las elecciones presidenciales de 2013. El documental registra con un claro sello estético en el tratamiento el plano inmóvil fijo que unifica conceptualmente la imagen, el montaje ideológico y la pluralidad coral de un registro, incluyendo variables como: la diferencia de clases entre las candidaturas, la relación entre política y medios periodísticos, el elevado gasto publicitario, el clima social de malestar. En parte, puede entenderse como un documental sobre “la trastienda” de la política oficial: Propaganda registra movimientos del cuerpo, entonaciones, gestos, palabras, vestimenta, es decir la identidad simbólica de los candidatos políticos, bajo un cuidado marketing, ahí donde la apariencia esconde o trasluce un fondo donde los contenidos -en más de una ocasión- parecen en segundo plano ante tanto ofertón de turno. ¿Qué tipo de política se está construyendo? ¿Estamos ante una política que promueva un discernimiento ciudadano? Desde otro costado Propaganda filma también la dimensión simbólica de la política desde los movimientos sociales, las protestas y el uso de la calle, en una tensión permanente entre la política “oficial” y la de los movimientos. Una política simbólica “sin parte” que eleva estrategias como la intervención pública, la parodia y la consigna reutilizada en el plano del discurso. El documental propone abiertamente una lectura performativa de la política en el espacio público, comprendida en su dimensión de lenguaje y construcción de realidad, contraponiendo partes, analizando ideologías, desmontando y mostrando discursos iconográficos.

Por su parte, el documental ganador de Fidocs 2014 (Festival Internacional de Documentales de Santiago) Crónica de un comité (2014) de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola, sigue desde dentro (en una abierta interactiva y de auto-registro de sus participantes) la trayectoria de un comité político formado a partir de la muerte del estudiante Manuel Gutiérrez, ocurrida durante las protestas del 2011. Dos son los personajes centrales: Gerson, el hermano, quien se encuentra prostrado en una silla de ruedas y Miguel Fonseca, trabajador social y promotor central del comité. Radiografía social y rabiosa desde “dentro” pareciera ser que el realismo documental de los directores se encuentre en la transgresión de los límites entre lo público y lo íntimo, ahí donde la famila, la religión, la convivencia poblacional e incluso las situaciones personales de los protagonistas, sus dudas, inquietudes e incertidumbres, entran a formar parte de un montaje cinematográfico que pasa de lo ideológico a una dimensión deconstructiva y subjetiva, apoyando la intensidad que podríamos denominar como el de una inmediatez del registro y el una velocidad de relaciones posibles entre las partes. Más que la distancia objetiva, Crónica de un comité se sitúa al medio de un vector polémico entre lo privado y lo público buscando la contradicción humana inherente a todo movimiento social, haciéndose cargo de una zona subjetiva vinculada a la rabia y la frustración, una denuncia que se toma en nombre y como parte de unas vidas concretas y reales que subyacen ignoradas y sin visibilidad en el ámbito público y social.

Se trata, en definitiva, de un documental expandido que enfatiza la pregunta por la dimensión analítica de la imagen (Propaganda) y otra que enfatiza la dimensión subjetiva y contingente, abriendo el montaje a la interrupción lineal (Crónica de un comité), realizando una pregunta que cruza tanto el experimento cinematográfico, explorando los dispositivos de aproximación así  como las condiciones subjetivas y existentes de la política.

La cinta de Moebius

Hemos querido desarrollar en este artículo una revisión de las transformaciones que el documental chileno ha mostrado en los últimos años, orientando sobre todo una condición problemática de lo documental. Es evidente que la taxonomía llana o la cronología lineal no orientan una pregunta que con insistencia se viene dando desde películas que en los últimos años que exploran alrededor de instancias llamadas “documentales”, pero que sin duda lo exceden como categoría pura, llegando a áreas que podemos denominar “ficción”, “experimental” y que redunda en lo que se ha llamado “no-ficción”. Por la dimensión claramente expansiva, heterogénea y de cada vez más amplio alcance, formulamos este recorrido bajo la idea de un “documental expandido” que busca dejar abierto el camino hacia nuevas formas, soportes y lugares en que esto pueda aparecer y extenderse.

De acuerdo a Yamila Volnovich es necesario comprender la inscripción del cine documental como un “acto de ver” y desarrollar antes que definiciones ontológicas un acercamiento a:

estrategias textuales que inscriben la materialidad del cuerpo de la obra en su propio proceso constructivo, una posición reflexiva sobre el dispositivo técnico de producción de imágenes (2012: 332).

Ello se inserta en la comprensión, entonces, de la especificidad de las imágenes como “actos” y la transformación en el ámbito de las relaciones conocimiento/experiencia, el lugar de la imagen en el conocimiento social, a través de sus estrategias reflexivas, materiales y técnicas.

En ese sentido hemos optado por una estrategia exploratoria que establece relaciones entre distintos materiales y busca definir en estos recorridos áreas que interrogan la naturaleza problemática de la imagen documental. Esta cinta de Moebius entre ficción y documental, recuerda a lo que llamó la atención de los primeros teóricos del cine- la llamada “impresión de realidad”- y la propuesta Baziniana del cine neorrealista desde una estética de la “amalgama”, la obsesión del crítico francés por la duplicación de lo real, y la posterior sospecha en la crítica de la década del setenta respecto de la “ventana transparente del cuadro”.  Entre ambos niveles, como nos recuerda Jean Louis- Comolli, se juega el espectador y el efecto de creencia, un “deseo de ficción” o un “tipo específico de ficción” que se pone en juego en lo documental. Aceptar este hecho aboga por la aceptación de un límite indeterminado (el documental) en un universo (sobre) determinado, el de las imágenes, aquello que definiría según Campo (2011) lo “real” en el “cine de lo real” y el lugar donde, para nosotros, comienza  un trabajo de investigación.

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Notas

[1] Dentro de las que destaco los acercamientos de Mouesca (2005), Bossy y Vergara (2010),  Barril (2014), Traverso, A. Crowder-Taraborrelli (2015).  Espinosa, Ríos, Valenzuela et al (2010), así como diversos artículos de los últimos años por Donoso, Catalina (2014-2015), Palacios, José M (2010-2015), Ramírez (2010-2015), Bongers (2011-2015), Veres (2015) y Pablo Corro (2014).

[2] Modalidades llamadas “reflexivas” (Nichols:), “performativas” (Nichols, Bruzzi), “auto-representativas”, “post-verité” (Renov), categorías como “film-ensayo” (Machado, Jacobsen-Lorenzo, Weinrichter),”No-ficción” (Plantinga, Weinrichter)” o características discursivas como la “hibridez” e indeterminación” en el documental contemporáneo- teniendo cada una de ellas virtudes, pero insuficientes para dar cuenta de un fenómeno con lógicas propias y raigambres específicas. Por otro lado, habrá que poner entre comillas el estatuto absoluto de una novedad en una historia de las formas experimentales-documentales situadas en una genealogía que encuentra al documental universitario del sesenta (Cine Experimental Universidad de Chile, Escuela EAC UC), el cine del exilio (particularmente los diarios fílmicos de Marilu Mallet y Angelina Vásquez) y  el video de la década del ochenta (en sus facetas comunitarias, políticas y video-artísticas) claros antecedentes de un terreno fértil.

[3] Torres Leiva hasta  la fecha compone un corpus de 8 largometrajes que se mueven entre largometrajes de ficción y documental, además de una serie de ejercicios exploratorios que podemos definir en una vasta gama desde la video-danza al clip músical..

[4] Documentales como El Charles Bronson chileno (o idénticamente igual)(1976)  de Carlos Flores, Diario inconcluso  (Marilu Mallet, 1983) o  En busca del videasta perdido o Mister Off y el caso de las papas locas (Rodrigo Maturana, 1987), Nostalgias del Far west (Colectivo cabo Astica, 1987), Sueños de hielo (Ignacio Agüero, 1993) por no mencionar los video-ensayos de Juan Downey, Diamela Eltit, Gloria Camiruaga, o los documentales de Sergio Navarro, sitúan antecedentes claros de estas exploraciones entre documental, puesta en escena y ficción.

[5] El documental causó cierto revuelto hacia el año 2004, en el marco de una mesa de debate. Esta mesa fue realizada en el marco de FIDOCS y participaron en ella la Asociación de Documentalistas; el crítico y programador del festival Jorge Morales, vinculado a la revista digital de crítica de cine MABUSE; y Pedro Chaskel, documentalista de la generación anterior a los realizadores. Los documentalistas llevaron a la mesa a Ricardo Liaño, protagonista del filme, quien a su vez se tomó varias veces la escena. Iván Osnovikoff, por su parte, cuestionó en aquella ocasión a los puristas del documental. Luego de ello los realizadores han tenido un claro distanciamiento con el festival.  Esta anécdota sitúa un antecedente importante respecto a varios incidentes posteriores al respecto de los límites éticos del documental cuyo fondo basal sostiene una ideología del medio transparente y el deber social del documentalista.

[6] Pablo Corro (2004) ha propuesto leer este filme desde la retórica de la polifonía y el desajuste: “Los diversos sentires ante el tema y su trato se legitiman y repelen sistemáticamente; las estrategias de la presentación y representación se afirman ambas como posibles pero las dos como parciales. Lo único que se impone de modo unánime es el ruido, el desacuerdo, el gesto, que conforme a la coherencia puntual de las propuestas, dicen más de una urgente necesidad de la expresión que de una eventual locura colectiva. Se trata de una polifonía que señala una simultaneidad de voces que nunca llega a articularse como coro, y que por lo tanto no puede realizar la perspectiva ética trascendental que tienen todos los coros trágicos. Ninguna de las verdades particulares se impone como La Verdad.” Luego agrega: “Desajustados en el tiempo histórico, desajustados respecto de la convención representativa, desajustados entre la gravedad del asunto y el protagonismo infantil y la estrategia del tratamiento subjetivo, el desajuste de los materiales dramáticos y de la retórica audiovisual sólo puede ser considerado como a propósito” Texto recuperado en http://perutosnovikoff.com/wp/wp-content/uploads/2009/01/unavuelta_pablocorro.pdf.

[7] “Me interesa el valor de lo real, pero al mismo tiempo, me preocupa que tenga potencia cinematográfica, que exista libertad total en el montaje, narrativa y una forma audiovisual que realmente represente a los personajes y que genere contenido. Esos intereses claramente me acercaban a la ficción, a un control que esta fuera de la tradición del documental. Mis intereses son en esta y mis futuras películas desarrollar un camino en el cual cuando el espectador se enfrente a mis trabajos no importe si son ficción o documental, lo que importe es el contenido, la historia y su forma, desde un realismo estilizado.” Maite Alberdi En : http://www.latamcinema.com/entrevistas/maite-alberdi-directora-de-el-salvavidas/.

[8] “Para  mí el melodrama era una referencia súper importante, el melodrama latinoamericano, la idea de la teleserie y también un poco los cuentos de hadas. En ese sentido yo sentía que esta película tenía muchos de esos elementos: tenía el padre perdido, la hermana desconocida, el secreto, los nombres cambiados. Cuando contaba la historia la gente me decía que era como una teleserie, pero yo no me sentía dentro de una teleserie. Entonces mi intención era trabajar una especie de metamelodrama, de tomar esos elementos estéticos de los cuentos de hadas, el tema con un puente y los cisnes, hay una búsqueda de la estética de esos referentes, y ese era el desafío, no que hubiera una primera persona que hablara desde el drama o melodrama intrínseco, sino que lo mirara con cierta distancia y esa distancia fue planteada para ser construida en el guión y en el montaje” http://www.lafuga.cl/entrevista-a-maria-paz-gonzalez/521.

[9] Para una discusión política a fondo, ver Memoria contemplativa, memoria crítico-transformad1ora (Richard: 2014) http://www.lafuga.cl/memoria-contemplativa-y-memoria-critico-transformadora/675. Ver también: BONGERS, Wolfgang. La estética del (an)archivo en el cine de Pablo Larraín. A Contracorriente, [S.l.], v. 12, n. 1, p. 191-212, oct. 2014. ISSN 1548-7083. Disponible en: http://acontracorriente.chass.ncsu.edu/index.php/acontracorriente/article/view/1311. Fecha de consulta: 24 de mayo de 2016.

[10] Escribe Palacios (2014): “Además de ser una película acerca de los dispositivos que median nuestra relación con lo real y con la historia política, NO irrumpe cual instalación museística o performance que viene a perturbar las confianzas de los discursos que sostienen nuestro presente, y a incomodarnos, siguiendo el verbo que usa Bongers, incomodarnos con su ambigüedad ideológica y su absoluto desinterés en cualquier juicio político.”

[11] Para Pablo Corro,  el realismo del filme “vuelve ociosa  a estas alturas la querella sobre los límites entre ficción y no ficción” (2014:197), aduciendo que el filme “se ajusta con reparos al cine de ficción, pero a un tipo de ficción interpretada por sujetos reales, que en su mayoría se interpretan a sí mismos, siempre en exteriores e interiores reales, y realizando efectivamente, sin simulaciones, todos los actos que constituyen el filme” (2014:192).

[12] Corro (2014) ha analizado este filme desde la idea de una “estructura de agresión” de Noel Burch; desde la incorporación de  procesos de corporeidad que por lo general son omitidos, objeto de elipsis y fuera de campo en los cines de ficción y no ficción, pero sobre todo desde la ruptura con el ilusionismo  y la ruptura de los límites entre ficción y no ficción.

[13] “Nosotros habíamos estado en esa misma población desde que era toma de terreno, entonces conocíamos a toda la gente. Y en ese marco apareció Rocío, y uno la sintió y la película empezó a irse por otro lado. No se podía hacer nada más. Y era un contexto bien pesado, entre la muerte del niño, el Opus Dei metido entre medio, la manipulación constante de la municipalidad… nos fue difícil encontrar un ritmo. Fue el ritmo que nos fue permitiendo integrar…” Ver entrevista a José Luis Sepúlveda (2011) http://www.lafuga.cl/jose-luis-sepulveda-co-director-de-mitomana/607.

[14] Ver texto de Brian Winston:  “La maldición de lo periodístico en la era digital” (Colihue, 2011). Torres Leiva por su parte escribe en un texto que acompañó la obra: “Pero no me interesé en grabar los testimonios de las personas. Tampoco sabía mucho lo que iba a hacer, pero sí sabía que quería hacer algo con el paisaje. Mostrar cómo estos lugares cambian violentamente, y en qué se van a transformar después. Era una reacción en contra de lo que se estaba mostrando en la tele. Además que, de alguna manera, para mí era más importante tratar de reflejar lo ocurrido a través de los paisajes.” La vida continua en: http://www.mabuse.cl/cine_chileno.php?id=86466.

[15] Hay varias entradas aquí, algunos acercamientos (Depetris: 2015, Girardi: 2014, De Los Ríos y Donoso: 2015) han señalado un giro “cartográfico” y “afectivo” a partir de las obras de Agüero, Guzmán y Torres Leiva; otros el énfasis en la subjetividad, lo biográfico y la narratividad en los procesos de memoria (Ramírez: 2010, Barril: 2014) en películas como El eco de las canciones (Antonia Rossi. 2010), Calle Santa Fe (Carmen Castillo, 2007), Sibila (Teresa Arredondo, 2012), ambas líneas podrían coincidir en un giro hacia lo sensible en el plano de lo documental, elemento que creemos opera en el plano narrativo pero también en las cuestiones del “medio”, “el soporte” y “la materialidad”.

[16] Bettina Perut declaró en su momento: “No es una crítica a los medios, no es una crítica al periodismo no va por ahí nuestra intención. Tampoco es denunciar la situación de los hospitales chilenos, ni a los penitentes que van a la virgen. Nosotros con lo estético hemos querido alejarnos de la formalidad periodística y del documental de denuncia, la intención primaria es acercarse de otra forma a la realidad. Se puede convertir el sufrimiento en algo estético, se puede redefinir el dolor” (2009). http://www.elmostrador.cl/varios/2010/08/26/perut-osnovikoff-y-su-nueva-pelicula-ser-documentalista-es-un-lujo/.

 

Documentartismo

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Diana Kuellar

Resumen

Aunque documental y arte son prácticas que se han entretejido históricamente, es desde hace veinte años cuando comenzaron a aparecer de manera sostenida exhibiciones de obras fruto de esta hibridación y se establece como una dimensión artística en potencia. Esta forma de arte que presenta como formato final la instalación y su elemento esencial es su contenido político, circula en doble dirección: la de los documentalistas que entran a los espacios del arte y la de los artistas que recurren a elementos documentales en su obra. El siguiente artículo propone el estudio de esta corriente, a la que se le ha denominado documentartismo.

Palabras clave

Arte, documental, memoria, instalación.

Abstract

Even though documentary and art are practices that have been historically interwoven, it is since 20 years ago that exhibitions resulting from this hybridisation started to appear in a sustained manner and they established as a powerful artistic dimension. This form of art that has installation as its final format and its essential element in its political content circulates in two directions: that of the documentary filmmakers entering the spaces of art and that of artists who use documentary elements in their work. The following article proposes the study of this trend, which has been denominated in Spanish as documentartismo.

Keywords

Art, documetary, memory. art installation.

Resumo

Embora documentário e arte são práticas se entrelaçam historicamente, é de vinte anos atrás quando eles começaram aparecer constantemente exposições de obras fruto dessa hibridização e começa a definir-se como uma dimensão artística poderosa. Esta forma de arte tem como o formato final a instalaçâo, e seu elemento essencial é seu conteúdo político, circula em duas direções: os documentalistas que entram nos espaços de arte e artistas que usam elementos documentais em seus trabalhos . O artigo a seguir propõe o estudo desta tendência , que tem sido chamada documentartismo

Palavras chave

Arte, documentário, memoria, instalaçâo da arte.

Datos de la autora

(Diana Patricia Cuellar España). Docente Escuela de Comunicación – Universidad Del Valle, Cali, Colombia. Doctoranda en Investigación de Medios de Comunicación, Universidad Carlos III De Madrid, España. Mestrado em Comunicaçâo e Cultura- Universidade Federal do Rio De Janeiro, Brasil. Realizadora y productora de documentales.

*El artículo es una versión resumida de un capítulo de mi disertación de maestría «Documentartismo. Construcción de la memoria a través del arte. Colombia y Cono Sur (1995-2015)»  entregado y aprobado en enero de 2016.

Fecha de recepción: 30 de marzo de 2016
Fecha de aprobación: 15 de mayo de 2016

 

Documentartismo

«No tenemos que transformar a los espectadores en actores ni a los ignorantes en doctos. Lo que tenemos que hacer es reconocer el saber que pone en práctica el ignorante y la actividad propia del espectador. Todo espectador es de por sí actor de su historia, todo actor, todo hombre de acción, espectador de la misma historia». Jacques Rancière.

Marco inicial

Cine y arte son dos importantes instituciones que han construido su discurso de manera independiente y con pocos puntos de convergencia a través de su historia. El cine, en su forma dominante, tiene el foco de su desarrollo en la narratividad, mientras que el de las artes está en la autonomía de la forma y el despliegue de la auto-expresión. Por este motivo, durante mucho tiempo parecía que el cine no encajaba en los discursos vigentes del arte y su presencia en los museos sólo era posible a costa de disipar su esencia narrativa para convertirse en “materia museable” (Zunzunegui, 2010: 80).  Surge el cine de museo que cambia el tipo de inmersión que bajo las condiciones clásicas de oscuridad, aislamiento y silencio tiene una audiencia cautiva y que nada tiene que ver con el hecho de ver una película en un museo que no tiene idea cuánto tiempo va a estar, en qué momento de la obra se detendrá, qué omitirá y qué repetirá.

A partir de mediados del siglo pasado, con la experiencia de los vanguardistas, dadaístas y surrealistas, y luego con el cine experimental y underground, los artistas pusieron una particular atención al cine. “Desatentos a la funcionalidad narrativa de la enunciación fílmica, su imagen fue para ellos un signo que remitía a una determinada realidad social y a sus valores. Los íconos de la cultura popular apropiados en las obras del pop art, inforequiem nn 2rmaban sobre la sociedad en lugar de representarla” (Alonso, 2001).  Así aparecen conceptos en los que se fusionan los dos mundos: cine y arte; y en colateral una corriente que a partir de la década de 1970 planteó la idea del museo como un espacio vivo. Chris Drake habla de la gallery-film, Jean-Cristophe Royoux del cinéma d´exposition. Durante las últimas décadas ha habido una transformación tajante de estas prácticas y cada vez es más fuerte la presencia del cine en el museo. El artista brasilero André Parente se refiere al “cinema de museo” o “cinema de artista”.

El museo es el espacio donde el cine se convierte en arte, pero al mismo tiempo el que hace que el cine se transforme “en dispositivos extraños, constantemente renovados, hasta desaparecer como tal so pretexto de reinventarse con otros nombres” (Bellour, 2009: 9). Bellour dice que la videoinstalación es el dispositivo donde el artista encuentra la manera de plantear su resistencia a lo que él llama “flujo” (Bellour, 2009), la televisión emitida, pues es una instancia que pertenece en exclusiva a la galería y al museo; donde el espectador se convierte en dueño del espacio, lo que genera una interacción tanto crítica como imaginaria con el cine; esto por las condiciones mismas en las que está expuesto. “El espectador de la instalación es un paseante, tanto más sensible al pasaje entre las imágenes cuanto que su propio cuerpo pasa a veces por la imagen, y que él mismo circula entre imágenes” (Bellour, 2009: 16).  La instalación brinda la posibilidad de reinventar el cine. Abrirse a la virtud infinita de lo que Bellour denomina “el otro cine” para referirse a obras audiovisuales con una impronta cinematográfica presentadas en espacios de arte, haciendo énfasis en la hibridación de lenguajes.  En la instalación, el observador tiene el punto de vista privilegiado que le permite vivir sensorialmente la obra a partir de múltiples dispositivos (objeto, luz, espacio y cuerpo humano) dispuestos en ciertos espacios y en cierto orden o desorden que hace que su nivel de involucramiento varíe. La instalación “por medio de la imagen recupera la escena de una dimensión perdida, la restablece en su tridimensionalidad, creando un espacio penetrable y practicable en el cual nuevas relaciones pueden convertirse en escena” (Duguet, 1988: 228). El espectador se desplaza a su ritmo, cambiando de postura y perspectiva a su antojo, transformándose en actor y autor de la propuesta. La atención puede dirigirse hacia diferentes puntos, las imágenes ser proyectadas simultáneamente en una o varias pantallas y los sonidos provenir de inimaginables fuentes; o simplemente, el receptor puede encontrarse inmóvil frente a una pantalla pulsando un botón y seleccionando el orden de visionado a su gusto. La adopción de estas estrategias no-lineales que en el pasado eran estrategias propias de la experimentación, ubica al trabajo documental contemporáneo en una dimensión fuera de la sala de cine y la televisión.

Los detonantes del documentartismo

El nacimiento y desarrollo del documentartismo han sido estimulados por varias coincidencias históricas. En el ámbito de las artes es importante destacar dos: las crisis de las instituciones cine (black box) y museo (white cube), cada uno por su lado; y la aparición del video que ofrece nuevas posibilidades en la creación y exhibición tanto en el cine como en el arte.

Las crisis

Empecemos con la crisis del cine. Hace décadas éste empezó a sufrir una aparente decadencia que provocó que filósofos, teóricos, críticos y cineastas vaticinaran su “muerte”. Algunos lo llamaron incluso un arte arcaico y en la actualidad se habla de la era del post-cine (Machado, 1997). El investigador español Santos Zunzunegui plantea una crisis de las formas que históricamente ha utilizado el cine para su exhibición. A finales de la década de los veinte se establece la sala oscura como dispositivo en la proyección de película y con esto la experiencia de ver cine se centró en una ritualidad casi mística al interior de la caja negra. La disposición del público y su inmersión fueron afectados por diversos factores como el tipo de proyección, la espectacularización y comercialización del evento, lo que generó también que el cine más intelectual fuera reemplazado por el de entretenimiento. Esto empeoró con el auge de la televisión y el posterior desarrollo tecnológico que hizo que las salas perdieran su monopolio sobre la imagen en movimiento. Las pantallas se expandieron a tal punto que en la actualidad las imágenes “nos asaltan desde cualquier dispositivo tecnológico que, dado su carácter muchas veces portátil, elimina el anclaje que el cine venía teniendo hasta nuestros días con el espacio de la sala de exhibición, para convertirse en un espacio itinerante de carácter crecientementRequiem nne virtual” (Zunzunegui, 2010: 78).

Por otro lado encontramos la white cube que vive su propia crisis. Según el filósofo francés François Dagognet, el museo contemporáneo es “el lugar en la ciudad en donde una sociedad almacena los artefactos que ha seleccionado porque constituyen la trama de su memoria material: la colección que el museo preserva, restaura y aumenta” (Rubio, 2005: 5); y cuyo principal objetivo, según Jean-François Lyotard, es el de “transformar en monumento cualquier cosa” (Rubio, 2005: 6). En el museo los espacios fueron diseñados a fin de ofrecer al observador un recorrido pausado en el que se pudieran apreciar las huellas de la historia y el arte. “El museo habitualmente entregaba al visitante un relato de carácter épico y evolutivo que se consideraba implantado de una vez por todas y que por un tiempo pareciera vivir al margen del desarrollo tecnológico, lo que ha producido cambios  importantes incluso en la idea misma de obra de arte.” (Rubio, 2005: 5).

Al mantenerse fuera de la evolución tecnológica, el museo tradicional entró en declive. Los artistas y curadores de arte contemporáneo se resistían a integrarse a un modelo de exhibición que consideraban anacrónico y comenzaron a replantear su lugar de exposición.  Zunzunegui dice que esto se nutrió, de un lado, «por la creciente desmaterialización del objeto artístico (hurgando en la herida infringida al arte convencional por Duchamp, herida que, como la del Amfortas wagneriano, parece no poder cerrarse nunca) y, de otro, la ampliación irreversible de las prácticas artísticas hacia el acontecimiento, con lo que éste tiene de singular e irrepetible» (Zunzunegui, 2010: 83)

En medio de estas dos crisis surge lo inevitable: una relación bilateral y estrecha entre cine y museo. Una fusión que fue favorecida por la aparición del video, a partir de los años sesenta. Éste “no sólo estableció la presencia de las imágenes en movimiento en las galerías, sino que también desarrolló un repertorio de instalaciones y entornos espaciales para poner en escena dichas imágenes” (Darke, 2000: 163).

La aparición del vídeo

El video se convirtió en un dispositivo que brindaba infinitas posibilidades creativas, a pesar de ser un formato que había nacido sin pretensiones artísticas. Poco a poco el video fue adoptado por un tipo de arte que utilizaba los medios que fueran necesarios para llegar a la forma y contenido que se buscaba en la obra. Como ocurría con el fluxos; un arte que no persigue la idea de la vanguardia como renovación lingüística, por el contrario, procura hacer un uso distinto de los canales oficiales del arte y se separa de todo lenguaje específico. Las obras transmitían una perspectiva inconformista de la realidad y estaban dirigidas a impactar en el público como una imitación de lo intrínsecamente vital. La pasión y el poder innovador de los artistas generaron un cambio profundo en la expresión del arte. En 1958 el artista Wolf Vostell incorporó por primera vez un televisor a una obra, Ciclo La Habitación Negra (1958); una instalación de tres piezas, Deutscher Ausblick1Treblinka y Auschwitz Scheinwerfer, presentada dentro de una habitación con paredes pintadas de negro. Luego, con la obra 6 TV Dé-coll/age (1963) exhibida en la  Smolin Gallery de Nueva York el artista alemán se convierte en el pionero de la instalación y el mismo año con su video Sun in your head (1963) se convierte en pionero del videoarte. Los televisores siempre fueron parte sustancial de las obras del artista alemán y una característica importante de sus instalaciones es que durante la exhibición los televisores siempre emitían imágenes del  momento, lo que le daba actualidad a algo tan efímero como es la instalación. El músico y artista Nam June Paik dio continuidad a esto, trabajando en obras que implicaban la tecnología televisiva: la señal de video y la imagen electrónica. “Paik, junto a un inmenso grupo de artistas, recuperaba también esa historia ausente de más de treinta y cinco años de posibilidades de innovación con el soporte, pero de manera independiente, y fuera de las estructuras corporativas de los canales de televisión” (La Ferla, 2009: 13).

Este tipo de arte buscaba la interdisciplinariedad y la adopción de medios y materiales procedentes de diferentes áreas en función del concepto. La investigadora francesa Anne-Marie Duguet lo explica: “El formalismo suscitado por la obsesión de la especificidad (cada arte sólo debía hacer uso de los medios que le eran propios) y la autonomía de la obra en relación con todo el contexto eran también preocupaciones extrañas al desarrollo del Happening  en los años 50, al Pop Art y después a la Nova Dança, al Performance y al Arte Minimalista” (Duguet, 1998:221). Para las artes visuales contemporáneas el lenguaje no es el fin, sino el medio para una noción renovada del arte, entendido como “arte total”. El uso del video se convierte en un elemento fundamental a la hora de exponer la idea del artista.

Es por el hecho de poder exponer el propio proceso de producción de la imagen, es por trabajar su ficción en un espacio real. Como el objeto del arte minimalista, la imagen es puesta en un situación y no pasa de un término en una relación que pone en juego conjuntamente la máquina óptica y la electrónica (una fuente de luz, una cámara y un monitor o proyector) el ambiente o una arquitectura específica y el cuerpo del visitante retomado en la imagen o simplemente implicado en la percepción del dispositivo (Duguet, 1998: 228).

Vanguardia y realidad

En los años veinte, aunque lejos de la narrativa, las vanguardias excepcionalmente utilizaron objetos que representaban directamente la realidad. “La vanguardia privilegia la imagen cinematográfica por aquello que ella tiene de «visión directa», sin mediaciones, y por lo que tiene de especial frente a la visión natural.” (Xavier, 2008: 132). Entre esas excepciones encontramos obras de Léger, Richter o Eggeling que tomaron imágenes del mundo para ponerlas en estructuras de significación no realistas. “En el lenguaje tomado de Jakobson, la función referencial o denotativa del signo dará paso a funciones como la expresiva y la poética. En ejercicio de esas funciones, el mundo histórico continúa siendo mirado, pero ahora lo es de una manera distinta de la habitual.” (Silva; Kuéllar, 2015: 29).  E. Barnouw, a propósito de trabajos de artistas experimentales como los mencionados antes, dice:

Al principio, sus experimentos parecían muy alejados del género documental, pero luego adquirieron un elemento documental. Estos artistas a menudo filmaban objetos familiares  «fragmentos de la realidad actual», para decirlo en la jerga de Vertov, y los utilizaban como base de sus movimientos interrelacionados. Llevaron pues las ideas de Vertov a su última conclusión. El artista comenzaba con la actualidad y luego creaba su propia síntesis expresiva (Barnouw, 1996: 68).

oscar muñozEste fenómeno de migración ocurre con la producción de obras independientes cuya estructura no encaja en la sala de cine tradicional ya sea porque requiere de otro tipo de relación con el observador, o porque presenta un reto creativo que se resuelve en la especificidad que brinda la white cube.

Es así como el cine de no-ficción moderno regresa al museo: muchos de sus formatos actuales —el ensayo, el film-diario, algunas variantes del modo performativo, el fake, el cine de metraje encontrado— simplemente no encajan dentro de las categorías vigentes para la grande o la pequeña pantalla y así acaba siendo expulsado de la institución […]. Todo ello no hace sino repetir el movimiento de rechazo anterior, producido históricamente dentro de la propia institución documental, para este tipo de prácticas anómalas (Weinrichter, 2004: 63).

Las vanguardias descubren en su relación con el cine nuevos caminos para la imagen cinematográfica. La toma de distancia con respecto al sistema de representación hegemónico y la exploración con la imagen de otras funciones lingüísticas, quizás sean los más notorios. Son caminos que, sin duda, tienen repercusiones tanto en el lenguaje del cine como en su dimensión política, por lo que respecta a la determinación de la sensibilidad en la sociedad mediática. El vanguardismo de los años veinte acaba con la crisis económica que desembocaría en la guerra. Para entonces el cine, en particular el documental, sería utilizado como instrumento de  propaganda y combate.

Hoy en día, de las vanguardias sobreviven la pulsión de explorar las alternativas estéticas que ofrecen los materiales y la construcción de formas no codificadas.  En los ochenta, Gilles Lipovetsky dijo: “la vanguardia ha llegado al final” (Lipovetsky, 2007:119). Posiblemente así fue si se mira desde la persecución incansable de lo absolutamente nuevo, pero no desde el punto de vista de continuar trabajando con las técnicas y las formas; sin que esta disposición signifique el deseo permanente de reinventar y refundar una tradición artística y un orden político. Según la tesis de Lyotard, el impulso que subyace a lo nuevo, aunque haya cambiado de sentido, no ha perdido sentido. Esto lleva a pensar que, si no la totalidad de su espíritu, sí algunos rasgos de las vanguardias se han prolongado en prácticas artísticas posteriores. Así, algunos de estos rasgos se encuentran en corrientes y productos localizables en el trazo del documental. El artista estadounidense Andy Warhol durante los años sesenta rompe los paradigmas del arte experimental al involucrar elementos propios del documental; además, altera las convenciones sobre la duración de una película, pues filma y exhibe en tiempo real. De sus obras se destaca la conocida trilogía Antifilm (A. Warhol, 1963) y la película Empire (A. Warhol, 1964) con una duración de ocho horas, donde muestra el edificio Empire State de New York en blanco y negro filmado desde una misma perspectiva entre las 8:06 p.m. y las 2:42 a.m. en un día de verano.  En este contexto las vanguardias artísticas jugaron un papel decisivo en la revelación del modo cómo la realidad podía ser reproducida con imágenes con el fin de lograr efectos estéticos y artísticos. Ismael Xavier afirma que

Hablar de las propuestas de la vanguardia significa hablar de una estética que, para ser precisos, sólo es antirrealista por ojos encuadrados en una perspectiva conformada en el Renacimiento o porque, en el plano narrativo, es juzgada con los criterios de una narración lineal cronológica, dominada por la lógica del sentido común. Finalmente, todo y cualquier realismo es siempre una cuestión de punto de vista, y significa la movilización de una ideología cuya perspectiva delante de lo real legitima o condena cierto método de construcción artística (2008: 132).

Del documental al documentartismo

Las cualidades de los momentos únicos e irrepetibles de la realidad se replantearon a partir del momento en el que el cine pudo capturar instantes de la vida para proyectarla una y otra vez en otros tiempos y otros espacios.  La posibilidad de dar cuenta, de traer, de llevar y de repetir las proyecciones, la pérdida del aura de Benjamin, instauró nuevas prácticas, nuevas sensibilidades, nuevos oficios: una nueva tradición. «Esta tradición es la del cine que se detiene a mirar el mundo. A mirar lo que sucede. En un lugar cercano, alejado o en el propio. Un cine que se hizo explicativo, casi didáctico, que revela y enseña algo a los espectadores» (Siva, Kuéllar, 2015: 19)

Los artistas llevan el cine al museo y muchos de ellos utilizan elementos propios del documental en sus obras unificando dos discursos que se consideraban disidentes; uno directo, científico y/o histórico, que es el documental; y otro que privilegia la no utilización de objetos del mundo real, como una representación directa de dicha realidad.  De acuerdo a otros teóricos contemporáneos Renov sostiene que todas las formas discursivas, como lo es el documental, si no son ficcionales, por lo menos son ficticias (Renov, 1993: 8), por eso la ficción y no-ficción son dos categorías que no pueden ser analizadas por separado, son jerarquías que por naturaleza cohabitan, pues hay desplazamiento de elementos característicos de una y de otra. El documental al ser un género que logra representar más fielmente la realidad, en su permanente evolución como expresión artística va sorteando problemas de veracidad y verosimilitud a medida que experimenta en sus modos; pasó por diversidad de modalidades estéticas y narrativas, incluyendo la del deseo que expone Renov (1993); fue reflexivo, expositivo, fue subjetivo, con narrador, en primera persona, ensayístico, filosófico; es un género que permite la re-escritura de lo ya representado.

Es aquí donde se inscribe nuestra fascinación por la no ficción. Es un cine que parece heredar la vocación reflexiva del cine de la modernidad (o, ya lo hemos dicho, del propio cine experimental) y que incorpora sus mismas estrategias. Es un cine que descubre nuevas formas más allá de los límites marcados por su propia tradición y que, de rechazo, ejerce una crítica de la misma. Un cine en fin del que, antes de extraer ninguna otra generalización, cabe decir que ha generado un corpus rico y variado que va por delante de la historización (Weinrichter, 2004: 63).

Liberado de las teorías y modalidades en las que se había determinado lo que es y no es documental, este género se expande y de esta manera “el artista no tiene por qué acercarse a él para tomarlo como objeto, crear un contexto nuevo, etcétera; le basta utilizar sus hallazgos para demostrar que todavía se puede producir un discurso sobre el mundo” (Weinrichter, 2006: 258).

Arte contemporáneo y realidad

En la fusión de arte y cine se incorpora el concepto documental como una herramienta valorada en el mundo artístico de las últimas décadas por varias razones. Principalmente porque es el medio por el que se ha logrado representar el mundo histórico. Los artistas están en la búsqueda de implementar una estrategia de autenticidad que permita a la obra entrar al ámbito social-realista y lograr mostrarse lo más diáfana posible. Ahí surge una contradicción, pues la transparencia vista desde la objetividad es lejana de la relación entre política y arte; en este caso, entendiéndose política como una postura crítica frente a una realidad, el uso de elementos documentales le brinda a la obra de arte una especie de aval que legitima.

PAZ ENCINALas formas documentales como herramientas de autenticidad (Steyerl, 2011) son la puerta de entrada de las obras artísticas a la esfera de lo social y lo político, una especie de prueba que evidencia un contacto orgánico del autor con la realidad que representa y hay “una autentificación en el ámbito del arte mediante el cultivo del mito rousseauniano de que existe un arte activamente incrustado en las comunidades y prácticas locales, que no se ha visto corrompido en absoluto por ningún mercado artístico que lo genere primero a través de su demanda” (Steryel, 2010: 244).

Al ser el cine documental un género o sub-género cinematográfico, resulta esperable el surgimiento y definición de este género también en su amalgamiento con el arte.  Esta rama de “cine-arte” con énfasis en lo documental es el documentartismo. Hito Steyerl afirma que en las últimas décadas el uso de estrategias documentales es uno de los rasgos más importantes del arte contemporáneo, y luego precisa que este fenómeno de inmersión del arte en lo documental no solo se genera a través de producciones de carácter reflexivo y experimental, las que al fin y al cabo es natural que tengan su lugar en un museo, sino de documentales en el sentido estricto de la palabra, piezas de carácter didáctico y realista.

Cineastas en el museo

Es en 1993 cuando la belga Chantal Akerman se convierte en una de las primeras cineastas establecidas que fusiona documental y museo en la instalación artística derivada de su película D’est (Ch. Akerman, 1993). La instalación fue renombrada D’est. Au bord de la fiction (Ch, Akerman, 1993) y expuesta por primera vez en París en la Galerie Nationale du Jeu de Paume en 1995.  Akerman retrata de manera poética la vida íntima de Europa del Este tras la desintegración de la URSS y explora situaciones históricas específicas. Las imágenes de la cineasta belga plantean un análisis sociológico, antropológico, casi filosófico de la estética de una sociedad en el sentido político. Con su cámara hace un recorrido por rostros y grupos de personas que ella describe como un “mundo desorientado, con esa impresión de posguerra en el que cada día vivido parece una victoria.”  Es una obra que arroja una mirada atenta a los modos en que la esa realidad está internalizada en los sujetos y sus entornos, en las impresiones cotidianas y en los paisajes. “La singularidad y el indiscutible acierto de la película residen en gran parte en su duración; por su lentitud tan peculiar parece distenderse y sumergirse en el algodón nevado del invierno, igual que esa sociedad petrificada en el inmovilismo soviético y aún a salvo del consumismo que la iba a meter de lleno en el mundo globalizado” (Royoux, 2007: 112).

D`estLa instalación de Akerman está dividida en tres partes.  En una primera sala se proyecta la película D´Est (Ch. Akerman, 1993) en las condiciones habituales de una sala clásica y en su versión completa. En un segundo espacio, hay ocho grupos de tres monitores instalados sobre módulos a la altura de los ojos, donde se presentan loops de tres minutos libremente asociados a partir de motivos formales como el color, movimientos de cámara o por personajes. El espectador se desplaza en un espacio no centrado y puede detenerse con libertad delante de cada tríptico. Así, reconoce o redescubre imágenes y fragmentos de secuencias de la película cuyos efectos audiovisuales son amplificados por el montaje y por las modificaciones de la banda sonora: la narración, o lo que se recordaba de ella, parece estallar una vez más en una infinidad de micro-acontecimientos. La sala sólo está alumbrada por la luz tenue y parpadeante de las imágenes. En otra sala contigua desde un monitor colocado en el piso se escucha la voz de la directora preguntándose por la aventura del rodaje. Sobre la imagen de un detalle amplificado hasta la abstracción, Akerman recita en hebreo el texto del Éxodo que aparece en el Antiguo Testamento, y un fragmento de texto reelaborado de la sinopsis de la película. Es una manera de presentar la película, es como si se hiciera una disección de la producción, revelando lo oculto de las imágenes, el origen y el fin de la representación, la estructura interna de la cineasta.

D’Est es la representación de un mundo detenido llamado a desaparecer y una forma inédita de mostrarlo. Pues al hacerlo así -ya que se trata del Este y de su fin, del fin de la Guerra Fría y de la oposición entre bloques, del fin del siglo XX- podemos decir de la película de Akerman que es la primera de la nueva era posthistórica. La primera película rodada antes de la perfecta consecución de la globalización terrestre. Y su instalación sin desarrollo, que va del desfile de imágenes al desfile de espectadores ante las imágenes, pone de manifiesto este nuevo orden al cortocircuitar de manera radical el dispositivo de la proyección (Royoux, 2007: 112).

D'estEsta primera instalación documental fue exitosa. Al poco tiempo los cineastas uno tras otro empezaron a exponer sus propias instalaciones con un marcado perfil documental: Chris Marker, Jean-Luc Godard, Agnes Varda, Alexandr Sokurov, Raymond Depardon, Raúl Ruiz, Harun Farocki; se destaca la coproducción entre el CCCB de Barcelona y el Centre Georges Pompidou de París con la exposición Correspondencias fílmicas (2011), un proyecto en el que se exhibe la correspondencia filmada entre seis parejas de cineastas: Abbas Kiarostami y Víctor Erice; José Luís Guerín y Jonas Mekas; Isaki Lacuesta y Naomi Kawase; Albert Serra y Lisandro Alonso; Jaime Rosales y Wang Bing; y Fernando Eimbcke y So Yong Kim. “Si el cine está llamado a transformar el museo tanto como está llamado a verse transformado por él, será mediante el énfasis en lo que tiene de diferente con el arte que se alberga en aquel” (Zunzunegui, 2010: 84).

 Artistas en el cine

Desde la otra orilla2, la de los artistas, en la década de los noventa los elementos documentales empiezan a integrarse a la obra. La artista alemana Hito Steyerl dice:

Entre el realismo biopolítico y la reflexividad ociosa, entre el conceptualismo documental y la lectura precisa de miradas e imágenes y la negociación ético-política de sus demandas de verdad existe una gran diversidad de  enfoques documentales, los cuales no sólo se articulan a través de variadas documentalidades, sino que también representan diversas formas de política de la verdad. Si bien son precisamente las cuestiones de la verdad, la ética y la realidad las que se han visto cada vez más excluidas de la teoría en los últimos veinte años, ahora están resurgiendo bajo una nueva forma debido a la emergencia de las obras documentales en el espacio artístico (2010: 249).

Las proml_04_Shirin Neshat_1200puestas de la videoartista iraní Shirin Neshat tienen como base la realidad social de su país y una estrecha relación con el cine. Trabaja en torno a la oposición visual y conceptual de los mundos enfrentados en Irán, como hombre/mujer, individuo/colectividad, tradición/renovación u oriente/occidente. Aunque la yuxtaposición de pantallas rompe la narrativa clásica, en sus instalaciones existe una linealidad que las acerca al lenguaje cinematográfico clásico. En su trilogía: Fervor (S. Neshat, 2000), Turbulent (S. Neshat, 1998) y Rapture (S. Neshat, 1999), la iraní logra trascender el tiempo (eternidad) y el espacio (universalidad), utilizando la alegoría a través del relato histórico. Estas obras son el resultado de su viaje a Irán después de muchos años de vida en el exilio; tras la revolución islámica, se encontró con una sociedad transformada. La artista, bajo la idea de que “el arte es nuestra arma y la cultura nuestra forma de resistencia”3, plantea una serie de interrogantes que buscan favorecer el diálogo, incluso desde la misma propuesta estética, y decide no plantear un debate político sino más bien filosófico que tuviese un trasfondo crítico, y utiliza como herramientas la fotografía y posteriormente la vídeo-instalación y el cine. En Turbulent4 (S. Neshat, 1998) pone en evidencia la perspectiva distante de la artista que ha vivido lejos de su cultura. En una sala se enfrentan dos pantallas que proyectan en blanco y negro. En una de ellas se ve un hombre cantando ante un público atento, mientras que en la otra está una mujer cantando de espaldas a la cámara y frente a un auditorio vacío. Esto hace referencia al hecho de que en Irán las mujeres tienen prohibido cantar en público.

En Rapture5 (S. Neshat, 1999) se enfrenta de nuevo el mundo masculino y femenino. La artista sobrepasa la imagen cliché que existe en el mundo occidental sobre las mujeres iraníes sometidas por turbulentel islam. Por el contrario, muestra su poder. La esencia que hila la historia, es el viaje que hace un grupo de mujeres a través del desierto para llegar al océano, teniendo como testigos un grupo de varones que  las observa desde una muralla.

Por último, Fervor6 (S. Neshat, 2000) es una historia de amor en la que se muestra la perspectiva de la relación hombre y mujer en un país absorbido por el fervor religioso. Lo que los separa los une, lo que los une los separa. Como en las anteriores instalaciones, aquí trabaja la pantalla dividida; sin embargo el video propone una narración lineal con principio y fin. De esta manera Shirin Neshat conjuga cine, realidad y arte con un objetivo subversivo, potenciando el desarrollo narrativo en sus obras.

Latinoamérica

En algunas proyecciones de la película argentina «La hora de los hornos» (1968) de Fernando Solanas y Octavio Getino, se exhibía un cartel que decía “Cada espectador es un cobarde o un traidor”. Este es un ejemplo de algunos encuentros entre el cine documental y la instalación en Latinoamérica. La artista alemana Hito Steyerl en su clase magistral titulada “¿Es el museo una fábrica?” (2011) pone este ejemplo como el comienzo del desplazamiento del cine político al museo en Latinoamérica. Pero es partir de los noventa cuando las galerías y museos latinoamericanos, al igual que los europeos y estadounidenses, ven en el cine y en particular el documental una manera de potencializar sus espacios. Lo que antiguamente distanciaba los dos mundos empieza a diluirse y así, en instituciones como el MALBA de Buenos Aires, el MAM de Río, Museo de Arte Moderno de México, el cine empieza a tener una presencia fundamental. Inicialmente con los ciclos o muestras cinematográficas, luego con exposiciones hechas por y para cineastas.

En la década de los noventa, dentro de un marco mundial en el que surgen fuertes políticas y culturas para visibilizar la verdad, abstenerse del silencio y ante la escasez de historicidad de la época de los regímenes de terror en Latinoamérica, surge en nuestras naciones la emergencia de reconstruir la memoria de esa época y mirar de frente el pasado reprimido y traumático para dejar testimonio desde una perspectiva reflexiva sobre las realidades violentas contemporáneas; una responsabilidad que, entre otros, asumen los artistas y cineastas. Como lo afirma Rancière, la consecuencia de la crisis del arte, la imposición del espectáculo y la muerte de la imagen indican que “el terreno estético es hoy en día el lugar donde se produce una batalla que antaño hacía referencia a las promesas de la emancipación y a las ilusiones y desilusiones de la historia” (Rancière, 2002: 10).

El discurso sobre la memoria rompe las fronteras y surge una política que exige justicia y reparación y una fuerte labor de construcción de la memoria. En América Latina, después de muchos años de silencio, éste se rompe y los países se ven enfrentados a ver y reconocer su propia historia, saliendo a la luz los abusos de poder de los Estados y sus consecuencias. Los estamentos encargados de escribir la historia se ven en crisis y es cuando otras fuerzas alternas entran en acción con el compromiso de plasmar la memoria de lo acaecido el siglo pasado. Artistas e intelectuales empiezan a desarrollar proyectos y trabajos que invitan a la conmemoración y reflexión de realidades presentes y pasadas en torno al tema de la violencia, el conflicto armado, el totalitarismo y los desaparecidos. En Latinoamérica las torturas, asesinatos y desapariciones han sido los principales objetos de trabajo de los documentartistas. En la orilla de los cineastas encontramos el trabajo de  la argentina Albertina Carri, Operación Fracaso y el Sonido Recobrado (2015) que reúne tres instalaciones audiovisuales y dos sonoras que evocan la historia de su padres desaparecidos; y la paraguaya Paz Encina que con su obra Notas de Memoria (2012) se toma la ciudad como escenario y establece una relación especial con el observador, a quien estimula a realizar un ejercicio vivencial sobre los hechos ocurridos durante el régimen militar que terminó hace veinticinco años. Estas instalaciones presentan una importante labor documental de compilación y remontaje de material de archivo y proponen una distribución espacial particular que invita al observador a detenerse ante las imágenes del pasado y a reflexionar sobre ellas.

En la orilla de los artistas nos encontramos con la obra Réquiem NN (2013) del colombiano Juan Manuel Echavarría en la que toma como punto de partida una práctica social a través de la cual los habitantes de Puerto Berrío recogen los cadáveres arrastrados por el río Magdalena y que han sido desprovistos de toda identidad, los adoptan, les ponen un nombre y les dan sepultura. La obra representa esto por medio de hologramas de las tumbas que se van transformando. La dupla Dias & Riedweg (Brasil – Alemania), quienes a través de sus instalaciones invitan a los observadores a reflexionar sobre mecanismos de inclusión y exclusión social en obras como Servicios internos (1995), Devotionalia (1994-2002), Belo é também aquilo que nâo foi visto (2002) y Funk Staden (2007). El artista argentino Iván Marino ha mostrado especial interés por la exploración de los fundamentos del lenguaje audiovisual aplicados a nuevos formatos de instalación con un alto contenido documental.

Salirse de los circuitos del control industrial del arte y el cine en Latinoamérica ha permitido el surgimiento de espacios de libertad que desarrollan una posición radical de confrontación, su exclusión es proporcional a su libertad, no solo creativa, sino política. Las obras que buscan decir algo más encuentran su espacio natural en estos lugares, convirtiéndose en obras de resistencia. El crítico alemán Boris Groys habla de estos nuevos espacios de expresión artística en su concepto del diseño total (Groys, 2008) que plantea un mundo donde «la totalidad del espacio social se transformó en espacio de exhibición».

Durante las últimas décadas el documental ha irrumpido en todos los espacios posibles, mostrando su capacidad sin límite de mutación y dislocación; con el documentartismo al tener la instalación como formato de exhibición las posibilidades de experimentación son múltiples, pues exige un nuevo tipo de inmersión en la que plantea la reconstrucción total de la propia obra por parte del observador. Cada obra es una reinvención de la realidad y cada espectador un reinventor de la obra. “Ahora valoramos su (la del documental) capacidad hermenéutica para profundizar en una realidad cuya esencia no culmina necesariamente en lo visible” (Catalá, 2010: 35).

Bibliografía

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Notas

  1. https://www.youtube.com/watch?v=KJq9eh6QsBg
  2. Antonio Weinrichter en la Conferencia «Pasajes de la imagen. ¿Se puede exponer el cine?» en Slowtrack, en 2013, plantea la idea de las dos orillas: “hay un río que es la imagen y en una orilla estamos los de cine, a veces sube la marea y nos vamos quedando con menos territorio y en frente están los de arte, que tienen sus problemas también pero que parece que no les anega la corriente.”
  3. https://www.ted.com/talks/shirin_neshat_art_in_exile?language=es
  4. https://www.youtube.com/watch?v=VCAssCuOGls
  5. https://vimeo.com/65972620
  6. https://vimeo.com/77076334

 

El documental migratorio en la cinematografía española: Balseros y En Construcción

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Eduardo Tulio Baggio Rafael Tassi Teixeira

Resumen[1]

El artículo explora los procesos de movilidad transterritorial y la intersección con los sujetos de los desplazamientos desde la perspectiva de las relaciones entre reflexibilidad estilística y condición errante en dos documentales corales en la historia de las películas migratorias: Balseros (Carles Bosch y Josep Maria Domènech, 2002) y En Construcción (José Luis Guerín, 2000). Ambos revelan la portabilidad migrante y las ficciones de origen, tanto en la sociedad de hospedaje como en los lugares de partida. La temática migratoria está establecida en las narrativas de los sujetos de la migración, sus dramas cotidianos, márgenes de la sensibilidad que hacen explícita la diacrítica de significados.

Palabras clave

Transculturalidad; narrativas inmigrantes; documentales migratorios; cinema ibero-americano; cinematografía española

Abstract

The article explores the transterritorial mobility processes and the intersection with the displacement subjects from the perspective of relations between stylistic reflectivity and errant condition in two corals documentaries in the history of migration films in Spanish context: Balseros (Carles Bosch and Josep Maria Domènech, 2002) and En Construcción (José Luis Guerín, 2000). Both films reveal the migrant portability and the fictions of origin both in the hosting society as in (multiple) departure places. The immigration issue is established in the narratives of the migration subjects, their daily dramas and small strangeness, sensitivity margins tighten the diacritical meanings.

Keywords

Transculturality;  immigrant narratives;  migratory documentaries; iberoamerican film; spanish cinematography

Resumo

O artigo explora os processos de mobilidade transterritorial e a intersecção com os sujeitos dos deslocamentos desde a perspectiva das relações entre reflexividade estilística e condição errante em dois documentários corais na história dos filmes migratórios: Balseros (Carles Bosch e Josep Maria Domènech, 2002) e En Construcción (José Luis Guerín, 2000). Ambos revelam a portabilidade migrante e as ficções de origem tanto na sociedade de hospedagem como nos lugares de partida. A temática migratória está estabelecida nas narrativas dos sujeitos da migração, seus dramas cotidianos, margens da sensibilidade que explicitam a diacrítica de significados.

Palavras-chave

Transculturalidade; narrativas imigrantes; documentários migratórios; cinema ibero-americano; cinematografia espanhola

Datos de los autores

Eduardo Tulio Baggio. Doctor en Comunicación y Semiótica por la PUC-SP con la tesis “De la teoría a la experiencia de realización del documental fílmico”. Líder del grupo de investigación Cine: Creación y Reflexión (UNESPAR/CNPQ), miembro coordinador del GT La Teoría de los Cineastas de la AIM (Asociación de Investigadores de la Imagen en Movimiento) y profesor del curso Cine y Vídeo de la Universidad Estadual de Paraná (UNESPAR). baggioeduardo@gmail.com

Rafael Tassi Teixeira. Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (2004). Profesor del Programa de Maestría y Doctorado (PPGCOM) en Comunicación y Lenguajes de la UTP/PR y Profesor Adjunto de la UNESPAR\FAP (Sociología del Arte y Estudios Culturales). Actualmente, es Vice-Coordinador (desde 2014) del Programa de Posgrado en Comunicación y Lenguajes (PPGCom\UTP). rafatassiteixeira@hotmail.com

Fecha de recepción: 29 de abril de 2016

Fecha de aprobación: 24 de mayo de 2016

 

En Construccion (José Luis Guerín, 2000) es una película documental pensada en el abordaje observacional, a pesar de usar también imágenes de archivo y situaciones de interacción entre el equipo de realización y los intervinientes. Paralelamente a su carácter de “observer” (Barnouw, 1983: 231), la película se aproxima a la ficción cinematográfica en una confusión premeditada y esencial, ya que al conducir la construcción de la mise-en-scène el director nos coloca ante una metáfora poderosa con el universo que aborda, una especie de mise-en-abyme metafórica.

El carácter de observación de la película acaba por generar un alto grado de transparencia en el discurso cinematográfico (Xavier, 1984), sugiriendo al público que la intervención por parte de los realizadores es baja. Se trata de una búsqueda por la exención ante los hechos que son objeto del abordaje documental. En la tradición del cine documental hubo películas que fueron radicales en este sentido; preconizaban que “el autor nunca debería interferir en los acontecimientos, no hacer uso de comentarios ni de entrevistas, ni de subtítulos, ni recurrir a la reconstitución de los hechos”. (Penafria, 2004: 210). El caso de En Construcción es más sutil, especialmente porque hay una propuesta transitoria entre documental y aspectos de ficción.

En_construcci_n-444221627-largeAl transitar, en algunos momentos, entre lo que es propio del documental y lo que lo es de la ficción, el filme nos posibilita mirar hacia sus estrategias de abordaje. Esto tiene lugar, por un lado, cuando tenemos una “decopauge” típica de una ficción narrativa, como en algunos diálogos de la joven pareja protagonista (una prostituta  y un albañil marroquí), donde se encuentran presentes elementos como la proximidad espacio-temporal y la fracción de la escena, características de lo que se conoce como el montaje clásico del cine ficcional (Costa, 2006:44). Por otro lado, una secuencia con imágenes de archivo, montada como en la primera escena de la película, nos ofrece una postura típicamente documental.

Esta escena de abertura es un buen ejemplo de cómo pueden ser potentes las imágenes de archivo, inclusive en un documental como En Construcción, donde apenas tenemos esta secuencia con este tipo de imagen, con poco más de un minuto de duración. Sin embargo, esta secuencia es reveladora de la propuesta de la película, de la idea orientadora de abordar un proceso de alteración en un barrio de Barcelona y en las vidas de las personas que viven allí. Nos presentan las aserciones históricas del barrio de Raval a través de estas imágenes en el momento en el que aparecen y son articuladas por el montaje de la película, ya que, en principio, “una imagen de archivo es una imagen indescifrable y sin sentido hasta que no sea trabajada en el montaje” (França;Lins; Rezende, 2011: 57). Por tanto, el sentido dado por el montaje, fundamental en cualquier película, gana un valor más destacado en En Construcción, que nos conduce por la alternancia de las secuencias que abordan los diversos personajes y sus hábitats.

En diversas secuencias de la película prevalece el carácter de observación, bastante común en el cine documental desde los años 50. Al comienzo del documental hay una escena en la que un señor parece que está siendo grabado sin darse cuenta, mientras está solo en una calle y habla sobre la diferencia de la urbanización de Londres con relación a Barcelona. Otras escenas siguen el mismo patrón de observación casi voyeurisitica, con figurantes que parecen no darse cuenta de que les están grabando. Otros están claramente conscientes de que están siendo grabados en sus acciones del día a día, que serán parte fundamental del enredo que alterna las pequeñas narrativas cotidianas con la gran narrativa de la construcción, siempre manteniendo la distancia de observación.

Pero es en otro tipo de registro, el tercero que forma la estructura de la película, en el que encontramos algo relativamente inusual y que trae la originalidad y contundencia para el documental. Se trata de la organización de la mise-en-scène en pro del destaque de algunos personajes, en especial el de una pareja bastante joven. La forma en la que son abordados e incorporan la narrativa general del filme sugiere una ruptura, un lugar propio para que puedan desarrollar su micro historia que se relaciona con la película como un todo, pero al mismo tiempo manteniendo la distancia. Exclusivamente para esta pareja existe un sentido casi ficcional al ser grabados en un régimen de “decoupage” muy particular, en el que sus acciones y diálogos son enmarcados por encuadramientos pensados para que puedan seguir cortes específicos en la edición y transfieran esta otra dimensión fílmica dentro del propio filme.  Hay un distanciamiento en relación a los otros personajes que queda demostrado por la interacción de la pareja con los otros.

Uno de los aspectos más originales de la película de José Luis Guerín está justamente en el hecho de que su estructura multifacética, entre varios personajes, sigue una alternancia típica del cine clásico, en su estilo “altamente codificado”  (Bordwell, 2005: 298), pero sin que estos persoanajes presenten, necesariamente, relaciones directas entre sí. De esta forma, tenemos una narrativa que usa principios de lenguaje de causa y efecto, en su paralelismo, pero sin que esta lógica causal se aplique al sentido narrativo, de relacion entre los personajes. Lo que los unes es el edificio en obras.

En un análisis minucioso de Longi Gil Puértolas, existe la constatación de que En Construcción no puede ser pensado de forma estructural de comienzo, medio y fin, sino que necesita ser entendido en sus personajes y sus relaciones con el edificio, el barrio y la ciudad, los cuales constituyen un ambiente más que un tema. Puértolas considera que la película contiene siete tramas: A – prostitutas del barrio chino; B – Atar y sus amigos; C – Juan e Iván; D – Juan Manuel y Sonia; E – Juan López, los albaneses y los niños; F – Abdel Aziz, Santiago Segade y Abdelsalam; G – agente inmobiliario y los nuevos vecinos (Puértolas, 2010: 31). Entre ellos, las distancias de los orígenes étnicos, geográficos, económicos y sociales, como entre un inmigrante marroquí con formación académica y un gallego realista y alcohólico (Penafria, 2011: 252).

El cine cumplió un papel, como escribe D`Lugo (2012: 16), determinante en la contraofensiva del discurso de xenofobismos imaginarios sucesivos. En Construcción, una de las películas más destacadas de esta transformación, surgida al inicio de la década, apunta para el papel de la sociedad española frente a la producción de su nueva imagen (receptora de colectivos), estableciendo un puente profundamente sensible con la configuración intercultural y la lectura representativamente positiva de las intersecciones entre sociedades de espera y sociedades de llegada.

La cinematografía migratoria en España, en este sentido, aumenta con la percepción del fenómeno, y tal como presenta Santaolalla (2005), En Construcción es una de las películas que establece un punto de inflexión importante en los discursos comunicacionales en la España de entonces. Cine que prácticamente captura y avanza en las desconstrucciones de las relaciones binarias (autóctonos x distanciados), acercando la temática de la convivialidad para el proceso de formación intercultural [el escenario del barrio barcelonés del Raval de los años 2000, a la luz de las intensas transformaciones sociales y arquitectónicas de la segunda mitad de los 90, que parece exhibir el propio proceso histórico cuando este resiste en las miradas extranjeras].

Con una serie de intersecciones que cohabitan la temática de la frontera – reconfiguraciones interétnicas, límites entre pasado y profano, interpelaciones metafísicas y poéticas transculturales – el filme de José Luis Guerín surge en la cinematografías española como un ejercicio metapoético de condición de la retórica de la destrucción (Jeudy, 1990). Exponiendo de esta forma, un barrio barcelonés configurado en el proceso de desplazamiento de los habitantes – el Raval encallado en un pasado que emerge constantemente, y no obstante, profano y distante – produce discursividades fílmicas a partir de capturas poéticas: una pareja de jóvenes pobres que vive en un apartamento al borde de la demolición, un maestro de obras que toma medidas para un nuevo edificio mientras compañeros dialogan con un inmigrante marroquí, un anciano que, observador de restos, colecciona objetos descartados por el camino.[2]

De esta manera, En Construcción inaugura prácticamente (Escudero, 2014) un puente importante con el documental de creación, reverberando más tarde en películas sobre la dialéctica de lo cotidiano, transformándose en representación autofágica.[3] El documental explora la ruina como fundadora del imaginario histórico, según escribe Jeudy (1990: 18), en un “juego de muerte y memoria”, establecido en las miradas de los vecinos de la Barcelona europeísta y la profundidad de las pequeñas historias que se derraman sobre las paredes que son retiradas: la joven prostituta y su relación amorosa con su novio, el albañil marroquí y su metafísica transcultural, un padre que anima a su hijo a un oficio predestinado a la inexistencia, un anciano coleccionista de objetos encontrados entre los escombros.

En la película de Guerín, la imagen de la trascendencia de la historia representativamente ocupada por la territorialización de la cultura, es observada como un proceso de construcción afectiva del encuentro con un pasado hecho de formas que irrumpen – los sólidos esqueletos que surgen de los descubrimientos inesperados – junto a la sorpresa por el propio proceso de excavación.

La poética migratoria es el factor de conexión colectiva entre un desorden de llegada y el estado de desubicación visto, en la película, en la voz del poeta marroquí que necesita imitar el sueño de pertenencia para neutralizar el trauma de la disolución del proceso negado del encuentro. Por la periferia de las imágenes, observamos los detritos de las construcciones muertas por el paso del tiempo, la serie de edificios dobles que surgen, antes de preservar la dinámica del pasado en los pequeños silencios que están en aquello que Jeudy (1990: 53) llama de “múltiples relaciones con objetos, locales y seres”.

El “traumatismo de la destrucción”, como dice Jeudy (1990: 34), transporta para el centro de la desaparición la objetificación idealizada de lo nuevo, mientras los recursos utilizados imponen un esquema de contemplación casi etnográfico de los habitantes del barrio, que escavan sus propios lugares como si escavasen los cementerios en los que los muros están dormidos. Ante el deseo transformativo y europeísta de la Barcelona pos-Juegos Olímpicos, por tanto, la película muestra la práctica de la hecatombe y la simbolización de un nuevo proceso que, reconfigurado a partir de la contención subrepticia de lo propio, surge como la febril descaracterización de lo que un día fue el lugar relacional de la identidad.

De este modo, el documental de Guerín, realizado junto a muchos alumnos y colaboradores, piensa la idea de la transformación no a partir de la angustia de la desaparición sino de la práctica de los múltiples sentidos que coexisten entre local y comunidad. Con sus ojos dirigidos al descascarillado de las casas y de los apartamentos, la película avanza y profana la condición estética, al mismo tiempo que critica la nueva idealización cultural. Se desarrolla cuando la sustitución del centro de la cultura es repetida por una lógica estratigráfica que olvida pensar en las temporalidades y la duración de la imagen – de la ruina, de la sedimentación – como uno de los pilares de la organización de la consciencia.

La temática de la migración se revela en estas formas al exponer, en los diálogos poetizados del inmigrante africano, una crítica del acceso a lo nuevo como una vía de lo social basado en la desechabilidad y en la lógica de la obsolescencia.  La rígida duración de la imagen, en una cultura técnica que administra los lugares como camadas de supervivencias hechas de destrucciones sucesivas, es uno de los énfasis abiertos del filme de Guerín, al exponer cómo las imágenes no organizadas a partir de los espectros que las volvieron necesidades, llevan a la autodestrucción de la realidad.

En Construcción, por tanto, se basa en la potencialidad de los diálogos migratorios y en los juegos de miradas autóctonos, despertenecidos y escafandristas, que reorganizan el acontecimiento transformativo (la modificación imperiosa de los lugares) por el modo en el que observan la desocialización de la memoria. En el nuevo patrimonio de un real que surge por la retirada abrupta de la imagística colectiva – permitida apenas en los escombros – el acontecimiento es borrado por los efectos de la destrucción, sin dejar espacio para que los habitantes continúen produciendo el pensamiento histórico.

El monólogo del migrante marroquí, en el centro de la noche, en un edificio en ruinas, expone la incidencia del imaginario que se derrama siempre hacia el movimiento de interpretación de la realidad. La “memoria quiere sus ruinas” (Jeudy, 1990. P. 134) y la duración de esta posibilidad, según observada en el documental de Guerín, se concentra como la necesidad emergente de formar la comprensión histórica en la configuración de los relatos, comprendiendo que las identidades culturales crecen en el lugar en el que las expresiones de lo vivido pueden ser, al iniciarse, establecidas sobre el valor simbólico de la disposición de la convivencia.

Temática migratoria, representaciones icónicas y la liminalidad de la ausencia en Balseros

Balseros (Carles Bosch e Josep Maria Domènech, 2002) es un documental que acompañó el proceso de salida, trayectoria e adaptabilidad de siete cubanos y sus familias durante los días anteriores a la inmersión oceánica, utilizando balsas de confección artesanal improvisadas para cruzar el mar en busca del sueño americano. Codirigido por Carles Bosch e Josep Maria Domènech, con colaboración en el guion de David Trueba, el documental fue inicialmente realizado para un programa de televisión, con duración de treinta minutos. Cinco años más tarde, con los mismo realizadores volviendo a la isla y al estado de Florida para acompañar las historias de vida de los siete cubanos emigrados y el desarrollo con sus respectivas familias, las cuales se quedaron atrás, la película fue ampliada.

Se trata de un documental grabado durante varios años, desde 1994, año en el que muchos cubanos se lanzaron al mar en un intento de llegar a los Estados Unidos, hasta el inicio de los años 2000, cuando muchas de las expectativas de estas personas ya estaban concretadas o habían desaparecido. Con el foco puesto en siete personajes principales y sus relaciones familiares, los directores abordan esta historia multifacética siguiendo diferentes “modos de representación” (Nichols, 2005: 135), observando, participando y exponiendo sus puntos de vista, especialmente a través de las elecciones del uso del lenguaje cinematográfico. En la abertura de la película, que sirve también para presentar los créditos, hay una sucesión de imágenes recortadas y que se sobreponen, evocando un sentido nostálgico. Esa nostalgia surge tanto de la banda sonora melancólica como de lo que las imágenes describen, como encuentros, la vida urbana antigua de la Habana, o el propio desplazamiento de las balsas que están huyendo.

La primera secuencia después de los créditos, presenta una dinámica fílmica muy típica en el cine documental, las imágenes de carácter observacional mezcladas con una voz que no sabemos de quien es, pero    que reemplaza al narrador, de una voz over, algo propio de un documentalista que asume el papel de “catalyst” (Barnouw, 1983: 253). Posteriormente, el emisor de esta voz se revela, apareciendo como interviniente, en una relación también muy típica de interacción y participación.

Derivado de ideas de investigación participativa venida de las ciencias sociales y de la antropología, “El documental participativo nos da una idea de lo que es, para el cineasta, estar en una determinada situación y como ésta situación consecuentemente se altera” (Nichols, 2005: 153). Muchas veces este modo presenta, como característica principal, el uso de entrevistas. Es la “ética participativo-reflexiva” (Ramos, 2005: 174). En filmes documentales participativos existe una expectativa de que el mundo sea “representado por alguien que se comprometa activamente, y no por alguien que observa discretamente, reconfigura poéticamente o monta argumentativamente este mundo” (Nichols, 2005: 154).

En seguida, todavía en la secuencia inicial, se destaca una música que hasta ese momento hacía de fondo para la voz propagada. Además de la melodía melancólica, la letra dice “apenas tristeza en balserosmi corazón”, reforzando el sentimiento que estaba siendo aludido en la narración que describía las penurias pasadas en Cuba en 1994, después del fin de la ayuda de la Unión Soviética. Y entonces, surge una nueva voz, como otro narrador, que también se revelará como un interviniente. Cita acontecimientos que considera absolutamente insólitos en Cuba, como las protestas ante el hecho de que la balsa Rebla, que hacía la travesía de la bahía, hubiese sido interceptada por la guardia costera cubana después de haber sido secuestrada, con el fin de huir hacia los Estados Unidos. Enseguida entra una imagen de archivo de un pronunciamiento para la televisión, hecho por Fidel Castro, en el que dice que a las barcas no se las volverá a impedir salir de Cuba.

En este punto inicial de la película ya han sido presentados los estilos de abordaje y los recurso del lenguaje cinematográfico que serán usados en todo el filme, siendo principalmente escenas de observación, entrevistas – muchas veces mostradas apenas con una voz diegética  y con la imagen del entrevistado cubierta por otras imágenes – las músicas de la banda sonora no diegética y las imágenes de archivo. Estas tendrán varias configuraciones, desde trechos televisivos como el pronunciamiento de Fidel, pasando por imágenes producidas por los que intervienen en la película, hasta partes de videos realizados por el propio equipo del documental, pero que fueron usados como archivo, permitiendo la relación entre familiares separados por las fronteras, en lo que se caracteriza como uno de los recursos más interesantes y originales de la película.

Después de la primera secuencia, que es compleja en sus recursos y que sirve como contexto, los personajes son introducidos uno a uno. Se muestra la situación en la que están y como es su relación con la búsqueda de una nueva vida, o cómo está estructurada su familia antes las innúmeras separaciones causadas por la división entre Cuba y Estados Unidos. Hay también muchos momentos en los que la construcción fílmica denota una relación de complicidad entre los directores y los intervinientes, como cuando uno de ellos escribe una nota para su madre diciendo que se marchó en una barca que consideraba segura. Es evidente la alta interacción entre el equipo de realización y el interviniente en la construcción de la mise-en-scène ya que la nota es escrita en frente de la cámara, en una observación fílmica improbable, ya que no había sido preparado para la película.

Las imágenes y sonidos de archivo son fundamentales para el filme. En primer lugar, porque como el período de realización del documental se prolonga por cerca de ocho años, las propias imágenes producidas por el equipo de la película a partir de 1994 adquieren un sentido de archivo con el desarrollo de la narrativa. Si, al comienzo de la película, estas imágenes tienen un carácter de presente, del momento narrado, con el paso del tiempo diegético pasan a tener un carácter de pasado, de archivo rescatado para la construcción de una narrativa fílmica. Son las imágenes y los sonidos de las balsas siendo construidas, de los diálogos entre familiares y amigos buscando recursos mínimos para hacer las embarcaciones precarias y los momentos épicos en los que los cubanos y sus balsas se lanzan al mar, lo que supone la aceptación al arriesgar las propias vidas en busca de mejores condiciones en los Estados Unidos.

En segundo lugar, las escenas de archivos de televisión, como los pronunciamientos de Fidel Castro y de Bill Clinton, que son fundamentales porque posibilitan dialogar con lo que sucedía en la época. Esta es una estrategia narrativa que permite a los directores de Balseros incluir la película en un contexto mediático y de poder, que sirve para conseguir la amplitud y la importancia de las repercusiones de los actos de los balseros, así como delinear un recorrido de acciones y reacciones, de causas y efectos.

Una tercera forma de utilización de los registros audiovisuales en Balseros, la más intensa y original, se da como medio de comunicación entre los cubanos que permanecieron en la isla y los que están en los Estados Unidos o con los que están en Guantánamo. Los trechos de video que Carlos Bosch y Josep Maria Domènech ofrecen a sus intervinientes, de un lado y de otro, son como cartas audiovisuales que exceden fronteras llevando voz, corporalidad y presencia. Todos estos atributos perdidos después de la separación de entes familiares que dejaron de verse, de oírse y de tener contacto corporal.

El documental se organiza, en torno de media hora, en un ir y venir entre Cuba, Miami y Guantánamo. De esta forma, la película opera superando las fronteras mediante la exhibición de imágenes y sonidos entre los familiares separados, a través, fundamentalmente, del montaje que crea paralelos entre los espacios y tiempos que permiten mostrar cómo están unos y otros, los que se marcharon y los que se quedaron.

Las imágenes en video se convierten en puentes al permitir la visualización y audición de unos por los otros, cubanos que se quedaron y que huyeron, hijos y madres, padres e hijos. Lícitamente, los directores de la película alcanzaron un lugar que, al ser una forma de traspasar fronteras, también es un punto de vista original para el documental. Se trata del uso pertinente de una oportunidad de construcción fílmica diferenciada y que posibilita registrar momentos fuertes e íntimos, como cuando uno de los intervinientes que está en Guantánamo dice que está ansioso para hacer el amor con su mujer. En el filme, este trecho de video es mostrado con el chico diciendo eso ante las cámaras, pero además en un plano realizado posteriormente en el que su mujer ve el video y así Balseros, consigue acceder a algo diferenciado, íntimo y potente.

Otra escena destacada en la que el recurso de los videos grabados entre familiares es utilizado, muestra a Miriam Hernández, que estuvo viviendo y trabajando en Miami, viendo un fragmento de video con imágenes de su hija de poco más de un año, en las que está corriendo en un patio y se cae. En este exacto momento, Mirian se lleva un susto y hace un amago de levantarse. Esto muestra el poder del diálogo promovido por la película a través de los videos exhibidos como forma de comunicación entre los parientes que están distantes. En aquel exacto momento, Miriam parece ignorar, pues ya está en Miami, la distancia temporal y espacial que el video (previamente grabado en Cuba) le ha presentado. Su intención es levantarse y ayudar a su hija, pero, la verdad, la separan centenas de kilómetros y varios días de distancia de cuando ocurrió el hecho que el video muestra.

La utilización de músicas extra-diegéticas en películas documentales, a pesar de ser común, también es bastante criticada por el hecho de potenciar un alto grado de interferencia de los realizadores en las situaciones abordadas. Balseros es un gran ejemplo de este potencial. Sin ningún recelo, los realizadores optan por impregnar la película con músicas en las que sus letras denotan interpretaciones, como el ya citado verso “apenas tristeza en mi corazón” en la secuencia en la que se trata de las dificultades en Cuba en 1994, o en el estribillo repetido en muchos trechos de la película que dice “un coche, una casa, una buena mujer”, aludiendo a lo que pretendían los cubanos que huyeron.

La forma en la que las músicas extra diegéticas son insertadas en el filme busca, claramente, marcar las emociones que serán transmitidas en cada trecho. Los directores siguen el camino de exponer a los espectadores lo que pretenden que sea sentido. Pero es muy curioso que el final de la película sea un silencio antagónico, organizado para marcar las emociones con músicas del resto del documental.

En este proceso de “decoupage” de la propedéutica cinematográfica, el documental revela un doble efecto de los procesos de desplazamientos humanos: el polo de partida nunca es retirado completamente de la formación mental de los individuos, así como el universo de adaptabilidad en el país de acogida es mucho más difícil de lo que se podría imaginar en un inicio.

La relativización de la admiración por el país norteamericano, también queda en evidencia en el seguimiento de los procesos de vida de los siete inmigrantes, expuestos a jornadas de trabajo de más de doce horas diarias, con los consiguientes problemas lingüísticos y aculturativos de adaptación inestable, junto con las grandes distancias sociales, además de los cuadros de sufrimiento mental intensificados por la ausencia de lazos familiares. Gradualmente, subliminares y frontalmente expuestos en los relatos de los inmigrantes, proliferan las situaciones de abandono y de sentimiento de culpa por la salida debido a la nostalgia por el lugar dejado atrás, la distancia entre el sueño americano, los mitos fundacionales de origen y la posición social recién encontrada.

En este aspecto, Balseros trata y acompaña la quiebra de los procesos de desplazamientos internacionales cuando son establecidos en universos de salida y llegada, para poder resolver las angustias sociales potencializadas por la máquina del imaginario migratorio. Las historias de vida, en la película, se entrecruzan con los éxitos relativos de las empresas migratorias, ya que es el propio proceso ambiguo de las migraciones, negativas y positivas para ambos lados, las que exhiben cómo las transiciones de existencia se alinean con los procesos de cambio de localidad. En este sentido, el flujo de realidades, escandalizadas con las perspectivas de salida, deconstruyen los sentidos míticos del viaje y potencializan ejercicios de interrogantes de la condición periférica y errante.

Por establecerse dentro de una ambigüedad fundamental, construida a partir del revisionismo del sueño inmigrante y del éxito relativo de la empresa migratoria, el documental fue bien recibido en los dos países[4]. La estructura documental abre con un enfoque periodístico en la primera mitad, atrás de la noticia y sus protagonistas. El impulso de la partida basado en la existencia inmersa en desesperación, desde la realidad cubana, es acompañado en las entrevistas de los sujetos que preparan, en una secuencia de la película, embarcaciones construidas con cualquier material encontrado para alimentar el sueño exasperado de abandono insular.

La alteridad diaspórica, en este aspecto, es observada en las distancias entre los imaginarios de partida (en los diálogos migrantes, se sueña con casas con jardines, coches deportivos, supermercados llenos de productos, etc.) y las dificultades de llegada. La producción de las balsas, en los momentos anteriores a la partida rumbo al mar, son realizadas sin ninguna orientación náutica, y el ímpetu diaspórico – aliado a la desesperación y miedo de que Castro, de un momento a otro “cierre las puertas” nuevamente – muestra una sociedad cohibida por la necesidad del impulso y voluntad de modificación por la determinación migratoria.

Pero, probablemente, la resonancia de Balseros está concentrada en la visión de la duplicidad de los procesos de desplazamientos, observados cuando, el equipo de rodaje acompaña, cinco años después, las trayectorias de vida de los cubanos en los Estados Unidos. La crudeza y las dificultades del proceso migratorio, su telón de fondo social y los estados mentales de los inmigrantes en los Estados Unidos – algunos de ellos encontrados en un campo de refugiados en la base de Guantánamo – rompen con la estructura inicialmente periodística del documental y muestran la “observación de la realidad” en la quiebra y en la durabilidad de las empresas migrantes, establecidas sobre la condición de partida y del anhelo por un cambio.

Abriendo espacio para el redimensionamiento de la historia personal junto con las potencialidades de los sujetos en desplazamiento, Balseros se establece sobre la distancia física del esfuerzo de la partida y la condición extraterritorial de una pertenencia que jamás llega completamente. Los diálogos migrantes, cinco años después, de Oscar, Rafael, Miriam, Guillermo, Juan Carlos, Mericys y Misclaida, reflexionan sobra la culpa de la partida y el estado de errancia que la dinámica de la soledad impone sobre los cubanos en Estados Unidos. La inmersión total en el trabajo, la fisura de las relaciones humanas que abren fracturas mayores en el sentido del desgarro parcialmente subjetivo, y la nostalgia de la pérdida de los lazos, son estados reflexivos explorados en las experiencias migratorias de los cubanos expatriados. En este sentido, los procesos migratorios tienden a ser vistos a partir de los itinerarios referenciales de los inmigrantes como elementos extranjeros que necesitan, unilateralmente, sufrir la acción del orden realizado con la presión aculturativa por la sociedad de recepción. De este modo, tales procesos son observados como un paso desde la posición asimilacionista hacia la posibilidad de integración, colocando en un segundo plano la discusión sobre el propio papel aculturativo de ese posicionamiento.

La película de Carles Bosch y Josep María Domènech, expone con detalles las estesias comunicacionales negadas en la evolución del proceso de desplazamiento en los sujetos de las migraciones, observando sus vidas en los Estados Unidos y la permanencia de sus familiares en Cuba. Náufragos entre dos mundos distantes por la complejidad migratoria, el sueño inmigrante de los siete balseros es relativizado por el acompañamiento gradual de las experiencias de la diáspora. Existe tensión narrativa en las voces que son lentamente abiertas con la intención de pensar en los contextos de salida y de adaptabilidad difícil. La película se posiciona con la ventaja de esperar el cómputo del tiempo para observar los efectos de la transición de fronteras.

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Notas

[1] Texto basado en presentación en el XXVIII Simposio Nacional de Historia (UFSC/UDESC – 2015).

[2] En la secuencia inicial, con la cámara observando el propio proceso de excavación, se encuentran esqueletos y artefactos arqueológicos de la época romana, junto al movimiento de captura de la dinámica de las temporalidades de escucha; los vecinos del Raval se detienen sobre un andamio para observar y comentar los restos encontrados, convirtiéndose en espectadores y personajes de un tiempo que se escurre frente a la cámara.

[3] Como, por exemplo, las películas hasta la mitad de la década de 2000, El Cielo que Gira (Mercedes Álvarez, 2004) y La Leyenda Del Tiempo (Isaki Lacuesta, 2005).

[4] Balseros fue premiado tanto en Cuba (Premio del Jurado del Festival de la Habana) como en los Estados Unidos (Premio del Público del Festival de Miami).

Producción documental y políticas de la memoria: un estudio sobre representaciones audiovisuales santafesinas en torno a los Juicios por delitos de lesa humanidad

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Mariné Nicola

Resumen

En este texto nos  proponemos indagar en torno a las políticas de la memoria en Argentina y su relación con el cine documental, en particular centrar la mirada en el ámbito local, la provincia de Santa Fe y la producción fílmica documental en torno a los Juicios por la Verdad y la Justicia que se desarrollaron entre 2009 y 2010 en las ciudades de Rosario y de Santa Fe. Estos documentales representan el pasado desde imperativos del presente, sostenidos y propiciados por el Estado, en este caso el Estado provincial santafesino. Para estudiar esta temática consideramos como punto de inflexión –en el delineamiento de políticas culturales y de la memoria- la tarea encomendada por el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe a cineastas y documentalistas para realizar el registro y la producción de films que representen las diferentes etapas, laberintos y complejidades afrontadas en los juicios orales y públicos  a represores acusados por delitos de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura cívico-militar en el país.

Palabras clave

Políticas de la memoria, cine documental, juicios por delitos de lesa humanidad, derechos humanos.

Abstract

In this text we intend to study the politics of memory in Argentina and their relationship with documentary films. We aim to focus at the local level, the province of Santa Fe, and its documentary film production about the Trials for Truth and Justice that were held in 2009 and 2010 in the cities of Rosario and Santa Fe. These documentaries represent the past from imperatives of the present, supported and promoted by the State, in this case the provincial State of Santa Fe.

In order to study this issue, we consider the task entrusted by the Ministry of Innovation and Culture of the Province of Santa Fe to filmmakers and documentarians – to do the recording and production of films within the framework of cultural politics and memory-, to be a turning point. These films were expected to represent the different phases, mazes and complexities of oral and public trials of repressors indicted for crimes against humanity committed during the last military dictatorship in the country.

Keywords

Politics of memory, documentary filmmaking, trials for crimes against humanity, human rights.

Resumo

No presente texto nospropomosa indagar sobre as políticas de memória na Argentina e sua relação com o cinema documental, numa particular atenção a visão de âmbito localda Província de Santa Fe e a produção de documentários relativos aos Julgamentos pela Verdade e a Justiça que ocorreram entre 2009 e 2010 na cidade de Rosário e de Santa Fe. Estes documentários representam o passado desde imperativos do presente, sustentados e propiciados pelo Estado, no caso, o Estado provincial santafesino. Para estudar esta temática consideramos como ponto de inflexição  –no delineamento de políticas culturais com a tarefa de trazer a memória- encomendada pelo Ministério de Inovação e Cultura da Província de Santa Fe a cineastase  documentaristas para realizar o registro e a produção de filmes que representem as diferentes etapas, labirintos e complexidades afrontadas nos julgamentos orais e públicos  a repressores acusados por crimes de lesa humanidade perpetrados durante a última ditadura civil-militar no país.

Palavras-chave

Políticas da memória, cine documental, julgamentos por crimes de lesahumanidade, direitos humanos.

Datos de la autora:

Especialista en Docencia Universitaria. Doctorando en Ciencias Sociales. CIECEHC- Centro de Investigaciones en Estudios Culturales, Educativos, Históricos y Comunicacionales. FHUC- Facultad de Humanidades y Ciencias. UNL- Universidad Nacional del Litoral. marinenicola@yahoo.com.ar

Fecha de recepción: 20 de abril de 2016
Fecha de aprobación: 6 de junio de 2016

 

Acercándonos al objeto en estudio

El presente trabajo supone un primer acercamiento en el análisis de las posibles relaciones entre políticas gubernamentales provinciales y la producción fílmica en torno a los primeros juicios por delitos de lesa humanidad en la provincia de Santa Fe[i], una problemática que se enmarca en un campo temático mucho más amplio que es imprescindible profundizar en el desarrollo de posteriores estudios. Es necesario explicitar que en esta oportunidad centraremos la mirada y nos abocaremos a lo que acontece en la jurisdicción provincial en relación a las políticas de la memoria, como constitutivas y fundamentales dentro de las políticas culturales provinciales, y su estrecha vinculación con la producción audiovisual. Este trabajo se enmarca en una investigación mayor, quedando como trabajo pendiente el estudio de las iniciativas gubernamentales en todo el territorio nacional y su relación con la producción audiovisual.

Como resultado de las políticas de la memoria en torno al registro y producción fílmica documental sobre los Juicios por la Verdad y la Justicia que se desarrollan en Santa Fe, se produjeron dos series de documentales, divididos en capítulos dirigidos por cineastas santafesinos y rosarinos. La primera serie de documentales denominada Los días del juicio (Pablo Romano, 2010) está compuesta por cuatro capítulos de 50 minutos que narran el desarrollo y el contexto del primer juicio oral y público por delitos de lesa humanidad que se realizó entre el 31 de agosto de 2009 y el 15 de abril de 2010 en la ciudad de Rosario y que condenó a cinco represores a cadena perpetua[ii]. La segunda serie se titula Proyecciones de la memoria (Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011) y está compuesta por tres capítulos de 50 minutos, cada uno reúne imágenes y testimonios de la llamada “Causa Brusa”, primer juicio oral y público por delitos de lesa humanidad que se tramitó en la ciudad de Santa Fe entre septiembre y diciembre del año 2009[iii]. Cabe aclarar que no se hará aquí un análisis de las medidas judiciales ni el devenir de los juicios a los responsables de vejación y violación sistemática de los derechos humanos en Argentina entre 1976-1983 ni nos adentraremos en las particularidades de la representación audiovisual, aunque nos parece imprescindible hacer algunas aclaraciones al respecto para brindar mayores elementos que complejicen la temática y son la materia prima de las representaciones audiovisuales interés de nuestro estudio.

Para estudiar esta temática se recurre a los aportes de la teoría política, la historia social, la sociología de la cultura, desde una perspectiva multidisciplinar que nos permite abordar el análisis de estas representaciones audiovisuales y su intrínseca relación con el contexto de producción, las decisiones políticas que sustentan su realización y, al mismo tiempo, implican una forma de construir memoria.

Los documentales santafesinos como productos de políticas de la memoria

Cuando utilizamos la categoría políticas de la memoria nos referimos a la toma de decisiones del poder político y los gobernantes con respecto a temas relacionados a cuestiones del pasado, tarea que no carece de conflictos sobre todo considerando que la construcción de la memoria no está ajena a intereses y clivajes donde entran en debate qué es digno de ser recordado, quiénes se arrogan el derecho y son dignos de recordar, qué visión se impone en el juego memoria/ olvido sobre el pasado reciente[iv]. Según lo plantea Jon Elster (2006) estas políticas conjugan una serie de decisiones legislativas, administrativas y judiciales. Una política pública representa el intento por definir problemas y articular respuestas que pueden consistir en actuar o no hacer nada, por lo cual el análisis de las políticas exige la comprensión de factores de tipo histórico, social, económico, cultural, legal, pero especialmente, institucional. Por lo tanto, una política hacia el pasado debe contar con la gestión gubernamental sobre el manejo de las memorias en conflicto en el seno de la sociedad a través de la implementación de medidas políticas, económicas, jurídicas, sociales y culturales; la toma de decisiones tiene que funcionar en estos múltiples niveles y debe implicar la participación de diversos agentes y actores sociales.

En sociedades como las nuestras donde la implantación de un Estado burocrático autoritario (O´Donnell, 1982) y la aplicación del terrorismo de Estado ha diezmado y marcado profundamente a la sociedad, el consenso y aceptación de políticas en torno al pasado reciente es sumamente complejo, además estas políticas deben conllevar cierta reparación a las víctimas para lograr una coexistencia pacífica en una sociedad zanjada por las consecuencias del terror estatal, en la que además de existir un discurso oficial sobre ese pasado puedan convivir otras memorias sin producir un peligro a la estabilidad institucional. Por lo tanto, estas políticas deben ser garantistas, para proteger un derecho, estimular su ejercicio y buscar consolidar el sistema democrático.

1Como bien lo define Solís Delgadillo (2011) las políticas de la memoria son de esta manera un conjunto de medidas políticas instrumentadas desde el Estado tendientes a interpretar el pasado y reparar a sus víctimas. Sin embargo, lo que está en juego en las políticas de la memoria no es el pasado sino el presente, y la capacidad que se tenga para integrar a ambos en el aquí y ahora como realidad de la que sea posible hablar.

Siguiendo el planteo de este autor es que sostenemos que las políticas de la memoria vinculadas a los problemas irresueltos del pasado de aquellos países donde se implantó el terrorismo de Estado en etapas recientes de la historia, se pueden dividir en tres tipos: simbólicas, son todas aquellas medidas destinadas a resarcir la memoria de las víctimas y la de sus familias, aunque van dirigidas al conjunto de la sociedad, a través de recordatorios en el espacio público que se traducen en monumentos, plazas, nombres de calles, museos y todas aquellas expresiones que a través del arte se enlazan para mantener viva la memoria colectiva, pero también a través de la difusión educativa de los derechos humanos; de reparación,  son medidas reservadas para indemnizar a las víctimas directas y a sus familiares, hasta cierto grado de afinidad, y se pueden subdividir en dos categorías, económicas (retribución a través de transferencias económicas directas) o prestacionales (compensación por medio de la exención de pago de determinados servicios públicos y creación de programas específicos para su beneficio); y por último –aunque no menos importantes- las políticas de justicia, son aquellas que están encaminadas a establecer la verdad de los hechos y a crear las condiciones propicias para juzgar y castigar bajo un debido proceso, a los responsables de cometer crímenes políticos o de lesa humanidad bajo el auspicio de un régimen autoritario.

Analizando someramente las políticas implementadas por el Estado provincial santafesino vemos que hay cierta preocupación y preeminencia de políticas de la memoria que oscilan entre políticas de reparación de carácter económicas (pensiones); políticas de justicia (juicios) y políticas simbólicas. En esta última variante de políticas es donde encontramos la estrecha imbricación entre políticas de la memoria y políticas culturales. Por un lado, la creación y puesta en funcionamiento del Centro Popular de la Memoria donde funcionaba un Centro Clandestino de Detención para constituirlo como un lugar de memoria (Nora, 1983-1994); por otro, el apoyo a través de convocatorias públicas y financiamiento para la producción de audiovisuales que representen y vehiculicen lo que sucede en el marco de las instancias judiciales en el desarrollo de los juicios por delitos de lesa humanidad (estos juicios además se transmitieron de manera directa por internet [v] y en pantallas en los alrededores de los juzgados federales y plazas públicas aledañas).

Es en tal sentido que consideramos las políticas culturales estrechamente vinculadas a la construcción de memoria, y en cierta medida, muchas veces las políticas de la memoria y las culturales van de la mano, ante ello en esta oportunidad tenemos el interés por analizar un aspecto relacionado a las políticas culturales que hace referencia a la producción audiovisual, específicamente cine documental. El investigador argentino Gustavo Aprea (2008) ha realizado un trabajo interesante al respecto donde analiza las continuidades y discontinuidades en la relación cine y política en Argentina desde 1983 a 2008, considerando al cine como un constructor de identidades y, personalmente agregaría, memorias, desempeñando un papel fundamental en defensa de la democracia y llevando adelante una exhaustiva crítica social. En palabras de Aprea “…la producción fílmica de los últimos años adquirió –muchas veces más allá de las intenciones de sus autores- una dimensión política que la distanció de la de otros momentos históricos y la distinguió de otras cinematografías contemporáneas.” (Aprea, 2008. Pág. 9). Esta comparación se piensa sobre todo en relación a la estrecha imbricación entre política y cine que se dio en la década de los ´70 con las producciones de Raymundo Gleyzer y Cine de la Base y Fernando Solanas con Octavio Getino y su Grupo Cine Liberación, etapa y producciones ampliamente estudiadas desde múltiples enfoques y por diversos cientistas sociales.

En los últimos años encontramos trabajos académicos que abordan el análisis de las posibles relaciones entre cine y memoria, en tal caso es pertinente mencionar el reciente trabajo de Gustavo Aprea (2015) que incursiona en  los procesos de construcción de las memorias colectivas e individuales en torno al pasado reciente argentino y el lugar importante que ocupa el cine en relación a ello. En palabras del autor, “…los relatos audiovisuales  como el cine poseen cualidades que los convierten en vehículos idóneos para la creación de recuerdos que sostienen memorias colectivas nacionales, de clase, étnicas, de género, etc. Al mismo tiempo que permiten la transmisión y conservación de imágenes de un pasado socialmente compartido, realizan las interpretaciones sobre las que se soportan nuestras identidades sociales” (Aprea, 2015. Pág. 18). En tal sentido se manifiesta que a partir de la recuperación democrática los films de ficción fueron los primeros en acercarse a la temática y que durante la década de los ´90 comenzaron a proliferar documentales centrados en la recuperación de relatos en torno a la militancia de los años sesenta, desempeñando un rol destacado en los debates en torno a la historia reciente. Se denomina a estos films como documentales de memoria, que se caracterizan por organizarse como narraciones que reconstruyen e interpretan el pasado utilizando los testimonios de personajes que vivieron o sufrieron el momento histórico que se recuerda. En estos films no sólo es importante lo que se recuerda sino también el acto de recordar, tienen un efecto testimonial que habla sobre la manera que un período histórico es reconstruido y reinterpretado en otro contexto socio-histórico diferente, o sea expresan el modo como la sociedad piensa su pasado y se piensa a sí misma. Se vuelve a considerar en estos estudios a los productos de los lenguajes audiovisuales como agentes en los procesos de construcción de las memorias sociales contemporáneas y como fuentes para el estudio sistemático de la historia.

En un compás similar, contamos con estudios compilados por Lior Zylberman en el Dossier Memoria y Cine Documental en América Latina publicado en la Revista Cine Documental N°5 (2012), donde desde múltiples ópticas y a partir del análisis de diversos films, los autores abordan la problematización y análisis de la relación entre imagen y memoria, intentando desnaturalizar la idea comúnmente compartida de implicación directa entre cine y memoria. Algunos textos tratan las narrativas audiovisuales como soportes de la memoria y de las prácticas sociales (Bravi, 2012); otros buscan deconstruir esta idea para  dar paso a una relación más compleja y menos lineal donde intervienen los espectadores, el contrato que el film establece con el espectador, la imaginación, las significaciones latentes en los films (Zylberman, 2012), en tanto otros artículos se sumergen en el análisis de films subjetivos y la incorporación de fotografías como forma de hacer presente, de restituir lo ausente (De Hauwere, 2012), en otros escritos, se analizan los films a partir de las categorías de cine de memoria y memoria en imágenes (Ciancio, 2012). A partir de este breve relevo de investigaciones recientes, podemos afirmar que el campo de estudios en torno a cine y memoria del pasado reciente argentino se encuentro en pleno proceso de crecimiento y diversificación de estudios, para lo cual nuestro trabajo pretende aportar una perspectiva diferente, al mismo tiempo que complementaria.

La cinematografía documental de los últimos 20 años en nuestro país ha tenido como eje central de sus producciones la preocupación por la reconstrucción del pasado reciente y debates sobre las transformaciones profundas que se produjeron en nuestra sociedad durante las últimas décadas como resultado de la aplicación y profundización de políticas neoliberales. Ante ello, el auge de producciones de cine documental con la formación y proliferación desde inicios de la década del ´90 de múltiples y diversos grupos que se abocan a producir cine social y político, trabajando colectivamente y cuyas producciones son político-militantes en las cuales el objetivo está puesto más en la transformación política y social, que sobre lo estrictamente cinematográfico y estético (De la Puente y Russo, 2007). Esta tendencia se agudiza aún más con la crisis económica y política del 2001 y la creciente crítica, resistencia social, popular y masiva que se extendió por todo el país hacia el modelo neoliberal y sus consecuencias socioeconómicas en amplias capas de la población. Por lo que es interesante analizar y problematizar la cuestión de la representación de la realidad (Nichols, 1997) en las producciones documentales.

Pero en el caso santafesino, particularmente en relación a los audiovisuales objetos de nuestro análisis, constatamos la “intromisión” del Estado como agente propulsor de políticas culturales en la producción audiovisual, convocando, sosteniendo y financiando la realización y producción de materiales audiovisuales sobre los juicios de delitos de lesa humanidad en desarrollo en el marco del territorio provincial.

Adentrándonos en la relación política/ memoria a través del caso de Santa Fe

Tal vez sea necesario hacer un ejercicio de memoria selectiva, narrativa, para recordar cómo se desarrollaron algunos procesos y acontecimientos a partir de la llegada de la democracia al país y comprender la relevancia histórica que tienen los Juicios por la Verdad que se están desarrollando desde 1998 en la Cámara Federal de La Plata, provincia de Buenos Aires. Estos primeros juicios fueron procedimientos de investigación sin efectos penales y se realizaron para averiguar qué pasó con los desaparecidos en la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar y descubrir quiénes fueron los responsables del genocidio durante esa época. Con el transcurso del tiempo varios fiscales federales argentinos adoptaron esta estrategia para reanudar investigaciones sobre el terrorismo de Estado cuando la vía judicial ya se había cerrado con la sanción de las leyes exculpatorias de “Punto Final”[vi], “Obediencia Debida”[vii] y los decretos presidenciales de “Indulto”[viii] a los condenados en los Juicios a la Juntas en 1985[ix]. Legalmente estas acciones de los fiscales tenían escaso sustento y su efecto práctico era nulo porque no conducían a la imputación y juzgamiento de los represores, pero las pruebas reunidas resultarían de principal importancia luego del 2003 cuando estas leyes exculpatorias son anuladas por el Congreso Nacional Argentino y dicha anulación es convalidada por la Corte Suprema de Justicia que las declaró inconstitucionales el 14 de junio de 2005. Es a partir de allí que se rehabilita la posibilidad de persecución judicial de los crímenes de Estado y en 2006 tiene lugar la sentencia en la causa contra Miguel Etchecolatz, ex Comisario General de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, uno de los primeros en ir al banquillo de los acusados tras la anulación de las denominadas “leyes de impunidad”.

Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia de la nación en 2003, se anuncia que su programa en relación al pasado reciente argentino se sustentará en “Memoria, Verdad y Justicia”, seguido en sus dos primeras semanas de gobierno con la remoción de la cúpula de las Fuerzas Armadas y la promoción del juicio político a la “mayoría automática” de la Corte, sus objetivos eran echar luces sobre los delitos de lesa humanidad durante la dictadura. En relación a ello, según diversos informes, el balance de la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad es elocuente. En declaraciones Martín Fresneda –Secretario de Derechos Humanos de la Nación desde mayo de 2012 a diciembre de 2015- expresa que “…hubo más de mil procesados y 521 condenados, consigna que hasta finales de 2012 hubo 354 condenas y 34 absoluciones, cifras demostrativas de un verdadero proceso de justicia, con respeto por las debidas garantías, de modo que nadie sea condenado sin pruebas” (Serafini, 2014; online).

En el transcurso de 2014, al conmemorarse el 38 aniversario del golpe de Estado, se encuentra este proceso en pleno desarrollo, se hallan en marcha más de una decena de juicios por delitos de lesa humanidad en nueve jurisdicciones (Buenos Aires, Córdoba, San Luis, Mendoza, Tucumán, Santa Fe, Paraná, entre otros)[x], también en algunos de ellos comenzaron a ser juzgados civiles participantes de la dictadura, como en el juicio de Mendoza en el que están imputados los ex jueces Otilio Romano y Luis Miret o el caso de Santa Fe donde fue condenado Víctor Brusa por su participación siendo secretario de un juzgado federal en la ciudad de Santa Fe. En ese balance cabe consignar además la recuperación de su identidad de 119 hijos de detenidos-desaparecidos (con los últimos casos de Ignacio Hurban/ Ignacio Guido Montoya Carlotto, Jorge Castro Rubel y la nieta recuperada número 117, nieta de María Domínguez, presidenta de Madres de Plaza de Mayo en Mendoza, entre otros) y el mejoramiento del sistema de búsqueda a partir del Banco Nacional de Datos Genéticos, como así también la señalización de cientos de  “sitios de la memoria” a lo largo de todo el país, con la colocación de “baldosas” señalizando lugares de secuestro, detención y desaparición de personas.

2En un trabajo de investigadoras santafesinas del año 2002 sobre los procesos de construcción de memoria en nuestra ciudad en relación a esta etapa de nuestra historia, se sostiene que en Santa Fe hasta inicios del presente siglo, la memoria que se construye desde las instituciones gubernamentales está cargada de estrategias conmemorativas que invocan el recuerdo para provocar, de hecho, el olvido. Placas recordatorias, murales, monumentos en homenajes a los desaparecidos frenan la participación y el pensamiento crítico con respecto al pasado reciente. La memoria oficial imperante, expresada en la teoría de los dos demonios, de la guerra sucia y en los llamados a la reconciliación, está sustentada en la impunidad de los torturadores y genocidas que logran ocupar cargos en los gobiernos democráticos o continúan ascendiendo en sus funciones (González- Tell, 2002).

En tanto, diversos estudios más recientes que analizan el devenir de la lucha de los organismos de derechos humanos en Argentina para establecer un régimen de verdad sobre lo sucedido durante la última dictadura militar en el país y terminar con la impunidad de los represores, analizan cómo diferentes organismos y esferas estatales van apropiándose de los reclamos e imperativos sostenidos por estas organizaciones no gubernamentales y movilizaciones civiles que tienen como objetivos verdad, memoria y justicia (Alonso, 2011). Esta tendencia se profundiza con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia quien se presenta “…como representante de una generación golpeada por el terror militar y promovió diversas iniciativas para generar memorias críticas sobre la represión y las conductas mayoritarias de la sociedad argentina durante la década de 1970…” ( Alonso, 2009. Pág. 31), de esta manera se comienza a dar lugar a un nueva configuración imaginaria que apuntala la reactivación de la vía judicial para esclarecimiento y condena de los responsables y cómplices para/con los diferentes mandos militares.

Al mismo tiempo, la idea relacionada a la teoría de los dos demonios comienza a entrar en crisis dejando de ser una visión hegemónica sostenida por el Estado como política de la memoria. Según el investigador Luciano Alonso, esto puede ser leído como una tendencia de conjunto en relación al papel del Estado y los reclamos de los organismos de derechos humanos donde convergen procesos de normalización e institucionalización de estos reclamos del movimiento argentino por los derechos humanos

…Normalización en tanto intento de inscripción de esas demandas en la normalidad política, ajustándolas a reglas propias del Estado de derecho –lo que conllevó reiteradas tensiones al pretender el tratamiento de acontecimientos excepcionales con las tipificaciones de la legalidad republicana ordinaria. Institucionalización, porque supuso la canalización e incluso reorientación de las demandas por diversas agencias gubernamentales, asumiendo modos de relación sociopolítica concretos y estables garantizados por la estructura de la dominación estatal (Alonso, 2009: 31).

Estas ideas nos conducen a reflexionar sobre la imbricación entre política y memoria; qué estrategias o mecanismos se ponen en funcionamiento desde la sociedad y el Estado para construir memoria sobre el pasado reciente; cómo el Estado termina cooptando manifestaciones de la sociedad civil y las hace propias en el proceso de selección y reselección del pasado como estrategias del recuerdo.

Si nos adentramos en el tema de las políticas de la memoria en relación al pasado reciente argentino, podemos constatar que desde la recuperación de la democracia a nuestros días han tenido diferentes formas y ritmos dispares según los gobernantes de turno[xi]. En este sentido, es necesario realizar un racconto de las diversas medidas y acciones emprendidas desde el Estado y las esferas de poder político para impulsar la construcción de la memoria del pasado reciente a partir de acuerdos, consensos y disputas en torno a aquello digno de ser recordado por la sociedad, aunque ello excede este trabajo es una cuestión que necesita ser abordada en profundidad en posteriores estudios. Para ello hay que centrar la mirada en la selección, creación, ejecución e implementación de “lugares de memoria” (Nora, 1984-1993), sean éstos fechas conmemorativas, feriados, museos, informes, libros, películas y films, decretos y leyes que tomen posicionamiento e instauren en el seno de la sociedad un debate público y exijan una lectura del pasado reciente en el proceso de construcción y reconstrucción de la memoria social. Por tanto, una de las primeras cuestiones que debe ser abordada es el tema de la memoria como política pública.

Para ello focalizaremos en lo que sucede en el Estado provincial desde el año 2007 hasta nuestro presente histórico, cómo han ido cambiando, mutando o resignificándose diferentes políticas públicas orientadas al campo cultural y de la construcción de la memoria. El objetivo es poder dilucidar cambios, continuidades y rupturas en relación al papel del Estado provincial en el delineamiento de políticas de memoria, entrecruzando contextos y realidades particulares según el ámbito, el tiempo y el espacio en que coloquemos la mirada.

Consideramos que el caso de la provincia de Santa Fe en relación a las políticas culturales y de la memoria en torno al pasado reciente de los argentinos, es emblemático en un doble sentido. Por un lado, en el territorio provincial se tramitan de forma constante y sostenida desde el año 2009 los Juicios por la Verdad y la Justicia. Estos procesos judiciales llevados adelante por delitos de lesa humanidad implican la actuación de testigos, querellantes y abogados patrocinantes que han bregado desde la recuperación de la democracia en el año 1983 hasta nuestros días por la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas del terrorismo de Estado[xii]. En tal sentido, cabe mencionar que estos juicios continúan en desarrollo en la provincia juzgando a civiles y militares acusados de delitos de homicidio, allanamiento ilegal, torturas y supresión de identidad de menores[xiii].

Desde el año 2003 tras la declaración de nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final se reabren las causas por delitos de lesa humanidad en el territorio provincial al igual que sucede en todo el país. El primer juicio que se desarrolló en la ciudad de Santa Fe fue el caratulado causa “Brusa, Víctor y otros”, entre septiembre y diciembre de 2009 y derivó en la condena de un juez federal, y cinco ex policías a condenas que van entre 19 y 23 años de prisión efectiva en cárceles comunes. En tanto en la ciudad de Rosario, en abril del 2010 se condena a prisión perpetua a miembros de las fuerzas armadas y agentes civiles que colaboraron con ellos en el marco del territorio provincial durante la última dictadura cívico-militar.

Por otro lado, es digno de remarcar la decisión del gobierno de la provincia de Santa Fe de convocar a documentalistas, realizadores, colectivos de realizadores para producir materiales audiovisuales a partir del material que surgía de los procesos judiciales y su transcendencia, ya que se están juzgando y condenando delitos imprescriptibles cometidos en el marco del terrorismo de Estado a lo largo y a lo ancho de todo el territorio nacional. En tal sentido, se debe considerar como punto de inflexión –en el delineamiento de políticas culturales y de la memoria- la tarea encomendada por el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe a cineastas y documentalistas para realizar el registro y la producción de films que representan las diferentes etapas, laberintos y complejidades afrontadas en los juicios orales y públicos  a represores acusados por delitos de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura cívico-militar en el país.

Desde el 2009 a la fecha han tenido sentencia firme varias causas por delitos de lesa humanidad en el marco del territorio provincial, al mismo tiempo el gobierno provincial ha instrumentado una serie de políticas públicas destinadas a acompañar a la justicia a través del Programa de Protección y Acompañamiento de Testigos y Querellantes[xiv]; preservación y recuperación de espacios como sitios de la memoria, es el caso del edificio donde funcionaba el ex Servicio de Informaciones de Rosario, en ese lugar durante la última dictadura cívico militar funcionó uno de los Centros Clandestinos de Detención más grandes de la provincia[xv]; la creación del Archivo Provincial de la Memoria[xvi]; dentro del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos funciona un Área de Investigación, Apoyatura y Seguimiento de Causas de Lesa Humanidad[xvii]; se desarrollan campañas informativas y de difusión en colaboración con la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas[xviii]; mediante Ley Provincial N°13330 se otorga una pensión para madres de hijos que hayan sido asesinados o se encuentren en situación de desaparición forzada como víctimas del terrorismo de Estado[xix]; aprobación de la ley provincial de pensión para presos políticos, gremiales o estudiantiles víctimas del terrorismo de Estado[xx]; acompañamiento a las Madres de Plaza de Mayo en la búsqueda y restitución de niños apropiados durante la última dictadura militar[xxi]. Se mencionan estas iniciativas desarrolladas por el Estado provincial a manera de ejemplos relacionados a diversas políticas destinadas a la búsqueda, reparación, memoria y justicia en torno al pasado reciente aunque no profundizaremos en ello.

Es necesario considerar este emprendimiento cultural para producir audiovisuales sobre los juicios en Santa Fe en estrecha imbricación con políticas públicas de la memoria sostenidas por el Estado nacional y provincial en relación a la historia reciente, por lo que es imprescindible analizar, cómo la producción de estos audiovisuales nos conducen al análisis de fluidas interconexiones entre contextos socio-históricos diversos donde convergen y disputan las memorias. Nos permiten adentrarnos en la problemática de la representación, centrando la atención en la representación fílmica documental en tanto estrategia de preservación, salvataje, divulgación y conocimiento del pasado.

La llegada del Dr. Hermes Binner y el Frente Progresista Cívico y Social[xxii] a la gobernación de la provincia de Santa Fe en el año 2007 supuso un recambio político, ya que hasta esa fecha –y desde la recuperación de la democracia en 1983- la provincia estuvo gobernada por diferentes facciones del Partido Justicialista. Con el inicio de este nuevo ciclo de gobierno se reestructura y modifica la organización del Estado provincial al mismo tiempo que se profundiza el delineamiento y concreción de políticas públicas y culturales estrechamente vinculadas a las demandas de diversos sectores sociales.

En cuanto a políticas culturales provinciales es necesario remarcar que entre el 2009 y 2010 toma forma una iniciativa conjunta de la Secretaría de Producciones e Industrias Culturales del Ministerio de Innovación y Cultura y la Secretaría de Comunicación Social del Ministerio de Gobierno y Reforma del Estado, y se desarrolla el “Programa Señal Santa Fe” dedicado a la producción de contenidos audiovisuales con el objetivo de poner en común la memoria, la historia y la cultura santafesina. Según se expresa en la página oficial del Gobierno de la Provincia de Santa Fe, “El Programa Señal Santa Fe tiene como objetivo primordial lograr un espacio de creación audiovisual y participación ciudadana dedicado a generar contenidos de televisión cultural en el que se multiplican las imágenes, las voces, el trabajo y los anhelos de todos los santafesinos”[xxiii]. Desde mediados del 2011 se emite una franja de programación diaria de “Señal Santa Fe” que se distribuye por satélite en más de 70 canales de cable de la provincia, la franja presenta producciones originales propias y también producciones realizadas en toda Iberoamérica[xxiv]. A partir de la firma de diferentes convenios con redes de cableoperadores y el Banco Audiovisual de Contenidos Universales Argentinos (BACUA), desde septiembre de 2012 la programación de “Señal Santa Fe” llega a localidades de todo el país a través de la Cooperativa de Provisión y Comercialización de Servicios Comunitarios de Radiodifusión (Colsecor) y el canal Conexión Educativa, algunos de sus programas también son emitidos por canales de la Televisión digital abierta de Argentina (TDA).[xxv]

Nos interesa analizar el rol del Estado como actor que interviene, crea y fomenta la producción de materiales audiovisuales documentales que realizan una relectura de la historia reciente e intervienen en el complejo proceso de rescatar las memorias. Es necesario considerar el papel fundamental que cumple el cine en este proceso de construcción de la memoria, sobre todo si tenemos en cuenta que desde comienzos de la décadas de los `90 hasta nuestros días, podemos visualizar un amplio espectro de documentales políticos, antropológicos, testimoniales, subjetivos[xxvi] que representan la última dictadura cívico-militar argentina desde distintos lentes y miradas, estableciendo y problematizando continuas  relaciones pasado-presente en el proceso de construcción de la memoria. La particularidad de los audiovisuales aquí seleccionados está dada por la implicancia directa del Estado provincial en tanto agente promotor para su realización en conjunción con colectivos de documentalistas y realizadores independientes.

Como mencionamos anteriormente, el resultado de estas políticas culturales es la producción de dos series de capítulos para televisión (mediometrajes). La primera serie de documentales es Los días del juicio (Pablo Romano, 2010), donde se exhiben las imágenes de la sala de audiencias, el relato de los testigos y el trabajo de jueces, abogados y fiscales en la ciudad de Rosario. Al mismo tiempo que refleja el acompañamiento que los familiares y sobrevivientes hicieron durante todo el juicio en la puerta del Tribunal. La segunda serie titulada Proyecciones de la memoria (Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011) nos acerca imágenes y testimonios de la llamada “Causa Brusa” que –después de más de treinta años de espera- se llevó a juicio y se logró sentenciar a los imputados al demostrarse la ilegalidad de los actos cometidos en el marco de un plan sistemático y generalizado de represión por parte del Estado en la ciudad de Santa Fe y zonas aledañas. Además de registrar la historia de cinco mujeres que luego de treinta años lograron cerrar un ciclo de impunidad con una condena que marca una nueva etapa en materia de memoria, verdad y justicia en la sociedad santafesina, se contempla también, el contexto histórico y las características del juicio a través de las figuras de testigos, los abogados de la querella, los fiscales, el tribunal y los abogados defensores.[xxvii]

Relación cine/ representación y memoria en los audiovisuales santafesinos

El interrogante que se nos plantea es cómo representan los juicios y qué memorias sobre el pasado reciente construyen los films santafesinos, productos culturales resultado de políticas de la memoria sostenidas y desarrolladas por el estado provincial santafesino.

Al analizar los elementos constitutivos de estas representaciones audiovisuales podemos precisar que ambas series de documentales presentan una apuesta estética que combina imágenes de las salas de audiencia, es decir el interior de los recintos donde se desarrollan los juicios y las repercusiones del desarrollo de estos juicios en la calle, los testigos, querellantes, fiscales y abogados fuera del recinto en entrevistas o charlas abiertas en el ámbito de sus oficinas o departamentos, la cobertura periodística y su transmisión en los medios de comunicación locales a través de canales de acceso abierto de las ciudades de Santa Fe y Rosario. En tal sentido, el investigador Lior Zylberman trabaja la sensación de continuidad e implicación mutua entre los sucesos que se dan en la sala de audiencias y la vida cotidiana de los santafesinos que transcurre por fuera de ese espacio físico delimitado, “…la relación entre el afuera y el adentro; entre lo que sucede durante el juicio en la sala y en su exterior, como también cómo las acciones del exterior repercuten en el interior” (Zylberman, 2015. Pág. 19). Uno de los rasgos identificatorios de estas producciones está dada por la forma de abordaje del tema y su representación, no se limitan a registrar lo que sucede en el marco de la sala de audiencias de los juicios sino que hay un análisis en torno a las implicancias, al significado que tiene para la sociedad civil en su conjunto el desarrollo de estos procesos y la posibilidad efectiva de condena a los responsables. En tal sentido, la estructura narrativa no es lineal, sino que coloca al espectador en un estado de implicación y problematización constante ante la necesidad de tener que  poner en relación/ tensión diversos elementos, imágenes y discursos que aparecen a lo largo de los films. Hay superposición de tiempos: pasado/ presente/ futuro; de territorios: sitios conocidos y familiares/ centros clandestinos de detención/ identificación de lugares de tortura;  de espacios: dentro de la sala de audiencias (recinto del juzgado)/ lugares públicos (calle y plaza)/ vida cotidiana de los actores sociales implicados en estos procesos judiciales.

3En tal sentido, Pablo Romano en Los días del juicio (Pablo Romano, 2010) combina diferentes elementos en la composición fílmica: superposición de imágenes con audio de voz en off que relata para el espectador; testimonios o entrevistas; intertítulos sobreimpresos en la pantalla que identifican quién está hablando (dotándolo de nombre, de identidad) y cuál es su situación en relación al juicio (querellante, acusado, fiscal, juez, abogado defensor) al mismo tiempo que marca la cantidad de días transcurridos antes o después de la sentencia (como ubicación temporal, ya que la narración no es cronológicamente lineal); imágenes captadas por la cámara dentro y fuera del recinto de audiencias, fotografías, música y audio ambiente de marchas y testimonios; imágenes captadas por las cámaras dispuestas en la sala de audiencias. A partir de estos elementos Romano construye un texto fílmico, que por momentos da la sensación que la cámara es un mero testigo de los acontecimientos que se suceden delante de su lente, como un observador sin participación,  propio de una representación de observación donde  no hay intervención del realizador (Nichols, 1997). Este tipo de textos se caracterizan por el trato indirecto, por el discurso oído por casualidad más que escuchado, ya que los actores sociales se comunican entre ellos en vez de hablar a la cámara. Este tipo de películas ceden el “control” a los sucesos que se desarrollan delante de la cámara utilizando sonidos e imágenes que se registran en el mismo momento de la filmación, permitiendo observar las actividades de otros con una sensación de acceso sin trabas ni mediaciones. Esto sucede en múltiples fragmentos de los distintos capítulos, ya sea cuando los querellantes hablan con sus abogados; o los militantes de HIJOS –agrupación Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- organizan actividades como volanteadas y la kermes de vigilia la noche anterior a la sentencia; o los abogados preparando sus alegatos, coordinando telefónicamente las acciones a seguir; o en los momentos de reconocimiento de lugares de detención por parte de los querellantes; o acompañando a uno de los acusados en su casa en los preparativos para concurrir a las audiencias del juicio. Registros en tiempo real, con audio y sonido ambiente, captando conversaciones, diálogos casi como oídos por casualidad”. Pero en cada uno de los cuatro capítulos el director tiene una intención clara, existe un argumento en torno a lo representado, hay una voz de autoridad que estructura los films, utiliza entrevistas pero éstas quedan subordinados a la argumentación ofrecida por la propia película, la representación es predominantemente expositiva y  la voz de autoridad es la argumentación textual del film (Nichols, 1997).

En el primer capítulo aborda el juicio, sus características inéditas al juzgarse delitos de lesa humanidad en juzgados federales argentinos reconociendo la existencia de un Estado terrorista y se presenta a los actores sociales implicados en el juicio (acusados, querellantes, abogados, jueces, fiscales, militantes de los Organismos de Derechos Humanos, periodistas); el segundo capítulo se centra en la persona de Ramón Verón (querellante) quien fue detenido en 1978 junto a su compañera que aún sigue desaparecida, a lo largo de los 50 minutos de este capítulo la cámara acompaña a Verón en diferentes momentos: cuando presta declaración, en su taller de soldadura trabajando, en su casa con sus recuerdos, en los viajes hacia el tribunal, en marchas en conmemoración del 24 de marzo, con sus abogadas especulando en torno a las posibles condenas; el capítulo tres centra la mirada en Eduardo Rodolfo Constanzo (acusado), quien participó manejando los autos en los operativos que se desarrollaban desde el Destacamento de Inteligencia 121 del 2° Cuerpo del Ejército Argentino con base en la ciudad de Rosario, la particularidad es que Constanzo es el único en el “banquillo de los acusados” que admite participación y testifica en torno a las acciones y sucesos ocurridos entre 1976 y 1983, identifica a los otros acusados como los responsables y quienes dictaban las órdenes, relata situaciones y ubica a personas desaparecidas en diferentes lugares de detención clandestina, obviamente desvinculándose de toda responsabilidad individual y arguyendo que él era un simple chofer; el cuarto y último capítulo aborda el tema de la restitución de identidad de los bebes expropiados, en este caso se centra la atención en Sabrina Gulino –hija de padres desaparecidos- nació en el Hospital Militar de Paraná (ciudad capital de la provincia de Entre Ríos), su madre dio a luz a mellizos estando detenida ilegalmente y sus secuestradores dejaron abandonada a la niña en las escalinatas de un Hogar de Huérfanos en la ciudad de Rosario.

Esta serie de capítulos realizados por Romano, nos trae al presente el rol de la militancia, la posibilidad de considerar a los detenidos desaparecidos como militantes de diferentes partidos políticos, agrupaciones y organizaciones sindicales con claras posiciones político-ideológicas. Este es un tema que siempre se intenta soslayar o minimizar en diferentes representaciones audiovisuales sobre los detenidos desaparecidos, como estrategia discursiva para presentarlos como “mártires”, carentes de deseos, acciones y decisiones, como si no fuese lo suficientemente terrible la imposición de un Estado terrorista que persigue, desaparece y mata a sus ciudadanos desproveyéndolos de todos los derechos y garantías en los cuales deberían estar amparados. En estos films se reconoce el lugar del militante, se les devuelve las ideologías e ideas por las que lucharon, se les da entidad, se les otorga rostro en el preciso instante en que los sobrevivientes pueden ofrecer testimonios frente al tribunal y las cámaras los filman, captando sus rasgos, gestos, expresiones, silencios, cavilaciones.

En el último capítulo de esta serie, podemos entender el camino recorrido por muchos jóvenes que luchan por conocer y recuperar su identidad robada, el camino transitado por sus abuelas que hace casi cuatro décadas los están buscando. De esta manera se reactualiza la necesidad de reparación ante el daño causado, no sólo a las víctimas directas –detenidos desaparecidos y sus familiares- sino para con toda la sociedad ante la necesidad imperiosa de verdad y justicia. Según expresiones de la fiscal Mabel Colalonga, “…porque perdonar, olvidar estos actos inhumanos es contrario a todo orden legal, es contario a la civilización misma, es contrario a la esencia del ser humano y por eso estos son delitos de lesa humanidad…” (expresiones de Mabel Colalonga, fiscal en Los días del juicio. Pablo Romano, 2010, capítulo N°1). También se reactualiza el rol de la militancia, ya que con Sabrina Gulino entra en escena la lucha de la agrupación HIJOS que desde su conformación en 1995 lucha por los derechos humanos, la verdad, la justicia y la identidad, una lucha y una militancia donde el juicio y castigo a los culpables del terrorismo de Estado, tanto civiles como militares ocupó y ocupa un lugar central. Pasado-presente y futuro, tres temporalidades hilvanadas por un mismo imperativo, la necesidad y la concreción de justicia.

La tensión entre pasado-presente es constante en estas realizaciones, el pasado se reactualiza en cada testimonio, en cada uno de los capítulos, demostrándose la actualidad y significación constante de estos acontecimientos para/con nuestra sociedad. La fiscal Mabel Colalonga plantea en la sala de audiencias, “…estos señores vienen a decirnos que queremos traer el pasado al presente y yo les digo no, estos hechos son el presente, no los estaríamos debatiendo acá si no son presente y tanto son presente que no sabemos aún que pasó por ejemplo con el hermano de Sabrina y otros 17 desaparecidos que forman parte de las 28 víctimas que constituyen esta causa…” (expresiones de Mabel Colalonga fiscal, en Los días del juicio. Pablo Romano, 2010, capítulo N° 4).

En esta producción de Pablo Romano, la interrelación de las temporalidades también queda explicitada en los intertítulos escritos y colocadas en la parte inferior de la pantalla que marcan la ubicación temporal de los relatos en relación a la sentencia en el marco del juicio –se sobreimprime en pantalla la cantidad de días anteriores o posteriores con respecto a la sentencia-. A partir de este recurso se busca captar la atención del espectador y se mantiene el suspenso de la correlación del tiempo real que conllevó el proceso judicial. Se lleva al espectador a un estado de toma conciencia de las multidimensionalidades de tiempo que se cruzan, mezclan y superponen en estos procesos judiciales, no solamente pasado-presente sino también –lo que está por venir- el futuro próximo, que anuncia el inicio del segundo juicio por delitos de lesa humanidad en la ciudad de Rosario.

Por su parte, las cámaras de Cappatto, Agusti y Gatto registran imágenes de los juicios en las salas de audiencias del Tribunal Oral Federal de  la ciudad de Santa Fe y los testimonios que allí se brindan; entrevistan a los diferentes implicados en el proceso judicial; captan los recorridos de los testigos y querellantes en los reconocimientos de lugares donde estuvieron detenidos, fueron maltratados y torturados. Estos realizadores utilizan recursos muy similares a la serie de audiovisuales de Pablo Romano. Aunque hay un recurso novedoso que le otorga dinamismo y crea en el espectador la necesidad de esforzarse constantemente para poder completar y resignificar la imagen que de otro modo sería inacabada. Los realizadores de Proyecciones de la memoria (Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011) juegan recurrentemente con la proyección de imágenes en las paredes y en diversos ámbitos, completando situaciones e ilustrando las narraciones y relatos de  los entrevistados en lugares íntimos y familiares. Por ejemplo, en el primer capítulo una de la querellantes, Patricia Traba narra cuáles eran sus ocupaciones antes de ser secuestrada y detenida, cómo era su vida, en esos momentos la cámara comienza a alejarse del primer plano de la figura de Patricia y el cuadro de la toma se va ampliando para mostrarnos un plano más general donde podemos observar proyecciones en la pared de la habitación (fotografías de jóvenes y de Patricia hace cuarenta años atrás realizando diferentes actividades y en distintos momentos de la vida) que se superponen y traspasan la figura de la testimoniante.

En múltiples momentos de la narración fílmica se recurre a este juego de espejos entre las imágenes proyectadas en las paredes y las imágenes que captan las cámaras en tiempo presente, en el aquí y ahora del testigo sobreviviente. Juego de espejos al mismo tiempo que juego de complementariedad y conjugación de tiempos, espacios y personas, una intromisión del pasado en el presente, como línea de continuidad entre aquel pasado que se hace presente y se proyecta ante nuestros ojos con necesidad de verdad y justicia. Aquí la estructura narrativa nos sumerge en la multidimensionalidad del tiempo que se entrecruza en el presente, en la actualización de cada relato y en la representación audiovisual misma. En el acompañamiento de los testigos en el reconocimiento e inspección de lugares de detención también se ve el entrecruzamiento de tiempos y espacios, “… fue desgarrador las inspecciones judiciales que se hicieron en la Comisaría IV, porque el edificio conserva aún la forma que tenía en aquella época, si bien las celdas no tienen el mismo uso que tenían en aquella época naturalmente, el edificio esta exactamente como en ese entonces y las víctimas al entrar al edificio, de alguna manera se emocionaron y revivían aquellos momentos tan duros que les había tocado vivir allí…” (expresiones de Martín Suarez Feisal fiscal, en Proyecciones de la Memoria. Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011, capítulo N°2).

Desde el primer capítulo de esta serie se da un lugar central a cinco mujeres. Mujeres que han sido las impulsoras incansables en la búsqueda de justicia y que son las querellantes en este proceso judicial. El primer capítulo centra su atención casi completamente en Patricia Traba,  Silvia Abdolatif, Anatilde Bugna, Ana María Cámara y Stella Maris Vallejos, a partir de sus testimonios e historias de vida, nos presenta a estas mujeres como militantes, pero no sólo militantes de la década del ´70 sino militantes que siguen pugnando por los derechos humanos y la primacía de la justicia en el tiempo presente, con coherencia y espíritu de lucha, defendiendo la dignidad y la vida. El siguiente capítulo sigue retomando la voz de estas mujeres (que constituyen la parte querellante) pero además se incorpora el testimonio y las declaraciones de otros detenidos ilegalmente que ingresan a la causa como testigos para aportar información en la reconstrucción del accionar y el circuito represivo de las Fuerzas Armadas en Santa Fe que contaron con la colaboración de agentes de la policía provincial y del poder judicial, como es el caso de Víctor Brusa (secretario de juzgado por ese entonces). El tercer y último capítulo focaliza en el impacto del juicio en la sociedad santafesina, sus repercusiones y el entrecruzamiento de diferentes ideas y teorías en relación al pasado que se ponen en juego, se tensionan y superponen en las instancias del juicio, partiendo de la teoría de los dos demonios y pasando al terrorismo de Estado y el reconocimiento de la existencia de un plan sistemático de exterminio de personas.

Básicamente esta serie se organiza a partir de relatos y testimonios de los diferentes actores sociales implicados en los procesos judiciales, se recurren a imágenes de la sala de audiencias, fotografías, filmaciones de reconocimientos de sitios y lugares identificados por los querellantes y testigos como lugares de detención y tortura, pero todos estos elementos son incorporados en la narrativa audiovisual como forma de aportar y justificar las expresiones vertidas en los relatos que se brindan para la cámara, en un encuentro directo entre los realizadores y testimoniantes. Ello nos lleva a aventurarnos y considerar a estos documentales con cierto predomino de la modalidad de representación interactiva, dando al testigo que habla delante de la cámara cierta libertad en la construcción del relato (Nichols, 1997); donde el relato se construye en el preciso momento del encuentro entre la cámara y quien recuerda, el testigo o testimoniante; ”Yo no sabía que, no había visto que se transmitía de ese modo, porque uno se ve diciendo y en el rostro y en los gestos es como que te va quedando marcado el relato… viste es toda otra cuestión. Rostros que están reflejando el horror que están narrando. Realmente a veces uno cree que no puede revivir el horror, pero a veces escuchándonos es fuerte…” (expresiones de Silvia Abdolatif querellante, en Proyecciones de la Memoria. Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011, capítulo N°1). En este fragmento se hace evidente el encuentro entre testigo y realizador, la interacción en el instante mismo del relato y registro cinematográfico, en ciertos momentos los realizadores utilizan intertítulos sobreimpresos en la pantalla que identifican al testigo  (dotándolo de nombre, de identidad) y cuál es su situación en relación al juicio (querellante, acusado, fiscal, juez, abogado defensor) pero no nos da precisiones en relación al tiempo transcurrido del proceso judicial. En estos films el juicio es la excusa para conocer e interactuar con los actores sociales, sus relatos, vivencias y recuerdos. En este caso son los personajes (personas implicadas en los procesos judiciales) quienes son los portadores del discurso, construyen la narrativa que estructura el texto audiovisual. En estos films se representa a los sobrevivientes en tanto sujetos que han sufrido torturas, vejaciones, violaciones y atropello a todos los derechos que tenemos como seres humanos, pero no se hace hincapié en ello, sino que se presenta a estos sujetos como querellantes que luchan por el reconocimiento de sus derechos en el marco de instancias judiciales garantizadas por un Estado de Derecho. Los querellantes y testigos son personas que han continuado sus vidas basada en la militancia y la lucha por justicia y la reconstrucción histórica de lo vivido, atravesados por múltiples dimensiones que los cruzan como sujetos en tanto militantes de ayer y de hoy, con vidas rotas pero que se han podido reconstituir, regenerar a partir de la memoria y la justicia.

La existencia del testigo que sobrevivió a la tortura, las vejaciones, el tormento, inexorablemente nos lleva a repensar y reelaborar la historia desde una perspectiva compleja con múltiples entradas que supere una visión heroica o épica de las vivencias de los ´70 y la derrota sufrida en manos del terrorismo de Estado orquestado por las Fuerzas Armadas. Según Ana Longoni,

…Esos cuerpos sobrevivientes vuelven para contar y evidenciar la derrota en carne propia. Por otra parte, se construye una dualidad fuerte entre la figura del desaparecido como héroe y como mártir y su opuesto, la figura del sobreviviente como traidor. ´Si sobrevivió, algo habrá pactado, algo habrá dicho, a alguien habrá delatado´, eso es lo que se escucha y se piensa resonando y duplicando, de alguna forma, en el ´por algo será´ de los desaparecidos. Otra hipótesis, más coyuntural, tiene que ver con los organismos de derechos humanos, todavía en dictadura o en los primeros años de la democracia, que no reconocieron públicamente la condición militante de los desaparecidos (Longoni, 2007. Pag. 14).

4Algo está cambiando al respecto, hoy encontramos más espacios donde se puede acceder a una problematización de la militancia, la ética y el sentido de las acciones del militante. Circulan discursos, narrativas y films que escapan a la sublimación del “héroe” como ejemplo de militancia, sino que se recupera la dimensión del sujeto enmarcado en una trama compleja de incertidumbres, deberes, anhelos, ideologías que lo llevaron a actuar según sus convicciones o posibilidades. Al mismo tiempo, es necesario escapar a los peligros de la visión de victimización de quien sufrió el daño, evitar los lugares comunes de victimización y autovictimización, nadie quiere ignorar o negar que los ex detenidos-desaparecidos que han sido expuestos a torturas y detenciones clandestinas no son víctimas, pero es necesario dejar de mostrarlos como sujetos “débiles” e indefensos, debemos corrernos de esa lectura estereotipada que simplifica los procesos históricos y dar paso al sujeto que sobrevivió a “aquel infierno”, que intentó restablecer sus vínculos e insertarse nuevamente al tejido social del cual fue arrancado. “Llevar adelante estos juicios fue parte de una responsabilidad que sentimos por ser sobrevivientes…” (expresiones de Patricia Traba querellante, en Proyecciones de la Memoria. Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto, 2011, capítulo N°1). En este sentido, ambas series de documentales logran restablecer el rol de la militancia del pasado y del presente, con ideologías, supuestos, valores, iniciativas y alcances múltiples en relación al pasado reciente y la construcción de la memoria.

Algunas consideraciones finales a partir de las representaciones audiovisuales

De manera sucinta y provisoria podríamos decir que desde estos audiovisuales auspiciados por el Estado provincial santafesino se promueve la construcción de la memoria basada en el reconocimiento de la existencia de un Estado terrorista que implementó un plan sistemático de exterminio hacia sus ciudadanos, dando por tierra con las ideas que sostienen la “teoría de los dos demonios” que ha dejado de ser una visión hegemónica sostenida desde el Estado –nacional tanto como provincial- como política de la memoria. Coincidiendo con lo planteado por Alonso en torno al surgimiento y consolidación desde el Estado de una nueva configuración imaginaria que promueve y sostiene la vía judicial como garantía de verdad. Se apuntala la reactivación de la vía judicial en el esclarecimiento y condena a los responsables y cómplices para/con los diferentes mandos militares y civiles cómplices; ello a través de políticas de la memoria sustentadas en políticas de justicia, pero que en el caso de Santa Fe van acompañadas con políticas simbólicas que refuerzan y fortalecen la idea de la preeminencia de un Estado de derecho.

A partir del desarrollo de estas políticas de la memoria en el territorio provincial santafesino podemos evidenciar cierta coordinación entre la sociedad civil y el Estado en pos de concretar iniciativas culturales que conlleven a la producción y circulación de productos culturales, en este caso los mediometrajes documentales. Consideramos estas iniciativas como ejemplos de caso a lo sostenido por la socióloga Ana Wortman (2005) cuando plantea que son necesarias propuestas de políticas culturales en la actualidad en Argentina y uno de los puntos fundamentales para ello, es coordinar las iniciativas de la sociedad civil con las intervenciones del Estado.

Consideramos a estos documentales como el resultado de políticas culturales y de la memoria que nos acercan una nueva forma de narrar/ representar el pasado, porque recogen cuestiones sobre la militancia y restablecen la condición político-militante de los sujetos objetos de vejámenes y torturas; hablan sobre el presente, las secuelas en las familias, los hijos y la sociedad; rompen con las ideas estereotipadas de héroes/mártires y villanos/cuasidemonios; confieren y otorgan significativa relevancia a los juicios, superando la lectura de mero resarcimiento a la víctima y castigo al victimario. Al tiempo que resaltan la importancia social e histórica de estos juicios enmarcándolos en el marco del Estado de derecho y valorándolos como instancias de justica que nos implica a todos y no a un sector de la sociedad.

Estos films suponen una actualización sobre el tema de “la última dictadura cívico-militar argentina”, complejizando la lectura del pasado, imbricando e interrelacionando relatos, dimensiones y contextos múltiples que convergen en estas representaciones de nuestro pasado reciente.

En definitiva, estos films deben perseguir la función que Suely Rolnik considera como esencial de toda práctica artística, la de actualizar sensaciones, hacerlas visibles y decibles, producir cartografías de sentido, llevando a la quiebra de las formas de existencia en vigencia, desestructurando los binomios de víctima-victimario, héroes-estigmatización de la víctima. Al actualizar nuevas perspectivas e idea-fuerzas se logra socializar las sensaciones, comunicando al colectivo social las nuevas composiciones de fuerzas que lo afectan y lo hacen derivar hacia nuevas configuraciones, representaciones y significados. Es sumamente apropiado tomar palabras de esta investigadora y psicoanalista cuando expresa que “…En la actualidad, algunas prácticas artísticas parecen manejarse de un modo especialmente eficaz con el problema planteado arriba. Su estrategia consiste en la inserción sutil y precisa en puntos de desgarramiento de la estructura social en los cuales pulsa una tensión por la presión de una nueva composición de fuerzas que piden paso…” (Rolnik, 2002; online). Idea-fuerza que resume con total precisión y potencia lo que estos films documentales, en tanto práctica artística están destinados a generar hacia el interior de la sociedad argentina contemporánea.

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Notas

[i] Santa Fe es una provincia Argentina ubicada en la zona centro del país, se halla en una zona agrícola-ganadera por excelencia, y cuenta con un elevado desarrollo industrial. Sus principales centros urbanos son la       Ciudad de Rosario y Santa Fe, ciudad capital de la provincia. Según datos censales de 2010 esta provincia tiene un poco más de 3 millones de habitantes y es la tercera economía provincial (junto con Córdoba y Buenos Aires) que más aporta a la economía nacional. Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, http://www.indec.mecon.ar/  Consultado el 15 de  Marzo de 2015

[ii] Ficha técnica: Serie Documental: Los Días del Juicio. Dirección: Pablo Romano. Guión: Pablo Romano y Federico Actis. Una realización integral del Programa Señal Santa Fe. Secretaría de Producciones e Industrias Culturales. Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe. 2010. Consultado el 20 de Diciembre de 2011 en  Relevamiento de Documentales de Rosario 1969-2011 www.asociacionrosarinadocumentalistas.blogspot.com

[ii] Ficha técnica: Serie Documental televisivo: Proyecciones de la Memoria . Dirección: Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto. Guión: Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto. Una realización integral del Programa Señal Santa Fe. Secretaría de Producciones e Industrias Culturales. Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe. 2011. Consultado el 20 de Febrero de 2012 http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/10/18/escenariosysociedad/SOCI-03.html.

[iii] Ficha técnica: Serie Documental televisivo. Dirección: Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto. Guión: Betania Cappatto, Patricio Agusti y Gonzalo Gatto. Una realización integral del Programa Señal Santa Fe. Secretaría de Producciones e Industrias Culturales. Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe. 2011. Consultado el 20 de Febrero de 2012 .  http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/10/18/escenariosysociedad/SOCI-03.html

[iv] Cuando utilizamos la expresión “pasado reciente argentino”, es para dar cuenta del periodo de tiempo transcurrido entre los años 1976-1983,  más concretamente a lo acontecido durante la última dictadura cívico-militar en nuestro país cuando las Fuerzas Armadas toman el poder por la fuerza y llevan adelante un plan sistemático de desaparición forzada de personas basado en las detenciones ilegales, las torturas, las vejaciones, la apropiación de niños,  la muerte y/o desaparición de todos aquellos individuos que se consideraban un obstáculo al modelo económico y político que se quería implantar. Estas acciones se califican de terrorismo de Estado ya que se corroboró la existencia, planificación y desarrollo de un plan sistemático para desaparecer y eliminar a toda persona que se considerase como  opositor a las políticas impuestas.

[v] Las sesiones y audiencias podían verse en www.santafe.gob.ar/multimedia  y www.cij.gov.ar

[vi] La Ley 23.492 de Punto Final es una ley argentina que estableció la caducidad de la acción penal (prescripción) contra los imputados como autores penales responsables de haber cometido el delito complejo de desaparición forzada de personas (que involucró detenciones ilegales, torturas y homicidios agravados o asesinatos) que tuvieron lugar durante la dictadura cívico-militar que no hubieran sido llamados a declarar «antes de los sesenta días corridos a partir de la fecha de promulgación de la presente ley» promulgada el 24 de diciembre de 1986.

[vii] La Ley de Obediencia Debida Nº 23.521 fue una disposición legal dictada en Argentina en junio de 1987, que estableció una presunción (es decir, que no admitía prueba en contrario, aunque si habilitaba un recurso de apelación a la Corte Suprema respecto a los alcances de la ley) de que los delitos cometidos por los miembros de las Fuerzas Armadas cuyo grado estuviera por debajo de coronel (en tanto y en cuanto no se hubiesen apropiado de menores y/o de inmuebles de desaparecidos), durante el terrorismo de Estado y la dictadura militar no eran punibles, por haber actuado en virtud de la denominada «obediencia debida» (concepto militar según el cual los subordinados se limitan a obedecer las órdenes emanadas de sus superiores).

[viii] Se conoce como los indultos de Menem una serie de decretos sancionados en octubre de 1989 y  diciembre de 1990 por el entonces presidente de Argentina, Carlos Saul Menem, indultando civiles y militares que cometieron delitos durante la dictadura, incluyendo a los miembros de las juntas condenados en el Juicio a las Juntas de 1985.

[ix] Nombre con el que se denomina y conoce comúnmente al proceso judicial realizado por la justicia civil (en oposición a la justicia militar) en la Argentina en 1985 contra las juntas militares que ocuparon el poder del Estado entre 1976-1983 por  las graves y masivas violaciones de los derechos humanos en ese periodo.

[x] Para mayor información de las causas vigentes en desarrollo en el 2015 http://www.telam.com.ar/notas/201503/98885-a-39-anos-del-golpe-civico-militar-se-realizan-13-juicios-por-delitos-de-lesa-humanidad.html  Consultado el 15 de Marzo de 2015;

Para conocer datos actualizados sobre los juicios http://www.fiscales.gob.ar/lesa-humanidad/las-cifras-de-los-juicios-563-condenados-50-absueltos-y-casi-900-procesados/   Consultado el 15 de marzo de 2015.

[xi] Ello es casi una obviedad ya que no podemos considerar al Estado como un actor corporativo o burocrático uniforme, debemos considerarlo como un campo de pujas especificas que buscan imponer proyectos e intereses disimiles, representa relaciones de fuerzas dispares. Ante ello no hay un consenso  en torno a las políticas de la memoria sobre el pasado reciente, ante ello nos encontramos con diversas formas de intervención tanto del ámbito nacional como provincial.

[xii] Para mayor información sobre los juicios concluidos y las causas que han tenido sentencia acceder a http://www.santafe.gov.ar/index.php/web/content/view/full/137056/(subtema)/93806 Consultado el 2 de Marzo de 2015

[xiii] Diario El Ciudadano Web del 4/04/2015 Consultado el 4 de Abril de 2015 http://www.elciudadanoweb.com/santa-fe-nuevo-juicio-por-delitos-de-lesa-humanidad/

[xiv] El programa creado por Decreto Provincial 1927/2008, las medidas de protección podrán ser dirigidas o extendidas a familiares directos, a personas convivientes y a quienes por su relación inmediata así lo requieran. http://www.santafe.gov.ar Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xv] La provincia licitó obras para la recuperación del espacio en octubre del 2014, se calcula que por ese lugar pasaron entre 1800 y 2000 personas detenidas ilegalmente en la región entre 1976 a 1979 en el marco del terrorismo de Estado. http://www.santafe.gov.ar  Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xvi] Creado por Decreto N°2775/2006, cuenta con informaciones, testimonios y documentos sobre violaciones a los derechos humanos. Además de proteger los fondos documentales, uno de sus principales objetivos es aportar a los juicios por delitos de lesa humanidad para el esclarecimiento de los sucedido con personas detenidas /desaparecidas. A partir del Decreto N°1507/2011 la información contenida en el fondo documental tiene el carácter de información disponible en forma permanente a la cual se puede acceder en el Archivo Provincial de la Memoria. http://www.santafe.gov.ar  Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xvii] Esta dependencia provincial tiene como funciones: colaborar con las víctimas, familiares, testigos, jueces, fiscales; también lleva adelante el proceso de identificación de personas desaparecidas y  localización de Centros Clandestinos de Detención, para ello trabajan de manera conjunta con el Equipo Argentino de Antropología Forense; asesora y tramita los beneficios establecidos por las leyes reparatorias a favor de las víctimas del terrorismo de Estado, entre otras actividades. http://www.santafe.gov.ar  Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xviii] Se trata de campañas para la recolección de muestras de sangre de familiares de personas desaparecidas durante la última dictadura militar en Argentina, estas muestras se utilizan para realizar análisis genéticos con el objetivo de identificar los restos óseos que han sido hallados en exhumaciones de tumbas NN. Además se facilita el trámite para aquellas personas que deseen que sus muestras de sangre formen parte del Banco de Sangre de Familiares. http://www.santafe.gov.ar Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xix] Se establece una pensión (estipendio de monto en dinero) mensual no contributiva de carácter vitalicio para aquellas personas que acrediten ser madres de hijos o hijas que hayan sido asesinados/as o se encuentren en situación de desaparición forzada como víctimas del terrorismo de estado. Promulgada el 12 de diciembre de 2012. http://www.santafe.gov.ar Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xx] Se establece una pensión (estipendio de monto en dinero) mensual no contributiva de carácter vitalicio para personas que acrediten que durante el periodo comprendido entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983 se hubieran encontrado privadas de su libertad, por causas políticas, gremiales o estudiantiles o que hubiesen permanecido en prisiones legales o clandestinas de cualquier tipo incluyendo los centros clandestinos de detención, tortura y/o exterminio, o sometidas a la justicia penal federal o provincial, o a tribunales militares, o a disposición del poder ejecutivo nacional y/o condenadas por consejo de guerra. Promulgada el 21 de noviembre de 2012. Ley Provincial 13298/2012 y el Decreto Provincial 0712/2013 que aprueba la reglamentación de la ley 13298. http://www.santafe.gov.ar Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xxi] Campañas de difusión que incluyen material gráficos, anuncios radiales y distintas actividades, sobre el derecho a la identidad y la necesidad de que las personas que nacieron entre 1975 y 1980 y tengan dudas, se comuniquen con Abuelas de Plaza de Mayo filial Rosario para plantear sus interrogantes. También se apela a aquellos que tengan algún dato para aportar sobre una posible apropiación, buscando generar conciencia de que todos podemos colaborar para la restitución de la identidad a los nietos y nietas aún no encontrados. http://www.santafe.gov.ar Consultada el 22 de Febrero de 2015.

[xxii] El Frente Progresista Cívico y Social es una amplia alianza electoral que se forma en 2006 centrada en el Partido Socialista y en grupos de la Unión Cívica Radical, con activa participación de la derecha a través del partido Demócrata Progresista hasta un menos trascendente apoyo por parte de la izquierda, con el Partido Comunista.

[xxii] http://www.santafe.gov.ar Consultada el 20 de Febrero de 2012

[xxiii] http://www.santafe.gov.ar Consultada el 20 de Febrero de 2012

[xxiv] Información del 3-07-2011. Consultada el 20 de Febrero de 2015 en http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/07/03/escenariosysociedad/SOCI-07.html

[xxv] Información del 17-09-2012. Consultada el 20 de Febrero de 2015 en http://www.lt10digital.com.ar/noticia/idnot/154168/senalsantafellegaranamasdeunmillondehogaresentodoelpais.html

También se puede acceder de forma abierta y libre a todos los materiales de Señal Santa Fe a través de YouTube ingresando a https://www.youtube.com/channel/UCs6aafRZBKlv4NPtuJUskLg

[xxvi] Se puede clasificar y catalogar a los films documentales de diversas maneras, según centremos la mirada en la modalidad de representación del texto fílmico; el realizador y las fuentes de financiamiento para el proyecto de realización; el sentido y finalidad que imprimen los films en las instancias de recepción; el texto fílmico como representación del mundo real; entre muchas otras. No se profundizará aquí en relación a este tema, pero es necesario marcar los múltiples recursos teóricos con los que contamos para clasificar y analizar a los films documentales en tanto representaciones de lo real.

[xxvii] “Los jueves habrá un espacio para los programas especiales producidos por Señal Santa Fe, el primero de ellos que saldrá al aire el 7 de julio, será “Proyecciones de la Memoria”, un documental que recupera las imágenes del primer juicio oral y público de lesa humanidad realizado en la ciudad de Santa Fe, entre septiembre y diciembre de 2009”. Extraído de El Litoral.com del 3-07-2011 http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/07/03/escenariosysociedad/SOCI-07.html Consultado el 20 de Febrero de 2015.

Luiz Sanz y el cine de exilio

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Patrícia Machado

Resumen

Durante los años setenta, un tiempo de intensa represión por parte de la dictadura militar brasileña, los militantes políticos encontraron en el exilio un espacio para denunciar las torturas que sufrieron en las cárceles. Tanto delante de las cámaras como detrás de ellas, el militante Luis Alberto Sanz fue parte de un cine de resistencia que aquí llamamos cine de exilio. En estos documentales, las grabaciones de los testimonios de los refugiados políticos que sufrieron la violencia se transforman en documentos históricos que son reaprovechados por el cine en la batalla contemporánea por la memoria de este periodo sombrío. En este artículo, proponemos un dialogo entre las fuentes audiovisuales y los documentos textuales del periodo con el propósito de analizar estas películas, además de recuperar el sentido de la trayectoria del cineasta y de aquellos a quienes filmó.

Palabras clave

Documental, toma, archivos, dictadura militar.

Abstract

In the 1970s , a period of harsh repression of the Brazilian military dictatorship , is in exile that political activists find space to denounce the torture they suffered in prison . Both front as behind the camera , Luiz Alberto Sanz takes part in a kind of resistance film that we call here exile cinema. In these documentaries, records of political refugees from witnesses who have suffered violence become historical documents that will be taken up by the film in contemporary battle of memories of that dark period. We propose in this article a dialogue between audiovisual sources and textual documents of the period to analyze these films, and recover part of the filmmaker’s career and those who were filmed .

Keywords

Documentary, take, archives, military dictatorship.

Resumo

Nos anos 1970, período de dura repressão da ditadura militar brasileira, é no exílio que militantes políticos encontram espaço para denunciar as torturas que sofreram nas prisões. Tanto diante quanto por trás das câmeras, o militante Luiz Alberto Sanz participa de um cinema de resistência que chamamos aqui de cinema do exílio. Nesses documentários, os registros dos testemunhos de refugiados políticos que sofreram a violência se transformam em documentos históricos que serão retomados pelo cinema na batalha contemporânea das memórias desse período sombrio. Propomos nesse artigo um diálogo entre as fontes audiovisuais e os documentos textuais do período a fim de analisar esses filmes, além de recuperar parte da trajetória do cineasta e daqueles que filmou.

Palavras-chave

Documentário, tomada, arquivos, ditadura militar.

Datos de la autora

Doctora en Comunicación y Cultura de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ). Realizó un doctorado de intercambio en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris III con una beca de estudios del CNPQ. Ha publicado artículos y capítulos de libros sobre cuestiones relacionadas al documental, imágenes de archivo, memoria y dictadura militar. Email: patricia.furtado.machado@gmail.com.

Fecha de recepción: 15 de abril de 2016
Fecha de aprobación: 15 de mayo de 2016

 

En la mañana del día 7 de diciembre de 1970, en plena dictadura militar brasileña, el embajador suizo Giovani Enrico Bucher es secuestrado en Río de Janeiro. Los secuestradores exigen el intercambio del embajador por setenta militantes presos en dependencias del Estado. Pasado un mes, el Grupo de los Setenta, como se le conocería luego, embarca hacia Chile. Desde entonces, desterrados del territorio brasileño, se tornan refugiados políticos.

Entre los integrantes del grupo está Luis Alberto Sanz, militante de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), capturado en mayo de 1970. Crítico de cine, Sanz encuentra en el exilio el espacio y las condiciones para convertirse en cineasta. En Chile y Suecia, países en los que vivirá a partir de entonces, el cineasta filma testimonios sobre persecuciones, tortura y asesinatos que el gobierno brasileño cometía, al tiempo que trata ciertos efectos de la política autoritaria y las dificultades de supervivencia de los refugiados políticos en el extranjero. De esta forma, Sanz produce un cine de resistencia posible, un cine que busca combatir la dictadura —aunque a la distancia— mediante la denuncia de los horrores vistos, experimentados y conocidos a través de terceros. En la primera de sus películas, el documental No es hora de llorar (Luiz Sanz y Pedro Chaskel, 1971), los compañeros de exilio de Sanz describen en detalle las torturas a las que fueron sometidos en las cárceles brasileñas.

La reelaboración de la experiencia traumática individual y colectiva ocurre tanto cuando Sanz filma como cuando es filmado. Al llegar a Chile, concede una entrevista a los norteamericanos Haskell Wexler y Saul Landau para la película Brazil: a report on torture (Haskell Wexler y Saul Landau, 1971) y cuenta lo que vio y vivió cuando estuvo preso.[1]

En este artículo, pretendemos mostrar que es a través de las cámaras cinematográficas —al frente y detrás de ellas— que Luiz Alberto Sanz busca los caminos para asimilar el sufrimiento vivido y establecer conexiones entre los pedazos de vidas fracturadas, destrozadas por el dolor. ¿De qué forma el cine entra en la vida de este militante y ex-preso político? ¿Cómo lo utiliza para producir testimonios, recoger y remontar los fragmentos de su propia historia y la de sus compañeros de militancia?

Proponemos recuperar parte de la trayectoria del cineasta para mostrar cómo el cine que realiza, un cine de exilio, contribuye a conectar los testimonios, los fragmentos y las experiencias de los brasileños desterrados de su país. Tendremos en cuenta sus decisiones respecto a las formas de filmar, el encuadre de los cuerpos durante la toma y la aproximación al entrevistado durante el testimonio. Creemos que este método contribuye con la reflexión sobre de las formas de producción de un cine testimonial acerca de un episodio catastrófico, así como sobre los medios para describir actos de brutalidad como la tortura.

Como señala la historiadora francesa Annette Wieviorka en el libro La era del testimonio, publicado en 2013, la comprensión del concepto de testimonio cambia con el tiempo y el contexto histórico y político en el que se inscribe. Según Wieviorka, el registro de los testimonios de los judíos en la Segunda Guerra Mundial se estableció como una “necesidad vital de guardar los vestigios de los acontecimientos que desafiaban la imaginación” (1998: 34); de describir lo que ocurría para que la historia fuese asentada, para que las propias víctimas pudieran escribir las páginas de una historia que, para los nazis, tenía que ser borrada del mapa. Los esfuerzos para hacer emerger esa memoria se originaban en la necesidad de “reconocer, por las palabras, a un universo borrado” (1998: 47).

Estas son cuestiones que irrumpen con fuerza en este artículo, porque creemos que este cine —producido en el exilio y sobre el exilio—, nos invita a un cuestionarnos sobre la reelaboración del trauma y la necesidad de narrar las difíciles experiencias sufridas durante las persecuciones y encarcelamientos llevados a cabo por la dictadura militar brasileña. Nuestro propósito es tornar estas experiencias visibles y confrontarlas con la versión histórica oficial que se cuenta en Brasil. Hacemos referencia a lo que ocurría en los calabozos de la dictadura, a lo que oficialmente se mantenía en secreto, a aquello que cuando aparecía era negado o tratado como una particularidad. Es importante tener en cuenta que, debido a la amnistía de 1979, los torturadores no fueron juzgados y gran parte de los crímenes de tortura, asesinatos y desapariciones todavía permanecen sin resolver. Se trata de una gran deuda que tiene el Estado brasileño con las víctimas y la memoria del país.

Creemos que las películas dirigidas por Sanz —así como aquella en la que solo participa— parten de esa necesidad inmediata de producir testimonios que ayuden a poner fin a la dictadura, pero terminan por convertirse en una fuente importante de las marcas de la violencia y en materia prima para la elaboración de la memoria sobre el nefasto periodo dictatorial. Filmadas en exilio y montadas con la urgencia de ser mostradas rápidamente, las películas terminaron olvidadas, abandonadas en archivos extranjeros. Sin embargo, gracias a su contenido testimonial inédito y a un interés reanudado sobre el tema en Brasil, fueron recuperadas y sobreviven casi cuatro décadas después, al ser reutilizadas por el cine contemporáneo.[2]

Una particularidad de lo que llamamos cine de exilio es que el cineasta se encuentra en un territorio donde le es posible expresarse, producir imágenes y montar películas. Antes de analizar los documentales de Luiz Sanz con el propósito de conocer mejor su trayectoria y su compromiso político a través del cine, buscamos pistas dejadas por él en entrevistas, en películas archivadas por años en el exterior —y que recién fueron mostradas en Brasil—  y en documentos que reposan en los archivos de la policía política brasileña acerca de quienes filmaron o fueron filmados. Así, proponemos un diálogo entre las fuentes audiovisuales y los documentos textuales para develar historias olvidadas, para analizar el contexto de la producción de imágenes, el gesto de quien filma, los detalles del material filmado y, de esta forma, recoger los indicios y vestigios que nos permitan descifrar otras vidas a partir de las imágenes.

Clandestinidad, cárcel y exilio

A comienzos de la década de 1960, en Río de Janeiro, Luiz Alberto Sanz trabajaba como crítico de cine en el diario Jornal do Commércio; como técnico cinematográfico en la Universidad Federal Fluminense (UFF) y, en paralelo, participaba en la militancia política clandestina contra la dictadura militar. Sanz había cambiado el partido comunista brasileño por grupos clandestinos de resistencia armada como el Comando de Liberación Nacional (COLINA), la Vanguardia Armada Popular Revolucionaria Palmares (VAR-PALMARES) y la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR).

Fuimos por pistas de esa historia de militancia a los archivos de la policía política de Río de Janeiro y São Paulo, ciudades donde vivió, para intentar comprender cómo Luiz Sanz fue perseguido, apresado e incluido en el grupo de los setenta presos políticos intercambiados por el embajador suizo. En el Fondo de las Policías Políticas de Río de Janeiro (APERJ) encontramos un registro de Sanz (número 49.708): una página con una lista extensa de documentos que hacen mención a su nombre y que se encuentran subdivididos entre los diferentes departamentos que lo investigaron y clasificaron, como el DOPS (Departamento de Orden Política y Social), el “Terrorismo” y el “Comunismo”.

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Registro 49.708/DGIE/ División de Archivos. Fuente: APERJ

Solo algunos de los documentos mencionados se encuentran disponibles en el archivo. Entre ellos, un informe confidencial (numero 0418), elaborado por el Centro de Informaciones de la Marina el 22 de agosto de 1969, señala que las actitudes sospechosas que llamaron la atención de los policías estaban relacionadas con la participación de Sanz en congresos organizados por la UNE (Unión Nacional Estudiantil) y la firma de manifiestos contra la dictadura militar.

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Informe confidencial 0418/ CENIMAR/DOPS-RJ. Fuente: APERJ

Aunque formara parte de un grupo que predicaba la lucha armada, la participación de Sanz en la militancia del momento era muy discreta. En principio, su tarea era la de dar abrigo a militantes clandestinos en el departamento donde vivía. Sin embargo, más adelante entró en la clandestinidad y comenzó a falsificar documentos para militantes que tenían que disfrazarse, circular o huir el país. En mayo de 1970 fue aprehendido y llevado a la 36ª Estación de Policía, en la calle Tutoia, la temida central de la OBAN (Operación Bandeirantes), donde fue torturado. Los detalles de la tortura fueron develados públicamente en una entrevista de 2015:

Cuando llegamos a la estación, fui inmediatamente llevado al ‘palo de arara’ (un palo metido entre los brazos atados y las piernas envueltas por los mismos brazos del torturado). Me quitaron toda la ropa, me colgaron y comenzaron a torturarme con electricidad. No emplearon ningún otro método antes. En general, torturaban bastante con golpes, pero no quisieron hacerlo para no perder tiempo porque luego le tocaría a otro prisionero. Entonces me dieron descargas eléctricas. Me dieron, me dieron, me dieron. Me dieron shocks esencialmente en los testículos. Era un dolor tan fuerte que se irrigaba por todo el cuerpo. Me ataron una de las puntas del cable al dedo pequeño del pie izquierdo. La cicatriz la tengo hasta hoy. El otro extremo me lo pusieron en los testículos, aumentando la velocidad en la manivela de un teléfono de giro, una especie de magneto. Me acuerdo que solamente comencé a hablar cuando me sentí completamente desmoralizado. Yo lo confieso, no soy ningún héroe. Una de las reacciones que los shocks eléctricos provocan es el descontrol del organismo. En la tortura, algunos compañeros mantenían el autocontrol. Yo lograba pensar, pero no pude controlar las reacciones de mi cuerpo. Y como no había ido al baño antes de salir de casa, porque estaba atrasado, defequé en el cuarto de tortura. Eso me dejó muy desmoralizado. Es algo psicológico, algo doloroso. Me sacaron del palo-de-arara para que me limpiara, para que me bañara (Sanz en Vasconcelos, 2015: 34, 35).

Tras ocho meses de encarcelamiento, Sanz fue uno de los nombres escogidos para la lista de aquellos que serían intercambiados por el embajador suizo. El centro de informaciones de la Policía Federal, subordinado al Ministerio del Ejército, publicó para la ocasión un álbum de fotos y un sucinto informe de los militantes que fueron desterrados del país a cambio del embajador. En las fotos que figuran en el álbum, guardado en los archivos del Departamento del Estado de Orden Política de São Paulo, el DEOPS, se encuentra registrada la expresión de seriedad de la mirada de Sanz, que se confronta con la cámara del opresor, la cámara de la policía.

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Lista y álbum de los detenidos. Fuente: colección de las policías políticas de Río de Janeiro (APERJ) y São Paulo (DEOPS).

Es al llegar al exterior que la apatía por la cárcel y la desesperanza de Sanz comenzaron a suscitar un cierto optimismo recuperado. En Chile, encontró otra arma para luchar por las creencias e ideales que lo alimentaron en los últimos tiempos: el cine. En Brasil, Sanz tuvo una corta experiencia en el medio cinematográfico. Fue segundo asistente de dirección y continuista en Luba: a morte em três tempos (Fernando Coni Campos, 1964). En 1968, produjo algunos pequeños films publicitarios para la Cinemateca del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (MAM), dirigida por su padre, el crítico cinematográfico José Sanz, entre 1959 y 1964. Pero es en el exilio, en Chile, que se lanzó a la carrera profesional y pasó a vivir exclusivamente del oficio.

Las primeras películas que dirigió, cuando trabajaba para el Instituto de Capacitación e Investigación de la Reforma Agraria (ICIRA), son los cortos Un solo Color (1970) y Esto se hace, esto hacemos (1970). Invitado a integrar el equipo del Centro de Cine Experimental de la Universidad de Chile, Sanz participó en la producción de ocho películas, entre ellas Primero de Mayo (1971), El extraño caso de los repuestos (1973) y la inconclusa Obreras en Construcción (1973). El primero de estos films fue No es hora de llorar (1971), realizado a cuatro manos junto a Pedro Chaskel. En el documental, cinco de sus compañeros del Grupo de los Setenta hablan sobre sus experiencias de tortura y de la resistencia contra la dictadura militar brasileña. Antes de dirigirlo, sin embargo, Sanz ofreció su testimonio a las cámaras de los estadounidenses directores de Brazil: a report on torture, un documental en el cual el futuro cineasta cuenta lo que estaba ocurriendo en Brasil.

Delante de la cámara

En el aeropuerto de Pudahuel, en Santiago de Chile, la noche del 14 de enero de 1971, una legión de reporteros y simpatizantes de los movimientos de izquierda esperan con carteles de bienvenida y cámaras fotográficas y televisivas a los presos brasileños liberados a cambio del embajador suizo. Durante los siguientes días, además de los reportajes sobre la cálida recepción del grupo, los periódicos chilenos publican informaciones sobre las torturas aplicadas en las cárceles de Brasil. Los norteamericanos Haskell Wexler y Saul Landau, que se encontraban en Chile para realizar una entrevista al entonces presidente Salvador Allende, se impresionan con las noticias, postergan la realización de An Interview with President Allende (1971) y deciden hacer un documental con los presos políticos. “Al ser contactados, varios de los miembros del grupo aceptaron reproducir, sin herirse, las torturas a las que recién habían sido sometidos”, recuerda Haskell en una correspondencia por correo electrónico dirigida al cineasta y productor Tom Job Azulay en 2012, cuando la película Brazil: a report on torture fue mostrada por primera vez al público brasileño, 41 años después de su realización.[3]

Solo seis días después de la llegada del Grupo de los Setenta a Chile, algunos de sus integrantes se reúnen en el parque Cousiño y cuentan a las cámaras los detalles de lo que sufrieron en las cárceles. En las grabaciones, ellos explican los objetivos políticos que los movían, describen el escenario de pobreza y desigualdad que los llevó a la lucha política y denuncian las atrocidades cometidas por el régimen autoritario. Algunos testimonios llaman bastante la atención por los niveles de crueldad y sufrimiento provocados por los represores. Es el caso de Maria Auxiliadora Lara Barcellos, conocida como Dora, que cuenta los detalles de la violencia sexual sufrida durante la tortura; el de Jovelina Tonello do Nascimento, que relata con dificultad el drama vivido por Ernesto, un niño que presenció la tortura de sus padres; y el de Frei Tito, quien confiesa que intentó matarse en la prisión porque sufrió una pérdida irremediable de su propia dignidad.[4]

Los duros relatos, entrecortados con risas nerviosas y silencios, constituyen una parte de los testimonios que los estadounidenses grabaron para utilizar en la película que se transmitiría en la televisión norteamericana con el propósito de denunciar los crímenes cometidos por los representantes de la dictadura militar.[5] A tales efectos, Haskell y Landau no se contentaron con los relatos de las víctimas. En busca de más elementos importantes para aumentar la veracidad de lo contado, logran convencer a algunos de aquellos hombres y mujeres para prestar la imagen de sus propios cuerpos —que todavía mantenían frescas las marcas de las torturas—  y repetir las posiciones en las cuales fueron sometidos a torturas como el palo-de-arara y el shock eléctrico.

El carioca Luiz Alberto Sanz es uno de los entrevistados del documental y ensaya algunos intentos de narración para hacer emerger una memoria de acontecimientos recientes y traumáticos. Por primera vez, Sanz se pone delante de una cámara de cine. En la película, aparece en dos momentos. En el primero, cuenta la historia de Marcos, un amigo de infancia, geólogo graduado y “uno de los más brillantes del grupo”, quien había abandonado su carrera profesional por un trabajo de obrero, a causa de su ideología política. De pie, con el cuerpo inclinado hacia bajo como si llevara un enorme peso a cuestas, Sanz cuenta a cámara que Marcos había sido torturado a pesar de sus convulsiones epilépticas y describe en detalle las consecuencias de este acto despiadado: “hoy, su pierna izquierda está inmovilizada, la derecha semiinmovilizada, el brazo inmovilizado, el ojo derecho está semicerrado, el izquierdo completamente cerrado y no logra decir una palabra completa; cada vez que habla es un esfuerzo inmenso”.

Cuando Sanz describe estos efectos de la tortura en el cuerpo de la víctima, transmite la imposibilidad del testimonio de quien la sufrió y un deseo de salvarlo del olvido. La participación de Sanz pone en escena los fragmentos, lo que sobra del cuerpo y del testimonio de quien ya no puede hablar. Esta es una estrategia contraria a la puesta en escena de los métodos de tortura en la película, la cual, en busca de verosimilitud, más bien provoca una gran incomodidad que puede apartar la mirada del espectador. Entendemos esta narración descriptiva como aquello que el investigador Marc Nichanan llama poética de restos, una poética de capaz de leer, por supuesto, el testimonio como resto, pero, sobre todo, capaz de leer lo que resta del testimonio cuando todo fue destruido, cuando el propio testimonio fue destruido en su posibilidad” (2012: 47). Es como si describir lo que restó de aquel cuerpo, de aquella vida, fuera el único camino posible para transmitir lo que resta de la experiencia provocada por los horrores sufridos.

En un segundo momento en el que aparece en el documental, Sanz opta nuevamente por el relato de lo ocurrido a otros presos políticos en lugar del testimonio personal, asumiendo una vez más la posición de transmisor. Sanz describe entonces uno de los métodos más crueles ejecutados por los opresores, conocido como “pau de estrada”, o palo de carretera. En la película —y siempre en virtud del realismo del relato— esta práctica es puesta en escena en un campo abierto, mientras que en una gradería, a una distancia considerable, Sanz explica que la técnica, antes aplicada por la policía a criminales comunes, pasó a ser empleada contra presos políticos. Inspirada en un suplicio de la época medieval, el “palo de carretera” consiste en atar el cuerpo de la víctima a dos autos que se ponen en marcha en direcciones contrarias: “Los intestinos se rompen, el hígado se rompe, por último la piel de la persona comienza a rasgarse, hasta que se revienta, los ligamientos se sueltan y (la víctima) se torna una persona inútil”. Sanz denuncia que el “palo de carretera” también fue aplicado a una periodista de São Paulo y a un compañero en Minas Gerais.

Durante la narración a cámara, el militante produce un relato casi técnico que algunas veces es interrumpido por lágrimas que le llenan los ojos y sofocan las palabras en su garganta. El dolor es expresado entre la constante tensión de denunciar una metódica fría y calculada por parte de los torturadores y las emociones del recuerdo de un sufrimiento vivido. Cuando Sanz resulta afectado por estos recuerdos, contiene el llanto. La prioridad del testimonio es demostrar que la práctica de la tortura de los militares y policías brasileños era organizada, tenía un método y creaba formas de producir la violencia y el sufrimiento. El deseo de denunciar la sistematización de la tortura, las consecuencias directas de la violencia en los cuerpos de las víctimas y los traumas colectivos provocados por la dictadura militar es más grande que la necesidad de realizar un relato de las experiencias personales. Como testigo, Sanz escoge narrar historias que en aquel momento considera más dolorosas que la suya (si es que cabe la comparación entre ésta y las otras). Quizás no consideraba su experiencia lo suficientemente fuerte en relación a otras narrativas más urgentes que continuaban en silencio en aquel entonces.

Este es el mismo camino que Sanz escoge al realizar su propia película, la cual incluye testimonios de las torturas. No es hora de llorar es producida el mismo año que Brazil: a report on torture. Detrás de las cámaras esta vez, Sanz entrevista miembros del Grupo de los Setenta y busca suscitar nuevos detalles y formas de decir lo que ocurrió. Para soportar las semejanzas y diferencias de los relatos de sufrimiento que provocan su propio dolor, el cineasta recurre a un tiempo distendido para el testimonio y acentúa la idea según la cual “la fractura formada por el dolor también es un lazo social, y los individuos lo administran de múltiples maneras” (Farge, 2001:17).

Reescenificación y testimonio en No es hora de llorar

A pesar de la utilización de reportajes y fotografías periodísticas y publicitarias de periódicos, revistas y televisión para producir y finalizar No es hora de llorar, el montaje de estos archivos textuales y visuales no es el principal procedimiento adoptado por Luiz Sanz y Pedro Chaskel para producir una película con el objetivo de elaborar simbólicamente el trauma y producir el testimonio de “algo que no podía ni debería ser borrado de la memoria y de la consciencia de la humanidad” (Gagnebin, 2006: 99). Intentar decir lo impronunciable, lo doloroso, la experiencia de haber sufrido la tortura y la humillación fue la tarea adoptada en la película para denunciar las barbaridades cometidas por el Estado brasileño.

El mediometraje de 36 minutos apuesta al registro del testimonio y a la reescenificación para producir lo que el teórico francés François Niney (2002: 248) llama archivos inmediatos, o sea, imágenes de cine y video que traen los relatos, cuerpos y reconstituciones de actos con el propósito de interpretar y reinterpretar la historia. Niney propone que “las imágenes de archivos, los testimonios y las reconstituciones son tres elementos básicos disponibles al documental de memoria” (2002: 251). Para escribir y reescribir la historia sería necesario reconocer las marcas dejadas en las voces, los gestos, los objetos, las imágenes del pasado y las recordaciones de los sobrevivientes en una conjugación entre la historia personal “con sus cuestionamientos y dudas” (2002: 251) y la historia de una época.

Si en Brazil: a report on torture las reescenificaciones son realizadas al aire libre, al improviso, con una urgencia que hace temblar la cámara y afecta el encuadre, en No es hora de llorar éstas son filmadas con mucho rigor en un pequeño espacio: la sala de proyección del Departamento de Cine de la Universidad de Chile. Los colores de la primera película dan lugar al austero blanco y negro de la segunda. La escenificación de los actos de tortura, esta vez, no sigue las orientaciones desarticuladas de los entrevistados ante la cámara. Al contrario, son planeadas y dirigidas.  El gesto de golpear el cuerpo de la víctima con grandes pedazos de madera y de efectuar shocks eléctricos utilizando cables al descubierto es interrumpido a propósito antes de que estos objetos toquen cuerpo de la víctima. Esa distancia en la escenificación se evidencia en el gesto de interrupción; en el corte del movimiento que llevaría a la consumación del acto.

De la misma forma, en No es hora de llorar la cámara escoge milimétricamente qué encuadrar, develando fragmentos de los cuerpos de la víctima. En plongée, la cámara está encima del cuerpo filmado. La perspectiva escapa de la mirada del torturador y registra las piernas y los pies de las víctimas atados por la cuerda, así como el cuello que se extiende cuando levantan el cuerpo en el “palo de arara”. Se ofrece, así, al espectador una imagen inédita y fuera de lo común. Una mirada desde arriba que encuadra partes del cuerpo que parecen no sobrepasar la altura del piso. Cuando el cuerpo es apresado por los pies, levantado y colgado de un palo como un pedazo de carne en una carnicería, los cineastas rechazan su grabación completa y prefieren el recorte, evidenciando así la imposibilidad de completar el deseo de desarraigo del torturador.

En secuencia, los objetos de tortura son filmados separadamente para evocar la imagen de sufrimiento que producían. A pesar de tener el mismo formato de los utilizados por los torturadores en las cárceles policiales y militares, en la película las superficies son asépticas, limpias, sin marcas, sin restos de sangre, pelos y vestigios de los cuerpos que golpeaban duramente las manos de quienes cometían el suplicio. En un determinado momento, la silla rodeada de cables con la que se aplicaba los shocks ocupa la escena. Ésta es filmada vacía, encuadrada de frente y al centro de la pantalla: una perspectiva que hace que el espectador la enfrente y experimente así la terrible posibilidad de ocuparla con los cables encendidos.

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Escenificación de la tortura. Cuadros: No es hora de llorar.

Otro proceso adoptado en la película lo constituye la entrevista de cinco militantes brasileños que estaban en el vuelo de los setenta: el estudiante Jaime Cardoso, la estudiante de medicina y funcionaria pública Maria Auxiliadora Lara Barcellos, el periodista y profesor Wellington Moreira Diniz, la funcionaria pública Carmela Pezzuti y el obrero metalúrgico Roque Aparecido da Silva. Los cineastas realizan las entrevistas mediante el mismo método riguroso puesto en práctica en las escenificaciones, en las que la posición y encuadre de cámara disminuyen las chances de improvisaciones y sorpresas. “La emoción se puede manifestar en el espectador sin explicitarse en la pantalla”, señala Sanz en un texto escrito sobre la película, en 2007, para la Revista Letra Livre.[6]

Las mismas preguntas guían los relatos de los cinco entrevistados y las respuestas se organizan en bloques en el montaje: “¿Cómo saliste de la cárcel?”, “¿Cómo te apresaron?”, “¿Fuiste torturado?”. Todos los entrevistados están dispuestos de una misma forma: sentados en una silla delante una pared donde está colgado un cartel con la imagen del guerrillero Carlos Lamarca, el mismo escenario antes ocupado por objetos de tortura. Al hablar, miran a la cámara y responden a las preguntas de Sanz. El espectador no tiene acceso al antecampo, es decir, al espacio que ocupa el cineasta que los acompañó en aquel vuelo a Chile y que comparte con ellos parte de aquella historia: “para grabar las entrevistas solo teníamos una cámara y un grabador, ambos pesados y difíciles de transportar… Me agaché por debajo de la lente, para que los entrevistados mirasen a cámara cuando me respondían. En verdad, formamos una unidad: el equipo hablaba por medio de la cámara”, dice el cineasta.[7]

La intención de Sanz y Chaskel con el método adoptado es que las grabaciones de los testimonios se hagan solamente en dos posiciones de zoom, un primer plano y un close-up, y que las manifestaciones de emoción no sean captadas para no influenciar al espectador. Las preguntas son precisas para que el contenido de los testimonios también siga la proposición de un relato práctico y casi mecánico. La idea es evitar que el sufrimiento sea explotado para repugnar o para seducir y que se atribuya al espectador la tarea de comprender y sentir lo transmitido.

De esta forma, surgen relatos de violaciones de derechos humanos que van a constituir un documento producido en una época en la cual el silencio todavía imperaba en Brasil y en la que una película de esta naturaleza solo podría realizarse fuera del país. En primer plano, el rostro de Carmela Pezzuti ocupa la pantalla al contar, con un tono de voz que se mantiene en un mismo ritmo y cadencia, cómo dos de sus hijos, también revolucionarios, fueron torturados. Carmela no llora ni titubea en su relato a cámara cuando cuenta que ambos fueron utilizados como cobayas en experimentos de tortura que hicieron que los propios militares apartaran la mirada y se sintieran mal por lo que veían. Maria Auxiliadora también contiene la emoción cuando recuerda que los torturadores, tijera en mano, amenazaron con cortarle las puntas de los senos. Wellington tampoco vacila cuando describe cómo le apagaron cigarrillos en la espalda, provocando dolorosas quemaduras.

¿Ocultar el sufrimiento individual sería una manera de tolerar el dolor? ¿Excluir de las imágenes los sentimientos y dolores vividos sería una decisión estética y ética ante lo intolerable? La historiadora Arlette Farge sugiere que la manera como la sociedad captura o rechaza el dolor es extremadamente importante porque el dolor es “una forma de ser en un mundo que varía de acuerdo a los tiempos y circunstancias y que, por esta razón, puede expresarse o, al contrario, reprimirse, expulsarse o gritarse, negarse o arrastrar a otros hacia él” (2011: 19).

El contenido de los testimonios en la película evidencia que, más allá de las técnicas utilizadas por los directores para apartar los sentimientos de compasión de lo que es dicho, la escogencia de este tipo de relato viene de una creencia interior del testigo según la cual la vida de los militantes no les pertenece a ellos mismos, sino a una causa colectiva. Una creencia que en aquel momento ayudó a que enfrentaran el suplicio, la prisión y el exilio.

El obrero Roque muestra orgullo cuando cuenta que llegó a incitar a los torturadores para que lo mataran y señala que no podría disponer de su propia vida como quisiera, que debería continuar vivo para recuperar la libertad y entregarse a la lucha. Así como los otros entrevistados, el hecho de no entregar a sus compañeros (o por lo menos de afirmarlo en la película) y de soportar la tortura es una cuestión de honor y moral que lo afirma como integrante de aquel grupo al cual entrega la vida. Entre los relatos, sin embargo, hay algo que escapa a este tipo de creencia incuestionable. Ocurre cuando Dora señala que, más allá de la revolución, lo que estaba en juego era el deseo de preservar la vida de los que convivían con ella y a quienes aprendió a amar.  Al contrario de los otros entrevistados, ella mira pocas veces a cámara. La mirada de la militante se escapa siempre por la tangente y sigue en busca de un horizonte, como si evocara lo que está reprimido, como si buscase los detalles de lo que gustaría olvidar, pero no lo logra.

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Miradas que escapan. Cuadros de No es hora de llorar.

En este sencillo desplazamiento de la mirada se formula un relato singular de las emociones impresas en las marcas dejadas por la experiencia de ser violentamente torturada. Es una forma de expresión que escapa a los códigos del relato del militante que no titubea, no fracasa y aguanta el martirio como un héroe. Dora asume la tarea de narrar el sufrimiento experimentado, acusa al enemigo de cometer barbaridades y clama por la necesidad de que se haga justicia cuando elabora sus propias memorias ante la cámara, pero no deja de evidenciar con sus gestos nerviosos las propias fragilidades que la tornan aún más humana.

Conclusión

La trayectoria de esta personaje tan compleja e intensa es retomada por Sanz en Cuando llegue el momento (Dora) (1978), que filma en Suecia algunos años después. Esta vez, Sanz hace frente al desafío de narrar la historia de la militante que, refugiada en Alemania, se lanzó frente a un tren en 1976 por no aguantar el exilio, la condición de inmigrante ilegal y las memorias de la violencia que la atormentaban.

No es hora de llorar también es reutilizada por dos películas del cine documental brasileño contemporáneo: 70 (Emília Silveira, 2013) y Retratos de identificação (Anita Leandro, 2014). Con la apertura de parte de los archivos de la policía política brasileña, las autoras van a investigar historias olvidadas en las últimas décadas en el país. Son memorias personales que, de diferentes formas, constituyen y serán constituidas por memorias públicas, políticas y colectivas.

La recuperación de ese material en épocas diferentes acentúa la propuesta trabajada en este artículo, que es la de reflexionar sobre estas imágenes y relatos producidos al calor de los acontecimientos como potentes archivos audiovisuales que guardan las líneas de acontecimientos violentos que pueden ser montados, remontados y reorganizados para producir nuevas narrativas sobre la dictadura militar. Producido en el exilio, el cine de Luis Sanz establece lazos entre vidas fracturadas por el dolor y guarda la potencia de los gestos, miradas y relatos de quien tuvo la vida directamente afectada por la represión. Imágenes y sonidos que, en la contemporaneidad, son utilizados en la batalla de la memoria de ese periodo sombrío de la historia brasileña.

Bibliografía

Blank, Thais y Machado, Patrícia (2015). “A outra vida das imagens: elaborando memórias de um Brasil invisível”, Revista Devires, en impresión, Belo Horizonte.

Farge, Arlette (2011), Lugares para a história, Autêntica Editora, Belo Horizonte.

Gagnebin, Jeanne Marie (2006), Lembrar, escrever, esquecer, Ed, 34, São Paulo

Leandro, Anita (2015), “Cinema do exílio: Entrevista con Luiz Alberto Sanz y Lars Säfström” en Aniki, Revista Portuguesa da Imagem em Movimento, V.2, n.2, Lisboa.

Nichanian, Marc (2012), “A morte da testemunha”. Para uma poética do “resto” (reliquat). en Mácio Seigmann-Silva, Jaime Ginzburg, Francisco Foot hardman (orgs), Escritas da violência. vol. 1: o testemunho, 7Letras, Rio de Janeiro.

Niney, François (2002), L’ épreuve du réel à l’écran. Essai sur le príncipe de réalité documentaire, Éditions du Boeck Université, Paris.

Sanz, Luiz. Entrevista en Vasconcelos, Gabriel (2015). Subversivo: Fragmentos da vida de Luiz Alberto Sanz. Proyecto Experimental en periodismo, Universidad Federal Fluminense, Niterói.

Wieviorka, Annette (1998). L’ère du témoin, Plon, Paris.

 

Notas

[1] Haskell Wexler era cineasta y ganó dos veces el Oscar a mejor fotografía. Saul Landau murió en 2013 y era profesor de cine en la Universidad de California.

[2] Documentales como Setenta (Emília Silveira, 2013) y Retratos de Identificação (Anita Leandro, 2014) buscan reelaborar las memorias del período dictatorial a partir de la retomada de estos y otros archivos audiovisuales.

[3] La exhibición ocurrió en el Instituto Moreira Salles y el video del debate está disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=-OubnEK69X8. Acceso en diciembre 2015. Tom Job Azulay era cónsul adjunto de Brasil en Los Ángeles en 1971 y mostró la película en proyecciones a puerta cerrada para brasileños y extranjeros.

[4] Frei Tito se suicida en 1977. Es importante señalar que denuncias contenidas en estos relatos, como la violencia sexual contra mujeres, la violencia contra niños y adolescentes que fueron torturados o vieron a sus padres siendo violentados, y el reconocimiento de los efectos posteriores de la tortura, que habrían llevado algunas personas a suicidarse años más tarde, fueron destacados en capítulos especiales del parecer de la Comisión Nacional de la Verdad, finalizado en 2014.

[5] La película fue transmitida en la televisión americana y, a pesar de la gravedad de las denuncias, no tuvo gran repercusión, como explica Tom Job Azulay en una entrevista después de su exhibición en el Instituto Moreira Salles.

[6] Sanz, en el texto que escribió sobre la película en 2007 para la Revista Letra Livre. No tuvimos acceso a la revista, pero una copia integral del artículo de Luiz Sanz se encuentra en una página de su perfil en Facebook.

[7] Ídem.

La enseñanza del cine como política empresarial

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María Valdez

Este es el romance de la universidad con el mercado, de cómo quedó trunco el ideal cultural y educativo, comenzó la relación con el neoliberalismo y unas pocas cosas más…

Resumen

El presente trabajo analiza cómo se gesta la Universidad del Cine y cuál es el peso de Manuel Antín como hacedor del proyecto. Se estudia este modelo universitario como ejemplo de prácticas económicas neoliberales y de qué modo hegemoniza el campo cultural de los estudios de cine en Argentina.

Palabras clave

Universidad del Cine, Manuel Antín, neoliberalismo, menemismo, radicalismo.

Abstract

This paper analyzes the building process of Universidad del Cine and the action of Manuel Antín as the founder of the project. This university model is studied as an example of neoliberal economic practices and the way this model construct hegemony in the cultural field of filmmaking studies in Argentina.

Keywords

Universidad del Cine, Manuel Antín, Neoliberalism, Menem´s Government, Alfonsín´s Government.

Resumo

Este artigo analisa a forma como a Universidad del Cine é nascido e qual é o peso de Manuel Antin como o criador do projeto. Este modelo de universidade é estudado como um exemplo de práticas econômicas neoliberais e como hegemoniza o campo cultural de estudos de cinema na Argentina.

Palavras chave

Universidad del Cine, Manuel Antín, neoliberalismo, menemismo, radicalismo.

Datos de la autora

Directora de la Licenciatura en Artes digitales de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Profesora Titular del Seminario de Posgrado Problemas del cine latinoamericano (UNQ). Profesora titular de Historia del cine latinoamericano de la Universidad Nacional de las Artes (UNA).

Fecha de recepción: 15 de enero de 2016
Fecha de aprobación: 30 de marzo de 2016

 

«No es la benevolencia del carnicero, del cervecero, o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas»

Adam Smith. Investigación de la naturaleza y causas de las riquezas de las naciones (1794)

 

Oficina de Viuda e Hijos de Santander, Valladolid.

Introducción[1]

El revivir de las escuelas de cine en el país es fruto de los años posteriores a la recuperación democrática en el año 1983. Si bien en Argentina existían institutos de formación en cine, los años noventa registran un desarrollo inaudito de este ámbito educativo (Goity, 1994: 299-301). La necesidad de renovación en el cine implica la necesidad de formación de nuevos técnicos para las nuevas películas. ¿Cómo formar, entonces, a nuevas camadas de profesionales? ¿De dónde aprenden sus competencias?  ¿Qué espacio específico puede albergarlos? Consideremos que la industria cinematográfica argentina, en los primeros años de la recobrada democracia, sufre los mismos sobresaltos económico-políticos que el gobierno de Raúl Alfonsín. Los nuevos desafíos que afronta el cine son tanto apostar por la innovación en las películas como revisar y poner en valor la formación de sus cuadros técnicos. En esta coyuntura es que nace la Universidad del Cine, bajo la égida de Manuel Antín. El objetivo de las páginas siguientes es analizar cómo surge este modelo universitario, cuáles son sus rasgos y su peso en la formación del campo cultural y cómo hegemoniza el territorio de los estudios sobre cine a escala nacional[2].

“Persona honrada se necesita”: Manuel Antín y los avatares de la gestión cultural

Sin despreciar a otras instituciones surgidas durante el período, consideramos que la Universidad del Cine es la que domina el campo de la formación de realizadores y técnicos, a la vez que puede vincularse de manera altamente productiva con la crítica cinematográfica y los festivales de cine para armar un tejido potente, cerrado sobre sí mismo, de autovalidaciones mutuas. La incidencia del proyecto Universidad del Cine en el recinto específico de la ciudad de Buenos Aires es determinante en tanto se erige como un proyecto universitario, mientras que las casas de estudios sobre cine que existen sobre fines de la década de los ochenta son centros terciarios o, lisa y llanamente, el cine forma parte solo como asignatura de planes de estudios dentro de otras carreras universitarias ligadas al arte en general (Ídem, 300-301). Lo remarcamos: para la fecha de su puesta en marcha, 1991, no existen universidades dedicadas íntegramente al quehacer fílmico.

La Universidad del Cine, entonces, sintetiza en su propio nombre una reivindicación de totalidad que cala fuerte en el entorno y por ello el salto cualitativo que ofrece la institución golpea fuertemente en el imaginario social.

Hay que entender el proyecto Universidad del Cine y el lugar de su cabeza fundadora, Manuel Antín, en la encrucijada que significa el advenimiento democrático post dictadura cívico-militar que lleva a la presidencia al radical Raúl Alfonsín desde el 10 de diciembre de 1983 hasta el 8 de julio de 1989, cuando asume Carlos Saúl Menem. Antín pertenece y es fiel a los postulados del partido radical. Este partido posee una fuerte tradición en la Argentina. Fundado en 1891 por Leandro N. Alem es uno de los partidos políticos más antiguos del país, el segundo en cantidad de afiliados y el que históricamente, a lo largo del siglo XX se ha pronunciado como la oposición más cabal al modelo peronista[3]. La “pelea” radicales versus peronistas es de larga data en los vericuetos de la historia político-social de la Argentina. A lo largo de su historia centenaria, el radicalismo construyó un estilo cultural de relacionarse con la sociedad ligado a cierta idea general (o generalizada) del savoir faire. Es importante entender esto porque justamente se trata de un estilo completamente diferente a “lo nacional y popular”  de corte peyorativo con el que se estigmatizó (también en un lineamiento general) al peronismo[4]. Según Gabriel Obradovich:

En el imaginario radical, la UCR aparecía como el partido defensor de los derechos políticos, el progreso y la buena administración. Por el contrario, los peronistas y sus gobiernos eran asociados a las crisis, al autoritarismo y la corrupción. Por otro lado, la identidad social de los votantes radicales estaba constituida en oposición a los electores peronistas. En su mayoría, los radicales se sentían más habilitados y autorizados a votar en la medida en que sus capacidades económicas y educativas los diferenciaban de los electores peronistas, en los que, según ellos, primaba el interés material y el haber sido engañados por sus dirigentes (2011: 139).

En función de este trabajo, hay que comprender que la pugna entre ambas concepciones antagónicas respecto de la cultura y sus producciones estéticas (no solo el cine, sino también la literatura, las artes visuales, el teatro o la música, por nombrar solo las más sistematizadas dentro del campo cultural) son el reflejo no solo de una batalla cultural sino también la manifestación “estética” de un problema político e ideológico de larguísima data. Manuel Antín acompaña ideológicamente a Raúl Alfonsín en el proyecto político de transformación del  país, asume como director del Instituto Nacional de Cinematografía durante el gobierno radical y permanece allí hasta las elecciones anticipadas que llevan al poder al peronista Carlos Saúl Menem. Señala Antín:

Alfonsín era un candidato que claramente podía ganar las elecciones. Me acerqué junto a un grupo de intelectuales, como Brandoni, Gorostiza, entre otros, para ayudarlo. Generó un centro que se llamó CPP (Centro de Participación Política)[5]. Él siempre dijo que no sabía de cultura, pero que le gustaba mucho. Entonces se rodeó de gente que lo acompañaba en los discursos por el país, y ahí nos sumamos todos sin ninguna aspiración individual, queríamos simplemente ayudar a salir de la situación crítica, la de la época militar. Cuando ganó y me ofreció el puesto en el Instituto, me prometió que él estaría apuntalando mi gestión (en Sández, 2010: 104-104).

Este dato es importante, dado que el Instituto es un ente autárquico que depende directamente de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación y es “el encargado  del fomento y regulación de la actividad cinematográfica argentina en todo el territorio argentino y en el exterior en cuanto se refiere a la cinematografía de ese país”, según consta en la página web del Ministerio de Cultura de la Nación Argentina[6]. De dicho instituto depende, a su vez, la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC).[7]  Antín considera que durante su gestión a cargo del Instituto Nacional de Cinematografía (INC) fue descuidado con la escuela, debido a las múltiples responsabilidades que el cargo de gestión le obliga a asumir en el contexto nacional pero también en el internacional (en Ídem: 107-108). Antín no solo debe gestionar el Instituto, sino también lidiar con la escuela pública de formación de los cineastas. La obliteración de esta última, empero, puede leerse como una señal de las relaciones entre campo intelectual y campo de poder (Bourdieu, 2002: 9-50).

Más que descuido, se trata de un lineamiento claro de la gestión que privilegió la visibilidad internacional del Instituto, su cabeza directora y sus relaciones interinstitucionales de variado tenor en vez de fortalecer la calidad educativa del propio instituto de formación de directores y técnicos cinematográficos. Cabe señalar que las revisiones críticas de la gestión de Antín a cargo del Instituto no dan cuenta de esto. Todo lo contrario, a la hora de evaluar, los análisis se focalizan en la imposibilidad de Antín de lidiar con las condiciones del escenario económico y político que hereda. Clara Kriger (2015), por ejemplo enumera los objetivos “más significativos” que se propone Antín al frente del INC, los analiza y avisa que se detendrá sobre los conflictos que impidieron la realización de los mismos. Curiosamente, el único objetivo que se deja de lado es “la enseñanza del cine para la formación de nuevas generaciones de técnicos y cineastas…”.

El silencio generalizado respecto de este problema puede leerse como una sintomatología de cómo las clases dominantes definen el campo cultural y sus lógicas de consumo; nos referimos, en última instancia, al modo en que se organizan los sistemas clasificadores, “esquemas históricos de percepción y apreciación que son producto de la división objetiva en […] y que funcionan al margen de la conciencia y el discurso” (Bourdieu, 2002b: 479). En otras palabras, no existen críticas al viejo director por la renuencia a cumplir el objetivo formativo de la escuela estatal del INCAA: la falta de importancia de la educación superior en el ámbito público es deglutida por otros valores de mercado más importantes y/o visibles para el momento. Estos someros datos son necesarios para entender el proceso de gestación de la Universidad del Cine y, posteriormente, sus vinculaciones con el campo cultural cinematográfico, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) y la crítica de cine.

Recordemos la pertenencia fuerte y constante de Antín al modelo cultural surgido de la cantera radical, partido asociado históricamente al desarrollo de las bellas artes o las artes cultas. Públicamente, el nombre de Antín es un buen punto de partida para encarar a la ciudadanía y goza de aceptación por parte del entorno.  Al mismo tiempo, el otrora director es uno de los referentes insoslayables de la denominada  Generación del 60, esto es, a grandes rasgos, la versión vernácula de la modernidad fílmica en el cine argentino. Manuel Antín representa la figura del hombre culto, director de cine, amante de las letras; un gentilhombre elegante, educado y refinado. Un caballero del cine moderno. Su nombre encarna, para la década de 1980, una apertura estética tras los años de censura, la posibilidad de activación de una industria cinematográfica cercenada por el anterior período oscuro y la recomposición de la imagen del cine argentino en el exterior. La política de gestión llevada a cabo por Antín en el Instituto tiene, entre sus múltiples objetivos, proyectar el cine argentino en el exterior, ubicarlo en el mercado internacional: “Durante mi gestión abrimos una agencia de venta de cine en el exterior, que luego del gobierno radical se cerró, pero fue un emprendimiento importante, porque se pudo verificar en esos años el crecimiento en cifras de ventas de las películas afuera” (en Sández, 2010: 105). Se dedica a esto con énfasis y arma una red de visibilidad de la filmografía nacional en el marco europeo. Por otra parte, también debe administrar y atender las demandas de la escuela del Instituto, hecho que queda subordinado a las políticas de visibilidad hacia afuera. La embajada de Antín logra taponar el problema de la formación educativa bajo el brillo de la exposición internacional y esto se enmarca en los vaivenes económicos que agotan al gobierno de Alfonsín (Heredia, 2006).

La formación fuerte de cineastas que se necesita para alimentar el circuito de festivales y la proyección internacional en un amplio espectro se desplaza al proyecto personal de Antín, cuando presenta su renuncia tras la finalización del período alfonsinista, y que es la creación de un centro de formación especializado en cine. Algo de esto deja entrever Sandra Torlucci cuando enuncia:

Manuel Antín se integra a la cultura desde dos lugares fundamentales: primero como director del Instituto Nacional de Cinematografía (1984-1989) y después como creador y rector de la Universidad del Cine, dos gestos fundacionales para una sociedad devastada por la peor dictadura que nos dio la “patria”: uno, para impulsar desde lo administrativo el renacimiento del cine nacional, y el otro, para que el impulso se enriqueciera estéticamente a partir de la educación en el cine. Así Antín, a veces en broma, a veces seriamente, deja oír una metáfora que podría ser todavía el hilo que aparentemente había perdido: “La Universidad del Cine es mi última película” (2005: 111).

Parafraseando las palabras de la investigadora nos preguntamos ¿acaso el impulso para el renacimiento del cine argentino no podía tener cabida dentro de la enseñanza pública? ¿Cómo leer esos dos lugares desde los cuales Antín capitaliza simbólica y económicamente la cultura y la educación? ¿Desde qué lugar interpretar “La Universidad del Cine es mi última película”?

“El gran secreto”: armar un proyecto educativo

Para comprender el proyecto universitario es necesario revisar aquello que  Antín achaca a la escuela pública del Instituto, esto es, la falta de sostén humanista, la flaqueza teórica y el poco basamento cultural. Valores de la alta cultura que también responden, en términos de habitus (Bourdieu, 1991), al juego del entramado social que se hace cuerpo y que, en ese caso, responden al contexto del que proviene Antín.

Antín mismo señala que es un realizador que elige el cine casi por azar. Su interés indiscutible son las letras y posee una producción considerable entre poemas,  novelas y obras teatrales, algunos inéditos. Es notable su resistencia a considerarse director y sus referencias constantes a la literatura se han convertido en parte integrante de la “imagen Manuel Antín”.  Señalamos un comentario del realizador:

Me hizo mucha gracia, porque a los cineastas argentinos nos atribuyen ser imitadores de un cine extranjero, cuando también sucede que los extranjeros copian libros argentinos. Niego toda influencia del cine francés en esa época, porque no lo conocía cuando hice La cifra, y en realidad si uno lee el cuento, lo que servía como punto de comparación, que es el tratamiento del tiempo en la narración, está en el cuento mismo, ahí me basé yo, no en otros cineastas (en Sández, 2010: 55-56).

Antín articula, bajo la galanura expositiva hincada sobre su consabido sentido del humor, una posición autorreferencial y petulante. Aun así, los vasos comunicantes con el paradigma francés son visibles. Paradigma registrado en el decir de Torlucci:

En reiteradas oportunidades, los historiadores del cine y los críticos cinematográficos hablaron de las influencias que operaron en la estética de Antín. Una de las más reconocidas es la nouvelle vague, que en Francia se transformaba en el movimiento de vanguardia por excelencia. De Cahiers du Cinéma a la pantalla, el camino de la nouvelle vague propone un vínculo estrechísimo entre la teoría y la praxis cinematográfica. Este cine crecerá acompañado y dejándose acompañar por el movimiento literario nouveau roman. Cine/literatura será entonces el encuentro privilegiado por los intelectuales franceses que integran esta revolución estética. La propuesta era el rechazo de la linealidad narrativa: una representación neobarroca, donde se explicitan las marcas de enunciación y se experimenta con todos los recursos que el código ofrece a un lenguaje cinematográfico cada vez menos cristalizado y más productivo: ruptura de raccord, encuadres descentrados, fragmentación de la imagen, “fuera de campo absolutos”, experimentación con la relación banda sonora/banda visual, etc. Así, la literatura moderna fue una fuente en la que Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet, entre otros, encontraban una lectura que no acababa, una lectura que abría la posibilidad de filmar un mundo donde el sentido aparecía, sobre todo, en la descripción de los objetos a partir de las referencias generadas desde la imagen y el sonido (2005: 104).

La autora conjuga los elementos más importantes que reflotan, desde otro lado, el problema de la autoría en el cine moderno. La mención de la transformación narrativa subraya especialmente la capacidad de este nuevo cine de reflexionar sobre su propia condición lingüística. Lo cual no es poco. La nouveau narratividad metaforiza el campo cultural sobre el que se funda la Universidad del Cine: será universidad acorde ideológica y estéticamente con la reinvención de la añorada Generación del 60. La trenza apretada entre un tipo de cine y sus posibilidades de ser encarado, esto es, producido, filmado y hasta exhibido,  se apisona fuertemente en la sede de la nueva institución privada, léase, paga. Así como existe la definición legitimada del “cine de autor”, accedemos al proceso de formación de una “universidad de autor”.

“Universidad de autor” densifica el valor de por sí fuerte de la pertenencia a los estudios superiores. Pertenecer a la universidad es homologado, en cierto modo, a la rigurosidad y el control respecto de ciertos saberes. En este caso, además, los saberes se yerguen sobre una etiqueta consagrada por el cine, el “cine de autor”. Las bases de la universidad de qualité están en marcha. Dice Antín:

Quería mantener la apertura hacia mucha gente del cine que había producido durante la gestión del INC[8] y a la vez quería forjar un clima de interés cultural como el que emanaba de la facultad de Filosofía y Letras. ¿Cómo se podía hacer eso sin medios? Porque con medios era muy fácil, hacía una fundación, una especie de Fondo Nacional de las Artes. Entonces vinculé dos ideas: que teníamos que mejorar el nivel cultural del cine argentino para que pudiera competir internacionalmente, y que para eso teníamos que crear una facultad con bases similares a las de Filosofía y Letras, pero que a la vez fuera interesante para la gente que tiene o busca otra especialidad. Sentí que esa facultad tenía que especializarse en algo atractivo como es el cine y tenía que poder producir películas. Esa idea de la productora que enseña Filosofía o de la facultad de Filosofía que produce películas es la FUC, son las raíces, el meollo. Cuando creé la FUC y la llamé Fundación porque no la podía instaurar como Universidad empecé a predicar el hecho de jerarquizar la enseñanza del cine otorgándole nivel universitario; esa lucha me fue dando un espacio diferente. Además tiene un equipamiento que no tiene ninguna institución así de América latina (en Sández, 2010: 112-113).

En la explicación del director yacen tres líneas que se alimentan mutuamente. En primer lugar, la invocación al modelo del Fondo Nacional de las Artes (FNA), un ente cultural creado por el gobierno de facto del general Pedro E. Aramburu en 1958. El FNA tiene por objeto:

a) Otorgar créditos destinados a estimular, desarrollar, salvaguardar y premiar las actividades artísticas y literarias en la República y su difusión en el extranjero.

b) Otorgar créditos para construir y adquirir salas de espectáculos, galerías de arte, estudios cinematográficos y cualquier otro inmueble necesarios para el desarrollo de labores artísticas; como asimismo, para la adquisición o construcción de maquinarias y todo tipo de elementos o materiales que requieran estas actividades.

c) Administrar, fiscalizar y distribuir, conforme a las disposiciones legales, los fondos de fomento a las artes, dispuestos en leyes dictadas o a dictarse (Ley 1224, 1958).[9]

La diferencia entre “actividades artísticas” y las propias “literarias” y  el señalamiento de la difusión en el exterior del país recuerdan por una parte, una concepción privativa del arte donde frente a las actividades artísticas en general, se yergue la literaria como un nicho único; por la otra, la necesidad de proyección internacional. Se trata, en definitiva, de una concepción sesgada de la cultura que privilegia la literatura por encima del mundo del arte a la vez que pone el acento en el mercado de circulación internacional. Los puntos b) y c) acogen nuevas formas de arte ligadas a la industria cultural y complementan una visión totalizadora respecto del quehacer artístico. La elocución de Antín deja entrever, en este sentido, un apego a ese modelo que está en la base de la concepción de la cultura que lo atraviesa, si retomamos el concepto del arte como forma social, esto es, “formas sociales variables dentro de las cuales las prácticas significativas se perciben y se organizan” (Williams,1981:121). Esta identificación de Antín con un modelo cultural se complementa con su adhesión al modelo humanístico de la facultad de Filosofía y Letras. Esta segunda línea es importante porque de ella deriva el sustrato académico que sostiene su emprendimiento educativo. Cuando Antín dice “Filosofía y Letras” sobreentiende que el interlocutor comprende que se refiere a la facultad inserta dentro de la Universidad de Buenos Aires. “Filosofía y Letras” es de la Universidad de Buenos Aires. Nuevamente, el implícito se enraíza en otra institución que domina el canon de la educación superior en el país[10]. La tercera línea es clara y determina el sino de la futura casa de estudios dedicada al cine: ser una productora.

“La guerra la gano yo”: la industria del prestigio

La universidad creada –y por creación entiéndase la cabeza visible del proyecto– por Manuel Antín, director de cine y referente ineludible de la Generación del 60, garantiza el ingreso al circuito más alto de formación educativa. Esto ocasiona un movimiento interesante, dado que por un lado se justifica la necesidad de incorporar a quienes manejan el oficio del cine, los viejos técnicos, que logran la certificación de su saber por méritos equivalentes a estudios de nivel superior[11]. Por otra parte, se anexa a un número considerable de profesores universitarios, surgidos mayoritariamente de carreras humanísticas y que son garantes de la formación en asignaturas de historia, teoría y estética cinematográfica.

Básicamente, estos profesores serán provistos por la Universidad de Buenos Aires, bastión insoslayable de la formación académica en el país y que ocupa el primer lugar en el podio de universidades nacionales. Existe una fuerte ligazón entre el proyecto educativo y el proyecto cultural de la Universidad del Cine, de impronta humanista europeizante, ligada a los patrones de formación del prestigio en torno de las artes que acrisoló el país desde fines del siglo XIX. Este “prestigio” posee un enérgico peso en la herencia francesa. Argentina es, además, el país rotundamente francófilo de toda América Latina, dado que en su historia cultural el pensamiento galo ha tenido una fuerza inicial, tajante y que arrastra conceptualizaciones sobre el arte y la educación desde fines del siglo XIX hasta la fecha. Señalamos esto para remarcar que más allá del dato coyuntural respecto de si Antín se reconoce o no influenciado por la modernidad fílmica francesa, el sustrato francés es en sí mismo una base fuerte del tejido sociohistórico y cultural del país.

Así como el cine moderno surge para contravenir las formas fílmicas anteriores, anquilosadas pero a la vez resquebrajadas de las narrativas tradicionales para el universo audiovisual, la Universidad del Cine se ubica como proyecto pedagógico en una línea de formación enciclopedista de excelencia (la universidad) pero apela al mismo tiempo a una nicho para la innovación  circunscrito al objeto sobre el cual se aboca: el cine. En este sentido, es importante la configuración del plan de estudios de la Universidad del Cine. El diseño de las asignaturas y sus contenidos mínimos quedará bajo la responsabilidad de la secretaría académica, que incorpora a la nueva casa de estudios modelos epistemológicos propios de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El rasgo distintivo será el lado humanista, anclado en la tradición universitaria más rancia y tradicional; en consonancia además, con el perfil alfonsinista en que se inscribe el plan.

En segundo lugar, el proyecto pedagógico coloca como cabeza visible al garante vivo más importante de la modernidad fílmica en Argentina, es decir Antín. Este dato es importante dado que los otros nombres referenciales de dicho período o bien han dejado de filmar (David José Kohon, Simón Feldman), o han privilegiado la actuación (Lautaro Murúa) o han fallecido (Rodolfo Kuhn). La diferencia sustancial de la figura de Antín estriba en su alto grado de exposición pública, debido a su inscripción política y a su funcionalidad en el circuito de la cultura capitalina durante los años de la primavera democrática post dictatorial.

La gestión de Antín como director del Instituto Nacional de Cinematografía le provee el soporte idóneo para terminar de asimilar los entresijos de la gestión de políticas públicas en el campo del arte y, especialmente, en el cine.

Podemos decir que a la hora de fundar la Universidad del Cine está armada la urdimbre  ideal para el enclave de una institución que, básicamente, llena un espacio vacío dentro de la formación académica más tradicional a la vez que apela al modelo más ancestral de educación superior.

Cerrado el círculo, la Universidad del Cine se posiciona a lo largo de los años como referencia predilecta en los estudios sobre cine en América Latina, sobre todo para los países de la región que privilegian los costos de enviar a estudiar a sus hijos a la Argentina, frente a los que implican otros centros de estudios de cine legitimados en el exterior, por ejemplo, la Escuela de Cine de Nueva York[12].  En este sentido, la universidad consolida una elite intelectual de marcada incidencia sobre el colectivo social[13].

“Todos tenemos un plan”. Lo fundacional, la fundación, la función

La Universidad del Cine se gesta como fundación. Por eso, aun ahora, es conocida popularmente como “la FUC” (La Fundación Universidad del Cine”). Para la reglamentación argentina, una fundación es una institución privada que la ley reconoce que tiene como objeto prestar servicios de interés público. Para que una fundación exista en tanto figura jurídica debe existir la voluntad de constituirla, el patrimonio económico propio que la sustente, la finalidad que debe ser siempre de interés general y los estatutos o normativa interna propia de la fundación. Estamos refiriéndonos a una institución sin fines de lucro[14].

Lo señalado importa porque, por un lado, inscribe socialmente  a la FUC en un imaginario donde prima el trabajo “por amor al arte” y una suerte de abandono de lo económico como factor regulador de una empresa de índole privada. Por otra parte, que a la fecha se la siga denominando así marca la continuidad de ese imaginario, sostenido incluso por la propia página web de la Universidad.

Nos encontramos  ante un acto fundacional, básicamente performativo: el de la fundación de la Universidad del Cine. El velo simbólico de la protección que otorga «ser fundación» permite cegar y volver invisible el desarrollo posterior de la misma universidad: bajo el proyecto académico, también se teje, a lo largo de los años, el potencial de lo económico como factor regente. Entendámonos bien. No nos referimos a lo que cae de su peso, esto es, el hecho de que el sostén económico de la universidad provenga de las cuotas que pagan sus alumnos. Sino de cómo el proyecto educativo se enlaza cada vez más con el ideario de una productora de películas, lo que le otorga una presencia importantísima en el contexto relacional con el cine argentino y, más adelante, con el BAFICI. La frase proferida por Antín (“Esa idea de la productora que enseña Filosofía o de la facultad de Filosofía que produce películas es la FUC y la llamé Fundación porque no la podía instaurar como Universidad”) se hace invisible, erosiona su espesor dentro de un contexto social que asimila el concepto de «fundación»  al de la merma del interés económico, al de la gratuidad para con la sociedad mediante el ofrecimiento de un bien que, además, ya está ligado emocionalmente a la idea del sacrificio, el desinterés personal y el trabajo en equipo.

Para 2016, el proyecto es claro en la misma definición de la misión de la Universidad del Cine que figura en su web.[15]

La estrategia comunicativa es eficaz y sencilla: primero se apela a la excelencia académica y a la tecnológica en un marco de formación cultural humanística de amplio espectro. Esa es la summa que define a los jóvenes con vocación audiovisual. “En síntesis, es un punto de encuentro de jóvenes con vocación audiovisual. Al mismo tiempo, un ámbito de aprendizaje y de investigación, centro de producción de películas de largo y de cortometraje”, reza la página. La habilidad estriba en no definirse como productora, sino como «centro de producción» y encabalgar este al aprendizaje y a la investigación. En este sentido, bajo la simpleza de la frase se hila una estrategia discursiva eficiente, destinada a fortalecer comunicacionalmente que estar en la FUC garantiza no solo el nivel académico sino también la posibilidad de ingreso al mercado audiovisual. Semejante al desiderátum del Fondo Nacional de las Artes, el enunciado  barre todo tipo de desconfianza respecto del interés económico financiero.

Insistimos en este punto dado que con los años, lo que fuera inicialmente anunciado como un proyecto educativo y cultural, sin fines de lucro, ligado ideológicamente a una matriz política de cuño radical, desenmascara, para fines de la década de 1990 su raíz de empresa neoliberal acorde al contexto político gestado durante el menemismo (Pucciarelli, 2011). La FUC es, en este sentido, un claro exponente de la empresa menemista en clave educativa.

El basamento empresarial neoliberal es, empero, invisible o, al menos, negado.

Por un lado, por la estrategia comunicacional que focaliza sobre la fuerza académica de la institución, muy pegada a los valores humanistas de las artes y las letras como baluarte impoluto. Por el otro, porque la fuerza del sello “Antín”  desplaza toda sospecha de interés, salvo el interés por el arte. La base empresarial familiar que subyace al modelo queda así, cegada. Enmascarada detrás de la prosapia radical, la FUC es, en definitiva, un proyecto económico de acumulación de capital propio de la hegemonía política neoconservadora de la década de 1990 (Bonnet, 2008)[16].

“Del brazo y por la calle”. La Universidad del Cine y el BAFICI

A inicios del siglo XXI, la Universidad del Cine se establece como sede del Talent Campus del BAL. ¿Qué es esto? El Festival de cine de Berlín posee una plataforma que es la Berlinale Talents, laboratorio de proyectos de futuros films. Este foco tiene sedes en otros festivales. En 2003 se instala en Argentina, dentro del marco del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). El Talent Campus tiene como aspiración “construir una red laboral y profesional a nivel regional e internacional, conectando así a profesionales de todo el mundo, y colaborando en el desarrollo teórico y práctico en el universo cinematográfico”[17],

según señala el catálogo BAFICI 2016 y se organiza en coparticipación con el Berlinale Talents de Berlín, el BAFICI y el Buenos Aires LAB, con el apoyo de Mecenazgo BA (Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), la Fundación Itaú[18] y el Goethe Institut Buenos Aires.

El tejido de esta trama es mucho más compacto. El Buenos Aires LAB es el laboratorio de proyectos audiovisuales que funciona con el BAFICI. Sus cabezas eran hasta 2015 Violeta Bava e Ilse Hugan. Bava es, asimismo, programadora del BAFICI y Hugan un referente en de este tipo de laboratorios gestados desde el Festival de Rotterdam. No debemos olvidar que si existe BAL en Buenos Aires es por iniciativa del BAFICI, en 2003, cuando Quintín[19] –a la sazón, director del festival–convoca a Hugan para armar esta incubadora en Buenos Aires.

El emprendimiento sirve para posicionar aún más a la Universidad del Cine que, ya para la edición de 2014, aparece como auspiciante del evento y para 2015 ofrece un premio que consiste en la realización del DCP de todo proyecto ganador que, a su vez, participará en el Festival de Cannes en el marco del Marché du Film, BAL Goes to Cannes. El DCP (Digital Cinema Package) es, en términos simples, una versión digital en altísima calidad de una película en 35 mm.

Estamos refiriéndonos, en definitiva, a una inversión económica disfrazada de vocación colaborativa con el BAFICI que aparece connotada en términos de generosidad.[20] En la entrevista en profundidad que hemos realizado a Marcelo Panozzo, director del BAFICI hasta 2015, comenta:

Lo que pasa con la FUC es que ya los que pagan las cuotas odiarán que uno diga esto, son de una enorme generosidad hacia el medio. Cuando hay que hacer un DCP, cuando… o sea, que me llame en diciembre Mario Santos y me diga: “Che, yo no es que quiera saber qué elegís o no, pero decime si alguno de nuestros proyectos queda seleccionado porque le tengo que dar prioridad en nuestra sala de edición”. El nivel de apoyo de ellos que hay para los proyectos es enorme. Y muchísimas películas no se hubiesen podido terminar sin la FUC. Que no hubiesen ni empezado… ni hablar…

Se sobreentiende que la casa de estudios opera de buena fe, por “generosidad” hacia el cine y sus hacedores. La racionalidad de la logística de la institución (organizar la sala de edición) es homologada a las buenas intenciones y la colaboración. No se entrevé las estrategias económicas de la institución ni los mecanismos por los cuales se efectiviza cabalmente la funcionalidad de esta como productora. Productora que regula sus recursos para no solo las películas de la FUC en general, sino también para las  películas de la FUC que entran al BAFICI. BAFICI y Universidad del Cine quedan enlazados en una lógica de retroalimentación de bienes y servicios: el establecimiento es proveedor de recursos económicos para el festival; el festival desde sus inicios incorpora recursos humanos de la universidad y tiene la sede principal del Talent Campus en el espacio físico de la universidad. Juntos, a su vez, con la crítica cinematográfica desarrollada en estos años compondrán una articulación de modos alternativos de producción, distribución y exhibición de un nuevo producto cultural, el nuevo cine argentino[21].  Si bien en sus inicios la creación del BAFICI estuvo ligada, entre otras cosas, a generar un espacio de visibilidad para los nuevos directores de cine (y, concomitantemente, incorporó a egresados de esa institución entre sus colaboradores), dieciocho años después esta política se ha convertido en un estadio fuerte que facilita la hegemonía corporativa de la Universidad del Cine.

“El faro”. Colofón ciego

“La Universidad del Cine es mi última película”, la frase tan mentada por Antín cobra hoy un espesor inusitado. Como verosímil cultural y educativo ha calado tanto en el imaginario social argentino que ahoga tras de sí todo conato especulativo. Al mismo tiempo la representación “Antín” ajustada a la hidalguía y el desinterés económico ciega y oculta la cota neoliberal del emprendimiento. Los títulos y carteles de nobleza cultural refuerzan el capital cultural en aras del poder simbólico. Lo que podría verse como una cuestión, en última instancia, de “gusto” (¿Acaso no se trata –objetaría alguien– de estar de acuerdo o no con la base estética que funda la FUC, pegada al cine de autor y sus valías?), es en realidad la manifestación de un espacio donde se juega la distinción social mediante una red de posiciones relacionales y diferenciales que sostienen la desigualdad y donde la economía de mercado más neoconservadora sienta sus bazas (Bourdieu, 2002b: 9-94). Como un faro que ilumina pero que a la vez ciega a quien se atreve a mirarlo de frente, la Universidad del Cine y su numen parecen, por lo menos hasta la fecha, ocupar todo espacio de disputa simbólica en torno al cine, su enseñanza y sus campos de legitimación. Basta como ejemplo –me refiero a la obcecación que impide ver mácula alguna en esta fusión, a la vez que refuerza, subraya y acuerda con ese modelo– el informe “Manuel Antín” que en 2015 presenta la revista Informe escaleno en su dossier sobre el viejo director[22]. En este sentido, la Universidad del Cine es fácticamente, la mejor película de Antín. Como verosímil empresarial neoliberal es, en novísima transposición, una reescritura de Circe (Manuel Antín, 1964).

Bibliografía

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Bourdieu, Pierre (2002), “Campo intelectual y proyector creador”, en Campo del poder, campo intelectual, Montressor, Buenos Aires.

Bourdieu, Pierre (2002b), La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Taurus, Madrid.

Bourdieu, Pierre (1991), El sentido práctico, Taurus, Madrid.

Goity, Elena (1994), “Enseñanza cinematográfica” en Claudio España (comp.) Cine argentino en democracia 1983/1993, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires.

Heredia, Mariana (2006), “La demarcación de la frontera entre economía y política en democracia. Actores y controversia en torno de la política económica de Alfonsín”  en Alfredo Pucciarelli (coord.), Los años de Alfonsín. ¿El poder de la democracia o la democracia del poder?, Siglo XXI, Buenos Aires, 153-198.

Kriger, Clara (2015), “Algunos apuntes sobre la gestión de Manuel Antín al frente del Instituto Nacional de Cinematografía”, en Informe escaleno [en línea] 19 de septiembre de 2015, Tema del mes. Septiembre de 2015. [Consulta: 03 de marzo de 2016] http://www.informeescaleno.com.ar/index.php?s=articulos&id=379.

Obradovich, Gabriel (2011) “La conversión de los fieles. Los cambios en el electorado de la Unión Cívica Radical en la década de los noventa” en Alfredo Pucciarelli (coord.), Los años de Menem. La construcción del orden neoliberal, Siglo XXI, Buenos Aires.

Pucciarelli, Alfredo (coord.) (2006), Los años de Alfonsín. ¿El poder de la democracia o la democracia del poder?, Siglo XXI, Buenos Aires.

Pucciarelli, Alfredo (coord.) (2011), Los años de Menem. La construcción del orden neoliberal, Siglo XXI, Buenos Aires.

Sández, Mariana  (2010), El cine de Manuel. Un recorrido sobre la obra de Manuel Antín, Capital intelectual, Buenos Aires.

Torlucci, Sandra (2005), “Manuel Antín. El lenguaje y sus inexplorados laberintos”, en Claudio España (dir.), Cine argentino. Modernidad y vanguardia 1957-1983 II, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires.

Williams, Raymond (1981), Cultura. Sociología de la comunicación y del arte, Paidós, Barcelona.

Notas

[1] Este trabajo es una síntesis de un capítulo de la tesis doctoral que la autora tiene radicada en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España.

[2] La autora ha formado parte de la Universidad del Cine desde 1995 hasta 2008 y, en ese sentido -como miembro del claustro docente- ha presenciado el desarrollo y expansión de esta casa de estudios.

[3] Sobre la génesis y desarrollo del partido radical la bibliografía es extensa. Señalamos algunos textos capitales: Rock, David (2001), El radicalismo argentino 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu;  Persello Ana Virginia (2007), Historia del radicalismo, Buenos Aires, Edhasa.

[4] La historia del peronismo es una de las más complejas en Argentina. Sus variables y sus derroteros, su impronta cultural y sus derivas son las que más literatura e investigación histórica provocaron y provocan en el país. Un buen acercamiento al tema lo ofrecen los variados textos del sociólogo y “peronólogo” Juan Carlos Torre. Destacamos sobre todo la dirección del volumen Los años peronistas (1943-1955) (2002), Sudamericana, Buenos Aires. Otro texto referencial es Silvia Sigal y Eliseo Verón, Perón o muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista (2003), EUDEBA,  Buenos Aires.

[5] El Centro de Participación Política fue creado por el radical de extensa trayectoria en la militancia universitaria Jorge Esteban Roulet (1928-1987) y estuvo destinado, básicamente, a elaborar las propuestas programáticas que sirvieron de base a la plataforma electoral de la Unión Cívica Radical. Entre sus miembros se encontraban –por la parte cultural–, además de Antín, Marcos Aguinis, Hebe Clementi, Luis Brandoni, Aída Bortnik, María Sáenz Quesada, Luis Gregorich, entre otros.

[6] El 14 de mayo de 1968 se promulga la Ley nº17.741 de fomento de la actividad cinematográfica nacional, bajo el gobierno de  facto de Juan Carlos Onganía (1966-1970). Allí se proclama que el instituto es un ente autárquico que depende de la Secretaría de Difusión y Turismo de la Presidencia de la Nación. Esta autarquía fue anulada en 1996 por el ministro de economía Domingo Cavallo durante al gobierno de Menem. Por el Decreto del Poder Ejecutivo nº1536 del 20 de agosto de 2002 es restituida  bajo la presidencia de Eduardo Duhalde, pero se modifica la naturaleza jurídica y pasa a ser un ente público no estatal. En el medio, la ley 24.377 del 28 de septiembre de 1994, también bajo el gobierno de Menem, modifica el nombre del Instituto, a INCAA –lo que amplía el campo a  artes audiovisuales- y lo refirma como ente autárquico pero dependiente de la Secretaría de Cultura del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación.

[7] En aquella época todavía denominado Centro de Experimentación y Realización Cinematográfica (CERC).

[8] INC es el Instituto Nacional de Cinematografía.

[9] Decreto ley nº1224. Boletín oficial de la República Argentina, Buenos Aires, Argentina, 14 de febrero de 1958.

[10] La discusión en torno de la supremacía de la Universidad de Buenos Aires en relación con otras universidades del país excede los límites de este artículo. Más allá de la calidad académica –esto implica rever qué se entiende por “calidad académica” en el circuito universitario–, operan en la conformación del canon universitario (que incluye sus valoraciones, su presencia en ránquines internacionales, etcétera) no solo la antigüedad de la casa de estudios, sino la cantidad tanto de facultades como de alumnos. En este sentido, es muy difícil para el resto de las universidades públicas nacionales alcanzar numéricamente a la UBA. Si a esto sumamos los baremos por los cuales se mide el éxito o valía de una institución académica, el mapa es sumamente complejo.

[11] Esta movida recoloca en el ámbito académico a viejos técnicos del cine nacional que encuentran en la enseñanza del oficio una alternativa laboral para compensar la falta de producción industrial de cine en Argentina. Pensemos que si bien hay una posición de resistencia, por ejemplo, de la crítica hacia el viejo cine, este queda subsumido bajo el nombre de los directores. Los técnicos parecieron siempre ser ajenos a este “desprecio de época”. Y de hecho, el reservorio práctico del oficio está en los técnicos. La inclusión de estos técnicos en el ámbito de las escuelas de cine significa, por otra parte, una aprobación de alto valor simbólico: se pertenece a un circuito de legitimación por antonomasia, la formación académica en institutos reconocidos de la enseñanza oficial.

[12] La Universidad del Cine es una universidad privada y por ende, ya lo hemos señalado en el cuerpo del texto, acorde al sistema argentino, paga.

[13] Pertenecer a la Universidad del Cine es, en el imaginario de estudios sobre cine en Argentina, escalar en el podio de los estudios sobre cine.

[14] Nos referimos a la ley 19.836 de 1972. Véase http://www.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/65000-69999/65478/norma.htm [Consultado el 13 de enero de 2016].

[15] Véase http://www.ucine.edu.ar/universidad/ [Consultado el 13 de enero de 2016].

[16] La lógica neoconservadora menemista merece un análisis, por ejemplo y entre muchos otras cosas, de las contradicciones legales entre la empresa y la figura “fundación” con la que bascula la institución desde sus inicios. O de la lucha que el cuerpo docente ha llevado a cabo por salir del régimen de la flexibilización laboral menemista, cuyo centro es la elaboración de los llamados “contratos basura” que no pagan cargas sociales, aportes previsionales ni indemnizaciones por despido.

[17] En 2015, en el catálogo figuraba “generar un contexto de participación y comunicación entre jóvenes cineastas sudamericanos que contribuya con su formación a través del contacto con figuras relevantes y del intercambio de ideas y proyectos”. La diferencia es sustancia y permite pensar que hasta la fecha no existen, por ejemplo, estudios sobre la lógica de mercado real y simbólico que maneja un festival como el BAFICI y cuál ha sido su desarrollo desde su nacimiento.

[18] La Fundación Banco Itaú anida para 2016 el Primer Festival de Video para Estudiantes Secundarios, convocado por la Universidad del Cine, que puede leerse también como una captación de potenciales clientes que asegura el nicho de mercado a futuro a través del Banco Itaú, además, los docentes de la Universidad del Cine cobran su sueldo y los alumnos pagan sus cuotas.

[19] Quintín es Eduardo Antín, primo de Manuel Antín.

[20] Marina Moguillansky y Valeria Re examinan otro de los “pactos” que caracterizó el desarrollo de un nuevo cine argentino desde fines de los noventa, aquel sellado entre la crítica cinematográfica (más precisamente, El Amante cine) y los directores del nuevo cine (formados, en su gran mayoría, en las huestes de la Universidad del Cine. Véase Moguillansky, Marina; Re, Valeria (2009), “Pactos, desencantos, promesas. El rol de la crítica en la génesis del Nuevo Cine Argentino”, en Amatriain, Ignacio (coord.), Una década de nuevo cine argentino (1995-2005), Ediciones Ciccus. Buenos Aires.

[21] Los alcances de esta triangulación superan la extensión de este trabajo y forman parte de la tesis doctoral de la autora.

[22] Véase http://www.informeescaleno.com.ar/index.php?s=articulos&cat=55 [Consultado el 11 de enero de 2016].

Políticas figurativas de la otredad en el documental argentino contemporáneo: Bonanza (en vías de extinción) (2001) y El etnógrafo (2012) de Ulises Rosell. 

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Mariano Véliz

 

Resumen

Dos documentales dirigidos por Ulises Rosell, Bonanza (en vías de extinción) (2001) y El etnógrafo (2012), permiten contrastar diversas políticas figurativas de la otredad presentes en el documental argentino contemporáneo. Por una parte, en ambos textos fílmicos se postulan reflexiones en torno a la visibilidad. En este sentido, la recuperación de las categorías teóricas y críticas propuestas por Georges Didi-Huberman y Jean-Louis Comolli ilumina la posibilidad de analizar esta visibilidad en relación tanto con un marco histórico-social orientado a la visibilidad absoluta como con elecciones político-estéticas. Por otra parte, también resulta central la problemática de lo audible. Por este motivo, la exploración de ambos films puede partir de la asignación de la voz a, y la circulación de la palabra entre, los actores sociales.

Palabras clave

Otredad, políticas figurativas, cine documental, visibilidad, audibilidad.

Summary

Two documentaries directed by Ulises Rosell, Bonanza (en vías de extinción) (2001) and El etnógrafo (2012), allow contrast different figurative politics of otherness in contemporary Argentine cinema. On one side, in both films are postulated reflections around visibility. In this sense, the recovery of theoretical and critical categories proposed by Georges Didi-Huberman and Jean-Louis Comolli allows analyze this visibility in relation to a historical setting tending to the absolute visibility and in relation to a political and aesthetic elections. On the other side, the problem of audibility is also central. For this reason, the study of both films focuses on the attribution of the voice and the circulation of the word between social actors.

Key Words

Otherness, figurative politics, documentary film, visibility, audibility.

Resumo

Dois documentários dirigidos por Ulises Rosell, Bonanza (en vías de extinción) (2001) e El etnógrafo (2012), permitem comparar diferentes políticas figurativas da alteridade no documentário contemporâneo argentino. Por um lado, em ambos os filmes surgem reflexões sobre visibilidade. A este respeito, a recuperação das categorías críticas e teóricas do Georges Didi-Huberman e Jean-Louis Comolli possível analisar essa visibilidade em relação a um contexto histórico tendendo a visibilidade absoluta e em relação a eleições estéticas e políticas. Por outro lado, também é central a problemática da audibilidade. Por este motivo, o estudo de ambos os filmes leva em conta a atribuição de voz e a circulação da palavra entre os atores.

Palavras-chave

Alteridade, políticas figurativas, documentários, visibilidade, audibilidade.

Datos del autor

Doctor en Historia y Teoría de las Artes (FFyL, UBA), investigador del Instituto Interdisciplinario de Estudios sobre América Latina. Docente de las carreras de Artes, Letras y Diseño de Imagen y Sonido de la UBA. Un primer esbozo del artículo fue presentado en el I Congreso Internacional de Geofilosofía del Cine en julio de 2015.

 

Fecha de recepción: 10 de octubre de 2015.

Fecha de aprobación: 1 de noviembre de 2015

 

 

                           “un filme solo tendrá justeza política si devuelve su lugar y su rostro a los sin nombre, a los sin parte de la representación social habitual”

(Georges Didi-Huberman, Pueblos expuestos, pueblos figurantes, 163).

 

 

La variabilidad de las políticas figurativas de la otredad presentes en el cine documental argentino contemporáneo fisura cualquier intento de sistematización. Ante la multiplicidad de estrategias y frente a la disgregación de las modalidades de abordaje, me propongo analizar dos films realizados por un mismo cineasta, Ulises Rosell, para explorar en ellos las tensiones derivadas de la configuración visible y audible de la alteridad. Indagar sobre la conformación de cierto régimen de visibilidad y de determinada política de lo audible constituye un punto de acceso privilegiado para evaluar las diversas maneras en las que el documentalismo argentino reciente se imbrica con la problemática de la otredad. Al respecto, la oscilación entre Bonanza (en vías de extinción) (2001) y El etnógrafo (2012) permite analizar el quiebre de la transparencia de la representación documental, central en los regímenes escópicos televisivos-informativos, y retomar el debate en torno al carácter visible y audible de la otredad[1].

A su vez, una aproximación a la otredad atenta a la repartición de lo sensible[2], es decir, a la puesta en circulación de lo que puede escucharse y verse, implica una variación sobre el vínculo arte-política. En este sentido, toda reflexión acerca de las figuraciones de la otredad conduce a interrogar la precisión, o la justeza, política de esa propuesta. En contraposición con ciertas figuraciones convencionalizadas y cristalizadas de la otredad de clase (aquellas que oscilan, básicamente, entre la criminalización y la victimización[3]), se pretende recuperar ciertos textos fílmicos que experimentaron con la posibilidad de introducir un quiebre en el universo de esas representaciones codificadas. Esa ruptura en el orden de las continuidades puede adquirir distintas manifestaciones, aun en el interior de la filmografía de un mismo cineasta. De este modo, el artículo se apropia de una certeza esgrimida por Jacques Rancière: una política de la estética emerge cuando “las formas nuevas de circulación de la palabra, de exposición de lo visible y de producción de los afectos determinan capacidades nuevas, en ruptura con la antigua configuración de lo posible” (2013: 65).

Bonanza (en vías de extinción): el retrato singular de la otredad

El estallido de las políticas neoliberales producido en Argentina desde la clausura del siglo XX impulsó la emergencia de un cine documental potentemente testimonial. En ese contexto, se instaló la necesidad de dar visibilidad a las periferias del cuerpo social y a los sujetos arrasados por la crisis. La atención a esa urgencia condujo a la proliferación de documentales dedicados a la observación empática de estos actores sociales.[4] Esta mostración se complementó con una estrategia de invisibilización del realizador. La presencia ausente del documentalista se concibió como el requerimiento clave para posibilitar la cesión de la imagen. En gran medida, estos documentales descansaban en una asunción: la visibilización constituía en sí misma un gesto político revulsivo que desbarataba las políticas de invisibilización instauradas por el neoliberalismo y sus derivas estéticas. El borramiento discursivo, extensión del económico y social, fue refutado por el cine documental argentino a través de la implementación de un régimen escópico centrado en la asignación de visibilidad a las subjetividades minoritarias y del establecimiento de políticas de lo audible organizadas en torno a la atribución de la voz narrativa y argumentativa a estos actores de los contornos sociales.[5] De manera simultánea, otra corriente documental retomó la senda de las experimentaciones del cine de concientización social representado por la Escuela Documental de Santa Fe, y su radicalización por parte del cine militante realizado desde fines de los años sesenta, a través de la proposición de documentales fuertemente argumentativos y orientados a la persuasión de sus espectadores[6]. En el marco de estas búsquedas, Bonanza (en vías de extinción) (Ulises Rosell, 2001) permite percibir tanto la heterogeneidad de las propuestas estéticas circulantes como la posibilidad de agrietar las estrategias dominantes.Veliz Bonanza (Ulises Rosell, 2001) (2)

El subtítulo del documental introduce una hipótesis contundente acerca del universo social abordado. La familia Muchinsci habita unas ruinas compuestas por los restos más degradados del capitalismo. Sus integrantes (“Bonanza” y sus hijos Norberto y Verónica) son en sí mismos un descarte de la estructura capitalista. Existentes en un territorio exterior al sistema económico productivo, comercializan autopartes de vehículos derruidos y montan un local callejero de venta de animales. En el ejercicio documental emprendido por Rosell, los desperdicios de los autos conforman naturalezas muertas que materializan la devastación socio-económica y entran en tensión con la prolífica naturaleza circundante.

Los actores sociales son caracterizados como participantes de un estado de naturaleza. En el film se despliega una atención minuciosa a sus tareas cotidianas y a su intercambio fluido con los animales que los rodean. Desde las innumerables mascotas familiares hasta las yacarés y aves que cazan y venden, pasando por las liebres que cazan y comen, los integrantes de la familia Muchinsci establecen una convivencia armoniosa y conflictiva con la naturaleza de (y en) la que viven. Así, se asiste a un estilo de vida en el que confluyen los excedentes de la modernidad capitalista y el arcaísmo de la caza y la pesca.

Si bien la construcción de Bonanza se basa en la observación continua de estos actores sociales y sus condiciones socioeconómicas y culturales, este posicionamiento resulta agrietado mediante la configuración de un dispositivo óptico y sonoro que complejiza la mera observación y problematiza la confianza en el acceso irrestricto a la otredad. En esas fisuras se encuentra la clave para desmontar la imposición contemporánea del régimen escópico informativo de la visibilidad absoluta. En este sentido, resulta necesario recuperar el abordaje propuesto por Jean-Louis Comolli en Corps et cadre (2009). En los artículos allí reunidos, Comolli reflexiona en torno a la obligatoriedad actual de hacer “todo” visible. Esta configuración del mundo como espectáculo se organiza en torno a tres ilusiones: la ilusión de totalidad, la ilusión de continuidad y la ilusión de plenitud. En el marco de esa tendencia a lo visible de alcance ilimitado, se introduce la exigencia de la visibilización de la otredad. Al respecto, Comolli se pregunta si esta exigencia, en apariencia gestada como una reacción ante las políticas de invisibilización y desaparición operadas desde el poder, no puede funcionar como una herramienta de control y destrucción. Atento a este riesgo, interroga la posibilidad de pensar nuevas estrategias de visibilidad, recursos innovadores de participación en el espacio público, en la circulación de imágenes y en la proliferación de discursos que evadan el funcionamiento reticular de las instituciones. En esta dirección, Bonanza puede constituir un territorio idóneo para analizar ciertos procedimientos que permiten desarticular la observación y generar políticas figurativas de la otredad alejadas de la mencionada obligación de la visibilidad absoluta.

Veliz Bonanza (Ulises Rosell, 2001)Esta exigencia de hacer completamente visible a la otredad suele justificarse en función de un derecho a la imagen. En Pueblos expuestos, pueblos figurantes (2014), Georges Didi-Huberman despliega un análisis de este derecho a partir de la recuperación de la estética benjaminiana. Si en su célebre “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica” (1936) Walter Benjamin plantea la oscilación entre el valor cultual y el valor de exposición como eje para estudiar la historia del arte, Didi-Huberman se apropia de esta tensión para pensar el arte y la política contemporáneos. En consonancia con lo planteado por Benjamin, el valor de exposición, en este sentido, puede constituir un criterio válido para evaluar el funcionamiento de las democracias modernas. Si estas ejercitan una práctica distributiva de lo visible y lo invisible, lo audible y lo inaudible, lo perceptible y lo imperceptible, son las responsables de dejar ensombrecidos, ocultos o no representados, a numerosos sectores sociales. Pero, a su vez, si cada uno puede reclamar legítimamente su derecho a la imagen, eso no regula el uso que puede hacerse de esta. Por este motivo, Didi-Huberman precisa que esa reivindicación “puede llevar tanto a lo mejor como a lo peor, según que los pueblos sean simples juguetes puestos en escena por un jefe (pensemos en el ejército de trabajadores de El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl) o los auténticos actores de su exposición (pensemos en las muchedumbres de Octubre o La huelga)” (2014: 28). Ante esta disyuntiva, Didi-Huberman interroga las formas posibles de hacer visibles a quienes carecen de exhibición o son víctimas de las representaciones institucionales impuestas sobre ellos. Si bien asiente que el cine puede apropiarse del deber de dar visibilidad a la otredad, postula que en ese intento corre una serie de riesgos difíciles de sortear, como la sumisión de los actores sociales a los estereotipos circulantes, su criminalización o su opuesto complementario, su victimización.

En este sentido, en Bonanza se lleva a cabo una estrategia que entra en sintonía con las implementadas en otros documentales argentinos recientes: la valoración de la extrema singularidad de los actores sociales. Al respecto, en un análisis de Estrellas (Federico León, Marcos Martínez, 2007) y Copacabana (Martín Rejtman, 2006), Ana Amado puntualiza una diferencia entre los abordajes actuales y los recurrentes en el Nuevo Cine Latinoamericano de los años sesenta: en tanto en este se propendía a la síntesis y cada personaje se concebía como una condensación de un grupo, una clase o una época, en el cine contemporáneo “importa más pensar en personajes singulares que plantean una interrogación particular al mundo (Estrellas), o permiten interrogar al mundo y sus formas a través de sus experiencias (Copacabana)” (2009: 182)[7].

En este caso, “Bonanza” no solo está individualizado, sino que el documental se concibe como su retrato. El registro detenido de su rostro desmantela cualquier resabio estereotípico. Así, se privilegia una estrategia potente para resistir desde la imagen a su propia capacidad, o tendencia, a la construcción de tipos: el retrato como género permite asignar, desde el título, un nombre al sin nombre y una imagen al no representado o exhibido. A su vez, no se trata de un retrato que particularice solo su rostro, sino que concibe al cuerpo entero como rostridad. En esta dirección, resulta conveniente recuperar el estudio de la serie fotográfica “Faces”, de Philippe Bazin, tramado por Didi-Huberman (2014). El autor, allí, discrimina dos estrategias de encuadre que descomponen los esgrimidos desde el poder institucional: un encuadre de detalle, focalizado en la conformación del rostro como residuo y resistencia, y un encuadre ampliado, dedicado a relevar la imbricación de los cuerpos y los espacios. En Bonanza, el retrato bascula entre ambas modalidades, aunque se privilegia el encuadre ampliado que logra convertir al cuerpo entero en objeto del retrato y, al mismo tiempo, incluye al entorno como parte de este. El plano general, aun en su alternancia con los primeros planos, permite así inscribir la exclusión en los rostros y los cuerpos, así como en los espacios y los objetos.

En la repartición de lo visible llevada adelante en Bonanza, la atribución de visibilidad a los actores sociales se contrapone a una configuración notoria del fuera de campo. De este modo, el documental no solo quiebra el régimen escópico de la visibilidad absoluta, sino que adquiere sentido a través de su intervención sobre la distribución instaurada de lo perceptible. Así, aquello que se presenta como ausencia en el documental es lo que está omnipresente en los paisajes urbanos y en las imágenes del consumo. Rosell construye la potencia del fuera de campo a través de la emergencia en el cuadro de los descartes del capitalismo. Esos objetos derruidos figuran lo ausente: la sociedad de consumo de donde provienen esos materiales, el centro urbano del que proceden las mercancías cuyos restos pueblan el asentamiento precario donde vive la familia Muchinsci. El afuera invisibilizado (los incluidos, el consumo, la ciudad), sin embargo, no deja de actualizarse por la irrupción permanente de sus resabios. El mapa social de los márgenes, al igual que sus habitantes, se conciben como los remanentes no buscados del capitalismo circundante.[8]

En relación con los riesgos derivados de las políticas figurativas basadas en la visibilización, es posible recuperar un interrogante que asedia los artículos de Comolli: ¿cómo evitar que hacer visibles a los actores sociales suponga su puesta en peligro? Al igual que Didi-Huberman, Comolli prioriza la vulnerabilidad derivada de la exhibición. La visibilización puede propiciar la clasificación y el control, así como la persecución y el exterminio. En concordancia con esta preocupación, en Bonanza se asiste a la instauración de otro procedimiento tendiente a diluir el efecto disciplinario del régimen escópico de la visibilidad absoluta: la negativa a ubicar espacialmente el asentamiento de los actores sociales. La supresión de las coordenadas espaciales promueve el resguardo de la otredad, su evasión en relación con el dispositivo visual policial-informativo.

Los procesos de repartición de lo visible encuentran su complemento en los que regulan el acceso y la circulación de la palabra. En esta dimensión, se acentúa la solidaridad con los actores sociales. Esta empatía se manifiesta en distintas dimensiones, como los elementos gráficos que reproducen la oralidad (“La Vero” al presentar a la hija), la cumbia como música extradiegética[9] y la recurrencia al subtitulado cuando la calidad del sonido no permite la correcta comprensión de lo dicho.

A su vez, la política de lo audible se concentra en la puesta en circulación de la palabra de estos actores sociales. Bonanza se apoya en la movilización de la palabra, en la asignación de un rol discursivo activo a estos actores habitualmente silenciados y que no disponen de la posibilidad de hacer oír su voz. Y no se trata solo de la voz de “Bonanza”, sino también de las de sus hijos y otros integrantes de la comunidad donde viven. Esas voces, presentadas como falsos monólogos o como diálogos a los que asiste el cineasta, inscriben en el cuerpo del documental las hablas populares y las inflexiones locales.

Sin embargo, esas palabras evaden tanto la tentación de la victimización como la justicia de la denuncia. No se trata de discursos que expliciten un reclamo por sus condiciones materiales de existencia, ni se incluyen referencias al universo exterior recluido en el fuera de campo. De este modo, en Bonanza se problematiza la relación conflictiva entre lo dicho y lo no dicho. Alejado de la declamación y la declaración, “Bonanza” solo esgrime, sobre el desenlace, un diagnóstico relativo al proceso agravado de degradación social. En esa conclusión, huye de la posibilidad de ser percibido como representante auto-erigido de los sin nombre; aunque exhibe, en la ausencia de la denuncia verbal, las fotos de su infancia y de la niñez de sus hijos. En esas imágenes del pasado se materializa el gesto de caída, la decadencia de los cuerpos, los rostros y los espacios.

En este relevo entre la palabra y la imagen, entre lo visto y lo no dicho, se manifiesta una política figurativa de la otredad enfocada en problematizar el régimen escópico policial-informativo de la visibilidad absoluta y dedicada a intervenir en la reconfiguración de lo audible. Ante el diagnóstico sumario introducido por el subtítulo del documental (en vías de extinción), se manifiesta la capacidad del arte para propiciar una exposición de los pueblos atenta a desmontar la distribución de lo visible y lo audible instaurada desde el poder. En esa apropiación se cifra, finalmente, la posibilidad de modificar el territorio mismo de lo pensable y lo actuable.

 

El etnógrafo: la mediación (maquínica y subjetiva) hacia la otredad

El ejercicio de carácter pseudo-etnográfico emprendido en Bonanza resulta un auto-referente de confrontación para El etnógrafo. El diálogo entre ambos documentales gira en torno a una pregunta que explicita Comolli en Corps et cadre: ¿es posible pensar estrategias que no impongan la desaparición de la voz propia para hacer oír la voz del otro? ¿Es posible posicionar la propia voz como mediadora de la voz del otro? En este sentido, todo acercamiento a las políticas figurativas de la otredad se sostiene sobre una reflexión acerca del funcionamiento del dispositivo cinematográfico y del discurso documental. La concepción de Comolli del cine como una máquina de visión y, por lo tanto, de carácter ideológico, conduce a la necesidad de precisar y marcar la mediación maquínica. Si “ver” en el cine implica siempre “ver a través de”, entonces se impone el deber de pensar de qué maneras el cine interroga sus propias formas de ver. Este requerimiento inscribe un dilema estético y político relevante: cualquier texto fílmico que invisibilice tanto sus condiciones de existencia como el funcionamiento del dispositivo cinematográfico, se entronca, tal vez a su pesar, con las tecnologías informativas, los regímenes escópicos de la visibilidad absoluta y las diversas modalidades de espectacularización y mercantilización de la imagen.[10]

En vinculación con esta necesidad de problematizar la construcción documental y la posición (no solo) enunciativa del cineasta, en El etnógrafo se ensaya una estrategia centrada en el establecimiento de una estructura triangular. Así, el film se articula en torno a las múltiples relaciones conflictivas que se traman entre la comunidad wichi Lapacho Mocho, el antropólogo inglés John Palmer y el documentalista. A diferencia de la búsqueda de una aproximación directa, aquí se postula la imposibilidad de un acceso irrestricto a la otredad radical.[11] La recurrencia a la triangulación no solo conduce al quiebre de la tradicional estructura binaria que regula la relación Mismo-Otro, conservada lateralmente en Bonanza, sino que señala los procesos de mediación (maquínica y subjetiva) inevitables en estos enlaces. La recurrencia a Palmer como figura material del entre-medio permite evadir el peligro de convertir a Rosell en un etnógrafo y promueve la multiplicación de los vínculos de alteridad. Cada uno de los integrantes de la mencionada tríada funciona como Otro para los demás. En esa proliferación, se subraya el carácter relativo y mudable de las figuras de lo Mismo y lo Otro. Sin embargo, en todos los casos, John Palmer se ubica en un territorio lindero y resulta concebido como un confín que marca tanto la cercanía como la distancia entre los actores.

Veliz El etnógrafo (Ulises Rosell, 2012) (2)El antropólogo no solo constituye un nexo, sino que la propia visibilidad de los wichis depende de su percepción. El antropólogo funciona como un filtro visual que permite acceder a la comunidad Lapacho Mocho. En una escena clave, se recurre al procedimiento del plano-contraplano para configurar el punto de vista perceptivo de Palmer. A un primer plano de su rostro, mientras viaja en un vehículo, le sigue un plano subjetivo del paisaje visto desde el interior del transporte. De esta manera, el film experimenta con la posibilidad de conformar una subjetividad también en términos visuales. Esta emergencia de una percepción subjetivada pone de manifiesto el interés por compartir la mirada del antropólogo. Así, el acceso siempre parcial a los wichis señala con precisión el límite de lo visible. La visión tendida sobre los integrantes de la comunidad resulta ineludiblemente fragmentaria y lateral. La mirada de Palmer anticipa, duplica y distorsiona la mirada documental. Este primer filtro que obstaculiza el acceso a los wichis instaura una crítica al imperio contemporáneo de lo visible. De este modo, el documental dirigido por Rosell se pliega a la denuncia propuesta por Comolli acerca de la ingenuidad de creer en la potencia irrecusable de hacer visibles a los Otros.

En este sentido, en El etnógrafo no sólo se plantean diferentes estrategias para evadir ese riesgo, sino que se asiste a las consecuencias de los regímenes de la visibilidad absoluta. La comunidad Lapacho Mocho se encuentra atravesada por una paradoja: no ser vistos parece condenarlos a desaparecer, pero, a su vez, cuando las instituciones los hacen visibles, se incrementa aún más este peligro. Hacer perceptible a la comunidad implica dar comienzo al ejercicio del poder reticular institucional y su potencia exterminadora. La fijación espacial y las taxonomías policiales son habilitadas gracias a la visibilización. La llegada de la justicia argentina supone el inicio de la regulación burocrática y fotográfica de sus identidades.[12]

Ante la inminencia de esta amenaza, al igual que en Bonanza, la estrategia del documental consiste en desmantelar la hegemonía de la visibilidad absoluta a partir de un empleo sistemático del fuera de campo. Así, se recupera la concepción del cine como un arte sustractivo. En contraposición con la lógica aditiva de los regímenes escópicos de carácter informativo y policial, el cine compone los procesos de atribución de sentido mediante distintos recursos de sustracción. En el repertorio de sus procedimientos sustractivos, el fuera de campo detenta un espacio privilegiado. La alternancia de lo presente y lo ausente, lo visible y lo no visible, lo actualizado y lo no actualizado, resulta nodal en la configuración documental. Al respecto, Comolli señala que esta “disyunción conjuntiva” es la articuladora del discurso cinematográfico, en oposición al funcionamiento del discurso televisivo (passim 2012).

En El etnógrafo, tres dimensiones espaciales, pero también culturales, sociales, ideológicas y estéticas, se configuran a través del recurso al fuera de campo. En primer lugar, el país de origen del antropólogo, Inglaterra. Este fuera de campo resulta conformado por una llamada telefónica a su madre y por la llegada de unos regalos que ella envía desde allí. La importancia del diálogo es notable porque señala el relato épico que se construye, a la distancia, sobre el trabajo de Palmer. Este carácter épico se distingue de la percepción construida por el documental desde la cotidianeidad. En el relato elaborado por su madre, John es el héroe que consigue derechos para los wichis, concebidos como una entidad pasiva e indefensa. Esta primera articulación del fuera de campo colabora con la definición inicial del antropólogo como Otro en el marco de la comunidad wichi.

En segundo lugar, también el espacio del poder económico que se apropia de las tierras se configura como fuera de campo. En el documental no se muestra a las empresas de origen chino, aunque radicadas en la capital, dedicadas a la expoliación del suelo, pero sí a los subordinados encargados de llevar a cabo sus tareas en ese territorio. En su aparición corporal se manifiesta el abismo que se abre entre John, los wichis y los dominios desde los que se opera el poder del capital. Así, se asiste a la marcación topográfica de esa relación de otredad estallada, multiplicada. De esta manera, se precisa la existencia de una batalla identitaria centrada en definir quién es el Otro en esa tierra: los wichis, John (definido como su aliado y vocero) o los representantes del poder económico.

En tercer lugar, al igual que en Bonanza, el espacio de la enunciación cinematográfica permanece en un fuera de campo conformado por las miradas y los testimonios de Palmer y los wichis. Sin embargo, su importancia es capital dado que establece la mencionada tríada que desregula el funcionamiento del vínculo Otro-Mismo. A su vez, una reflexión sobre la repartición de lo visible en El etnógrafo debe subrayar el pudor de los wichis y su estrategia de no sostener la frontalidad de la mirada. En este gesto recurrente se asiste a una nueva distribución de lo visible, dado que los sujetos visibilizados son renuentes a mirar a sus interlocutores (tanto a John Palmer como a los entrevistadores, a pesar de que las entrevistas son presentadas como falsos monólogos). En la interacción de estas tres manifestaciones del fuera de campo se asienta un régimen de lo visible atento a subrayar sus propias limitaciones. De este modo, en la práctica sustractiva emprendida en El etnógrafo se señala la necesidad de puntualizar lo ausente, lo no representado, y se postula a lo invisible como condición de posibilidad de lo visible.

Veliz El etnógrafo (Ulises Rosell, 2012) (3)En concordancia con esta estética sustractiva, la política de lo audible puesta en juego también indica la conformación de un acceso parcial, fragmentario e incompleto a la otredad. En su inicio, la voice over en inglés de John Palmer anticipa el abismo idiomático que se presentará, a lo largo del documental, como trazo lingüístico de la alteridad. El idioma inglés lo posiciona en un espacio otro tanto en relación con la comunidad Lapacho Mocho como en relación con su inclusión en un documental argentino. La otredad se piensa, en esta instancia inaugural, en términos discursivos. A partir de allí, dado que el antropólogo es trilingüe, se concibe no solo como un enlace, sino como un traductor. La voz de los wichis se introduce en el documental a través de la mediación de Palmer. Su carácter lindero se manifiesta también en esta vinculación con el lenguaje. Al mismo tiempo, los tres idiomas articulados en El etnógrafo se enlazan, mayoritariamente, con alguna dimensión experiencial diversa: el español está orientado a reponer la biografía del antropólogo; el inglés resulta básicamente empleado como lenguaje filial, dado que es el usado con su madre y con sus hijos; el wichi aparece en el diálogo con su pareja y con los miembros, y entre los miembros, de la comunidad.

Esta disgregación lingüística se complejiza por su imbricación con los diferentes planos de procedencia de las voces. Si la entrada al documental se realiza a través de una voice over, luego se apela a falsos monólogos en español, a la voz en off en inglés de la madre en una conversación telefónica, a los diálogos registrados en wichi, a las declaraciones de Qa’tu en español, a los relatos en wichi que Palmer traduce. Tres de estas dimensiones de lo audible merecen destacarse. Por una parte, si se mencionó que la observancia de la cultura del pudor wichi conduce a la no correspondencia de la mirada del cineasta, una situación semejante se produce en el dominio sonoro: la voz apenas susurrante, esquiva a los volúmenes altos, se desliza en el documental y plantea una política de lo audible centrada en lo esbozado y sugerido. Por otra parte, las leyendas de la tradición wichi están ineludiblemente referidas por los contemporáneos o por el antropólogo. De esta manera, se precisa la relación de superposición y/o relevo que se establece entre la voz de Palmer y la de los wichis. Finalmente, se incluye un relato en primera persona de Qa’tu, el wichi acusado de haber violado a una menor[13]. Si bien en esta escena, clave en la economía argumentativa de El etnógrafo, se acepta la política de ceder la palabra a la otredad, ese riesgo es conjurado por la vinculación crítica que se postula entre su testimonio y lo visible. La no correspondencia entre la palabra y la imagen (conformada por imágenes de carácter casi abstracto) introduce un quiebre en la transparencia del testimonio y dificultad la mera asignación de las vías materiales del cine a estos actores sociales alterizados. En todos los casos, se conforma una política de lo audible dedicada a cartografiar los quiebres de las voces, la no transparencia de los discursos, los conflictos lingüísticos que emergen en toda relación con la otredad.Veliz El etnógrafo (Ulises Rosell, 2012)

Las políticas figurativas de la otredad pueden variar entre la grieta sutil que desarma la cesión de la imagen y la palabra practicada en Bonanza y la inclusión de mediaciones (maquínicas y subjetivas) elaborada en El etnógrafo. Al respecto, debe tenerse en cuenta que en los diez años que median entre los dos documentales dirigidos por Rosell se llevó a cabo en Argentina no solo un desmontaje de las políticas neoliberales radicalizadas durante los años noventa, sino una intervención continua sobre las tradiciones del cine documental. A diferencia de las respuestas iniciales propuestas ante la irrupción de la crisis del 2001 (oscilantes entre la actualización del cine político latinoamericano y el cine observacional, del que Bonanza es en parte deudor), en El etnógrafo se evidencia ya una notoria desconfianza en torno al alcance estético y político del simple registro.

Más allá de las diferencias existentes, en ambos films se exploran las potencialidades de las estéticas sustractivas y se reflexiona en torno a los regímenes de lo visible y las políticas de lo audible que regulan la figuración de la alteridad. Así, se retoma el valor de indagar la distribución de lo sensible en su proximidad con los límites de lo pensable y lo actuable. En este sentido, el cine documental puede constituir un territorio apropiado para desmantelar las estrategias informativas centradas en la visibilidad absoluta y para desorganizar la circulación cristalizada de los discursos. En la puesta en valor de la tensión entre lo dicho y lo no dicho, lo visto y lo no visto, lo percibido y lo no percibido, se vislumbra la potencia de las políticas figurativas fragmentarias y laterales, implementadas por cierto documentalismo argentino contemporáneo, para dar cuenta de la complejidad del vínculo entre la mismidad y la otredad.

 

Bibliografía

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Notas

[1] La categoría “régimen escópico”, propuesta por Christian Metz en El significante imaginario: psicoanálisis y cine, se propone explorar la especificidad de la forma de mirar del cine y su imbricación con determinados condicionamientos sociales. Martin Jay recupera y complejiza la categoría metziana en Campos de fuerza y Ojos abatidos. Allí, Jay sugiere la necesidad de desarrollar un estudio de la visualidad que incluya, y exceda, los términos fisiológicos y fenomenológicos. En su argumentación, la visión debe analizarse en su confluencia con diversas  dimensiones sociales y culturales, así como tecnológicas e ideológicas.

[2] Jacques Rancière plantea, en los distintos ensayos comprendidos en El destino de las imágenes (2011), Las distancias del cine (2012) y El espectador emancipado (2013), su concepción del arte como una práctica distributiva de lo sensible. En este sentido, el arte y la política coincidirían en su capacidad para intervenir en la circulación de la palabra y la imagen. En ambos casos, su eficacia depende de la posibilidad de articular procedimientos que desafíen las reparticiones de las voces y los cuerpos, los espacios y los discursos, implementadas desde el poder.

[3] Una referencia ineludible al respecto lo constituye “Criminalización y culturización de la pobreza” de João Camillo Penna (2009). También pueden consultarse los ensayos reunidos en Más allá del pueblo de Gonzalo Aguilar.

[4] En la célebre taxonomía propuesta por Bill Nichols en La representación de la realidad, se trata de documentales que participarían de la modalidad de observación, definida como aquella que “hace hincapié en la no intervención del realizador. Este tipo de películas ceden el ‘control’, más que cualquier otra modalidad, a los sucesos que se desarrollan delante de la cámara” (1997: 72).

[5] En un breve repaso podrían mencionarse Yatasto (Hermes Paralluelo, 2011), Parador Retiro (Jorge Leandro Colás, 2008), Unidad 25 (Alejo Hoijman, 2008), Caja cerrada (Martín Sola, 2008), Puentes (Julián Giulianelli, 2009) y Pulqui, un instante en la patria de la felicidad (Alejandro Fernández Mouján, 2007). En “El arte de la observación”, Javier Campo propone un lúcido análisis del cine de observación latinoamericano contemporáneo. En “La observación y el acontecimiento”, Emilio Bernini, Tomás Binder y Silvia Schwarzböck realizan una entrevista a tres realizadores de documentales de observación: Alejo Hoijman, Gastón Solnicki y Jorge Leandro Colás.

[6] Los documentales dirigidos por Fernando Solanas en este período, Memorias del saqueo (2004), La dignidad de los nadies (2005), Argentina latente (2007) y La próxima estación (2008), entre otros, funcionan como representantes privilegiados de esta tendencia. Se trata de documentales que participan de la modalidad expositiva definida por Bill Nichols (1997).

[7] Gustavo Aprea, en “Dos momentos en el uso de los testimonios en autores de documentales latinoamericanos”, lleva adelante un ejercicio comparativo entre documentales realizados por un mismo conjunto de cineastas latinoamericanos (Mario Handler, Fernando Solanas y Octavio Getino, Patricio Guzmán y Eduardo Coutinho) en dos períodos diferentes: la fase de auge del cine político, básicamente comprendido entre las décadas del sesenta y el setenta, y el cine contemporáneo realizado en la clausura del siglo XX y los años transcurridos del siglo XXI. En su análisis de Chile, la memoria obstinada (Patricio Guzmán, 1996), Aprea condensa un aspecto clave derivado de esta confrontación: “Los que cuentan su historia ya no son solo la expresión de un grupo social. Son individuos reconocibles cuya experiencia personal  se conecta con la de otros para darle forma a una memoria colectiva, que lejos de aparecer como homogénea se presenta como un espacio de contradicciones y conflictos” (2010).

[8] Si el fuera de campo constituye un recurso clave para pensar el funcionamiento del dispositivo de lo visible, también resulta nodal para evaluar la no introducción en el cuadro de los integrantes del equipo técnico y del realizador. Si bien “Bonanza” mira esporádicamente a un interlocutor invisible, el cineasta se constituye también como una ausencia. En este sentido, Bonanza parece coincidir con un diagnóstico extendido en el cine argentino de la clausura del siglo XX: la cesión de la imagen y la palabra requiere la (parcial y tentativa) supresión del cineasta.

[9] Aunque se trata de música compuesta por Kevin Johansen, y no música perteneciente a una banda dedicada específicamente a la cumbia.

[10] La exploración de las condiciones de producción y de la configuración del discurso documental puede relacionarse con la expansión de la modalidad reflexiva en la taxonomía propuesta por Bill Nichols. Entre los documentales reflexivos del período pueden destacarse: Los rubios (Albertina Carri, 2003), Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Lorena Muñoz y Sergio Wolf, 2003), Cándido López, los campos de batalla (José Luis García, 2005), Fotografías (Andrés Di Tella, 2007).

[11] Debe tenerse en cuenta que entre los wichis y el realizador y su equipo se establece una distancia social, lingüística, cultural, religiosa y étnica.

[12] En el documental se privilegia el caso de Qa’tu, preso por haber formado pareja y mantenido relaciones sexuales con una menor de edad indeterminada. El caso ilustra las dificultades, o imposibilidades, de evaluar las costumbres de la comunidad wichi a partir de las regulaciones impuestas por la justicia argentina. En su caso se condensa tanto la concepción de una otredad radical como el mencionado peligro de ser visibles ante los representantes del poder institucional.

[13] Mónica Tarducci explora, en “Abusos, mentiras y videos. A propósito de la niña wichi”, la complejidad de esta acusación. Allí, la autora despliega un análisis notable de las tensiones existentes entre los abordajes relativistas y universalistas en relación con la violación de derechos.

El héroe en el documental histórico cubano: El llamado de la hora

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Ignacio Del Valle Dávila

Resumen

A finales de los años sesenta, el ICAIC produjo un ciclo de films sobre las guerras de independencia cubanas llamado los Cien años de lucha. En esos documentales y ficciones se relacionaba el proceso de independencia del país con la Revolución Cubana. Este artículo estudia ese ciclo a partir de uno de sus documentales menos conocidos, El llamado de la hora (Manuel Herrera, 1969), que establece una relación especular entre dos héroes nacionales: Antonio Maceo y Ernesto Guevara. A partir del film se analizan las estrategias de hibridación entre documental y ficción del cine cubano de la época y el discurso del “sacrificio revolucionario” promovido por las autoridades.

Palabras clave

Cien años de lucha, microcosmos, recreación, archivo, sacrificio

Summary

At the end of the sixties, the ICAIC produced a cycle of movies about Independence Cuban wars, known as the ‘One hundred years of struggle’. These documentaries and fictions films associated the independence process to the Cuban Revolution. This paper study this cycle based on one of his lesser known documentaries, El llamado de la hora (Manuel Herrera, 1969). The film found a mirrored symmetry between two national heroes: Antonio Maceo and Ernesto Guevara. Based on the film, I analyze the hybridization strategies between documentary and fiction, as well as the discourse of ‘revolutionary sacrifice’ promoted by the authorities.

Keywords

‘One hundred years of struggle’, microcosm, reconstruction, archive, sacrifice.

Resumo

No final dos anos 1960, o ICAIC produziu um ciclo de filmes sobre as guerras da independência cubana chamado os Cem Anos de Luta. Esses documentários e ficções relacionavam o processo de independência do país com a Revolução Cubana. Este artigo visa estudar esse ciclo a partir de um dos seus documentários menos conhecidos, El llamado de la hora (Manuel Herrera, 1969), que estabelece uma relação especular entre dois heróis nacionais: Antonio Maceo e Ernesto Guevara. A partir do filme, são analisados tanto as estrategias de hibridação entre documentário e ficção do cinema cubano da época quanto o discurso do “sacrifício revolucionário” promovido pelas autoridades.

Palavras-chave

Cem Anos de Luta, microcosmos, recriação, arquivo, sacrifício.

 

Datos del autor

Doctor en cine por la Universidad Toulouse II y ha realizado un posdoctorado en historia en la Universidad de São Paulo. Actualmente es profesor colaborador en la Universidad de Campinas, donde desarrolla un segundo posdoctorado sobre cine cubano (becario CAPES). Es autor de los libros Cámaras en trance: el Nuevo Cine Latinoamericano, un proyecto cinematográfico subcontinental (2014) y Le Nouveau Cinéma latino-américain (1960-1974) (2015), entre otras publicaciones.

Fecha de recepción: 29 de septiembre de 2015
Fecha de aprobación: 12 de noviembre de 2015

Un film al pie de página

Entre 1968 y 1971, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) produjo un ciclo de documentales y de films de ficción conocido como los Cien años de lucha. Esas realizaciones se enmarcan en las celebraciones del centenario del inicio de la primera guerra de independencia cubana, la Guerra de los Diez Años (1868 – 1878). Con motivo de la efeméride, las autoridades culturales fomentaron el desarrollo de producciones artísticas, artículos de prensa y debates intelectuales que mostraban aquel conflicto bélico como el comienzo de la lucha de liberación cubana. Lucha que había alcanzado con la revolución de 1959 una de sus fases superiores, pero que continuaba presente en los desafíos diarios que enfrentaba la comunidad nacional. Los trabajos voluntarios en las zafras de café y azúcar y las nacionalizaciones de pequeños comercios y empresas durante la llamada Ofensiva Revolucionaria (iniciada en 1968) fueron revestidos oficialmente de la épica de los rebeldes “mambises” que se alzaron contra el colonialismo español. A ese imaginario prontamente se unió la figura de Ernesto Guevara, muerto en Bolivia poco antes, y en cuyo honor 1968 fue bautizado como “el año del guerrillero heroico”. El relato fundacional de la nación y la imagen del Hombre Nuevo confluían en un mismo discurso, que conminaba a la comunidad a emular los sacrificios revolucionarios de los héroes de la nación.

Esta etapa coincide con un periodo de dificultades para el régimen cubano en los ámbitos interno y externo. La muerte de Guevara había significado un serio revés a su política de solidaridad tricontinental, las dificultades económicas hacían a Cuba cada vez más dependiente de la URSS y el apoyo de Castro a la ocupación soviética de Checoslovaquia (1968) había suscitado un primer distanciamiento con la intelectualidad de izquierdas europea. En el campo cultural, el periodo coincidió con un mayor control de los intelectuales y artistas que se agudizaría en el decenio siguiente. Los límites de este texto imposibilitan ahondar en estas cuestiones; sin embargo, me parece necesario mencionarlas a fin de mostrar que el auge de una producción artística que celebraba las narrativas fundacionales y los héroes de la nación estuvo asociado a un momento de crisis, en que la dirección revolucionaria miró al pasado en busca de sustento.

Los films de los Cien años de lucha se hallan en lo que María Luisa Ortega llama el “corazón político revolucionario” (2008: 88), puesto que tienen una fuerte sintonía con el discurso oficial de la revolución, en lugar de situarse en sus márgenes. Entre ellos, están los largometrajes de ficción Lucía (Humberto Solás, 1968),La odisea del general José (Jorge Fraga, 1968) La primera carga al machete (Manuel Octavio Gómez, 1969), Páginas del diario de José Martí (José Massip, 1971)y algunos mediometrajes documentales como Hombres de mal tiempo (Alejandro Saderman, 1968), Médicos mambises (Santiago Villafuerte, 1969), 1868-1968 (Bernabé Hernández, 1970) y El llamado de la hora (Manuel Herrera, 1969).

En este artículo, me aproximaré a ese ciclo de cine histórico a partir de este último film. Se trata de un mediometraje que no se encuentra entre las grandes producciones de la época y que ha sido poco estudiado por la investigación universitaria, cuando no totalmente olvidado o relegado a notas a pie de página. Con ello no pretendo en absoluto “descubrir” una obra maestra injustamente olvidada, ni tampoco encumbrar un nuevo “autor” en el canon latinoamericano –cayendo en la trampa de una política de los autores que aún profiere prolongados estertores. Entiéndase bien, no es ni el virtuosismo formal, ni la excepcionalidad creativa de El llamado de la hora (Manuel Herrera, 1969, 35 min), lo que hacen del film un objeto de estudio pertinente. Su interés radica, más bien, en la posibilidad que brinda para analizar cómo el discurso de promoción oficial de los Cien años de lucha permeó los distintos niveles de la producción cubana de la época, llegando hasta productos fílmicos considerados tradicionalmente como “menores”. En definitiva, cómo se convirtió en una de las principales líneas programáticas del ICAIC entre 1968 y 1971.[1] El afán que orienta estas páginas se inspira en la idea ginzburguiana de que un pequeño fragmento desapercibido, obliterado o simplemente ignorado, puede “plantear implícitamente una serie de indagaciones” sobre su época. El estudio de una obra quizás “destituida de interés por sí misma”, “puede ser investigado como un microcosmos” que ayuda a entender la cultura de su tiempo (Ginzburg, 2006: 10, 20).[2]

No se trata solo de analizar el “microcosmos” del ciclo de los Cien años de lucha –que por su escasa duración y número de producciones ya es en sí un microcosmos–, sino que, de manera más amplia, utilizarlo para estudiar algunas cuestiones que cruzan la producción cubana del periodo. Como analizaré más adelante, este mediometraje permite aseverar que el trabajo de hibridación de los códigos ficcionales y documentales, característico del cine cubano de la época, encontró un espacio privilegiado no solo en sus grandes producciones, sino también en sus films menos destacados. Lo que planteo aquí no es que los discursos y recursos de los largometrajes y documentales más premiados del momento, o más celebrados por la crítica, hayan influido unidireccionalmente en esos productos obliterados, sino que existió una lógica de transferencias entre ellos, una circularidad entre estas obras o, más exactamente, una circularidad de los conceptos y principios de los Cien años de lucha y de las problemáticas y soluciones estéticas en torno a los límites entre documental y ficción.[3]

La noción de microcosmos aplicada al cine es cercana al término, extremadamente sugestivo, de microhistoria en movimiento, acuñado por Sylvie Lindeperg, si bien en su caso el microcosmos al que circunscribe su trabajo no es una obra secundaria sino la célebre Noche y neblina (1955) de Resnais: “Es entonces bajo el signo de una historia de miradas que operan variaciones de escalas y cambios de focal que he retomado mi trabajo sobre el film de Resnais. Más que una monografía lo que propongo aquí es una microhistoria en movimiento observando largamente el objeto para moverlo, a continuación, en el espacio y en el tiempo” (2007: 8). Evidentemente, en estas breves páginas no podré desarrollar un ejercicio de observación de esa amplitud, ni tampoco un análisis indicial aplicado a El llamado de la hora, pero me contentaré, al menos, con tratar de delinear su boceto.

Un paso más

En 1969, cuando realizó El llamado de la hora, Manuel Herrera llevaba prácticamente una década trabajando en el ICAIC, al que había llegado con 18 años. A pesar de que su incorporación en las filas del instituto cinematográfico se remontaba a los inicios de este, a Herrera no le habían sido confiados grandes proyectos fílmicos antes de la realización de El llamado de la hora, lo que probablemente se explique por su juventud. Antes de acceder a la realización, había sido asistente de dirección de tres largos de ficción: Las doce sillas (Tomás Gutiérrez Alea, 1962), la coproducción cubano-checoslovaca Para quién baila La Habana (Vladimir Cech, 1963),[4] Cumbite (Tomás Gutiérrez Alea, 1964) y del documental Guantánamo (José Massip, 1967) (Díaz, Del Río, 2010: 161). Durante la segunda mitad de los años sesenta, adscrito al Departamento Científico Popular, dirigió seis cortometrajes, cada uno con alrededor de 15 minutos de duración, dentro del formato conocido en Cuba como “didáctico” (documentales destinados a la educación masiva). Al igual que Herrera, en este género fílmico debutaron una parte considerable de los cineastas que se integraban al ICAIC, por lo que podría decirse que el epíteto “didáctico” no estaba únicamente orientado al público, pues eran también un ejercicio “didáctico” para los directores. El ganado porcino (Cría Porcina, 1965), la reutilización de algunos materiales básicos (Papel… vidrio… metal…, 1966), las nuevas técnicas de ganadería (Ganado, 1967), el traslado de azúcar(Granel, 1968), las actividades de la Agrupación Básica Agropecuaria Cauto (Valle del Cauto, 1968) y la gimnasia (Y…, 1968) constituyen los variados temas que Herrera había abordado en su breve filmografía.[5] El estreno de tres de sus seis primeros films en 1968 permite deducir que las autoridades del ICAIC comenzaban a confiarle cada vez más responsabilidades, presumiblemente satisfechas con su desempeño, lo que es corroborado con la realización de El llamado de la hora, una producción de mayor tamaño, presupuesto y duración que las anteriores. Probablemente consciente de que El llamado de la hora significaba un avance en esa carrera por etapas, Herrera se refirió al nuevo filme, en las páginas de la revista Cine Cubano como “indudablemente mi película más importante” (Guevara, 1969: 98).

La de Herrera, es más o menos la misma trayectoria que seguía la mayoría de los realizadores que se formaron en el ICAIC: inicios en la asistencia de dirección; paso obligado por los departamentos de documental o de films didácticos; paulatina atribución de proyectos de mayor envergadura, a la espera de la anhelada –y muchas veces tardía– autorización para dirigir largometrajes de ficción –en el caso de Herrera la comedia No hay sábado sin sol, estrenada en 1979… casi veinte años después de que el cineasta ingresase al ICAIC.

En El llamado de la hora, Herrera estuvo acompañado por Pablo Martínez, a cargo de la fotografía, Ricardo Istueta, responsable del sonido y Edelmira Lores, que se encargó del montaje –aspecto del film sobre el que volveré ampliamente. Para la banda sonora contó con el trabajo del Grupo de Experimentación Sonora, fundado por el ICAIC ese mismo año de 1969 y entre cuyos miembros se encontraban los célebres cantautores Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola.[6] No es la única colaboración del grupo con el ciclo de los Cien años de lucha, bastante más conocida es la participación de Pablo Milanés como el personaje del trovador de La primera carga al machete.

Intervalos entre la ficción y el documental

El llamado de la hora propone un paralelo explícito entre las trayectorias de Antonio Maceo, héroe de la independencia cubana[7] y de Ernesto Che Guevara. De acuerdo con el discurso del film, ambos compartirían no solo un mismo espíritu de sacrificio revolucionario, sino que muchas de sus acciones guardarían una cierta simetría. Para resaltar esta relación especular, en el mediometraje se entremezclan espacios y tiempos históricos diferentes, por medio de un montaje alternado, que pone en escena las principales acciones de Maceo en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y en la Guerra de la Independencia (1895-1898), por un lado; y las de Guevara en las luchas contra el régimen de Batista (1956-1959) y la fallida expedición en Bolivia (1966-1967), por otro. El hecho de que ambos líderes hayan dirigido, en dos momentos históricos diferentes, una incursión militar desde el Oriente de Cuba hasta el Occidente de la isla es uno de los puntos de partida de esa comparación. El paralelo entre ambas campañas es evocado, aunque no explicado explícitamente. El film asume que los espectadores cubanos conocían ambos procesos y que ya estaban familiarizados con esa comparación, pues ella había sido tradicionalmente promovida por la prensa y las instituciones educativas y culturales cubanas.

Para recrear eltiempo histórico de la independencia cubana, el film explora los límites entre documental y ficción, por medio de la recreación, con actores, de algunos episodios de las campañas militares de Maceo y de una “entrevista” al capitán general español, Valeriano Weyler. Hay también numerosas recreaciones de las luchas de los barbudos en la Sierra Maestra. Se trata de un procedimiento similar al que desarrolló ese mismo año Manuel Octavio Gómez en el largometraje La primera carga al machete. En ese sentido, en las recreaciones de ambos films se incorporaron algunos principios del cine directo y del cinéma vérité, como la entrevista, la cámara al hombro y el plano secuencia. A ello se añade, en algunas escenas, una voice over periodística que recuerda las primeras ediciones delNoticiero ICAIC Latinoamericano.Esos procedimientos permitían “actualizar” la temática de las guerras de independencia, al abordarlas con técnicas del documental de los años sesenta, al tiempo que servían para destacar sus similitudes con la Revolución Cubana. Con todo, la utilización de los procedimientos del cine directo para recrear un episodio histórico cuenta, al menos, con un antecedente fuera de Cuba, el docudrama Culloden (Peter Watkins, 1964), una recreación de la batalla homónima que enfrentó a las tropas jacobitas y al ejército británico en 1746 (Chanan, 2004: 304, Juan-Navarro, 2006: 108).

Pero a diferencia de Culloden, los dos films cubanos, al recrear las guerras de independencia utilizan una fotografía sobreexpuesta en blanco y negro que intenta reproducir la estética de los primeros noticieros del cine silente (particularmente los noticieros norteamericanos de la guerra de Cuba) y las fotografías de época de los mambises.[8] Se pretende con ello imitar los aparatos de los albores del cine, pero no así sus técnicas. Con todo, como ha señalado agudamente Alicia Aisemberg, este recurso tiene un valor expresionista que se distancia drásticamente del naturalismo (2012: 12). De lo dicho hasta aquí podría concluirse que El llamado de la hora –film menor– se limita a recorrer el camino emprendido, casi en paralelo, por La primera carga al machete –film mayor–, sin embargo, otros elementos del mediometraje de Herrera nos muestran que tanto su estructura, como su concepción del tiempo histórico son aún más complejas que las del célebre largometraje.

La primera diferencia a tener en cuenta es que El llamado de la hora incorpora distintos tiempos históricos de manera explícita, mientras que La primera carga al machete se centra apenas en el inicio de la primera guerra de independencia cubana y establece implícitamente paralelos con el presente en el que fue producida. La segunda, es la presencia de abundante material de archivo en el film de Manuel Herrera. Esos dos aspectos están relacionados entre sí. En El llamado de la hora el material de archivo es utilizado, por lo general, paramostrar el pasado inmediato: la incursión de Guevara y Cienfuegos en el occidente de Cuba; el discurso de Ernesto Guevara en el memorial de Antonio Maceo el 7 de diciembre de 1962 (aniversario de la muerte del líder afro-cubano); algunas imágenes del General René Barrientos, el gobernante boliviano durante la tentativa revolucionaria del Che en ese país, etc. También hay, aunque en menor medida, algunas fotografías y grabados de las guerras de independencia de Cuba. Los archivos a los que acude el film son extremadamente heterogéneos y están formados por fragmentos del Noticiero ICAIC Latinoamericano, dirigido por Santiago Álvarez; otros noticiarios no identificados; recortes de prensa de los siglo XIX y XX; fotografías y registros sonoros de las comunicaciones entre Guevara y Cienfuegos durante la invasión del occidente cubano, etc.

Pueden percibirse en el material utilizado, algunas de las grandes cuestiones que Sánchez-Biosca ha atribuido al archivo visual: “su función de huella de un instante, su persistencia hasta la conversión en ícono, su migración por canales distintos del circuito mediático, su posible reversibilidad para usos alternativos, su inscripción en la memoria colectiva” (2014: 82). Utilizaré un ejemplo para explicar cómo se da esto en el film: el archivo del discurso pronunciado por Ernesto Guevara, el 7 de diciembre de 1962, reúne las condiciones para ser considerado la huella de un instante, es decir, un punto específico en la biografía de Guevara y en la situación política cubana. La primera vez que lo muestra, el film refuerza la historicidad de este material de archivo, conservando la voice over original y los créditos finales de la edición del Noticiero ICAIC Latinoamericano, del que provienen las imágenes. Sin embargo, la muerte de Guevara en 1967 y su mitificación oficial –a la que contribuyeron El llamado de la hora y otros films de archivo como Hasta la victoria siempre (Santiago Álvarez, 1967)– permiten que ese mismo material de archivo adopte una fuerte carga icónica, pase a ser la imagen fosilizada del héroe desaparecido –y sobre todo su palabra, en caso particular– y que el film reutilice el material con el objetivo de fomentar una determinada interpretación de este en la memoria colectiva.

El registro del discurso, pronunciado por el Che en honor a Maceo es uno de los principales elementos estructurales de El llamado de la hora.Es utilizado reiteradamente para enlazar a los dos héroes cubanos, sirviendo como punto de anclaje de la narración. El film vuelve a esa ceremonia –particularmente al audio del discurso– en diversos momentos, con el objetivo de explorar, a partir de las palabras del Che, nuevos matices del paralelo entre los dos héroes y entre los dos momentos históricos. En su discurso, el comandante argentino-cubano comparó los sacrificios de Maceo durante las guerras de independencia, con la actitud que debía asumir la sociedad cubana ante las amenazas estadounidenses. Aunque la denuncia del “imperialismo” es una constante en los discursos de los dirigentes revolucionarios, en este caso específico los conceptos de unión, decisión y sacrificio que enfatizó Guevara tenían una resonancia particular, puesto que eran pronunciados pocas semanas después de la crisis de los misiles[9]. Sin embargo, El llamado de la hora disloca el discurso de su contexto original, haciendo que en algunas escenas las palabras de Guevara sirvan como comentario en voice over de las campañas militares del propio Guevara y no de las de Maceo o de la crisis de 1962. De esta manera, el Che se convierte en la principal voice over del mismo film del que es uno de los objetos.

Siguiendo a Sánchez-Biosca (2014: 88), se puede afirmar que la manera de utilizar los archivos que emprende Herrera, lleva a que estos pierdan su singularidad. No hay un examen minucioso de esos materiales, no se ahonda en sus tensiones internas, sus lagunas, sus espacios ambiguos. Su ritmo original queda, en definitiva, ahogado por el “montaje todopoderoso”. Ahora bien, es necesario tener presente que el film nunca buscó indagar en el universo interior de los archivos, sino más bien utilizarlos como elementos de un collage. Las imágenes de archivo, las recreaciones, la música compuesta por el Grupo de Experimentación Sonora, son retazos de materia bruta que solo son incorporados al montaje en la medida en que sirven para construir un nuevo discurso fílmico. El montaje es, pues, la piedra angular de esa construcción heteróclita. En este sentido, Herrera se mantiene en una línea que va de Santiago Álvarez a Coffea Arabiga de Guillén Landrián y que incluye buena parte del documental cubano de la segunda mitad de los años sesenta –y parte del latinoamericano (Ortega, 2009). En el caso específico de la carrera de Herrera, El llamado de la hora es un antecedente directo de Girón, su film más conocido, donde el director incorporó recreaciones, entrevistas, material de archivo y escenas de films bélicos norteamericanos, para recrear la Invasión de Bahía Cochinos (1961). Aunque el film fue realizado entre 1968 y 1969, es decir, más o menos en la misma época que El llamado de la hora solo fue estrenado en 1973, porque su propuesta fue considerada como demasiado arriesgada para el momento (Díaz, Del Río, 2010: 161).

La noción de intervalo de Vertov y, más concretamente, su afán por construir un film con imágenes de diferentes procedencias –la famosa metáfora del cuarto de doce muros de diversas partes del mundo (Vertov, 1972: 29-30)– puede servir para explicar la forma en que se estructuran esos materiales heterogéneos en el caso de los films cubanos puesto que lo que importa en ellos es la correlación visual entre diferentes imágenes, sin importar su origen.[10] Ahora bien, al hablar de orígenes heterogéneos no me refiero exclusivamente a la procedencia de los archivos, sino también al carácter ficcional o documental de todo el material que converge en la construcción del film. Lo que interesa aquí no es la vieja querella sobre los límites del documental o sus diferencias con la ficción, sino colocar el film, como diría Català Domènech, “bajo la luz del imaginario del objeto”, mediante lo cual tanto los elementos ficcionales como los documentales “desvelan su condición primera, la de productores de objetivaciones, es decir de imágenes” (2006: 118). Esa “condición primera” permite que se relacionen en el film todo tipo de imágenes en busca de crear nuevos significados y reflexiones. Con ello no se abandona en absoluto un anhelo por reponer lo real a través del cine, pero el camino emprendido para ello se encuentra en las antípodas de la concepción bazaniana del cine como continuidad del mundo físico (Campo, 2012: 8-11).

Veamos cómo se construye esa correlación visual en algunas de las secuencias que comparan los dos tiempos históricos que aborda El llamado de la hora. La narración parece decirle constantemente al espectador: “así como el Che hizo esto, Maceo hizo aquello”, o bien “así como los militares bolivianos han hecho esto, los españoles hicieron eso”. Buena parte de las escenas del siglo XX encuentran un correlato en escenas situadas en el siglo XIX. Así por ejemplo, el noticiero con el discurso del Che, encuentra su equivalente en un “noticiero” ambientado en 1896 y la invasión de Camilo Cienfuegos y Guevara, su equivalente en la invasión de Maceo. Pero lo que resulta más interesante es que la recreación de la Guerra de Independencia cubana es realizada tomando como modelo el material de archivo de procesos revolucionarios de los años cincuenta y sesenta. En otras palabras, la puesta en escena tanto de los mambises como de los líderes españoles tiene como referente visual inmediato material de archivo de carácter documental filmado pocos años antes de la película. Herrera inserta escenas ficticias de La Habana de 1896 donde la cámara copia los movimientos y los ángulos de las tomas de un noticiario filmado en Bolivia en la época de la muerte de Ernesto Guevara. Los actores emulan de forma casi coreográfica los movimientos y los gestos de los individuos que aparecen en esos noticiarios y se establecen paralelos entre los espacios arquitectónicos. Ambos, noticiario y copia, son montados en paralelo. Primero vemos un plano de conjunto de un grupo de soldados frente al Palacio de los Capitanes Generales de La Habana que forman en posición de firmes. Al fondo del plano, Weyler y sus ayudantes se apean de un carruaje. Un letrero superpuesto a la imagen identifica al militar español: “Valeriano Weyler. Marqués de Tenerife. Capitán General de la Isla de Cuba”. La cámara se pone en movimiento y sigue Weyler y su comitiva hacia el interior del palacio. A continuación, se muestra una toma prácticamente idéntica, pero esta vez del palacio Quemado. Los soldados también se cuadran, un hombre desciende de un Mercedes e ingresa a palacio seguido de sus hombres y del cámara. Un segundo letrero nos informa la identidad del personaje: “René Barrientos, General de Aviación, Presidente de la República de Bolivia” (Fig. 1 y 2). En los siguientes planos se alternan tomas de la cámara siguiendo a ambas comitivas. Los hombres avanzan por los corredores de palacio, se saludan con golpes en la espalda, suben una escalera e ingresan en un despacho. Esta idea del “doble” es reforzada por la música de la escena, una marcha militar que repite insistentemente el mismo leitmotiv, con un tono ligeramente burlesco.

 

DelValle el llamado fig 1DelValleel llamado fig 2

(Figuras 1 y 2)

Aunque en la secuencia veamos primero a Weyler y después a Barrientos, puede decirse que el pasado inmediato (la época de Barrientos, del Che) es la llave para interpretar y reconstruir el pasado distante de la independencia. El siglo XIX no anticipa la actualidad, sino que es reconstruido a partir de ella, con tono irónico. Todo lo que precede a la revolución es explicado por la revolución, los héroes revolucionarios y los “agentes del imperialismo” de hoy no repiten los actos de los de ayer, sino que más bien lo contrario. Aquella vieja y manida frase de Marx de que en la historia todo aparece dos veces, “una vez como tragedia y la otra como farsa” (2003: 10), es escrupulosamente seguida por Herrera, solo que en orden inverso: la farsa es el pasado.

Velar al héroe

El título El llamado de la hora procede de una reflexión de Ernesto Guevara sobre la necesidad de comprometerse con la revolución tricontinental, como es mostrado explícitamente al comienzo del film. La cita de Guevara es exhibida en un intertítulo sobre fondo negro. Las palabras “el llamado de la hora” son primero destacadas y después separadas del texto. Al igual que en La hora de los hornos (Fernando Solanas, Octavio Getino, 1968), el título del film es una cita que destaca que ha llegado la hora de la lucha. Pero, a diferencia del film argentino, en el cubano esa hora no es un momento histórico específico en el que las condiciones materiales objetivas hacen de la lucha armada el camino indicado para la liberación, sino un tiempo constante o, mejor dicho, un ahora ampliado, un presente dilatado. Un ahora que sofoca las diferencias entre el pasado distante (la guerra de la independencia), el pasado inmediato (la lucha contra Batista, la campaña del Che en Bolivia) y el presente del momento de la producción. La lucha por la liberación es una batalla constante que exige un compromiso constante.

DelVallela hora de los hornos fig 3

(Figura 3).

Por otro lado, el título también alude a la noción de sacrificio, puesto que el “llamado de la hora” hace referencia a la hora de la muerte –algo que ya había sido apuntado por Solanas y Getino en la última secuencia de la primera parte de La hora de los hornos, con el célebre plano fijo de cuatro minutos del rostro del cadáver del Che (Fig. 3). El film de Herrera monumentaliza la muerte en combate de Antonio Maceo, en 1896 y hace lo mismo, indirectamente, con la muerte de Guevara, en 1967. Es, por encima de todo, esa muerte por la causa “revolucionaria” lo que hermana a Maceo y Guevara y los convierte en héroes-mártires de la revolución. En tanto mártires, son también un ejemplo para las generaciones futuras, como se encarga de poner de relieve la canción Su grito de guerra de Noel Nicola, que acompaña a los créditos iniciales y finales del film:

Al siglo llega una nueva luz desde su fusil

que pone al hombre en otra escala.

El continente vuelve los ojos al ver pasar

su muerte, su salto al futuro del mundo.

Su gesto como ametralladora que canta al sol

esboza la imagen de un héroe.

Su fibra humana salta los dogmas, se hace un lugar

para graduarse de hombre de plomo, de acero.

Los hombres hechos del mismo acero van a parar

a un mismo sitio de la historia,

proyectan una misma silueta en el porvenir

y en una voz se funde su grito de guerra.

La representación de la muerte de Maceo es particularmente interesante. En el momento en que el héroe es alcanzado por una bala, en pleno combate, se lo separa visualmente del resto de la batalla. Es encuadrado en contrapicado, a caballo, y la cámara se concentra en algunos detalles de la imagen, como el brazo extendido del jinete, sus botas, la espada empuñada que cae, las patas y la cabeza del caballo (Fig. 4 y 5). Esa manera de representar la muerte de Maceo tiene ciertos puntos en común con la forma en que anteriormente se filmó la estatua ecuestre de Máximo Gómez, mediante cortos planos detalle del machete que esgrime Gómez, el hocico de su caballo y las patas alzadas del animal (Fig. 6 y 7). El ritmo de la secuencia es otro, la lentitud de la muerte de Maceo es substituida, en el caso de la estatua, por una sucesión vertiginosa de planos que le dan movimiento al monumento. Sin embargo, es difícil no percibir las similitudes visuales entre ambas escenas. Es como si en el momento mismo de su muerte Maceo se convirtiese en monumento. Su sacrificio en nombre de la causa cubana, lo hace pasar a la posteridad, “su muerte, su salto al futuro”, como dice la canción del inicio. Se vuelve hombre de “plomo, de acero”… y de bronce.

DelValleel llamado fig 4DelValleel llamado fig 5

(Figuras 4 y 5).

 

DelValleel llamado fig 6DelValleel llamado fig 7

(Figuras 6 y 7).

Hay otro elemento que llama aún más la atención, y es que en esa escena no vemos nunca el rostro de Maceo con claridad. Siempre algo se interpone entre nuestra mirada y ese rostro, velándolo: o queda fuera del encuadre, o está fuera de foco, o el sombrero lo tapa, o está de espaldas o permanece a contraluz (Fig. 8 y 9). Tampoco lo vemos caer del caballo, el film elude ese momento mediante una breve elipsis que nos muestra primero al héroe tratando de aferrarse a las riendas y después al caballo galopando sin jinete (Fig. 10). Todos esos elementos que se interponen entre nuestra mirada y el rostro agonizante, funcionan como un dispositivo que media entre el deseo de acceder al absoluto –el rostro sacralizado del héroe y su muerte– y la imposibilidad de mostrar un absoluto que excedería la figuración. Percibimos sin ver totalmente, las formas se insinúan sin mostrarse, como si un velo se interpusiese entre ellas y nosotros.[11] Estamos ante lo que Stéphane Lojkine ha llamado el “dispositivo de la pantalla”:

“Cubrir con una pantalla implica un doble movimiento: es ocultar lo innombrable, pero aún así designarlo, indirectamente, sugiriendo a través de la imagen lo que hay detrás de ella […]. Es el gesto de Agamenón cubriendo su dolor entre sus manos ante el sacrificio de Ifigenia, es el gesto del hombre resguardando sus ojos para contemplar la luz prohibida de Dios. Lo que deseamos ver está siempre tachado, pero tiene significado precisamente porque está tachado. La pantalla permite captar la articulación esencial entre deseo y mímesis. Esta articulación es doble y encontramos aquí el doble umbral de la representación, umbral íntimo del dolor y umbral abierto hacia la exterioridad de lo sagrado” (2001: 51).

DelValleel llamado fig 8DelValleel llamado fig 9

(Figuras 8 y 9).

DelValleel llamado fig 10

(Figura 10).

Esta estrategia de representación es la opuesta a la emprendida en La hora de los hornos, donde el cadáver y el rostro muerto del Che son mostrados en toda su crudeza. Se trata de imágenes violentas destinada a agredir al espectador, a suscitar en él una revuelta que lo lleve a asumir el compromiso armado. No hay en ese film, más pantalla, que aquella sobre la que se proyectan las imágenes del cadáver.

Curiosamente, la muerte del Che prácticamente no es mencionada, ni desde luego tampoco mostrada en El llamado de la hora. Solo se alude a ella a través de recortes de prensa. En ese sentido, el deceso de Maceo es uno de los pocos elementos del film que no encuentra un doble explícito en Guevara. Tal vez, la proximidad temporal de la desaparición del argentino tornase esa alusión innecesaria. Sin embargo, considero más probable que las famosas imágenes del cuerpo del guerrillero no hayan sido utilizadas porque aún eran un objeto bastante sensible para las autoridades cubanas. En el film, el Che está vivo y en acción, a pesar de que ya en la época el espectador tuviese absoluta consciencia de su deceso. Con todo, forzando un poco la noción del “dispositivo de la pantalla” de Lojkine, y teniendo en cuenta la lógica especular del film, podría plantearse que la escena del deceso de Maceo funciona como la pantalla que nos permite entrever aquello que el film no nos puede mostrar: la muerte de Ernesto Guevara.

La comunidad

Por detrás de las operaciones de puesta en escena, por detrás del montaje, de las tensiones entre archivo y recreación, del ahora ampliado, hay una visión no solo de lo que significa ser un héroe revolucionario, sino que también de una comunidad cuyo reflejo idealizado se sintetiza en la figura del Hombre Nuevo. El sacrificio del héroe tiene algo de mito fundacional, pues carga de sentido a la comunidad, le otorga un origen, un destino común y, en última instancia, una forma de redención. Como afirma Ossa, el arte juega un papel fundamental en la constitución de ese “espíritu” de la comunidad: “El arte proyecta el volkgeist (el espíritu del pueblo) a través de alegorías que eliminan el desacuerdo entre pasado y presente, convirtiendo a la historia en un repertorio de acciones redentoras y juicios revolucionarios” (2013: 23).

El llamado de la hora sintetiza una concepción de la revolución como una lucha perenne, un proceso continuo donde cada acontecimiento busca un espejo en acontecimientos anteriores. Cada nuevo desafío exige de la comunidad un compromiso equivalente al de los héroes del pasado –“seremos como el Che”, reza desde 1968 el lema de los Pioneros cubanos. De esa manera, las dificultades de la Ofensiva Revolucionaria, las extenuantes jornadas de trabajos voluntarios en las zafras –particularmente en la “zafra de los 10 millones”, que comenzó poco después de la realización del film– quedaban oficialmente integrados a la lucha revolucionaria, con un estatuto no muy alejado al de las batallas de Maceo o de Guevara.

Sin embargo, en su afán por presentar un ahora continuo, El llamado de la hora termina por traicionarse, por abrir una fisura que deja entrever lo contrario de lo que se propone. La obsesiva búsqueda por que todo encuentre su equivalente, por que las recreaciones reproduzcan en su más mínimo detalle los gestos, los espacios, los movimientos del material de archivo, hace emerger irremediablemente la artificialidad del dispositivo pedagógico. Su lógica mecánica queda en evidencia, levantando sospechas sobre la propia artificialidad de esa interpretación oficial de la historia. Los juegos de repetición terminan por suscitar el escepticismo y llevan a desconfiar de las imágenes y de los intervalos, a reparar en las resistencias que esas mismas imágenes ofrecen a la idea de que Weyler y Barrientos, por un lado, y Maceo y Guevara, por el otro, “proyecten la misma sombra en el porvenir”.

 

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Notas

[1] Con todo, esa línea programática no impidió el desarrollo de otros trabajos distantes de ella, como muestra Ortega en su análisis de documentales situados en los márgenes del corazón político: Por primera vez (Octavio Cortázar, 1967), Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú (Octavio Cortázar, 1968), En la otra isla (Sara Gómez, 1968), Una isla para Miguel (Sara Gómez, 1968), Coffea Arábiga (Nicolás Guillén Landrián, 1968), entre otros. (Ortega, 2008).

[2] Esta aproximación metodológica, inspirada en los trabajos de Ginzburg, es deudora de los planteamientos de Fernando Seliprandy, que ha llamado la atención sobre las posibilidades que ofrece el “análisis indicial” ginzburguiano llevado al estudio de films (Seliprandy, 2015: 16).

[3] El concepto de circularidad –que Ginzburg atribuye a Bakhtin– está referido, en el caso del autor italiano al “influjo recíproco entre la cultura subalterna y la cultura hegemónica” o entre “cultura popular” y “cultura de las clases dominantes” (2006: 15). Al aplicarlo al caso cubano, no pretendo establecer una dicotomía entre dos “culturas” cinematográficas, sino que lo entiendo en forma más amplia, como una manera de poner de relieve la relación multidireccional que se estableció entre los principales films y cineastas del periodo y las obras y realizadores secundarios. Se trata, a fin de cuentas, de relativizar la noción de influencia.

[4] La producción de este film se enmarca en la larga serie de visitas a Cuba de cineastas y técnicos de Europa occidental y oriental a comienzos de los sesenta. El ICAIC invitó a numerosos realizadores a conocer sus instalaciones, dar cursos prácticos y realizar films, como una manera de dar a conocer el instituto internacionalmente y, a la vez, como una forma de que sus integrantes adquirieran los conocimientos necesarios para la realización cinematográfica. Al respecto ver los trabajos de García Borrero (2009), Villaça (2010) y Aguiar (2013).

[5] Sigo las escuetas indicaciones argumentales que entrega Juan Antonio García Borrero(2007: 159-347). No me ha sido posible acceder a esos films por lo que no estoy en condiciones de realizar el deseable ejercicio de establecer sus características formales y sus posibles vínculos con El llamado de la hora.

[6] Como explica Villaça, a finales de los años sesenta y comienzo de los años setenta el ICAIC acogió a técnicos y artistas de otras áreas, muchos de los cuales habían sufrido presiones políticas. En el caso de la música, el espacio de creación que supuso el Grupo de Experimentación Sonora, dirigido por Leo Brouwer, contribuyó al desarrollo de la nueva trova cubana (Villaça, 2010: 72).

[7] Antonio Maceo (1845-1896), fue uno de los jefes del Ejército Libertador cubano, apodado el Titán de Bronce por su origen afrocubano. Tomó parte de la Guerra de los Diez años (1868-1878) y al finalizar ese conflicto con la corona española se opuso al tratado de paz conocido como Pacto del Zanjón. En 1879 participó de la organización de la infructuosa Guerra Chiquita y posteriormente de la guerra de independencia iniciada en 1895. Murió en combate, en 1896, mientras intentaba juntarse con las tropas del general Máximo Gómez.

[8] La sobreexposición de la imagen y la cámara al hombro había sido utilizada, con anterioridad, en el primer capítulo del tríptico Lucía (Humberto Solás, 1968). Tanto este film como el de Manuel Octavio Gómez compartieron el mismo director de fotografía, Jorge Herrera.

[9]Crisis que enfrentó a los Estados Unidos con la Unión Soviética y Cuba. Tuvo lugar en octubre de 1962, tras el descubrimiento, por parte de los servicios de inteligencia estadounidenses, de la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla. Habitualmente se lo considera el episodio de la Guerra Fría en que se estuvo más cerca de un conflicto nuclear.

[10] Retomo aquí brevemente algunos aspectos de la relación entre el documental latinoamericano y la noción de intervalo que he abordado en un trabajo previo. (Del Valle Dávila, 2013)

[11] El mismo dispositivo se encuentra presente en la forma de representar a Máximo Gómez en La primera carga al machete: sus hombres describen las características físicas y la personalidad del líder pero nunca lo vemos con claridad, siempre aparece entre brumas, desenfocado o a contraluz.

Imágenes de la derrota y canciones de lucha: la nueva canción chilena en el cine cubano de solidaridad

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Carolina Amaral de Aguiar

 

Resumen

Este artículo analiza dos documentales musicales realizados en Cuba en los años setenta: El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… (Santiago Álvarez, 1973) y Un silbido en la niebla (Víctor Casaus, 1978). En ambos, los realizadores optan por abordar la trayectoria de algunos de los músicos centrales en el movimiento de la nueva canción chilena que fueron víctimas del golpe de Estado en Chile: Víctor Jara, asesinado en 1973, fue tema de la película de Álvarez; mientras que Ángel Parra, detenido en campos de prisioneros, es el personaje principal del documental de Casaus. Los dos filmes son fruto de las estrechas relaciones cinematográficas y musicales establecidas entre Cuba y Chile desde la Unidad Popular, y ambos atribuyen un papel narrativo a las canciones, contraponiendo sus mensajes de lucha a las imágenes de la represión.

Palabras claves

Documental musical; Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); Nueva canción chilena; Nuevo Cine Latinoamericano; Golpe de Estado en Chile; Cine de solidaridad

Summary

This article analysis two music documentaries that have been made in Cuba during the sixties: El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá (Santiago Álvarez, 1973) and Un silbido en la niebla (Víctor Casaus, 1978). Both of them have addressed the trajectory of some of the mainly musicians of the nueva canción chilena movement that have been affected by the coup d’état in Chili: Víctor Jara, murdered in 1973, is the subject of Álvarez’s film; while Ángel Parra, arrested in prisoner camps, is the main character of the Casaus’s documentary. Both films can be considered as a consequence of the close relationships in cinema and music that have been established between Cuba and Chili since the Popular Unity government. Furthermore, both documentaries have attached a narrative role to the songs, contrasting their political messages with images of the repression.

Keywords

Music documentary; Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); Nueva canción chilena; New Latin American Cinema; Coup d’ état in Chili; Solidarity cinema.

Resumo

Este artigo analisa dois documentários musicais realizados em Cuba nos anos 1970: El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… (Santiago Álvarez, 1973) e Un silbido en la niebla (Víctor Casaus, 1978). Em ambos, os realizadores optam por tratar da trajetória de alguns dos músicos centrais no movimento da nueva canción chilena que foram vítimas do golpe de Estado no Chile: Víctor Jara, assassinado em 1973, foi tema da película de Álvarez; enquanto Ángel Parra, detido em campos de prisioneiros, é o personagem principal do documentário de Casaus. Frutos das estreitas relações cinematográficas e musicais estabelecidas entre Cuba e o Chile desde a Unidade Popular, os filmes atribuem um papel narrativo às canções, contrapondo suas mensagens de luta às imagens da repressão.

Palavras-chave

Documentário musical; Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); Nueva canción chilena; Nuevo Cine Latinoamericano; Golpe de Estado no Chile; Cinema de solidariedade

 

Datos de la autora

Posdoctoranda en Cine de la Universidad de São Paulo, becaria de la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo (FAPESP). Doctora en Historia Social, Máster en Estética e Historia del Arte y Licenciada en Historia también por la Universidad de São Paulo (USP).

Una versión previa y resumida de este texto fue presentada en portugués en el III Cocaal – Colóquio de Cinema e Arte da América Latina, realizado en agosto de 2015 en la Universidad Federal Fluminense (UFF), con el título de “O cinema cubano da solidariedade ao Chile e a Nueva Canción Chilena”.

Fecha de recepción: 9 de septiembre de 2015
Fecha de aprobación: 4 de noviembre de 2015

Introducción

El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), desde su inicio en 1959, estuvo marcado por el intenso intercambio entre realizadores, técnicos y artistas cubanos y extranjeros.[1]Una de las consecuencias de esa apertura del ICAIC a otros contextos nacionales, especialmente en los años sesenta y setenta, fue una vasta producción de filmes dedicados a procesos políticos ocurridos fuera de Cuba, en países donde se disputaban el poder proyectos revolucionarios y fuerzas conservadoras. En este sentido, Chile se destacó, junto a Vietnam, como una de las naciones extranjeras más presentes en la filmografía cubana de la época. Por un lado, ese hecho fue fruto de la amplia cantidad de títulos realizados por chilenos exilados en la isla después del golpe de Estado de 1973;[2] por otro, es posible percibir que los cineastas cubanos también se interesaron en registrar tanto el auge de la Unidad Popular (UP) como su caída. En este sentido, es necesario diferenciar el “cine del exilio”, hecho por los exiliados del país sudamericano, del “cine de solidaridad”[3], llevado a cabo por extranjeros que se movilizaron para apoyar a las víctimas de la represión en Chile. Sin embargo, los dos fenómenos se desarrollaron, en general, de modo paralelo desde los primeros años de la dictadura chilena.

Amaral El tigre - Fig 1En este artículo, pretendo estudiar ese interés de los realizadores cubanos por Chile mediante el análisis de dos documentales musicales producidos por el ICAIC tras el golpe de Estado de 1973: El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… (Santiago Álvarez, 1973) y Un silbido en la niebla (Víctor Casaus, 1978). Es necesario destacar que si bien el primero ya ha sido analizado en algunos trabajos, el segundo es una producción muy poco conocida.[4] Para su comprensión es preciso situarlos como prolongaciones del amplio intercambio cultural establecido entre el país del Cono Sur y Cuba durante el gobierno de la Unidad Popular, entre 1970 y 1973. Ese intercambio fue fértil en el campo de la canción comprometida, en el contexto de lo que se conoció como la nueva canción latinoamericana, y también del cine, a través del proyecto de integración subcontinental llamado Nuevo Cine Latinoamericano (NCL). En estos documentales confluyen ambos fenómenos, cuyas conexiones han sido poco analizadas hasta el momento[5]. Mi hipótesis es que la canción política chilena fue uno de los temas de los que se sirvió el ICAIC para abordar la represión chilena y sensibilizar al espectador con la causa de la resistencia a la dictadura de Pinochet, tras el trágico 11 de septiembre de 1973.

A pesar de ello, hay que destacar que la aproximación entre los proyectos políticos y culturales de ambos países durante la Unidad Popular presentó tensiones, que se derivaron especialmente del hecho de que Cuba y Chile fueran ejemplo de dos vías diferentes para implementar el socialismo. Mientras Cuba llamó la atención mundial por el éxito de la lucha armada en la Revolución de 1959, la UP se volvió referencia de un socialismo que podría ser implementado por medio de la victoria electoral de una amplia alianza de partidos de izquierda. El ICAIC, por su parte, no permaneció ajeno a esa tensión, como apunta Mariana Villaça:

Amaral El tigre - Fig 2La vía pacífica y la postura antiguerrillera defendidas por varios sectores de izquierda en Chile, así como las tensiones internas en relación con la definición de la política cultural a ser asumida por la Unidad Popular (y que oscilaba entre una línea ligada al partido Comunista y otra menos ortodoxa) eran puntos delicados de esa aproximación con Cuba. Hay, incluso, muchas divergencias entre músicos y cineastas cubanos y chilenos, que acabaron haciéndose públicos por medio de la prensa, y que ocurrían no solo en función de diferencias políticas, sino que también debido a diferentes concepciones estéticas e ideológicas en relación al uso del folclore o al diálogo con las vanguardias europeas (Villaça, 2010: 185, nuestra traducción).

En relación con la música, muchos fueron los viajes y los intercambios de compositores e intérpretes que tuvieron lugar durante la UP entre Chile y Cuba. Caio de Souza Gomes (2013) cita visitas de delegaciones culturales, lanzamientos de LPs y la promoción de encuentros y festivales como las principales acciones llevadas a cabo en ese período en los dos países. Un ejemplo de esos intercambios al que Gomes hace referencia fue la creación del grupo Manguaré, a partir de una presentación de los chilenos de Quilapayún ante el propio Fidel Castro, en Cuba, en 1971. Tras el evento se seleccionaron seis músicos cubanos para una estadía en Chile de seis meses, en la cual pudieron conocer mejor el medio musical del país sudamericano y formar un conjunto con el mismo estilo (Gomes, 2013).

En el campo cinematográfico, Chile films, institución estatal responsable de la promoción del cine en Chile, firmó un convenio formal con el ICAIC, en marzo de 1971. Según Ignacio Del Valle Dávila, el acuerdo implicaba el “intercambio de films de ficción, documentales y noticieros, su difusión, exhibición y promoción a través de los medios de comunicación” (Del Valle Ávila, 2014: 381). También estaban previstas coproducciones, intercambio de copias entre cinematecas, formación de técnicos (especialmente por parte del ICAIC) y la puesta a disposición de los archivos sonoros del Instituto para los realizadores chilenos.[6]

La referencia al archivo sonoro del ICAIC es significativa, pues el director del Instituto, Alfredo Guevara, había creado, en 1969, el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GESI). De acuerdo con Mariana Villaça (2001), la visita de Guevara a Brasil un año antes, cuando conoció el éxito de público de la Música Popular Brasileña (la llamada MPB), fue fundamental para esa iniciativa. El éxito de la incorporación de la música brasileña al cine, como por ejemplo la banda sonora de Sérgio Ricardo para Dios y el Diablo en la Tierra del Sol (1964) de Glauber Rocha, también incentivó la decisión de desarrollar una acción similar en Cuba. Dirigido por el maestro Leo Brouwer, el GESI fue un proyecto colectivo de estudio y composición de bandas sonoras de películas. A pesar de que no ha sido posible comprobar la participación de ese grupo en los dos filmes que serán analizados en este artículo, el papel que desempeña la música en esos documentales se relaciona con la tentativa de integrar canción y cine llevada a cabo en el ICAIC por el GESI, que duró hasta 1976.[7] Este es un punto común entre ambas películas que permite también establecer una comparación entre ellas, aun cuando aparentemente los dos proyectos no tuvieron conexiones directas en el contexto de producción.

Amaral El tigre - fig 3El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… y Un silbido en la niebla no fueron los únicos filmes sobre Chile realizados por cubanos en el ICAIC tras el golpe de Estado de 1973, tampoco son los únicos títulos de sus realizadores sobre esa nación sudamericana. El interés previo por el intercambio cinematográfico entre los dos países y la llegada de un gran número de exilados chilenos a Cuba (entre los que se encontraban cineastas y músicos) son dos de las razones que motivaron el desarrollo de producciones sobre Chile. En el caso de Álvarez, se destaca la realización en el posgolpe, además del título aquí analizado, de una edición del Noticiero ICAIC Latinoamericano transformada en documental: La hora de los cerdos (Álvarez, 1973). Es necesario destacar que el documentalista había realizado, anteriormente, ¿Cómo, por qué y para qué se asesina a un general? (Álvarez, 1971) y De América soy hijo… y a ella me debo (Álvarez, 1972) sobre el Chile de la Unidad Popular, además de haber visitado el país en 1970 y, posteriormente, acompañando a Fidel Castro en 1971. En el caso de Víctor Casaus se dedicó especialmente a los documentales musicales, dirigiendo también Gracias a la vida (1976), que registró el paso de Isabel Parra por la Casa de las Américas con ocasión de la inauguración de una exposición con obras de su madre, Violeta Parra, en 1971.[8] Esta última producción cinematográfica, a pesar de haber sido montada después del 11 de septiembre de 1973, no abordó directamente el tema de la dictadura y debe ser vista como producto de la colaboración entre los dos países llevada a cabo en el contexto de la UP.[9]

En este artículo, mi objetivo no es, por lo tanto, dar cuenta de todos los intercambios cinematográficos entre Cuba y Chile en los años 1970, ni agotar las relaciones entre la nueva canción latinoamericana y proyectos cinematográficos llevados a cabo en el subcontinente en los años sesenta y setenta –un tema, dicho sea de paso, de gran importancia y muy poco investigado hasta el momento. Pretendo, por medio del análisis de El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… y Un silbido en la niebla, reflexionar sobre la apropiación de la música como estrategia narrativa llevada a cabo por el cine de solidaridad, y que es perceptible en esos dos documentales musicales.

Esta breve contextualización de las relaciones cinematográficas y musicales entre Cuba y Chile en los años de la Unidad Popular, así como la constatación del amplio interés del ICAIC por el contexto chileno tras el golpe de Estado, ayuda a percibir que El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… y Un silbido en la niebla forman parte de una red de relaciones previas que se transformó, después de 1973, en una red de solidaridad internacional. Por ello, ambos deben ser vistos como ejemplos de “transferencias culturales” entre las dos naciones latinoamericanas, conforme la noción de Michel Espagne (2013). Para este autor, el concepto de “transferencias culturales” es más complejo que el de “intercambios culturales”, pues engloba una dinámica de resemantización que resulta del paso de un bien cultural, un concepto o práctica de una cultura a otra. Esas transferencias deben comprenderse mediante un análisis histórico-sociológico de los vectores entre dos países (como ha sido realizado en la introducción de este artículo) y por un análisis hermenéutico que muestre la determinación de nuevos sentidos producidos por la reinterpretación que una cultura hace de otra a partir de las conexiones entre ambas. De ahí la necesidad de estudiar algunas de las estrategias desarrolladas en los documentales de Álvarez y de Casaus, así como los discursos narrativos que construyen.

Amaral El tigre - fig. 4El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… y Un silbido en la niebla se destacan en ese corpus de producciones cubanas sobre Chile por ser documentales musicales que escogieron dos figuras importantes de la nueva canción chilena[10]para denunciar la represión en el país sudamericano: Víctor Jara y Ángel Parra.[11] Mariana Duccini Junqueira da Silva (2012) destaca que este tipo de películas en que la música representa la temática principal no debe ser confundido con los filmes de “divulgación/promoción comercial de determinados artistas”. Se trata, más bien, de “representaciones sobre los sujetos sociales que construyen y sobre los aspectos histórico-culturales de las épocas retratadas” (Silva, 2012: 7, nuestra traducción). Así, según la autora, los documentales musicales intentan constantemente asociar la dimensión biográfica de los músicos y cantantes y los acontecimientos emblemáticos de la historia. La tentativa de unir las trayectorias de Jara y Parra y la denuncia de la represión chilena hace que las producciones aquí analizadas articulen lo individual y lo colectivo, en la línea que apunta Silva.

Álvarez optó por hacer un filme en formato de videoclip[12], como veremos más adelante, centrado en la figura de Víctor Jara, asesinado brutalmente por la Junta Militar en 1973. Por su parte, Casaus aprovechó la presencia de Ángel Parra —exiliado en Cuba,[13]tras pasar por los campos de prisioneros del Estadio Nacional y de Chacabuco–, para montar una mezcla de recital y testimonio, intercalados entre imágenes documentales. De esta forma, ambos utilizan la popularidad que esos músicos habían alcanzado en Cuba en los años anteriores, y su condición actual de víctimas de la dictadura para denunciarla represión y, al mismo tempo homenajear la lucha y la resistencia que representaban esos personajes. Así, se trata de películas que, a pesar de centrarse en trayectorias individuales, observan un contexto histórico que es colectivo.

Víctor Jara y collage sonoro

El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá…, editado poco después del golpe de Estado, construye una denuncia de las acciones de la Junta Militar por medio de un relato con cuatro canciones; tres de Víctor Jara (Te recuerdo Amanda, 1969, El alma llena cubierta de banderas, 1971, y Plegaria de un labrador, 1969) y una de Violeta Parra (¿Qué dirá el santo padre?, 1965). Esas canciones desempeñan un rol narrativo central y se puede decir que las imágenes que las acompañan están subordinadas a sus ritmos y a sus letras. Álvarez hace una especie de videoclip con ellas, compuesto a partir de material documental (extractos audiovisuales y fotos), grabaciones de estudio de Jara, recortes de periódicos, grabados y textos gráficos (indicados en forma de intertítulos). En ese sentido, el filme incorpora algunas de las características presentes en obras anteriores de ese cineasta, como la paridad entre “la palabra escrita, la imagen y el sonido”, fundamental en documentales como Now (Álvarez, 1965) (Ortega, 2008: 81).

Amaral Silbido - fig. 1Los materiales de archivo usados para componer ese filme-collage –o “collage sonoro”, en la terminología de María Luisa Ortega (2009)– consisten en registros previos y posteriores al golpe de Estado, así como imágenes tomadas en Chile y en otros países.[14] Para articular esas fuentes heterogéneas de diferentes procedencias y períodos, Álvarez hace un primoroso trabajo de montaje guiado por la música. Las fotos ganan movimiento con aproximaciones, alejamientos y desplazamientos laterales, lo que ocurre también con otras imágenes estáticas, como las reproducciones de cuadros. Los trechos audiovisuales son sometidos a cortes rápidos, pequeños congelamientos de la imagen, que después vuelven a ponerse en movimiento, logrando que los soldados “marchen” al son de Violeta Parra. Las letras, muchas veces, comentan lo que se ve. Eso ocurre, al comienzo del filme, en las escenas del asesinato del periodista Leonardo Henrichsen durante la tentativa de golpe frustrada (el tancazo), de junio de 1973, que fue controlada por las fuerzas militares leales a Allende. Las imágenes son acompañadas de los siguientes versos de Parra: “Miren como nos hablan de libertad, / cuando de ella nos privan en realidad. / Miren como pregonan tranquilidad, / cuando nos atormenta la autoridad.” Otro procedimiento frecuente en el documental es la repetición y la reiteración de imágenes, como destaca Carolina Larraín Pulido: “Santiago Álvarez usa la repetición extensivamente como estrategia retórica para generar un mayor impacto emocional en el espectador, crear analogías y acentuar similitudes entre sus materiales.” (Larraín Pulido, 2009, s/p).

La canción de Violeta Parra es una especie de prólogo y antecede a los créditos en los que se anuncia el título. Predominan, en esa introducción, fotos y vídeos de soldados, así como imágenes de Pinochet y de otros generales de la Junta Militar. El paso de esas escenas de represión en Chile al tema “Víctor Jara” se da por medio de una imagen que permanece fija en la pantalla por algunos segundos: un cuerpo desnudo colgado de una esvástica. Álvarez asocia, así, la dictadura chilena al nazi-fascismo y la muerte de Jara a las de otros mártires, en una clara referencia a la idea de crucifixión. El documental, como indica esa imagen sintética, crea una conexión entre los procesos de represión y resistencia del Chile pos-1973 y aquellos ocurridos en otros países y períodos históricos.

El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… denuncia la represión de la Junta Militar chilena, colocándola como una más de las acciones del imperialismo. La primera imagen del documental es una secuencia de una gran mina a cielo abierto explotando, acompañada de intertítulos compuestos por pasajes del libro Nuestra América (1891), de José Martí, obra de la cual es tomado también el título del filme. Álvarez explora gráficamente las palabras del autor cubano y acompaña la explosión con la descripción de los movimientos del “tigre”, metáfora del imperialismo estadounidense, a través de las palabras de Martí: “El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”.

Amaral Silbido - fig. 2El documental no utiliza voz over —rasgo prácticamente constante en la filmografía de Álvarez en la segunda mitad de los años sesenta (Del Valle Dávila, 2013: 46)– y los sonidos usados son los de las canciones, además del ruido de esa explosión inicial. Las informaciones sobre el contexto histórico son dadas mediante los intertítulos, que reciben un tratamiento especial que les imprime movimiento. Además de informar sobre Chile, también entregan datos biográficos sobre Víctor Jara: “[…] hijo de campesinos, poeta, músico, revolucionario… murió, como vivió, revolucionario… murió, como vivió, como cantó… combatiendo…”. Esos intertítulos también le indican al público el destino trágico del mayor exponente de la nueva canción chilena, a quien le “quebraron las manos para acallar su guitarra” y “le rompieron el cráneo para apagar su pensamiento”. Hay que destacar que la mayor parte de las apariciones de Jara en esa producción cinematográfica son grabaciones de estudio, aunque también haya una secuencia en que él toca en las calles, cercado de un público popular. No por casualidad, en ese trecho, en que es aplaudido por el pueblo, él toca la canción que lleva al filme a su clímax: Plegaria de un labrador.

El trabajo de articulación de las imágenes con las letras de la canción busca rescatar el legado de Jara para las luchas revolucionarias después de su muerte. Por lo tanto, este documental ve en el cine una herramienta para impedir tanto el silenciamiento de la guitarra del músico chileno como de sus ideas, enfatizando la actualidad de su obra incluso tras el golpe de Estado. Los versos de Plegaria de un labrador acompañan un popurrí de escenas de represión militar y policial en todo el mundo, cuya localización es indicada por medio de intertítulos: Chile, Puerto Rico, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Santo Domingo, Vietnam, Indonesia, Aden… La voz off de Jara, en la grabación de la canción, sirve como un contrapunto a la violencia del opresor, estimulando a reaccionar contra ella: “Levántate y mira la montaña/ de donde viene el viento, el sol y el agua. / Tú que manejas el curso de los ríos, / tú que sembraste el vuelo de tu alma”. De esa forma, se evoca la figura de un mártir, cuya muerte no fue en vano, sino que sirvió de ejemplo para futuros procesos revolucionarios.

Además de relacionar a Chile con otros contextos represivos, Álvarez rescata las luchas antiimperialistas del pasado en la continuación de la secuencia descrita anteriormente, por medio de obras artísticas sobre las luchas por la independencia, en América Latina, contra España. Están representadas las batallas de Boyacá, Chacabuco, Araure, Maipú e Ingavi. Hay, por lo tanto, un ejercicio teleológico, frecuente en la filmografía cubana, que une las luchas del pasado y del presente, apuntando un camino para la liberación que será alcanzada en el futuro. Dentro de esa lógica, las canciones de Víctor Jara son rescatadas por su compromiso político, vistas como contribuciones que incentivan la causa revolucionaria que no puede acabar, a pesar del asesinato del compositor.

Amaral Silbido - fig. 3En ese sentido, en El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… las canciones desempeñan un papel central, narrativo, incluso si algunas veces actúan como contrapunto de las imágenes, como observó María Luisa Ortega: “El cine de Santiago Álvarez es un ejemplar modelo del uso de la apropiación musical y del contrapunto en el montaje de la imagen y el sonido” (Ortega, 2009, p. 131). Son ellas lo que permite ver las escenas de represión como parte de una lucha que no debe perder su motivación, a pesar de las “bajas” sufridas. Se podría decir que Álvarez mantuvo, incluso tras la muerte de Jara, la voluntad del músico chileno de desarrollar una canción volcada a la lucha revolucionaria de implementación del socialismo. Además, el realizador buscó denunciar las acciones de la Junta Militar chilena y de la trágica muerte de Jara sin desmotivar, con ello, la movilización contra el imperialismo estadounidense y las fuerzas de represión chilenas.

Canciones y testimonio de Ángel Parra

De forma similar, Víctor Casaus utiliza la figura de uno de los músicos más importantes de la nueva canción chilena para denunciar la represión en Chile. Un silbido en la niebla tiene un título homónimo al de la canción que Ángel Parra compuso en Chacabuco, en 1973, cuando estaba detenido en ese campo de prisioneros.[15] Es necesario destacar que se trata de una referencia explícita al cuento Un silbido en la niebla de la aurora, del escritor comunista chileno, Volodia Teitelboim. Esa no es la única canción de Parra presente en el documental, que comienza con un homenaje a Allende por medio de una presentación del músico en un recital en el que toca Compañero presidente, de su autoría. El mandatario fallecido aparece, en esa secuencia, en una foto histórica en que está con la ametralladora que le regaló Fidel Castro, que se volvió un símbolo de la resistencia emprendida por el mandatario el día del golpe.[16]La otra canción escogida, Levántese, compañero, es ejecutada de forma colectiva al final, y acompaña las dos últimas imágenes, que son fotografías de Allende con el puño erguido.

Las tres canciones –que aparecen distribuidas aproximadamente al comienzo, medio y fin del documental —tienen un rol narrativo, pues funcionan como una especie de voz over que comenta las imágenes. Inicialmente, son tocadas en un concierto que Ángel Parra dio en Cuba tras el golpe de Estado, junto al grupo cubano Moncada, con la participación especial de Isabel Parra, Patricio Castillo y Arturo Cipriano.[17]El realizador prolonga el audio en relación a la imagen de los músicos, lo que hace que la música permanezca en off mientras el material fotográfico y filmográfico documental denuncia la represión llevada a cabo por la Junta Militar. Al igual que en el documental de Álvarez, las canciones permiten mantener un cierto optimismo en el poder de la resistencia, a pesar de las escenas de represión, gracias a sus letras que hacen referencia a un compromiso político. Así, ellas pueden ser vistas como contrapuntos a las imágenes, como ocurría en el filme anterior.

Sin embargo, no es posible decir que las canciones tienen la misma centralidad narrativa en Un silbido en la niebla que en El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… El filme de Casaus atribuye una importancia similar a ellas y a los testimonios de Ángel Parra, grabados en un espacio distinto al del concierto, con tomas realizadas en exteriores. El músico le cuenta al equipo de realización lo que le sucedió después del golpe de Estado: la prisión en el Estadio Nacional, la detención en Chacabuco y el proceso de composición colectivo, mientras estaba en la prisión, de la canción que le da nombre al filme. La articulación entre sonido e imagen que Álvarez consiguió en el montaje tampoco tiene la misma fuerza en este otro documental. Sin embargo, los dos filmes tienen en común que no usan el recurso de la voz over. Casaus opta por dar espacio a la voz de su personaje, con sus canciones y testimonios.

Las imágenes, en su mayoría son fotos, extractos audiovisuales, dibujos hechos por los prisioneros de los campos de concentración y otras pruebas materiales de la represión, como escenas de La Moneda bombardeada o de cadáveres en el río Mapocho, son utilizadas para ilustrarlas palabras de Parra, y conceden una especie de estatuto de verdad a su testimonio. Por ejemplo, cuando el músico habla del miedo que sentía estando en la cárcel, la película muestra fotos sacadas desde lejos de un prisionero siendo reprimido por soldados en el Estadio Nacional. En ese sentido, el filme corrobora el testimonio por medio de material de archivo. En lo que se refiere al contexto extrafílmico, esas imágenes hechas en Chile son también una evidencia de la red que el ICAIC había establecido con realizadores e instituciones de varias nacionalidades, puesto que entre esos documentos se encuentran tomas grabadas para el documental francés Septiembre chileno (Bruno Muel y TheoRobichet, 1974); otras hechas en Chacabuco por el equipo de los alemanes Walter Heynowski y Gerhard Scheumann para el filme Yo he sido, yo soy, yo seré (1974); así como grabaciones transmitidas por televisiones internacionales.[18]

Amaral Silbido - fig. 4Se hacen necesarios, aún, algunos comentarios sobre las tomas grabadas en Cuba para ese filme, que corresponden al concierto de Parra y a sus declaraciones. La disposición de los músicos en el palco muestra al chileno al centro, rodeado por los cubanos del grupo Moncada dispuestos en forma de “U”. Por su parte, las escenas en que Parra entrega su testimonio fueron filmadas en un espacio informal, una especie de patio, donde se ve, en algunos momentos, que Parra está rodeado por otras personas del equipo que lo escuchan. En esos dos contextos, se observa un intento por mostrar la acogida cubana al músico, que estaba en el país en condición de exiliado. Esa estrategia de mostrar una amistad y hasta cierta informalidad en el momento de las grabaciones enfatiza la solidaridad de Cuba con los chilenos perseguidos por la dictadura. Por lo tanto, la película intenta proyectar la imagen de la isla como un país acogedor y solidario con los compañeros latinoamericanos que llevaron a cabo la lucha por el socialismo en otras partes del subcontinente.

Es necesario destacar que el documental de Casaus utiliza las canciones para generar empatía en el espectador, pues la emoción que causa escuchar esas canciones comprometidas en un contexto de derrota para las izquierdas latinoamericanas, tras el golpe de Estado en Chile, llevaba a identificarse y solidarizarse con la figura de Ángel Parra. Lo mismo sucede en el caso del filme de Álvarez, donde escuchar composiciones emblemáticas de Víctor Jara en un momento de luto por su pérdida también causa una conmoción acentuada por la música. Este punto es importante para entender la elección recurrente en Cuba de abordar el golpe chileno por medio de una intertextualidad entre cine y música, en la cual el segundo lenguaje da un tono dramático a los acontecimientos tratados por los filmes.

 

Conclusión

La decisión de mostrar el destino de dos de los músicos más emblemáticos de la nueva canción chilena se relaciona, como ya ha sido dicho, con los intercambios previos que ese proyecto musical estableció con Cuba durante los años de la Unidad Popular. De esta manera, para denunciar el golpe de Estado, los cineastas cubanos llevaron al celuloide trayectorias dramáticas de personajes conocidos por el público, como Jara y Parra. Esa decisión implicó una forma de abordar la música que le concede un papel central en la narración de documentales como El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… y Un silbido en la niebla. Especialmente en el caso del primer filme, se puede decir que las imágenes fueron elegidas y dispuestas con el objetivo de dar vida a las cuatro canciones escogidas por Álvarez, lo que llevó a manipular el material fotográfico y filmográfico en el proceso montaje, haciendo que se guiase por el ritmo y la letra de las composiciones de Jara. En el caso del filme de Casaus, la banda sonora musical en forma de recital comparte espacio con el testimonio de Ángel Parra sobre la represión sufrida en Chile. Las imágenes, en esa segunda producción, tienen como objetivo comprobar visualmente las palabras del compositor.

Es interesante observar como los dos documentales proponen diálogos que articulan diferentes formas de creación artísticas. En ambos, además de la música y del cine, hay referencias explícitas a las tradiciones filosóficas y literarias latinoamericanas (Martí, en el caso de Álvarez, Teitelboim, en el deCasaus). Los directores optaron también por usar, entre el material documental integrado en los filmes, pinturas (sobre las guerras de independencia, en El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá…) o grabados hechos por los prisioneros de Chacabuco (en Un silbido en la niebla). Por ello puede decirse que se trata de documentales que proponen relaciones intermediáticas, que piensan el golpe de Estado en Chile a partir de un repertorio de referencias culturales latinoamericanas, de modo más general.

A pesar de la presencia de otras formas de creación artística, es necesario dejar en claro que en los dos documentales la música desempeña un papel fundamental, que es el de movilizar y mantener viva la lucha revolucionaria, incluso ante la derrota sufrida por las izquierdas con el golpe militar en Chile. Las letras comprometidas de Jara y Parra sirven de motivación y refuerzan, en el espectador, la necesidad de resistir. Por lo tanto, las canciones crean una especie de contrapunto con las imágenes, un estímulo positivo para el compromiso político, a pesar de las acciones de la Junta Militar. Hay una doble llave interpretativa en estos documentales, pues lo que se ve son las escenas de violencia, mientras lo que se escucha en la banda sonora son palabras de incentivo a la lucha revolucionaria. En el caso de Un silbido en la niebla, por ejemplo, la referencia al título de la canción compuesta colectivamente por los prisioneros de la Junta Militar, en Chacabuco, muestra que es posible seguir adelante, incluso en los contextos más represivos. Lo mismo sucede con los versos de Jara, como en Plegaria de un labrador, donde el llamado a “levantarse” apela a la superación de la derrota y la continuación de la lucha.

Otro aspecto de las películas es el discurso latinoamericanista que asumen. La idea del golpe como un evento que sacudió a los proyectos revolucionarios en el subcontinente es más clara en El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá…, donde la alusión a José Martí ya en el título es un modo de caracterizar la represión en Chile como una acción más del imperialismo estadounidense. En ese sentido, el asesinato de Jara es un episodio en una batalla que escapa a los límites del contexto nacional chileno. En el filme de Casaus, el esfuerzo de acercar a Ángel Parra de los cubanos es también una manera de asumir que la tragedia chilena es también una tragedia para el socialismo latinoamericano –incluso si, como ya fue dicho, habían tensiones entre la defensa de Cuba de la insurrección armada como modo de implementación de la revolución y la estrategia electoral adoptada por las izquierdas chilenas.

De esta forma, se puede afirmar que el cine documental cubano sobre el golpe de Estado en Chile sintetizó un interés cinematográfico y musical más amplio, iniciado durante la Unidad Popular y mantenido en el contexto del exilio y de la solidaridad internacional. Más que bandas sonoras, las canciones y las trayectorias de sus compositores perseguidos por la dictadura fueron vistas, por los realizadores de la isla, como elementos importantes de sensibilización, forma de compromiso político y afectivo con la causa chilena y, principalmente, forma de resistencia. Por lo tanto, las canciones, en esos filmes, reafirman la lucha política de las izquierdas, a pesar de que las imágenes muestren una realidad sombría para los defensores del socialismo.

Por medio de estos documentales musicales, espectadores solidarios (cubanos) y víctimas (chilenos en el exilio) mantenían viva la perspectiva de una diseminación del socialismo más allá de las fronteras de Cuba, reactivando la esperanza de una América Latina revolucionaria que, en los años setenta, aparecía cada vez más como una utopía distante.

 

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Villarroel, Mónica; Mardones, Isabel (2012), Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado, Cuarto Propio, Santiago.

 

Notas

[1] El ICAIC fue la primera institución cultural fundada por el gobierno tras la Revolución Cubana de 1959. Con ella se buscó la creación de un sistema de producción cinematográfica de filmes revolucionarios en el país. Para ello, fueron invitados cineastas, actores y técnicos de izquierda de renombre, venidos principalmente de los países del este o de Europa Occidental. Algunos de los nombres que pasaron por el Instituto son Gérard Philipe, Chris Marker, AgnèsVarda, Joris Ivens, RomanKarmen, Cesare Zavattini, entre otros. Sobre la presencia de extranjeros en el ICAIC, ver García Borrero (2009).

[2] Cuba fue uno de los países que se destacaron por la recepción de exiliados chilenos tras la caída de la Unidad Popular. En el caso de los cineastas refugiados, el ICAIC abrió espacio para que produjesen filmes en sus instalaciones, lo que generó una predominancia de títulos que denunciaban al golpe de Estado yla represión de la dictadura de Augusto Pinochet. Entre otros filmes de exiliados chilenos, el Instituto cinematográfico cubano fue responsable de la producción de las tres partes da trilogía La batalla de Chile (Patricio Guzmán, 1975, 1976, 1979); dos filmes de Patricio Castilla, Nombre de guerra: Miguel Enríquez (Patricio Castilla, 1975) y La piedra crece donde cae la gota (Patricio Castilla, 1977); Prisioneros desaparecidos (Sergio Castilla, 1977); cinco documentales de Pedro Chaskel, Los ojos como mi papá (Chaskel, 1979), ¿Qué es? (Chaskel, 1980), Una foto recorre el mundo (Chaskel, 1981), Constructor cada día compañero (Chaskel, 1982) y Che hoy y siempre (Chaskel, 1983); además de coproducciones con otros países, como El recurso del método (Miguel Littin, 1978) y La viuda de Montiel (Miguel Littin, 1979). Esta lista fue realizada a partirde Guía… (1983) y Chignoli; Donoso Pinto (2013).

[3] El cine de solidaridad es una temática todavía poco estudiada. Entre las publicaciones que se dedican a ello, se puede destacar: Villarroel; Mardones (2012) y Aguiar (2015).

[4] El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… fue analizado por Carolina Teresa Larraín Pulido en el artículo “11 de septiembre de 1973: trauma, testimonio y liberación a través del cine documental” (Larraín Pulido, 2009). Sin embargo, el análisis empleado no está focalizado en el rol de la canción, sino en la idea del “trauma histórico”. A nuestro parecer, con todo, la película de Álvarez, hecha poco después del golpe (sin una distanciamiento histórico del evento), está concebida como una denuncia de la violencia de la represión, más que como un filme sobre sus efectos en las víctimas. Por otra parte, en relación a Un silbido en la niebla, un documental muy poco conocido, no fueron localizados trabajos académicos publicados. Es necesario decir que la copia de la película aquí analizada fue hallada en los archivos del ICAIC, en noviembre de 2014, gracias al director de la Cinemateca Cubana, Luciano Castillo.

[5] A excepción del trabajo de Mariana Villaça (2001) sobre el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, no se han encontrado investigaciones que analicen de forma integrada los proyectos del nuevo cine y de la nueva canción en América Latina. Se trata de un área de estudios que todavía necesita ser desarrollada.

[6] De acuerdo con Ignacio Del Valle Dávila, el ICAIC envió al cineasta Miguel Torres como una especie de representante, con la misión de ayudar a la consolidación del convenio. El cineasta cubano habría permanecido durante casi todo el año de 1971, momento en que filmó el documental Introducción a Chile (Miguel Torres, 1972) con colaboración de Chile films (Del Valle Dávila, 2014: 383-384).

[7] Hay que destacar que parte de la filmografía de Santiago Álvarez fue musicalizada por el GESI. Por su parte, Víctor Casaus ya había sido guionista de un programa musical televisivo, en 1967, titulado Mientras tanto, presentado por Silvio Rodríguez, uno de los participantes del grupo de experimentación (Villaça, 2001). De esta forma, ambos tuvieron una relación directa con los integrantes de ese proyecto.

[8] Es probable que la entrevista y los trechos del recital usados por Casaus en ese filme hayan sido grabados en octubre de 1971, ocasión en que, según Gomes (2013), la cantante estuvo en Cuba para promover esa exposición con obras de su madre. De acuerdo con el autor, esa visita habría dado origen a una colaboración directa entre Isabel Parra y el GESI, que tuvo como resultado el LP Isabel Parra y parte del GESI (1972). Algunas canciones de ese disco habrían sido grabadas en los estudios del propio ICAIC. El LP fue lanzado también en Chile y contaba con canciones de Silvio Rodríguez por un lado, y de Parra por otro.

[9] Además de los títulos citados, hay otros filmes hechos por realizadores cubanos sobre Chile tras el golpe: Cantata de Chile (Humberto Solás, 1975) y Libertad para Luis Corvalán (Daniel Díaz Torres, 1975).

[10] Maria Lígia Coelho Prado y Gabriela Pellegrino resaltan la importancia de Violeta Parra para el movimiento de la Nueva Canción en Chile. Desde los años cincuenta, la cantante realizó investigaciones que incorporaron elementos folclóricos en sus composiciones musicales. En la década siguiente, al lado de sus hijos Isabel y Ángel, los Parra tuvieran un rol importante en la renovación de la música chilena por medio de los encuentros de la Peña de los Parras (Prado; Pellegrino, 2014: 190).

[11] La ficción Cantata de Chile (Solás, 1975) también puede ser vista como un producto de los intercambios cinematográficos y musicales entre Chile y Cuba. Su guión lleva la firma de Solás y del músico chileno Patricio Manns. Manns también escribió la letra de la cantata que da título al filme, cuya melodía fue compuesta por el cubano Leo Brouwer. Cantata de Chile trata de la masacre de más de dos mil mineros a manos del ejército, ocurrida en el norte de ese país en 1907, en la Escuela Santa María de Iquique. Sin embargo, el filme utiliza ese contexto histórico anterior para analizar las causas del golpe de Estado de 1973 (apunta a la opción por la vía democrática como uno de los factores de la derrota de las clases populares y muestra la lucha armada como el camino para resistir a la dictadura). La decisión de no analizar ese filme en este artículo se debe al hecho de que no se trata de un documental, como los de Álvarez y Casaus.

[12] El termino “videoclip” es utilizado aquí para caracterizar la relación de subordinación de las imágenes a la banda sonora en ese documental, así como el ritmo que las canciones imponen en el montaje. El procedimiento puede ser visto como algo frecuente en la filmografía de Álvarez. El filme Now (Álvarez, 1965) fue constantemente considerado como el supuesto primer clip del mundo. Jorge Luis Sánchez González (2010) relativiza esa afirmación por considerar que acercar el filme de Álvarez a un clip reduce la complejidad del trabajo de Álvarez.. Sin embargo, no se pretende minimizar la riqueza de los procedimientos del documentalista cubano con el uso de ese término, sino resaltar su dimensión creativa e innovadora.

[13] Después del golpe de Estado, Ángel Parra se radicó en México y, posteriormente, en Francia. Sin embargo, el músico circuló por varios países convirtiéndose, junto a su hermanaIsabel Parra, en una de las voces musicales más activas de los movimientos internacionales de solidaridad con Chile.

[14] Del Valle Dávila (2013: 46) destaca el collage como una característica constante en la cinematografía de Álvarez, fruto de una solución creativa que procede, en alguna medida, de la escasez de ciertos materiales en los archivos del ICAIC, especialmente de aquellos provenientes de países capitalistas. En el caso de El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá… esa hipótesis se torna plausible, pues el golpe de Estado de 1973 significó el corte abrupto de las relaciones entre Cuba y Chile, haciendo que el envío directo de materiales audiovisuales o fotográficos de un país al otro fuese imposible. De esta manera, las imágenes de la represión, filmadas por chilenos o por cineastas de otras nacionalidades, llegó a Cuba por intermedio de otras naciones, como Francia y Alemania. Para ese documental, montado poco después de la caída de Salvador Allende, es probable que Álvarez tuviese poco acceso a materiales hechos en Chile bajo la dictadura, lo que contribuyó a la realización de un trabajo basado sobre todo en imágenes de antes del golpe y en unas pocas fuentes producidas después del 11 de septiembre.

[15] La canción Un silbido en la niebla integra el álbum Pisagua, lanzado por Parra en 1973 por el sello Discoteca del Cantar Popular (DICAP), que continuó funcionando después del golpe en oficinas en París y, posteriormente, en Madrid. El LP se inspiró en el libro La semilla en la arena (1957), de Volodia Teitelboim, ambientado en el norte del territorio chileno, en la misma región en que los militares instalaron un campo de prisioneros.

[16]La famosa fotografía de Salvador Allende con un casco y empuñando una ametralladora el día del golpe, poco antes del bombardeo de La Moneda, habría sido sacada por Leopoldo Vargas, fotógrafo de la Fuerza Aérea de Chile que estaba en el palacio presidencial (Benítez, 2012). Ese registro recorrió el mundo, tornándose un símbolo del último gesto de resistencia armada emprendida por Allende, que durante la Unidad Popular había sido un símbolo de la vía democrática al socialismo.

[17] En 1976, fue realizada una nueva versión del LP Pisagua, lanzada en Francia por la grabadora Le chant du monde, esta vez conla presencia de los cubanos del Grupo Moncada acompañando a Parra. Es bastante probable que las imágenes del recital presentes en el documental de Casaus hayan sido realizadas durante la grabación de ese disco.

[18] Entre las grabaciones de televisión están, por ejemplo, una escena de militares quemando libros en las calles de Santiago y otra de la Junta Militar asumiendo el poder. Esos eventos fueron transmitidos, entre otras emisoras, por la televisión francesa en el contexto del posgolpe. Para saber más sobre la cobertura de la emisora ORTF sobre el golpe de Chile, ver: Aguiar (2015).

Cortometraje independiente y documental estatal durante el gobierno de Onganía

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Fernando Ramírez Llorens

Resumen

La crisis política inaugurada por el Cordobazo coincidió con la decadencia del noticiero cinematográfico, hasta entonces principal vehículo de la comunicación política de los gobiernos argentinos. Como respuesta a esta doble crisis política y comunicacional, el gobierno de Onganía ensayó una importante producción estatal de cortometrajes. El trabajo aborda las condiciones de posibilidad de esta experiencia y analiza la participación de algunos realizadores identificados con estos grupos renovadores que filmaron para el Estado. Se discute la idea canónica de que en la segunda mitad de la década de 1960 habría existido un “bloqueo tradicionalista” a las aspiraciones de renovación cultural, para proponer en su lugar que el gobierno de Onganía utilizó estrategias de cooptación de grupos renovadores, imbricando los intereses del aparato estatal con los de los cineastas independientes e intentando hacer un cine oficial de intervención política, que compitiera con el cine político y militante de la época.

Palabras clave

Cine – Comunicación política – Autoritarismo – Modernización – Argentina

Summary

The political crisis started by the Cordobazo coincided with the decline of newsreel, hitherto the main vehicle of political communication of the Argentine government. In response to this politic and communicational crisis, Onganía’s government experimented the production of state documentary films. The paper addresses the conditions of possibility of this experience and analyzes the participation of some filmmakers identified with renewal groups who filmed for the state. The paper debates the canonical idea that in the second half of the 1960s there would have been a «traditionalist block» to the cultural renewal aspirations and proposes instead that the government used cooptation strategies of renewal groups by intertwining the interests of the state apparatus with independent filmmakers and to try to make a official films oriented to political intervention, to compete with the political and militant cinema of the time.

Keywords

Cinema – Political communication – Authoritarianism – Modernization – Argentine

Resumo

A crise política aberta pelo Cordobazo coincide com o declínio do noticiário cinematográfico, até então o principal veículo da política comunicacionaldo governo argentino. Em resposta a esta dupla crise, política e comunicações, o governo de Ongania testou uma importante produção de curtas-metragens estatais. O artigo aborda as condições de possibilidade dessa experiência e analisa a participação de alguns cineastas identificados com esses grupos renovadores que filmaram para o Estado. O trabalho discute a idéia canónica de que a segunda mitade da década terá sido um «bloqueio tradicionalista» as aspirações de renovação cultural, propondo que o governo utilizou estratégias de cooptação dos grupos renovadores, imbricando os interesses do aparato estatal com cineastas independentes e tentando fazer um cinema oficial de intervenção política, para competir com o cinema político e militante do tempo.

Palavras chave

Cinema – Comunicação política – Autoritarismo – Modernização – Argentina

Datos del autor

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

Universidad de Buenos Aires

Este trabajo no ha sido presentado en eventos académicos.

 

Fecha de recepción: 29 de septiembre de 2015
Fecha de aprobación: 14 de noviembre de 2015

 

RllorensBienvenidos a Salta (Luis Vesco, 1970)Durante la dictadura autodenominada Revolución Argentina (1966-1973) se desarrolló una breve pero intensa experiencia de producción estatal de cortometrajes, inédita desde la época del peronismo, que ha sido omitida casi por completo en las historias del cine argentino escritas hasta hoy. Más allá de ser un hecho acotado en el tiempo -se concentró principalmente en el último año de gobierno del general Juan Carlos Onganía- implicó la producción cinematográfica estatal de mayor volumen desde la época del peronismo. La experiencia presenta un gran interés porque implicó un reacomodamiento en la política comunicacional del gobierno posterior al Cordobazo, producida en el contexto de una importante transformación del cine provocada por la expansión de la televisión. En ella confluyen la decadencia del noticiero cinematográfico, la extensa lucha del cortometrajismo independiente y el auge de las agencias de publicidad para cine y televisión. El gobierno de Onganía intentó sacar provecho de los impulsos renovadores de grupos de jóvenes realizadores que desde hacía más de una década luchaban por el apoyo oficial a expresiones vinculadas a las ideas de independencia y autor en un marco de libertad de expresión. Esto lleva a formular la hipótesis de que los impulsos culturales modernizadores no fueron vistos –al menos no todos- como amenazas por esta dictadura, la que tuvo capacidad para, en un mismo movimiento, apoyarlos, acotarlos e incluso cooptarlos. Esta interpretación pone en evidencia las dificultades que presenta la idea, a esta altura canónica, de que en la época habría habido un enfrentamiento entre agentes modernizadores y tradicionalistas, quienes habrían ejercido un bloqueo a las aspiraciones de los primeros (Terán, 2013).[1] Este bloqueo habría tomado formas más complejas que convendría problematizar. Desde esta perspectiva, tradicionalismo y modernismo presentan una simplificación de posiciones que se presentan en la práctica de modos mucho más complejos.

Este artículo desarrolla la trayectoria que llevó a imbricar intereses entre gobiernos y empresarios del noticiero cinematográfico y las tensiones que atravesaban a este género a fines de la década de 1960. A continuación se aborda la pelea que dieron los grupos de realizadores independientes por la institucionalización del corto. La confluencia de estas dos cuestiones permite entender el marco institucional en el que se dio el viraje de una producción privada pero oficialista a una realización directa de cortometrajes por parte del Estado. Se describe la producción estatal de la época y se analizan las trayectorias y producciones de dos realizadores destacados del período: Luis Vesco y Ricardo Alventosa, para comprender las características de esta producción y puntualmente la influencia de las nuevas prácticas publicitarias en las transformaciones de la publicidad oficial.

El trabajo ha sido realizado principalmente a través del relevamiento exhaustivo de los ejemplares de Heraldo del Cinematografista/Heraldo del Cine que van desde la edición 1817 correspondiente al 29 de junio de 1966 hasta el número 2173 del 21 de mayo de 1973, a lo que se suman el informe realizado por el Instituto Nacional de Cinematografía al finalizar la gestión Ridruejo (Instituto Nacional de Cinematografía, 1973), revistas de actualidad política, entrevistas a protagonistas de la época y el análisis de los cortometrajes dirigidos por Vesco y Alventosa desarrollados en el trabajo.

La decadencia del noticiero cinematográfico

Históricamente, el noticiero cinematográfico fue el principal vehículo de comunicación política audiovisual en Argentina. En términos de Florencia Luchetti, el noticiario se presentó a sí mismo como un registro objetivo del mundo real que apelaba a una dimensión mimética para provocar la naturalización de un punto de vista oficial. Presentaba la realidad de manera fragmentaria, breve y simplista, eliminando sus elementos contextuales y explicativos. Así, funcionaba como productor de argumentaciones dominantes sobre los sucesos del mundo real (Luchetti, 2014).

RllorensEl principio del fin (Ricardo Alventosa, 1970)Salvo excepciones, los noticieros pertenecieron a empresarios privados, pero los gobiernos supieron superponer los intereses de estos con los propios. En 1943 el gobierno del general Ramírez estableció un sistema de exhibición obligatoria y un precio de contratación fijo que funcionó como un subsidio encubierto y significó un impresionante incremento de la rentabilidad para los empresarios encargados de su producción. En 1950 un acuerdo entre empresarios cinematográficos de la exhibición, la distribución y la producción promovido por el gobierno de Perón estableció un subsidio de “apoyo al cortometraje” que se destinó exclusivamente a brindar una ganancia adicional a los productores de noticieros. Estos apoyos económicos colaboraron con el fortalecimiento de la relación entre productores y gobernantes que, en rigor, no nació en esta época. Desde la década de 1910 el cine informativo ya se identificaba con el discurso del orden y reproducía un punto de vista oficial (Marrone, 2003) y el vínculo con los distintos gobiernos era una característica distintiva del noticiero cinematográfico como género patriótico (Allegretti, Marrone, & Moyano Walker, 2006). La expresión más evidente de esto se manifestó con motivo de la caída del gobierno de Perón. Los noticieros viraron inmediatamente de criterio, pasando del apoyo acrítico al peronismo, tematizado a través de la presentación de las actividades de las oficinas y jerarquías oficiales, a presentar el golpe de Estado como si se tratase de una liberación luego de una dictadura, adoptando una postura iconoclasta respecto a la simbología peronista que habían colaborado en construir (Marrone & Moyano Walker, 2006).

Hacia mediados de la década de 1960, sin embargo, los signos de la decadencia del noticiero cinematográfico eran cada vez más evidentes. A Buenos Aires llegaba información sobre la cancelación de importantes noticieros europeos y norteamericanos que sucumbían ante la expansión de la televisión.[2] En 1968 el gobierno de Onganía reguló la distribución de los noticieros: la norma estableció que no podrían explotarse ediciones de más de veintitrés semanas de antigüedad.[3] ¡En el interior del país se exhibían noticieros con más de cinco meses de retraso! Esta disposición ponía en evidencia tanto el interés como las dificultades para hacer del noticiero cinematográfico un medio efectivo de difusión de información política. Finalmente, en ese mismo 1968 el gobierno de Onganía decidiría también la reducción de los montos de los subsidios estatales y liberaría el precio de contratación. Comenzaba el ocaso.

En mayo de 1969 se produjo el alzamiento popular conocido como Cordobazo, que conmovió al gobierno del general Onganía. Las imágenes televisivas que mostraban a la policía a caballo retrocediendo impotente ante la virulencia de los manifestantes en Córdoba se conjugaban con la desorientación que mostraban en Buenos Aires los funcionarios del gobierno, que admitían estar enterándose de los hechos por los medios de comunicación (Varela, 2005). La televisión demostró definitivamente su capacidad para difundir masivamente hechos a las pocas horas de sucedidos, a la vez que el propio vértigo al que estaba sometida la producción y transmisión de información hacía mucho más difícil su control por las autoridades políticas. Según Mirta Varela, el Cordobazo marcó la consolidación de la televisión como la principal fuente informativa en Argentina, lo que implicó el inicio de un nuevo reinado en el espectáculo informativo audiovisual a la vez que el golpe definitivo al noticiero cinematográfico como vehículo de propaganda y comunicación.

La lucha por el cortometraje independiente

El golpe de Estado de 1955, hecho en nombre de la libertad, generó un nuevo clima que impulsó una reconfiguración cultural signada por un “espíritu modernizador” (Terán, 2008).Este nuevo ambiente cultural se conjugó con un proceso de expansión de grupos renovadores dentro del cine, que ya estaba en marcha, nucleados alrededor de cineclubes, revistas de cine y seminarios y cursos (Félix Didier, 2003). Rápidamente estos grupos se organizaron en agrupaciones, entre las que se destacó la Asociación de Realizadores de Cortometraje (ARCM) creada ese mismo año. Los “chicos del corto” –en los términos en que retrospectivamente recordó la experiencia de estos grupos uno de sus protagonistas, Simón Feldman (1990)- bregaron por el desarrollo de una política cinematográfica que impulsara una renovación temática, estética e institucional del cine. En ese marco el cortometraje fue considerado un ámbito estratégico dada su autonomía respecto a las reglas del mercado cinematográfico (Mahieu, 1961). En este espacio se desarrolló una ruptura violenta respecto al documental, al punto que existen interpretaciones que identifican este momento como fundacional.[4] Inauguración o transformación, en cualquier caso la explicitación de la politicidad del discurso documental por parte de sus propios realizadores fue un cambio radical respecto a la pretendida objetividad de los registros de lo real tradicionales: el documental institucional y el noticiero cinematográfico. En palabras de Fernando Birri: “Lo que me interesa es que el cine sirva para algo y que ese algo sea ayudar a construir nuestra realidad” (Mogni, 1960).

RllorensEl principio del fin 2Como resultado de la presión de estos grupos, en 1957 comenzó un proceso de consolidación de una política cinematográfica estatal que establecería el otorgamiento de créditos para la realización de cortos, premios anuales para las mejores producciones y cuotas de pantalla para su exhibición. La exhibición obligatoria de cortos en salas comerciales en programas junto a largometrajes fue resistida velada pero eficazmente por los empresarios de la exhibición y la distribución. Por su parte, los cortometrajistas continuaron insistiendo por el cumplimiento de la medida en los años siguientes. En 1965 la gestión de Alfredo Julio Grassi al frente del Instituto Nacional de Cinematografía (INC) transformó los créditos al corto en subsidios, lo que representó una fuerte medida de promoción, a la vez que un sinceramiento respecto al fracaso en la lucha por asignarles un espacio en las salas de cine: el crédito pasaba a ser no reembolsable dado que los cortos no tenían posibilidad de generar ingresos por su explotación y por lo tanto no había modo de recuperar los costos de producción.

La gestión de Adolfo Ridruejo, el coronel que estuvo al frente del INC durante los siete años que abarcó la dictadura, se mostró inicialmente hostil a los impulsos renovadores, a través de medidas que los afectaban directa o indirectamente tales como la suspensión de créditos, la eliminación de premios económicos a las mejores producciones, la cancelación del apoyo oficial al Festival de cine de Mar del Plata, entre otras. Sin embargo, a partir de 1967 se produce un viraje importante en la relación con los grupos renovadores: el gobierno tomó nota de que la producción comercial de largometrajes, la única en pie, carecía de competitividad en festivales internacionales. Al mismo tiempo, resultaba día a día más evidente que existía un grupo de realizadores, asociados a las pujantes empresas productoras de publicidad audiovisual –denominadas en la época “cine publicitario”-, que tenían la capacidad y la voluntad de producir cortos y largometrajes sin apoyo estatal (Ramírez Llorens, 2015). En ese marco, el apoyo a la producción independiente podía colaborar con la imagen en el exterior de una dictadura que se veía a sí misma como un agente modernizador (Rouquie, 1986) a la vez que dar cauce a realizadores que de otro modo se autonomizarían por completo del Estado.

La ley de cinematografía 17.741 sancionada en 1968 restableció la vieja novedad de la exhibición obligatoria de cortometrajes en cines comerciales. Esta vez parecía que la medida iba en serio, dado que Ridruejo recuperó una idea que Grassi había propuesto pero no había logrado concretar: ofrecer a los exhibidores un verdadero “canje de rehenes”, consistente en eliminar el número vivo a cambio de la exhibición de cortometrajes. La obligatoriedad del número vivo, un pequeño espectáculo de variedades presentado en uno de los intervalos entre funciones, había sido establecida en el año 1953. Generaba grandes resistencias en los empresarios, a quienes les resultaba antieconómico por su elevado costo y por el tiempo que ocupaba en la programación. Los exhibidores se quejaban además de que por lo general eran espectáculos de baja calidad y de mal gusto, que desagradaban al público, y que debían destinar tiempo a seleccionar programas teatrales, un tema ajeno a su negocio cinematográfico. Sin embargo, eliminarlo no era gratuito para el gobierno, porque provocaba la oposición de la Unión de Artistas de Variedades, sindicato que agrupaba a los trabajadores del número vivo y que mostraba una importante capacidad de movilización. Por su parte, los empresarios de la exhibición tampoco podían incumplirlo, por la fiscalización que realizaba el sindicato, y habían fracasado en su intento por quitárselo de encima por vía judicial: el cine Callao había recurrido a la justicia con el argumento de que la imposición del número vivo vulneraba el derecho de propiedad y el derecho de comerciar, pero en 1960 la Corte Suprema confirmó su validez. Los exhibidores estaban atados de pies y manos, dependían de la buena voluntad del gobierno para terminar con la obligatoriedad. Grassi y Ridruejo coincidían en que los exhibidores admitirían la proyección obligatoria de cortometrajes como un mal menor, dado que al menos resultaba más económico que el número vivo.

Sin embargo, en cuanto la ley fue sancionada, la Cámara Argentina Norteamericana de Distribuidores de Films, que desde 1966 agrupaba formalmente a las filiales locales de las distribuidoras norteamericanas, expresó en un comunicado que la exhibición obligatoria de cortometrajes “podría alterar el ritmo de vueltas en las salas” («Film Board,» 1968).[5] Más allá del argumento, estaba claro que así como el número vivo era un problema de los exhibidores, la exhibición obligatoria de cortos involucraba a los distribuidores, que debían hacer el trabajo de comercializar los cortometrajes. Para colmo, no estaba claro quién pagaría la exhibición de las películas. Entre octubre y diciembre de 1968 se debatió fuertemente por la forma que tomaría el régimen de obligatoriedad.

En febrero de 1969 se estableció el régimen de exhibición: el costo de la contratación del cortometraje recaería sobre los distribuidores, que serían responsables de la explotación, y de pagar a los realizadores el uno por ciento de sus ganancias. La ARCM protestó por considerar que la retribución económica era demasiado baja teniendo en cuenta que la reglamentación exigía la realización de ocho copias a cargo del productor. Los distribuidores hacían silencio mientras los exhibidores aprovechaban para exigir también la eliminación de la obligatoriedad de exhibir noticiarios. Para poner en marcha la medida, el INC publicó un listado de cortometrajes disponibles para exhibir. En octubre de 1969 los cortometrajistas demandaron a Ridruejo que haga cumplir la ley, mientras Robert Corkery, presidente de la Motion Pictures Export Association (MPEA) -el organismo que defendía los intereses de las majors en el exterior- y Harry Stone, representante para América Latina de la Motion Pictures Association of America –el organismo que nuclea a las majors en Estados Unidos- viajaron a Buenos Aires para negociar con Ridruejo a favor de los intereses de las distribuidoras de origen norteamericano.[6] En ese contexto la ARCM hizo un último esfuerzo por comercializar directamente los cortometrajes para evitar el sabotaje de los distribuidores, enviando telegramas a los exhibidores, que no se dieron por aludidos.

Los cortos estatales

RllorensFotograma de Placa de apertura de los cortometrajes del INCEn enero de 1970 la ARCM volvió a dirigirse a Ridruejo. El tono y el contenido del reclamo habían variado violentamente. Esta vez, además de solicitarle que sumarie a varias salas y cumpla con la exhibición obligatoria, exigió que el INC se abstenga de producir cortometrajes y de distribuirlos gratuitamente. A los cortometrajistas les había surgido una oposición en el lugar menos pensado. Con dinero del propio INC, el subdirector del Instituto, Luis Vesco, había realizado un cortometraje titulado Marcha al límite austral de la patria (1969) el cual, denunciaban los cortometrajistas, era distribuido por Paramount, quien disponía de las ocho copias que estipulaba la ley. Vesco era él mismo un cortometrajista de trayectoria reconocida, egresado de la primera cohorte de la Escuela de Cine de la Universidad de La Plata –inaugurada en 1957 al calor del clima modernizador-, que junto a otros egresados había fundado el Grupo de Cine Experimental de esa ciudad. Vesco tenía además una importante trayectoria en oficinas estatales vinculadas a medios de comunicación. Durante el gobierno de Oscar Alende en la Provincia de Buenos Aires –durante la presidencia de Frondizi–, Vesco participó de la creación de la Dirección de Radio y Televisión Educativa del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, que se encargaba de la producción de programas radiales. En el mismo ministerio dirigió también el Instituto de Medios Audiovisuales, encargado de la producción de cortometrajes educativos y de la realización de un Festival Internacional de la Imagen Educativa, orientado a la difusión de documentales y noticiarios cinematográficos. Vesco conjugaba de modos particulares el haber sido parte de los grupos renovadores con una trayectoria como funcionario estatal.

Ese mismo mes de enero el INC sinceraría la situación, anunciando públicamente un plan de producción directa de 20 cortometrajes, de los cuales se realizaron finalmente 14: Cuando el progreso invade la tierra (Luis Vesco, 1970), Bienvenidos a Salta (Luis Vesco, 1970), Trabajando para usted (s/d), Tren a las nubes (José Raggi, ca. 1970), ¿Qué sabe usted de Atucha? (s/d), Comunicación vía satélite (s/d), Riquezas en peligro (Juan Berend, 1972), Pesca costera (s/d), Lo que nadie ve porque está tapado (s/d), El muro de agua (s/d), Accesos a la capital (s/d), Alguien trabaja silenciosamente (s/d), Por siempre agua (s/d) además del ya mencionado Marcha al límite austral de la patria. Además, el Instituto financió otros 15 cortometrajes: Mar blanco (Alvaro Melián, 1970), Nuestro tiempo (Mauricio Berú, ca. 1970), Donde empieza el camino (s/d)[7], Subordinación y valor (s/d), Arqueloguitos [sic] (s/d), Estancia (Juan Berend, 1969), Pro (Rodolfo Corral, ca. 1971), Lago Argentino (Alberto Larrán, 1970), Mis impresiones del Iberá (s/d), Evocación (s/d), Un simple ramo de flores (s/d), Diamantes sin brillo (Daniel Pires Mateus, 1970), Pelajes criollos (Máximo Berrondo, 1969), Un día en la prehistoria (Adolfo Valerga, ca. 1971).

En rigor, el INC era sólo una de las oficinas gubernamentales que estaba realizando cortometrajes de manera asidua. Al mismo tiempo Ricardo Alventosa estaba filmando para la Secretaría de Salud Pública El mal de los rastrojos (1969), Salud rural (1969) y Mal de chagas (1970). El Ministerio de Bienestar Social también le había encargado cortometrajes: El principio del fin (1970), Operativo agua (1970) y Cuando llega la enfermedad (1970).

Alventosa había sido uno de los nuevos realizadores de largometraje de la llamada Generación del 60, que tuvo su apogeo entre los últimos años de la década de 1950 y los primeros de la siguiente. También se había desempeñado en sus inicios en el corto, e incluso había sido presidente de ARCM. Con el tiempo fundaría la agencia publicitaria que llevaba su nombre y tendría una trayectoria importante dentro del denominado cine publicitario.

En 1962 Alventosa filmó su primer largometraje, La herencia. El film sufrió importantes problemas debido a la intervención de Coordinación Federal, la oficina de inteligencia de la Policía Federal Argentina, que secuestró los negativos y una copia de la película. Según el propio Alventosa, desde los organismos de censura le cuestionaban la “mala leche” con la que había realizado el film, señalando las menciones políticas que en clave humorística el director había insertado en la obra, que podían entenderse como una puesta en ridículo de los discursos anticomunistas (Peña, 2003).[8] El film había sido rodado en el contexto del conflicto interno del ejército de los años 1962 y 1963 conocido como “azules y colorados”, que provocó dos enfrentamientos armados de las facciones del ejército en las calles de Buenos Aires y que finalizaría afianzando el liderazgo castrense del “azul” Onganía, un militar identificado con la Doctrina de Seguridad Nacional promovida desde Estados Unidos, al punto que era caracterizado por algunos de sus críticos como un “hombre del Pentágono” en Argentina (Rouquie, 1986). La película da cuenta en todo momento de la presencia de los militares en la vida pública, a través de escenas rodadas en las calles donde la permanente presencia de desfiles y vehículos militares forman parte de una suerte de decorado que a los personajes les resulta indiferente por cotidiano. El director da cuenta también de la progresión temporal del conflicto intramilitar, poniéndolo en relación con la trama de la película, al insertar menciones de tapas de periódicos que pueden interpretarse como comentarios en un sentido y otro. Para los grupos de inteligencia, Alventosa debió ser necesariamente sospechado de criptocomunista -un izquierdista infiltrado en el campo cultural o social para difundir ideologías revolucionarias de modo encubierto (Funes, 2006)-. No obstante, no parecía haber conflicto en el hecho de que el gobierno de Onganía recurriera a sus servicios.[9]

Además de los cortos de Alventosa, la Secretaría de Salud Pública también había producido Saneamiento ambiental (Luis J. Galindo, 1969), Capacitación (Luis J. Galindo, 1969) y Sus hijos y usted (Carlos Parera, 1970). La Subsecretaría de Agricultura produjo La vaca de madera (s/d). La Secretaría de Turismo hizo lo propio con Jujuy a vuelo de pájaro (s/d). El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria produjo Electrificación rural (Carlos Devito, ca. 1970). El estatal Centro de Rehabilitación ACIR hizo El triunfo de la voluntad [sic] (s/d), mientras que la empresa estatal Hidronor presentó El Chocón, Cerro Colorado (s/d), El Chocón, la obra del siglo (s/d, ca. 1969) y El Chocón, un milagro argentino (s/d, ca. 1969).

Una dictadura moderna

RllorensFotograma de placa de apertura de Sucesos Argentinos de principios de la década del 70, evidencia el esfuerzo por modernizarse estéticamenteResulta notable que la producción de cortometrajes por parte del Estado se active en la segunda mitad del año 1969, en el epicentro de la crisis política provocada por el Cordobazo. Esto alimenta la hipótesis sobre la inutilidad del noticiario cinematográfico como vehículo de propaganda oficial. El cortometraje institucional –producido por el INC o por otras dependencias estatales– se mostraba viable porque la legislación sobre la obligatoriedad de su exhibición ya estaba definida de antemano.

Marcha al límite austral de la patria es un corto que reconstruye la expedición al Polo sur comandada por el coronel Jorge Leal en el año 1965.[10] El cortometraje es una crónica ordenada de la travesía, que desarrolla sus distintas etapas a través de imágenes que se concentran en registrar el paisaje y la maquinaria utilizada, haciendo énfasis en las dificultades que debió superar el grupo de exploradores. El único recurso lingüístico que rompe este prolijo orden expositivo es el comienzo, que presenta al coronel en su despacho recibiendo una nota de reconocimiento con motivo de la conmemoración de los cinco años de la travesía, unas palabras de Leal dedicadas “al pueblo” y unas imágenes de la recepción triunfal en ocasión del retorno a Buenos Aires del grupo de militares que participaron de la expedición. A partir de esta presentación, todo el relato de la expedición está presentado como un flashback. La película termina con la imagen de Leal izando la bandera argentina en el Polo sur, ante el saludo del resto de los expedicionarios, mientras el relato over alega en un tono lindante con el mesianismo: “Y la luz, que sucederá a las sombras, traerá la imagen de diez voluntades argentinas [se refiere a los militares que participaron de la expedición] unidas por una misma vocación, la de superar lo imposible por la fe puesta en Dios y en su propio esfuerzo”. La película puede leerse como una comparación con el cruce de los Andes realizado por San Martín en el siglo XIX, o como una anticipación a una gesta épica similar en las islas Malvinas. En cualquier caso, propone una reivindicación del ejército, poniendo de relieve su profesionalidad –un rasgo de su modernismo- con su heroísmo en la defensa de la soberanía –un motivo asociado a la tradición del ejército-. La locución final subraya el fundamento católico de las Fuerzas Armadas y la mención a las luces y las sombras, que refieren directamente a la presencia del sol en el polo, parece estar tematizando la crisis de legitimidad que atravesaba la dictadura: el gobierno del general Onganía superará el trance porque está apoyado en la religión y en su propia voluntad.

Cuando el progreso invade la tierra presenta desafíos formales mayores.[11] La película, un documental sobre la construcción del Dique Cabral Corral, no presenta una voz que oriente la interpretación de las imágenes, apenas breves informaciones al principio y al final, a partir del diálogo entre dos funcionarios o políticos que pasan revista a los aspectos técnicos de la obra. Comienza con un conjunto de imágenes de la Iglesia de San Francisco en Salta. Un fraile hace sonar la campana y tras el fondo sonoro del repique se presentan tomas de las calles, una panorámica de la ciudad e imágenes de trabajadores en el campo. A continuación se presenta a los funcionarios evaluando el proyecto del dique sobre un mapa de la zona. El resto del documental aborda la construcción de la obra, en imágenes que se concentran casi exclusivamente en el trabajo de las maquinarias. Así, la película conjuga tradición y progreso, mediadas por la acción modernizadora de un gobierno racional y tecnocrático. Bienvenidos a Salta parece ser una película hermana de la anterior –probablemente se haya aprovechado la realización de uno de los documentales para hacer el otro–.[12] En comparación a las dos obras descritas resulta temáticamente más compleja. A partir del seguimiento de una turista, presenta los distintos atractivos de Salta: tejidos, gastronomía, paisajes, arquitectura, etc. Integrado a esto, se presentan las comodidades que la provincia ofrece: hotelería y transporte –aquí aparece tematizado brevemente el gobierno, a partir de las menciones al buen servicio de la empresa estatal Aerolíneas Argentinas y al buen estado de los caminos–. La nación, la tradición y el catolicismo se integran en una escena muy elaborada: en la catedral de Salta un hombre con poncho salteño pronuncia un encendido discurso patriótico frente a la urna con los restos de Martín Miguel de Güemes.

Las tres películas de Vesco presentan un tríptico –no necesariamente planificado– que aborda fuerzas armadas, gobierno y sociedad: modernidad y tradición conviven en las obras sin conflicto. En ellas se presenta un gobierno y un ejército profesionales que basan su legitimidad en la religión. Las películas presentan un ejército en acción, un gobierno en pleno funcionamiento y una sociedad ordenada.

Las películas que Alventosa filmó para el gobierno parecen mucho más innovadoras. En principio, en estas películas se brinda un lugar destacado a los destinatarios de la política: la gente humilde, empobrecida, del montón. Las autoridades de gobierno, en cambio, están completamente fuera de cámara. Cuando se quiere mostrar la presencia del Estado se lo hace a través del trabajo de médicos, soldados o trabajadores sociales. Comentaba la revista especializada Heraldo del cine, refiriéndose a El principio del fin:

El tema propuesto se prestaba fácilmente a la demagogia barata, al sentimentalismo cursi; el guion de Horacio Eichelbaum, en cambio, ahonda momentos aparentemente triviales, pero que en un contexto más amplio se agrandan en sus connotaciones: algunas imágenes recogen expresiones imposibles de transmitir en palabras, como la inexplicable cara de sorpresa y alegría que sienten los habitantes de la villa cuando, al llegar a la nueva casa, encuentran agua corriente y luz eléctrica. El que nunca careció de esos elementos no puede siquiera sospechar el tremendo valor que les puede dar aquel que jamás los tuvo, y es mérito grande de Alventosa haber sabido transmitir esos momentos en su justa dimensión, sin abaratarlos (López, 1970).

Por otra parte, y rompiendo con una extensa tradición del cine de propaganda oficial, estas películas no presentan el conflicto ubicado en el pasado y ya superado por la gestión oficial, sino como un problema actual en el que el gobierno está interviniendo activamente. Existe un desplazamiento desde la acción del gobierno hacia el gobierno en acción. El énfasis en los destinatarios de la política y en la acción estatal le da a las obras una estética de testimonio que acentúa el realismo de las películas. Estos elementos están destacados en la crítica que Heraldo del cine hizo de Salud rural:

El acento no está puesto en la “ardua y sacrificada labor” sino en el verdadero problema: en este caso, la salud rural. Efectivamente, como lo hemos remarcado, lo primero que se señala son los “veinte kilómetros que esta señora ha debido recorrer”, con lo cual el problema está en el tapete. Lo segundo es la solución a que se ha recurrido, es decir el plan de la secretaría de Salud Pública. Pero este plan no está presentado como solución definitiva ni terminante ni nada así; al contrario: prudentemente, enuncia sus objetivos y sus limitaciones, las dificultades que encuentra una puesta al día en el orden sanitario de los pobladores de esos lugares olvidados.

Suscintamente, se lleva la inquietud al espectador: he aquí el problema; he aquí lo que estamos haciendo (J.P., 1969).

De El principio del fin la crítica de Heraldo del cine destaca que, según el propio Alventosa, fue realizada sin ningún tipo de condicionamientos por parte del gobierno. Las virtudes de este tipo de realizaciones se resumen en el cierre de la crítica de esta película: “Dentro de la tónica o del rótulo ‘film oficialista’, El principio del fin logra evadirse, por méritos propios, de la monotonía que caracteriza a la mayoría de sus pares. Hay que reconocerlo y aplaudirlo” (López, 1970).

El principio del fin trata sobre la política de vivienda de Onganía, orientada a la erradicación de villas de emergencia mediante el traslado de sus habitantes hacia los denominados Núcleos Habitacionales Transitorios. El film plantea con claridad que las nuevas viviendas que el gobierno está construyendo son pequeñas y sin comodidades, que su objetivo es “adaptar” a sus moradores a nuevas formas de vida y “promover” su deseo de irse de allí, evitando que se conformen con la nueva vivienda. El principal objetivo de la política sería, según se plantea explícitamente, romper la lógica de aislamiento que hace de la villa un mundo aparte, obligando a sus habitantes a relacionarse con otros grupos sociales. La obra justifica así la ausencia de escuelas y hospitales en los nuevos barrios: la intención es impulsar a sus habitantes a salir hacia otras zonas para procurarse estos servicios. La voz over lo formula de esta manera: “El barrio transitorio permitirá mejorar la comunicación entre todos, los hábitos de convivencia, el nivel general de salud, en suma facilitará la integración social. Pero no solucionará el problema de la vivienda”. Es un discurso de readaptación social, tan racionalista como autoritario, que tiende a sugerir que en el fondo el problema de la vivienda es cultural, que existe gente que no sabe vivir de otra manera. Y la manera legítima de vivir se asocia con lógicas propias del mundo urbano, con hábitos asociados a la vida moderna en las ciudades

RllorensHeraldo del cine, enero de 1970, recupera la denuncia de la ARCMEn la obra se superponen testimonios directos –un recurso formal asociado a la modernidad cinematográfica- de los habitantes de las villas que plantean sus impresiones sobre los nuevos barrios junto a ficcionalizaciones que presentan a un villero idealizado, ajustado a los valores que se pretenden imponer. En este registro se presenta a familias abordando un tren y saludando alegremente al partir para regresar a sus provincias de origen, omitiendo que el retorno solo se explica porque han sido expulsados por la fuerza. Más contundente aún es el incendio intencional de las villas de emergencia –una de las estrategias que se practicaban para provocar el desalojo (Marrone y Fariña, 2010)– que presenta el final del film, en el que se presenta como responsable del hecho al propio habitante de la casilla, que en el discurso del film prende fuego a su propia vivienda como un signo de su voluntad de progreso. Por supuesto, la película omite por completo el accionar de las organizaciones internas de los barrios, la Federación de villas o el Movimiento de Sacerdotes del III Mundo y su compromiso con las villas, todos grupos importantes en ese momento (Blaustein, 2006). Se produce así una contradicción entre dar la palabra a los pobres, a la vez que falsificarlos, resignificando las prácticas autoritarias de hostigamiento hacia ellos como situaciones ideales de vínculo directo entre el Estado y los villeros.

Vesco busca registrar en sus cortos la invulnerabilidad del poder, la perfección del orden y el equilibrio entre modernidad y tradición. Alventosa se arriesga al desequilibrio, a lo inconcluso y a lo vulnerable como elementos que le permiten tematizar el orden con un discurso novedoso, argumentando a favor de la idea de un gobierno moderno que viene a transformar una sociedad que vive en el atraso. Parte de ese desequilibrio está dado por la tematización del autoritarismo gubernamental, que está presente pero no puede presentarse abiertamente.

La búsqueda de la consagración

La gran expansión que el cine publicitario había experimentado en los años anteriores había sido un terreno de estudio y ensayo de técnicas de comunicación orientadas a la persuasión, que podían aplicarse a la propaganda política. En su época, los cortometrajes de Alventosa no fueron entendidos como vulgar propaganda oficial sin valor, como cabe generalizar que era visto el contenido político del noticiero cinematográfico, sino como obras de sumo interés desde el punto de vista publicitario, al punto que publicaciones especializadas le dieron espacio en sus críticas, tal cual hemos visto, y las abordaron en tono elogioso.

Este lugar simbólico fue puesto a prueba con ocasión del IV Festival Internacional de Cine Documental y Experimental (FICED) organizado por la Universidad Católica de Córdoba (UCC) en 1970. Desde su primera edición en 1964, el festival era dirigido por una cineclubista rosarina y un ex seminarista discípulo del jesuita Rafael Sánchez (Ana María Sinópoli y Laerte Martínez). Se trataba de un grupo de laicos católicos abiertos a los procesos de modernización cinematográfica, que hacían énfasis en la promoción de lo que consideraban buen cine y eran críticos de la orientación moral del público que realizaban otros sectores del catolicismo, dirigidos a limitar y prohibir la exhibición de películas (Ramírez Llorens, 2014). De hecho, en su III edición (1968) la UCC fue multada por la oficina de calificación moral estatal –que estaba comandada por laicos católicos-, por no enviar a calificar previamente las obras proyectadas. Por las ediciones anteriores del FICED habían pasado el propio Luis Vesco, Jorge Prelorán, Humberto Ríos, Raymundo Gleyzer y Gerardo Vallejo, por mencionar apenas algunos de quienes habían sido y seguirían siendo importantes realizadores independientes de la época. Los organizadores se preocuparon también por prestigiar al festival con presencias internacionales: Norman McLaren y Jan Lenica visitaron Córdoba para participar del encuentro, también se hicieron intentos para traer a John Grierson y Agnès Varda.[13] No tiene sustento suponer que la orientación del festival era conservadora por el simple hecho de estar organizado por una institución católica. El FICED era un ámbito plural o, si se prefiere, ecléctico.

La Secretaría de Salud Pública inscribió en la competencia del IV FICED a los cortos de Alventosa El principio del fin, El mal de los rastrojos, Operativo agua y Salud rural. En un contexto de radicalización política del campo cultural que tenía como una de sus expresiones destacadas al cine, y en el marco de la ciudad de Córdoba que un año antes había protagonizado el alzamiento popular que había desestabilizado a Onganía, la dictadura se atrevía a competir a la par de películas de denuncia social realizadas por directores independientes. En el festival iban a disputar el mismo espacio obras que sostenían un discurso decididamente radical como Herminda de la Victoria (Douglas Hübner, 1969) o Lavra Dor (Paulo Rufino, 1968) con los cortos oficiales de Alventosa. Al cine de la revolución, la dictadura le respondía con un cine reformista autoritario. La homologación de los dos tipos de obra en el mismo espacio era un gran triunfo simbólico de la dictadura. Embanderada en la defensa del cine artístico e independiente, convocaba a prestigiosos realizadores de la renovación para que filmen los logros de la propia dictadura.[14]

Finalmente la coexistencia de estas obras no tuvo lugar. El Ente de Calificación Cinematográfica intervino nuevamente en la IV edición del festival, reteniendo las copias del corto argentino Muerte y pueblo (Nemesio Juárez, 1969) y los chilenos Desnutrición infantil (Alvaro Ramírez, 1969) y Herminda de la Victoria. El cronista de la revista Panorama destacaba el malestar que había provocado la censura, lamentaba que Herminda de la Victoria y El principio del fin, tratando ambos el tema de la vivienda, no hubieran podido verse en diálogo y expresaba el fracaso de la participación oficial en el contexto del malestar por la censura, al mencionar respecto a El principio del fin que “el tono oficialista suscitó el rechazo general” («Los pequeños cordobazos,» 1970). En cambio, en Criterio, la revista confesional católica, también se condenó la censura y se abordó explícitamente la comparación entre películas de denuncia social y películas oficialistas, concluyendo en un balance positivo. Me permito la cita extensa de la crítica de Silvia Matharan de Potenze:[15]

No queremos dejar de señalar el interés ilustrativo del aporte argentino que estaba formado por un film independiente Muerte y pueblo de Nemesio Juárez[16] y tres producidos por el Ministerio de Bienestar Social de la Nación, El principio del fin, Operación agua y El mal de los rastrojos además de otros más modestos. Es interesante la confrontación de estos films según su procedencia. El primero, una producción privada, es obra de un hombre muy joven e impresiona por encima de sus debilidades de guión y realización, por el intento de expresión personal que supone y la voluntad de penetrar en el alma popular de una paupérrima comunidad del interior con una actitud que oscila entre la curiosidad antropológica, la indignación y el amor. Los tres films oficiales, debidos al depurado oficio de Ricardo Alventosa –un realizador que estaba en camino de ser uno de nuestros buenos largo metrajistas cuando la censura obstaculizó su labor- encaran con técnica segura y por momentos brillante otros tantos problemas de urgencia social ya ampliamente reconocida, y al mostrar lo que el gobierno hace por resolverlos, trata de crear una conciencia optimista y constructiva alrededor de aquellos. Propaganda oficial, sin dudas, pero propaganda útil para la comunidad aunque aquí y allá se acentúen las tonalidades un poco más rosadas de lo que la discreción exigiría. Pensamos que ambos tipos de film, la caótica e indignada información sobre el subdesarrollo de Juárez y la metódica exposición de los problemas y las soluciones que sugiere el gobierno por intermedio de sus organismos específicos, son válidos y útiles para el desarrollo (Matharan de Potenze, 1970).

El hecho de que se promoviera la inclusión de los filmes oficiales en el Festival mientras se prohibía la participación de películas de denuncia social puede ser entendido sencillamente como producto de una superposición del accionar de dos oficinas estatales. Al fin y al cabo no hay razones para suponer que al interior del aparato estatal exista una lógica tan monolítica que no habilite a ninguna contradicción. Pero también puede ser entendido como una coherente “apertura autoritaria” a los procesos de modernización que termina provocando efectos contradictorios. Apertura, porque creo que es posible discutir, al menos respecto al cine, la idea de Terán respecto a que desde el poder no hubo capacidad de distinguir modernización cultural de radicalización política. Al contratar a realizadores renovadores y hacer participar sus producciones en festivales independientes, el gobierno estaba reconociendo la influencia de los modernizadores a la vez que demostraba que no los consideraba una amenaza, o alternativamente, que podía conjurar esas amenazas latentes mediante la cooptación. Esta interpretación se refuerza al observar el impulso que la gestión de Ridruejo dio al largometraje independiente en la misma época (Ramírez Llorens, 2015). Autoritaria, porque la experiencia se despliega en el contexto de una gran expansión del espacio audiovisual, que entre otras cosas habilitó la representación de sectores subalternos que hasta entonces habían tenido poco o ningún espacio en los medios de comunicación. El gobierno de Onganía también apostaba a abordarlos desde su discurso, pero su actitud de censura explicitaba la imposibilidad de entrar en debate con representaciones enfrentadas. Es una apertura autoritaria porque intenta adaptarse a las transformaciones de la industria cultural que desbordan la iniciativa estatal, a la vez que rechaza competir en igualdad de condiciones con otros actores, esforzándose por recuperar la capacidad de control del Estado por medio de la contención y la represión.

Conclusión

En las obras de Vesco es posible advertir la capacidad de conjugar modernidad y tradición. Para ser precisos, es necesario advertir que lo que se conjuga con el discurso de la modernidad no es la tradición como bloque monolítico, indivisible, sino una tradición específica, dominante, vinculada a los valores de los nacionalistas católicos, que ofrece capacidad para dialogar con la vida urbana, con la industrialización, con el consumo. Desde esta perspectiva, la idea de que existió una tensión en estos años entre grupos modernizadores de la sociedad opuestos a sectores tradicionalistas vinculados al gobierno presenta una dificultad en su formulación. Donde se ha visto un bloqueo de sectores tradicionalistas incapaces de dialogar con los modernizadores debe leerse un discurso de la modernidad que habilita lo que se debe preservar como tradición oficial y lo que debe descartarse por considerarse un arcaísmo ilegítimo. En este sentido, la hibridación entre la tradición que reivindican los nacionalistas católicos -basada en la condena del laicismo y en la reivindicación de un fundamento católico de la nacionalidad- y el discurso de modernidad que propone el gobierno y que presenta al Estado como principal agente modernizador no parece presentar demasiadas contradicciones. Las obras muestran dificultades insalvables, en cambio, al representar la cultura de los sectores subalternos, que en rigor también deberíamos considerar alimentadas por una tradición. La tradición es en este caso un déficit que debe ser erradicado a través de la evolución hacia nuevos estilos de vida, hacia nuevos modos de sociabilidad, de ser necesario mediante la represión estatal. En este punto el discurso modernizador se vuelve imposición autoritaria. Y es que, en rigor, si existen múltiples tradiciones, también existen discursos modernizadores diversos. Justamente a esto apunta el término “modernización autoritaria”: se pueden hibridar modernidad y reacción. Se puede ser moderno sin ser progresista.

RllorensLa herencia (Ricardo Alventosa, 1962)Este discurso modernizador habilitó tanto la imposición de cambios culturales en sectores dominados como la asunción de un rol político paternalista de promotor de estos cambios. En este sentido, los cortos de Alventosa son políticos en el mismo sentido en que denominamos político al cine que se enfrenta críticamente al orden. Pretendieron disputar los mismos espacios de circulación del cine político y militante, interpelando a los mismos espectadores con la intención de promover-profundizar un cambio. El hecho de que fueran oficialistas no invalidaba su aspiración de intervención sobre la realidad.

La Revolución Argentina es caracterizada en este trabajo como una dictadura moderna, en la medida en que antes que entender los procesos de renovación cultural como una amenaza que había que bloquear, poseía códigos para interpretarla, intentando sacar provecho de ella. Esto pone en discusión la idea de dos grandes bloques estáticos, uno caracterizado como modernizador y otro tradicionalista, a favor de la idea de la existencia de posiciones complejas, híbridos coherentes, donde conviven militares tan autoritarios como modernos, realizadores renovadores que filman problemáticas sociales para la dictadura, cinéfilos católicos modernos, reeditando nuevas formas de imbricación de intereses particulares con los del Estado.

La gestión de Ridruejo impulsó la realización cinematográfica estatal, ocupando el espacio por el que los cortometrajistas habían estado luchando durante una década y media. Fue un proyecto inconcluso, debido a las inestables condiciones políticas y a las rápidas innovaciones del espacio audiovisual. El final de la experiencia hay que buscarlo tanto en la caída de Onganía y la intensificación del proceso de radicalización política -que tendrá un gran impacto en la transformación de las aspiraciones de los modernizadores-, como en el pasaje que parece experimentarse en esta misma época, del documental institucional cinematográfico al corto publicitario televisivo.[17] De todos modos, las tensiones por el corto y las apuestas estatales continuarían. En agosto de 1972 la ARCM solicitó públicamente una vez más la renuncia de Ridruejo, acusándolo nuevamente por el incumplimiento de la ley y por la distribución gratuita de cortos estatales. Todavía en febrero de 1973 el gobierno saliente del general Lanusse aprobó reformas a la ley de cine que establecían explícitamente el retiro de los fondos asignados al noticiero cinematográfico para destinarlos a la producción estatal de cortometrajes.

 

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Notas

[1] El gobierno de Onganía presenta aún hoy dificultades para su caracterización. La alianza de poder que lo hizo posible estaba integrada de modo complejo por militares, religiosos y civiles de tres vertientes distintas y antagónicas: nacionalistas antiliberales estatistas, paternalistas que bregaban por una organización comunitaria con un estado subsidiario, y liberales que bregaban por promover la iniciativa privada apoyando el ingreso de capitales transnacionales (O’Donnell, 2009). En el transcurso de su gobierno tuvieron lugar medidas que se presentan a la intuición como contradictorias en cuanto a su orientación. Por caso, la intervención de las universidades públicas y la expulsión de los docentes sospechados de izquierdistas –conocida como “La noche de los bastones largos”- coexistió junto a la importante expansión de los derechos civiles de las mujeres, que implicó el primer avance en la materia en cuarenta años –el único intento de reforma previo, de 1936, había sido en el sentido contrario de limitar aún más los derechos de las mujeres (Giordano, 2015)- .

[2] Por ejemplo, en 1968 Heraldo del cine informaba que: «No se pasan más noticiosos en los cines norteamericanos. A los cierres de News of the Day, Warner-Pathé, Noticias Paramount, Fox Movietone, se sumó este fin de año el de la United Press International, que durante 25 años proveyó de ‘actualidades’ a las salas de EEUU” («La tevé vencio a los noticieros en cines,» 1968)

[3]En rigor, Frondizi ya había sancionado una medida similar en 1958, vinculada al restablecimiento de los subsidios directos. Agradezco a Florencia Luchetti, quien me facilitó este dato.

[4] Pablo Piedras sostiene, a partir de los aportes de España y Wolf, que existiría consenso respecto a que la creación del Instituto de cine del litoral (1956) es “el acta de nacimiento” del documental argentino (Piedras, 2009). Desde un punto de vista más comprensivo, que no se reduce al documental, Paranaguá critica las posturas que privilegian “la ruptura y la expectativa de la revolución, en lugar de la evolución, la transición y la transformación” (Paranaguá, 2003: 170). Irene Marrone subraya las continuidades entre la experiencia del documental tradicional y el independiente, a partir de la politicidad que atraviesa a ambos. Lo específico del documental de la década de 1960 no sería su contenido político, sino la expresión a través de este de un nuevo sujeto político (Marrone, 2011).

[5] En ese momento operaban en Argentina Fox, Warner-Seven arts, Paramount, Metro Goldwyn Mayer, Universal, United Artists y Columbia.

[6]En esta época existió un conflicto importante respecto a las tasas de aduana. Es evidente que los representantes de la MPEA viajaron para presionar principalmente por este tema. Pero resulta razonable suponer que en pleno conflicto por el cortometraje hayan incluido este punto en sus gestiones.

[7] Podría tratarse de la misma película que Por donde empieza el camino (Máximo Berrondo, 1968).

[8] Por ejemplo, en una escena la película intercala una discusión entre los personajes sobre la actualidad política con imágenes de señales de tránsito que dicen “Conserve su derecha” y “Prohibido girar a la izquierda”. En otra escena, unos empleados colocan aceite en el tintero de un compañero de trabajo para gastarle una broma, haciéndole creer que los comunistas adulteran las tintas como parte de un sabotaje altamente planificado.

[9] Y ni siquiera ha sido un caso aislado. Pueden encontrarse experiencias comparables en la dictadura brasilera, Igor Sacramento desarrolla el vínculo que el gobierno militar de ese país estableció con intelectuales y artistas de izquierda para la renovación de contenidos de la televisión durante la década de 1970 y rescata la hipótesis de Roberto Schwarz de la coexistencia en esa época de una hegemonía política de la dictadura con una hegemonía cultural de la izquierda (Sacramento, 2012).

[10] Puede verse en http://youtu.be/f2feI4kyTLY. Agradezco la amabilidad de Luis Vesco, quien me facilitó los cortometrajes.

[11] Puede verse en http://youtu.be/B7LjuLo5txY

[12] Puede verse en http://youtu.be/i6BVxq1vF-8

[13] Agradezco la generosidad de Laerte Martínez y Ana María Sinópoli, quienes en entrevistas personales me brindaron abundante información sobre el festival.

[14] El de Alventosa no fue el único caso. Enrique Juárez, que para ese entonces ya había realizado Ya es tiempo de violencia (1969) haría posteriormente el montaje de Mar blanco, dirigida por Alvaro Melián, quien sería poco tiempo más tarde uno de los guionistas de Los traidores (Raymundo Gleyzer, 1973).

[15]Cabe contextualizar esta crítica al provenir de un medio católico. Jaime Potenze, director de la columna de cine de Criterio estaba en este momento involucrado personalmente en una campaña en contra de la censura y de hecho era el abogado de la Universidad Católica de Córdoba en contra del Ente de Calificación Cinematográfica por las prohibiciones y multas realizadas en los FICED. Por caso, en este mismo momento Potenze se manifestaba en contra de la censura de Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968), prohibición en la que habían estado involucrados, aquí y en otros países, clérigos y laicos católicos. Potenze fue un entusiasta de lo que denominaba “cine social”. Fue crítico, pero de ninguna manera condenatorio, del cine militante. De hecho, a pesar de ser un severo antiperonista, aplaudió fervorosamente desde su columna la asunción de Octavio Getino, realizador del Grupo Cine Liberación como titular del Ente de Calificación Cinematográfica en 1973 (Potenze, 1973).

[16]Muerte y pueblo fue proyectada de todos modos, desafiando la censura. Las películas chilenas no pudieron proyectarse porque los realizadores habían facilitado una sola copia que el Ente de Calificación retuvo como método para asegurarse el cumplimiento de la prohibición. En cambio, Nemesio Juárez poseía una segunda copia de su film.

[17] Por caso, a la par de Sus hijos y usted Carlos Parera también filmaría para la Secretaría de Salud Pública Inmunización (1970), una publicidad de promoción de la vacunación de sólo 40 segundos.

Cine-Testimonio: Saturnino Huillca, estrella del documental revolucionario peruano

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Isabel Seguí

Resumen

Este artículo busca recuperar y dar coherencia a la dispersa información disponible sobre cuatro testimonios fílmicos protagonizados por el líder campesino indígena peruano Saturnino Huillca, entre 1973 y 1977: Runan Caycu (Nora de Izcue, 1973); Jatun Auk’a (Jorge Sanjinés, 1974); Si esas puertas no se abren (Mario Arrieta y Marita Barea, 1975) y Kuntur Wachana (Federico García, 1977). Estas cuatro películas —de variados metrajes y un espectro entre el documental y la docuficción— utilizan diversos modos de representación testimonial, que se analizan aquí con el fin contribuir a la inclusión en la historia del cine latinoamericano de aquellas producciones cinematográficas, en el contexto andino, resultantes del alineamiento político de intelectuales orgánicos de clase media con distintos grupos subalternos. En este caso el campesinado quechua del Perú.

Palabras clave

Testimonio, Transmedialidad, Cine Andino, Saturnino Huillca, Documental Peruano.

Summary

The aim of this article is to recover and provide consistency to the scattered information available about four cinematic testimonios that starred the Peruvian indigenous peasant leader Saturnino Huillca, between 1973 and 1977: Runan Caycu (Nora de Izcue, 1973); Jatun Auk’a (Jorge Sanjinés, 1974); Si esas puertas no se abren (Mario Arrieta y Marita Barea, 1975) and Kuntur Wachana (Federico García, 1977). This four films —of different lengths and a stylistic range between documentary and docufiction— use diverse testimonial forms of representation, that I analyze here, in order to contribute to the inclusion in Latin American Film History of those Andean film productions resulting from the political alignment of middle class organic intellectuals with different subaltern groups. The Peruvian Quechua peasantry, in this case.

Keywords

Testimony, Transmediality, Andino Cinema, Saturnino Huillca, Peruvian Documentary.

Resumo

Este artigo busca recuperar e dar coerência à informação dispersa disponível em quatro testemunhos-filme estrelados por o líder camponês indígena peruano Saturnino Huillca, entre 1973 e 1977: Runan Caycu (Nora de Izcue, 1973); Jatun Auk’a (Jorge Sanjinés, 1974); Si esas puertas no se abren (Mario Arrieta e Marita Barea, 1975) e Kuntur Wachana (Federico García, 1977). Estes quatro filmes —de duração variável e um espectro entre documentário e docuficçao— usam diferentes modos de representação do testemunho, que são discutidas aqui, a fim de contribuir para a inclusão na história do cinema latino-americana daquelas produções no contexto Andina resultante do alinhamento político de intelectuais orgânicos de classe média com diferentes grupos subalternos. Neste caso, os camponeses Quechua do Peru.

Datos de la autora

Becaria Doctoral. Department of Film Studies. University of St Andrews. Scotland (UK).

 

Fecha de recepción: 20 de septiembre de 2015

Fecha de aprobación: 16 de noviembre de 2015

 

Lima, año 1972. El líder indígena cusqueño Saturnino Huillca se encuentra narrando su vida, inextricablemente unida a su pensamiento, frente a una grabadora Nagra profesional proporcionada por el aparato de propaganda del régimen velasquista.[1] Junto a él una intelectual orgánica (Nora de Izcue, o tal vez Hugo Neira) conduce la entrevista. A su lado, un traductor de quechua. Llevan meses grabando la historia de vida de Huillca. En la sesión de hoy, este ha decidido hablar de la muerte, y afirma así: “Yo, tú, todos también son mortales. Solo hasta la muerte quedan en vigencia los conocimientos que poseemos, nuestros comentarios solo hasta ese día han sido. Cuando todo eso termina es la muerte […] Solo la voz grabada, solo la fotografía queda para que contemplen nuestros nietos” (Neira, 1974: 129-130).

ContrariamSegui 1ente a lo que Huillca cree en ese momento, de su propio recuerdo va a quedar un rastro mayor que esa voz grabada de su testimonio y unas cuantas fotografías. Saturnino Huillca se va a convertir por un tiempo breve en una superstar de la esfera pública proletaria andina, cuya imagen y discurso trascenderá los lindes de su territorio y las fronteras de la transmisión oral. Este hombre, que poco o nada sabe de cine, protagonizará cuatro películas entre 1973 y 1977. De la mano de Nora de Izcue realizará el mediometraje Runan Caycu (1973), un testimonio canónico del género. Jorge Sanjinés lo convertirá en un testimoniante sublimado en el largometraje El enemigo principal (1974). Marita Barea y Mario Arrieta recogerán el testimonio de su histórica entrada al Congreso de la República en el cortometraje documental Si esas puertas no se abren (1975), mientras que, Federico García Hurtado logrará que Huillca se auto-represente en el testimonio ficcionado Kuntur Wachana (1977).

Este artículo busca recuperar y dar coherencia a la dispersa información disponible sobre estos cuatro testimonios fílmicos —de variados metrajes y un espectro entre el documental y la docuficción— y re-situar la figura del líder campesino en la historia del cine peruano, andino y latinoamericano. Huillca ya murió, pero la mayoría de los protagonistas del relato siguen vivos. Por ello se han tenido en cuenta, como fuente primaria, entrevistas realizadas a los autores de las películas y a Hugo Neira, editor de Huillca: Habla un campesino peruano (1974), que recoge el testimonio del sindicalista indígena.

 

El testimonio como marco para el análisis del cine latinoamericano

El libro de Hugo Neira resultó ganador del premio Casa de las Américas, en su modalidad testimonio en 1974. Según Mabel Moraña: “El testimonio es institucionalizado en 1970, cuando Casa de las Américas inaugura la categoría testimonio como parte de sus concursos internacionales, para dar cabida al aluvión de textos que iban consolidando, año tras año, una modalidad narrativa diferenciada de la novela burguesa, y que algunos críticos no dudaron en considerar el primer paso hacia una narrativa proletaria” (Moraña, 1997: 123).

A mediados de los ochenta, cuando ya se contaba con un notable corpus de obras, se produjo el intento por parte del mundo académico occidental, de canonización de este género literario. El marco teórico propuesto por los testimonial studies suele utilizarse como una de las primeras referencias a la hora de investigar sobre las relaciones e influencias mutuas de los testimonios fílmicos y literarios.[2] Este marco provee de importantes herramientas para el análisis, especialmente para aquellos formatos que encajan en la definición intentada por John Beverley, pero también para los cinematográficos.[3] Es por ello que este artículo utiliza algunos elementos provenientes de los estudios del testimonio, pero admitiendo la necesidad de descolonizar una propuesta forjada en un contexto académico —y crítico— bastante alejado del lugar de creación de las fuentes mismas.

Los estudios testimoniales han desarrollado un marco teórico útil para el análisis de los productos culturales testimoniales latinoamericanos, pero inapropiado en ocasiones ya que suele partir un esquema comunicacional eurocéntrico, en el que los emisores son los grupos subalternos del sur global y los receptores los públicos occidentales u occidentalizados, y en general, ignora la transmedialidad como característica fundamental del hecho testimonial, centrándose en el análisis los productos literarios o pseudoliterarios exclusivamente.[4] Afortunadamente los propios textos testimoniales (en todos sus formatos, incluidos los audiovisuales) siguen estando disponibles y, lejos de ser juguete roto de la academia occidental, permanecen llenos de energía, emoción, belleza y abiertos a nuevas interpretaciones.[5]

Descolonizar el modelo comunicacional eurocéntrico implica insistir en que en los primeros momentos de desarrollo del género testimonial, líderes sociales como Saturnino Huillca o Domitila Chungara estaban dirigiendo su mensaje, principalmente, a sus propios compañeros y compañeras de lucha, las masas de obreros, campesinos y amas de casa de sus países.[6] El objetivo principal de su estrategia comunicativa, por tanto, era la creación de una esfera pública contradiscursiva a nivel local o regional. Lo que Oskar Negt y Alexander Kluge definen como ‘esfera pública proletaria’ (Negt y Kluge, 1993). En este contexto libros y películas no nacieron como objetos de consumo para un público letrado. Eran primariamente materiales de educación popular en el sentido más freiriano, pues habían sido creados para promover la concientización de los oprimidos y la transformación radical de las estructuras sociales de dominación.

No ignoramos, no obstante, que a mediados de los años ochenta —sobre todo a partir del éxito editorial global del testimonio de Rigoberta Menchú—[7] se empezó a elaborar un tipo de testimonio que sí estaba dirigido básicamente a audiencias internacionales de clase media. Algunos de ellos fueron incluso publicados en inglés exclusivamente. Estos serían los testimonios destinados al lobbying o a la incidencia política en arenas internacionales. Y por tanto, este es un modelo no parangonable con el anterior en ambición emancipatoria popular.

Otra de las características fundamentales del testimonio como producto cultural, no suficientemente tenida en cuenta por los estudios testimoniales, es su enorme transmedialidad. Este hecho viene dado por sus características liminales. No es un producto estrictamente oral, ni estrictamente letrado. Es fácilmente convertible en audiovisual, pero no solo. Aparece en cualquier forma o lugar (libro, película, obra de teatro, programa de radio, canción, misa, marcha, huelga de hambre, cuadernillo de alfabetización, cómic…).

El testimonio latinoamericano es un registro expresivo y creativo mucho mayor que un género literario asociado a un canon de obras. Es un impulso comunicativo popular que funciona como una tendencia estructural y transversal, propagándose de abajo hacia abajo, en cualquier lugar y situación. Y si algo no lo define, como hemos dicho, es el hecho de haber sido convertido en el objeto de consumo de ciertos sectores progresistas en las ciudades del norte —como la novela del boom o aquellos testimonios hechos a medida tras el éxito editorial global del de Rigoberta Menchú.

Segui  2Para finalizar este apartado, es necesario hacer autocrítica sobre la escasa atención que se ha prestado desde los estudios fílmicos a la relación, y fuerte impacto mutuo, entre el género literario del testimonio y el cine latinoamericano en sus formas de ficción, documental, recreación histórica, o híbridas de las anteriores. Michael Chanan escribió brevemente al respecto en un capítulo del seminal libro de Julianne Burton The Social Documentary en Latin America titulado “Rediscovering Documentary: Cultural Context and Intentionality. Chanan se basa principalmente en las reflexiones de Víctor Casaus en su artículo “El género testimonio en el cine cubano” para trazar los vínculos entre el fuerte arraigo del género literario testimonial en Cuba y su desarrollo en el cine de la isla (Burton, 1990: 41).[8]

Años después, Gustavo Aprea aborda exhaustivamente el uso del testimonio en el cine documental argentino, en el artículo aparecido en 2010 —en el primer número de esta misma revista— titulado “Dos momentos en el uso de los testimonios en autores de documentales latinoamericanos”, aunque sin poner los testimonios fílmicos en relación directa con los literarios. Mariano Mestman ya había tocado el tema en un capítulo del volumen Cine directo. Reflexiones en torno a un concepto —editado en 2008 por María Luisa Ortega y Noemí García—, titulado “Testimonios obreros, imágenes de protesta. El directo en la encrucijada del cine militante argentino”. Pero el lugar donde Mestman pondrá a dialogar directamente a los textos fílmicos y literarios será en “Las masas en la era del testimonio. Notas sobre el cine del 68 en América Latina”, que aparecerá como capítulo de su libro Masas, pueblo y multitud en cine y televisión, coordinado junto a Mirta Varela en 2013. Considero este aporte de Mariano Mestman el más ambicioso hasta la fecha a la hora de analizar varios destacados casos de transmedialidad testimonial en el ámbito latinoamericano, no solo el argentino. También sobresale la contribución de María Aimaretti en su artículo de 2012 “Revivir la experiencia, narrar la masacre, impugnar la Historia. Sobre el uso del testimonio en ‘El coraje del pueblo’ (Grupo Ukamau-Jorge Sanjinés, 1971)”. Aimaretti realiza una contextualización teórica desde el campo de la memoria cultural, que proyecta hasta alcanzar el ámbito de la justicia transicional, lo que hace que esta aportación resulte especialmente sugerente y también necesaria para futuros desarrollos del tema.

 

Cuzco, tierra o muerte. Los testimonios fílmicos de Saturnino Huillca

Durante el régimen del General Juan Velasco Alvarado (ver nota 1) se llevó a cabo la reforma agraria más radical de América Latina. La primera reforma agraria se inició durante el gobierno anterior, el de Fernando Belaúnde Terry —presidente al que derrocó el golpe de estado de Velasco en 1968— y sin duda, fue provocada por los movimientos campesinos que habían iniciado un reclamo unilateral de las tierras que les pertenecían por derecho propio.

El sindicalismo campesino cusqueño, fue un exitoso modo de organización nuevo y viejo al mismo tiempo, pues se nutría por un lado de las tradición sindical propagada en la región por diferentes corrientes de pensamiento marxista; y por otro, de la tradición comunitaria, anterior a la conquista, que había sido preservada en el Ande (García Hurtado, 1965; Neira, 1968; Blanco, 1972; García-Sayán, 1982). Saturnino Huillca, era uno de los dirigentes campesinos más experimentados de la sierra peruana. Su caminar como sindicalista se inició alrededor de 1948 (Mayer, 2009: 45), y tuvo un gran protagonismo en esta oleada de invasiones campesinas iniciada en el valle de la Convención en 1962 y continuada en las comarcas cercanas al Cusco en 1963.

A ese primer intento de ‘recuperación de tierras’ le siguió una fuerte represión estatal que llevó a prisión a muchos de sus líderes, entre ellos a Huillca. Pero en algunos lugares de la sierra, donde el movimiento sindical había sido más fuerte, la tierra fue tomada de facto, y no devuelta a los hacendados. Posteriormente, en el gobierno de Velasco se llevó a cabo una segunda reforma agraria —esta vez sí en todo el país— y las tierras fueron legalmente devueltas a las comunidades. Con el fin de no caer en el minifundismo, las antiguas haciendas fueron convertidas en cooperativas agrícolas integradas por los comuneros y por los antiguos sirvientes. Este modelo fue criticado y revertido en reformas posteriores.

 

Runan Caycu (Soy un hombre, Nora de Izcue, 1973). Testimonio canónico

En el contexto ‘recuperación de tierras’ de 1963, había conocido a Huillca el entonces joven periodista Hugo Neira Samanez. Este último había sido enviado al Cusco como corresponsal del diario Expreso de Lima, para cubrir la oleada de invasiones. Sus crónicas fueron publicadas en un libro llamado Cuzco, tierra y muerte en 1964.[9]

Neira vivió a través de esa temprana experiencia como testigo de este movimiento social autónomo, lo que podríamos llamar un ‘proceso de descolonización interior’ que le llevó a cuestionar el racismo criollo en el que había sido educado (su propia madre provenía de una familia de hacendados), descubriéndole los saberes andinos como una forma posible de conocimiento valiosa para los peruanos como él. Según sus propias palabras: “Sin la lección de libertad de las masas cusqueñas no habría asimilado la libertad de las heterodoxias filosóficas y de las ciencias sociales de nuestros días. No podría pensar como razono y pienso, inconforme y libre. Huillca fue mi maestro, tanto como Morin y Sartre.” (Neira, 2008: 21).

Neira había recibido formación en el Perú como historiador, pues fue discípulo de Raúl Porras Barrenechea, quien le inició en el estudio de los cronistas del SXVI. Posteriormente en París estudió ciencias políticas y aprendió técnicas de historia social y sociología. Con este bagaje sumado a su experiencia directa como corresponsal en la época de las invasiones, le pareció casi una obligación recoger el testimonio de Huillca cuando tuvo oportunidad —casi diez años después de su primer encuentro con el líder cusqueño (Neira, 2015).

La cineasta Nora de Izcue, había leído Cuzco, Tierra y Muerte, y también estaba fascinada por la historia relatada por Neira y en especial por el personaje de Huillca. En 1972 Neira propuso a Izcue realizar una película sobre su vida, su lucha sindical y la de su pueblo por la recuperación de la tierra. El resultado de esta propuesta es el mediometraje documental Runan Caycu, que en castellano quiere decir ‘Soy un hombre’ (Izcue, 2015; Neira, 2015).

Hugo Neira trabajaba en 1972 para el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS) como Director de Difusión. La dirigencia intermedia del SINAMOS estaba formada por jóvenes intelectuales provenientes de diferentes campos y afines al régimen, conocidos popularmente como la ‘aplanadora’, por el modo en que ejercían el poder (García y Roca, 2015). El SINAMOS fue una institución controvertida, aunque inicialmente diseñada para la realización de campañas de concienciación, era un instrumento de propaganda en manos del régimen revolucionario militar. Además funcionó como herramienta de control de las organizaciones de base integradas en el proyecto velasquista. Detrás de su puesta en marcha estaba el antropólogo, formado en Estados Unidos, Carlos Delgado, quien era a su vez el encargado de escribir los discursos de Velasco (Mayer, 2009: 35). Hugo Neira, desde su cargo en el SINAMOS proporcionó a Izcue los medios para la producción de la película (Izcue 2015, Neira 2015).

Posteriormente, el Estado peruano restableció relaciones diplomáticas con el régimen de Fidel Castro. El primer embajador enviado por Cuba al Perú fue Antonio Núñez Jiménez. En ese nuevo contexto diplomático, Nora de Izcue fue invitada por Carlos Delgado a un encuentro con el embajador cubano donde acordaron que el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) coproduciría su película. Izcue viajó entonces a La Habana para realizar la postproducción. La cineasta destaca la absoluta libertad que a partir de ese momento disfrutó para editar la película, una vez liberada de la vigilancia velasquista (Izcue, 2015).

El mediometraje está compuesto de diferentes tipos de material: 1) el testimonio de Huillca directamente en cámara con sonido sincronizado y subtitulado al castellano; 2) el audio del testimonio de Huillca y su doblaje superpuesto, junto con imágenes en movimiento grabadas en Paucartambo, Ninamarca y Cusco; 3) la foto fija compuesta por recortes de prensa e imágenes de archivo; y 4) material de archivo televisivo.

Segui  3El trabajo de documentación llevado a cabo por Nora de Izcue y su ayudante Liliana Zunic en la Biblioteca Nacional de Lima, era uno de los componentes más importantes de la narración y por tanto su puesta en serie era crucial. Erik Barnouw, en su libro Documentary. A History of the Non-Fiction Film, considera que a partir de los años cincuenta —en una tendencia iniciada por el National Film Board de Canadá— la foto fija deja de ser considerada material acinemático y a través de diferentes técnicas de animación comienza a cobrar vida en las películas documentales, como fuente de primer nivel para la crónica. Desde ese momento documentalistas de todo el mundo se abalanzan sobre los archivos fotográficos y de otro tipo (grabado, dibujo,…), incorporando la imagen fija animada a sus creaciones (Barnouw, 1983: 201-202). En el caso latinoamericano serán Santiago Álvarez y su departamento del ICAIC los que más desarrollen esta línea expresiva (Burton, 1990: 25).

Nora de Izcue destaca la participación en la postproducción de los profesionales de ICAIC: la editora Mirita Lores y el especialista en fotomontaje Pepín Rodríguez, quien pertenecía al equipo de Santiago Álvarez. En las instalaciones de Cubanacán, Rodríguez contaba con un estudio propio donde sobre una gran mesa, estaba situado un andamiaje que permitía a la cámara moverse sobre las fotografías con gran flexibilidad y precisión. La foto fija era así animada dramáticamente a través de variados planos (paneos, zooms, travellings), con un resultado vibrante, que se multiplicaba una vez añadida la música (Izcue, 2015).

El material de archivo fotográfico y procedente de la hemeroteca en Runan Caycu documenta los años de lucha por la toma de la tierra y el proceso político seguido tanto en la región andina, como en los círculos del poder de la capital del Estado. El tratamiento a través de la música y el montaje fotográfico, siguiendo códigos estéticos y formales característicos del cine de intervención política latinoamericano, realiza una contundente denuncia y señalamiento de responsabilidades, incluyendo en este caso cierta nota humorística a través de la caricaturización de la clase política limeña.

Tras terminar la película, el ICAIC ayudó a Izcue a inscribirla en dos de los más importantes festivales europeos de cine documental: el Festival de los Pueblos, en Florencia (Italia), y el Festival de Leipzig (Alemania del Este). Las inscripciones se realizaron desde Cuba, sin que el SINAMOS hubiera visto la película terminada. Cuando la versión final fue proyectada en Lima para Carlos Delgado y un selecto grupo de militares, se produjo una gran indignación entre los asistentes. No era la película que ellos estaban esperando. Hasta el momento el SINAMOS tenía conocimiento de los copiones obtenidos durante el rodaje, pero estos consistían básicamente en bucólicas imágenes de paisajes andinos, trabajos del campo y asambleas campesinas. Desconocían el trabajo de archivo que Nora de Izcue y su ayudante habían llevado a cabo en la Biblioteca Nacional durante meses (Izcue, 2015), y que, gracias a la magia del montaje cubano, se había convertido en una exquisitamente efectiva denuncia audiovisual a la represión llevada a cabo por el ejército en la región durante las luchas por la tierra. Aunque el régimen militar de Velasco se había aliado con el campesinado, no se había producido —ni se esperaba— un proceso de esclarecimiento y reparación de los crímenes cometidos por el ejército en el pasado reciente.

Runan Caycu fue censurada por la Oficina Central de Información (Bedoya, 1992: 202). Nunca se pudo estrenar oficialmente en el Perú, y solo fue exhibida en el circuito alternativo semi-clandestino de sindicatos y cine-clubs. Tras un intento vano por parte del SINAMOS de que la película fuera retirada de los festivales europeos, el film ganó la Paloma de Plata del Festival de Leipzig en su XVI edición (Izcue, 2015).

 

Sobre la autoría y la mediación

De todas las obras cinematográficas que analizamos en este artículo, Runan Caycu es el testimonio más ‘puro’ en el sentido beverleyano del término. Un individuo cuenta su vida en primera persona, pero ésta representa al mismo tiempo la de todo el colectivo al que pertenece. La película se inicia con Huillca en primerísimo plano mirando a cámara y elaborando un breve discurso que empieza con el pronombre personal ‘yo’: “Yo soy Saturnino Huillca Quispe, dirigente campesino legítimo”. Estos dos minutos escasos nos muestran la extraordinaria habilidad oratoria de Huillca, a diferencia del testimonio escrito donde se pierde el despliegue de recursos dramáticos de este intelectual orgánico, iletrado, pero experimentado orador. En su presentación testimonial entrelaza las lecciones extraídas de su experiencia política y vital (pasado) con una serie de consignas dirigidas a la audiencia campesina (presente-futuro), a la que alude en varias ocasiones con el vocativo ‘hermanos’.

En todo testimonio hay diferentes niveles de autoría, y la autoría siempre es colectiva (excepto en casos de autobiografías no mediadas de sujetos letrados, las cuales no son comunes en este contexto). El primer nivel de autoría pertenece al o la testimoniante. El segundo pertenece al grupo social más amplio al que este individuo representa, pues el testimonio latinoamericano tiene un componente de expresión de una realidad colectiva inalienable y que es la que le dota de su principal utilidad política. El tercer nivel, es la autoría de la persona letrada que realiza la edición del testimonio. Indagar en los detalles del proceso de compilación de cualquier testimonio esclarece hasta cierto punto el juego de poder entre las distintas instancias autorales.

Al intentar reconstruir la historia de la compilación del testimonio de Saturnino Huillca las versiones de los protagonistas se contradicen. Neira afirma que su libro Huillca: Habla un campesino peruano fue escrito en base a las entrevistas que él mismo realizó a Huillca y que Izcue se basó en su libro para escribir el guion. En cambio, según Izcue, fue ella la que grabó las entrevistas en su casa, con los medios que le proporcionó Neira, a la sazón Director de Difusión del SINAMOS. La versión de Neira atribuye a la película de Izcue una temporalidad bastante posterior a la publicación de su libro. Izcue en cambio afirma que ambos procesos: producción del testimonio fílmico y compilación del testimonio escrito, se produjeron simultánea y paralelamente.

En cuanto a hechos demostrables documentalmente, existe la dificultad de conocer la fecha exacta del estreno de la película Runan Caycu porque al sufrir censura no fue oficialmente estrenada en el Perú. Sin embargo, un comunicado emitido por el Comité de Trabajadores de la Producción Cinematográfica del Perú y publicado en el diario Expreso de Lima el primero de junio de 1974, se habla de la proyección de la película en la presentación del Comité el 30 de mayo de 1974. Y la primera edición del libro de Neira está fechada en Cuba el mes de junio de 1974. Por tanto, si como dice Neira, Izcue se basó en su libro para escribir el guion, debió de ser en un borrador del mismo, porque la realizadora terminó la película antes de que el libro fuera publicado. En todo caso ambos textos (libro y guion) provienen de una misma fuente pues son casi idénticos, si bien podemos encontrar pequeñas diferencias atribuibles a errores de transcripción o preferencias en la traducción.

A pesar de las diferencias en el relato sobre el cómo se compiló el testimonio, en lo que Neira e Izcue coinciden es en el enfoque programático que recuerdan haber dado a su actividad y en su voluntad de ‘desaparecer’ del texto, con el fin de permitir la autorrepresentación del sujeto subalterno al que pretendieron dar voz en su proyecto. Afirma Neira al respecto:

Actué como un cronista. Era ya lo que se llama un intelectual, un hombre de ideas. Pero en este caso, por respeto al pueblo que amo y por el cual he luchado, el pueblo indio, me inhibí, y saqué toda huella de mi presencia. El libro de Huillca discurre como un monólogo. Y eso fue un gesto mío. Dejarle el uso completo de la palabra. Ocurre que Nora hizo lo mismo. También en ella hay un gesto estupendo de camaradería. No aparece en las entrevistas. ¿Le sorprende mucho? Eramos así. Otra ética. No nos interesaba el mercado, la ganancia, la fama. Sino la humanidad (Neira, 2015. Énfasis mío).

Neira considera que apenas hubo mediación, que su idea era dejar hablar a Huillca porque era un gran orador y también representaba a “millones de indios que nunca fueron tomados en cuenta” (Neira, 2015). Pero además de representar a su pueblo Huillca era para Neira “un indio excepcional. Supo decir ‘no’ […] El fin político era para mí muy claro. Este es un maldito país que ha explotado a los indios por siglos, y por una vez tenía a gente extraordinaria con Huillca. Lo entrevisté como hubiera entrevistado al Che, a San Martín, o a Mandela […] Un indígena quechua hablante y pensante que ha hablado, el único en cuatro siglos” (Neira, 2015). Es destacable la magnanimidad con la que Neira se observa a si mismo cuando afirma ‘fue un gesto mío’, dejarle el uso completo de la palabra’. También lo es el hecho de que considere a Huillca el único indio que habría hablado en cuatro siglos. Ambas declaraciones nos informan de que el proceso de descolonización interior de un intelectual desclasado rara vez se completa. En cuanto a Nora de Izcue así es como se expresa sobre sus intenciones como mediadora:

Runan Caycu es una película testimonial; para mi siempre ha sido más interesante dejar hablar a los personajes que ser yo la protagonista del discurso. Creo que con Runan Caycu se inició esa tendencia. Allí me interesaba ser solo el medio a través del cual hablaran otros grupos humanos y otras personas que no tenían acceso a estos medios masivos de comunicación. Esta es la línea que he seguido y va unida con el deseo de descubrir al ser humano y de hacer que los demás también lo descubran (Carbone, 2007: 52. Énfasis mío).

Tan solo con una superficial lectura de género (gender) podemos percibir la diferencia de tono y de autoimagen de ambos intelectuales. Izcue se ve a sí misma como un medio, Neira se ve a sí mismo renunciando a ser la instancia enunciadora privilegiada. Las posturas anteriores con variaciones fueron comúnmente desplegadas por los editores de testimonios de la época: la agenda política del intelectual mediador, la huella de su propia autoría o cualquier vestigio de autorrepresentación se borraba a mediante diversos recursos estilísticos, en aras de un mejor servicio al pueblo y una mayor apariencia de ‘autenticidad’.

En el caso de Runan Caycu, no hay una voz en off proveniente de una instancia mediadora, la única voz es la del testimoniante. Tampoco aparecen las preguntas de la entrevista a través de la cual se consiguió este material sonoro. Solo escuchamos el monólogo de Huillca, combinado con imágenes de su vida cotidiana, fiestas populares de la comarca y otras localizaciones en Cuzco, Paucartambo y Ninamarca. No obstante, al percibir la realizadora de la necesidad de un vínculo indéxico entre la voz de Huillca y su imagen, organiza un viaje ex profeso a Ninamarca, para grabar el monólogo inicial con sonido sincronizado. El resultado es una puesta en escena testimonialmente canónica, dónde un busto en primer plano mira cámara y se presenta a partir de un ‘yo soy’, procediendo después a contar su vida.

Todos estos recursos empleados, a pesar de su efectividad, no pueden hacernos olvidar que hubo mediación. Gracias a la perspectiva histórica y a la ausencia de urgencias políticas podemos ver que el proceso de legitimación entre el narrador/a y el editor/a es siempre complejo, mutuo y no unidireccional. En el caso de Nora de Izcue, con la ingente labor de documentación realizada, el rodaje en locación y la sofisticada edición en el ICAIC, su mera existencia como ‘solo un medio’ es implanteable. Su liderazgo e intencionalidad artística y política están presentes en un proceso creativo que ocupó varios años de su vida, y en las decisiones tomadas a la hora de crear un producto cultural definido según su criterio autoral.

 

Jatun Auk’a (El enemigo principal, Jorge Sanjinés, 1974). Testimonio sublimado

La siguiente película en la que aparece Saturnino Huillca es El enemigo principal. El cineasta boliviano Jorge Sanjinés era ya un especialista en la recuperación fílmica de la memoria popular cuando viajó a Perú para producirla.[10] También era un director consagrado, por sus primeros tres largometrajes Ukamau (1965), Yawar Mallku (1969) y El coraje del pueblo (1971), había sido premiado en los festivales de Cannes, Venecia y Pésaro, respectivamente. Pese a ello se enfrentaba al nuevo proyecto sin apenas financiación.

Segui  4Sanjinés conoció a Huillca en Paucartambo, durante las fiestas de la Virgen del Carmen, en julio de 1972. Se lo presentó Nora de Izcue que se hallaba rodando Runan Caycu. El boliviano por su parte se encontraba en la zona realizando tareas de pre-producción junto a Fausto Espinosa quien había trabajado como cámara para la televisión boliviana. Espinosa participó también posteriormente como actor en el film, así como otro destacado miembro de la Escuela del Cusco, el arquitecto y cineasta Manuel Chambi (hijo del célebre fotógrafo Martín Chambi). En Lima, a través de Espinosa y Luis Figueroa conoció Sanjinés a Marita Barea —en ese momento pareja de Figueroa—[11] y le ofreció trabajar en la película como ayudante de producción. Marita a su vez introdujo en el equipo al también cusqueño Jorge Vignati quien empezó como sonidista pero se incorporó a labores de cámara, ya que la complejidad del trabajo de sonido previsto condujo a la incorporación al equipo del ingeniero de sonido francés Marcel Milan.

La permeabilidad de una frontera artificial como la que separa Bolivia y Perú en la cordillera de los Andes, se destaca en la conformación de este equipo de rodaje transandino, integrado por una buena parte de los miembros de la llamada Escuela del Cusco, más varios bolivianos exiliados del régimen de Banzer que llegaron desde Chile, destacando entre ellos el guionista Oscar Zambrano, el director de producción Mario Arrieta y la chilena Consuelo Saavedra, primera mujer de Jorge Sanjinés, quien en este rodaje trabajó como ayudante de dirección.[12] Por su parte Sanjinés confió la dirección de fotografía al también chileno Héctor Ríos.

Había tomado Sanjinés la idea de El enemigo principal de otro famoso testimonio, el del guerrillero peruano Héctor Béjar.[13] El argumento consiste en el encuentro entre un grupo de guerrilleros y una comunidad campesina de las tierras altas. Esta comunidad forma parte de una hacienda y es víctima de toda clase de abusos por parte del hacendado y su capataz. Los guerrilleros son recibidos con recelo, pero poco a poco se ganan la confianza de los campesinos y les ayudan a confrontar al gamonal. Finalmente, tras capturar al gamonal y su subordinado, llevan a cabo un juicio popular y los condenan a muerte. Los guerrilleros se marchan de la comunidad integrando en sus filas a unos pocos comuneros. Consecuentemente, el ejército peruano, asesorado por la CIA, entra en la comunidad causando una masacre. Los guerrilleros por su parte continúan los combates con el ejército en las tierras bajas.

Ana María López considera que los films de Jorge Sanjinés —más que ningunos en la producción del Nuevo Cine Latinoamericano— han puesto en jaque las fronteras entre el documental y la ficción, llevando al límite la insubordinación frente a esas etiquetas teóricas, en la búsqueda práctica de un cine popular altamente efectivo (Burton, 1990: 421), y El enemigo principal es un claro ejemplo de ello: un testimonio ficcionado, categoría casi oximorónica, interpretado por una comunidad andina que había experimentado en el pasado una situación similar a la expuesta en el argumento.

Sanjinés —quien afirma que Saturnino conocía la experiencia de la guerrilla de Béjar— sitúa a Huillca como el narrador de esta historia (Sanjinés, 2015). Es un personaje estratégico con una doble función, por un lado el director busca crear un efecto de distanciamiento o extrañamiento brechtiano (el narrador anticipa antes de cada escena lo que va a suceder, con el fin de evitar que la emoción inhiba de su capacidad analítica al espectador/a). Por otro lado, coloca a Huillca ejerciendo el rol de storyteller, reservado a los sabios en la tradición oral andina.

Huillca —que en estos momentos era ya un personaje legendario— queda ubicado espacio-temporalmente afuera y por encima del relato principal, reforzando así su aura como representante sublimado de su pueblo. El registro testimonial que Sanjinés recoge de Huillca es el puramente colectivo apoyándose sobre su figura mesiánica para abrir y cerrar la película a través de un prólogo y epílogo que dotan al film de circularidad estructural. Este es uno de los recursos preferidos por Sanjinés para referir al sentido no-lineal del tiempo en la cosmovisión andina. El argumento basado en la experiencia de la guerrilla de Béjar pertenece a un horizonte temporal corto, sin embargo es encapsulado en el film dentro de otro horizonte temporal largo. Huillca ejercerá de amauta (maestro o sabio) encargado de mantener unidos los dos momentos temporales, con la intención de dar un sentido político a la experiencia del tiempo de los pueblos andinos, para quienes el horizonte temporal corto y el largo conviven simultáneamente.[14]

El ciclo largo está representado en el film por las ruinas de la ciudad inca de Machu Picchu. La película abre con una combinación de tomas generales del sitio arqueológico, seguidos por otros planos cámara en mano. La voz en off de Huillca se introduce en un plano detalle del Intiwatana, la piedra ritual que constituye al lugar más sagrado del conjunto. Huillca habla entonces de la civilización inca, de su episteme proto-socialista y de sus principios morales, y apela a la responsabilidad de sus herederos: “nosotros sus descendientes debemos recordar su trabajo, admirar sus grandes obras (…) Fueron un gran pueblo (…) Por eso debemos aprender su historia”. Acto seguido el líder campesino señala a los culpables en una línea retórica muy característica del cine militante de la época, que rima con la retórica propia del propio Huillca:

Miren esta ciudad, no se cayó sola ¿quienes destruyeron la vida de nuestros antepasados, fueron los explotadores, los hombres de cuello colorado que llegaron el pasado trayendo la ambición ¡Fueron los hombres sedientos de oro! Robaron e hicieron trabajar hasta la muerte a nuestros abuelos antiguos. Sabemos que ese mismo espíritu, ese mismo ánimo de conquista, de despojo y de crueldad, se mantiene hoy día en los hombres del presente que explotan a nuestro pueblo ¡Hermanos nosotros los expulsaremos! ¡Los barreremos como se barre con una escoba!

Huillca ha empezado su alocución recordando el pasado y la termina anticipando el futuro. El recorrido es un testimonio colectivo de tono profético acompañado de tomas sobre Machu Picchu. Entonces, tras un corte a un primer plano de Huillca, este nos devuelve al horizonte temporal corto, la historia narrada en la película, con estas palabras: “Ya conté de las piedras inmensas y de los tiempos antiguos. Hablemos de nuestro tiempo. En la comarca de Tinkuy ocurrió una desgracia. Julián Huamantica fue asesinado por un gamonal. ¡Esta historia es verdadera, conózcanla, hermanos!.”

Llamamos a este tipo de testimonio sublimado porque Huillca no se expresa desde una instancia enunciadora unipersonal que recuenta un proceso vital concreto y singular del que se inferirá una experiencia colectiva —como es habitual en los testimonios canónicos. Huillca aparece en cambio representado como la voz de la conciencia histórica colectiva. En este testimonio no casuístico la instancia enunciadora es suprapersonal. La voz indudablemente le pertenece, está derivada de su liderazgo sindical y fundamentada en su imagen como referente moral de las luchas campesinas indígenas. Si bien este discurso no ha sido puesto en escena de un modo forzado por el director, Sanjinés halló en Huillca al perfecto narrador de su particular punto de vista, porque el propio realizador compartía con el viejo amauta esta misma visión mesiánica de la histórica resistencia de los pueblos andinos y de su futura liberación. Así, se puede decir que las sensibilidades de ambos sintonizaron a la hora de contribuir conjuntamente a la producción de este testimonio fílmico sublimado, complementándose.

El narrador aparecerá posteriormente a lo largo del film en una serie de cortes breves antes de cada escena, anunciando brechtianamente los acontecimientos antes de que sucedan. La película termina con Saturnino Huillca recordando “el ejemplo de los que murieron luchando” y exhortando a caminar “hasta la victoria”. En ese momento se gira, se aleja caminando hacia el horizonte, se congela su imagen de cuerpo entero y aparecen los títulos de crédito, no jerarquizados y sin roles asociados.

Los títulos de crédito de Runan Caycu tienen la misma estructura horizontal. Es destacable que ambas películas fueron editadas en el ICAIC con muy pocos meses de diferencia, y aunque la práctica de hacer títulos de crédito colectivos es común en el cine de intervención política de los sesenta y setenta (también del europeo), ese es uno de los rasgos en los que se puede percibir la hechura común de la postproducción. Pero curiosamente el nombre de Saturnino Huillca no aparece en los créditos, donde sí aparece el reconocimiento a la “participación creativa de los compañeros de la comunidad de Rajchi”, la comunidad de Chincheros donde se llevó a cabo gran parte del rodaje de El enemigo principal.

 

Si esas puertas no se abren (Mario Arrieta y María Barea, 1975). Testimonio histórico puntual

La tercera aparición cinematográfica de Huillca es un documental de doce minutos de duración, en 35mm, blanco y negro, titulado Si esas puertas no se abren. Tristemente este cortometraje no se encuentra disponible, así que lo poco que sabemos de él es a través de su co-realizadora Marita Barea, quien en estos momentos está intentando su recuperación. Los directores fueron Mario Arrieta y Marita Barea. Ambos se habían conocido en el rodaje de El enemigo principal, donde conformaban el equipo de producción. Según Barea la idea original fue de Arrieta, quien por cuestiones legales —para beneficiarse de la ley 19327, que garantizaba la exhibición obligatoria de películas peruanas—[15] ofreció a Marita la codirección. El equipo era muy pequeño: en la cámara Jorge Vignati y en el sonido Fausto Espinosa, quienes habían participado también en El enemigo principal. La edición la hizo Victoria Chicón y el laboratorio usado fue Industria Andina del cine (García Miranda, 2013: 89). Sobre las motivaciones de este film cuenta Barea:

Segui  5Cuando se celebra el Primer Congreso Campesino auspiciado por el estado, Saturnino Huillca ingresa al recinto del Congreso de la República donde se celebra este evento, cosa inimaginable por esos tiempos. Conscientes de que era un acontecimiento de gran trascendencia acordamos filmarlo, luego pensamos que podríamos hacer una edición con este material, aprovechando la coyuntura política y la flamante Ley de Cine que facilitaba la difusión (Barea, 2015).

En esta película se recoge un momento histórico puntual, lleno de simbolismo, con la intención de dejar un testimonio visual, aunque la ausencia física del material nos impide analizar con mayor detalle qué forma se dio a la representación documental de este hecho.

 

Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores, Federico García Hurtado, 1977). Testimonio ficcionado

Kuntur Wachana es el primer largometraje de Federico García Hurtado. Su experiencia cinematográfica se había iniciado en el SINAMOS —organismo del cual era funcionario— e incluía dos cortos, Tierra sin patrones (1971) y Huando (1972).[16] García Hurtado era comunista y también militante velasquista, además de cusqueño y quechuahablante, lo que le distinguía del resto de cineastas que habían recogido el testimonio de Huillca hasta la fecha. Otro hecho que le diferenciaba es que tenía conocimiento directo del proceso de toma de tierras que condujo finalmente a la reforma agraria, incluso había publicado en Cuba en 1965 un libro titulado Tierra o Muerte. La revolución agraria del Perú, que había sido prologado por la economista peruana Hilda Gadea, primera mujer de Ernesto ‘Che’ Guevara.

Este docudrama, es una reconstrucción histórica de la expropiación de la hacienda Huarán propiedad del gamonal Oscar Fernández. Los propios campesinos protagonistas del proceso —en ese momento ya constituidos como cooperativa agraria “José Zúñiga Letona”— interpretan su epopeya en la pantalla. Huillca es uno de los protagonistas principales de la primera parte del film, ambientada a finales de los años cincuenta, cuando el gamonalismo aún era un sistema en funcionamiento, pero empezaba a ser cuestionado por ciertas vanguardias campesinas.

Los y las cooperativistas reconstruyen testimonialmente la historia de su liberación a través de una serie de escenas ficcionadas por García Hurtado, en base a los hechos relatados por ellos mismos, en un proceso testimonial cinematográfico colectivo. Huillca es uno de los personajes de la historia y se representa a sí mismo como líder campesino que camina de comunidad en comunidad, como enlace entre la Federación Agraria Revolucionaria Tupac Amaru de Cuzco y las poblaciones campesinas. Es la puesta en escena del testimonio de un intelectual orgánico. Este es un registro testimonial diferente de los anteriores, y podemos decir que el más cercano a la realidad laboral y la práctica política de Huillca. Una práctica con un alto componente de liderazgo moral-espiritual.

Toda la película se desarrolla en un tono narrativo de ficción y el trabajo de actores es complejo. Por un lado están los actores no profesionales que recuentan hechos vividos por ellos mismos. Aparece además un importante componente ‘etnográfico’ (como trabajos comunitarios y fiestas populares), que se mezcla indisolublemente con el argumento de la película borrando la fronteras entre la ficción y el documental. Pero, por otro lado, los hacendados son interpretados por actores profesionales que, en un registro muy distinto, protagonizan unas escenas convencionalmente dramatizadas que contrastan vívidamente con las protagonizadas por los campesinos, encajando con dificultad y generando irregularidad en el ritmo y entramado general del film.

A Saturnino Huillca se le exige también actuar junto al grupo de los campesinos. Hasta el momento habíamos visto al anciano sindicalista testimoniando canónicamente en Runan Caycu, poniendo en escena su lado más amáutico en El enemigo principal, y siendo inmortalizado en un momento histórico para él y su país en Si esas puertas no se abren —todo dentro de su zona de confort—, pero Federico García Hurtado le va a pedir que actúe en una serie de escenas con situaciones y diálogos previamente definidos, aunque abiertos a cierta improvisación. Esto exige de él una mayor implicación creativa que Huillca lleva a cabo con total convencimiento.[17]

García afirma que Huillca era uno de los hombres más sabios que ha conocido en su vida. Poseedor de una intuición fabulosa, capacidad que guiaba su vida y le servía muy bien para hacer política (García y Roca, 2015). Federico García llegó a confesar a Enrique Mayer que Huillca más que un líder sindical, era un misayoq, una especie de sacerdote de una hermandad andina clandestina (Mayer, 2009: 254) y que esa faceta no había sido recogida en el testimonio de Hugo Neira, centrado únicamente en sus capacidades como animal político. Neira también afirmaba por su parte la absoluta excepcionalidad de Huillca como ser humano, al que se refería como “uno de los hombres más inteligentes que he conocido en mi vida” —a Sanjinés le había llamado la atención su enorme politización. Todas estas manifestaciones de admiración ante el indio extraordinario, antes que caracterizar a Huillca, reflejan la jerarquía de valores de sus mediadores. Neira, un intelectual ecléctico pero productor de un pensamiento de corte materialista; García, comunista, pero por encima de todo poeta y serrano. Con una sensibilidad artística y espiritual muy unidas al paisaje y la cultura andina, y una fantasía desbordante.

Segui  6Probablemente la especialidad de García como creador sea lo que él llama ‘testimonio de parte’ (García, 2015), o sea una creación narrativa basada en hechos reales, pero abordada libremente desde la libertad ficcional (su novela pseudo-autobiográfica El paraíso del diablo es el ejemplo más logrado de este tipo de trabajo creativo). A pesar de que en su experiencia con la cooperativa de Huarán García intentaba ceñirse a un tipo de expresión cinematográfica que podemos reconocer influida por el ‘cine junto al pueblo’ de Jorge Sanjinés,[18] hay elementos que extreman la ficcionalidad convencional del relato y lo alejan de una supuesta sensibilidad popular indígena, destacando entre ellos —además de la participación de actores profesionales en un registro propio del cine de ficción— la banda sonora compuesta por Celso Garrido Lecca, uno de los músicos ‘cultos’ más importantes del Peru, y que fue duramente criticada por considerarse un recurso de excesivo peso en el film, que solo contribuía a la irregularidad del conjunto (Bedoya 1992: 211).

 

Conclusiones

Al principio del artículo hemos visto como Neira recoge en su libro la opinión de Huillca sobre la muerte de un modo materialista, después de la muerte no queda nada, solo unas cuantas fotografías o una voz grabada. En cambio en la última de las obras analizadas, Kuntur Wachana, aparece Satuco Huillca dando una visión bien diferente sobre el mismo tema: “Mariano Quispe: -‘Compañero Satuco, tú que eres sabio, puedes responder a mi pregunta ¿qué cosa es la muerte?’. Saturnino Huillca: -‘Nada en verdad nace o muere, todo transcurre como un río. Lo verdaderamente importante no es el nacimiento o la muerte sino la calidad de los días que vivimos (…) la verdadera vida es la lucha, la búsqueda del día verdadero’”.

Al estudiar un testimonio como artefacto cultural, una vez arrancada la primera capa —aquella que pretende ser la auténtica voz del subalterno— nos encontramos con la presencia del mediador intelectual y su deliberada o inconscientemente escondida agenda política. Y ahí es donde reside uno de los principales objetos de estudio. Las preguntas pertinentes son entonces: ¿quién es el mediador? ¿Es hombre o mujer? ¿Cuál es su procedencia social? ¿Por qué está haciendo esta tarea? ¿En que momento de su propio proceso de descolonización se encuentra? ¿Cuál es su pertenencia partidaria o su afinidad ideológica? Dar cumplida respuesta a estas y otras preguntas nos va a acercar a la comprensión del producto testimonial.

Pero, aún comprendiendo el producto, el libro o la película y a su editor/a, no llegamos a comprender del todo a la persona testimoniante. Podemos ver todas películas protagonizadas por Huillca y leer su libro, podemos escuchar a todos sus mediadores contar anécdotas sin fin, unas más paternalistas que otras, todas ellas devotamente admirativas. Pero, al final de este recorrido, estamos aun lejos de haber conectado con el ser humano llamado Saturnino Huillca.

Este artículo es una primera aproximación al tema. Haría falta más investigación para determinar quién fue Huillca y qué uso público hizo el aparato de propaganda del régimen de Velasco de su icónica imagen de indio sabio y rebelde, y hasta qué punto los beneficios obtenidos por el uso de su imagen beneficiaron a los grupos sociales que encarnó. Perú sigue siendo hoy un país racista en el que los indígenas prefieren ser identificados como campesinos, porque no le ven una utilidad estratégica clara a una reivindicación identitaria de tipo étnico-cultural.

Como conclusión más general, en el cine latinoamericano muchas historias siguen sin contarse. El patrimonio cinematográfico andino de los años cincuenta a los ochenta se caracteriza por tener un alto valor histórico, etnográfico y político, además de una altísima calidad artística, desarrollada en un contexto adverso, en medio de dictaduras, exilios, censura y represión física e ideológica. No obstante su estudio se encuentra bastante abandonado y en estos momentos hay una cierta urgencia por recoger los testimonios de sus protagonistas, de edad avanzada, y en restaurar y digitalizar unas películas que de no ser rescatadas, pronto habrán desaparecido para siempre.

En este artículo hemos recuperado solo una de tantas historias de estas alianzas entre intelectuales y grupos subalternos a través del uso del testimonio como arma. El testimonio de Saturnino Huillca es paradigmático de una tendencia continental, sirve para fracturar esa barrera inexistente entre el testimonio como género literario y el testimonio como una forma de expresión o representación —incluso una energía— que impregna muchas manifestaciones artísticas y vitales en Latinoamérica.

Es necesario descolonizar el estudio sobre el testimonio y darle alas. También investigar en detalle los procesos de creación de una esfera pública proletaria, alternativa a la burguesa, en el continente. Asimismo, recuperar el protagonismo de las mujeres en estos movimientos cinematográficos, y volver a mirar a la historia del cine latinoamericano para desvelar aquello que enfoques inconscientemente patriarcales y colonialistas han ocultado hasta la fecha. Para ello necesitamos más etnografías de las clases medias — de sus parciales procesos de descolonización— y un uso regular de un tipo de enfoque de género que tendremos que inventar.

 

Bibliografía

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Entrevistas realizadas por la autora

Izcue, Nora (2015). Lima, 20 de junio.

Sanjinés, Jorge (2015). La Paz, 29 de junio.

Barea, Marita (2015). Lima, 24 de agosto.

García, Federico y Pilar Roca (2015). Lima, 26 de agosto.

Neira, Hugo (2015). Vía email, respuestas recibidas el 14 de octubre.

 

Notas

[1] Juan Velasco Alvarado alcanzó el poder tras un golpe de Estado el tres de octubre de 1968 y estuvo en la presidencia de gobierno del Perú hasta agosto de 1975. Su régimen se puede definir como revolucionario para su tiempo y coyuntura, aunque la alianza del ejército con las clases subalternas del Perú no fue nunca horizontal. Pese a ello, las medidas tomadas por el régimen velasquista fueron progresistas y supusieron una clara mejoría para las clases populares del Perú. Las reformas van en la línea de las emprendidas por la Revolución Boliviana de 1952: reforma agraria, nacionalización de sectores estratégicos para el país como la minería, la banca, la pesca y las telecomunicaciones y a nivel industrial intento de poner en práctica una política de substitución de importaciones. Todas estas medidas derivaron en una confrontación directa con las grandes corporaciones extranjeras que, privadas de los privilegios neo-imperialistas de los que gozaban en régimenes anteriores, vieron perjudicados sus intereses.

[2]El primer paso de los testimonial studies fue la publicación en 1986 del Testimonio y Literatura editado por René Jara y Hernán Vidal. En 1991, la revista Latin American Perspectives dedicó al tema dos números especiales, que llamó Voices of the Voiceless in Testimonial Literature. En 1992, la Revista de crítica literaria latinoamericana publicó su número La voz del otro: Testimonio, subalternidad y verdad narrativa editado por John Beverley y Hugo Achúgar. En 1996 apareció, a modo de coda, el volumen crepuscular editado por Georg Gugelberger The Real Thing. Testimonial Discourse and Latin America. La primera generación de testimonio scholars (formada por Beverley, Gugelberger, Zimmerman, Rodríguez y otros) generó una expectativa programática más basada en las propias motivaciones políticas y deseos de los profesores implicados, que de la realidad de un género que no había surgido del pueblo esperando ser codificado por nadie. El fenómeno literario del testimonio fue en principio abrazado con entusiasmo por los círculos progresistas de la universidad norteamericana —utilizado incluso como arma arrojadiza en las Culture Wars—, pero conforme los años noventa avanzaban y se percibía que el reaganismo había ganado la guerra, la sensación de fracaso personal y colectivo que los teóricos del testimonio fue en aumento. En ese momento empezaron a hablar de ‘agotamiento disciplinario’, llegando incluso a cuestionar la legitimidad de las fuentes mismas.

[3] En su artículo seminal “The Margin at the Center: On Testimonio” John Beverley define así el término: “Por testimonio entiendo una novela o narrativa con longitud de novela, en forma de libro o panfleto (que está impreso, como opuesto a lo acústico), contada en primera persona por un narrador que es a su vez el protagonista real o testigo de los eventos que él o ella cuenta, y cuya unidad narrativa es usualmente una ‘vida’ o una experiencia de vida significativa. El testimonio puede incluir, pero no se encuentra subsumido, a las siguientes categorías textuales, algunas convencionalmente consideradas literatura, otras no: autobiografía, novela autobiográfica, historia oral, memorias, confesiones, diario, entrevista, informe de testigo ocular, historia de vida, novela testimonio, novela de no ficción o literatura factográfica” (Beverley, 1989: 12-13. La traducción es mía).

[4] Hay excepciones a esta regla por ejemplo el trabajo de Javier Sanjinés “Beyond Testimonial Discourse: New Popular Trends in Bolivia” publicado en la compilación de Gugelberger, G.M. (1996) The Real Thing.

[5] Una nueva generación de investigadoras como Elzbieta Sklodowska y Kimberly Nance, han hecho aproximaciones críticas y nuevas revisiones del género, distanciadas del posicionamiento ideológico internacionalista que caracterizó a los teóricos de la primera generación. Sin embargo, en esta nueva ola de interpretaciones académicas, la práctica comunicativa queda enmarcada en un esquema comunicacional de emisión-recepción no cuestionado: los emisores son los subalternos (y los intelectuales orgánicos alineados con ellos) y los receptores son las audiencias occidentales de clase media, capaces de movilizarse y presionar en nombre de los grupos subalternos.

[6] Domitila Chungara (1936-2012), fue una luchadora social boliviana, que lideró la organización de amas de casa del sindicato minero de Siglo XX. Su testimonio fue compilado por la educadora social brasileña Moema Viezzer y publicado en 1977, con el título de Si me permiten hablar.

[7] Elizabeth Burgos-Debray (1983). Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. La Habana: Casa de las Américas.

[8] Casaus, Víctor. 1982. “El género testimonio en el cine cubano”. Cine cubano 101: 116-25.

[9] Esta obra recibió el Premio Nacional de Periodismo en el Perú en 1965 (Neira, 1968: 7)

[10] Jorge Sanjinés había viajado al Perú desde Chile, donde vivía exiliado con su mujer y sus hijos, debido a la dictadura del General Banzer.

[11] Luis Figueroa es uno de los principales representantes de la llamada ‘Escuela del Cusco’, en su filmografía se encuentra Kukuli (1961), Los perros hambrientos (1977) y Yawar Fiesta (1979), así como numerosos documentales. Muy destacable es su cortometraje testimonial de ocho minutos El cargador (1974), protagonizado por el cargador Gregorio Condori Mamani, cuya ‘autobiografía’ editada por Ricardo Valderrama y Carmen Escalante es uno de los clásicos del género testimonial.

[12] Esta no era la primera experiencia de Consuelo Saavedra en un rodaje. Ya había participado muy activamente en la filmación de Yawar Mallku (1969) en la comunidad de Kaata (Charazani, Bolivia). Su importancia dentro de la primera formación del grupo Ukamau ha sido totalmente soslayada por la historiografía hasta la fecha.

[13] Béjar, Héctor. Perú 1965. Apuntes sobre una experiencia guerrillera. La Habana: Casa de las Américas.

[14] Silvia Rivera definió estos conceptos de horizonte temporal corto y largo en su libro Oprimidos pero no vencidos publicado en 1984, Jorge Sanjinés lo expresó a través del lenguaje cinematográfico diez años antes.

[15] El decreto ley 19327 aprobado por el gobierno de Velasco fue muy positivo para el cine peruano pues garantizaba la exhibición obligatoria del cine nacional, y la cesión a los productores nacionales de los impuestos municipales sobre el mismo. Estos incentivos tuvieron como contrapartida la actitud oportunista que algunas empresas, que viendo garantizado con creces el retorno de la inversión descuidaron la calidad de sus productos (Bedoya, 1992: 206-2017).

[16] Casi todos los cortos producidos por el SINAMOS fueron quemados tras su cierre por esbirros del sucesor de Velasco, el también general, Francisco Morales Bermúdez (Mayer, 2009: 53)

[17]Esta no será la última participación de Huillca en una película, su amistad con García le llevará a actuar al menos una vez más como extra en la película Tupac Amaru (Federico García Hurtado, 1980), donde aparece de forma ostensible, aunque breve, en la escena de apertura del film entre la multitud enfurecida que intenta impedir el ajusticiamiento de José Gabriel Tupac Amaru en la plaza de armas de Cusco el 18 de mayo de 1871.

[18] En 1979 Jorge Sanjinés reunió varios ensayos y otros materiales en un libro titulado Teoría y práctica de un cine junto al pueblo, en el que explica su metodología de trabajo cinematográfico junto a las masas campesinas y obreras de Bolivia, Perú y Ecuador, que había puesto en práctica desde fines de los años sesenta.