By Cine Documental

La transición como documento del pasado. Un análisis de los films La República Perdida y Evita, quien quiera oír que oiga

Descargar texto

Por Paola Margulis

 

Resumen

El presente trabajo se propone como un acercamiento a las narrativas de la transición democrática argentina a partir del análisis de los films La República perdida (Miguel Pérez, 1983) y Evita, quien quiera oír que oiga (Eduardo Mignogna, 1984).  En términos generales, se vuelve manifiesta en estos documentales la voluntad de develar tramos o versiones de la historia que no se corresponden con la “verdad oficial” que había sido sostenida hasta ese momento.  Entendemos que el análisis de estos films abre una entrada privilegiada para abordar algunos aspectos de la reconfiguración del espacio público argentino en un momento de re-organización, luego de la contracción que había sufrido el campo cultural durante la dictadura (1976-1983). 

 

Palabras clave

Transición democrática; cine; documental; archivo; testimonio

 

Abstract

This work is put forward as an approach to the narratives of the Argentine transition to democracy departing from the analysis of the films La República Perdida (Miguel Pérez, 1983) and Evita, quien quiera oír que oiga (Eduardo Mignogna, 1984). In general terms, these two documentary films evidence the will of revealing stretches or versions of history which do not match the “official truth” that had been sustained up to that moment. We understand that the analysis of the mentioned films opens a privileged entrance to address certain aspects of the reconfiguration of the Argentine public space in a moment of reorganization, after the contraction that the cultural field had suffered during dictatorship (1976-1983).

 

Keywords

Transition to democracy; cinema; documentary, archive, testimony

 

Datos de la autora

Paola Margulis es investigadora del Conicet.  Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Instituto de Investigaciones Gino Germani. Es co-cordinadora del área de Estudios sobre Comunicación y Documental Audiovisual correspondiente a la Carrera de Ciencias de la Comunicación de Universidad de Buenos Aires.  Se desempeña como docente de la materia Historia de los Medios de Comunicación en la misma casa de estudios. Forma parte del Grupo editorial de la Red de Historia de los Medios (ReHiMe). E-mail:  paomargulis@yahoo.com

 

Fecha de recepción

29 de septiembre de 2013

 

Fecha de aceptación

1 de noviembre de 2013

 

Introducción: Nuevos vínculos entre documental y política

En Argentina, el fin del régimen dictatorial (1976-1983), generó nuevos vínculos entre documental y política.  Lejos ya de la urgencia que caracterizó al cine de intervención política de fines de la décadas del sesenta y setenta; el cine posterior a 1983 tenderá a presentar una perspectiva crítica, proponiendo la reflexión y revisión del pasado antes que la acción. Por fuera de las hibridaciones y contaminaciones entre documental y ficción que constituyeron una marca del Nuevo Cine Latinoamericano; las características de buena parte de los films documentales estrenados hacia la transición democrática parecieran ofrecer importantes puntos de contacto con los noticiarios y documentales institucionales correspondientes a décadas anteriores; de cuyos materiales de archivo se nutren en gran medida. Al igual que aquellos, expresaron discursos sobre la patria (Allegretti, Marrone y Moyano Walker, 2006: 5), ensayando, en el caso de estos últimos, nuevas revisiones sobre la historia Argentina.

Pese a tratarse de un espacio de producción marginal dentro del cuadro general de producción cinematográfica argentina –el cual sostuvo apenas una media aproximada que no sobrepasa los tres estrenos documentales anuales entre 1982 y 1990-; el cine documental funcionó como un importante generador de imágenes de la transición democrática. Se trata de films que lograron un gran impacto en el público, volviéndose objeto de discusión y debate. Tal como explica el teórico Paulo Antonio Paranaguá (2003), en Argentina el éxito del film de montaje coincide con la transición democrática. En dicho contexto, películas organizadas mayormente en base a metraje de archivo –tanto de orientación radical, como peronista-, lograron, en algunas ocasiones, una monumental afluencia de público. En un breve arco de años se estrenaron variados documentales que tematizan o problematizan la historia nacional, como La República perdida (Miguel Pérez, 1983), Evita, quien quiera oír que oiga (Eduardo Mignogna, 1984), Malvinas, historia de traiciones (Jorge Denti, 1984), La República perdida II (Miguel Pérez, 1986), El misterio Eva Perón (Tulio Demicheli, 1987); y más tarde,  Permiso para pensar (Eduardo Meilij, 1986-88) y DNI (caminar desde la memoria) (Luis Brunati, 1989).[1] Si bien el fenómeno estuvo lejos de asumir las características de un “boom” del documental argentino, estos estrenos constituyen, en su conjunto, una situación poco corriente dentro de los acotados márgenes de producción documental de la época y merecen ser analizados individualmente.

En términos generales, se trata de un grupo heterogéneo de films, tanto en lo que refiere a temáticas, perspectivas de abordaje, modalidad de producción, formas de financiamiento y orientación política. Pero más allá de las evidentes diferencias, estos films vuelven manifiesta su voluntad de develar tramos o versiones de la historia que no se corresponden con la verdad oficial que había sido sostenida hasta ese momento.  Vista desde los parámetros de la época, estas miradas sobre el devenir histórico argentino implican en sí mismas un corrimiento respecto de la lógica imperante durante la dictadura, la cual había promovido una resistencia hacia la revisión del pasado argentino (Saborido y Borrelli, 2011: 71). En términos formales, se destaca en estos films un modo de producción hegemónico que plantea una narración regulada, la cual buscará revisar en forma moderada los acontecimientos históricos, intentando conciliar extremos antes que señalar las brechas que históricamente han tendido a separarlos.  En estos casos –siguiendo a Ana Laura Lusnich y Clara Kriger- la innovación formal tenderá a ser resignada en pos de fomentar un ideal de consenso, apoyado en un “punto de vista tolerante de enunciador” (Lusnich y Kriger, 1994).[2] Según describen las autoras refiriéndose a la producción cinematográfica del decenio 1983-1993, “Las películas hacen hincapié en la necesidad de reconocer las bondades y miserias de los movimientos populares de la historia.”, específicamente, las virtudes del yrigoyenismo y del peronismo como movimientos populares que incorporan a los trabajadores en la vida política del país (Lusnich, Kriger, 1994: 96-97).

El presente artículo se concentrará en el abordaje de las características generales de los dos primeros films que abren esta serie, los cuales comenzaron su proceso de producción aún en tiempos de dictadura: La República perdida (Miguel Pérez, 1983) y Evita, quien quiera oír que oiga (Eduardo Mignogna, 1984). Se trata de dos documentales que impactaron en los debates políticos de la transición, habiendo sido presentados en la prensa gráfica de la época como la condensación de las perspectivas ofrecidas por las dos principales fuerzas políticas en pugna hacia 1983:[3] la Unión Cívica Radical (UCR) en el caso de La República perdida, y el Partido Justicialista (PJ) en lo que respecta a Evita, quien quiera oír que oiga. Estos films operaron como órganos de debate y reflexión en torno de un proceso en el que intervinieron activamente: la reconstrucción del espacio público argentino y la re-instauración de la vida partidaria. En función de lo recién expuesto, el abordaje propuesto para este trabajo intentará situar dichos films en contexto, buscando reponer algunas de sus características principales. En particular, el estudio focalizará en la utilización de materiales de archivo y testimonios, dos elementos probatorios del documental que en el marco de la transición democrática se vuelven marcas de una época.

Archivos y testimonios de una época

En lo que respecta específicamente a la tradición de los discursos sobre lo real, el testimonio ha tenido un lugar de centralidad.[4] El dispositivo testimonial estuvo presente desde un momento esencial del documental social argentino, con la Escuela Documental de Santa Fe, ganando espacio en el cine de intervención política de fines de la década del sesenta y setenta (Mestman, 2008: 143); y también en el cine etnográfico. El contexto de la transición democrática le imprimió ciertos matices a su utilización. Los estudios sobre memoria han dejado claro el “potencial expresivo, ético y político del testimonio audiovisual para promover los derechos humanos y las iniciativas de justicia transicional” (Sarkar y Walker, 2010: 2).[5] En el contexto específico de la historia argentina reciente, constatamos que el testimonio ha cumplido un importante papel en la condena del terrorismo de Estado, aportando a la reconstrucción de partes de la historia argentina que resultarían de otro modo inaccesibles. La trascendencia del testimonio en la esfera pública se evidencia a partir de la amplia base de denuncias que dio forma al informe de la CONADEP (Crenzel, 2008: 68); al estatuto de prueba jurídica que adquirió el testimonio en el Juicio a las Juntas (Feld, 2002: 39); y también, en la materialidad que aportó a la organización de archivos orales y audiovisuales. 

El contexto de la post-dictadura también le añadió un valor adicional a los documentales organizados en base a materiales de archivo. Luego del saqueo y destrucción de archivos durante la última dictadura militar, la reconstrucción de versiones de la historia nacional a partir de materiales de archivo, le imprimía un sentimiento liberador aeste tipo de films. En ese sentido, estos documentales desandaron la tarea destructiva que realizó la dictadura, pero también, generaron versiones alternativas de la historia, alejándose de los usos que el régimen militar había hecho del metraje de archivo a través de la propaganda.[6]

Pero más allá del potencial revelador que contienen los materiales de archivo; existe en ellos un cierto nivel de ambigüedad. Tal como expone la teórica y documentalista Carmen Guarini: 

El material de archivo en un film es parte de un conjunto de registros que ha tenido no sólo un origen diverso (…), sino que apuntan también a audiencias diversas (pueden ser realizados con fines industriales, políticos, educativos o familiares; noticieros cinematográficos; etc.) (Guarini, 2009: 87.

Guarini coincide con François Niney al advertir que las imágenes de archivo por sí mismas no organizan ni la Historia ni la Memoria, sino que son las preguntas que se les hace las que le conferirán finalmente sentido; es la pregunta lo que construye el objeto (Guarini, 2009; Niney, 2002). Tal como postula Niney, la naturaleza inicial de esos materiales de archivo deviene secundaria en relación a la función que estos fragmentos comienzan a ocupar en el nuevo montaje, el cual pasará a asignarle un sentido diferente, distinto de aquel por el que fueron originalmente filmados (Niney, 2002: 255). 

Esta posibilidad de asignarle al metraje de archivo nuevas significaciones a partir de su reutilización, convive, sin embargo, con aquella condición primigenia icónico-indicial que lo caracteriza por definición. En ese sentido, y más allá de su abierto potencial de re-utilización, las imágenes de archivo continúan re-enviando la atención hacia su momento de captación. Tal como señala Georges Didi-Huberman, las imágenes reproducen el “lugar fenomenológico” de los sujetos que obtuvieron las tomas y también su perspectiva (Didi-Huberman 2004: 65). En función de ello –sugiere Mariano Mestman (en prensa)-, se vuelve pertinente preguntarse por aquellas tensiones que se generan entre la re-utilización del archivo y aquel sentido inicial, que remite a su momento original de captación, su respectivo “acto de la imagen” (Didi-Huberman, 2004).

La República de imágenes perdidas

Uno de los documentales que más visibilidad ha logrado es, sin dudas, La República perdida, film “monumento” que aporta la carga reflexiva del examen sobre el pasado argentino, subrayando las posibilidades que auguraba la apertura democrática para revertir el curso de la historia. Realizado aún en tiempos de dictadura, siguiendo la iniciativa de Enrique Vanoli –figura proveniente del sector balbinista (La Voz,02/09/83), ligada a la propaganda dentro del partido radical (Tiempo Argentino, 12/10/85)-, con guión del escritor y periodista Luis Gregorich[7] y dirección de Miguel Pérez;[8] el film se estrenó el 1 de septiembre, apenas pocas semanas antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983, acompañando la campaña de Raúl Alfonsín. La República perdida -promocionado como “un film sin miedo sobre la Argentina” (Publicidad promocional del film, La Razón 02/09/83)- aborda cincuenta años de historia nacional partiendo del golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen en 1930 para detenerse en el inicio de la última dictadura militar, reconstruyendo los diversos golpes de Estado comprendidos en dicho trayecto. Según explica Vanoli, el nombre del film estaría inspirado en una frase de Ricardo Rojas dicha al día siguiente del derrocamiento de Yrigoyen: “Hemos perdido la República, quién sabe por cuánto tiempo…” (Convicción 25/08/83). De esa forma, una de las principales operaciones que introduce el film es la de organizar una mirada histórica dirigiendo la atención hacia la década del veinte. A partir de dicho recurso, el documental resalta la importancia del radicalismo como movimiento de masas en un momento en el que se imponía la necesidad de disputarle al peronismo su protagonismo popular en elecciones democráticas.

Si bien el film fue criticado por el tratamiento que le dio a determinados sucesos históricos, e incluso despertó cruces y acusaciones desde distintos sectores políticos; impera en La República perdida una impronta integradora que busca recuperar la potencia de los dos grandes movimientos que congregaron la voluntad popular -el yrigoyenismo y el peronismo-. Este factor influyó en que el film –de claro corte radical- no La República perdida Miguel Pérez 1983 3haya sido recuperado por la prensa del momento como un producto panfletario; sino más bien como “un valioso documento que se animaba a abordar temas impensables hasta muy poco tiempo atrás” (Getino, 2005: 79). La República perdida alcanzó un gran éxito de público –902.523 espectadores-, convirtiéndose en la tercer película más vista de 1983; situación poco habitual para un film documental.[9] Pero más allá de la gran trascendencia que logró en términos comerciales y de su relevancia internacional, uno de sus mayores logros es haberse instalado como un documento de educación cívica. Uno de los objetivos del film apuntaba claramente a los jóvenes, buscando intervenir en la currícula escolar. Dicha idea encontró una gran repercusión en la prensa del período –extensiva a las cartas de lectores-, estimulando y aconsejando la proyección y discusión del film de Pérez en las aulas. Así, a partir de ese interés por la educación cívica –apoyado en el concepto de República con el que se identifica el film-, el documental se interesa por la recuperación y conservación de los derechos individuales. Esta perspectiva entra en sintonía con algunas preocupaciones que estaban muy presentes en dicha época, y que encuentran también un referente en la figura de Raúl Alfonsín. En dicho contexto, el preámbulo de la Constitución Nacional –citado por el candidato radical en sus discursos de cierre de campaña- es también el puntapié que da inicio al documental.

Analizando las imágenes documentales de la transición, podremos notar que La República perdida constituye un caso emblemático de utilización de archivos audiovisuales en la Argentina. El film está organizado casi exclusivamente en base a material de archivo -metraje fílmico correspondiente a noticieros de cine y televisión, publicidades, fotos, caricaturas e ilustraciones, etc.-; sin la presencia de entrevistas ni de testimonios. El exhaustivo trabajo de reconstrucción, el cual abarca un arco temporal de cincuenta años, contribuyó a organizar un repertorio de imágenes de archivo históricas que tuvo una gran productividad y reutilización en otros medios. En ese sentido, el modo en que La República perdida fue consumida, evocada y citada, incita a pensarla como una suerte de filtro histórico: luego de 1983 los noticieros y programas televisivos conmemorativos de algún acontecimiento histórico recuperan las imágenes del film recurrentemente. En ese sentido, no sería desatinado atribuirle a La República perdida un importante lugar de mediación, en lo que hace a la construcción de la memoria histórica de los argentinos (Margulis, 2011).

El documental comienza, incluso, con una reflexión respecto del estado en el que se encuentran los archivos en Argentina. En el epígrafe que da inicio al film puede leerse:

La Argentina se está convirtiendo en un país sin memoria. La destrucción de documentos y archivos continúa consumándose, a veces por motivos políticos, a veces por simple desidia y abandono. Esta película quiere contribuir a la recuperación de nuestro pasado y de nuestra historia.

Ante el saqueo y destrucción de archivos, el trabajo de rastrillaje y búsqueda de materiales documentales que llevó adelante el film, resulta fundamental. Para la realización de La República perdida el equipo de producción trabajó en Argentina y Estados Unidos y procesó miles de metros de material documental tomados del Archivo Gráfico de la Nación, noticieros de televisión, noticieros de Lowe, y del Archivo Gráfico de Washington; además de fotografías suministradas por el Museo de la Ciudad, y caricaturas extraídas de Caras y Caretas o realizadas por Landrú, Hermenegildo Sabat y otros. 

El trabajo sistemático, pero también el azar, puso al equipo de producción frente a material fílmico y fotográfico inédito. Sobre este punto Enrique Vanoli sostiene: 

En realidad no nos imaginábamos lo arduo que sería la recopilación de material necesario. Tanto desprecio se ha tenido por el cuidado y la conservación de esos materiales, que  encontramos por casualidad, tirado en un sótano de Canal 11, nada menos que el video-tape del discurso de Balbín en el sepelio de Perón. (Convicción 25/08/83).

Este metraje hallado no resulta un dato menor en el desarrollo del film, ya que -más allá de su evidente valor histórico- representa en su desarrollo argumentativo, uno de los principales lazos de unión entre el radicalismo y el peronismo. En él Balbín sostiene: “Y todos sumados, en el esfuerzo común de salvar para todos los tiempos la paz de los argentinos; este viejo adversario despide a un amigo”. Las emotivas palabras pronunciadas por Balbín despidiendo los restos de Perón contribuyen –en el contexto de circulación del film- a humanizar y aminorar unaLa República perdida Miguel Pérez 1983 rivalidad histórica en tiempos de campaña, momento en el que ambas fuerzas se disputaban la voluntad de las masas. En ese sentido, pueden ser atribuidas al film algunas características de la estrategia de campaña puesta en práctica por el candidato radical: “Al mismo tiempo que reconocía el carácter mayoritario del peronismo en los tiempos de Perón, Alfonsín intentaba articular una <nueva tradición> política capaz de incorporar la historia del peronismo” (Vommaro, 2006: 257). La inclusión del discurso de Balbín, pero también la importancia asignada al peronismo como movimiento de masas dentro del documental, ayudan a reforzar la mirada conciliadora del film, la cual busca limar las diferencias históricas entre estos dos partidos, en pos de oponerlos a otros enemigos comunes: la oligarquía y el poder militar de turno. Disminuyendo estas rivalidades, el documental se muestra respetuoso de las decisiones históricas que ha realizado el pueblo; exaltado continuamente a través de épicas imágenes de congregaciones masivas que desbordan, en distintos momentos históricos, no solamente plazas, sino también los mismos bordes de la pantalla. De esa forma, si los actos masivos constituyeron un elemento fundamental de las campañas electorales del radicalismo y del peronismo en el 83’ –cada acto generaba a su vez un contra-acto por parte del candidato rival (Vommaro, 2006: 252-253)-; el film tiene la particularidad de apropiarse a través del uso de imágenes de archivo, de un número impresionante de eventos masivos, subsumiendo las conmovedoras imágenes de apoyo popular, a su lógica de interpretación histórica.

En términos formales, La República perdida constituye, dentro del marco local, el paradigma del documental expositivo. Una voz over organiza la cerrada argumentación que guía los 146 minutos que dura el film, imponiendo un buscado efecto de objetividad. En lo fundamental, las imágenes de archivo cumplen dentro del film una eminente función ilustrativa, brindando forma visual al comentario oral. Pero más allá de lo conservador del formato, hay ciertos aspectos disruptivos en el film que se relacionan, precisamente, con la grandilocuente utilización de metraje de archivo en un momento muy particular, bisagra entre dictadura y democracia. La ubicación del film en función de esta coyuntura es explicada por el documentalista Andrés Di Tella del siguiente modo:

Por algún motivo, los militares consideraban que todo archivo era peligroso, y ese material, de La República perdida, se había mantenido hasta ese momento oculto, censurado. La República perdida era también esa República de imágenes que habían sido censuradas… La película era muy convencional, por otra parte, y cualquiera que la vea hoy difícilmente va a entender la dimensión del impacto (Firbas y Monteiro, 2006: 73). 

Al igual que otros documentales del período –como Evita, quien quiera oír que oiga y Malvinas, historia de traiciones-, el film fue realizado todavía en tiempos de dictadura, con el riesgo que implicaba por aquel entonces trabajar con materiales de archivo, puesto que –como expone Eduardo Mignogna, director de Evita, quien quiera oír que oiga-: en esa época “…no se le podía explicar a nadie que [la investigación] era para hacer una película” (s/n 26/04/84). En dicho contexto, incluso la forma más convencional de documental, implicaba cierto desafío al orden establecido.

Evita, a través de la palabra

Presentada por la prensa del período como la “contrapartida peronista de La República perdida” (La Nación 27/04/84), el estreno de Evita, quien quiera oír que oiga fue previsto por los medios de comunicación para antes de las elecciones de 1983, pero finalmente su lanzamiento se produjo el 26 de abril de 1984, varios meses más tarde, a causa de “falta de presupuesto y vientos civiles” (Mignogna, 1984). Este factor posiblemente haya influido en que el estreno del film haya logrado un impacto considerablemente menor que el film de Pérez, habiendo durado en cartel apenas unas pocas semanas (Tiempo Argentino, 25/09/84).[10]

La gestación del documental habría comenzado alrededor de dos años antes, en Milán (lugar donde se encontraba exiliado Eduardo Mignogna). En un momento de particular sensibilidad para la política (y muy cerca aún del sorpresivo triunfo radical en las elecciones), la ópera prima de Mignogna[11] aborda la vida de María Eva Duarte de Perón, desde una perspectiva documental-argumental que combina la reconstrucción ficcional con materiales de archivo y testimonios. A partir de la ficcionalización del viaje en tren que realiza la joven de dieciséis años en 1935 –personificada por la debutante actriz Flavia Palmiero- desde Junín hasta Retiro persiguiendo el sueño de ser actriz, se vislumbra el rol histórico que le tocaría asumir públicamente a Eva, el cual es evocado a partir de fotos, noticiarios de época y testimonios de allegados y de especialistas. El film toma como parte de su título, el nombre de la canción “Quien quiera oír que oiga” –cuya letra fue compuesta por Mignogna y musicalizada por Litto Nebbia especialmente para el film-; la cual versa en su estribillo:

Si la historia la escriben los que ganan,

Eso quiere decir que hay otra historia:

La verdadera historia,

Quien quiera oír, que oiga.

De este modo, el film promete develar facetas desconocidas de la historia de Eva a partir de datos biográficos, y junto con ella, otros aspectos estrechamente vinculados a la historia política del país: la conformación del movimiento peronista, la relación de Eva con los sectores populares y la oligarquía. Si La República perdida se había propuesto re-leer largas décadas de historia argentina –que incluyen la historia del radicalismo, pero también la del peronismo-; Evita, quien quiera oír que oiga focaliza, en cambio, sobre un período más acotado, vinculado a la figura de Eva Perón. Como consecuencia de dicha elección el film sitúa su mirada en el primer peronismo, dejando fuera de campo el devenir de dicho movimiento hacia la década del setenta. De esa forma, en un momento en el que se jugaba el futuro del justicialismo (De Ípola, 1987: 342), la figura de Eva –recuperada muchas veces a través de una recreación ficcional que pone el énfasis en la dimensión sentimental- permite deslizar la atención hacia los orígenes, dejando en suspenso las problemáticas contemporáneas del peronismo.

Puestas contra el contexto de su época, Evita, quien quiera oír que oiga y La República perdida no sólo disputan distintas versiones de la historia, sino también, opuestas estrategias de identificación con las masas. A diferencia del film de Pérez, Evita, quien quiera oír que oigaEvita quien quiera oír que oiga no constituye un film expositivo. Carece de una narración over organizadora, siendo las voces de los entrevistados las que llevan adelante la narración. A pesar de las muchas voces que lo componen, el relato resulta unificado, primando en él la búsqueda de emoción antes que de objetividad. De esta forma, la película utiliza herramientas probatorias propias del documental –no para impartir conocimiento con rigurosidad epistémica-, sino para conmover. Esta perspectiva documental-argumental tiende a reforzar el mito de Eva Perón, y su vinculación con las masas en un momento de crisis del peronismo luego de la derrota de 1983.[12] Tal como sostiene Beatriz Sarlo, parte de la elaboración del mito remite a la relación de Eva con el pueblo, “Eva sabe que nadie, sino el Pueblo, podrá tomar su lugar cuando ella muera. (…) Sólo el Pueblo podrá ocupar un lugar que ella dejará vacío porque es el Pueblo, otra forma de la tautología, un principio sufrido e incorruptible, y, sobre todo, colectivo” (Sarlo, 2004: 26).

Aún a pesar del claro predominio de la entrevista por sobre el material de archivo; el metraje de archivo influyó en forma determinante en la organización y  planificación inicial del film. Tal como explica Eduardo Mignogna, ante el ofrecimiento de Mario Álvarez de escribir un guión cinematográfico sobre la vida de Eva, él no se habría mostrado interesado inicialmente y como contrapropuesta le habría sugerido al productor realizar un film sobre Juan Domingo Perón (s/n 26/04/84).[13] La investigación histórica y el rastrillaje de materiales de archivo –para la cual Mario Álvarez había adquirido registros del Noticiero Panamericano de manos de su dueño, Adolfo Rossi-, habrían contribuido a reorientar el proyecto del film. Mignogna narra que Álvarez le habría dicho:

“No conseguí Perón, pero sí conseguí el Noticiero Panamericano, donde hay mucha Evita”. Después resultó que no había mucha Evita. En el film hay nueve minutos de material de archivo. Esta fue una de las trabas grandes al comenzar a trabajar, porque yo estaba dispuesto a ver una buena cantidad de material sobre Eva Perón, que nunca encontré (s/n, 26/04/84).[14]

A pesar de la baja proporción en que aparece el metraje de archivo en la totalidad del film, estos fragmentos resultan determinantes, contribuyendo a sostener un efecto de verdad que de otra forma sería muy difícil de lograr.

La carencia de imágenes de archivo como insumo del film, fue resuelta a través de otros recursos fundamentales: la ficcionalización –principalmente la juventud de Eva, momento sobre el cual casi no existen registros de ningún tipo-, entrevistas y testimonios. En ese sentido, el film se propone avanzar sobre momentos y aspectos desconocidos de la vida de Eva, indagando pero al mismo tiempo ayudando a reproducir el mito. En dicho contexto, la perspectiva documental argumental le permite a Mignogna abordar el momento fundante de la personalidad de Eva, aquel en el que aún no se había convertido en la figura que llegaría a ser, ofreciendo una configuración limpia de su infancia y adolescencia en la que se destaca la fuerza de su motivación y su tenacidad. La construcción de esta imagen depurada de Eva se apoya, entre otras cosas, en el desdoblamiento de su cuerpo y de su voz, logrando potenciar y pulir las posibilidades expresivas de ambas dimensiones: mientras que la figura de -la entonces desconocida- Flavia Palmiero brinda desde lo visual una impronta de belleza simple y candidez; los matices cálidos y la inflexión de su voz son recreados por la dulce voz de la cantante Silvina Garré.

En términos generales, el film sostiene el mito detrás de la figura de Eva a través de la incorporación de dos dimensiones imposibles, por principio, de ser representadas: por un lado, el planteo en torno de “qué hubiera pasado si” Eva no hubiese muerto en el momento en el que lo hizo, herramienta que da pie a distintas problematizaciones e hipótesis. En el clímax del film, anunciado por el tema musical que sirve de leitEvita quien quiera oír que oiga 2 motiv, el documental apuesta a imaginar y arriesgar -junto con los diferentes testimonios que presenta-, que la presencia de Eva en el poder junto a Perón hubiese evitado que se produjera el golpe militar de 1955. Por otro lado, la construcción del mito de Eva –que pre-existe y sobrevive al film de Mignogna- también es presentado en el documental a partir de la indagación en torno de “cómo fue lo desconocido”, aquellos momentos recubiertos por una importante cuota de misterio, como su infancia en Los Toldos y su comportamiento en distintas situaciones que hacen a su vida privada. En muchos casos, el mito es sostenido a partir de testimonios encontrados que revisan variados momentos históricos sobre los que existe cierto disenso –como las contradictorias versiones que el film repone sobre la organización de la jornada del 17 de octubre y el rol que Eva habría jugado en ellas-; o incluso, sobre los matices de su personalidad, presentándola como una persona cálida y servicial, o por el contrario, como un ser sumamente frío y calculador. Estos elementos, si bien aportan matices e información, lo hacen en función de seguir reproduciendo el mito de Eva.

Las entrevistas que integran el film, en algunos casos, fueron difíciles de obtener. En tanto el documental fue rodado en plena carrera pre-eleccionaria –cuando no se preveía aún el triunfo radical-, al menos veinte personas se habrían negado a opinar sobre una figura tan controversial (Tiempo Argentino 26/04/84). Las entrevistas y testimonios (que suman en total casi treinta) duran alrededor de cinco minutos –en algunos casos aparecen desdoblados- y corresponden a personas que conocieron a Eva en su infancia y juventud (maestras, compañeras de colegio), voces autorizadas de especialistas (historiadores, psicólogos, sociólogos, escritores, etc.), y distintos actores sociales (gremialistas, testigos históricos, etc.) cuya vida estuvo cruzada en algún momento con la de Eva. 

La planificación del documental recurre a distintas capas de información para representar los múltiples acontecimientos históricos: entrevistas (a color), recreaciones ficcionales del viaje de Eva hacia Buenos Aires (a color), audios e imágenes de archivos originales (en blanco y negro) y otros recreados (en sepia), etc. De igual modo, la voz over correspondiente a discursos públicos de Eva, es acompañada en algunos casos por material de archivo y en otros por recreaciones ficcionales. Esta complementación e intercambiabilidad de documentos históricos y material ficcional tiende a licuar la finalidad probatoria tanto de las entrevistas (que entran en diálogo permanente con imágenes que no estaban previstas por las personas que se prestaron a hablar), como del metraje de archivo. A partir de este recurso, el film pareciera hacer explícita su falta de interés en diferenciar la figura mítica, de la realidad documentada de Eva. Desde la perspectiva que ofrece, resulta tan verdadera una como la otra.

A modo de conclusión   

Más allá de la temprana revisión que emprendió el cine ficcional en torno del pasado reciente; hacia la transición democrática el documental se mostró especialmente funcional para abordar determinados procesos históricos. Este factor resulta explicable debido a ciertas características inherentes a los discursos no ficcionales. El estatuto de “discurso de sobriedad” (Nichols, 1997)[15] propio de los films documentales –el cual tiende a imprimirles el valor de “prueba” a este tipo de discursos-, influyó en el modo en que el público se relacionó con estas imágenes, asignándoles el carácter revelador de una verdad que se habría mantenido oculta durante la dictadura. Desde ese lugar, el ir al encuentro de estos documentales, fue vivido en dicho momento como una forma más de participación democrática. La gran afluencia de público que alcanzaron algunos de estos documentales, pareciera acomodarse sin dificultad a cierta idea presente en el imaginario del período, la cual suponía una suerte de despertar luego de la dictadura, un descubrimiento de ciertos aspectos de la historia argentina que habrían permanecido ocultos y que los errores evidenciados en el pasado reciente obligarían a reconsiderar.

La primacía de la operatoria del montaje que se observa paradigmáticamente en La república perdida, pero que predomina también en otros documentales estrenados hacia el retorno democrático –como Malvinas, historia de traiciones (Jorge Denti, 1984), El misterio Eva Perón (Tulio Demicheli, 1987), Permiso para pensar (Eduardo Meilij, 1986-88), entre otros-, no implica solamente una elección estética, sino también un posicionamiento político, el cual se apoya predominantemente en la argumentación y persuasión. Según explica Paranaguá, hay coyunturas particularmente favorables al film de montaje: la necesidad de celebración o exaltación es una de ellas (Paranaguá, 2003: 63). En el caso de los films relevados, probablemente respondan, a grandes rasgos, a la tipología que Antonio Weinrichter cataloga como “final de época”, para hacer referencia a aquellos documentales de compilación que operan en el cierre de un proceso de guerra o de una dictadura (Weinrichter, 2009: 65-66); o como en el caso argentino, de ambas. En la Argentina, el fin de la guerra de Malvinas, el resquebrajamiento del régimen dictatorial –principalmente el margen abierto para la revisión histórica y la denuncia-, junto a la agenda electoral, organizan el mapa de producción de estos largometrajes documentales. En dicho contexto, estos documentales nos hablan de cómo se fue formando una agenda de temas históricos por discutir, precisamente en el momento en que la esfera pública atravesaba un proceso de reorganización.

La incertidumbre que marcó la coyuntura de la transición democrática, volvió especialmente fértil el carácter probatorio del documental. En ese sentido, no resulta extraña la productividad del discurso argumentativo; tendiente a ensayar lecturas y reordenamientos de una historia que se presentaba, por aquel entonces, confusa y accidentada. En dicho contexto, el efecto de racionalidad y certidumbre aportado por la modalidad expositiva; demostró una alta efectividad. Por otra parte, las características persuasivas propias de los discursos de sobriedad, se mostraron sumamente funcionales a la finalidad revisionista de estos films, aportándoles la legitimidad necesaria para instalar nuevas versiones del pasado argentino. Así, la promesa de esclarecer y descubrir entramados históricos –común a todos los documentales relevados- se entiende, si observamos que varios de ellos se estrenaron o iniciaron su proceso de producción antes, incluso, que tuviera lugar una de las instancias públicas de develación más significativas: el juicio a las Juntas militares, en el año 1985. Tal como explica Claudia Feld, este evento tuvo una función reveladora, evidenciando lo que hasta entonces había sido secreto, ya que la mentira y el encubrimiento en el ámbito público habían completado la modalidad represiva de la desaparición (Feld, 2002: 60 y 2009: 77-78). En dicho contexto, dos recursos por demás tradicionales en el documental, como el dispositivo testimonial –“las cabezas parlantes” habitualmente consideradas como un indicio de falta de creatividad en el cine no ficcional (Sarkar y Walker, 2010)- y la convencional operatoria de montaje sobre materiales de archivo, constituyeron un gran quiebre. Puestos en sistema, estos elementos contribuyeron a materializar la ruptura del silencio que funcionó como premisa y garantía del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar argentina.

Fuentes citadas

Convicción (25/08/83): “<La República perdida>, un film político que intenta recuperarla”.

La Nación 27/04/84 “Un documental romántico sobre la vida y la imagen de Eva Perón”

La Voz (29/08/83): “En la búsqueda de un camino para la democracia”.

La Voz (02/09/83): “Un documental político que nos obliga a la reflexión”.

Página/12 (26/07/03): “Me interesa mostrar una visión argentina de Evita, no fanática”.  Entrevista a Miguel Pérez por Mario Blejman, sección televisión.

s/n 26/04/84: “Eduardo Mignogna:  no es peronista, y filmó la vida de Eva Duarte”

Tiempo Argentino, (26/04/84): Eduardo Mignogna en “Conversación con Jorge Abel Martín”.

Tiempo Argentino, (25/09/84): “Los trabajos y los días del múltiple Eduardo Mignogna”.

Tiempo argentino (12/10/85): “La República perdida II.  Cine catástrofe”.

Tiempo Argentino, (08/07/86): “Se repone <Evita>, un valioso film documental”.

Bibliografía

Allegretti, Susana; Marrone, Irene y Moyano Walker, Mercedes (2006), “El noticiario cinematográfico y el documental: géneros patrióticos” en Irene Marrone y Mercedes Moyano Walker (Eds.), Persiguiendo imágenes.  El noticiario argentino, la memoria y la historia (1930-1960), Editores del Puerto, Buenos Aires.

Aprea, Gustavo (2012), “Los usos de los testimonios en los documentales audiovisuales argentinos que reconstruyen el pasado reciente” en Gustavo Aprea (Comp.), Filmar la memoria: Los documentales audiovisuales y la re-construcción del pasado, Universidad Nacional de General Sarmiento, Los Polvorines.

Casale, Marta (2011), “La memoria en tres tiempos.  Revisiones de la última dictadura en la ficción industrializada de los inicios de la democracia (1983-1989)” en Ana Laura Lusnich y Pablo Piedras (Eds.), Una historia del cine político y social en Argentina (1969-2009), Nueva Librería, Buenos Aires.

Crenzel, Emilio (2008), La historia política del Nunca Más: La memoria de las desapariciones en la Argentina, Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires.

De Ípola, Emilio (1987), “La difícil apuesta del peronismo democrático” en José Nun, y Juan Carlos Portantiero (Comps.), Ensayos sobre la transición democrática en la Argentina, Puntosur Editores, Buenos Aires.

Didi-Huberman, Georges (2004), Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto, Buenos Aires, Paidós.

Feld, Claudia (2002), Del estrado a la pantalla: Las imágenes del juicio a los ex comandante en Argentina,  Siglo veintiuno editores, Madrid.

Feld, Claudia (2009), “<Aquellos ojos que contemplaron el límite>: la puesta en escena televisiva de testimonios sobre la desaparición”, en Claudia Feld y Jessica Stites Mor (Comps.), El pasado que miramos.  Memoria e imagen ante la historia reciente, Paidós, Buenos Aires.

Feld, Claudia (2013), “La representación televisiva de los desaparecidos: del Documento final… al programa de la CONADEP” en Mariano Mestman y Mirta Varela (coords.), Masas, pueblo, multitud en cine y televisión, Eudeba, Buenos Aires.

Firbas, Paul y Monteiro, Pedro Meira (2006), “Conversación en Princeton”, en Paul Firbas y Pedro Meira Monteiro (Comps.), Andrés Di Tella: Cine documental y archivo personal: Conversación en Princeton, Siglo XXI Editora Iberoamericana, Buenos Aires; Universidad de Princeton, Princeton.

Getino, Octavio (2005), “<Cine en democracia> (1983-1989)” en Cine Argentino.  Entre lo posible y lo deseable, Ciccus, Buenos Aires.

Guarini, Carmen (2009), “Memorias y archivos en el documental social argentino” en Giróscopo. Revista audiovisual y de otros lenguajes, Año 1, N° 1, Cátedra Libre María Luisa Bemberg, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza Argentina.

Lusnich, Ana Laura y Kriger, Clara (1994), “El cine y la historia” en Claudio España (Comp.), Cine argentino en democracia 1983 / 1993, Fondo de las Artes, Buenos Aires.

Manetti, Ricardo (1994), “Cine testimonial” en Claudio, Claudio (Comp.), Cine argentino en democracia 1983 / 1993, Fondo de las Artes, Buenos Aires.

Margulis, Paola (2011), “El pueblo enfrenta la cámara.  Un análisis sobre distintas imágenes cinematográficas de las masas durante la transición a la democracia” en Aldo Ameigeiras y Beatriz Alem (Comps.), Culturas populares y culturas masivas: Los desafíos actuales a la comunicación, Universidad Nacional de General Sarmiento / Imago Mundi, Buenos Aires.

Mestman, Mariano (2008), “Testimonios obreros, imágenes de protesta. El directo en la encrucijada del cine militante argentino” en María Luisa Ortega y Noemí García (Eds.), Cine directo. Reflexiones en torno a un concepto, T&B / Festival Internacional de Cine de Las Palmas, Madrid.

Mestman, Mariano (en prensa),“Imágenes de archivo / Memorias del trabajo. En torno a la crisis argentina del 2001” en Jens Anderman y Álvaro Fernández Bravo (eds.), Efectos de realidad: ensayos sobre el nuevo cine argentino y brasileño, Colihue, Buenos Aires.

Mignogna, Eduardo (1984), “Nota preliminar” en Evita.  Quien quiera oír que oiga, Legasa, Buenos Aires.

Nichols, Bill (1997), La representación de la realidad.  Cuestiones y conceptos sobre el documental, Paidós, Buenos Aires.

Niney, François (2002), “Les archives” en L’épreuve du réel à l’écran, de boeck, Bruselas.

Paranaguá, Paulo Antonio (2003), “Orígenes, evolución y problemas” en Paulo Antonio Paranaguá (Ed.), Cine documental en América Latina, Cátedra, Madrid.

Ricoeur, Paul (2004), La memoria, la historia y el olvido, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Saborido, Jorge y Borrelli, Marcelo (2011),  “<El diario de Massera>: Convicción durante la dictadura militar”, en Jorge Saborido y Marcelo Borrelli (Coords.), Voces y silencios: La prensa argentina y la dictadura militar (1976-1983), Eudeba, Buenos Aires.

Sarkar, Bhaskar y Walker, Janet (2010), “Introduction.  Moving Testimonies” en Bhaskar Sarkar y Janet Walker (Eds.), Documentary Testimonies.  Global Archives of Suffering,  Routledge, Nueva York.

Sarlo, Beatriz (2004), La pasión y la excepción, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires.

Trombetta, Jimena (2011), “La representación de Eva Perón en el cine argentino” en Ana Laura Lusnich y Pablo Piedras (Eds.), Una historia del cine político y social en Argentina (1969-2009), Nueva Librería, Buenos Aires.

Varela, Mirta (2013), “La plaza de Malvinas: el color de la multitud” en Mariano, Mariano y Mirta Varela (coords.), Masas, pueblo, multitud en cine y televisión, Eudeba, Buenos Aires.

Vommaro, Gabriel (2006), “Cuando el pasado es superado por el presente: las elecciones presidenciales de 1983 y la construcción de un nuevo tiempo político en la Argentina” en Alfredo Pucciarelli (Coord.), Los años de Alfonsín. ¿El poder de la democracia o la democracia del poder? Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires.

Weinrichter, Antonio (2009), Metraje encontrado.  La apropiación en el cine documental y experimental, Festival Internacional de Cine Documental de Navarra, Pamplona.

Notas


[1] Un análisis de algunos de estos films puede encontrarse en Casale, 2011.

[2] Según sostienen Lusnich y Kriger, “La culminación del planteo tolerante, en el film [La República perdida], está dada por el discurso que pronunció Ricardo Balbín a la muerte del general Perón:  “<…Este viejo adversario, despide a un amigo>” (Lusnich y Kriger, 1994: 97).

[3] El análisis que sigue a continuación da cuenta del modo en que estas películas fueron presentadas ante la opinión pública.

[4] Entendemos el testimonio del modo en que ha sido definido por Paul Ricoeur, esto es, como “Un relato autobiográficamente certificado de un acontecimiento pasado, se realice este relato en circunstancias formales o informales” (Ricoeur, 2004: 210). Para un análisis pormenorizado de la utilización del dispositivo testimonial en el documental argentino reciente véase Aprea, 2012.

[5] Original en inglés, traducción propia.

[6] Para un análisis del material propagandístico durante la última dictadura militar argentina véase Feld, 2013 y Varela 2013.

[7] Luis Gregorich se desempeñó como Secretario de Cultura durante el gobierno del presidente Raúl Alfonsín y participó como editor del Nunca más.

[8] Miguel Pérez es un compaginador de gran trayectoria.  Considerándose adepto al peronismo –al menos hasta mediados de la década del ochenta- (Página/12 26/07/2003),  Pérez se mostró interesado en no convertir La República perdida en un film antiperonista.  Al respecto explica: “Aclaré que si la realización sería lesiva contra el peronismo yo me retiraba del proyecto.  Por suerte, con la incorporación de Luis Gregorich –en principio se había trabajado en base al material que poseíamos y se hizo una primera versión de 194 minutos de duración- no hubo problemas y pronto nos pusimos de acuerdo ya que él tenía las mismas prevenciones. Teníamos en claro que lo que no deberíamos hacer era algo antiperonista.” (La voz 29/08/83).

[9]  Datos aportados por el INC, en una edición especial con motivo de la presentación de Las tumbas en el XXXIX Festival de San Sebastián, septiembre de 1991.

[10] El film habría permanecido en cartel alrededor de cinco semanas (Tiempo Argentino, 25/09/84, publicidad del film publicada en Clarín 26/05/84), habiendo sido repuesto en 1986 en el Auditorio Buenos Aires (Tiempo argentino 08/07/1986).  El documental también se emitió por televisión en diciembre de 1991 por Canal 13 de Argentina (Publicidad del film publicada en Clarín, 19/12/1991).

[11] Eduardo Mignogna, reconocido hombre de letras, había incursionado en el cine a través de la publicidad.  Mignogna es autor de la novela La cola del cocodrilo por la que obtuvo en 1971 el premio otorgado por la revista Marcha; también ganó el concurso de cuentos policiales que en 1975 organizaron, en forma conjunta, Air France y Siete Días -cuyo jurado integraban Borges, Denevi y Roa Bastos- ; y en 1976 obtuvo el premio Casa de las Américas por Cuatro casas.

[12] Para un seguimiento de la figura de Eva Perón como mito en el cine argentino véase Trombetta 2011.

[13] Eduardo Mignogna narra los hechos del siguiente modo: “Le dije a Mario que, sin embargo, me gustaría hacer un film que se llamase <Mi coronel>, una película que terminase en el 45 y que contase la cara oculta del coronel Perón, para terminar con él asomando el balcón y después de eso, poner una necrológica: “Gobernó a los argentinos entre tal y tal año, se exilió, volvió y murió” (s/n 26/04/84).

[14] Las palabras de César D’Angiolillo –compilador del film- refuerzan esta versión, al especificar que durante la filmación esperaban la llegada de material de archivo proveniente de Estados Unidos, que finalmente, nunca arribó (Entrevista concedida por César D’Angiolillo 24/08/11).

[15] Bill Nichols (1997: 32) explica que los discursos de sobriedad tienen un efecto moderador porque consideran su relación con lo real directa, inmediata y transparente.  

Memoria y mujer en el documental español de los años setenta: crisis, melancolía y confesión

Descargar texto

Por Laura Gómez Vaquero

Resumen

El cine documental no fue ajeno a los intensos cambios que tuvieron lugar durante el proceso de transición política en España y que afectaron a todas las esferas –política, social, económica y cultural. Para la consecución de esos cambios, la revisión del relato que sobre la historia había construido el régimen franquista era indispensable. Este texto aborda el modo en que el pasado es apelado en El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) y Función de noche (Josefina Molina, 1981), propuestas protagonizadas por mujeres, donde la apelación a las políticas de la vida cotidiana y de la subjetividad como mecanismos de identificación colectiva implicó una apuesta por el cambio.

 

Palabras clave

Cine documental español, Transición, memoria, mujer

 

Abstract

The documentary film was not foreign to the intense changes that took place during the process of transition from dictatorship to democracy in Spain and that affected the political, social, economical, and cultural spheres. For these changes to come true, the revision of the ways in which the past was told during the Francoism was absolutely necessary.  This paper deals with the ways in which the past is specifically addressed by female characters in two documentaries: El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) and Función de noche (Josefina Molina, 1981). In these two films the politics of everyday life and of a subjectivity understood as the means to address the collective implied a commitment for change.

 

Keywords

Spanish documentary film, Transition, memory, women

 

Datos de la autora

Dra. Laura Gómez Vaquero enseña en el Grado de Cine de la Universidad Camilo José Cela (Madrid) y es Doctora en Historia del cine. Ha coeditado los libros Piedra, papel y tijera: collage y cine documental (junto a S. García López; Documenta Madrid, 2009) y El espíritu del caos. Representación y recepción de las imágenes durante el franquismo (con D. Sánchez Salas; UAM/Ocho y Medio, 2009). Es Jefa de Redacción de Secuencias. Revista de Historia del Cine. Acaba de publicar Las voces del cambio. La palabra en el documental durante la transición en España (Ayuntamiento de Madrid, 2012). Sus áreas de investigación son el cine documental y el cine español de los años setenta, con especial atención a la consideración de las prácticas cinematográficas en el marco de la producción cultural del momento.

 

Fecha de recepción

30 de septiembre de 2013

Fecha de aceptación

15 de noviembre de 2013

 

El acercamiento al pasado durante los años setenta

El “boom de la memoria” que ha tenido lugar desde comienzos del siglo xxi en España ha incrementado el interés en revisitar la llamada “Transición”, cuando la negociación con el pasado reciente fue del todo necesaria.[1] En concreto, la celebración de distintas efemérides en torno a sucesos acaecidos durante los años de la transición política (como, por ejemplo, los 25 años de la Constitución española en 2003) promovieron el acercamiento a una época que se planteaba como el origen del relato en torno a los parabienes y problemas de la actual España democrática.

Uno de los ámbitos que pueden ayudar a entender los diversos procesos que tuvieron lugar durante esos años es el de los medios audiovisuales y, dentro de estos, el cine, que consiguió no solo visibilizar sino también promover todo tipo de posicionamientos dentro de una sociedad que, desde todos los ámbitos culturales y de manera consciente, fue presentada como plural. Manuel Trenzado Romero, interesado en estudiar las relaciones entre el cambio político y el cinematográfico durante el periodo de la Transición, señala que “desde un punto de vista sociológico probablemente han sido la II República y la Transición los momentos históricos más álgidos de creatividad y sintonía cinematográfica con los discursos sociales de la época en toda la historia del cine español” (Trenzado Romero, 1999: 40).

Más allá de las dificultades, indecisiones y paradojas que se dieron en la época (estamos pensando en la dificultad de algunas películas en estrenarse por complicaciones con la administración), el cine participó de manera activa en el debate del que se nutrió el proceso de transición a la democracia e, incluso, supo vehicular una determinada mirada al cambio político. Como afirma Manuel Palacio,

el cine español de la transición fue capaz de concebir y transmitir al público cinematográfico una nueva forma de ser y de sentir, y un cierto estado de conciencia favorable a las ideas que vertebran la transformación política: reconciliación social, recuperación de las libertades civiles y políticas, y descentralización del estado (Palacio, 2011:9).

Sin embargo, no todos los acercamientos al cine de la década emplean términos tan exultantes. Una de las teorías que ha estado presente en algunos de los estudios sobre el cine español después de Franco sugiere que, durante esos años, fue obligado dejar de lado el mal recuerdo del franquismo para que la transición a la democracia pudiera llevarse a cabo (Sánchez-Biosca, 2006: 245-246). De acuerdo con esta idea, algunos investigadores alegan que la presencia de la época del franquismo en el cine español de los setenta fue escasa; sobre todo si lo comparamos con el interés en la Guerra Civil que mostró no solo el cine sino también los medios audiovisuales.

Si bien es cierto que el conflicto tuvo una presencia indiscutible en el cine de la década –no solo fue una de las temáticas clave, también dio lugar a ciclos y seminarios en instituciones y festivales de dentro y fuera del país-,[2] durante la década de los setenta aparecerían producciones cinematográficas que tendrían como principal objetivo cuestionar los principios que guiaron al régimen franquista durante sus casi cuarenta años de indolencia y represión. 

Ambas tendencias, la revisión del relato que hasta entonces había prevalecido sobre la Guerra Civil y la puesta en evidencia de los métodos represivos franquistas durante casi cuatro décadas tuvieron su espacio privilegiado en el cine documental. No en vano, los años de la transición política fueron una etapa dorada para este tipo de cine: la producción y exhibición de cine documental logró entre 1975 y 1982 una inusitada visibilidad en los medios. Las condiciones que favorecieron el florecimiento de este tipo de cine tras la muerte de Franco son: la apuesta por el documental por parte de la segunda cadena de TVE desde su creación (finales de 1966); y la aparición de un cine clandestino a finales de la década de los sesenta (Cerdán, 2008). Pero también influyeron otros factores que, ya desde 1975, sirvieron de estímulo como, por ejemplo, la derogación de la censura cinematográfica en diciembre de 1977, que trajo consigo una interacción con el exterior más ágil que tuvo su reflejo en la presencia de formas y temáticas que hasta entonces apenas habían sido explotadas. 

La construcción de un nuevo relato sobre la Guerra Civil española se materializó en el cine documental mediante la presencia de aquellos que habían luchado en la guerra para ofrecer una mirada novedosa del conflicto, lo que de paso conllevaba una justicia histórica: la visibilidad y en cierto modo el homenaje a aquellos que habían permanecido en el exilio (exterior y/o interior), los vencidos (es el caso, por ejemplo, de La vieja memoria [Jaime Camino, 1978], ¿Por qué perdimos la guerra? [Diego Santillán y Luis Galindo, 1978] y Dolores [José Luis García Sánchez y Andrés Linares, 1981]). Por su parte, el acercamiento al franquismo se vehiculó a través de la presencia de algunas de las “víctimas” de la dictadura, lo que permitía desvelar los mecanismos que, de manera subrepticia, había puesto en práctica el régimen franquista y que, en ocasiones, aún se encontraban vigentes (Queridísimos verdugos [Basilio Martín Patino, 1977], El asesino de Pedralbes [Gonzalo Herralde, 1979] y Ocaña, un retrat intermitent [Ventura Pons, 1978] son algunos ejemplos).

Pese a su implicación política, los protagonistas de este último tipo de propuestas no eran exiliados ni presos políticos, sino que, en su mayor parte, pertenecían a esa “España negra” dibujada por los medios afines al régimen y poblada de verdugos, criminales, homosexuales, dementes, etcétera. Por aquellos que, en definitiva, habían sufrido de manera especialmente dura los efectos de un régimen implacable con la diferencia y regido por una idea inflexible e intransigente del orden;[3] individuos que, organizados en colectivos y agrupaciones de distinto tipo (de vecinos, de mujeres, de gays y lesbianas, de familiares de presos, entre otros), lucharían durante los años setenta (ellos, sus familiares y demás concienciados) por cambiar la mirada estereotipada que los había condenado a la más completa marginación.

Esa recurrencia a aquellos que encarnaban la efectividad y crueldad del sistema franquista pero que, a la vez, personificaban el cambio, implicaba, entre otras cosas, la inclusión de una (o varias) voz/voces personal(es) y corpórea(s), muy distinta(s) a la voz etérea e impersonal que se imponía a la imagen en el noticiero oficial franquista, NO-DO; una voz, la mayoría de las veces masculina y enormemente retórica, que, junto con la música de la cabecera, pervive en la memoria colectiva de los españoles (incluso en la de aquellos que nacieron tras la muerte de Franco).[4]

Frente a esta voz, aparecerían otras que, en algunos casos, serían de carácter femenino. No obstante, las mujeres también habían sufrido una intensa opresión a lo largo del franquismo: su marginación era consecuencia directa del modelo de mujer que el régimen había promovido y que, pese a los cambios (fruto de política de modernización del país puesta en marcha durante los años sesenta),[5] seguiría acusando un paternalismo incuestionable.

La presencia de personajes femeninos que se expresaban en primera persona en ciertos documentales favorecieron el acceso a un ámbito, el de lo familiar y lo privado, que era revelador del alcance que había tenido la represión practicada por el Régimen de manera continua y subrepticia a lo largo de casi cuatro décadas; pero también –y aquí queremos poner un énfasis especial–, de la necesidad de “documentar” ese proceso de autoconciencia por parte de las mujeres, al alimón del afianzamiento de los nuevos movimientos sociales en España y de las diferentes propuestas audiovisuales que, en otras latitudes, emprendían la tarea de, cuando menos, dejar constancia de ese despertar.

La película Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino, realizada en 1971 -pero censurada y estrenada Canciones para despues de una guerradespués de muerto Franco, en 1976-, componía ya, a partir del uso de todo tipo de material de archivo, un retrato de la cotidianidad y la sentimentalidad de los años de la posguerra a través de, entre otros, el acercamiento a un espacio femenino marcado por la soledad, el silencio y la desolación. De entre los materiales empleados, la canción popular de los años cuarenta sobresale en el film; su presencia en forma de diálogo dialéctico con el resto de recursos permite al realizador evidenciar las diferentes funciones que la música popular –y, con ella, los medios de comunicación- habían asumido durante la primera década de la dictadura: primero, como método para imponer los principios fundamentales del Estado franquista; y segundo, como el lugar a través del cual una parte significativa de la sociedad podía evadirse del sistema represivo y expresar su frustración y su tristeza (Martín Morán, 2008).

Frente a la película de Patino, donde la banda sonora se construye mayoritariamente a partir del uso de las distintas canciones populares de la época, El desencanto y Función de noche, realizadas en 1976 y 1981 respectivamente, suponen un acercamiento personal a la experiencia de personajes femeninos a través de su palabra. Pese a centrarse en personajes que pertenecen a generaciones y estratos sociales distintos, ambas propuestas comparten un deseo común: enfrentarse a un pasado difícil. Veamos a continuación cómo estas memorias individuales se plantean como memorias colectivas en un empeño por cuestionar los principios franquistas que habían dominado el espacio público e invadido el privado.

Despertar de un largo invierno

El desencanto parte de la figura del poeta mimado por el régimen franquista Leopoldo Panero, fallecido doce años antes, para, mediante la entrevista a su esposa y a sus tres hijos, exponer la conflictiva relación de estos con una figura que se intuye cruel y autoritaria. Si en algunos documentales estrenados con anterioridad, y sobre todo con posterioridad a este, la palabra de aquellos que no habían podido expresarse en vida del caudillo sería integrada al discurso de la historia pretérita, presente y futura del país, en la película de Chávarri, la palabra de la esposa y los hijos del poeta es propuesta como muestra de todo aquello que no habían podido manifestar en vida del padre; el resultado es un nuevo tipo de relato, centrado en las experiencias y los conflictos de la hasta entonces vida privada de los españoles, que es ahora trasladada al espacio público.

Es quizá esta relación que aparece casi de manera inmediata entre el silencio sufrido por la familia Panero y el padecido por la sociedad española la que promovió un tipo de lectura que, surgida tras el estreno de la película en septiembre de 1976, ha sobrevivido hasta la actualidad: la de que El desencanto pone de manifiesto los traumas latentes de una sociedad a la que le resulta difícil emprender el nuevo rumbo de un país inmerso en una transición política.[6] De acuerdo con esta interpretación, la sombra del padre –trasposición del caudillo- era lo suficientemente oscura y alargada como para negar a sus hijos -es decir, a los españoles- materializar el cambio.

Sin embargo, tal y como expresa Jo Labanyi en un artículo reciente sobre la película: si esta se puede ver como representativa de la Transición, en el sentido de que pone en imágenes el desencanto de una sociedad apabullada por sus recuerdos, “¿por qué no verla como un reflejo de los cambios en la situación de la mujer que ya estaban empezando a producirse en los primeros años de los 70, y que fueron algo que las mujeres consiguieron, contradiciendo la idea de que la escena política estaba dominada por la presencia omnipotente del gran padre a punto de morir?” (Labanyi, 2011: 77).

Si partimos de esta idea, precisamente es la madre, frente a la ausencia del padre, la que narra ante la cámara sus recuerdos en primera persona (y en este sentido, las fotografías familiares incluidas en el largometraje acentúan la impresión del padre 1. El desencantoausente y de la presencia central de ésta). La narración que Felicidad Blanc hace de sus recuerdos denota un tono literario no exento de melancolía durante los primeros metros de celuloide. Entre otros recuerdos, Blanc describe cómo era la casa de Astorga, en León, a la que llegó de recién casada, así como alude al desencanto (materializado en la imagen que el realizador incluye de la finca donde vivieron, entonces en ruinas) que la esposa sufrió tras la luna de miel con la llegada de los amigos del marido; un acontecimiento aparentemente irrelevante que, sin embargo, es interpretado por la entrevistada (y por el espectador) como un presagio de la tónica que marcaría toda su vida matrimonial: el desplazamiento y la soledad. Los largos travellings en el interior de la casa que acompañan sus palabras desempeñan una función evocadora acorde con el tono afectado de la protagonista: no en vano, es por las ruinas del pasado por donde vaga la protagonista a instancias del realizador. Sin embargo, esta melancolía se ve sustituida, a partir de la segunda parte, por un tono menos afectado: la aparición en pantalla del mediano de los hijos, Leopoldo María, que había faltado en la primera parte, convierte los soliloquios ensimismados de la madre en autodefensas y explicaciones no exentas de firmeza y de materialidad. Los reproches que este lanza a su progenitora la impelan a aludir a las condiciones sociales y culturales bajo las que tuvo que sacar adelante a sus tres hijos; una tarea no demasiado fácil por el lugar de donde ella provenía (tal y como explicaba al comienzo del film, una “niña bien” que pierde su independencia con el matrimonio).

Ya sea ficcionalizando su propia vida (en la primera parte del largometraje), ya justificando sus decisiones (en la segunda), tal y como explica Labanyi, “Felicidad Blanc demuestra que ella ha conseguido romper con el pasado impuesto por su marido” (Labanyi, 2011: 77); y lo consigue interviniendo activamente en la película, haciendo de su vida un melodrama y compartiendo protagonismo con sus hijos.[7]

Este protagonismo que la madre acepta sin reparos se expandirá más allá de la pantalla. Tras el estreno del film, Blanc aparecerá en alguna que otra publicación seriada de la época con motivo de la publicación de su libro de memorias en 1977, titulado Espejo de sombras. La autora de la publicación afirmaba en una breve entrevista a Diario 16: “…Todo lo que he vivido lo he hecho inmediatamente recuerdo” (Anónimo, 23-11-1977: 23); algo que ya evidenciaba El desencanto y que queda manifiesto en Espejo de sombras (en la misma entrevista, Blanc especificaba: “este libro supone mi retirada. Es como el telón final de una vida”). De manera similar, si bien insertando el relato en un telón de fondo más amplio, el prólogo al libro, firmado por la filóloga Natividad Massanés, comienza de la siguiente manera: “Las mujeres han sido a través de la historia la parte invisible de la humanidad”; y continúa: “Ser persona, asumirse a sí misma frente a los demás, es lo que ha hecho Felicidad Blanc. Abiertamente, públicamente. Primero, como la viuda del poeta Leopoldo Panero, y junto a sus hijos, en la película El desencanto de Jaime Chávarri. Y ahora en este libro-documento, Espejo de sombras” (Blanc, 1977: 7).

Desde este punto de vista podemos considerar El desencanto una de las primeras películas en demostrar la utilidad de interrogar el pasado a través del ámbito de lo doméstico y en proponer su superación a través de un personaje femenino que se posiciona ajena al papel de madre y esposa ejemplar que se le había designado durante el franquismo. La película coincidió en las salas con el largometraje de ficción Retrato de familia (Antonio Giménez-Rico), lo que para algunos críticos significó el paso al tratamiento de “una problemática casi inédita en nuestro cine tan desligado hasta ahora de las situaciones reales” (Pérez Gómez, 1976: 53). No en vano, la familia se revelaría como el lugar donde los intereses públicos y privados colisionan pero también donde es posible ejercer la libertad, especialmente durante esos años de abandonar la cueva y salir a la palestra.

La confesión como acto político

El desencanto produjo gran sorpresa entre una crítica poco acostumbrada a presenciar “desnudos metafóricos” en pantalla. Algo similar ocurrió con Función de noche: la asistencia del público a un espectáculo donde una pareja revelaba detalles íntimos de su vida en común fomentó un debate intenso en torno a la posición moral de la realizadora con respecto a sus personajes.[8] La responsable, Josefina Molina, persuadió a su amiga, la popular actriz Lola Herrera para que mantuviera un encuentro con su exmarido, el también actor Daniel Dicenta.

La idea había surgido durante la representación de la obra teatral Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes,[9] donde Lola Herrera interpretaba el papel principal y Josefina Molina ejercía de directora escénica. Esta última había sido testigo directo del intenso efecto que la representación diaria causaba en el ánimo de Lola Herrera, quien interpretaba en dicha obra el papel principal, Carmen Sotillo, una viuda que durante la noche en la que vela el cuerpo de su marido, expone sus recuerdos de su insatisfactoria vida en común. La actriz, que llegó a desmayarse en escena, entró en una crisis personal que la llevó a aceptar participar en el proyecto cinematográfico, que le serviría para profundizar en su estado emocional.

La intención de la realizadora era sacar a la luz los problemas sentimentales y sexuales de una pareja (y una gereración) que había nacido bajo los principios del nacional-catolicismo más férreo. Tal y como Josefina Molina explicaría a los involucrados, el encuentro entre los dos actores se desarrollaría bajo unas condiciones estrictas: en una habitación-camerino con ocho cámaras dispuestas de manera estratégica. Allí, ambos abordarían algunos de los aspectos de su vida en común y de su separación catorce años antes, lo que les permitiría desvelar multitud de pensamientos y sentimientos que apenas se habían trasladado el uno al otro. El resultado de dicho “experimento” es revelador: la actriz alude a su expectación en la noche de bodas y a su posterior desencanto; el actor le revela a su exmujer sus celos y la presión social bajo la que se sentía sometido; y ambos aceptan la incomunicación, la represión y la inmadurez que caracterizaron su matrimonio.

El dispositivo empleado por la realizadora transmite una intensa sensación de inmediatez y naturalidad, derivada en parte de la escasa presencia de cortes; tal y como explicaba en una entrevista Josefina Molina, “el rodaje fue el tiempo real, una hora y tres cuartos, de lo cual yo he respetado absolutamente el tiempo, es decir, cada cosa está dicha en su momento. Lo único que se ha quitado de la conversación han sido aquellas cosas que se reiteraban. También se ha respetado el orden cronológico en que van apareciendo los temas” (Ruiz de Villalobos, 28-19-1981: 13). Ello no fue óbice para que algunos críticos del momento cuestionaran la veracidad del encuentro e incluso encontraran la película moralmente reprobable. Frente a las críticas que afirmaban que “la ropa sucia se lava en casa”, la realizadora explicaba de manera significativa: “Nunca es malo verbalizar los problemas que tienes. Ellos han tenido una oportunidad única. Salir de sí mismos, objetivarse” (Maqua, 1981: VII).

Además de osada, la película fue calificada en alguna que otra ocasión de feminista. La realizadora se mantuvo bastante prudente con respecto a dicha afirmación, alegando que “(…) cuando una mujer habla de sus puntos de vista con respecto a otra mujer parece que la cosa es feminismo, pero realmente eso lo están haciendo los hombres continuamente y nadie les acusa de machismo” (Ruiz de Vilallobos, 1981: 13). Sin embargo, el acto de confesión que la realizadora promovió y registró recuerda a otros que, en el ámbito internacional durante los años setenta, se proponían cuestionar la identidad femenina desde el audiovisual, convirtiéndose en verdaderas reivindicaciones que basaban su efectividad en el mismo hecho de hacerse públicas, es decir, en el propio acto de la expresión. Creemos pertinente recordar, por ejemplo, las palabras de Alix Shulman en 1971, recogidas en el texto de la ensayista feminista Alexandra Juhasz, “They Said We Were Trying To Show Reality − All I Want To Show Is My Video: The Politics Of the Realist Feminist Documentary”:

Ahora que las mujeres —las únicas Expertas en la sexualidad femenina— están empezando a hablar juntas y a compartir impresiones, están descubriendo que sus experiencias son sorprendentemente similares y que no son monstruos. En el proceso de exposición de los mitos y las mentiras, las mujeres están descubriendo que no son ellas, como individuos, las que tienen problemas sexuales: es la sociedad la que tiene un gran problema de índole política (Juhasz, 1999: 204)[10].

Función de noche implicaba no solo un ejercicio de confesión por el que lo privado (y todas sus complejidades) saltaba al espacio de lo público, sino también un lugar de discusión sobre los roles de la mujer en la España del franquismo, sentidos comoFuncion de noche desfasados ante la nueva situación que por entonces se estaba imponiendo[11]. Algo a lo que aluden de manera directa ese otro tipo de imágenes que, intercaladas entre aquellas que corresponden al encuentro entre la actriz y su exmarido, son un seguimiento a la protagonista en su recorrido por los espacios públicos por los que transita en un intento por encontrarse a sí misma; unas escenas que servían para contextualizar al personaje y que, sobre todo, daban cuenta de los nuevos espacios de los que disponía una “mujer de su tiempo” (como se decía en la sinopsis presentada a la administración)[12] para reelaborar su identidad: su visita al tribunal eclesiástico pertinente para iniciar los trámites de nulidad matrimonial (que formalizara su nueva situación de divorciada, así como la llegada de nuevos tiempos); su cita con una adivina, que intenta desvelarle las claves de un futuro difuso; su entrevista con un cirujano plástico para operarse los pechos; los paseos con su amiga Juana Ginzo, actriz radiofónica y de doblaje con fama de polémica por sus ideas progresistas; y la alusión a sus hijos como elementos básicos que han conformado su femineidad (como ella misma confiesa en el film, uno de los hechos más relevantes en su vida).[13]

El shock que el film produjo en su tiempo se debió sobre todo a la novedad de encontrar en la pantalla a una mujer conocida expresando sus secretos más íntimos. Función de noche corporeiza en la figura de Lola Herrera, de manera directa y en un tono ajeno a la moralina, las dudas y frustraciones causadas por una cierta educación sentimental, así como el deseo de participar en la superación de todos esos adjetivos que se le habían asignado a la mujer durante el franquismo.

Conclusiones

Como hemos intentado mostrar a través del análisis de estos dos documentales, enfrentarse a un pasado difícil durante los años de la transición implicó en ocasiones un cuestionamiento de las posiciones adoptadas y puestas en práctica con anterioridad. Una nueva época estaba llegando y era necesario revisar los mitos y creencias promovidos por el régimen franquista. La tarea no era fácil: como explica Helen Graham, durante el franquismo, “el estado [se había] expandido hasta el punto de regular espacios definidos previamente como “privados” –como por ejemplo el cuidado del niño y la organización del hogar–” (Graham, 1995: 110-111).[14] Aunque esta intervención pública en el ámbito de lo privado mutó a lo largo del franquismo, no fue hasta los setenta que esto fue claramente puesto en cuestión.

El desencanto y Función de noche jugaron un importante papel en hacerlo e incluso consiguieron abrir debate en torno a la cuestión (tal y como se recoge en la prensa de la época). Con los diversos movimientos de liberación de la mujer como telón de fondo,[15] la presencia en estos dos films de personajes femeninos capaces de mostrar sus complejas posiciones en relación al pasado fue decisiva para construir una contra-narrativa que sustituyera la preexistente por otra y consecuentemente atestiguara el proceso de cambio emprendido por una parte significativa de la sociedad española desde mediados de los setenta. Estas dos mujeres accedieron a relatar sus experiencias, relativas al pasado y al presente, delante de la cámara; lo que puede ser entendido como parte del proceso de concienciación puesto en marcha por este colectivo durante la década, pero también como una manera de poner en práctica un nuevo recurso fílmico: aquel que coincide con la emergencia de la política de la vida cotidiana y de una subjetividad entendida como el medio para invocar lo colectivo (Renov, 2004: 177).

Tal y como se explica en el texto de revelador título Lo personal es político. El Movimiento Feminista en la transición,

a medida que se fueron exteriorizando las vivencias personales y, sobre todo, al compartir experiencias con otras mujeres en los primeros grupos de autoconciencia o de reflexión, los problemas antes sentidos como `personales´ comenzaron a pensanse en una dimensión social, atribuyéndolos a la situación de la mujer como género, más allá de lo estrictamente individual.

Es entonces cuando “las cuestiones personales adquieren la categoría de lo `político´” (Escario, Alberdi y López-Accotto, 1996: 117-118).

Es en parte por ello que tanto El desencanto como, en mayor medida, Función de noche fueron interpretadas en la época desde un punto de vista ideológico y político. El cambio que se había operado en la sociedad española y su relación con respecto a la política era evidente: mientras que la generación que luchó en la guerra (y que después se pasó al movimiento antifranquista) había asumido una militancia basada en la ideología y en su pertenencia a un partido político (ya fuera el PCE, el FLP o cualquier otro), la generación que nació en pleno franquismo, y que ahora es la encargada de revisar el pasado, tiende a adquirir su sensación de pertenencia a un grupo a partir de elementos de carácter cultural y simbólico; es decir, en relación a “la imagen que sus miembros tienen de sí mismos” y desde una serie de “nuevos significados que contribuyen a dar sentido a su vida cotidiana y se construyen de forma colectiva”.[16]

La progresiva consecución de una serie de transformaciones estructurales en España desde mediados de los sesenta, en directa relación con la incorporación del país a las dinámicas del capitalismo, modificarían el tipo de relaciones entre sistema político y sociedad, como había ocurrido en el resto de países occidentales[17]. El movimiento obrero, el más claro representante de esa confianza en la lucha por la justicia social desde presupuestos ideológicos, iría perdiendo fuerza durante la segunda mitad de los años setenta; tal y como lo evidencian las distintas propuestas herederas del cine militante de los sesenta que aparecerán en esos años, que incorporan una serie de estrategias (la ironía, el distanciamiento, la autoreflexión) derivadas en buena parte de la autocrítica (de todas ellas quizá Númax presenta… [Joaquín Jordá, 1979)] es la más contundente).[18]

En su lugar, nuevos espacios y actores revelarían su capacidad para representar la ruptura con el pasado y la asunción del cambio. Tal y como ponen de manifiesto El desencanto y Función de noche, el recurso a la experiencia vital y la construcción de un relato individual que aludiera a lo colectivo (no exento de recreación y performatividad, como hemos visto) era, en estas circunstancias y pese a algunas críticas, del todo pertinente.

Bibliografía

Anónimo (1977), “Memorias de la viuda de Panero”, Diario 16, 23 de noviembre, 23.

Anónimo (1981), “Comentando comentarios” (sección), Pueblo, 21 de noviembre, 43.

AA. VV. (2004), Actas del IX Congreso de la AEHC. El cine español durante la Transición democrática (1974-1983), AACCE/AEHC, Valencia.

AA. VV. (1986), El cine y la transición política española, Filmoteca Valenciana, Valencia.

Blanc, Felicidad (1977), Espejo de sombras, Argos Vergara, Barcelona.

Casquette, Jesús (2001), “Nuevos y viejos movimientos sociales en perspectiva histórica”, Historia y Política. Revista de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales, nº 6, 191-216.

Castro García, Amanda (2009), La representación de la mujer en el cine español de la Transición (1973-1982), Oviedo, KRK ediciones.

Cerdán, Josetxo (2008), “Muerte y resurrección. El documental en la España del tardocapitalismo”, en Revista Pausa, nº 6, marzo.

Chanan, Michael (2007), The Politics of Documentary, BFI, London.

Escario, Pilar, Alberdi, Inés y López-Accotto, Ana Inés (1996), Lo personal es político. El Movimiento Feminista en la transición, Instituto de la Mujer, Madrid.

Gaines, Jane M. y Renov, Michael (eds.) (1999), Collecting Visible Evidence, Minnesota University Press, Minneapolis.

García López, Sonia (spring 2014; en prensa), “Filling the Voids of Memory. Alzheimer’s Disease and Recent History in Nedar and Bucarest, la memòria perduda”, Catalan Journal of Communication and Cultural Studies, vol. 6, issue 1.

Gómez Vaquero, Laura (2004), “Númax presenta… (J. Jordá, 1979): el documental olvidado de la Transición”, en Actas del X Congreso de la AEHC. El documental, carcoma de la ficción, AEHC / Filmoteca de Andalucía, Granada, 89-93.

González Ruiz, Pilar (ed.) (2009), El movimiento feminista en España en los años setenta, Madrid, Cátedra.

Graham, Helen (1995), “Women and Social Change”, en Helen Graham y Jo Labanyi (ed.), Spanish Cultural Studies. An Introduction, Oxford University Press, Oxford and NY, 99-115.

Graham, Helen y Labanyi, Jo (ed.) (1995), Spanish Cultural Studies. An Introduction, Oxford University Press, NY.

Hernández Ruiz, Javier y Pérez Rubio, Pablo (2004), Voces en la niebla. El cine durantela Transición española (1973-1982), Paidós, Barcelona.

Hopewell, John (1989), El cine español después de Franco (1973-1988), Eds. El Arquero, Madrid.

Huyssen Andreas (2002), En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización, México, Fondo de Cultura Económica.

Johnston, Hank, Laraña, Enrique y Gusfield, Joseph (1994), “Identidades, ideologías y vida cotidiana en los nuevos movimientos sociales”, en Laraña, Enrique y Joseph Gusfield (eds.), Los nuevos movimientos sociales. De la ideología a la identidad, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid.

Juhasz, Alexandra (1999), “They Said We Were Trying To Show Reality − All I Want To Show Is My Video: The Politics Of the Realist Feminist Documentary”, en Jane Gaines y Michael Renov (eds.), Collecting Visible Evidence, Minnesota University Press, Minneapolis.

Labanyi, Jo (2011), “Los fantasmas del pasado y las seducciones del psicoanálisis: El desencanto (Jaime Chávarri, 1976)” en Manuel Palacio (ed.), El cine y la transición política en España (1975-1982), Madrid, Biblioteca Nueva, 73-85.

Maqua, Javier (1981), “Josefina Molina-Pepe Samano. Nosotros no hemos engañado a nadie”, Diario 16, 1 de noviembre, VII.

Marías, Miguel (1977), “El cine desencantado de Jaime Chávarri”, Dirigido por, nº 49, 54.

Martín Morán, Ana (2008), “En la boca del lobo… que canta. La cultura popular y la reconstrucción de la identidad nacional en Canciones para después de una guerra”, en Carlos Martín (coord.), En esto consistían los paraísos. Aproximaciones a Basilio Martín Patino, Diputación de Granada / Centro José Guerrero, Granada.

Minguet Battlori, Joan M. (1997), “El desencanto”, en Julio Pérez Perucha (ed.), Antología crítica del cine español. 1906-1995, Cátedra / Filmoteca Española, Madrid.

Palacio, Manuel (ed.) (2011), El cine y la transición política en España (1975-1982), Biblioteca Nueva, Madrid.

Pérez Gómez, Ángel A. (1976), “Familias españolas. <<El desencanto>> y <<Retrato de familia>>”, Hechos y dichos, octubre, 53.

Renov, Michael (2004), The Subject of Documentary, University of Minnesota Press, Minneapolis and London.

Ruiz De Villalobos (1981), “Josefina Molina: Hay que decir las cosas, aunque sea tarde”, Diario de Barcelona, 28 de octubre, 13.

Sánchez-Biosca, Vicente (2006), Cine y guerra civil española. Del mito a la memoria, Alianza editorial, Madrid.

Threlfall, Monica, Cousins, Christine y Valiente, Celia (2005), Gendering Spanish Democracy, Routledge, London and NY.

Trenzado Romero, Manuel (1999), Cultura de masas y cambio político: el cine español de la transición,  CSIC, Madrid.

Valiente Fernández, Celia (2003), “Las políticas para las mujeres trabajadoras durante el franquismo”, en Gloria Nielfa Cristóbal (ed.), Mujeres y hombres en la España franquista: sociedad, economía, política, cultura, Ed. Complutense, Madrid, 145-178.

Vernon, Kathleen M. (2001), “Cine de mujeres en la Transición. La trilogía `feminista´ de Cecilia Bartolomé, Pilar Miró y Josefina Molina”, en Manuel Palacio (ed.), El cine y la transición política en España (1975-1982), Madrid, Biblioteca Nueva, 145-158.

Notas


[1] Este “boom” debe insertarse dentro de la preocupación central en las sociedades occidentales desde los años 80 por la memoria, tal y como lo ha indicado Andreas Huyssen (2002). En el caso concreto de España, éste ha tenido una manifestación privilegiada en la Ley de Memoria Histórica que, desde finales de 2007, contempla el reconocimiento de los derechos de aquellos que sufrieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura. Tal y como expresa Pedro Ruiz Torres, la recuperación de la memoria histórica, en especial respecto a las víctimas de la guerra y la dictadura, ha sido intensa desde 2000 y ha dado lugar a un debate del que se han nutrido los medios. Ruiz Torres en García López (spring 2014; en prensa).
[2] Y en este sentido estamos de acuerdo con el anteriormente aludido Sánchez-Biosca en que “el pasado de la guerra civil estuvo como nunca presente en los debates públicos” (2006: 246).
[3] Las tres películas mencionadas revelan distintos posicionamientos respecto al tratamiento y representación de sus personajes; sin embargo, todas comparten el deseo de ofrecer una mirada distinta de aquellos que hasta entonces habían sido estigmatizados en los medios. El caso de El asesino de Pedralbes es revelador de las tensiones presentes en esos años; tras un estreno polémico, hubo de organizarse un coloquio-debate donde se abordó la cuestión de la enfermedad mental, considerada desde un punto de vista sociopolítico y, por tanto, de muy distinta manera al tratamiento represivo, inspirado en ideas eugenésicas, que le había dado el régimen franquista.
[4] Quizá en parte por la falta de estructura vertebradora (orden y duración de sus unidades), estos dos elementos (la voz y la sintonía del comienzo), que pervivieron pese a los cambios, penetraron mejor en la memoria de los espectadores. Cfr. Tranche y Sánchez-Biosca (2000: 107-108).
[5] Esta modernización primordialmente económica acabó afectando a otros ámbitos de la vida de los españoles; la búsqueda de un nuevo modelo económico (y de nueva mano de obra) fue la razón principal de que se promulgara en 1961 la Ley de Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer, que, tras 19 años, permite a la mujer casada trabajar con el consentimiento del marido. Para más información, acudir a Valiente Fernández (2003: 145-178).
[6] Ver, por ejemplo, el texto de Minguet Battlori (1997: 743-745).
[7] Las similitudes de la película con el melodrama ya fueron señaladas por el crítico Miguel Marías (1977:54). Por otra parte, en la película que realiza Ricardo Franco dieciocho años después y que es un reencuentro con los Panero, Después de tantos años, la ausencia de la madre, fallecida años antes, resulta definitiva para evidenciar que ese “fin de raza” que vaticinaban los hermanos se ha hecho realidad y que esa “sordidez más absoluta” (como describía Michi a su familia en El desencanto) se ha convertido en una indolencia intensa.
[8] Una de las críticas más claras al respecto, afirma: “En lo que no estamos de acuerdo es en la elección del tema […] la ropa sucia se lava en casa. Por ser ropa sucia y, sobre todo, que el tema no es propio para la realización de una película” (Anónimo, 1981: p. 43).
[9] Aún está pendiente realizar un estudio específico de las implicaciones de la adaptación de la obra literaria de Delibes en cine, televisión y teatro, de manera conjunta, durante estos años de revisión del pasado. Tal y como señala Kathleen M. Vernon, la novela de Delibes, publicada en 1966, “parece ofrecer material poco propicio a lectores y directores feministas”; sin embargo, Molina explicaba en entrevista al periódico El País poco antes del estreno de la obra teatral donde ejercía de directora escénica: “Yo no dudaría en clasificar esta obra de feminista, quizá por eso me gusta tanto, porque creo que la defensa de la mujer y de sus derechos comienza en nuestro país por la auto-crítica” (Vernon, 2011: 150). Asimismo, tal y como explica Amanda Castro García en su aproximación a Función de noche (a partir de María Donapetry Camacho), “el film subvierte la fuente literaria, ya que (…) no se trata de una adaptación de la obra teatral sino de la materialización de los efectos psicológicos que produce en la actriz Lola Herrera la interpretación del papel de Carmen Sotillo en Cinco horas con Mario”; como continúa explicando Castro García, “mediante la alternancia entre fragmentos del monólogo durante la representación teatral y las palabras de Lola en el camerino, se contrastan los significados y la personalidad de ambas mujeres, su manera diferente de abordar el ajuste de cuentas con sus respectivos maridos, y también sus similitudes” (Castro García, 2009:222).
[10] Traducción de la autora
[11] Este aspecto “transicional”, en el que “al orden temporal lineal asociado con el progreso, el triunfo de la razón y la modernización, se opone un tiempo personal desigual, irregular e inestable”, ha sido señalado por Vernon en su estudio sobre la trilogía feminista de Cecilia Bartolomé, Pilar Miró y Josefina Molina (Vámonos, Bárbara [1977], Gary Cooper que estás en los cielos [1980] y Función de noche, respectivamente). Cfr. Vernon (2011: 151-152).
[12] Así lo reconocía ya la sinopsis presentada a la administración correspondiente: “Función de noche es el retrato de una mujer de nuestro tiempo obsesionada con su propia trayectoria e inquieta por su futuro, que se pregunta un día: ¿qué se puede hacer cuando a uno no le gusta su propia vida?”. Expediente n.º 148-81N, en el Archivo General de la Administración Civil del Estado.
[13] Los testimonios que aparecen de los hijos, Natalia y Daniel Dicenta, que exponen sus experiencias y pensamientos en torno a las relaciones sexuales, intensifican la diferencia entre la educación y las actitudes de padres e hijos y transmiten la idea de la instauración de un tiempo distinto al vivido por los padres, regido por valores diferentes.
[14] Traducción de la autora.
[15] Para un repaso por el movimiento feminista en España durante la década de los setenta, acudir a González Ruiz (2009).
[16] Johnston, Laraña y Gusfield (1994: 7). Este volumen resulta valioso a la hora de entender el paso de los viejos a los nuevos movimientos sociales, hecho que en España comienza a finales de los años sesenta y adquiere consistencia a partir de mediados de los setenta.
[17] El debate en torno a si esos cambios estructurales implicaron la aparición de nuevos movimientos sociales o, simplemente, una reestructuración de los existentes hasta entonces es aún intenso. Para un examen de dicho debate, acudir Casquette (2001: 191-216).
[18] La película recrea el fallido proceso de autogestión en una fábrica de electrodomésticos de Cataluña, desarrollada durante dos años, de 1977 a 1979. Cfr. Gómez Vaquero (2004: 89-93). 

Memorias en transición. Producciones videográficas argentinas contemporáneas entre el video de creación y el corto documental

Descargar texto

 

Por Clara Garavelli

 

Resumen

En los últimos treinta años, el restablecimiento de la democracia en Argentina ha estado acompañado de una gran cantidad de audiovisuales dedicados a lidiar con los estragos de la última dictadura. Mientras varios de estos trabajos han sido ampliamente estudiados dentro de disciplinas tradicionales, existen obras híbridas ubicadas en las fronteras entre el ámbito artístico y el cinematográfico que aún deben ser propiamente analizadas. El objetivo de este artículo es explorar un conjunto de videos experimentales que emplean un ‘tratamiento creativo de la realidad’ (Grierson dixit) pero que no han sido el foco de atención de los teóricos del documental. Sus formas de tratar la memoria y sus modos de representación reconfiguran el pasado traumático en el presente al mismo tiempo que plantean una alternativa al género documental tradicional.

 

Palabras clave

Memoria, Video experimental, Documental creativo, Transición, Video Arte

 

Title

Memories in Transition. Contemporary Argentine Videographic Productions, Between Video Art and Short Documentary Film

 

Abstract

In the past thirty years, the reinstatement of democracy in Argentina has been accompanied by an upsurge of audio-visual productions that deal with the impact of the last dictatorship. Whereas most of these works have been widely studied within traditional disciplines, there are certain hybrid productions located at the interstices of art and cinema, which still need to be properly analyzed. Accordingly, the aim of this article is to explore an array of short experimental videos that employ ‘a creative treatment of actuality’ (Grierson dixit) but which have not been the focus of academic attention within documentary theorists. Their ways of dealing with memory and its modes of representation reconfigure the traumatic past in the present whilst challenging the traditional documentary genre.

 

Keywords

Memory, experimental video, Creative Documentary, Transition, Video Art

 

Datos de la autora

Clara Garavelli es profesora titular de Estudios Latinoamericanos en la University of Leicester (Reino Unido). Realizó su tesis doctoral sobre Video Experimental Argentino en la Universidad Autónoma de Madrid (España), su Maestría en la University of Cambridge (Reino Unido) y su licenciatura entre Rosario (UNR) y Londres (Birkbeck College). Actual miembro del consejo editorial de Secuencias. Revista de Historia del Cine (UAM-Maia Ediciones) y jurado del Festival Internacional de Video Arte (FIVA, 2012-2013, Buenos Aires).

 

Fecha de recepción

11 de septiembre de 2013

 

Fecha de aceptación

4 de noviembre de 2013

 

 “La imagen electrónica presenta una paradoja para la memoria y la historia,

connotando lo inmediato en lugar de lo pasado”.

(Sturken, 1996: 3)[1]

 

El llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, instaurado por el golpe de Estado militar del 24 de marzo de 1976, sumergió a la Argentina en uno de los períodos más negros de su historia, dejando profundas secuelas sociales, políticas, judiciales, económicas y culturales. En los años que duró la dictadura, se produjeron infinidad de abusos a los derechos humanos, entre los que se cuentan la detención ilegal y la tortura; la persecución y censura de ideales contrarios a los del régimen; el robo sistemático de niños nacidos en cautiverio; el secuestro, muerte y desaparición de miles de personas. La restauración de la democracia en 1983 estuvo acompañada por una etapa de transición signada por el perdón hacia los responsables de estos crímenes de Estado y una política de olvido que permitía supuestamente sanar las heridas del pasado e iniciar una nueva etapa constitucional.

Ante la falta de medidas que pusieran fin a años de injusticias y que dieran cuenta de los estragos perpetrados por el terrorismo de Estado, las relaciones entre los órganos de la administración y la sociedad se fueron erosionando, llegando a un punto cúlmine en el 2001 con la profunda crisis económica. Es en estos primeros años del nuevo milenio cuando comienza a operarse un cambio. El ascenso de Néstor Kirchner al poder se debió, entre otras cuestiones, a una fuerte campaña donde la memoria ocupó un lugar central. En su primer año se derogaron las leyes de amnistía y reiniciaron los juicios contra los responsables de los crímenes de lesa humanidad. Luego de treinta años del golpe, la desaparición en 2006 de Jorge Julio López, en pleno juicio contra Miguel Etchecolatz (encargado de uno de los centros de detención donde López estuvo detenido en los primeros años del régimen) demostró que las heridas seguían abiertas y que la impunidad ya no podía seguir siendo tolerada.

Se inició entonces un período donde la memoria se ha erigido como uno de los ejes principales de una transición democrática aún en pleno desarrollo. Han proliferado así las llamadas “políticas de la memoria” y las actividades públicas y mediáticas que giran en torno a la rememoración.[2]Aumentó igualmente de manera exponencial el volumen de textos escritos y de obras artísticas que versan sobre ese pasado. En lo que respecta específicamente al campo audiovisual, aunque desde finales de la dictadura se han generado una gran cantidad de trabajos sobre lo ocurrido durante aquellos años y cómo ha impactado en la actualidad, es recién en esta última década cuando adquieren mayor visibilidad y reconocimiento, y cuando las preocupaciones por las múltiples formas de la memoria y de la representación del horror se han multiplicado y ramificado sus enfoques.

La llegada en estos años de una nueva generación de realizadores, que no vivieron en carne propia las vejaciones ejercidas durante el Proceso, pero que sí son herederos directos de las mismas, ha renovado el tratamiento que desde lo audiovisual se ha hecho de esta temática. Las nuevas exploraciones llevadas a cabo sobre todo en el terreno del cine documental, con producciones como Los rubios (Albertina Carri, 2003), Papá Iván (María Inés Roqué, 2004), o M (Nicolás Prividera, 2007), instauran así un antes y un después dentro de los debates que atañen a la construcción de la memoria en el ámbito de la imagen en movimiento.[3] Como bien ha planteado Javier Campo en su último libro sobre cine documental argentino a propósito del tratamiento de la realidad y el colapso del signo y el referente histórico que está teniendo lugar en las producciones del género, “‘lo real’ se va complejizando hasta llegar a la explosión actual del referente del que las históricas teorías sobre el documental no pueden dar cuenta” (2012: 19).

Tal es el caso de los trabajos ubicados en las fronteras entre la institución artística y la cinematográfica que se abordarán en el presente artículo: videos experimentales que emplean ciertos modos documentales, que no recurren a estructuras narrativas, donde la falta de linealidad y la fragmentación visual son una constante y cuya mirada particular hacia la temática de la memoria ha permitido renovar los debates representacionales puestos en juego. Se trata de obras que realizan un “tratamiento creativo de la realidad” (parafraseando la famosa frase con la que el teórico inglés John Grierson ha definido al cine de no-ficción), pero que han permanecido en su mayoría al margen no solo de las teorías tradicionales sobre el cine documental sino también de su ámbito de acción.

Realizados por creadores argentinos de formación audiovisual pero cuyo ámbito de acción ha sido principalmente las artes plásticas, estos videos beben de una tradición de video arte y operan lo que muchos teóricos han reconocido en la última década como un “giro hacia lo documental” en el arte contemporáneo (Balsom, 2013: 3). Teniendo en cuenta esta tendencia, se trazará en los siguientes apartados una pequeña cartografía de las obras más significativas creadas en este período de eclosión de la memoria que presentan una problematización de los modos de plasmar lo inasible del recordar. Se verá cómo el avance de las tecnologías digitales y el recurso a la imagen electrónica han sido claves en la reelaboración del pasado que estos trabajos operan, trayendo a colación, como señalara la comunicóloga Marita Sturken en nuestro epígrafe, la paradoja existente entre la inmediatez y lo remoto, entre la constante presencia del acto de recordar y la lejanía de lo pretérito. Son obras que hablan así de la existencia, en una sociedad donde el no-olvido se ha convertido en asunto de Estado, de una pluralidad de memorias en transición, constantemente construidas en la reminiscencia de lo pasado y la incertidumbre del futuro.

Relatos reflexivos, performativos, de “experiencia y alteridad”

Desde los orígenes mismos del video como medio de expresión artística se ha planteado su naturaleza reflexiva. El constante diálogo con lo televisivo y con otras formas artísticas de lo inmediato (como la performance o el Land Art)[4] ha hecho del video un arte donde la forma es siempre contenido, donde lo tecnológico está íntimamente ligado con una inclinación no solo estética o pragmática por parte de los realizadores sino también política y social. A pesar de las múltiples y declaradas predicciones de su muerte generadas por la caducidad de lo analógico (que le había otorgado al video en un principio sus rasgos propios y que el avance de las tecnologías digitales y de la comunicación han prácticamente eliminado), el video sigue teniendo presencia y generando un campo cultural único, con sus circuitos de producción, distribución y consumo reconocibles. Su cualidad reflexiva, de constante indagación de los medios y modos de construir la imagen en movimiento, continúa siendo así una de sus marcas distintivas. En palabras de Yvonne Spielmann, profesora de la University of West Scotland e investigadora férrea del video:

[En la esfera experimental], ya desde sus etapas iniciales, el carácter reflexivo del video continúa inscribiéndose predominantemente en el hecho de que combina varios aparatos técnicos y medios de manera tal que el resultado es una performance del video, donde el medio audiovisual se hace estructuralmente discernible en sus componentes (2008: 9).

Esta naturaleza reflexiva, que Spielmann ve como propia del video en la contemporaneidad, ha planteado, para un conjunto de realizadores ubicados entre la institución artística y la cinematográfica, la posibilidad creativa de realizar lecturas renovadas sobre ciertos acontecimientos de especial importancia para la comprensión y construcción de una memoria e imaginario nacional. A este respecto, resulta pertinente recordar las palabras pronunciadas por el teórico y curador argentino Rodrigo Alonso a propósito de la exposición realizada en el 2006 en el Museo de la Universidad Nacional Tres de Febrero (MUNTREF, Buenos Aires) en conmemoración de los 30 años del golpe de Estado:

Si existe alguna posibilidad de arrojar nueva luz sobre ciertos acontecimientos relevantes, si pudiéramos pensar en nuevas lecturas y miradas en relación con situaciones, hechos o personajes engarzados en la historia o la memoria, quizás no debiéramos esperarlas tanto de una revisión más exhaustiva de los registros existentes como de nuevas configuraciones estéticas, nuevos usos de las realidades existentes, nuevas transformaciones del espectro sensorial (2007: 11-12).

El video ha permitido realizar estas nuevas configuraciones estéticas mencionadas por Alonso a través de la reflexividad con la que ha abordado los acontecimientos pasados. Asimismo, como bien han planteado en el catálogo de esa misma exposición sus curadores, Gabriela Golder y Andrés Denegri: “El hecho histórico se transforma en memoria, ésta es una memoria productiva. Su devenir estético no es alegórico, no es simbólico, tampoco representativo; ante todo es necesariamente reflexivo. No narra los hechos del pasado, los vuelve un problema en el presente” (2007: 6). Esta resignificación estética del pasado en el presente se encuentra en cierta manera en todos los videos experimentales de este escrito que abordan cuestiones relacionadas con la memoria histórica, no solo por esa “performance del video” que pone en juego la reflexividad del medio sobre la que hacía mención Spielmann, sino también por la cualidad inmaterial, inmediata, e instantánea de la imagen electrónica que utilizan.

Un ejemplo de ello es la obra de Gustavo Kortsarz titulada Desapariciones (2001). Filmado con un plano fijo en picado, el video captura un fragmento de lo cotidiano en una de las tantas veredas de Buenos Aires, registrando de este modo el paso de los transeúntes. La sensación de observar en tiempo real este transcurrir, provocada por la cercanía de la imagen digital, se ve truncada por la repentina desaparición de los sujetos filmados. La intervención del realizador, quién muy sutilmente hace que se difuminen las personas en plena toma, permite al espectador tomar consciencia del hecho de que cualquiera puede desvanecerse sin motivo aparente en el momento menos esperado. El texto que suele acompañar al video, una transcripción de las palabras con las que Jorge Rafael Videla (miembro de la primera junta militar) negaba la existencia de “desaparecidos”, complementa los significantes de la obra operando una suerte de corolario de un presente atravesado por ese pasado de capturas y desapariciones.[5]

Otro ejemplo de esta reconfiguración del pasado en el presente, que también emplea estrategias videográficas clásicas logrando un gran efecto de desautomatización de los espectadores,[6] es el trabajo de Carlos Trilnick 1978/2003 (2003). El video1978-2003 Carlos Trilnick 2003 comienza con una toma perfectamente encuadrada de uno de los arcos del estadio de fútbol de River Plate vacío. El propio Trilnick aparece lentamente en escena por el margen derecho con un paño negro bajo el brazo. Al llegar al arco empieza a colocar el trozo de tela en uno de sus palos cubriendo en unos minutos todo el espacio de meta. Al completar la tarea, deja que el paño negro siga lidiando con el viento que azota al lugar mientras él vuelve, en esta oportunidad de cara a la cámara, por el lado izquierdo del plano, hasta perderse de vista. Unos intertítulos finales nos anuncian que la elección del sitio no es arbitraria. La dedicatoria a todos los desaparecidos durante el mundial de fútbol de 1978 nos advierte que se trata del estadio donde se jugó la final del Campeonato Mundial de fútbol de la FIFA, cuando Argentina se consagró campeona, cuyos festejos e imágenes retransmitidas por televisión sirvieron como una cortina enceguecedora de los crímenes que estaban sucediendo en el país.

Como ya lo advirtieran varios autores, la propuesta formal de este trabajo es mínima (Denegri, 2008: 160; Márquez, 2008: 104). La cámara se mantiene fija a la distancia mientras se desarrolla delante de ella un largo plano secuencia de siete minutos que capta la performance llevada a cabo por el artista. A pesar de esa simpleza, el poder que encierra es significativo, mostrando una acción actual de denuncia sobre lo pasado.[7]El video se transforma en sitio de luto y protesta, donde se intenta plasmar en imágenes un hecho histórico traumático reconociendo, en plena era de la hipervisibilidad del audiovisual, la imposibilidad de dicha representación. Este cruce de temporalidades tan recurrente en las realizaciones de este autor (Cantú y La Ferla, 2007: 20) genera una denuncia doble: aquella sobre lo pasado e ignorado y sobre el presente y el olvido. Asimismo, la aparición del propio realizador en escena también expone otro de los recursos estéticos habituales de la video-creación: la llamada “auto-performance”. Este hecho pone en evidencia el cruce que se establece entre categorías dispares, mezcla de cortometraje documental que intenta desvelar el silencio sobre lo ocurrido realmente en relación con ese sitio, y video arte que dialoga con lo tecnológico, con lo pictórico, provocando así un devenir estético que genera “transformaciones del espectro sensorial”.[8]

Dentro de esta línea performativa, nos encontramos con obras clásicas del video arte nacional que se han acercado al tema de la memoria, como Diez hombres solos (1990), del mítico grupo de video arte argentino Ar Detroy, cuya ausencia en la imagen de uno de los diez hombres mencionados en el título ha permitido múltiples lecturas en torno a los desaparecidos (Fried, 2012),[9] o la sugerente obra de Jaime Davidovich (uno de los grandes nombres de la video creación nacional) con su video The Dictator (1976), realizado en el exilio en el mismo año cuando se inició el Proceso. En su reciente artículo sobre la performance de uno mismo en las obras de Wearing, Ataman y Collins, Catherine Fowler nos recordó que esta asociación del video con la auto-performance ha estado desde los orígenes mismos de este medio en el ámbito artístico a nivel internacional, como bien lo demuestran las obras de Vito Acconci, Bruce Nauman o VALIE EXPORT en los setenta, y que esta trayectoria continúa hasta nuestros días en los trabajos de artistas como Pipilotti Rist, Matthew Barney, o Mona Hatoum (2013: 11-12). En Argentina, también se ha continuado con esta tendencia en la actualidad y, dentro de ella, se encuentran a su vez trabajos abocados a las memorias en transición, como el de Carlos Trilnick mencionado, o el más reciente ICARO biomecánica (2012) de Sergio Lamanna, donde el artista aparece en escena moviendo las alas gigantes de metal de una especie de pájaro ubicado dentro del antiguo centro de detención ESMA.[10] Dentro de estos relatos performativos existen igualmente una serie de obras que viran más hacia un activismo de la memoria, como los trabajos Aquí viven los genocidas (2001) del Grupo de Arte Callejero (GAC) y Escraches a militares (2002) del colectivo Etcétera, donde el video se presenta sobre todo como registro de performances que se proponen exponer y actuar sobre la continuidad en el presente de la impunidad del pasado; o las obras más personales que se inscriben dentro de los desplazamientos en las concepciones de subjetividad en la cultura contemporánea (Skeggs y Wood, 2012: 4), entre las que podemos nombrar, a modo de ejemplo, una serie de piezas creadas por Julieta Hanono.

En ese conjunto de videos encontramos algunos altamente reflexivos y performativos, como El Pozo (2004), donde Hanono regresa, después de 25 años, al lugar donde estuvo encarcelada en sus años de “desaparecida” cuando tenía 16 años.[11] En la primera versión que realizó de este video aparecían huellas de su presencia detrás de cámara: una toma de sus pies, algunos dedos que se filtraban delante del foco, el sonido de su respiración o de sus pasos (Hanono, comunicación personal). Pero, al ver el resultado, consideró que era mucho más poderosa la filmación de la ausencia, de la historia que esas paredes encerraban, más allá de lo que pudiera significar ese reencuentro personal. Se hace presente aquí el conflicto sobre qué y cómo representar una historia personal frente a una tácita responsabilidad con la historia colectiva. Obtienen así especial protagonismo las imperfecciones de las paredes, la disposición de las habitaciones, la luz que se filtra por las ventanas. Todo el recorrido visual con cámara en mano por el que nos transporta en silencio la autora se interrumpe finalmente al encontrarse de frente con un dispositivo que no estaba en la época y que indica el cambio que ha experimentado el sitio: el haz de luz de un proyector que ahora refleja sobre una de las paredes imágenes indicativas del siniestro pasado que han contenido. Al volver al Pozo, Hanono no solo emprendía entonces un proceso de duelo postergado, sino que su registro en video hacía que ese proceso se convirtiera en testimonio del presente de su dolor y de la necesidad de recordar a aquellos que estuvieron entre esas paredes y que siguen desaparecidos. A medio camino entre las home movies, el video-diario y lo pictórico se encuentran también La Alcaldía (2004), donde se relata lo que “vio” la artista durante sus siete meses de cautiverio,o Le bout des arbres (2009), realizado entre Francia y Argentina, en el que se realiza una reflexión sobre su condición de exiliada desde la sencillez formal de una serie de planos fijos de la austeridad de su nuevo cuarto enfrentada al maravilloso espectáculo de la naturaleza que se ve a través de su ventana.

En sus escritos sobre las modulaciones del yo en el discurso del cine documental latinoamericano contemporáneo, el investigador Pablo Piedras (2010) ha intentado establecer una posible clasificación de esta tendencia de la no-ficción hacia la primera persona y ha reconocido así, por un lado, la existencia de las autobiografías (un sujeto que habla sobre sí mismo), por otro lado, de los “relatos epidérmicos” (de un sujeto que habla sobre el otro), y finalmente de lo que ha denominado “relatos de experiencia y alteridad”, en los cuales

se produce una retroalimentación entre la experiencia personal del realizador y el objeto de la enunciación, observándose una contaminación entre ambas instancias, resultando la experiencia y percepción del sujeto enunciador profundamente conmovida y el objeto del relato resignificado al ser atravesado por una mirada fuertemente subjetivizada.

Este tipo de experiencias de retroalimentación entre el realizador y el objeto de la enunciación tienen lugar constantemente en el video experimental, gracias a esta marcada reflexividad y performatividad que se viene mencionando. Uno de los casos más claros de contaminación entre ambas instancias, y que mayor visibilidad ha tenido en estos últimos años no sólo en circuitos especializados del video sino también en salas de cine más tradicionales, es el video Granada (2005) de Graciela Taquini. El mismo está basado en la declaración que la artista plástica Andrea Fasani pronunció para el archivo videográfico Witness de Peter Gabriel, donde Fasani relató por primera vez su experiencia como “desaparecida”. Al escuchar su testimonio, Taquini quedó conmovida por las fisuras que el tiempo generaba sobre el acto de recordar, y se propuso volver a grabar esa declaración con la ayuda de Ricardo Pons (otro de los nombres reconocidos dentro del circuito videográfico),[12] pero en esta oportunidad poniendo el acento no tanto en el contenido del discurso de Fasani como en los dispositivos de representación puestos en juego por él y en el carácter fabricado que encierra todo acto de memoria. Para ello, ubicó a Fasani delante de un fondo negro, con una iluminación teatral (González, 2011: 15-16) y le pidió que repitiera fragmentos del discurso enunciado para Witness en 1999, mientras la propia Taquini, detrás de escena, le iba indicando cómo debía pronunciar sus palabras, con qué entonación o carga emocional.

En cierta forma este video nos recuerda aquella secuencia de Los Rubios (Carri, 2003) titulada “vaquita de San Antonio”, donde la propiaLos rubios Albertina Carri 2003 Carri le dice a la actriz que la interpreta cómo debe pronunciar cada palabra. No obstante, en este caso, sabemos que la persona que se encuentra delante de la cámara está contando su propio testimonio de los 40 días que estuvo en cautiverio, por lo que esta intervención externa genera cierta incomodidad entre los espectadores. Se renueva de esta manera el testimonio y el proceso de duelo al introducir un constante vaivén del referente. Quién es el que habla, cómo y qué palabras y tono de voz deberían emplearse para estructurar la historia sobre el pasado traumático son constantemente puestos a prueba. El historiador de cine Gonzalo Aguilar escribió, a propósito de este video, que:

al poner en escena las muletillas, los indicios de los hechos en el lenguaje y el funcionamiento de una memoria, Taquini, Fasani y Pons reinstalan la sospecha que exige cada testimonio y nos donan –en un acto tan generoso como el del que recuerda para los otros– la integridad de la escucha (2011: 32).

La reinstalación de “la sospecha que exige cada testimonio” no es efectuada solamente a partir del quiebre discursivo operado por Taquini en su rol de apuntadora del recuerdo ajeno, sino también en el propio uso que se hace del video. La inmediatez que el mismo detenta hace que ese ejercicio de recordar sea reconstruido y vivido una y otra vez. Sobre esta reconstrucción del recuerdo ajeno debemos mencionar otra obra clave de estos últimos años que también opera un proceso de subjetivación del relato del otro: el video de Gabriela Golder titulado En memoria de los pájaros (2000). En este trabajo Golder se apropia de las home movies de la familia Bondone, una familia cordobesa que ha sido marcada por la desaparición durante la dictadura. En esa apropiación de las películas construye, como estableció Laia Quílez en su tesis doctoral, “…una subjetividad marcadamente experimental y fragmentaria que adopta máscaras distintas –la del superviviente, la del familiar del desaparecido o la de la generación a la que ella pertenece” (2009: 308). Contraponiendo, de esta manera, la palabra de los testigos con su mirada sobre aquellos años, y preocupándose

(…) por igual del contenido –esto es, de los relatos heredados y de las contradicciones y lagunas de la historia– que de la forma –o, dicho de otro modo, de los dispositivos que la ficción y el documental pueden proveerles para mencionar cinematográficamente aquello cuya atrocidad linda con lo irrepresentable (Quílez Esteve, 2009: 310).[13]

Cabe destacar en este punto que, si bien Golder se apropia de películas caseras en Super 8, de ese found footage que menciona Quílez en su investigación, el tratamiento que realiza de estas películas es altamente videográfico. No sólo porque despoja al metraje de la materialidad inherente al cine experimental, sino también porque la transición entre las imágenes carece del corte típico del montaje. Recordemos a este respecto las palabras esbozadas por Marita Sturken en su análisis del trabajo de Woody Vasulka:

En su forma y en su contraste de lo cinemático y lo electrónico, Art of Memory (1987) es un intento de trazar la muerte del cine. [Vasulka] usa complejos barridos y difuminaciones para evitar el “corte”, el cual considera como un tropo cinematográfico que no es parte inherente del lenguaje del imaginario electrónico (1996: 5).

Es dentro de ese imaginario electrónico citado donde encontramos también este trabajo de Golder. La mezcla de texturas entre lo fílmico y lo videográfico que realiza nos lleva en este caso a reflexionar sobre la memoria que ha heredado la realizadora como perteneciente a una segunda generación que intenta lidiar con los discursos recibidos a partir de la introspección que permite la hibridación de soportes. En cierta medida este es el caso también del video de Andrés Denegri titulado Grito (2008). El uso que hace del metraje encontrado de las filmaciones de su propia infancia es a partir de la mediación de la inmaterialidad electrónica. Al descubrir que su padre había estado involucrado con el régimen, Denegri siente la necesidad de revisar aquellos “recuerdos felices” de su niñez. A tal punto quiere deshacerse de esas cintas que ahora se encontraban marcadas por la ignominia, que filma en video su propia destrucción, suerte de corolario de lo cinematográfico y lo personal. De esta manera el video es doblemente reflexivo, no sólo por el medio escogido, sino también por la temática. Acaso como analogía entre su propia aceptación y superación de los fantasmas que lo atormentaban y el tratamiento de los medios audiovisuales escogidos, la hibridación formal propuesta en Grito conlleva una reevaluación del poder del video como medio de expresión de los más recónditos sentimientos. Una reevaluación que ha permitido quebrar una vez más las fronteras disciplinares e institucionales reinantes generando “nuevos usos de las realidades existentes”.

Otro caso que se interna en la construcción de la memoria e historia personal a partir de la herencia recibida y los conflictos que esa herencia genera, desde una mezcla de soportes y lenguajes audiovisuales dispares, es El otro lado de la hoguera (2006), de Gustavo Galuppo. En este video, se recurre a registros familiares en Super 8 donde se muestra la relación que el propio Galuppo tenía con su abuelo; a material de archivo sobre la legendaria actriz francesa ReneeFalconetti, que interpretó a Juana de Arco en la versión de 1928 de Carl Dreyer; y a las grabaciones que el propio realizador había hecho de su hija en el momento de creación de esta obra. El mito cinematográfico se encuentra con el pasado fílmico del autor y con su realidad actual en video. Confluencia de texturas de la imagen en movimiento que conducen a la reflexión sobre esa frase tantas veces pronunciadas desde los años del Proceso a esta parte y que no ha llegado a ser plenamente capturada: “no es verdad que nadie sabe nada. Las cosas más terribles siguen sucediendo a la vista de todos”.[14]

Estos relatos reflexivos, performativos, de “experiencia y alteridad”, que hemos venido cartografiando, han tenido asimismo expresiones más abstractas, como elProyecto San R (2006) llevado a cabo por otro videasta argentino de amplia trayectoria: Jorge Castro. Esta obra consiste en una video-instalación inmersiva en la que se reproduce en imágenes abstractas los sonidos que Castro fue grabando del Lago San Roque, ubicado en la provincia de Córdoba. Reconocido por su atractivo turístico y por proveer de agua a la localidad, son pocos los que conocen su oscuro pasado como vertedero de cadáveres durante la dictadura militar. Castro intenta así sumergir al público en ese lago, rodearlo de sus sonidos e imágenes borrosas, en un intento de hacer visible la historia que encierra y que ha sido ocultada (Balestrini, 2009). Otra video-instalación significativa de estos últimos años que emplea esta estrategia inmersiva es Cualquier salida puede ser un encierro (2011) de la Serie “Tensión Admisible” de la artista Graciela Sacco, en la que se plantea una “reflexión basada en la percepción” (Andrea Giunta citada en Lebenglik, 2011: 37) en el nuevo Parque de la Memoria de Buenos Aires. El sonido de lo que parecen balazos provenientes detrás de una empalizada fuerza a los espectadores a buscar una manera de ver aquello que se percibe e intuye, permitiendo experimentar en el presente del visionado esa incertidumbre e inacción del pasado.

Un tratamiento similar de la denuncia desde la abstracción de imágenes borrosas es realizado por Ricardo Pons en Post-imágenes (2006). En él se muestra la imposibilidad de representar el horror a partir de la analogía con la venda en los ojos. En este caso se trata del vendaje colocado a los prisioneros y del efecto de persistencia retiniana que él provocaba, ubicándonos de este modo en la piel del cautivo. Espejos (1997-2004), de Gustavo Romano, parte a su vez de este recurso a la abstracción y a la asociación entre lo que vemos y lo que veían los desaparecidos, en esta oportunidad con motivo de los “vuelos de la muerte” en los que se tiraban los cuerpos de los secuestrados anestesiados al Río de la Plata.

Por otro lado, Mi amigo José (Aisenberg y Rubino, 2005), creado, como Granada, con motivo de la invitación de Florencia Battiti para participar de la muestra Quiénes eran del Museo de la Memoria de La Plata, presenta un tipo de abstracción reflexiva desde el poder de evocación de la grafía de las palabras. Se trata de un trabajo multimedia que forma parte del diccionario artístico que está construyendo Diana Aisenberg. En él se insiste de manera fragmentada en precisar el recuerdo que la gente tiene de José Rosenblum, desaparecido. En Lo de siempre, unguión de historietas (2006) de Alejandro Cohen Arazi, se explora el legado del caricaturista Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta, también desaparecido en la última dictadura. Mediante el recurso a la propia obra de Oesterheld, se construye un discurso fragmentado, mezcla de historieta, video y documental. Y, finalmente, dentro de esta multiplicidad de relatos de distinta naturaleza debemos mencionar la existencia de propuestas más interactivas, a medio camino entre el video y el llamado “net-art” como, por ejemplo, los trabajos del artista tucumano Alejandro Gómez Tolosa Marzo 1976-Marzo 2001 (2001) y Argentinian Snuff (2002).

A modo de conclusión

Las producciones de los videastas que se han nombrado responden a la necesidad de acercarse a la memoria desde una perspectiva diferente a las planteadas hasta el momento. Como hemos aprendido a lo largo de estos años de debate en torno al tema, la construcción de la memoria y la historia son esenciales para el desarrollo de una nación. No obstante, seguir por la misma senda marcada por las realizaciones cinematográficas implicaba para muchos creadores aumentar el volumen de trabajos existentes pero no “arrojar una nueva lectura” sobre lo acontecido que pudiera generar un cambio. Dado que el enfoque hacia la memoria a nivel nacional se experimentó junto con los avances tecnológicos que han ido influyendo en la construcción del lenguaje audiovisual, esto posibilitó el acceso necesario a muchos artistas de escasos recursos a cámaras y equipos de edición. Se multiplicaron de este modo los trabajos que dialogaban con la tradición del video arte y que forzaban a las imágenes en movimiento a salir de los cánones de la industria cinematográfica.[15]

La naturaleza reflexiva, performativa, inmediata e instantánea del video ha traído a colación así una de esas “nuevas configuraciones estéticas” que Alonso había planteado en la conmemoración de los 30 años del golpe como posibilidad creativa para realizar lecturas renovadas sobre ciertos acontecimientos que tienen especial importancia para la comprensión y construcción de una memoria e imaginario nacional. Por otro lado, los crecientes cruces entre el ámbito artístico y el cinematográfico, sobre todo en lo que respecta al tratamiento de la realidad y los múltiples niveles de indexación que ésta adquiere en la imagen en movimiento, ha permitido la expansión de los circuitos de distribución y consumo. Obras que antes eran piezas de museos o galerías, ahora se presentan también en ciclos especiales de las salas de cine; al mismo tiempo, cada vez más películas documentales encuentran un sitio de reconocimiento en los “cubos blancos” de las exposiciones, resaltando así su valor como producto artístico.

Sin dudas se trata, en todos estos trabajos que se han expuesto, de reflexionar sobre los discursos de la memoria, sobre los dispositivos puestos en juego en el acto de recordar y la dosis de artificialidad puesta en juego por la mediación de los registros. También nos hablan de la versatilidad de un medio que permite transitar entre lo más íntimo de un videodiario y lo más masivo, como es, por ejemplo, la imagen televisiva con la cual han dialogado el video y el cine documental desde sus orígenes.

 

Bibliografía

Aguilar, Gonzalo (2011), “Las muletillas del testimonio (sobre Granada de Graciela Taquini)”, en catálogo de exposición Grata con otros. Muestra antológica de Graciela Taquini, CentroCultural Recoleta, Buenos Aires.

Alonso, Rodrigo (2007), “Sobre la memoria”, en Gabriela Golder y Andrés Denegri (comp.), Ejercicios de memoria: reflexiones sobre el horror a 30 años del golpe 1976-2006, Universidad Nacional Tres de Febrero, Caseros.

Alonso, Rodrigo (2005), “Hazañas y peripecias del video arte en Argentina”, en Cuadernos de Cine Argentino. Cuaderno 3: Innovaciones Estéticas y Narrativasen los Textos Audiovisuales, Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, Buenos Aires.

Alonso, Rodrigo (2000), “Memorias del presente”, en Jorge La Ferla (ed.), De la Pantalla al Arte Transgénico, Libros del Rojas, Buenos Aires.

Baigorri, Laura (2005), Vídeo: primera etapa (el vídeo en el contexto social y artístico de los años 60/70), Brumaria a.c., Madrid.

Balestrini, M. (2009), “Lago adentro. Sobre la obra ‘San Roque’ del artista Jorge Castro”, en Transmedia, 25 de agosto, disponible en:http://transmedial.wordpress.com/2009/08/25/lago-adentro-sobre-la-obra-san-roque-del-artista-jorge-castro/, consultado el 28 de octubre 2013.

Balsom, Erika (2013), “Editorial: The Wager of Belief”, en The Moving Image Review & Art Journal (MIRAJ), vol. 2, nº 1, pp. 3-6.

Campo, Javier (2012), Cine documental argentino. Entre el arte, la cultura y la política, Imago Mundi, Buenos Aires.

Cantú, Mariela y Jorge La Ferla (2007), “Sobre algunas variables en la obra de video de Carlos Trilnick”, en Jorge La Ferla (comp.), Nuevos Territorios: Carlos Trilnick, Editorial Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Bogotá.

Denegri, Andrés (2008), “Del video a la TV: la mirada crítica. Realizaciones videográficas argentinas relacionadas con el fenómeno televisivo”, en Jorge La Ferla (comp.), Historia crítica delvideo argentino, Fundación Eduardo F. Constantini, Malba, Fundación Telefónica, Buenos Aires.

Fowler, Catherine (2013), “Once more with Feeling: Performing the Self in the Work of Gillian Wearing, Kutlug Ataman and Phil Collins”, en The Moving Image Review & Art Journal (MIRAJ), vol. 2, nº 1, pp. 11-24.

Fried, Sara (2012), “De lo políticamente correcto a lo poéticamente deseable”, en http://salonkritik.net/10-11/2012/06/de_lo_politicamente_correcto_a.php, consultado el 28 de octubre 2013.

Galuppo, Gustavo (2006), “Ejercicios de memoria: Gustavo Galuppo”, en http://continentevideo.com.ar/ejercicios-de-memoria-gustavo-galuppo/, consultado el 31 de octubre 2013.

Golder, Gabriela y Andrés Denegri (comp.) (2007), Ejercicios de memoria: reflexiones sobre el horror a 30 años del golpe 1976-2006,Universidad Nacional Tres de Febrero, Caseros.

González, Valeria (2011), “Diálogo con Graciela Taquini”, en catálogo de exposición Grata con otros. Muestra antológica de Graciela Taquini, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires.

Hall, Doug y Sally Jo Fifer (eds.) (1991), Illuminating Video: An Essential Guide to Video Art, Aperture Press, Nueva York.

Lebenglik, Fabián (2011), “Cerca de la memoria que fluye del río”, en Página12, http://www.parquedelamemoria.org.ar/pagina12.pdf, consultado el 29 de octubre 2013.

Márquez, A. P. (2008), “Documental intermediático”, en Jorge La Ferla (comp.), Historia crítica del video argentino, Fundación Eduardo F. Constantini, Fundación Telefónica, Buenos Aires.

Pérez Ornia, José Ramón (1991), El arte del vídeo. Introducción a la historia del vídeo experimental, RTVE y Ediciones del Serbal, Barcelona.

Piedras, Pablo (2010), “La cuestión de la primera persona en el documental latinoamericano contemporáneo. La representación de lo autobiográfico y sus dispositivos”, en Revista Cine Documental, nº 1, http://revista.cinedocumental.com.ar/1/articulos_04.html, consultado el 23 de octubre 2013.

Quílez Esteve, Laia (2009), La representación de la dictadura militar en el cine documental argentino de segunda generación, tesis doctoral dirigida por Josetxo Cerdán de los Arcos, Universitat Rovira i Virgili, Tarragona.

Russo, Eduardo (2007), “Poéticas del tiempo, ficciones de la memoria. De niño. Una Tarde. Compañía”, en Jorge La Ferla (comp.), Nuevos Territorios: Carlos Trilnick, Editorial Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Bogotá.

Skeggs, Beverly y Helen Wood (2012), Reacting to Reality Television: Performance, Audience and Value, Routledge, Nueva York.

Sklovski, Victor (1970), “El arte como artificio”, en Tzvetan Todorov, Théorie de lalittérature, Siglo XXI, Madrid.

Spielmann, Yvonne (2008), Video. The Reflexive Medium, Cambridge, The MIT Press, Londres.

Sturken, Marita (1996), “The Politics of Video Memory: Electronic Erasures and Inscriptions”, en Michael Renov y Erik Suderburg (eds.), Resolutions. Contemporary Video Practices, University of Minnesota Press, Minneapolis.

Notas


[1] Cada vez que aparezcan citas no publicadas en español, debe entenderse que son traducciones propias.
[2] Uno de los últimos ejemplos significativos de este giro hacia la memoria en la esfera pública es el cambio del nombre oficial del torneo de la primera división de fútbol (el deporte más popular de la Argentina) por el de “Nietos recuperados”, en homenaje a los bebes robados durante la dictadura cuya identidad se ha logrado restituir.
[3]Así lo atestiguan la gran cantidad de escritos teóricos que han aparecido en los últimos años en torno a estas producciones.
[4] Esta relación ontológica que el video, como medio de expresión artística, ha mantenido con la televisión, la performance, el Land Art, etc., ha sido trabajada en numerosas oportunidades por historiadores de arte y por teóricos abocados exclusivamente a estudiar el video. Véase, por ejemplo, Baigorri (2005), Pérez Ornia (1991), Hall y Jo Fifer (1991).

[5]El texto que acompaña al video dice lo siguiente: “…en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido, si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z, pero mientras sea un desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”. Véase la página web del realizador: http://kortsarzvideos.blogspot.co.uk/2008/05/desapariciones.html (consultada el 22 de octubre 2013).

[6]La “desautomatización perceptiva” de los espectadores se entiende como un proceso de “extrañamiento” u ostranenie. Se trata de un término literario acuñado por el formalista ruso Victor Sklovski (1970) que implica un efecto sobre la recepción de una obra, un quiebre con la automatización de la mirada a partir de una serie de estrategias.
[7]Se continúa aquí con el gesto iniciado por el artista un año antes en el trabajo titulado Por qué pintar un cuadro negro (2002). En esa video-instalación Trilnick hacía también una intervención desde la misma simplicidad formal: un único plano secuencia que registra al artista colocando un paño negro entre dos troncos en un paraje desolado de la pampa.
[8]La memoria y sus múltiples construcciones a partir de una combinación de medios dispares ha sido una de las líneas que han atravesado la producción de este artista desde sus comienzos (Russo, 2007: 80). Dentro de la temática abarcada en este escrito, deben mencionarse también los videos Como un Cuerpo Ausente (Trilnick y Farji, 1994), Enio Iommi, no perder la memoria (1993), o el proyecto Memoria (2006) en el que Trilnick actúa como mentor y coordinador de talleres de alumnos de escuelas medias donde el video y los medios digitales ocupan un lugar central. Véase sobre la obra de este realizador y su relación con la memoria y la historia el texto de Rodrigo Alonso (2000).
[9] Se han realizado otras lecturas de esta obra, interpretando la ausencia del décimo hombre como el espectador que mira la obra. Véase al respecto: Alonso (2005).
[10] La obra fue realizada como parte de la muestra “Espejos. El camino incierto al país de las maravillas” (curaduría de Loreto Garín Guzmán y Federico Zukerfeld), en la ex-Escuela de Mecánica de la Armada, convertida hoy en el centro cultural de memoria Haroldo Conti.
[11]Conocido como “el Pozo”, el sitio estaba ubicado en el subsuelo de la Jefatura de Policía de la ciudad de Rosario entre 1977 y 1979 (hoy convertido en “sitio de la memoria”), en pleno centro de la ciudad.
[12] La producción de Pons suele estar íntimamente ligada a la historia y la política del país. En ADN(i) (1999) explora específicamente cuestiones de identidad y se hace presente esta referencia al pasado aquí expuesto a través de la imagen de las Madres de Plaza de Mayo.
[13]Existen otro conjunto de producciones de Golder que podrían ser ubicadas dentro de la categorización de “memoria colectiva”, partiendo de la memoria personal, como Vacío (2005), Reocupación (2006-2010) o Rescate (2009).
[14] Como ha explicado el propio Galuppo (2006), ya había abordado “de modo elíptico y casi transversal, la temática del genocidio perpetrado por la última dictadura militar” en videos anteriores como Teoría de los líquidos (1999), Teoría de la deriva (2000) y La persistencia de la oscuridad. Teoría de los elementos ígneos (2000).
[15]Esta multiplicación de los videos experimentales en el nuevo milenio ha sido estudiada durante la investigación llevada a cabo en la Universidad Autónoma de Madrid que resultó en la tesis doctoral “El video experimental en Argentina y sus procesos (2000-2010) defendida en dicha universidad el 6 de julio de 2012.

El dispositivo cinematográfico y la redistribución de lo visible. Entrevista con Jean-Louis Comolli

Descargar texto

Por Natalia Taccetta y Mariano Veliz

Traducción: Céline Grotz-Terrier

Desde la segunda mitad de los años sesenta, Jean-Louis Comolli señaliza los caminos a seguir por la crítica y la teoría cinematográficas. Durante su extenso período como editor en jefe de Cahiers du cinéma (1966-1978), Comolli introdujo el célebre debate acerca del carácter ideológico del dispositivo cinematográfico. Esta querella, que marcó profundamente las concepciones del cine de la década del setenta, atestiguó su pulso para identificar los problemas a plantear en cada fase así como su lucidez para elaborar respuestas acordes con su época. En este sentido, los seis artículos que conforman Técnica e ideología, publicados entre la primavera de 1971 y el otoño de 1972, formalizan como teoría cinematográfica el clima del post-mayo francés.  

En otro de sus libros, Cine contra espectáculo, Comolli recupera a Guy Debord para proponer una críticaCahiers du cinema radical de la alianza mercancía-espectáculo. Sin embargo, se opone a la concepción del cine defendida por Debord y lo posiciona como un espacio estratégico de resistencia desafiante de la hegemonía contemporánea del espectáculo. Si bien las preocupaciones planteadas en estos textos pueden remitir a dilemas surgidos en los años setenta, Comolli los ajusta a los desafíos de la contemporaneidad y los piensa a partir de diversas producciones audiovisuales de estos años. Al respecto, uno de los intereses más notables de sus ensayos y críticas reside en la posibilidad de contribuir con la formación de espectadores críticos que dispongan de herramientas que les permitan enfrentarse al material audiovisual sin la pasividad pretendida por el universo audiovisual del espectáculo.

La importancia asignada a la relación entre el espectador y el texto se retoma en Ver y poder (2004). En los artículos incluidos en este libro, escritos entre 1988 y 2003, Comolli parte de dos ejes conflictivos: el existente entre el cine y la televisión y el que se tensa entre el documental y la ficción. En este marco, se destacan dos preocupaciones: por una parte, el problema del archivo (su propia producción como realizador audiovisual dialoga con sus reflexiones teóricas acerca de la vinculación del archivo con el pasado y el presente); por otra parte, al igual que otros teóricos y críticos, Comolli evidencia su perplejidad ante las transformaciones de la imagen operadas a partir de la Guerra del Golfo (1990-1991). Plantea la urgencia de repensar el valor y a funcionalidad de las imágenes en el momento en el que las cadenas internacionales de noticias espectacularizan la guerra y establecen una política de lo visible y lo invisible que tiene consecuencias ideológicas, éticas y estéticas de notable gravedad.

Su último libro, Corps et cadre. Cinéma, éthique, politique (2012), aborda algunas fases de la historia del cine a partir de un complejo trabajo con los dispositivos y el modo en que éstos hacen de la visibilidad y la invisibilidad un entramado estético y político. Para Comolli, a través de su decisión sobre el aparecer y el no aparecer, el cine realiza afirmaciones sobre el mundo, problematiza asignaciones sociales e inscribe el problema de lo representable en una trama donde se juegan elecciones políticas y estéticas, pero también ideológicas y epistemológicas. En este sentido, Comolli reconduce la historia del cine a una dimensión política ligada al cuerpo y a las maneras en que se lo somete o se lo libera en la dialéctica campo/fuera de campo. Siguiendo en parte su abordaje de Ver y poder, el autor reúne en este libro una serie de textos críticos y teóricos aparecidos entre 2004 y 2010. En ellos profundiza su posicionamiento sobre una serie de problemas propios de la representación cinematográfica, que le permiten volver a Auguste y Louis Lumière, Sergei Eisenstein, Luis Buñuel y John Ford, al tiempo que desocultar diversos aspectos de la producción de Abbas Kiarostami, Pedro Costa y Raymond Depardon, entre otros referentes del cine contemporáneo.

En la dupla visible/invisible, Comolli analiza el ver, el ocultar y el seleccionar como las operaciones principales del cine. Éstas lo llevan a preguntarse por la potencia y la singularidad de la imagen y de la no-imagen y, a partir de allí, realiza un auténtico cuestionamiento político. Teniendo como telón de fondo las relaciones de poder que se dan en la escena cinematográfica y los efectos políticos de las decisiones estéticas vinculadas a prácticas como el encuadre, la iluminación o el montaje, Comolli recupera su exploración acerca del lugar del espectador en la construcción cinematográfica. Esta inclusión le permite abrir la reflexión a problemas derivados de una de sus principales preocupaciones: cómo filmar la palabra, cómo dar cuenta del lenguaje.

Dicho sucintamente, entonces, la apuesta de Corps et Cadre podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿Es posible desear un mundo donde todo devendría visible? Comolli obliga al lector a preguntarse por la ilusión de transparencia y comunicación continua del mundo contemporáneo y por el uso político de los dispositivos de visibilidad. Con una densa trama teórica detrás, da cuenta del modo en que el cuadro fisura lo visible y la forma en que los diversos modos del aparecer de lo real dan visibilidad y voz a actores invisibilizados. En la entrevista que sigue, Comolli profundiza  estas reflexiones y desarrolla nuevos argumentos.

 

¿Qué dificultades encuentra el cine de ficción para convertirse en un artefacto capaz de contar la historia?

Sobre este tema tengo una posición muy clara, un poco excesiva, un poco caricaturesca, pero creo que tiene algo de verdad: consiste en decir que el cine de “ficción histórica” es muy potente para narrar el período previo a su invención en 1895. Napoléon (Napoleón, Abel Gance, 1927), las películas de Rossellini sobre la historia, como La prise de pouvoir par Louis XIV (1966), todo eso me parece muy bien. A partir del momento en el que existe el cine, todo cambia. La ficción, que está obligada a representar el pasado, confluye con la parte documental del cine, que es un testigo, un registro de lo que fueron los hombres y más tarde las palabras. Entonces esta huella se convierte en un problema para la reconstitución ficcional, la vuelve inoperante porque es imposible hacer como si estuviéramos en años anteriores cuando el cine estaba presente en estos años.

Se necesitaría incluir al cine de esa época en su reconstitución para estar más cerca de la verdad. Ahora bien, es poco común. Casi ninguna película hace eso. Algunos lo hicieron, pero son muy escasos. La mayor parte del tiempo uno hace como si el cine no existiera, cuando sí existe, y no solamente existe sino que cambia las representaciones, introduce nuevos parámetros y no tenerlo en cuenta es mentir, que es distinto a hacer ficción. Es una forma de mentir sobre la historia, sobre la época, sobre el momento en el cual las cosas pasaron. Entonces, la llegada del cine trae consigo un cambio y creo que todos los espectadores lo perciben. Tenemos la vaga conciencia de que las cosas no eran exactamente así. El problema del realismo –que es un problema central en el cine– se encuentra muy alterado por la concurrencia de las imágenes de archivo, porque de alguna manera éstas traen una sombra sobre la reconstitución y hacen dudar al espectador que está sometido constantemente al principio de denegación, “yo sé, pero a pesar de todo”, “sé que todo es falso, pero a pesar de todo lo creo”. Entonces este “yo sé, pero a pesar de todo”, cuando se trata de una película sobre Louis XIV no es un problema, sé que el cine no existía en la época de Louis XIV, pero a pesar de todo hay una reconstitución en la cual puedo creer.

Con los tiempos modernos, es decir, los tiempos que empiezan con el cine, esta denegación se hace más pobre, menos compleja, porque no se puede decir “sé que el cine no existía antes” porque en este momento sí existía, entonces ya hay una parte de la denegación que se cae. Y no se puede decir “no importa que el cine existía, igualmente voy a creer en lo que veo” porque si no hacemos como si una parte del mundo no existiera, lo que hacemos no es exactamente un acto de denegación. En el acto de denegación, el sujeto elige, cancela provisionalmente y de manera muy relativa. En el principio de denegación –“yo sé, pero a pesar de todo”– los dos existen al mismo tiempo, de modo que si se cae uno ya no hay denegación y si no hay denegación no hay más creencia; la creencia se vuelve una especie de voluntad, voluntad de creer. Entonces es algo más profundo que pone en juego elementos subjetivos en el espectador.

Esta es una cuestión que está empezando a ser tratada. Empecé a escribir sobre esto en mi artículo sobre la película de Olivier Assayas, Après Mai (2012), que trata de los años después de mayo 68. Allí hablo del hecho de que el cine existía y no es que solamente existía, sino que filmó en ese contexto y filmó de un cierto modo. La película de Assayas es falsa no solamente porque cuenta cosas que no son esenciales en relación con ese momento histórico, sino que es falsa porque no toma en cuenta la manera según la cual el cine mismo dio cuenta de esos acontecimientos y participó de ellos. Entonces, la película está retrasada en relación con las películas contemporáneas. Existían el grupo Dziga Vertov, el grupo Medvedkine, que trabajaban en los años setenta; entonces la película de Assayas –que llega cuarenta años más tarde– tiene un retraso.

Lo que intento decir es que el cine es mecánico porque hay una parte de lo que se presenta a la cámara que es registrado sin que la cámara tenga que pensar. La cámara no es una máquina de pensar sino de registrar. Lo que queda registrado lleva un secreto, algo que no está claro y que va a devenirlo más tarde. Ahora bien, esta fuerza contenida en el registro no es imitable. En los archivos de mayo del 68 y de los años que siguieron, uno se da cuenta de que la gente hablaba de una cierta manera, miraba de una cierta manera, caminaba de una cierta manera, y todo esto no es más reproductible. Pasa una vez, pasa cada vez que se filma, pero no es reproductible. Por eso no hay pertinencia de la reconstitución, porque está a la búsqueda de un objeto inasequible. Se trata de un objeto que ha sido registrado en el presente de la época y que no es más reproductible. Haría falta aceptar hacer este duelo y decidir, muchos cineastas lo hicieron, inventar su propia narración histórica sin que tenga un coeficiente de realismo.

En el fondo, el cine no es solamente realista, sino que es capaz de transfigurar las cosas. Entonces, por qué no hacerlo también con la historia. Es una cuestión que me preocupa porque tuve la tentación durante mucho tiempo de hacer ficciones históricas e hice dos y, evidentemente, me encontré con este problema. La respuesta que le di no me satisface. Es decir, entran en tensión dos aspectos, dos principios del cine. Por un lado, el principio de la inscripción verdadera, esto es, de algo que pasa en el presente. Este principio es la fuerza del cine. Por otro lado, este principio entra en tensión porque la narración es siempre del pasado al presente, es decir que trae el pasado al presente. Ahí surge una paradoja que constituye la tensión. Devolver la inscripción verdadera en una narración del pasado es una operación compleja, que no es evidente y que puede no tener lugar. La mayor parte del tiempo se hace como si la cuestión no tuviera lugar, se la deniega, lo que es muy molesto. Entonces cuando la historia transcurre antes de la invención del cine está todo bien. Si las películas de Rossellini sobre la historia –no todas, pero sí las que son logradas– son formidables es porque es como si la cámara estuviera presente en el siglo XIV y hubiera grabado. Es la ficción de un cine omnipotente que es capaz de transportarse a través de las edades. Funciona solamente para los períodos en los que el cine no existía; a partir de la existencia del cine se vuelve imposible.

¿Cómo se relaciona la utilización del material de archivo, en la ficción y el documental, con los problemas derivados del abismo existente entre el pasado y el presente?

Yo parto del principio de que las imágenes del pasado, si se las utiliza en una película, son devueltas al presente. El cine siempre está en presente, el espectador siempre está en presente. El espectador nunca está en el pasado, sino que está presente con la película, los dos son sincrónicos. Después podemos recordar la película que vimos, pero ya no estamos en el cine. Durante la función, la instancia es el presente. Por eso juega la denegación. Sé que El ciudadano (Citizen Kane, Orson Welles) ha sido filmada en 1941, pero a pesar de todo la veo hoy, en el aquí y ahora, entonces para mí está en presente. Por eso este “yo sé, pero a pesar de todo” juega un rol importante en el cine. Las películas han sido filmadas antes de que se las pueda ver, antes del corte final, y el espectador lo sabe, pero sabiéndolo pone en juego esa denegación.

La cuestión de la “impresión de presente”, de presencia, de los dos a la vez, presencia y presente, es muy Cine contra espectáculo - Técnica e ideología 1971-1972importante. Y eso es algo que no ha sido tratado por André Bazin, quien desarrolló con más precisión la impresión de realidad. En la impresión de realidad hay impresión de presente, es decir, impresión de que todo no ha ocurrido, sino que va a ocurrir en la película. Ahora bien, la película ya existe; por lo tanto sé que todo ya ha ocurrido, pero a pesar de todo va a ocurrir. Por eso me divierte pensarlo en relación con la forma en que Paul Ricœur aborda las tres temporalidades de San Agustín: estamos en el cine, el pasado del presente, el presente del presente y el futuro del presente. Esto es importante en el cine porque es un “objeto” temporal, algo que no ocurre con la escultura, la pintura, o muchas otras cosas que se reúnen bajo la categoría de “arte”. El cine y la música son objetos temporales, es decir, se desarrollan en el tiempo y esto es extremadamente importante porque está claro que todavía no ha ocurrido todo. En cambio, cuando uno mira una pintura de Matisse, por ejemplo, está claro que todo está ya presente.

El historiador de la pintura Daniel Arasse explicó muy bien cómo volviendo hacia una obra, viéndola muchas veces, se reconstituye algo que no habíamos visto, que estaba presente pero que no veíamos. Entonces la obra plantea la cuestión del “no veo todo”. Pero la película plantea otra pregunta, no solamente la pregunta del “no veo todo”, sino “todavía no está todo”. Entonces no puedo haberlo visto ya, está por venir. Esta dimensión de “por venir” hace que la impresión de presente sea muy importante. Porque si tengo la impresión de que ya está, que ya está inscrito, entonces no tengo más este sentimiento, esa impresión de presente. La puedo tener solamente si hago la puesta mental que todavía no está. Por eso los actores que recitan diálogos de dialoguistas se volvieron poco a poco menos soportables, porque era claro que ya estaba presente, que recitaban una cosa ya presente. Los grandes cineastas han volteado esa dificultad haciendo recitar verdaderamente y la recitación se convirtió en una inscripción verdadera. Cuando un actor actúa un diálogo está en lo posterior, no está en el nacimiento de la cosa.

Para el espectador, todo lo que pasa en la pantalla está naciendo delante de él como si no existiera antes. Para mí, eso es muy importante. Volviendo a la cuestión del archivo, podría decirse que se pueden ver los archivos solamente en el presente, no se los puede ver en el pasado. Verlos en el pasado es una contradicción que de cierta manera impide verlos. Verlos en el presente significa recuperar, a través de la huella, la fragilidad de la inscripción. Volver la fragilidad a la huella archivada es fundamental porque nos aleja de la lógica administrativa de la fantasía. Tenerlo todo y poseerlo todo es una fantasía. Con el cine, lo que se juega es más bien la idea de que nada es presente y que todo está por venir. Y entonces el archivo participa de esa lógica. Este es el proceso fundamental del cine, que consiste en última instancia en negar la muerte. Ella está muerta, pero puedo ver su huella en la pantalla. Marilyn Monroe está muerta, pero puedo ver Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes, Howard Hawks, 1953) y allí está viva. Si esa es la lógica, vale también para los archivos cinematográficos. Sylvie Lindeperg y yo decimos que los que son filmados nos miran, miran a los espectadores. Somos nosotros en el momento en el que miramos la película, pero miran al futuro espectador que los va a ver. Eso todo el mundo lo sabe. Cuando el cine llegó, no llegó sobre un desierto mental, sino a un mundo en el cual su venida estaba ya preparada: la fotografía lo había preparado, las apariciones, los juegos de óptica. Este terreno preparado se basaba en que estábamos en un momento histórico en el cual se luchaba a la vez en contra del absoluto de una realidad y en contra del absoluto de la muerte.

La época de aparición del cine es la época de aparición de los espectros, la época de las visiones, de las ideas, de las proyecciones, en términos mágicos. Estaba este inglés, Robertson, que inventó cosas increíbles, fantasmagorías. Tenía una linterna mágica subida sobre carriles, de modo que hacía un travelling y, cuando la linterna mágica se acercaba a la pantalla, todo disminuía y, cuando se alejaba, todo se volvía más grande. ¡Este ejemplo hay que multiplicarlo por mil, veinte mil, cien mil! Se trata de toda una época; evidentemente, no todo el mundo estaba en esta situación, pero los personajes de Charles Baudelaire veían esas cosas. Van a verlo, tienen miedo, se cuentan historias de fantasmas, están en este mundo. Contemporáneamente, distintos novelistas cuentan historias de fantasmas. Aparece el fantasma como un personaje de la literatura, hay historias de castillos encantados, de vampiros. Lo surreal empieza a romper la impresión de realidad dominante y el mundo empieza a ser contaminado por otro mundo posible, que sería su otro lado, o su destrucción. Esos elementos que se ubican a finales del siglo XIX de cierta manera presiden la entrada del cine.

El cine tiene, a la vez, una función de atestiguamiento de la realidad y una función de alteración de la realidad. Este pensamiento es muy complejo, son los dos a la vez. Precisamente hay denegación porque funcionan los dos al mismo tiempo. Porque sé que lo que se me muestra es verdad, pero a pesar de todo puedo dudar sobre ello. O al contrario, dudo, pero puede ser verdadero. Estamos siempre en una especie de tensión entre estos dos polos. En las primeras películas de los hermanos Lumière, estamos seguros de que hay una “demolición de un muro”.[1] En esa “demolición de un muro”, se condensan el atestiguamiento y la alteración. Lo que estaba de pie cae, lo que estaba caído vuelve a estar de pie. El cine hace que podamos observar un cierto estado verdadero del mundo y, al mismo tiempo, ponerlo en duda. Los dos procesos son a la vez contradictorios y conexos. Eso mismo se juega en los archivos porque muestran, evidentemente, una huella del pasado. Para eso sirven, pero a la vez muestran esa huella aquí y ahora, en el presente de la función, en un momento en el cual todo está suspendido y donde la noción de verdad objetiva está suspendida por completo. En el proceso de denegación, se mantienen las dos opciones contrarias y una no puede pasar encima de la otra. Sé que todo es falso, pero a pesar de todo lo creo. Sé que estoy sentado en un sillón con otros espectadores, que hay una pantalla en frente mío, pero a pesar de todo tengo la impresión de estar en la acción, lloro, participo, etc. Este doble juego está presente siempre y la relación con los archivos sólo se comprende tomando en cuenta este doble juego. Siempre tengo una duda y esa duda, de cierta manera, está incluida en la noción misma de archivo, en la medida en que el archivo es en algún sentido indescifrable. Los archivos circulan mucho tiempo sin ser descifrados.

Es una paradoja, pero es verdad. El ejemplo más famoso que analicé es Bergen-Belsen. Los ingleses que llegaron allá no entendieron absolutamente nada. La cámara filmó, fotografió algo que no era claro para nadie. Fotografiaron y filmaron la opacidad del mundo real, la complejidad de un mundo ilegible. No se podía entender en esa época. Pasaron diez años hasta que se pudo entender que en ese campo, que era un campo de tránsito, estaban a la vez las personas internadas y los muertos, o personas en un estado cercano a la muerte, pero también otros que acababan de llegar de Caen donde no todos habían sido maltratados y por eso estaban bien vestidos, incluso estaban rozagantes, etc. En definitiva, una especie de melting pot increíble de todas las categorías de deportados posibles e imaginables en el mismo sitio y al mismo tiempo, cosa que había ocurrido muy pocas veces en la historia. Eso es lo que descubrieron los ingleses. En ese momento, filmaron algo totalmente misterioso, que nadie podía entender. Eso es lo paradojal del archivo: que lo que no entendemos puede ser filmado.

Esta situación se puede relacionar con las tres categorías de Jacques Lacan (lo real, lo imaginario y lo simbólico) porque estamos en lo que podemos llamar lo real, lo real que no se puede comprender, que no se puede calcular, que nos evade. La cámara puede registrar lo real que se nos escapa. De hecho, lo filma. Este real que se nos escapa está capturado de una manera que también se nos escapa. Su huella está impresa en la película y puede ser que más tarde algo se descifre de este enigma que ha sido registrado. Se puede decir que lo real era eso, Bergen-Belsen, y que, afortunadamente, la cámara es una máquina que funciona sola, a diferencia de nuestro cerebro, a diferencia de nuestros sentidos, y registra aun cuando no entiende. Eso es totalmente desconcertante en la cuestión de los archivos filmados. Es esa parte enigmática que está siempre presente en el montaje de una continuación de imágenes que pertenecen a otra lógica. Entonces algo va a penetrar esta continuación de imágenes que podríamos llamar un sentimiento de realidad o de irrealidad, pues lo real y lo irreal son lo mismo en ese momento. Y eso es lo que nos toca, por eso nos gustan los archivos. La lógica del espectador es una lógica de insatisfacción, pues lo que está presente satisface y no satisface al mismo tiempo. Se necesita este doble movimiento, que corresponde también a esa bipolaridad de la cual hablaba, dado que siempre estamos en esa lógica del doble.

¿Piensa usted que el archivo puede constituir un medio de aprendizaje? Una idea semejante aparece en El Extraño de Orson Welles (The Stranger, 1946), o Verboten! de Samuel Fuller (1959)

Los grandes juicios, desde el de Núremberg, funcionan con archivos. El juicio de Phnom Penh en Camboya incluyó al archivo desde un punto de vista jurídico. Los archivos tienen esa función de prueba que nosotros, los cineastas, dejamos de lado. Para nosotros, el archivo no es prueba de nada, primero, porque puede ser modificado, y después, porque en el cine nada es prueba de nada, dado que la única prueba que tenemos es la de la ambigüedad de las cosas, de la ambivalencia. Esa tensión entre los dos polos es lo único de lo que estamos seguros porque, de otra manera, nada está realmente establecido. Digamos entonces que se trata de un uso institucional, judicial, de los archivos, que a mi parecer reduce considerablemente su fuerza.

Los casos del juicio a Eichmann o Noche y niebla (Nuit et Brouillard, Alain Resnais, 1955) constituyen hoy en día una especie de sistema, casi de rito, en el que los criminales están confrontados al cine. Bruscamente, la vida en tanto ficción está confrontada a la realidad en tanto cine, lo que es bastante gracioso. Esto se vincula con el tiempo del cine, es decir, que antes del tiempo del cine esa cuestión no podía plantearse. Es una cuestión nueva en la historia. Apareció en 1895, es algo muy nuevo, muy reciente. Los historiadores trabajan sobre períodos y tiempos largos; podemos decir que hay que empezar a pensar el tiempo largo en el cine.

En relación con el empleo del material de archivo surge la inevitable pregunta acerca de lo irrepresentable. ¿Existe lo irrepresentable?

Por suerte existe. Necesito plantear la cuestión de una manera un poco distinta. Para mí, es la cuestión del campo y del fuera de campo la que gobierna este problema. Filmar es ocultar una parte de lo visible. Cuanto más filmamos, más ocultamos una parte de lo visible. Es en este sentido que, por definición, si hablamos del cine, hay algo no representable. Es inevitable, si no, no estamos en el cine. Esa es una primera respuesta. La segunda es que por supuesto los límites del cuadro, los límites del funcionamiento de la máquina, están siempre muy presentes y hacen que una parte del mundo sensible escape por definición, sea no representable. Es decir, escapa a la representación y se hace abordable solo a través del proceso de metaforización. Se inventa una narración que permite hablar de lo ausente. Se trata de hablar de lo que no está. Ahora bien, el cine, que por definición no puede mostrar todo, que únicamente está en lo “no todo”, practica siempre la prosopopeya. Es una obligación.

¿Cómo hace el cine para eludir, o no, la mistificación del pasado? ¿Cómo fueron sus experiencias en los rodajes de Buenaventura Durruti, anarquista (2000) e Il giudice e lo storico: il caso Sofri (2001)?

En el caso de Durruti, se puede decir que no fue el cine el que hizo de él un mito. Hay que señalar que el simple hecho de encuadrar es, evidentemente, una amplificación de lo visible. Encuadremos o no, de todas maneras el mito se hace y es más fuerte que el cine. Tomo el ejemplo del Che. En esa película muy bella de Richard Dindo que se titula Ernesto Che Guevara, le journal de Bolivie (1994), no se ve al Che más que en fotografías y al final su cadáver. Sin embargo, podemos decir que esa película aumentó el mito, aunque esté allí muy poco filmado, la huella visible es muy débil en la película. De cierta manera, la respuesta del cine, el cine en tanto arte, es que cuanto menos se muestra, resulta más interesante. Se trata de frustrar lo que espera el espectador. Si espera un plano grande, no se lo da; si espera el mito, no se lo da.

Pero esa manera de no dar es precisamente una manera de construir el mito. Aquí también estamos en un paso perverso, porque no es simple, no es directo. Si no filmo, valoro; si filmo, también valoro. Es también una cuestión de dosificación, de toma de riesgo, que va a transformar las cosas. Se podría decir lo mismo de la literatura. Se puede imaginar una novela que habla de un personaje histórico sin citar nunca su nombre. Sin embargo, las cosas existen en un vacío; a partir de eso, el arte del narrador o del cineasta va a establecer una relación entre esta existencia de menos y esa existencia de más. Es muy difícil plantearlo así: es un problema que estemos todos educados en relación con el pensamiento racional. Somos seres racionales y, por lo tanto, tenemos dificultades para aceptar la ambigüedad o la ambivalencia, se vuelve a la denegación. Yo la defino como una suspensión del principio de no contradicción. El principio de no contradicción es blanco o negro, eres esto o lo otro, estas casado o eres soltero. Ahora bien, en el cine, si el espectador debe llenar el cuestionario, va a poner “casado: sí”, “soltero: sí”, “con niños: sí”, “sin niños: sí”. Es muy difícil aceptar eso, sin embargo así se logra, según mi punto de vista, la comprensión del mecanismo. Hay que leer a Lacan. Aquí nos acercamos a la manera en la que Lacan describe el funcionamiento de las diferentes instancias del “yo”, del cual describe la estructura de lo inconsciente. Se ve bien que lo que está adentro está afuera, que lo que está en la parte superior está en la parte inferior. Es un poco esa lógica, que es muy distinta de la lógica racional en la cual hemos sido educados y que por otra parte contradice y hasta combate esta lógica racional en formas a menudo obscurantistas. En el cine existe este factor de oscurecimiento del mundo.

Ahora bien, mi tesis es que hoy en día, en la época de la puesta en luz total del mundo por el espectáculo, la estrategia de combate consiste en decir “oscurezcamos las cosas, no las aclaremos más”. Vamos hasta la sombra porque es la supervivencia del hombre en tanto ser parlante lo que está en juego. El hombre futuro será un hombre sin misterio, no tendrá otro misterio que las máquinas, y las máquinas no tienen misterios. Eso es lo que intento explicar. La máquina es lo racional en estado puro. Siendo la máquina racional, es muy importante que el cine pueda fabricar una versión del mundo que no sea del todo transparente, que sea en parte opaca, en parte oscura, que quede en parte por inventar.

¿Piensa usted que el proceso que acaba de describir implica una reflexión sobre qué significa hacer cine político?

Lo pienso, sí, porque no se plantea en el nivel de los enunciados. Hace tiempo que se dice, desde Godard y aún antes de Godard, que los enunciados políticos no constituyen una forma política. Los enunciados no son formas. Las formas políticas implican, de cierta manera, la subjetividad del espectador. La molestan o la perturban, trabajan con el espectador, no lo dejan tranquilo en su silla, a diferencia de lo que hemos llamado hace treinta años en los Cahiers du cinéma, la “ficción de izquierda”. La ficción de izquierda brinda una buena conciencia a todo el mundo,Filmar para ver el malo es castigado y eso deja al espectador satisfecho. En cambio, nosotros pensamos que para tener un efecto político hay que revolver el equilibrio y la tranquilidad de las cosas. Las formas son precisamente lo que puede molestar. Son las formas las que tienen la potencia necesaria para plantear un problema, para poner al espectador enfrente de la dificultad de ver, de la no evidencia de los sentidos, enfrente del hecho que tanto ver como escuchar son un trabajo. Para eso sirve el cine, para cuestionar la naturaleza, la naturalización de las percepciones y sensaciones, y el hecho de que el hombre se cree un ser racional cuando es enteramente artificial y construido. El espectáculo –llamo espectáculo a todo lo que no está encuadrado, es decir, a todo lo visible, que se hizo enteramente espectáculo– se distingue del cine que sí encuadra y, de cierta manera, contradice esa omnipresencia del espectáculo en la medida en que devuelve lo no visto, lo fuera de campo, en el campo.

Un cine que trabaja en esa dirección lo hace, evidentemente, en la dirección de una redistribución de lo visible que en el fondo está desdoblado de manera que podamos establecer, sin percibir un hueco entre lo visible que aparentemente nos es dado, cuando está construido, y el cine que nos presenta brechas, huecos por los cuales aprendemos que no somos todo. Aquí estamos nuevamente en el discurso de Lacan porque creo que estableció de manera muy fuerte esto. Lo “no todo” es el cine, la toma de conciencia de que no veo todo, no entiendo todo, que todo no está ya presente y que todo está por llegar. De esta manera, se puede decir también que el “no todo” es también el futuro, lo que desborda, lo que todavía no está asimilado. El cine, según este punto de vista, trabaja sobre las condiciones de existencia bajo el reino del espectáculo. Es en este sentido que heredo a Guy Debord y su trabajo. Y espero reorientar su trabajo hacia el lado del cine, por el cual Debord tenía un rechazo completo y sus películas lo muestran ampliamente. Trabajo a partir de Guy Debord, pero precisamente para salvar al cine y no confundirlo con el espectáculo. Distinguir cine y espectáculo me parece muy importante hoy en día. Así se puede hacer cine político, así se debe hacer cine político.

Notas


[1] El comentario de Comolli se refiere a Demolición de un muro (Démolition d’un mur, Auguste y Louis Lumière, 1896).

El eslabón perdido. Apuntes para una genealogía del cine documental contemporáneo

Descargar texto

Por Manuel Palacio

En donde se explica el impacto de las tecnologías videográficas en la forma de hacer imágenes

Quisiera empezar recordando[1] esa especie de leyenda urbana sobre la importancia de la tecnología que circula por los territorios de la co­munidad del cine documental. Todos los lectores de este libro seguro que conocen aquella historia tan repetida que cuenta que la comercia­lización de la cámara Eclair y la grabación magnética de sonido del Nagra están en la base de las aportaciones estilísticas de Cronique d’un été (Jean Rouch y Edgar Morin, 1960), sin dudarlo una de las películas canónicas de la contemporánea experiencia fílmica documental. En este mismo sentido que remarca la importancia de los aparatos mediadores, siempre me acuerdo de unas palabras de Ja­vier Maqua, curtido realizador de decenas de los docudramas de Vivir cada día (TVE, 1979) y recientemente del largometraje documental Apuntarse a un bombardeo (2003). Leámosle:

La cámara es un sólido. Volumen, forma, peso. Sus característi­cas ópticas y mecánicas son naturalmente, principales pero vienen después (…). En la casa del explotado (en la mayoría, pues, de las casas) con una cámara de 35 mm (y su óptica elegante y enorme) no lograremos más que primeros planos de un hombre sin afeitar; con una cámara de 16 tampoco lograremos mucho, pero al menos ten­dremos planos medios y quizá algún general corto que nos permitan ver, comprender, el ambiente que rodea su barba, las pequeñas ale­grías con que, pese a todo, quieren adornar la miseria de su hogar (1992: 17).

En suma, parece una obviedad indicar que la tecnología de las “máquinas de ver”, con las que se registran las imágenes del mundo ex­terior establece una determinada codificación del punto de vista sobre el mundo mismo (Virilio, 1989). Los escépticos pueden comprobarlo con un simple ejemplo: el azul del cielo es perceptivamente distinto cuando es reco­gido y reproducido por las tecnologías fotoquímicas que cuando se hace por electromagnéticas.

En la contemporaneidad audiovisual la relación real-referente es mucho más compleja. Y lo es porque, al margen de la tecnología usa­da en el registro de las imágenes, hoy en día casi todas las técnicas y he­rramientas que se utilizan habitualmente en el ciclo de postproduc­ción (edición con sistemas digitales para audio y vídeo, tratamiento di­gital de la imagen, sistemas gráficos, entre otros) han creado entornos integrados de soportes cuyo uso, a su vez, se ha incorporado a todos los procesos audiovisuales, con independencia de la sofisticación for­mal del acabado o del presupuesto que se maneje en la producción.

No parece disparatado, pues, afirmar que el fácil maridaje entre las tecnologías y la digitalización de los procesos ha permitido la apari­ción de nuevos sistemas de intertextualidad que modifican radicalmen­te la forma de crear, manipular y almacenar las imágenes. Pero con un calado de una repercusión mayúscula también han establecido nuevas maneras culturales y perceptivas de relacionar la imagen con su refe­rente. Asimismo, la integración de soportes ha dado un nuevo sentido a la fase de montaje de imágenes e indirectamente a los subgéneros do­cumentales conocidos como de reciclaje, metraje encontrado o memo­ria e identidad.

Huelga decir que las últimas afirmaciones están en la base de la vi­sualidad y estructura formal de los más afamados documentales con­temporáneos. No puedo dejar de recordar Grimoire Magnetique (1983), una obra de laLa televisión y yo Andrés di Tella 2002 cineasta Joëlle de la Casinière, sobre la vida y pasión de un santo musulmán en la que se combinan imágenes y sonidos en una envoltura que recuerda la factura textual de un informativo televisivo. Ni tampoco, por supuesto, el estilo sobre el que Alan Berliner ha edificado su celebridad, ni las muchas películas articuladas sobre la recopilación de materiales, tal como ocurre en las realizadas por Elia Suleiman sobre la representación en los medios de comunicación de los palestinos (Introduction à la fin d’un argument, 1990) o el trabajo de Andrés di Tella sobre una visión personal de la historia de —la televisión en— Argentina (La televisión y yo, 2002).

Dicho de otro modo, las tecnologías y los criterios estrictamente de producción se imbrican cada vez más con las decisiones textuales. Lo que nos puede llevar a reflexionar sobre el hecho de si las modificaciones de la representación audiovisual que percibimos en muchos ejemplos destacados del documental reciente —por ejemplo, la textura de las imágenes o el estilo del montaje de algunas piezas de José Luis Guerín o de Trinh T. Minh-ha— tienen que ver con los cambios intrínse­cos al proceso evolutivo del género o más bien con la lógica de uso que impone el utillaje presente en las salas de postproducción video gráfica, donde todos los cineastas acaban sus obras. La respuesta no es simple, pero desde luego establece una visión sobre el documental.

Este escrito se concibe como un intento de profundizar en el tiempo histórico y social en el que unos individuos empezaron a utilizar la tecnología del soporte videográfico para la elaboración de prácticas documentales. Ocurrió en Estados Unidos, y más específicamente en la ciudad de Nueva York, en los años finales de la década de 1960 y en los primeros de la de 1970. La hipótesis previa consiste en que ese periodo ha incidido en los sistemas estilísticos del documental contemporáneo; los grupos de realizadores que articulan las primeras gramáticas y retóricas videográficas, mediatizados por la tecnología, elaboraron soluciones al margen de la tradición en aquel momento hegemónica del Cine Verdad.

Pensemos para corroborarlo en unas características básicas de la técnica y de la tecnología del vídeo. En primer lugar, la duración de la cinta; en aquellos años la cinta tenía una extensión que llegaba hasta los treinta minutos frente a los once minutos característicos de los cuatrocientos metros de la bobina cinematográfica de 16 mm. Naturalmente esa diferencia en las duraciones estándares crea sustanciales diferencias a la hora de establecer planes de rodaje y la misma relación con el oh jeto o con la situación a captar.

Y en segundo, y aún más decisivo, los nuevos formatos videográficos pueden presentar imágenes captadas instantáneamente. Obsérvese que en la tecnología cinematográfica siempre hay un momento entre Ia captación y la exhibición de las imágenes, el tiempo de revelado, en el que se demora la terminación del proceso global. Empero, con el ví­deo, las imágenes y los sonidos grabados se pueden exhibir sin solución de continuidad. Lógicamente, con el visionado de las imágenes videográficas se pueden activar debates entre los asistentes en un reme­do de interactividad colectiva que, finalmente, potencia la misma experiencia de la etapa de grabación de las imágenes. Uno de los videastas de la época explicitó la importancia primigenia de esa característica: “el proceso fílmico es una carretera de una única dirección de la experiencia del cineasta captador de las imágenes al espectador aislado del contexto; mientras el vídeo es una vía de dos direcciones que per­mite ventajosamente todos los procesos de interactividad en educación o en contenidos sociales” (Jaffe, 1971: 16).

Pero retrocedamos un poco para poder saltar más alto.

En donde se cuenta el nacimiento del vídeo

El vídeo, una patente de la empresa norteamericana Ampex, nació oficialmente la noche del 30 de noviembre de 1956; en esa fecha se vie­ron imágenes electromagnéticas durante la emisión del informativo televisivo Douglas Edward and the News de la cadena norteamericana CBS. La industria televisiva estadounidense necesitaba un soporte audiovisual que resolviese de una manera más cómoda de lo que lo hacía el cine las dificultades que les creaban las diferencias horarias existentes entre las dos costas de su territorio. De esta manera, el vídeo permitía que una determinada noticia pudiese ser emitida en los informativos de la Costa Este y tres horas después, sin mucha complejidad, en
los de la Costa Oeste.

Nadie concibió que el nuevo soporte de imágenes pudiese tener algún tipo de contenido propio o unas formas de expresión dotadas de una cierta autonomía estética. Así, en la invención del magnetoscopio únicamente nos encontramos ante una simple y llana tecnología al servicio de las necesidades de almacenaje de programas. No cabía pensar que la llegada del video a los estudios de televisión supusiese alguna aportación a las formas de espectáculo ni por supuesto ninguna modificación significativa a los procesos comunicativos de la sociedad.

Con el paso del tiempo, sin embargo, se ha producido una cierta osmosis entre las tecnologías videográficas y televisivas hasta el punto de hacerlas virtualmente indistinguibles. De hecho, el vídeo se ha convertido en un actor principalísimo de los cambios de la institu­ción televisiva. Nadie debe olvidar que la aparición del medio elec­tromagnético señaló el inicio de la hegemonía económica de la in­dustria televisiva en el conjunto de todas las industrias culturales y ci­nematográficas; quizá tampoco sea casual que la consolidación del vídeo en los sistemas productivos de la industria televisiva sea coetánea al lugar principal que consigue la Televisión en el espacio público de los países occidentales.

Posteriormente, algunos cambios en las tecnologías videográficas tales como la aparición del código de tiempos, imprescindible en los procesos de postproducción, o los primeros efectos visuales, entre una lista reducida de vocación infinita, han significado el comienzo de la creación de las características formales y estilísticas de la televisión con­temporánea. En suma, la llegada del vídeo a la televisión trajo consigo algunos cambios de enorme trascendencia para el conjunto de la ma­nera de percibir y consumir las imágenes en movimiento. Quisiera mencionar un único ejemplo. El 31 de diciembre de 1963, coincidien­do con la retrasmisión de un partido de fútbol americano, se usó por vez primera en una emisión televisiva el instant replay, la repetición de la jugada en su denominación española. Con esa operación técnica videográfica probablemente se inició un camino no finalizado de radica­les y profundas mutaciones en los hábitos de percepción de imágenes en todos los sistemas textuales audiovisuales.

Sea como fuere, durante más de una década, el soporte electromag­nético perteneció al exclusivo uso de las cadenas televisivas (TVE ad­quirió el primer vídeo en 1962). Sin embargo, a mediados de los años sesenta, según unas fuentes en 1965 y según otras en 1967 o 1968, la empresa japonesa Sony comercializó en los Estados Unidos el primer vídeo dirigido a un mercado diverso del televisivo. Eran vídeos portá­tiles que grababan en blanco y negro y que inmediatamente se deno­minaron portapack en el argot de los pioneros. Los vídeos portátiles se consolidarán con la aparición de la cinta de videocasetes y especial­mente con la llegada del formato U Matic en 1972 (los magnetosco­pios estacionarios de media pulgada tipo Betamax o VHS capacitados para grabar programas televisivos aparecerán a mediados de la década de los setenta).

Los primeros magnetoscopios portátiles se vendían en los Estados Unidos a unos 1.900 dólares, cantidad equivalente a lo que entonces en España venía a costar un coche utilitario tipo Seat 600. El precio re­sultaba abordable para muchos sectores de la cultura, de la educación, de la medicina o de la pequeña industria. Un uso de significativa im­portancia económica fue la aplicación que permitía que el medio se utilizara para los sistemas visuales de vigilancia y control tan frecuentes en las urbes contemporáneas, en los bancos, en las carreteras, etc. Años más tarde el alemán Michael Klier realizó Der Riese (El Gigante, 1984), una verdadera obra maestra del género de reciclaje a partir del robo de las imágenes captadas por las cámaras de vigilancia de aeropuertos, au­topistas, aparcamientos, únicamente aderezadas por una pregnante y sugerente música extradiegética.

Sin embargo, algo inesperado sucedió una vez empezaron a comer comercializarse los primeros equipos portátiles. Al calor de la lumbre de los movimientos de los derechos civiles y contrarios a la guerra de Vietnam, en Nueva York, ciudad en la que se concentraban influyentes movimientos contraculturales y vanguardistas, comenzó a vislumbrarse la utilización del soporte videográfico de una manera imprevista. Desde la atalaya de la contemporaneidad las consecuencias de lo que allí ocurrió resultan muy visibles en los procesos evolutivos del cine documental.    

En donde se habla de una sociedad en mutación

Cuando se aborda analíticamente la década de 1960 siempre se plantea una disyuntiva conceptual: por un lado están aquellos que se posicionan considerando que la energía contracultural y libertaria permeabilizada en distintos sectores de la sociedad anglosajona se convirtió en la savia primera que alimentó muchos de los cambios que nos llegan hasta hoy en día (desde la reivindicación de los derechos de las minorías hasta la configuración descentralizada de Internet). Y por otro lado se encuentran los que piensan, en la más ancestral tradición de la economía política de la Escuela de Frankfurt, que todos los cambios que se vivieron en esa década de prodigios fueron epidérmicos, y que la sombra del capital era entonces igual de alargada que ahora. No podemos abordar aquí la doble faceta de ese dilema, pero huelga decir que la posición que se adopte establece las claves de lectura de lo que es la contemporaneidad y por ende de este ensayo.

Diversos autores han escudriñado el contexto en el que apareció el vídeo a finales de la década de los sesenta y su primer desarrollo en los iniciales setenta. Los diversos escritos de Marita Sturken siguen siendo el fundamento de la explicación académica del período; por su parte los de Deirdre Boyle constituyen la base histórica más completa y descriptiva[2].

Sea como fuere, el crecimiento del número de videastas superó en pocos años cualquier previsión. Tamaño éxito únicamente puede expli­carse si se piensa que el nuevo medio satisfacía algún tipo de demanda social o cultural que no era cubierta por el soporte fotoquímico. La ase­veración anterior parece incontestable si pensamos en el hecho de que desde 1965-1968 hasta 1973, año en el que se produce la primera gran le­gitimación social del soporte al incluir a las prácticas videográficas en la Bienal del Arte Americano del Whitney Museum, los videastas pasaron de ser decenas a contarse por miles. Un segundo aspecto apenas estudia­do, pero sin duda mucho más decisivo, es que en esos mismos años la tecnología vídeo en lo que se refiere a las cámaras y sobre todo a las edi­ciones se convirtió en una parte del currículo académico en muchas uni­versidades y escuelas de arte. A partir de esas fechas toda la enseñanza au­diovisual se realizará en soporte electromagnético y por ello todo cineas­ta (documentalista) que haya emergido al espacio público a partir de la década de 1980 se ha formado obligatoriamente en los rudimentos de la representación audiovisual con vídeo.

El proceso de introducción del vídeo como soporte creativo en la Europa de los años setenta se vivió de una manera diversa a como acaeció en Norteamérica. Sin duda ello fue debido a las limitaciones tecnológicas que existían en el Viejo Continente, pero también, claro, a las diferencias entre ambos modelos televisivos. En cualquier caso, el video como forma creativa se cobijó en Europa en los aledaños de la Institución cine. Como limitado pero significativo ejemplo de lo anterior puede mencionarse la sección fija que desde 1979 tuvieron las pá­ginas de la emblemática Cahiers du Cinéma. La misma revista editó un minino monográfico dedicado al tema en 1981. En España la primera gran aparición pública del vídeo como forma creativa se produjo en el marco del Festival de Cine de San Sebastián en 1982.

En suma, podría concluirse este apartado indicando que en Esta­dos Unidos, en esa etapa inicial, el vídeo representaba para determinados segmentos de jóvenes, y al igual que podía hacerlo la minifalda, la revolución sexual, la música pop o la marihuana, el “espíritu del tiempo” de esos finales de los sesenta y los setenta. Todos los indicios apuntan que los primeros videastas estaban atraídos por las implicaciones culturales que tenía el utilizar o hacer vídeo: estilos de vida alternativa, activismo político o ecología de los medios (Burris, 1996: 4); y, desde luego, en buena parte influenciados por las técnicas de meditación de base oriental o experiencias lisérgicas. Marco Vassi, más tarde militante activo a favor de la libertad sexual y autor de prestigio de novelas eróticas, escribió en el primer número de Radical Software: “el vídeo es explicar un viaje a al­guien que no ha tomado nunca un ácido”.

Algunas notas de esta música se oían en muchos lugares, como las piezas que ejecutaba Margarita D’Amico (1971) en la comunidad la­tinoamericana o Hans Magnus Enzensberger en sus Elementos para una teoría de los medios de comunicación cuya versión original alemana, de 1971, tanto predicamento tuvo en general en Europa y en particu­lar en España. Allí escribía aquel celebérrimo fragmento que dio cober­tura teórica a muchas prácticas contrainformativas europeas de la déca­da de 1970:

Como se sabe, unos medios como la televisión y el cine en su aspecto actual no están al servicio de la comunicación, sino que más bien la obstaculizan. No permiten ninguna influencia recíproca en­tre el transmisor y el receptor; desde el punto de vista técnico, reducen el feedback al nivel mínimo que permite el sistema. Sin embargo, este estado de cosas no puede ser justificado desde el punto de vista técni­co. Muy al contrario, pues la técnica electrónica no conoce ninguna contradicción de principio entre el transmisor y el receptor (1974: 11).

El nuevo territorio videográfico era, pues, una especie de terra incog­nita. El uso del nuevo soporte estaba cargado, por un lado, con el pres­tigio simbólico de los nuevos tiempos, y por otro resultaba un territo­rio completamente virgen. Había que inventarlo todo en un nuevo medio que, para bien o para mal, se desarrollaba al margen de la ads­cripción de sus trabajos a algún tipo de tradición audiovisual previa. De hecho, no está claro que vídeo y cine hayan podido compartir en esa época los públicos, ni siquiera aquel segmento de los llamados ci­néfilos o interesados en el cine de vanguardia.

En un primer periodo que llega hasta 1970-1971 no existe un nom­bre claro para los trabajos videográficos que se están haciendo a lo largo de todos los Estados Unidos. Sus creadores y públicos ignoran si las prácticas caminan hacia el luego llamado videoarte o hacia un uso so­cial o documental del medio. La primera exposición íntegramente con­sagrada a los trabajos realizados en vídeo fue la célebre TV as a Creative Medium (Nueva York, Howard Art Gallery, 1969). Con ese título también se denomina la primera publicación dedicada al tema: el capí­tulo que Gene Youngblood dedica a este tema en Expanded Cinema en 1970.[3]

Por hablar un poco de España, en las distintas acciones culturales realizadas en los Encuentros de Pamplona de 1972 se habla de video o video tapes. Sin embargo, el pionero español Antoni Muntadas titula una de sus primeras intervenciones videográficas con el muy televisi­vo título de Cadaqués Canal Local (1974). Este trabajo pasa por ser el primer ejemplo de uso alternativo de la televisión realizado en Espa­ña —de televisión local se dice ahora—; el artista catalán dirigió con el apoyo de Sony un proyecto consistente en la grabación durante el in­vierno de 1973-1974 de una serie de entrevistas a pescadores y habitan­tes de la localidad gerundense. En los meses del verano, coincidiendo con la afluencia turística, las imágenes grabadas se proyectaron en la Galería de Arte Cadaqués y en el casino municipal.

Las actividades de la asociación neoyorkina Raindance son muy útiles para comprender el tiempo social del vídeo documental de los orígenes. Frank Gillette imaginó la creación de una organización como alternativa a los medios de comunicación hegemónicos. La primera junta directiva de Raindance estaba formada por Frank Gillete, Michael Shamberg, Louis Jaffe y Marco Vassi. Los promotores de Raindance se plantean dar respuesta informativa (contrainformativa, para mejor decir) en el mismo territorio en que funciona la sociedad de masas contemporánea. Para ello Raindance se implicó en producciones, de las que hablaremos más abajo; pero también abrie­ron una cierta línea de publicaciones y crearon, lo que ahora más nos interesa, la revista Radical Software.[4]

Los once números que se publicaron de la revista entre los veranos de 1970 y 1974 se han convertido en el elemento imprescindible para todo aquel que quiera acercase a conocer el periodo. En ella confluían consejos técnicos y proclamas contraculturales, valoraciones estéticas sobre el protovideoarte y reivindicación de los usos del vídeo en la es­cuela o en la comunidad, exaltación de la ecología de los medios y opi­niones sobre los cambios en el modelo televisivo, catálogos de direc­ciones de grupos o individuos y referencias al mercado de equipos o materiales vídeo. En el editorial del primer número de verano de 1970 se publicó un muy conocido y reproducido manifiesto que puede en­tenderse como la quintaesencia del pensamiento de la revista: “La cinta de vídeo puede ser a la televisión lo que la escritura es al lenguaje… Afortunadamente, las nuevas herramientas sugieren nuevos usos, espe­cialmente para aquellos que están insatisfechos con los usos que se les da a las viejas herramientas”.

En este marco, el portapack se presentó en el espacio público como la primera gran alternativa para conseguir el completo control sobre el proceso informativo, hasta entonces dominado por el poder de la in­dustria de la televisión. Sus características de manejabilidad, ligereza y lectura inmediata lo convertían en la herramienta ideal de interven­ción social.

Desde la contemporaneidad, las raíces documentales de las prime­ras prácticas videográficas pueden incluirse en dos grandes apartados. En primer lugar estaría el llamado vídeocomunitario, aquellos que uti­lizaron el soporte electromagnético para elaborar con sus trabajos pie­zas audiovisuales de agitación política y social en la comunidad local (obvio es recordar que la noción de agitación tiene un sentido diverso en las tradiciones estadounidense y canadiense o europea). En segun­do lugar, hallaríamos aquellos trabajos concebidos para algún tipo de emisión televisiva básicamente en las cadenas de cable, y que en cierto sentido es el origen de lo que hoy se entiende como producción inde­pendiente.

Pero, en cualquiera de los casos, lo decisivo fue que las prácticas videográficas tenían muy poco que ver con las tradiciones hegemónicas del documental de la época. En resumen, partiendo de las característi­cas del soporte vídeo se estableció un determinado estilo visual que es­tablecía nuevas bases para la creación documental.

Veámoslo.

En donde se comentan “las cintas de la calle” y la forma de hacer del vídeo comunitario

Los primeros films videográficos se denominaron street tapes y crearon un estilo muy característico de aquellos primeros vídeos. Las “cintas de la calle” fueron desarrolladas por Les Levine, un ayudante de Nam June Paik, y sobre todo por Paul Ryan y Frank Gillette, cofundadores como se ha dicho del grupo Raindance. Ryan y Gillette conci­ben en la primavera de 1968 una nueva forma de dar sentido a la ancestral pulsión de recoger el hormigueo de las ciudades: se trata de gra­bar imágenes de la plaza de St. Mark de Nueva York, epicentro de la vida contracultural y hippie estadounidense, y en ellas entrevistar a ciudadanos que libremente comentan lo que les apetece y cuyas opinio­nes no son cortadas en la fase de montaje. Más tarde difunden lo gra­bado en distintos lugares públicos para activar con las imágenes la dis­cusión con los espectadores. Era lo que se denominó “el rap del video-tape” (Yalkut, 1970: 9).

No fue baladí que muchos de los protagonistas de los centenares de horas de “cintas de la calle” fueran grupos underground de la Nueva Izquierda estadounidense y de los diversos movimientos de liberación sexual o racial. Excusado es decir que las cintas de la calle reflejaban una realidad que resultaba inédita para los televidentes de la televisión convencional. El hecho sirvió para activar el desarrollo de los procesos de legitimación del medio y su posicionamiento posterior en los entra­mados culturales y de concesión de subvenciones.

Grupos de videastas tales como Raindance, People’s Video Theatre, Global Vlllage, Videofreex de Nueva York o Ant Farm de San Francis­co recorren todos los Estados Unidos, realizando “cintas de la calle” o más apropiadamente intervenciones audiovisuales “documentales” so­bre las cuitas de colectivos sociales que nunca habían tenido acceso previo en las agendas televisivas: minorías raciales, étnicas o sexuales. Con ellas elaboraron los primeros ejemplos de autorepresentación de sus vidas cotidianas. Obsérvese que esas prácticas dieron comienzo a lo que luego sería denominada teoría poscolonial y/o multicultural.

Paralelamente al modelo contrainformativo de las “cintas de la calle” surgieron olías vías que conectaron el uso del soporte electro­magnético con la circulación de los procesos comunicativos en la so­ciedad. “La gente es la información siempre que se implique el uso de la tecnología vídeo”, se decía. En algunos países como Canadá (más que en Estados Unidos) se asiste a la proliferación de estructuras y asociaciones que se dedican a la producción de cintas, pero sobre todo a organizar cursos de aprendizaje en los que diversos grupos, como ni­ños o minorías sociales, elaboran sus propias prácticas videográficas.

Una de estas asociaciones, Videographie de Montreal, fundada en 1971 y auspiciada con dinero público, se convirtió en el modelo más imitado en toda Norteamérica. Videographie llegó a agrupar en lomo a veinte grupos de videastas con concepciones diversas de la in­tervención videográfica, que iban desde la contrainformación al video-teatro, de la animación social a la formación sindical.

En España el único trabajo de video comunitario se realizó en Barcelona después de la llegada de la democracia por parte del gru­po Video Nou. Este grupo cambia su nombre a Servei de Video Co-munitari en 1979 tras alcanzar algún tipo de financiación del Ayun­tamiento de Barcelona y de la Caixa de Barcelona. Los integrantes de Video Nou recogieron las experiencias de otros países, en la bús­queda de las posibilidades del vídeo como medio de expresión, co­municación o información paralela. En sus palabras: “El medio ví­deo ofrece la posibilidad de abolir las divisiones entre productor y consumidor y la posibilidad de respuesta y participación frente a la unidireccionalidad monolítica de la televisión estatal” (Video Nou, 1979).

Lo que hoy en día resulta de mayor calado es que buena parte de la concepción del trabajo que hacían los vídeastas del video comunita­rio se ha permeabilizado en las formas de los modernos documentales. Fíjense para comprobarlo en la interesantísima descripción de un mé­todo de trabajo que realiza el grupo canadiense Challenge for change:

Habida cuenta de que no podíamos grabar en el interior de las oficinas de la organización pública encargada de la asistencia social decidimos grabar en la calle. Pero pensamos que no lo haríamos en la puerta de la oficina sino en un café-restaurante de la esquina. La idea resultó ser buena porque en ese ambiente los ciudadanos se mo­tivaban mejor para discutir sobre los problemas sociales y sobre sus vidas en los barrios (Harmut y Kline, 1970: 11).

Subrayamos así pues, en primer lugar, que la interactividad enten­dida como participación común de creadores y público es una opera­ción central de los primeros trabajos videográficos. Douglas Davis es­cribía en 1971 el Manifiesto para una nueva Televisión:

 

Expand sight and site

This is a real time

                                               Video time

The performance you are watching

Has occurred

                                               Is occurring

In real time your time

                                               No editing (1978: 29).

Desde luego es una manera de plantear la importancia del proceso de creación de la obra en detrimento del resultado del producto acabado. Piénsese que si es más importante el recorrido que hemos realiza do hasta llegar a hacer la obra que el resultado final, a partir de aquí podemos deducir que para conseguir los fines sociales o políticos, la cuestión de la participación y la interactividad pasa a ser central, y abarca todo el proceso, desde la grabación hasta la exhibición pública de lo registrado. Y también que participar en la grabación es tan importante como ver y oír lo hecho.

Pero eso significa que desaparece la experiencia del yo único como fundamento del proceso de creación (como en el modernismo) y estamos más cerca de los procesos de creación fragmentados y múltiples (como en el posmodernismo). Tampoco encontramos en estos films el deseo de incidir políticamente en las “masas” de espectadores como podía plantear Dziga Vertov en los tiempos de los movimientos históricos de vanguardia, sino tan sólo con la creación de un espacio común (interactivo) que comparten el cineasta y el espectador y que nos acerca a una nueva manera de concebir los procesos audiovisuales con temporáneos.    

En donde se habla de la importancia de la televisión y de Four more years

En la primera mitad de los años 60, los servicios públicos televisivos europeos pusieron en marcha sus segundas cadenas con el objetivo de satisfacer la demanda televisiva de los públicos urbanos y de los intelectuales. Poco después, en  1967, el Congreso Norteamericano aprobó la creación de una cadena pública de televisión herciana con la finalidad de coordinarlas distintas emisoras educativas que existían en los Estados Unidos. Así surge la PBS (Public Broadcasting Service) financiada por el gobierno federal, los Estados, las universidades, las aportaciones individuales o las fundaciones. Casi coetáneamente, en 1971, un mandato federal de la FCC —el organismo encargado de la reglamentación del sector televisivo— obliga a las emisoras de televisión por cable a ofertar entre sus canales una parle de programación local y en algunos casos a abrir a los ciudadanos un número de canales para que aquellos hiciesen los programas que les apeteciese: son los llamados canales de acceso público. Por ejemplo en Nueva York se de­bía obligatoriamente reservar dos canales de acceso público.

La posibilidad de canales de acceso público disponibles en la red de cable produjo la primera gran fractura del movimiento videográfico. Un ala más comprometida con los fenómenos contraculturales y el hippismo orienta su trabajo hacia el video comunitario (crear centros que proporcionan servicios de posproducción a los ciudadanos o pro­ducir programas para comunidades relativamente reducidas). Y otra parte mayoritaria del movimiento centra su trabajo en producir para la televisión; básicamente centrados en el área de la isla de Manhattan, en la que existen 700.000 suscriptores al cable a la altura de 1973 y en donde se puede contar con importantes subvenciones públicas.

Paralelamente a este dibujo contextual acaece otro hecho de una enorme importancia: los videastas norteamericanos nacidos en torno a 1950 constituyen la primera generación de todo el mundo que ha crecido con Cronique dun été Jean Rouch y Edgar Morin 1960televisión en su casa. Y de ahí probablemente se desgaja el hecho de que los movimientos audiovisuales, que empiezan a tener consistente carta de naturaleza a partir de 1967 o 1968, consideren que su trabajo no puede prescindir del ambiente mediático y televisivo que se establece en las sociedades occidentales. Este es un hecho decisivo que nunca antes se había producido y que por supuesto no se encuentra en los procesos de creación de las cintas más emblemáticas del cine vérité o del cine directo; huelga decir que ese hecho va a rearticular la dialéctica entre representación y experiencia del mundo exterior.

Dicho de otra manera, por vez primera en la historia del cine documental se considera que la televisión y la cultura popular que emana de ella es el eje vertebral de todo el sistema audiovisual. Lo es, en prima lugar, porque el conocimiento del mundo está altamente condicionado por la experiencia de ser espectador de televisión. Y en se­gundo poique nuestra propia experiencia de ser televidente nos ha ha­bituado a unas determinadas retóricas formales de representación (enunciación, montaje, espacio, tiempo), distintas a las que el cine creó con su espectador, y de las que no es fácil prescindir en la elaboración de las estrategias creativas de los productos audiovisuales.

En 1971, año en el que se reglamenta el acceso público a la red de cable, apareció un libro de MichaeI Shamberg con el muy explícito título de Guerrilla Television. Shamberg, un periodista colaborador de la revista Time, que años después se ha convertido en un productor de Hollywood, responsable de films como Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Gattaca (Andrew Niccol, 1999) o Man on the Moon (Milos Forman, 1999), Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), plantea combinar las potencialidades creativas del nuevo medio videográfico con las contribuciones que se están hacien­do en lo que se va a denominar como “nuevo periodismo”.

Guerrilla Televisión, verdadero resumen del ideario de la revista Radical Software, es el más genuino manifiesto en contra de la televi­sión comercial y alabanza de las posibilidades que crea el soporte elec­tromagnético para descentralizar la televisión y establecer nuevas plata­formas que fortalezcan la democracia y las formas de las expresiones cul­turales del pueblo. En el mismo sentido, Shamberg concibe en 1972 la creación del colectivo Top Valué Televisión (TVTV), en el que se agru­pan varios colectivos como Videofreex o Ant Farm de San Francisco y miembros individuales asociados a Raindance. La finalidad era realizar trabajos pensados para su emisión televisiva; el resultado fue que los programas de TVTV modificaron los parámetros estilísticos y de contenido con los que se venía haciendo documentales.

La primera producción de TVTV fue Four More Years, un vídeo de sesenta minutos de duración sobre los actos de la Convención Nacio­nal del Partido Republicano estadounidense del año 1972, fecha en la que se nombró de nuevo a Richard Nixon como candidato a la presi­dencia de la nación. Creo que en la genealogía del documental con­temporáneo se encuentran conexiones con el llamado nuevo periodis­mo que clasificó Tom Wolfe o con el periodismo gonzo de Hunter Stockton Thompson. Pienso que debería investigarse con profundi­dad; fundamentalmente porque esos géneros periodísticos intentan la doble operación de incorporar al narrador en primer persona en los gé­neros de no ficción y, por otro lado, construir relatos tan entretenidos como lo hace la ficción. Y justamente esos son elementos centrales de muchos de los más afamados documentales recientes y, por supuesto, el deseo explicitado por las gentes de TVTV.

TVTV publicó en Radical Software un amplio artículo titulado The World’s Largest TV Studio. En sus páginas se podía leer un verdadero manifiesto guía sobre los métodos de actuación del equipo de pro­ducción que nos lleva a las formas y estilos del documental contem­poráneo:

Nuestra cinta versará sobre la manera en que nosotros vemos la Convención. Una visión estética de momentos que también son cubiertos por cadenas televisivas pero que se despreocupan de su importancia: por ejemplo lo que ocurre detrás del escenario, los actos en el exterior del palacio de exposiciones, las fiestas nocturnas, etc. Todo eso resulta mejor que las entrevistas convencionales. La idea es hacerse amigos de algunos delegados de la Convención para de esta manera tener acceso a cosas que no pueden cubrir los reportajes de las cadenas nacionales; específicamente podemos estar en la hora de cenar, en las habitaciones, en los hoteles, etc. También necesitarnos documentar la presencia de los medios (Miami es de hecho el plato más grande del mundo). Eso se puede hacer mostrando a los equipos televisivos y a los periodistas trabajando. No hay que hacer una cinta en la que se hable mucho sino recoger los comportamientos espontáneos que siempre surgen. Queremos captar en primera per­sona todo aquello que pueda hacer el portapack y que no se planteen en la Televisión (TVTV, 1972).

No son estas las páginas para hacer un análisis textual de Four More Years, pero es necesario subrayar dos o tres aspectos. En primer lugar, su comienzo. La cinta se inicia con un plano de un televisor encen­dido en un pedestal; luego un zoom nos acerca e introduce a las imá­genes del televisor. Ya dentro de la acción de la pantalla se nos indi­ca que vamos a ver la 13.a Convención Nacional del Partido Republi­cano. En suma, que en una interpretación simple podría decirse que en TVTV consideran necesario entrar en la televisión para entender el mundo (de la política norteamericana). La apertura del film posee su correlato complementario en su final, en el que un travelling nos aleja del stand de la NBC vacío hasta salir a la calle y dejar atrás el te­levisor del comienzo.

En segundo lugar, Four More Years se articula sobre el sonido y en particular el grito histérico de los seguidores republicanos con el lema de “Cuatro años más”. En toda la cinta abundan los primeros planos indagatorios sobre los motivos por los cuales esos jóvenes republica­nos se muestran tan activos en la defensa del (luego destituido) presi­dente Richard Nixon.

Como puede deducirse del artículo anteriormente citado, en la cin­ta encontramos un bloque sobre los medios. Este comienza con un ba­rrido del set en que están dispuestos los reporteros de los informativos televisivos; luego se da entrada a unas entrevistas que jóvenes barbu­dos realizan a diversos periodistas de la NBC, de la ABC y de la CBS, que encorbatados y bien vestidos describen su punto de vista sobre la Convención. El bloque finaliza con un irónico barbudo tocando la ar­mónica frente a cámara, mientras da entrada al sonido en off de los in­formativos televisivos e imágenes fotográficas de los presentadores. En resumen, todo el documental parte de la centralidad de los medios en la experiencia vital del norteamericano y puede leerse como una nue­va manera de mirar y de oír.

El segundo gran impulso que potenció la innovación en las formas del documental provino de las emisoras de la PBS. De hecho, el obje­tivo compartido por los organismos que participaban en la consolidación del medio (emisoras públicas de televisión, fundaciones cultura­les públicas o privadas) era hacer con los trabajos videográficos una for­ma de laboratorio de investigación para la industria televisiva. En 1972 la emisora de la WNET de Nueva York, de la cadena pública PBS, creó el TV Lab; para ello contó con la financiación inicial de la fundación Rockefeller y del New York State Council on the Arts, a los que posteriormente se sumaron las aportaciones de la Corporation for Public Broadcasting y la Fundación Ford.

El TV Lab de la WNET es uno de los eslabones míticos de la his­toria del vídeo. Su filosofía era similar a las experiencias anteriores que se habían realizado en Bostón por la WGBH y San Francisco por la KQED. Se trataba de posibilitar la experimentación tanto en el campo del videoarte como en el documental. En esta última área el TV Lab se dedicó a la realización de programas inusuales y controvertidos por tra­tar temas no habituales en las televisiones comerciales (por ejemplo, entrevistas con los ilegales Black Panthers).

Fueron bastantes los documentalistas que empezaron en el TV Lab y accedieron luego con éxito a la televisión comercial. El mismo grupo TVTV realizó Lord of Universe (1973) sobre el gurú Maharah Ji y una célebre entrevistaThe Police Tapes Allan  Susan Raymond 1977 con el extremista religioso Abbie Hoffman. Asimismo, puede recordarse a John Alpert, otro de los clásicos videastas de docu­mentales. Alpert, ganador de dos premios Emmys, es en esa época el di­rector de Cuba: The People, documento acerca de un viaje a Cuba en 1974 en el que por vez primera se entrevistaba a dirigentes cubanos, y que tuvo el honor de ser el primer documental realizado utilizando equi­pos portátiles en media pulgada en color. Finalmente, otro proyecto muy recordado fue The Police Tapes (1977), sobre la vida cotidiana en una comisaría, que fue una de las primeras cintas de vídeo indepen­diente en ser emitidas por la televisión comercial y que, según algunos autores como Deirdre Boyle, inspiró la serie Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues, 1981-1987). La cinta fue realizada por los hermanos Allan y Susan Raymond, activos documentalistas, ganadores de un Os­car y de un Emmy y creadores de la noción de Videovérité[5].

Aparte de estos documentales, a través del programa “Artistas en residencia”, el TV Lab de la WNET creó y gestionó en 1977 el Inde­pendent Documentary Fund, con financiación de la Fundación Ford y del National Endowment for the Arts para estimular la producción de documentales independientes, muchos de los cuales fueron emitidos en forma de serie en el programa “Non Fiction Televisión”, de la mis­ma WNET.

Todo lo anterior no obsta para que el modelo que se puso en mar­cha indicara un conocimiento muy pobre de las fuerzas que intervie­nen en el proceso evolutivo de la institución televisiva. Obviamente no se valoró adecuadamente que la industria era ya en los sesenta una máquina sin fisuras plenamente organizada, cuyas necesidades siempre tienden a establecer un perfecto equilibrio entre producción y consumo, y en la que resulta muy difícil que cualquier agente ex­terno pueda incidir en su funcionamiento. De esta forma, las produc­toras independientes de documentales, y sigue siendo una práctica habitual hoy día, trabajan exclusivamente a un nivel personal y por lo tanto, con incapacidades notables para evaluar, o incidir, en el ciclo productivo de la emisora, en las técnicas de producción o programación televisiva.

Baste decir ahora para concluir esta sección que las productoras innovadoras de documentales no pretenden tanto incidir en la estructu­ra televisiva como realizar prototipos de una televisión capaz de llegar a diversas audiencias y explorar los nuevos estilos y temas controverti­dos en cada época.

En donde se acaba el rompecabezas de la genealogía del uso del vídeo para hacer documentales

Hay una última pieza que colocar en el rompecabezas desordena­do sobre el que venimos escribiendo: los videastas contaron con dine­ro público y privado a espuertas. Pero eso indudablemente tuvo el co­rolario de que el vídeo se vio incluido en un proceso en el que los sis­temas de financiación basados en las subvenciones ejercieron una importancia capital y en el que la recuperación de la inversión se cen­tra en el prestigio cultural y no en el ciclo económico de producción y consumo. Las ayudas de las instituciones públicas o privadas fueron lo suficientemente significativas como para establecer unas primeras es­tructuras. Desde aquí es difícil evaluar la importancia de las cantidades, pero uno se barrunta que pasar de 2.5 millones de dólares de presu­puesto para proyectos en vídeo en 1969-1970 a contar con 20 millones en el siguiente año, tal como hizo el New York State Council of Arts (NYSCA, algo así como el «ministerio» de cultura del Estado de Nue­va York) es contar con un maná inconmensurable.

Aunque las cantidades manejadas sí eran inéditas no lo era el he­cho del apoyo público a prácticas documentales. Primero había pasa­do en el Reino Unido de los años treinta y luego se había repetido en otros muchos países occidentales (por ejemplo, en nuestros lares con la serie televisiva Conozca Vd. España en los años sesenta). Por supuesto siempre fue habitual en todos los regímenes socialistas. En Estados Unidos, a comienzos de los años sesenta se fundan las primeras insti­tuciones públicas concebidas para preservar «la herencia cultural nor­teamericana». A la altura de la segunda mitad de la década diversas ins­tituciones privadas comienzan asimismo sus programas de financia­ción a los programas de experimentación en vídeo, por ejemplo sobre “nuevos tipos de documental”. El Whitney Museum of American Art incorpora  el video en sus actividades a partir de 1971.

Sea como fuere, las subvenciones de organismos públicos tales como el Nacional Endowment for the Arts, el National Council on the Arts by United States Congress (ambos de cobertura nacional) o el NYSCA, o desde funaciones privadas, como la Fundación Rockefeller o la Fundación Ford crearon las reglas del juego. Por ejemplo, el NYSCA aconsejaba a los grupos neoyorkinos que realizaran algún tipo de diáspora organizando talleres y proyectos videográficos a lo largo del conjunto del país.

El NYSCA y la Fundación Rockefeller se convirtieron en el punto de referencia obligatorio del sistema de subvenciones. Habida cuenta de que en esas instituciones se daba prevalencia a un determinado tipo de obras, el resultado es que las estructuras mediatizadas por esos objetivos mode­laron la producción, creando unos determinados estilos formales, unos subgéneros y una determinada factura de imagen. ¿Pero cuáles eran esos intereses? No hace falta investigar mucho para encontrar el origen central de una política con repercusiones importantes en el desarrollo del proce­so evolutivo del documental estadounidense y mundial. Veámoslo.

Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos modifica su política exterior para convertirse en el Imperio en buena par­te hegemónico en el globo terráqueo. Durante cuarenta años es parte ac­tiva de la llamada «guerra fría» que combate contra la Unión Soviética. En este marco, la agresividad de la política exterior se ve complementa­da por otras internas de cohesión social de sus ciudadanos. A partir de los años cincuenta se revela que para garantizar una cierta tranquilidad en el frente interno estadounidense es necesario incorporar a las distin­tas minorías constituyentes de la nación. No debe despreciarse las im­portantes luchas sociales que muchos millones de norteamericanos desa­rrollaron por la igualdad racial a lo largo de toda la década de los sesenta, pero tampoco debe olvidarse que los cambios que desde el poder se hi­cieron en aras de potenciar la democracia y la diversidad cultural de la nación tenían también que ver con la cohesión interna del Imperio.

Ciertamente hubo varias actas de derechos civiles; la más importante se dictó en 1964, The Civil Rights Act, que desarrollaba la 14.° Enmienda de la Constitución. En ella se obligaba entre otros aparta­dos a que desapareciera la discriminación racial o sexual en las subven­ciones públicas. A poco que uno piense concluirá la decisiva influen­cia que tuvo esta norma como origen e impulso de las políticas de dis­criminación positiva y como punto de inicio del apoyo a las prácticas videográficas o cinematográficas y a las teorías poscoloniales, que tan­ta influencia tienen en la actualidad.

Un único ejemplo antes de terminar: el carácter personal o subjetivo, tan presente en el documental contemporáneo, se relaciona habitualmente con “la influencia de los temas autobiográficos de las vanguardias cinematográficas, el rechazo del cine directo y el auge de la reflexividad autoconsciente en el cine” (Cuevas Álvarez, 2004). Empero parecería sensato recordar que buena parte de esas obras están cofinanciadas desde hace unos treinta años por organismos públicos y privados, y huelga decir que todo tribunal o jurado, en tanto en cuanto posee continuidad, establece en sus concesio­nes un determinado territorio que guía a los peticionarios de las siguien­tes convocatorias. El abrupto Oscar Berlirner se lo comenta a su hijo al final de Nobody’s Business (Alan Berlirner, 1996):

Oscar Berlirner (OB): Toda mi vida he trabajado sin pedir nada a nadie. Mi hijo es liberal. Sólo sabe conseguir algo por nada.

Alan Berlirner (AB): ¿Por qué dices eso?

OB: Pules limosna.

AB: ¿De qué hablas?

OB: Pides limosna: llámala como quieras pero una beca es una limosna.

AB: ¿Sabes qué difícil es conseguir becas o subsidios?

OB: No me importa si es difícil. La verdad es que no tienes em­pleo y vives de limosnas. Creo que haces muy mal

Bibliografía:

Burris, John (1996), “Did the Portapack Cause Video Art? Notes on the Formation of a New Medium”, en Millenium 29. Disponible en la selección de Internet de Video History Project.

Cuevas Álvarez, Efrén (2004), “Etnografía doméstica: la identidad familiar a través del documental autobiográfico”, en El documental, carcoma de la ficción, Actas del Congreso de la AEHC, Córdoba, Filmoteca de Andalucía.

Davis, Douglas (1978), “The End of Video: White Vapor”, en Gregory Battock, New Artist’s Video, Nueva York, E. P. Dutton.

Enzensberger, Hans Magnus (1974), Elementos para una teoría de los medios de comunicación, Barcelona, Anagrama.

Henaut, Dorothy y Ronnie Kline (1970), “In the Bande of Citizens. A Video Report”, en Radical Software, vol. I, núm. 1.

Jaffe, Louis (1971), “Video-tape versus Film”, en Radical Software, vol. I, núm. 3.

Maqua, Javier (1992), El docudrama. Fronteras de lo real, Madrid, Cátedra.

TVTV (1972), “The World’s Largest TV Studio”, en Radical Software, vol. II, núm. 1, invierno.

Video Nou (1979), Catálogo sin paginar de las actividades y Cintas de Video Nou, Barcelona.

Virilio, Paul (1989), La máquina de la visión, Madrid, Cátedra.

Yalkut, Jud (1970), “Frank Gillet and Ira Schneider”, en Radical Software, vol I, núm. 1.



[1] El presente artículo ha sido publicado previamente en el libro Documental y vanguardia, Casimiro Torreiro y Josetxo Cerdán (eds., 2003), Cátedra, Madrid. Se reproduce con la autorización del autor.

[2] Algunas de las intervenciones de ambas autoras se encuentran disponibles en la red en el proyecto Video History Project: www.experimentaltvcenter.org.

[3] Recientemente se ha traducido al español un capítulo de este libro: véase Sichel, Bertha (2003) Posverité, Murcia, Centro Párraga.

[4] Disponible en la red en www.radicalsoftware.org

[5] Puede verse en la red su muy completa página web.

Memoria espacializada y arqueología del presente en el cine de Patricio Guzmán

Descargar texto

Por Isis Sadek

Resumen

Este trabajo examina la construcción fílmica de la memoria en el cine de Patricio Guzmán, trazando continuidades entre Chile, la memoria obstinada (1997), Salvador Allende (2004) y Nostalgia de la luz (2010). Partiendo del posicionamiento de este corpus como contradiscurso, el análisis demuestra cómo la forma del cine documental posibilita una arqueología del presente mediante el uso de prácticas espaciales, la rememoración de cartografías pasadas, el enfoque en la materialidad de la memoria y la intermedialidad. Se rastrea igualmente los modos en que en cada película estos aspectos permiten colectivizar un punto de vista personal sobre un pasado traumático y controvertido. En el caso de Nostalgia de la luz, se analiza como las prácticas espaciales y la preocupación por la materialidad de la memoria culminan en la ampliación de la escala y del alcance de la memoria, constituyendo este documental como museo.

Palabras clave

Memoria, espacio, cine documental, intermedialidad, Patricio Guzmán

Abstract

This article examines the filmic construction of memory in Patricio Guzmán’s documentaries, tracing continuities between Chile, Obstinate Memory (1997), Salvador Allende (2004) and Nostalgia for the Light (2010). Analyzing in each film how documentary film form allows for the inclusion of spatial pratices, past cartographies, the materiality of memory and intermediality, this reading argues that these aspects sustain these films’ archaeology of the present, situating them in opposition to official discourse. These aspects also undergird each film’s collectivization of personal and individual relations to a traumatic and controversial past. Spatial practices and the materiality of memory in Nostalgia for the Light are carefully analyzed, arguing that they culminate in a broadening of the scale and scope of memory, constituting this documentary as a museum.

Keywords

Memory, space, documentary cinema, intermediality, Patricio Guzmán

Datos del autor

Isis Sadek se doctoró de Duke University y se desempeña como Assistant Professor en el Department of Languages, Literatures and Cultures de la University of South Carolina. Ha publicado artículos sobre cine argentino y brasileño. Actualmente prepara un libro sobre óptica desarrollista y cine documental en Argentina, Brasil y Chile. Correo electrónico: sadeki@mailbox.sc.edu

L’histoire peut se représenter comme la mémoi­re universelle du genre humain. Mais il n’y a pas de mémoire universelle.

Maurice Halbwachs, La mémoire collective.

Dos hilos conductores recorren la trayectoria fílmica de Patricio Guzmán en los últimos quince años. Chile, la memoria obstinada (1997), El caso Pinochet (2001) y Salvador Allende (2004) indagan en la memoria del gobierno socialista encabezado por Salvador Allende y en el legado de la dictadura que lo aplastó. Isla de Robinson Crusoe (1999) y Mi Julio Verne (2005) exploran lugares remotos y se centran en actividades de descubrimiento y creación. Su película más reciente, la ampliamente premiada Nostalgia de la luz (2010), filmada y producida a lo largo de cinco años, parece combinar la vertiente historicista plasmada en el cine de memoria con la espacial o geográfica. Este documental se centra en el desierto de Atacama, cuyas características geográficas y climáticas posibilitan la convergencia en él de dos trayectorias: si la transparencia de su aire y su altura lo convierten en puesto de observación astronómico ideal, su ubicación remota hizo que fuera escogido por el estado dictatorial para ubicar ahí uno de múltiples campos de detención clandestinos a lo largo del país, sin anticipar que la aridez de este ambiente permitiría la conservación de los restos de sus víctimas.

Al enfatizar un lugar específico y examinar sus múltiples facetas, Nostalgia de la luz parece contrastar con el cine de Guzmán centrado en la memoria, y alinearse más bien con el corpus dedicado a la exploración de geografías remotas. Queremos proponer aquí que este énfasis en la densidad de un mismo lugar es la culminación más explícita de un gesto que recorre de forma más soterrada el corpus documental de cariz histórico. Posibilitado por la imagen documental, este gesto es doble porque consiste en tomar como punto de partida lugares específicos y prácticas espaciales a partir de los cuales activar la memoria para luego efectuar una arqueología del presente. Si la excepcional aridez del desierto de Atacama es particularmente apta para la práctica arqueológica tan central en Nostalgia de la luz, rastreamos aquí versiones anteriores de este gesto, proponiendo que constituyen uno de los principales modos de politización del cine de Guzmán mediante intervenciones espaciales del presente. Nostalgia de la luz nos alienta, por ende, a releer el corpus documental de Guzmán dedicado a la memoria para examinar las operaciones de índole espacial mediante las cuales este cineasta cava e indaga en la memoria, pues son éstas las que establecen este corpus como contradiscurso.[1]

Como el presente acercamiento se interesa en los métodos formales y temáticos mediante los cuales el cine documental problematiza el estatus y el uso de dinámicas o prácticas espaciales en la producción y la reproducción del poder econónomico y político, sus énfasis analíticos estriban de la vertiente de la teoría crítica volcada hacia une comprensión crítica del carácter mutuamente constitutivo del espacio y de lo político, ejemplificada en parte por los textos de David Harvey, Henri Lefebvre y Doreen Massey. En este sentido, para indagar en la construcción documental de la memoria, el análisis espacial puede ser fructífero en su capacidad de pensar los complejos procesos de construcción y modificación del significado de sitios y prácticas espaciales específicos y la manera en que estos procesos pueden revelar u ocultar las relaciones sociales, económicas y (geo-)políticas que los constituyen y que estos espacios y prácticas generan a su vez.[2] Al poner en diálogo los múltiples y a veces contradictorios significados condensados e inscritos en sitios, prácticas espaciales y cartografías, la arqueología documental llevada a cabo en el cine de Guzmán, su modo de producción de conocimiento, busca hacer visible e inteligibles estas relaciones, modificando su “decibilidad” para usar una categoría del análisis “arqueológico” del discurso que propusiera Michel Foucault.

 

I) El gesto arqueológico como base del contradiscurso

Es en relación con los dos sucesivos silenciamientos impuestos por el régimen militar encabezado por Augusto Pinochet (1973-1990) y por la posterior transición a la democracia que el cine de Guzmán opera como contradiscurso. Filmadas en el período de la Unidad Popular (1970-1973) con el afán de registrar nuevas formas de organización política y social, así como las tensiones que éstas suscitaron, las tres partes de La batalla de Chile (1976-8) adquirieron un papel tan inesperado como clave al documentar una etapa en la vida política del país transandino activamente suprimida y negada por 17 años de dictadura. De manera semejante, los límites políticos y discursivos sobre cuya base fue fraguada la transición a la democracia, calificada de pactada por críticos y observadores, han permitido que los documentales posteriores de Guzmán siguieran posicionándose como contradiscurso al reflexionar sobre el legado de la dictadura.[3] Este posicionamiento estriba fuertemente de la posición que Guzmán construye para sí mismo a lo largo de su obra documental, caracterizada por Macarena Gómez-Barris como la de “un exiliado curtido, testigo, cronista y sobreviviente” desde la cual articula su contradiscurso, “un particular tipo de memoria histórica centrada en el silenciamiento en la nación de la tortura y la desaparición a pesar de las cuantiosas pruebas de su existencia” (2012).[4] Guzmán mismo ha definido la función de su cine relacionándola con la desmemoria que ha cundido en buena parte de la sociedad chilena en su eficaz frase: “un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”. En este sentido, el cine documental de Patricio Guzmán toma el tiempo presente como punto de partida para articular una relación entre tres períodos que la “memoria pública” (Grez y Salazar, 1999: 35) ha insistido en presentar como desconectados el uno del otro.[5] Se puede decir, por ende, que estos documentales construyen su objeto como contradiscurso al proponer una arqueología del presente que redefine este tiempo hurgando en los orígenes de sus conflictos y tensiones, en sus contradicciones y puntos ciegos. Este gesto arqueológico que vincula el presente a los dos períodos históricos anteriores es una de las características definitorias del cine de Guzmán en los últimos quince años.

La arqueología aparece de forma explícita como práctica en Nostalgia de la luz en la medida en que Guzmán es sensible a las huellas de actividad humana en diferentes períodos históricos y acude a arqueólogos para investigar estas huellas. En El caso Pinochet, el equipo forense del juez Guzmán Tapia, guiado por sobrevivientes y acompañado por familiares, cava bajo las arenas de este mismo desierto y abre los pisos de la estructura desierta del campo de detención de Villa Grimaldi en busca de los restos de detenidos-desaparecidos que servirán luego para construir el caso jurídico contra Pinochet e inculparlo de crímenes contra la humanidad. Se examinará aquí la manera en que los documentales de Guzmán usan la imagen fílmica para llevar a cabo otras formas de arqueología. El gesto de Guzmán es arqueológico en un sentido amplio cuando convoca a distintos grupos de testigos y protagonistas de la historia para escarbar en el pasado, abriendo y resaltando a través del documental la posibilidad de colectivizar la memoria. En este sentido, resulta fructífero analizar los medios fílmicos mediante los cuales Guzmán restituye la densidad histórica de lugares específicos y de prácticas espaciales.

 

II) Espacialización de la memoria, intermedialidad y crítica de los monumentos en Chile, la memoria obstinada.

En su afán de medir el legado de la dictadura en una sociedad alentada por el discurso oficial a participar de una “reconciliación” nacional fundada en la imposibilidad de reevaluar el pasado reciente de forma abarcadora, Chile, la memoria obstinada acuña diversos métodos para activar la memoria de este período histórico. El argumento de Gómez-Barris según el cual esta película “hace visible los sitios del ocultamiento de la memoria en las esferas públicas de la posdictadura” (2009: 105) puede servir de pista para indagar en estos métodos, varios de los cuales consisten en crear anclajes para la memoria mediante un diálogo con el significado de lugares emblemáticos del centro cívico de Santiago. El punto de partida principal para estas operaciones de inscripción de la memoria mediante la resemantización del espacio es el Palacio de La Moneda, cuya capacidad de activación de la memoria radica en su densidad histórica: es y ha sido el palacio presidencial, las plazas públicas que lo rodean fueron los epicentros del movimiento popular que floreció durante la Unidad Popular y fue, por ende, el blanco principal del bombardeo que anunció el Golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.[6] Como señala Juan Carlos Rodríguez, al volver a La Moneda, Guzmán vuelve a varios sitios de filmación del material que integra La batalla de Chile, convirtiéndose así en “testigo de la transformación de la sociedad chilena posteriormente al trauma del Golpe”, y llega a ser un “viajero en el tiempo” (2007: 15).[7] El trabajo documental de Guzmán devuelve su densidad histórica a este edificio, rechazando su semantización actual basada en una equivalencia entre su inmaculada fachada y su estatus como casa de gobierno, procedimiento que se repite y exacerba en Salvador Allende al filmar la fachada de La Moneda, pintada en el año 2000 en un reluciente blanco invierno, que reproduce su color original.[8] La Moneda que filma Guzmán en el presente no delata ninguna cicatriz de su pasado violento y traumático signado por las acciones ilegítimas del Estado de facto. Al concentrarse en ubicaciones claves del bombardeo, la cámara de Guzmán enfatiza la ausencia en La Moneda de pistas que puedan alentar a reflexionar sobre el legado de la dictadura. Desde la perspectiva benjaminiana de Rodríguez, es por esta misma razón que este lugar le sirve a Guzmán para “exhibir la doble naturaleza de los monumentos culturales en aras de redimir el pasado” (2007: 18).[9] Si para Benjamín, “cada documento de civilización es a la vez un documento de barbarie”, el retorno fílmico al Palacio de la Moneda constituye un “intento de inscribir la memoria del pasado, y es a la vez una meditación sobre las posibilidades de revisar la condición ambivalente de los monumentos culturales como documentos históricos” (Rodríguez, 2007: 18).

El primer método mediante el cual Guzmán inscribe en el palacio presidencial la memoria del Golpe para desafiar las semantizaciones de La Moneda que excluyen su pasado histórico es una puesta en escena en este mismo edificio del acto de recordar ese día y los años que lo antecedieron. El testigo, Juan, fue custodio de Allende y, junto a Guzmán y su equipo de filmación, vuelve a los pasillos de La Moneda para rodar parte del actual documental. La capacidad de recordar que despliega Juan convierte su mirada en un rayo-X que ve más allá de la superficie lisa y de los cambios hechos al interior de la estructura para hacer menos reconocible su configuración antes del Golpe.[10] La especificidad formal del medio fílmico le da densidad a esta puesta en escena de la memoria mediante un montaje intermedial que suplementa visualmente el recuerdo de Juan expresado por su propia voz, restituyendo su densidad histórica a La Moneda y haciendo una arqueología fílmica que devela lo que la refacción del edificio ha ocultado. Mientras Juan recuerda y narra su recuerdo, vemos simultáneamente un plano de punto de vista mirando hacia las calles desde dentro del palacio presidencial. Esta focalización se convierte en una plasmación en el presente de la perspectiva histórica mediante un corte en el montaje a planos de La batalla de Chile filmados desde esta misma perspectiva y luego a fotografías históricas en un cruce de medios que viene a fisurar y cuestionar la lisura del edificio actual, perturbando simultáneamente la homogeneidad estilística y temporal del filme.[11] Este montaje intermedial inscribe múltiples significados en el edificio de La Moneda, tensionando la homogeneidad expresada por su fachada en su forma actual, para así dar cuenta del trauma infligido por el golpe, logrando así, como sugiere Rodríguez “desacralizar la función de estos edificios como monumentos culturales del presente” (2007:19). Guzmán usa repetidas veces esta técnica para crear “momentos de memoria” (Nora, 2010: x) que resemantizan lugares claves inscribiendo en ellos una carga histórica perturbadora que incluye tanto el trauma infligido por el Golpe como lo que este golpe suprimió e hirió, es decir en el caso de La Moneda, “no sólo el edificio sino el estilo público y democrático de hacer política” (Rodríguez, 2007: 19).[12]

Si a través del medio fílmico Guzmán establece y posibilita conexiones intermediales para devolverle su problemática densidad a lugares claves y hacer “vibrar” la memoria en ellos, es mediante la creación de espacios para la memoria, relacionados en buena parte con las esferas institucionales como observa Gómez-Barris (2012), que el cineasta propone la necesidad de que esta memoria sea colectiva. Uno de estos espacios es la sala de proyección en la que Guzmán reúne a varios miembros que integraron el personal de Allende para que vean La batalla de Chile e identifiquen a protagonistas sobrevivientes o desaparecidos. En el caso de los estudiantes universitarios y los colegiales que crecieron en tiempos de dictadura, las proyecciones de La batalla de Chile ponen en evidencia su poco conocimiento del período histórico que hasta entonces había sido casi completamente abolido de la esfera pública, además de sacar a relucir los debates y desacuerdos a los que el legado de este período puede dar lugar –como señala Guzmán con su voz en over, “la batalla de Chile aún no ha terminado”.[13] Otras prácticas espaciales que contribuyen a la construcción de una memoria colectiva por medios fílmicos son los “actos de memoria corporizada” (Rodríguez, 2007: 29) basados en una recreación de rituales que marcaron el cotidiano durante el período de la Unidad Popular. La performance sorpresiva del himno de la Unidad Popular “Venceremos” por una orquesta estudiantil en las calles (peatonales) del centro de Santiago subvierte la cotidianeidad de este lugar de consumo al suscitar todo tipo de reacciones, desde muestras de solidaridad de parte de quienes vuelven a formar sus dedos en “V” mientras miran emocionados el desfile de la banda, miradas perplejas de los jóvenes o la indiferencia de sus oídos tapados por auriculares, a expresiones inquietas de parte de algunos transeúntes. Esta diversidad en las reacciones contrasta con la unidad que el himno lograba suscitar en su contexto original, poniendo en evidencia el carácter problemático e irresuelto del legado de la Unidad Popular en este público que es, en buena medida, capaz de reconocer el himno, registrando (y acogiendo) así las disonancias y divergencias que constituyen esta memoria colectiva, junto con la complejidad afectiva de esta misma.[14]

En El caso Pinochet, Guzmán se basa en prácticas existentes para crear espacios colectivos para el testimonio. Abocado más directamente a las actualidades que Chile, la memoria obstinada, este documental replica la práctica que fue central para construir el caso jurídico contra Pinochet, al incluir entrevistas de Guzmán con los parientes de desaparecidos y ex detenidos que dieron sus deposiciones a puertas cerradas, creando así un registro de versiones de estas deposiciones y supliendo la imposibilidad de registrar lo transcurrido en los tribunales. En un montaje paralelo en el que cada trama evoluciona en dirección opuesta, los testimonios que justifican la causa contra Pinochet alternan con episodios de la trama de los reveses jurídico-legales y diplomáticos al cabo de los cuales el ex dictador termina eximido de enfrentar la justicia internacional. El documental enfatiza dos identidades colectivas forjadas a lo largo de este proceso al componer dos “fotografías de grupo”. La filmación moviliza así una estética intermedial en un procedimiento que subordina el medio fílmico a la forma fotográfica, invirtiendo así el uso de estos  dos medios en Chile, la memoria obstinada. Una de estas “fotografías” incluye a los manifestantes que denuncian la criminalidad de los actos de Pinochet en las calles londinenses y posan en estas mismas calles. La otra reúne a las víctimas, definidas ahora de manera pública por su condición de testigos, en un lugar no especificado, cuyo único significado es generado por la práctica testimonial que transcurre allí. El montaje documental va preparando al espectador para este último retrato de grupo al incluir como transiciones a lo largo de la película tomas mudas de los testigos juntos en una sala, moviéndose para formar un grupo. El que estos retratos de grupo aparezcan al final del montaje después de que fuera sobreseída la causa contra Pinochet por intervención del gobierno de Chile (y no por defectos de la causa), sugiere que el documental sirve para consolidar estos actos individuales de testimonio como parte de una memoria colectiva y pública. El lento paneo que se detiene sobre cada miembro del grupo crea la posibilidad de que surjan disonancias adentro del grupo, a diferencia de la tradicional fotografía fija de grupo que enfatiza la unidad del colectivo.

 

III) Geografías afectivas y arqueología documental: el pulso de la historia y la forma del pasado en Salvador Allende

Salvador Allende se puede situar en una relación de continuidad con las operaciones de semantización espacial anteriores. Sin embargo, aporta novedades al cine de Patricio Guzmán que anteceden varios de los gestos que están en la base de Nostalgia de la luz. Aunque Chile, la memoria obstinada anticipó el método que consiste en hacer irrumpir el pasado en la estructura material de la ciudad, al preocuparse de forma más explícita por la materialidad de los artefactos del pasado, Salvador Allende pone en escena un gesto arqueológico usando la intermedialidad para reflexionar sobre el estatus del recuerdo, la actualidad del pasado y la función del cine en la recuperación de este pasado. Para llevar a cabo esta reflexión, Guzmán define diferentes tipos de geografías y prácticas espaciales identificadas con el pasado y presente. Finalmente, Guzmán usa el movimiento inherente al medio fílmico para restituir la aceleración de la historia que se vivió durante la presidencia de Allende.

Antes del plano que indica el título epónimo de la película, Guzmán establece su documental como contradiscurso de una manera que prepara al espectador para un viaje en el tiempo. Vemos una mano –la de Guzmán– que manipula diversos objetos mientras su voz en over explica que estos fueron los objetos encontrados en el cuerpo sin vida de Allende. Estos objetos son: la banda presidencial, el carné de miembro del partido socialista, un estuche de anteojos vacío con las iniciales del presidente y un reloj pulsera. A continuación, vemos la mitad del par de anteojos de Allende exhibidos en el Museo Histórico Nacional y oímos en over que “rastreando en museos y archivos, hoy sólo este fragmento es visible al público”.[15] La voz de Guzmán suplementa los datos que faltan en la somera leyenda del museo explicando quien fue Allende y evocando la dictadura que aplastó su gobierno y cultivó el olvido de su figura.[16] Esta secuencia introductoria constituye una crítica a la historia oficial plasmada en el museo por su casi total exclusión de la figura del Presidente y de su vida, evidente en la inclusión del fragmento del par de anteojos destrozado por el disparó con el que Allende puso fin a su vida y en la omisión de los demás objetos. Modificando el marco institucional en relación con el cual había situado anteriormente su contradiscurso al centrarse en tribunales y en el centro cívico, Guzmán se ataca especialmente al museo en su manera de situar como “pasado” todo lo que en él se encuentra expuesto, sin sugerirle al visitante posibles conexiones con el presente. Frente a esta exposición insuficiente de artefactos del pasado que contribuye a invisibilizar sus tensiones, Guzmán propone una arqueología fílmica que analiza la figura de Allende en relación con Chile y busca reconstruir esta relación mediante diversos artefactos visuales. Al comenzar con imágenes de objetos que testimonian del pasado, especialmente este objeto (los anteojos) que es una extensión del cuerpo, Salvador Allende se diferencia de sus antecesoras por su preocupación por la materialidad del pasado, por la forma que adquiere en las esferas íntima y pública, indagando en su capacidad de activar la memoria.  

La secuencia que sigue al plano del título pone en escena un gesto arqueológico para vincular el afán documental de la película con la recuperación de la memoria, expresada ésta en relación con anclajes espaciales y procesos de semantización del espacio y del territorio. Tras varios planos del muro que bordea una autopista, el montaje corta a un primer plano de una uña que se pone a escarbar y, bajo la neutralidad de la capa de pintura beige, descubre tonos de azul y de amarillo, mientras oímos en over la voz de Guzmán: “la aparición del recuerdo no es cómoda, ni voluntaria. Sacude siempre”. Luego, vemos que esta mano (¿la de Guzmán?) empieza a golpear el muro con una roca para seguir escarbando bajo la capa de pintura beige mientras Guzmán nos dice en over: “El pasado no pasa. Vibra y se mueve con las vueltas de mi propia vida”. Descubrimos que un muro como este es el que despidió a Guzmán de Chile cuando partiera para el exilio después de haber sido detenido y luego liberado. En un encadenamiento que sugiere que el pasado late justo debajo de la superficie, el montaje corta a planos de arte mural de la época de la Unidad Popular seguidas de una entrevista al “Mono” González, el principal artista y diseñador de este arte mural quien describe y evoca esta forma de movilización popular en la campaña de la Unidad Popular que, en 1970, puso el nombre de Allende “en todos los muros de Chile”, esos muros que “eran del pueblo”. Si la voz del Mono recuerda la unidad que se logró a lo largo del país por medio de esta práctica de marcación del espacio público mientras vemos filmaciones de época de estas movilizaciones, la escena siguiente (actual) del Mono pintando un mural dedicado a la memoria de Allende, dando justo las pinceladas en el marco de los anteojos, le permite a Guzmán explicitar el criterio que guiará sus investigaciones y entrevistas: “el Mono (…) nunca olvidó nada, ningún detalle de la época de Allende. Como él, hay mucha gente que no olvidó nada”. Son estas personas las que le ayudarán a Guzmán a reconstruir la figura de Allende en vida como “parte del paisaje humano” del “sueño despierto” que vivieron juntos. El comentario que sigue establece la primacía del recuerdo como contrapartida a la amnesia y da sentido a las tomas iniciales de la uña escarbando en el muro: “El poder cultiva el olvido pero tras la capa de amnesia que cubre el país, el recuerdo emerge, las memorias vibran a flor de piel”. Desde la ubicación lateral de la autopista, Guzmán se propone obrar en contra de la “máquina del olvido” que la dictadura puso en marcha.

El montaje continúa operando para anclar el gesto arqueológico en relación con la creación de geografías alternativas que surgen del trauma del Golpe y de la dictadura. En la secuencia siguiente, Guzmán nos da a conocer la obra de otra artista plástica, Ema Malig, quien se presenta primero como colaboradora en aquella histórica campaña de 1970, cuando tenía 10 años. Antes de ver su rostro, vemos sus manos que abren un marco del que sacan una carta guardada con esmero, escrita y firmada por Allende y dirigida a ella. A continuación, Guzmán nos muestra una obra de Ema: un gigante mapa pintado en una tela colgante que representa una geografía imaginaria resultante del destierro, con tierras y mares llamados “Errancia”, “Destierro”, “Naufragios” y “Vientos del Sur”. Ema explica que para ella el destierro se vive en una geografía muy íntima constituida por islas en las que uno convive con fragmentos de su memoria. La precaria forma material de este mapa es enfatizada en una breve secuencia que muestra como este es descolgado, doblado y preparado para viajar a su siguiente destino. Con su voz en over, Guzmán explica que este mapa íntimo evoca también su propia versión de Chile, una tierra fragmentada más que un territorio unificado, un conjunto de islas que no se encuentran. Esta obra de arte crea una geografía afectiva que surge de la pérdida del país de origen, como nos recuerda Guzmán en la secuencia introductoria, aquél país que “a lo largo de 18 años, día a día, [la dictadura] se dedicó a destruir”. Esta imposibilidad de anclar una topografía afectiva (guardada en la memoria) en el Chile actual da pie a uno de los gestos investigativos claves de esta película y posiblemente explique su perspectiva subjetiva. Además, el énfasis en lo fragmentario constituye un giro en comparación con el afán de Guzmán de “producir” en su cine “un relato universalizador de la experiencia del período de Allende”, advertido por Gómez-Barris en su análisis de Chile, la memoria obstinada (2009: 125).

La secuencia siguiente es la primera en presentar a Salvador Allende al espectador mediante entrevistas e imágenes, poniendo así en escena su propio gesto arqueológico. La intermedialidad establece el estatus del recuerdo (íntimo) como contradiscurso, haciendo culminar un conjunto de secuencias introductorias en las que diversos artefactos precarios son los que luchan contra “la máquina del olvido”.[17] El artefacto que restituye el recuerdo íntimo de Allende es un álbum de fotografías cuyos rincones vemos primero, enfatizando así su antigüedad mediante el enfoque en su materialidad. La cámara baja para detenerse en una foto ajada y carcomida que no podemos descifrar debido al desgaste de la capa superior del papel en la que estaba impresa la imagen. La voz de Guzmán nos informa que este álbum pertenecía a Mamá Rosa, la madre de leche de Allende, y que permaneció escondido bajo la tierra durante 20 años, enterrado por los hijos de Mamá Rosa para que la dictadura no lo destruyera. Vemos fotos de Allende en un festejo de familia, celebrando los 92 años de Mamá Rosa. Al filmar estas fotografías exhumadas, Guzmán las registra para la posteridad y las traslada a la esfera pública. El comentario anterior en over de Guzmán prepara al espectador para esta colectivización del recuerdo íntimo: mientras vemos los rincones de las páginas del álbum, Guzmán explica que son imágenes de “una fiesta de otro tiempo, del Chile de mi infancia, de la dulzura del aire y el rumor del viento entre los árboles”, restituyendo así aquella época como experiencia al aludir a ella en términos sensoriales, suplementando así lo que las fotos retratan o substituyendo lo que estas fotos dejan de mostrar. Es una crítica a la pretensión de legibilidad total de las imágenes del presente, de la ilusión de transparencia tan clave para la “transición”. Al incluir tomas de las fotos gastadas, el montaje llama la atención a la materialidad de los artefactos que nos hablan del pasado, apuntando hacia una doble necesidad, por una parte, de restituir los ritmos y las velocidades de períodos históricos pasados, y, por otra parte, de movilizar el medio fílmico para articular una narrativa sobre estos períodos basándose en estos fragmentos de diferentes medios audio-visuales.

La etapa siguiente de la arqueología fílmica que realiza Guzmán consiste en usar grabaciones fílmicas históricas para reconstruir el lazo forjado entre Allende y el pueblo chileno mediante la práctica espacial que los vinculó: los numerosos recorridos del país en tren que hiciera Allende en sus cuatro sucesivas campañas a la presidencia, además de otras como diputado o senador, que podrían ser la contrapartida histórica de la resquebrajada geografía imaginaria del destierro, con su inscripción de afectos en un territorio fragmentado. Al evocar estas campañas, Guzmán vincula por primera vez a Salvador Allende con una colectividad, el pueblo chileno, explicando que estas giras crearon un lazo de cariño, aprecio y comprensión entre ambos. El comienzo de esta secuencia nos ubica en el período actual mediante una toma diurna de la vía ferroviaria filmada en ángulo picado desde el último vagón de un tren que está en movimiento. El movimiento del tren contemporáneo es el punto de partida para recuperar en el documental la sensación de “aceleración de la historia” que evocará Guzmán más adelante, expresada a continuación mediante las imágenes en movimiento de los sucesivos “trenes de la victoria”. De una foto de Allende posando delante del tren con su equipo, pasamos a un montaje relativamente extenso (5 minutos) de filmaciones de los trenes que llevan a los protagonistas de la gira nacional, incluyendo escenas filmadas por Joris Ivens de la primera de estas campañas que operó en 1952 bajo el lema “a todo vapor con Salvador”. La explicación simultánea en over da cuenta de la intensidad de afectos inscritos en esta práctica espacial llevada a cabo durante 20 años y del significado histórico de estas gira, en la que Allende “recorrió el país pueblo por pueblo, casa por casa, pieza por pieza, entonces conoció a los chilenos de verdad. Le apasionaba enseñar e ir creando conciencia, movimiento aunque sabía que no podía ganar. Con humor, borraba las distancias y hacía amigos por el camino” (énfasis mío). Al igual que los murales mediante los cuales el nombre de Allende figuraba “en todas las calles de Chile”, el recorrido unifica las distintas partes del país mediante la reproducción en cada lugar de este lazo afectivo que, como explica la voz de Guzmán, crea la base que lo llevará a su victoria como jefe de una coalición multipartidaria en las elecciones presidenciales de 1970: “Allende fue enamorando al pueblo y llegó a ser presidente”. El que las filmaciones de escenas del tren estén entrecortadas con entrevistas a dos de las hijas de Allende en la que resaltan “la vitalidad fuera de lo común” de su padre contribuye a retratar el dinamismo de Allende.

El montaje continúa integrando filmaciones históricas –esta vez, realizadas por Guzmán y su equipo– para evocar la implementación de una serie de medidas redistributivas como la reforma agraria posibilitadas por la victoria presidencial. Entrevistas y escenas de las calles de Santiago y de las asambleas a lo largo del país documentan la presidencia de Allende. La aceleración de la historia anticipada por el recorrido en tren y las pintadas de la campaña electoral del ‘70 es ejemplificada en un montaje de breves escenas que muestran a obreros, campesinos, militantes y estudiantes en movimiento. Marchan en las calles de Santiago, se movilizan en carretas y tractores viajando a la capital por las autopistas, constituyendo otro tipo de intermedialidad que bien podemos interpretar como una crítica de Guzmán a la “máquina del olvido”. Este uso de los medios de trabajo agrícola de diversas épocas para trasladarse y así unirse en apoyo a Allende en la construcción conjunta de un proyecto político a lo largo de tres tensos años evidentemente subvierte la función productiva de estos aparatos, además de actuar como contrapartida a los camiones parados por la huelga de los camioneros en crítica a Allende. La voz en over da su significado a estas escenas dentro de este documental. Cuando se refiere a la rapidez con la que se llevó a cabo reforma agraria, Guzmán expresa que “hasta hoy me conmueve esta formidable aceleración de la historia”, añadiendo a continuación que “en cada rincón del país, del campo y de la ciudad, cada hombre, cada mujer y niño participaba en la creación de una vida nueva (…). La energía podía tocarse con las manos”, usando la tactilidad para retratar los dramáticos cambios llevados a cabo durante el primer año del gobierno Allende, incluyendo la nacionalización de múltiples empresas, y la vitalidad de este período. El golpe de estado de 1973 pone fin a la posibilidad de inscribir esta geografía afectiva en el territorio o de hacerla coincidir con la topografía del mapa nacional que la dictadura convertirá en una topografía del terror y de la muerte. Guzmán vincula la aceleración histórica retratada en este montaje con dos elementos en el presente. Filma las conmovedoras ruinas de los autobuses cuyos chóferes fueron leales a Allende durante las huelgas en oposición a su gobierno (leyéndolas como ejemplo de que las fuerzas políticas de la coalición estaban desperdigadas para explicar la relativa desprotección de Allende en el día del golpe).[18] En cambio, los dos entrevistados más jóvenes son obreros ferroviarios (deben tener alrededor de 30 años) que defienden a Allende, analizan su relativa desprotección y señalan la marginación de la clase obrera en el Chile de hoy.

Una transición entre dos secuencias termina de explicitar la pertinencia de la arqueología documental de Guzmán. Mientras vemos cuatro distintos planos panorámicos de Santiago enfocados en sus edificios y rascacielos al pie de los Andes, retratándola como si fuese una ciudad con poca presencia humana, en un sorprendente contraste con las tomas históricas de las calles llenas de gente durante el período de la Unidad Popular, oímos este comentario en over: “Me siento como un extranjero errando por una geografía hostil. No puedo olvidar que la dictadura aplastó la vida, hundió la vivencia democrática, impuso el consumo como único valor. Pero tras la frialdad de esta ciudad, hay personas, sueños, luchas que debo seguir buscando”. Con esta afirmación, la voz de Guzmán, cuya ubicación espacial es escasamente precisada o definida, termina de explicitar su posición lateral y externa al país actual. Las imágenes de la ciudad rutilante, por su parte, contrastan con la multiplicidad de artefactos del pasado integrados en esta película mediante el montaje, que podríamos leer como astillas o fragmentos del resquebrajamiento de aquella geografía afectiva que había constituido Allende.[19] La función específica del cine en su capacidad de reconstruir la vida de Allende queda especificada por el contraste entre la secuencia de apertura y las últimas palabras de Guzmán en la película: partiendo del gesto del museo de recordar a Allende como muerto (y, podríamos añadir, como derrotado), el medio fílmico le permite a Guzmán evocar al líder en vida, a través de un montaje poético. En efecto, después su reconstrucción de las últimas horas de Allende antes de su suicidio –al que él mismo se refirió como sacrificio–, hechas más impactantes aún por el sonido del latido de un corazón que se va lentificando, Guzmán nos dice que “Salvador Allende amó la vida y la vida lo amó. Con esta vida en la cabeza, seguimos construyendo futuros”. 

La interpretación que propone Federico Galende de Salvador Allende es útil para situar el valor de la espacialización de la memoria mediante la puesta en escena del gesto arqueológico en diversos niveles de este documental. Galende analiza sutiles contrastes entre La batalla de Chile y Salvador Allende y argumenta que si la primera propone una “teoría de la soberanía” al producir una “comprensión cinematográfica de la historia” mediante el montaje y la edición de las imágenes que “eternizarían la era de la dignidad del país” en rostros en cuya expresión “se revelaba melancólicamente la constitución del pueblo como sujeto”, la última propone una “teoría de la ruina” que recupera el “sueño” vivido durante los años de la Unidad Popular, privatizando este sueño al canalizarlo por la voz en off de Guzmán que se expresa en primera persona. Si esta teoría de la ruina usa objetos y antiguas fotografías en aras de interrumpir “la decoloración histórica del pasado de Chile”, obra de la “desmemoria” que ha cundido en la “casi totalidad del campo cultural”, ansiosa por “pasar en limpio las fojas negras de su desgracia para dedicarse de lleno al futuro”, tiene también el efecto de producir a Allende no como “la reliquia extraviada que el historiador memorioso suma al jeroglífico del presente”, sino como “el objeto dormido que alguien pugna por enrostrarle personalmente una última vez a un país al que no quiere” (subrayado mío). Estas últimas observaciones de Galende referidas a la posicionamiento de Guzmán se pueden relacionar con el establecimiento a lo largo de Salvador Allende de una posición lateral o externa establecida para anclar la perspectiva en primera persona que hila el documental y la voz que lo narra –un aspecto que en Nostalgia de la luz funciona para replantear la escala y el alcance de la memoria histórica, ampliando la pertinencia de esta categoría más allá de la historia reciente. En tanto tal, resultan claves para poder interpretar el cambio de escala efectuado en Nostalgia de la luz, y para contrastar el enmarcamiento de la perspectiva subjetiva que da pie al gesto arqueológico en cada película.

La privatización del recuerdo advertida por Galende lleva al cineasta a incurrir en varios de los comportamientos que, para el crítico, aquejan a la izquierda chilena contemporánea.[20] En este sentido es revelador que Galende vincule estos gestos con la posición externa de Guzmán respecto de Chile, la cual influye de diferentes modos en su construcción de cada documental como contradiscurso: si bien esta distancia había situado anteriormente al cineasta en una posición privilegiada para “devolverle [a Chile] a través de las imágenes pizcas de su inconsciente óptico”, ahora se ha desdoblado en el trazado de nuevas coordenadas para definir la búsqueda documental, caracterizada esta vez en términos estrictamente personales,[21] y el público hacia el cual el montaje documental apunta. Galende detecta en este documental una tensión entre dos modos específicos de disponer el archivo ante el público, “una tensión entre un uso simbólico y un uso mítico de las imágenes”. Para Galende, la dimensión simbólica de las imágenes, plasmada en el uso de la (manida) imagen de La Moneda en llamas, está dirigida hacia un público internacional más que nacional y hace caso omiso de la publicación de recientes biografías de Allende y de testimonios que proveen nuevas imágenes para documentar la barbarie de los militares. La relectura mítica de la historia mediante la cual el cineasta buscaría “protegerse de la crueldad de la historia” y “resistir la insoportable adultez del país” consistiría en congelar el período de la Unidad Popular en la forma de “una onírica privada”, de un sueño de infancia en lugar de restituirlo en toda la complejidad de su dimensión colectiva.

Además de este gesto de reinscripción individual, los giros que señala Galende son relevantes para abordar Nostalgia de la luz. Galende señala que la construcción de la historia como sueño de infancia y su consiguiente inscripción en una temporalidad mítica va de la mano con una “extinción pública del archivo que del Museo, la Biblioteca o la Universidad ha pasado velozmente a la casa del coleccionista, el experto o el curador, como si tras la devastación tácitamente aceptada, algunos hubieran alcanzado a escapar de las ruinas con huellas de historia en sus mochilas”. Si esta extinción del carácter público (y estatal) del archivo se puede considerar como productiva, es porque abre otras posibilidades para disponer el archivo, para darlo a ver, y tampoco clausura la posibilidad de dialogar con la forma del archivo, aspecto que se retomará abajo en el análisis de Nostalgia de la luz. La centralidad de la pregunta por los orígenes de la vida (y los orígenes del Chile contemporáneo) en el documental más reciente de Guzmán es un modo de reaccionar frente a esta extinción del carácter público del archivo. Al enhebrar la arqueología y la astronomía como vías a la vez íntimas y científicas para acercarse a la historia, Nostalgia de la luz reditúa en una escala a la vez planetaria y nacional la vinculación entre origen y autoridad efectuada por el archivo, que el documentalista convierte en materialización de la memoria.

foto1NL

1a. El gesto arqueológico en Salvador Allende.

 

Foto2NL 

1b. El plano siguiente a 1a: arqueología documental e intermedialidad en Salvador Allende.

 

Foto3NL

1c. El gesto arqueológico en la ruina del campo de concentración de Chacabuco (Nostalgia de la luz)

 

IV) Nostalgia de la luz, el documental como museo y la colectivización de la “prehistoria acusatoria” de Chile

En contraste con la ciudad cuyos monumentos, torres y autopistas acallan las voces del pasado, haciendo de ella un terreno hostil para la memoria, en Nostalgia de la luz, Guzmán define el desierto de Atacama como un “gran libro abierto de la memoria” al enfocarse en las huellas históricas conservadas en este lugar, yendo de las civilizaciones autóctonas precolombinas, pasando por los mineros itinerantes cuyos rastros han permanecido en sus camposantos, a los campos de detención clandestinos de la dictadura de Pinochet, entrelazando estas huellas constantemente con la práctica astronómica posibilitada por este ambiente. Si en la ciudad neoliberal, la transparencia es ilusoria en la medida en que invisibiliza las huellas del pasado, la transparencia del aire desértico devela continuamente los orígenes del “frágil” presente de Chile en sus arenas y rocas, y los de la vida misma en las estrellas, galaxias y planetas cuya energía se puede medir desde este lugar que está a varios miles de kilómetros de altura. La densidad histórica de este desierto desmiente la semantización más común del sustantivo “desierto”. Como señala la voz en off de Guzmán, no “hay nada, no hay insectos, no hay animales, no hay pájaros. Sin embargo, está lleno de historia” (subrayado mío). Su naturaleza poco cambiante no es amena al olvido y asegura la omnipresencia y la permanencia en él del pasado, constituyéndolo en una especie de archivo. Esta particularidad implica modificaciones respecto de las operaciones de arqueología fílmica rastreadas en este trabajo. Si en su lenguaje formal, este documental se basa en un montaje poético desencadenado por una perspectiva subjetiva, su uso de prácticas de arqueología fílmica para abordar temáticamente las prácticas espaciales y epistemológicas inscritas en este desierto amplían el alcance de la memoria, resituándola entre historia y archivo y colectivizando su alcance al relacionar entre sí estas prácticas.

Aun cuando Guzmán presenta diversos capítulos de este “libro abierto de la memoria”, selecciona dos modos de leerlo, la astronomía y la arqueología, para profundizar en las respectivas trayectorias de estas ciencias y hacerlas converger, inscribiendo así en este desierto la maravilla y el horror.[22] Este documental es construido como contradiscurso mediante su énfasis en las ciencias que sondean el pasado. En una entrevista dos años anterior al estreno de la película, Guzmán se refiere al proyecto como “una película centrada en el Chile actual, ese país moderno que cree que está en el mejor lugar de América Latina, que tiene un nivel de crecimiento muy alto, pero en el que las desigualdades son también enormes”. Esta “visión” de Chile se centrará según Guzmán en tres grupos, cada uno de los cuales opera en una escala específica para articular una relación entre espacio y tiempo: los astrónomos “buscan en el pasado del universo el futuro de la humanidad” y entienden el presente como “una línea delgada entre el futuro y el pasado”, los familiares de detenidos-desaparecidos aún escarban en las arenas del desierto guiados por la esperanza de encontrar los restos de sus familiares y, finalmente, en Santiago, “el gobierno y los poderes económicos niegan el pasado y sólo buscan la riqueza del presente”. Aún cuando este tercer grupo no esté explícitamente presente en el producto final, la película ofrece un contrarelato al exitismo de éstos sectores sociales mediante la tematización de la explotación minera como base del Chile moderno y la centralidad que el filme le da la arqueología en relación con la cartografía de la muerte y del terror que posibilitó la aplicación del modelo neoliberal. El que en esta misma entrevista Guzmán se haya referido a su proyecto como “una visión actual de Chile” le da centralidad al debate sobre el pasado en la definición de la nación. De este modo, dialogando con la interpretación de Gómez-Barris, según la cual “la dimensión espacial” aquí “amplía la percepción que los espectadores tienen del desierto, ampliando también su significado político y social como sitio de memoria y testimonio” (2012),proponemos que, al vincular las esferas económicas y políticas mediante las distintas prácticas productoras de conocimientos posibilitadas por la especificidad ambiental del desierto, Nostalgia de la luz amplía el alcance temporal y temático de la memoria relacionándola con la explotación capitalista de las épocas extractivas en base a la cual se echaron los cimientos del Chile moderno.

Las secuencias introductorias sientan el tono poético del documental y establecen la perspectiva subjetiva que lo organiza, sensible a la materialidad del pasado. Son fuertemente evocativas y anticipan los encadenamientos entre secuencias en su capacidad de sugerir conexiones al espectador. Los primeros planos y planos medios de la escena inicial muestran un telescopio en un observatorio enfatizando sus formas y la infraestructura que lo rodea, subvirtiendo su función de instrumento para convertirlo en objeto de contemplación. Aunque Guzmán no lo especifica, este telescopio fue instalado en 1910. Guzmán sí aclara en off que el telescopio todavía funciona, convirtiéndolo en ejemplo de la persistencia de la fascinación con el universo, de las tecnologías de la visión y de los objetos. Dándonos a ver sus múltiples ruedas y engranajes, lo distingue de los gigantescos telescopios contemporáneos que vemos a intervalos regulares a lo largo de la película, asemejándolo a una cámara o un proyector. Tal como nos revela su narración en off después de esa secuencia inicial, es en este telescopio alemán instalado en Santiago que, de niño, Guzmán miraba las estrellas. Este objeto, junto con otros que en algún distante futuro podrían servir para hacer una arqueología de aquella época, hace vibrar en Guzmán la memoria de los comienzos de la astronomía en Chile y de la “aventura noble” que vivió (los años de la Unidad Popular). Las imágenes de la antigua casa, cual museo íntimo, que acompañan visualmente la evocación de esta “aventura” por la voz en off parecieran haber sido anticipadas en la lectura de Galende. Guzmán carga el recuerdo de una tonalidad afectiva al explicar a continuación que la “ilusi[ó]n quedó grabada para siempre en [su] alma” aunque haya sido aplastada por la dictadura. Aunque la dictadura barrió con “la democracia, los sueños y la ciencia”, la astronomía, “una pasión de muchos”, se mantuvo en Chile gracias a colaboradores internacionales y constituye, por ende, un hilo de continuidad entre tres períodos diferenciados en términos políticos.

Posteriormente a este punto de partida subjetivo, Guzmán introduce elementos audiovisuales que funcionan como transiciones entre las secuencias y están en la base del montaje poético. Estos elementos ameritan un análisis detenido porque, durante la primera media hora, van enhebrando las trayectorias de dos ciencias volcadas hacia la reconstrucción del pasado, aunque preocupadas con objetos distintos, alentando así al espectador a crear conexiones entre las esferas científicas y experienciales.[23] En esta primera media hora, aprendemos que los arqueólogos buscan en el desierto los rastros de civilizaciones anteriores y terminan trabajando a menudo con lo que, según nos dice el arqueólogo Lautaro Núñez, serían elementos o pruebas para hacer una “prehistoria acusatoria” de Chile, que incluye sus épocas extractivas vinculadas al salitre y al cobre, especialmente en el siglo XIX en el que, como nos informa Guzmán en off, “la minería era como la esclavitud”. Dentro de esta serie, el montaje incluye los campos de concentración que la dictadura sentó en las abandonadas estructuras de las residencias mineras y a lo largo del país. Los astrónomos, por su parte, sondean al cielo estrellado en busca de los orígenes de la humanidad en aras de anticipar su futuro, midiendo los rastros de energía emitida hace millones de millones de años.

Nostalgia de la luz incluye cuatro modos de transición: polvo de estrella (una nube de polvo de estrella que “envuelve” las figuras y objetos centrales del cuadro), planos panorámicos del desierto, planos de los observatorios y telescopios y fotografías magnificadas de estrellas. Poéticas en sí, estas transiciones nos preparan para la revelación que llega poco después de los dos tercios de la película: la identidad molecular entre los huesos y las estrellas, ambos hechos de calcio.[24] Con esta revelación, culmina la preocupación del cineasta por la materialidad del pasado, por su forma y su substancia, como bases de la interacción de la cámara y del cine con ese pasado. Al señalar esta identidad molecular, el cineasta opera en contra del olvido que, para muchos, sustenta la identidad nacional actual y, como sugiere Jens Andermann, propone que “cuando (…) la dictadura de Pinochet eligió el desierto de Atacama para instalar ahí sus campos más infames de tortura y exterminio y enterrar los cuerpos de sus víctimas pensando que la lejanía y esterilidad de su geografía equivalían al más absoluto olvido, ignoraba que estaba confiando sus crímenes nada menos que a la memoria planetaria” (2012: 165).[25] Al alentarnos a inscribir a los muertos enterrados en el desierto en una escala planetaria y no sólo en la historia de la humanidad (es decir, según un prisma más espacial que exclusivamente temporal), Guzmán sugiere la persistencia y la omnipresencia del pasado para quienes tienen el deseo y la capacidad de leerlo. 

 

Foto4NL

2. Puesta de sol sobre la ruina del campo de concentración de Chacabuco (Nostalgia de la luz).

Las transiciones recalcan constantemente la escala planetaria que vincula a los hombres, mujeres y objetos que vemos ahí y los problemas con los que nos familiarizamos. Quizás su logro más eficaz sea dotar de poder estético el lugar en el que transcurrieron los más graves pasajes de la “prehistoria acusatoria de Chile”. En efecto, varias transiciones enfatizan la belleza del paisaje desértico. La ruina de lo que parece ser una casa de contratación de obreros es filmada de manera que produce una experiencia estética, deteniéndose en la metálica música del murmullo del viento entre cucharones de cobre colgados. Posibilitada por la luz del desierto, la fotografía cristalina de estas escenas contribuye a este efecto. Los frecuentes planos panorámicos de sobrecogedoras puestas de sol en el desierto, especialmente sobre la ruina del campo de concentración de Chacabuco –el más grande de todos–, evocan el gesto desmistificador de la memorable secuencia inicial del clásico Nuit et brouillard de Alain Resnais (1955).[26] En esta secuencia, mientras vemos lo que parece ser una aldea rural, la voz en over anticipa el horror del campo de concentración nazi que estuvo ubicado en este lugar hace poco más de una década y que el documental  reconstruye luego de manera escalofriante, cuando anuncia que incluso “un paisaje apacible, una pradera sembrada (…), una ruta por la que transitan coches, campesinos, parejas, o una aldea de veraneo con una feria y un campanario, pueden conducir simplemente a un campo de concentración” antes de pasar a enumerarlos.[27] Sin embargo, aunque el gesto contradiscursivo es afín en ambas películas y si bien la secuencia introductoria de Resnais anticipa el tipo de arqueología fílmica que practica Guzmán en Chile, la memoria obstinada, el valor estético de estas imágenes tiene otra función en su película más reciente. Al usar los planos de puestas de sol para enhebrar las etapas de la “prehistoria acusatoria” de Chile, Guzmán reconstruye un ritmo cotidiano, reinscribiendo estas etapas dentro de la esfera de la cotidianeidad nacional y les resta su estatus de excepción. Es más, si en el documental de Resnais los planos del presente apuntaban hacia la necesidad de reconstruir una lógica y un orden que un espectador no informado no podría vislumbrar en el sitio desierto, las tomas del desierto de Guzmán construyen este lugar como testigo de la historia humana y planetaria y como archivo o repositorio de los restos materiales de esta historia. Además, como fue construido sobre la ruina de una mina, Chacabuco le permite a Guzmán recuperar la densidad histórica del desierto pues, como especifica con su voz en off, el campo de concentración fue establecido en la dictadura de Pinochet sobre la ruina de una mina.

Los planos de los telescopios que sirven de transición dan otra indicación sobre como considerar estas estetizaciones que sin duda, al igual que las poderosas imágenes magnificadas de las estrellas, provocan una sensación de encontrarse ante lo sublime. Si bien sabemos que estos aparatos son altamente potentes y, a través de primeros planos y planos medios, vemos que son enormes, Guzmán los asocia con la lentitud. Al incluir filmaciones breves mostrándolos en lento movimiento, los retrata como frágiles, enfatizando que estos aparatos requieren conocimiento técnico y mantenimiento. Este ritmo más lento y detenido podría ser un eco de la temporalidad cósmica que subsume los ritmos y las temporalidades humanas, un ritmo que contrasta con la aceleración evocada en Salvador Allende y con la parálisis del Chile actual que, para Guzmán, vive “entrampado en un golpe de estado que lo tiene inmovilizado”.[28] Al mismo tiempo, si el tamaño de estos telescopios ultra-modernos permitiría inscribir en ellos una muestra del exitismo chileno, ya que, como nos indica Guzmán, uno de ellos es el más grande del mundo, estos aparatos, tecnologías de la visión y la medición, son también testigos e instrumentos de la voluntad de mirada y enfatizan la paradoja que señala Núñez al responder a una de las preguntas del cineasta: el que teniendo tan cerca este “territorio” que funciona como “una puerta al pasado”, Chile tenga encapsulado su pasado histórico, “sus historias más cercanas” y que no trabaje con ello, en suma, que no quiera mirar hacia ese pasado.

Los aspectos formales analizados arriba sitúan la arqueología fílmica en su capacidad de recuperar prácticas espaciales capaces de activar la memoria y construirla como herramienta de resistencia a la lógica dictatorial y al olvido que sustentó la transición política, tematizándolas y suplementando así los acercamientos científicos al pasado posibilitados por el desierto. Luis Henríquez, un ex detenido del campo de concentración clandestino de Chacabuco, vuelve al campo abandonado con Guzmán. Su recorrido por Chacabuco es una práctica espacial que activa la memoria. Luis “recuerda las huellas que se han borrado, los cables electrificados y las torres de vigilancia”. Recuerda los cursos de astronomía que impartía un preso a los demás y muestra las constelaciones que veían, evocando la libertad que sentían al mirarlas. Al reconocer los nombres que los internados (él mismo incluido) grabaron en un muro, Luis responde a una ansiedad por definir este lugar como lugar de detención, ansiedad que la dictadura anticipó al desmantelar estos campos. Para Guzmán, Luis es “un transmisor de la historia”, su “nobleza descansa en su memoria”, en su capacidad de “conservar su libertad interior” mediante la comunicación con las estrellas, prohibida por la dictadura por temor a que guiara a los presos en su fuga. Inmediatamente a continuación, Miguel Lawner, ex preso de cinco campos de detención al que Guzmán caracteriza “arquitecto de la memoria” y “un amante de las estrellas”, también desafía la aspiración de la dictadura de no dejar huella de sus campos de detención. En un acto de memoria corporizada, Lawner camina por los bordes de una habitación de su actual residencia contando los pasos que da para medir sus dimensiones, demostrando cómo memorizó la configuración exacta de los campos de detención, dibujándolos cada noche y rompiendo a pedazos los esquemas cada mañana, en aras de dejar constancia de “lo que significaba un campo de concentración construido en Chile” en caso de que saliera vivo, anclando con estas palabras precisas el desierto en la nación. Si el enfoque en estas instituciones clandestinas situadas en el desierto que fueron funcionales a la violencia política llevada a cabo desde el Estado de facto constituye una línea de continuidad respecto del corpus anterior de Guzmán, las prácticas espaciales que registra –la astronomía y el registro gráfico y mental de la configuración espacial–  innovan en la medida en que retratan los modos de resistencia y libertad elaborados dentro de éstas.

Las mujeres de Calama, familiares de detenidos-desaparecidos, también hurgan en el desierto, usando prácticas espaciales para resistir su marginación de la nación. Continuando con una labor de 28 años, “escarban [el desierto] y siguen trabajando” en busca de huesos o astillas que puedan informarles del paradero de sus seres queridos. Las vemos en una primera secuencia en la que la cámara las sigue mientras levantan con palas pequeñas pedazos del suelo sedimentado. A continuación, el astrónomo opina sobre la búsqueda de estas mujeres presentándola como ardua y angustiante (por la inmensidad del desierto), como válida y necesaria para ellas y expresando su preocupación por la incomprensión que les reserva la sociedad. El montaje corta a una entrevista a Núñez quien, gracias a su entrenamiento como arqueólogo, reconstruye el accionar clandestino del estado totalitario y nos explica que las astillas de hueso encontradas en las arenas indican que los cuerpos fueron enterrados y trasladados posteriormente para encubrir las huellas de los campos de concentración. Guzmán despliega aquí un procedimiento que usa a lo largo de la película, al hacer que un entrevistado se pronuncie sobre las demás esferas científicas o experienciales inscritas en el desierto, colectivizando así las preocupaciones de estas esferas aparentemente aisladas. Este procedimiento integra a estas mujeres y su búsqueda dentro de una esfera de preocupación colectiva, planteando de este modo la pertinencia mutua de estas diversas formas de interactuar con el pasado.

Tras esta secuencia, oímos por fin las voces de estas mujeres. Vicky Saavedra explica como pudo leer en los huesos de su hermano la manera en que lo asesinaron y describe la ambivalencia emotiva que sintió al encontrarse con los restos de su hermano como una de reencuentro y de desilusión a la vez porque perdía la posibilidad de que su hermano retornara. Conocemos después a Violeta Berríos quien aún no ha encontrado a su esposo y justifica su búsqueda cuestionando la hipótesis según la cual los cuerpos de los detenidos fueron tirados al mar. Aún cuando expresa que su esperanza suple la disminución de su fuerza física y que, a sus 70 años de edad, no se quiere morir sin encontrar el cuerpo de su esposo, formula dos deseos de cumplimiento prácticamente imposible: el de encontrar el cadáver –el de su esposo y los de los demás– entero (en el mismo estado en que se lo llevaron, añade ella) y su “sueño” de que “los telescopios pudieran traspasar la tierra, barrer la pampa para poder ubicar” a su esposo. Tras expresar este último deseo, Vicky amaga una sonrisa al imaginarse como los telescopios buscarían bajo la tierra y después dice que en este caso habría que “darles las gracias a las estrellas” que permitieron encontrar los cuerpos, anticipando así la equivalencia molecular entre huesos y estrellas que un astrónomo extranjero nos revela poco después. Estos deseos recalcan la paradoja que señala Núñez y, al ser de difícil cumplimiento en una sociedad tan fuertemente entregada al olvido, postergan la justicia a un futuro perpetuo.

Más que el retrato de grupo que filma Guzmán, el aval que Núñez y el astrónomo Gaspar Galaz dan a la búsqueda de estas mujeres es lo que desafía la marginación de estas mujeres, quienes, nos recuerda Violeta, tienen estatus de “lepra de Chile”, y, según Gómez-Barris, están retratadas como habitantes de “una temporalidad continua, no normativa, signada por la violencia política cuyos efectos perduran” y suspendida “hasta la recuperación de la materialidad del cuerpo desaparecido y torturado” (2012). Núñez ve en su manera de “vivir en estado de búsqueda”, la necesidad de que, por una parte, las fuerzas armadas digan la verdad sobre lo que han hecho con los cuerpos (para que esta confesión de parte de los involucrados supla lo que la ciencia no puede determinar), y, por otra parte, la “obligación ética de recoger [la] memoria de los muertos” a manos de la dictadura, independientemente del trabajo de la justicia, de los organismos de derechos humanos o de los intentos de defensa de los involucrados. En un gesto de arqueología fílmica basado en la intermedialidad, Guzmán encadena fotografías en blanco y negro rastreando las décadas de búsqueda de estas mujeres, cuya actitud adquiere un valor militante, reforzado por una música de piano cuyo ritmo recuerda el de las canciones comprometidas folklóricas de estilo andino del período de la Unidad Popular. El enmarcamiento de esta secuencia con dos puestas del sol reitera la dimensión cotidiana de su lucha. Al nombrar las localizaciones de estos grupos de mujeres a lo largo de país, Guzmán crea una cartografía unida por esta actitud militante que pide respuestas a todos los que edificaron la topografía del terror. Esta cartografía opera en contra del presente perpetuo en el que Guzmán filma la búsqueda de las mujeres, pues restituye la trayectoria militante de estas mujeres, un relato que, como observa agudamente Gómez-Barris, había sido excluido y silenciado en el retrato de las mujeres víctimas de la violencia de Estado en el cine anterior de Guzmán (2009: 117-8). A la vez, su registro fílmico de las prácticas espaciales relacionadas con de los ex detenidos se suma al registro fotográfico existente centrado en la búsqueda de las mujeres, en aras de constituir un archivo audiovisual capaz de combinar distintos tipos de documentos.

Si estas prácticas espaciales ancladas en la historicidad del desierto le permiten a Guzmán definir este lugar como un territorio de memoria, es a través del contacto con las estrellas que el cineasta vincula la memoria a una temporalidad futura. Guzmán nos presenta en distintas instancias a personas jóvenes que encuentran solaz en el desierto. Uno es Víctor, un ingeniero de 29 años que trabaja con uno de los radiotelescopios más grandes del mundo cuyas 60 antenas permiten sondear (“escuchar”) cuerpos cuya luz no llega a la tierra. Víctor acepta la caracterización que le sugiere Guzmán que él es hijo del exilio, matizándola para definirse como “hijo de ninguna parte”, ni chileno ni oriundo del país en el que nació. Cuando Guzmán le pregunta en seguida si se siente bien “aquí” (en la zona de los observatorios, a 5 000 metros de altura), Víctor responde que sí, que se siente chileno y añade que es chileno. Encuentra su punto de pertenencia en este lugar que está conectado con el mundo (el radio-telescopio fue instalado gracias a la colaboración entre varios países), con el universo y con el pasado. El que los casos de Víctor y de otra joven astrónoma enmarquen las secuencias de las mujeres de Calama definen la práctica de la astronomía como lugar terapéutico. La antepenúltima secuencia de la película confirma este poder. Envueltas en polvo de estrella, vemos a las mujeres de Calama en un observatorio, preparándose para mirar las estrellas, maravilladas y dialogando alegremente con el astrónomo, posiblemente viendo en la luz de las estrellas (ellas mismas, seres en trance de muerte) la luz extinguida de sus seres queridos.

¿Cómo relacionar estas prácticas espaciales con la preocupación preponderante de Guzmán por la materialidad del pasado? En los últimos veinte minutos de Nostalgia de la luz, Guzmán vuelve a enseñarnos distintos huesos. Vemos una momia de 10 000 años conservada “como si fuera un tesoro” con su antigua manta de lana color naranja, vemos cajas de cartón almacenadas en estantes móviles que contienen “otros huesos que no están en ningún museo”. Guzmán especifica que estos huesos “son de calcio, el mismo calcio que tienen las estrellas” pero que, a diferencia de estas últimas, no tienen nombre ya que son restos de detenidos-desaparecidos, “restos de restos”, reiterando la identidad molecular entre ambos materiales y sugiriendo que estos restos deberían estar clasificados y catalogados al igual que las estrellas. El cineasta nos pregunta si los restos que acaba de mostrar tendrán algún día derecho a un museo, si tendrán sepultura o si serán depositados en algún monumento. Entre planos de estos dos tipos de restos, nos adentramos en un museo en el que vemos el esqueleto de una ballena que visitaba Guzmán de niño, filmado de tal manera que aparece imponente y frágil a la vez. En un eco del interior de la casa infantil con la que comienza el documental, mientras Guzmán nos explica que su imaginación de niño lo veía como un gran techo bajo el cual podían vivir muchas ballenas, vemos un plano largo de este esqueleto, enfatizando la manera en que la estructura del museo alberga las estructuras óseas. Aún cuando la pregunta de Guzmán sobre los restos parece estar lanzada como una pregunta retórica para sugerir que las condiciones de posibilidad para este museo no están dadas en el Chile actual, podríamos entender Nostalgia de la luz como un museo fílmico que, a través de la permanencia de las imágenes que registra,[29] organiza y archiva los distintos modos de la memoria en una escala nacional y planetaria a la vez, superando así la inscripción infantil en clave mítica para darle a la memoria la forma del museo, resituándola entre la historia y el archivo.[30] Al enfocarse en la raíz común de estos restos, evidenciada hoy en su identidad material, el montaje que presenta y une los distintos restos está organizado precisamente según la lógica que, como observa Andermann, caracteriza los museos modernos, “centrados en las relaciones estructurales entre especies que comparten una raíz ancestral” (2007: 6).[31] La luz del desierto permite registrar los elementos que integran este museo y el montaje pone en relación estos materiales, objetos e imágenes del pasado, volviendo a plantear así su actualidad y su relevancia, organizándolos según la lógica del museo, un espacio público y emblemático de la vida cívica en la ciudad. Si los telescopios captan la energía del pasado cósmico, por muy remoto que sea, logrando también producir imágenes de este, la cámara capta y comunica la energía del pasado nacional –la identidad molecular entre ambas formas del pasado es reiterada en la identidad formal de estas imágenes dialécticas que contienen las raíces del presente al mismo tiempo que nos hablan de nuestros orígenes más remotos. La movilidad de la cámara, la posibilidad que tiene de encuadrar de diversas maneras los restos del pasado, le permite dar coherencia a este museo, como, por ejemplo, cuando filma lo que parece ser la extremidad de un hueso largo, con un primerísimo plano, sugiriendo su identidad con planos de la superficie lunar cercanos en el montaje fílmico.

 

Foto5NL 

3a. Fotografía de la luna en Nostalgia de la luz.

 

Foto6NL

3b. El plano siguiente de la extremidad de un hueso.

Nostalgia de la luz toma como punto de partida los acercamientos instrumentales al espacio que sustentaron el accionar respectivo del estado dictatorial y de las explotadoras mineras para luego anclar en el desierto su contradiscurso y enhebrarlo con las prácticas productoras de conocimiento posibilitadas (y exigidas) por este lugar, usando, por ejemplo, el montaje intermedial para devolverle su carga traumática al desierto. Mediante estas operaciones, la película convierte este desierto en museo que recupera el pasado, obrando en contra de su invisibilización y construyendo este lugar en archivo de la memoria que reúne los rastros de la experiencia de este lugar en distintas épocas históricas. La opinión publicada por Guzmán tras la inauguración del Museo de la Memoria en Santiago de Chile, en la que el cineasta critica la práctica del Museo de aceptar donaciones de documentales en lugar de pagar a cineastas por sus producciones (2008) nos permite deducir que Nostalgia de la luz busca influir en la práctica, la forma y la experiencia del museo. Tal como la usa Guzmán, la forma del museo vendría a contrarrestar lo que Andermann caracteriza como la “destrucción anarquivadora” llevada a cabo por las más recientes dictaduras del Cono Sur, preocupadas por “hacer desaparecer de la vista todo lo que amenazaba con cambiar”, a diferencia del museo que había buscado detener el cambio al ofrecer objetos para la vista disponiéndolos para este fin (2007: 17).

Si este documental responde especialmente a una preocupación, tendría que ser la de crear un lugar para la memoria, además de ampliar las caracterizaciones previas de ésta en relación con la dictadura para abarcar también la “prehistoria acusatoria” de la nación. Probablemente esto explique que aquí Guzmán prescinda de las imágenes traumáticas del pasado, constantes de su cine anterior cuya carga simbólica debía de hacer irrumpir la memoria para reinscribirla en lugares emblemáticos. En lugar de plasmar la memoria en imágenes de acontecimientos específicos cuya carga simbólica los asocia con un pasado traumático, la cámara inscribe la memoria en objetos que resistieron a estos procesos, registrando una materialidad resistente y desafiando la aseveración de Halbwachs citada aquí en epígrafe sobre la inexistencia de una memoria universal. La centralidad de los portadores materiales de la memoria constituye una línea de continuidad con las performances espaciales de la memoria en Chile, la memoria obstinada y a la vez lleva a cabo una ruptura con este cine anterior, ya que disminuye el papel de las imágenes del pasado, reemplazándolas con las (cristalinas) imágenes actuales de estas estrellas/huesos, corporizaciones del pasado en el museo que es esta película. Esta creciente preocupación por registrar la materialidad del pasado y por inscribirla espacialmente se puede vincular con la extinción cada vez más próxima de estos portadores de la memoria, haciendo eco de la manera en que Halbwachs preconizara esta extinción en su forma de pensar la transición (aún cuando la vea más bien como una diferencia) entre la “memoria colectiva” que depende de la existencia de los testigos de una experiencia dada, y el registro historiográfico de dicha experiencia que la convierte en hecho histórico, aplanando su vitalidad.[32] Ante esta inminente transición, Guzmán vuelca la arqueología fílmica hacia el fin de registrar para la posteridad los restos materiales del pasado y las prácticas espaciales de la memoria elaboradas en torno a estos restos, reuniendo y disponiéndolos según la lógica del museo, convirtiendo la película misma en lugar, en un lugar de memoria.[33]

 

Bibliografía

Andermann, Jens (2007), The Optic of the State. Visuality and Power in Argentina and Brazil, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh.

Andermann, Jens (2012), “Expanded Fields: Postdictatorship and the Landscape”, Journal of Latin American Cultural Studies: Travesia, 21:2, 165-187.

Cangi, Adrián (2011, Nov.), “Poética de la luz, política del gesto”, Revista nomadías,14,157-169.

Dorfman, Ariel (2004), Desert memories: Journeys through the Chilean North. National Geographic, Washington, DC.

Galende, Federico, “Allende, Guzmán y la estructura mítica de los sueños (sobre el film Salvador Allende)” en Rayando los confines, accedido el 10 de junio 2012 en: http://www.rayandolosconfines.com.ar/critica_galende.html

Gómez-Barris, Macarena (2009), Where memory dwells: Culture and state violence in Chile, University of California Press, Berkeley.

Gómez-Barris Macarena (2012), “Atacama Remains and Post Memory” en Media Fields Journal. Critical explorations in Media and Space, 5, accedido el 3 de junio 2013 en http://mediafieldsjournal.squarespace.com/atacama-remains-and-post-memor/

Grez, Sergio y Gabriel Salazar (comp.) (1999), Manifiesto de historiadores, LOM ediciones, Santiago.

Guzmán, Patricio (2008), “El flamante museo de la memoria de Santiago de Chile”, accedido el 16 de abril 2013 en http://www.patricioguzman.com/index.php?page=articulos&aid=27

Halbwachs, Maurice (1967, orig. 1950), La mémoire collective, PUF, Paris.

Harvey, David (2006), “Space as a keyword” en Noel Castree y Derek Gregory (eds.), David Harvey: a critical reader, pp. 270-293, Blackwell, Malden, MA.

Lemebel, Pedro (1998), De perlas y cicatrices, LOM ediciones, Santiago.

Moulián, Tomás (1997), Chile actual: anatomía de un mito, ARCIS Universidad, LOM ediciones, Santiago.

Nora, Pierre (2010, orig. 2004), “Introduction” en Pierre Nora (dir.), Rethinking France. Les lieux de mémoire (vol. 4), pp. vii-xiv, University of Chicago Press, Chicago.

Nora, Pierre (2007, orig. 1989), “Between Memory and History: Les lieux de mémoire” en M. Rossington y A. Whitehead (eds.), Theories of Memory, A Reader, pp. 144-9, Johns Hopkins UP, Baltimore. 

Rodríguez, Juan Carlos, (2007), The Post-dictatorial Documentaries of Patricio Guzmán: Chile, Obstinate Memory; The Pinochet Case and Island of Robinson Crusoe. Tesis doctoral presentada en Duke University, accedida el 23 de abril 2012 en http://dukespace.lib.duke.edu/dspace/handle/10161/203

Patricio Guzmán recibe apoyo de Sundance para su próximo documental”, accedido el 14 de abril 2013 en http://www.emol.com/noticias/magazine/2008/11/27/332711/patricio-guzman-recibe-apoyo-de-sundance-para-su-proximo-documental.html

 

Notas


[1] En su reciente artículo (2012), Macarena Gómez-Barris lleva a cabo un análisis de la constitución mutua de lo político y lo espacial en Nostalgia de la luz, contrastándola con Mi vida con Carlos de Pablo Berger (2010) para centrarse en la condición de posmemoria expresada en ésta última mediante su enfoque en el desierto de Atacama. Si en su libro anterior Gómez-Barris sugiere la importancia de lugares y sitios específicos en relación con la construcción de la memoria como base del contradiscurso llevada a cabo mediante el registro documental en el cine de Guzmán (2008: 103), canaliza estas premisas hacia un lúcido análisis de las dimensiones y efectos del silenciamiento en dos otras películas contemporáneas, Chile, la memoria obstinada y Fernando ha vuelto de Silvio Caiozzi (1998). Aún cuando dialogue con estos análisis, el acercamiento desarrollado aquí se distingue de ellos en la medida en que busca desentrañar las genealogías del espacio y de las prácticas espaciales en los documentales anteriores de Guzmán, las cuales posibilitan el replanteamiento del alcance de la memoria llevado a cabo en su filme más reciente.  

[2] Las conexiones que esta perspectiva crítica y teórica permite trazar están ejemplificadas con fuerza en el análisis que lleva a cabo David Harvey del proceso de diseñar el sitio que serviría de memorial para el ataque sobre las torres gemelas del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. Planteando preguntas sobre la operatividad de distintas conceptualizaciones del espacio en su dimensión material y como producto de relaciones específicas, Harvey demuestra como cada conceptualización devela u oscurece dichas relaciones (2006: 284-292).

[3] La transición a la democracia es calificada de pactada porque en ella se mantuvo vigente la constitución promulgada por Pinochet en 1980 que estipulaba una autoamnistía para los crímenes de la dictadura. Buena parte de la institucionalidad política y los poderes fácticos han evitado reconocer o enfrentar los crímenes de la dictadura, confiando en la lógica del “informe de verdad”, en el que se nombran a las víctimas pero no a los culpables. En su Chile actual: anatomía de un mito, Tomás Moulián ofrece la interpretación más clásica de esta transición pactada.

[4] Todas las traducciones de citas de los textos de Gómez-Barris son de la autora.

[5] La categoría de memoria pública surgió dentro del marco del debate sobre la historiografía chilena suscitado por las cartas autojustificatorias que Pinochet publicara durante su detención en 1999. Un amplio grupo de historiadores criticó públicamente la versión de la historia desarrollada en estas cartas, avalada por varios otros historiadores. Los historiadores comprometidos situaron su labor historiográfica en contra de la amnesia de la “memoria oficial” y la “memoria pública” e historiográfica generada en los medios de comunicación masivos que tergiversa y relativiza la historia en función de intereses particulares (Grez y Salazar, 1999: 34-35). A éstas, opusieron la “memoria social, (…) privada pero colectiva” de “las grandes mayorías ciudadanas que han estado sujetas por décadas y aún siglos, a la exclusión, la pobreza, el empleo precario y la represión” y “no olvidan (…) la tortura, la muerte y el dolor” (Grez y Salazar, 1999: 35).

[6] La Moneda dejó de funcionar como palacio presidencial después de que fuera bombardeada en el Golpe de estado. Volvió a ser sede de gobierno en 1981 después de haber sido restaurada ese mismo año.

[7] Todas las traducciones de citas del texto de Rodríguez son de la autora.

[8] En el año 2000 poco después de su investidura como presidente, Ricardo Lagos dispuso de modificaciones al edificio que revirtieron en parte este borramiento de su pasado histórico. Volvió a abrir la puerta de la calle Morandé por la cual fue sacado el cuerpo sin vida de Allende y abrió los patios del palacio al público. Ese mismo año se instaló una estatua en homenaje a Allende cerca de la ubicación de aquella puerta. En El caso Pinochet, Guzmán filma esta estatua mientras es llevada en camión a La Moneda e instalada. Su ausencia en Salvador Allende expresa la desconfianza de Guzmán respecto de los monumentos.

[9] Rodríguez adopta una perspectiva benjaminiana al leer este documental como ejemplar del materialismo histórico de parte de un cineasta que se hace heredero de la memoria al resistirse al peligro de olvidar los crímenes del pasado (2007: 17-8). Guzmán dota así a su cine de lo que Benjamín llamó “el débil poder mesiánico”.

[10] En Salvador Allende, cuando Guzmán reconstruye las últimas horas de Allende, la periodista Verónica Ahumada le muestra el lugar donde se suicidó Allende y explica que el cambio en la disposición de muebles y muros en el edificio “obedece a un cálculo”.

[11] Al centrarse en la presencia militar en las escenas de ambas épocas, este montaje “denuncia la continuidad del protagonismo militar en el gobierno de la transición” (Rodríguez, 2007: 20-2).

[12] Los momentos de memoria son para Pierre Nora, “momentos claves en los que una revisión total de la conexión con el pasado se cristaliza en una obra individual o colectiva” (2010: x). Las citas de los textos de Nora son traducidas por la autora.

[13] Rodríguez ofrece una muy sugerente interpretación de la manera en que estas escenas de proyección construyen al cine como acto social. Al analizar la diferencia entre el medio en el que cada público ve la película (los estudiantes ven los rollos mientras que los testigos históricos ven una cinta video que pueden hacer avanzar y retroceder con facilidad), Rodríguez interpela este proceso como uno que involucra no sólo el viaje en el tiempo sino también una travesía por diversos “ambientes tecnológicos” (2007: 62-3).

[14] Estos actos evocan dos aspectos específicos de aquel período: la cohesión entre los militantes y la necesidad de que éstos se plegaran a los medios pacíficos elegidos por su líder. Este último aspecto es evocado en un performance hecho para ser filmado más que presenciado, en el que los 4 ex guardias de Salvador Allende (Juan incluido) desfilan, cada uno con una mano reposada en un automóvil que avanza a paso de hombre, al que vigilan con actitud de procesión, como si aún estuvieran cuidando al presidente. La coincidencia en la actitud corporal de los guardias y su coincidencia política en realizar este acto de memoria suplementa al testimonio individual de Juan, expresando la necesidad de que la memoria sea colectiva.

[15] La leyenda que figura adentro de la caja de plástico en la que están exhibidos los anteojos explica que son los “anteojos ópticos del Presidente Salvador Allende, encontrados en el Palacio de La Moneda tras el bombardeo”.

[16] La ausencia en esta película de la estatua que fue instalada en homenaje a Allende en 2000 (ver nota 5) se podría interpretar como una crítica a este monumento por los pocos datos que da sobre la vida de Allende y que Guzmán aspira a recuperar a través del medio fílmico.

[17] Estos artefactos están filmados de una manera que enfatiza su precariedad. Pensamos en los esbozos de Roberto Matta, apenas legibles y hechos en grandes hojas que aún guarda el Mono González, en la carta de Allende a Ema Malig y en la fragilidad de su mapa que parece estar pintado sobre un patchwork de telas y hojas.

[18] Aunque no tendría lugar en esta arqueología fílmica, el metro de Santiago, obra y orgullo de la dictadura, sería la contrapartida de estos usos de los medios de transporte asociados a Allende. La crónica de Pedro Lemebel, “El metro de Santiago (o esa azul radiante rapidez)” propone una crítica lapidaria de este símbolo.

[19] En las secuencias introductorias de la película, Guzmán y Malig se valen de los dos significados de la palabra “utopía” para describir respectivamente el Chile de Allende y la experiencia del destierro. Guzmán se refiere a “la utopía de un mundo más justo y más libre que recorría mi país en aquellos tiempos” mientras Ema vive su destierro “en una utopía”, en ninguna parte.

[20] Tras detallarlos, Galende sintetiza estos comportamientos, enumerándolos como sigue: “la vana emisión de obras que conforman nuestro presente, la deliberada afición por el tiempo mítico y el espectador extranjero, la recurrencia al archivo privado”.  

[21] Para Galende, la “lucha [de Guzmán en esta película] es en este sentido estrictamente personal, acaso un capítulo más de la guerra del buen archivista contra el baño de barniz al que su país trata de someter la memoria”.

[22] Este recorte diferencia el filme de Guzmán de acercamientos literarios al desierto chileno, como el de Ariel Dorfman que sitúa en el desierto las condiciones de posibilidad del Chile moderno, combinando en su recuento las actividades que rastrea Guzmán con un enfoque en las actividades u olas extractivas vinculadas al salitre o al cobre.

[23] Las transiciones también pueden servir para crear tiempo de reflexión para el espectador. Sin embargo, la carga poética de estas transiciones apunta hacia funciones y efectos adicionales.

[24] A lo largo de la película, Guzmán nos va preparando para esta equivalencia. En la primera secuencia filmada en el desierto, Guzmán explica que lo que tiene bajo sus pies probablemente sea lo más parecido al distante planeta Marte. Al comienzo de otra secuencia, explica que “como otros desiertos del planeta”, este tiene en su suelo “un océano de minerales”.

[25] Traducción hecha por el autor del texto original.

[26] Gómez-Barris interpreta la alternancia entre planos panorámicos del desierto y planos de la ruina del campo de concentración de tal manera que podemos inscribir esta técnica en relación con operaciones de arqueología fílmica, pues considera que estas secuencias “posibilitan una narrativa sobre el lugar, tejiendo un relato que elude a la linealiad para reunir y retratar restos arquitecturales” (2012).

[27] De hecho, en El caso Pinochet, Carlos Castresana uno de los abogados que formuló las denuncias internacionales contra Pinochet, nos revela que la lógica de las desapariciones durante la dictadura estaba calcada de los operativos “Nacht und Nebel” que preconizaban la desaparición absoluta para que las víctimas impresionaran a los demás por su suerte.

[28] Cuando muestra a gente caminando en el desierto, Guzmán usa la magnitud del paisaje desértico para componer imágenes que sugieren esta subsunción de la escala humana. Las figuras humanas parecen pequeñas, rodeadas de la extensión cobriza de la arena del desierto que se encuentra directamente con el cielo azul.

[29] En su artículo sobre este mismo documental, Adrián Cangi señala la capacidad de las imágenes para perdurar, recordando las observaciones de Didi-Huberman (2011: 160).

[30] Gómez-Barris ya había atribuido al cine documental en Chile la función de constituir un “archivo visual y sonoro de memorias” que, “mediante proyecciones públicas, podían crear espacios que posibiliten la experiencia de las formas de la memoria pública de la violencia política” (2008:106).

[31] Las traducciones de este texto son de la autora.

[32] Este documental incluye varias referencias a la precarización de las voces y la futura extinción de los cuerpos de estos portadores de la memoria y la historia. Varios testigos entrevistados tienen alrededor de 70 años. Victoria Berríos especifica que las mujeres de Calama se van haciendo menos numerosas. Guzmán incluye algunas referencias a la precarización de las formas materiales en las que se plasma la memoria, por ejemplo, las fotografías gastadas de detenidos-desaparecidos reproducidas numerosas veces en su función militante y cuya antigüedad contrasta con la fotografía clara y de alto contraste de las tomas del desierto. Al filmarlas, Guzmán registra estas instancias de la memoria colectiva, en un intento de contrarrestar su desgaste.

[33] La categoría de Pierre Nora es más útil en su capacidad de teorizar un conjunto de gestos específicos vis-à-vis de la memoria que para circunscribir un corpus según criterios estrictos. Para Nora, los “lieux de mémoire” son “restos, son las últimas corporizaciones de la conciencia memorial que apenas ha sobrevivido en una edad histórica que clama por la memoria porque la ha dejado en abandono” y se materializan en ritos remanentes de otras edades, “ilusiones de eternidad”, como son “los museos, los archivos, los cementerios, los festivales, los aniversarios, los tratados, (…), los monumentos y los santuarios” que, partiendo de la premisa según la cual “no existe la memoria espontánea”, intentan asegurar la continuidad de prácticas desfasadas con las transformaciones a las que toda sociedad se entrega”. La siguiente evocativa caracterización de los lieux de mémoire es ideal para caracterizar el estatus que Nostalgia les da a los restos del pasado: son “momentos de historia arrancados al movimiento de la historia y después devueltos al mismo; ya no son vida exactamente pero tampoco muerte, como conchas en la orilla en que golpea el mar de la memoria viva” (2007:149).

 

 

 

 

 

L’histoire peut se représenter comme la mémoi­re universelle du genre humain. Mais il n’y a pas de mémoire universelle.

Maurice Halbwachs, La mémoire collective.

 

Dos hilos conductores recorren la trayectoria fílmica de Patricio Guzmán en los últimos quince años. Chile, la memoria obstinada (1997), El caso Pinochet (2001) y Salvador Allende (2004) indagan en la memoria del gobierno socialista encabezado por Salvador Allende y en el legado de la dictadura que lo aplastó. Isla de Robinson Crusoe (1999) y Mi Julio Verne (2005) exploran lugares remotos y se centran en actividades de descubrimiento y creación. Su película más reciente, la ampliamente premiada Nostalgia de la luz (2010), filmada y producida a lo largo de cinco años, parece combinar la vertiente historicista plasmada en el cine de memoria con la espacial o geográfica. Este documental se centra en el desierto de Atacama, cuyas características geográficas y climáticas posibilitan la convergencia en él de dos trayectorias: si la transparencia de su aire y su altura lo convierten en puesto de observación astronómico ideal, su ubicación remota hizo que fuera escogido por el estado dictatorial para ubicar ahí uno de múltiples campos de detención clandestinos a lo largo del país, sin anticipar que la aridez de este ambiente permitiría la conservación de los restos de sus víctimas.

Al enfatizar un lugar específico y examinar sus múltiples facetas, Nostalgia de la luz parece contrastar con el cine de Guzmán centrado en la memoria, y alinearse más bien con el corpus dedicado a la exploración de geografías remotas. Queremos proponer aquí que este énfasis en la densidad de un mismo lugar es la culminación más explícita de un gesto que recorre de forma más soterrada el corpus documental de cariz histórico. Posibilitado por la imagen documental, este gesto es doble porque consiste en tomar como punto de partida lugares específicos y prácticas espaciales a partir de los cuales activar la memoria para luego efectuar una arqueología del presente. Si la excepcional aridez del desierto de Atacama es particularmente apta para la práctica arqueológica tan central en Nostalgia de la luz, rastreamos aquí versiones anteriores de este gesto, proponiendo que constituyen uno de los principales modos de politización del cine de Guzmán mediante intervenciones espaciales del presente. Nostalgia de la luz nos alienta, por ende, a releer el corpus documental de Guzmán dedicado a la memoria para examinar las operaciones de índole espacial mediante las cuales este cineasta cava e indaga en la memoria, pues son éstas las que establecen este corpus como contradiscurso.[1]

Como el presente acercamiento se interesa en los métodos formales y temáticos mediante los cuales el cine documental problematiza el estatus y el uso de dinámicas o prácticas espaciales en la producción y la reproducción del poder econónomico y político, sus énfasis analíticos estriban de la vertiente de la teoría crítica volcada hacia une comprensión crítica del carácter mutuamente constitutivo del espacio y de lo político, ejemplificada en parte por los textos de David Harvey, Henri Lefebvre y Doreen Massey. En este sentido, para indagar en la construcción documental de la memoria, el análisis espacial puede ser fructífero en su capacidad de pensar los complejos procesos de construcción y modificación del significado de sitios y prácticas espaciales específicos y la manera en que estos procesos pueden revelar u ocultar las relaciones sociales, económicas y (geo-)políticas que los constituyen y que estos espacios y prácticas generan a su vez.[2] Al poner en diálogo los múltiples y a veces contradictorios significados condensados e inscritos en sitios, prácticas espaciales y cartografías, la arqueología documental llevada a cabo en el cine de Guzmán, su modo de producción de conocimiento, busca hacer visible e inteligibles estas relaciones, modificando su “decibilidad” para usar una categoría del análisis “arqueológico” del discurso que propusiera Michel Foucault.

 

I) El gesto arqueológico como base del contradiscurso

 

Es en relación con los dos sucesivos silenciamientos impuestos por el régimen militar encabezado por Augusto Pinochet (1973-1990) y por la posterior transición a la democracia que el cine de Guzmán opera como contradiscurso. Filmadas en el período de la Unidad Popular (1970-1973) con el afán de registrar nuevas formas de organización política y social, así como las tensiones que éstas suscitaron, las tres partes de La batalla de Chile (1976-8) adquirieron un papel tan inesperado como clave al documentar una etapa en la vida política del país transandino activamente suprimida y negada por 17 años de dictadura. De manera semejante, los límites políticos y discursivos sobre cuya base fue fraguada la transición a la democracia, calificada de pactada por críticos y observadores, han permitido que los documentales posteriores de Guzmán siguieran posicionándose como contradiscurso al reflexionar sobre el legado de la dictadura.[3] Este posicionamiento estriba fuertemente de la posición que Guzmán construye para sí mismo a lo largo de su obra documental, caracterizada por Macarena Gómez-Barris como la de “un exiliado curtido, testigo, cronista y sobreviviente” desde la cual articula su contradiscurso, “un particular tipo de memoria histórica centrada en el silenciamiento en la nación de la tortura y la desaparición a pesar de las cuantiosas pruebas de su existencia” (2012).[4] Guzmán mismo ha definido la función de su cine relacionándola con la desmemoria que ha cundido en buena parte de la sociedad chilena en su eficaz frase: “un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”. En este sentido, el cine documental de Patricio Guzmán toma el tiempo presente como punto de partida para articular una relación entre tres períodos que la “memoria pública” (Grez y Salazar, 1999: 35) ha insistido en presentar como desconectados el uno del otro.[5] Se puede decir, por ende, que estos documentales construyen su objeto como contradiscurso al proponer una arqueología del presente que redefine este tiempo hurgando en los orígenes de sus conflictos y tensiones, en sus contradicciones y puntos ciegos. Este gesto arqueológico que vincula el presente a los dos períodos históricos anteriores es una de las características definitorias del cine de Guzmán en los últimos quince años.

La arqueología aparece de forma explícita como práctica en Nostalgia de la luz en la medida en que Guzmán es sensible a las huellas de actividad humana en diferentes períodos históricos y acude a arqueólogos para investigar estas huellas. En El caso Pinochet, el equipo forense del juez Guzmán Tapia, guiado por sobrevivientes y acompañado por familiares, cava bajo las arenas de este mismo desierto y abre los pisos de la estructura desierta del campo de detención de Villa Grimaldi en busca de los restos de detenidos-desaparecidos que servirán luego para construir el caso jurídico contra Pinochet e inculparlo de crímenes contra la humanidad. Se examinará aquí la manera en que los documentales de Guzmán usan la imagen fílmica para llevar a cabo otras formas de arqueología. El gesto de Guzmán es arqueológico en un sentido amplio cuando convoca a distintos grupos de testigos y protagonistas de la historia para escarbar en el pasado, abriendo y resaltando a través del documental la posibilidad de colectivizar la memoria. En este sentido, resulta fructífero analizar los medios fílmicos mediante los cuales Guzmán restituye la densidad histórica de lugares específicos y de prácticas espaciales.

 

II) Espacialización de la memoria, intermedialidad y crítica de los monumentos en Chile, la memoria obstinada.

 

En su afán de medir el legado de la dictadura en una sociedad alentada por el discurso oficial a participar de una “reconciliación” nacional fundada en la imposibilidad de reevaluar el pasado reciente de forma abarcadora, Chile, la memoria obstinada acuña diversos métodos para activar la memoria de este período histórico. El argumento de Gómez-Barris según el cual esta película “hace visible los sitios del ocultamiento de la memoria en las esferas públicas de la posdictadura” (2009: 105) puede servir de pista para indagar en estos métodos, varios de los cuales consisten en crear anclajes para la memoria mediante un diálogo con el significado de lugares emblemáticos del centro cívico de Santiago. El punto de partida principal para estas operaciones de inscripción de la memoria mediante la resemantización del espacio es el Palacio de La Moneda, cuya capacidad de activación de la memoria radica en su densidad histórica: es y ha sido el palacio presidencial, las plazas públicas que lo rodean fueron los epicentros del movimiento popular que floreció durante la Unidad Popular y fue, por ende, el blanco principal del bombardeo que anunció el Golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.[6] Como señala Juan Carlos Rodríguez, al volver a La Moneda, Guzmán vuelve a varios sitios de filmación del material que integra La batalla de Chile, convirtiéndose así en “testigo de la transformación de la sociedad chilena posteriormente al trauma del Golpe”, y llega a ser un “viajero en el tiempo” (2007: 15).[7] El trabajo documental de Guzmán devuelve su densidad histórica a este edificio, rechazando su semantización actual basada en una equivalencia entre su inmaculada fachada y su estatus como casa de gobierno, procedimiento que se repite y exacerba en Salvador Allende al filmar la fachada de La Moneda, pintada en el año 2000 en un reluciente blanco invierno, que reproduce su color original.[8] La Moneda que filma Guzmán en el presente no delata ninguna cicatriz de su pasado violento y traumático signado por las acciones ilegítimas del Estado de facto. Al concentrarse en ubicaciones claves del bombardeo, la cámara de Guzmán enfatiza la ausencia en La Moneda de pistas que puedan alentar a reflexionar sobre el legado de la dictadura. Desde la perspectiva benjaminiana de Rodríguez, es por esta misma razón que este lugar le sirve a Guzmán para “exhibir la doble naturaleza de los monumentos culturales en aras de redimir el pasado” (2007: 18).[9] Si para Benjamín, “cada documento de civilización es a la vez un documento de barbarie”, el retorno fílmico al Palacio de la Moneda constituye un “intento de inscribir la memoria del pasado, y es a la vez una meditación sobre las posibilidades de revisar la condición ambivalente de los monumentos culturales como documentos históricos” (Rodríguez, 2007: 18).

El primer método mediante el cual Guzmán inscribe en el palacio presidencial la memoria del Golpe para desafiar las semantizaciones de La Moneda que excluyen su pasado histórico es una puesta en escena en este mismo edificio del acto de recordar ese día y los años que lo antecedieron. El testigo, Juan, fue custodio de Allende y, junto a Guzmán y su equipo de filmación, vuelve a los pasillos de La Moneda para rodar parte del actual documental. La capacidad de recordar que despliega Juan convierte su mirada en un rayo-X que ve más allá de la superficie lisa y de los cambios hechos al interior de la estructura para hacer menos reconocible su configuración antes del Golpe.[10] La especificidad formal del medio fílmico le da densidad a esta puesta en escena de la memoria mediante un montaje intermedial que suplementa visualmente el recuerdo de Juan expresado por su propia voz, restituyendo su densidad histórica a La Moneda y haciendo una arqueología fílmica que devela lo que la refacción del edificio ha ocultado. Mientras Juan recuerda y narra su recuerdo, vemos simultáneamente un plano de punto de vista mirando hacia las calles desde dentro del palacio presidencial. Esta focalización se convierte en una plasmación en el presente de la perspectiva histórica mediante un corte en el montaje a planos de La batalla de Chile filmados desde esta misma perspectiva y luego a fotografías históricas en un cruce de medios que viene a fisurar y cuestionar la lisura del edificio actual, perturbando simultáneamente la homogeneidad estilística y temporal del filme.[11] Este montaje intermedial inscribe múltiples significados en el edificio de La Moneda, tensionando la homogeneidad expresada por su fachada en su forma actual, para así dar cuenta del trauma infligido por el golpe, logrando así, como sugiere Rodríguez “desacralizar la función de estos edificios como monumentos culturales del presente” (2007:19). Guzmán usa repetidas veces esta técnica para crear “momentos de memoria” (Nora, 2010: x) que resemantizan lugares claves inscribiendo en ellos una carga histórica perturbadora que incluye tanto el trauma infligido por el Golpe como lo que este golpe suprimió e hirió, es decir en el caso de La Moneda, “no sólo el edificio sino el estilo público y democrático de hacer política” (Rodríguez, 2007: 19).[12]

Si a través del medio fílmico Guzmán establece y posibilita conexiones intermediales para devolverle su problemática densidad a lugares claves y hacer “vibrar” la memoria en ellos, es mediante la creación de espacios para la memoria, relacionados en buena parte con las esferas institucionales como observa Gómez-Barris (2012), que el cineasta propone la necesidad de que esta memoria sea colectiva. Uno de estos espacios es la sala de proyección en la que Guzmán reúne a varios miembros que integraron el personal de Allende para que vean La batalla de Chile e identifiquen a protagonistas sobrevivientes o desaparecidos. En el caso de los estudiantes universitarios y los colegiales que crecieron en tiempos de dictadura, las proyecciones de La batalla de Chile ponen en evidencia su poco conocimiento del período histórico que hasta entonces había sido casi completamente abolido de la esfera pública, además de sacar a relucir los debates y desacuerdos a los que el legado de este período puede dar lugar –como señala Guzmán con su voz en over, “la batalla de Chile aún no ha terminado”.[13] Otras prácticas espaciales que contribuyen a la construcción de una memoria colectiva por medios fílmicos son los “actos de memoria corporizada” (Rodríguez, 2007: 29) basados en una recreación de rituales que marcaron el cotidiano durante el período de la Unidad Popular. La performance sorpresiva del himno de la Unidad Popular “Venceremos” por una orquesta estudiantil en las calles (peatonales) del centro de Santiago subvierte la cotidianeidad de este lugar de consumo al suscitar todo tipo de reacciones, desde muestras de solidaridad de parte de quienes vuelven a formar sus dedos en “V” mientras miran emocionados el desfile de la banda, miradas perplejas de los jóvenes o la indiferencia de sus oídos tapados por auriculares, a expresiones inquietas de parte de algunos transeúntes. Esta diversidad en las reacciones contrasta con la unidad que el himno lograba suscitar en su contexto original, poniendo en evidencia el carácter problemático e irresuelto del legado de la Unidad Popular en este público que es, en buena medida, capaz de reconocer el himno, registrando (y acogiendo) así las disonancias y divergencias que constituyen esta memoria colectiva, junto con la complejidad afectiva de esta misma.[14]

En El caso Pinochet, Guzmán se basa en prácticas existentes para crear espacios colectivos para el testimonio. Abocado más directamente a las actualidades que Chile, la memoria obstinada, este documental replica la práctica que fue central para construir el caso jurídico contra Pinochet, al incluir entrevistas de Guzmán con los parientes de desaparecidos y ex detenidos que dieron sus deposiciones a puertas cerradas, creando así un registro de versiones de estas deposiciones y supliendo la imposibilidad de registrar lo transcurrido en los tribunales. En un montaje paralelo en el que cada trama evoluciona en dirección opuesta, los testimonios que justifican la causa contra Pinochet alternan con episodios de la trama de los reveses jurídico-legales y diplomáticos al cabo de los cuales el ex dictador termina eximido de enfrentar la justicia internacional. El documental enfatiza dos identidades colectivas forjadas a lo largo de este proceso al componer dos “fotografías de grupo”. La filmación moviliza así una estética intermedial en un procedimiento que subordina el medio fílmico a la forma fotográfica, invirtiendo así el uso de estos  dos medios en Chile, la memoria obstinada. Una de estas “fotografías” incluye a los manifestantes que denuncian la criminalidad de los actos de Pinochet en las calles londinenses y posan en estas mismas calles. La otra reúne a las víctimas, definidas ahora de manera pública por su condición de testigos, en un lugar no especificado, cuyo único significado es generado por la práctica testimonial que transcurre allí. El montaje documental va preparando al espectador para este último retrato de grupo al incluir como transiciones a lo largo de la película tomas mudas de los testigos juntos en una sala, moviéndose para formar un grupo. El que estos retratos de grupo aparezcan al final del montaje después de que fuera sobreseída la causa contra Pinochet por intervención del gobierno de Chile (y no por defectos de la causa), sugiere que el documental sirve para consolidar estos actos individuales de testimonio como parte de una memoria colectiva y pública. El lento paneo que se detiene sobre cada miembro del grupo crea la posibilidad de que surjan disonancias adentro del grupo, a diferencia de la tradicional fotografía fija de grupo que enfatiza la unidad del colectivo.

 

 

III) Geografías afectivas y arqueología documental: el pulso de la historia y la forma del pasado en Salvador Allende

 

Salvador Allende se puede situar en una relación de continuidad con las operaciones de semantización espacial anteriores. Sin embargo, aporta novedades al cine de Patricio Guzmán que anteceden varios de los gestos que están en la base de Nostalgia de la luz. Aunque Chile, la memoria obstinada anticipó el método que consiste en hacer irrumpir el pasado en la estructura material de la ciudad, al preocuparse de forma más explícita por la materialidad de los artefactos del pasado, Salvador Allende pone en escena un gesto arqueológico usando la intermedialidad para reflexionar sobre el estatus del recuerdo, la actualidad del pasado y la función del cine en la recuperación de este pasado. Para llevar a cabo esta reflexión, Guzmán define diferentes tipos de geografías y prácticas espaciales identificadas con el pasado y presente. Finalmente, Guzmán usa el movimiento inherente al medio fílmico para restituir la aceleración de la historia que se vivió durante la presidencia de Allende.

Antes del plano que indica el título epónimo de la película, Guzmán establece su documental como contradiscurso de una manera que prepara al espectador para un viaje en el tiempo. Vemos una mano –la de Guzmán– que manipula diversos objetos mientras su voz en over explica que estos fueron los objetos encontrados en el cuerpo sin vida de Allende. Estos objetos son: la banda presidencial, el carné de miembro del partido socialista, un estuche de anteojos vacío con las iniciales del presidente y un reloj pulsera. A continuación, vemos la mitad del par de anteojos de Allende exhibidos en el Museo Histórico Nacional y oímos en over que “rastreando en museos y archivos, hoy sólo este fragmento es visible al público”.[15] La voz de Guzmán suplementa los datos que faltan en la somera leyenda del museo explicando quien fue Allende y evocando la dictadura que aplastó su gobierno y cultivó el olvido de su figura.[16] Esta secuencia introductoria constituye una crítica a la historia oficial plasmada en el museo por su casi total exclusión de la figura del Presidente y de su vida, evidente en la inclusión del fragmento del par de anteojos destrozado por el disparó con el que Allende puso fin a su vida y en la omisión de los demás objetos. Modificando el marco institucional en relación con el cual había situado anteriormente su contradiscurso al centrarse en tribunales y en el centro cívico, Guzmán se ataca especialmente al museo en su manera de situar como “pasado” todo lo que en él se encuentra expuesto, sin sugerirle al visitante posibles conexiones con el presente. Frente a esta exposición insuficiente de artefactos del pasado que contribuye a invisibilizar sus tensiones, Guzmán propone una arqueología fílmica que analiza la figura de Allende en relación con Chile y busca reconstruir esta relación mediante diversos artefactos visuales. Al comenzar con imágenes de objetos que testimonian del pasado, especialmente este objeto (los anteojos) que es una extensión del cuerpo, Salvador Allende se diferencia de sus antecesoras por su preocupación por la materialidad del pasado, por la forma que adquiere en las esferas íntima y pública, indagando en su capacidad de activar la memoria.  

La secuencia que sigue al plano del título pone en escena un gesto arqueológico para vincular el afán documental de la película con la recuperación de la memoria, expresada ésta en relación con anclajes espaciales y procesos de semantización del espacio y del territorio. Tras varios planos del muro que bordea una autopista, el montaje corta a un primer plano de una uña que se pone a escarbar y, bajo la neutralidad de la capa de pintura beige, descubre tonos de azul y de amarillo, mientras oímos en over la voz de Guzmán: “la aparición del recuerdo no es cómoda, ni voluntaria. Sacude siempre”. Luego, vemos que esta mano (¿la de Guzmán?) empieza a golpear el muro con una roca para seguir escarbando bajo la capa de pintura beige mientras Guzmán nos dice en over: “El pasado no pasa. Vibra y se mueve con las vueltas de mi propia vida”. Descubrimos que un muro como este es el que despidió a Guzmán de Chile cuando partiera para el exilio después de haber sido detenido y luego liberado. En un encadenamiento que sugiere que el pasado late justo debajo de la superficie, el montaje corta a planos de arte mural de la época de la Unidad Popular seguidas de una entrevista al “Mono” González, el principal artista y diseñador de este arte mural quien describe y evoca esta forma de movilización popular en la campaña de la Unidad Popular que, en 1970, puso el nombre de Allende “en todos los muros de Chile”, esos muros que “eran del pueblo”. Si la voz del Mono recuerda la unidad que se logró a lo largo del país por medio de esta práctica de marcación del espacio público mientras vemos filmaciones de época de estas movilizaciones, la escena siguiente (actual) del Mono pintando un mural dedicado a la memoria de Allende, dando justo las pinceladas en el marco de los anteojos, le permite a Guzmán explicitar el criterio que guiará sus investigaciones y entrevistas: “el Mono (…) nunca olvidó nada, ningún detalle de la época de Allende. Como él, hay mucha gente que no olvidó nada”. Son estas personas las que le ayudarán a Guzmán a reconstruir la figura de Allende en vida como “parte del paisaje humano” del “sueño despierto” que vivieron juntos. El comentario que sigue establece la primacía del recuerdo como contrapartida a la amnesia y da sentido a las tomas iniciales de la uña escarbando en el muro: “El poder cultiva el olvido pero tras la capa de amnesia que cubre el país, el recuerdo emerge, las memorias vibran a flor de piel”. Desde la ubicación lateral de la autopista, Guzmán se propone obrar en contra de la “máquina del olvido” que la dictadura puso en marcha.

El montaje continúa operando para anclar el gesto arqueológico en relación con la creación de geografías alternativas que surgen del trauma del Golpe y de la dictadura. En la secuencia siguiente, Guzmán nos da a conocer la obra de otra artista plástica, Ema Malig, quien se presenta primero como colaboradora en aquella histórica campaña de 1970, cuando tenía 10 años. Antes de ver su rostro, vemos sus manos que abren un marco del que sacan una carta guardada con esmero, escrita y firmada por Allende y dirigida a ella. A continuación, Guzmán nos muestra una obra de Ema: un gigante mapa pintado en una tela colgante que representa una geografía imaginaria resultante del destierro, con tierras y mares llamados “Errancia”, “Destierro”, “Naufragios” y “Vientos del Sur”. Ema explica que para ella el destierro se vive en una geografía muy íntima constituida por islas en las que uno convive con fragmentos de su memoria. La precaria forma material de este mapa es enfatizada en una breve secuencia que muestra como este es descolgado, doblado y preparado para viajar a su siguiente destino. Con su voz en over, Guzmán explica que este mapa íntimo evoca también su propia versión de Chile, una tierra fragmentada más que un territorio unificado, un conjunto de islas que no se encuentran. Esta obra de arte crea una geografía afectiva que surge de la pérdida del país de origen, como nos recuerda Guzmán en la secuencia introductoria, aquél país que “a lo largo de 18 años, día a día, [la dictadura] se dedicó a destruir”. Esta imposibilidad de anclar una topografía afectiva (guardada en la memoria) en el Chile actual da pie a uno de los gestos investigativos claves de esta película y posiblemente explique su perspectiva subjetiva. Además, el énfasis en lo fragmentario constituye un giro en comparación con el afán de Guzmán de “producir” en su cine “un relato universalizador de la experiencia del período de Allende”, advertido por Gómez-Barris en su análisis de Chile, la memoria obstinada (2009: 125).

La secuencia siguiente es la primera en presentar a Salvador Allende al espectador mediante entrevistas e imágenes, poniendo así en escena su propio gesto arqueológico. La intermedialidad establece el estatus del recuerdo (íntimo) como contradiscurso, haciendo culminar un conjunto de secuencias introductorias en las que diversos artefactos precarios son los que luchan contra “la máquina del olvido”.[17] El artefacto que restituye el recuerdo íntimo de Allende es un álbum de fotografías cuyos rincones vemos primero, enfatizando así su antigüedad mediante el enfoque en su materialidad. La cámara baja para detenerse en una foto ajada y carcomida que no podemos descifrar debido al desgaste de la capa superior del papel en la que estaba impresa la imagen. La voz de Guzmán nos informa que este álbum pertenecía a Mamá Rosa, la madre de leche de Allende, y que permaneció escondido bajo la tierra durante 20 años, enterrado por los hijos de Mamá Rosa para que la dictadura no lo destruyera. Vemos fotos de Allende en un festejo de familia, celebrando los 92 años de Mamá Rosa. Al filmar estas fotografías exhumadas, Guzmán las registra para la posteridad y las traslada a la esfera pública. El comentario anterior en over de Guzmán prepara al espectador para esta colectivización del recuerdo íntimo: mientras vemos los rincones de las páginas del álbum, Guzmán explica que son imágenes de “una fiesta de otro tiempo, del Chile de mi infancia, de la dulzura del aire y el rumor del viento entre los árboles”, restituyendo así aquella época como experiencia al aludir a ella en términos sensoriales, suplementando así lo que las fotos retratan o substituyendo lo que estas fotos dejan de mostrar. Es una crítica a la pretensión de legibilidad total de las imágenes del presente, de la ilusión de transparencia tan clave para la “transición”. Al incluir tomas de las fotos gastadas, el montaje llama la atención a la materialidad de los artefactos que nos hablan del pasado, apuntando hacia una doble necesidad, por una parte, de restituir los ritmos y las velocidades de períodos históricos pasados, y, por otra parte, de movilizar el medio fílmico para articular una narrativa sobre estos períodos basándose en estos fragmentos de diferentes medios audio-visuales.

La etapa siguiente de la arqueología fílmica que realiza Guzmán consiste en usar grabaciones fílmicas históricas para reconstruir el lazo forjado entre Allende y el pueblo chileno mediante la práctica espacial que los vinculó: los numerosos recorridos del país en tren que hiciera Allende en sus cuatro sucesivas campañas a la presidencia, además de otras como diputado o senador, que podrían ser la contrapartida histórica de la resquebrajada geografía imaginaria del destierro, con su inscripción de afectos en un territorio fragmentado. Al evocar estas campañas, Guzmán vincula por primera vez a Salvador Allende con una colectividad, el pueblo chileno, explicando que estas giras crearon un lazo de cariño, aprecio y comprensión entre ambos. El comienzo de esta secuencia nos ubica en el período actual mediante una toma diurna de la vía ferroviaria filmada en ángulo picado desde el último vagón de un tren que está en movimiento. El movimiento del tren contemporáneo es el punto de partida para recuperar en el documental la sensación de “aceleración de la historia” que evocará Guzmán más adelante, expresada a continuación mediante las imágenes en movimiento de los sucesivos “trenes de la victoria”. De una foto de Allende posando delante del tren con su equipo, pasamos a un montaje relativamente extenso (5 minutos) de filmaciones de los trenes que llevan a los protagonistas de la gira nacional, incluyendo escenas filmadas por Joris Ivens de la primera de estas campañas que operó en 1952 bajo el lema “a todo vapor con Salvador”. La explicación simultánea en over da cuenta de la intensidad de afectos inscritos en esta práctica espacial llevada a cabo durante 20 años y del significado histórico de estas gira, en la que Allende “recorrió el país pueblo por pueblo, casa por casa, pieza por pieza, entonces conoció a los chilenos de verdad. Le apasionaba enseñar e ir creando conciencia, movimiento aunque sabía que no podía ganar. Con humor, borraba las distancias y hacía amigos por el camino” (énfasis mío). Al igual que los murales mediante los cuales el nombre de Allende figuraba “en todas las calles de Chile”, el recorrido unifica las distintas partes del país mediante la reproducción en cada lugar de este lazo afectivo que, como explica la voz de Guzmán, crea la base que lo llevará a su victoria como jefe de una coalición multipartidaria en las elecciones presidenciales de 1970: “Allende fue enamorando al pueblo y llegó a ser presidente”. El que las filmaciones de escenas del tren estén entrecortadas con entrevistas a dos de las hijas de Allende en la que resaltan “la vitalidad fuera de lo común” de su padre contribuye a retratar el dinamismo de Allende.

El montaje continúa integrando filmaciones históricas –esta vez, realizadas por Guzmán y su equipo– para evocar la implementación de una serie de medidas redistributivas como la reforma agraria posibilitadas por la victoria presidencial. Entrevistas y escenas de las calles de Santiago y de las asambleas a lo largo del país documentan la presidencia de Allende. La aceleración de la historia anticipada por el recorrido en tren y las pintadas de la campaña electoral del ‘70 es ejemplificada en un montaje de breves escenas que muestran a obreros, campesinos, militantes y estudiantes en movimiento. Marchan en las calles de Santiago, se movilizan en carretas y tractores viajando a la capital por las autopistas, constituyendo otro tipo de intermedialidad que bien podemos interpretar como una crítica de Guzmán a la “máquina del olvido”. Este uso de los medios de trabajo agrícola de diversas épocas para trasladarse y así unirse en apoyo a Allende en la construcción conjunta de un proyecto político a lo largo de tres tensos años evidentemente subvierte la función productiva de estos aparatos, además de actuar como contrapartida a los camiones parados por la huelga de los camioneros en crítica a Allende. La voz en over da su significado a estas escenas dentro de este documental. Cuando se refiere a la rapidez con la que se llevó a cabo reforma agraria, Guzmán expresa que “hasta hoy me conmueve esta formidable aceleración de la historia”, añadiendo a continuación que “en cada rincón del país, del campo y de la ciudad, cada hombre, cada mujer y niño participaba en la creación de una vida nueva (…). La energía podía tocarse con las manos”, usando la tactilidad para retratar los dramáticos cambios llevados a cabo durante el primer año del gobierno Allende, incluyendo la nacionalización de múltiples empresas, y la vitalidad de este período. El golpe de estado de 1973 pone fin a la posibilidad de inscribir esta geografía afectiva en el territorio o de hacerla coincidir con la topografía del mapa nacional que la dictadura convertirá en una topografía del terror y de la muerte. Guzmán vincula la aceleración histórica retratada en este montaje con dos elementos en el presente. Filma las conmovedoras ruinas de los autobuses cuyos chóferes fueron leales a Allende durante las huelgas en oposición a su gobierno (leyéndolas como ejemplo de que las fuerzas políticas de la coalición estaban desperdigadas para explicar la relativa desprotección de Allende en el día del golpe).[18] En cambio, los dos entrevistados más jóvenes son obreros ferroviarios (deben tener alrededor de 30 años) que defienden a Allende, analizan su relativa desprotección y señalan la marginación de la clase obrera en el Chile de hoy.

Una transición entre dos secuencias termina de explicitar la pertinencia de la arqueología documental de Guzmán. Mientras vemos cuatro distintos planos panorámicos de Santiago enfocados en sus edificios y rascacielos al pie de los Andes, retratándola como si fuese una ciudad con poca presencia humana, en un sorprendente contraste con las tomas históricas de las calles llenas de gente durante el período de la Unidad Popular, oímos este comentario en over: “Me siento como un extranjero errando por una geografía hostil. No puedo olvidar que la dictadura aplastó la vida, hundió la vivencia democrática, impuso el consumo como único valor. Pero tras la frialdad de esta ciudad, hay personas, sueños, luchas que debo seguir buscando”. Con esta afirmación, la voz de Guzmán, cuya ubicación espacial es escasamente precisada o definida, termina de explicitar su posición lateral y externa al país actual. Las imágenes de la ciudad rutilante, por su parte, contrastan con la multiplicidad de artefactos del pasado integrados en esta película mediante el montaje, que podríamos leer como astillas o fragmentos del resquebrajamiento de aquella geografía afectiva que había constituido Allende.[19] La función específica del cine en su capacidad de reconstruir la vida de Allende queda especificada por el contraste entre la secuencia de apertura y las últimas palabras de Guzmán en la película: partiendo del gesto del museo de recordar a Allende como muerto (y, podríamos añadir, como derrotado), el medio fílmico le permite a Guzmán evocar al líder en vida, a través de un montaje poético. En efecto, después su reconstrucción de las últimas horas de Allende antes de su suicidio –al que él mismo se refirió como sacrificio–, hechas más impactantes aún por el sonido del latido de un corazón que se va lentificando, Guzmán nos dice que “Salvador Allende amó la vida y la vida lo amó. Con esta vida en la cabeza, seguimos construyendo futuros”.

           

            La interpretación que propone Federico Galende de Salvador Allende es útil para situar el valor de la espacialización de la memoria mediante la puesta en escena del gesto arqueológico en diversos niveles de este documental. Galende analiza sutiles contrastes entre La batalla de Chile y Salvador Allende y argumenta que si la primera propone una “teoría de la soberanía” al producir una “comprensión cinematográfica de la historia” mediante el montaje y la edición de las imágenes que “eternizarían la era de la dignidad del país” en rostros en cuya expresión “se revelaba melancólicamente la constitución del pueblo como sujeto”, la última propone una “teoría de la ruina” que recupera el “sueño” vivido durante los años de la Unidad Popular, privatizando este sueño al canalizarlo por la voz en off de Guzmán que se expresa en primera persona. Si esta teoría de la ruina usa objetos y antiguas fotografías en aras de interrumpir “la decoloración histórica del pasado de Chile”, obra de la “desmemoria” que ha cundido en la “casi totalidad del campo cultural”, ansiosa por “pasar en limpio las fojas negras de su desgracia para dedicarse de lleno al futuro”, tiene también el efecto de producir a Allende no como “la reliquia extraviada que el historiador memorioso suma al jeroglífico del presente”, sino como “el objeto dormido que alguien pugna por enrostrarle personalmente una última vez a un país al que no quiere” (subrayado mío). Estas últimas observaciones de Galende referidas a la posicionamiento de Guzmán se pueden relacionar con el establecimiento a lo largo de Salvador Allende de una posición lateral o externa establecida para anclar la perspectiva en primera persona que hila el documental y la voz que lo narra –un aspecto que en Nostalgia de la luz funciona para replantear la escala y el alcance de la memoria histórica, ampliando la pertinencia de esta categoría más allá de la historia reciente. En tanto tal, resultan claves para poder interpretar el cambio de escala efectuado en Nostalgia de la luz, y para contrastar el enmarcamiento de la perspectiva subjetiva que da pie al gesto arqueológico en cada película.

            La privatización del recuerdo advertida por Galende lleva al cineasta a incurrir en varios de los comportamientos que, para el crítico, aquejan a la izquierda chilena contemporánea.[20] En este sentido es revelador que Galende vincule estos gestos con la posición externa de Guzmán respecto de Chile, la cual influye de diferentes modos en su construcción de cada documental como contradiscurso: si bien esta distancia había situado anteriormente al cineasta en una posición privilegiada para “devolverle [a Chile] a través de las imágenes pizcas de su inconsciente óptico”, ahora se ha desdoblado en el trazado de nuevas coordenadas para definir la búsqueda documental, caracterizada esta vez en términos estrictamente personales,[21] y el público hacia el cual el montaje documental apunta. Galende detecta en este documental una tensión entre dos modos específicos de disponer el archivo ante el público, “una tensión entre un uso simbólico y un uso mítico de las imágenes”. Para Galende, la dimensión simbólica de las imágenes, plasmada en el uso de la (manida) imagen de La Moneda en llamas, está dirigida hacia un público internacional más que nacional y hace caso omiso de la publicación de recientes biografías de Allende y de testimonios que proveen nuevas imágenes para documentar la barbarie de los militares. La relectura mítica de la historia mediante la cual el cineasta buscaría “protegerse de la crueldad de la historia” y “resistir la insoportable adultez del país” consistiría en congelar el período de la Unidad Popular en la forma de “una onírica privada”, de un sueño de infancia en lugar de restituirlo en toda la complejidad de su dimensión colectiva.

            Además de este gesto de reinscripción individual, los giros que señala Galende son relevantes para abordar Nostalgia de la luz. Galende señala que la construcción de la historia como sueño de infancia y su consiguiente inscripción en una temporalidad mítica va de la mano con una “extinción pública del archivo que del Museo, la Biblioteca o la Universidad ha pasado velozmente a la casa del coleccionista, el experto o el curador, como si tras la devastación tácitamente aceptada, algunos hubieran alcanzado a escapar de las ruinas con huellas de historia en sus mochilas”. Si esta extinción del carácter público (y estatal) del archivo se puede considerar como productiva, es porque abre otras posibilidades para disponer el archivo, para darlo a ver, y tampoco clausura la posibilidad de dialogar con la forma del archivo, aspecto que se retomará abajo en el análisis de Nostalgia de la luz. La centralidad de la pregunta por los orígenes de la vida (y los orígenes del Chile contemporáneo) en el documental más reciente de Guzmán es un modo de reaccionar frente a esta extinción del carácter público del archivo. Al enhebrar la arqueología y la astronomía como vías a la vez íntimas y científicas para acercarse a la historia, Nostalgia de la luz reditúa en una escala a la vez planetaria y nacional la vinculación entre origen y autoridad efectuada por el archivo, que el documentalista convierte en materialización de la memoria.

1a. El gesto arqueológico en Salvador Allende.

 

1b. El plano siguiente a 1a: arqueología documental e intermedialidad en Salvador Allende.

1c. El gesto arqueológico en la ruina del campo de concentración de Chacabuco (Nostalgia de la luz)

 

IV) Nostalgia de la luz, el documental como museo y la colectivización de la “prehistoria acusatoria” de Chile

 

En contraste con la ciudad cuyos monumentos, torres y autopistas acallan las voces del pasado, haciendo de ella un terreno hostil para la memoria, en Nostalgia de la luz, Guzmán define el desierto de Atacama como un “gran libro abierto de la memoria” al enfocarse en las huellas históricas conservadas en este lugar, yendo de las civilizaciones autóctonas precolombinas, pasando por los mineros itinerantes cuyos rastros han permanecido en sus camposantos, a los campos de detención clandestinos de la dictadura de Pinochet, entrelazando estas huellas constantemente con la práctica astronómica posibilitada por este ambiente. Si en la ciudad neoliberal, la transparencia es ilusoria en la medida en que invisibiliza las huellas del pasado, la transparencia del aire desértico devela continuamente los orígenes del “frágil” presente de Chile en sus arenas y rocas, y los de la vida misma en las estrellas, galaxias y planetas cuya energía se puede medir desde este lugar que está a varios miles de kilómetros de altura. La densidad histórica de este desierto desmiente la semantización más común del sustantivo “desierto”. Como señala la voz en off de Guzmán, no “hay nada, no hay insectos, no hay animales, no hay pájaros. Sin embargo, está lleno de historia” (subrayado mío). Su naturaleza poco cambiante no es amena al olvido y asegura la omnipresencia y la permanencia en él del pasado, constituyéndolo en una especie de archivo. Esta particularidad implica modificaciones respecto de las operaciones de arqueología fílmica rastreadas en este trabajo. Si en su lenguaje formal, este documental se basa en un montaje poético desencadenado por una perspectiva subjetiva, su uso de prácticas de arqueología fílmica para abordar temáticamente las prácticas espaciales y epistemológicas inscritas en este desierto amplían el alcance de la memoria, resituándola entre historia y archivo y colectivizando su alcance al relacionar entre sí estas prácticas.

Aun cuando Guzmán presenta diversos capítulos de este “libro abierto de la memoria”, selecciona dos modos de leerlo, la astronomía y la arqueología, para profundizar en las respectivas trayectorias de estas ciencias y hacerlas converger, inscribiendo así en este desierto la maravilla y el horror.[22] Este documental es construido como contradiscurso mediante su énfasis en las ciencias que sondean el pasado. En una entrevista dos años anterior al estreno de la película, Guzmán se refiere al proyecto como “una película centrada en el Chile actual, ese país moderno que cree que está en el mejor lugar de América Latina, que tiene un nivel de crecimiento muy alto, pero en el que las desigualdades son también enormes”. Esta “visión” de Chile se centrará según Guzmán en tres grupos, cada uno de los cuales opera en una escala específica para articular una relación entre espacio y tiempo: los astrónomos “buscan en el pasado del universo el futuro de la humanidad” y entienden el presente como “una línea delgada entre el futuro y el pasado”, los familiares de detenidos-desaparecidos aún escarban en las arenas del desierto guiados por la esperanza de encontrar los restos de sus familiares y, finalmente, en Santiago, “el gobierno y los poderes económicos niegan el pasado y sólo buscan la riqueza del presente”. Aún cuando este tercer grupo no esté explícitamente presente en el producto final, la película ofrece un contrarelato al exitismo de éstos sectores sociales mediante la tematización de la explotación minera como base del Chile moderno y la centralidad que el filme le da la arqueología en relación con la cartografía de la muerte y del terror que posibilitó la aplicación del modelo neoliberal. El que en esta misma entrevista Guzmán se haya referido a su proyecto como “una visión actual de Chile” le da centralidad al debate sobre el pasado en la definición de la nación. De este modo, dialogando con la interpretación de Gómez-Barris, según la cual “la dimensión espacial” aquí “amplía la percepción que los espectadores tienen del desierto, ampliando también su significado político y social como sitio de memoria y testimonio” (2012), proponemos que, al vincular las esferas económicas y políticas mediante las distintas prácticas productoras de conocimientos posibilitadas por la especificidad ambiental del desierto, Nostalgia de la luz amplía el alcance temporal y temático de la memoria relacionándola con la explotación capitalista de las épocas extractivas en base a la cual se echaron los cimientos del Chile moderno.

 

 

Las secuencias introductorias sientan el tono poético del documental y establecen la perspectiva subjetiva que lo organiza, sensible a la materialidad del pasado. Son fuertemente evocativas y anticipan los encadenamientos entre secuencias en su capacidad de sugerir conexiones al espectador. Los primeros planos y planos medios de la escena inicial muestran un telescopio en un observatorio enfatizando sus formas y la infraestructura que lo rodea, subvirtiendo su función de instrumento para convertirlo en objeto de contemplación. Aunque Guzmán no lo especifica, este telescopio fue instalado en 1910. Guzmán sí aclara en off que el telescopio todavía funciona, convirtiéndolo en ejemplo de la persistencia de la fascinación con el universo, de las tecnologías de la visión y de los objetos. Dándonos a ver sus múltiples ruedas y engranajes, lo distingue de los gigantescos telescopios contemporáneos que vemos a intervalos regulares a lo largo de la película, asemejándolo a una cámara o un proyector. Tal como nos revela su narración en off después de esa secuencia inicial, es en este telescopio alemán instalado en Santiago que, de niño, Guzmán miraba las estrellas. Este objeto, junto con otros que en algún distante futuro podrían servir para hacer una arqueología de aquella época, hace vibrar en Guzmán la memoria de los comienzos de la astronomía en Chile y de la “aventura noble” que vivió (los años de la Unidad Popular). Las imágenes de la antigua casa, cual museo íntimo, que acompañan visualmente la evocación de esta “aventura” por la voz en off parecieran haber sido anticipadas en la lectura de Galende. Guzmán carga el recuerdo de una tonalidad afectiva al explicar a continuación que la “ilusi[ó]n quedó grabada para siempre en [su] alma” aunque haya sido aplastada por la dictadura. Aunque la dictadura barrió con “la democracia, los sueños y la ciencia”, la astronomía, “una pasión de muchos”, se mantuvo en Chile gracias a colaboradores internacionales y constituye, por ende, un hilo de continuidad entre tres períodos diferenciados en términos políticos.

Posteriormente a este punto de partida subjetivo, Guzmán introduce elementos audiovisuales que funcionan como transiciones entre las secuencias y están en la base del montaje poético. Estos elementos ameritan un análisis detenido porque, durante la primera media hora, van enhebrando las trayectorias de dos ciencias volcadas hacia la reconstrucción del pasado, aunque preocupadas con objetos distintos, alentando así al espectador a crear conexiones entre las esferas científicas y experienciales.[23] En esta primera media hora, aprendemos que los arqueólogos buscan en el desierto los rastros de civilizaciones anteriores y terminan trabajando a menudo con lo que, según nos dice el arqueólogo Lautaro Núñez, serían elementos o pruebas para hacer una “prehistoria acusatoria” de Chile, que incluye sus épocas extractivas vinculadas al salitre y al cobre, especialmente en el siglo XIX en el que, como nos informa Guzmán en off, “la minería era como la esclavitud”. Dentro de esta serie, el montaje incluye los campos de concentración que la dictadura sentó en las abandonadas estructuras de las residencias mineras y a lo largo del país. Los astrónomos, por su parte, sondean al cielo estrellado en busca de los orígenes de la humanidad en aras de anticipar su futuro, midiendo los rastros de energía emitida hace millones de millones de años.

 

Nostalgia de la luz incluye cuatro modos de transición: polvo de estrella (una nube de polvo de estrella que “envuelve” las figuras y objetos centrales del cuadro), planos panorámicos del desierto, planos de los observatorios y telescopios y fotografías magnificadas de estrellas. Poéticas en sí, estas transiciones nos preparan para la revelación que llega poco después de los dos tercios de la película: la identidad molecular entre los huesos y las estrellas, ambos hechos de calcio.[24] Con esta revelación, culmina la preocupación del cineasta por la materialidad del pasado, por su forma y su substancia, como bases de la interacción de la cámara y del cine con ese pasado. Al señalar esta identidad molecular, el cineasta opera en contra del olvido que, para muchos, sustenta la identidad nacional actual y, como sugiere Jens Andermann, propone que “cuando (…) la dictadura de Pinochet eligió el desierto de Atacama para instalar ahí sus campos más infames de tortura y exterminio y enterrar los cuerpos de sus víctimas pensando que la lejanía y esterilidad de su geografía equivalían al más absoluto olvido, ignoraba que estaba confiando sus crímenes nada menos que a la memoria planetaria” (2012: 165).[25] Al alentarnos a inscribir a los muertos enterrados en el desierto en una escala planetaria y no sólo en la historia de la humanidad (es decir, según un prisma más espacial que exclusivamente temporal), Guzmán sugiere la persistencia y la omnipresencia del pasado para quienes tienen el deseo y la capacidad de leerlo. 

2. Puesta de sol sobre la ruina del campo de concentración de Chacabuco (Nostalgia de la luz).

Las transiciones recalcan constantemente la escala planetaria que vincula a los hombres, mujeres y objetos que vemos ahí y los problemas con los que nos familiarizamos. Quizás su logro más eficaz sea dotar de poder estético el lugar en el que transcurrieron los más graves pasajes de la “prehistoria acusatoria de Chile”. En efecto, varias transiciones enfatizan la belleza del paisaje desértico. La ruina de lo que parece ser una casa de contratación de obreros es filmada de manera que produce una experiencia estética, deteniéndose en la metálica música del murmullo del viento entre cucharones de cobre colgados. Posibilitada por la luz del desierto, la fotografía cristalina de estas escenas contribuye a este efecto. Los frecuentes planos panorámicos de sobrecogedoras puestas de sol en el desierto, especialmente sobre la ruina del campo de concentración de Chacabuco –el más grande de todos–, evocan el gesto desmistificador de la memorable secuencia inicial del clásico Nuit et brouillard de Alain Resnais (1955).[26] En esta secuencia, mientras vemos lo que parece ser una aldea rural, la voz en over anticipa el horror del campo de concentración nazi que estuvo ubicado en este lugar hace poco más de una década y que el documental  reconstruye luego de manera escalofriante, cuando anuncia que incluso “un paisaje apacible, una pradera sembrada (…), una ruta por la que transitan coches, campesinos, parejas, o una aldea de veraneo con una feria y un campanario, pueden conducir simplemente a un campo de concentración” antes de pasar a enumerarlos.[27] Sin embargo, aunque el gesto contradiscursivo es afín en ambas películas y si bien la secuencia introductoria de Resnais anticipa el tipo de arqueología fílmica que practica Guzmán en Chile, la memoria obstinada, el valor estético de estas imágenes tiene otra función en su película más reciente. Al usar los planos de puestas de sol para enhebrar las etapas de la “prehistoria acusatoria” de Chile, Guzmán reconstruye un ritmo cotidiano, reinscribiendo estas etapas dentro de la esfera de la cotidianeidad nacional y les resta su estatus de excepción. Es más, si en el documental de Resnais los planos del presente apuntaban hacia la necesidad de reconstruir una lógica y un orden que un espectador no informado no podría vislumbrar en el sitio desierto, las tomas del desierto de Guzmán construyen este lugar como testigo de la historia humana y planetaria y como archivo o repositorio de los restos materiales de esta historia. Además, como fue construido sobre la ruina de una mina, Chacabuco le permite a Guzmán recuperar la densidad histórica del desierto pues, como especifica con su voz en off, el campo de concentración fue establecido en la dictadura de Pinochet sobre la ruina de una mina.

Los planos de los telescopios que sirven de transición dan otra indicación sobre como considerar estas estetizaciones que sin duda, al igual que las poderosas imágenes magnificadas de las estrellas, provocan una sensación de encontrarse ante lo sublime. Si bien sabemos que estos aparatos son altamente potentes y, a través de primeros planos y planos medios, vemos que son enormes, Guzmán los asocia con la lentitud. Al incluir filmaciones breves mostrándolos en lento movimiento, los retrata como frágiles, enfatizando que estos aparatos requieren conocimiento técnico y mantenimiento. Este ritmo más lento y detenido podría ser un eco de la temporalidad cósmica que subsume los ritmos y las temporalidades humanas, un ritmo que contrasta con la aceleración evocada en Salvador Allende y con la parálisis del Chile actual que, para Guzmán, vive “entrampado en un golpe de estado que lo tiene inmovilizado”.[28] Al mismo tiempo, si el tamaño de estos telescopios ultra-modernos permitiría inscribir en ellos una muestra del exitismo chileno, ya que, como nos indica Guzmán, uno de ellos es el más grande del mundo, estos aparatos, tecnologías de la visión y la medición, son también testigos e instrumentos de la voluntad de mirada y enfatizan la paradoja que señala Núñez al responder a una de las preguntas del cineasta: el que teniendo tan cerca este “territorio” que funciona como “una puerta al pasado”, Chile tenga encapsulado su pasado histórico, “sus historias más cercanas” y que no trabaje con ello, en suma, que no quiera mirar hacia ese pasado.

 

Los aspectos formales analizados arriba sitúan la arqueología fílmica en su capacidad de recuperar prácticas espaciales capaces de activar la memoria y construirla como herramienta de resistencia a la lógica dictatorial y al olvido que sustentó la transición política, tematizándolas y suplementando así los acercamientos científicos al pasado posibilitados por el desierto. Luis Henríquez, un ex detenido del campo de concentración clandestino de Chacabuco, vuelve al campo abandonado con Guzmán. Su recorrido por Chacabuco es una práctica espacial que activa la memoria. Luis “recuerda las huellas que se han borrado, los cables electrificados y las torres de vigilancia”. Recuerda los cursos de astronomía que impartía un preso a los demás y muestra las constelaciones que veían, evocando la libertad que sentían al mirarlas. Al reconocer los nombres que los internados (él mismo incluido) grabaron en un muro, Luis responde a una ansiedad por definir este lugar como lugar de detención, ansiedad que la dictadura anticipó al desmantelar estos campos. Para Guzmán, Luis es “un transmisor de la historia”, su “nobleza descansa en su memoria”, en su capacidad de “conservar su libertad interior” mediante la comunicación con las estrellas, prohibida por la dictadura por temor a que guiara a los presos en su fuga. Inmediatamente a continuación, Miguel Lawner, ex preso de cinco campos de detención al que Guzmán caracteriza “arquitecto de la memoria” y “un amante de las estrellas”, también desafía la aspiración de la dictadura de no dejar huella de sus campos de detención. En un acto de memoria corporizada, Lawner camina por los bordes de una habitación de su actual residencia contando los pasos que da para medir sus dimensiones, demostrando cómo memorizó la configuración exacta de los campos de detención, dibujándolos cada noche y rompiendo a pedazos los esquemas cada mañana, en aras de dejar constancia de “lo que significaba un campo de concentración construido en Chile” en caso de que saliera vivo, anclando con estas palabras precisas el desierto en la nación. Si el enfoque en estas instituciones clandestinas situadas en el desierto que fueron funcionales a la violencia política llevada a cabo desde el Estado de facto constituye una línea de continuidad respecto del corpus anterior de Guzmán, las prácticas espaciales que registra –la astronomía y el registro gráfico y mental de la configuración espacial–  innovan en la medida en que retratan los modos de resistencia y libertad elaborados dentro de éstas.

Las mujeres de Calama, familiares de detenidos-desaparecidos, también hurgan en el desierto, usando prácticas espaciales para resistir su marginación de la nación. Continuando con una labor de 28 años, “escarban [el desierto] y siguen trabajando” en busca de huesos o astillas que puedan informarles del paradero de sus seres queridos. Las vemos en una primera secuencia en la que la cámara las sigue mientras levantan con palas pequeñas pedazos del suelo sedimentado. A continuación, el astrónomo opina sobre la búsqueda de estas mujeres presentándola como ardua y angustiante (por la inmensidad del desierto), como válida y necesaria para ellas y expresando su preocupación por la incomprensión que les reserva la sociedad. El montaje corta a una entrevista a Núñez quien, gracias a su entrenamiento como arqueólogo, reconstruye el accionar clandestino del estado totalitario y nos explica que las astillas de hueso encontradas en las arenas indican que los cuerpos fueron enterrados y trasladados posteriormente para encubrir las huellas de los campos de concentración. Guzmán despliega aquí un procedimiento que usa a lo largo de la película, al hacer que un entrevistado se pronuncie sobre las demás esferas científicas o experienciales inscritas en el desierto, colectivizando así las preocupaciones de estas esferas aparentemente aisladas. Este procedimiento integra a estas mujeres y su búsqueda dentro de una esfera de preocupación colectiva, planteando de este modo la pertinencia mutua de estas diversas formas de interactuar con el pasado.

Tras esta secuencia, oímos por fin las voces de estas mujeres. Vicky Saavedra explica como pudo leer en los huesos de su hermano la manera en que lo asesinaron y describe la ambivalencia emotiva que sintió al encontrarse con los restos de su hermano como una de reencuentro y de desilusión a la vez porque perdía la posibilidad de que su hermano retornara. Conocemos después a Violeta Berríos quien aún no ha encontrado a su esposo y justifica su búsqueda cuestionando la hipótesis según la cual los cuerpos de los detenidos fueron tirados al mar. Aún cuando expresa que su esperanza suple la disminución de su fuerza física y que, a sus 70 años de edad, no se quiere morir sin encontrar el cuerpo de su esposo, formula dos deseos de cumplimiento prácticamente imposible: el de encontrar el cadáver –el de su esposo y los de los demás– entero (en el mismo estado en que se lo llevaron, añade ella) y su “sueño” de que “los telescopios pudieran traspasar la tierra, barrer la pampa para poder ubicar” a su esposo. Tras expresar este último deseo, Vicky amaga una sonrisa al imaginarse como los telescopios buscarían bajo la tierra y después dice que en este caso habría que “darles las gracias a las estrellas” que permitieron encontrar los cuerpos, anticipando así la equivalencia molecular entre huesos y estrellas que un astrónomo extranjero nos revela poco después. Estos deseos recalcan la paradoja que señala Núñez y, al ser de difícil cumplimiento en una sociedad tan fuertemente entregada al olvido, postergan la justicia a un futuro perpetuo.

Más que el retrato de grupo que filma Guzmán, el aval que Núñez y el astrónomo Gaspar Galaz dan a la búsqueda de estas mujeres es lo que desafía la marginación de estas mujeres, quienes, nos recuerda Violeta, tienen estatus de “lepra de Chile”, y, según Gómez-Barris, están retratadas como habitantes de “una temporalidad continua, no normativa, signada por la violencia política cuyos efectos perduran” y suspendida “hasta la recuperación de la materialidad del cuerpo desaparecido y torturado” (2012). Núñez ve en su manera de “vivir en estado de búsqueda”, la necesidad de que, por una parte, las fuerzas armadas digan la verdad sobre lo que han hecho con los cuerpos (para que esta confesión de parte de los involucrados supla lo que la ciencia no puede determinar), y, por otra parte, la “obligación ética de recoger [la] memoria de los muertos” a manos de la dictadura, independientemente del trabajo de la justicia, de los organismos de derechos humanos o de los intentos de defensa de los involucrados. En un gesto de arqueología fílmica basado en la intermedialidad, Guzmán encadena fotografías en blanco y negro rastreando las décadas de búsqueda de estas mujeres, cuya actitud adquiere un valor militante, reforzado por una música de piano cuyo ritmo recuerda el de las canciones comprometidas folklóricas de estilo andino del período de la Unidad Popular. El enmarcamiento de esta secuencia con dos puestas del sol reitera la dimensión cotidiana de su lucha. Al nombrar las localizaciones de estos grupos de mujeres a lo largo de país, Guzmán crea una cartografía unida por esta actitud militante que pide respuestas a todos los que edificaron la topografía del terror. Esta cartografía opera en contra del presente perpetuo en el que Guzmán filma la búsqueda de las mujeres, pues restituye la trayectoria militante de estas mujeres, un relato que, como observa agudamente Gómez-Barris, había sido excluido y silenciado en el retrato de las mujeres víctimas de la violencia de Estado en el cine anterior de Guzmán (2009: 117-8). A la vez, su registro fílmico de las prácticas espaciales relacionadas con de los ex detenidos se suma al registro fotográfico existente centrado en la búsqueda de las mujeres, en aras de constituir un archivo audiovisual capaz de combinar distintos tipos de documentos.

Si estas prácticas espaciales ancladas en la historicidad del desierto le permiten a Guzmán definir este lugar como un territorio de memoria, es a través del contacto con las estrellas que el cineasta vincula la memoria a una temporalidad futura. Guzmán nos presenta en distintas instancias a personas jóvenes que encuentran solaz en el desierto. Uno es Víctor, un ingeniero de 29 años que trabaja con uno de los radiotelescopios más grandes del mundo cuyas 60 antenas permiten sondear (“escuchar”) cuerpos cuya luz no llega a la tierra. Víctor acepta la caracterización que le sugiere Guzmán que él es hijo del exilio, matizándola para definirse como “hijo de ninguna parte”, ni chileno ni oriundo del país en el que nació. Cuando Guzmán le pregunta en seguida si se siente bien “aquí” (en la zona de los observatorios, a 5 000 metros de altura), Víctor responde que sí, que se siente chileno y añade que es chileno. Encuentra su punto de pertenencia en este lugar que está conectado con el mundo (el radio-telescopio fue instalado gracias a la colaboración entre varios países), con el universo y con el pasado. El que los casos de Víctor y de otra joven astrónoma enmarquen las secuencias de las mujeres de Calama definen la práctica de la astronomía como lugar terapéutico. La antepenúltima secuencia de la película confirma este poder. Envueltas en polvo de estrella, vemos a las mujeres de Calama en un observatorio, preparándose para mirar las estrellas, maravilladas y dialogando alegremente con el astrónomo, posiblemente viendo en la luz de las estrellas (ellas mismas, seres en trance de muerte) la luz extinguida de sus seres queridos.

 

¿Cómo relacionar estas prácticas espaciales con la preocupación preponderante de Guzmán por la materialidad del pasado? En los últimos veinte minutos de Nostalgia de la luz, Guzmán vuelve a enseñarnos distintos huesos. Vemos una momia de 10 000 años conservada “como si fuera un tesoro” con su antigua manta de lana color naranja, vemos cajas de cartón almacenadas en estantes móviles que contienen “otros huesos que no están en ningún museo”. Guzmán especifica que estos huesos “son de calcio, el mismo calcio que tienen las estrellas” pero que, a diferencia de estas últimas, no tienen nombre ya que son restos de detenidos-desaparecidos, “restos de restos”, reiterando la identidad molecular entre ambos materiales y sugiriendo que estos restos deberían estar clasificados y catalogados al igual que las estrellas. El cineasta nos pregunta si los restos que acaba de mostrar tendrán algún día derecho a un museo, si tendrán sepultura o si serán depositados en algún monumento. Entre planos de estos dos tipos de restos, nos adentramos en un museo en el que vemos el esqueleto de una ballena que visitaba Guzmán de niño, filmado de tal manera que aparece imponente y frágil a la vez. En un eco del interior de la casa infantil con la que comienza el documental, mientras Guzmán nos explica que su imaginación de niño lo veía como un gran techo bajo el cual podían vivir muchas ballenas, vemos un plano largo de este esqueleto, enfatizando la manera en que la estructura del museo alberga las estructuras óseas. Aún cuando la pregunta de Guzmán sobre los restos parece estar lanzada como una pregunta retórica para sugerir que las condiciones de posibilidad para este museo no están dadas en el Chile actual, podríamos entender Nostalgia de la luz como un museo fílmico que, a través de la permanencia de las imágenes que registra,[29] organiza y archiva los distintos modos de la memoria en una escala nacional y planetaria a la vez, superando así la inscripción infantil en clave mítica para darle a la memoria la forma del museo, resituándola entre la historia y el archivo.[30] Al enfocarse en la raíz común de estos restos, evidenciada hoy en su identidad material, el montaje que presenta y une los distintos restos está organizado precisamente según la lógica que, como observa Andermann, caracteriza los museos modernos, “centrados en las relaciones estructurales entre especies que comparten una raíz ancestral” (2007: 6).[31] La luz del desierto permite registrar los elementos que integran este museo y el montaje pone en relación estos materiales, objetos e imágenes del pasado, volviendo a plantear así su actualidad y su relevancia, organizándolos según la lógica del museo, un espacio público y emblemático de la vida cívica en la ciudad. Si los telescopios captan la energía del pasado cósmico, por muy remoto que sea, logrando también producir imágenes de este, la cámara capta y comunica la energía del pasado nacional –la identidad molecular entre ambas formas del pasado es reiterada en la identidad formal de estas imágenes dialécticas que contienen las raíces del presente al mismo tiempo que nos hablan de nuestros orígenes más remotos. La movilidad de la cámara, la posibilidad que tiene de encuadrar de diversas maneras los restos del pasado, le permite dar coherencia a este museo, como, por ejemplo, cuando filma lo que parece ser la extremidad de un hueso largo, con un primerísimo plano, sugiriendo su identidad con planos de la superficie lunar cercanos en el montaje fílmico.

 

3a. Fotografía de la luna en Nostalgia de la luz.

3b. El plano siguiente de la extremidad de un hueso.

Nostalgia de la luz toma como punto de partida los acercamientos instrumentales al espacio que sustentaron el accionar respectivo del estado dictatorial y de las explotadoras mineras para luego anclar en el desierto su contradiscurso y enhebrarlo con las prácticas productoras de conocimiento posibilitadas (y exigidas) por este lugar, usando, por ejemplo, el montaje intermedial para devolverle su carga traumática al desierto. Mediante estas operaciones, la película convierte este desierto en museo que recupera el pasado, obrando en contra de su invisibilización y construyendo este lugar en archivo de la memoria que reúne los rastros de la experiencia de este lugar en distintas épocas históricas. La opinión publicada por Guzmán tras la inauguración del Museo de la Memoria en Santiago de Chile, en la que el cineasta critica la práctica del Museo de aceptar donaciones de documentales en lugar de pagar a cineastas por sus producciones (2008) nos permite deducir que Nostalgia de la luz busca influir en la práctica, la forma y la experiencia del museo. Tal como la usa Guzmán, la forma del museo vendría a contrarrestar lo que Andermann caracteriza como la “destrucción anarquivadora” llevada a cabo por las más recientes dictaduras del Cono Sur, preocupadas por “hacer desaparecer de la vista todo lo que amenazaba con cambiar”, a diferencia del museo que había buscado detener el cambio al ofrecer objetos para la vista disponiéndolos para este fin (2007: 17).

Si este documental responde especialmente a una preocupación, tendría que ser la de crear un lugar para la memoria, además de ampliar las caracterizaciones previas de ésta en relación con la dictadura para abarcar también la “prehistoria acusatoria” de la nación. Probablemente esto explique que aquí Guzmán prescinda de las imágenes traumáticas del pasado, constantes de su cine anterior cuya carga simbólica debía de hacer irrumpir la memoria para reinscribirla en lugares emblemáticos. En lugar de plasmar la memoria en imágenes de acontecimientos específicos cuya carga simbólica los asocia con un pasado traumático, la cámara inscribe la memoria en objetos que resistieron a estos procesos, registrando una materialidad resistente y desafiando la aseveración de Halbwachs citada aquí en epígrafe sobre la inexistencia de una memoria universal. La centralidad de los portadores materiales de la memoria constituye una línea de continuidad con las performances espaciales de la memoria en Chile, la memoria obstinada y a la vez lleva a cabo una ruptura con este cine anterior, ya que disminuye el papel de las imágenes del pasado, reemplazándolas con las (cristalinas) imágenes actuales de estas estrellas/huesos, corporizaciones del pasado en el museo que es esta película. Esta creciente preocupación por registrar la materialidad del pasado y por inscribirla espacialmente se puede vincular con la extinción cada vez más próxima de estos portadores de la memoria, haciendo eco de la manera en que Halbwachs preconizara esta extinción en su forma de pensar la transición (aún cuando la vea más bien como una diferencia) entre la “memoria colectiva” que depende de la existencia de los testigos de una experiencia dada, y el registro historiográfico de dicha experiencia que la convierte en hecho histórico, aplanando su vitalidad.[32] Ante esta inminente transición, Guzmán vuelca la arqueología fílmica hacia el fin de registrar para la posteridad los restos materiales del pasado y las prácticas espaciales de la memoria elaboradas en torno a estos restos, reuniendo y disponiéndolos según la lógica del museo, convirtiendo la película misma en lugar, en un lugar de memoria.[33]

 

Bibliografía

 

Andermann, Jens (2007), The Optic of the State. Visuality and Power in Argentina and Brazil, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh.

 

Andermann, Jens (2012), “Expanded Fields: Postdictatorship and the Landscape”, Journal of Latin American Cultural Studies: Travesia, 21:2, 165-187.

 

Cangi, Adrián (2011, Nov.), “Poética de la luz, política del gesto”, Revista nomadías,14,157-169.

 

Dorfman, Ariel (2004), Desert memories: Journeys through the Chilean North. National Geographic, Washington, DC.

 

Galende, Federico, “Allende, Guzmán y la estructura mítica de los sueños (sobre el film Salvador Allende)” en Rayando los confines, accedido el 10 de junio 2012 en: http://www.rayandolosconfines.com.ar/critica_galende.html

 

Gómez-Barris, Macarena (2009), Where memory dwells: Culture and state violence in Chile, University of California Press, Berkeley.

 

Gómez-Barris Macarena (2012), “Atacama Remains and Post Memory” en Media Fields Journal. Critical explorations in Media and Space, 5, accedido el 3 de junio 2013 en http://mediafieldsjournal.squarespace.com/atacama-remains-and-post-memor/

 

Grez, Sergio y Gabriel Salazar (comp.) (1999), Manifiesto de historiadores, LOM ediciones, Santiago.

 

Guzmán, Patricio (2008), “El flamante museo de la memoria de Santiago de Chile”, accedido el 16 de abril 2013 en http://www.patricioguzman.com/index.php?page=articulos&aid=27

 

Halbwachs, Maurice (1967, orig. 1950), La mémoire collective, PUF, Paris.

 

Harvey, David (2006), “Space as a keyword” en Noel Castree y Derek Gregory (eds.), David Harvey: a critical reader, pp. 270-293, Blackwell, Malden, MA.

 

Lemebel, Pedro (1998), De perlas y cicatrices, LOM ediciones, Santiago.

 

Moulián, Tomás (1997), Chile actual: anatomía de un mito, ARCIS Universidad, LOM ediciones, Santiago.

 

Nora, Pierre (2010, orig. 2004), “Introduction” en Pierre Nora (dir.), Rethinking France. Les lieux de mémoire (vol. 4), pp. vii-xiv, University of Chicago Press, Chicago.

 

Nora, Pierre (2007, orig. 1989), “Between Memory and History: Les lieux de mémoire” en M. Rossington y A. Whitehead (eds.), Theories of Memory, A Reader, pp. 144-9, Johns Hopkins UP, Baltimore. 

 

Rodríguez, Juan Carlos, (2007), The Post-dictatorial Documentaries of Patricio Guzmán: Chile, Obstinate Memory; The Pinochet Case and Island of Robinson Crusoe. Tesis doctoral presentada en Duke University, accedida el 23 de abril 2012 en http://dukespace.lib.duke.edu/dspace/handle/10161/203

 

Patricio Guzmán recibe apoyo de Sundance para su próximo documental”, accedido el 14 de abril 2013 en http://www.emol.com/noticias/magazine/2008/11/27/332711/patricio-guzman-recibe-apoyo-de-sundance-para-su-proximo-documental.html



[1] En su reciente artículo (2012), Macarena Gómez-Barris lleva a cabo un análisis de la constitución mutua de lo político y lo espacial en Nostalgia de la luz, contrastándola con Mi vida con Carlos de Pablo Berger (2010) para centrarse en la condición de posmemoria expresada en ésta última mediante su enfoque en el desierto de Atacama. Si en su libro anterior Gómez-Barris sugiere la importancia de lugares y sitios específicos en relación con la construcción de la memoria como base del contradiscurso llevada a cabo mediante el registro documental en el cine de Guzmán (2008: 103), canaliza estas premisas hacia un lúcido análisis de las dimensiones y efectos del silenciamiento en dos otras películas contemporáneas, Chile, la memoria obstinada y Fernando ha vuelto de Silvio Caiozzi (1998). Aún cuando dialogue con estos análisis, el acercamiento desarrollado aquí se distingue de ellos en la medida en que busca desentrañar las genealogías del espacio y de las prácticas espaciales en los documentales anteriores de Guzmán, las cuales posibilitan el replanteamiento del alcance de la memoria llevado a cabo en su filme más reciente.  

[2] Las conexiones que esta perspectiva crítica y teórica permite trazar están ejemplificadas con fuerza en el análisis que lleva a cabo David Harvey del proceso de diseñar el sitio que serviría de memorial para el ataque sobre las torres gemelas del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. Planteando preguntas sobre la operatividad de distintas conceptualizaciones del espacio en su dimensión material y como producto de relaciones específicas, Harvey demuestra como cada conceptualización devela u oscurece dichas relaciones (2006: 284-292).

[3] La transición a la democracia es calificada de pactada porque en ella se mantuvo vigente la constitución promulgada por Pinochet en 1980 que estipulaba una autoamnistía para los crímenes de la dictadura. Buena parte de la institucionalidad política y los poderes fácticos han evitado reconocer o enfrentar los crímenes de la dictadura, confiando en la lógica del “informe de verdad”, en el que se nombran a las víctimas pero no a los culpables. En su Chile actual: anatomía de un mito, Tomás Moulián ofrece la interpretación más clásica de esta transición pactada.

[4] Todas las traducciones de citas de los textos de Gómez-Barris son de la autora.

[5] La categoría de memoria pública surgió dentro del marco del debate sobre la historiografía chilena suscitado por las cartas autojustificatorias que Pinochet publicara durante su detención en 1999. Un amplio grupo de historiadores criticó públicamente la versión de la historia desarrollada en estas cartas, avalada por varios otros historiadores. Los historiadores comprometidos situaron su labor historiográfica en contra de la amnesia de la “memoria oficial” y la “memoria pública” e historiográfica generada en los medios de comunicación masivos que tergiversa y relativiza la historia en función de intereses particulares (Grez y Salazar, 1999: 34-35). A éstas, opusieron la “memoria social, (…) privada pero colectiva” de “las grandes mayorías ciudadanas que han estado sujetas por décadas y aún siglos, a la exclusión, la pobreza, el empleo precario y la represión” y “no olvidan (…) la tortura, la muerte y el dolor” (Grez y Salazar, 1999: 35).

[6] La Moneda dejó de funcionar como palacio presidencial después de que fuera bombardeada en el Golpe de estado. Volvió a ser sede de gobierno en 1981 después de haber sido restaurada ese mismo año.

[7] Todas las traducciones de citas del texto de Rodríguez son de la autora.

[8] En el año 2000 poco después de su investidura como presidente, Ricardo Lagos dispuso de modificaciones al edificio que revirtieron en parte este borramiento de su pasado histórico. Volvió a abrir la puerta de la calle Morandé por la cual fue sacado el cuerpo sin vida de Allende y abrió los patios del palacio al público. Ese mismo año se instaló una estatua en homenaje a Allende cerca de la ubicación de aquella puerta. En El caso Pinochet, Guzmán filma esta estatua mientras es llevada en camión a La Moneda e instalada. Su ausencia en Salvador Allende expresa la desconfianza de Guzmán respecto de los monumentos.

[9] Rodríguez adopta una perspectiva benjaminiana al leer este documental como ejemplar del materialismo histórico de parte de un cineasta que se hace heredero de la memoria al resistirse al peligro de olvidar los crímenes del pasado (2007: 17-8). Guzmán dota así a su cine de lo que Benjamín llamó “el débil poder mesiánico”.

[10] En Salvador Allende, cuando Guzmán reconstruye las últimas horas de Allende, la periodista Verónica Ahumada le muestra el lugar donde se suicidó Allende y explica que el cambio en la disposición de muebles y muros en el edificio “obedece a un cálculo”.

[11] Al centrarse en la presencia militar en las escenas de ambas épocas, este montaje “denuncia la continuidad del protagonismo militar en el gobierno de la transición” (Rodríguez, 2007: 20-2).

[12] Los momentos de memoria son para Pierre Nora, “momentos claves en los que una revisión total de la conexión con el pasado se cristaliza en una obra individual o colectiva” (2010: x). Las citas de los textos de Nora son traducidas por la autora.

[13] Rodríguez ofrece una muy sugerente interpretación de la manera en que estas escenas de proyección construyen al cine como acto social. Al analizar la diferencia entre el medio en el que cada público ve la película (los estudiantes ven los rollos mientras que los testigos históricos ven una cinta video que pueden hacer avanzar y retroceder con facilidad), Rodríguez interpela este proceso como uno que involucra no sólo el viaje en el tiempo sino también una travesía por diversos “ambientes tecnológicos” (2007: 62-3).

[14] Estos actos evocan dos aspectos específicos de aquel período: la cohesión entre los militantes y la necesidad de que éstos se plegaran a los medios pacíficos elegidos por su líder. Este último aspecto es evocado en un performance hecho para ser filmado más que presenciado, en el que los 4 ex guardias de Salvador Allende (Juan incluido) desfilan, cada uno con una mano reposada en un automóvil que avanza a paso de hombre, al que vigilan con actitud de procesión, como si aún estuvieran cuidando al presidente. La coincidencia en la actitud corporal de los guardias y su coincidencia política en realizar este acto de memoria suplementa al testimonio individual de Juan, expresando la necesidad de que la memoria sea colectiva.

[15] La leyenda que figura adentro de la caja de plástico en la que están exhibidos los anteojos explica que son los “anteojos ópticos del Presidente Salvador Allende, encontrados en el Palacio de La Moneda tras el bombardeo”.

[16] La ausencia en esta película de la estatua que fue instalada en homenaje a Allende en el 2000 (ver nota 5) se podría interpretar como una crítica a este monumento por los pocos datos que da sobre la vida de Allende y que Guzmán aspira a recuperar a través del medio fílmico.

[17] Estos artefactos están filmados de una manera que enfatiza su precariedad. Pensamos en los esbozos de Roberto Matta, apenas legibles y hechos en grandes hojas que aún guarda el Mono González, en la carta de Allende a Ema Malig y en la fragilidad de su mapa que parece estar pintado sobre un patchwork de telas y hojas.

[18] Aunque no tendría lugar en esta arqueología fílmica, el metro de Santiago, obra y orgullo de la dictadura, sería la contrapartida de estos usos de los medios de transporte asociados a Allende. La crónica de Pedro Lemebel, “El metro de Santiago (o esa azul radiante rapidez)” propone una crítica lapidaria de este símbolo.

[19] En las secuencias introductorias de la película, Guzmán y Malig se valen de los dos significados de la palabra “utopía” para describir respectivamente el Chile de Allende y la experiencia del destierro. Guzmán se refiere a “la utopía de un mundo más justo y más libre que recorría mi país en aquellos tiempos” mientras Ema vive su destierro “en una utopía”, en ninguna parte.

[20] Tras detallarlos, Galende sintetiza estos comportamientos, enumerándolos como sigue: “la vana emisión de obras que conforman nuestro presente, la deliberada afición por el tiempo mítico y el espectador extranjero, la recurrencia al archivo privado”.  

[21] Para Galende, la “lucha [de Guzmán en esta película] es en este sentido estrictamente personal, acaso un capítulo más de la guerra del buen archivista contra el baño de barniz al que su país trata de someter la memoria”.

[22] Este recorte diferencia el filme de Guzmán de acercamientos literarios al desierto chileno, como el de Ariel Dorfman que sitúa en el desierto las condiciones de posibilidad del Chile moderno, combinando en su recuento las actividades que rastrea Guzmán con un enfoque en las actividades u olas extractivas vinculadas al salitre o al cobre.

[23] Las transiciones también pueden servir para crear tiempo de reflexión para el espectador. Sin embargo, la carga poética de estas transiciones apunta hacia funciones y efectos adicionales.

[24] A lo largo de la película, Guzmán nos va preparando para esta equivalencia. En la primera secuencia filmada en el desierto, Guzmán explica que lo que tiene bajo sus pies probablemente sea lo más parecido al distante planeta Marte. Al comienzo de otra secuencia, explica que “como otros desiertos del planeta”, este tiene en su suelo “un océano de minerales”.

[25] Traducción hecha por el autor del texto original.

[26] Gómez-Barris interpreta la alternancia entre planos panorámicos del desierto y planos de la ruina del campo de concentración de tal manera que podemos inscribir esta técnica en relación con operaciones de arqueología fílmica, pues considera que estas secuencias “posibilitan una narrativa sobre el lugar, tejiendo un relato que elude a la linealiad para reunir y retratar restos arquitecturales” (2012).

[27] De hecho, en El caso Pinochet, Carlos Castresana uno de los abogados que formuló las denuncias internacionales contra Pinochet, nos revela que la lógica de las desapariciones durante la dictadura estaba calcada de los operativos “Nacht und Nebel” que preconizaban la desaparición absoluta para que las víctimas impresionaran a los demás por su suerte.

[28] Cuando muestra a gente caminando en el desierto, Guzmán usa la magnitud del paisaje desértico para componer imágenes que sugieren esta subsunción de la escala humana. Las figuras humanas parecen pequeñas, rodeadas de la extensión cobriza de la arena del desierto que se encuentra directamente con el cielo azul.

[29] En su artículo sobre este mismo documental, Adrián Cangi señala la capacidad de las imágenes para perdurar, recordando las observaciones de Didi-Huberman (2011: 160).

[30] Gómez-Barris ya había atribuido al cine documental en Chile la función de constituir un “archivo visual y sonoro de memorias” que, “mediante proyecciones públicas, podían crear espacios que posibiliten la experiencia de las formas de la memoria pública de la violencia política” (2008:106).

[31] Las traducciones de este texto son de la autora.

[32] Este documental incluye varias referencias a la precarización de las voces y la futura extinción de los cuerpos de estos portadores de la memoria y la historia. Varios testigos entrevistados tienen alrededor de 70 años. Victoria Berríos especifica que las mujeres de Calama se van haciendo menos numerosas. Guzmán incluye algunas referencias a la precarización de las formas materiales en las que se plasma la memoria, por ejemplo, las fotografías gastadas de detenidos-desaparecidos reproducidas numerosas veces en su función militante y cuya antigüedad contrasta con la fotografía clara y de alto contraste de las tomas del desierto. Al filmarlas, Guzmán registra estas instancias de la memoria colectiva, en un intento de contrarrestar su desgaste.

[33] La categoría de Pierre Nora es más útil en su capacidad de teorizar un conjunto de gestos específicos vis-à-vis de la memoria que para circunscribir un corpus según criterios estrictos. Para Nora, los “lieux de mémoire” son “restos, son las últimas corporizaciones de la conciencia memorial que apenas ha sobrevivido en una edad histórica que clama por la memoria porque la ha dejado en abandono” y se materializan en ritos remanentes de otras edades, “ilusiones de eternidad”, como son “los museos, los archivos, los cementerios, los festivales, los aniversarios, los tratados, (…), los monumentos y los santuarios” que, partiendo de la premisa según la cual “no existe la memoria espontánea”, intentan asegurar la continuidad de prácticas desfasadas con las transformaciones a las que toda sociedad se entrega”. La siguiente evocativa caracterización de los lieux de mémoire es ideal para caracterizar el estatus que Nostalgia les da a los restos del pasado: son “momentos de historia arrancados al movimiento de la historia y después devueltos al mismo; ya no son vida exactamente pero tampoco muerte, como conchas en la orilla en que golpea el mar de la memoria viva” (2007:149).

Marta Rodríguez: El documental vivo vuelve a vivir

Descargar texto

Por Jorge Ruffinelli*

 

Resumen

Marta Rodríguez es la más importante documentalista colombiana. Junto a su esposo Jorge Silva (1941-1987) comenzó su carrera cinematográfica con Chircales (1968-1972), rápidamente reconocido como un “clásico” del cine latinoamericano. Posteriormente filmó y editó más de una docena de films que documentaron las realidades de su país desde el punto de vista de los olvidados y explotados (los indígenas colombianos, los campesinos, los pobres, las mujeres trabajadoras). Su trabajo en el cine es un ejemplo supremo de las preocupaciones ideológicas y estéticas del más alto orden. Varias de sus películas implicaron riesgos personales. Este ensayo se centra en todo su trabajo prestando atención tanto a cuestiones estilísticas, así como a la representación social y política.

 

Palabras clave

Marta Rodríguez, Jorge Silva, documental militante, cine latinoamericano

 

Abstract

Marta Rodríguez is the best Colombian documentary filmmaker. Together with her husband Jorge Silva (1941-1987) she started making films with Chircales (1968-1972), already considerad a «classic» in Latin American cinema. She subsequently shot and edited more than a dozen films documenting her country’s realities from the view-point of the forgotten and displaced, i.e., indigenous Colombians, peasants, the poor, women laborers. Her work in filmmaking is an example of the highest aesthetic and ideológical concerns. Several of her films implied rísks for her life. This essay focuses on her entire work with attention to the stylistics as well as to societal and polltical representation.

 

Keywords

Marta Rodríguez, Jorge Silva, activist documentary, Latin American cinema

 

Datos del autor

Jorge Ruffinelli es profesor en la Universidad de Stanford (California). Especialista en literatura latinoamericana, es director de la revista Nuevo Texto Crítico y autor de trece libros y más de quinientos artículos, reseñas y críticas en revistas de todo el mundo. Durante los años noventa su trabajo crítico se ha centrado en el cine latinoamericano: Patricio Guzmán (2001) es su libro más reciente y está terminando Encyclopedia of Latin American Cinema.

 

Al final de su artículo sobre Marta Rodríguez, en El cine del Tercer Mundo, Alberto Elena desea: “Es de esperar que pueda en breve proseguir su lúcido discurso cinematográfico, que en una ocasión ella misma definiera como una tentativa de ‘recuperación crítica de la historia a través de la memoria popular’” (1993: 320).

Marta Rodríguez lo consiguió. Después de un lapso en buena parte motivado por la tragedia personal de perder a su compañero de vida y de trabajo, el fotógrafo Jorge Silva (1911-1987), Marta Rodríguez volvió al documental con energía incansable y espíritu analítico. Entre las películas más recientes han de contarse Amapola, la flor maldita (1996) y Los hijos del trueno (1998), realizadas en combinación con su hijo Lucas Silva, así como Nunca más (2001), filmada junto con Fernando Restrepo Castañeda. Historia admirable de un documentalista, la de Marta Rodríguez. Historia que revisaré aquí con pasos largos.

Marta Rodríguez y Jorge Silva se conocieron y encontraron en los años sesenta  y formaron una dupla creativa coherente de gran fuerza. Eran los años del  “cine combatiente» o «militante», como ellos mismos lo llamaban (Valverde, 1978: 353), cuando los documentales en dicha línea estaban señalados no sólo a retratar situaciones sociales sino a denunciarlas para promover su cambio. Las de los sesenta y setenta fueron dos décadas largas, signadas por obras mayores que parecían iluminar el camino a las demás, La hora de los hornos (1968) de Solanas y Getino en los sesenta, y La batalla de Chile a lo largo de los setenta (1973-79). Si ésas eran las «catedrales» del documentalismo, las «iglesias» estaban hechas por brasileños, colombianos, salvadoreños, argentinos… No está de más llamarlas «iglesia», y añadirle «combativas», en lo que respecta a Rodríguez y Silva, entre otras cosas porque eran paralelas al compromiso de los sacerdotes del Tercer Mundo, y en su caso más específicamente al activismo del Padre Camilo Torres. Marta Rodríguez conoció a Torres en Francia, cuando se buscó a sí misma y se encontró precisamente en el documental, junto a Jean Rouch, el gran maestro[1]. Campesinos

Posteriormente, el cine de Marta Rodríguez, a medida que se iba desgranando en una y otra película, recorrió festivales y fue reconocido por su fuerza, su originalidad, el cuidado de su imagen, pero ante todo por lo que resultaba de todo eso: la habilidad para rescatar la «memoria popular», por dejar que sus propios personajes reales dieran cuenta de sus profundas tragedias personales y colectivas.

A raíz de la repentina muerte de Jorge Silva en 1987 salieron a la luz algunas páginas íntimas que este hombre y fotógrafo extraordinario escribiera sobre ambos. Nadie mejor que él hubiera podido definir en palabras el singular vínculo que lo relacionaba con Rodríguez:

Sin anillo de bodas ni ataduras, errábamos por insólitos sitios, mientras aprendíamos este complejo, horrible. Bello, deshonesto y corrompido país, pero andábamos en eso de aprendernos pareja, de reconocernos en la libertad que guiaba nuestros pasos y en nuestra piel descubrimos el país, y en el país un cine y en el cine todo aquello que éramos y no éramos, reconociendo los elementos de que estábamos hechos vos v yo cuando éramos el más largo camino, y el azar era el único punto de referencia (en Verejano, 1987: 31).

El origen social de Silva fue humilde, pero ese mismo origen le impulsó a construirse a sí mismo como persona. Marta Rodríguez lo recuerda y sintetiza su biografía de manera elocuente y objetiva:

[En el 65 conocí a Jorge]. Jorge era una persona que ya había hecho cine, había hecho un documental que se llama Los días de papel. Jorge tiene un origen muy pobre, proletario. Jorge es hijo de una indígena que emigra del Huila a un puerto en el río Magdalena, Girardot. Su padre era un tipo que tenía hijos por todo el río, de esos tipos que… Bueno, Jorge nunca tuvo padre. Y su madre era sirvienta, empleada, como llaman aquí, «sirvienta», esa palabra tan despectiva, analfabeta… / Entonces Jorge era muy frágil por la miseria, se enfermaba mucho del estómago y le dijeron a la mamá que se vinieran para Bogotá. /Jorge escribió una novela que desgraciadamente se refundió por ahí. Él narra en esa novela cómo se viene con su mamá y una medio hermana, en tren, a esta ciudad helada. Girardot tiene un clima de 30 grados. / Llega a esta nevera de Bogotá, su mamá es una sirvienta en la Candelaria, un barrio antiguo. Eran Jorge y su hermana, y a Jorge le quitan el nombre porque el hijo de la dueña se llamaba Jorge. El patrón y el sirviente le ponen José. Él era como el mandadero, el niño que cuidaba los pájaros. Hasta que la señora dice: ¡Dos chinos comen mucho, no me los aguanto! Y lo mandan al Amparo de niños. / Se educa en el Amparo de niños como hasta la adolescencia. Es una época muy dura, él escribió un guión para una película, pues quería hacer una película sobre el Amparo. Del frío, del hambre, de que le daban frijoles llenos de gorgojos, de la soledad, de la falta de la mamá. / Cuando sale se pone a trabajar como albañil para ayudar a la mamá. Pero como él no estudió sino hasta tercero de primaria, se la pasaba en la Luis Ángel Arango y era una persona que leía mucho, era un lector impresionante. / Entonces encuentra un tipo que le da trabajo como reportero en la Associated Press. Luego encuentra otro amigo, «el negro Forero», igual de proletario que él y hacen una película muy linda que se llama Los días de papel. Es una película sobre un niño muy pobre, con una cometa toda rota, como Chircales, de una hoja de papel, y un niño muy rico (Ramiro Puerta, el de Toronto, le hizo de niño rico. Ramiro luego me decía: Marta yo era el niño de Los días de papel de Jorge). / Hace esa película y entonces yo lo conozco. Lo conocí en un cineclub que hay aquí en la Alianza Francesa, que siempre hay pequeños cineclubes. Allí se la pasaba Jorge y yo le dije: quiero hacer los Chircales. Y como Jorge no tenía ni trabajo, ni nada, el hacia sólo cine y leer, pues era completamente libre y me dijo vamos a hacer los Chircales. Durante cinco años la hicimos. / Yo creo que la pasión más grande que tuvo en la vida Jorge fue el cine. Había hecho cine en cooperativa con su amigo Forero. Esa película nunca la terminó, la editó pero está sin sonido. Y luego trabajamos veinte años. En toda la obra mía esta él presente, ahora tengo al hijo, a Lucas [2].

Juntos, Rodríguez y Silva filmaron siete documentales, la excelencia del primero de los cuales fue de inmediato reconocida (Paloma de Oro en el Festival de Leipzig): Chircales (1968-1972, 42 minutos). Sigue siendo uno de los documentales colombianos máselocuentes de la realidad social y política colombiana. Desde su inicial exhibición en 1968 en Mérida (Venezuela), es un modelo de cine comprometido, de documental construido como un instrumento de concienciación e influencia para el cambio. Singularmente, Chircales se había iniciado como un proyecto de investigación social por un grupo de estudiantes orientado por Camilo Torres (quien poco después se uniría a la guerrilla). Hacer este film les llevó a Rodríguez y Silva cinco años, desde su primer contacto con la región hasta acabar de editarlo. Uno de esos años debieron convivir prácticamente con los trabajadores alfareros, y la introducción de la cámara para la filmación fue casi el resultado de la confianza generada a través del tiempo y la solidaridad.Campesinos2

El film comienza con imágenes de la ciudad: la Plaza Bolívar, soldados patrullando las calles, discursos electorales y triunfalistas, una voz “oficial» afirmando que no hay desigualdades sociales en Colombia, la llegada de Rockefeller. Durante las elecciones, un viejo votante se define «liberal» porque su padre había sido liberal, pero concluye escéptico en que “nada ha quedado de la política y de los presidentes”. El verdadero tema del film es esa nada: la pobreza absoluta y patética de los ladrilleros de origen campesino que han llegado a los cinturones de miseria de la capital y allí son explotados igualmente que en el pasado. “Del latifundio agrario al latifundio urbano”, señala un narrador desde la banda sonora y explica la estructura social y laboral que domina su producción: un terrateniente que alquila sus tierras a un arrendatario que controla la producción, y los obreros asalariados, que carecen de los “medios de producción o del producto final de su trabajo”. Viven, en resumidas cuentas, de un pago minúsculo para su estricta supervivencia.

Rodríguez y Silva eligieron a la familia de Alfredo y María Castañedo para registrar sus vidas humildes. Sin duda, las imágenes más imborrables del film corresponden a los niños cargadores de ladrillos. Desde que aprenden a caminar, son dispuestos como bestias de carga para ayudar en el trabajo familiar. Lejos de cualquier infancia ideal, protegida, llena de juguetes, estos niños padecen como esclavos de un régimen social, más cruel de lo que nadie pudiera imaginarse. Chircales registra la vida cotidiana de la familia y su propio registro es su comentario. Unas pocas secuencias fueron reconstruidas: el final, cuando la familia es despedida de la finca, y la primera comunión de la hija mayor, así como su deambular vestida en blanco, como ella soñaba[3]. En esta última secuencia, el film parece salir de su propio marco realista, pero el efecto es eficaz porque demuestra la «humanización» de sus criaturas, los sueños o esperanzas humildes de la adolescente.

A diferencia del típico dispositivo testimonial (“dar voz al quien no la tiene”), Chircales no se ocupa tanto de recoger los «testimonios» de sus protagonistas como sus imágenes, poderosas y convincentes para el propósito del film. De todos modos hay algunos de esos relatos: la visita de María al médico, quien le aconseja, sin más ayuda, que deje de “botar tantos limosneros al mundo” (ella ya tiene 11 hijos), o el final, cuando después de muchos años de trabajo para el arrendatario, éste los echa de su tierra y los convierte nuevamente en emigrantes desclasados y marginales. El film acaba con la imagen desolada de la familia en camino a otra tierra de nadie, pero esa imagen es compensada por una frase realista de Camilo Torres: “La lucha es larga, comencemos ya”.

La militancia de los años sesenta, incluido este film, ayudó a un cambio –por mínimo que fuese– de la suerte de los trabajadores, quienes conquistaron el derecho a la organización gremial. La última parte de Chircales, que no fue filmada, debió haberse hecho por estos mismos trabajadores exhibiendo la situación posterior, así como sus logros sindicales.

A este documental le siguieron Campesinos (1975) y Planas: las contradicciones del capitalismo – Testimonio de un etnocidio (1971, 32 minutos). Campesinos fue realizado entre 1970 y 1975 y se conoció sólo en ese último año. Por su lado, Planas no puede significar ni valorarse sólo por sus logros o sus defectos técnicos, su convencionalidad o su innovación en el género documental, ni siquiera por sus intenciones. Una valoración del cine activo (o de acción) implica la misma historia de su producción, ya que no se trata de un producto para contemplar pasivamente en una sala de festivales, sino para ayudar a cambiar el mismo mundo que la cámara registra[4]. Ese mundo es el de Planas, una región en los Llanos orientales de Colombia, con seis mil indígenas y una muy desigual distribución de la tierra: 380 mil hectáreas en manos de 75 colonos, de las cuales 190 mil les pertenecen a sólo diez colonos, mientas que las 14 mil supuestamente de los indígenas, aunque mínimas en comparación, son igualmente el objetivo de la rapiña de los colonos.

El documental comienza comparando el otro pasado «colonial» con el presente. La Conquista española, contada por los mismos indígenas, supuso «el saqueo, la explotación y el asesinato masivo» de los indios. Lo mismo sucede ahora, dice el narrador en off: «Hoy, como hace siglos, continúa la explotación y la persecución». Una serie de titulares de periódicos apoyan la denuncia desde la banda sonora. El documental se apoya momentáneamente en ellos como en «otros» documentos. En gran medida, Planas es un relato (desde la cámara y desde la grabadora), y en la misma medida impone su discurso explicativo.

Rodríguez y Silva se aproximaron a este tema sorteando los escollos de una situación laboral y política candente, que les resultaba a ellos mismos arriesgada. Cuando iniciaron su filmación, Planas estaba ocupada por el ejército en obvia complicidad con los colonos y en detrimento y represión de las reivindicaciones campesinas e indígenas. Como trabajadores, éstos se habían comenzado a unir en una cooperativa desde 1966, gracias a la iniciativa de Rafael Jaramillo Ulloa y quince indígenas, y dos años después la Cooperativa Agropecuaria contaba con 400 socios y un centro de atención médica, y representaba un «peligro» para los intereses de los patrones colonos. La «reacción» por un lado persiguió a Jaramillo tildándolo de «comunista», y por otro atentó contra la organización indígena y utilizó al ejército como brazo represor y asesino.Chircales

Las atrocidades del ejército llegaron al Senado de Colombia, pero el resultado fue nulo. Mientras los medios de prensa elogiaban al ejército y un programa crítico de televisión era censurado, los indígenas llegaron a la conclusión de que las vías «legales están cerradas». Como dice una mujer: “Para nosotros los indígenas no hay ley, para los blancos hay ley”. Y no se equivocaban. La represión en Planas continuó, con el ejército exterminando sistemáticamente a los «capitanes» (líderes) de cada grupo indígena, para sustituirlos por sus simpatizantes.

Burlando la vigilancia del ejército, Rodríguez y Silva realizaron este documental y le imprimieron un tono políticamente radical. A diferencia de Chircales, en que la gran fuerza del documental está en las imágenes poderosas (¿qué discurso de denuncia puede sustituir a las imágenes de los niños de cinco años acarreando ladrillos, como pequeños esclavos?), Planas busca su fuerza en el análisis, tanto o más que en la mostración. El análisis es el que compara la época de la Conquista con el presente, y el que introduce la denuncia de los crudos intereses económicos y de poder en el exterminio de esta población indígena (la concesión de su territorio a compañías norteamericanas de prospección petrolera). Aunque también «da voz» a los campesinos y espacio para que éstos denuncien haber sido torturados por parte del ejército, la fuerza de ese testimonio se atenúa ante la recreación de algunas secuencias, y por el hecho de que algunas entrevistas fueron realizadas más tarde en Bogotá, por no haber podido ser realizadas in situ.

Además de una denuncia directa sobre un hecho específico, histórico, que estaba sucediendo en el mismo momento de su filmación, Planas consigue el noble esfuerzo de dignificar a sus personajes. El modo poderoso que el film tiene de contrarrestar los prejuicios étnicos y sociales respecto a los indígenas (el narrador señala que los indígenas son denominados «irracionales» por los blancos más retrógrados, y la consigna implícita, y a veces explícita, consiste en solucionar el «problema» indígena con el genocidio) consiste en exhibir su cotidianidad. La cotidianidad humaniza. De ahí el tiempo de pantalla dedicado a mostrar un modo diferente de pensamiento «científico» entre los indígenas cuando éstos convierten la yuca, pese a sus elementos tóxicos, en alimento fundamental. Cómo ellos consiguen, con la forzosa carencia de sofisticados laboratorios químicos, eliminar el veneno de la yuca. En otras escenas, las mujeres tejen, los hombres trabajan la tierra. En su cotidianidad, no se distinguen de ningún otro campesino del mundo occidental, a quien nadie osaría llamar «irracional». En este sentido, Planas colabora magníficamente en dignificar la imagen pública de los indígenas. Y también en dignificar el ejercicio del cine documental.

En 1980 Rodríguez y Silva dieron a conocer La voz de los sobrevivientes, documental de 16 minutos. La represión de indígenas de la región del Cauca por el ejército y los terratenientes, en la década de los setenta, motivó este documental crudo, elemental y directo. Por una parte, se trató de presentar los seis puntos centrales del «Programa» del Consejo Regional Indígena (CRIC) del Cauca: 1) Recuperar nuestras tierras; 2) ampliar los resguardos; 3) fortalecer los Cabildos indígenas; 4) no pagar «terrajes»; 5) hacer conocer las leyes sobre indígenas y exigir su justa aplicación; y 6) defender nuestra historia, nuestra lengua y nuestras costumbres. Sin embargo, el documental no abunda ni en estos temas ni en la historia del movimiento, y se concentra, mejor, en la circunstancia de la visita a la región de una comisión de Amnesty International para recabar testimonios sobre torturas a campesinos. Un relator (campesino) plantea en síntesis la historia del CRIC, surgido entre 1970 y 1971, historia que se resume en la represión por parte del ejército y en las muertes sucesivas de líderes campesinos. En toda esta primera parte, La voz de los sobrevivientes es un recuento de la organización y las muertes violentas de los dirigentes de comunidades y cabildantes a manos de los «pájaros» (nombre común, originado en el período de la Violencia, para designar a los asesinos a sueldo).Chircales1

De inmediato el documental se dedica a filmar una sesión del Comité de AI. Aunque todos los testimonios a presentar debían hacerse por escrito, el documental recoge al menos el testimonio directo de cinco campesinos víctimas de la tortura militar, entre ellos dos mujeres. Mientras las víctimas (los «sobrevivientes» del título) refieren sus historias de dolor, la cámara recorre los rostros de los integrantes del Comité, y se detiene en ellos con close-ups. No hay expresividad en esos rostros de individuos dedicados a registrar la historia de las víctimas –en todo caso, una gestualidad de atención humana y respetuosa hacia los testimonios. En contraste, las dos mujeres le confieren al documental la expresión más patética de sus experiencias, aunque en sentidos diferentes y complementarios. Mientras la primera de ellas, más joven, se refiere a las torturas sufridas durante nueve meses de detención, y ante todo a las psicológicas, la segunda, más madura, plantea la decisión de luchar contra la injusticia, aún al precio de la vida. Viuda, cita a su esposo, tan decidido como ella a la pelea. “Seguiré luchando contra gobierno y terratenientes, que son una sola persona”, dice con calma y firmeza. Y el documental concluye con el primer plano de su rostro surcado de arrugas, curtido, sufrido. La voz de los sobrevivientes no es un documental tan cuidado y elaborado, en sus imágenes o en su denuncia, como otros anteriores y posteriores de Rodríguez y Silva, y así y todo resulta coherente con la conducta fílmica de su obra, con la voluntad de los cineastas de emplear el cine como un arma constructiva, de concienciación social y política.

Filmada entre 1978 y 1981, Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (109 minutos) fue tal vez la película más creativa del binomio Rodríguez-Silva en tanto su opción fílmica fue más allá de la forma documental o de la investigación antropológica. Aunque el compromiso social y político de los autores está asumido con respecto a las comunidades indígenas del Cauca colombiano, esta vez se propusieron ahondar no sólo en las condiciones laborales y sociales sino en la interioridad ideológica de sus protagonistas, expresando esa interioridad con verdadera poesía y plasticidad. La «ideología» no es solamente «política», aunque finalmente ella resulta predominante no importa cuantas vías simbólicas se tomen, porque la propuesta tiende a bucear en los miedos y en las representaciones del imaginario indígena. Para reconstruir ese imaginario, Rodríguez y Silva se valieron de máscaras y maquillaje con que representaban, ante todo, al Diablo y a los Terratenientes.

Un juego muy intenso de cotejos y paralelismos entre los relatos orales del presente y los testimonios indígenas de la Conquista española, más las representaciones escultóricas ecuestres de aquellos Conquistadores, le permite a los autores emplear, recalcar (aunque no exista mucho desarrollo) uno de sus motivos favoritos: que la masacre de indígenas característica del violento proceso de Conquista y Catequización no se detuvo en una época pasada, sino que, bajo otras formas o maneras, llega hasta el presente. Sólo que esa historia tiene dos vías, y así como los indígenas fueron las víctimas del robo y pillaje de sus tierras, muchas de las cuales pasaron al dominio de la Iglesia, también el pasado podía poner en manos de los indígenas del presente algunos títulos de propiedad de 1795 que fundamentaban una «recuperación» de propiedades. La película narra ambos movimientos oscilatorios: el despojo a los indígenas por parte del capitalismo (los terratenientes) y los movimientos de reivindicación social de las víctimas.

Lo que hace particularmente interesante –y fascinante– el nuevo enfoque de los cineastas es su propia capacidad de renovación, que a su vez ellos también vieron y valoraron en sus personajes (Nacer de nuevo, 1987,31 minutos). Ese cambio de rumbo hacia un cine cuya puesta en escena es otro modo de ver la realidad indígena y campesina, fue decidido por la propia realidad cuando Rodríguez y Silva visitaron la hacienda «Canaán’, que había sido reapropiada por los indígenas. Allí, en la cocina, escucharon una historia estremecedora de fantasmas (el Mito de la Huecada): cómo unos jinetes en busca de vacas perdidas fueron a dar a una zona remota de los cerros donde las encontraron, pero encerradas en un brete por el Diablo. La película recrea esa misma escena: son los trabajadores quienes hablan sobre el diablo, y los autores quienes lo ponen en escena. Sin embargo, más que las folklóricas historias del Diablo contadas por los campesinos en muchas partes del mundo, aquí los mismos indígenas reconocían claras asociaciones entre el Diablo y los Terratenientes, y hasta se referían al pacto mefistofélico: “Algunos ricos se han enriquecido porque han tenido contacto con el Diablo, y el Diablo les ha dado plata”. Rodríguez y Silva buscan un difícil equilibrio entre lo testimonial y esta suerte de «realismo mágico» del imaginario[5].Chircales4

La puesta en escena es muy elaborada y por eso va más allá de simplemente «ilustrar» una conseja, un relato de supersticiones. Su juego consiste también en comparar la figura del Terrateniente con la de la estatua ecuestre de un conquistador, identificando implícitamente las dos épocas a través del simbolismo. Pero como la lucha por la tierra (que es el tema central de la película) no puede desvirtuarse en una serie de relatos de fantasmas, la «finca salada», la «Malahora», el «Mal viento» (a su vez magníficamente adaptados al hermoso paisaje de neblinas), en la banda sonora se incluye un campesino indígena analizando y desmitificando el elemento «metafísico» como un dispositivo simbólico con que referirse al imperialismo norteamericano, o a la clase social de los Terratenientes.

La expresividad formal de esta película no se restringe a la puesta en escena de los relatos mágicos. Todo el film denota un cuidado plástico innegable, con intensos primeros planos de rostros, manos y pies curtidos por la tierra. La cámara misma investiga, como si quisiera horadar en una realidad densa, sea la de los rostros indígenas o la de los militares. Sólo que en este segundo actante, la película cumple el hallazgo de un par de secuencias admirables por su oportunidad y elocuencia política. Una es el homenaje que la Academia Colombiana de Historia les tributa a un grupo de militares de graduación, agradeciéndoles su “noble función docente”. Esa vergonzosa escena contrasta con el desconocimiento colombiano de la historia indígena. Estos mismos lo declaran: “Desconocemos nuestra historia. No nos la enseñan”, al punto de que el 12 de octubre tiene un significado negativo para ellos: “Para nosotros es día de luto, desgraciado, porque destruyeron nuestra civilización, nuestra raza”. La otra secuencia tiene que ver justamente con el Día de la Raza, cuando desde la banda sonora se reproduce otro vergonzoso discurso de un locutor, quien señala que el Día de la Raza celebra en todo caso una raza inexistente porque “indios ya no tenemos”.

Aunque no existe triunfalismo político e ideológico en las películas de Rodríguez y Silva, su enfoque es positivo porque se trata de una mirada de lucha permanente. De ahí su vinculación con la CRIC y hasta cierto punto su dependencia, en cuanto a los contenidos políticos, del Consejo Regional Indígena, cuyos miembros aparecen también aquí, recobrando haciendas o denunciando el asesinato de 48 dirigentes asesinados a lo largo de su corta historia como movimiento. También resulta importante para el documental cerrarse en torno a la figura ideológicamente robusta de Gertrudis Lame, viuda del líder Justiniano Lame, asesinado. “No nos vamos a quedar durmiendo”, dice la mujer, con un espíritu curtido de desafío. Y basa esa promesa en los ideales de su marido, que ha hecho suyos y de sus hijos. “No nos morimos de miedo. Para morir, hemos nacido –pero luchando. No nos acobardamos. Justiniano nunca les enseñó timidez a sus hijos”.

La innegable belleza de Nuestra voz de tierra, memoria y futuro no proviene simplemente de un cuidado fotográfico y una puesta en escena imaginativa y expresiva; eso importa, pero lo que más aporta a esa belleza está en la virtud de haber sacado de la interioridad de sus personajes la belleza de espíritus indoblegables. La verdadera reivindicación humana. En un mundo de pobreza y dolor, existe al menos esa riqueza. Y con elocuencia, entusiasmo y compromiso, Rodríguez y Silva han sabido trasmitirla al espectador. Por eso, Nuestra voz de tierra, memoria y futuro es una de las películas verdaderamente fascinantes de América Latina.

A este film le siguió otro, más «creativo» en sentido convencional, por utilizar la ficción junto al documental: Nacer de nuevo (1987). Presentado en tanto proyecto a Focine como un corto de ficción, Nacer de nuevo corresponde a una nueva etapa en la obra fílmica de Marta Rodríguez. Viuda ya entonces de Jorge Silva, la película le está dedicada de una manera significativa: “Jorge, continuaremos tu obra mientras exista un explotado en Colombia”. Más que una dedicatoria es una promesa y una afirmación de vocación.

En todo caso, la ambigüedad entre el documental directo (o incluso elaborado) y el cine de ficción queda subsumida en el personaje central de esta película tan excepcional como las anteriores. En Armero, un «pueblo maldito» porque el Papa lo maldijo a raíz de la muerte violenta de un sacerdote, estalla el volcán y el pueblo queda en ruinas, convertido en un pueblo fantasma. Entre los muchos damnificados, María Eugenia Vargas, una anciana de setenta y un años, es, entre otras cosas, una actriz nata. No necesita script:ella habla todo el tiempo y sus expresiones y lenguaje resultan vivos, enjundiosos, pujantes. Tal vez «en la vida real» hubiera sido una abuela insufrible, por mandona, y aquí se incluye un par de secuencias en que revela ese carácter, por ejemplo cuando hace levantar de la cama a su vecino Carlos, acusándolo de haragán y coqueteando con él ya que el hombre la «pretende».

Lo más singular de María Eugenia Vargas se cifra en dos aspectos. Uno es el lenguaje y la idiosincrasia, que la hacen única. Su español es inusual en un personaje iletrado como es ella, y el ingenio de su habla enriquece aún más la expresión. El otro es su actitud ante la vida. Aunque pobre y arrojada a vivir en una carpa (dentro de una cancha de fútbol) por los «desastres soberanos», demuestra una alegría de vivir como nadie de su edad, y acaso tampoco nadie menor que ella: “Tengo 71 años y quiero vivir 100 para reponer lo que perdí en la avalancha”, aclara. El contraste con Carlos no podría ser mayor. El hombre, de 76 años, vive acostado en su catre, sin ánimo de levantarse. Acepta incluso que le gustaría morirse. No tiene ya nada que esperar, que hacer. Un día ella se viste primorosa, con el vestido que Carlos le había regalado, y salen juntos a pasear por el pueblo. Sin embargo, el cine es coto prohibido. “No me gusta el cine porque no quiero volverme loca”, afirma, luego de narrar que una pareja entró alguna vez al cine y el hombre, al salir, estaba loco.

María Eugenia vive rodeada de animales. Los alimenta porque, como recuerda un dicho de su padre, “El que come y el que caga no se muere”. Uno de esos animales domésticos es una gallina: la llama la «Cubana» porque se la envió Fidel Castro. Aunque no se aclaran las circunstancias, deben haber estado referidas al siniestro de Armero y a la solidaridad cubana con las víctimas. De todos modos, funciona magníficamente la incongruencia de obsequios entre Fidel Castro y María Eugenia Vargas. Ella afirma que alguna vez retribuirá el obsequio enviándole a Castro una cadena de oro. En gran medida el rasgo peculiar de esta película proviene de haber hallado a un personaje singular sobre el que construirse. El personaje encarna muchas cosas entrañables: las creencias míticas que no oscurecen una visión lúcida de lo real, el tesón de vivir, un discurso claro y tajante sobre la pobreza y la falta de respuesta de los gobernantes.Chircales 3

Todos estos rasgos eran, de un modo u otro, los que el cine de Rodríguez y Silva perseguían en sus personajes, y aquí se encuentran oportunamente encarnados en Vargas. El simbolismo del título implica un resurgir del desastre, una especie de Ave Fénix que resurge de los escombros. Claramente es el caso de María Eugenia Vargas y el espectador puede fácilmente encontrar la razón de que lo sea, a través de la fuerza vital de esta mujer. Pero también lo es, en segundo plano, de Marta Rodríguez, quien tras perder a Jorge Silva tuvo que encontrar, también ella, los caminos para «nacer de nuevo». Esta película era un trabajo de ambos, y por ello no sólo se acredita la fotografía a Silva, sino que, al final, aparece el cineasta en algunas fotos fijas junto con su personaje. Vargas señala en la conclusión del film, “Uno tiene que tener valor hasta para morirse”, mientras el film recoge la imagen de Jorge Silva como un tributo que demuestra un admirable valor equivalente –del personaje central y de la autora– para vivir.

El último documental que hicieron juntos Rodríguez y Silva fue Amor, mujeres y flores (1987, 52 minutos), y tiene la fuerza de denuncia pletórica de todos los anteriores. La ironía del título es también una «ironía de la vida». Con innegable sentimiento romántico, tantas veces el imaginario masculino ha asociado estas tres presencias reales y simbólicas: el amor, las mujeres, las flores. El documental va más allá, no necesariamente a desmitificar la simbología o las costumbres rituales en torno a las flores y al amor, sino a analizar, en términos humanos, «¿cuánto cuesta producir belleza?» Y para eso investigan, registran, filman, la industria de la floricultura en su país, una industria millonaria, de exportación, que inesperadamente implica enfermedad y muerte. Una de las trabajadoras sintetiza el problema con una frase letal: “Detrás de cada flor hay una muerte”.

Los documentalistas usan profusamente, desde la banda de sonido, una entrevista realizada con uno de los mayores inversores en la industria. No importa que su acento sea marcadamente extranjero, aunque la connotación política implícita es también obvia. Mientras en esa entrevista se habla con orgullo del desarrollo de la floricultura en Colombia, a lo largo de dos décadas, en cambio sí aparecen diversas mujeres trabajadoras testimoniando sus padecimientos: leucemia, epilepsia, pérdida de la vista, abortos. La causa aparente: los fumicidas empleados en el tratamiento de la tierra y de las plantas, los productos químicos como Tiodan, Paration o Antracol, que, aunque prohibidos en los Estados Unidos o en países europeos por su efectos nocivos sobre las personas, en Colombia y otros países latinoamericanos prosperan bajo el sello de las mismas productoras internacionales (como Bayer).

Diferentes testimonios de intoxicación de parte de los hombres fumigadores, así como de las mujeres que cortan y luego preparan las flores manualmente, llegan al mismo resultado: “Uno va envejeciendo prematuramente. En las flores, un año de trabajo es un año menos aún de vida”. En este sentido, el documental da la oportunidad a las trabajadoras para expresar sus condiciones de trabajo y su relación con los trastornos de la salud. Como es casi de rigor en el documental de testimonio, el cine está dedicado a dar la voz a quienes no la tienen.

La condición del documental de choque y denuncia implica un punto de vista, una toma de partido. No se trata de una investigación periodística en que cada denuncia es acometida desde diversos ángulos, sin dejar fuera precisamente el costado científico. ¿Es posible desde un punto de vista científico que los productos químicos produzcan ‘leucemia» y «epilepsia», o se trata de diagnósticos apresurados de un cuerpo médico poco interesado en proteger la salud de los campesinos? En cualquiera de los casos, la situación es dramática, y el documental no pierde tiempo ni energía bizantina más allá de su investigación básica, casi contextual, o antropológica, ni entra a «decidir» sobre los presupuestos reales de la relación enfermedad-trabajo.

Esto es importante porque configura una visión del cine, una idea clara sobre cuál es la función de éste, ante todo en un género tan sinuoso como el documental. La noción de cine que transpira Amor, mujeres y flores pone a éste al servicio de un grupo numeroso de explotados. Los explotados pueden serlo porque sus patrones abusan de la relación salario-trabajo, o porque los dueños de los medios de producción no respetan humanamente la salud y la vida de sus empleados. Una de las trabajadoras emplea un símil eficaz para mostrar esta discordancia: “Uno es como una flor. Debe cuidarse, como ella”. La práctica, sin embargo, es opuesta. Para crear belleza, la belleza de la flor, la medicina «preventiva» son los fumicidas que destruyen la tierra a la vez que a los enemigos biológicos de la flor. La belleza de una flor está protegida, cuidada. Quienes no lo están son las mujeres que trabajan con ellas. El mito romántico se deshace. Si para el imaginario masculino, las mujeres son metafóricamente flores, lo cierto es que en la realidad resultan las víctimas de la flor. Pero el mito continúa.

El 11 de mayo de 1978 estalla una huelga contra la empresa Bogotá’s Flowers Ltda. Los trabajadores determinan su “cese de actividades en defensa de nuestros intereses”. Tras 55 días de paro, la empresa pasó a manos de los trabajadores. La película registra ese momento emocional, en unas pocas entrevistas. “Tenemos que estar unidos para poder seguir”. La historia no culmina tan fácil: tiempo después el ejército desaloja a los trabajadores y la empresa es retomada por sus antiguos dueños. De todos modos, sin triunfalismos, el sentido de la película, aquello que la justifica, reside en que los trabajadores se organizaron por sus derechos y el film acompañó esos reclamos. Sin embargo, se trata también de un film «herido». En un breve epílogo emocional desde la banda sonora, Marta Rodríguez da cuenta del fallecimiento de Jorge Silva, a los 46 años, el 28 de enero de 1987. Gracias a ese epilogo, Amor, mujeres y flores se convierte en el testamento político y cinematográfico de un fotógrafo que se convirtió en uno de los cineastas más activos, talentosos, apasionados y comprometidos de su época.

Con la muerte de Silva llegó el tiempo del duelo, así como el de terminar los trabajos que habían realizado juntos. Hay un hermoso poema de Víctor Gaviria (poeta y cineasta colombiano) que reflexiona, ante la muerte de un amigo, sobre las tareas que dejó sin hacer. Y el poema sugiere que las retomen todos (Gaviria, 1980). En el caso de Silva, nadie mejor que Rodríguez para continuar la tarea, dado que ella era al menos la mitad del esfuerzo, la mitad del mérito.

En 1992, Marta Rodríguez e Iván Trujillo (hijo de Jorge Sanjinés) se encargan de la edición de Memoria viva, que fue filmada por los propios indígenas y cuyo tema es el trágico registro de una masacre.

Más tarde, Marta Rodríguez retoma su vocación, esta vez al lado de su hijo, al que entrena y protege al mismo tiempo. La época es diferente. Ha cambiado algo fundamental. Ya no es posible mantener el mismo estilo del cine «combatiente» y manejar un lenguaje antiimperialista como su usaba en los años sesenta y setenta. El cine seguirá siendo comprometido con la sociedad, Estados Unidos sigue siendo un intruso a través de corporaciones y el ejército. En el panorama nacional colombiano el tráfico de drogas ha pasado a primer plano. Los «narcos» construyen su propio imperio, corrompen al país. La guerrilla subsiste, toma fuerza. Los militares aceptan la ayuda norteamericana. Los paramilitares se asumen como un ejército ilegal de asesinos, al punto de que Estados Unidos, después de septiembre de 2001, se ve precisado a declararlos «terroristas». En este contexto ya no es la lucha política por el poder –de grupos progresistas, de izquierda– lo que guía una vocación de cine desde su costado ideológico. Es la defensa de los «derechos humanos». Al menos en las últimas tres décadas, el tema de los «derechos humanos» empieza a tener una primacía en el mundo. Las víctimas siguen siendo las mismas, o pertenecientes a un mismo sector –campesinos, indígenas, trabajadores–, pero el discurso para enfocar su problemática será diferente.

También empieza a ser diferente el medio a utilizar. Silva era un fotógrafo y no había usado el video en sus documentales. A partir de los noventa, los altos costos de producción y las estrategias de filmación fueron obligando a los documentalistas a utilizar el video en vez del cine. El desarrollo tecnológico y la transferencia de tecnologías hicieron del formato digital, si bien no un substituto en calidad de la fotografía, sí una alternativa digna.

Amapola, la flor maldita (1996, 31 minutos) es la primer película en video que Marta Rodríguez emprende junto con su hijo Lucas Silva. En Amapola, la flor maldita Rodríguez y Lucas Silva replantean los términos de la problemática indígena siguiendo los planteamientos de éstos mismos. Los indígenas guanbianos fueron «utilizados» por los traficantes. Aunque siempre mal remunerado, el cultivo de la amapola redundaba en mejores beneficios económicos para los indígenas y campesinos. No los sacaba de la pobreza inmemorial, pero los ayudaba, aparte el hecho de que la amapola formaba parte de su propia cultura agraria. La tierra, fatigada por más de dos siglos de explotación continua, se había vuelto inservible económicamente para plantíos lícitos pero cada vez más magros. Entonces el ejército no solamente llegó a reprimir y a incinerar los plantíos, sino también a fumigarlos con poderosos herbicidas de carácter experimental.Los hijos del trueno

El documental integra titulares de periódicos y noticieros de televisión sobre el tema candente de las fumigaciones y sus efectos nocivos sobre la salud. Las nuevas políticas de gobierno tendieron a combatir el cultivo de amapola sin otras consideraciones, siguiendo directivas de Estados Unidos. Lentamente, sin embargo, diversas voces de protesta comenzaron a alzarse, desde el punto de vista médico (niños nacidos deformes a causa del daño ambiental), desde el punto de vista de la cultura regional (los poderosos herbicidas no sólo destruyeron plantíos de marihuana y de amapola, sino de plantas medicinales utilizadas tradicionalmente durante cientos de años), y desde el punto de vista de los derechos étnicos e individuales. La película misma se propone como una de esas voces de protesta y de alerta.

Por eso, lo más eficaz del documental y sus planteamientos, es el cambio de énfasis propuesto. Por una parte, los líderes indígenas consideran la coca como una «planta sagrada» de su cultura. Ellos no inventaron la industrialización, su conversión en droga de exportación (ante todo a los mercados de Estados Unidos y de Europa), no obstante lo cual la represión sólo parece existir en su territorio. Dentro de la lógica de combate contra uno de los problemas más graves que afronta el mundo industrializado (la drogadicción), la represión directa no ha dado resultados. “Tiene que haber una solución, no [la de} fumigar”, señala un indígena. Es educación y apoyo económico del gobierno para una conversión agraria lo que las etnias necesitan, ya que la «reforma agraria» jamás pasó por sus territorios, y la pobreza los empuja a buscar la salida económica con los cultivos «ilícitos». Como en alguna secuencia del documental señala un líder indígena, la «autoridad» de los Cabildos ha ido desapareciendo ante la violencia. La vara de autoridad no tiene ningún efecto ante las armas mortíferas de los narcotraficantes.

Aunque la solución a estos problemas está lejos de aparecer, el documental no cae en el derrotismo a la vez que evita cuidadosamente el triunfalismo. Fiel a la práctica de un cine documental lúcidamente esperanzador, la película de Marta Rodríguez culmina con las palabras de una mujer fuerte (un dispositivo que aparece para cerrar otros de sus documentales). En la última secuencia, una líder arhuaca, Leonor Zalabata interpreta las prácticas fumigatorias como una «justificación del poder» frente a las exigencias norteamericanas, al tiempo que define la índole permanente de su esfuerzo o lucha: “La política siempre se aplica a [se ensaña con] los territorios más débiles. Ellos nos han creado una política de resistencia, y nosotros la hemos desarrollado”.

Excelente afirmación dialéctica: la represión produce la resistencia, y la cultura de resistencia busca y encuentra sus vías de supervivencia. El documental (como señal de supervivencia y renovación de una práctica necesaria) podría definirse en términos similares. La represión crea un cine de resistencia, y ese cine encuentra a su vez los medios para sobrevivir v seguir luchando.

El segundo documental de Rodríguez y Lucas Silva fue Los hijos del trueno (1998, 54 minutos). Los habitantes de la región del Cauca le entregan, a este documental doloroso, sus personajes fundamentales: indígenas de extracción humilde, trabajadores de la tierra a merced de la indiferencia de los gobiernos nacionales, así como de la furia de los fenómenos naturales. En rigor, las dos preocupaciones centrales del documental giran en torno al registro de las luchas sociales por los derechos en tanto etnias y en tanto trabajadores, y también sobre los resultados devastadores de un terremoto sucedido en 1994. Un tema tiene relación con el otro, siquiera porque ambos se conjuntan para mantener a esta extensa población en los niveles más bajos de la pobreza, al tiempo que muchos luchan, con creciente conciencia sobre su propia humanidad. Esta conciencia proviene de movimientos como el del CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca), que aparece como una continuación del activismo social y político de los años treinta por las reivindicaciones laborales. En todo caso, en los noventa, a un paso del nuevo siglo y del nuevo milenio, el CRIC es el interlocutor indígena con un gobierno que al menos no puede dar la espalda a estas etnias. La conciencia también proviene de trabajos concretos, pequeños pero de enorme dignificación, como la enseñanza primaria dirigida a los niños. Una de las secuencias más conmovedoras del documental incluye el testimonio de una joven maestra de primaria, quien perdió a sus hijas durante el terremoto y sin embargo continúa su actividad dedicada a los niños sobrevivientes.

Aunque es obvia la simpatía política del documental sobre sus personajes, resulta claro también el hecho de que esa lucha está prácticamente desprovista de ideologías políticas, salvo en referencia a los derechos. Su politización se desenvuelve en torno a la doctrina de los derechos humanos. La crítica a Estados Unidos es clara y necesaria, y aquí se centra en el hecho de que sigue siendo un intruso en la cultura ancestral: el cultivo de la amapola era tradicional hasta que sólo en tiempos recientes fue considerado ilícito. Otra vez, son los Estados Unidos los que dejan caer el peso de su influencia para combatir el narcotráfico, sin considerar que hay una estructura económica (la bajada del precio de los productos tradicionales vis-a-vis el alto precio de la cocaína y heroína) que se traduce en miseria campesina y necesidad de prosperar.

La política de represión no soluciona el problema del agro; tal vez los millones de dólares dedicados a combatir el narcotráfico fueran más eficaces dedicados a transformar las estructuras económicas básicas de la región. Otras contradicciones podrían ser más anecdóticas o circunstanciales, pero de todos modos interesantes, como la de que la lucha antidroga estuviese en manos de un militar (McCaffrey), veterano de la guerra de Vietnam en la que los Estados Unidos empleó napalm. La CRIC se opone a la fumigación masiva con productos tóxicos que generan defectos de nacimiento y enfermedades. Esos productos son el nuevo «napalm» de una guerra que continúa.

El terremoto de 1994 resultó en 1500 muertos y más de mil desaparecidos. Las comunidades indígenas vieron derrumbadas sus casas y escuelas. Operaciones gubernamentales de salvataje ayudaron a desplazar a las victimas, pero los muertos no resucitaron, y la pobreza siguió en las orillas de la miseria. A consecuencia del terremoto los geólogos calificaron una amplia zona como «roja» (de alto riesgo), que los campesinos deberían evacuar. La resistencia a hacerlo se debió a profundos sentimientos de arraigo, y a la incertidumbre sobre los «saberes» ajenos: de ahí que los indígenas hicieran sus propias consultas a sus sabios, y muchos consideraran religiosamente como un «castigo de Dios» aquel movimiento telúrico. En todo caso, los proyectos no consistieron en abandonar la tierra sino en fortalecerla: las plantas anti-derrumbes como la cabuya ayudan al suelo en los momentos más críticos.

A lo largo de su producción de cine y de video, Mana Rodríguez ha mostrado una realidad que la «modernidad» del país se niega a contemplar: la vida de las etnias indígenas en su larga lucha cotidiana e histórica. Lo que un film como Los hijos del trueno ayuda a comprender es que hay otras concepciones, diferentes y hasta poéticas en su propio sentido, sobre la relación del individuo con la tierra, o sobre la tierra misma. Como uno de los maestros explica, la tierra tiene cuerpo, igual que los seres humanos. Elocuentemente, la película comienza mostrando unas manos viejas, que no sólo simbólica sino realmente han trabajado toda una vida, han empuñado banderas sindicales, habrán cobijado a sus hijos. La melancolía que este documental puede despertar en sus espectadores tiene que ver con la sensación de reinicio que tienen todas las luchas sociales. Aunque el CRIC tenga 26 años de activismo, aunque las luchas por los derechos se iniciaran hace más de seis décadas, todavía es necesario realizar manifestaciones, cerrar carreteras, empuñar garrotes para que un ministro llegue y dé nuevas esperanzas, hable de otro convenio y de otras medidas que, esta vez sí, ayudarán a mejorar la vida de los más desheredados.

Varios años dedicaron Marta Rodríguez y Fernando Restrepo Castañeda a documentar el conflicto de los «desplazados» en un documental apropiadamente titulado Nunca más (2001, 56 minutos). En 1997 casi mil familias, con un total de cuatro mil personas fueron «desplazadas» de sus tierras originales en la región del Chocó, que había sido su región nativa durante décadas, desde que tenían memoria. “Sacar a un campesino de su tierra es como arrancarle el alma”, dice una mujer campesina, y sabe de qué habla. Aunque emigraciones ha habido siempre en la historia de la humanidad, la del Chocó (así como muchas otras) ha sido forzada por intereses nunca aclarados. En este caso, dada la biodiversidad de la zona, que la hace naturalmente rica, sin duda había diferentes intereses y motivos, desde trasnacionales a nacionales, orientados por la codicia territorial e impulsados por la guerra vesánica que ha asolado a Colombia durante muchas décadas.

Marta Rodríguez y Fernando Restrepo Castañeda se internaron por la región y elaboraron un documental grávido de denuncia social y política. Aunque no buscan un «culpable» o un «chivo expiatorio» (la expulsión ocurrió durante el gobierno de Samper y continuó en el de Pastrana), es claro por los testimonios que el ejército envió por delante, como brazo mercenario, a las huestes máss feroces de «paramilitares» dirigidos por el Comandante Carlos Castaño.

Una parte del documental, podría decirse, es testimonial de las circunstancias más brutales e inhumanas con que paramilitares invadieron la zona y expulsaron a sus habitantes, dejando una estela sangrienta de muertos sin provocación. Sólo la «sospecha» y la fácil acusación de «guerrilleros» motivaban el asesinato más cruel, narrado por testigos con todos sus detalles. Una zona de pescadores, habitada por mujeres y niños desde que sus esposos habían salido a la pesca, fue asumida como «guerrillera» por la ausencia de los hombres, y las mujeres y niños tratados como tales, es decir, en condiciones infrahumanas.

Sin embargo, el documental equilibra su estilo y busca su propia identidad como género, más allá del propósito primario y elemental de la denuncia. La denuncia es importante porque se trata del único documento (validado y enriquecido por unas escasas tomas «de archivo» de programas de noticias, filmadas inmediatamente después de la masacre) que revela el problema de los derechos humanos conculcados con absoluta impunidad. Al final del documental se indica, buscándose su razón de ser: “Si el documental es la recuperación de la memoria, que esta historia sirva… para que en Colombia estos crímenes no queden impunes”.

Así y todo, el documental es lo que se propone y mucho más, porque también en la forma, curiosamente, depende de sus sujetos. Su sujeto es el grupo social mencionado, los campesinos «refugiados» debido a una guerra, pero la cultura campesina a su vez se le impone al documental y éste, cuya tarea específica consiste en registrar, registra. ¿Y qué registrar? Las canciones con que el grupo «recupera su memoria» y, al modo de los «corridos mexicanos», cuenta los hechos una y otra vez. Nunca más recurre a este expediente y no como una «puesta en escena» (lo cual sería legítimo como modalidad moderna del género) sino como un gesto disciplinado v obediente ante su sujeto. Un trío femenino una vez, un hombre otra, una tercera vez otro hombre, son varios los «artistas» campesinos que crean o repiten (como los aedas) la «historia» de la cual han sido víctimas. A falta de medios periodísticos, a falta de archivos, bibliotecas y museos, esta gente pobrísima, que ni calzado tiene, mantiene la memoria gracias a su peculiar forma de arte. Y no sólo ésa, sino también el teatro, la representación, por ejemplo cuando se refieren a un programa de recuperación y signan cada concepto (verdad, libertad, justicia, solidaridad y fraternidad) con cintas de diferentes colores, y los explican y representan. La sociedad analfabeta «escribe» a su manera, y el documental funciona como una escritura sobre otra escritura.Planas - Testimonio de un etnocidio

Además es importante añadir otra más: los dibujos infantiles. Estos también abundan en «imaginar» a los paramilitares arrasando, matando, y los helicópteros militares de apoyo sembrando muerte desde el cielo. El dibujo es un arte, y aunque infantil, éste no está desprovisto de talento y de belleza. La belleza mortífera de la imaginación que reproduce el drama real.

Nunca más está muy bien organizado en su estructura interna y en el uso de sus dispositivos, que no se agotan en los señalados hasta aquí. Es informativo (la información proviene, como en los antiguos ejemplos de la antropología, de los «informantes», los individuos más articulados que pueden reconstruir la historia con mayor elocuencia), es dramático y emocional (las mujeres que narran cómo sus esposos fueron secuestrados y asesinados), es doloroso (ante todo, por las miradas de los niños), pero en ningún momento resulta intrusivo, ni abusa de los participantes, al contrario, éstos parecen dominar el medio de comunicación.

Toda historia de masacres corre el riesgo de la amplificación tremendista, y sin embargo, en bocas de los testigos y narradores locales, el relato, sin dejar de ser trágico, es a la vez cotidiano, absolutamente verosímil. Y si se llega a este resultado es también porque la estructura de Nunca más no es derrotista ni de simple denuncia. El ciclo visual se cierra con un texto (además del ya citado sobre la naturaleza del documental), que informa sobre la circunstancias de los desplazados: “Tras arduas negociaciones con el estado, los más de 2000 desplazados de la cuenca del Cacarica han ido retornando a sus tierras en dos asentamientos: Nueva Vida y Esperanza en Dios”.

Es, y a la vez no es, un «final feliz», pero lo que no es de ningún modo es un final de derrotados. La supervivencia se explica por una gran energía vital, por una ideología fuertemente vinculada al terruño, por valores formados y hasta formulados a través de ritos y modalidades artísticas como las citadas. Estos campesinos golpeados, asesinados, desplazados, subsisten a fuerza de su empuje y tenacidad. Esos valores poco visuales pero de existencia inequívoca son los que Marta Rodríguez y Fernando Restrepo Castañeda consiguieron expresar, y son los que hacen que Nunca más trascienda sus propias circunstancias y, tal lo sugiere su título, se ofrezca como un emblema.

Todos estos son ejemplos de una práctica documental sostenida a lo largo de una, varias vidas. Y de vidas dedicadas al documental, así como a ayudar a mejorar las vidas de los «condenados de la tierra». La obra fílmica y de video de Marta Rodríguez (en sus varias colaboraciones) prueba una vez más que el documental, cuando nace vivo, no muere, nace de nuevo, pervive, ayuda a vivir.

 

*El presente artículo fue publicado originalmente en la revista Secuencias (nº 18, segundo semestre de 2003) y se publica con autorización de los editores y del autor.

Bibliografía

Álvarez, Luis Alberto (1988), Páginas de cine Vol. 1, Editorial Universidad de Antioquía, Medellín.

Elena, Alberto (1993), El cine del Tercer Mundo. Diccionario de realizadores, Ediciones Turfan, Madrid.

Gaviria, Víctor (1980), «Reflexiones de velorio», en La luna y la ducha fría: poema, Universidad de Antioquia, Medellín.

Lenti, Paul (1996), «Chircales», en Timothy Barnard y Peter Rist (eds.), South American Cinema, Garland, Nueva York-Londres.

Valverde, Umberto (1978), Reportaje crítico al cine colombiano, Editorial Toronuevo, Bogotá.

Vejarano, Juan José (1987), «Homenaje /Jorge Silva», en Cinemateca 7, julio.

 

Notas


[1]“Yo viví en España por los años cincuenta durante cuatro años, mi familia se fue a vivir allá y me tocó la posguerra. Llegue en el año cincuenta y tres y estudiaba sociología -que no era sociología, eran Encíclicas papales, entonces eso era lo que se estudiaba en España. Arranqué para París porque no me aguantaba más y me encontré con los curas obreros. Trabajé en París en el año 57 con curas obreros españoles. Teníamos un servicio de acogida en la estación de autobús porque había mucho obrero español que salía a Bélgica para trabajar en las minas de carbón. Allá estaba Camilo. Camilo los recibía en Lovaina, donde estudiaba sociología. Así conocí a Camilo. Luego él regresa a Colombia en el 58 y yo regreso al mismo tiempo. Al regresar él buscaba sociólogos para hacer trabajos de investigación y me fui a trabajar con él. En el 59 Camilo, con el sociólogo Orlando Fals Borda, abre la primera facultad de sociología de la Universidad Nacional y yo entré allá a estudiar sociología” (Entrevista inédita).

[2] Entrevista inédita (1999).

[3]Esta secuencia, advirtió Paúl Lenti, parece inspirada por L’Atalante (1934), de Jean Vigo. A Rodríguez siempre le fascinó Vigo (1996: 250).

[4]La distribución del cine latinoamericano, en el caso del documental, es un ejemplo único en el mundo, en la medida en que muchas veces los cineastas enviaban copias de sus films a las comunidades, sindicatos, asociaciones vinculados con el tema y las luchas sociales y políticas, para la discusión, el análisis y a su vez para una mayor difusión de esas obras y sus contenidos. Esto mismo sucedió muchas veces con los documentales de Rodríguez y Silva.

[5]Luis Alberto Álvarez señaló que ésta “es la primera película realmente mágica” en el cine colombiano. Y destacó los valores formales de la película, contrastándola con el cine del cineasta boliviano Jorge Sanjinés: “El montaje, la estructura, la dialéctica de las imágenes son, sin lugar a dudas, expresión artística, lo cual no puede decirse siempre del cine de Sanjinés. Hay imágenes de belleza excepcional, insólitas, buscadas sí se quiere”. Y citó declaraciones programático-estéticas de Jorge Silva sobre su concepción del cine: “nuestro cine debe ser hermoso, tan hermoso como sea posible. Ya es hora de que tratemos cuidadosamente las imágenes, el sonido, la estructura narrativa, la música. Es hora de que busquemos medios especialmente expresivos que permitan transmitir la realidad de modo impresionante. Antes no nos importaba mucho, no teníamos dinero, éramos pobres. Mejor dicho: todavía somos pobres, pero no por eso tenemos que escribir mal, fotografiar mal, montar mal. Intento hacer un cine político que sea tan bello como sea posible” (1988: 27-31).

La cámara y el sujeto: sobre el direct cinema

Descargar texto

Por Pablo Lanza

Resumen

El siguiente artículo se propone una revisión sobre el cine directo estadounidense y su actitud no intervencionista. A partir del análisis de films y declaraciones de Robert Drew, los hermanos Maysles y Frederick Wiseman se propone demostrar que la idea de la cámara como mero observador de la realidad es más compleja de lo que se ha postulado, centrándose en la influencia del dispositivo sobre el accionar de los sujetos representados.

Palabras clave

Cine documental, cine directo, cámara, representación, personaje.

Abstract

The following article proposes to revisit the american direct cinema and its non-interventionist attitude. Through the analysis of films and statements of Robert Drew, the brothers Maysles and Frederick Wiseman we’ll try to prove that the idea of ​​the camera as an observer of reality is more complex than it has been postulated, focusing on the influence of the device on the actions of the subjects depicted.

 

Keywords

Documentary film, direct cinema, camera, representation, character.

Datos del autor

Licenciado en Artes. Doctorando en Artes (UBA)

UBA-CONICET

Introducción

La década del sesenta supuso una serie de cambios en el terreno del cine documental, transformaciones que alterarían para siempre el curso de su historia. Nuevas técnicas, nuevos acercamientos, nuevas temáticas y nuevos sujetos irrumpen alterando la concepción misma del documental a la vez que se presentan nuevos obstáculos en la representación de la realidad.

Una de las características predominantes del documental es la centralidad del sujeto humano en los relatos, por lo tanto una de las preguntas que necesariamente debemos hacernos es la de qué grado de incidencia, qué protagonismo tiene el dispositivo cinematográfico sobre los sujetos representados.[1] Nos llama la atención el hecho que cuando se discute al documental y su relación con el referente profílmico, más específicamente cuando se postula que todo cine es ficcional, suele mencionarse la presencia de la cámara pero se hace hincapié únicamente en la figura del camarógrafo y en el recorte que éste realiza mediante el encuadre y no se repara prácticamente en la influencia que el dispositivo tendría sobre el accionar de los protagonistas.

Los films de Robert Flaherty, los primeros documentales según la historiografía tradicional –y uno de los antecedentes del cine directo según teóricos como Stephen Mamber (1974)–, tenían como finalidad, en palabras de su creador, “representar la vida bajo la forma en que se vive”. Para lograr su cometido, el realizador sostenía que debía realizarse una selección de los materiales “tal vez de forma más rígida que en los mismos films de espectáculo” (2005: 52). Esta “selección” incluía la reconstrucción de escenas y la dirección, en el sentido tradicional, de sujetos que eran encontrados en un casting. Sobran las historias de la filmación de Nanook of the North (1922) y el hecho de que Flaherty haya partido un iglú a la mitad para poder iluminarlo de forma adecuada o el método de caza –abandonado por los habitantes del Ártico en el momento que el documental se rodó– que el protagonista realiza en una de las secuencias más famosas del film a pedido del realizador. Por lo tanto, la pregunta sobre la incidencia del dispositivo en la obra de pioneros como Flaherty no puede justificarse debido a que sin la presencia de la cámara los eventos registrados no existirían, y, por otro lado, sus objetivos eran muy distintos a los de los renovadores del documental de la década del sesenta.

El documental –en la concepción que se desprende a partir de la irrupción del cine directo– sería la expresión máxima de la concepción del cine como “ventana al mundo”. En este sentido, el cine directo puede ser pensado como la expresión extrema de la concepción del ideal baziniano, considerando que el francés postuló que “el cine se nos muestra como la realización en el tiempo de la objetividad fotográfica” (Bazin, 2004: 29). Como tal, la cámara, aparato neutral, mecánico, sin voluntad alguna –a diferencia del artista–, es incapaz de mentir. Por supuesto que las cosas no son tan sencillas y muchas de las opiniones vertidas en su momento por los realizadores dan cuenta de dicha complejidad.

Antes de continuar será bueno aclarar qué es lo que se entiende habitualmente por cine directo o direct cinema. El término es utilizado para agrupar a los cineastas que representan el cambio que se produce en el documental a fines de la década del cincuenta y sobre todo en los sesenta; este cambio implicará una revolución estética y tecnológica, una conjunción poco habitual. Por un lado, la creación de cámaras más ligeras permitió una mayor movilidad al camarógrafo. A la vez se rechazaba el uso del trípode y del plano fijo y bien compuesto del documental previo. El reemplazo del material fílmico en 35 milímetros por el 16 mm., que abarataba considerablemente los costos de producción, conseguía a su vez una imagen granulada, más “sucia” que parecía aportar un plus de realismo. Por último, la creación de aparatos de grabación magnética de sonido (principalmente el Nagra) otorgó la posibilidad de registrar el audio de forma sincrónica a la imagen en directo, a la vez que finalmente daba la oportunidad de dejar hablar a los protagonistas.Crisis

En cuanto al cambio estético se rechazó de lleno la narración over, aquella “voz de Dios” típica del documental clásico y símbolo de autoridad epistémica, dada su propensión a sacar conclusiones e indicar al espectador qué debía pensar en todo momento, para pasar a privilegiar a la imagen, confiando en su poder y pureza. Se rechazaba filosóficamente la imposición de un punto de vista previo y único, intentando captar la realidad “directamente”, sin intervenciones, apelando a la espontaneidad, al azar, al no control de la situación. La cámara se volvía inquieta, estaba en movimiento continuo, a la búsqueda de detalles, con múltiples desenfoques. Es interesante notar que cuando Raúl Beceyro (2008) intentó definir la “estética documental”, propuso dos características: la “cámara excéntrica” y el “montaje discontinuo”, ambas encuentran su origen en este momento de la historia del cine documental.

Por último, es necesario señalar la diferencia entre el cine directo estadounidense y el cinéma vérité de Francia que encuentra en el cineasta Jean Rouch a su más importante exponente, ya que el cambio tecnológico tuvo finalmente dos consecuencias muy diferentes. Según el teórico Eric Barnouw,

el documentalista del cine directo llevaba su cámara ante una situación de tensión y aguardaba a que se produjera una crisis; el cinéma vérité de Rouch trataba de precipitar una crisis. El artista del cine directo aspiraba a ser invisible; el artista del cinéma vérité de Rouch era a menudo un participante declarado de la acción. (…) El cine directo encontraba su verdad en sucesos accesibles a la cámara. El cinéma vérité respondía a una paradoja: la paradoja de que circunstancias artificiales pueden hacer salir a la superficie verdades ocultas (2005: 223).

La diferencia entre ambos movimientos tiene que ver entonces con el rol que se le otorga a la cámara como catalizador o como un mero observador. Los dos términos que se utilizan en inglés para distinguir estas actitudes son fly on the wall –literalmente “mosca en la pared”–, en el sentido que el realizador observa desde la lejanía sin molestar, y para los franceses fly on the soup –“mosca en la sopa”–, ya que intervienen, molestan.[2]

En este trabajo intentaremos probar cómo algunos de los principales realizadores del cine directo estadounidense sí tuvieron en cuenta el problema del dispositivo y su influencia el accionar de los sujetos representados, deteniéndonos tanto en algunos films como en declaraciones de los responsables para demostrar que sus postulados no fueron tan ingenuos o tan sencillos como la historia del documental ha repetido una y otra vez.

 

El modelo de Robert Drew

El nacimiento del cine directo en Estados Unidos está fuertemente relacionado a la televisión y a la figura del periodista Robert Drew, por lo que creemos apropiado comenzar por su cine.

En el primer film del equipo, Primary (1960), participaron varios de los futuros realizadores que conseguirían mayor renombre a lo largo de la siguiente década: Richard Leacock, D. A. Pennebaker y Albert Maysles. Presentado como un informe sin intervenciones, Primary narra las elecciones primarias del estado de Wisconsin entre los candidatos demócratas John F. Kennedy y Hubert Humphrey, que tendrá como ganador al primero. Nos encontramos ante el primer intento de transmitir la sensación de “estar allí” del directo; para conseguir esto, Robert Drew tenía tres reglas: “Estoy determinado a estar allí cuando las noticias sucedan. Estoy determinado a ser lo más discreto posible. Y estoy comprometido a no distorsionar la situación” (Ortega, 2008:18).Crisis Behind2

Primary posee un momento clásico y clave en la posterior evolución del directo, en el que el camarógrafo Albert Maysles filma un largo plano-secuencia sobre la espalda de Kennedy mientras este saluda a sus seguidores y se acerca a la tarima para dar su discurso.[3] Ubicándose de espaldas al candidato transporta al espectador hasta aquel lugar, consiguiendo uno de los primeros y mejores ejemplos de un nuevo tipo de camarógrafo, el living camera. Jean Breschand hace hincapié en la diferencia fundamental con el documental previo al señalar que “la gran novedad de la cámara al hombro y del sonido sincrónico es la de poder incorporarse al acontecimiento filmado. La realidad no se recrea ante la cámara como una escena ante un espectador”, pero añade a continuación algo interesante: “Aunque no por ello deje de influir en su desarrollo, se gana así la tensión de un presente captado en su surgimiento. En adelante, el film será la huella de un encuentro con una situación que, por así decirlo, resulta ‘precipitada’ por el rodaje” (Breschand, 2004:30-31). Según el autor, entonces, la cámara no pasa desapercibida para el sujeto, pero es por esta razón que los films de la compañía Drew suelen compartir tanto una temática como una estructura narrativa común.

Una de las temáticas favoritas del directo estadounidense radicó en la representación de personalidades famosas, usualmente retratadas en un algún evento importante. Dicha elección tendría dos razones: por un lado, el espectador puede poseer información previa sobre el sujeto –la que será de gran ayuda ante la reticencia de los cineastas a recurrir a instancias narrativas como la voz en off que provean de datos al espectador– y por otro, ayudará a que la presencia de la cámara no tenga tanto impacto sobre las figuras públicas que ya están familiarizadas con el dispositivo[4].Primary3

Por otro lado, el film instaura lo que Stephen Mamber (1974) denominó la “estructura de crisis”, que marcará toda la obra de Drew. La misma se apoya en la búsqueda de un momento de tensión en la vida de los personajes y que supone, la posibilidad de construcción de una estructura dramática similar a la de ficción; en el caso de la película de la que venimos hablando se trata de una elección, pero también puede ser una carrera de autos (On the Pole, 1960) o la lucha para salvar a un condenado a la silla eléctrica (The Chair, 1963). Esta estructura –tan defendida como atacada– presenta para Mamber tres características favorables:

– Puesto que él o ella está absorto en la crisis inminente, el sujeto es menos consciente de la presencia de la cámara.

– La situación dramática inherente a una crisis genera emoción en estas películas característicamente más lentas y menos estructuradas.

– Un individuo revela su “verdadera” identidad o “carácter” cuando se le somete a una circunstancia crítica (Vogels, 2008: 42).

Aquí nos interesa particularmente la primera de estas características, ya que es interesante observar que desde tan temprano –se tuviera conciencia o no– los realizadores parecen tener en cuenta que la presencia de la cámara podía influir en el comportamiento del individuo, por lo que se hacía necesario hallarlo en un momento en el que bajara sus defensas o bien ofreciera una interpretación, pero dirigida hacia otra persona, aprovechando estos momentos para dedicarle atención a algún aspecto o detalle que escapara al resto de las cámaras.

Hay un instante clave en este sentido en Primary, en el que Jackie Kennedy recita unas frases recientemente aprendidas en polaco frente a una audiencia, mientras la cámara se detiene en el juego de sus manos nerviosas; es este tipo de atención al detalle lo que caracterizará al directo y que permitirá crear retratos de personajes tan profundos como los de ficción. Primary

El otro gran momento del documental fue filmado por Leacock (cámara) y Drew (encargado del sonido), y constituye un fragmento en el que se observa el detrás de escena de una sesión fotográfica de J.F.K. (similar al ensayo del programa de televisión de Humphrey también grabado). Este momento permitió por primera vez ver al espectador asistir a la construcción de este tipo de notas, y se erige como todo lo contrario de lo que busca el directo, principalmente el no interferir y no dar indicaciones a los sujetos retratados.

Hacia 1963, sólo tres años y 17 films después de la realización de Primary, muchos de los cineastas que acompañaban a Drew se irían para probar fortuna por su cuenta, comenzando con los hermanos Maysles en 1962. La última película en la que participaron Leacock y Pennebaker antes de partir y crear su propia productora es Crisis: behind a presidential commitment (1963), que constituiría la segunda parte de una trilogía sobre J.F.K., completada un año después con Faces of November –un cortometraje compuesto de los rostros de los atendientes al funeral del presidente asesinado. En Crisis se narra el conflicto entre la administración Kennedy y el gobernador de Alabama George Wallace, quien negó la entrada a la universidad a dos estudiantes negros.

La estructura es similar a la del anterior film analizado: comienza con una breve narración que presenta la situación y a los principales actores en juego, luego seguimos en paralelo las actividades de los involucrados hasta llegar a la resolución.

Si Primary era un vistazo interno al manejo de los políticos en época de elecciones, Crisis… va más allá mostrando la manera en que se maneja un conflicto dentro de la Casa Blanca, y hasta permite conocer los hogares de los políticos; es más, se podría pensar que Crisis… revisita todos los tópicos de Primary. Una vez más tenemos la filmación de una nota a cargo de la revista Newsweek, en la que se entrevista a los damnificados, y también se retorna a la espectacularización de la política, que alcanza niveles extraordinarios en las secuencias finales que incluyen la confrontación entre los políticos y la movilización de la Guardia Nacional. En todos estos momentos la cámara se mantiene alejada de sus pares, incluyéndolas en el campo visual. Tenemos entonces dos tipos de momentos: los privados y los públicos. Como dijimos con respecto a Primary, en los segundos las cámaras se alejan del resto de los medios y nos ofrecen la “interpretación” que los sujetos ofrecen a otros medios, los cuales no tienen problemas en intervenir en las situaciones preguntando y ofreciendo indicaciones. Pero con respecto a los momentos privados, Crisis… posee unos breves momentos que parecen mirar hacia adelante en la evolución del directo. En las escenas en las que el equipo de filmación se queda a solas con el gobernador Wallace, este hace declaraciones a la gente detrás de cámara, quienes eligen no responderle. Al decidir dejar estas escenas en el corte final de la película y no quitarlas, se está dando cuenta explícitamente por primera vez que sin importa que lo reducido sea el número de personas en la filmación, su presencia siempre será sentida. Este pequeño momento va a ser el que marca la evolución en la filmografía de los hermanos Maysles.

El cine ¿observacional? de los hermanos Maysles

El cine de los hermanos Albert (cámara) y David Maysles (sonido) es uno de los más particulares e interesantes del directo estadounidense. Si bien sus primeros trabajos se adscriben sin problemas a los postulados básicos del cine observacional –Showman (1963), Meet Marlon Brando (1966)–, a medida que su filmografía se desarrolló comenzaron a complejizar su discurso a la vez que violaron muchas de las “reglas” del cine directo. En cierto sentido, la obra de los hermanos Maysles ofrece un paso interesante de la observación –o del “cine no controlado” como le gustaba decir a Leacock- hacia una autorreferencialidad cada vez mayor.Grey Gardens2

Los Maysles creían que era posible captar la realidad directamente y filmar a la gente en situaciones reales; en palabras de Jonathan Vogels: “en sus películas, los Maysles se aplicaban a una presentación inmediata de la gente, desnuda de artificio, revelando su esencial humanidad” (2008: 45). Este es el objetivo de una de sus películas más renombradas, Salesman (1968), en la que siguen a cuatro vendedores de Biblias. Durante la mayor parte del relato asistimos a la vida cotidiana de estos hombres, quienes parecen no reparar en la presencia del equipo de filmación, pero durante una larga escena los Maysles alternan el discurso del protagonista (Paul Brennan) sobre sus colegas con escenas de ventas que estos últimos realizan. Brennan es filmado en su coche y su diálogo está claramente dirigido hacia los realizadores ya que nadie más se encuentra en el automóvil con él, en una escena similar a la descripta en Crisis…. En primer lugar, el montaje alterno supone una violación de la presentación cronológica de los hechos que el cine directo postula; de esta forma el diálogo es claramente resaltado y aprovechado desde la instancia de montaje para exponer ciertas ideas sobre los personajes retratados. Pero más importante aún es el hecho que esta escena permite dar cuenta de la presencia invasiva de la cámara. Para Albert la presencia de la cámara no altera el comportamiento de los sujetos, ya que “depende de cómo se utiliza. En mi trabajo no es un factor problemático. Es decir, no es un factor que hace que lo que yo hago sea menos válido”, pero añade que tampoco cree que la noción de mosca en la pared sea útil ya que sería “un instrumento sin una mente o un corazón que lo controlara” (Stubbs, 2002:5).Gimme Shelter

Estas actitudes irían en contra de la actitud pasiva –no controlada– del cine observacional, y tales cualidades se acentuarían aún más en los dos siguientes films de los hermanos Maysles: Gimme Shelter (1970) y Grey Gardens (1976). El primero es un registro de los preparativos para el recital gratuito que The Rolling Stones brindaron en Altamont en 1969, así como el evento que concluyó con el asesinato a cargo de la seguridad de uno de los miembros del público. Por lo tanto, estamos tratando una vez más con celebridades, y por ende habrá escenas de conferencias de prensa y numerosas cámaras ajenas presentes.

En este film, los cineastas alteran explícitamente la cronología de los hechos, eligiendo comenzar por el final, en lo que sería una clara violación de las “reglas” del directo. La escena que nos interesa particularmente es la que concluye el film; en ella asistimos a la sala de montaje en la que se le muestra al cantante Mick Jagger el metraje del asesinato capturado por las cámaras para ver cuál es su reacción. Jagger es interrogado por Albert, quien le proyecta repetidas veces el momento y lo interroga. En este sentido, se puede decir que la actitud de los Maysles en este momento es más cercana al cinema vérité francés que a las ideas promulgadas por Leacock: el dispositivo es utilizado como catalizador irrumpiendo en el mundo.

Finalmente, en Grey gardens, film sobre una madre e hija reclusas en su antigua casa (tía y prima respectivamente de Jacqueline Kennedy Onassis), el rol de los Maysles es más activo ya que pasan casi tanto tiempo frente a cámara como sus sujetos, interrogando y participando, constituyendo justamente dicha interacción el elemento estructurante del film. Un aspecto interesante que señala Vogels es que en sus películas sobre celebridades, los Maysles consiguen que éstas dejen de actuar, mientras que en Salesman y Grey gardens gente desconocida actúa para la cámara. Grey gardens está repleta de tales situaciones, en las que una de las protagonistas baila para la cámara –más específicamente para David con quien tiene una especie de fijación–, o explica su peculiar estilo de moda. En esta película entonces se explicita definitivamente la autoconciencia del film siendo su tema central la tensión inevitable de la filmación del documental.

En estas películas entonces, se deja de invisibilizar a la cámara, de considerarla una especie de obstáculo, para ser utilizada como una herramienta que demostraría que “la interpretación es una cuestión compleja en un mundo crecientemente sumido en la interpretación” (Vogels, 2008:45).

Las observaciones de Wiseman

Para concluir nos detendremos brevemente en la figura de Frederick Wiseman, ya que es quien presenta mayores peculiaridades. De los realizadores del cine directo estadounidense, Wiseman es prácticamente el único que no surgió de la cantera de Drew Associates, comenzando su carrera en el año 1967 con el film Titicut Follies.

A diferencia de lo señalado con respecto al cine de los hermanos Maysles, el estilo, o mejor dicho, la construcción de los films de Wiseman, ha permanecido inalterable a lo largo de más de cuatro décadas de producción, sin incorporar jamás a sus films música extradiegética, entrevistas o comentarios. El cambio más importante que se produjo en su obra es la extensión de las películas; a modo de ejemplo su segundo documental High School (1968) duraba unos 75 minutos, mientras que su secuela High School II (1994) tiene una duración de 220 minutos.High School

El rodaje, según el director, suele durar un mes tras el cual conseguirá entre 75 y 120 horas de filmación. Una vez que obtiene todo el material, se encerrará durante un año hasta que concluya el proceso de montaje y encuentre la estructura del film. Wiseman procura no realizar una investigación previa, sino que sale a filmar sin preparación con la presencia de un camarógrafo y un ayudante ocupándose él mismo del sonido. La estructura de sus films ha sido descrita por Bill Nichols como un mosaico, en la que muchas pequeñas partes (secuencias) forman una gran estructura conceptual, pero no narrativa (Nichols, 1978: 18), por lo que se puede concluir que la búsqueda del director no pasa por transmitir el “estar allí” del directo más clásico.

Pero una de las grandes diferencias de Wiseman con respecto a los demás integrantes del directo es que su interés nunca ha residido retratar a sujetos, sino que todos sus films se ocupan de instituciones públicas estadounidenses. En sus palabras:

Tengo una reacción en contra de ciertas películas de cine directo que se centran en uno o dos personajes, una encantadora vedette o un encantador criminal… Para mí la vedette es el lugar y la relación social, de ahí mi serie de películas acerca de las relaciones institucionales. Hay obviamente personajes que emergen del montaje más vigorosos que otros, pero trato de no seguir a un único personaje. Es sobre todo un mosaico (en Niney, 2009:227).

Por lo tanto, será más correcto hablar de roles para referirse a los sujetos en sus films en vez de personajes. Más importante aún, estos roles vienen dictados por la estructura misma de las instituciones, por lo que su número será bastante acotado.

High School está filmada (como todas sus películas) principalmente en primeros planos, salvo en momentos como los de la clase de gimnasia, y es sorprendente que no haya un sólo plano en el que alguien mire a cámara –o del grupo de filmación. Esto se debe a que según Wiseman, a diferencia de Rouch, la presencia de la cámara no distorsiona sino que exalta las funciones sociales habituales de los individuos, funcionando como una especie de acelerador. Citando una vez más al realizador,

trabajo con un equipo de tres personas y mi experiencia me dice que en el 99% de los casos las personas siguen haciendo lo mismo que harían si no hubiera una cámara. No hay muchos grandes actores anónimos capaces de cambiar de repente de actitud sin que nos demos cuenta. Cuando noto que alguien está fingiendo, simplemente no incluyo esa parte en la película. El espectador debe confiar en que he seleccionado aquello que creo que se corresponde a lo que siento como real (Reviriego, 2009:80).

Su interés reside en filmar lo que sucede sin intervención alguna, pero la postura de Wiseman dista mucho de ser ingenua. La cámara no registra inocentemente a la gente durante el discurrir cotidiano de su día, sino durante sus jornadas laborales donde tienen un rol que cumplir dictado por la sociedad o la institución a la que pertenecen. Por lo tanto al ser registrados los sujetos actuarán de la forma que ellos consideran que es la ideal, recurrirán necesariamente a roles ya practicados y cómodos, y no ensayarán nuevos modelos de comportamiento. Ya en su primer trabajo, Titicut Follies, en el que retrata una institución psiquiátrica, Wiseman elige abrir y cerrar el film con representaciones teatrales, las cuales según Barry Keith Grant implican que “la gente puede, y a veces lo hacen, actuar, pero que esto no necesariamente invalida el método observacional” (1988:242).Titicut Follies

Como intentamos probar a lo largo de nuestro trabajo, las películas del cine directo, lejos de ser ingenuas como se las ha caracterizado en más de una ocasión, presentan cuestiones complejas que parecieran discutir la concepción misma del documental como un reflejo inalterado de la realidad. Si, como dice Jean-Louis Comolli, “la cámara se impone, se ve, estorba. Lejos de estar escondida, “olvidada”, está presente, es un obstáculo, hay que apartarla, esquivarla, girar a su alrededor” (1998:65), la recurrencia a una estructura narrativa clásica –de crisis– como la de Drew, la presencia de los realizadores interviniendo en la realidad en los films de los hermanos Maysles, la recurrencia a personalidades públicas por parte de estos dos primeros grupos de realizadores (a los que se puede sumar a D.A. Pennebaker) y las concepciones de Frederick Wiseman sobre el funcionar de la sociedad proveen respuestas a la pregunta de la influencia del dispositivo en la realidad pro-fílmica.

Bibliografía

Barnouw, Erik (2005), El documental, Gedisa, Barcelona.

Bazin, André (2004), “Ontología de la imagen fotográfica”, en ¿Qué es el cine?, Madrid: Ediciones RIALP.

Beceyro, Raúl (2008): Manual de cine. Cómo se hace un film, Beatriz Viterbo Editora, Rosario.

Breschand, Jean (2004), El documental. La otra cara del cine, Paidós, Barcelona.

Bruzzi, Stella (2006), New documentary, Routledge, New York.

Comolli, Jean-Louis (1988), “Aquellos que filmamos. Notas sobre la puesta en escena documental”, en Ver y poder, Buenos Aires, Nueva Librería, 2007.

Flaherty, Robert (2005), “La función del documental”, en Colombres, Adolfo (ed.), Cine, antropología y colonialismo, Ediciones del Sol, Buenos Aires.

Grant, Barry Keith (ed.) (2006), Five films by Frederick Wiseman, California, University of California Press.

—————— (1988), “Etnography in the First Person: Frederick Wiseman’s Titicut Follies”, en Barry Keith Grant y Jeanette Sloniowski (eds.) Documenting the documentary: close readings of documentary film and video, Detroit, Wayne State University Press.

Mamber, Stephen (1974), Cinéma Vérité in America: Studies in Uncontrolled Documentary, The MIT Press Boston.

Metz, Christian (1966), “El cine moderno y la narratividad”, en Ensayos sobre la significación en el cine (1964-1968). Paidós, Barcelona, 2002.

Nichols, Bill (1997), La representación de la realidad. Cuestiones y conceptos sobre el documental, Paidós, Barcelona.

—————— (1978): “Fred Wiseman’s Documentaries: Theory and Structure”, en Film Quarterly, Vol. 31, No. 3.

Niney, François (2009), La prueba de lo real en la pantalla. Ensayo sobre el principio de realidad documental, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Universitario de Estudios Cinematográficos.

Ortega, María Luisa (2008), “Notas en torno a un concepto”, en Ortega, María Luisa y García, Noemí (comps.) Cine directo. Reflexiones en torno a un concepto, T&B Editores, Madrid.

Reviriego, Carlos (2008), “América, en (cine) directo”, en Cahiers du cinema, Junio 2009, nº 24, Madrid, Caimán ediciones.

Stubbs, Liz (2002), Documentary filmmakers speak, New York, Allworth Press.

Vogels, Jonathan B. (2008), “El direct cinema y los hermanos Maysles”, en Ortega, María Luisa y García, Noemí (comps.) Cine directo. Reflexiones en torno a un concepto, T&B Editores, Madrid.

Weinrichter, Antonio (2004), Desvíos de lo real. El cine de no ficción, T&B Editores, Madrid.

 

Notas


[1] El término “dispositivo” es utilizado como sinónimo del objeto cámara, es decir como el dispositivo técnico de rodaje.

[2] Es interesante la diferenciación semejante que hace Christian Metz, no sin un dejo de ironía al definir al cine directo y al cinéma vérité como, respectivamente, “ideología de la objetividad exterior” e “ideología de la intervención salvadora” (218).

[3] La filmación de ese plano le valió a Maysles el mote de “camara más grande de América” por parte de Jean-Luc Godard, con quien trabajaría algunos años más tarde en uno de los cortos de París, visto por…. (Paris vu par…, 1965).

[4] Se puede sumar a esto que al registrar un acontecimiento notorio, los sujetos suelen estar rodeados por múltiples cámaras. Los camarógrafos del cine directo solían ubicarse por detrás de los demás, ofreciendo muchas veces una crítica del periodismo de la época.

Documental: la forma más apasionante de cine

Descargar texto

Ritwik Ghatak

Traducción de Soledad Pardo

El presente texto está extraído del libro de corte autobiográfico del realizador Ritwik Ghatak,[i] una de las figuras más relevantes en la historia del cine indio-bengalí, cuya producción, principalmente en el terreno de la ficción, se extendió durante las décadas de los cincuenta, sesenta y comienzos de los setenta. El libro da cuenta de una aguda reflexión sobre la actividad fílmica como así también de su marcada cinefilia. Aunque Ghatak no realizó una amplia cantidad de documentales, la influencia de las prácticas no ficcionales en su obra artística es indudable. En este marco, el ensayo que aquí exponemos es un fiel reflejo de sus intereses.

 

Todo empezó con un explorador, un geólogo. Una peletería francesa, allá por la década de 1910, solía enviar expediciones al territorio esquimal para cazar y recolectar pieles exóticas en los páramos del Ártico canadiense. El hombre que se transformó en el “Padre del Cine Documental” estaba involucrado en esas excursiones. Más por diversión que por un propósito serio, llevó una cámara de manivela manual a una de las expediciones en esos territorios inhóspitos.

Así nació Nanook of the North (Nanook, el esquimal),[ii] que revolucionó el concepto de cine documental y el propio curso de la vida de su realizador.foto1

El documental -el registro de la realidad modelada en un contexto artístico, que produce conocimiento sobre el tema que está tratando- clamaba por su expresión desde el inicio mismo de la carrera de este nuevo medio artístico. Pero el documental en el sentido moderno del término fue realizado por primera vez por Robert J. Flaherty con este film, que fue rodado en 1922.

Varios films fueron realizados siguiendo la línea de Nanook en todo el mundo –películas como Moana (Robert Flaherty, 1926), Grass (Merian Cooper y Ernest Schoedsack, 1925), Eve Africaine (Leon Poirier,1925), Voyage au Congo (Marc Allegret, 1925), Au Pays du Scalp (Marqués de Wavrin, 1932), los experimentos de Kuleshov en la Unión Soviética, The General line (Grigori Aleksandrov y Sergei Eisenstein), Turksib (Viktor Turin, 1929), Rien que les heures (Alberto Cavalcanti, 1926), Berlin, Die Sinfonie der Grosstadt (Berlín, sinfonía de una gran ciudad, Walter Ruttmann, 1927).

Pero el documental social orientado de manera realista hacia problemas específicos encontró un estímulo y se formó como movimiento cuando en Gran Bretaña un sociólogo llamado John Grierson rodó el film Drifters (1929), un registro de la vida y los problemas de los pescadores de aguas profundas del Mar del Norte, eternamente helado y sacudido por tormentas.

Flaherty fue un fenómeno aislado en los Estados Unidos. Era una figura solitaria hasta que –mucho después- Pare Lorentz se unió a él con The plow that broke the plains (1936). Pero no ocurrió lo mismo en Gran Bretaña. John Grierson llevó a Alberto Cavalcanti desde Francia y reunió a su alrededor a hombres de talento –hombres como Paul Rotha, Basil Wright y otros–. Nació la G.P.O. Film Unit, y luego la Crown Film Unit. Películas como Song of Ceylon (Basil Wright, 1934), Night Mail (Harry Watt y Basil Wright, 1936), North Sea (Harry Watt, 1938), Housing Problems (Edgar Anstey y Arthur Elton, 1935), Industrial Britain (Robert Flaherty, 1931), Contact (Paul Rotha, 1933), comenzaron a surgir de estas organizaciones.

En los años treinta la Escuela Británica lideraba el mundo en este ámbito. Lo mejor de la cinematografía británica se expresaba a través del documental.

A pesar de ello, como señalé antes, Flaherty era una figura solitaria en América. Con el paso del tiempo se convirtió en una institución en sí mismo, probablemente como ninguna otra figura en la historia del cine lo hizo jamás.

Cuando comenzó a trabajar en Nanook, lo hizo casi espontáneamente. Mucho tiempo después, en 1950 (en una conversación publicada en uno de los Penguin Annuals editados por Roger Manvell) explicó el propósito y el factor motivador de sus esfuerzos fílmicos:

Cuando vi a esos hombres a mi alrededor (los esquimales), me enamoré de ellos, y sentí que debía hablar de ellos, de mi amor por ellos. Debía mostrárselos a otros, para que esos otros pudieran compartir mis sentimientos.

Como estoy citando de memoria, no estoy absolutamente seguro de que esas hayan sido sus palabras, pero tengo la certeza de que esos eran los sentimientos expresados.

Y ellos formaron el núcleo del credo que sostuvo a lo largo de toda su vida.

Cuando llevó a la civilización su invaluable metraje, un día todo el material se envolvió en llamas a causa de un cigarrillo arrojado por casualidad en la Sala de Edición. Los resultados de años de trabajo riguroso se transformaron en cenizas frente a sus mismísimos ojos. Flaherty, encogiéndose de hombros, volvió a la Tundra a filmar nuevamente la película entera. En su opinión, el metraje destruido no era bueno de todos modos, y fue una buena forma de librarse de él.

El estreno de Nanook tuvo su propia historia. De forma muy entretenida Flaherty cuenta en su diario (que se encuentra en la colección de Richard Griffith “The world of Robert Flaherty”) las artimañas y trucos que tuvo que emplear para estrenar la película. Ésta fue finalmente estrenada en 1922.

Y fue en éxito instantáneo. Flaherty se encontró, primero, de moda en la alta sociedad; y luego se transformó en un objeto de veneración ciega.

Inevitablemente, Hollywood se fijó en él. Obviamente, al ver la ganancia neta que produjo el film. Nada menos que una autoridad de Hollywood como Sam Goldwyn le dio carte blanche para hacer una película.foto2

Flaherty se fue a los mares del sur con película virgen, una cámara, un recipiente para revelado, algunos químicos y una pantalla portátil. Goldwyn estaba contento de que no fuera necesario enviar con él un grupo de 200 personas, ni equipos de enorme tamaño, ni toda la parafernalia relacionada. Pero su felicidad fue breve, y eventualmente se desvaneció.

Hay una anécdota divertida, mencionada por Lewis Jacobs en su libro The rise of the American film.[iii] Cuando Flaherty volvió con el film Moana terminado, Sam Goldwyn organizó con entusiasmo una proyección en una pequeña sala. Con Flaherty era la cordialidad misma. Fumando su famoso cigarro, puso su brazo alrededor de él y ordenó que comenzara el espectáculo. Debe haber estado pensando en el magro presupuesto con el cual ese hombre se había presentado ante él con su última película. El espectáculo estaba en marcha. Cuando las luces volvieron a encenderse, Goldwyn disimuló por un instante con el rostro desencajado; luego se dirigió a Flaherty y exclamó con voz lastimera: “¿pero dónde están las tormentas de nieve?”.

El comentario no era completamente descabellado si seguimos el razonamiento de este hombre. De acuerdo a los cálculos de los magnates del cine, Goldwyn debe haber analizado Nanook por su increíble éxito de taquilla, y debe haber llegado a la brillante conclusión de que la popularidad del film se debió fundamentalmente a las peligrosas escenas de tormentas de nieve. Los temporales trajeron el dinero.

Naturalmente, esperaba que Flaherty repitiera esas tormentas de nieve, sin importar si ocurren habitualmente o no en una isla tropical, y se sintió terriblemente traicionado. Ese fue el final de Flaherty en lo que a Hollywood respecta. Más adelante, colaboró una vez con el gran director alemán Friedrich Murnau en un film llamado Tabú (1931), pero todo el asunto resultó un fiasco.

Después de eso no volvió a tener oportunidad de rodar una película en Estado Unidos por un buen tiempo. Su siguiente film fue Man of Aran (1934).

Los isleños de Aran -que no está a más de unas cientos de millas de Londres, en línea recta- llevaban una vida precaria, lo cual es casi increíble. J. M. Synge ha inmortalizado a estas maravillosas y fuertes personas de discurso pintoresco en su obra de un solo acto Riders to the Sea (1904).

Flaherty no hizo sino una obra de arte. La credulidad de uno llega a su límite al recordar que un equipo de marido y mujer tomó esas secuencias físicamente imposibles con una cámara portátil silente –en especial esa secuencia fantástica del bote de lona (Carragh) luchando contra ese formidable mar sacudido por una tempestad, en el cual las olas de 500 pies o más de altura vienen a través del Atlántico desde América y se estrellan contra las altas costas de las Islas Aran. Ese film es una obra de coraje supremo tan verdadero como la vida de sus sujetos. La presencia física que uno siente al ver la película es más que suficiente para perturbar a una audiencia urbana normal. Hay que ver este film para creerlo.

Esta fue la primera película en la que Flaherty pudo usar la banda sonora. Y qué uso hizo de ella… La utilización de sonidos incidentales –el crujido eterno de las olas del mar, el viento huracanado, el ruido de una piedra arrojada por azar- ponen a la vida misma en las imágenes.foto3

La utilización de la música también es extremadamente fascinante.

Después de este film, ocurrió el triste interludio de Elephant Boy (1937), cuando Flaherty vino a nuestro país.[iv] Uno se entusiasma al pensar en los temas relativos a nuestro país que realmente valen la pena y que podrían haber sido tratados por Flaherty si se le hubiera permitido tener los patrocinadores adecuados.

Después el hombre fue contactado por la administración del New Deal de su propio país, y Flaherty, por primera vez, se concentró en un problema social de validez general. El film era acerca de cuestiones de la agricultura de los Estados Unidos, e iba a llamarse Earth. Pero los preparativos para la guerra en las naciones europeas y la burocracia hostil en su propio Estado vieron la muerte del film.[v]

La crítica habitual contra Flaherty, que afirma que él siempre se involucró en civilizaciones lejanas, fotografiando formas de vida románticas y exóticas de algunos grupos de hombres en remotos rincones del mundo, construyendo una suerte de ideal de ellos; podría haber sido juzgada bajo la luz correcta si este film se hubiera podido completar y estrenar.

Apenas después de la guerra creo que fue la Standard Oil de New Jersey quien se acercó a él para que hiciera un documental sobre operaciones de extracción de petróleo. Se le dio absoluta libertad, y no lo presionaron para que proclamara el nombre del auspiciante, ni en la película misma ni en los créditos. El resultado fue uno de los films más magníficos jamás realizado. Louisiana story (1948) resultó ser también su última obra.

Situado en los terrenos pantanosos del Estado de Louisiana, un chico cajún, que habla un dialecto francés, es el héroe del film. Él y su pequeño mapache (una suerte de pequeño animal anfibio) solían nadar a través de los pacíficos pantanos y lagos de esa tranquila tierra. El único enemigo era el cocodrilo. Quebrando la paz de este paisaje, un día llegan lanchas a motor, seguidas de barcos de vapor, grúas, remolcadores y hombres extraños.

El tenor de la vida del chico (Napoleón Ulises es su nombre) se destruye. Nacen nuevos intereses, brotan nuevas amistades. El chico hace maravillosas visitas a la misteriosa máquina aburrida, y una noche ocurre ese incendio en el pozo petrolero. Luego los hombres se van. La torre petrolera sigue en pie y la paz desciende nuevamente sobre la pantanosa región de Louisiana.

La película influyó a tantos realizadores y films en todo el mundo que la enumeración de sus nombres sería tediosa.

Flaherty rodó solamente cuatro películas, por motivos completamente prácticos, en su larga carrera.[vi] Pero eso fue suficiente para grabar su nombre en el Salón de los Inmortales del Cine. La crítica tendenciosa de su inclinación romántica se ha ido moderando con el tiempo, hasta llegar a la insignificancia; y su influencia ahora es visible en las obras de todas las escuelas de realizadores de documental. Es por eso que uno tiene que remitirse a él para inspirarse una y otra vez. Sin un estudio minucioso de sus obras no podemos entender el desarrollo de documentales serios y creativos.

Mientras tanto, en todo el mundo el documental comenzó a mostrarse en todo su esplendor. En Francia, películas como Delacherche, The Rotter, Taris (Jean Vigo, 1931), De Mille, Un monastere,[vii] comenzaron a surgir una tras otra. En otros países de Europa el documental se transformó en algo muy parcial. Luego otra clase de fenómeno comenzó a ocurrir en los Países Bajos. Surgió la gran figura de Joris Ivens. He aquí el verdadero realizador documental, el Hombre Internacional. Después de los grandes éxitos de The Bridge (1928) y Zuiderzee (1930) en su país natal, fue hasta la sangrienta España de la República y rodó Spanish Earth (1937). Su inclinación lo condujo a todos los países oprimidos, y terminó con un documental en Djakarta.[viii]

Otra figura de los Países Bajos, Helen Van Dongen, se sumó a Flaherty como montajista en Louisiana Story, luego de un destacable trabajo en su tierra natal.

En otra parte del mundo el documental estaba floreciendo vigorosamente desde mucho tiempo antes –esto era en la Unión Soviética.

Con el nacimiento de la nueva república aparecieron los equipos de newsreels. Sus fascinantes actividades pueden conocerse en detalle en el libro de Jay Leyda Kino (1960).

Apenas después de la revolución un estímulo apareció en todas las artes, con una fuerte orientación hacia las artes de la composición.

En el teatro, Vakhtangov con su Princess Turandot, Meyerhold con sus representaciones de Gogol, Tairov con su Optimistic Tragedy y Eisenstein con sus representaciones de Gass en el teatro Proletkult,[ix] revolucionaron el arte escénico.

Mayakovsky encabezó la revolución en el campo de la poesía, y Gorky en la literatura en general. En esta atmósfera nació el taller de Kuleshov y el grupo de newsreel de Dziga Vertov. Ellos, al igual que todos los demás trabajadores del cine de la Unión Soviética de esa época, estaban fuertemente orientados hacia la realidad. Luego vino el arquitecto Eisenstein con La huelga (1924) y El acorazado Potemkin (1925); el químico Pudovkin con su documental acerca de la teoría de Pavlov, La mecánica del cerebro (1926), La fiebre del ajedrez (1925) y La madre (1926); y el caricaturista Dovzhenko con su Zvenigora (1928). Todos estos films oscilan entre el documental y otros tipos de cine.foto4

En el documental legítimo, Dziga Vertov, ese excéntrico, comenzó a producir cantidades de newreels con el nombre de Kino-Pravda (Cine-Verdad) y Kino-Glaz (Cine-ojo). Luego se inclinó por el documental creativo con El hombre con la cámara (1929) -las acrobacias de la cámara siguen pareciendo excepcionales hoy en día-.

Y luego surgió la figura de Esfir Shub, la montajista perfecta. Encontrando y rescatando tiras de película de newsreels de archivos olvidados, construyó un todo artístico tras otro, comenzando con Lev Tolstoy and the Russia of Nicolai II (1928).

Luego fue Turín. Su Turksib, una representación creativa de la construcción del Ferrocarril Transiberiano, ganó instantáneamente el aplauso de la crítica.

El gobierno soviético en ese período envió a las provincias dos trenes de propaganda política que llevaban una gama completa de elementos para la producción y la proyección cinematográfica. Estos trenes solían detenerse en las estaciones junto al camino. El realizador tenía la chance de estudiar los problemas locales. Luego hacían los films, los imprimían y se los mostraban a la gente en cuyos problemas estaban concentradas las películas; todo en el lapso de una semana. Los efectos pueden entenderse aún hoy.

Gorky estaba profundamente interesado en el Nuevo Mundo del Cine. Concibió una película llamada A day in the Soviet Union (Un día en la Unión Soviética). En una fecha específica, cientos de camarógrafos se dispersarían por todo el territorio de la Unión Soviética y filmarían todo aquel suceso azaroso que sucediera frente a sus cámaras.

Después todo el metraje sería ensamblado y exhibido. Era un plan grandioso.

Luego vino la guerra. Chamberlain y Daladier le vendieron Checoslovaquia a Hitler en Múnich.

La crisis estaba en marcha.

La guerra acelera las cosas. Le da ese ímpetu a los esfuerzos de los hombres y las naciones que hace brotar ese algo más en sus actividades.

La guerra es una maldición, pero algunas bendiciones se cosechan de ella, que les permiten a los hombres ajustarse mejor a los problemas de la paz, también.

La Alemania belicosa estaba movilizándose desde 1935. También en cuestiones de cine, ya que los nazis no eran menos minuciosos con él.

Desde que vio El acorazado Potemkin, el Dr. Goebbels instó a sus cineastas a estudiar la destreza del film y a canalizar sus habilidades en documentales de propaganda. El resultado fue que los realizadores alemanes se volvieron extremadamente eficientes para la creación de una suerte de mentira organizada en nombre de la verdad. Bajo la brillante guía del maestro de los días de la UFA (cuya Kameradfchaft fue una de las obras maestras del semi-documental, acerca de un desastre en una mina de carbón allá por el año 1931, y cuyo tema era, irónicamente, la hermandad internacional del trabajo, en especial aquella del trabajo franco-germano), G. W. Pabst, la maquinaria de realización documental alemana devino tan eficiente y formidable como su Wehrmacht. Personas como Leni Rienfenstahl comenzaron a producir obras maestras de la invención, empezando por el registro de los Juegos Olímpicos llevados a cabo en Berlín en 1936.[x]

Después de la guerra, incidentalmente, una copia de un film sobre las victorias nazis y las barbaridades de los aliados llegó a las manos de las fuerzas de la ocupación. No pudieron hacer otra cosa más que maravillarse ante el dominio del medio y la ingeniosa astucia de la maquinaria cinematográfica nazi.

Las naciones de Europa occidental en ese momento estaban gimiendo de dolor a los pies de Hitler. Grandes realizadores de países como Francia, o bien abandonaron su tierra natal, o bien se unieron a las tropas para pelear la batalla en el sentido físico. Eran muy poco habituales los casos en los que se daban por vencidos, o los casos de colaboracionismo –eran escasos y distantes entre sí.

Del otro lado del canal, Gran Bretaña estaba en ebullición. En su esfuerzo bélico total, los films documentales y la propaganda tenían su lugar en el plan. Además de las probadas manos del quehacer documental, maestros de otros campos ofrecían sus servicios para esas producciones, talentos como Noel Coward, Carol Reed, Anthony Asquith. Los resultados de la suma de esfuerzos se vieron en esos films sublimes como Target for tonight (Harry Watt, 1941), In which we serve (Noel Coward y David Lean, 1942), Desert victory (J.L. Hodson, 1943), y muchos más. Casi simultáneamente, Paul Rotha estaba haciendo otra clase de comentario sobre la vida contemporánea: The world is rich (1947) –cuyo tema es el hambre, como opuesto a la abundancia y el desperdicio.

En otra parte del mundo, en Estados Unidos, Pearl Harbour electrificó a la nación, la galvanizó en un todo cohesivo y la dejó lista para la acción.

Se creó la serie The march of time. Continuó siendo exhibida regularmente. Frank Capra, John Ford y otros, esos incondicionales de Hollywood, comenzaron a realizar documentales brillantes sobre temas técnico-militares y generales. En la campaña del Pacífico realizadores cinematográficos acompañaron a los hombres del Almirante Nimitz y de MacArthur: Bataan, Iwo Jima, las Filipinas –en todas esas campañas participaron realizadores cinematográficos.foto5

A lo largo y ancho del globo, la cinematografía soviética se preparó frente a los esfuerzos bélicos. Miles de camarógrafos-soldados salieron a registrar batallas en el frente, de primera fuente, y trajeron materiales tremendos, jamás vistos y emocionalmente devastadores. Cientos de ellos murieron en la batalla de Stalingrado, que fue registrada con lujo de detalles en un fantástico largometraje documental, producido por el Central Documentary Studio of Mosfilm y dirigido por Leonid Varlamov (1943).

Se hicieron muchos otros films como ese y circularon durante esos terribles años de guerra.

Aquí me van a permitir una digresión. En 1952, cuando el primer Festival Internacional de Cine fue llevado a cabo en India, Varlamov vino hasta aquí junto con la delegación soviética en ese festival. Vino para hacer un documental llamado Across India.

Tuve la buena fortuna de ser uno de sus guías, junto con algunos de mis amigos que actualmente son famosos cineastas. En aquel momento tuve la oportunidad de observar los métodos de trabajo de los documentalistas soviéticos.

Varlamov trajo consigo un equipo de cuatro o cinco camarógrafos –una de ellos era una mujer, Galina Monglovskoya.

Varlamov solía levantarse temprano a la mañana, sentarse con la lista de lugares interesantes (que había hecho luego de largas discusiones con nosotros la noche anterior) y adjudicarle a cada camarógrafo una porción de la misma, con agudas indicaciones acerca del metraje a cubrir y acerca de la actitud general que deberían mantener con las tomas. El hombre tenía una increíble habilidad para captar los puntos clave del tema solamente discutiendo, sin ver las cosas mismas. Solía sentarse, transpirando mucho, casi desnudo, en aquella habitación de hotel en esos amaneceres grises, y vociferar indicaciones bruscamente a sus diversos camarógrafos. Su relación con sus camarógrafos era como la de un padre con sus hijos e hijas.

Solían asignarnos uno u otro camarógrafo. Después de las instrucciones nos dispersábamos y trabajábamos durante todo el día.

Cuando volvíamos exhaustos al hotel, al anochecer, Varlamov estaba sentado en la cama, semidesnudo, con un jarro de cerveza en la mano y una sonrisa inquisitiva en los labios.

Nunca vi a ese hombre salir a rodar o esforzarse en hacer algo de ninguna manera en absoluto. Qué hacía todo el día, no puedo afirmarlo, pero solía aparecer en las conferencias de la tarde con detalles sorprendentes sobre las cosas, que evidenciaban su conocimiento previo del tema.

No he tenido la suerte de ver la película terminada –no estaba destinada a ser gran cosa de todos modos, siendo un film de lisa y llana propaganda- pero he aprendido una o dos cosas del cerebro extremadamente ágil de ese hombre fofo y de esa frialdad del Himalaya.

Así, la guerra expandió el horizonte y aceleró el crecimiento del documental en todo el mundo.

También en la India, durante los años de guerra, fueron introducidos los rudimentos del documental y los movimientos de newsreel. Si hubo intentos anteriores en India, no lo sé. En cualquier caso, esos intentos no pueden haber sido obras de gran importancia.

Durante la guerra, el gobierno de India formó una unidad de newsreel que estaba ligada al ejército. Algo de su trabajo pudo ser visto por el gran público. Hacia el final de la guerra, o apenas ésta había terminado, esa misma unidad formó el núcleo de la organización llamada Indian News Parade, que era una organización de newsreel.

Después de la independencia, esta misma organización se expandió y nació la Films Division. Ésta creció hasta transformarse en una empresa productora de documentales, como podemos ver ahora.

Fuera de la Films Division, un importante realizador documental era Paul Zils, cuyos films sobre Todas de Nilgiri recuerdo.

La Films Division tiene una sección de newsreels, un grupo de directores haciendo films de uno o dos mil pies sobre temas específicos, patrocinados por diversos ministerios y otras organizaciones gubernamentales. También emiten contratos convocados por licitación por un panel de productor aprobado, y algunas veces convocaron cineastas de renombre para algún largometraje documental especial en particular. También compran documentales ya hechos por partidos privados, si creen que puede ser útil.

Los mejores films realizados por la Films Division están bastante bien hechos, sin ser brillantemente creativos. Una organización que está limitada y cercada por tantas restricciones de todos lados no puede hacer más. Y la dirección central, que es de suma importancia en materia de arte (recordemos a John Grierson), es tristemente deficiente, al parecer.

Además de la Films Division, muchos gobiernos provinciales y organizaciones semi-gubernamentales patrocinan documentales sobre diversos temas. Algunos de ellos incluso tienen sus propias unidades de producción permanente, pero sus resultados parecen ser extremadamente frustrantes hasta ahora.

Los otros patrocinadores que tenemos en nuestro país son las grandes casas comerciales que operan en India. Sus equivalentes en todo el mundo han demostrado notablemente tacto y comprensión al patrocinar documentales, con lo cual algunos de los mejores documentales jamás realizados han estado bajo sus patrocinios.foto6

No tengo mucha oportunidad de ver la mayoría de las películas que se hacen en este país, porque la cuestión de la exhibición aún no ha sido resuelta satisfactoriamente. Pienso al azar en Konarak (Harisadhan Dasgupta, 1953). Recuerdo Panchthupi: A Village in West Bengal (1956) de Dasgupta como un intento serio tolerable. Gautam Buddha (1967) de Bimol Roy; y Calcuta, de la Calcuta Film Society, son un cero a la izquierda, en mi opinión. Llegaron tarde por un amplio margen. Material potencialmente apasionante ha sido sumamente desperdiciado en estas películas –lamento admitir. Otro film de Dasgupta, The Tata Story,[xi] tuvo momentos interesantes, especialmente en la banda de sonido, pero el film en su totalidad no impresiona mucho.

He visto la versión más extensa de Rabindranath Tagore, de Satyajit Ray (1961). Como parece ser el intento más serio hecho hasta ahora en nuestro país, merece que se le dedique un poco de espacio.

En su totalidad, el film fracasa en transmitir las tensiones de un artista turbulento que lucha a lo largo de su vida, principalmente contra la mediocridad. Demasiado espacio se ha desperdiciado en una suerte de visión turística de la Calcuta de antaño, el árbol genealógico, el Brahmo Samaj. Por pensar demasiado en Rabindranath, el equilibrio se ha echado a perder por completo. Uno podría saltearse los primeros 2000 pies de la película sin perder un solo punto acerca de Tagore.

Satyajit no entendió, o entendió mal, el punto de inflexión en la vida intelectual de Tagore, ese momento -registrado en su autobiografía- en el que nació su primer gran poema: “The awakening from Dream of the Spring”.

Tampoco me gustó la manera en la que Crisis of civilization, casi el último testamento de Tagore, ha sido ilustrado a través del metraje de la Europa devastada de las hordas hitlerianas. Revela una cierta falta de buen gusto la forma en la que se ha resaltado la cuestión (que es equivalente a la demagogia, en mi opinión).

Había algunos errores fácticos, también, como en el caso de la afición a la pintura de Tagore.

La película tenía sus momentos brillantes, también.

Sobre todo, el estado mental al que uno llega al final del film, que es integral. El uso de ciertas canciones, interpretadas por el propio Tagore en la galería vacía de la casa de Jorasanko, es magistral. La utilización de ciertas descripciones en algunos momentos elegidos juiciosamente es un signo de temperamento artístico supremo y de buen juicio.

Quisiera poder ser más generoso con éste, el único documental creativo genuino realizado en India hasta ahora. Es una pena que el film no sea tan satisfactorio como podría ser. Fue realizado de forma más bien rápida –ese fue el error, creo yo- y no es el producto de una reflexión y una concentración profundas.

Pero Tagore es un tipo duro, uno debería recordar eso también.

¿Qué es un documental?

Puede ser la llana cobertura de un evento, a la manera del newsreel, o puede ser un trabajo profundamente artístico, creativo, como Le monde du silence (El mundo silencioso, 1956) de Cousteau o Det stora äventyret (La gran aventura, 1953) de Arne Sucksdorff (ambos films son, casualmente, ganadores del Gran Premio en Cannes). La palabra “documental” cubre un amplio rango de categorías cinematográficas.

Luego hay tipos marginales de films, como Paisá (1946) de Rossellini, o Sciuscia (Lustrabotas, 1946) de De Sica. Estos films anunciaron la aparición del así llamado “neorrealismo”.

Si suponemos que la principal diferencia entre las películas de ficción y los documentales es que unas representan y recrean situaciones y eventos, y las otras no; caeremos en una confusión total. Man of Aran era una recreación de sucesos que normalmente ocurren en la vida de un grupo de gente. En un momento específico del film, había una re-creación de una actividad olvidada hace tiempo por los habitantes actuales de la isla. Me refiero a la secuencia de arponeo del tiburón tigre. Esas criaturas dejaron de ir a esas costas hace tiempo, pero durante el rodaje de Flaherty de pronto volvieron a aparecer. A Flaherty le costó mucho encontrar algún anciano que aún recordara el arte de arponear los tiburones y que pudiera contar el secreto a los jóvenes actores de la película.

Aún así, Man of Aran no es considerado un film de ficción.

Si tomamos el empleo de actores como criterio, no vamos a llegar a ningún lado. Hoy en día casi todos los documentales emplean actores, no siempre personas que se representan a sí mismas o a sus semejantes.

Por el contrario, de Pudovkin y Eisenstein en adelante el uso de actores no profesionales como una teoría consciente ha jugado un rol muy importante en el desarrollo del cine en su totalidad.

De hecho, en el sentido verdaderamente creativo, el documental es una actitud. La verdad yace en la realidad, y la cámara es sumamente capaz de, y muy adecuada para, registrar la realidad física en sus múltiples aspectos. Para el artista, registrarlos y presentarlos de manera artística es un deber y una responsabilidad.

Es por eso que el documental es la forma de cine más apasionante, válida y legítima.

Y es por eso que la frontera entre ficción y documental es atravesada una y otra vez por todos los grandes artistas en todos los períodos de la historia del cine.

Los “documentales” de Lumiére L’arrivée d’un train en gare de La Ciotat (La llegada de un tren a la estación de La Ciotat, 1895) o L’arroseur arrosé (El regador regado, 1895) desempeñaron verdaderamente las funciones del documental –tanto como Pather Panchali (Satyajit Ray, 1955) lo hizo. Y en el documental es un error creer que los juicios subjetivos, la generalización, la compresión y la búsqueda de la esencia no juegan un papel. Lo hacen en gran medida.

Casi todos los grandes maestros del cine de hoy han realizado documentales alguna vez, incluso en el sentido convencional del término –Resnais, Antonioni, Satyajit, Karel Reisz. Roman Polanski hizo su famoso armario (Dos hombres y un armario, 1958) antes de Nóż w wodzie (El cuchillo bajo el agua, 1962), que obtuvo el Premio de la Crítica en Venecia. Los experimentales franceses más jóvenes realizan documentales periódicamente, entre sus films de ficción –algunos se van a Cuba a menudo para hacerlos (Cuba necesita mucho esos talentos).

En nuestro país esto no se ha desarrollado todavía. Están los factores económicos –un nivel de vida generalmente bajo y la falta de patrocinio.

Pero, potencialmente, India es uno de los países más ricos para ser explotados por la cámara, y casi todo su territorio es virgen. Algunos extranjeros han venido y hecho algún trabajo (Arne Sucksdorff estuvo algunos años en el país y realizó dos películas sobre Kashmir y En djungelsaga (El arco y la flauta, 1957).

La gente de la televisión norteamericana está viniendo más y más últimamente para cubrir diferentes aspectos de la escena india. Éstos, junto con los esfuerzos de los directores de la Films Division –algunos de cuyos trabajos son realmente apasionantes- no son suficientes por sí mismos.

Aquí, creo, hay un vacío que puede llenarse con las grandes casas comerciales. Creo que se han hecho algunos esfuerzos serios pero, a juzgar por los resultados, parece que no se ha progresado mucho.

A pesar de que no tengo experiencia directa sobre esas cosas, puedo arriesgarme a suponer sobre las dificultades de realizar documentales que valgan la pena –desde el punto de vista del realizador, por supuesto.

Lo primero es la cuestión del público. Los documentales creativos de larga o mediana duración no tienen absolutamente ninguna chance de amplia circulación pública en India, excepto como un milagro. Y creo que las casas comerciales no deberían apuntar a ese público.

Los llamados films “prestigiosos”, hechos para espectadores especializados, generalmente se quedan sin lo uno ni lo otro.

El público al que deberían apuntar esos patrocinadores es el de los grandes festivales internacionales de cine. Y el objetivo deberían ser los premios más importantes. Allí radica la creación de renombre y el desarrollo de las relaciones públicas. Una película que se gana el aplauso en un festival de ese tipo está destinada a crear interés en cualquier país del mundo; y un film de esa clase, a causa de su valor cultural, está destinado a ser objeto de discusión entre el grupo correcto de gente en la sociedad de esos países.

Este objetivo, y una idea clara acerca del público al que hay que apuntar (vía festivales), son la mitad de la batalla ganada.

Y esos films no deberían, y no pueden, costar mucho. Los documentales que están siendo patrocinados por esas compañías se están solventando con enormes cantidades de dinero, de todos modos. Con mucha menos inversión, se pueden hacer fácilmente películas más largas y mejores.

La siguiente dificultad que viene a mi mente es la metodología de patrocinio y la forma de encargarse de la realización de manera adecuada.

Notas


[i] Ritwik Ghatak, Cinema and I, Ritwik Memorial Trust, Calcuta et al, 1987.

[ii] Se indicarán los títulos en castellano solo de las películas más reconocidas en Hispanoamérica mencionadas por Ghatak (N. del E.).

[iii] Lewis Jacobs. The rise of the american film. A critical history. Nueva York, 1939. Trad. Esp.: La azarosa historia del cine Americano. Traducción de A. del Ámo. Barcelona, Lumen, 1972. (N. de la T.).

[iv] El autor se refiere a la India (N. de la T.).

[v] El film efectivamente se finalizó en 1940 y se denominó The Land (N. del E.).

[vi] El autor se refiere a los largometrajes (N. del E.).

[vii] No se colocan director y año en los casos de las referencias a películas y otras obras de las cuales no se cuenta con información (N. del E.).

[viii] El autor se refiere a Indonesia Calling (Joris Ivens, 1946) (N. del E.).

[ix] El Proletkult, según afirma José A. Sánchez, era la “Organización de Cultura y Educación Proletaria. Inspirada por Alexander Alexandrovich Bogdanov, para quien el arte proletario se caracterizaba por su espíritu colectivista y por la inexistencia de una línea de separación clara entre creación y trabajo cotidiano: la creación artística no sería más que la forma más compleja de trabajo. Mientras Lenin creía que la experiencia de la revolución era suficiente para crear conciencia socialista, Bogdanov sostenía que era necesaria la educación para analizar, interpretar, y usar la experiencia”. Según este mismo autor, el Programa Teatral del Proletkult consistía en la eliminación de la institución misma del teatro como tal, que es sustituido por un centro demostrativo de los resultados obtenidos en la calidad de la organización de la vida cotidiana de las masas. (José A. Sánchez. La escena moderna. Manifiestos y textos sobre teatro de la época de las vanguardias. Madrid, Ediciones Akal, 1999, p. 328).

[x] El autor se refiere a Olympia (Leni Riefenstahl, 1938) (N. del E.).

[xi] El autor se refiere a The Story of Steel (Harisadhan Dasgupta, 1960) (N. del E.).

The act of killing (Joshua Oppenheimer, 2012)

Descargar texto

The act of killing 

Si hay un efecto que define al documental de Joshua Oppenheimer es el de provocar una radical incomodidad en la experiencia del espectador, obturando de esta manera su capacidad de tomar una posición definida ante lo que la imagen le devuelve. Paradójicamente esta atributo no proviene (o no únicamente) del horror del referente real, del mundo histórico representado, de lo que entendemos convencionalmente como «imágenes documentales»; sino que la raíz de esa experiencia desestabilizadora que vivencia el espectador se produce a partir de la intervención de la ficción. Sin embargo, antes de estimular el juicio de aquellos que señalan fantasmas posmodernos toda vez que aparecen con intensidad términos como «ficción» o «relato» en acontecimientos que dejaron fuertes cicatrices en la historia, The act of killing se encarga de afirmar el piso histórico sobre el que se asienta la narración del delirio de unos pocos. En definitiva, es la afirmación de las elaboraciones ficcionales que hacen unos sujetos (los que vencieron) a partir de la experiencia del mundo, no solo para representársela sino también para accionar sobre ella.

Tal como señala una placa al inicio, en 1965 el gobierno democrático de Indonesia sufre un golpe militar y en menos de un año más de un millón de «comunistas» (categoría bajo la cual entraba todo aquel sospechoso de serlo para el régimen) son asesinados. En la actualidad la democracia de derecho no se corresponde con las formas de la dictadura que perviven como continuidad de aquellos años, donde la existencia de grupos paramilitares mantiene su accionar y neutraliza todo tipo de resistencia.

Partiendo de este genocidio y de la cita de Voltaire que prologa la película (“Está prohibido matar. Por lo tanto, todos los asesinatos son castigados salvo aquellos que se practican en gran número, y acompañados por el sonar de las trompetas”), Oppenheimer se enfoca en el torturador Anwar Congo y sus amigos, quienes orgullosamente se jactan de haber asesinado a diez mil personas. En este caso, el sonar de las trompetas del que habla Voltaire no es otro que el genocidio distorsionado en, por lo menos dos, sentidos: primero bajo la forma de justicia necesaria (cuya necesidad se sustentaría en la reorganización el orden social, político y moral) materializada en el discurso oficial del Estado; y segundo, como espectáculo (perverso) encarnado en los agentes que detentan la violencia y la viven como si fuese un género de Hollywood.

La audacia de la película reside en que la representación que se hace Anwar Congo y demás colegas de sus acciones de tortura se va develando como mecanismo de defensa individual que les permite convivir con el terror cometido. Cuando Oppenheimer advierte que los integrantes del escuadrón de la muerte recuerdan y se representan los asesinatos bajo un imaginario cinematográfico (sus ideas surgen de el cine de gangsters, musicales, westerns) les propone realizar una película sobre sus propios crímenes. En este punto es el espectador quien debe acompañar el proceso bajo la incertidumbre de un juicio moral hacia el director y hacia los actores sociales, juicio que se ve obligado a dejar en suspenso o a mutar abruptamente de una secuencia a otra. Así pasamos de pequeñas ficciones como la que lleva a Anwar Congo a afirmar con pleno convencimiento que «gangster» significa «hombre libre», a la recreación de escenas de tortura donde los integrantes de los grupos paramilitares (re)interpretan el acto de matar. En el medio dos momentos claves: primero cuando Anwar Congo sentado en el living de su casa reflexiona -preocupado y con absoluta conciencia narrativa- sobre lo filmado y los efectos que tendrán en el espectador la disposición de las escenas en la temporalidad de la película. Luego, la escena en el programa de entretenimiento televisivo al que es invitado parar presentar su película y contar las motivaciones que lo llevaron a realizar esta obra inspirada en las películas de gangsters hollywoodenses. Mientras, detrás de escena, Oppenheimer no olvida registrar a los operadores técnicos del programa preguntándose cómo es posible que este hombre conviva con tantas muertes sobre su cuerpo. Estas dos oportunidades en las que la reflexión sobre los procesos de formación de un relato se hace explícita, dibujan la unión entre el delirio personal y el delirio colectivo que permite la aceptación y celebración espectacular de la masacre de millones de «comunistas» en connivencia con un Estado violento que se sirve de grupos paramilitares.

No obstante ciertas fisuras se hacen presentes cuando lo real pisa tan fuerte que las ficciones se quiebran. El nivel de perversión llega a un punto en que los hijos de las víctimas actúan en la película de los torturadores, hasta que la representación encuentra su límite y la escena concluye en llanto. En un segundo paso de acercamiento a este punto límite Anwar Congo relata su experiencia de actuación en el rol del torturado y dice haber sentido lo mismo que sintieron sus víctimas, a lo cual Joshua Oppenheimer (única vez que escuchamos su voz detrás de camara) lo interpela: «(…) pero vos sabías que era solo una película. Ellos sabían que estaban siendo asesinados». En ese momento Anwar Congo se quiebra, se pregunta si pecó, si ahora sus acciones del pasado le están siendo devueltas. En la última escena este instante de arrepentimiento puesto en palabras (que sin embargo nunca es tal porque siempre retorna al espacio de la represión y roza lo cómico al entrar en contradicción con lo antes mostrado), se hace carne cuando Anwar Congo regresa al patio del inicio de la película donde enseñaba con orgullo y alegría los métodos de tortura. Aunque ahora sus memorias no están atravesadas por la iconografía del cine genérico (el musical, el western, el policial) sino que decantan en las arcadas del personaje frente a cámara, como si exteriorizara un vómito vacío que no es más que el horror cometido, jamás asumido más que como un tímido esbozo de arrepentimiento.

Cabe preguntarse si este último acto es más de lo que podía esperarse en ese delirio en el que Joshua Oppenheimer pone entre cuerdas a un espectador que nunca puede terminar de tomar posición: entre la indignación ante los crímenes vigentes y festejados, la risa provocada por las representaciones bizarras en clave cinematográfica «clase B», y, principalmente, la autoevaluación constante que hace sobre su propio lugar en la experiencia cinematográfica a la que lo somete la película. Así el espectador se debate su relación con una película que le otorga la voz a los victimarios oscilando entre el espacio de la ficción y el espacio de lo real. Es decir, la misma encrucijada que ya está cifrada en los primeros tres espacios que aparecen en las tres primeras secuencias del relato: la imagen surrealista que abre la película, espacio idílico, musical, imaginado por Anwar Congo, donde los asesinados se habrían reconciliado con los asesinos; luego la imagen de una Indonesia invadida por el cinismo del capitalismo más feroz, materializada en un shopping que aparece sobre las ruinas de un país devastado (allí donde luego vemos caminar plácidamente a un torturador con su familia); y finalmente, los barrios pobres, la Indonesia de los olvidados, de los hijos de las víctimas, de los que no hablan pero la película no deja de mostrar. De la configuración de estos tres ámbitos puestos en relación surge la tesis de la película: a partir de la violencia histórica sobre un pueblo, se constituye bajo el status de realidad no solo la elaboración perversa del espectáculo sino también esa otra ficción pacificadora que es el capitalismo.

Iván Morales

Ficha técnica:

Dirección: Joshua Oppenheimer. Co-Dirección: Christine Cynn, Anonymous. Fotografía: Carlos Mariano Arango de Montis, Lars Skree. Edición: Niels Pagh Andersen, Janus Billeskov Jansen, Mariko Montpetit, Charlotte Munch Bengtsen, Ariadna Fatjó-Vilas Mestre. Sonido: Gunn Tove Grønsberg, Henrik Gugge Garnov. Producción: Signe Byrge Sørensen. Producción Ejecutiva: Errol Morris, Werner Herzog, André Singer, Joram ten Brink, Torstein Grude, Bjarte Mørne Tveit. Compañía Productora: Final Cut for Real, DK. Duración: 159′. Origen: Dinamarca, Noruega, Reino Unido. Año: 2012.

La chica del sur (José Luis García, 2012)

Descargar texto

La chica del sur 

Como toda gran película, La chica del sur tiene múltiples capas de sentido. Por un lado, el documental de José Luis García, es un film claramente autorreflexivo en el que el realizador elige ponerse él mismo a prueba. El director viaja hacia el pasado, hacia sus tiernos veinticuatro años, a mediados de 1989, cuando el comunismo era aún una realidad en todo el mundo, cuando la Unión Soviética, a punto de desaparecer, era todavía capaz de organizar un festival mundial de las juventudes socialistas en la hermética e inexpugnable Corea del Norte. Allí fue el director junto con la delegación argentina, no como militante convencido, sino más bien como “paracaidista”, como él mismo afirma, reemplazando a su hermano mayor, el verdadero militante, quien no pudo ir. El accidente se convierte entonces en ocasión feliz.

García, con su flamante cámara VHS, registra lo que está a punto de sucumbir, el ocaso de un imperio, de una forma de aprehender el mundo que dirime sus instantes finales. Las imágenes tomadas en este noble formato analógico son extraordinarias, no sólo por su asombrosa calidad, sino por lo que mencioné recién: García logra dar cuenta de escenas de un mundo vedado para Occidente, al que sólo por obra del azar se tiene acceso. Y la frutilla del postre es la chica del sur que da título al film, la llamada “flor de la reunificación”: Lim Sukyung. Esta jovencísima activista surcoreana ingresa al comunista Corea del Norte para proclamar la lucha por la reunificación, el anhelo de todo un pueblo, podemos pensar, que se ha visto partido en dos por las exigencias del mundo bipolar. El carisma de esta chica es inmenso, encandila a todo el país. García no queda indemne a sus encantos, más bien al contrario: su figura lo ha seguido obsesionando en todos los años transcurridos luego de esa breve estadía en Corea del Norte.

El director va tras esa chica del sur. Va hacia el encuentro de sí mismo, de aquel joven que era a fines de lo ochenta, de ese mundo que se perdió para siempre, tras el triunfo del capitalismo norteamericano y la decadencia de un sistema que se pretendía socialista, pero que sólo fue en realidad un capitalismo de estado. Entonces: documental político, que narra los intersticios de un mundo que ha desaparecido, pero también documental de “autoencuentro”, de búsqueda y refundación personal, que se muerde la cola en el intento por traer el pasado al presente, por recuperar un tiempo irremisiblemente perdido. Y qué mejor que el cine para intentar esa búsqueda: esas imágenes del ochenta y nueve parecen aún más vivas, mucho más vitales que ese presente opaco y anodino del Seúl surcoreano al que García se dirige para intentar recuperar a esa chica del sur esquiva. Pero sobretodo, como decíamos, para recuperarse a sí mismo, a aquel aspirante a cineasta que alguna vez fue. Por supuesto que los protagonistas de aquella historia ya no son los mismos, ni la ex estudiante surcoreana ni el propio García. La vida los ha transformado. El pasado es una animal grotesco, al decir del autor y director teatral Mariano Pensotti, inhallable e irrecuperable. Sólo nos quedan huellas, trazos, imágenes que nos hablan desde el más allá de un mundo totalmente diferente al de estos días, personal y políticamente hablando.

Documental político también en el propio derrotero de Lim Sukyung, quien regresó a su país al cruzar la frontera caminando, y que fue inmediatamente detenida, encarcelada y juzgada. Y que es ahora profesora en la misma universidad en la que había estudiado antes, pues da clases de medios de comunicación y sociedad, y es capaz de afirmar en una de sus clases: “cuanto más autoritario es un gobierno, más se apoya en los medios de comunicación para gobernar”. Aclaro que estoy aquí parafraseando, no citando de memoria. Las resonancias, por más que se encuentren referidas al contexto surcoreano, se expanden en distintas direcciones. Como afirmaba el dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “signifique quien pueda”.

Y si el desarrollo de este documental es de por sí impactante, qué decir del final, con la sorpresiva venida de la activista surcoreana a la Argentina, no tanto para satisfacer el pedido de García de darle la consabida entrevista a la que nunca quiso acceder en Seúl, sino para cumplir secretos, imposibles de confesar por estar completamente ligados al horror de la pérdida y del duelo interminable, debido a la muerte de su pequeño hijo. Esa entrevista, ese encuentro final entre ambos es una lección de cine documental. Una pequeña pero intensa clase de cómo debe un documentalista encarar una entrevista, narrada no precisamente desde el éxito sino desde el más irremisible fracaso que sufre un descolocado García. Y más que la entrevista, las imágenes finales de Lim Sukyung en Ushuaia, reencontrándose de alguna manera con su hijo, constituyen el broche de oro para una verdadera gema cinematográfica, un documental extraordinario en el que García no sólo nos muestra aquello que alguna vez fue, sino que también pone en escena la callada elaboración que una madre hace frente al dolor por la trágica muerte de su hijo. Documental político, intimista, autorreflexivo, La chica del sur es todo eso y mucho más. Por eso termina siendo, sin lugar a dudas, uno de los mejores documentales argentinos de los últimos tiempos.

Maximiliano de la Puente

Ficha técnica:

La chica del sur (Argentina/2012) / Dirección: José Luis García / Guión: José Luis García y Jorge Goldenberg / Actores: Alejandro Kim, Lim Sukyung /Edición: Alejandra Almirón, Alejandro Carrillo Penovi y José Luis García/ Sonido: Martín Grignaschi, La Burbuja Sonido/ Música: Axel Kryeger/ Distribuidora: Lat-e/ Duración: 94 minutos.

Escuela Normal (Celina Murga, 2012)

Descargar texto

Escuela normal

 

Escuela Normal es el primer largometraje documental de Celina Murga y fue realizado en el año 2010 con motivo de los festejos del Bicentenario de la República Argentina. Rodado en la provincia de Entre Ríos, el film se ancla en la Escuela Normal de Paraná, eligiéndola como casi único escenario. Esta institución -que data del año 1871-, además de ser el lugar en el que la cineasta completó sus estudios educativos, es la primera Escuela Normal fundada por Sarmiento en una época en la que desde el Estado se intentó uniformar la heterogeneidad de las culturas co-existentes en el territorio argentino, a partir de la construcción de una “identidad nacional” que tomaba a Europa como modelo.

Si bien la película no pretende establecer un paralelismo entre cómo funcionaba la escuela en el pasado y cómo funciona en el presente, se impone cierta mirada que manifiesta -con sus continuidades y descontinuidades- la persistencia del proyecto sarmientino en el hecho de que la institución-escuela sigue desempeñando un papel preparatorio a la vida en sociedad, es decir, la escuela como instancia de entrenamiento y capacitación. En este sentido, las escenas que muestran el interés de los estudiantes por la Constitución Nacional establecen cierta correspondencia a través de la cual parecería que Celina Murga muestra la vida política estudiantil del año 2010 como una micro-política que guarda una relación estructural con una macro-política de escala nacional: la escuela como un “paso previo a…”, como un laboratorio en la que los adolescentes pueden ensayar para algo más grande.

Realizado como un documental ficcionalizado, Escuela Normal toma a las elecciones de Centro de Estudiantes como eje narrativo y se articula a partir de la alternancia de dos grandes series que nunca se encuentran: la campaña política de dos listas estudiantiles y los quehaceres de Macacha, una jefa de preceptores “multifunción”.

La actividad política estudiantil es tema central del film, sin embargo está simplificada en cuestiones meramente formales. Somos espectadores de una campaña carente de propuestas (apenas se esbozan ideas tales como la creación de una biblioteca y el mejoramiento de los precios de la cantina escolar) y de discusión política (durante el debate público al pretender explicar las funciones de un Centro de Estudiantes, una agrupación fracasa en el intento provocando la risa del auditorio, y la otra lo hace a partir de la proyección de un power point). De hecho, el escaso debate se desvía en la polémica por un eslogan político: “votá con responsabilidad” vs. “votá a la responsabilidad” son las dos opciones en pugna que en definitiva dan cuenta de una política de la delegación en la que no se fomenta la participación activa más allá del voto en el acto eleccionario. Esto se ve reflejado en la indiferencia del grueso del estudiantado: participa menos del 50% del padrón y los resultados de las elecciones pasan desapercibidos salvo para los integrantes de las agrupaciones.

En el recorte que nos ofrece el film, la política estudiantil resulta descontextualizada y desprovista de una posición en relación a cuestiones tanto externas como internas a la Escuela. Apenas una política estéril que se sostiene en el cumplimiento de un estatuto.

Así como la política estudiantil no dialoga con la institución, cinematográficamente el film establece una segunda serie protagonizada por una jefa de preceptores -representante de la institución- que en rigor no mantiene vínculo con los estudiantes. Macacha hace de todo un poco: cambia el jabón de los baños, llama a mantenimiento para que se lleven a un perro que se metió en los pasillos y evita una guerra de bombitas de agua. Es la encargada de poner un poco de orden al caos propio de una escuela colapsada de chicos -situación reforzada por una banda sonora que marca la saturación del sonido ambiente- pero siempre desde un lugar administrativo, desde la gestión. La institución carece de una política educativa clara, o al menos no llega a ser revelada por el film, no obstante éste sí se encarga de acentuar la deserción de profesores, la presencia de una portera que no deja entrar a los chicos fuera del horario de clase, y una junta curricular en la que los docentes discuten frases de manual acerca del desinterés de los estudiantes y del deber ser del sistema educativo.

Los estudiantes están en la escuela pero de manera transitoria, no pertenecen a ella. El primer plano del film sigue el recorrido de un estudiante de espaldas que desde la calle ingresa a la escuela, y una de las últimas secuencias da cuenta de una fiesta de egresados; por otro lado, éstos son los únicos que participan en las escasas escenas filmadas fuera de la escuela. En cambio, la suerte es distinta para Macacha ya que su recorrido comienza desde adentro, lugar que no abandonará a lo largo de toda la película. De todos modos, una suerte de epílogo en la que un grupo de ex-maestras se reúne para homenajear a la integrante más anciana, establece cierta idea de ciclo en la que siempre hay una vuelta a la institución.

En doscientos años de historia el sistema educativo argentino fue mutando al punto tal que en el año 2010 una película puede evidenciar que los estudiantes de una escuela gozan de ciertos derechos -tanto la libertad para organizarse gremialmente, como la existencia de algunos docentes que abren el juego a la participación en clase- que están contemplados en la vida académica cotidiana. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y no se queda en la cuestión meramente estructural. Escuela Normal invisibiliza el trabajo del Centro de Estudiantes mostrando una política estudiantil vacía de contenido que se reduce al acto eleccionario. El acento en la estructura y las analogías que se intentan establecer con la Constitución Nacional recuperan un poco esta idea del proyecto sarmientino de la escuela como capacitación o “paso previo a…”, desconociendo que aunque sea en una micro-escala la actividad política estudiantil puede ser tan intensa o incluso más poderosa que cualquier otra.

Elina Adduci Spina

Ficha técnica:

Guión: Celina Murga, Juan Villegas. Fotografía: Fernando Lockett. Edición: Juan Pablo Docampo. Producción: Juan Villegas, Inés Gamarci, Celina Murga. Compañía Productora: Tresmilmundos Cine. Duración: 88 min. Origen: Argentina. Año: 2012

El otro día (Ignacio Agüero, 2012)

Descargar texto

El otro dia 

En el comienzo fue la fotografía. Una fotografía. Y la luz. La luz del atardecer que, filtrada por las hojas de los arboles del patio de la casa, proyectó una aureola mágica y misteriosa sobre un antiguo retrato fotográfico de dos jóvenes besándose en la playa, los padres del realizador quien involuntariamente registra con su cámara el epifánico instante. Y es a partir de ese inesperado acontecimiento que Ignacio Agüero anuncia –mediante la voz en off- la sencilla premisa que estructura a su última película: registrar, documentar los eventos cotidianos de la vida en su hogar durante un año exacto.

Con la voluntad de descubrir lo extraordinario que subyace en lo ordinario, Agüero registra entonces los más nimios detalles de su cotidianeidad, dejándose sorprender por los hallazgos fruto de una mirada atenta al detalle del color y la textura de una mesa de trabajo bajo el sol del invierno o a las esporádicas visitas de los animales al jardín de su hogar. Pequeños acontecimientos dentro del hogar que Agüero registra como un observador de su propia casa, redescubriendo lo que siempre estuvo allí.

Pero lejos de quedarse en ese microcosmos, al calor del hogar, El otro día comienza a cobrar su verdadera dimensión cuando el veterano realizador decide comenzar a registrar lo que sucede más allá de las puertas de su casa, cuando comienza a atender a aquellos anónimos visitantes que por diversos motivos tocan el timbre: para pedir ropa o dinero, para pedir trabajo o para estacionar temporalmente el auto en su garaje. Las puertas se abren al mundo y Agüero parece interesado en dejarse arrastrar por esas aguas, sea donde fuese que este nuevo torrente lo lleve. “Me gustaría visitar su casa, conocer donde vive”. Agüero, cual niño habido de conocimiento, busca en el extraño visitante una nueva excusa para continuar manteniendo vivo su deslumbrado interés por saber. Y está quien se presta y quien no a la propuesta del cineasta, habrá quien se sienta intimidado y habrá quien ve una oportunidad para mostrarse y compartir algo de su vida a un otro. Y así acompañamos a Agüero en esta nueva y errática aventura, conociendo retazos de la vida de los visitantes quienes pasan a dejar de ser extraños para comenzar a tener una historia, algo que contar, los visitantes son ahora los visitados. Al salir del interior del hogar, de lo propio para encontrarse con el otro es cuando la película toma profundidad, en el contraste entre el acogedor interior y el desconcertante exterior.

Con fascinante simpleza y con voluntad de evidenciar en la misma escena los pactos, contratos y propuestas propias del género documental (la narración en off, los acuerdos con los entrevistados), la película va haciéndose a sí misma, va transcurriendo con plena conciencia de sus actos, en este seguimiento sin aparente perspectiva más que no sea la del eventual entrevistado. Este gesto noble y humilde por parte del realizador de plasmar en escena el pacto con el entrevistado es lo que justamente nos aleja de la obscenidad voyeuristica en favor de un interés manifiesto y consciente de querer conocer al otro. La convención está sobre la mesa, en la escena, Agüero pide permiso para mostrar o no para mostrar, consensuando con el sujeto filmado: lo que se documenta es lo que el entrevistado deja mostrar, lo que quiere ocultar y esto hace del espectador un sujeto verdaderamente participes, lo libera a lo inesperado del acontecimiento entre el realizador y su esporádico entrevistado. Aquí no hay un otro ajeno o extraño, sino más bien un coterráneo, se recupera la noción de individuo en cada salida del realizador al hogar del nuevo visitante. Incluso vemos (entrevemos, escuchamos) a un entrevistado que se resiste a ser filmado, que no accede a participar del intercambio propuesto por el realizador.

Con ciertos ecos del cine de otro gran realizador latinoamericano, Eduardo Coutinho, quien en sus últimos trabajos ha indagado en la síntesis y la economía de recursos para transparentar al máximo esos instantes de verdad del entrevistado, Agüero va conformando azarosamente este extraordinario documental, en la trama se configura a partir de los accidentes del transcurrir de los días. Agüero es visitado entonces por un mendigo que accede a ser filmado pero a quien no logra encontrar, por lo cual debe esperar una segunda visita para volver a congeniar un nuevo encuentro, en uno de los barrios más pobres de la ciudad, en donde termina encontrándose con sus familiares quienes le cuentan sobre la errante historia de este escurridizo personaje.

Sobre el cierre de la película, Agüero es visitado por una joven que toca a su puerta para pedirle trabajo. Ella es estudiante de cine y le han hablado del veterano realizador. Agüero, por supuesto, visita su hogar en Valparaíso, visita su cuarto, le pregunta sobre su familia y sobre sus expectativas. La joven le muestra se demo-reel. En esta secuencia de cierre, Agüero se cruza con la nueva generación, llena de ilusiones sobre el porvenir, sobre el futuro.

Transcurrido el año que el director se autoimpuso como premisa de trabajo, Agüero intenta nuevamente registrar la fotografía de sus padres bajo la luz del atardecer, quizás con la esperanza de repetir aquel instante, pero la luz del sol, caprichosa, no le ofrece nuevamente la misma imagen. El ciclo se cierra y la película concluye.

Nicolás Aponte A. Gutter

Ficha técnica:

Dirección: Ignacio Agüero. Guión: Ignacio Agüero. Producción: Ignacio Agüero, Christian Aspée y Daniela Salazar. Dirección de fotografía: Ignacio Agüero Montaje: Sophie França. Duración: 120′. Origen: Chile.

5 broken cameras (Emad Burnat y Guy Davidi, 2011)

Descargar texto

5 broken

 

En los últimos años, israelíes y palestinos han iniciado una serie de acercamientos a través de la cultura -música, literatura-, con la intención de generar un diálogo que permita superar las barreras políticas y sociales que se interponen entre ambos; para tender dicho puente, el cine también ha aportado diversas producciones, tanto de ficción como documental. En este sentido, 5 broken cameras, realizada por el palestino Emad Burnat y el israelí Guy Davidi, continúa en esa dirección contribuyendo con una nueva aproximación al conflicto.

Este documental narra la resistencia del pueblo palestino de Bil’in, ubicado en Cisjordania, frente a la ocupación israelí de sus territorios, a través de las filmaciones registradas por uno de sus habitantes, el propio Burnat, entre 2005 y 2010. Para ello, éste se valió de cinco cámaras –hogareñas primero, semi-profesionales después- que resultaron dañadas en los sucesivos enfrentamientos. Estos equipos permitieron dar testimonio de los hechos desde el interior del sector más vulnerable del conflicto –cuyo punto de vista es, quizás, el menos difundido-, convirtiendo a la imagen en un modo de resistencia.

Ubicándose en la tradición del documental performativo, la subjetividad del realizador se verá inscripta en el relato, al tiempo que actúa como protagonista de los hechos registrados. Muestra, como sugiere Bill Nichols, su respuesta afectiva a la realidad, actuando tanto en función de ella como de la cámara. El conflicto lo atraviesa; se ve involucrado junto a su pueblo, sus vecinos, su familia, sus amigos. De este modo, el espectador es ubicado, mayormente, en la focalización del propio protagonista, viendo aquello que él filma.

Burnat adquirió su primera cámara para filmar el nacimiento de su cuarto hijo, Gibreel, quien llegó al mundo cuando Israel comenzaba a colocar cercos en la zona. De esta manera, se irá narrando paralelamente el crecimiento de Gibreel con el incremento de las acciones de protesta frente al ejército israelí, alternando la alegría con la bronca, la resistencia con la opresión, la vida con la muerte. La infancia de cada hijo de Burnat se corresponde con una etapa de la vida familiar y, por extensión, con una configuración socio-política determinada. Si el primogénito nació en un momento esperanzador tras los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993, el tercero llegó con el comienzo de la Intifada del año 2000. En consecuencia, el film irá dando cuenta del conocimiento que el niño va a ir adquiriendo respecto al ser palestino y su lugar en la sociedad. “Perdemos la infancia y la ira queda”, sostiene Burnat, demostrando así un uso social en la función de la cámara: lo privado y lo público estará constantemente imbricado, enfatizándose con la salida de la cámara hogareña a las calles.

Es precisamente a partir de los hechos que acontecen en Bil’in que Burnat decide posicionarse a través de su cámara. Mediante la voz over, reflexiona sobre el rol asumido y su necesidad instintiva de filmar todo aquello que ocurre en el pueblo, a fin de generar imágenes que permitan guardar memorias. Por otra parte, la puesta en circulación del material otorga a sus vecinos la posibilidad de tomar cierta distancia de los hechos, de reflexionar en torno a ellos, así como también de darse a conocer en otros pueblos, motivando la lucha política frente al avance israelí. En consecuencia, Burnat se resitúa frente a la realidad al pasar de ser “el camarógrafo de Bil’in”, que filma los eventos sociales de la vida del pueblo, a aquel que se erige desde una postura política concreta. Es decir, nuevamente, se produce una transformación de posibles registros de carácter privado hacia la creación de una imagen pública.

A lo largo del film, vemos a Burnat en escasas escenas; en la secuencia inicial, se muestra exhibiendo sus cinco cámaras rotas, dando cuenta de sus recursos técnicos y del progreso tecnológico en sus equipos; se devela, entonces, el dispositivo fílmico que se pondrá en cuestión, luego, a lo largo del relato y que funcionará desde su carácter ideológico, inscripto en una relación de poder, cargando de sentido a las imágenes desde su contexto social y simbólico de producción. Por otra parte, su cuerpo también se hará presente en el campo tras ser herido en una de las manifestaciones, al recibir atención médica en un hospital de la ciudad de Tel Aviv. En este sentido, se quiebra aquella ilusión de protección brindada por la cámara: ésta no es inmune y su portador también es vulnerable.

Si bien cinco cámaras han sido atacadas, el documental se nutre de aquellos registros que las sobrevivieron y se completa, necesariamente, con lo captado por un sexto equipo. Las heridas sociales que se superponen, unas sobre otras, ante el conflicto se presentan también de cámara en cámara. “Yo filmo para sanar”, afirma Burnat. A pesar de los intentos de silenciamiento, de ceguera, el compromiso ya fue asumido. Sólo resta conservar la esperanza de que podrán registrarse tiempos de paz.

Dana Zylberman

Ficha técnica:

Dirección: Emad Burnat y Guy Davidi. Producción: Emad Burnat, Christine Camdessus, Guy Davidi y Serge Gordey. Dirección de Fotografía: Emad Burnat Edición: Guy Davidi y Véronique Lagoarde-Ségot. Sonido: Amélie Canini. Origen: Israel, Palestina, Francia, Holanda. Duración: 94’. Año: 2011.

Tradição e Reflexões. Contributos para a teoria e estética do documentário. Tradición y Reflexiones. Contribuciones a la teoría y la estética del documental.

Descargar texto

Manuela Penafria (organizadora), Covilhã, Livros LabCom, 2011.

Disponible en: http://www.livroslabcom.ubi.pt/pdfs/20110909-tradicao_reflexoes.pdf

tradiciones y reflexiones

 

En Tradición y Reflexiones, libro editado en el ámbito del proyecto “Teoría y estética del documental” (auspiciado por la Fundação para a Ciência e Tecnologia y por el Ministério da Ciência, Tecnologia e Ensino Superior de Portugal, y desarrollado en el LabCom – Laboratório de Comunicação On-Line: http://www.labcom.ubi.pt/), la investigadora de la Universidade da Beira Interior Manuela Penafria reúne traducciones de textos clásicos de la teoría del documental y artículos recientes de investigadores portugueses, brasileños y españoles. Penafria ya es una referencia insoslayable de los estudios sobre cine documental en lengua portuguesa, no solamente por la bibliografía de su autoría, sino también por el interesante intercambio que mantiene con estudiosos del documental de Brasil y de España. Aunque Brasil y Portugal compartan el idioma, la comunicación académica entre ambos países es rara, sino nula, haciendo aún más valiosa la conexión que atraviesa el Atlántico impulsada por Penafria. Además de sus libros y organización de compilaciones, la investigadora comparte con el brasileño Marcius Freire la dirección de la revista digital de cine documental de publicación semestral Doc On-line (http://www.doc.ubi.pt/), editada desde 2006.

En la breve presentación del material, la organizadora parte de la proposición atribuida a John Grierson de “entender al documental como tratamiento creativo de la realidad” no para pensarla como una definición, sino como una manera de problematización, haciendo de esa cuestión el posible eje a partir del cual se agrupan propuestas tan distintas de textos. La realidad como punto de partida y de llegada y la forma estética presente en esa relación son preocupaciones que circundan los artículos, cuya reunión en este libro, según Penafria, tiene el objetivo de “incentivar nuevas reflexiones sobre el documental y divulgar líneas de investigación que ya demostraron poder sujetarse a una siempre mayor profundización” (1).

El libro se divide en tres partes: Tradición, Problematización y propuestas y Propuestas e investigaciones. El primer apartado está compuesto por dos textos fundamentales y fundadores de la reflexión teórica y estética del documental: “Principios básicos del documental” y “La poética de Moana, de Flaherty”, ambos del británico John Grierson. “Principios básicos del documental” (“First principles of documentary”, originalmente publicado en tres partes en la revista Cinema Quarterly entre 1932 y 1934), se desarrolla pretendiendo contestar la pregunta “¿qué es un documental?” e intentando encuadrar sus especificidades con relación a los noticieros, los travelogues, las películas educativas o las revistas filmadas. El autor expone una especie de “manifiesto de principios” para la realización de un verdadero documental, en que la preocupación estética tenía tanto peso como la función social y pedagógica. Grierson efectúa comparaciones y críticas sobre los filmes de Robert Flaherty y sobre las sinfonías de ciudades (muy frecuentes algunos años antes de la escritura del texto), exponiendo su creencia de que el documental debería abordar los problemas sociales y económicos y la solución para tales problemas. Aunque fuera admirador de Flaherty, Grierson cuestiona los filmes del primero pues ellos no presentan soluciones para los dilemas de los pueblos que son filmados. Según su criterio, el documental es un instrumento de utilidad pública –como podemos confirmar por medio del trabajo que realizó en las diferentes film units–.[1]

En “La poética de Moana, de Flaherty” (“Flaherty’s poetics Moana, publicada originalmente en The New York Sun el 8 de febrero de 1926) se utiliza la palabra “documental” por primera vez: pero no como un sustantivo, sino como un adjetivo. El “valor documental” de Moana se da no solamente por registrar la vida de una familia polinesia, sino por su capacidad de transmitir la belleza y armonía de la relación del hombre con la naturaleza: esto es, la capacidad de la imagen de fundar un vínculo con lo que hay en el mundo, a su alrededor. Cabría preguntarse por qué, en esta compilación, este texto viene después de “Principios básicos del documental”, ya que hubiera sido más provechoso organizarlos en orden cronológico para que, aquellos que entran en contacto con el pensamiento de Grierson por primera vez, pudieran acompañar el proceso de evolución de sus reflexiones.

La segunda parte, Problematización y propuestas, contiene tres textos del también británico Brian Winston. En ellos, el teórico del documental revisita el pensamiento de Grierson, cuestionándolo. En “Documental: me parece que tenemos problemas” (“Documentary: I think we are in trouble”, publicado inicialmente en New challenges for documentary, organizado por Alan Rosenthal en 1988), Winston adelanta lo que desarrollará en su libro de 1995, Claiming the real, haciendo duras críticas al padre del documental inglés y su herencia. El teórico piensa que el documental alcanza tal nivel de complejidad con los años que es necesario revisar las bases sobre las cuales pensamos “¿qué es un documental?”, instituidas por Grierson, cuya perspectiva e ideales no contemplan cuestiones fundamentales como la ética. El autor repasa los avances tecnológicos que permitieron el surgimiento del cine directo y del cine verdad en los años sesenta, y argumenta que la reflexión no acompañó la complejización de la técnica pues los realizadores se resistían a abandonar los postulados de Grierson. Winston aborda incluso series y programas televisivos contemporáneos para discutir el tema y enfatizar la urgencia por pensar sobre esas consideraciones.

“El protagonismo de las víctimas en la tradición documental griersoniana” (“The tradition of the victim in griersonian documentary”, también en New challenges for documentary) expande el debate planteado en el texto anterior y retoma la idea de que el interés por la mejora de las condiciones sociales es el elemento básico de la retórica de Grierson, que se convierte en un punto fundamental de la tradición documental. Y esto es válido, como describe Winston, “tanto para el realizador más prestigioso de documentales con fondos públicos como para el peor de los equipos de informativos locales, las víctimas de la sociedad están dispuestas y a la espera de ser también las ‘víctimas’ de los medios” (113). Sin embargo, esta “víctima” está poco presente en los debates teóricos sobre el documental: se habla de transparencia, narratología, efectos de nuevos equipos, etcétera, pero nunca sobre las personas, nodo crucial para las realizaciones. Winston iguala el “hombre frente al cielo” que proponía Flaherty (interesado por el individuo como tema y por el estilo romántico) al “hombre en las entrañas de la tierra” de Grierson (preocupado por la cuestión social y la propaganda): ambos son vistos con distancia por los cineastas y tematizados como víctimas, tendencia que del cine directo a la televisión actual se afianza. Winston sugiere que el hacer a las víctimas “protagonistas”, exime a los cineastas, entre otras cuestiones, de problematizar sobre sus obligaciones éticas.

En “Hacia un documental post-griersoniano” (“Towards a post-griersonian documentary”, en Claiming the real), Winston dialoga con otros teóricos como Noël Carroll, Bill Nichols y Julianne Burton para discurrir sobre temas como objetividad/subjetividad, recepción, mediación y la víctima como protagonista. Aquí, el autor va más allá de las preocupaciones advenidas por el pensamiento de Grierson abriendo paso a otras temáticas (que se profundizan en la tercera parte del libro).

Inaugurando el apartado Propuestas e interrogaciones, Marcius Freire reúne rasgos, definiciones y clasificaciones en un intento de atribuir una identidad más nítida y reconocible al cine etnográfico. “Prolegómenos para un entendimiento de la descripción etnocinematográfica” (“Prolegômenos para um entendimento da descrição etnocinematográfica”, publicado en Cadernos da Pós-Graduação – Instituto de Artes da UNICAMP, Nº 3: Especial Cinema e Fotografia, 2006) busca dar cuenta de las distintas aproximaciones a la conceptualización de este “género” y se explaya sobre las relaciones entre cine y antropología.

“La puesta en escena documental” (“A encenação documentária” en Anais XIII Encontro SOCINE – Sociedade Brasileira de Estudos de Cinema e Audiovisual, 2010), del investigador brasileño Fernão Ramos, desconstruye uno de los principales “lugares comunes” en las reflexiones sobre el documental: el valor de la puesta en escena. Ramos la concibe como un procedimiento antiguo y corriente en el documental, y propone la distinción de tres tipos de actitudes que la cámara provoca para pensar la escenificación: construida, locación y directa (o escenifica-acción). La discusión evidencia la acentuada presencia del tema en la producción brasileña contemporánea, como en Jogo de cena (Eduardo Coutinho, 2007) y Santiago (João Moreira Salles, 2007), e invita a explorar el libro publicado por Ramos en 2008: Mas afinal… o que é mesmo documentário?,[2] donde desarrolla en profundidad estos temas.

El texto del portugués Luís Nogueira, “Una hermenéutica humilde: algunas tesis sobre el making-of” (“Uma hermenêutica humilde: algumas teses sobre o making-of”, sin indicación de publicación anterior) plantea que la inmensa difusión del making-of propone una nueva relación del espectador con el cine, pues trae información que puede influir en la manera como se ven los filmes. Para el autor, el making-of no es solamente una descripción informativa, sino un punto de análisis y reflexión, evaluación y crítica, incluso de problematización poiética sobre el cine: “el making-of nos viene decir que toda obra es un hacer. Eso, desde un punto de vista académico y científico, casi nos invita a reelaborar la filosofía de las imágenes, de los sonidos y, en lo que nos importa como telón de fondo, del cine” (188, traducción nuestra). Nogueira hace un ensayo apasionado (y extremamente largo y repetitivo) indicando el making-of como elemento fundamental para hacer una arqueología de las ideas (además de una biografía y anatomía de las mismas), un puntal que permite explorar la transpiración y no la inspiración de las obras acabadas. Es raro que el autor hable tanto de la importancia del acceso y de escudriñar el proceso de creación y en ningún momento se refiera a la crítica genética, cuyos estudios ya se dedican al tema desde los años ochenta, principalmente en la literatura.

El próximo ensayo, de Leonor Areal, de la misma manera que los textos siguientes, se aleja de los debates que esencialmente discuten marcos teóricos para volcarse sobre el análisis de películas. En “El cine directo en el periodo revolucionario portugués” (“O cinema directo no período revolucionário português”, sin indicación de publicación previa), Areal expone un panorama en torno a la emergencia de documentales en Portugal tras la Revolución de los Claveles:[3] entre 1974 y 1980 fueron producidos decenas de documentales ideológica y políticamente comprometidos y socialmente activos. Pocos se estrenaron o fueron vistos en la época, pero quedaron como rico testimonio del período y de sus tensiones. La autora destaca algunos títulos que serían representativos de ciertas temáticas como Continuar a viver ou os índios da Meia Praia (António da Cunha Telles, 1975-1977), Torre Bela (Thomas Harlan, 1977), A lei da terra – Alentejo 76 (Grupo Zero, 1976-1977), Barronhos – Quem teve medo do poder popular? (Luís Filipe Rocha, 1976), Terra de Abril (Pierre Costantini y Anna Glogowski, 1977) y Ciganos (João Abel Aboim, 1979). Para Areal, este fue un momento de intensa experimentación y libertad formal, en cuyas películas, aparte de sus diferencias, había un espíritu común y el cineasta se consideraba un agente social.

El artículo de José Filipe Costa, “Cuando el cine hace acontecer: el caso Torre Bela” (“Quando o cinema faz acontecer: o caso Torre Bela” (Arquivos da Memória, Nº 5-6: “Antropologia, Arte e Imagem”, 2009) expande y profundiza lo presentado por Leonor Areal al dedicarse a la película Torre Bela, que relata la ocupación, en 1975, de una de las mayores haciendas de Portugal y la subsiguiente formación de una cooperativa. Costa busca comprender por qué esta película ocupa un lugar especial en la historia del cine militante producido post-revolución, y reflexiona sobre las prácticas y metodologías de su construcción, esto es, cómo la ocupación del campo y la producción del filme se cruzan siendo dos caras de la misma moneda (el director Harlan invertía la finalidad del documental, manipulando la realidad para después filmarla). Al tratar la puesta en escena en la película analizada, el autor vuelve sobre tópicos abordados por Fernão Ramos en esta compilación, creando un diálogo interesante entre los textos.

Paulo Miguel Martins, en “Los documentales industriales y el impacto en la cinematografía y en la actividad empresarial” (“Os documentários industriais e o impacto na cinematografia e na actividade empresarial”, escrito a partir de la tesis de doctorado del autor, publicada en libro en 2011),[4] habla sobre los documentales realizados para empresas industriales y su importancia para el desarrollo del cine portugués: desde el financiamiento y apoyo económico a la producción, hasta el vasto campo de experimentación en que se convirtieron. En Portugal, entre los años 1930 y 1980, fueron producidos más de 300 documentales que registran diversos aspectos de la actividad fabril y empresarial que conforman un retrato sociológico, económico y cultural de las empresas en el contexto global del país. Martins defiende esas películas como un medio de memoria y de fuente histórica, y desarrolla sus ideas a partir del estudio de la película As palavras e os fios (Fernando Lopes, 1962).

“Operarios de la Volkswagen y accidentes de trabajo: dos películas, dos universos, dos abordajes del cotidiano de los operarios metalúrgicos” (“Operários da Volkswagen e acidentes de trabalho: dois filmes, dois universos, duas abordagens do quotidiano dos operários metalúrgicos”, presentado en el XXXI Congresso Brasileiro de Ciências da Comunicação, 2008) de Marcos Corrêa, contextualiza la intensa movilización del sector sindical brasileño a fines de 1970 y comienzos de 1980 para abordar los significativos registros audiovisuales que retratan el operario en paros, su resurgimiento como agente político y acciones reivindicatorias. Esas imágenes tenían objetivos específicos de afirmación de identidad, contestación social y articulación política. Corrêa ubica la década de los sesenta como significativa de los comienzos de la representación del pueblo en el cine latinoamericano, y discute el concepto de cine político versus cine militante para luego analizar dos películas: Operários da VW (Jorge Bodanzky y Wolf Gauer, 1974) y Acidentes de trabalho (Renato Tapajós, 1977).

Álvaro Matud Juristo, con “El primer documental vanguardista de NO-DO” (Doc On-line Nº 2, 2007), pretende contribuir a la elaboración de la historia del documental vanguardista en España (que empezó a ser escrita muy recientemente) aportando un tema poco conocido: la producción del NO-DO.[5] Entre los más de 500 documentales producidos por NO-DO en sus casi cuarenta años de trayectoria, se puede descubrir una línea vanguardista aunque poco representativa numéricamente. Como afirma Matud Juristo, mientras hay numerosas investigaciones sobre la producción de noticieros del órgano, se ignoraron los filmes más experimentales, que empiezan a aparecer a fines de los años cincuenta, siguiendo la ola de los nuevos cines en el mundo y con el impulso de una política cinematográfica de apoyo al cortometraje. Para finalizar su texto, el autor discurre sobre una de las primeras producciones considerada vanguardista dentro del NO-DO: Tiempo dos (Javier Aguirre, 1960).

En “Documental animado: tecnología y experimentación” (“Documentário animado: tecnologia e experimentação”, en Doc On-line, número 4, 2008), Índia Mara Martins busca delinear la relación entre los medios de producción utilizados en la realización del documental y los modos de “representación” y estilos resultantes de la tecnología de cada época –más específicamente el primer cine, las vanguardias y la Escuela Británica (1900-1930), los años sesenta y noventa–. A la autora le parece importante la reflexión sobre la experimentación de la tecnología en diferentes épocas para contextualizar el documental animado en 3D, que retoma antiguos debates sobre estrategias legitimadas por el cine documental. Cada viraje tecnológico resulta en nuevos estilos y tácticas, incluso en los ámbitos de la distribución y de la exhibición. Al final, Índia Mara destaca el documental animado Ryan (Chris Landreth, 2004), enteramente realizado en software 3D.

El anteúltimo texto se vuelca al cine catalán con el trabajo de Aída Vallejo “Deshilando el guión de Balseros. La construcción narrativa en el cine documental” (en Doc On-line, Nº 6, 2009). La investigadora propone una exploración de las construcciones narrativas por medio del análisis de las estructuras y recursos lingüísticos de la película Balseros (Carles Bosch y Josep María Domènech, 2002), que según Vallejo contiene muchos elementos fundamentales que definen al documental creativo. Además, considera el filme de gran interés para el campo del estudio narratológico dada su profunda elaboración sintáctica y la profusión con que utiliza recursos poco habituales en el lenguaje documental. Vallejo reflexiona sobre la relación del documental con la narratividad a través de la dimensión de narración propuesta por André Gaudreault y François Jost, la teoría del personaje (partiendo de la hermenéutica y del viaje del héroe de Joseph Campbell y Christopher Vogler) y de conceptos de la teoría documental como el de “actor social” (Bill Nichols) y “mundo proyectado” (Carl Plantinga).

La organizadora Manuela Penafria cierra el libro con el texto “Teoría realista y cine documental” (“Teoria realista e documentário”, publicado en dos partes en Doc On-line Nº 1, 2006 y Nº 3, 2007), en el cual examina el pensamiento de André Bazin y Siegfried Kracauer, autores ineludibles de la teorización sobre realismo en el campo cinematográfico. Penafria empieza destacando dos rasgos en común entre el teórico francés y el alemán. Primeramente, ambos advierten y señalan la importancia de un momento en la historia y estética del cine en el cual la imagen asume características que la acercan a la realidad (el neorrealismo italiano). Luego, uno y otro entienden que el cine es heredero directo de la fotografía y por eso debe mantener y explorar la característica fundamental de la imagen: su capacidad de reproducir la realidad. Siendo la realidad una temática estimada e inevitable para el documental, la investigadora presenta una lectura del pensamiento de los dos autores para averiguar sus posiciones sobre el documental.

El libro no trae una conclusión o texto de cierre. Las conexiones entre los artículos son más bien frágiles pero, como comenta la organizadora en la introducción, la propuesta es divulgar trabajos ya establecidos que presentan y estimulan nuevos caminos de reflexión, además de recuperar o cuestionar teorías clásicas. Es muy interesante la elección de los ensayos de Grierson y Winston como puntos de partida (cuyas traducciones al portugués y al español hacen que la lectura sea más fluida y agradable), permitiendo un “recorrido histórico” por la teoría del documental y presentando las nuevas problemáticas que surgen con los años y los avances tecnológicos, narrativos y estéticos. Ese recorrido sigue con los textos de la tercera parte, incorporando temas que se desprenden de los análisis de películas clásicas o contemporáneas. No podemos olvidar de subrayar el constante diálogo que todos los textos de ese apartado entablan con las Humanidades, especialmente la Historia.

Aunque los textos construyan relaciones entre sí, el hecho de que fueron producidos individualmente provoca algunas repeticiones y contextualizaciones innecesarias (como la constante explicación sobre el surgimiento del cine directo y cinéma verité). Al pasar de un universo donde actuaban aisladamente a un volumen donde son parte de una constelación mayor, hubiera sido provechoso que los artículos sufrieran pequeñas modificaciones para evitar la reproducción innecesaria de conceptos y situaciones. Con todo, esa organización permite que los textos continúen siendo leídos como trabajos individuales.

Tradición y Reflexiones no es la única publicación editada por Libros LabCom accesible online. Vale la pena mirar otras producciones del grupo de “Cine y Multimedia” en http://www.livroslabcom.ubi.pt/coleccoes/6, acercándose a las proposiciones de Penafria y de los investigadores que la acompañan y enriqueciendo los intercambios teóricos en el ámbito iberoamericano.

por Natalia Christofoletti Barrenha

Notas


[1] Empire Marketing Board Film Unit de 1927 a 1933; GPO-General Post Office Film Unit de 1933 a 1936; creación del Film Centre en 1936, que producía filmes para patrocinadores; en 1939 parte de Inglaterra y se torna film commissioner de la National Film Board of Canada; y en 1946 head of information en UNESCO.

[2] Ramos, Fernão (2008), Mas afinal… o que é mesmo documentário?, São Paulo, Senac.

[3] Revolución de los Claveles (en portugués, Revolução dos Cravos) es el nombre dado al levantamiento militar del 25 de abril de 1974 que provocó la caída en Portugal de la dictadura que dominaba el país desde 1926. El fin de este régimen, conocido como Estado Novo, permitió que las últimas colonias portuguesas lograran su independencia tras una larga guerra colonial contra la metrópoli y que Portugal mismo se convirtiera en un estado democrático.

[4] Martins, Paulo Miguel (2011), O cinema em Portugal: os documentários industriais de 1933 a 1985, Lisboa, Imprensa Nacional Casa da Moneda.

[5] Acrónimo de Noticiarios y Documentales, noticiero exhibido obligatoriamente entre 1943 y 1981 en los cines españoles antes de las películas programadas.

Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado

Descargar texto

Mónica Villarroel e Isabel Mardones, Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 2012.

senalescontraolvido

 

El libro de Mónica Villarroel e Isabel Mardones hace evidente, una vez más, que no es posible clausurar los relatos que componen las múltiples memorias, siempre en construcción y movimiento. En este caso, “la salida, salvaguarda y retorno de materiales chilenos y sobre Chile conservados en Alemania entre 1970 y 2001” (183) abre una investigación que busca explicar el traslado de los films invitando a que futuras investigaciones profundicen en el análisis de los materiales recobrados.

Lejos de agotarse en el inventario, las autoras asumen el desafío de reconocer y cartografiar los vínculos entre diferentes instituciones, cineastas, políticos y diplomáticos que intervinieron en las operaciones de salvataje. Enmarcada en la perspectiva teórica de Raymond Williams, la investigación se propone abordar el campo cultural a partir de las formaciones institucionales, o de los grupos de cineastas que “corresponden a una formación cultural independiente […] que no se basa en una afiliación formal pero están organizados alrededor de alguna manifestación colectiva pública” (10). Fueron esos grupos los que, por ejemplo, produjeron un manifiesto y más tarde, crearon la Cinemateca de la Resistencia.

A medida que avanza la investigación, se traza un mapa de las instituciones y personas que formaban parte del entramado cinematográfico, tanto en Chile como en Alemania. Así los protagonistas toman la palabra y el testimonio se integra como una fuente más junto a los documentos históricos citados e incluidos en el libro —a lo largo del mismo se intercalan copias de cartas, fotografías, balances contables, entre otros materiales de archivo–. La perspectiva es inclusiva. Se reúne una multiplicidad de voces sin que ello signifique articular un discurso lineal y coherente. De hecho, no se escatiman las anécdotas que dejan entrever más de una contradicción entre los participantes, las versiones no siempre coinciden, y así la discursividad ingresa en el territorio de la memoria.

Si bien la organización del libro mantiene el orden cronológico de los acontecimientos, esto no significa que las autoras adhieran al análisis propio de la historiografía clásica. Cuatro son los momentos fundamentales que estructuran la periodización del volumen: el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973); el golpe de Estado —cuando salen los films que pudieron ser rescatados–; la residencia de los cineastas en Alemania (cine chileno del exilio); y el regreso de los materiales en dos instancias, 1999 y 2001. Cada uno de estos momentos se desarrolla a lo largo de nueve capítulos que no se circunscriben a la situación de los materiales fílmicos, ya que para explicar su traslado, conservación y retorno, es inevitable dar cuenta de los hechos en un contexto histórico más amplio.

Así, en el primer capítulo se aborda la situación del cine en Chile previa al golpe de Estado, durante el gobierno de la Unidad Popular. En ese momento y en consonancia con otros países, la producción cinematográfica era inseparable de la práctica política. Por esta razón, además de las obras de ficción “se realizaron documentales que marcaron ese período […] con el claro objetivo de registrar el proceso histórico del cual los cineastas se sentían protagonistas” (18). Los dos grupos más relevantes y que tienen mayor desarrollo en la investigación son “Chile Films” y “Cine Experimental”. En este punto, es fundamental la figura de Pedro Chaskel, documentalista, montajista y académico, nacido en Alemania pero radicado en Chile desde 1939. Fue cofundador, junto con Sergio Bravo, del Centro de Cine Experimental y en la investigación tiene un rol protagónico por ser una de las personas que permitió entablar el vínculo con Heiner Ross —cofundador y miembro del comité de selección del Forum de la Berlinale en Alemania, cuya importancia para el cine chileno del exilio será sustantiva–.

Las relaciones entre Chile y Alemania son anteriores a la dictadura pinochetista, ya en la década del sesenta era fluido el tránsito de películas y también el apoyo con material virgen, escaso en Chile. Pero la división de Alemania complejiza el sistema de vínculos y comunicación, y por eso, este apartado aborda la situación del cine chileno a ambos lados del muro. Los Festivales de Leipzig y Oberhausen, el Forum del Festival Internacional de Cine en Berlín fueron espacios de circulación y visibilización del cine latinoamericano en Europa, y sin duda, el vínculo Chaskel-Ross fue uno de los principales canales de relación e intercambio.

Al abordar el período iniciado con el golpe de Estado en Chile, las investigadoras buscan “desmitificar situaciones narradas a lo largo de los años” (11) y es tal vez por esta razón que los testimonios encuentran mayores contradicciones que en otros pasajes. Por ejemplo, en lo que refiere a la quema de los materiales fílmicos por parte de los militares, mientras algunos afirman que de esa manera se destruían las películas, otros, como Douglas Hübner –periodista, cineasta y político que en 1971 se incorporó a Chile Films hasta el golpe de Estado– dicen que “no hubo quema. Creo que los milicos fueron inmensamente brutos, los primeros. Más bien, creo que hubo robo de material […] No creo que haya habido personajes heroicos que entraran a salvar cosas” (71).

Con el inicio de la dictadura fue imperioso organizar un plan de salvataje de películas y archivos, y uno de los principales protagonistas de este operativo fue el embajador de Suecia, Harald Edelstam, quien, por ejemplo, ayudó a sacar el material de lo que luego sería La batalla de Chile (Patricio Guzmán, 1972-1979) en el barco “Río de Janeiro”. El respaldo que encontraron en el embajador sueco, también se hizo presente en las dos Alemanias. Sin duda, la contracara del terrorismo de Estado es el gesto solidario de instituciones y personas –porque finalmente eso son, personas–, comprometidas con una causa que en ese momento excedía las fronteras territoriales. Según las autoras, fueron “un conjunto de personas que actuó de acuerdo a un contexto socio-histórico único e irrepetible […] que motivó acciones que hoy serían impensables e imposibles de imaginar pero que en los años de la Unidad Popular y luego en el exilio, fueron una marca identitaria que les permitía reconocerse más allá de la territorialidad” (184).

En Alemania Occidental, Heiner Ross apoyó a los cineastas, copiando cintas, organizando estipendios para cubrir los gastos de los exiliados, exhibiendo los films producidos en el exilio. Una nota no menor: una vez fuera de Chile los directores se reorganizaron para llamar la atención sobre la situación en su país y tender redes de solidaridad con otros exiliados. Así se conformó la Cinemateca de la Resistencia que tuvo como figuras centrales a Gastón Ancelovici –en París– y a Pedro Chaskel –en Cuba–, y claro, Ross colaboró consiguiendo copias para incrementar el patrimonio de esa organización que más tarde se llamó Cinemateca Chilena del Exilio.

Del otro lado del muro la solidaridad no fue menor, Wolfgang Klaue –presidente de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos en Alemania– cuenta que “en la RDA había un fondo de solidaridad. Se esperaba que todos depositaran mensualmente una determinada suma […] con seguridad se gastó para los exiliados chilenos, que eran acogidos, y alguien tenía que financiarlos (…) el Golpe llevó a una gran solidaridad con Chile” (119). La situación del país fue tomada como una causa de Estado y se organizaron eventos de solidaridad. Un ejemplo fue el Festival de Leipzig en 1974, que contó con la presencia de la viuda de Víctor Jara, y en 1983 el Archivo Estatal de la RDA, con motivo de los diez años del golpe de Estado, realizó una retrospectiva dedicada a Chile.

El capítulo siete trata sobre la actividad de dos famosos documentalistas alemanes que dedicaron gran parte de sus carreras a filmar en Chile antes y después de la dictadura militar: Walter Heynowsky y Gerhard Scheumann (a quienes se une el camarógrafo alemán Peter Helmich). Además de reponer los trabajos realizados por estos directores, se detallan los entredichos sobre cómo lograron filmar uno de los registros más relevantes: el bombardeo a La Moneda el 11 de septiembre de 1973. Estas famosas imágenes fueron incluidas en La batalla de Chile de Patricio Guzmán.

Hay dos apartados más centrados en el retorno de los materiales: el primero correspondiente a 1999 y el segundo a 2001. Las autoras refieren cómo se organizó el retorno y luego proporcionan una clasificación de los materiales que sin duda puede ser el puntapié de nuevas investigaciones.

Con todo, el trabajo realizado por Villarroel y Mardones, describe y analiza el derrotero histórico de los materiales recuperados y la configuración del archivo en el presente, para incentivar la escritura de futuros textos. De esta manera, el libro se transforma en un archivo que es posible visitar y consultar. Y es que la idea misma de archivo, como lo plantea Michel Foucault, es la de ser origen de la multiplicidad de enunciados, un dispositivo vivo y dinámico que construye la diacronía e interpela a los hablantes en un momento sincrónico (1995: 221)[1]. Así la obra es mucho más que una “señal contra el olvido”, es una reconstrucción casi arqueológica de materiales, y es también un fragmento de memoria recobrada que invita a lecturas e interpretaciones y sitúa al discurso histórico en un espacio dialógico en el que pasado, presente y futuro se cruzan.

por Carmela Marrero Castro

Notas


[1] Foucault, Michel (1995), La arqueología del saber, México, Siglo XXI.

 

Formas de la memoria. Notas sobre el documental Argentino reciente

Descargar texto

Gabriel D’Iorio, Laura Galazzi, Guadalupe Lucero (Coord.). Buenos Aires, IUNA Audiovisuales, 2012.

formasdelamemoria

“Filosofar consiste en invertir la dirección habitual del trabajo del pensamiento”

Henri Bergson (2013: 213)

El libro “Formas de la memoria. Notas sobre el documental argentino reciente” es el resultado del trabajo conjunto de investigadores, docentes y estudiantes del Departamento de Artes Audiovisuales del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Tal como señalan los coordinadores del libro Gabriel D’Iorio[i], Laura Galazzi[ii] y Guadalupe Lucero,[iii] la génesis de las reflexiones del texto se llevaron a cabo en el marco de dos proyectos de investigación radicados en el departamento de Artes Audiovisuales del IUNA. El primero del año 2007 titulado “La producción documental y los debates teóricos sobre el problema de la memoria y las formas de transmisión del pasado”, y el segundo del año 2009 bajo el título “Formas de la Memoria. La experiencia Argentina en el cine documental”.[iv] Los integrantes del proyecto de investigación que escriben en este volumen son: Gabriel D’Iorio, Laura Galazzi, Guadalupe Lucero, Andrea Schachter, Carolina Zarzoso Paoloni y Cecilia Fiel. A su vez han participado como investigadores invitados: Rafel Mc Namara, Luis Ormachea, Julián Fava, Natalia Taccetta y Fernando Madedo.

El volúmen es una invitación a revisar no sólo diferentes períodos de la historia Argentina reciente, sino también a reflexionar sobre los límites y potencialidades del documental en tanto (re)presentación del pasado histórico y experiencia-vivencia de la memoria social y subjetiva. Los autores evidencian la dimensión paradójica de una imagen que se compromete con lo “indecidible” (Deleuze, 1986) —lo que calla- el hueco- la fisura- lo ausente–, la brecha que “siempre ya” socava la lógica del sentido. La lectura nos permite entender la memoria y la historia como experiencia y, siendo ésta siempre con otro/s, a través de otro/s, el libro extrae su riqueza de la multiplicidad de películas analizadas, diversidad de enfoques y estilos de escritura.

Cada artículo es una interacción “dialógica”[v] entre los mundos simbólicos del autor, del director y del lector. El modo en que los investigadores dialogan con el material analizado permite al lector adentrarse en nuevas formas de pensamiento que ponen énfasis en el vacío, los silencios, en los márgenes de la interpretación personal y subjetiva; permitiéndonos re–presentar (en el sentido de “volver a hacer presente” en el acto de lectura) nuestra vivencia y nuestra memoria sobre el pasado histórico. No se clausura el sentido ni la interpretación de la imagen. Más bien se abre la posibilidad de ingresar a una “memoria mundo”, “memoria de dos”.[vi] Tal como sostiene Gilles Deleuze, retomando la filosofía bergsoneana, la memoria consiste en estar dentro del acontecimiento, en no salir de él, en remontarlo desde dentro. La memoria así entendida es una memoria de varios, una “memoria mundo” que se juega estableciendo un corte vertical sobre el acontecimiento, a diferencia de la historia que piensa el acontecimiento en un orden horizontal y sintagmático (Deleuze, 1986).

El título “Formas de la memoria” ya evidencia el posicionamiento ético de los autores. Por un lado forma/s y no forma de la memoria —el uso del plural– da cuenta de la necesidad de concebir el relato sobre el pasado como un entramado inter y trans subjetivo. Por otro, forma y no contenido de la memoria: la memoria como forma nos lleva a concebir la idea de una memoria/s en tanto “grafía”, “escritura” de “lo Real”. Lo que nos permite pensar que, a nivel enunciativo, la apuesta del libro es a crear una “cartografía cognitiva”,[vii] un mapeo, alejado de los modos clásicos de representar la relación Historia, Arte y Memoria. Ello implica no concebir la historia como encabalgamiento de hechos en un orden horizontal y sintagmático, y dejar de pensar el arte como representación totalizante del sentido de la historia. Según Frederic Jameson la “cartografía cognitiva” significa establecer un mapa conceptual que inscriba la Historia en la dinámica del presente. En este sentido el espacio es pensado no solo como un marco geográfico sino como tiempo en tanto duración, y por ello inscripto en la tensión dialéctica entre el tiempo histórico y la memoria. El conjunto de textos de la compilación, entonces, configura una suerte de cartografía cognitiva de los tiempos míticos del peronismo, las masacres, las dictaduras, las recomposiciones democráticas y los períodos transicionales, que no pueden pensarse por fuera de la subjetividad.

Gabriel D’Iorio analiza la serie “Huellas de un siglo en el Bicentenario” transmitida por la Televisión Pública (Canal 7) durante 2010. En este artículo llamado “La lengua de un pueblo” el autor pone en juego la dimensión conflictual en la configuración de la historia y la memoria de un pueblo. Citando a D’Iorio: “¿La “Lengua” de un “Pueblo” es la lógica de Uno o el motivo de los muchos? ¿Existe un “Pueblo con mayúsculas”?” (159). En este texto se observan de manera audaz los procedimientos formales que propone el documental en la presentación del pasado histórico con el fin de revivir la “lengua” de un pueblo a través de lo colectivo, la multiplicidad de estilos y la convergencia de voces, muchas veces acalladas. La vinculación historia–mito es trabajada también por el autor junto a Julián Fava en el texto “Nadie sabe lo que puede un mito”. Allí interrogan desde el presente los alcances del mito en la dinámica de la historia y apuntan a su deconstrucción a través de una “interrogación actual de lo que todavía puede un mito” (60). La película Pulqui, un instante en la patria de la felicidad (Alejandro Fernández Mouján, 2007) analizada en el artículo establece una cartografía que ya no es espacial sino mental en la medida que interroga la sedimentación del pasado en los marcos perceptuales del presente. “El hallazgo de Pulqui…consiste en no abandonar la nostalgia de lo sido, sino en reivindicar la pasión del hacer y rearmar con lo poco que queda algo de lo mucho que se hizo (…) En este sentido la historia permanece abierta y por eso la historia depende del mito para ser historia” (73).

Cabe mencionar a su vez el artículo “Una débil fuerza feriante” de Laura Galazzi y Guadalupe Lucero, donde evidencian de manera aguda el modo en que el filme Hacerme Feriante (Julián D Angiolillo, 2010) aborda el vínculo entre sujeto y mercancía en el espacio físico (la feria y los piletones de La Salada) y en el espacio fílmico, que no es sino el de los recorridos de la mercancía. La cartografía cognitiva que plantean las autoras se da en la relación sujeto–mercancía que, por supuesto, no puede pensarse fuera de la historia. Sostienen que Hacerme feriante presenta una construcción dialógica entre la identidad inscripta en los mecanismos de producción del diseñador-director del film y los sujetos del enunciado: los feriantes retratados en tanto trabajadores y en tanto actores políticos. “El documentalista se hace feriante en tanto su trabajo documental deviene mercancía” (98). El entramado que presenta el filme entre sujeto/s del enunciado y enunciación permite establecer un mapa de los recorridos subjetivos, las series y los ciclos de consumo enraizados en la lógica de producción-distribución y consumo de mercancías.

La dimensión biográfica como acceso a la Historia es trabajada en el artículo “En busca del cineasta perdido” de Carolina Zarzoso Paoloni donde analiza Huellas y memoria de Jorge Prelorán (Fermín Rivera, 2010). El artículo se detiene en el cruce dialógico entre ambos directores (Rivera-Prelorán) y cómo se vinculan con la posibilidad de narrar la vida de un “otro”; donde esa voz, la del enunciado, toma cuerpo-espesor a través de un diálogo que se establece con la enunciación. En esta línea se inscribe también el texto “El hombre y el rostro” de Andrea Schachter, en el que se analiza Opus (Mariano Donoso, 2005). La autora da cuenta del uso de la primera persona como forma de interrogación y construcción del lazo social en tanto “Yo es otro, antes que yo = yo”[viii] (Schachter, 2012: 148). Por su parte, Cecilia Fiel en “La masacre en montaje” analiza el filme Trelew. La fuga que fue masacre (Mariana Arruti, 2004) dando cuenta a través de un análisis que hace eje en el montaje, de la dimensión “justa” de la imagen. Vincula los nuevos modos de representación del documental argentino con el compromiso político de los documentalistas contemporáneos en la lucha llevada a cabo en los juicios de defensa de los Derechos Humanos.

Tal como señalan los textos, el carácter polifónico de estos documentales pone en escena la dimensión de un “Real” que está haciéndose en y a través de la memoria histórica. Y, a su vez, del estatuto irrepresentable e indecidible del acontecer histórico. De ahí que, como sostiene Ana Amado en el prólogo, los ensayos de este libro muestren cómo “la forma artística es el punto que concentra los interrogantes sobre el arte y la política” (14), “en un ejercicio de invocación de la memoria que no es psicológica ni del todo colectiva, pero que asume la función de garantizar el trayecto doble entre los asuntos privados y el pueblo” (20). En este sentido los documentales analizados asumen en el uso de la primera persona el vínculo entre lo íntimo y lo público. Así, la subjetividad asumiéndose como voz interrogante del mundo y de lo real, funciona a la manera de enchufe entre lo privado y lo público, la forma artística y lo social, entre la historia y la memoria.

En esta línea es interesante el trabajo “Entre lo real y lo imaginario” de Fernando Madedo donde analiza Apuntes para una biografía imaginaria (Edgardo Cozarinsky, 2010). El autor pone en escena la dimensión vital que implica el recorte del encuadre en tanto “invitación”, acceso a una dimensión de “lo real”. O, más precisamente, la puesta en acto del escorzo de una mirada, como un “intento” o “acercamiento a…” un espacio donde realidad y ficción, “Historia” y “Memoria”, subjetividad y objetividad intercambian sus cualidades. El concepto que hace jugar el autor es el de “fronteras desdibujadas” (125), frontera como límite pero también como condición de posibilidad de un re-conocimiento en-con y a través del “Otro”; en el oxímoron de una biografía imaginaria y en la paradoja de los rostros de actores que no actúan.

Rafael Mc Namará en “Un poco de tiempo en estado no tan puro” señala cómo el filme El predio (Jonathan Perel, 2010) presenta la imagen de un espacio en el que el tiempo devino “tiempo transicional” entre la vida y la muerte, sólo conectable a través del pensamiento y de la meditación. “Al tiempo de la vida y la muerte le sigue ahora el tiempo de la meditación como conector de esas dos series” (37). Es por ello, como sostiene el autor, que el documental a fuerza de inscribirse en el relato subjetivo renuncie “a la pulsión de imponer un sentido a lo que se ve” (40). El espacio se transforma en espacio del pensamiento, donde en el devenir del presente se conjuga la dimensión ilógica de un “seguir estando allí” del pasado que contiene a su vez el germen del futuro. En esta línea podemos citar también los textos: “La Imagen anacrónica” de Natalia Taccetta y “El silencio, la memoria y la voz” de Luis Ormaechea.

La espacialización de la memoria en la duración de la imagen fílmica es algo que han rescatado varios de los autores de este libro, apelando al concepto de Deleuze de un tiempo no cronológico y de una memoria que rompe los confines de la memoria psicológica. De esta forma los artículos dan cuenta del modo en que el documental argentino contemporáneo ha abordado la creación de una “memoria” que pone en crisis el espacio de la geometría euclidiana y las coordenadas físicas de un espacio y tiempo homogéneo. La problematización del espacio empírico de la acción pone en escena la dimensión de un espacio que es afección: táctil, sonora, óptica”.[ix].

“Formas de la Memoria…” indaga en torno a el acontecer histórico en tanto devenir, en un hacerse en movilidad con y través del otro. Retomando a Henri Bergson la intuición es el modo que tenemos de conectarnos con lo absoluto.[x] No se da por medio de categorías analíticas que funcionan como “traducciones” de la lógica del movimiento, sino a través de la simpatía que experimentamos al conectarnos con lo que ese acontecimiento tiene de único e irrepetible. La intuición así entendida es empatía con el/los estado/s de ánimos/s a través de un esfuerzo de imaginación. Es la posibilidad de un acercamiento metafísico al tiempo como duración: “La duración interior es la vida continua que prolonga el pasado en el presente, sea que el presente encierre de manera clara la imagen sin cesar creciente del pasado, sea más bien que testimonie, a través de su continuo cambio de cualidad, la carga siempre más pesada que uno arrastra tras de sí a medida que se envejece más. Sin ésta supervivencia del pasado en el presente no habría duración sino sólo instantaneidad” (Bergson, 2013: 201). Por medio de la intuición es posible establecer un compromiso con “el Otro”, puesto que nos permite transportarnos a lo que un objeto/acontecimiento tiene de único e inexpresable. En la intuición es nuestra persona la que fluye en el tiempo, “el análisis opera en lo inmóvil, mientras que la intuición se sitúa en la movilidad” (Ídem: 202).

Desde esta perspectiva la intuición es un compromiso ético y político que tenemos con nuestros antecesores y sucesores, es el modo de rescatar la Historia y la Memoria en lo que tiene de mutable- conflictual-indecidible. Precisamente, “Formas de la memoria. Notas sobre el documental Argentino reciente” es una apuesta a indagar en lo que calla —aunque no calle todavía–, en el hueco, en la fisura del recuerdo personal y colectivo; poniendo en crisis la lógica comunicacional del intercambio simbólico hegemónico. En este libro la memoria, es presentada como un devenir- se, un hacer- se con y a través del texto, cuya figura ya no es el signo (en tanto unidad de sentido “concluyente” y didáctico sobre el pasado histórico) sino la anáfora, que en la perspectiva de Julia Kristeva significa “un movimiento a través del espacio (…) “surgimiento”, “elevación”, “ascensión”, “subida desde un fondo o vuelta hacia atrás”, movimiento- “hacia” -“sobre” – “a través” de algo (…) A través de la anáfora se hace surgir en el texto escrito los textos ausentes (la política, la economía, los mitos) La anáfora sólo adquiere significación cómo “Enchufes” con ese texto-fuera- del- texto- presente” (1978: 105/106).[xi]

El lector no encontrará en el texto un panorama exhaustivo de las problemáticas del documental contemporáneo, ni un enfoque unilineal en torno a tópicos y materiales audiovisuales. Sin embargo, es precisamente éste aspecto lo que hace del libro un texto sugestivo, por polifónico: si hay un meritorio hilo conductor entre los artículos es, precisamente, la afirmación de la diferencia y apertura a la multiplicidad de voces y perspectivas.

por Tamara Accorinti

 

Notas


[i] Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, docente de Ética en el C.B.C de la U.B.A y de Estética en el Departamento de Artes Audiovisuales del IUNA. Co- director del proyecto Formas de la Memoria. La experiencia Argentina en el cine documental del Departamento de Artes Audiovisuales del IUNA

[ii] Profesora de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, becaria doctoral del CONICET, profesora de Filosofía en la carrera de Artes Audiovisuales del IUNA y de Didáctica especial y prácticas de la enseñanza en filosofía de la U.B.A. Miembro del proyecto Formas de la Memoria. La experiencia Argentina en el cine documental del Departamento de Artes Audiovisuales del IUNA.

[iii] Profesora de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Máster en Estética y Teoría del Arte contemporáneo por la Universidad Autónoma de Barcelona, profesora de Filosofía y Estética en el Departamento de Artes Multimediales y en el Departamento de Artes Audiovisuales del IUNA y de Estética en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. Miembro del proyecto Formas de la Memoria. La experiencia Argentina en el cine documental del Departamento de Artes Audiovisuales del IUNA.

[iv] En este segundo proyecto acompaña como director externo el Dr. José Fernández especialista en Filosofía y Estética de la Universidad de Buenos Aires.

[v] Tal como sostiene Mijaíl Bajtín, lo dialógico es una cualidad del enunciado escrito y/o hablado. El uso de la lengua se pone en juego en enunciados concretos y singulares. Estos, insertados en la praxis histórica, ponen en escena el hecho de haber sido ya hablados, discutidos, valorados de manera diversa y conflictual por los diferentes sujetos de la historia. Así el enunciado es el enclave de la historia en la estructura de lengua, por eso se inscribe en él el aspecto dialógico y conflictual del sentido/s de la historia. Ver más en Bajtín Mijaíl (1982), Estética de la creación verbal, Madrid, Siglo XXI.

[vi] Gilles Deleuze habla de “memoria mundo” o “memoria de dos” cuando el recuerdo ya no puede adjudicarse a un único sujeto sino que el espacio enunciativo es constituido a partir de la multiplicidad de voces, sobre las que convergen diferentes capas de pasado pertenecientes a espacios y lugares no comunicantes. Se establece una cartografía que ya no es espacial sino mental, configurando la paradoja de una memoria colectiva, de una memoria de varios. Ver más en Deleuze, Gilles (1986) La imagen Tiempo. Paidós Ibérica, S.A. Barcelona, España.

[vii] Jameson, Fredric (2001), Teoría de la posmodernidad. Madrid, Trotta.

[viii] Gilles Deleuze toma la fórmula “Yo es otro” de Arthur Rimbaud para dar cuenta de la “constitución o reconstitución de un pueblo, donde el cineasta y sus personajes se hacen otros juntos y el uno por el otro, colectividad que se extiende cada vez más” (Deleuze, 2009: 205-206). Ver más en Deleuze, Gilles (2009) La imagen tiempo: estudios sobre cine 2, Buenos Aires. Paidos.

[ix] Tal cómo sostiene Gilles Deleuze (2009) para que una imagen sea táctil, sonora u óptica es necesario que el sonido y la imagen se desliguen de los nexos sensorio-motrices que regulan la dimensión funcional de la acción humana, y que el tacto se desligue de las funciones prensivas de la mano. La construcción de lo que el autor denomina como “espacio cualquiera” es un espacio donde las imágenes se han desprendido de su prolongamiento motor y se han transformado en materia de pensamiento, de reflexión en una relación directa con el tiempo. El espacio así entendido es “afección” del espíritu, en tanto cualidad pura donde lo imaginario y lo real, el presente y el pasado se vuelven indiscernibles.

[x] Para Henri Bergson lo absoluto implica situarse en el interior del movimiento “cuando hablo de un movimiento absoluto es porque atribuyo a lo móvil un interior y algo así cómo estados de ánimo, es también porque simpatizo con los estados y porque me inserto en ellos mediante un esfuerzo de imaginación (…) Se sigue de esto que un absoluto sólo es posible de darse en la intuición, llamamos intuición a la simpatía a través de la cuál uno se transporta al interior de un objeto para coincidir en lo que tiene de único” (Bergson, 2013:180).

[xi] Ver más en Kristeva, Julia (1978), Semiótica I. Madrid, Fundamentos Caracas.

Detrás del árbol. Investigación para el documental: entrevistas con documentalistas argentinos

Descargar texto

Eduardo Feller. Buenos Aires, Eudeba, 2012.

Detrasarbol

Este libro transcribe las charlas con trece realizadores documentales que Eduardo Feller, director de la carrera de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires, filmó con fines pedagógicos. Para ello eligió directores cuyas películas fueran recientes y pudieran ser visionadas por sus alumnos, a fin de mostrar la riqueza y posibilidades del documental contemporáneo y rescatar su pensamiento singular en torno a la experiencia de trabajo fílmico. Feller parte de la idea de que una buena definición de documental sería preguntarnos: “¿Qué hay más allá de lo que podemos ver, cómo contar esa realidad?” (13). De ahí que las conversaciones se inicien con la pregunta por el método y la praxis documental; y que a medida que nos adentremos en la lectura, el libro se convierta en una experiencia cercana al proceso mismo de investigación del que se quiere dar cuenta: el proceso de investigación y creación, hacia la realización de una película documental.

El título, según Feller, es una referencia a la autobiografía de King Vidor Un árbol es un árbol (A tree is a tree, 1981), para aludir a la singularidad del modo de ver, o punto de vista del entrevistado. Así como no hay una sola manera de abordar la realidad (“el árbol”), los “detrás” de escena que cada realizador cuenta, deconstruyen y describen los pasos, los métodos posibles para la creación audiovisual.

Hay una entrevista “extra” con Humberto Ríos, quien aporta su memoria personal, además de datos históricos y teóricos, para seguir reflexionando sobre el “estado de situación del documental” que menciona Jorge La Ferla en el prólogo.[i] Feller tampoco se olvida de su propio “maestro”, Simón Feldman, cuyas palabras de aliento aparecen en la contratapa del libro.[ii]

 

Todo tiene un inicio

Todos los directores entrevistados -Andrés Di Tella, Andrés Habegger, Ernesto Ardito, Virna Molina, Ezequiel Fernández Moores, Hernán Andrade, Jorge Lanata, Néstor Frenkel, Rodrigo Espina, Enrique Piñeyro, Lorena Muñoz y Sergio Wolf- contestaron por el nacimiento de sus proyectos. Y no hay una norma para eso. Pueden ser circunstancias personales (Di Tella), una chispa creativa al leer un libro (Andrade), una situación económico-social (Lanata), o la falta de información, como fue el caso de Ardito/Molina quienes durante sus estudios de cine, casi no oyeron hablar sobre Raymundo Gleyzer.

Luego, es la historia la que encuentra su forma de expresión a medida que se la trabaja. Puede estar claro desde el comienzo, pero tampoco hay una regla para eso. En varios casos la idea nació como una ficción hasta que viró a lo documental como en Luca (Rodrigo Espina, 2007) y Corazón de fábrica (Ernesto Ardito y Virna Molina, 2008). En el caso de Piñeyro, su segunda película surgió pensada como un extra para el DVD para explicar los aspectos técnicos tan requeridos después de Whisky, Romeo, Zulu (2003), y terminó desarrollando Fuerza Aérea Sociedad Anónima (2006).

Hay algunos temas recurrentes como la importancia de armar algún tipo de guión (incluso por obligación, y que no termina desarrollándose así), la necesidad de un tiempo para que los materiales reposen, o el montaje como momento que sella la investigación (aunque datos posteriores al estreno sigan llegando). Jorge Lanata o Enrique Piñeyro, que tienen un tipo de organización más empresarial, destacaron la importancia de la conformación de los equipos de trabajo: con intereses diferentes, que puedan intercambiar tareas, y con amplio manejo técnico para adaptarse a la productora. En otros casos, se resaltó en cambio la importancia de la historia a contar por sobre una mirada meramente técnica. Fernández Moores recordó que tuvo que defender un testimonio pese a la calidad de grabación porque: “Lo que yo creía que tenía un valor periodístico enorme, para ellos si la luz no era buena no servía. Entonces yo intentaba que aún si la luz no era la mejor en una situación ese testimonio igual tenía que estar” (96).

El acercamiento y grabación de los “testimonios” fue el tópico que mayor desarrollo y detalle tuvo en las charlas. Para Andrés Di Tella, por ejemplo, no se trata de entrevistas sino de “conversaciones”. Esa diferencia en el planteo hizo que participara como personaje en La televisión y yo (2003) y Fotografías (2007). Sin llegar a ese extremo, a veces un mal acercamiento a la persona juega en contra: uno de los directores rechazó amablemente una cerveza de bienvenida y eso tensó toda la conversación posterior.

Hay diferencias en cuanto al sondeo previo. Algunos van grabando en audio o filmando los primeros acercamientos, como una especie de “casting encubierto” como explica Andrés Habegger. Mientras que otros prefieren filmar cuando hay una idea de lo que quieren obtener del personaje, e incluso buscan el lugar o los elementos adecuados para la reacción del entrevistado.

Lorena Muñoz, planea las escenas y le interesa sobre todo que el entrevistado cuente algo inédito, con todos sus detalles. Por ejemplo cuando en Los próximos pasados (2006) reunió a dos hijos de pintores que trabajaron juntos, para que recuerden a sus padres por primera vez. Pese al planeamiento, a veces la toma o la escena no sale como deseaban, pero ahí es donde la experiencia les mostró a varios de ellos, como el caso de Andrés Di Tella que “a veces, narrar los fracasos en una investigación puede ser mucho más elocuente que solamente presentar los éxitos(41-42).

En el texto “A modo de cierre”, Feller siguiendo con su plan educativo, propone al lector un “juego didáctico” en relación a las reglas de Viktor Kossakovsky, cuyo decálogo hace hincapié en la necesidad de filmar para mostrar algo, como un modo de descubrir el mundo, insistiendo en el uso de la intuición y la búsqueda de planos irrepetibles, prestando atención tanto a aspectos éticos como estéticos. La última pauta indica no seguir esas reglas y crear las propias. Lorena Muñoz comentó algo similar en cuanto al modo de escribir el guión: “Cada realizador lo vive, por suerte, de una manera distinta, y para cada uno es válida la metodología que mejor le resulte. (…) Primero conocer las reglas y después romperlas como cada uno quiere o puede, los procesos personales son tan distintos” (169).

Este libro indaga sobre la metodología de la investigación sin ser un manual detallado, y requiere de una lectura transversal. Aunque la idea original surgió por una necesidad educativa es un error insistir en el texto con la figura de “los alumnos” puesto que incluso profesionales formados en otras áreas (como algunos de los entrevistados) pueden apreciar un material de estas características al momento de desarrollar su primer documental.

A lo largo de la lectura se van contrastando las voces, y cada mirada retendrá los detalles o recomendaciones útiles de cada experiencia como: notar la chispa que inicia un proyecto, los tempos para macerar el tema, lo ético en cada decisión, el trabajo de montaje, la selección de los testimonios y lugares, el planteo de las escenas, o la escritura de un guión. Como en un juego de espejos, se aplica esta mirada a la interpretación de cada testimonio, a la relación entre sí, y a la decisión del autor de incluirlos en determinado orden. Y esta percepción que se ha despertado estará presente tanto para el hacer, como para disfrutar de otros textos audiovisuales.

Por Mariana Santa Cruz

Notas


[i] Humberto Ríos se desempeña como director, productor, fotógrafo, guionista, montajista y también como docente en la ENERC. Su primer cortometraje fue Faena (1961). Trabajó junto a Raymundo Gleyzer y Fernando “Pino” Solanas. Su último trabajo, Fernando Birri, el utópico andante (2012) se presentó en un homenaje en el 27ª Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y se basa en una conversación con el realizador en un tono muy similar al de las incluidas en este libro.

[ii] Simon Feldman fue docente en la carrera de Imagen y Sonido (UBA). Realizó cortometrajes y los largos El negoción (1959) y Los de la mesa 10 (1960). Escribió numerosos libros como “Guión argumental, guión documental” (1990) o “La realización cinematográfica” (1979).

En el centro del infierno. Entrevista a Irek Dobrowolski, director de Portrecista

Descargar texto

Por Tomás Crowder-Taraborrelli

Traducción: Pedro Escobar Uribe

Transcripción: Danielle Dalman

 

Portrecista (2006), documental dirigido por Irek Dobrowolski, recoge por primera vez el testimonio del fotógrafo polaco Wilhelm Brasse, quien durante la Segunda Guerra Mundial, hizo entre 40.000 y 50.000 retratos de prisioneros en Auschwitz. Durante una conversación con un colega que estaba filmando un documental sobre experimentos médicos en Auschwitz, el realizador Dobrowolski se enteró que Brasse estaba vivo y sintió la obligación de registrar su testimonio.

Brasse nació en Polonia en 1917. De joven, trabajó como fotógrafo profesional en Katowice, al sur del país. A los 22 años, tras negarse a manifestar su lealtad al partido nazi, fue transportado a Auschwitz y, debido a su experiencia laboral, puesto a trabajar tomando fotos de identidad. Su oficio le salvó la vida y le permitió compartir con otros los favores que recibía a cambio de retratar a los oficiales del campo. Quizás la foto más memorable que tomó Brasse fue para los experimentos médicos de Josef Mengele. La fotografía es la de un grupo de niñas desnudas, esqueléticas: «Eran muy tímidas y tenían mucho miedo porque un grupo de hombres las estaban mirando. Yo intenté calmarlas», dijo Brasse. Portrecista2

Al finalizar la proyección de Portrecista en la Universidad de Soka (USA) en noviembre del 2012, durante la sesión de preguntas y respuestas, Dobrowolski explicó que Brasse llegó a retratar hasta 1.000 víctimas por día para los archivos alemanes. Esta experiencia fue tan traumática, que Brasse no pudo dar un testimonio pormenorizado hasta que conoció a Dobrowolski. «Intenté ser lo más amable posible. Lo preparé para las entrevistas durante mucho tiempo, muchas reuniones…créanme, después de estas entrevistas estaba feliz y éramos muy buenos amigos».

Ante el avance de las tropas rusas, los alemanes ordenaron la destrucción de toda documentación, razón por la cual Brasse y un compañero escondieron miles de negativos, conscientes de su valor documental. Después de la liberación de los campos, Brasse no pudo volver a ejercer su profesión. Según su testimonio, cada vez que intentaba mirar por el visor de la cámara se le aparecían las siluetas de esas niñas a las que tuvo que retratar. «Después del estreno de Portrecista, Brasse viajaba casi todas las semanas a Auschwitz para ver el documental con jóvenes alemanes y discutir con ellos todas estas historias», cuenta Dobrowolski. «Estaba muy feliz de poder compartirlas con ellos y que ellos lo escucharan y llevaran estas historias a sus familias».

Brasse falleció el 23 de octubre del 2012. «Yo creo que fue un testigo muy especial», dice Dobrowolski. «¿Por qué? Porque estuvo en el centro del infierno, observando los acontecimientos, no sólo como ser humano sino también como fotógrafo». Las fotografías de Brasse hoy forman parte de la colección del museo de Auschwitz. En la siguiente entrevista, Dobrowolski discute las dificultades de realizar un documental sobre una experiencia tan traumática.

 

Hay un gran interés en Argentina por las películas acerca del Holocausto, particularmente porque a partir de los ochenta comenzaron a producirse las primeras películas acerca de lo que sucedió durante la dictadura en la década del setenta, hechos que muchos consideran un genocidio. Los cineastas y académicos interesados en este tema siempre están buscando estrategias para poder contar estas historias y ha habido muchos trabajos interesantes respecto a eso —analizar diferentes estrategias para contar historias diferentes. ¿Puede contarnos un poco acerca de su formación? ¿Cómo y cuándo comenzó a interesarse en el cine documental?

Desde la infancia sabía que quería hacer películas. Ese era mi mayor sueño y comenzó a hacerse realidad cuando estudiaba en la Academia de Teatro de Varsovia. Obtuve una beca de un año para la Facultad de Cine de Moscú y Kiev. Durante mi primer año de estudios en Varsovia trabajé para la televisión polaca, justo después de ciertos cambios democráticos en mi país y comencé a grabar mis propios documentales. Desde el principio me enfoqué en temas culturales, pero después de eso hice varias películas con distintas temáticas. Portrecista fue mi primera película sobre el Holocausto, y la hice porque oí hablar acerca de esta historia tan increíble. El hombre que era el autor de los íconos más conocidos del Holocausto seguía vivo, y esos íconos eran hasta cierto punto anónimos para la mayoría de la gente. Así es que supe que tenía que hacer todo lo que pudiera para llevar a cabo este proyecto.

Ahora que menciona su relación con la televisión, tal vez puede explicar brevemente cual es la relación entre un director como usted y la televisión polaca. ¿Es estatal o privada?

En aquel entonces (hablo de principios de los noventa del siglo pasado) sólo había dos canales en Polonia. Ahora tenemos… no sé, más de 20. No existían las televisoras privadas. Sólo había dos canales de televisión pública y cuando trabajé como productor para las series de televisión dramáticas tuve la oportunidad de comenzar a preparar mis propios proyectos, como los documentales por ejemplo. A pesar que fue un trabajo no remunerado, me capacitó para poder llevar a cabo proyectos de otros temas que me interesaban y, después de un tiempo, formé mi propia compañía productora independiente.

Volviendo a Portrecista y al tema y protagonista de su película, el Sr. Brasse falleció recientemente y aquí en los Estados Unidos hubo algunos obituarios que mencionaban su película en la biografía. ¿Qué sentimiento despertó en usted la muerte del Sr. Brasse?

Por supuesto que fue algo muy triste porque fue una de las personas más importantes que he conocido y, de una manera personal obviamente, fue la persona más importante. Yo estaba preparado, sabía que se acercaba el fin porque durante los últimos años no se sentía bien. Los últimos meses los pasó en cama bajo el cuidado de doctores y asumíamos que iba a fallecer pronto. Pero por supuesto que perdí a mi gran amigo, al hombre con quien construí una relación muy sutil y especial.Portrecista3

¿Cómo conoció al Sr. Brasse y cómo se desarrolló su relación con él antes de la película?

A través de un documental israelí acerca de los resultados de los experimentos médicos en Auschwitz. Uno de los testigos, uno de los testimoniantes era el Sr. Brasse, y un amigo me dijo que era el hombre que había tomado esas fotografías famosas, cuya procedencia aún era desconocida por muchos. Le hablé por teléfono y le pedí reunirnos. Viajé al sur de Polonia, a 300 millas de Varsovia, y después de varios encuentros aceptó intentar hacer una película acerca de él.

¿Era la primera vez que hablaba acerca de sus experiencias en Auschwitz frente a una cámara?

Además de la pequeña secuencia en aquel documental israelí, sí, era la primera vez. Era la primera vez y no fue fácil convencerlo de que debería de hacerlo, porque él era muy modesto. Me decía que había muchos libros al respecto, cientos de películas, y que su testimonio no iba a ser mejor o servir más que el de otros.

¿Por qué cree que él pensaba eso?

Era una persona muy amable, muy modesta, muy honrada. Probablemente pensaba que él no era un historiador, ni un científico, que sólo era un hombre común.

Es posible que piense lo siguiente por ser un espectador extranjero, no soy polaco, pero tengo la impresión de que el Sr. Brasse aparece muy tranquilo durante la película, muy en control de sí mismo. ¿En algún momento de la filmación se mostró renuente a hablar acerca de ciertos aspectos de sus experiencias en Auschwitz?

Pasamos mucho tiempo grabando esta entrevista, y desde un principio él intentó estar tranquilo y ser objetivo en cuanto a esas historias horrendas. Y esa fue mi dirección, tratar de llevarlo de vuelta a esos momentos, al pasado. Le hacía preguntas adicionales acerca de los colores, de la atmósfera, acerca de todo lo demás para lograr situarlo. La estructura de la película comienza con un personaje calmado y profesional y muestra el momento particular en el que se quiebra emocionalmente, que es cuando cuenta la historia crucial acerca de cómo conoció al Dr. Mengele.

¿Por qué decidió entrevistarlo en un estudio?

Fue una cuestión muy importante, ¿cómo construir formalmente esta película, una historia tan fuerte? Lo habitual hubiera sido pedirle al Sr. Brasse que viajara a Auschwitz, hacer un largo recorrido por sitios históricos, usar material de archivo, involucrar a otras personas para que cumplieran el rol de testimoniantes. Todo eso hubiera sido, digamos, fácil. Yo estaba buscando algo más fuerte porque lo más importante era crear un ambiente muy íntimo para la entrevista. Tuvimos que forjar una relación muy especial frente a la cámara, así es que pasamos los primeros días en preguntas sin importancia, y profundizamos más y más y más, hasta que encontramos la llave para abrir al personaje. Por eso la construcción de la película gira en torno a una entrevista donde el personaje principal está ante un fondo negro y habla de la historia más importante: el carácter único de sus fotografías.

 

Durante su testimonio, el Sr. Brasse sostiene en sus manos los retratos de diferentes reclusos y recuerda. ¿Le dio usted esos retratos o fue el Sr. Brasse quien le pidió que seleccionara algunos de ellos?

Seleccioné esos retratos previamente, junto con miembros y científicos de la junta directiva del Instituto Auschwitz. Era el material central de nuestra investigación y por supuesto sabía que había algunos que el Sr. Brasse había tomado personalmente.

Entonces, para aclarar: ¿Reconoció el Sr. Brasse todas las fotografías que él tomó? ¿Había alguna duda acerca de quién había sido el fotógrafo?

Tuvimos algunas reuniones antes de la filmación, durante la selección de fotografías en el archivo de Auschwitz. El Sr. Brasse tomó alrededor de 40.000 retratos para el campo de Auschwitz y todas las fotografías de los experimentos médicos. Yo sabía esto antes de entrevistarlo frente a la cámara, así es que preparé muchas fotografías diferentes. Él sabía que íbamos a hablar de ciertas fotografías y hubo otras con las que intenté tomarlo por sorpresa.

¿Cuál cree usted que sea la importancia histórica de estos retratos? Estoy seguro que es algo en lo que pensó mientras hacía la película, pero en cuanto a su audiencia, ¿cómo puede explicarle a alguien que no ha visto la película la importancia que usted cree que tienen estas fotografías?

La respuesta es obvia para mí, porque esas fotografías son la prueba de la peor parte de la historia humana. Auschwitz era el centro del infierno, no sólo en el siglo XX. El Sr. Brasse fue un testigo ocular muy particular, pues en este caso “testigo ocular” no se refiere solamente a la persona que estaba viendo este horror, este genocidio, sino que también se refiere a la persona que estaba documentando estos hechos. Estoy seguro de esto y mi propósito principal es hacer este documental para conservar el testimonio para el futuro. Las historias acerca de esas fotografías son muy fuertes y gracias al Sr. Brasse las generaciones futuras van a poder aprender acerca de lo que sucedió. Eso, conservar la historia, es nuestra obligación.

¿Recuerda haber visto estas fotografías cuando usted era joven, o antes de que supiera que el Sr. Brasse aún vivía?

Sí, esa es una buena pregunta, porque recuerdo que cuando era un niño mi padre compró un libro acerca de los crímenes de guerra alemanes y había una fotografía de cuatro niñas pequeñas que me horrorizaba. Después de ver esa foto tuve pesadilla por varios años. Mantuve esta imagen en el subconsciente toda mi vida. Cuando supe que el autor de esta fotografía estaba vivo y que podía hablar al respecto, fue una motivación más para hacer esta película.

¿Qué me puede decir acerca de la manera como el Sr. Brasse describe el proceso de tomar las fotografías? ¿Qué piensa que revela respecto a este horrendo sistema de exterminación? Durante la película él habla acerca de la distancia del sujeto, la técnica para tomar las fotografías, lo cual es muy interesante porque parece que aún existe una técnica dentro del oficio, pero pensar en técnica dentro de estas circunstancias es horrible.

Él tuvo que ser lo más profesional posible dentro de su horrible situación, y salvó su propia vida al ser el mejor fotógrafo de Auschwitz. También retrató a oficiales alemanes, en privado, y esto le permitió ayudar a otros prisioneros, a darles algo de comida y ayudarles a encontrar un mejor trabajo dentro de Auschwitz, lo cual era muy importante para sobrevivir. La construcción de mi película, como te decía, está basado en que parto de la historia del retratista profesional. Así es que primero describe su método —cómo acomodar la luz, cómo tratar al objeto, etcétera. Y después de eso, él habla acerca de todas esas posibilidades dentro del, llamémosle “estudio”, en Auschwitz, donde tenía una silla especial para tomar fotos a los prisioneros.

El Sr. Brasse describe en la película a lo que yo estaba aludiendo, este método para tomar sus fotografías. ¿En algún momento, ya sea durante o después de la película, reflexionó acerca del papel que él jugó dentro de la historia del Holocausto? ¿Alguna vez comprendió su desdichado rol histórico?

Él se veía a sí mismo como un prisionero, como un prisionero político de Polonia, a quien forzaron a hacer tales cosas. Pero también me contó una historia, de cómo cuando al final los alemanes ordenaron la evacuación y querían quemar todos los archivos, fotografías y documentos, él no siguió la orden y rescató casi todo lo que conocemos acerca de Auschwitz; gracias a él y el colega que estaba con él en ese momento.Portrecista4

En una de las escenas más emotivas de su película, el Sr. Brasse dice algo así: “Maldigo a Dios y maldigo a mi madre por haber nacido”. ¿Qué cree usted que quiso decir con esto?

Repitió esa misma frase justo antes de morir. Existe el Dios del que habla la iglesia y luego existe el Dios que está en el cielo. Su madre era católica devota y él recibió una educación católica y fue a Auschwitz siendo católico, pero durante esta pesadilla perdió su religión y maldijo a Dios. Pero yo creo que se refería a la religión, no a un Dios de amor, así es como yo lo interpreté.

¿Cuál fue la pregunta más difícil que tuvo que hacerle durante la filmación del documental?

La estructura de la entrevista era tan sutil que tuve que tener mucho cuidado con cada pregunta. Pero como decía antes, después de dos o tres días teníamos una relación tan especial que podíamos hablar de cualquier cosa y el Sr. Brasse era muy abierto y muy honesto.

¿Qué tipo de recepción tuvo el documental? ¿Cómo respondieron los historiadores del Holocausto?

Me sorprendió su respuesta, de una manera positiva, porque hay cientos de películas acerca del Holocausto, acerca de Auschwitz. Era muy difícil crear algo nuevo en torno a este tema. También por eso decidí usar la estética que antes describí para entrevistar al personaje. Como sabés, usé una técnica muy nueva para presentar las fotografías. Animamos esas fotografías icónicas, lo que fue como meterse con cierto tabú. Estaba un poco asustado antes de la primera proyección en Auschwitz frente a la mesa directiva de científicos. Su respuesta me sorprendió mucho. Una de las personas que estaban entre el público era el profesor Franciszek Piper, un historiador muy famoso que actualizó el número de asesinados en Auschwitz de 6 millones a 1 y medio. Él me felicitó y me dijo que esto no era una película —lo siento, estoy intentando ser igual de modesto que el Sr. Brasse—, pero me dijo que esto era algún tipo de obra maestra, como una escultura o una pintura o música. Fue muy agradable. También les gustó mucho este método formal para presentar las fotografías.

Aquí en los Estados Unidos un crítico de cine escribió en su columna que “ya se habían hecho suficientes películas sobre el Holocausto”. ¿Está usted de acuerdo con esto?

No estoy de acuerdo, ni en un 1%, porque puede que a las generaciones más jóvenes no les interese esta historia y quieran vivir en el futuro, pero si olvidamos nuestra historia esta historia puede regresar en cualquier momento. Probablemente nadie quiere verse involucrado de nuevo en algo como el Holocausto, así que tenemos que recordar nuestra historia, tenemos que buscar la verdad todos los días. Y tenemos que saber que si nos quedamos, digamos dormidos, en vez de buscar la verdad, nuestros sueños pueden convertirse en pesadillas.

¿Hay un gran interés por el cine documental en Polonia?

Sí, hay un gran interés, pero hoy en día los documentales históricos no son tan populares. Existe una tendencia por documentales sociales contemporáneos. No me agrada, pero ahora tenemos más oportunidades. Hice otro documental sobre el Holocausto, In Fortune’s Debt (2010), acerca de Stella Czajkowska, una pianista famosa sueca judía nacida en Polonia.

¿Conoce Latinoamérica? ¿Qué sabe acerca del cine documental en esta parte del mundo?

Estoy enamorado de Latinoamérica. Me encanta su cultura, me encanta su lenguaje…Pasé un tiempo en Chile. Conozco algo sobre documentales latinoamericanos, pero me gustaría saber más, no soy un experto.

¿Qué papel cree que juega el cine documental en el mundo contemporáneo? ¿Por qué considera que es importante continuar haciendo cine documental en vez de cine de ficción?

Estoy involucrado con documentales históricos y considero que el papel del documentalista histórico es preservar historias para el futuro y registrar a los personajes que tienen una historia fuerte e importante por contar. El cine documental no sólo tiene que educar, también tiene que advertir acerca de los peligros del pasado para evitar repetirlos en el futuro.

Esta es una pregunta difícil para mí ya que en realidad no conozco mucho acerca de la relación histórica entre Polonia y Alemania en cuanto a documentación de la guerra. Pero, como ciudadano polaco, ¿le fue particularmente difícil contar la historia que cuenta en Portrecista? ¿Hubo alguna reacción en Polonia quizás diferente a la de otros países donde se presentó la película?

No, no hubo ningún problema, ni reacciones particulares después de la proyección. El problema fue encontrar el dinero para producir el documental porque el tema del Holocausto no es popular.

¿Por qué cree que no es popular?

Hay una situación especial en Polonia ya que durante los años de comunismo había muchos programas acerca de Auschwitz, acerca de los crímenes de guerra de Alemania en general. También era un tipo de propaganda. Es por eso que en tiempos recientes los documentales que se enfocan en aspectos sociales contemporáneos son más populares. Pero Portrecista dio la vuelta al mundo en festivales de cine, ganó varios premios, y cuando estuvimos en el festival de cine de Hamburgo con el Sr. Brasse hubo muy buena publicidad. El canal de noticias entrevistó al Sr. Brasse, y hubo un artículo enorme en la prensa, pero sólo alrededor de diez personas en el cine—todos polacos. A los jóvenes alemanes no les interesa el Holocausto, quieren olvidarlo.

Supongo que no le hizo sentir bien darse cuenta de eso.

Sí.

Quiero darle la oportunidad de hablar acerca de los proyectos relacionados con Portrecista que están por venir. ¿Puede contarnos un poco acerca de lo que usted y Anna Dobrowolska, su esposa, tienen pensado hacer?

Grabé catorce horas de entrevistas con el Sr. Brasse en un periodo de diez días. Portrecista tiene una duración de 52 minutos, así es que tuve que elegir. Seleccione únicamente historias que estaban conectadas a las fotografías. Basándose en esta entrevista, mi esposa preparó un libro excelente sobre toda la historia del Sr. Brasse, con anécdotas increíbles de su vida en el campo de concentración.[1] Ella comparó y combinó el testimonio del Sr. Brasse con el de otros testigos de Auschwitz. Por lo tanto, este libro no solamente va a ser muy interesante, sino que va a tener un nivel casi científico de precisión histórica, y va a ser publicado en conjunto con el Instituto Auschwitz. También pienso escribir el guión para un largometraje usando la historia completa del Sr. Brasse.

Notas

[1] The Auschwitz Photographer, publicado por Rekontrplan y el Museo de Auschwitz (Mayo, 2013).

 

 

Editorial

Descargar texto

Cine Documental ha modificado ligeramente su diseño renovando sus expectativas una vez más alimentadas por una buena noticia: la revista es considerada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), a través del CAICYT (Centro Argentino de Información Científica y Tecnológica), como integrante del Grupo 1 de publicaciones académico-científicas. Por el trabajo de reconfiguración de Cine Documental agradecemos a nuestra diseñadora Débora Galun y en cuanto al reconocimiento de la institución pública lo compartimos con el equipo entero de esta revista que colabora número tras número con tesón y profesionalismo.  

La cultura cinematográfica y audiovisual ha sufrido recientemente el fallecimiento de dos figuras que marcaron una época en el cine políticamente comprometido de América Latina y del mundo: Chris Marker y Octavio Getino. Marker está entre los diez directores que cualquier selección de documentalistas significativos no debería omitir; mientras que Getino, uno de los responsables de la creación de La hora de los hornos, más tarde autor de textos críticos, teóricos e historiográficos y funcionario en tareas de gestión es un baluarte de la producción, estudio y defensa de las industrias culturales hispanoamericanas. Presentamos en esta edición (sección Teoría), un ensayo de Antonio Weinrichter sobre el cine de Marker, una investigación de Nicolás Mazzeo sobre la gestión de Getino en el Ente de Calificación Cinematográfica y una entrevista inédita a este último a cargo de Javier Campo.

Como en cada número impar se presenta aquí un dossier temático, en este caso coordinado por Pablo Piedras, con el título “Formas de la subjetividad autoral en el cine documental”. El dossier aborda la problemática citada en dos artículos de preeminente corte teórico a cargo de Aida Vallejo Vallejo y del coordinador ya mencionado. Los textos de Malena Verardi y Miguel Alfonso Bouhaben, además de efectuar planteos teóricos específicos, concentran su examen en la enunciación subjetiva en los films Opus (Mariano Donoso, 2005) e Ici et ailleurs (Jean-Luc Godard, 1974) respectivamente.

Por último, ponemos en circulación una conferencia brindada por Guy Gauthier, semiótico especializado en el estudio del cine documental fallecido hace tres años, sobre los conceptos implicados en la definición de “documental” y “ficción” en la convergencia de “narración” y “relato”. Agradecemos a Pedro Klimovsky por la cesión de la traducción y a Gustavo Aprea por haber revisado nuestra edición. Las secciones de Críticas de films y Reseñas de libros reactualizan, como de costumbre, el panorama cinematográfico y bibliográfico latinoamericano sobre cine documental.

Javier Campo y Pablo Piedras