By Cine Documental

Acá y Acullá (Hernán Khourián, 2018)

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Acá y Acullá

Todo sucede a partir de las actividades realizadas en el taller de cine, dictado por el mismo director del documental, en un colegio de la comunidad armenia en Valentín Alsina en el año 2015, en el marco de la conmemoración de un siglo del genocidio armenio. El documental une lo trabajado, producido y pensado por los alumnos durante el taller y el detrás de escena de estas actividades en el aula. De esta manera, se suceden entrevistas realizadas entre los más jóvenes en el colegio, otras de los chicos a sus abuelos o padres, relatos de los alumnos de secundaria en base a su experiencia durante el taller, y fragmentos de clases con alumnos de los dos niveles. Constantemente se superponen imágenes y sonidos tanto de lo filmado por los alumnos como fotos, documentos y hasta imágenes y sonidos distorsionados, lo cual, por momentos, hace que la visualización del documental requiera de un esfuerzo del espectador por encima del promedio. Una suerte de hilo conductor está dado por fragmentos, presentes a lo largo de toda la película, de la entrevista con la escritora Ana Arzoumanian, ex alumna de ese mismo colegio.

El puntapié al problema que trata el documental no tarda en aparecer, y no es casual de dónde proviene. La escritora afirma en la primera entrevista: el “primer conflicto (era) entre el discurso de la comunidad, por ejemplo en el colegio, y lo que terminaban experimentando los alumnos”. El documental consecuentemente, y a continuación de este primer fragmento de la entrevista, permite ver el fruto del trabajo sobre los conceptos propios de la experiencia de la comunidad armenia, entre los más chicos. En las entrevistas entre los alumnos de primaria en el colegio los chicos responden a la pregunta de qué es la diáspora. Este concepto, a lo largo de toda la película, incluso cuando los niños entrevistan a padres y abuelos, se explica mayormente con el ejemplo armenio. La diáspora es el conjunto de las familias armenias, es decir, la diáspora es la diáspora armenia.

El documental asimismo se permite un pequeño homenaje a uno de los fundadores de este género cinematográfico. En una de las secuencias dentro del aula, antes de proyectar partes de Nanook, el esquimal (1922) de Robert Flaherty, Hernán Khourián les deja en claro a los alumnos cuál es el trabajo que van a tener que realizar en el taller de cine. A partir de lo que significaba el “Otro”[1] para este documentalista les dice: “en el caso de ustedes es trabajar de nuevo lo familiar y lo personal, para volverlo otro, para volverlo extraordinario.” Los alumnos, tanto de primaria como de secundaria tendrán que introducirse en su familia como extraños.

A partir de la frase de Ana Arzoumanian “hay que contar todo, sino esto (lo que no se dice) también desaparece”, se introduce en el documental la última dictadura argentina desde dos aristas. Por un lado, la escritora explica cómo afectó a la tercera generación de la comunidad (es decir, la suya) el “silencio”, sobre todo en el ejercicio de la memoria. Por el otro, en una secuencia en el aula, alumnos de secundaria le exponen a los más chicos algunos de los avances que realizaron investigando en sus familias, las cuales no sólo sufrieron el genocidio sino también la desaparición durante la dictadura argentina.

Repitiendo distintos registros sin mucho ordenamiento lógico el documental concluye con la construcción de Armenia como un imaginario. Arzoumanian había adelantado en el inicio del documental, al hablar de su propia experiencia en la niñez y adolescencia con la identidad armenia, que “si en un momento era el mundo en general (extranjero); Argentina un poquito en particular; y Armenia el único lugar familiar, después se volvió todo extranjero, salvo la imaginación.” Así la autora parece coincidir con el concepto de “comunidad imaginada”, el cual aparece para llenar el vacío emocional que deja la retirada o desintegración de comunidades y de redes humanas “reales” y que, por qué no, puede verse como algo formulado y reformulado al interior de cada comunidad.

La secuencia final, que consiste en pedirles a los alumnos de distintas edades que cierren los ojos y digan cómo se imaginan a Armenia, es una metáfora no sólo de la gran dificultad para ligar la nacionalidad armenia a un territorio[2] sino que además muestra cómo a veces el proceso de reconfiguración de identidades étnico-nacionales se refuerza con el vínculo a una determinada fe religiosa. Entre las respuestas surgen un crucifijo arriba de una montaña, el Monte Ararat, el Arca de Noe, e incluso “una Iglesia”. La fuerte presencia de estos elementos cristianos no es casual. Mediante este proceso de reconfiguración, los armenios, al reafirmar su identidad como cristianos, quedan opuestos en el plano religioso con respecto a los turcos (musulmanes). Armenia aparece también con gente festejando el reconocimiento del genocidio y la devolución de “su” territorio. De esta manera Armenia parece ser para los chicos un lugar con “mucha gente”, que por momentos parece único y hasta especial, sin que falten miradas más concretas y mundanas, como también artísticas o metafóricas. Esta difícil relación entre Armenia, territorio y, agreguemos, comunidad armenia en Argentina, bien retratada en el documental y reflexionada en las entrevistas a Ana Arzoumanian, quien habla de la “Armenia histórica perdida” y de la “imaginación como lugar”, encaja con aquella afirmación del historiador Hobsbawm: “(…) ‘Armenia’ es lo que quedó después de que los armenios fueran exterminados o expulsados de todas las demás partes.”(2012: 75)

Guido Canevari

Ficha técnica

Dirección: Hernán Khourián. Guión: Hernán Khourián. Imagen: Germán Monti y Hernán Khourián. Montaje: Hernán Khourián. Sonido: Guido Ronconi y Hernán Khourián. Producción: Paula Zyngierman y Hernán Khourián. Producción ejecutiva: Paula Zyngierman. Origen: Argentina. Duración: 66 minutos. Año: 2018.

Bibliografía

Flaherty, Robert (1985). “La función del documental”, En Colombres, Adolfo (ed.) Cine, antropología y colonialismo. Buenos aires: Ediciones del Sol.

Hobsbawm, Eric (2012). Naciones y nacionalismo desde 1780, Buenos Aires, Crítica.

[1] Flaherty  postula que el documental, a diferencias de las palabras escritas -abstractas e indirectas, incapaces de generar un inmediato y estrecho contacto con el mundo y sus habitantes-, era la herramienta indicada para lograr la mutua comprensión entre los pueblos, para hacerle ver al hombre común, sin formación, que el “extranjero” no es solo un “extranjero”, sino un individuo como él, digno de simpatía y de consideración (1985: 57).

[2] Comparada con otras comunidades es particularmente difícil para la armenia el vínculo con un territorio concreto. Basta aclarar que el actual territorio armenio con su capital en Yerevan, configurado luego de la disolución de la Unión Soviética, no había revestido ninguna importancia especial anteriormente. “Armenia” estaba en el actual territorio de Turquía, extendiéndose también a regiones de los actuales territorios de Irán y Siria.

De documental a documento, de índice a evidencia: el cine de Pamela Yates y el genocidio maya

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Por Antonio Gómez

Resumen

Este trabajo tiene como objetivo revisar el vínculo específico entre algunos puntos del proceso judicial en la escena internacional y el ciclo original de películas documentales de Pamela Yates (EEUU). Este ciclo se inicia en 1982 con el que sea quizás su filme más difundido – When the Mountains Tremble – una investigación in situ del conflicto armado en Guatemala en los ochenta, que involucra a grupos guerrilleros de izquierda y la acción represiva de la dictadura militar, y cuyo saldo final es la matanza indiscriminada de indígenas que más tarde sería calificada de genocidio; sigue en 2011 con Granito: How to Nail a Dictator, sobre el intento de llevar adelante un juicio de genocidio a José Efraín Ríos Montt, en 2013 con el registro íntegro del juicio guatemalteco en Dictator in the Dock, y en 2015 con el corto Mother Tongue: Transforming a Film into Mayan Ixil; y culmina en 2017 con 500 Years. En particular se pregunta por el modo en que las películas forman y deforman la noción de realidad al establecer un diálogo entre distintos modelos de comprensión de lo verdadero, lo histórico, y lo real – por un lado, un modelo que proviene del universo de la representación simbólica en la práctica del cine documental, y por otro, uno que deriva de la certeza construida del lenguaje jurídico.

Palabras clave: Pamela Yates; genocidio de indígenas; verdad; lo real.

Abstract

This paper intends to revise the links between some aspects of international judicial cases and Pamela Yates’ first cycle of documentary films. This cycle begins in 1982 with what is perhaps Yates’ best known work – When the Mountains Tremble – an examination of the 1980s armed conflict between guerrilla groups and the dictatorship led by José Efraín Ríos Montt in Guatemala, which ended in the indiscriminate killing of thousands of indigenous people that would later be identified as a genocide; continues with Granito – How to Nail a Dictator (2011), about the attempt to take Ríos Montt to court on an accusation of genocide, followed by Dictaror in the Dock (2013), which documents the entire Guatemalan trial, and then the short film Mother Tongue – Transforming a Film into Mayan Ixil (2015). The cycle concludes in 2017 with 500 years. This essay deals especially with the manner in which Yates’ films configure and reconfigure the notion of reality by establishing a dialogue between different models for the understanding of truth, history, and the real – on the one hand, a model that stems from the universe of symbolic representation in the practice of documentary filmmaking, and, on the other, one that derives from the certainties presented by juridical language.

Keywords: Pamela Yates; genocide of indigenous people; true; reality.

Resumo

Este trabalho tem como objetivo revisar o vínculo específico entre alguns pontos do processo judicial no âmbito internacional e o ciclo original de filmes documentários de Pamela Yates (EUA). Este ciclo começa em 1982 com o que talvez seja seu filme mais difundido – When the Mountains Tremble – uma investigação in situ do conflito armado em Guatemala nos anos oitenta envolvendo grupos de guerrilheiros de esquerda e a ação repressiva da ditadura militar, cujo saldo final foi a matança indiscriminada de indígenas que mais tarde seria qualificada como um genocídio; segue em 2011 com Granito: How to Nail a Dictator, sobre o esforço para avançar o julgamento de José Efraín Montt por genocídio, em 2013 com o registro completo do julgamento guatemalteco em Dictator in the Dock, e em 2015 com o curta-metragem Mother Tongue: Transforming a Film into Mayan Ixil; e culmina em 2017 com 500 Years. Em particular, o ensaio questiona a forma em que os filmes formam e deformam a noção de realidade ao estabelecer um diálogo entre distintos modelos de compreensão do verdadeiro, do histórico, e do real – por um lado um modelo que provem do universo da representação simbólica na prática do cinema documentário e, por outro, um modelo que deriva da certeza construída pela linguagem jurídica.

Palavras-chave: Pamela Yates; genocídio de indígenas; verdade; real.

Datos del autor

Antonio Gómez enseña cursos de cine y literatura latinoamericana en la Universidad de Tulane, New Orleans, EE.UU. Entre sus intereses de investigación se cuentan el discurso del exilio en Argentina y Cuba en los años setenta, las nuevas poéticas del documental latinoamericano, y la construcción del imaginario peronista en espectáculos públicos.

Fecha de recepción: 15 de marzo de 2019.
Fecha de aprobación: 25 de junio de 2019.

El equipo formado por Pamela Yates en dirección, Paco de Onís en producción y Peter Kinoy en montaje viene realizando desde los años ochenta películas documentales independientes –a veces comisionadas por cadenas de televisión estadounidenses, a veces bajo los auspicios de algún festival– sobre los procesos políticos de América Latina y el tercer mundo, y en algunos casos, estrictamente ligadas a ciertos hechos judiciales y los conflictos en torno a ellos. El caso más emblemático es su película The Reckoning – The Battle for the ICC (2009) en torno a la creación y establecimiento de la ICC – International Criminal Court o Corte Penal Internacional en La Haya, cuyo primer procurador general fuera Luis Moreno Ocampo, célebre por su trabajo como fiscal auxiliar en el juicio que logró la sentencia a cadena perpetua de los jefes de las Juntas Armadas en Argentina en 1985. La película cuenta el proceso de fundación de la corte y los problemas que ha debido enfrentar para crear y fomentar una reputación de credibilidad y lograr así la adhesión de los estados nacionales en el procesamiento global de causas por lesa humanidad y abusos de derechos humanos – sobre todo ante la oposición de países clave como Estados Unidos, Israel, Rusia o China, que siguen fuera de la lista de naciones signatarias. The Reckoning, al adoptar una perspectiva fuertemente identificada con el proyecto de articulación de la ICC, representarlo de un modo unilateral, no conflictivo, y confiar en actos de información y difusión como estrategia de activismo, ejemplifica bien la voluntad estética y política de este equipo de cineastas, con Yates a la cabeza como vocera: causas que encajan en la agenda de la izquierda liberal estadounidense y europea, con gran potencial para la creación de una campaña internacional de concientización, y tratados con una suerte de tono crítico hacia la acción de Estados Unidos y una suerte de tono nostálgico en el lamento por la disolución de los proyectos de la izquierda radical latinoamericana. En los años ochenta, el proyecto podía vincularse a los grupos de solidaridad con América Latina y el activismo feminista en las campañas en contra de la intervención norteamericana en América Central durante la era Reagan (Witham), pero hoy en día, como afirma Fernando Rosenberg respecto de un segmento especialmente condescendiente de uno de los filmes, pero que podríamos extender al proyecto en general, “se asemeja a un producto del National Geographic con Yates como embajadora de buena voluntad –esta vez no de la intelligentsia estadounidense, sino de la tierra de la globalización bienintencionada hecha a escala de derechos humanos, y portando no la balanza de la justicia, sino la cámara de video“ (132). Más allá de toda posible torpeza política, el impacto de las películas de Yates –sobre todo de las que han tenido que ver con el caso guatemalteco, de las que me voy a ocupar aquí– en la formación de la opinión pública internacional es decisivo, en tanto se ocupa de asuntos prácticamente ausentes de la cobertura de prensa, y alcanza un nivel de distribución inusual para películas del género y sobre esta región. [1]

En lo que sigue trato de describir, comprender y valorar la propuesta de un conjunto de películas realizadas por este equipo en torno a los hechos históricos que involucran a grupos indígenas y fuerzas armadas en Guatemala en los años ochenta del siglo pasado, especialmente en lo que tiene que ver con el seguimiento de procesos judiciales derivados de los hechos a partir de los años noventa. Me interesa en particular preguntarme por el modo en que las películas forman y deforman la noción de realidad al establecer un diálogo entre distintos modelos de comprensión de lo verdadero, lo histórico, lo real –por un lado, un modelo que proviene del universo de la representación simbólica en la práctica del cine documental, y por otro, uno que deriva de la certeza construida del lenguaje jurídico.

Comienzo entonces con una descripción del ciclo de películas hechas por el equipo de Pamela Yates entre 1982 y 2017. Si bien voy a concentrarme en tres de las cinco películas, me interesa exponer la relación histórica que se ha establecido en este ciclo de producción que lleva ya treinta y cinco años porque es indicativa de una dinámica de reutilización del pasado y nos pone sobre la pista del proceso de reconversión de materiales que sostiene mi propuesta sobre la relación entre cine y proceso judicial. Luego me enfoco en Granito, la segunda película del ciclo, para rastrear de cerca la mutación de material documental en prueba judicial, y sobre todo la fe realista que sustenta teóricamente tal operación. Finalmente, trato de reflexionar sobre lo que estas películas revelan acerca de dos modos contrastantes y complementarios de construir la verdad, el del filme y el de la corte, y de lo que cada uno puede imponer en el otro.

Un ciclo retrospectivo

El ciclo original de películas de Yates se inicia en 1982 con el que sea quizás su filme más difundido –When the Mountains Tremble– una investigación in situ del conflicto armado en Guatemala en los ochenta, que involucra a grupos guerrilleros de izquierda y la acción represiva de la dictadura militar, y cuyo saldo final es la matanza indiscriminada de indígenas que más tarde sería calificada de genocidio; el tema reaparece en 2011 con Granito –How to Nail a Dictator– película en la que me voy a concentrar; sigue en 2013 con la documentación íntegra del juicio a José Efraín Ríos Montt en Guatemala en una serie de cortos luego reunidos bajo el título Dictator in the Dock y en 2015 con el corto Mother Tongue – Transforming a Film into Mayan Ixil, sobre el doblaje de Granito a lengua ixil, y culmina, por ahora, en la revisión más comprensiva del proceso en la película 500 years de 2017, en la que se ponen en relación los efectos del juicio a Ríos Montt y el movimiento de protesta contra Otto Pérez Molina, que precipitara su renuncia a la presidencia en 2015. [2]

Me refiero a las películas como un ciclo porque establecen entre ellas una relación de continuidad y retroalimentación –que tiene más que ver con los usos de la película, con su circulación en el mundo material, y su posibilidad de incidir sobre la materialidad del mundo, que con elementos temáticos o políticos. When the Mountains Tremble es un documental de investigación que, respondiendo inicialmente a un impulso etnográfico –la curiosidad sobre la situación de los pueblos originarios en Guatemala– termina por adoptar una agenda cercana al tercer cine y un tono más bien periodístico. Quizás el elemento más reconocible de la película sea la participación de Rigoberta Menchú, que pronuncia en cámara, en forma casi literal, algunos fragmentos del testimonio que apareciera publicado casi contemporáneamente. Pero los momentos más logrados desde la perspectiva investigativa son la visita a una célula del Ejército Guerrillero de los Pobres, la participación en varias expediciones del ejército guatemalteco hacia las zonas en conflicto (una de ellas en helicóptero, y casi fatal para Yates y Sigel, su camarógrafo) y la entrevista con José Efraín Ríos Montt, líder de la dictadura militar en el poder entre 1982 y 1983. A pesar del tono uniforme que la película lleva adelante en su condena de la acción militar, el sustento material y logístico proveído por los Estados Unidos, y su afiliación clara a la causa de los mayas y las organizaciones de izquierda, el acceso a los comandantes del ejército y sobre todo el acompañamiento de las expediciones a la montaña han sido a lo largo de los años blanco de críticas y suspicacias, que ven, por ejemplo, un fuerte choque entre el relato de Menchú y una cámara que se identifica en muchos momentos con la perspectiva del ejército. Como comenta Maureen Shea en un análisis comparativo del texto del testimonio de Menchú y When the Mountains Tremble, “Aunque Menchú narre partes del filme directamente al público, pronto se hace evidente que, a diferencia de las experiencias que cuenta la novela testimonial, los eventos del filme no son vistos a través de sus ojos. Hay otro ojo más privilegiado, el ojo de la cámara a veces operada por Yates y Sigel desde vehículos militares del gobierno. A Menchú no la hubieran dejado poner un pie en ese vehículo, más bien hubiera sido una de las víctimas” (9).

Después de un prolífico destino como material de consulta e ilustración de cursos universitarios en Estados Unidos, y de la poca atención que recibiera en la controversia en torno a las acusaciones a Menchú a fines de los años noventa, [3] When the Mountains Tremble tuvo, dos décadas después de su estreno inicial en el festival de Sundance, una derivación inesperada. Cuando en 1999 la fundación Rigoberta Menchú hizo ante una corte española la denuncia del genocidio maya perpetrado por el estado guatemalteco en los años ochenta, la fiscal que asumió la causa diseñó una estrategia que recurría a la película de Yates como material con que probar judicialmente que lo que había sucedido en Guatemala durante el régimen de Ríos Montt podía ser considerado como genocidio. Así, When the Mountains Tremble fue de repente redimensionada en el cambio de sus circunstancias de consumo, que determinaban su valor de uso – ya no era juzgada por su validez narrativa, por su poder de reconstrucción histórica o por su capacidad de denunciar la situación de los oprimidos guatemaltecos, sino por su rol como “prueba”. Este es el decurso que Yates y su equipo registran en Granito. El segundo documental del ciclo cuenta la historia de la construcción del caso de genocidio –finalmente exitosa en su costado europeo, en tanto se pudo articular con autoridad la acusación y emitir la orden de captura internacional de Ríos Montt, pero frustrada en su costado americano, en tanto Guatemala no accedió al pedido de extradición–, pero funciona también como un “making of” de la primera película e intenta así resolver algunas de las insinuaciones antes mencionadas – aclara que fue el mismo Gustavo Meoño quien autorizó el ingreso del equipo de filmación al campamento guerrillero, cómo y por qué fueron invitados a registrar las expediciones militares, y cuál fue el proceso de rodaje en general. En este sentido, la agenda de Granito parece ser la redención política de When the Mountains Tremble, y al posicionarse sin ningún amago de ambigüedad del lado de la causa indígena, imprime retrospectivamente sobre la película de los ochenta un espíritu similar. Pero el esfuerzo central de Granito es sobre todo documentar los empeños de Yates por encontrar en la película del 82, y especialmente en los outakes, en el material sin editar todavía archivado en un depósito neoyorquino, algo que pudiera emplearse como evidencia en alguno de los puntos de la argumentación. En esta búsqueda es que se hace más clara la diferencia de tratamiento del material que alimenta cada modelo de apropiación de lo histórico: el fílmico y el judicial – lo que pudo ser prescindible a la hora de montar un documental puede ser lo que siente las bases de una acusación legal, mientras que lo más efectivo en tanto película resulta inocuo en la corte. La presentación del caso de genocidio ante el juez que instruye en Madrid se lleva adelante con una alta dosis de dramatismo, empleando una retórica visual y narrativa que acerca el filme los productos de reality TV: primeros planos de gestos de frustración o decepción escenificados para la cámara, suspenso construido retrospectivamente, información dosificada. Bajo un tratamiento similar caen los testimonios brindados por sobrevivientes traídos de Guatemala. En estos segmentos se proveen también documentos escritos que sirven de prueba de operaciones oficiales ordenadas por la cúpula del gobierno, pero vemos sobre todo la puesta en escena de la declaración de Yates ante el juez que consiste primero en una serie de actos de palabra: su identificación (“Soy Pamela Yates, documentalista, y en 1982 hice una película en Guatemala”) y testimonio (“Acompañé a un grupo del ejército”). Así, Granito se afirma como una relectura de la película anterior, casi como un reestreno para la corte.

Mother Tongue hace una operación equivalente sobre Granito. Tras la frustración del juicio a Ríos Montt y otros responsables de las matanzas de los ochenta, Yates trabaja en el doblaje a lengua ixil de Granito, para exhibirla en las comunidades en un formato accesible a la población local. El corto muestra primero el proceso de doblaje, y luego una sesión de proyección en un pequeño pueblo. La premisa de la que parte es planteada en el cartel inicial – “después del genocidio, el pueblo maya se encuentra en una aventura lingüística hacia la recuperación de su memoria”. La metáfora lingüística sobre la recuperación de la memoria funciona también en relación con la justicia – en un momento se plantea, quizás con excesiva confianza, que la experiencia de ver la película en su propia lengua y quizás el acto de informarse sobre el proceso judicial trunco va a tener un impacto práctico en el destino de Ríos Montt y demás culpables. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto Granito es la misma película en inglés, o con subtítulos en español, que doblada al ixil o al quiché (se insinúa hacia el final que después de la primera experiencia de doblaje, otras comunidades siguen el modelo con sus propias lenguas), o sea, hasta qué punto su operatividad a nivel pragmático se impone sobre cualquier otra función. ¿Cuál puede ser la consecuencia de ver la película para las comunidades indígenas, las víctimas del genocidio ya incuestionable, pero así y todo no enjuiciable?

Dictator in the Dock, por su parte, es una serie de veintitrés episodios que registra el juicio guatemalteco a Ríos Montt en 2013. Desde el primer episodio, “Crueldad indescriptible”, hasta el último, “El veredicto”, la serie se limita a los eventos que toman lugar en o alrededor de la corte durante el tiempo que dura el juicio, selecciona momentos especialmente transcendentales del proceso y los testimonios, tanto de víctimas y acusadores, como del propio acusado y termina en un tono eufórico con el veredicto de genocidio, la condena de Ríos Montt y la orden judicial de que sea conducido inmediatamente a prisión. Aunque la historia parece haber llegado a su cierre natural, con un acto de justicia y castigo, el cartel final del último episodio anuncia: “500 years –coming 2014– continues the story of When the Mountains Tremble and Granito: How to Nail a Dictator.” La película, que no se distribuiría hasta 2017, más que continuar la historia, parece intentar resumirla y darle un tono conclusivo. Hace una revisión general del proceso histórico guatemalteco desde los años ochenta, incluye nuevas entrevistas a Rigoberta Menchú, puestas en contraste con las originales y, en términos de seguimiento histórico de la línea narrativa no cubierta por las películas anteriores, sintetiza el juicio a Ríos Montt y se ocupa de lo que siguió. Así, rápidamente liquida el tono victorioso de la condena con el anuncio de la anulación de la sentencia por errores de procedimiento durante el juicio y la restitución del statu quo que había sido amenazado por la acción judicial. El relato luego destaca la conexión entre los reclamos por la situación de los pueblos indígenas y las protestas en contra de la corrupción imperante durante la presidencia de Otto Pérez Molina. El comentario de uno de los organizadores indígenas revela la agenda política de la película misma, o quizás incluso de todo el ciclo: “…era el momento de entender ese descontento capitalino, de clase media, y cómo lograr vincularlo con nuestras luchas… pensamos entonces conectar la indignación histórica de más de quinientos años con una indignación que brotó en la capital a partir de la corrupción”. Del mismo modo, la película resuelve la insatisfacción del proceso a Ríos Montt con el triunfo popular que derivó en la renuncia de Otto Pérez Molina en setiembre de 2015. El encadenamiento de procesos históricos en la Guatemala del último medio siglo resuena en el ciclo de producciones de Yates con la relación de retroalimentación de cada película y la siguiente.

Pruebas descartadas

¿Qué operaciones se realizan en Granito para convertir la evidencia visual en prueba judicial, el material fílmico en evidencia histórica? Lo que la película muestra al recuperar los esfuerzos por llevar adelante un juicio de genocidio es no solo la enorme dificultad de coordinar un foro penal que actúe con jurisdicción universal (como se atribuyen las cortes españolas en caso de crímenes de lesa humanidad), sino también la resignificación del rol del documentalista. When the Mountains Tremble es un documental posterior a la renovación de los sesentas y setentas, y surge en un clima intelectual en que no se debate ya que la realidad sea construida en el acto de representación. Jean-François Lyotard, Fredric Jameson, Linda Hutcheon y Jean Baudrillard están preparando o publicando en los años ochenta los textos centrales que conceptualizan el posmodernismo y su particular noción de “lo real”.  Uno años después este imaginario lograría su expresión más contundente en la idea de “simulacro” de Baudrillard y su provocadora afirmación en torno a la “inexistencia” de la Guerra del Golfo –o sea, la proposición de que la articulación, difusión y consumo de la historia en una serie de imágenes termina por imponerse sobre la historia misma y reemplazarla. Así, en When the Mountains Tremble, el ejercicio de recoger distintas versiones de los hechos, de atender a ambos lados de la historia, de visitar el campamento guerrillero pero también el comando del ejército no invita a ser pensado como un ingenuo voluntarismo de objetividad, sino más bien como una hábil estrategia para articular de una manera más convincente un discurso de defensa y acusación. Sin embargo, toda desconfianza en la noción de “objetividad” parece de un modo u otro traicionada en Granito. En esta película, la actitud de Yates, y del sistema judicial español que la alienta, denotan una especie de fe moderna en el valor de “documento” de la imagen documental y parecen rescatar los acercamientos teóricos realistas a la ontología de la imagen fotográfica y su naturaleza indicial.

Cuando la abogada que representa a la Fundación Rigoberta Menchú insta a Yates a encontrar en los materiales descartados de la película del 82 un elemento probatorio del caso de genocidio, Granito se llena de secuencias que ponen en escena la consulta del archivo, la vuelta sobre el material bruto, el acto de volver a mirar su trabajo después de décadas. En el depósito neoyorquino donde almacena su archivo personal, Yates mueve y abre cajas selladas por años, manipula carretes de película, activa máquinas de proyección, y se enfrenta nuevamente con las imágenes de su juventud. El fruto de la trabajosa revisión del material recae en algunos puntos que pueden servir para la construcción del caso judicial: las expediciones con el ejército, algunos momentos de las entrevistas con Ríos Montt. Aún así, el documental se ocupa de aclarar que el material fílmico es insuficiente para montar la acusación de genocidio, que en definitiva se va a apoyar, principalmente, en un documento escrito obtenido de forma clandestina de una fuente no identificada en que se registra una operación del ejército con la especificidad técnica que el caso requiere: la emisión de una orden a las tropas de acción para que lleven a cabo una matanza, y la comunicación a los superiores de que la orden ha sido cumplida.

Aunque nos enfocamos principalmente en el tratamiento de los materiales descartados de la película previa, Granito cuenta en realidad la exploración de tres diferentes archivos: la que lleva a cabo Yates sobre su propio archivo fílmico, la que lleva a cabo Kate Doyle, archivista forense especializada en la desclasificación de documentos gubernamentales, y el trabajo de Fredy Peccerelli, antropólogo forense que está al cuidado de la excavación de fosas comunes y la identificación de restos. Aunque la disposición formal del filme pone en especial relevancia la consulta del material cinematográfico y pone a Yates en una función casi protagónica, la noción de documento combina en la reconstrucción del proceso de investigación diversas formas: huesos, papeles, metraje fílmico.[4] Entonces, lo que más nos interesa en el redimensionamiento del material de los ochenta no es su uso en la nueva película, sino el registro del proceso, de las acciones llevadas a cabo por Yates con la esperanza de encontrar en los outtakes una prueba. En palabras de Yates: “quizás haya algo en los outtakes que se me había pasado”. Aquí es cuando el documental encuentra su momento más autorreflexivo y se hace evidente que una de sus aspiraciones es entender la función social, histórica, política del documentalista. Es esta fe en la posibilidad de encontrar la verdad en el metraje descartado la que revela el modo en que Yates concibe su propia profesión. Y es la posibilidad de que, de existir, esa prueba crucial haya sido dejada de lado en el proceso de montaje de la exitosa e influyente película de los ochenta lo que revela la transformación política de los cineastas y de su proyecto. La conversión del material original de una película vieja en “documento”, puesto al mismo nivel que el reporte por escrito de una operación antisubversiva o el testimonio de sobrevivientes excede, por ejemplo, el planteo baziniano sobre el cine como huella indicial dejada por la realidad profílmica, y parece no tener demasiado en cuenta, aunque haya tocado tan de cerca a su propio objeto, el furioso debate en torno a Menchú, que – podríamos decir – hizo tambalear una vez más las nociones ya entonces tambaleantes (estamos hablando de fines del siglo XX, principios del XXI, cuando ya incluso proposiciones posmodernas como la crisis de las metanarrativas, empezaban a sonar demodé) y obligó a una redefinición de lo real, a una vuelta de tuerca final hacia su relativización.

Lo que se hace evidente es que el proceso de edición de la película de los ochenta respondía a una lógica de interés. Yates expresa en su momento que su objetivo no era tanto informar al público estadounidense de la situación en Guatemala y de la responsabilidad del gobierno de Reagan en esos eventos, como generar algún grado de empatía: “queríamos hacer una película que acercara a los estadounidenses a Guatemala, no que los distanciara con un estilo seco, informativo –o sea, aburrido” (citado en Shea, 9). Así, se puede colegir que en el cuarto de edición dejaron de lado porciones que respondían a ese tono que querían evitar: seco, informativo, aburrido, y que ahora, con los años y desde otras perspectivas, son precisamente esas las porciones que pueden contener el resto de verdad que sea útil en la corte.

La verdad en pantalla, la verdad en la corte

La verdad presentada en el contexto de una película documental como When the Mountains Tremble o Granito, en términos de imagen y como discurso histórico, es una verdad que se reconoce a sí misma como una construcción, que no pretende autoridad fuera de sí misma, del uso previsto por la misma realización material de la película. Se presenta en su articulación lingüística y visual, y se propone como debatible, parcial, relativa – aún si cuenta con el auspicio teórico de nociones como la indicialidad, que le otorgan, en la tradición realista, un marco de validación. Lo que resulta confuso en el caso de Pamela Yates es que, si bien ese parece ser el ideario que alimenta la enunciación en el contexto original de When the Mountains Tremble –como sugiere la exhibición del proceso de ensamblaje de la verdad a partir de las versiones y la voluntad de montar la película en función de sus efectos sobre la audiencia– en el momento de Granito, en el acto de hurgar en los materiales descartados, parece tomar cuerpo un ideario realista que confía íntegramente en la capacidad de registro de la fotografía.

La noción misma de que una revisión de los archivos pueda ofrecer un detalle de la historia que haya pasado desapercibido antes, pueda resultar evidencia ineludible de la realidad, se apoya en esa fe que acabamos de describir, en la idea de que en efecto hay una verdad y de que esa verdad es susceptible de ser registrada, representada por la cultura. Esta noción moderna, realista, desentona con el espíritu intelectual del momento en que esos materiales visuales fueron capturados, pero, curiosamente, no con el Zeitgeist político, el ideario utópico que sostenía el impulso revolucionario latinoamericano.

Al inicio del filme afirma Yates: “Este nuevo documental volvió urgente la pregunta que ha acompañado toda mi vida de documentalista: ¿cómo entretejemos, cada uno de nosotros, nuestras propias responsabilidades en la urdimbre de la historia?” Quiero proponer que su regreso a una concepción realista de la verdad está condicionado por el contacto con un sistema de representación que opera sobre el mundo práctico: el de ley escrita, el de la corte. El concepto de verdad y el modo de construcción de la verdad que funciona en el ámbito de la corte parece imponerle a Yates una axiología diferente. Hacia el comienzo de un proceso judicial la verdad es un vacío, un objeto a construir en el marco del intercambio argumentativo entre las voces que interactúan en la corte. Esa construcción se lleva a cabo también a través de versiones –sobre todo de la contraposición de dos versiones–, con las mismas herramientas retóricas, lingüísticas, y a partir de evidencias y pruebas materiales. Esa verdad es porosa, somos testigos de su artificialidad, pero en el universo cerrado de la corte, una vez construida y validada, adopta valor absoluto. Como afirma Nichols al inicio de su ensayo “The Question of Evidence”: “Todos los discursos, incluyendo el cine documental, buscan externalizar evidencia –ubicarla referencialmente fuera del discurso mismo, que luego gesticula hacia esa ubicación, más allá y antes de toda interpretación” (99). Nichols usa esta generalización para pensar en el cine documental, pero la frase describe muy bien el funcionamiento de la “evidencia” en el discurso del proceso judicial. Una vez articulada en él la verdad, todo se juzga desde entonces a partir de esa verdad, que solo puede ser refutada con la construcción de otra versión más convincente, hecha siguiendo las mismas reglas. Así, en términos judiciales, aún con las herramientas teóricas y en el ambiente filosófico de la relatividad, se necesita el amparo de una verdad sobre la que tomar cualquier serie de medidas. Propongo que este es el modelo que ha contaminado la percepción y la voluntad de Yates. En esta recuperación de la verdad como construcción temporariamente estable apoya su propia reconfiguración de la noción de cine, de documental, su propio trabajo, su propia capacidad de tener un efecto en el mundo.

Se impone aclarar que en la coyuntura actual de post verdad y “fake news” es muy difícil rescatar ningún valor de predicción en el gesto de Yates de volver a confiar en la firmeza de la verdad, en la capacidad de registrarla fotográficamente y de recuperarla con una simple consulta del archivo no editado. Pero me parece de todos modos importante destacar esa afirmación y comprensión de que nos manejamos en un mundo con distintos sistemas de valores y diversas constelaciones conceptuales, y que es productivo entrecruzarlos –es decir, que puede ser positivo y redituable contaminar el relativismo de la producción cultural que genera su propia verdad con el sistema de reglas infalibles del sistema legal, que si bien no pretende operar bajo la ilusión de que la realidad es una e inalienable, sí sigue apoyándose en la convención de que la lengua nos brinda todavía una vía para la articulación de una verdad aceptable, que es sólida aunque sea siempre reemplazable por otra. La estrategia de construcción retórica de la verdad en el discurso legal– en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la idea de que Ríos Montt es susceptible de ser acusado de genocidio si puede verificarse que ordenó una matanza y recibió luego noticias de que la matanza había sido efectivamente realizada – puede ser endeble, pero una vez llevada a cabo adquiere en el universo cerrado de la corte un valor absoluto, en tanto no sea refutada por otra versión construida con similares herramientas. Creo que quizás esa sea la lección que Yates está tratando de aprender de su observación de la ley – no la de que la verdad pueda ser construida retóricamente, sino la de que en tanto no haya sido refutada, la versión que supo construir con su película sigue en pie y merece ser respetada como tal.

Bibliografía

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Baudrillard, Jean (2018 [1991]), La Guerre du Golfe n’a pas eu lieu, Galilée, París.

Jonas, Susanne (2018), The battle for Guatemala: Rebels, Death Squads, and US Power, Routledge, London.

Nichols, Bill, (2018), Representing Reality: Issues and Concepts in Documentary, Indiana University Press, Bloomington.

———- (2016), “The question of evidence. The power of rhetoric and the documentary”, en Speaking Truths with Film. Evidence, Ethics, Politics in Documentary, University of California Press, Oakland, 99-110.

Rosenberg, Fernando J. (2016), After Human Rights: Literature, Visual Arts, and Film in Latin America, 1990-2010, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh.

Shea, Maureen E. (2014), “When the Mountains Tremble and I, Rigoberta Menchú: documentary film and testimonial literature in Latin America”, Film Criticism, XVIII (2).

Witham, Nick (2014), “US Feminists and Central America in the ‘Age of Reagan’: The Overlapping Contexts of Activism, Intellectual Culture and Documentary Filmmaking”, Journal of American Studies, 48 (1), 2014, 199-221.

Wilkinson, Daniel (2002), Silence on the Mountain: Stories of Terror, Betrayal, and Forgetting in Guatemala, Houghton Mifflin, Boston.

Notas

[1] Todas sus películas están disponibles en plataformas de streaming especialmente diseñadas con fines educativos, como Kanopy, pero su último filme, 500 years, se encuentra también en el servicio de Amazon Prime, de mucho más amplio alcance.

[2] Sobre el contexto guatemalteco en los años ochenta y después, ver Jonas; Wilkinson.

[3] No se hace una sola mención de la película o su directora, por ejemplo, en los múltiples textos recogidos por Arturo Arias en 2001 para sintetizar las discusiones en torno al caso Menchú.

[4] Es de notar que tanto Doyle como Peccerelli son parte sustancial del relato en otro documental sobre el período en Guatemala, Finding Oscar (2016), que relata la masacre de Dos Erres en 1982 y rastrea a sus sobrevivientes. Sin embargo, no se hace mención al trabajo de Yates y su equipo.

Vigilancia colonial en Puerto Rico: Filiberto o el documental judicial como representación de la ley

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Por Juan Carlos Rodríguez

Resumen

En este ensayo, propongo un marco para investigar Filiberto (Freddie Marrero Alfonso, 2017), un documental jurídico puertorriqueño, a partir de un diálogo con Fernando Rosenberg, quien, en su libro After Human Rights (2016), ha propuesto un modelo para conceptualizar el documental jurídico en América Latina. Este ensayo parte de la siguiente premisa: aunque existen fuertes paralelos entre los documentales judiciales de América Latina y Puerto Rico, la situación colonial puertorriqueña es una condición excepcional que añade otros matices y desplaza el significado del documental puertorriqueño a un terreno de lo político que invierte la relación entre lo político y lo judicial propuesta por Rosenberg al referirse a los documentales judiciales de América Latina. Mediante un análisis de Filiberto como representación de la ley, propongo estudiar este documental como una reelaboración de los dilemas coloniales de la sociedad puertorriqueña. Este documental, en su rol de representación, busca re-politizar los procesos jurídicos investigados para desmentir la aparente neutralidad política de la ley y del orden colonial, sistema que criminaliza la lucha por la independencia para despolitizarla. Discutiré las estrategias retóricas y narrativas que Filiberto pone en marcha para pasar juicio sobre las prácticas de la lucha armada y la vigilancia del FBI en el Puerto Rico de la guerra fría.

Palabras clave: Puerto Rico; documental judicial; vigilancia; sistema colonial; deuda; Filiberto Ojeda Ríos.

Abstract

In this essay, I propose a framework to investigate Filiberto (Freddie Marrero Alfonso, 2017), a judicial documentary from Puerto Rico, in dialogue with Fernando Rosenberg, who, in his book After Human Rights (2016), has elaborated a model to conceptualize the judicial documentary in Latin America. This essay takes as a point of departure the following premise: although there are strong parallels between judicial documentaries from Latin America and Puerto Rico, the Puerto Rican colonial situation constitutes an exceptional condition that adds other layers and moves the Puerto Rican documentary towards a zone of the political that inverts the relation of the political and the judiciary evoked by Rosenberg to refer to judicial documentaries in Latin America. Through an analysis of Filiberto as representation of the law, I suggest that this documentary is a re-elaboration of the Puerto Rican society’s colonial dilemmas. This documentary, in its role as representation, seeks to re-politicize the juridical processes it investigates to challenge the apparent political neutrality of the law and of the colonial order, a system that criminalizes the struggle for independence to depoliticize it. I will discuss the rhetorical and narratives strategies that Filiberto deploys to pass judgement on the practices of the armed struggle and the surveillance of the FBI in Cold War’s Puerto Rico.

Keywords: Puerto Rico; judicial documentary; surveillance; colonial system; debt; Filiberto Ojeda Ríos.

Resumo

Neste ensaio, proponho uma forma de investigar Filiberto (Freddie Marrero Alfonso, 2017), um documentário jurídico porto-riquenho, a partir de um diálogo com Fernando Rosenberg, que, em seu livro After Human Rights (2016), propôs um modelo para a conceitualização do documentário jurídico na América Latina. Este ensaio parte da seguinte premissa: ainda que existam fortes paralelos entre os documentários judiciais da América Latina e de Porto Rico, a situação colonial porto-riquenha é uma condição excepcional que adiciona outras matizes e desloca o significado do documentário porto-riquenho a um terreno do político que inverte a relação entre o político e o judicial proposta por Rosenberg ao referir-se aos documentários judiciais da América Latina. Através de uma análise de Filiberto como representação da lei, proponho estudar este documentário como uma reelaboração dos dilemas coloniais da sociedade porto-riquenha. Este documentário, em sua função de representação, busca re-politizar os processo jurídicos investigados para desmentir a aparente neutralidade política da lei e da ordem colonial, sistema que criminaliza a luta pela independência para a despolitizar. Discutirei as estratégia retóricas e narrativas que Filiberto utiliza para passar juízo sobre as práticas da luta armada e a vigilância do FBI no Porto Rico da guerra fria.

Palavas-chave: Puerto Rico; documentário judicial; vigilância; sistema colonial; dívida; Filiberto Ojeda Ríos.

Datos del autor

Juan Carlos Rodríguez, Ph.D., Profesor asociado de Español y Director de los programas graduados de la Escuela de Lenguas Modernas en The Georgia Institute of Technology. Junto con Vinicius Navarro, Rodríguez editó el libro New Documentaries in Latin America (Palgrave, 2014). Correo electrónico: jrodriguez@modlangs.gatech.edu y juancr3@gmail.com

Fecha de recepción: 15 de marzo de 2019.
Fecha de aprobación: 12 de mayo de 2019.

No son pocos los documentales puertorriqueños contemporáneos que se basan en relatos de ley y orden, crimen y castigo, vigilancia y clandestinaje, dando así cuenta de las realidades jurídicas y carcelarias que influyen en la vida social de Puerto Rico. Filiberto (Freddie Marrero Alfonso, 2017) es un documental judicial puertorriqueño que contribuye a la evolución de los nexos entre el documental latinoamericano y los marcos legales que aparentan regir las realidades sociales de nuestra región. En este ensayo, propongo un marco para investigar Filiberto a partir de un diálogo con Fernando Rosenberg, quien, en su libro After Human Rights (2016), propone un modelo para conceptualizar el documental jurídico en América Latina. Este ensayo parte de la siguiente premisa: aunque existen fuertes paralelos entre los documentales judiciales de Latinoamérica y Puerto Rico, la situación colonial puertorriqueña es una condición excepcional que añade otros matices y desplaza el significado del documental judicial a un terreno retórico que invierte la relación entre lo político y lo judicial propuesta por Rosenberg al referirse a los documentales judiciales latinoamericanos.

Según propone Rosenberg, el documental judicial latinoamericano cumple dos funciones principales: primero, sirve como vehículo para contar historias relacionadas a la violación de derechos humanos en el contexto de procesos de transición democrática, y segundo, genera una aguda crítica de los abusos de poder, las arbitrariedades legales y los esquemas de corrupción que obstaculizan la consumación de la justicia en los sistemas de ley de algunos países latinoamericanos (Rosenberg, 2016: 121-146). Cabe señalar que la primera tendencia del documental jurídico propuesta por Rosenberg, asociada a la defensa de los derechos humanos dentro de los procesos de transición democrática en Argentina, Brasil, Chile y Guatemala, responde a su vez a la transición geopolítica que aconteció con el fin de la Guerra Fría. En Puerto Rico, el fin de la Guerra Fría no vino acompañado con un cambio de régimen, como sucedió en otros países latinoamericanos, o un cambio de estatus político de la colonia a la soberanía. Hasta el día de hoy, Puerto Rico sigue siendo una colonia de los Estados Unidos. Sin embargo, el cambio geopolítico no dejó de tener importantes consecuencias en el panorama político de Puerto Rico. Luego de la Guerra Fría, ha mermado la importancia militar y estratégica de la isla en las redes del poder norteamericano e igualmente su importancia simbólica, en tanto que vitrina de la democracia y del desarrollo capitalista en la periferia (Grosfóguel, 2003: 1-2). Por un lado, este fin coincidió con la denuncia pública de la persecución policiaca contra militantes y simpatizantes proindependentistas a finales de la década de los ochenta (Bosque Pérez y Colón Moreira, 1997). Por otro lado, la fuga en 1990 de Filiberto Ojeda Ríos, y la persecución en su contra llevada a cabo por el FBI en Puerto Rico, que culminó con el asesinato del líder de los Macheteros en el año 2005, representó una continuidad en los esquemas de vigilancia colonial impuestos por las fuerzas norteamericanas contra el movimiento independentista puertorriqueño. El documental Filiberto reconstruye los procesos jurídicos y de vigilancia que marcaron las vidas del líder y de los militantes de Ejército Popular Boricua Los Macheteros.

Si comparamos Filiberto con los documentales jurídicos latinoamericanos estudiados por Rosenberg, se puede afirmar que todos comparten la circunstancia de haber surgido en el marco de la transición geopolítica de la Guerra Fría y pueden interpretarse como un juicio público contra las dinámicas de represión política avaladas por Estados Unidos y ejecutadas en distintos países latinoamericanos al final del siglo veinte, incluyendo a Puerto Rico. Sin embargo, al comparar los documentales jurídicos latinoamericanos con Filiberto, este último difiere de los anteriores pues, en vez de seguir el camino de la defensa de los derechos humanos, cuyo derrotero, bien lo describe Rosenberg, se inclina hacia la judicialización de la política, más bien pone de manifiesto la situación excepcional de Puerto Rico como colonia de Estados Unidos, lo cual constituye, invirtiendo aquí la fórmula de Rosenberg, una politización de los procesos judiciales.

Rosenberg se inspira en el libro The Judicialization of Politics in Latin America, editado por Rachel Sieder, Line Schjolden y Alan Angell, que resalta el importante rol de los tribunales en la política latinoamericana. La judicialización de la justicia consiste en la transformación de los tribunales en plataformas utilizadas por distintos sujetos para reclamar y defender sus derechos. En su introducción, los editores señalan que se ha incrementado la afirmación de derechos en los tribunales latinoamericanos porque estos derechos a veces no pueden ser garantizados por el poder ejecutivo ni el legislativo (Sieder, Schjolden, y Angell, 2005: 2). A la luz de estas ideas, Rosenberg plantea que “la judicialización de la política” está vinculada a “cierta devaluación de la capacidad de la política para producir un cambio efectivo” (2016: 61) y más adelante la define como “un factor de la crisis de la democracia representativa” (2016: 124).

En su ensayo para la misma colección, Guillermo O’Donnell sugiere que la judicialización de la política responde a una tendencia general hacia la judicialización o juridificación de las relaciones sociales, correspondiente a la regulación legal de relaciones sociales que antes eran reguladas informalmente en esferas autónomas y ahora operan al interior de marcos legales establecidos (2005: 293-294). O’Donnell también identifica una tendencia contraria a la judicialización de la política y de las relaciones sociales, la dejudicialización, la cual incluye una lista de escenarios heterogéneos, entre ellos: métodos alternativos de resolución de disputas; países que ceden su jurisdicción a otros países en casos financieros; tolerancia de acciones extrajudiciales o ilegales por parte de la policía y grupos vigilantes; áreas grises dominadas por mafias y narcos, donde la legalidad del estado es tenue (2005: 293-294). Un tercer elemento planteado por Sieder, Schjolden y Angell es la politización de lo judicial, pero su concepción se define de forma limitada pues corresponde a casos en los que el poder ejecutivo intenta influenciar a las cortes (2005: 2).

A contrapelo del proceso de judicialización de la justicia descrito anteriormente, la excepcional situación política de Puerto Rico, una colonia norteamericana en el Caribe, cuyo estatus político ha motivado disputas en foros locales e internacionales, invita a que estudiemos el documental judicial puertorriqueño desde coordenadas distintas que tienen que ver menos con las transiciones democráticas o discursos de derechos humanos orientados a una judicialización de la política. Al proponer un examen de los mecanismos represivos puestos en marcha por las fuerzas federales, Filiberto funciona como una narrativa de la vigilancia colonial que intenta devolver la mirada con el fin de desafiar el poder colonial, es decir, devolverle la mirada a los vigilados para que ellos a su vez posen su mirada sobre sus vigilantes. Filiberto sugiere vínculos estrechos con los documentales político-jurídicos norteamericanos, que relatan la historia de las luchas por los derechos civiles a la luz de la represión política contra militantes estudiantiles y afroamericanos en los Estados Unidos.

Aunque Rosenberg declara que los documentales judiciales latinoamericanos incluidos en su estudio pertenecen a la tendencia de la judicialización de la política, estos documentales, según el mismo autor propone, no se limitan a la afirmación de la ley o a relegitimar el estado de derecho, lo cual opera implícitamente en los procesos de judicialización de la política. Rosenberg plantea que estos documentales proponen “un diálogo polémico con un proceso legal (a veces solo postulado o deseado), con el performance de la justicia que el juicio dramatiza,” pero también “interrogan los entendidos legales y la producción de la verdad jurídica” (2016: 124). Más adelante, el mismo autor afirma:

[E]stos documentales renegocian su autoridad en relación con un proceso judicial cuya misma autoridad, legitimidad, capacidad para y compromiso con la verdad no pueden darse por sentado tampoco. Cuando [estos] documentales problematizan la producción y los resultados de la verdad judicial, también revisan los términos del contrato social del documental para reafirmar su autoridad, paradójicamente dependiente del discurso judicial que los documentales ponen en cuestión. Desde esta perspectiva, amerita que nos preguntemos: ¿qué sostiene la evidencia documental cuando retrocede la ley que “vino primero”, en particular en filmes que están estructurados en diálogo con la ley, las instituciones legales y las nociones de justicia? (Rosenberg, 2016: 124).

A pesar de que Rosenberg se aferra a la noción de judicialización de la política, su concepción del documental judicial sugiere que este surge de una compleja negociación de su autoridad que involucra oscilaciones entre la judicialización de la política, la desjudicialización y la politización de lo jurídico. El autor sugiere estas oscilaciones de los flujos de la política y la justicia, dentro y fuera de la ley, cuando se pregunta por el rol de la evidencia en el documental judicial: “¿Puede el documental judicial quizás presentar evidencia más allá de su sumisión a la lógica legal, para invitar una experiencia de lo real que, mientras avanza una crítica al aparato legal, también apunta a una noción diferente de justicia, a través pero también más allá de la ley, en relación con la cual la imagen pudiera presentarse como el vestigio de esta posibilidad?” (Rosenberg, 2016: 125). A partir de estas coordenadas, quisiera proponer algunas precisiones para demarcar el terreno de la representación e identificar las fuentes de autoridad del documental judicial latinoamericano.

La judicialización de la política se enmarca en representaciones del drama de los sujetos que reclaman sus derechos en los tribunales, allí donde la autoridad de la evidencia visible del documental procede de la autoridad jurídica. La desjudicialización se representa en relatos protagonizados por sujetos sociales que llevan a cabo actividades ilegales y acciones fuera de la ley, la autoridad de estos relatos deriva menos de la evidencia visible que de la negación o la afirmación a cualquier precio del orden establecido. La politización de la justicia se inscribe en relatos en los cuales el cuestionamiento del sistema legal y sus límites implicaría a su vez una repolitización de las redes sociales que habían sido juridificadas o criminalizadas. La autoridad de estos relatos procede de las perspectivas políticas que permiten problematizar “la producción y los resultados de la verdad jurídica” a partir de coordenadas que “evocan un sentido de justicia que trasciende foros institucionalizados y que no se agota en la detección y decodificación de evidencia judicial” (Rosenberg: 125). Llamemos politización de la justicia a una de las orientaciones que condicionan los marcos retóricos y narrativos del documental judicial, dotándolo de una autoridad política cuya fuente no solo es el cuestionamiento de las autoridades jurídicas, sino también el vestigio de una justicia que trasciende los marcos legales existentes.

Mediante un análisis de Filiberto como representación de la ley, propongo estudiar este documental como una reelaboración de los dilemas coloniales de la sociedad puertorriqueña. Este documental, en su rol de representación, busca re-politizar los procesos jurídicos investigados para, con ello, desmentir la aparente neutralidad política de la ley y del orden colonial, sistema que criminaliza la lucha por la independencia para despolitizarla. Discutiré las estrategias retóricas y narrativas que Filiberto pone en marcha para pasar juicio sobre las prácticas de la lucha armada y la vigilancia del FBI en el Puerto Rico de la Guerra Fría.

Filiberto como representación: Archivos y testimonios de la lucha armada y de las batallas legales con el FBI

Filiberto es un documental biográfico que relata la vida de Filiberto Ojeda Ríos, un militante de la lucha armada por la independencia de Puerto Rico. Desde el año 1969 hasta el 2005, Filiberto fue dirigente de varias organizaciones, entre ellas el Movimiento Independentista Revolucionario en Armas (MIRA) y el Ejército Popular Boricua Los Macheteros, este último afiliado al Partido Revolucionario de los Trabajadores hasta 1983. En 1983, Filiberto decide separarse de este partido y concentrar su lucha armada mediante una reorganización del Ejército Popular Boricua Los Macheteros. El documental, dirigido y producido por Freddie Marrero Alfonso, entrelaza la trayectoria política de Filiberto con un relato de vida que inicia con los procesos migratorios del protagonista y su familia entre Puerto Rico y la ciudad Nueva York, así como la trayectoria musical del héroe, quien fue trompetista de las orquestas Happy Heels y La Sonora Ponceña. También explora los años que Filiberto vivió en Cuba entre 1961 y 1969, donde dividía su tiempo entre la trompeta y el corte de caña, tarea que inspiró su identidad política como machetero. Según cuenta Edgardo Ojeda, hijo de Filiberto, éste fue maestro de trompeta de Arturo Sandoval y también tocó trompeta en el circo de Cuba y en el cabaré Tropicana. Para Filiberto, sin embargo, su aporte revolucionario no estaba en Cuba, sino en Puerto Rico.

A su regreso a Puerto Rico en 1969, Filiberto se involucra en la lucha armada y el documental hila la militancia política de Filiberto con las batallas legales que protagonizó el líder independentista con el FBI. Mediante testimonios de Hilton Fernández y Juan Antonio Castillo, el documental narra los inicios del MIRA y el operativo Fefel Varona, que consistió en la toma de la estación de radio Notiuno y la explosión de bombas en distintos hoteles de San Juan. El documental reproduce el audio grabado por el MIRA durante la toma de la estación radial y lo combina con animaciones de las explosiones de los hoteles. Luego de este operativo, Filiberto y otros integrantes del MIRA son identificados. El abogado Luis Abreu Elías cuenta cómo Filiberto se escapó de las autoridades locales después de ser arrestado y citado a corte. Mediante testimonios de testigos directos, Filiberto reconstruye los operativos secretos en los que participó el líder independentista, así como las estrategias que utilizó este forajido para burlar a las autoridades.

Tras la disolución del MIRA, Filiberto participa en la creación del Ejército Popular Boricua Los Macheteros. El documental pasa a narrar los operativos del grupo: Pitirre 1 (1977), en el cual los macheteros atacaron un convoy militar en Sabana Seca; Pitirre II (1979), cuando los macheteros entraron a la Base Muñiz de San Juan y bombardearon varios aviones de las fuerzas militares norteamericanas, en protesta por el apoyo de Estados Unidos a la dictadura en el Salvador; el ataque con bazuca a las oficinas del FBI en San Juan en 1983; y el robo de $7 millones a Wells Fargo en Hartford, Connecticut, en 1983. La lucha armada es narrada por los compañeros de Filiberto: Hilton Fernández Diamante y Juan Segarra Palmer. El relato de los operativos de los macheteros es complementado por imágenes de archivo de reportajes noticiosos, así como por cintas de audio y video de Filiberto, y entrevistas in situ con participantes, grabadas por Marrero desde el lugar de los hechos. El testimonio de Juan Segarra Palmer sobre la operación Pitirre II, narrado desde los manglares que rodean a la Base Muñiz, apela al heroísmo de los participantes, pero también se enmarca en una retórica de la evidencia basada en la reconstrucción de los hechos por parte de un testigo directo del evento.

El operativo de Wells Fargo es narrado desde el asiento trasero de un automóvil por la madre de Víctor Gerena, un empleado de Wells Fargo que se hizo miembro de los Macheteros y llevó a cabo el robo de los 7 millones de dólares. A diferencia del relato de Segarra Palmer, enfocado en una descripción detallada del operativo, el relato de la madre de Gerena se enfoca en el costo emocional que han pagado ella y su familia por haber perdido a su hijo. Luego del robo, Gerena se fue a la fuga, nunca más volvió a comunicarse con su familia y no vio crecer a sus hijas. A la madre de Gerena, sin embargo, no se le escapa el comentario político a la luz del caso criminal contra su hijo pues llama expropiación al operativo contra Wells Fargo: “Porque eso es lo que se le dice cuando se le quita al rico, porque al decir robo se está criminalizando la lucha”. Todavía Gerena, si está vivo, sigue prófugo de las autoridades y su caso sigue abierto, pues continúa en la lista de los más buscados del FBI. Filiberto delega a los entrevistados no solo el cuestionamiento del sistema judicial que criminaliza la lucha independentista sino también la repolitización de estos actos al reinscribirlos en el contexto de la lucha por la justicia social.

Según me comentó Freddie Marrero, la inclusión del testimonio de la madre de Gerena generó un debate ético pues existía la posibilidad de que la misma fuera vista por Gerena, y que la entrevista motivara un sentimiento de culpa por el dolor causado a su familia que impulsara a Gerena a entregarse a las autoridades (Rodríguez y Marrero, 2017: sin página). Otra consideración ética fue la evitar que los entrevistados corrieran el riesgo de auto-incriminarse. Si bien la mayoría de los casos contra los Macheteros ya han sido resueltos en la corte, Marrero tuvo cuidado de dejar fuera del diseño de las entrevistas asuntos relacionados con los operativos de los macheteros que dieran pie a la autoincriminación o a la incriminación de compañeros de lucha.

Al referirse a estos operativos, tanto Hilton Fernández Diamante, en su entrevista, como Filiberto, en cintas de audio y video, aluden a la formación de conciencia y el orgullo que estos actos de violencia provocaron entre distintos sectores puertorriqueños. Por su parte, los abogados de Filiberto – Luis Abreu Elías, Rafael Anglada, Ron Kuby, Laura Backiel y Richard Harvey, – aportan una lectura jurídica politizada dado que ofrecen interpretaciones de la lucha armada puertorriqueña a la luz del derecho internacional, el cual ampara el derecho de los pueblos colonizados a utilizar las armas en su lucha por la independencia. Cabe destacar que el discurso de los abogados no se circunscribe exclusivamente a opiniones legales, también incluye anécdotas sobre la amistad cercana que los unió a Filiberto, las cuales resaltan las dimensiones afectivas de la vida del héroe.

Esa lectura política de los operativos, y las alianzas afectivas generadas durante las batallas legales en torno a estos casos, contrasta con la lectura judicial ofrecida por los ex agentes del FBI, basada en la criminalización de los mismos hechos. El documental entrelaza los relatos de la lucha armada con los de la vigilancia estatal y las consecuencias legales de la misma, pues incluye entrevistas con Jacques Island y Fernando Candelario, dos agentes del FBI que investigaron estos operativos. Desde una calle de la urbanización Levittown en Puerto Rico, Fernando Candelario describe las estrategias utilizadas por el FBI para investigar a los macheteros: la toma de fotografías, la intercepción de llamadas telefónicas y la grabación de cintas de audio y de video. Mediante las cintas de audio grabadas por el FBI e incluidas en el documental, nos enteramos de las divisiones internas que culminarán en la separación de los Macheteros en dos facciones: una dirigida por Filiberto y en la que participó Segarra Palmer, y otra encabezada por los hermanos Norberto y Avelino González Claudio, en la que participó Fernández Diamante. El movimiento se dividió entre aquellos que se concentraban en lo militar, facción de Filiberto, y aquellos que se concentraban en lo político, facción de los González Claudio.

Al relato de la vigilancia y las divisiones internas le sigue la secuela de arrestos y batallas en los tribunales que Filiberto enfrentó a partir del 30 de agosto de 1985, cuando el FBI lo arrestó a él y a otros macheteros por su participación en el robo de Wells Fargo. En este punto, el documental se enfoca en la vida de Filiberto en prisión durante 32 meses y narra las tribulaciones del líder, quien no solo estaba angustiado por las divisiones internas de su organización, sino también por su salud. Rafael Anglada cuenta que, durante su tiempo en prisión, Filiberto fue operado de corazón abierto y en su lecho de enfermo en el hospital fue custodiado por tres agentes de FBI con armas de alto calibre. Este episodio infeliz de la vida de Filiberto en prisión concluye con una victoria legal: Filiberto es dejado en libertad bajo fianza, a la espera de la celebración del juicio por el caso de Wells Fargo. La madre de Gerena, Richard Harvey y Laura Backiel narran la vida de Filiberto en la libre comunidad en Hartford. Así conocemos otras dimensiones del protagonista, como su interés por la cocina y el cuidado hogareño, que brindan una imagen más íntima de militante político. Según Backiel, Filiberto, libre y en plena campaña por la independencia de Puerto Rico, representaba un peligro para el gobierno de Estados Unidos, y por eso regresó a prisión en 1988, cuando fue acusado de atacar a agentes federales durante su arresto el 30 de agosto de 1985.

En la última parte del documental, se discute el caso del arresto de Filiberto, en el que el militante intercambió disparos con los agentes de FBI. En su entrevista, Ron Kuby, abogado del acusado, señala que Filiberto es de los pocos militantes que han sobrevivido un tiroteo con el FBI. El documental propone un relato paralelo de la resistencia al arresto mediante la elaboración de dos testimonios in situ, en la casa donde ocurrió el arresto, que presenta las versiones contrastadas del ex agente del FBI Jacques Island, participante directo de los hechos, y Luis Abreu Elías, abogado del equipo de defensa de Filiberto. Island se limita a narrar el intercambio de disparos con Filiberto, mientras que Abreu Elías objeta el que las fuerzas del FBI se identificaran antes de proceder con el arresto, lo cual justifica el hecho de que Filiberto defendiera su vida ante los hombres armados que invadían su casa. Según explica Abreu Elías, y reitera Filiberto en grabaciones de audio y video, el argumento legal del acusado es que él no había atacado a los agentes del FBI, sino que había ejercido su derecho a la defensa propia.

La secuencia asume un tono de exploración de la escena del crimen que la enmarca dentro de una retórica forense de recolección de evidencia. La distribución del relato del arresto de Filiberto entre participantes que representan distintos bandos aparenta ofrecer una visión balanceada y objetiva de los hechos, pero la balanza narrativa donde se pesan las retóricas en disputa se inclina a favor de Filiberto. Esta secuencia se completa con el testimonio de una de las testigos del arresto, Jacqueline Dosal, quien desmiente la versión de los agentes del FBI, los cuales alegaban haber advertido a Filiberto del proceso de arresto. Aunque Marrero le da la oportunidad a todos los participantes de contar su versión de los hechos, el documental, en un giro reflexivo (Nichols, 1991: 56-75), siembra dudas acerca de las testimonios ofrecidos por los ex agentes del FBI, pues contrapone dichos testimonios con el testimonio de Dosal y los abogados de Filiberto, los cuales ponen en cuestión la versión oficial de los hechos y también los marcos legales e ideologías políticas que guiaban las acciones de los aparatos represivos del estado.

En la secuencia dedicada al caso, Abreu Elías explica que Filiberto decidió utilizar un estilo de defensa mixta, en la cual el acusado asumiría su propia defensa, aconsejado siempre por sus abogados, y estaría a cargo de contra-examinar a los testigos de su caso. Island señala que Filiberto pidió interrogarlo para así convertir el juicio en una plataforma de propaganda a su favor. Por su parte, Dosal aclara que, en su entrevista con Filiberto, el acusado solo le pidió justicia. Toca a Inocencio Ojeda, hermano de Filiberto, narrar la victoria legal de su hermano, quien triunfa en el Tribunal Federal de San Juan, convenciendo al jurado que él había ejercido su derecho a la defensa propia al ver su casa invadida por los federales, invasión que, en el discurso de Filiberto, equivale a la invasión colonial que sufre la isla de Puerto Rico: “Sentí que era un atropello, un abuso, no contra mi persona, sino contra el pueblo de Puerto Rico, contra nuestra lucha, contra nuestro derecho. Y ejercí un derecho, el derecho a defenderme. Yo estaba totalmente seguro de que la intención de ellos era matarme”.

Así como sucedió cuando Filiberto salió de prisión bajo fianza en Hartford, este segundo triunfo legal de Filiberto se transformó, según los entrevistados, en una fiesta de pueblo. Filiberto mismo aparece aclarando que su victoria no es de Filiberto Ojeda, sino del pueblo independentista puertorriqueño: “Le hemos infligido la derrota al gobierno de Estados Unidos más grande que se le ha podido infligir en décadas. Esta es una victoria del pueblo de Puerto Rico por un jurado de Puerto Rico; no por Filiberto Ojeda, por los puertorriqueños”. Los únicos que lamentaron la victoria de Filiberto en los tribunales fueron los ex agentes del FBI, quienes expresaron su frustración por la decisión del jurado en sus entrevistas con Marrero.

El documental continúa con un montaje de fotografías y grabaciones de video en las que Filiberto hace vida pública en Puerto Rico, en la libre comunidad, con su nombre y apellido, por primera vez en casi 20 años, luego de largos periodos de clandestinidad y prisión. Esta última parte del documental se enfoca en explorar el legado político de Filiberto. Ron Kuby considera a Filiberto como el Nelson Mandela de Puerto Rico. Laura Backiel propone a Filiberto como un heredero de Don Pedro Albizu Campos, líder del Partido Nacionalista Puertorriqueño entre las décadas de 1930 y 1960. Abreu Elías explica que “los revolucionarios [como Filiberto] no están clandestinos con relación al pueblo, sino con relación al imperio; y esa es la distinción del clandestino; él nunca estuvo clandestino con relación al pueblo, él siempre estuvo sintonizado con el pueblo”. Fernández Diamante resalta que Filiberto estuvo dispuesto a dejar su familia y su trabajo para luchar en el clandestinaje una lucha armada por la independencia de Puerto Rico. Segarra Palmer distingue a Filiberto como líder indiscutible de los Macheteros, alguien que no se limitó a mandar, sino que “manda y va”, sugiriendo el compromiso de Filiberto con su lucha y sus compañeros, al punto de arriesgarlo todo por serle fiel a su visión política. Por su parte, Island, ex agente del FBI, describe a Filiberto como un agente secreto del gobierno cubano en Puerto Rico.

El documental concluye con la fuga de Filiberto en 1990, lo cual equivale también a la fuga de un símbolo cuyo legado es polisémico y escurridizo. En el documental, se narran dos fugas de Filiberto, la de 1969 y la de 1990. En ambos relatos, Marrero propone una visión poética de estas fugas mediante una reconstrucción de estas al estilo de un road movie: aparece un automóvil recorriendo las carreteras del interior de la isla. Esa fuga al interior del país revela el paisaje donde Filiberto se refugió a lo largo de los años. Es una ambientación en movimiento que muestra la clandestinidad como una travesía de escenarios cambiantes en los que la figura del héroe va fusionándose con los paisajes urbanos y rurales de su isla.

A lo largo del documental, Filiberto es un personaje vivo, de identidad cambiante. Marrero se sirve de los testimonios de quienes lo conocieron, y de las grabaciones de audio y video del propio Filiberto, para revelar así una identidad compleja que da cuenta de su talento musical, su proceso de concientización política, su tiempo en el clandestinaje, sus operativos contra la presencia norteamericana en Puerto Rico, su tiempo en prisión, sus victorias judiciales y sus fugas. La narración de la militancia y las batallas legales de Filiberto resaltan la capacidad del documental judicial para inscribir la relación de lo político y lo jurídico a partir de las oscilaciones entre los procesos de judicialización de la política, politización de lo judicial y dejudicialización.

También Marrero aprovecha el archivo sonoro, fotográfico y de video para aludir a una identidad maleable que ha dejado huellas en distintos medios y registros. A lo largo del documental, la voz de Filiberto se presenta como un sonido grabado en una cinta magnetofónica, por lo que desde el comienzo Marrero sugiere que la identidad del héroe se reconstruye a partir de las tecnologías de reproducción de imágenes. Filiberto aparece ante todo como una colección de imágenes sonoras y visuales provenientes de distintos archivos, tanto los archivos de las organizaciones militantes como los archivos del FBI. Según plantea el documental: “Del 1983 al 1985 el FBI vigiló y grabó a los macheteros. Logró producir más de: 1,100 cintas de audio 5,400 fotografías”. Filiberto entonces podría leerse como un documental biográfico que explora la polifacética identidad del héroe mediante una remezcla de archivos que hila imágenes de la propaganda militante, de la vigilancia estatal, de los casos jurídicos y de los medios de comunicación. La heterogeneidad de estos archivos también revela el estatuto ambiguo de la evidencia en el documental judicial, la cual oscila según los vaivenes de la judicialización de la política, la politización de lo judicial y la dejudicialización.

La identidad escurridiza de Filiberto se sugiere en varias escenas. Quique Lucca recuerda que Filiberto solía identificarse como Felipe Ortega y que conoció el nombre real de su trompetista cuando el FBI visitó su casa y allí le revelaron la identidad de Filiberto en un interrogatorio. En otra escena, Segarra Palmer explica que el FBI descubrió a Filiberto pues, en un auto abandonado por los Macheteros, se encontró una multa de tráfico vinculada a una de las identidades que asumía el militante clandestino. Marrero aprovecha el documento para crear un fotomontaje animado que revela la multiplicidad de identidades, los muchos rostros que utilizó Filiberto para ocultarse, para borrar sus huellas, y así burlar la vigilancia de las fuerzas del estado. Como sugiere Marrero en una entrevista con Rigel Lugo, la película no llega a resolver del todo la pregunta acerca de quién es Filiberto: “Pero yo no te puedo decir que el documental resuelve todo y tú sabes finalmente quién es Filiberto, porque es una persona compleja, viviendo en el clandestinaje, teniendo protocolos de compartimentalizar la información” (Lugo y Marrero, 2017). Marrero logra reconstruir la identidad maleable de Filiberto, quien quiso siempre borrar sus huellas, mediante una remezcla de archivos que ofrecen informaciones fragmentarias y contradictorias del héroe.

Filiberto, según explica Marrero, es el resultado de un complejo proceso investigativo mediante el cual se busca recrear la biografía de un personaje que siempre apostó a borrar las huellas de su propia vida. En entrevista con Mario Alegre, Freddie Marrero señala lo siguiente:

Filiberto fue una persona que vivió 72 años. Él estuvo treinta años o más… clandestino. Por lo tanto, él tenía diferentes identidades, diferentes nombres con diferentes direcciones, diferentes personalidades con las que él se presentaba socialmente. Pues obviamente, hacer un personaje, una historia con una persona como figura central, que tiene esa identidad múltiple, era difícil, porque él buscaba tapar sus huellas. Entonces, yo estaba tratando, al contrario, de crear un hilo conductor sobre una vida que trató de borrar su identidad, en periodos importantes de su vida. El hecho de que él fuera un personaje clandestino brindaba una dificultad… (Alegre y Marrero, 2019; transcripción de la entrevista de video realizada por el autor).

La estructura narrativa del documental trastoca el curso cronológico de la biografía de su protagonista, pues inicia el día en que Filiberto es asesinado, el 23 de diciembre de 2005, y culmina con la fuga de Filiberto, ocurrida el 23 de septiembre de 1990. El 23 de septiembre es una fecha histórica importante en Puerto Rico, pues ese día se conmemora el Grito de Lares de 1968, que inaugura la lucha por la independencia de Puerto Rico en tiempos de la colonización española. El documental inicia con la grabación de audio del mensaje de Filiberto enviado a Lares el 23 de septiembre de 2005, el mismo día en que fue asesinado extrajudicialmente por un comando del FBI norteamericano. En su mensaje, Filiberto resume la historia colonial de Puerto Rico. Su mensaje se ve interrumpido por el sonido de disparos, después de lo cual continúa una breve secuencia que narra las circunstancias de su muerte y en la que se combinan tomas de la casa de Filiberto y de la puerta de su vivienda ensangrentada con imágenes de archivo de secuencias noticiosas que narran la muerte de Filiberto desde un contrapunteo de relatos: el relato de su esposa, Elma Beatriz Rosado Barbosa, y el relato de Luis Fraticelli, el agente especial del FBI a cargo del operativo.

No es hasta más tarde, cuando por fin podemos comparar la muerte de Filiberto con el arresto llevado a cabo por el FBI en 1985, que el documental abre la posibilidad de que dudemos del relato oficial de la muerte propuesto por el FBI, y que nos preguntemos si en ambas ocasiones, cuando Filiberto es arrestado en 1985 y asesinado en 2005, la intención real del FBI, tal como afirma Filiberto mismo, no era otra que la de asesinar al líder de los macheteros. Como se reportó en los medios de comunicación del país, Filiberto murió desangrado al no recibir atención médica luego del intercambio de disparos con el FBI.

En la secuencia de su muerte, aparece Hugo Chávez denunciando que Filiberto fue masacrado por comandos de FBI, y se muestran imágenes del entierro de Filiberto en el que participan estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, entre ellos, algunos líderes de la huelga universitaria del 2005. Si el asesinato de Filiberto representa un acto de dejudicialización, el entierro de Filiberto representa un acto de politización del asesinato del líder Machetero. La figura de Chávez no solo acentúa la importancia histórica del personaje, además anticipa una estrategia del documental: la presentación de Filiberto a partir de una red de aliados internacionales que incluye a los abogados Linda Backiel, Ron Kuby, Richard Harvey, así como a Joe Doherty, militante del Ejército Republicano Irlandés, quien conoció a Filiberto y a otros macheteros en prisión y se encargó de cuidarlos. La referencia al entierro de Filiberto en el contexto de las luchas estudiantiles ubica al personaje en un presente marcado por la crisis política y económica del modelo colonial, la cual, como veremos al final del documental, se ha profundizado con la bancarrota del Gobierno de Puerto Rico en el 2017, provocada por una deuda pública impagable.

Según Freddie Marrero, la idea de iniciar el documental de Filiberto con la muerte del protagonista respondió a su interés como director de compartir con la audiencia su proceso investigativo: “El arco narrativo trató de imitar un poco el proceso de descubrimiento mío de la figura de Filiberto, que se inició con su muerte. Es también la estructura de Ciudadano Kane. Se muere Kane, se presenta el artilugio de Rosebud, y empiezan a investigar quién fue este hombre” (Rodríguez y Marrero, 2017: sin página). La influencia del Ciudadano Kane en Filiberto pone de relieve el interés del director por aferrarse a una estructura narrativa que le permitiera explorar la vida de Filiberto y someter al héroe al escrutinio público a la luz de quienes le conocieron, le apoyaron y le vigilaron. Marrero aclara que la película acaba con la fuga de Filiberto en los 90 “no por razones legales, sino por razones narrativas”, pues la vida clandestina de Filiberto entre 1990 y 2005, “añadía mucho metraje y duración, y esa es otra película” (Rodríguez y Marrero, 2017).

El director señala que la fuga de Filiberto al final de la película, así como la inclusión de la entrevista televisiva que la periodista Daisy Sánchez realizara a Filiberto desde el clandestinaje en 1990, son un buen cierre para el documental, pues nos dejan con la imagen de un Filiberto vivo y contemporáneo, cuyas palabras le hablan al Puerto Rico de hoy, país abatido por la crisis de su sistema colonial. La crisis colonial a la que se refería Filiberto ahora se ha visto acentuada por la crisis de la deuda pública del gobierno colonial de Puerto Rico, la cual llevó al gobierno de Estados Unidos a imponer sobre el gobierno puertorriqueño una Junta de Control Fiscal con la misión de implantar un plan de austeridad que garantice el pago de la deuda. Según nos cuenta Marrero:

Me parece que la estructura que se seleccionó ayudaba a no presentar a un Filiberto muerto, sino un Filiberto vivo… [L]os temas del colonialismo que abordó Filiberto no están resueltos, por el contrario, ahora mismo están más candentes, más expuestos. El colonialismo está ahora más al desnudo que incluso en los 80. Era importante ese vínculo con Filiberto y la Junta de Control Fiscal y este nuevo colonialismo en esteroides que estamos viviendo. Era una forma que le daba cierta vitalidad a la experiencia de ver la película, de que, cuando la gente saliera de ver la película, independientemente de que estén de acuerdo o no con Filiberto, o se distancien de su método de lucha militar, hicieran una conexión de que no estamos viendo una historia de lo que pasó el siglo pasado. Esta no es una historia del siglo pasado, sino una historia de algo que todavía tenemos de frente. (Rodríguez y Marrero, 2017).

La conclusión del documental sugiere que Filiberto es una figura histórica que se fuga hasta nuestro presente con el propósito de alertarnos sobre los peligros del colonialismo norteamericano, que ya no se limita a atraparnos en las garras del consumo capitalista, sino también en las garras de los acreedores. Según se insinúa al final del documental, la fuga de Filiberto constituye un legado para las nuevas generaciones que luchan contra los planes de austeridad impuestos por la Junta de Control Fiscal y que aparecen en este cierre narrativo como herederas o continuadoras de la lucha por la independencia del país. La voz de Filiberto al final del documental se inscribe pues como un comentario sobre el Puerto Rico contemporáneo, que ahora es una colonia endeudada, bajo una Junta de Control Fiscal que fue creada por una ley cuyo nombre sabe a fraude, Ley PROMESA. En otra entrevista, realizada por Mario Alegre, Marrero comenta:

El documental, si te fijas, pone a Filiberto dentro del contexto actual. Y aunque eso es una reflexión histórica, queda muy claro para las personas que van a ver el documental de que es una reflexión hecha desde el presente, con la ley PROMESA, con el caso Sánchez Valle, donde ya el colonialismo ha sido desnudado (Alegre y Marrero, 2019).

En su cierre, Filiberto incluye imágenes de la Jornada “Se acabaron las Promesas” y de las protestas del primero de mayo de 2017 en la Milla de Oro, donde varios manifestantes destruyeron algunas vitrinas en la zona bancaria del país. El documental nos deja con una pregunta ya lanzada por Filiberto en su entrevista con Daisy Sánchez realizada desde el clandestinaje en 1991: ¿Qué ha cambiado? Al final, el documental establece un paralelismo entre el diagnóstico de la situación colonial ofrecido por Filiberto y la situación actual de la isla a doce años de la muerte del héroe. Mientras escuchamos la voz de Filiberto advertirnos de que lo que sucede en la isla responde a una estrategia yankee, el documental incluye imágenes de los arrestos realizados por la policía en las protestas del primero de mayo de 2017. Ante la imagen de una bandera norteamericana quemada por los manifestantes, Filiberto se pregunta por la permanencia del colonialismo yankee en Puerto Rico. Los títulos que aparecen al final del documental apoyan la versión de la continuidad del colonialismo denunciada por Filiberto y sugerida en el documental. Filiberto fue sentenciado en ausencia a 55 años de prisión por el robo de Wells Fargo. Luego de 15 años en el clandestinaje, murió desangrado después de un intercambio de disparos con el FBI. El asesinato de Filiberto quedó impune, como otras ejecuciones extrajudiciales realizadas por el gobierno norteamericano, pues, según se dice al final del documental: “El FBI negó acceso a la evidencia y el Tribual Supremo de Estados Unidos detuvo a la Fiscalía local, obstruyendo la investigación sobre su asesinato”. Por otra parte: “Víctor Gerena lleva 30 años en la lista del FBI de los más buscados”.

El colonialismo no solo sigue vigente en las artimañas jurídicas de la metrópoli, ejemplificadas por la impunidad del FBI y la criminalización de la lucha independentista, sino también en el marco legal creado por el poder colonialista para administrar la crisis de la deuda de Puerto Rico. Filiberto cierra con este título: “En el 2016, el Congreso de Estados Unidos entregó el control económico y político de Puerto Rico a una Junta de Control Fiscal. Ninguno de sus miembros fue electo por el pueblo”. Es por ello que Marrero reitera que Filiberto nos invita a repensar el país en una coyuntura histórica en la cual el colonialismo ha quedado al desnudo. Aunque Filiberto es un personaje histórico, su inscripción en el documental no responde a los dogmas de la objetividad, sino a la posibilidad de re-politizar el presente con el fin de enfrentar las nuevas medidas legales represivas representadas por la deuda colonial.

Como la ley colonial impuesta por Estados Unidos es una injusticia que erosiona los fundamentos de la democracia, Filiberto apela a otro sentido de la justicia que, si bien aparenta un argumento legalista amparado en un discurso de los derechos, el mismo no encuentra correspondencia en los tribunales del poder colonial. Esa apelación a otro sentido de la justicia trasciende los marcos legales del poder jurídico y equivale a una politización de lo judicial, pues el sistema legal se revela como un mecanismo del poder que no tiene que ver con la ejecución de lo justo, sino con la autoconservación del poder político. Como sugiere Filiberto, la politización de la justicia conlleva el reclamo de otra justicia, una justicia liberada de la ley, una justicia que, al igual que el héroe, se ha dado a la fuga. Eso explica que el documental presente la fuga del héroe como la encarnación de otra justicia. Ya prófugo de la ley, desde la clandestinidad, en su entrevista con Daisy Sánchez, Filiberto plantea otra interpretación del derecho, otra visión de la justicia: “Entonces cuando los pueblos luchamos para reclamar nuestros derechos, cuando los pueblos decimos basta, tenemos que reafirmarnos como seres humanos, tenemos que conquistar nuestros derechos, tenemos que imponer nuestro derecho, ah entonces la violencia”. Filiberto ofrece una respuesta a la pregunta planteada por Rosenberg en torno a la posibilidad de que el documental judicial pueda presentar evidencias más allá de la sumisión a una lógica legal y que estas revelen una noción diferente de justicia. La imagen grabada de Filiberto, que reclama otro derecho, que aspira a otra justicia, no se inscribe dentro de los marcos de la evidencia legal, sino que aparece como el vestigio de otra justicia posible. Ese vestigio del prófugo, esa evidencia en fuga, se ha escapado de los marcos convencionales de la evidencia visible en busca de otras posibilidades para el documental jurídico.

Las palabras de Filiberto acompañan las imágenes de los disturbios y la destrucción de las vitrinas bancarias de la Milla de Oro por parte de los manifestantes. Contra la criminalización de la lucha del primero de mayo de 2017, sugerida por imágenes del choque de la policía y los manifestantes, y por imágenes de los arrestos, el documental apela a la voz de Filiberto para presentar una visión alternativa de la violencia como un derecho de los pueblos colonizados: “Lo siento. Eso es totalmente inaceptable. Yo, como puertorriqueño, reclamo ese derecho, y prefiero morir en ese reclamo que vivir de rodillas”. El documental es consecuente en cuestionar la equivalencia entre violencia y terrorismo. Para el ex agente Island, la violencia revolucionaria de los Macheteros equivale a actos terroristas auspiciados por Cuba; en cambio, para Filiberto, ninguno de los actos de los Macheteros tiene que ver con terrorismo: “aquí el terrorismo lo ha desarrollado el gobierno de los Estados Unidos”.

Tal vez sin proponérselo, Filiberto replantea, desde un contexto colonial, del debate propuesto Benjamin en su ensayo “Para una crítica de la violencia”, en el que se exponen los estrechos vínculos de la violencia, el derecho y la justicia. Si las fuerzas del FBI representan la función de la violencia como el uso de la fuerza para conservar el estado de derecho, Filiberto por su parte representa la función de la violencia como el uso de la fuerza para fundar otro derecho, para apelar a otra justicia que amenaza al estado colonial: “En el gran delincuente esta violencia se le aparece como la amenaza de fundar un nuevo derecho, frente a la cual (y aunque sea impotente) el pueblo se estremece aún hoy, en los casos de importancia, como en los tiempos míticos. Pero el estado teme a esta violencia en su carácter de creadora de derecho…” (Benjamin: 6). Al apelar a otra justicia, al invitar al público a meditar sobre la fundación de otro derecho más allá del orden colonial, Filiberto se afirma como representación a partir de una politización de la justicia que reorienta las coordenadas narrativas y retóricas del documental judicial latinoamericano.

Bibliografía

Alegre, Mario y Marrero Alfonso, Freddie (2019), «Filiberto–Entrevista al director Freddie Marrero», Video de Youtube disponible en https://www.youtube.com/watch?v=TtG3wDzO1Ec

Benjamin, Walter (sin año/escrito en 1921), “Para una Crítica de la violencia,” disponible electrónicamente en https://www.ddooss.org/articulos/textos/walter_benjamin.pdf

Grosfóguel, Ramón (2003), Colonial Subjects: Puerto Ricans in a Global Perspective. University of California Press, Berkeley.

Lugo, Rigel y Marrero Alfonso, Freddie (2017), “Tomó doce años documentar la vida de Filiberto Ojeda Ríos”, Entrevista publicada en el semanario electrónico 80 grados, disponible en https://www.80grados.net/tomo-doce-anos-documentar-la-vida-de-filiberto-ojeda-rios/

Nichols, Bill (1991), Representing Reality, Indiana University Press, Bloomington.

O’Donnell, Guillermo (2005), “Afterword”, en Rachel Sider, Line Schjolne, y Alan Angell, The Judicialization of Politics in Latin America, Palgrave, New York.

Rodríguez, Juan Carlos y Marrero Alfonso, Freddie (2017), “Conversación sobre Filiberto, el documental”, transcripción no publicada de la conversación.

Rosenberg, Fernando (2016), After Human Rights. Literature, Visual Arts, and Film in Latin America, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh.

Sieder, Rachel, Line Schjolne, y Alan Angell (2005), “Introduction”, en Rachel Sider, Line Schjolne, y Alan Angell, The Judicialization of Politics in Latin America, Palgrave, New York.

Índice 11

Artículos

Dossier: Reflexiones teóricas sobre cine documental. Editor: Javier Campo

Cine documental: tratamiento creativo (y político) de la realidad
por Javier Campo Págs.: 1-28

Una comparación de las teorías del cine documental de Bill Nichols y Carl Plantinga: fundamentos, definiciones y categorizaciones.
por María Del Rincón Yohn Págs.: 29-51

Las fronteras de la percepción en la imagen cinematográfica – Un análisis sobre la construcción de lo real en el cine documental.
por Rafael Valles Págs.: 52-74

 

Notas

Jorge Prelorán:
nativo/extranjero, cineasta/investigador,
conservador/revolucionario, desconocido/vastamente conocido

[Exploraciones en el archivo de un cineasta y sus contradicciones].
por Christopher Moore Págs.: 75-107

 

Traducciones

El mundo visto. Reflexiones sobre la ontología del film
por Stanley Cavell.
Traducción de Soledad Pardo Págs.: 108-119

 

Críticas

La Paz en Buenos Aires.
(Marcelo Charras, 2013)
Por Magalí Mariano Págs.: 120-123

Ramón Ayala.
(Marcos López, 2013)
Por María Luz Roa Págs.: 124-126

Tropicália.
(Marcelo Machado, 2012)
Por María Gabriela Ragonese Págs.: 127-134

 

Reseñas

Cine y revolución en América Latina. Una perspectiva comparada de las cinematografías de la región.
Ana Laura Lusnich, Pablo Piedras y Silvana Flores (editores). Buenos Aires, Imago Mundi. 2014.
por Dana Zylberman Págs.: 135-142

Eduardo Coutinho. Cine de conversación y antropología salvaje.
Grupo Revbelando Imágenes (compilador). Buenos Aires, Nulu Bonsai, 2013.
por Máximo Eseverri Págs.: 143-149

El cine documental en primera persona.
Pablo Piedras. Buenos Aires, Paidós, 2014.
por Marcelo Cerdá Págs.: 150-157

Estados Generales del Tercer Cine. Los documentos de Montreal. 1974
Cuadernos de la Red de Historia de los Medios N° 03, Año 3 – Verano 2013-2014. Buenos Aires, Prometeo, 2014.
por Nicolás Ezequiel Mazzeo Págs.: 158-167

Reseñas

—-/ Reseñas

Retórica y representación en el cine de no ficción
Carl R. Plantinga, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, 2014.

Por Anabella Castro Avelleyra. Págs.: 215-222

Cuadernos de los sesenta. Escritos 1958-2010
Jonas Mekas. Buenos Aires. Caja Negra. 2017.

Por Florencia Incarbone. Págs.: 223-226

El documental y sus falsas apariencias
François Niney, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015. 

Por Natacha Scherbovsky. Págs.: 227-233

Introducción al documental
Bill Nichols, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2013.

Por Lior Zylberman. Págs.: 234-241

Artículos

—-/ Artículos

La música en el documental institucional chileno: posibilidades de escucha y resignificación de un género
Por Martín Farías. Págs.: 1-26

ORG: ni alienígena ni meteorito. Continuidad y ruptura en la película maldita de Fernando Birri
Por Pablo Klappenbach. Págs.: 27-68

Dos generaciones en busca del sentido: lecturas del documental Nietos (identidad y memoria) 
Por Fabricio Laino Sanchis.  Págs.: 69-93

Cine amateur: delimitaciones conceptuales y técnicas de su primer ciclo
Por Diego Olivares Jansana, Carlos del Valle Rojas y Breno Onetto Muñoz.  Págs.: 94-115

Memorias de la revolución: Historia, cine y lo contemporáneo
Por Parichay Patra. Págs.: 116-127

De la representatividad indigenista a la performatividad documental: una aproximación al documental peruano
Por Alonso Quinteros Meléndez. Págs.: 128-155

Índice 19

—-/ Artículos

La música en el documental institucional chileno: posibilidades de escucha y resignificación de un género
Por Martín Farías. Págs.: 1-26

ORG: ni alienígena ni meteorito. Continuidad y ruptura en la película maldita de Fernando Birri
Por Pablo Klappenbach. Págs.: 27-68

Dos generaciones en busca del sentido: lecturas del documental Nietos (identidad y memoria) 
Por Fabricio Laino Sanchis.  Págs.: 69-93

Cine amateur: delimitaciones conceptuales y técnicas de su primer ciclo
Por Diego Olivares Jansana, Carlos del Valle Rojas y Breno Onetto Muñoz.  Págs.: 94-115

Memorias de la revolución: Historia, cine y lo contemporáneo
Por Parichay Patra. Págs.: 116-127

De la representatividad indigenista a la performatividad documental: una aproximación al documental peruano
Por Alonso Quinteros Meléndez. Págs.: 128-155

—-/ Notas

Realidad/ficción, o de los documentales como versiones del artificio: entrevista con Manuel Abramovich
Por Débora Galia Kantor y Julia Kratje.  Págs.: 156-165

—-/ Traducciones

Ver, escuchar, sentir: el sonido y el despotismo del ojo en la antropología “visual”
Por Paul Henley.  Traducción de Soledad Pardo. Págs.: 166-190

—-/ Críticas

Ata tu arado a una estrella (Carmen Guarini, 2017)
Por Marco Franzoso. Págs.: 191-194

A Snake Gives Birth to a Snake (Michael Lessac, 2014)
Por Omer Freixa. Págs.: 195-201

Camocim (Quentin Delaroche, 2017)
Por Paula Halperin. Págs.: 202-205

La película infinita (Leandro Listorti, 2018)
Por Patricio Sánz. Págs.: 206-210

Teatro de guerra (2018, Lola Arias)
Por Marcela Visconti. Págs.: 211-214

—-/ Reseñas

Retórica y representación en el cine de no ficción
Carl R. Plantinga, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, 2014.

Por Anabella Castro Avelleyra. Págs.: 215-222

Cuadernos de los sesenta. Escritos 1958-2010
Jonas Mekas. Buenos Aires. Caja Negra. 2017.

Por Florencia Incarbone. Págs.: 223-226

El documental y sus falsas apariencias
François Niney, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015. 

Por Natacha Scherbovsky. Págs.: 227-233

Introducción al documental
Bill Nichols, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2013.

Por Lior Zylberman. Págs.: 234-241

Ver, escuchar, sentir: el sonido y el despotismo del ojo en la antropología “visual”[1]

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Paul Henley

Traducción de Soledad Pardo

El oído se dirige más hacia adentro, el ojo hacia afuera.
Robert Bresson[2]

El poeta Tom Paulin ha observado que el sonido está íntimamente asociado con el sentido de “vivir en el mundo, con nuestro ser” propio de los seres humanos. Como ejemplo cita el modo en el que su sentido del pueblo donde se crió está modulado por el recuerdo del sonido musical del viento, que soplaba a través de unas rejas junto a las que pasaba cuando era niño. Tomando una frase utilizada por los poetas románticos de principios del siglo XIX, nos insta a resistir “el despotismo del ojo” y permanecer abiertos a la resonancia empírica particular que el sonido puede tener para nosotros.[3] De modo similar, en este capítulo quiero sostener que aquellos que hacemos cine etnográfico bajo el paraguas de la antropología “visual” deberíamos prestar mucha más atención al sonido, y en particular al sonido no verbal, como un medio para comunicar tanto la experiencia como el sentido . Esto nos permitiría liberarnos del “despotismo del ojo” que está implícito incluso en el nombre que le damos a nuestra sub-disciplina.

Sonido y experiencia

Los documentalistas que aprendieron el oficio antes del surgimiento del video recordarán la emoción de sincronizar la primera tanda de material crudo. Después de la ansiedad de esperar a descubrir si había algo bueno en el material que venía del laboratorio, seguida del tedio de trasladar las cintas de bobina abierta (reel-to-reel tapes) a cinta magnética de 16 mm y numerarlas, el momento en el cual finalmente se embobinaba el corte de sonido y de imagen a través de su sincronización era realmente fascinante. Porque entonces, como Lázaro, las escenas que habías filmado volvían a la vida milagrosa y extrañamente, delante de tus ojos. Las imágenes que por sí solas habían sido pobres y superficiales -incluso si habían salido mucho mejor de lo que te habías atrevido a esperar- de algún modo se habían convertido en consistentes, maduras, con cuerpo. Esta emoción derivaba de algo más que simplemente un reconocimiento intelectual del efecto de realidad incrementado por el hecho de unir la imagen y el sonido. Era una reacción más sentimental que intelectual, una reacción de placer e incluso alegría.

Todo esto puede parecer bastante místico para el documentalista experto en discursos de sobriedad, pero es una reacción con la que muchos realizadores de ficción probablemente se identificarían. Porque muchos estarían de acuerdo con el punto de vista de Robert Bresson, expresado en el epígrafe citado arriba, de que el sonido puede tener un impacto que es de algún modo más visceral que la visión. “El momento más fascinante”, afirmó Akira Kurosawa una vez, “es cuando agrego el sonido… en ese momento tiemblo”.[4] En un texto muy citado, Helen van Dongen, la montajista del clásico Louisiana Story (1948), de Robert Flaherty, describió las intenciones ocultas en el corte de la famosa escena nocturna en la que el muchacho es testigo del operativo en la torre petrolera  y queda claro que el mundo arcádico de los bayou está siendo confrontado por una nueva y poderosa amenaza. Las palabras en itálica son más suyas que mías:

A rite of passage (John Marshall, 1972)A cierto nivel, la imagen y el sonido tienen una composición autónoma, pero cuando se combinan forman una nueva entidad. Por ende, la banda de sonido se convierte no solo en un complemento armonioso de la imagen sino en una parte integral e inseparable de la misma. La imagen y el sonido están tan fuertemente unidos que cada uno funciona a través del otro. No hay separación entre el veo en la imagen y el escucho en la banda de sonido. En su lugar está el siento, experimento, a través de la totalidad de la imagen y el sonido combinados.[5]

Más recientemente Francis Ford Coppola afirmó que “El sonido es la mitad de la película… por lo menos”.[6] David Lynch va más lejos aún, asegurando lo siguiente:

En algunas escenas es casi el 100%. Es lo que puede sumar emoción a la película. Es lo que puede agregar el clima y crear un mundo más grande. Establece el tono y mueve las cosas. El sonido es un gran “llamado” hacia un mundo diferente. Tiene que funcionar con la imagen – sin él perdiste la mitad de la película.[7]

Estos comentarios de realizadores apuntan a la misma conclusión general, a saber, que el sonido juega un rol particularmente importante en la comunicación de una clase de experiencia del mundo representado en el film, indirecta y cargada de sentimientos, que va más allá de la primitiva operación cognitiva que está involucrada en su percepción visual.

En un largometraje una buena parte de la banda de sonido habitualmente es música, que ha sido específicamente compuesta y situada en el punto correcto del relato para comunicar significados particulares y/o para inducir un rango particular de sentimientos en el espectador.  Pero en el análisis final la música no es ni más ni menos que una serie de sonidos organizados  de un modo particularmente sistemático para atraer los sentidos del oyente. En los últimos años los realizadores se han vuelto más conscientes de los modos en los cuales los sonidos que no son ni musicales ni verbales también pueden organizarse sistemáticamente para realzar la atmósfera connotativa y empírica de una película. Por esta razón actualmente la producción de largometrajes de ficción incluye un “diseñador de sonido” altamente calificado, cuya tarea es combinar diversas fuentes de sonido en un todo coherente, continuo y cuidadosamente balanceado.

Pero a excepción de uno o dos casos, ni los documentalistas en general ni los realizadores de cine etnográfico en particular han prestado mucha atención al uso del sonido, ya sea a nivel de la práctica, el método o la teoría.[8] Si hay una discusión sobre el sonido entre los realizadores de cine etnográfico, la misma tiende a centrarse en los sonidos verbales o musicales, que suelen estar mal vistos: las palabras, tanto si son pronunciadas por los personajes como por un narrador, por lo general se reciben con desconfianza por ser de alguna manera inapropiadas para un medio que se supone que es básicamente “visual”, mientras que la música, a menos que sea diegética (por ejemplo, ejecutada de modo sincrónico por los personajes) suele considerarse completamente inaceptable; en el mejor de los casos una suerte de droga que adormece los sentidos -“el opio del cine”, como una vez lo describió Jean Rouch- y en el peor,  una forma de imperialismo cultural.[9]

No obstante, no es mi intención focalizar en la música o el discurso en este capítulo. Basta con decir que por una variedad de razones, al tiempo que confieso que comparto la aversión general a la música extradiegética, rechazo fuertemente las tediosas perogrulladas anti-verbales que uno encuentra tan frecuentemente en la bibliografía sobre cine etnográfico. Sin lugar a dudas, es cierto que utilizar el cine apenas como un medio para repetir información -como tienden a hacer los académicos, por su formación basada en textos- representa un uso del medio poco imaginativo y altamente ineficiente. Pero el cine también tiene un enorme potencial como medio para la etnografía de todas las formas del habla, en particular al representar el contexto performativo inmediato en el que tienen lugar los actos discursivos. El cine puede mostrar -con una amplitud y una cualidad empírica que va más allá de cualquier cosa que pueda conseguirse a través de una transcripción textual o por una grabación de sonido sola- cómo el significado comunicado por un acto discursivo se respalda, se realza o, por el contrario, se debilita por medio de una enorme cantidad de herramientas paralingüísticas que están relacionadas con la performance del hablante (el acento, la velocidad del habla, el tono de la voz, los gestos de las manos, la postura y demás) y con las circunstancias y el modo en el cual los interlocutores reciben esta información y responden a ella. Mundos sociales completos se crean por una multitud de estos actos individuales de habla. Como medio tanto auditivo como visual, el cine está bien posicionado para mostrar cómo se lleva a cabo ese proceso de creación de un mundo.

Estas cuestiones relativas al rol del cine en la etnografía del discurso sin duda ameritan un análisis más profundo. Pero en este capítulo mi interés estará dirigido hacia lo que los diseñadores de sonido llaman “efectos” (por ejemplo, sonidos que emergen del ambiente natural o construido en los que transcurre la acción de la película, a los que me referiré como sonidos “ambientales”). Podría decirse que esto es un componente importante de aquello que llamaré “paisaje sonoro” de la película, siguiendo el uso acuñado por primera vez por R. Murray Shaeffer. Considero que siendo más cuidadosos en el registro de estos sonidos ambientales en el campo y tratándolos en la isla de edición con la misma atención que se le suele dedicar a las imágenes, deberíamos poder mejorar la calidad de nuestras películas de tres maneras relacionadas: “engrosando” la descripción etnográfica en la cual se basan, mejorando la experiencia indirecta y la comprensión del tema presentado en el film por parte de los espectadores, y mejorando los modos a través de los cuales el realizador puede proponer una interpretación del sentido de ese tema.

El sonido y los modos empíricos del documental

Desde el desarrollo de la tecnología de sonido sincrónico portátil hacia el final de la década del cincuenta, en Europa y Norteamérica surgieron múltiples abordajes de la realización de documentales con fines etnográficos.[10] Pero todos estos abordajes, aunque en diversos niveles, son principalmente realistas en su estilo y predominantemente empíricos con respecto a la retórica subyacente. Es decir, el realizador generalmente busca convencer al espectador de la validez de su comprensión del mundo del personaje representando evidencias de ese mundo de una manera naturalista. En lo que difieren estos diversos abordajes es en el nivel en el cual el tratamiento de la evidencia en el proceso de representación se considera legítimo y en el grado en el que los realizadores señalan ese tratamiento en el propio texto fílmico. Pero dado que todos los abordajes involucran la presentación de evidencias tanto sonoras como visuales, y que todas incluyen un cierto grado de manipulación (aún el cineasta más básico y positivista tiene que decidir donde situar sus equipos para registrar, y cuando comenzar y terminar el registro), todos los abordajes se beneficiarían si se le prestara más atención al proceso de registro y edición del sonido, incluyendo, desde ya, los efectos ambientales.

El abordaje del cine etnográfico en el que yo me formé es aquel conocido como “cine observacional”, como lo denominaron Colin Young, David MacDougall y otros.[11] Un principio fundamental de este abordaje es lo que MacDougall llama “una actitud humilde frente al mundo”. Aunque los realizadores observacionales jamás tendrían la inocencia de afirmar que sus representaciones son objetivas, ni intentarían negar que la evidencia del mundo que están ofreciendo ha sido manipulada a los fines de presentarse en el marco de una narración fílmica, aspiran a permanecer “abiertos a categorías del sentido que pueden trascender el análisis del director”. Entre otras cosas, esto implica demostrar respeto por “las configuraciones espaciales y temporales reconocibles” del mundo empírico del personaje. Esta es una posición estética pero también ética, que considero especialmente apropiada para los cineastas antropólogos.[12]

vlcsnap-2018-02-02-14h28m25s978Los defensores del cine observacional han opinado frecuentemente sobre cómo esta postura estético-ética debería convertirse en un conjunto de estrategias prácticas para rodar y montar imágenes.  Así, han escrito o hablado sobre cuestiones como la cámara “desfavorecida”, el plano secuencia, lo indeseable del zoom o los cortes, las desventajas de los trípodes y, de modo más general, la importancia de permitirle al público “ver por sí mismo”. En un artículo escrito en conexión con su proyecto Doon School, MacDougall fue más lejos. Allí resalta la “multidimensionalidad” del cine como medio, sosteniendo que la misma lo hace apropiado para una exploración de las estéticas sociales -que define como “experiencias sensoriales modeladas culturalmente”- ya que tiene el poder de evocar no solo el campo visual de la experiencia del personaje “sino también los campos sonoros, verbales, temporales e incluso táctiles (a través de la asociación sinestésica). De por sí propone que el cine tiene el potencial de recuperar el mundo material en el que la cultura se encarna en ese campo de estudio que “durante mucho tiempo se ha denominado, erróneamente, antropología ‘visual´”.[13] Pero esta consideración del cine como un medio auditivo es una excepción que confirma la regla más general, a saber: que en comparación con sus extensas reflexiones sobre la puesta en escena de imágenes, los teóricos del cine observacional más destacados han tenido relativamente poco que decir sobre la reproducción del entorno acústico de sus personajes.

Esto es especialmente cierto con respecto a las estrategias prácticas para grabar sonido en el campo. En la era de los 16 mm, cuando el cine observacional comenzó a desarrollarse, era habitual que hubiera un encargado de grabación de sonido que grababa la mayoría del sonido sincrónico con un magnetófono de bobina abierta usando un micrófono altamente direccional. Aunque se hablaba mucho de la necesidad de que el operador de cámara y el encargado de la grabación de sonido trabajaran juntos, la realidad era que la mayor parte del tiempo la cámara ocupaba una posición de liderazgo y el micrófono la seguía. En algunos casos, por ejemplo cuando los realizadores querían capturar a sus personajes manteniendo una conversación en un ambiente muy ruidoso, el operador de cámara podía tomar planos muy cercanos, para permitirle al grabador de sonido acercarse lo máximo posible con el micrófono. Pero de modo más general, el compromiso de los cineastas observacionales con el principio de la cámara móvil, en mano, implicaba que para minimizar el “tambaleo” el encuadre debía ser medianamente grande. En consecuencia, para quedar fuera del cuadro el micrófono debía estar mucho más lejos de lo que generalmente se necesitaba para lograr una calidad de sonido óptima. Además, esta forma de trabajar implicaba que tanto la calidad como el grado de complejidad de los paisajes sonoros que el encargado de la grabación de sonidos podía capturar eran necesariamente limitados. Al concentrarse en el sonido que emitía la persona u objeto que era el foco de interés central para la cámara, el micrófono direccional necesariamente desatendía y minimizaba los sonidos del ambiente, generalmente resultando en una banda sonora unidireccional y con poco espesor.[14]

Hoy en día la mayoría de las películas etnográficas se ruedan en video digital con un único director-camarógrafo que graba el sonido a través de la combinación del micrófono direccional de la cámara y micrófonos inalámbricos. Comparado con el sonido analógico de la época de apogeo del cine en 16 mm, el sonido digital representa un gran paso adelante desde un punto de vista puramente técnico. Pero la calidad y la complejidad de las bandas de sonido grabadas por operadores de cámaras digitales que trabajan solos son aún menores que en la época del cine en 16 mm, dado que los micrófonos de las cámaras generalmente carecen de capacidad de discriminación, mientras que los micrófonos inalámbricos llevados por los protagonistas no tienen perspectiva. Sin embargo, dadas las considerables ventajas que emergen del trabajo en solitario en términos de mobilidad y costos, por no hablar de la gran accesibilidad, parece poco probable que vuelva a ser habitual la presencia de un encargado de grabación de sonido independiente en el cine etnográfico.

Dado que este es el caso, el único modo en el que los realizadores de cine etnográfico pueden traducir los paisajes sonoros de los mundos que representan con su verdadera complejidad es prestando más atención a la edición del sonido.  Pero para sumar a la calidad sonora de una película de manera significativa a través de la edición del sonido hace falta tener un amplio rango de sonidos disponible cuando llega el momento de editar. Por lo tanto, aún cuando todavía continúe en el campo, el realizador de cine etnográfico debe asegurarse de grabar una selección amplia y diversa de sonidos ambientales grabados de forma independiente de las imágenes, que correspondan a cada una de las escenas principales de la película. Hay que tener la precaución de grabar estos sonidos en el momento del día apropiado y bajo las mismas circunstancias, idealmente justo antes o después de que se grabe la acción sincrónica. En la isla de edición estos tracks de sonido adicionales pueden mezclarse con los tracks sincrónicos -una vez que estos últimos hayan sido adecuadamente filtrados y balanceados para resolver problemas de perspectiva- para aumentar y complejizar el paisaje sonoro general representado en la película.

vlcsnap-2018-12-10-07h24m24s110Este franco reconocimiento de la manipulación de la banda de sonido no se siente cómodo junto a la retórica empírica, no solo en el caso del cine observacional sino en la mayoría de los modos contemporáneos de realización de cine documental etnográfico. Pero lo potencialmente problemático no es la manipulación, dado que todos los documentales implican manipulación a cierto nivel, sino la dimensión de la misma. En el nivel más básico, la manipulación de la banda de sonido podría implicar no más que la corrección, en la etapa de post-producción, de la falta de concordancia del sonido grabado en locaciones (por ejemplo, interpolar el sonido existente con los sonidos ambientales que se hubieran escuchado si las condiciones de grabación en el campo hubiesen sido óptimas). Este proceso de “endulzado” de la banda de sonido, siempre que no involucre la introducción de sonidos que sean ajenos o que jamás hubieran podido suceder en el ambiente original, serían considerados polémicos únicamente por parte de los cineastas etnográficos más puritanos de la actualidad. Antes del desarrollo de la tecnología del sonido sincrónico portátil toda la banda de sonido de una película documental se hubiera hecho de esta manera, a partir de sonidos no sincrónicos grabados en el campo, quizás incluso acompañados de algunos sonidos extradiegéticos tomados de una colección de archivos de sonidos.[15]

Las manipulaciones de la banda de sonido en la instancia de edición, a los fines prácticos de balancear las discordancias de volumen o textura entre los paisajes sonoros de planos adyacentes, son igualmente intrascendentes para los realizadores contemporáneos. A veces esto es necesario para brindar coherencia sonora a todos los planos dentro de una determinada escena, mientras que en otros casos puede ser necesario “suavizar” una transición de sonido abrupta entre el último plano de una escena y el primero de la siguiente (por ejemplo, en el corte entre una escena de una calle repleta de gente y un pacífico plano del campo). Esto podría involucrar simplemente tracks sincrónicos que se desvanecen lentamente, pero también podría incluir el uso de filtros y/o la introducción de tracks adicionales para crear un puente entre sonidos discordantes. Si estos ajustes no se hacen, el visionado de un documental se convierte en una experiencia sonora desagradable. Así, esta forma de manipulación de la banda de sonido es una práctica completamente estándar entre los documentalistas, incluyendo aquellos que son fervientes seguidores de los preceptos del cine observacional.

Donde la manipulación del sonido se vuelve más discutible, pero también más interesante, es cuando se lleva a cabo no simplemente para enriquecer la descripción del entorno acústico o para satisfacer ciertos requerimientos funcionales en la estructura del film de la clase que recientemente describí, sino más bien para ofrecer cierto tipo de comentario sobre la acción de la película otorgando un sentido a una escena particular y/o provocando un determinado abanico de sentimientos en el espectador. Es aquí donde la edición del sonido deja de ser simplemente un proceso técnico o funcional y pasa a ser un genuino trabajo de edición. Es específicamente en este campo donde creo que los documentalistas pueden tener algo que aprender de los diseñadores de sonido de películas.

Los paisajes sonoros y la etnografía del lugar

Un campo de descripción etnográfica que sin lugar a dudas podría “engrosarse” a través de la combinación de lo visual y lo sonoro que ofrece una película es lo que se ha denominado “etnografía del lugar”. Hay cierta falta de consenso en la bibliografía antropológica sobre cómo debería definirse exactamente el concepto de “lugar”, pero a los fines actuales lo tomaré para designar un concepto de espacio que va más allá de la experiencia puramente física de una locación geográfica dada, en tanto involucra las normas culturalmente variables que influyen en el modo en el que el espacio es percibido, entendido y sentido por la comunidad de seres humanos que vive allí. Siguiendo el trabajo pionero de Steven Feld y otros, los antropólogos han tomado conciencia de que los paisajes sonoros pueden ser muy importantes para crear un sentido del lugar, porque generalmente están culturalmente marcados de modos muy específicos, ya sea porque en cierto sentido están construidos por seres humanos o porque  algunos de sus rasgos tienen un significado cultural especial para los sujetos.[16]

Hoy en día es un lugar común en el diseño del sonido de las películas que la banda sonora de un film pueda ser utilizada para comunicar un sentido del espacio al espectador sugiriendo la presencia de un mundo sónico más allá de los relativamente restringidos límites físicos de la imagen visual en la pantalla. Aquí también Robert Bresson subrayó la cualidad empírica adicional que la banda sonora puede darle a la imagen:

vlcsnap-2018-12-10-07h24m43s258Tardé en darme cuenta de que el sonido define el espacio en una película… Le da profundidad a la pantalla, hace que los personajes parezcan tangibles. Hace sentir que uno podría caminar entre ellos. [17]

Esta perspicacia de los directores de cine de ficción puede ser utilizada por los realizadores de cine etnográfico para evocar no solamente un sentido del espacio general, sino un sentido del lugar (por ejemplo, un sentido del espacio que es culturalmente específico para la locación particular en la cual se rodó la película).

Las posibilidades que el cine puede ofrecer en este sentido aparecen en Making time (2005), de Humberto Martins, un antropólogo portugués que cursó su doctorado en la Universidad de Manchester. Humberto rodó esta película durante el tiempo de trabajo de campo de su doctorado en Tourém, una pequeña aldea en Trás-Os-Montes, al norte de Portugal, cerca de la frontera con España.  Como muchas otras aldeas de la región, Tourém ha estado sujeta a la migración masiva de los pobladores más jóvenes hacia los pueblos y ciudades, y a veces incluso fuera del país. Las personas mayores permanecen allí, o en algunos casos regresan de sus migraciones para pasar sus últimos días en esta aldea deteriorada por el tiempo, con antiguas casas de granito y calles empedradas, con su ganado y sus recuerdos como única compañía. Todo lo referido a la vida en la aldea es tenue y reservado, tanto visual como sonoramente. El rango de colores predominante oscila entre el gris y el verde, mientras que el paisaje sonoro es particularmente silencioso, notable por su casi absoluta ausencia de sonidos fuertes de gente joven que se comporta de modo energético, o los sonidos de la tecnología moderna tales como el tránsito de vehículos o el murmullo de los medios masivos de comunicación.

A través de la presentación de una serie de viñetas de la vida cotidiana de algunos miembros de la comunidad, el objetivo de Humberto fue mostrar cómo las personas de Tourém construyen un sentido del tiempo a través del modo en el que relatan oralmente sus recuerdos del pasado y a través de la representación de ciertos “recuerdos físicos”, a saber, actividades de subsistencia de larga tradición y casi ritualizadas, como el sacrificio de cerdos, la fabricación de salchichas y el hilado de lana. En todas estas actividades, como en todas sus interacciones personales diarias, los movimientos de los habitantes más ancianos de Tourém son intencionales, medidos y han sido claramente practicados. Hablan tranquilamente, de modo lento y elíptico, con largas pausas entre las frases. La película sugiere que la sensación del tiempo en Tourém se establece a través de esos ritmos.

Los sonidos ambientales de la banda sonora contribuyen mucho a la comunicación de esta sensación del tiempo que pasa lenta pero inevitablemente. Aunque el paisaje sonoro es notable por la ausencia de sonidos fuertes, también está marcado por ciertas presencias auditivas sutiles. De un modo bien obvio está el sonido de las campanas de la iglesia de fondo, que en la realidad suena cada quince minutos. En la película se escucha recurrentemente como un sonido metálico y fracturado, puntuando conversaciones o haciendo eco en contrapunto con el repiqueteo de las pezuñas del ganado sobre los adoquines, los ocasionales ladridos distantes de los perros, el cacareo de los gallos y el silbido del viento. Pero el sonido más efectivo es aquel que al mismo tiempo es el menos obvio y el más presente. Es el sonido del agua que corre constantemente, precipitándose y borboteando en las canaletas de piedra que se encuentran en los laterales de las calles, llevando agua fresca desde las montañas para regar los campos y las huertas de la aldea. Aparece tempranamente en la película, cuando vemos dos mujeres lavando los intestinos de un cerdo en el agua para preparar salchichas. A partir de allí permanece como un sonido de fondo constante, tenue e indiferenciado que trabaja subliminalmente en el espectador para reforzar la sensación del tiempo como una corriente arrolladora que se va llevando tranquilamente a todos sus hijos e hijas.

Sonido, sentido y experiencia en el cine etnográfico

Al editar Making time, todo lo que Humberto tenía que hacer era reforzar ciertos sonidos y refinar ciertas transiciones. Pero la edición de los sonidos ambientales también se puede utilizar de una manera más activa para comunicar sentidos específicos. Para demostrar esto puedo tomar el ejemplo de otra película de un estudiante de Manchester que se rodó en un pueblo del norte de Portugal afectado por la emigración de sus habitantes jóvenes, aunque en este caso se trata de un film hecho en el marco del master en Antropología Visual, no en el programa de Doctorado. La película es Going Back Home (1992), de Catarina Alves Costa, que se realizó más al norte, en la aldea de Arga.[18] Mientras que Making time se rodó durante el invierno, esta película se filmó en el verano, cuando los jóvenes emigrantes vuelven a la aldea para pasar sus vacaciones. Este retorno, que constituye el centro del film, está escenificado en escenas de la vida en la aldea antes de que los jóvenes lleguen y después de que partan. El fuerte contraste entre el tiempo en el que los emigrantes están presentes y el tiempo en el que  no  están se evoca en la película tanto por medios sonoros como visuales.

De ese modo, las escenas de la vida en la aldea cuando solamente residen las personas mayores están compuestas por planos largos y, más significativamente para los objetivos actuales, por un tenue paisaje sonoro compuesto fundamentalmente por sonidos de la naturaleza, a excepción del suave tintineo de las campanillas de las cabras. En una imagen llamativa, una pastora anciana, vestida de negro de la cabeza a los pies, duerme una siesta echada sobre una piedra lisa bajo la sombra veteada de un árbol. El plano parece durar un largo tiempo, ya que la mujer no está haciendo nada, pero con la ayuda del sutil sonido de un suave viento y los ruidos de los insectos, tiene el efecto de establecer la paz somnolienta de la vida en la aldea previa a la llegada de los emigrantes. Esta llegada se señala con un abrupto cambio de ritmo: no solamente los planos se hacen más cortos sino que también la banda de sonido se hace más activa. Uno de los primeros planos muestra a unos ágiles jóvenes yendo a nadar al río mientras se oyen sonidos electrónicos que provienen de un radiograbador portátil. La música, el canto y la danza de pronto dominan la película, hasta que ésta vuelve, una vez que los emigrantes se han ido, a la lenta paz y al paisaje sonoro sutil de la primera parte.

Utilizando el efecto combinado de las propiedades sonoras y visuales del film de esta manera, Catarina no pretende simplemente comunicar un momento analítico e informativo sobre la diferencia en la calidad de vida en Arga cuando los emigrantes “vuelven a casa”. También busca hacer algo más ambicioso: evocar una experiencia indirecta de esta diferencia en los espectadores.

El potencial rol del sonido para evocar la experiencia de esta manera ha sido comentada por el montajista de documentales norteamericano Tom Haneke en una entrevista con Gabriella Oldham. Las películas de Haneke se caracterizan por sus densas bandas sonoras, pero él explica que siempre busca usarlas de un modo discreto que no distraiga a los espectadores, incluso cuando al mismo tiempo los afecte. Como ejemplo de esta técnica cita el caso de una película que él montó sobre el trabajo de la Madre Teresa y su orden de monjas durante la época de la guerra civil en el Líbano. En un determinado punto de la película hay dos escenas consecutivas de su trabajo con niños. En la primera se muestra a las monjas yendo a buscar a un grupo de chicos a un hospital bombardeado en Beirut, mientras que en la segunda se muestra a la Madre Teresa cuidando a los chicos en el refugio de las monjas. Visualmente las dos escenas eran muy similares, en tanto simplemente mostraban a un grupo de monjas interactuando con niños. Para diferenciarlas, entonces, Haneke les puso bandas sonoras muy distintas. En la primera escena incluyó una banda de sonido fuerte, bulliciosa y con eco, casi intolerable, mientras que para la escena en el refugio utilizó una banda de sonido muy tranquila.  Su intención no era introducir la variedad por sí misma, sino evocar una experiencia en los espectadores que les permitiera diferenciar una escena de la otra. Como él mismo explica, “la banda sonora te hace sentir el efecto que la Madre Teresa tuvo en esos niños”.[19]

El sonido en el canon del cine etnográfico

Sostendré que si los cineastas antropólogos quieren explotar al máximo el potencial del cine como un medio de exposición etnográfica tienen que prestar mucha más atención al potencial del sonido para comunicar un sentido de una manera tanto empírica como connotativa, como en estos films. John Marshall nos brindó un buen ejemplo de esto al involucrar un editor de sonido altamente calificado en el montaje de A Kalahari Family (2002), su serie dividida en cinco partes que recapitula el trabajo que realizó durante cincuenta años con los Ju/’hoansi del desierto de Kalahari. Junto con la restauración de los colores del metraje que filmó en la década del cincuenta, la nueva banda sonora, basada principalmente en la post-sincronización de tomas de sonido adicionales grabadas en la locación, le otorga al material un impacto empírico que el mismo no tenía con la banda sonora anterior, técnicamente más primitiva.

Sin embargo, podría decirse que entre los más célebres realizadores de cine etnográfico quien utilizó los paisajes sonoros del modo más imaginativo es Robert Gardner. Desde un punto de vista auditivo (y en casi todos los demás aspectos también) su trabajo más complejo ha sido, indudablemente, Forest of Bliss (1985), un retrato de las piras funerarias de Benares, la ciudad sagrada hindú.[20] En esta película el sonido se utiliza de una forma relativamente directa para evocar un fuerte sentido empírico de “estar ahí”, entre el ajetreo casi abrumador de las calles angostas, los templos y los crematorios de la ciudad o, por contraste, entre la relativa tranquilidad del río o el campo cercano. Pero los sonidos también se utilizan en un sentido más metafórico para sugerir sentidos abstractos y connotados. Así, por ejemplo, aunque los sonidos del proceso de corte de la madera al principio se escuchan de modo sincrónico con su correspondiente acción a nivel visual, también se usan de modo intradiegético, en otros momentos de la banda sonora, independientemente de la acción en la banda de imagen. En estas instancias, desconectadas de cualquier manifestación visual, se intenta que los sonidos sirvan como una suerte de memento mori por la asociación entre el corte de la madera y la preparación de las piras funerarias.

vlcsnap-2018-12-10-07h25m49s839De modo similar, los ladridos o los aullidos no significan apenas la presencia de perros  rondando por ahí. Para Gardner, los perros que recorren las orillas del río Ganges escarbando entre las cenizas de las piras funerarias o royendo los cadáveres de los indigentes dispuestos directamente en el río sagrado, representan una suerte de equivalente simbólico de Cerbero, el monstruo guardián de la entrada del inframundo en la mitología griega. Mientras tanto, el propio Ganges se presenta como el equivalente simbólico del Styx, el río a través del cual  están condenados a viajar todos los muertos.[21] A través de estas asociaciones, los perros rabiosos que vemos a lo largo del film son criaturas liminales guardianas de las fronteras entre la vida y la muerte. Esto explica por qué en el plano en el que vemos, desde lejos y por primera y única vez, a un sacerdote bramán prendiendo fuego una pira funeraria, hay aullidos de perros en la banda sonora aunque está claro -dado que estamos viendo la escena desde un barco a la distancia- que no podría haber ningún perro en las inmediaciones.

El tañido de las campanas, la cacofonía de los cantos funerarios, el tintineo del agua y el graznido de los pájaros también se utilizan a lo largo del film con un sentido profundamente metafórico para enfatizar y reforzar la yuxtaposición de los opuestos simbólicos de la vida y la muerte, el cielo y el agua, la pureza y la contaminación. Pero de todas las metáforas auditivas utilizadas en Forest of Bliss, indudablemente la más llamativa es  un extraño sonido, como un crujido de mal agüero, que aparece misteriosamente de manera intradiegética varias veces antes. Finalmente, a los treinta minutos del film, aproximadamente, descubrimos que lo produce el chirrido de los remos de bambú en los pequeños lazos que funcionan como escálamos de los botes que llevan los troncos de madera a los sitios de cremación, para utilizarse en las piras funerarias. En una temprana reseña del film, muy lúcida, Michael Oppitz llamó a este dispositivo acústico “coup de maître”, sugiriendo que funciona como “el leitmotiv de toda la película, una metáfora sonora del sufrimiento, el dolor, el trabajo y la discordia terrenales”. El uso más sufrido de todos se reserva para el largo plano final, en el cual un bote de remos desaparece en la neblina durante su trayecto hacia el “lado lejano” del río, asociado metafóricamente en la película con el límite entre los vivos y los muertos. Con ese despliegue del sonido, señala Oppitz acertadamente, “Gardner descubre su fibra más trascendental”.[22]

El cine como un medio de etnografía auditiva

Entre los múltiples ejemplos que he considerado en este capítulo podemos ver una gradación desde, en un extremo, la película de Humberto Martins, en la cual el sonido ambiental se utiliza principalmente para evocar la experiencia del “estar ahí”, pasando por los ejemplos de las películas de Catarina Alves Costa y Tom Haneke, en las cuales el sonido ambiental se utiliza para evocar experiencias pero está asociado a ciertos sentidos connotados, hasta, en el otro extremo, el ejemplo de Forest of Bliss, en la cual los sonidos ambientales se han desprendido por completo de su fuente física y se usan de una manera profundamente simbólica y metafórica. No todos los realizadores de cine etnográfico querrán seguir a Gardner tan lejos en la manipulación de la banda sonora de sus películas. Pero seguramente todos aquellos que tengan una genuina afinidad con el uso del cine para fines etnográficos celebrarán el intento de llevar el potencial de las propiedades auditivas del medio fílmico a sus límites.

Seguramente no es casual que Gardner haya aprendido el oficio de la realización cinematográfica en la época del 16 mm, cuando el sonido sincrónico era algo que había que lograr más que dar por sentado. Este hecho pragmático significaba que uno estaba obligado a prestar mucha atención a la banda de sonido tanto en el transcurso del rodaje como en la instancia de montaje. Ahora que a la mayoría de las películas etnográficas las realiza un solo operador de cámara que trabaja con video digital, en el cual la sincronicidad de la imagen y el sonido es automática, es muy fácil tratar a la banda de sonido como si fuera apenas un acompañamiento, sin reflexionar sobre la notable contribución que el sonido puede hacer para lograr una etnografía fílmica más compleja y empíricamente rica.

Cómo se podría mejorar el rol del sonido ambiental en el cine etnográfico a través de una estrategia que estipule los atributos técnicos de los micrófonos a utilizar, cómo deberían manejarse o situarse en las locaciones, o qué técnicas en particular habría que utilizar en la isla de edición, son cuestiones que merecen un análisis mucho más profundo que el que he ofrecido aquí, en parte por una cuestión de espacio y en parte por una cuestión de competencias. Pero creo que si los realizadores de cine etnográfico, de modo colectivo, le prestaran tanta atención a estas cuestiones como habitualmente le prestan a los asuntos técnicos, metodológicos y estilísticos, o a las teorías del montaje, aumentarían considerablemente tanto la calidad como la complejidad de las películas etnográficas que producimos.

En relación con esto, no se me ocurre mejor manera de terminar que citando a Randy Thom, que fue el diseñador de sonido de la saga Star Wars y aprendió su oficio de Walter Murch, experto en el métier. En una conferencia dictada en la Escuela de Sonido en Londres, Thom concluyó con la siguiente frase:

Quiero decir una última cosa sobre esta ridícula idea de que el cine es un medio visual, que parece seguir siendo muy popular. En ocasiones pueden no ser capaces de admitirlo, pero todos los grandes directores, o casi todos, saben que eso no es cierto. Sin duda es verdad que nuestra percepción visual de las cosas domina nuestra atención consciente más a menudo que nuestra percepción sonora de las cosas … Pero eso solo hace al sonido más poderoso, porque no nos damos cuenta de cómo nos está afectando.[23]

Si efectivamente queremos liberarnos del despotismo del ojo, todos los realizadores de cine etnográfico harán bien en reflexionar minuciosamente sobre esa afirmación.

Bibliografía

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Filmografía

Alves Costa, Catarina
1992 Going Back Home.  (35 min.) Manchester:  Granada Centre, University of Manchester.

Flaherty, Robert
1948 Louisiana Story.  (77 min.)  Robert J.  Flaherty Productions.

Gardner, Robert
1985 Forest of Bliss.  (89 min.)   Boston: Film Study Center, Harvard University.

Marshall, John
2002 A Kalahari Family.  (330 min.)  Watertown, Massachusetts: Documentary Educational Resources.

Martins, Humberto
2004 Making Time.  (50 min.)  Manchester:  Granada Centre, University of Manchester.

Notas

[1] Este capítulo es una versión modificada de un artículo que se publicó por primera vez en 2007 en Visual Anthropology Review, volumen 23 (1), un número especial sobre antropología visual en Europa editado por Peter Biella y Colette Piault. Luego se volvió a publicar en 2010 en Gunnar Iversen y Jan Ketil Simonsen, eds., Beyond the Visual: sound and image in ethnographic and documentary film, pp. 127-149, Højbjerg: Intervention Press. Estoy en deuda con mi colega Rupert Cox, del Granada Centre for Visual Anthropology, University of Manchester, por incentivarme a pensar más seriamente en el rol del sonido en la antropología visual y por orientarme hacia una estimulante bibliografía.

N. de los E.: Agradecemos a Paul Henley la generosa cesión de su texto y a Soledad Pardo la espléndida traducción del mismo.

[2] Bresson, 1986: 51. Hay traducción al castellano: Bresson, Robert (1997), Notas sobre el cinematógrafo, Madrid: Ardora Ediciones.

[3] Paulin 2003:36, 47 .

[4] Véase Bordwell y Thompson 1997:350.

[5] Véase Reisz y Millar 1999:155.

[6] Véase Bordwell y Thompson 1997:350.

[7] Lynch 2003:52 .

[8] Una excepción notable es el excelente artículo sobre las convenciones sonoras en el cine documental de Jeff Ruoff (1992).

[9] Véase Rouch 1995.

[10] Véase, entre otros: Loizos, 1993 y Piault, 2000 (Hay traducción al castellano: Piault, Marc Henri (2002): Antropología y cine, Madrid, Cátedra.)

[11] Véase Young, 1995 y los múltiples artículos reunidos en MacDougall 1998 y 2006. Véase también Grimshaw y Ravetz, 2009.

[12] Véase Henley, 2004.

[13] MacDougall 1999:16

[14] Véase Ruoff 1992: 224-5.

[15] Sospecho que hoy en día muy pocos cineastas antropólogos serían tan abnegados en ese sentido como lo fue Karl Heider, quien en 1974, afirmando que representaba un grado inaceptable de fabricación, se negó a utilizar pistas de audio para sincronizar con las imágenes en dos películas que realizó sobre la agricultura Dani y la construcción de casas, aunque, como él mismo reconoció, eso implicó que “ambos films resultaron tediosos y vacíos para algunos espectadores” (Heider, 1975: 7).

[16] Véase especialmente Feld (1996). Feld estudió cómo la comunidad Bosavi -al sur de la provincia de Southern Highlands, en Papua Nueva Guinea- frente a la relativa ausencia de variedad visual en su entorno utiliza medios sonoros, especialmente sonidos de pájaros y ruidos de insectos, para crear un sentido del lugar en medio de su entorno de denso bosque pluvial. Feld acuñó el término “acustemología”, una combinación de “acústica” y “epistemología”, para referirse a este “modo sónico de conocimiento”.

[17] Citado en: Zenner, M.C. (2000) Bresson: Destinies making themselves in a work of hands – tercera parte.

Senses of Cinema 3. www.sensesofcinema.com/2000/feature-articles/bresson-3/

[18] Catarina Alves Costa luego desarrolló una distinguida carrera como documentalista profesional en Portugal. Véase  http://www.der.org/films/filmmakers/catarina-alves-costa.html

[19] Oldham 1992:58-9.

[20] Esta película provocó un acalorado debate en las páginas de esta revista en la época de su estreno, especialmente en en el Vol. 4, No. 2 (Otoño de 1988) y en el Vol. 5, No. 1 (Primavera de 1989). En 2002 se publicaron más comentarios perspicaces sobre la película en relación a su relanzamiento en DVD. Véase especialmente Gardner y Östör, 2001; y MacDougall, 2001.

[21] Gardner y Östör 2001:16-17, 105-6.

[22] Oppitz, 1988:212.

[23] Thom, 2003:156-7.

Realidad/ficción, o de los documentales como versiones del artificio: entrevista con Manuel Abramovich

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por Débora Galia Kantor (CIS-IDES/CONICET) y Julia Kratje (IIEGE, FFyL, UBA/CONICET)

Manuel Abramovich es realizador y director de fotografía, estudió Dirección de Fotografía Cinematográfica en la ENERC (INCAA), y completó su formación en el Laboratorio de Cine de la Universidad Di Tella, Berlinale Talents (Berlín, 2012), IDFA Summer School (Amsterdam, 2012). Su corto documental La reina recibió más de 50 premios internacionales, y durante 2016 y 2017 estrenó los largos Solar, Soldado y Años luz –un retrato de Lucrecia Martel durante el rodaje de Zama–, tanto en la Argentina como en una variedad de festivales internacionales. El riguroso tratamiento de la imagen y del sonido, el singular abordaje del retrato y el carácter prolífico de su producción lo perfilan como un cineasta sólido y metódico, capaz de hacer emerger nuevos mundos en los pliegues de la realidad y la ficción.  

Cine Documental: Tu filmografía gira siempre en torno al cine documental, a partir de una puesta en escena muy estilizada y con líneas que parecerían incorporar algunos elementos de ficción. Sin embargo, desde los cortometrajes hasta los films que estás proyectando realizar a futuro seguís el camino del documental. ¿Qué encontrás en esta forma?

ManuelAbramovich_2018_GManuel Abramovich: Creo que la elección formal es parte de una curiosidad: todo el tiempo, en el mundo real, encuentro situaciones, personas, comunidades, instituciones, relaciones, en las que sobresale mucho el artificio. Me interesa trabajar en el plano de lo real para resaltar esos artificios, donde la realidad parecería volverse ficción, o bien ya ser una ficción. Más que inventar cosas y trabajar con la ficción haciendo que parezca real, como en algunas películas en las que los actores tienen que parecer realistas y actuar de la forma más natural posible, busco un proceso inverso, que consiste en destacar los artificios del mundo curioso y a veces absurdo en el que vivimos. Lo que me interesa es, tal vez, lo contrario a la ficción; o sea, partir de personas y de elementos reales y destacar lo artificioso. Vivimos en un mundo que ya es una gran construcción, lleno de cosas que muchas veces no tienen sentido, o que quizás no las cuestionamos. Y lo que a mí justamente me interesa es cuestionar los límites de lo que llamamos realidad. Pero, no me preocupa tanto distinguir si mis películas son documentales o ficciones –aunque, obviamente, al tener un anclaje documental me parece bien considerarlas “documentales”–, sino forzar esos límites, trabajar con la materia real, y sobre todo con personas reales, y borronear los límites de lo que normalmente llamamos “documental”. Siento que hacer cine, o ser cineasta, es una apreciación que me permite, por un rato, meterme en mundos como si fuese un antropólogo y un artista. Filmar implica conocer personas, instituciones o familias que me dan ganas de hacerles preguntas, quizás también convivir con ellas y llegar al extremo de volverme parte de esas comunidades. Creo que el cine documental permite descubrir mundos por un período de tiempo determinado y establecer relaciones con quienes, de otra manera, no hubiera conocido.

En los vínculos, en las negociaciones y en los acercamientos que establecés con los sujetos que filmás da la sensación de que entre ustedes se genera un intenso proceso de producción de lazos basados en la confianza. ¿De qué modo elaborás estas relaciones con los protagonistas?

AL_still_6Me dirijo hacia alguien para proponerle hacer una película juntos. Eso implica que otra persona se deje retratar por mí. De parte de los protagonistas, entonces, se trata de una gran apuesta a la confianza para abrir su mundo íntimo, privado, compartirlo conmigo y dejarme hacer una versión de su vida. Para mí, es muy importante poner por delante de todo esa relación, que es también una mezcla de confianza y desconfianza; una tensión interesante a la hora de hacer una película. De un lado, hay una propuesta que hace que la otra persona confíe, pero al mismo tiempo somos desconocidos. Ello supone trabajar esas confianzas y tensiones, y ver para dónde nos llevan. Me gusta mucho que los films muestren las costuras de esas relaciones, poniendo siempre por delante que no dejan de ser una construcción, o en todo caso versiones mías de esas personas. Dejar invisibles las negociaciones sería muy ingenuo, porque lo que precisamente me interesa resaltar es la confianza y la tensión que se va construyendo o deconstruyendo durante la película.

Tu trabajo da cuenta de una gran productividad: varios estrenos por año, varios proyectos en curso. ¿Seguís algún método recurrente?

AL_still_11Sí; por lo general, el punto de partida de las películas es como una especie de radar o de alarma, que tengo muy incorporada, que se prende cuando conozco a alguien que me interesa filmar. Después, viene el deseo de querer compartir tiempo con esa persona y generar un primer acercamiento, en donde trato de ser bastante directo: me presento, cuento que soy cineasta, que hago películas con historias reales y que no las llamo del todo “documentales” (porque no creo que se pueda retratar la realidad), pero sí que me interesa hacer una película juntos, que no se sabe bien a dónde va a llegar. La película no va a ser un retrato, sino mi versión o la versión a la que lleguemos juntos. Entonces, lo primero que hago es investigar, pasando la mayor cantidad de tiempo con esas personas, aunque sin filmarlas, sino conversando mucho para poder conocerlas y que me conozcan a mí. Grabo esas conversaciones con un teléfono, como si fuera un periodista, y después las desgrabo en mi casa de una forma bastante artesanal, volviendo a escuchar todo. Con esas entrevistas por escrito, trato de armar un guion que me sirve para proyectar una película hipotética. De hecho, lo llamo así, “guion hipotético”: es un guion que no va a ser el que voy a filmar, pero que sirve para imaginar una película posible. De esta manera, me permite poder aplicar a fondos para financiarla, aunque después el resultado sea diferente (justamente, me interesa que el guion se salga de control). En el rodaje, me gusta mucho mezclar situaciones de observación documental, donde prácticamente me vuelvo invisible y trato de que las personas se olviden que estoy filmando, con todo lo contrario: como la ejecución de varias tomas, las puestas en escena más construidas, los diálogos en los que sí intervengo. En la superposición de esa mezcla de recursos, de observación documental y de puesta en escena, se genera un extrañamiento, porque entramos en un terreno bastante confuso, en el que la realidad parecería ser demasiado artificiosa, o bien la ficción, demasiado realista.

Esa especie de lazo comunitario que se establece entre tu figura de cineasta y los protagonistas de los films pone el foco en su condición de sujetos individuales, que, a la vez, están siempre recortados sobre un fondo social más amplio que los circunda. En La reina (2013), por ejemplo, el carnaval –un fenómeno colectivo por excelencia– se presenta desde un personaje individual, a partir de una entrada que prácticamente desplaza el entramado social que lo envuelve al fuera de campo. Se trata de un recurso que también está presente en el tratamiento del ejército en Soldado (2017) o del rodaje de Zama (Lucrecia Martel, 2017) en Años luz (2017). ¿Cómo pensás los vínculos individuales con relación al panorama social que atraviesa cada relato?

AñosLuz_still_APienso que el mundo es una gran puesta en escena, y que vivir en sociedad es un gran espectáculo, en donde somos protagonistas y espectadores, al mismo tiempo. Las personas y las comunidades que me interesan, de alguna forma, cargan con su entorno, están rodeadas de familias, de costumbres o de tradiciones. Cuando busco retratar o hablar de algo colectivo procuro hacerlo a través de una persona, porque permite tener el tiempo suficiente para ver cómo lo colectivo se ve reflejado individualmente.

Hablemos de la belleza de las imágenes. La construcción del plano, el uso de retratos y de planos fijos con encuadres extremadamente precisos y cuidados, casi geométricos, así como la disyunción minuciosa que se introduce en relación con el sonido, despliegan en tus films una poética muy bella y delicada…

Vengo de una formación como fotógrafo. Mi primer acercamiento al mundo audiovisual fue sacando fotos y retratos de gente en la calle. Entonces, respecto a la intersección un poco ambigua entre los recursos del documental y de la ficción, me gusta ese terreno confuso donde uno está viendo cosas que parecen muy reales, pero que lucen o se ven como en una ficción. Me interesa el movimiento de filmar la realidad de una forma muy bella, que te haga dudar de la idea que se suele tener del documental como algo que se filma medio feo y crudamente. Estetizar al máximo los encuadres o la iluminación invita a confundir o incomodar aquello que todo el tiempo estamos tratando de poner en categorías –“esta persona es tal cosa”, “esto es real”, “esto es un actor”–. Me parece importante salir de esas normas preestablecidas.

En tus películas, hay también un trabajo sobre lo físico, incluso sobre lo fisiológico, como en el uso del sonido, que provoca una sensación de complicidad y de enrarecimiento, y conlleva la pregunta acerca de cómo se puede reproducir físicamente algo de la realidad de una manera que se nos vuelve extraña.

lareinaLos encuadres, el sonido, la observación, la puesta en escena, el montaje, son piezas que se van combinando para generar un extrañamiento. Con Sofía Straface, la sonidista con la que trabajamos, nos interesa que todo se escuche más artificioso que una ficción. En el caso de La reina, queríamos que todos los sonidos se escuchasen contrariamente al realismo, es decir, enrarecidos y exagerados. Nos interesa contrastar los diferentes tonos con el objetivo de forzar los límites de la realidad y de lo que también entendemos como “documental”, que siempre es una gran construcción, sobre todo en el mundo en el que vivimos, donde los medios sostienen el poder…

…Y donde el sentido del humor se vuelve, también, un asunto complejo: en cierta medida, en tus películas lo absurdo se revela como un desvío o como algo que está presente en los modos de vincularnos y que rodea diferentes situaciones cotidianas.

Intento que podamos reírnos de cosas que tenemos totalmente naturalizadas, incorporadas, que hacemos todo el tiempo. Vivimos realizando acciones o replicando tradiciones, teniendo rutinas que parecen absolutamente serias, pero que es interesante verlas desde un punto de vista enrarecido. A veces, hay cosas que son tan duras o tan difíciles, que uno termina riéndose, o que tenemos incorporadas, pero que si uno se para a verlas desde otro lugar parecen tan naturales que se vuelven absurdas. El humor es otro elemento que no estamos acostumbrados a encontrar en el cine documental: pensamos que tiene que ser serio porque habla de la realidad.

Respecto a la figura fascinante de Lucrecia Martel, en Años luz tu mirada parece surfear entre la admiración y el voyeurismo. ¿Cómo pensaste la filmación del proceso de rodaje de la directora de una película, en cierto modo, tan imposible, como lo es Zama?

lareina_8Siento que la idea de filmar lo imposible está en todos los proyectos: filmar lo que no se puede filmar no es un propósito que busque conscientemente, pero mis películas tienen algo de la dificultad extrema en torno a cómo concebir universos escondidos, poco mostrados o a los que es difícil acceder. Años luz es una película que se diferencia de otras que hice porque está contada desde un lugar de fan: quise retratar a alguien que admiro. No me interesaba retratar el proceso de la filmación o la adaptación de la novela, sino a Lucrecia dirigiendo, con ese misterio que genera y hace que sus películas sean increíbles. Uno no se imagina bien en dónde reside esa magia, y por eso quise develar algo de ese misterio. De alguna forma, siempre me enamoro de los y las protagonistas por el tiempo en que dura cada filmación: observarlos, escucharlos, ver los mínimos gestos que hacen, cómo se mueven, cómo se relacionan con su entorno. En este sentido, cualquier protagonista de una película que haga me parece una persona especial y se vuelve el centro de mi atención. En cuanto a Zama, busqué concentrarme en el trabajo de Lucrecia, en cómo dirige, dejando todo lo demás afuera, lo cual fue una de las mayores dificultades, porque a la protagonista le daba fobia, y a esto se sumaban otras restricciones, como el hecho de tener que estar solo en un rodaje, sin ningún asistente, procurando volverme totalmente invisible, sin poder intervenir en la puesta en escena. Igualmente, creo mucho en poner un encuadre y esperar que la realidad regale algo inesperado. Me gusta algo que Lucrecia dice sobre esos momentos en los que, de repente, por un segundo, el mundo deja de funcionar (ella lo llama “la falla”, y obviamente lo explica mucho mejor).

La llama, por ejemplo, en la escena en la que se acerca al escritorio del Gobernador de Zama…

Sí, tal cual. Lucrecia dice que en esos segundos, en los que el mundo deja de funcionar, se produce algo inesperado. Uno tiene que estar atento a esos momentos de falla para capturar lo que está ahí, al alcance de los ojos, aunque, por lo general, pase desapercibido y no se lo vea. Hay que quedarse varias horas quieto, como filmando a la llama, hasta que, de pronto, alguien como Lucrecia llega, le empieza a hablar, se hace amiga del animal… Si se combinan en el encuadre paciencia, duración y fascinación, después, en el montaje, es posible rastrear ese material y encontrar esas pequeñas gemas que, de vez en cuando, aparecen.

Para terminar, podríamos hablar sobre tus proyectos actuales.

Solar_3Tengo tres proyectos. Uno, en Berlín, es el que está más avanzado, porque empecé hace un año y medio a investigar. Estoy trabajando con un grupo de trabajadores sexuales rumanos, unos chicos de entre 20 y 30 años. Transcurre en el barrio gay de Berlín, que se llama Schöneberg: ahí hay dos cuadras con dos o tres bares, uno al lado del otro. Es curioso porque ellos se definen como heterosexuales, y hablan mucho de eso, incluso muchos de ellos se presentan a sí mismos como homofóbicos, pero trabajan en estos bares teniendo sexo con hombres adultos que, por lo general, son señores alemanes de más de 60 años. El trabajo es acerca de los personajes que ellos tienen que construir para seducir a los clientes; digamos, qué estrategias usan para conseguir a sus clientes y, en definitiva, ganar plata. Me interesa mucho correrlos del lado de víctimas y de pobres: el trabajo sexual suele estar visto desde el lugar de víctimas de los clientes y del sistema. Me interesa que ellos puedan jugar, por un rato, a poner en escena sus estrategias de seducción para conseguir a los clientes, y también poner al espectador, de alguna forma, en el lugar del cliente. Es como un juego de roles, porque yo, como realizador, de alguna manera me pongo en el lugar del cliente, porque contrato sus servicios, no sexuales, pero para que se vuelvan actores de mi película les pago, no para tener sexo, sino para conversar con ellos y filmarlos, y que aparezcan en una película. Los chicos están mirando a la cámara y empiezan a hablarle como si fuera un cliente; entonces, uno como espectador está siendo de alguna forma interpelado por estos jóvenes. Eso es como una especie de juego, es bastante experimental. Justo después de una primera investigación recibí una beca con la que voy a venir a partir de enero a desarrollar más el proyecto.

¿En qué otros proyectos estás trabajando?

solar_cLo que comentaba antes forma parte de un proyecto bastante ambicioso, que es una trilogía sobre el cuerpo puesto en escena como una mercancía: gente que trabaja poniendo su cuerpo para poder vivir de eso, como en los casos de la pornografía y del trabajo sexual. Se trata de una trilogía conceptualmente; no es que se van a mostrar las tres películas juntas, y tampoco sé cuánto tiempo voy a demorar en hacerlas. La primera parte, entonces, es esa de Berlín. La segunda se desarrolla en México, sobre el universo de la pornografía gay amateur, pero es fundamentalmente sobre todo lo que no se ve en el resultado, en una película pornográfica. Se trata de cómo se construyen esas imágenes pornográficas como una forma de representación. Justamente, me divierte la idea de hacer una película sobre la pornografía en donde no haya ninguna escena de sexo, sino que lo que se cuenta es todo el fuera de campo de cómo se aprende el oficio de ser actor porno, así como también de cómo el director dirige a los actores y qué técnicas usa para filmar y para poner en escena el sexo. La tercera parte, que está más verde, va a ser en Buenos Aires; se van a usar como espacios los albergues transitorios, con habitaciones temáticas, un poco con la idea del exhibicionismo, quizás con gente que transmite su cuerpo en internet, en esas páginas de streaming o algo así: el cuerpo y el espacio y los espectadores virtuales, gente para la que, en realidad, su placer quizá no está tanto en el sexo mismo sino en el hecho de ser visto. Finalmente, hay otra película que estoy haciendo, con una comunidad de vaqueros homosexuales en México; señores que se armaron su propia comunidad. La idea es construir la telenovela que a ellos les hubiera gustado ver cuando eran jóvenes, pero que nunca existió. O sea, como una telenovela de vaqueros mexicanos gays. Es un poco como la película para ellos, la película que les hubiera gustado o que les gustaría ver. Gané un fondo para ir dos meses a fin de año a hablar con los vaqueros y a emborracharnos y hacer esas charlas grabando con el teléfono durante horas. Me sorprendió que, tras conversar con algunos de ellos, después de algunas cervezas y dos o tres horas de charla, detrás de la imagen de hombre viril vaquero –porque todos son bastante grandes, tienen 50 o 60 años y están vestidos de vaqueros– todos terminaban llorando por miedo a envejecer solos y no encontrar al amor de su vida. En este proyecto, se vuelve muy clara la puesta en escena en cuanto al hecho de armar un personaje para vivir en una sociedad con determinadas normas. Era muy interesante esa contradicción entre, por un lado, tratar de encajar en la sociedad mexicana, que es bastante homofóbica y heteronormativa, armando un personaje de machos, pero, al mismo tiempo, estar tratando de crear una nueva comunidad con una identidad sexual disidente.

De la representatividad indigenista a la performatividad documental: Una aproximación al documental peruano

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Alonso Quinteros Meléndez

Resumen

El papel del género documental no ha sido investigado como objeto principal de investigación dentro de la historia del cine peruano, ni su importancia como práctica íntimamente ligada a los contextos sociales y culturales de la historia reciente del Perú. Este trabajo es parte de un interés para explorar algunas de las tendencias, temas y cineastas dentro del documental peruano desde la década de 1950. Esta genealogía se plantea como un primer esbozo para dar cuenta de la necesidad de abordar diversas producciones, sus contextos de producción y las maneras como abordan problemáticas sociales y culturales que han influido en las vidas y los imaginarios sociales en el Perú contemporáneo.

Palabras clave

Documental peruano; Perú contemporáneo; documental latinoamericano; contextos de producción; tendencias documentales

Abstract

The role of the documentary genre has not been investigated as a main object of research within the history of Peruvian cinema, nor its importance as a practice intimately linked to the social and cultural contexts in the recent history of Peru. This work is part of an interest to explore some of the trends, themes and filmmakers within the Peruvian documentary scene since the 1950s. We propose an outline, an approach to account for the need to address these diverse productions, their production contexts and the ways in which they address social and cultural issues that have shaped the social lives and imaginaries in contemporary Peru.

Keywords

Peruvian Documentary; Contemporary Peru; Latin American Documentary; Production Contexts; Documentary Trends

Resumo

O papel do gênero documentário não tem sido investigado como objeto principal de pesquisa dentro da história do cinema peruano, nem sua importância como prática intimamente ligada aos contextos sociais e culturais da história recente do Peru. Este trabalho é parte de um interesse para explorar algumas das tendências, temas e cineastas dentro do documentário peruano desde a década de 1950. Propomos uma abordagem para dar conta da necessidade de abordar essas diversas produções, seus contextos de produção e as maneiras pelas quais eles abordam questões sociais e culturais que moldaram as vidas e os imaginários sociais no Peru contemporâneo. 

Palavras-chave

Documentário Peruano; Peru Contemporâneo; Documentário Latino-americano; Contextos de Produção; Tendências Documentários

Datos del autor

Profesor en la Maestría en Antropología Visual, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima. Investiga a los Cines Regionales en el Perú, con un enfoque a la trayectoria del Cine Ayacuchano, desde una perspectiva que entrelaza la teoría de la performance con la antropología de los medios.  Actualmente, también está investigando la historia y prácticas del documental peruano, nuevas identidades y contexto neoliberal. Dentro de su interés por fomentar la investigación en torno al documental peruano, está desarrollando el Proyecto ADOC – Archivo del Cine Documental Peruano.

Fecha de recepción: 30 de septiembre de 2018.
Fecha de aprobación: 1 de noviembre de 2018.

Este trabajo se enmarca dentro de un interés por explorar algunas de las tendencias, temáticas y realizadores dentro de un panorama del documental peruano desde los años 1950.  Hasta el momento, no se ha planteado una investigación que tome como foco principal proponer un panorama amplio de la historia y rol del documental dentro de la trayectoria del cine peruano, ni en su importancia como practica íntimamente ligada a los contextos sociales y culturales en la historia reciente del Perú. Lo que intentaremos es solo un esbozo, una aproximación para dar cuenta de la necesidad de abordar estas diversas producciones, sus contextos de producción y las formas en las cuales abordan problemáticas sociales y culturales que han forjado las vidas sociales e imaginarios en el Perú contemporáneo. Aunque si ha habido reseñas y análisis de varios documentales,  entrevistas a realizadores y recuentos de festivales, no ha habido un interés por explorar a cabalidad como en otros países latinoamericanos vecinos donde existen varias investigaciones, recurrentes artículos y muestras documentales.

A pesar que ya tenemos más de 100 años de presencia fílmica en el Perú, los recuentos sobre el cine peruano no han abordado íntegramente el rol del cine documental dentro de la cinematografía peruana. Tampoco el documental peruano tiene una presencia amplia en los balances sobre el género en el continente. En  el libro editado por Paranaguá, Cine Documental en América Latina (2003: 150-155)  solo se hace referencia al trabajo de los hermanos Manuel y Víctor Chambi de la llamada “Escuela del Cusco” en los años 50 y una reseña del filme Chiaraq’e, batalla ritual (1975) del realizador cusqueño Luis Figueroa, quien también fue miembro de ese grupo.  En dos recopilaciones recientes sobre documental latinoamericano, las referencias y menciones al documental peruano siguen siendo muy sucintas. En el caso de la recopilación de  América Latina en 100 documentales por Jorge Rufinelli (2012: 236) solo sale mencionado el documental El Olvido (2008) de la realizadora Heiddy Honningman y en el más reciente Latin American Documentary Film in the New Millenium (Arenillas y Lazzara, 2016: 173-190), se encuentra un solo artículo sobre el documental peruano cuando abundan las investigaciones en torno a documentales chilenos, argentinos y brasileños. Si bien se pueden encontrar algunas referencias a producciones documentales peruanas en libros sobre las cinematografías latinoamericanas, no existen libros o compendios que se hayan dedicado al cine documental peruano.

Ante esta brecha existente, nos hemos propuesto indagar en una genealogía del cine documental peruano para fomentar la investigación y nuevas miradas en torno a esta área de la cinematografía peruana que no había sido ampliamente abordada. Esta iniciativa surge a partir de un curso Culturas en Imágenes II en la Maestría en Antropología Visual-PUCP, que hemos elaborado junto con Mauricio Godoy, y que se planteó como un primer esfuerzo para comenzar a mapear este panorama amplio y en crecimiento del documental peruano.

El interés de esta propuesta es aproximarnos a las diversas manifestaciones del documental en el Perú, sus posibles relaciones en el contexto del documental latinoamericano en sus varias vertientes y las formas por las cuales se enmarcan, dan cuenta y problematizan sus entornos socio-históricos.  Se plantea una perspectiva que incentive a investigar no solo los aspectos temáticos y estilísticos de las producciones, sino también los contextos de su producción, exhibición y circulación así como el contexto social en que se enmarcan y trabajan las diversas miradas documentales. En esta primera aproximación, me propongo identificar algunas de las tendencias, temáticas, modos de representación y figuras reiterativas que estarían envueltas en algunas producciones, y al mismo tiempo como se entrelazan con las producciones y la  historia del documental latinoamericano. Sin embargo, la producción del documental peruano esta desperdigada, a veces coincide con tendencias en Latinoamérica y el mundo pero otras veces se distingue por sus desfases. Por ende este esbozo va ser fragmentario, inconcluso.  La idea es tratar de fomentar a que haya un mínimo de referentes y líneas exploratorias para seguir investigando. Nos planteamos hacer un panorama histórico de las principales tendencias en el documental peruano y sus posibles conexiones con el documental latinoamericano.[1]

Aproximaciones a una genealogía del cine documental peruano. ¿Cómo comenzar a mapear al documental peruano?

Al situarnos en el panorama amplio del documental peruano,  una interrogante que surge es como tratar la diversa cantidad de producciones documentales que han surgido en su historia y que actualmente han aumentado en su producción. ¿Cuáles son las principales tendencias que surgen, se organizan por épocas cronológicas, o se pueden situar paralelos a tendencias en el documental latinoamericano?  La producción documental en el Perú, que comúnmente se ha tomado como algo secundario a la ficción, a veces se deslinda de algunas de estas tendencias o incluso está desfasado de las tendencias que en algunos momentos imperaron en la producción documental en Latinoamérica, como el tercer cine, con el documental militante, y el auge del nuevo cine latinoamericano.[2] En otros momentos, más recientes, parece nutrirse de referentes y tendencias contemporáneas hacia el documental tanto a nivel global como latinoamericano, como sería el giro subjetivo, lo autobiográfico y formas híbridas de lo que se ha denominado como no-ficción.

Las primeras vistas o actualités que muestras imágenes del Perú  datan desde principios de la llegada del cinematógrafo al Perú cuando varios de los emisarios de las compañías Pathe y Gaumont circulaban por Sudamérica haciendo los primeros registros cinematográficos (Bedoya,1997: 16). En esta etapa tenemos las primeras miradas externas sobre los nuevos paisajes y ciudades en Latinoamérica. Posteriormente tendríamos a las compañías norteamericanas que harían sus travelogues en varios lugares en Latinoamérica en los años 40’s en conjunto con la política del buen vecino impulsada por la administración norteamericana como parte de su aproximación e influencia en América Latina ante el temor al comunismo.  Igualmente hay una gran cantidad de producciones de noticiarios en estas décadas. En el caso peruano se albergan en la Biblioteca Nacional y dan cuenta de una diversidad de momentos históricos desde la despedida al Amauta José Carlos Mariátegui hasta el golpe de estado de Odria (Carbone, 1991: 142). Este auge de los noticiarios producidos por productoras privadas fueron impulsados por un decreto en el primer gobierno de Manuel Prado, pero posteriormente continuados en otros gobiernos bajo el control del Ministerio de Gobierno y Policía que dirigía que debería presentarse (Bedoya, 2009: 93 ). Como plantea Paranaguá (2003: 25) los noticiarios constituyen uno de los principales acervos documentales de estas primeras décadas en muchos lugares en Latinoamérica, que dan cuenta de las políticas que los estados y los sectores dominantes estaban tratando de  propagandizar e imponer.  Las investigaciones sobre el caso del No-Do  en  la España franquista ha sido un referente para posibles aproximaciones a estos acervos fílmicos, que igualmente plantean las problemáticas de su preservación y difusión (Paranaguá, 2003: 23).  Esta problemática aplicaría a toda la producción cinematográfica peruana, pero en el caso del documental se complejiza aún más.  No solo se relaciona con los materiales perdidos o en gran deterioro sino que incluso producciones más recientes en formatos tanto en fílmico como en video se encuentra desperdigado, los propios realizadores no tienen copias de sus propias producciones o forma alguna para poder darle valor a los archivos para su resguardo y  difusión. En un país como el Perú sin una cinemateca nacional ni una política sobre el resguardo y puesta en valor de su patrimonio audiovisual, lo más cerca que tenemos a un archivo fílmico con amplio acceso es el pasillo 23 en Polvos Azules.[3] Sin embargo, vernos en el espejo latinoamericano nos presenta algunas interesantes posibilidades.

En el caso mexicano, la experiencia del Laboratorio Audiovisual del Instituto Mora constituye una iniciativa interesante en su interés por desarrollar formas de documentación que incentiven y a la vez se nutran de la investigación sobre el documental.  Han desarrollado un catálogo de sus acervos fílmicos que permite al usuario e investigador poder trazar no solo temáticas sociales y periodos históricos de los contextos sino también dar cuenta a partir de capturas de los filmes y cortas secuencias de aspectos fílmicos (Roca, 2015).   Igualmente otras experiencias desde el lado del cine casero, los home movies, que por cierto fueron tema de investigación por Richard Chalfen(1982) desde la antropología visual, también han surgido en la Cinemateca Mexicana así como en la Universidad Católica de Uruguay ( Soto, 2015; Keldjian, 2015). Los filmes caseros son un acervo audiovisual muy rico para trazar los estilos de vida, la cotidianeidad y la vida urbana en diversos momentos de la historia reciente en Latinoamérica. La iniciativa del “Archivo Inéditos” en Uruguay surge a partir de la preservación y puesta en valor de una serie televisiva que llevo a cabo la Universidad Católica del Uruguay a partir de películas familiares uruguayas.

La experiencia Colombiana, tanto en el trabajo previo llevado a cabo por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano como actualmente en el Ministerio de Cultura en Colombia, constituyen iniciativas de un trabajo extraordinario en el resguardo y valorización de documentales como patrimonios de la nación, en procesos de documentación así como incentivos para proyectos de archivos comunitarios (Arango, 2015)  así como en el apoyo a la investigación de la historia del documental colombiano ( Patiño, 2009 ).

Todas estas iniciativas indican un necesario interés por el resguardo de los acervos documentales para su acceso y como documentos valiosísimos tanto para investigadores  como para la construcción de las memorias latentes que abundan en nuestras historias comunes recientes entre las postrimerías de las dictaduras, las debilidades de las democracias, el advenimiento del neoliberalismo y las coyunturas actuales.  Regresaremos a esta problemática al final del articulo para proponer su relación en torno al caso Peruano y las posibilidades de constituir un archivo del cine documental peruano.

¿Por qué a partir de los años 50 del siglo XX? Documental Indigenista y la Escuela del Cusco – Cine Club Cusco

Al tratar de comenzar a mapear el acervo documental peruano, uno de los primeros y más importantes momentos se sitúa en el caso de la llamada Escuela del Cusco, que más bien se formó como el Foto Cine Club Cusco fundado en 1955. Comúnmente al Cine Club Cusco se le relaciona con el largometraje Kukuli (1961), dirigido por Luis Figueroa y en su carácter de un indigenismo cinematográfico,  al instituirse en lo fílmico una tendencia que había proliferado y tenido su principal auge en la literatura y pintura casi 30 años antes. Sin embargo, varios de los principales integrantes  y fundadores del Cine Club, llevaron en una forma colaborativa la producción de una serie de documentales. Los hermanos Manuel y Victor Chambi,  el camarógrafo Eulogio Nishiyama, Cesar Villanueva y Luis Figueroa realizaron varios documentales que por primera vez trataron de explorar el contexto andino en el Cusco y mostraron al mundo las  primeras imágenes del indio.  Varios críticos reconocen en esta mirada hacia las realidades del indígena como su aporte principal  en el reconocimiento y constitución de un tema propiamente peruano. Estas producciones se situarían dentro de una mirada que si bien tiende a tener un aspecto más exploratorio e incluso se le ha catalogado como “un estilo sin estilo” (Leon Frias, 2013: 136) ya que los primeros documentales parecen ser los primeros acercamientos de los propios cineastas en el medio cinematográfico. Posteriormente también se le clasificarían como filmes etnográficos en los mismos circuitos por donde habían circulado y competido, ya que Manuel Chambi llego a viajar a varios lugares con estos filmes que fueron muy reconocidos.[4] Habría que tomar en cuenta también en que forma estas producciones se relacionan con el auge de la revalorización del folclore, los estudios de folclore que también tuvieron su auge entre los años 40’s y que aun albergaban una gran importancia posteriormente, la constitución de entidades como el Instituto de Etnología y Arqueología y  del propio surgimiento de la antropología en el Cusco.

En esta coyuntura  también se  puede situar un primer desfase con el resto de las producciones latinoamericanas. Cuando se presentan los filmes de Chambi en el Encuentro de Mérida en 1968, estaban ya imperantes las miradas militantes en el documental latinoamericano.  A diferencia de esta tendencia principal en la historia del documental latinoamericano y la subsecuente conformación del nuevo cine latinoamericano que trataban de forjar una mirada crítica y combativa hacia los desigualdades e injusticias en el contexto latinoamericano, los documentales de Manuel y Víctor Chambi mostraban un registro primordialmente observacional de las principales festividades en el Cusco. Este rasgo  debe haber también promovido su caracterización como filmes etnográficos, cuando en esos mismos momentos se estaba consolidando la producción de documental etnográfico en festivales e institutos en Europa y Estados Unidos (de Brigard, 1995: 29-30) .  Si bien en los primeros documentales, la predominancia del paisaje andino se hacía patente a través de la cámara de Nishiyama, no es hasta el documental  Estampas del Carnaval de Kanas (1963) que se hace más evidente, junto con el uso clásico de la voz en off, un discurso que recuerda mucho las visiones del indigenismo en su vertiente del neo-indianismo. Deborah Poole (2000: 225) describe el neo-indigenismo como una tendencia intelectual cusqueña que proponía la importancia de la fuerza y “el poder telúrico”  del paisaje andino como forjador de la idiosincrasia de sus pobladores.  Estas características del entorno social en que se enmarcaba la producción documental de Manuel Chambi puede darnos una pista de cómo se encarna tendencias indigenistas en la producción fílmica, algo que primordialmente se ha relacionado con Kukuli (Luis Figueroa, 1961), pero que tiene otras manifestaciones.  En el caso ecuatoriano, se ha investigado sobre la tendencia del documental indigenista, sus varias manifestaciones y relaciones con los procesos de modernización desde los años 20’s hasta los años 80’s (León, 2006: 33). No habido una exploración similar en el contexto peruano aunque  en un momento de la crítica cinematográfica si se llegara a discutir a partir de la denominación de los filmes de referente andino. (Ver Lozano Morillo, 1984: )  Sin embargo, nos preguntamos hasta qué punto estas miradas indigenistas que están patentes en otros contextos latinoamericanos se manifiestan en producciones posteriores en el caso Peruano incluso hasta hoy en día. Ahora bien, quizás el interés se ha transformado desde hace un tiempo, ya que la reivindicación previa a la figura del “indio” y su discusión en círculos académicos e institucionales se transformó posteriormente a las reivindicaciones del campesino y las comunidades campesinas como actores sociales y políticos.

Antes de proseguir con esta genealogía, hay que destacar que los varios  miembros de la Escuela del Cusco, incluyendo Manuel Chambi, participaron posteriormente en producciones que tuvieron un interés y propósito directo de cine político.  Cuando Jorge Sanjinés, el conocido realizador boliviano, viene al Perú a realizar El Enemigo Principal (1974), vemos a Manuel Chambi actuando como el hacendado en esta película. La idea de esta película fue basada en el testimonio que escribiera Héctor Béjar sobre la guerrilla de los 60’s en el Perú (Segui,2016: 71) . También varios de los otros filmes posteriores de Luis Figueroa, albergan una mirada más política.  En el caso de Figueroa, hay que explorar una serie de documentales que constituyen una parte muy importante de su filmografía pero que son menos conocidos que sus largometrajes de ficción. Tanto Kukuli (1961) como los posteriores Los Perros Hambrientos (1976) y Yawar Fiesta (1982) fueron en su momento foco de críticas cinematográficas. Sin embargo,  sus cortometrajes documentales que van desde el emblemático cortometraje El Cargador (1974) basado en el testimonio de Gregorio Condori Mamani, pasando por Chiaraq’e, batalla ritual (1977), que fue censurado por el gobierno de Velasco, hasta los documentales realizados junto al Instituto de Etnomusicología en los años 90’s,  no han sido abordados en críticas o investigaciones sobre el legado de este realizador. Por otro lado, el trabajo del cineasta Federico García en forma de docudrama  El Caso Huayanay (1981) es otro referente que habría que revisitar, el cual tiene sus influencias, paralelos y divergencias con lo realizado por el Grupo Ukamau en Bolivia.  Desde la perspectiva de los estudios de cine en el Perú, no se ha profundizado en estas posibles relaciones que se podrían trazar entre realizadores peruanos y bolivianos, pero que también están presentes hasta hoy día con otros países limítrofes y sus entornos cinematográficos, como por ejemplo los vínculos entre documentalistas peruanos y chilenos. [5]

Documental testimonial y denuncia

Runan Caycu (1973),  de Nora de Izcue es quizás el referente más directo en consonancia con la tendencia del nuevo cine latinoamericano y los movimientos de liberación surgidos desde la revolución cubana. Teniendo una relación directa con el ICAIC e incluso una influencia del estilo de montaje y la utilización de material de archivo influenciada por el documentalista Santiago Álvarez y su equipo de postproducción en Cuba. [6]

Este documental presenta a través del testimonio de Saturnino Huillca, un reconocido dirigente indígena que estaba activo desde los años 30, varios de los acontecimientos de la lucha de los movimientos campesinos en el Cusco y la toma de tierras previos a la reforma agraria impulsada por el gobierno de Velasco. Como plantea Marisol de la Cadena (2004: 206-215), los movimientos y federaciones de campesinos en el Cusco adoptaron el discurso clasista venido de las influencias de la izquierda, adoptando las categorías de campesino y compañero que sobrepasaban el estigma que acarreaba la figura del indio y que les permitía convertirse en actores políticos.  Ahora bien, el documental se realiza con apoyo del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), un organismo del gobierno Velasquista, pero termina siendo censurado por el gobierno militar puesto que presentaba las matanzas que había incurrido el mismo ejercito anteriormente en la represión de los movimientos campesinos en el Cusco.  El testimonio de Huillca en quechua con una voz que dobla al español constituye un ejemplo de lo que Yudice (1992: 230) plantea sobre los aspectos del genero del testimonio en  Latinoamérica, promoviendo una concientización sobre una situación o algún grupo social en particular y a la vez promoviendo la solidaridad entre grupos sociales. La figura del testimonio ha sido ampliamente discutida  en los estudios literarios y culturales, a la vez que comprenden una de las formas en que toda una serie de documentales en toda Latinoamérica entre los 60’y 80’s se proponía dar la voz al marginado, a lo invisibilizado, pero estas tendencias, aún vigentes en la práctica documental, comienza a perder fuerza a partir de la incorporación de varios de sus mecanismos en las prácticas de la televisión y los medios de comunicación de masas.  Estas tendencias del documental de denuncia junto con lo testimonial serian formas, que con distintos apelativos, caracterizarían por un buen tiempo los tipos de producciones documentales venidas de Latinoamérica. En el libro de Julianne Burton, The Social Documentary in Latinamerica (1990) se enfocaba en estas vertientes del documental social, testimonial y de denuncia que más o menos predominarían hasta los años 80’s pero que aún continúan muy presentes en varios filmes hasta hoy en día.

Runan Caycu es no solo un documento de un periodo de la historia peruana que comenzó a transformar las características de un país oligárquico hacia las transformaciones que generaron la reforma agraria, sino también probablemente la primera manifestación de la tendencia del testimonial dentro del documental peruano.  Ahora bien, esta caracterización es mucho más compleja y merece ser contestada a partir de cómo llega a ser una figura como Saturnino Huillca, un dirigente campesino,  protagonista de tres películas en la época y como esta entrelazada por varias mediaciones e intereses políticos en disputa (Segui, 2016: 69-70). También queda por explorar como jugo la figura de Huillca dentro de los propias políticas y actores involucrados en el gobierno de Velasco.

La ley de cine y el documental – Los años 70’s

Varios autores han remarcado en la importancia que significó la ley 19327 para la producción cinematográfica peruana (Bedoya, 1995: 190; de Cárdenas, 2005: 35 ). Esta ley promulgada durante el gobierno de Velasco permitió que varios realizadores hagan sus primeros cortos y promovió el cortometraje peruano puesto que toda proyección comercial debería ir acompañada de un corto que se beneficiaba con el 25% del impuesto que se le gravaba a la entrada del cine.  Recientemente se ha publicado un libro Cuando el cine era una fiesta: la producción de la ley 19327 (García, 2013) que da cuenta de las producciones que se han realizado en esta época, muchos de los cuales fueron documentales,  varias que no se tiene acceso o que nuevas generaciones no conocen. Ha perdurado en el imaginario de esta época,  la caracterización de estas producciones como los filmes de huacos, porque lamentablemente muchas productoras en el afán de lucro grababan lo que le era más accesible en viajes al interior y confeccionaban producciones de baja calidad (Bedoya, 1995: 190).   Sin embargo, como dan cuenta  las entrevistas y producciones de varios de los cortometrajistas de esa época recogidos por Carbone (2007), muchos de ellos produjeron varios cortos documentales, y son algunos de los más destacados documentalistas, desde el trabajo de Jorge Suárez; los filmes de Nora de Izcue, incluido el ya mencionado Runan Caycu, aunque haya sido vetado en su momento, los filmes de Gianfranco Annichinni, que no se autodenomina como documentalista, y  los trabajos de José Antonio Portugal, que no es tan conocido pero tiene una ecléctica producción.  También se encontrarían algunos filmes de Luis Figueroa,  forjador de la Escuela del Cusco, que usualmente se le identifica con sus largometrajes Kukuli, Los Perros Hambrientos, Jarawi o Yawar Toro, pero que a la vez tiene una amplia producción documental en la cual se incluyen El Reino de los Mochicas (1974), Chiaraje, Ritual Guerrero (1975 ),  El Cargador (1974 ),  entre otros filmes.

Esta producción de El Cargador, da cuenta de un leitmotiv, figura iterativa principal del documental latinoamericano y que tiene también sus propias itinerancias en el documental peruano.  La figura del cargador, del trabajo físico, muchas veces relacionando a la labor de cargar grandes pesos u oficios de trabajos forzados, se convierte en una metáfora de la imposición, servidumbre y relaciones de poder que se dan en el tercer mundo. Esta figura o motivo tendrá otros tratamientos posteriores por el cineasta Juan Alejandro Ramírez, en una clave más dentro de lo que se conoce como el documental de autor, en el caso del documental Solo un Cargador (2003).   Hay que mencionar que esta figura ha sido ampliamente discutida en el contexto Boliviano alrededor de la denominación aymara del aparapita pero en el Perú no se ha identificado como un tropos que interviene en varios filmes y que tiene paralelos en varios documentales latinoamericanos, como Araya (Margot Benacerraf, 1958),  Chircales (Marta Rodríguez y Javier Silva, 1971) o Los Hieleros del Chimborazo (Gustavo e Igor Guayasamin, 1980), solo para mencionar algunos filmes emblemáticos.[7]

En los 90’s, Luis Figueroa colaboró también en una serie de videos promovidos por el Centro de Etnomusicología, actualmente Instituto de Etnomusicología (IDE) junto con el antropólogo Juan Ossio, que son parte de la Serie de Video Etnográficos que en el año 2010 publico el IDE.  Junto con otros previos videos que se realizaron de varias practicas rituales, festivas y musicales en diferentes regiones del Perú como parte de un proyecto de Preservación de la Música Tradicional Andina que llevo a cabo el Centro de Etnomusicología en sus primeros 16 años también son una acervo para investigarse. En esta colaboración entre Luis Figueroa y Juan Ossio, se produjeron los documentales relacionados con ciertas festividades principales y rituales andinos:  Corpus Christi (1995), Rituales Guerreros (1995), Mamita Candelaria (1996) y Toro Pucllay (1998).  En este rubro del registro,  preservación y salvaguarda de patrimonios inmateriales, la oficina de Patrimonio Inmaterial del Ministerio de Cultura como parte de sus varios proyectos también ha llevado a cabo documentales que acompañan sus publicaciones y más recientemente se encuentra las iniciativas de CRESPIAL.

El desborde popular y el Grupo Chaski en los años 80’s

En el contexto peruano, la década de los años 80 comenzó con un regreso a la democracia y grandes expectativas y esperanzas para una serie de reivindicaciones sociales junto con una mayor participación de partidos de izquierda. Sin embargo, esta situación se esfumó ante la peor crisis social y económica que ha tenido el país, que significó una recesión e hiperinflación galopante que llegó a niveles inimaginables durante el gobierno de Alan García. A la par con la crisis económica y del agro durante el gobierno de Belaunde Terry, surgió la aparición de Sendero Luminoso en la zona de Ayacucho y del MRTA, con una inadecuada reacción militar que propagó una violencia inaudita por todo el sur y centro andino. Dentro de este escenario caótico, se formó el grupo Chaski, un colectivo comunicacional, inspirado en los ideales de los movimientos culturales y artísticos de la década de 1960 (Santivañez, 2010: 97). En sus producciones, tanto los largos de ficción como los cortos documentales, se enfocaron en sujetos marginales del sistema posicionándolos como actores sociales y políticos. El grupo Chaski se proponía  mostrar lo que estaba aconteciendo en el país, inmersos en la tugurización y pobreza de Lima, reflejando los cambios que estaba generando la inmigración a la ciudad: crecimiento desmedido de barriadas, situaciones precarias de vivienda, el fracaso de un proceso desarrollista y un centralismo perverso, lo que Matos Mar (1984:14-20) catalogó como el desborde popular, el contingente de desplazados migrantes que van tomando la ciudad en situaciones muy adversas reclamando sus derechos y su lugar en una Lima que cambiaba totalmente de rostro.

A partir de su primer mediometraje Miss Universo en el Perú (1982), El Grupo Chaski  se lanzó a la palestra con una crítica al concurso de belleza que se estaba llevando a cabo en Lima contrastándolo con  la situaciones social y económica imperante y los estereotipos que se presentaban hacia la mujer.   Comúnmente al Grupo Chaski se le relaciona más con sus largometrajes Gregorio(1984) y Juliana(1988) que tuvieron una gran acogida en su época.  Sin embargo,  produjeron posteriormente una serie de 10 cortos documentales para la televisión alemana bajo el título de Retratos de Sobrevivencia, que incluyen los filmes Encuentro de Hombrecitos (1987 ), Margot la del circo (1987), Crisanto el Haitiano ( 1989 ), El taller más grande del mundo (1990). El caso del Grupo Chaski es un referente primordial en la historia del documental peruano pero también en la forma que dan cuenta de la migración a Lima, el desborde popular y las estrategias que iban formando distintos actores para poder sobrevivir en estas situaciones sociales precarias. En estos términos, se emparenta con los estudios que también se estaban llevando en esas épocas desde las ciencias sociales sobre migrantes, sus formas de auto-organización, sus estrategias culturales y organizativas andinas traídas a un contexto urbano que los desplazaba y marginaba, con planteamientos sobre la formación de una modernidad popular o del sujeto productivo informal al margen del estado (Degregori et al., 1986; Golte y Adams, 1987 ).

¿Y después de los 80’s? ¿qué ocurre con la producción documental en la década de los noventas?¿qué significo para la producción documental los años de la dictadura fujimontesinista?

Post años 80’s: el debacle de la producción documental y desplazamiento hacia las ONG’s

Como han remarcado varios críticos a partir de la abolición de la ley 19327, un buen número de producciones y productoras vieron truncadas sus realizaciones. Junto con el control de los medios de comunicación y la imposición de un régimen dictatorial por parte de la dupla Alberto Fujimori y su asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos, se impuso una nueva constitución, la privatización de entidades estatales y los comienzos de un orden neoliberal con la venia de la mayoría de los grupos económicos de poder. En este contexto de los 90’s,  la producción documental mermo casi por completo. En el campo del documental, podemos más bien dar cuenta en este periodo de experiencias por parte de realizadores peruanos que comenzaban a producir desde el exterior sus primeros documentales. Se dan algunas de las primeras películas autobiográficas de realizadores que se afincan en el extranjero y que constituyen documentalistas muy destacadas (Godoy, 2013: 129 ). Godoy se refiere puntualmente a los casos de Mary Jiménez, Juan Alejandro Ramírez, Javier Corcuera y Heddy Honningman.  Estos realizadores serian también antecedentes de tendencias posteriores que comenzaran a surgir a partir de los años 2000.

La desaparición de los incentivos que daba la anterior ley 19327 y la constitución de una ley de cine en el año 1993 con características propicias y alineadas a las políticas neoliberales impuestas en el gobierno, dejaron en un principio en vaivén a muchas producciones y por otro lado no se cumplían los montos dispuestos para los fomentos a los premios.  Algunos realizadores  se fueron trasladando al campo de la producción en video, haciendo trabajos con ONG’s, y encargos de  productoras o televisoras extranjeras y organismos internacionales.  En esta instancia, me permito sugerir que quizás desde estos momentos también se podría trazar una gran cantidad de producciones que si bien son de carácter de videos institucionales constituyen también un acervo de la aproximación a varias temáticas sociales desde las miradas de las ONG’s y organismos internacionales. Incluso varios de los cortometrajistas más conocidos de esta época previa trabajaron dentro de estas instancias, como los casos de Jorge Suárez, Nora de Izcue, Marita Barea y José Portugal.  Algunas de estas experiencias son aproximaciones a la difusión de conocimientos agrícolas andinos que pueden conectarse con las experiencias que existieron con políticas de desarrollo, pero también hay aproximaciones más lúdicas a las experiencias de los sueños y deseos de jóvenes en esta época así como el  empoderamiento de las empleadas domésticas y las luchas por la equidad de género.  Acá faltaría explorar una genealogía sobre qué tipo de experiencias documentales van surgiendo dentro de estas entidades y que más adelante generarían proyectos como PRATEC, en donde se hicieron una serie de videos sobre tecnologías andinas.  En este rubro, estarían los trabajos que realizaron Maja Tillman  junto con Rodrigo Otero Heraud. El trabajo posterior de Otero Heraud ya estaría inmerso en las estéticas y prácticas del documental contemporáneo e incluso de propuestas más experimentales con sus filmes Andun (2002) y Reyno (2006)  que albergan aproximaciones poéticas al poeta Javier Heraud así como un acercamiento onírico y ensayístico a temáticas del paisaje y la cosmovisión andina.  Recientemente, ha realizado el documental Los ojos del camino (2018), que le da seguimiento al maestro andino (paq’o) Hipólito Peralta Ccama en una travesía poética ensayística por diversos parajes andinos a manera de una metáfora sobre los sentimientos de la cultura y cosmovisión andina hacia la madre tierra, planteándonos varios cuestionamientos sobre nuestra relación con la naturaleza como ser viviente, como eterno acompañante de nuestras vidas.

En este mismo contexto de producciones en diversas ONG’s y pequeñas productoras, se daría también los principios de involucramiento con el audiovisual y las formas documentales de destacados realizadores documentales posteriores. Estaría el caso de Fernando Valdivia, reconocido realizador de documentales sobre las problemáticas y vivencias de varias comunidades indígenas en la Amazonia Peruana, con su participación en los comienzos de la iniciativa en Villa El Salvador del Canal 45 como una experiencia de producción comunitaria en medios de comunicación así como sus vínculos y participación con la productora TVCultura.[8] A la par, se podría mapear el recorrido del documentalista Ernesto Cabellos, fundador de la reconocida productora Guarango, que tiene como mentor a Stephan Kaspar, uno de los fundadores y pilares del Grupo Chaski. Ambos son importantes trayectorias y vínculos generacionales que aún falta trazar sus relaciones con los contextos cinematográficos e históricos de la época.

Si bien había comenzado a filmar en el Perú desde los finales de los 70’s,  también habría que localizar en esta coyuntura de los años 90’s,  el trabajo de John Cohen, músico, fotógrafo y cineasta norteamericano. Si bien viene de una extracción extranjera es un referente importante a considerar especialmente por sus producciones documentales que llevo a cabo en el Perú y que no han sido investigadas. Su primer filme Q’eros, the shape of survival (1979) entraría en la denominación de cine etnográfico mito poético con una mirada holística a la comunidad Qéros, al construir una imagen de los Qéros consecuente con su denominación mítica de descendientes directos de los incas, pero que a la vez da cuenta de sus prácticas comunales de lo que el antropólogo John Murra, denomino el archipiélago vertical o el control vertical de un máximo de pisos ecológicos en la economía andina.   A partir de su interés por las experiencias musicales andinas, explora los mundos de la música y ritual andinos en los documentales, Mountain Music of Peru (1984), Carnival in Qéros (1990) y las repercusiones sociales en un momento en que se entrecruzaba  la violencia política en el país con el fenómeno de músicos andinos migrantes a la metrópoli en el caso del emblemático documental, Dancing with the Incas

(1991). En su momento de su presentación fue criticado por su postura en un momento en que el grupo de Sendero Luminoso ya había cometido una serie de atrocidades en varias localidades andinas y atentados en Lima. Sin embargo,  este filme maneja una mirada crítica hacia la situación social del momento en el Perú a través de los propios testimonios y experiencias de los cantantes vernaculares que no se muestran en otros documentales de la época.

¿Qué se genera a partir de la transición democrática y la imposición a perpetuidad de un régimen neoliberal? Nuevas tendencias y transformaciones en el nuevo milenio

A partir del 2000, parece abrirse un campo  a partir de las producciones estudiantiles en universidades, institutos y algunas producciones independientes (Bedoya,2009: 232 ; Godoy, 2013: 107 ).   La apertura que significó el momento de la transición democrática en el Perú  junto con la mayor accesibilidad de medios de producción audiovisual, con lo cual poco a poco se iba estableciendo el video digital, abrió el campo a otras propuestas documentales.  En esta coyuntura, habría que tomar en cuenta que a la par con una mayor visibilidad del documental en renglones internacionales, se va dando lo que varios autores han denominado un giro subjetivo en el documental.  Esta tendencia ya se había comenzado a dar en el contexto anglosajón, el teórico del documental Michael Renov  identifica en los años 90’s una tendencia de varias producciones que se iban adentrando en temáticas más íntimas y subjetivas en la producción documental.  Igualmente otros autores lo identifican dentro del mismo contexto latinoamericano, con una producción principal en el caso de Argentina y Chile pero que va surgiendo en varios otras áreas y producciones en Latinoamérica (Piedras, 2014; Valenzuela, 2011). En el caso peruano, el trabajo de Mauricio Godoy, “Lo autobiográfico en el documental peruano” (2013) investiga varias de esta producciones, sus antecedentes y realizadores en el contexto peruano que se comienza a dar a partir de la primeras dos décadas del siglo XXI.

Esta tendencia de lo autobiográfico constituye una de las más prolíficas en el documental peruano actual, pero  es solo parte de algunas de las avenidas que abre la producción documental para la expresión de nuevas perspectivas.  Y jóvenes realizadores, que comienzan a tener otros referentes hacia formas del documental contemporáneo como: el falso documental, el metraje encontrado, el documental de compilación, y formas híbridas de lo que ahora se va denominando como la no-ficción.  En esta coyuntura, se sitúa también el libro de Ricardo Bedoya “El cine peruano en la era digital” (2015) que presenta un amplio panorama de varias producciones recientes incluyendo muchos documentales con breves reseñas, que pueden ser referencia para posteriores investigaciones.  En un reciente número de la revista Conexiones (2018), se ha presentado algunos artículos que están tratando de dar cuenta de algunas de las producciones más recientes en el documental peruano que estarían rompiendo esquemas y planteando propuestas híbridas de no-ficción. Dentro de estas nuevas tendencias, se encontrarían una diversidad de trabajos desde aproximaciones a prácticas de metraje encontrado con archivos relacionados al conflicto interno armado en Camino Barbarie (Javier Becerra, 2004) y La Huella (Tatiana Fuentes, 2012), aproximaciones sensoriales como en Signo Generador (Adriana Ugarte, 2010) y El Operador ( Diana Tupiño, 2017); o  propuestas más experimentales entrelazadas con prácticas del video-arte como Dictado ( Edward de Ybarra, 2016 ) sobre el conflicto medioambiental en torno al proyecto minero Tía María, Arequipa.  Poco a poco van surgiendo algunas iniciativas para explorar el documental peruano, planteando mapeos y posibles indagaciones especialmente a producciones contemporáneas.  Sin embargo, como estamos dando cuenta en esta panorámica y genealogía del cine documental peruano aún quedan muchas avenidas y posibles campos por explorar.

Performando el documental en el Perú Contemporáneo

A partir del gobierno de Fujimori se instituye un orden neoliberal que en las primeras décadas del siglo XXI se fue enraizando aún más en el tejido social peruano. Los imperativos impuestos por el orden neoliberal en sus impulsos por promover la marca Perú y otras iniciativas de promoción y marketing de marca país en plataformas y diversas campañas en internet así como en la utilización de videos promocionales que incluso fueron caracterizados como documentales, que sería el caso de Peru, Nebraska (2011) y algunos de sus secuelas. Brevemente solo daré cuenta de un ámbito en el que he estado investigando sobre los cambios que  han incurrido en la historia reciente en el Perú, me refiero a la transformación del sujeto migrante venido a Lima, que se representó en varios documentales y filmes de los 80’s, y que también constituyo el interés en varios trabajos en las ciencias sociales en esas épocas, hacia la figura del emprendedor que se ha constituido como referente del sueño peruano a la par con estas tendencias de la Marca Perú, el auge de la gastronomía como estandarte y figura del ethos peruano hasta políticas culturales que se fomentan con la idea de promocionar emprendedores culturales.  Esta transformación del sujeto migrante, como estandarte de un nuevo futuro ciudadano que cambiaría las facetas de la Lima oligárquica, hacia el auge del emprendedor como uno de los estandartes del neoliberalismo peruano, se puede trazar a través de una serie de documentales, desde Encuentro de hombrecitos (1983) del grupo Chaski, pasando por el documental Sueños Lejanos (2003) de uno de los integrantes de este grupo, revisitando la vida de los personajes de este previo filme, 20 años después, posterior a la debacle de la dictadura fujimorista. Posteriormente en el 2010, como parte de una serie de documentales sobre figuras artísticas,  el colectivo Mercado Central produce el cortometraje Vine cargando mi Arpa (2010), que da cuenta de la figura artística de Laurita Pacheco, una cantante de folclor andino y arpista, que  también ha sido migrante pero que su presencia y accionar ya se va encarnando en la concepción del emprendedor peruano.

Lo interesante es que en el contexto peruano actual se han dado también otras producciones como Sigo Siendo (2013), del documentalista Javier Corcuera, que tuvo una gran acogida de público en salas comerciales y en varias medios sociales y más recientemente podríamos considerar a La Hija de la Laguna (2015) de Ernesto Cabellos  como  otra  instancia documental reciente que promueven miradas críticas a las imposiciones del neoliberalismo en el contexto peruano pero desde posicionamientos a diferentes problemáticas y actores sociales.  Ambas han tenido presentaciones en salas comerciales, quizás no con la misma amplitud, pero igualmente han aparecido en diferentes programas televisivos y notas de prensa.

¿Cómo performan estas producciones documentales recientes en la esfera mediática peruana o en la esfera pública peruana? El hecho que por una parte el documental de Corcuera, Sigo Siendo, haya tenido una programación y exhibición en salas comerciales en Lima, ha abierto un campo para el documental en ciertos cines comerciales.  La Hija de la Laguna, con una temática que toca el tema de los conflictos por el proyecto minero Conga en Cajamarca también ha podido mostrarse, aun con ciertos contratiempos y censuras, en algunas salas comerciales, pero incluso ahora ha podido presentarse en Netflix. Todos estos son ámbitos que señalan hacia un carácter de performatividad del propio documental peruano dentro de la esfera mediática peruana e incluso internacional. Estos recientes ejemplos nos zambullen en algunos de las problemáticas menos discutidas pero principales de la producción documental, los temas de la circulación, distribución y construcción de audiencias. Si el propio cine peruano de ficción tiene grandes contratiempos para poder presentarse en salas comerciales,  ¿Cuáles son entonces los canales posibles para los documentales peruanos?  ¿Cuál es el rol de festivales e iniciativas alternativas para la presentación y circulación del documental en el Perú?  Nuevamente, a diferencia de recientes iniciativas de investigación en países cercanos en el ámbito latinoamericano ( Ver Revista Cine Documental, número 18, 2018), no existen aproximaciones que investiguen estos campos de los festivales y circulación del documental en el contexto peruano.

A modo de conclusión y propuesta a futuro

A partir de la experiencias de los cursos implementados en la Maestría en Antropología Visual en su línea documental, llevamos a cabo en el año 2015  un Seminario Internacional  Prácticas y Nuevas Perspectivas en el Cine Documental Peruano y Latinoamericano, donde se llegaron a presentar una diversa gama de ponencias.  Este evento se pensó como una plataforma para ir avanzando en la posibilidad de conformar un posible archivo de cine documental peruano, como una plataforma de web interactiva, que recoja algunas de las pocas iniciativas existentes que ya se están llevando a cabo en el Perú relacionados al cine documental, pero a la vez se vaya fomentando la constitución de un archivo digital que no solo incorpore la diversidad de tendencias, realizadores y temáticas del cine documental peruano, sino que albergue una serie de materiales de archivo relacionados a la historia y practica del documental. La idea de este Proyecto ADOC- Archivo del Cine Documental Peruano es incentivar la investigación sobre el cine documental peruano y su importancia como una práctica íntimamente ligada a las problemáticas sociales y culturales en el Perú contemporáneo.  El rol de un archivo documental peruano constituye no solo un acto de preservación e investigación social de un patrimonio audiovisual en vías de desaparición sino también un espacio para la apertura y reconocimiento de la diversidad de miradas, imágenes, voces y subjetividades que han sido recogidas por la historia del cine documental peruano.[9]

Bibliografía

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Notas

[1] En una versión más larga de este trabajo, se han propuesto posibles áreas de exploración a partir de temáticas puntuales que congregan varios documentales y practicas documentales en estas primeras décadas del siglo XXI.

[2] León Frías (2013) en su estudio sobre el nuevo cine latinoamericano ya menciona este desfase del cine peruano con esta tendencia que se va formando en el continente.

[3] Esta es una galería comercial en el centro de Lima con múltiples stands donde se puede encontrar desde los últimos modelos de jeans y zapatillas de marcas reconocidas hasta copias de DVD’s y Blue-ray de los estrenos comerciales más recientes.

[4] Cuando se llegaron a presentar en Lima, José María Arguedas los catalogo como filmes de gesta, refiriéndose a la gesta de una cinematografía netamente peruana.

[5] En su artículo sobre la figura del dirigente campesino Saturnino Huillca como protagonista en una serie de películas, Isabel Seguí explora algunas de estas vinculaciones y participaciones de realizadores peruanos y bolivianos en la producción del filme Jatun Auk’a ( El Enemigo Principal,1974) de Jorge Sanjines.

[6] Seguí (2016) recoge en una entrevista a Nora de Izcue donde destaca la importancia de la participación en la postproducción de los profesionales de ICAIC, tanto la editora Mirita Lores y el especialista en fotomontaje Pepín Rodríguez, quien pertenecía al equipo de Santiago Álvarez.

[7] Le agradezco a la investigadora Isabel Seguí por remitirme a esta figura del Aparapita tan arraigada en discusiones sobre la literatura boliviana.

[8] El trabajo de Fernando Valdivia merece una investigación amplia tanto por sus varias producciones enfocadas en la amazonia peruana así como las recientes experiencias del proyecto Escuela de Cine Amazónico, en Pucallpa. Recientemente, ha publicado un artículo: “Amazonia, los caminos hacia la autorrepresentación indígena en el cine peruano”, en la Revista La Otra Cosecha, Numero 1- Año 2018, que es una publicación autogestionada por el Colectivo Maizal enfocado en el Cine y Video Comunitario en Nuestra América.

[9] Una discusión de las posibilidades del Proyecto ADOC se presentó  en el Seminario Antropología y Archivo en la Era Digital: usos emergentes de los audiovisual con la ponencia:  “La (im)posibilidad de un archivo de cine documental peruano” (Noviembre 17, 2017). En proceso de publicación.

Teatro de guerra (Lola Arias, 2018)

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Teatro de Guerra

Memorias en proscenio

Cinco años atrás la directora teatral, escritora y artista Lola Arias participó del evento colectivo After the War, que reunió en Londres a veinticinco artistas del mundo con intervenciones sobre las consecuencias de la guerra, donde presentó una videoinstalación con veteranos de Malvinas. Esta idea inicial tuvo continuidad en una serie de proyectos sobre los que Arias viene trabajando a lo largo de estos años: la videoinstalación Veteranos, que luego formó parte de la exposición Doble de riesgo exhibida entre agosto y noviembre de 2016 en la sala PAyS del Parque de la Memoria; la obra teatral performática Campo minado, con estreno ese mismo año (primero en Londres y después en Buenos Aires) y luego de gira por Europa y Latinoamérica; y la película documental Teatro de guerra, que este año se presentó y fue premiada en el festival de Berlín y en el BAFICI.

“¿Qué significa ser veterano de una guerra? ¿Qué efecto tuvo la guerra en ellos? ¿Qué fue de sus vidas más de treinta años después?”, se pregunta Arias. No la acción en el campo de batalla sino el modo en que la guerra afecta a las personas que la vivieron, cómo la guerra pervive en ellas a través del tiempo, qué somos capaces de percibir nosotros de esa experiencia de la guerra. Estos son los interrogantes a partir de los cuales la artista crea una serie de “objetos” estéticos que desbordan los formatos tradicionales a partir del cruce de géneros y de un trabajo performático con relatos autobiográficos, material de archivo, objetos personales y testimonios. La película Teatro de guerra pone en escena a veteranos de Malvinas, argentinos e ingleses, en una sucesión de escenas y cuadros que evocan el pasado desde un firme anclaje en el presente. Hombres de cincuenta y pico que narran, cuentan, y más que actuar, accionan, exponiendo sus cuerpos como el lugar concreto en el que la propia vida se cruzó con la Historia.

No debería sorprender que la versión teatral de la serie, Campo minado, sea más cinematográfica que Teatro de guerra, cuyo título anticipa el rasgo distintivo de una película “teatral” –aunque claramente no en el sentido de “teatro filmado”, sino por el modo de procesar la experiencia del tiempo a partir de la duración de lo que acontece, y de su presencia en el plano–. Si en Veteranos la clave de lectura está en la posibilidad que abre el recorrido del espacio y la posición variable de la mirada, en tanto se trata de una video instalación con cinco pantallas que proyectan imágenes en simultáneo, y si en Campo minado es la lógica del primer plano y del montaje (procedimientos cinematográficos por excelencia) como operación de significación de imágenes que recortan el espacio con énfasis en el tiempo “en vivo” en el que transcurren, en Teatro de guerra, en cambio, la clave está en la distancia entre la cámara y lo que se muestra a través de una sucesión de encuadres fijos -a menudo con predominio del plano general o de conjunto- que respetan la duración “real”, y por eso “teatral”, de las acciones.

A nivel formal, Teatro de guerra se apoya en un conjunto de procedimientos y recursos que exponen el artificio del lenguaje –la repetición, el plano secuencia como duración, el eje de distancia de la cámara, la inclusión de lo azaroso, etc.-. A nivel de las significaciones, incluye una figura éticamente incuestionable, la de la trasmisión generacional, para representar el pasaje desde lo individual subjetivo hacia lo colectivo. Ese pasaje que Campo minado resuelve mediante la inclusión del espectador (a través de la segunda persona) en una interpelación punzante que pone en cuestión la voluntad de comprender y de asumir la guerra como una experiencia social, señalando el no “ponerse en el lugar del otro” (para usar una expresión mundana que resume la idea de la canción final de la obra, cuyo poder de interpelación, por otra parte, se desactiva bajo la mediación del dispositivo cinematográfico) como un gesto de indiferencia o de negación; punto ciego que anuda la imposibilidad colectiva de procesar aquel episodio trágico de la historia reciente que es “Malvinas”. Teatro de guerra, en cambio, pareciera saldar en cierta forma ese gesto de indiferencia o de negación en su escena final, donde literalmente se representa o se actúa el “ponerse en el lugar del otro”. La escena presenta una inversión de posiciones entre los veteranos, que llevan a cabo una representación de un acto de combate, y un grupo de jóvenes –que ofician de alter ego de los protagonistas- que los observan. Uno a uno, los jóvenes van ocupando las posiciones de los combatientes en el campo de batalla, mientras estos se ubican en el lugar de espectadores de la escena. Este gesto literal de “ponerse en lugar de” (de poner un cuerpo en lugar de otro) ¿es un modo de figurar el hacerse cargo de la experiencia de la guerra? ¿o el asumir la importancia de no negar ese pasado? La película se clausura con este gesto performático compensatorio que marca un interés de las nuevas generaciones (dado también por un acercamiento de los jóvenes que se va mostrando en escenas previas) que haría posible para los veteranos una toma de distancia “terapéutica”.

Si se piensa Teatro de guerra dentro de la tradición cinematográfica sobre la guerra de Malvinas -un corpus de documentales y ficciones que, a diferencia de la literatura, por ejemplo, suele carecer de toda apuesta estética-, la película de Arias se destaca como un ejercicio original que propone una forma renovada de visibilidad y un estatuto creativo novedoso. Pero dentro del proyecto “Malvinas” de la artista, es el teatro el ámbito más potente: Campo minado como una máquina de circulación de afectos, recuerdos, reflexiones que, al final, se anima también a la emoción.

Marcela Visconti

Ficha técnica

Dirección y guión: Lola Arias. Producción: Alejandra Grinschpun, Gema Juarez Allen y Pedro Saleh. Clínica de proyecto: Alan Pauls. Asesoramiento artístico: Alejo Moguillansky y Graciela Speranza. Fotografía: Manuel Abramovich. Montaje: Alejo Hoijman y Anita Remon. Música: Ulises Conti. Sonido: Sofía Straface. Origen: Argentina, Alemania y España. Productora: Gema Films. Elenco: Lou Armour, David Jackson, Rubén Otero, Sukrim Rai, Gabriel Sagastume y Marcelo Vallejo. Duración: 73 minutos. Año: 2018.

A Snake Gives Birth to a Snake (Michael Lessac, 2014)

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A Snake Gives Birth to a Snake

La película A Snake Gives Birth to a Snake del director Michael Lessac ha sido producida por la compañía Global Arts Corps, de la cual es fundador, y es una profunda reflexión sobre la violencia en la historia y el papel de los sujetos inscriptos en ella, tomando como eje del análisis las experiencias de Sudáfrica, Rwanda, Irlanda del Norte y la ex Yugoslavia. La película ha sido exhibida y aclamada en el Durban International Film Festival (2014), Official Selection Global Peace Film Festival (2015), Atlanta Film Festival (2015), FIPA (Festival International de Programmes Audiovisuels), entre otros festivales. También se la conoce como Truth on Translation y versa sobre las vivencias de una compañía teatral sudafricana multirracial que, a partir de los testimonios de los Tribunales de Verdad y Reconciliación, lleva dicha experiencia a contextos diferentes pero también atravesados por el odio y la violencia y sus huellas en el presente a partir de los hechos del pasado, conforme a buscar la reconciliación. Uno es africano, Kigali, en Rwanda (1994), y dos europeos, Belfast, Irlanda del Norte (1994) y diversas ciudades de la ex Yugoslavia en 1995 (Belgrado, Sarajevo, Prishtina, Mitrovica Norte y Mostar).

Como señalan los entrevistados, el recientemente fallecido músico Hugh Masekela y el ex Nobel de la Paz Desmond Tutu, la experiencia sudafricana fue única y sin precedentes. Entre 1996 y 1999 funcionaron los Tribunales de Reconciliación, inspirados en la pregunta de Nelson Mandela: “Can we forgive the past to survive the future?” (¿Debemos perdonar el pasado para poder sobrevivir al futuro?), para juzgar los delitos y buscar la reconciliación tras la caída del Apartheid. Max du Preez, jefe de los periodistas que reportaron en los tribunales, indica que esta experiencia se convirtió en parte del ADN sudafricano. Durante tres años desfilaron víctimas y victimarios y cada uno de los testimonios fue traducido a las once lenguas oficiales del país. El desafío de los traductores era el de no quebrarse frente a la gravedad de lo narrado, generando la pregunta de hasta qué punto puede mantener el traductor su objetividad.

Los actores de la compañía teatral debieron atravesar un camino no exento de dificultades. Jugando a ser de algún modo ellos mismos, los conflictos raciales no tardaron en estallar. A propósito, Masekela cumple una excelente función de integración, al dirigir y hacerlos cantar a partir de letras que son recopilaciones textuales de los testimonios de los tribunales. Varios miembros de la compañía expresaron miedo, angustia e inquietud frente al desafío de hacer teatro para otros e interactuar con sus compañeros. Para varios de los blancos se trataba del primer contacto con negros, lo cual agregó cierta incertidumbre. Otra pregunta que recorre la película es si se puede separar el rol de actor de la persona.

En la primera parte, el destino del grupo teatral es Kigali, capital de Rwanda. Corría el año 1994 y, en menos de 100 días, 800.000 personas fueron masacradas por el hecho de ser de un grupo étnico distinto al de los victimarios o expresar su oposición al plan genocida. En forma de musical, la compañía canta sobre el genocidio frases como “43 heridas en su cuerpo. Vertieron ácido en su cuerpo. Le cortaron la mano”, buscando concientizar acerca de lo que fue el genocidio rwandés a un auditorio compuesto por niños y jóvenes, una generación de hijos de víctimas y victimarios. Es clave la opinión de un entrevistado cuando expresa que no se puede olvidar lo que pasó porque sino la gente se vuelve loca o se enferma. También los miembros de la compañía visitan los sitios de memoria y muestran su consternación, al oír testimonios de supervivientes.

Un importante testimonio asegura que perdonar es aceptar lo que le pasó a uno, entender que la gente mala existe y es fácil encontrarla. Agrega que odió a los victimarios pero eventualmente los entendió y terminó aceptando la situación. La reflexión se profundiza y una mujer opina que se puede perdonar o no, pero algunos no lo han podido hacer.

En la segunda parte del film la compañía llega a Belfast, donde se confrontan con el legado de la histórica división entre protestantes y católicos. En el año 1994 se construyeron 20 muros, en lo que se ha definido como una “Arquitectura de la separación”, hasta llegar en 2007 a 80 con la situación de niños que no saben qué existe del otro lado. Hay varias menciones al IRA (Ejército Republicano Irlandés Auténtico) y al penoso escenario que planteó el odio político y religioso. El nieto de uno de los hacedores del sistema, Hendrik Verwoerd, traza una aguda analogía con el Apartheid. Uno de los integrantes del grupo reflexiona cómo es posible asesinar a una persona y al otro día continuar una vida normal. A otro de los integrantes le urge decir que ha descubierto que el peor enemigo de los negros son los negros, y que ellos son sus peores opresores.

La compañía confronta a irlandeses a partir de la experiencia de reconciliación sudafricana. En un momento del debate, uno de los presentes critica que Irlanda del Norte no está en condiciones de poder seguir el ejemplo de Sudáfrica porque no es posible cambiar la matriz del poder. Observa que, si bien en el país africano el ANC (Congreso Nacional Africano) puede perder una elección y alejarse del poder, sin embargo una integrante negra de la compañía le responde, en forma contundente, que si el partido resultara derrotado es porque los negros pueden votar. Además, agrega, que si no fuera por el fin  del Apartheid, no estaría en condiciones de poder dialogar con él. El señor concluye con que replicar la experiencia sudafricana constituye una pérdida de tiempo y otro manifiesta pensar lo mismo. Masekela aporta que en una sociedad oprimida el opresor sufre más que el oprimido, como un aporte reflexivo categórico.

El teatro saca a relucir tensiones, conflicto y produce catarsis. Un actor blanco admite ser racista, que el racismo habita en él, a pesar que a partir de las reflexiones conjuntas va trascendiendo la idea que cuando se dice yo, se piensa en los otros. O al menos eso debería suceder. Entonces, en su primer destino europeo, la compañía comienza a experimentar problemas entre sus integrantes, como la oposición entre blancos y negros, una situación inevitable según uno de los miembros, hasta llegar al punto que una integrante (negra) plantea la posibilidad de retornar y se cuestiona el sentido de la actividad. En fin, la situación incita a reflexionar sobre si el Apartheid está realmente superado. “Puedes simpatizar con mi dolor pero nunca lo viviste”, la distancia expresada. En Irlanda del Norte no hay ánimos de reconciliación como en Sudáfrica o, en menor medida, en Rwanda.

Más rispidez hay en el tercer país visitado, donde la obra va llegando a su clímax. En la ex Yugoslavia la compañía visita cinco ciudades del que fuera un país integrado y en el que la limpieza étnica hiciera estragos durante los noventa, con una guerra cuyas imágenes se hicieron tristemente famosas en todo el mundo. El argumento esgrimido fue que si los serbios fueron conquistados y maltratados por los otomanos siglos antes, los primeros luego descargaron su odio sobre los bosnios musulmanes, una buena porción del pueblo. El 11 de julio de 1995 en Sbrenica, una ciudad protegida por las Naciones Unidas, aparecieron los serbios que juntaron a la población y la separaron entre hombres y mujeres, para desplazarlos y asesinarlos en diferentes lugares, niños incluidos. La ONU no lo detuvo, sino que se excusó argumentando que solo tenía mandato para supervisar y no podía actuar. Como resultado, más de 8.000 bosnios fueron asesinados en julio de 1995 en la masacre de Sbrenica. En las actuales naciones que sucedieron a la descomposición de Yugoslavia el ambiente es más tenso. Uno de los presentes afirma que no hay voluntad de entender al otro, ya que la división está impuesta desde el poder y nadie quiere someterse a un juicio crítico. Emerge la comparación con el Apartheid una vez más, puesto que lo que fuera un país ahora está dividido en lenguas, etnias y religiones, lo que resulta irónico porque, a nivel lingüístico, tanto el serbio, el bosnio y el croata son bastante parecidos (a diferencia del albanés). Resulta fácil hablar el idioma del otro pero eso no sucede porque hay rechazo.

De paso por Prishtina, capital de Kosovo, la compañía aprende que la mayoría étnica en el país es albana y que pese a la habitual convivencia, un serbio opina que es imposible que los serbios pidan disculpas. Pese a ello, en charlas, la compañía intenta reconciliar a un serbio con una albana. La tensión se siente en el ambiente. La mujer aduce que los albanos no salieron a matar serbios, pero estos últimos hicieron lo contario. También en Mitrovica Norte resulta compleja la idea de mezclar serbios y albanos. Sin embargo, y como una buena sorpresa para los actores, un lugareño cede y argumenta que el río no debe ser una frontera e insiste en que se necesita la reconciliación, aunque sus compatriotas le discuten tenazmente. En Mostar, cuyo puente fue construido en 1566 y destruido durante la guerra en 1993, símbolo de la desunión, la compañía organiza un teatro abierto en el lugar donde estuviera el antiguo puente (reconstruido en 2004) para que se acerque el público y olvide las diferencias. El objetivo planteado es que la gente comience a escucharse de nuevo, generar una pequeña esperanza, ir reconstruyendo y sentir preocupación por el otro, hasta llegar a la “gran esperanza”, como dice uno de los actores.

En este punto el film llega a su momento álgido. Se someten a los miembros del grupo teatral a un ejercicio: pararse frente al compañero y preguntarse a uno mismo si es posible ver a una persona distinta, imaginárselas más jóvenes, incluso de bebés. De algún modo eso es lo que hizo Sudáfrica, sugiere el coordinador de la actividad. La pregunta que resuena es qué hay que hacer para jalar del gatillo. Paso siguiente, la definición de lo que es el perdón. Una integrante zulú del grupo explica que en inglés perdonar significa aceptar lo que el otro hizo, pero en su idioma además de ese sentido, agrega la noción de paz.

Algunas ideas fundamentales que resuenan de la película.

En primer lugar el tema de la división, el denominador común de todas las experiencias retratadas en la trama. La idea de los muros es consecuente y simboliza la esencia humana, el hecho de estar divididos por meras convenciones sociales como han de ser la religión, la lengua, etcétera.

En segundo término, la película tiene un trasfondo psicológico al mostrar las reacciones de cada uno de los involucrados (miedo, angustia, enojo, intolerancia). Asimismo, la trama centra atención en la capacidad de poder entender al otro. La trama muestra las inquietudes en general del grupo actoral, cómo los actores atraviesan la recreación de experiencias tan traumáticas y de qué forma han procesado lo ocurrido, al igual que el entorno con el cual deben tratar. La película permite comprender qué significa adentrarse en la mente de la víctima, así como en la del victimario.

En tercer lugar, al confrontar a las dos partes, la película repasa la noción de perdón, la cual queda sujeta a la propia conciencia del individuo. Es importante hacer notar que al final de la película el reparto vuelve a recrear la historia de Sudáfrica y, cuando le preguntan a la protagonista de la dramatización, si ya está en condiciones de aceptar disculpas, ella responde “hoy no”. Se vuelve a reconectar con la idea de la necesidad de ponerse en el lugar del otro y de ese modo poder comprender a efectos de propender a la reconciliación.

Por último, aunque sin desmerecer valor, A Snake Gives Birth to a Snake sirve para reflexionar sobre el teatro y su función social. Esto se observa en tres niveles: en el primero, cuando ofrece conocimiento sobre lo que sucedió, en especial en relación a quienes no vivieron los hechos, como el público que presencia las representaciones en Kigali. En un segundo nivel favorece la concientización en relación a lograr el perdón (en cierta forma también comparte difusión del conocimiento). En tercer lugar, el teatro implica catarsis, no sólo para los espectadores. Los actores se funden con el guion, se compenetran, gritan, entran en discusión con el otro, al punto que no se puede saber si es parte de la actuación o realmente, como expresara alguien, no se vislumbra la separación entre la persona y el actor.

La película debe funcionar como disparador para pensar la excepcionalidad del proceso de reconciliación en Sudáfrica. El mismo es único y no ha podido replicarse en otros contextos signados por condiciones similares de muerte y trauma subsiguiente. Los casos de Irlanda del Norte y de la ex Yugoslavia demuestran esta imposibilidad, como se ve en el film son lugares donde quienes están a favor de implementar procesos de reconciliación se encuentran en la minoría. La idea del muro es vital y permite ver que las divisiones aún subsisten. El Apartheid no está muerto, en cualquier lugar donde hay división, existe un pequeño Apartheid. En efecto, una falla que puede señalarse al director es no haber mostrado que las divisiones aún lastiman Sudáfrica, donde los negros continúan siendo los más pobres y los más ricos casi siempre son los blancos. Tal vez la película muestra una imagen demasiado idílica de Sudáfrica, sirviendo como ejemplo para predicar la imagen de un país que ha salido de las cenizas. Aunque si la película produce esta imagen en el espectador, faltaría matizarla.

Omer Freixa

Ficha técnica

Dirección: Michael Lessac. Producción: Michael Lessac, Emma Tammi, Jacqueline Bertrand Lessac y Henry Jacobson. Producción ejecutiva: Nick Quested, Robert Lear y Jonathan Gray. Partitura original: Nathan Halpern. Música: Hugh Masekela. Origen: Sudáfrica. Productora: Global Arts Corps. Duración: 99 minutos. Año: 2014.

Ata tu arado a una estrella (Carmen Guarini, 2017)

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Ata tu arado

Porque así como, confieso,
ya no se más dónde empieza la palabra cine
y dónde termina la palabra vida
tampoco se más dónde termina la palabra poesía
y dónde empieza la palabra revolución.
Fernando Birri

El auto recorre un camino de tierra y se detiene frente a una casa baja rodeada de árboles. Es primavera o verano. Desde la ventana, un señor de barba larga y gris saluda en cámara. Suena un mambo.

Entramos en la casa. El señor de barba, con movimientos rápidos y seguros, cierra cuidadosamente puertas y ventanas de la casa y sale. Afuera lo espera una maleta de viaje. Dice que en la casa sólo hay libros y nadie roba libros. ¡Ojalá lo hicieran!

Estamos en Rincón (Santa Fe), a mediados de los años 90 y este señor anciano, con ojos de niño, es Fernando Birri, padre del Nuevo cine Latinoamericano. Detrás de la cámara, implacable, está Carmen Guarini. Birri ha vuelto a la Argentina para realizar una película –comisionada por la televisión alemana- en ocasión del aniversario treinta de la muerte de Che Guevara. Guarini está proyectando una especie de diario de filmación titulado “Compañero Fernando”.

Pronto nos damos cuenta de que Birri nunca tuvo la intención de hacer una película conmemorativa sobre el Che. Lo que va a realizar es un documental argumental sobre la utopía o, más precisamente, sobre la vigencia de la utopía en la época posmoderna. Guarini, por otro lado, abandona la idea del diario de filmación pero utiliza el material para realizar un retrato complejo, íntimo y necesario del maestro santafesino, una huella testimonial destinada a quedar en la memoria.

Ata tu arado a una estrella es una película sobre Birri, sobre la utopía, sobre la vida, sobre la resistencia y sobre el derecho a soñar. No es un viaje de lo macro a lo micro, de lo general a lo particular, sino más bien un film-galaxia. El centro es Fernando, a su alrededor orbitan vidas, obras y discursos heterogéneos estructurados en tres momentos  de la vida del autor: la filmación de Che ¿muerte de la utopía?, la ceremonia de inauguración de la Escuela Internacional de Cine y Tv de San Antonio de los Baños (Cuba) y una serie de entrevistas realizadas en 2017. A los tres momentos corresponden tres espacios públicos (Instituto de Cine de Santa Fe, Escuela de los tres mundos, Centro Sperimentale di Cinematografia) y tres privados (el “rancho” en Rincón, el estudio cubano, la casa de Roma).

La primera parte es el “diario de filmación”, que transcurre entre Santa Fe, Buenos Aires, La Higuera (Bolivia) y Montevideo. Hay escenas de “ocio” (un almuerzo con amigos y compañeros de trabajos), reuniones con el equipo técnico (durante las cuales se transparenta la metodología de trabajo de Birri) y la preparación a las diferentes entrevistas realizadas. Alrededor de la palabra utopía se alterna una multiplicidad de voces distintas que construyen un argumento resumible en el conocido aforismo de Birri: “¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”. Se interpelan amigos ilustres (Osvaldo Bayer, Ernesto Sábato, León Ferrari, Eduardo Galeano) y campesinos bolivianos, pero no existe una verdad más verdadera que otra. Todas las voces son igualmente relevantes, igualmente funcionales.

Birri, sin embargo, es el protagonista indiscutido que se entrega libremente al ojo curioso de Guarini. Es en los momentos de relax donde el artista se expone sin filtros y muestra toda su esencia poética: no hay distinción entre persona y personaje, entre vida y obra. Durante el asado fantasea sobre su funeral inventando una escena felliniana: una murga fúnebre que lleve sus cenizas hasta el río, donde habrán vino, cerveza y banderas nacionales escrachadas. Dialoga con la cámara mostrando sus dibujos realizados con un programa para niños en la computadora. Rebalsa de energía creadora. Nada es banal en sus palabras. En el auto se duerme leyendo uno de sus poemas.

La segunda parte se abre con el discurso de inauguración de la Escuela de Cine de los Tres Mundos en Cuba. Birri, con su sombrero negro a bandas anchas, está parado frente a una platea de jóvenes estudiantes. A su espalda, sentados entre otras autoridades, se entrevé a García Márquez y Fidel. Birri lee con voz firme, entre lo solemne y lo poético, el acta de nacimiento de esta escuela anti-escolástica, que más tarde él definiría como “el lugar de la utopía”. Paseamos por los pasillos desiertos de la escuela. Incursionamos en el estudio-museo de Birri: desde las ventanas se ven el río -podría ser el litoral santafesino-, autos de latas, muñequitos, máscaras y el “cementerio de los sueños” (guiones irrealizados). Un señor barre las hojas secas del patio vacío. Sólo quedan los recuerdos y un mural: “ART NEVER SLEEPS (F. Coppola)… pero sueña con los ojos abiertos. Fernando Birri”.

Tercera parte. Tercer río. Esta vez el Tevere de Roma.

Un mensaje de Birri invita Guarini a perseguir su fantasma en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, donde el artista se formó en los años ‘50 siguiendo las huellas del neorrealismo. El fantasma de Birri está efectivamente presente, junto con muchos otros. Está presente en las fotos, en el material donado, en los libros, en los testimonios, en su carta de presentación.

De lo público a lo privado. Estamos en el departamento de Birri con su mujer Carmen. El señor de barba blanca aparece flotando en bata con el bastón, empieza a hablar con un fantasma de juguete, admite ser él mismo un fantasma: “yo dejo de existir cuando ustedes se van”. En una atmósfera de entresueño una camarita go-pro emprende un “viaje alrededor de la casa”, que es al mismo tiempo un viaje en la memoria. Hay premios, libros, obras de arte, películas. Somos memoria o no somos nada. La memoria del futuro se llama utopía.

Con una envidiable lucidez Birri –interpelado por Guarini- recuerda el origen de sus utopías (el Instituto de cine de Santa Fe), se saca algunas piedritas de los zapatos. Hablan de cine, de memoria y de exilio. El discurso es bien pausado. Cada palabra está en su lugar. Nos damos cuenta de estar frente a un maestro, un oráculo, un gurú que parece ya haber visto esta situación a través de su tercer ojo, un espíritu en carne y hueso, un constructor de sueños. Omnipresente. Sin tiempo.

Birri, a lo largo de su vida, plantó semillas que siguen floreciendo bajo el lema de una larga resistencia poético-política. Esto fue Fernando Birri: memoria andante, creador de utopías. Esto es lo que nos deja Ata tu arado a una estrella: memoria del pasado, esperanza para el futuro.

Marco Franzoso

Ficha técnica

Dirección: Carmen Guarini. Guión: Carmen Guarini. Fotografía: Martín Gamaler y Carmen Guarini. Montaje: Carmen Guarini. Sonido: Adrián Rodríguez. Producción: Marcelo Céspedes. Productora: El Desencanto Films. Música: Gustavo Pomeranec. Origen: Argentina. Duración: 82 minutos. Año: 2017.

La película infinita (Leandro Listorti, 2018)

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La película infinita

La película infinita es un film de compilación hecho a partir de fragmentos de cine de ficción. En una primera y breve descripción compositiva, el film acumula una sucesión de imágenes con marcados contrastes estilísticos, oscilando entre el blanco y negro y el color, que comparten la materialidad del celuloide como soporte. La banda sonora es minimalista. Trabaja con el ruidismo, componiendo algunos ambientes o music beds. Su estructura narrativa no presenta una historia lineal a partir de la yuxtaposición de los fragmentos. La película no revela la procedencia de sus fragmentos hasta los títulos finales, con la indexación de los films utilizados en la compilación.

El repertorio de fragmentos que utiliza La película infinita proviene de films de ficción nunca terminados, proyectos inacabados del ámbito del cine nacional argentino, todos ellos rodados en soporte fílmico, de un período que va desde fines de los años 50 hasta los primeros años del nuevo milenio. Todos estos saberes no se inscriben en el texto del film sino en su paratexto: en entrevistas realizadas al director, en reseñas y sinopsis sobre el film, y posteriormente en críticas de medios especializados, entre otros marcos de referencia.

Podemos establecer entonces que los datos externos a La película infinita determinan radicalmente su interpretación, su sentido. Las reseñas y críticas sobre el film publicadas en medios especializados[1] (todas favorables y auspiciosas) confirman y amplifican los supuestos del autor del film, siendo sus portavoces. En estos textos se subraya la experiencia previa del autor para justificar el sentido su obra, repasando sus antecedentes como archivista de documentos fílmicos y compilador asistente en otros films. De esta manera se subordina la calidad de la película a la pericia profesional del autor, para legitimarlo dentro de cierto canon artístico. La escritura sobre el film que conforma el marco tiende a sustituir a la experiencia directa sobre el film por un discurso sobre la calidad normativa cinematográfica. Así la crítica construye una visión ideal de la recepción, presupone un espectador competente y cooperativo para con el objetivo del autor, que esté a la altura de las circunstancias.

Al proponernos partir desde un visionado “ingenuo” del film, prescindiendo de sus marcos referenciales, esto provoca, al menos, una sensación de perplejidad. Si hay un interés, una curiosidad o una expectativa durante los primeros minutos, ésta se va diluyendo a lo largo del film. La falta de vinculación de los segmentos, la ausencia (¿o superabundancia?) de índices genera un resultado abrumador, no puede uno sino experimentar la desilusión que provoca el devenir de su desarrollo. La ambigüedad semántico-narrativa, que podemos celebrar en un cine que sabe dosificarlo, se transforma aquí en una estrategia que desarticula toda buena intención compositiva. Si se apela a la imaginación del espectador para que realice su propia película es un sobreesfuerzo vano. Los fragmentos fílmicos no pierden su autonomía, se mantienen aislados, y no establecen una relación dialéctica entre sí, son una alusión a sí mismas. El centro de gravedad está dentro del fragmento, y no en su relación interfílmica, ni en su encadenamiento narrativo. La ligadura del sonido entre los fragmentos genera en ciertos pasajes un clima de continuidad levemente sugerido, pero sesgado por sus imágenes oblicuas, no restituyen un efecto de unidad de sentido. La total ausencia del comentario, de la voz, se presenta aquí como una carencia.

La película infinita no logra una reflexión sobre la distancia entre el sentido original del metraje y el que adquiere en su nuevo contexto: el trabajo de (re)montaje no produce necesariamente un pensamiento crítico de la ideología contenida en las imágenes apropiadas. De este modo nos sumergimos en un flujo audiovisual incongruente, donde no hay una explícita intención para resignificar un (supuesto) patrimonio cinematográfico perdido.

A diferencia de otros films de compilación, que construyen su entramado a partir de un repertorio de films de ficción consagrados, La película infinita expone secuencias de archivos fílmicos de ficción irreconocibles para el espectador, lo que produce un efecto particular de enrarecimiento. Parafraseando a Lévi-Strauss, podemos decir que ensambla sus misceláneos artefactos con los más variados desechos culturales. Estos “desechos” fílmicos presentan lugares y actores conocidos en el ámbito cultural local pero no evocan ninguna nostalgia cinéfila vinculada al “volver a ver” una película conocida desde una nueva perspectiva. Se trata de un film de difícil adscripción genérica, el alto grado expositivo de la imagen nos impide establecer cierta distancia con ella, esa distancia necesaria para resignificar, repensar y criticar el material apropiado, que se podría asociar al documental o al film ensayo.

Compuesto por fragmentos de ficción, La película infinita no propone sin embargo una meta-ficción, y la secuencialidad de las imágenes no pretende una narrativización. Una posibilidad de exploración por el lado del documental más clásico hubiera buscado la voz de sus hacedores, de sus protagonistas, para construir una historia posible que devele los avatares de estas producciones truncas, intervenciones discursivas que le dieran sentido al audiovisual. Tampoco establece una continuidad discursiva propia del film-ensayo, ya que no se evidencian las huellas tácitas de un autor que nos presenta su particular punto de vista: no sólo debe haber una enunciación sino la voluntad de construir un discurso. La película infinita se escapa furtivamente a toda intención interpretativa: en un gesto más propio del cine experimental, de autonomía formal, no hallamos un “segundo sentido” oculto bajo la superficie de la imagen.

El film de compilación en general desnaturaliza a las imágenes de su función originaria (ficción narrativa) y las muestra en cuanto representación, pero La película infinita se estanca en su función expositiva sin subordinarse a un discurso posterior, las marcas de la enunciación están ausentes, dificultando una lectura en segundo grado. Se trataría en definitiva de mirar y hacer ver una imagen más que de utilizarla como un vector argumentativo, evitando acallar la “condición originaria” del material poniéndole una voz “encima”, experimentándose una de-sensibilización premeditada: no se evidencia una voluntad de arrancar al metraje factual de su mera condición indicial.

El mayor mérito de la película parece ser aquél que no podemos apreciar al interior del film: el trabajo del equipo de producción para encontrar este material perdido mediante distintas estrategias de investigación y búsqueda. El valor estaría dado por el rescate (¿heroico?) del material y por la decisión cuasi religiosa de presentar este material en el estado que fue encontrado. El estricto carácter de documento o fuente establece un modo observacional que privilegia, hasta el fetichismo, la idea de un material no manipulado, no mediado, que habla por sí solo; a partir de un mínimo grado de intervención o de manipulación. Las imágenes son (sólo) descriptivas, representacionales, en detrimento de un efecto evocativo, que tendría otra valoración subjetiva. El film sostiene una noción del archivo como depositario de una evidencia histórica fijada, un mero depósito físico de la memoria visual, en contra de la dirección fijada por el nuevo paradigma del archivo, que promueve un depósito semántico, un repertorio de sentidos. Se “libera el significado” de los elementos que expone pero no se los resignifica, sino que los embalsama y los enumera. Se trata, en definitiva, de un ejercicio audiovisual mecanicista (¿no hubiera sido mejor presentar un work in progress?) para la conservación y relevamiento de archivos fílmicos que carretea por la pista (audiovisual) pero no levanta vuelo, tornándose en una experiencia cinematográfica fallida.

Patricio Sánz

Ficha técnica

Dirección: Leandro Listorti. Producción: Paula Zyngierman, Leandro Listorti. Montaje: Felipe Guerrero. Diseño de sonido: Roberta Ainstein. Producción ejecutiva: Paula Zyngierman. Compañía productora: Maravillacine. Productor asociado: Gustavo Beck. Duración: 54 minutos. Año: 2018.

Notas

[1] Las criticas consultadas se encuentran reunidas en http://www.todaslascriticas.com.ar/pelicula/la-pelicula-infinita/criticas

Camocim (Quentin Delaroche, 2017)

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Camocim

Decenas de jinetes avanzan ruidosamente por el asfalto visiblemente caliente en una ruta rodeada de campos con sus alambres de púa. Inmediatamente, y casi en contraposición a la imagen de comunidad rural que se nos presenta, aparece por ese mismo lugar, manejando una motocicleta en alta velocidad, una mujer de alrededor de veinte años. Al detenerse en un pastizal, se encuentra con un pequeño grupo de amigos que apuntan sus celulares en dirección a un hombre, también joven, que frente a ellos balbucea consignas políticas. Después de un breve instante, resulta evidente que el grupo comandado por la joven, Mayara Gomes, intenta realizar un video político. Así abre Camocim, coproducción documental franco-brasileña, centrada en los 45 días de campaña previos a la elección municipal de 2016 en Camocim de São Felix, pueblo de alrededor de 18 mil habitantes localizado en el estado de Pernambuco, nordeste de Brasil.

En apenas 76 minutos, este documental de estilo directo y sin entrevistas, desafía algunos de los estereotipos en gran medida difundidos por las narrativas del propio cine nacional, que han vinculado a la región con la tradición, el atavismo religioso y la pacatería de las costumbres. Mayara, la real protagonista, incansable, circula por el pueblo llevando el mensaje de su candidato a concejal por el Partido Azul, César Lucena, que con limitada capacidad de oratoria y escaso carisma, se deja conducir por ella. Mayara ordena y establece las reglas de un equipo de campaña que, como en las grandes capitales del país, se sirve de jingles en la radio, redes sociales y propagandas televisivas. La política, como en esas mismas urbes en el Brasil de hoy, se amalgama a la religión tan presente en el día a día de las y los vecinos de Camocim de São Félix: Mayara se reúne con César en el templo evangélico para pensar estrategias de campaña mientras pintan sus paredes. Los discursos de ambos partidos están plagados de referencias bíblicas y llamados a Jesús; sin embargo, su madre aparentemente soltera y profundamente religiosa apoya a una hija que circula por todos los espacios (inclusive por la casa que ambas comparten) con su bella novia.

La ciudad está dividida en dos partidos políticos, el Rojo y el Azul. A lo largo del relato, no se explicitan diferencias ideológicas claras, y sin embargo, la polarización política resulta patente y los enfrentamientos entre los dos grupos adquieren tintes dramáticos. En su elocuencia, Mayara explica que el mayor problema del Partido Rojo es que ha perdido el rumbo, sirviendo sólo como proveedor de cargos en el Estado y que los jóvenes ya no se identifican con él. Ciertas imágenes captadas por Delaroche parecerían atestiguarlo: las manifestaciones rojas estarían protagonizadas por hombres maduros, un poco absurdos en su llamado a la juventud, mientras los comicios azules parecerían compuestos por contingentes de jóvenes. Sin embargo, son varios los encuentros de Mayara con amigos y amigas en bares en los que, a pesar de admitir estar colaborando con los azules, profesan un escepticismo evidente hacia una política que juzgan obsoleta y plantean su intención de votar en blanco.

En ese sentido, la mirada de Delaroche capta lúcidamente los avatares, tensiones y contradicciones políticas acentuadas luego de la vergonzosa maniobra golpista que destituyó a Dilma Rousseff en 2016. La desazón generalizada respecto a los discursos que se plantean como abiertamente ideológicos ha resultado en una adhesión mayoritaria hacia narrativas que (falsamente) se presentan eximidas de contenido. Existe en la campaña retratada en el documental una falta notable de propuestas que apunten hacia reformas sociales serias, en uno de los estados más pobres de Brasil. El obvio vaciamiento del discurso político genera frases y consignas deshabitadas, que optan por apelar a “lo nuevo”, lo a-político, y al mito del “hombre simple” cuando en realidad el registro visual del documental despliega máquinas políticas que se alternan en el usufructo del aparato estatal de éste pequeño pueblo.

Esta mirada indagadora del complejo proceso político brasileño post-impeachment se manifiesta nuevamente en el más reciente Bloqueio (Quentin Delaroche y Victória Álvares, 2018). El documental, exhibido en el 51 Festival de Cine de Brasilia, retrata el paro masivo de camioneros en mayo de este año.  Delaroche y Álvares optan por pasear su cámara por el proceso, sin realizar entrevistas. Los diferentes personajes, como en Camocim, se ven en distintas situaciones y tomando diferentes posiciones: unos demandan la baja del precio del diesel, otros gritan por la salida de Temer; muchos piden la intervención militar.

Camocim, en ese sentido, preanuncia y se hermana con esa incertidumbre presente en Bloqueio. Luego de la victoria del Partido Rojo, Mayara en su irreductible pasión, expresa intención de seguir luchando por su candidato. Vuelve al bar con sus amigos de siempre, aquellos que antes manifestaron su desencanto con los modos de la política. Alrededor de una mesa con botellas de cerveza, conversan y cantan Tempo Perdido de Legião Urbana, canción icónica para varias generaciones de jóvenes que crecieron en el Brasil de los últimos 30 años (incluyendo la mía). Premonitoria de tiempos oscuros que se acercan con furia, en los que candidatos que abrazan abiertamente el fascismo, la tortura, la criminalización de los pobres, el racismo y el sexismo pasan como promotores del orden y de “lo nuevo”, los jóvenes de Camocim repiten, con una esperanza tenue en el paso del tiempo que supuestamente todo lo cura y un futuro indefinido,

O que foi escondido/É o que se escondeu/E o que foi prometido/Ninguém prometeu/Nem foi tempo perdido/Somos tão jovens!/Tão jóvens/Tão jóvens …

Paula Halperin

Ficha Técnica:

Dirección: Quentin Delaroche. Guión: Quentin Delaroche y Fellipe Fernandes. Producción: Dora Amorim y Thaís Vidal. Dirección de Fotografía: Quentin Delaroche. Edición: Quentin Delaroche. Sonido: Nicolau Domingues. Origen: Brasil y Francia. Duración: 76 minutos. Año: 2017

Cine amateur: delimitaciones conceptuales y técnicas de su primer ciclo

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Diego Olivares Jansana, Carlos del Valle Rojas y Breno Onetto Muñoz

Resumen

El primer ciclo del cine amateur –de la filmación a su proyección- permite indagar en aspectos propios del contexto social en el que se desarrolla este tipo de cine, sus valores narrativos, sus parámetros estéticos y sus condicionantes técnicos. El objetivo de este trabajo es establecer y analizar las dimensiones de este primer ciclo, junto con delimitar conceptualmente las producciones fílmicas no profesionales en tanto legítimas formas de cine.  Para ello, se han revisado manuales para cineastas amateur y la reflexión de distintos autores acerca del cine como manifestación técnica y artística. Se ha indagado, además, en las condiciones mecánicas que rigen y modelan la realización de cine aficionado, imponiendo requisitos particulares que son definitorios de este tipo de cinematografía. Junto con inscribir al cine amateur como parte integrante del fenómeno del cine en general, reconociendo sus elementos particulares, este artículo fija su interés en los aspectos rituales propios de este primer ciclo, con especial atención en la proyección del material filmado y su promesa de restitución de la imagen en movimiento.

Palabras clave

Cine amateur; imagen en movimiento; rito; cine familiar; arte técnico

Abstract

The first cycle of amateur cinema – from filming to screening – allows us to investigate aspects of the social context in which this kind of cinema is developed, its narrative values, its aesthetic parameters and its technicals constraints. The objective of this work is to establish and analyze the dimensions of this first cycle, along with conceptually delimiting non-professional film productions as legitimate forms of cinema. To this end, manuals for amateur filmmakers and the reflection of different authors about film as a technical and artistic manifestation have been reviewed. It has been investigated, in addition, in the mechanical conditions that govern and model the making of amateur cinema, imposing particular requirements that are defining this type of cinematography. Along with registering amateur cinema as an integral part of the phenomenon of cinema in general, recognizing its particular elements, this article fixes its interest in the ritual aspects of this first cycle, with special attention to the projection of the filmed material and its promise of restitution of the moving image.

Keywords

Amateur cinema; moving image; ritual; family cinema; technical art

Resumo
O primeiro ciclo do cinema amateur – das filmagens à triagem – permite investigar aspectos do contexto social em que se desenvolve esse tipo de cinema, seus valores narrativos, seus parâmetros estéticos e suas limitações. O objectivo deste trabalho é estabelecer e analisar as dimensões deste primeiro ciclo, juntamente com definir conceptualmente produção de filmes não profissionais como formas legítimas de cinema. Para tanto, foram revisados ​​manuais para cineastas amateur e o reflexo de diferentes autores sobre o cinema como manifestação técnica e artística. Além disso, investigou as condições mecânicas e regula modelo fazer filmes amateur, requisitos que definem este tipo de cinema impor. Junto com registrar o cinema amateur como parte do fenômeno do cinema em geral, reconhecendo os seus elementos particulares, este artigo define seu interesse nos aspectos rituais deste primeiro ciclo, com especial atenção para a triagem do material filmado e sua promessa de restituição da imagem em movimento.

Palavras-chave

Cinema amateur; imagem em movimento; ritual; cinema familiar; arte técnica.

Datos de los autores

Diego Olivares Jansana, periodista, estudiante del Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera y la Universidad Austral de Chile.

Coautores: Carlos del Valle Rojas, académico Universidad de La Frontera; Breno Onetto Muñoz, académico de la Universidad Austral de Chile.

Fecha de recepción: 29 de agosto de 2018.
Fecha de aprobación: 10 de noviembre de 2018.

Introducción

Rollos de cine amateur están siendo pesquisados, recolectados, restaurados, digitalizados e incorporados en archivos públicos y privados por todas partes del mundo. Roger Odin (2008: 197) señala que “el film familiar goza hoy públicamente de un verdadero reconocimiento como documento”, abriendo una enorme cantidad de interrogantes en torno al espacio que este tipo de producciones pudiesen ocupar en el esfuerzo multidisciplinar de construir memorias colectivas, historiografías o antropologías. Este material porta preguntas acerca de sus rangos estéticos, técnicos, contextuales y narrativos en tanto producción cinematográfica, transformándose en ventanas de alto interés para explorar pliegues de la vida íntima, privada, pública, familiar y comunitaria de buena parte del siglo XX. Esto se ve refrendado en el trabajo compilatorio que diversas instituciones emprendieron con el fin de construir bibliografías que recogieran los textos asociados al cine en pequeño formato. Acá destaca la sistematización de referencias efectuada por la Asociación de Archivistas de Imagen en Movimiento, de Estados Unidos (AMIA, por sus siglas en inglés). En este listado, editado por Margaret Compton, se declara que su “propósito era ofrecer un punto de partida para los archivistas e investigadores interesados ​​en comprender las imágenes en movimiento de aficionados y de pequeño tamaño” (Compton, 2005: 1).

El presente trabajo propone revisar los márgenes técnicos y performáticos del cine amateur, cuáles son las delimitaciones conceptuales que distintos abordajes han establecido y cómo opera la realización y exhibición de este tipo de cine en los contextos en los que se desarrolla. Para esto se plantea una reflexión, a partir de una revisión bibliográfica, que sitúa al cine amateur en el marco de la cinematografía en general. En esta línea, se traza una secuencia donde se tornan visibles distintos hitos técnicos y artísticos que son basamento para toda forma de cine, además de las ideas que han dialogado alrededor de la producción fílmica, cualquiera sea su envergadura. Se pretende, entonces, inscribir al cine amateur como parte integrante -no excluible a partir de distinciones arbitrarias- de aquellos aspectos mecánicos, procedimentales y narrativos que constituyen el fenómeno cinematográfico, sea emprendido por profesionales o aficionados, en un gran estudio o en el patio de una casa en cualquier parte del mundo.

Esta propuesta de análisis equipara al cine amateur con el cine profesional poniendo en relieve las condiciones mínimas comunes que están en toda producción fílmica. Sin embargo, junto con dejar sentado este ámbito de legitimidad del cine realizado por aficionados, se aíslan los elementos que distinguen este tipo producciones y se dota de sentido propio –en tanto tiene historia, contexto y particularidades mecánicas- al cine amateur. Para observar estos elementos, se revisaron los cambios técnicos que han determinado la incorporación de cineastas amateur al campo de la producción, teniendo como marco de referencia lo descrito en manuales que explícitamente se presentan como guías para este tipo de realizadores. Respecto de esto, se analizaron textos que cubren un lapso donde se distinguen las innovaciones mecánicas, el cambio y superposición de estándares de filmación (16mm, 9,5mm, 8mm y súper 8mm) que fueron delineando las formas de hacer cine no profesional. En ese sentido, el presente texto se detiene en el formato, estableciendo que el cine amateur es, esencialmente, un cine en tamaño pequeño.

Este trabajo propone, además, una mirada sobre cómo el contexto en el que se produce el cine amateur afecta y es afectado por la obra realizada. Cómo el proceso de filmación y posterior visionado de las imágenes constituye una promesa de captura y restitución en que se involucra todo el entorno del cineasta amateur. Este enfoque pragmático, que involucra el filmar y ser filmado, junto a la proyección del registro ante sus testigos, constituirá lo que se presenta como primer ciclo del material fílmico amateur, aún dentro de su contexto de origen. Este primer ciclo se cerrará precisamente con el rito de la proyección, donde se comparten marcos interpretativos comunes entre realizador y público. Ahí es cuando se cumple con la promesa restauradora. Empero, sin que sea parte de este trabajo, en distintas partes del texto se anuncia una perspectiva semiopragmática para analizar el cine amateur, en la cual las producciones de aficionados son vistas fuera de su contexto bautismal (como documento público, por ejemplo), asumiendo la existencia de un segundo ciclo para las filmaciones realizadas por no profesionales.

Todo cine, cualquier cine: el estatuto de legitimidad del cine amateur

Más allá de toda categorización, establecimiento de jerarquías y tipificaciones en torno a los géneros del cine, o a sus distintas manifestaciones autorales e ideológicas, siempre habrá un lugar donde toda forma de cine es idéntica a otra, ineludiblemente. Este lugar será el proceso técnico que se activa al momento de accionar el disparador de la cámara, que entra en latencia cuando se vuelve a presionar el pulsador y que aparece impreso en el celuloide tras el revelado.

El filósofo francés Gilles Deleuze (1983) acude al director italiano Pier Paolo Pasolini –sin secundarlo- para darle un nombre a ese corte arbitrario, a ese ordenamiento del mundo que es requisito obligatorio para que exista el fenómeno. El realizador y escritor italiano, dice, recurre al término cinema para referirse a esto que hermana todo cine. Así como el fonema es la unidad fonológica mínima del lenguaje hablado, el cinema será la unidad mínima del cine, aquello que conforma una cabalidad espacio temporal reconocible, un dentro y fuera de cuadro con duración específica. La analogía de Pasolini es útil para imaginar el lugar que ocupa el plano en la narrativa donde habita, aunque Deleuze prefiere equiparar el corte cinematográfico con un sistema informático más complejo, pues en él conviven distintos datos independientes que solo son posibles por los recursos técnicos: escena principal y secundaria, por ejemplo, o la iluminación que hace resaltar un elemento particular de la composición por sobre otros.

cineamateur2Podemos tirar el hilo de esta idea y asomarnos a la reflexión que el pensador alemán Walter Benjamin (2003) propone acerca de la reproductibilidad técnica versus la reproductibilidad manual. En la tensión entre ambas manifestaciones veremos aquel elemento que falla y que se hace distintivo en la reproductibilidad manual: “el aquí y el ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra” (Benjamin, 2003: 95-96). En contraposición, Benjamin ubica la cinematografía y la fotografía, ambas artes portadoras de una mirada singular que las aleja de las posibilidades del ojo humano, la distancia del original que reproduce. Gracias a ello, esta condición técnica les sustrae el estatuto de autenticidad, lo torna irrelevante.

El cinema de Pasolini o el sistema informático propuesto por Deleuze tiene un aquí y un ahora mediado por la máquina que lo captura. Es un aquí y un ahora singular e irrepetible, aunque ofrece la posibilidad de restaurarse infinitamente.

El filósofo argentino Federico Galende (2016) busca en el cine de Robert Bresson, y en las propias reflexiones del director francés, algunas rutas hacia la esencia del fenómeno cinematográfico, estableciendo un diálogo con Benjamin.

Para Bresson, un cine que se precie de tal no guarda ninguna relación con la reproductibilidad técnica de la obra de arte. La reproductibilidad técnica es aplicable al cine en cuanto teatro filmado, en cuanto espectáculo o reproducción de un cuerpo de imágenes que representan algo. Si no lo hacen, si una imagen se ciñe a ser la pintura que la cámara delinea sobre una superficie de manifestación que es la pantalla, entonces el cine vuelve a ser aquello para lo que nació: el sueño de la industria puesta al servicio del artesanado (Galende, 2016: 35).

Las últimas líneas de Galende nos empujan nuevamente hacia la máquina y la posibilidad de ese lugar donde toda forma de cine es igual a otra. Nos acerca, también, al espacio en que podemos reconocer al cineasta no profesional que accede a la ventura de una máquina que le permite construir cinemas, armar con fragmentos capturados arbitrariamente un sistema informático con sus equidistancias, “pedazos de objetos, de jirones de realidad, de puzzles inacabados de cosas que el cine une entre sí para siempre” (Artaud, 1973: 29).

El dramaturgo y director francés Antonin Artaud (1973) dirá que se trata de la “poesía de las cosas tomadas bajo su aspecto más inocente”, refiriéndose al cine documental en una acepción que quizás hoy no tenga sentido. Artaud escribe acerca de esta noción de cine no profesional, de “el último refugio de los partidarios del cine a cualquier precio”,  el simple “trabajo concertado y mecánico de eliminación” en 1933, quizás sin sospechar que la criba que separaba el cine argumental del documental se iría tornando difusa e innecesaria.

El historiador húngaro Arnold Hauser (1969), en sus escritos sobre la literatura y el arte, participa de esta conversación volviendo sobre la máquina como requisito y condición única para que el cine suceda, más allá de las distinciones que toda catalogación esté tentada a efectuar.

El cine es, además, un arte desarrollado sobre los cimientos espirituales de la técnica, y, por consiguiente, tanto más de acuerdo con la tarea a él encomendada. La máquina es su origen, su medio y su más adecuado objeto. Las películas son ‘fabricadas’ y permanecen enrolladas en un aparato, en una máquina, en un sentido más estricto que los productos de las otras artes. La máquina está tanto entre el sujeto creador y su obra como entre el sujeto receptor y su goce del arte (Hauser, 1969: 308).

Para que el cine suceda, entonces, será necesaria la mediación de la máquina. Esta será su única condición. Aunque del registro participe un equipo de profesionales conscientes del trabajo que realizan o apenas un entusiasta solitario iniciado en la manipulación de la cámara cinematográfica, estaremos igualmente frente al fenómeno del cine. Estará ocurriendo cine. Será “el resultado de una voluntad humana particular, voluntad precisa, que tiene también su propia arbitrariedad” (Artaud, 1973: 29).

Acá resulta conveniente establecer una genealogía que nos permita datar el nacimiento de lo que hemos llamado toda forma de cine o, al menos, reconocer cuáles son los parámetros que la distinción cine importa. Deleuze (1983: 18) habla del “linaje tecnológico” que ubica a la fotografía instantánea (no la fotografía de las poses), más la equidistancia de esas instantáneas y su transferencia a un soporte, como el basamento para la cinematografía. Con esta tajante criba quedan fuera de este derrotero todos los intentos humanos por capturar, recrear o proyectar imágenes en movimiento mediante ingenios mecánicos o lumínicos. Pondremos, como dice Deleuze, en el rango de prehistoria del cine aquellos juegos ópticos que portan la alegoría de reposición del movimiento: sombras chinescas, fantascopio de Jenkins, fenakistiscopio, zootropo, kinetoscopio, rotoscopio, praxinoscopio, folioscopio o la bautismal linterna mágica. Entenderemos cine, entonces, aquel producto de las “condiciones determinantes” señaladas por Deleuze.

En la misma secuencia de apariciones tecnológicas propuesta, corresponde incorporar las metas volantes que han propiciado toda forma de cine, más allá de los tres hitos señalados por Deleuze. El historiador del cine Maurice Bessy (1963) propone un encadenamiento de precursores que aportaron los elementos para la consolidación del cine a fines del siglo XIX:

Kircher, Della Porta, Robertson y algunos otros serían los encargados de plantar los primeros jalones de aquella nueva ruta cuyas fantasmagorías servían igualmente para los placeres humanos y los artificios divinos. Muybridge y Marey aportaron por fin la tinta y la pluma que permitirían a Edison, y más tarde a los Lumière, la puesta a punto de la escritura de oro. (Bessy, 1963: 6).

Reconocido ya este grupo de avances fotográficos y mecánicos que permitieron que el cine asomara como un arte técnico, es necesario poner en acción el sistema cinematográfico que recrea el movimiento a partir instantes equidistantes con el fin de generar la idea de continuidad. Deleuze, además, reconoce dos aportes fundamentales para que el soporte emulsionado, al momento de filmar o al momento de la proyección, sea capaz de transferirnos esta continuidad: las perforaciones que incorpora Edison y Dickson, junto a las uñas de Lumière, el mecanismo de arrastre de las imágenes. (Deleuze, 1983)

Delimitaciones del cine amateur: márgenes conceptuales y técnicos

Junto con la consolidación y estandarización de los inventos dispersos que propician la cinematografía, comienzan a correr en paralelo dos aproximaciones que resultan fundamentales para comprender la producción de imágenes en movimiento en soporte fílmico durante el siglo XX: la aproximación profesional y la aproximación amateur. En este trabajo fijaremos la mirada en la idea de un cine que es parte de todo cine pero que tiene una singularidad: no está fabricado por profesionales. Dicho de otra manera, hay un cine, un legítimo cine, hecho por aficionados y que es posible encontrar en toda la trayectoria de la cinematografía. En la introducción de la bibliografía elaborada por la Asociación de Archivistas de Imagen en Movimiento estadounidense como apoyo a sus investigaciones queda “claro que, desde los primeros días del cine, los no profesionales tenían interés en hacer sus propias películas, documentar sus propias vidas y contar historias sobre películas” (Compton, 2005: 1).

Independiente de las otras singularidades propias del cine amateur que iremos proponiendo en este trabajo, bastará decir que, cumpliendo con la única condición técnica que hemos reconocido como necesaria (la mediación de una máquina usada correctamente) no hará falta calificar esta forma de cine como versión menor de otro cine –que sería mayor- y nos referiremos a él indistintamente como amateur, aficionado, casero, familiar o doméstico. Cine, al fin y al cabo.

cineamateur3En este trabajo situaremos el gran encanto, parafraseando a Galende (2016), del cine amateur precisamente en su doble condición de no profesional y de fuente. En su primera calidad lo encontraremos “desvestido de la naturalidad aprendida, de sentimientos estudiados” (Galende, 2016: 34). Acá Galende se refiere a los actores no profesionales, pero la frase nos parece atingente para caracterizar al cineasta amateur tras la cámara.

Existen distintos acercamientos al concepto de cine amateur. En algunos casos se busca establecer un rango a partir de las motivaciones del ejecutante del acto de filmar, de sus capacidades técnicas, de sus equipos mecánicos o de las decisiones estilísticas que toma. El crítico cubano Rodolfo Santovenia (2006), en su Diccionario de Cine, explora algunas de estas aristas y ofrece una definición que, en coincidencia con lo propuesto anteriormente, inscribe al cine amateur en un lugar de equiparidad respecto de toda forma de cine:

AMATEUR (Cine). Realizado generalmente en formato reducido, constituye un importante medio de formación y estudio para el debutante. El cine es una labor de invención y búsqueda, y no una cuestión de medios. Sean cuales sean las facilidades de que el cineasta dispone, el resultado será siempre una sucesión de imágenes, un filme más o menos cargado de sueños y poesía según la sensibilidad del director. En ese sentido, todos los directores son creadores, y el cineasta aficionado, con su obra, puede considerarse en un plano de igualdad con respecto a los profesionales (Santovenia, 2006: 14)

Resulta interesante en la definición expuesta la ausencia total de las motivaciones económicas del cineasta, o de la mediación de un pago como elemento diferenciador entre aficionado y profesional. Para Santovenia el cine amateur es la antesala del cine profesional, una puerta de entrada, un estadio formativo. El cine amateur es el lugar de los debutantes, de los legos, el primer paso en una carrera que culmina con la especialización propia de un profesional. A pesar de ello, esta definición de diccionario reconoce la legitimidad del cine amateur en tanto proceso creativo, de “invención y búsqueda” (Santovenia, 2006: 14)

Otros trabajos sobre cine amateur incorporan la retribución económica como elemento de frontera entre el aficionado y el profesional. La investigadora estadounidense Patricia Zimmermann (1995) establece que “el profesionalismo sugiere realizar una tarea para el retorno financiero, y el amateurismo indica hacer algo por placer, por puro amor a él, como denota su raíz latina –amare” (Zimmermann, 1995:1). La autora señala, sin embargo, que dicha linde entre el cineasta que filma por dinero y aquel que filma por placer importa una complejidad mayor, pues dichas ejecuciones no pueden restringirse a la operación binaria de presencia o ausencia de la retribución económica. Para Zimmermann “en el amateurismo como fenómeno social e histórico, el trabajo y el tiempo libre no están encerrados en simples oposiciones binarias; más bien, la ausencia de uno define e inmoviliza al otro” (Zimmermann, 1995: 1).

En algunos trabajos se ha ahondado en categorizaciones que subdividen el cine amateur y hacen aparecer al cine familiar como el gran lugar del ejercicio no profesional de la cinematografía. En esta línea, la investigadora uruguaya Julieta Keldjian  (2015) distingue entre aquel cine amateur realizado en el ámbito familiar, doméstico, “que registra acontecimientos de la vida familiar, como cumpleaños, celebraciones, vacaciones, actos escolares y eventos significativos de la vida privada”, y aquel grupo de películas no profesionales “realizadas en el marco de cineclubes, pequeños medios locales o comunitarios, registros de eventos públicos (desfiles, actos políticos), películas educativas o de actualidades” (Keldjian, 2015: 21). Más allá de esta delimitación, fija a todo cine amateur como “aquel cine que no ha sido realizado en condiciones profesionales ni participa del circuito de exhibición dedicado al cine como obra”. La autora, además, señala que el cine amateur “queda fuera del ámbito de las instituciones dedicadas a la conservación audiovisual” (Keldjian, 2015: 21).

Roger Odin (2008) se detiene en la diferencia entre estos dos ámbitos del cine amateur (“el film familiar y las producciones amateur documentales”) desde una perspectiva pragmática, pero reconoce las dificultades materiales para aislarlos, ejercicio que, creemos, siempre resultará forzoso “en la medida en que suelen aparecer en la misma bobina de la película” (Odin, 2008: 198).

Cabe detenerse en la reflexión desde una de las perspectivas propuestas por Odin, y recogida por Julieta Keldjian, para analizar el cine amateur. Una de estas perspectivas será la pragmática, que “estudia el film a partir del ambiente y el momento social en que se produce y proyecta”. En este marco el film será “el resultado de las acciones de quien lo realiza, pero también de quién lo disfruta”. Para la comprensión de la película amateur tendrá que involucrarse el cúmulo de textos que acompañan el film, textos que “completan su sentido”. Este análisis multivariable se introduce en la “dimensión performática del cine: un film es afectado y afecta el contexto en el que se produce y proyecta” (Keldjian, 2015:18).

Una segunda perspectiva propuesta por Odin para aproximarse al cine amateur es la semiopragmática, enfoque en el que el autor incorpora dos momentos de una pieza producida por un cineasta no profesional: aquella fase que se fija en el acto de filmar y ser filmado, en el marco de un acontecimiento familiar y, muy lejos de ahí, la revisión de esas imágenes en un contexto desencajado del ámbito de origen, considerando la película como un documento. El espacio de producción y el espacio de lectura. Sobre ello, Odin repasa una situación atemporal que puede reconocerse en todo proceso donde se ponen en juego ambos espacios. Así, un espectador separado afectiva y temporalmente de las imágenes amateur que presencia podría no entender lo que ve o, inclusive, aburrirse con la secuencia que observa, y “es que este plano no ha sido tomado para que lo vea un espectador; pues ha producido sus efectos antes de ser proyectado, durante el tiempo de su filmación” (Odin, 2007: 199).

El cine en pequeño formato

Expuestas las distinciones y los enfoques que distintos trabajos han utilizado en su análisis del cine amateur, nos detendremos ahora en un elemento que, como hemos visto, reclama ser constitutivo y particular de este tipo de producciones: el formato. En la definición del diccionario de Rodolfo Santovenia se señala que el cine amateur es “realizado generalmente en formato reducido” (Santovenia 2006:14), asunto sobre el que hay un amplio consenso y que ha sido descrito en manuales y compendios históricos de cine . Los tamaños más extendidos que se han asociado al cine aficionado son, en orden de aparición comercial, los siguientes: 16mm, 9,5mm, 8mm y súper 8mm. Se asume, en contraste, que el formato comercial por excelencia es la película de 35mm. David Cheshire (1979) señala que de la colaboración de George Eastman y Thomas Edison, a finales del siglo XIX, se asumió la película de 35mm con base de nitrocelulosa como el formato más idóneo para el cine comercial, y que “ha sido la norma en la industria desde entonces” (Cheshire, 1979: 33). Esta constatación de Cheshire, sin embargo, no recoge las disputas comerciales asociadas a la guerra de patentes que serán determinantes para la consolidación de dicha norma. El director y crítico norirlandés, Mark Cousins (2005), señala que Edison, quien no inventó la película cinematográfica (fue Eastman), patentó las perforaciones que permiten el agarre y el arrastre del rollo en la cámara y proyector, con lo que obligó a todo aquel que quisiera utilizar los agujeros a pagarle por este ingenio. Desde ahí se suceden agresivos episodios comerciales con enormes conglomerados pujando por el control de los medios de producción de la industria del cine.

La reducción de los formatos, junto con el cambio de la fórmula que hizo al film ininflamable (de nitrato de celulosa a acetato de celulosa), fueron dos elementos fundamentales para la masificación de la cinematografía amateur. Jesús Borrás y Antonio Colomer (1980) señalan que “a partir del momento en que la industria miniaturizó la tecnología del cine, puso al alcance de los no-profesionales, y de muchos bolsillos, los medios mecánicos suficientes para registrar imágenes en movimiento y abrió canales de exhibición sustancialmente distintos a los comerciales” (Borrás y Colomer, 1980: 8).

cineamateur4Los cambios de formato y utillaje han venido acompañados de distintas invitaciones, fijándose siempre en el doble propósito de estas nuevas tecnologías: filmar y proyectar.  Aquello del “cine en su casa” o del “cine al alcance de todos” aparece con potencia en medio de la guerra comercial por instalar un formato estándar para aficionados. Hasta la aparición del formato súper 8mm, comercializado por la Kodak a partir de 1965, el cine amateur exigía un mínimo cuidado con el tratamiento del material fotosensible, asunto que se supera con la creación de un cartucho que recubre la película y deja expuesto únicamente el tramo que toma contacto con la ventanilla de la cámara. Este detalle del súper 8mm significa un enorme cambio en la relación del aficionado con el fenómeno químico de la cinematografía y la manipulación del soporte. Antes de este avance, algunas de las rutinas del 9,5mm, del doble y single 8mm, como del 16mm debían realizarse en un cuarto oscuro o en una manga de seguridad. Esto era particularmente crítico con el doble 8mm, el estándar más popular hasta el advenimiento del súper 8mm, pues a mitad de rodaje había que dar vuelta la bobina con los cuidados necesarios para no velar la película. Sobre esto, Cheshire señala que “lo más molesto de este formato es posiblemente la carga. Resulta engorrosa y, cuando ya se ha rodado la mitad de la película, es fácil equivocarse. Lo más importante es no cargar a la luz directa y sujetar la película de forma que no se desenrolle para evitar que se vele” (Cheshire, 1979: 41).

No es difícil imaginar el enorme impulso que significó la irrupción del súper 8mm de Kodak. Cecilio Cermeño indica que las ventajas de este nuevo estándar por sobre el doble 8mm “son que la película se filma de una sola vez, sin necesidad de darle la vuelta, como ocurre en este ultimo paso y el fotograma gana 1 mm de imagen” (Cermeño, 1975: 41). El aumento de tamaño y la seguridad de la película recubierta transformaron al súper 8mm en el preferido por los aficionados. En poco tiempo el cartucho y el cuadro fue asimilado por el resto de los fabricantes.

Manuales de campo para aficionados: cámara y cortaplumas

Con la consolidación del súper 8mm se abre la puerta a un gran cúmulo de textos que se presentan en el mercado con la pretensión de pedagogizar o guiar al cineasta amateur. En algunos libros es posible encontrar explicaciones acerca de los principios físicos y químicos que participan del fenómeno cinematográfico, consejos para la compra de equipos, claves para la realización del film, esbozos de la narrativa propia del cine o elementos para una buena proyección. La revisión de los contenidos de algunos de estos textos revela los ámbitos de interés que cruzan todo el proceso de construcción del fenómeno del cine amateur y ahí es posible ver cómo las facilidades técnicas van transformando los centros de interés del realizador aficionado.

En “El cinema de 8mm” de N. Bau (1961), que es anterior a la aparición del estándar súper 8mm, los contenidos son reflejo de las exigencias técnicas que un cineasta amateur debía cumplir incluyendo, por ejemplo, apartados acerca de los visores, el motor y partes mecánicas o la determinación del diafragma, asuntos que, en su mayoría, dejan de ser importantes cuando se automatizan los procesos más complejos y se encapsula la película dentro de un chasis plástico sellado. Por su parte, en la frontera entre el estándar 8mm y súper 8mm se encuentra el “Prontuario del cine amateur”, de Tony Rose (1966), uno de los libros más distribuidos en todo el mundo. Su tabla de contenidos hace hincapié en las nociones básicas del lenguaje cinematográfico (la primera toma y el montaje de una secuencia, por ejemplo), además de un glosario con descripciones mecánicas y estilísticas. El índice general de “El cine amateur”, de Cecilio Cermeño (1975), dedicado solo al estándar súper 8mm presenta una breve semblanza histórica del cine, nociones de teoría y técnica elemental y se adentra en la descripción de tres manifestaciones de cine amateur: documental, argumental y de fantasía. Además, Bau incluye un capítulo con consejos y breve diccionario. El “Manual de cinematografía, guía completa del cine amateur”, de David Cheshire (1979), aparece en el momento en que el video no profesional comienza a superponerse al cine en pequeño formato, se fija la mirada en la historia del cine y el lenguaje del cine. Finalmente, en “Arte y técnica de filmar”, de Jesús Borrás y Antonio Colomer (1980), destacan las descripciones estilísticas en torno al cine amateur como documento y  como ficción.

cineamateur5Junto con la revisión de los contenidos de estos manuales, las invitaciones implícitas en los prólogos e introducciones reflejan las promesas que los pequeños formatos importan. Cheshire, por ejemplo, inscribe al amateur como heredero de una larga acumulación de experiencias construidas por inventores y pioneros, señalando que “ahora el aficionado cuenta con toda una tradición y unas maneras trabajosamente inventadas –mejor decir descubiertas- por lo primeros cineastas” (Cheshire, 1979: 6). En el Prontuario del cine amateur (1966), Tony Rose (1966) se aproxima desde la técnica y el arte para estimular al lector de su manual a recorrer la aventura del cine. El autor sostiene que “hacer cine no es más que el ejercicio del poder de captar el movimiento y volar por encima del tiempo y el espacio. Todo lo demás es secundario” (Rose, 1966: 9). Como en muchos textos sobre cinematografía para aficionados, la señalada idea de una actividad al alcance de todos se halla en la exhortación de Rose, principalmente cuando señala que “esta magia sencilla –y toda magia es inocente cuando se conoce el truco- la puede realizar cualquiera que tenga una cámara, un rollo de película, un cortaplumas y un frasquito de acetona” (Rose, 1966: 9). Borrás y Colomer van en esa misma línea, sosteniendo que “cámara en mano, cualquier persona puede actualmente plasmar un momento íntimo, captar un paisaje o las incidencias de un viaje” (Borrás y Colomer, 1980: 8).  En El cine amateur, Cermeño repasa la idea del registro para la posteridad asociado a la práctica del cine amateur, indicando que “obtenemos el inapreciable beneficio humano y sentimental de guardar para siempre en una minúscula cinta hechos y cosas que, pasados los años, nos harán sentir la nostalgia de nuestros propios recuerdos, vividos algún día” (Cermeño, 1975: 5). En el prefacio de El cinema de 8mm , el redactor de Publications Photographiques et Cinématographiques establece los límites del texto –y de la práctica amateur, podemos decir- para luego renovar la esperanza del tesoro guardado, anunciando que “no vamos a darles unos medios infalibles para conquistar laureles, pero les ayudaremos eficazmente para conseguir la máxima satisfacción de su material y conservar recuerdos vivientes de los mejores momentos de su vida” (Bau, 1961: 9).

La proyección como rito: promesa de restitución

La proyección de las imágenes capturadas puede ser considerada como el cierre del primer ciclo de una película familiar. Es el momento en que reaparecen las tomas filmadas y es posible certificar que el proceso del cine ocurrió. Tarnaud y Fournié, en su “El cine amateur en 10 lecciones” señalan que el cineasta se convertirá en “un mago que consigue encerrar en una caja algunos instantes de la vida para hacerlos renacer después a capricho de su voluntad” (Tarnaud y Fournié, 1973: 9). El renacimiento de las imágenes será la manifestación por medio de la cual el realizador amateur producirá su obra al tiempo que la provee de testigos, que la ratifica. Es recién en la proyección cuando se restituye la ilusión de movimiento del fenómeno cinematográfico. Una vez revelado el rollo, las imágenes ya están impresas en el celuloide e, incluso, pueden verse a contraluz sin que sea necesario un juego de lentes, pero no hay movimiento. Para que esto ocurra será requisito que medie nuevamente la máquina, una lámpara y la cadencia adecuada para la proyección. También será necesario que este proceso de restitución suceda frente a alguien, que un testigo –distinto del realizador- presencie este instante mágico en que se exhibe lo captado por la cámara. Rodolfo Santovenia, en su “Diccionario del Cine” plantea que la proyección “resulta literalmente un reflexión, un relato por reflexión. El plano de reflexión es el soporte gelatinoso; el rayo incidente opera en la toma, el reflejo surge en la proyección mecánica, y por naturaleza se lanza al infinito, hasta chocar con la pantalla final, que lo devuelve al público” (Santovenia, 2006: 191).

cineamateur6La idea de devolución o restitución es recurrente en la descripción de la etapa en que se proyecta un film. Parece ser el momento en que se cumple con el compromiso tácito suscrito entre el operador de la cámara y quienes aceptan ser filmados. No media ni el dinero ni un documento formal, solo la promesa de que la reproducción mecánica vuelva a mostrar el instante de la filmación una y otra vez. Esto es más patente cuando el cine amateur sucede dentro de la familia, pues aquí la proyección opera como la revisión del álbum fotográfico. Julieta Keldjian señala que el cine familiar es satisfactorio para quien filmó y para quienes asisten al visionado del rollo, “pues está concebido para ser compartido entre los miembros de una familia, que generalmente han vivido o conocen los acontecimientos registrados” (Keldjian, 2015: 23).

La proyección constituye un ritual al que son convocados protagonistas y testigos. Se suspenden actividades de la vida corriente, se acondiciona un lugar, se preparan los elementos mecánicos que permitirán la reproducción y se exigirá que los asistentes miren en la dirección en que se presentan las imágenes en movimiento. El antropólogo chileno Rodrigo Moulian señala que los rituales “son modalidades de interacción social  en las que los participantes comparten información y el sentido general de la acción” (Moulian, 2012: 23). Los asistentes conocen el procedimiento mecánico que les permite acceder a las imágenes, saben qué rol cumplir y controlan, sin necesidad de una orden, que cada cual participe del evento en el marco de reglas precodificadas (mantenerse sentado, no cruzarse por el haz de luz de la proyectora, por ejemplo). Es por estos conocimientos compartidos que el ritual logra su eficacia pragmática ante los congregados: sucede el fenómeno cinematográfico y aparecen interpretaciones similares ante lo que vemos, hay coincidencia de connotaciones e, incluso, los asistentes pueden compartir una experiencia emocional.

Conclusiones

A partir de la revisión bibliográfica es posible situar al cine amateur dentro de la escena general del cine como producción técnica y artística. Se establece, entonces, que el cine realizado por aficionados cumple con los estatutos narrativos y mecánicos que se reconocen como requisitos para cualquier cinematografía. Con todo, el cine amateur es un legítimo cine en tanto se construye a partir de cinemas y para que suceda el fenómeno que ofrece es necesaria la mediación de una máquina registradora de imágenes en movimiento (cámara o tomavistas).

El primer ciclo del cine amateur se circunscribe a la fase en que esta cinematografía se mantiene en estrecho vínculo con el contexto en el que se desarrolla. Se reconocerá como parte de este ciclo todo lo comprendido desde la filmación hasta su proyección ante testigos, siendo la presentación en público el momento en que se sella la promesa bautismal del fenómeno de restitución de las imágenes en movimiento registradas por la cámara.

Los manuales de cine amateur, que se presentan como guías de campo para el realizador aficionado, ofrecen un inventario de los cambios mecánicos y de estándares que han ido condicionando esta forma de hacer cine. Siguiendo la línea del relato de estos manuales es posible establecer una secuencia en la que se superponen formatos y artefactos que importan en sí mismos las exigencias técnicas a las que se somete el cineasta para fabricar su producción. A partir de este encadenamiento de cambios es posible sentenciar que el cine amateur es, esencialmente, un cine en pequeño formato (16mm, 9,5mm, 8mm y súper 8mm) y que el estándar más extendido, proporcional a las facilidades que ofreció a los aficionados, es el súper 8mm.

La restitución de las imágenes en movimiento que fueron captadas por la cámara al momento de la filmación, que permanecieron en latencia en la película fotosensible hasta el revelado y que se presentan ampliadas ante un público, se verifican como tales en el rito de la proyección, momento final del primer ciclo del cine amateur. En este rito se logra la eficacia pragmática de la restitución señalada, permitiendo que los congregados en torno a la máquina que media la proyección compartan conocimientos e interpretaciones, o dando pie a experiencias emocionales mutuas.

Por último, el análisis del primer ciclo del cine amateur abre puertas para revisar, en futuros trabajos, aquello que sucede cuando se separa de su contexto una producción fílmica no profesional, es decir, cuando actúa una distancia espacio-temporal que desestructura el sistema de filmación-proyección en el ambiente natural de sus protagonistas directos. Esto, que podrá denominarse como segundo ciclo, sucederá cuando las imágenes en movimiento realizadas en contextos amateur se incorporan como documentos públicos en instituciones encargadas de resguardar el acervo patrimonial de una comunidad (museos, bibliotecas, cinetecas o universidades, por ejemplo), como fuentes de información para curiosos, investigadores y especialistas.

Bibliografía

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Zimmermann, Patricia (1995), Reel Families. A social history of amateur film, Indiana University Press, Bloomington and Indianapolis.

Dos generaciones en busca del sentido: lecturas del documental Nietos (identidad y memoria)

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Fabricio Laino Sanchis

Resumen

En el presente artículo nos proponemos analizar el documental Nietos (identidad y memoria) (Benjamín Ávila, 2004), que se centra en los procesos de construcción de memorias y reelaboración subjetiva de los jóvenes apropiados/as durante la última dictadura militar que pudieron conocer su verdadera identidad biológica. A partir de diferentes aportes teórico-conceptuales provenientes de los estudios culturales y de los estudios sobre memorias sociales, examinaremos diferentes representaciones y tópicos presentes en el film, en particular el tópico del “viaje” o la “búsqueda” del hijo/a.  Observaremos en qué medida son retomadas muchas de las propuestas estéticas e inquietudes narrativas del cine de la llamada “generación de los hijos” e indagaremos en las dimensiones políticas del film, en tanto apuesta por una “militancia del sentido”.

Palabras clave

Abuelas de Plaza de Mayo; restitución; identidad; memoria; cine de la generación de los hijos

Resumo

Neste artigo, propomos analisar o documentário Nietos (identidad y memoria) (Benjamín Ávila, 2004), que enfoca os processos de construção da memória e de reelaboração subjetiva dos jovens apropiados durante a última ditadura militar que poderia conhecer sua verdadeira identidade biológica. Com base em diferentes contribuições teórico-conceituais dos estudos culturais e estudos sobre memórias sociais, examinaremos diferentes representações e tópicos presentes no filme, em particular o tema do “viagem” o «busca” pela filho/a. Observaremos até que ponto muitas das propostas estéticas e preocupações narrativas do cinema da chamada «geração de crianças» serão retomadas e investigaremos as dimensões políticas do filme, na medida em que propõe-se como uma «militância de sentido».

Palavras chave

Avós da Praça de Maio; restituição; Identidade; memoria; geração de filhos

Abstract

In this article we analyze the documentary film Nietos (identidad y memoria) (Benjamín Ávila, 2004), which focuses on the processes of memory construction and subjective re-elaboration of the young men and women appropriated during the last military dictatorship that could find their true biological identity. Based on different theoretical and conceptual contributions from cultural studies and social memory studies, we will examine different representations and topics present in the film, in particular the topic of «search of the son/daughter». We will observe the extent to which the documentary takes up again many of the aesthetic proposals and narrative concerns of the cinema of the so-called «children’s generation», and we will inquire in its political dimensions, in so far as it aims to be a «militancy of meaning».

Keywords

Grandmothers of the Plaza de Mayo; memory; identity; restitution; children’s generation cinema

Datos del autor

Profesor de enseñanza media y superior en Historia (FFyL-UBA). Doctorando en Historia (IDAES-UNSAM). Becario doctoral de CONICET, integrante del Grupo de Estudios sobre Memoria Social e Historia Reciente (Instituto de Investigaciones Gino Germani-FSOC-UBA). Docente de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV).

Fecha de recepción: 27 de septiembre de 2018.
Fecha de aprobación: 12 de noviembre de 2018.

Introducción

La apropiación de centenares de niños, hijos e hijas de las víctimas de la represión, es uno de los legados más trágicos de la última dictadura militar que vivió la Argentina (1976-1983). Desde la década del ’80, diferentes ficciones y documentales han abordado esta práctica criminal, así como la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo y otros familiares por restituir a sus familias biológicas a estos niños y niñas y, más recientemente, los difíciles procesos de construcción identitaria y elaboración de los pasados familiares que atraviesan los/as nietos/as restituidos/as.

En este trabajo nos proponemos analizar el documental Nietos (identidad y memoria) (en adelante,  Nietos), realizado por Benjamín Ávila[1] y estrenado en el año 2004. Esta película presenta diversas historias de hijos e hijas de desaparecidos/as que fueron apropiados/as durante la última dictadura militar y que gracias a la tarea de Abuelas de Plaza de Mayo y de su propia búsqueda personal, pudieron conocer su verdadero origen y reencontrarse con su familia biológica.

En primer lugar, analizaremos los cambios y continuidades entre las primeras producciones sobre la temática de los ’80 y los primeros ’90 y los films producidos a partir de mediados de la década del ’90, entre los que se encuentra Nietos. De esta forma, podremos ubicar al documental dentro de su contexto de producción y en diálogo con la filmografía previa. Como veremos, podremos enmarcar al film dentro de la producción de la denominada “generación de los hijos/as”, caracterizada por nuevas apuestas estéticas y nuevas preguntas al pasado.

A partir de esta caracterización general, examinaremos algunas  problemáticas que se desarrollan en el film. En particular,  analizaremos la centralidad que adquiere el “tópico de la búsqueda”. Búsqueda de las abuelas, que luchan por encontrar a sus nietos; pero más central aun, búsqueda de esos nietos y nietas por conocer a su familia, a sus padres desaparecidos y por re-conocerse a ellos mismos. En el documental, los testimonios y relatos de estos/as jóvenes ocupan un lugar fundamental. Indagaremos de qué manera el documental trabaja estas historias, a través de las cuales se pueden rastrear los complejos dilemas con los que se han enfrentado en el proceso de reconstrucción de sus pasados familiares y en la re-elaboración de su propia identidad subjetiva.

Analizaremos las modulaciones que adquieren estos tópicos en Nietos a partir de algunos conceptos y debates teóricos recientes en el ámbito de los estudios literarios, cinematográficos y culturales. Recuperaremos la noción de “trabajo de memoria” de Paul Ricouer para pensar los procesos de rememoración no repetitiva desplegados por los/as nietos/as en el documental. Por último, apelaremos a la categoría de “narrativas del sentido”, de Gabriel Gatti, para analizar las formas en que el film construye un relato a partir de sus diferentes “búsquedas”.

Momentos de la memoria y representaciones sobre el pasado reciente en la producción cinematográfica argentina

Para pensar de qué manera Nietos recupera, reformula o tensiona imágenes preexistentes y nociones heredadas debemos repasar brevemente cómo fueron modificándose a lo largo del tiempo las representaciones sobre la última dictadura militar argentina, configurando diferentes “momentos de la memoria” que encontraron su expresión en diferentes creaciones artísticas.

Como señalara Maurice Halbwachs (2005 [1925]) en su obra pionera sobre los estudios sociales de la memoria, recordar no es un acto individual, sino que siempre se encuadra dentro de determinados “marcos sociales de la memoria” que delimitan qué aspectos del pasado merecen ser recuperados y cómo deben ser enunciados. Esta delimitación supone siempre una serie de “olvidos”; es decir, la exclusión o marginación pública de otros elementos del pasado que carecen de legitimidad y, por ende, de audibilidad social. Esta narraciones alternativas permanecen obliteradas, o bien subsisten como “memorias denegadas” o “subterráneas”, sostenidas por voces minoritarias (Yerushlami, 1989; Da Silva Catela, 2010).

Imagen artículo cine documental 01Un primer momento de la memoria sobre el pasado reciente se produjo con el fin de la dictadura militar. Los/as familiares de las víctimas del terrorismo de Estado y los organismos de derechos humanos (así como los sectores políticos y de la sociedad civil afines a sus reclamos) intentaban instalar en la esfera pública la denuncia de los crímenes cometidos por la dictadura militar y lograr el avance de los procesos judiciales contra los represores, en particular en los años de transición a la democracia, cuando el futuro de las políticas de justicia reparatoria aun era incierto (Crenzel, 2008; Franco y Feld, 2015). En ese contexto, debieron enfrentar las diferentes variantes del discurso apologético del accionar de las fuerzas armadas, con mucha presencia en los medios de comunicación, que justificaba la represión presentándola como acciones de la “guerra antisubversiva” o “guerra sucia”, a lo sumo como “excesos” cometidos por las fuerzas armadas en el cumplimiento de su “deber” (Lvovich y Bisquert: 2008; Franco y Feld, 2015). Frente a estos discursos, los organismos de derechos humanos debían demostrar que los desaparecidos no habían sido “demonios” sino víctimas del accionar represivo ilegal. Esto contribuyó a que se eludiera toda referencia a su militancia política e imperara la imagen de las “víctimas inocentes” (Raggio, 2006; Crenzel, 2008; Franco y Feld, 2015).

Este tipo de representaciones se vieron reflejadas en el cine de la época. La transición a la democracia y la renovada vigencia de las garantías constitucionales proporcionó un enorme impulso a la producción artística, que durante la dictadura se había visto extremadamente condicionada por la represión y la censura. El pasado argentino y, en particular, la reciente experiencia de autoritarismo militar se convirtieron en uno de los tópicos privilegiados del cine de los años ’80. Muchas películas de la década del ‘80, como La Historia Oficial (Luis Puenzo, 1985) y La Noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986), intentaron poner en imágenes los testimonios de los y las sobrevivientes sobre las políticas represivas de la última dictadura militar (los secuestros, los centros clandestinos de detención, la tortura, la apropiación de niños, la desaparición de los detenidos y, en menor medida en estos primeros años, las violaciones y otras formas de violencia sexual). En estos films la militancia política, político-militar, territorial o sindical de quienes fueron detenidos/as quedaba en segundo plano o era directamente silenciada. El foco estaba puesto en su lugar como víctimas de una represión ilegal y clandestina que el Estado había llevado a cabo avasallando los derechos humanos y las garantías constitucionales (España, 1994; Pittaluga y Oberti 2006; Aprea, 2008).

Hacia fines de la década del ’80 y comienzos de los ’90 podemos detectar un segundo momento de la memoria. En este periodo se produjo un cambio en las políticas estatales sobre el pasado reciente, signado por la clausura de los procesos judiciales con las leyes de Obediencia Debida (1986) y Punto Final (1987). La impunidad fue sellada con los indultos sancionados a principios de la década del ’90. El discurso de “reconciliación nacional” promovido por el presidente Carlos Saúl Menem transformó al olvido en política de Estado. Esta política de impunidad y olvido produjo un cierto reflujo del movimiento de derechos humanos y, en los primeros ’90, los tópicos del pasado reciente pasaron a un segundo plano en la agenda política y también artística (Lvovich y Bisquert, 2008).

A partir de mediados de la década del ’90, esta tendencia se revirtió y el Terrorismo de Estado volvió a ser un tema de discusión en la esfera pública. Aparecieron nuevos actores (en especial, como veremos, los hijos e hijas de las víctimas de la represión) y nuevas maneras de interrogar aquel pasado traumático. También se produjo una eclosión de testimonios de sobrevivientes y de antiguos militantes de las organizaciones político-militares de los ’70. Lvovich y Bisquert han denominado a este fenómeno como el “boom de la memoria”, un proceso local que encuentra cierta sintonía con lo que ocurría en la misma época en otras regiones del mundo (Huyssen, 2002; Lvovich y Bisquert, 2008). Este fenómeno se profundizó a partir del 2003, con los cambios en las políticas de la memoria promovidos durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner (2003-2015). La anulación de las leyes de la impunidad y la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad configuraron un nuevo momento de la memoria que habilitó una importante expansión de la producción sobre el pasado reciente (Lvovich y Bisquert, 2008; Da Silva Catela, 2010).

Imagen artículo cine documental 02La profundización del mencionado “boom de la memoria”, los cambios en la coyuntura política en Argentina, la emergencia (sobre todo desde 2003) de un nuevo paradigma en políticas de la memoria y la renovación generacional contribuyeron a delinear nuevos marcos sociales para las memorias del pasado reciente argentino. Estas transformaciones impactaron directamente en la producción cinematográfica. Las películas que abordan el pasado reciente se multiplicaron. Entre los tópicos tematizados por estas producciones, la apropiación de niños, la lucha de Abuelas y los procesos de restitución de identidad ocuparon un lugar destacado.[2]

En estas películas, viejos y nuevos actores comenzaron a formular novedosas preguntas sobre los años trágicos de la última dictadura militar y, progresivamente, también sobre los años previos. Estas reflexiones buscaron recuperar del pasado la trayectoria militante de los desaparecidos, sus organizaciones, proyectos y horizontes políticos (aquellos por los que, en última instancia, habían sido víctimas del terrorismo de Estado) y también, en muchos casos, la vida privada, familiar e íntima de esos militantes. Esta recuperación fue promovida, en algunas ocasiones, por los sobrevivientes y los antiguos compañeros de militancia de los y las desaparecidos/as (como en el caso de Cazadores de utopías, documental de David Blaustein de 1996). Sin embargo, el mayor impulso transformador en las representaciones sobre el pasado reciente provino de las hijas y los hijos de las víctimas del terrorismo de Estado. Las obras producidas por estos jóvenes buscaban conocer en profundidad a sus padres, comprender sus decisiones políticas y existenciales y comprenderse y ubicarse a ellos mismos en una historia quebrada por la represión ilegal (Pittaluga y Oberti, 2006; Aguilar, 2006; Amado, 2009).

La “generación de los hijos/as” en el cine

A fines de 1994, un grupo de quince hijos e hijas de desaparecidos/as se reunió en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de La Plata en el marco de un homenaje a los desaparecidos que pertenecieron a esa institución. Fue la primera vez que estos jóvenes se presentaban públicamente como un grupo reunido en torno a su condición de hijos de víctimas del terrorismo de Estado. Luego de este homenaje, hijos e hijas de diferentes lugares del país realizaron un campamento en Río Ceballos, Córdoba. En este campamento surgió la idea de formar la agrupación HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). A partir de 1995, las diferentes filiales regionales de la agrupación (La Plata, Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Rosario, entre otras) comenzaron a intervenir activamente en las acciones del movimiento de derechos humanos (Bonaldi, 2006).

La aparición de los hijos e hijas de los desaparecidos/as en la escena pública, tanto de los que participaron de la organización HIJOS como de aquellos (muchos) otros que no lo hicieron, significó la emergencia de un nuevo actor que venía a sumarse a las disputas por la justicia y la memoria de las víctimas del Terrorismo de Estado. En el campo político y del movimiento de derechos humanos, la agrupación HIJOS aportó nuevas miradas, formas de acción y reivindicaciones. Su lema (“Nacimos en su lucha, viven en la nuestra”) sintetizaba en gran medida la concepción de su activismo. Tanto frente a la imagen de los desaparecidos como “terroristas subversivos” que habían intentado imponer los militares, como frente a esa otra de “víctimas inocentes” que hegemonizó el discurso humanitarista desde la publicación del “Nunca Más” y el Juicio a las Juntas Militares,  el lema de HIJOS mostraba la firme intención de devolverles a sus padres su identidad militante, recuperando sus ideales y opciones políticas. En este sentido, HIJOS se constituyó como un organismo que, sin rechazar la narrativa humanitaria característica del movimiento de derechos humanos, reivindicó también activamente el pasado militante de los desaparecidos, sus padres y madres (Cueto Rúa, 2011).

La reivindicación de la militancia de los años setenta no se tradujo en una interpretación homogénea de ese pasado ni en un programa político consensuado y bien delimitado. En algunos hijos e hijas implicó la adhesión al proyecto revolucionario, incluso a la lucha armada; en otros, en cambio, supuso una recuperación más general del “espíritu de lucha” de sus padres y madres. En cualquier caso, la valorización de la militancia paterna y materna marcó la acción política de la organización, tanto en sus formas (entre las que destacaron los escraches, por su magnitud y visibilidad) como en sus reivindicaciones (que no se restringieron al reclamo de justicia reparatoria, sino que en muchos casos se extendieron a la denuncia de la represión institucional y las políticas neoliberales de los años ‘90) (Cueto Rúa, 2011).

Así como ocurrió con el movimiento de derechos humanos, la aparición pública de los hijos e hijas sacudió al mundo artístico e intelectual.  En el cine, en la literatura y en las artes plásticas, las obras producidas por estos jóvenes desde finales de los años ’90 y principios de la década del 2000 cuestionaron las representaciones tradicionales sobre el pasado reciente y propusieron imágenes y relatos profundamente renovadores. En el campo cinematográfico, los documentales Los rubios de Albertina Carri (2003), Papá Iván de María Inés Roqué (2004) y M de Nicolás Prividera (2007), entre otros, supusieron la irrupción de la mirada y la voz de los hijos en la indagación sobre los traumáticos años del pasado reciente argentino. Las producciones de estos jóvenes indagaban en la vida de sus padres y sus madres, horadando los silencios consuetudinarios y los relatos heroicos para comprender (y, en muchos casos, poner en cuestión) sus decisiones políticas y personales.

Imagen artículo cine documental 03Estas películas suponían también una nueva apuesta estética, con la utilización de una sintaxis y de unos recursos cinematográficos que marcaban una distancia con el documental político argentino que había tenido su auge en los ’60 y principios de los ’70 (Amado, 2009). La fuerte impronta que esta generación ha dejado en su producción fílmica ha llevado a varios críticos e investigadores del cine argentino a hablar de una nueva generación cinematográfica: la “generación de los hijos/as” (Aguilar, 2006; Amado, 2009).

El documental Nietos puede enmarcarse también dentro de la producción de la “generación de los hijos/as”. Ante todo, porque su director, Benjamín Ávila, también es hijo de desaparecidos y hermano de un niño que fue apropiado y posteriormente recuperado. Su madre y su pareja eran militantes de la organización Montoneros. En el marco de la denominada Contraofensiva Estratégica, reingresaron al país y vivieron con él y su hermano menor en la clandestinidad. En un operativo de las fuerzas armadas, tanto su madre como su esposo fueron secuestrados. Desde entonces, continúan desaparecidos. Él fue entregado por el personal militar a sus abuelos, mientras que su hermano menor fue apropiado y permaneció en esta condición hasta 1984, cuando fue restituido por Abuelas de Plaza de Mayo (Blejman, 2005).

Por supuesto, cuando se habla del cine de la “generación de los hijos” no debe pensarse que estamos frente a un bloqueo homogéneo de producciones, ni siquiera de un “estilo” o “tendencia”. Se trata de un conjunto de producciones con inquietudes compartidas, pero también con visibles diferencias entre sí. Por un lado, diferencias en términos narrativos: algunos apuestan al documental en primera persona (Papá Iván o M) e incluso a cierta forma de ficción autobiográfica (como en Los rubios); otros abordan estas temáticas descentrándose de su historia personal, indagando en múltiples experiencias de diferentes “hijos”, tal como ocurre en (H) Historias Cotidianas, de Andrés Habbeger (2001) y también en Nietos. Pero las diferencias no son sólo estéticas; también se vinculan con su aproximación al pasado histórico y a las memorias familiares, con su interpretación de las opciones y elecciones de la generación de sus padres y madres. Algunas películas, como Papá Iván, M y Los rubios se alejan de la vindicación meramente asimilativa de la lucha de sus padres, ofrecen una mirada crítica o incomprensiva a diferentes aspectos de su experiencia (su opciones políticas, sus roles como paternos y/o maternos, sus grupos de compañeros/as, entre otros) y ponen en cuestión la posibilidad de la transmisión intergeneracional de sentidos y experiencias. (H) Historias Cotidianas y Nietos, en cambio, con su apuesta más polifónica, muestran una diversidad de trayectorias, con reapropiaciones y resignificaciones diversas del pasado de sus padres y madres, que permiten pensar en dicha transmisión, en dicho encuentro entre generaciones como una búsqueda posible, un camino que puede ser transitado.

Nietos trata sobre la lucha Abuelas de Abuelas de Plaza de Mayo por localizar y restituir a sus nietos que fueron apropiados durante la última dictadura militar. Sin embargo, a diferencia de otros documentales anteriores sobre la temática, lo hace apelando al contrapunto intergeneracional, al diálogo de voces entre los dos actores de esta dolorosa trama: las abuelas que buscan infatigablemente desde hace décadas y los/as jóvenes que han podido reencontrarse con su verdadera identidad y su familia biológica. Así, nietos y nietas que han sido restituidos/as ocupan un lugar central dentro en el documental. Sus testimonios dan cuenta de las múltiples experiencias y sentimientos atravesados en el camino que el conocimiento de la verdad les ha abierto, mostrando una enorme variedad de procesos de restitución relacionados con los diferentes contextos de crianza, coyunturas históricas y momentos personales en los que éstas se produjeron.

Política, ética y estética

Nietos puede pensarse, ante todo, como un documental político. En primer lugar, porque existe cierta expectativa instrumental detrás de su producción. Tanto los protagonistas del film (en particular, las integrantes de Abuelas de Plaza de Mayo) como su director entienden que la película debe ser un aporte directo en la búsqueda de las personas que aún desconocen su verdadera identidad biológica. “Queremos lograr un proceso de identificación a partir del documental: que lo vean los chicos y se identifiquen, que se comprenda desde otro lado”, afirmaba Ávila poco tiempo después de su estreno (Blejman, 2004). Tal es la imbricación con los objetivos de Abuelas de Plaza de Mayo que la película fue coproducida y actualmente es distribuida por la asociación. La cinta incluye unas placas finales con la dirección y los teléfonos de Abuelas y de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) en las que se convoca a quienes pudieran sentirse interpelados a acercarse para saldar las dudas sobre su identidad. En este sentido, la película no deja de formar parte del vasto entramado de iniciativas culturales promovidas o fomentadas por Abuelas de Plaza de Mayo para difundir su lucha por la restitución de sus nietos y por la concientización del derecho a la identidad, que ha incluido diferentes expresiones artísticas desde la transición a la democracia hasta la actualidad. Entre ellas, la más relevante ha sido Teatro por la Identidad, muchas veces denominada el “brazo artístico” de la organización, pero también han destacado numerosas exposiciones y muestras de artes plásticas, obras literarias e historietas, producciones audiovisuales (para cine y televisión, como Televisión x la Identidad) y festivales musicales (De Vecchi Gerli, 2010; Diz, 2016).

Con todo, a pesar de esta finalidad instrumental, de cierta búsqueda de transformar el artefacto cinematográfico en una herramienta de intervención social, el film no incurre en el didactismo del documental político clásico. Lejos de cualquier relato esquemático, el film propone una reflexión profunda y compleja, adentrándose de manera decidida en las “zonas grises” del pasado y del presente, aquéllas experiencias humanas que, para Agamben, resultan inaprehensibles para la lógica moral binaria pues se hallan “más acá del bien y del mal” (Agamben, 2002: 20).

La ausencia de cualquier pretensión adoctrinadora puede observarse en una característica estética que Nietos comparte con los otros documentales de la “generación de los hijos/as”, así como con el documental contemporáneo en general: la ausencia del recurso a la voz en off y la primacía de las narraciones testimoniales en primera persona. Como procedimiento narrativo, la voz en off superpone a las imágenes una interpretación autorizada que pretende imponer un sentido cerrado y unívoco al texto cinematográfico. No se espera ninguna operación hermenéutica por parte del espectador/a: sólo cabe escuchar al narrador que explica lo que se debe entender (Amado, 2009). En oposición a este autoritarismo interpretativo, la mayor parte de la producción documental contemporánea ha optado por presentar los testimonios y los diálogos en toda su complejidad, con sus contradicciones y sus tensiones (Ortega, 2010). Así también se presentan en Nietos. Al igual que la memoria, objeto de su indagación, el relato se construye con voces disímiles, imágenes fragmentarias, relatos lacunarios, silencios prolongados. Compuesto por estas piezas diversas, el montaje narrativo no ofrece un discurso compacto, homogéneo, sino un relato coral, indefinido. Sólo la participación atenta y reflexiva del espectador puede completar la operación de sentido.

Imagen artículo cine documental 04La vocación polifónica, alejada de cualquier ortodoxia formal, se hace manifiesta en la manera en la que la película presenta los diversos testimonios de los nietos/as restituidos/as. Si bien no hay en estos testimonios un cuestionamiento abierto de las decisiones tomadas por la generación precedente (como ocurre en otros documentales de hijos/as de desaparecidos, como Los rubios de Albertina Carri o M de Nicolás Prividera), sí se observa mucha diversidad en la recepción que cada joven hace de las trayectorias de sus padres y sus madres. En los sucesivos testimonios, la vida pública y privada, la militancia y los afectos de sus padres y madres son recuperados, pero no siempre comprendidos o compartidos. Muchos adhieren a los ideales políticos de sus padres, algunos marcan sus diferencias y otros se mantienen relativamente indiferentes frente a la cuestión. El documental no pretende ocultar esa heterogeneidad detrás de un discurso unánime. Presenta los testimonios con sus contradicciones, sus visiones antitéticas, sus opiniones no siempre en sintonía con el discurso oficial de los organismos de derechos humanos.

Así pues, el relato de Nietos no pretende encajar lo real dentro de esquemas de intelección preconcebidos, ni satisfacer las exigencias retóricas de ningún dogma. Aun cuando tiene una expectativa pragmática, instrumental, es una obra que intentan ahondar lo real en toda su complejidad. Pero esta aproximación, crítica y reflexiva, no se efectúa desde una pretendida neutralidad valorativa. Por el contrario, se basa en un fuerte y explícito compromiso ético con la realidad documentada y sus protagonistas; es decir con la denuncia de los crímenes de lesa humanidad y con las luchas presentes de las abuelas y de los/as nietos/as. Esta modalidad de intervención política del cine, que no se sustenta en la adscripción partidaria ni en las convicciones de los “grandes relatos” del siglo XX sino en un compromiso humanitarista con la búsqueda de justicia, podemos relacionarla con lo que Jacques Rancière (2007) ha denominado “el viraje ético de la estética y la política”. Enfrentado al  horror en que derivaron las promesas fallidas de la modernidad, los “monstruos del sueño de la razón” que había augurado Goya (las guerras mundiales, el Holocausto, las bombas atómicas, los crímenes de lesa humanidad), el arte contemporáneo ha encontrado como único principio político legítimo el reclamo de justicia (una justicia ilimitada, a la medida de la inconmensurabilidad de los crímenes que busca reparar). En Nietos, este reclamo se articula desde el lenguaje universalista de los derechos humanos, que ha fungido como la base semántica e ideológica de la acción pública de las organizaciones de familiares de víctimas del terrorismo de Estado desde sus inicios.

En Nietos la justicia no es simplemente una política reparatoria que se busca en los estrados o en el Parlamento. Esta justicia se construye en el propio texto cinematográfico, como parte su compromiso ético. Al dar su testimonio frente a la cámara, al hallar en el documental un lugar y  un tiempo para contar sus historias, sus temores y sus esperanzas, para narrar y narrarse, los/as nietos/as restituidos/as pueden constituirse públicamente como sujetos políticos.  Con sus dudas e incertidumbres, pueden recobrar su agencia y re-poner-se la identidad negada por el aparato represivo dictatorial.

Filiación e identidad, pasado y presente: las búsquedas en Nietos

Así pues, uno de los tópicos principales en Nietos es el de la “búsqueda” o el “viaje” del hijo/a. La cámara acompaña a los jóvenes que han conocido su verdadero origen  en su búsqueda por reconstruir una historia familia quebrada. Sus testimonios, cargados de certezas y de dudas, de inquietudes y de esperanzas, ocupan el centro de la escena.

El tópico de la “búsqueda del hijo” ha ocupado un lugar central dentro de la producción artística sobre y de los hijos de desaparecidos.  Búsqueda, hallazgo, duelo e identidad conformaron el núcleo narrativo del tópico del “viaje del hijo”. [3] Sin embargo, el viaje que emprenden los hijos-nietos parte de una situación diferencial: la infancia de estos/as niños/as transcurrió mayormente en el seno de las familias apropiadoras. Si los otros hijos/as podían tratar de responder sus preguntas, de resolver sus dudas en los intersticios que dejaba el “pacto denegativo” (el silencio, las tergiversaciones, el ocultamiento) que se impuso en muchas familias ante el trauma de la desaparición (Kordon y Edelman, 2007), los niños/as apropiados/as vivieron durante años o décadas en el ocultamiento total de su verdadero origen, incluso desconociendo en muchos casos que no eran hijos biológicos de quienes decían ser sus padres. Sólo la “restitución”, es decir, el conocimiento de la verdadera identidad biológica, les permitió reconocer la filiación quebrada y abrir, de esa manera, un camino de búsqueda hacia ese pasado familiar negado y probablemente nunca imaginado durante esa “otra vida”  vivida bajo la “identidad apropiada”.

En su búsqueda, los nietos intentan ante todo reconstruir quiénes fueron sus padres, llenar el vacío dejado por la desaparición. Conocer sus gustos, sus gestos, sus ideas, sus pasiones, sus aciertos y sus errores, como militantes pero también como padres, madres, hermanos/as, hijos/as, compañeros/as de escuela, amigos/as. De esta forma, Nietos comparte con los otros films de la denominada “generación de los hijos” su aspiración por recuperar las facetas políticas y personales de la generación de sus padres que habían sido opacadas o silenciadas por el arquetipo de la “víctima inocente”, construido en la transición a la democracia (Lvovich y Bisquert, 2008; Amado, 2009).

Los vehículos con los que se construye esa subjetividad son múltiples. Están las memorias de los amigos y familiares, las historias contadas y repetidas. Pero también, como pequeños tesoros salvado de la tempestad del tiempo, aparecen diversos artefactos mnemónicos, huellas pletóricas de sentido de ese pasado perdido: fotos, cartas, documentos de identidad y otros múltiples objetos que pertenecieron a sus padres y sus madres. “Son como piezas de un rompecabezas”, dice Gabriel, un joven restituido. “Es la herencia que me dejó mi vieja – agrega, mostrando una carta que ella le había escrito antes de su nacimiento- lo tengo como un tesoro en la casa”. La voluntad de saber puede llegar al infinito: “me gustaría tomarme un vino con mi viejo y hablar ad eternum”, afirma Manuel, para señalar luego con pesar: “nos robaron ese tiempo”. Filiaciones rotas y tiempos imposibilitados son las dos caras del legado traumático de la desaparición forzada de personas. Los/as nietos/as cobran conciencia así de que el rompecabezas, a pesar de búsqueda infatigable, siempre quedará incompleto en parte.

La titánica tarea de armar el “rompecabezas” no supone, empero, una recuperación acrítica ni una rememoración mecánica del pasado.  No hay aquí un discurso monolítico y cerrado. Estos jóvenes interrogan críticamente el pasado. Realizan así, cada uno a su manera, lo que Paul Ricoeur ha llamado “trabajo de memoria”: una reelaboración consciente del pasado, que no niega la inestabilidad y la conflictividad de los recuerdos con los que trabaja y que está abierta a considerarlos críticamente, a reflexionar sobre ellos y a ponerlos en cuestión (Ricoeur, 2004). En estos “trabajos de memoria”, los/as jóvenes que prestan testimonio reflexionan sobre las opciones (políticas y personales) de sus padres y madres, pero no siempre adscriban a ellas, e incluso en muchos casos las cuestionan. Por ejemplo, Juan Pablo, al interrogarse sobre la paternidad y sobre su rol como padre, se refiere a sí mismo como un padre que no sabe cumplir su rol y que está al borde de la “desaparición”, a punto de “repetir la historia”:

Cuando nació mi hija no me cambió en nada (…) seguí siendo el mismo boludo de siempre (…) siempre decía: ‘yo no tuve un papá, yo no sé lo que es un papá, ¿Cómo voy a hacer para ser papá? Y nadie sabe lo que es un papá en realidad. Nadie sabe ser papá (…) no quiero que le termine diciendo papá a cualquiera (…) no quiero repetir la historia, no quiero desaparecer (…)  puede desaparecer de muchas maneras.

De manera elíptica, se deslizan en este pasaje algunos de los temas presentes en los “trabajos de memoria” de los/as hijos/as: por un lado, el cuestionamiento a las elecciones de los padres, que de alguna manera se contraponían con el sostenimiento de la familia y del hogar;  por otro, el tópico de la “casa rota”, de la imposibilidad de reconstruir lazos familiares después de esa experiencia traumática y del temor a “repetir la historia”, de que el hijo se quede sin padre o viva una “infancia apropiada” como la que sufrió él (“no quiero que le diga papá a cualquiera”).

El viaje de los/as nietos/as restituidos/as no es sólo hacia el pasado familiar. Es también un viaje introspectivo hacia su presente, hacia la pregunta por su propia identidad.

La cuestión de la identidad es abordada en el documental en varios niveles. En un primer nivel, la identidad es la integración de un cuerpo con un nombre. Es una cuestión de nominación, que confiere existencia legal a cada sujeto, le brinda una referencia que permite incluirlo en una red de parentesco y le otorga unidad a lo largo del tiempo y del espacio a sus acciones. La identidad es aquello que permite reconocerlo y reconocerse, ante sí mismo y ante los otros. Precisamente, la consecuencia más atroz de los crímenes del terrorismo de Estado fue haber producido una disociación entre la identidad y el cuerpo de las víctimas. Disociación de la identidad de los desaparecidos con sus cuerpos, enterrados en alguna fosa común; disociación también de la identidad de los niños apropiados con sus cuerpos, que se encuentran encerrados en un identidad falsa.

Identidades sin cuerpo, cuerpos sin identidad. Nietos traza un paralelismo entre la tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense y la de Abuelas de Plaza de Mayo. Los primeros buscan identificar los cuerpos de los desaparecidos, las segundas luchan por localizar a sus nietos, por devolverles esa identidad primaria, su verdadero nombre, su verdadero origen, su verdadera filiación. El mensaje del documental es claro: la lucha de abuelas también forma parte de la batalla por cerrar la cesura entre identidades y cuerpos abierta por la dictadura.

Imagen artículo cine documental 05Sin embargo, con la restitución nominal, con el conocimiento de la verdadera familia y el verdadero nombre no concluye la búsqueda de la identidad para los nietos restituidos. Los testimonios dan cuenta de un segundo nivel de la identidad: la identidad como una elaboración subjetiva, como una construcción personal, como un recorrido abierto en el que se encuentran el pasado (o, en el caso de los nietos recuperados, los pasados: el vivido con la familia apropiadora y el negado con la familia biológica), el presente y el futuro.

Los testimonios muestran la diversidad de situaciones de apropiación y restitución, que configuran experiencias disímiles frente a una serie de interrogantes. ¿Qué sobrevive de la identidad falsa (o falseada), de la identidad “apropiadora” en la configuración subjetiva de la identidad restituida? ¿Qué recuperan del pasado familiar negado por la apropiación, que ahora intentan reconstruir con las “piezas del rompecabezas” que encuentran en su camino? ¿Cuáles son las tensiones entre el pasado familiar ocluido por la apropiación, las experiencias de crianza con la familia apropiadora y el presente de revelaciones, de descubrimiento de las memorias de la familia biológica?

El documental nos muestra una enorme variedad de respuestas, tantas como sujetos implicados en estas experiencias. En algunos casos, se observa un rechazo total del pasado con la familia apropiadora y una reivindicación profunda de la memoria de los padres transmitida por la familia biológica. Otros, aunque también han asimilado positivamente el conocimiento de su origen, siguen manteniendo buenos vínculos con quienes los adoptaron de buena fe y los criaron, a quienes llaman su “familia del corazón”. Y se dan también casos más extremos, como el de un joven que, al momento de la realización de la película, todavía no lograba procesar e incorporar esta verdad, rechazaba los acercamientos de la familia biológica y seguía llamando “padres” a sus apropiadores (vinculados con su secuestro). La complejidad que encierra esta situación es crudamente descripta por su hermana: “en las palabras de mi hermano siento a veces al asesino de mis viejos”.

La verdad no es sencilla de procesar. No siempre se acepta sin dificultades, no siempre se está dispuesto a asumirla. Sin embargo, todos los testimoniantes coinciden en algo: la voluntad de saber es un impulso vital irrefrenable. “Saber me cambió”, dice enfática María Victoria. “No pude contener las ganas de saber la verdad” dice, en el mismo sentido, Gabriel.

La militancia del sentido

De alguna manera, las diferentes variantes de las búsquedas tramitadas en Nietos pueden enmarcarse dentro de lo que Gabriel Gatti ha identificado como las “narrativas del sentido”. Esta categoría refiere a todos aquellos discursos (ficcionales y no-ficcionales) que aspiran a suturar el trauma ocasionado por la represión ilegal, re-ligar el espacio individual, familiar y social quebrado por la experiencia límite del terrorismo de Estado y darle un sentido a ese núcleo vacío que es el detenido-desaparecido. Estas narrativas se contrapondrían a las “narrativas de la ausencia”, que no pretenden elaborar el trauma de la desaparición sino habitar esa ausencia, vivir y permanecer (incluso gozosamente) en la falta de sentido. El documental Los rubios, de Albertina Carri, o la novela Los topos de Félix Bruzzone (2008), podrían incluirse dentro de esta categoría  (Gatti, 2011).

Imagen artículo cine documental 06“Vieja, desdichada y previsible”, en palabras de Gatti, la narrativa del sentido es sostenida por diferentes “militantes del sentido”, entre los cuales Abuelas de Plaza de Mayo sería el ejemplo paradigmático, porque su búsqueda de los niños apropiados (los “desaparecidos vivos”) es la única que puede revertir con algún grado de éxito (sin obviar las secuelas traumáticas, claro está) el legado trágico del terrorismo de Estado. Su “militancia del sentido” se extiende a otras iniciativas, como el Archivo Biográfico Familiar, el esfuerzo más sistemático para ayudar a los nietos restituidos en su “trabajo de memoria”, en la búsqueda por recuperar el recuerdo de sus padres y madres.

La conceptualización desarrollada por Gatti resulta de utilidad para pensar el documental Nietos. Es que, en efecto, la película produce, a través de sus búsquedas, múltiples narrativas del sentido. Las Abuelas como institución, presente desde el comienzo de la película, y cada una de las abuelas que testimonian, narran su militancia infatigable por localizar y restituir a sus nietos y nietas y cerrar así aunque sea una parte del vacío generado por la desaparición forzada.   “‘¡Qué suerte que te pudiste quedar con un nieto!’, me dicen a veces (…) pero no es así, formamos una familia para tener a todos, no para tener un solo nieto”, señala una de las abuelas en su testimonio, mostrando su perseverancia por cubrir esa ausencia.

La película decide mostrar al “viaje de los nietos” también como una búsqueda de sentido. Aunque, como vimos, lo que prima es la diversidad de voces, con historias disímiles, la escena final es significativa de esta toma de postura del film. La cámara, siempre con cierta vocación que podríamos denominar etnográfica, como si se tratara de una “observación participante”, acompaña a Horacio al entierro de los restos de su padre, que acababan de ser identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. En esta escena, la película cierra al menos una de las heridas abiertas por el terrorismo de Estado: las identidades robadas (la del padre desaparecido, la del nieto apropiado) se reunifican con sus respectivos cuerpos.

A modo de conclusión

Como hemos visto, el relato de Nietos (identidad y memoria) se modula entre diversos tiempos y diversas búsquedas. Las Abuelas transmiten el dolor de la pérdida, del duelo inacabado de sus hijos/as desaparecidos/as, pero también la alegría del reencuentro,  ya consumado o anhelado, con sus nietos/as. Por su parte, los/as nietos/as restituidos/as recorren su propio viaje de descubrimiento, hacia una familia que siempre fue la suya pero apenas empiezan a conocer, hacia un pasado que deben reconstruir como un rompecabezas; hacia un presente y un futuro que se reconfiguran con la verdad como punto de partida.

Nietos asume un compromiso ético y una postura política frente a la causa de Abuelas de Plaza de Mayo. Sin embargo, su dimensión instrumental, como dispositivo comunicacional para la lucha de la asociación, no hace mella en su calidad artística ni en su densidad reflexiva. Por el contrario, el documental permite poner en escena las ideas y sentimientos encontrados que experimentan los nietos y las nietas en esa búsqueda que se mueve entre los dos términos enmarcados por el paréntesis en el título del documental: la identidad y la memoria. Sus voces, introspectivas, reivindicativas, críticas, reflexivas, contradictorias –en cualquier caso, heterogéneas– muestran las marcas conflictivas del camino que han emprendido, el de la reconstrucción de su historia familiar, que conduce inexorablemente a la pregunta por la propia identidad. La respuesta, única en cada caso, se elabora en el complejo cruce de la autobiografía y las memorias, de la tarea de rehabilitación y la del duelo, del pasado personal vivido en el seno de una familia apropiadora y el pasado familiar negado e ignorado que emerge tras la restitución.

El documental no pretende, pues, imponer una verdad canónica, cerrar el sentido. Todo lo contrario: al recorrer la confluencia entre las búsquedas inacabadas de estas dos generaciones de sobrevivientes del terrorismo de Estado, Nietos es una apuesta por construir sentidos (múltiples) sobre el pasado, el presente y el porvenir en el vacío dejado por el horror.

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Notas

[1] Benjamín Ávila es director, guionista, editor y productor de cine. Nació en 1972 en la Provincia de Buenos Aires. Su madre fue secuestrada en 1979, durante la última dictadura militar, y permanece desaparecida. Trabajó en la producción de diversos largometrajes. Como director, sus películas más importantes son el documental Nietos (identidad y memoria) y la ficción Infancia Clandestina (2011), en la que retoma muchos elementos autobiográficos para narrar, desde el punto de vista de un chico de 12 años, la historia de una familia montonera que vive en la clandestinidad tras regresar a la Argentina en el marco de la llamada “Contraofensiva Estratégica”.

[2] Entre las películas estrenadas que abordan esta temática se encuentran los documentales  Botín de guerra (David Blaustein, 1999); Nietos (identidad y memoria) (Benjamín Ávila, 2004), ¿Quién soy yo? (Estela Bravo, 2007), Victoria (Adrián Jaime, 2008), Chicha, esperanza y dolor (Guillermo Kancepolsky y Rosa Teichmann, 2008), Estela (Silvia Di Florio y Walter Goobar, 2008), Hermanos de sangre. La búsqueda continúa (Fabián Vittola, 2008), Verdades verdaderas (Nicolás Gil Lavedra, 2011) y La parte por el todo (Andrés Martínez Cantó, Santiago Nacif Cabrera y Roberto Persano, 2015). También se produjeron varios películas de ficción sobre la temática, entre ellas Los pasos perdidos (Manane Rodríguez, 2001), Cautiva  (Gastón Biraben, 2003), Figli/Hijos (Marco Bechis, 2005), Aparecidos (Paco Cabezas, 2007), Adopción (David Lipszyc, 2009), El recuento de los daños (Inés de Oliveira Cézar, 2010), Eva & Lola (Sabrina Farji, 2010) y Verdades verdaderas (Nicolás Gil Lavedra, 2011).

[3] En Ni el flaco perdón de Dios, de La Madrid y Gelman,  la primera compilación de testimonios y “ficciones autobiográficas” de y sobre hijos, una historia narrada por Adriana Calvo marca la estructura primaria del relato canónico del “viaje del hijo”. El relato cuenta la historia de una joven argentina criada en Francia que vuelve al país a reconstruir la historia de su padre, desaparecido por la dictadura. La chica es simbólica y materialmente una extranjera hasta que, en esa búsqueda, logra encontrar a su padre (tanto su historia personal como sus restos mortales). En ese encuentro y en ese duelo algo ha cambiado en ella: ha encontrado su verdadera identidad. Cfr. La Madrid y Gelman, 1997, p. 15.